DIFICULTADES POLÍTICAS EN LA PRIMERA REPÚBLICA.

 

 

La república de los monárquicos.

 

De partida, para entender la difícil República Española de 1873, hay que tener en cuenta la extraña situación parlamentaria en la que se desarrolló la Primera República española:

La mayoría del Congreso de Diputados no era republicana sino de partidos monárquicos tradicionales como Unión Liberal y como los hombres más moderados del Partido Progresista, recientemente reconvertidos en “constitucionales” del Partido Constitucional. Y el resto de los progresistas y demócratas, recientemente denominados “radicales”, durante el reinado de Amadeo, por ser del Partido Radical, eran republicanos pero podían convivir con la monarquía. De éstos, sólo los demócratas más de izquierda eran republicanos. La mayoría de diputados monárquicos sobre la minoría de los republicanos era de cuatro a uno.

Pero los monárquicos se inhibían esperando un batacazo de los republicanos. Los unionistas habían fracasado en 1868 y estaban en horas tan bajas que su partido estaba prácticamente desaparecido. Los progresistas habían fracasado con la muerte de Prim y tras la restauración de la monarquía de Amadeo y se inhibían también. Tal vez estos grupos mayoritarios esperaban una intervención del ejército que les devolviera el poder, o tal vez estaban cansados de la situación política habida hasta entonces. Ante la inhibición de la mayoría de conservadores y progresistas, la minoría de los republicanos se hizo dueña de las Cortes, y aparecían como señores de una situación, que no dominarían en el momento en que los partidos tradicionales llegasen a un acuerdo entre ellos, o más bien dejasen de pelear entre ellos, o simplemente, se decidiesen a actuar.

Mientras tanto, el grupo de diputados que querían la República, además de ser minoría, era un aglomerado complejísimo y divergente.

La República, de inicio, era un intento de hacer reformas drásticas desde arriba, como es lo habitual en todas las épocas, es decir, que sean los Gobiernos los que introduzcan las reformas que crean precisas. Pero los gobernantes republicanos cedieron el protagonismo a los republicanos federales intransigentes y éstos creían demasiado en el mito del federalismo popular, y concedieron el derecho de autodeterminación y promovieron los cantones. Es decir, pasaron la iniciativa a la reforma desde abajo, creyendo que la debían hacer las masas populares en cada ciudad y región.

Los republicanos federales intransigentes, hablaban de “la tormenta que purificaría el ambiente político social, sucesos violentos necesarios que acabarían en un estado de bienestar”. Y junto al mito de la violencia, se cultivó el mito del populismo. La revolución cantonal fue violenta, deliberadamente violenta, y populista. Se habían entregado a la irracionalidad, al populismo más detestable. Los pequeño burgueses creían poder dominar ese movimiento popular, y que la moralidad y la verdad radicaban en las clases más desafortunadas. Demasiadas falsedades o utopías como para sustentar un Gobierno sostenible.

En ese estadio de evolución de la República, tenemos que apuntar, o sumar a lo dicho, la utopía de los dirigentes del grupo republicano mayoritario: Pi i Margall tomó la decisión de que la revolución debía hacerse desde arriba, con racionalidad, equidad y justicia, pero hablaba de Cantones con Gobiernos autónomos, lo cual era una contradicción de planteamientos, a no ser que se definiesen las funciones y competencias de cada uno, cosa que nunca hizo. Y enseguida perdió el control de los republicanos federales. Ya no pudo, o no supo, o no quiso controlar a los revolucionarios, y sin control, la revolución cantonalista se convirtió en un caos.

 

 

La violencia populista al servicio de la revolución.

 

La violencia se estaba originando en el desencanto de las masas, pero era conducida por los pequeño-burgueses que creían poder dominarla a su capricho en cuanto se lo propusieran.

El desencanto de las masas venía de atrás: Desde principios del siglo XIX se les había prometido la tierra a los campesinos. En algunas ocasiones les prometieron trabajo. Y nunca se habían cumplido las promesas. Podemos citar las fechas de 1812, 1821-1823, 1833, 1840-1843 y 1854-1856, como grandes decepciones. La última ocasión, la de septiembre de 1868, estaba muy reciente.

Los republicanos adoptaron el recurso fácil de culpabilizar del incumplimiento de los principios liberales a los progresistas radicales, y trataron de atar fuerte el poder a las manos republicanas, para que nunca cayese en manos de “monárquicos”, como pensaban que eran los progresistas radicales, aunque éstos se declaraban republicanos en ese momento puntual. Las masas se mostraron impacientes. Los republicanos predicaron que los Cantones serían la solución de todos los males, que los Cantones eran la verdadera democracia porque el pueblo votaría directamente todas las cosas y decidiría lo que siempre había deseado.

Comentario del autor: En este planteamiento se incurre en la doble irracionalidad de pensar que todo Gobierno autoritario es malo, y todo Gobierno populista es bueno. Se incurre en el error de defender que la democracia es votar, olvidando que es defender los derechos de todos, con equidad y justicia, para lo cual, a veces, hay que votar. Se incurre en la utopía de no pensar, o de ocultarle al pueblo, que los derechos cuestan dinero, mucho dinero y que no será fácil conseguirlos (claro, que si entendemos que la democracia sólo es votar, entonces eso, el votar, apenas cuesta nada). Cualquier hombre que promete arreglarlo todo mediante votaciones, está prometiendo la miseria, y generalmente, la miseria de los demás, pues la práctica muestra que esos dictadores suelen acumular grandes fortunas personales, en el país y en el extranjero.

Los pequeño-burgueses federalistas de 1873, por su parte, estaban dispuestos a la acción, a hacer algo fuese lo que fuese, y entendieron que para hacer una federación, un Estado Federal, primero había que constituir los Estados que se iban a federar. Y se lanzaron como posesos de la verdad a hacer Cantones, contando con que ellos dominaban a las masas y podían conducirlas por donde les fuera conveniente a ellos. Pero  despreciar las capacidades del pueblo, suele ser un error, que sólo se combate mediante un Estado represivo, militarizado, muy caro, pues en caso contrario, ese pueblo puede rebelarse contra los nuevos amos, y los antes señores, pueden acabar asesinados.

La revolución cantonal resultó muy compleja y violenta. Cada Cantón fue una historia distinta. Y en general, hubo mucho romanticismo y mucha violencia.

Un Cantón era un territorio pequeño, que se constituiría a sí mismo en cuanto a dimensiones y bases políticas, y que debía evolucionar hacia pactos con los demás Cantones para constituir un nuevo modelo de Estado. La dimensión inicialmente sugerida fue la provincia, y España tenía 49 provincias en 500.000 kilómetros cuadrados, pero hubo ciudades pequeñas, de no más de 10.000 habitantes, e incluso pueblos más pequeños todavía, que decidieron proclamarse Cantones.

 

 

¿REPÚBLICA UNITARIA O FEDERAL?

 

El mayor problema que se planteó la España republicana fue si el Estado debía ser unitario o federal.

El Estado republicano unitario debería garantizar que las leyes fueran iguales para todos, y que los derechos fueran los mismos en todos los territorios. Pero eso es muy difícil en una España que es diversa: todos sabemos que existen los fueros especiales, territorios especiales por motivos pretendidamente históricos, o por tradiciones, o por situaciones de pobreza, insularidad, despoblación, montaña, envejecimiento, o por motivos religiosos, regiones con mucho paro, regiones casi despobladas…. La desigualdad regional en el XIX era inmensamente mayor que hoy. La igualdad legal, sin correcciones de tipo social, es la garantía de la pervivencia de la desigualdad. Una vieja historia decía que dos colegiales se pelearon, y el profesor les dejó porque ambos estaban en igualdad de condiciones, y ocurrió que el rico le dio una paliza al pobre, tras lo cual, el pobre se justificaba por su derrota con las siguientes palabras: “claro, es que él ha comido”.

El Estado federal, entendido como lo entendían los españoles de 1873, como que cada Estado tuviera derecho a hacer lo que le viniese en gana, partía de la idea de que la soberanía radicaba en cada Estado federado, y por tanto, cada Estado se podía separar de la Federación en cuanto lo desease, y volverse a unir cuando le pareciera bien. Podía adoptar sus propias leyes y su tabla de derechos distinta a los demás. Es más bien lo que denominamos confederalismo. En principio, esta forma de entender la soberanía genera inseguridad y ello significa fracaso económico. En segundo lugar, genera desigualdad, y ello significa conflictos previsibles a corto plazo. Todo ello entra dentro del campo de la utopía: Cada separación territorial tiene un coste económico elevado, y cada unión otro coste no menos elevado, muy difícil de soportar, y pensar que cada Estado Federado podría jugar a entrar y salir a cada votación “democrática”, no es más que una estupidez, por muy sabios que estén considerados los que mantienen estas tesis. Los Estados Unidos hicieron una guerra en 1860 para acabar con este estado de cosas confederal, para ir al federalismo.

Porque la expresión “Estado Federal”, tiene dos partes: la primera, Estado, significa las cosas que se van a tener en común y que ninguno de los socios podrá cambiar, de modo que cada Estado Federado renuncia a la soberanía en esos temas concretos. En la España de 1873, los republicanos habían trabajado muy poco en este campo e incluso muchas veces confundían federal y confederal. Y la segunda, Federal, significa que en los demás temas no contemplados en el apartado anterior, cada Estado de la Federación obrará como le parezca, siempre que no perjudique al resto de Estados Federados.

En conclusión, si el término “Estado” significa unos acuerdos mínimos y unas instituciones mínimas de convivencia, que no se pueden romper, que no se pueden cambiar, si lo pensamos un momento, debemos considerar que a pocos acuerdos comunes mínimos que haya, por ejemplo política exterior, ejército, moneda, sanidad, justicia, enseñanza, comunicaciones en transporte, medios de comunicación social, asistencia social, y otros muchos, llegaremos a la conclusión de que, dependiendo de cuáles sean esos aspectos comunes, un Estado Federal puede ser muy distinto de otro. Hablar de Estado Federal, sin precisar qué aspectos se mantendrían en común, es no decir nada bajo el aspecto de una bonita expresión, es una farsa pseudodemocrática. Es una red de engaños lanzada al mar del populismo. Y eso es lo que hicieron los republicanos federales de 1873.

La mala política en este terreno, el populismo, es un arte de engañar a la gente con buenas palabras como que el pueblo obtendrá grandes beneficios, cuando lo que se pretende son unos fines completamente distintos. Populismo es aplicar la irracionalidad a la administración de una empresa cualquiera, porque así lo han decidido las masas, las cuales son más irracionales cuanto más grande es la masa. Populismo es no buscar el interés general, sino la satisfacción de los deseos de la masa.

La consigna del “Estado federal completamente libre” es a menudo propia de partidos perdedores, cuya “chance” en un sistema unitario es nula, y procuran hacer divisiones territoriales y provocar enfrentamientos sociales a fin de tener más posibilidades para sus teorías políticas en alguno de los trozos resultantes de un Estado desmembrado.

 

 

El complejo abanico de los republicanos.

 

En primer lugar, vamos a matizar que los que habían traído la República, radicales y republicanos, eran grupos heterogéneos.

El primer grupo citado, el Partido Progresista Radical, liderado por Nicolás María Rivero y Cristino Martos Balbi, era en esencia monárquico, y había llegado a la aceptación de la República por agotamiento de las posibilidades monárquicas, tras los fracasos de Isabel II y de Amadeo I. Apoyaba la creación de una República, después de haber fracasado en las reformas que intentaron desde el Gobierno, con Amadeo. Incluso Cristino Martos, un dirigente radical, colaboraría con el Gobierno de Figueras y sería Presidente de la Asamblea Nacional (nombre del Congreso de Diputados durante la República), aunque luego presentaría tales problemas a su propio Gobierno complicándose en dos sublevaciones antirrepublicanas, que pesaría mucho en la dimisión de Figueras. Rivero, Presidente del Congreso de Diputados a la hora de la marcha de Amadeo, fue uno de los promotores de la República en España. A continuación de esta colaboración en el establecimiento de una República, hay que decir que el Partido Radical fue uno de los grandes decepcionados por la República. Y también es preciso decir que Ruiz Zorrilla fundaría en 1874 un nuevo partido llamado Partido Radical Progresista, que duró hasta la muerte de su líder en 1895, pero que de nuevo tendía al republicanismo por aquellas fechas y quería una unión republicana. Su modelo de República era una República conservadora, que simplemente cambiaba la Jefatura del Estado hereditaria por una persona elegida por los españoles.

Los seguidores de Nicolás María Rivero fueron conocidos como cimbrios. Los cimbrios antiguos eran una tribu bárbara de la que Tácito había dicho que en algunos momentos eran monárquicos y en otros republicanos, según conviniera al momento en que vivían. Como había muchos diputados que podían votar monárquico o republicano en cualquier momento, Cristino Martos hizo esa cita en el Congreso de Diputados y, desde aquel momento, los republicanos posibilistas de Nicolás María Rivero, antes demócratas, quedaron bautizados como cimbrios.

Frente a los republicanos, estaban los del Partido Constitucional de Sagasta, o constitucionales, luego Partido Liberal Fusionista, el cual aseguraba que él ofrecería todos los derechos que estaban pidiendo los republicanos, pero en un modelo de Estado monárquico. Estaba dispuesto a colaborar con los republicanos mientras éstos se mantuvieran dentro de la legalidad, pero se pondría radicalmente en contra en cuanto surgiera la ilegalidad y la violencia.

El segundo grupo, los republicanos, a los que llamaremos republicanos puros para distinguirlos de los anteriores, eran un complejo conglomerado de grupos, unidos hasta entonces solamente por estar contra los Gobiernos tradicionales moderados y progresistas, y por el hecho de ser pocos y estar todos en contra de la mayoría, pero incapaces de mantener esa cohesión una vez llegados al poder.

Los “republicanos puros” se dividían en republicanos unitarios y republicanos federales.

Los republicanos unitarios, llamados también en los distintos tratados de historia “republicanos nacionales”, o “federados unionistas”, o “grupo de Castelar”, eran partidarios de la necesidad de un cierto orden y de mantener las instituciones. Las instituciones republicanas se conseguirían por evolución, dentro siempre de la legalidad. Castelar era partidario de una República conservadora, que cambiase al Rey por un Presidente de la República y que gobernase mejor que lo había hecho la monarquía. En su opinión, ello se conseguiría con una reducción o eliminación del ejército, lo cual, extendido a todas las naciones, traería la paz y con ella el progreso. Este pensamiento iba en contra del militarismo de Bismarck que es lo que se impondría en Europa en lo que restó de siglo. Eran populistas al inicio, pero Castelar se dio cuenta del error populista y evolucionó en 1873 hacia el autoritarismo. Su ideal de República a largo plazo era la República Federal, pero por su respeto a la legalidad y para no estar enfrentado a la inmensa mayoría de los españoles que pensaban como los conservadores, progresistas o radicales, estaba dispuesto a pactar otro tipo de República, la unitaria, con soberanía de la globalidad por encima del poder de cada uno de los Estados Federales o de los Cantones. Castelar imaginaba una República bipartidista, con un partido conservador que cuidase de las cosas del presente, y que debía estar integrado por los viejos progresistas, y un partido reformista que buscase nuevas ideas para el porvenir y debía estar integrado por los demócratas.

El mayor inconveniente para el sistema ideado por Castelar era que los progresistas no aceptaban a los republicanos federales, porque una parte de ellos eran socialistas, y la otra parte admitía a los socialistas y les apoyaba en sus reivindicaciones para ellos absurdas. Así que la parte a ejercer como conservadores, no estaba dispuesta a asumir ese papel. Y por su parte, los demócratas, habían roto con los socialistas (anarquistas, proudhonianos y marxistas) en 1864 y no estaban dispuestos a ser sus compañeros en un hipotético partido reformista. También Castelar estaba en contra de los socialismos, y la premisa primera para un acuerdo entre republicanos, era eliminar a los socialistas de las coaliciones republicanas.

El segundo inconveniente era que Castelar quería una República sin desórdenes sociales, sin cantonalismos impuestos por la violencia populista, y ello le ponía en contra de todo el republicanismo intransigente, socialista y cantonalista. Castelar defendía que, mediante la violencia, sólo se iría al fracaso. En esta idea, Castelar se mostraba muy firme y aseguraba que, si los republicanos disparaban un solo tiro, fracasaría la República. Acertó en su pronóstico.

El tercer punto de discordia entre Castelar y los republicanos federales era el tema del “derecho de insurrección”. Los federales reclamaban el derecho de insurrección, y argumentaban que si lo hubiera habido antes, nunca hubiera reinado Amadeo I. Y Castelar les decía que el populismo desde abajo conducía a la anarquía, y el populismo desde arriba, al despotismo. Castelar defendía un sistema de Estado republicano, en el que los derechos individuales fueran inviolables, y con la Iglesia separada del Estado. Pero no admitiría la Cámara única, o Asamblea Nacional, ni la institucionalización de la Milicia Nacional, porque eran vías hacia el populismo y el despotismo.

Si Castelar estaba circunstancialmente con el resto de sus colegas republicanos, era porque sabía que sin la unión de todos los republicanos no tendrían ninguna opción de éxito. Acabaron estando enfrentados.

El republicanismo federal había presentado sus primeras ideas en 1848 originándose entre grupos progresistas muy minoritarios, pero no apareció organizado hasta 1868. En los años cincuenta, Pi i Margall había formulado los principios del federalismo en sus obras El Eco de la Revolución, de 1850, y La Revolución y la Reacción, de 1854. Pi proponía destruir el autoritarismo y sustituirlo por un pacto de hombres libres e iguales, pactos entre colectividades o municipios y pactos entre entidades mayores que fueran surgiendo. Exponía la utopía pactista, pero también creía en la realidad de España, un sistema de convivencia que llevaba instalado quinientos años. En 1866, Pi se exilió a Francia y conoció las obras de Proudhon, acercándose a esta ideología tan parecida a la anarquista. En 1868, Pi i Margall ingresó en el Partido Republicano Democrático Federal, una agrupación que creía que todo se reducía a la lucha contra la monarquía y no se preocupó de un programa de gobierno alternativo, ni de un modelo de sociedad y economía alternativa coherente y posible. Los republicanos intransigentes le consideraban al principio uno de los suyos, pero luego se decepcionaron.

A su vez, los republicanos federales se dividían en republicanos “benévolos” y republicanos “intransigentes”.

Los republicanos benévolos de Figueras y Salmerón, estarían dispuestos a pactar con otras formaciones políticas, y a ceder en algo en sus ideologías o en sus programas de actuación política.

Los republicanos intransigentes tenían su fuerza en el pretendido dominio de las masas. Habían levantado a las masas en casi todas las grandes ciudades españolas en 1868, y habían perdido la dirección del movimiento revolucionario por no poder hacer frente al ejército del Gobierno, y tener que contar para ello con el ejército rebelde, el de Prim, el cual les exigió la dirección de la revolución (el ejército gubernamental era en ese momento el de Isabel II). Con ello, en 1868 habían perdido la dirección de la revolución. Los intransigentes no estaban dispuestos a ceder en un solo punto de su ideología y, por tanto eran incapaces de pactar. Eran los representantes de la pequeña y media burguesía. Es decir, los pequeño-burgueses estaban dispuestos a cabalgar el dragón del populismo, y estaban seguros de que éste les obedecería ciegamente. Era republicano intransigente Blas Pierrad Alcedar, el cual había creado en el verano de 1869 un “Centro de Accion Revolucionaria”, organización secreta para promover insurrecciones armadas, denominada “Tiro Nacional” porque practicaban el terrorismo. Por eso mismo, Orense les dijo en 13 de mayo de 1869 que eran “intransigentes” y de ahí se originó el adjetivo que les aplicamos. Blas Pierrad[1] murió en septiembre de 1872, pero su hermano, el también general Fernando Pierrad, continuó el servicio a los republicanos intransigentes.

También los republicanos de Cataluña eran intransigentes por su lema “tot o res”, y reclamaban el derecho de insurrección. Este derecho se había formulado en el Pacto de Tortosa, o Pacto de la Coronilla de Aragón, por el que las regiones que habían sido Estados mil años antes, decían tener derecho a la libre determinación.

Pi es un caso raro, pues creía que el derecho de libre determinación sería aceptable siempre que afectara a todas las regiones de España, lo cual es difícil de explicar racionalmente, y además creía que España también era un ente político a respetar, lo cual no fue entendido nunca por el resto de republicanos, e incluso hoy es muy difícil de entender.

Figueras y Castelar denunciaron que Pi era un utópico. Y Pi acusó a Figueras y a Castelar, a partir de 1874, de ser los culpables del fracaso republicano. Figueras es otro caso complicado, pues no compartiendo las ideas intransigentes, pretendía acaudillar a los intransigentes y se mostraba ante ellos como el defensor de los derechos individuales que todos perseguían, pero tampoco los intransigentes le hicieron caso, y se quedó en situación de indefinición, entre dos aguas.

Además hay que añadir los intransigentes socialistas: En 1869, en el Congreso Obrero de Barcelona, los entonces llamados “federales” fueron atraidos por el cooperativismo. Los republicanos estarían coqueteando con el movimiento obrero hasta 1870. Muchas ideas de Pi coincidían con otras de Bakunin. Pero los movimientos obreros evolucionaban hacia el socialismo libertario, ello les distanciaba del federalismo republicano, y ambos grupos empezaron a separarse. Y además estaban los internacionalistas marxistas, aunque éstos eran una minoría insignificante.

El federalismo quedó entonces como un proyecto de la clase media reformista, laico, anticentralista, que necesitaba del populismo anarquista y del cantonalista para tener unas bases sociales mínimas, pero que no podía hacer compartir ideas entre una clase media poseedora, y unos partidarios de destruir la propiedad o de redistribuirla.

Este esquema que acabamos de hacer, ciertamente simplificador, puede servir para orientar al no iniciado en la complejidad del grupo republicano.

 

 

El cantonalismo.

 

Los republicanos federales cometieron el error de reconocer el “derecho de autodeterminación” a todo el que lo desease, o que cada región, cada provincia, e incluso cada Ayuntamiento podrían en todo momento decidir soberanamente si estaban con el resto del Estado o no, e incluso si se independizaban. Eso era el principal motivo que dividía a los republicanos unitarios de Castelar de los republicanos federales. Y una vez aceptado el derecho de autodeterminación, surgió el cantonalismo o la posibilidad de formar entidades estatales espontáneas, las cuales se podrían federar en una República Federal. Cada pequeña ciudad formó una entidad independiente con su entorno, con otras ciudades cercanas o con pequeños poblados de su región, y aparecieron centenares de entidades políticas, autoproclamadas independientes y autodenominadas Cantones. El derecho de autodeterminación de cada región integrante del Estado es una utopía porque las uniones y separaciones tienen un elevado coste económico para las dos partes afectadas, y no se puede depender del capricho de las votaciones de autodeterminación. En la práctica, es un engaño, pues una vez practicado ese derecho para separarse, nunca más se permite ejercerlo para volver a unirse, y la votación de separación es la última votación democrática ejercida por ese pueblo, hasta que logre eliminar físicamente a los nuevos señores del nuevo Estado.

El cantonalismo fue aceptado por los republicanos federales intransigentes como una gran victoria, y comenzó el ensayo populista. El resultado, como era de esperar racionalmente, no fue el que los pequeño burgueses intransigentes esperaban, sino que algunos Cantones sí que dominaron al dragón del populismo, otros se vieron arrastrados por el populismo y engullidos por el propio dragón, y otros fueron la ocasión para la instalación de socialismos, generalmente de la Primera Internacional sector anarquista y alguno intentó una especie de independencia nacionalista.

Los nuevos líderes cantonales, a veces populistas dominados por la pequeña burguesía, a veces populistas salidos desde las entrañas del pueblo, o populistas socialistas internacionalistas, o nacionalistas, tenían diferentes aspiraciones de tipo social y económico, pero no ideología suficiente para constituir su propio partido o elaborar su propio programa. Gracias a ello, podían mantener se juntos, pues si hubieran explicitado su programa y visto las enormes diferencias entre ellos, hubiera surgido la guerra entre ellos. Generalmente practicaban una utopía: pensar de que ese camino, que ellos interpretaban como de libertad, conduciría a la paz. Si no hubo guerras, y las hubo pero de poca importancia, es porque no dio tiempo a que las hubiera, pues bastaba con esperar a que cada Cantón reclamase unos límites y su dominio sobre determinadas entidades de población, para que el enfrentamiento fuera probable. Y no digamos ya si hablamos de que unos líderes querían Cantón monárquico, otros Cantón republicano, otros Gobierno pequeño-burgués, otros Gobierno populista, otros anarquismo, otros marxismo, y otros un nacionalismo regionalista.

 

 

Falta de teorización republicana.

 

En 1873, los republicanos puros federales, tanto benévolos como intransigentes, no tenían idea clara de lo que querían en política. Ni siquiera eran confederalistas. Simplemente, eran partidarios de la “república”. La palabra “república” significaba, en su boca, libertad para hacer cada uno, o cada Cantón, lo que las masas decidiesen y lo que nunca se había podido hacer: Las ideas básicas de los republicanos eran destruir el sistema monárquico por agotado, descentralizar el Estado, lograr un Estado completamente laico y sometido a la voluntad del pueblo. Además reivindicaban trabajo para todos y salarios altos para los obreros. El conjunto de estos cambios debía eliminar por sí solo, en opinión de los republicanos, los males históricos de España. Esta era en síntesis la utopía republicana. Era un programa de Gobierno muy poco concreto y casi imposible de realizar en las condiciones reales en que se hallaba España.

La falta de definición de unas características propias del federalismo, llevó a los federalistas a múltiples interpretaciones divergentes y contradictorias. Estaban de acuerdo en que el modelo de Estado debería ser republicano, federal y “secular” (hoy diríamos laico), lo cual no es más que lo que no querían del régimen monárquico anterior, pero no en un programa completo de gobierno. Estaban en desacuerdo entre ellos en si debía haber partidos, es decir, organización disciplinada, o más bien movimientos sociales espontáneos. Aceptaban viejas concepciones utópicas de regeneración nacional y de republicanismo internacional que asociara a todos los hombres del mundo, pero que eran distintas en cada grupo republicano.

En estas condiciones políticas, la evolución de los Gobiernos republicanos fue muy rápida y muy cambiante en 1873: La primera época de la República mostró una declaración de República sin más, sin definir el modelo o tipo de República que se quería. En junio surgieron tres posibilidades: el federalismo repúblicano de Pi, la república cantonal de Roque Barcia, y la república social de los socialistas (con sus vertientes anarquista y marxista). A ello tal vez fuera preciso añadir el modelo de república federal en que creían los seguidores de Pi, y que tampoco era el federalismo republicano que defendía Pi. En julio se impuso la república radical unitaria de Salmerón, guardadora del orden público. Radical quería decir que se hicieran todos los cambios que España precisaba y que se hicieran enseguida.

Por esa época surgió otro modelo republicano, sin más trascendencia que el de haberse formulado, pero que indica tanto el desconcierto republicano como el desconcierto de los monárquicos, el modelo republicano militarista. Hubo dos posibilidades de república militarista: Pavía creía en la posibilidad de una República militarista o dirigida por militares, pero él no quería ser el líder. Y Serrano quería una República militarista al estilo francés, con él en la Presidencia. En septiembre se llegó a la república conservadora o autoritaria de Castelar. Cada uno de los modelos dividía a los republicanos en grupos irreconcialiables entre sí.

 

 

Incompatibilidad entre republicanos.

 

La llegada al poder de líderes republicanos en febrero de 1873, los que llamamos benévolos, significó también la ruptura con el populismo republicano representado por los diputados republicanos intransigentes. En 1873, cuando los benévolos accedieron al poder, los intransigentes les exigirían la República Federal inmediata y, en su caso, en Barcelona, el Estado Catalán ya. Estas exigencias acabarían derribando a los Gobiernos republicanos uno tras otro, empezando por el de Pi, pues esos diputados colaboraban con las masas revolucionarias cantonalistas, como las de Roque Barcia, e incluso algunos diputados salían de Madrid para capitanear rebeliones cantonalistas en contra de Pi.

Los republicanos federales benévolos gobernaron de febrero a septiembre de 1873. Estos republicanos moderados o benévolos, entre los que estarían Figueras, Pi y Salmerón, querían una acción conjunta de todo el Estado a favor de la República, un pacto nacional del que derivasen las regiones, si ello era votado por las masas y por el Parlamento, un federalismo que no tenía por qué destruir la unidad del Estado español. Creían que las reformas políticas eran necesarias para posibilitar unas reformas sociales que, a nuestro entender, tenían un fuerte contenido utópico: Mercado directo productor-consumidor por medio de cooperativas de consumidores; dinero barato para los pobres; asociaciones económicas y políticas de las clases medias y bajas; educación que regeneraría moralmente a estas clases sociales; los jurados mixtos en los conflictos laborales; la protección de las mujeres y los niños en el mundo laboral.

Pi y Margall es un caso especial dentro del republicanismo unitario, pues hablaba de un “federalismo republicano” muy particular, para cuya explicación remitimos al capítulo 19.17.14, pues es demasiada extensa. Pi se tuvo que enfrentar a sus propias contradicciones, pues la práctica del poder le hizo evidente la imposibilidad de aplicación de sus ideas. Sus seguidores no eran “benévolos” sino intransigentes, y en su momento, le acusaron de traición.

Los dirigentes republicanos federales benévolos de 1873 eran intelectuales, muchos de ellos abogados y periodistas, que intentaban un socialismo reformista desde el poder. No estaban en las utopías del igualitarismo ni del populismo, sino en la utopía regeneracionista, de la que tendremos mucho que hablar en este último cuarto del XIX. Algunos republicanos federales, defendían el internacionalismo como un movimiento que estaba de su parte, cuando hubieran debido saber que siendo ellos burgueses, pequeño burgueses, no tenían los mismos fines que los obreros y campesinos de la Internacional. Ya en junio de 1871 habían comenzado a atisbarse las diferencias y había habido una escisión entre la Asamblea Democrática de la República Federal, que era federalista y pequeño burguesa, y el Consejo Federal de la República Española, que era internacionalista.

En el movimiento federal se deja ver cierto idealismo propio de intelectuales que identifica al pueblo pobre con la bondad y con la armonía pacífica. Su movimiento se quedó sin seguidores poco después de perder el poder, en 1874: Los trabajadores siguieron movimientos socialistas que hoy denominaríamos tanto socialismo como anarquismo, y mayoritariamente lo segundo. Sin bases populares, el federalismo republicano quedó reducido, durante la Restauración, a un grupo de descontentos pertenecientes a la clase media.

Los republicanos federales benévolos encontraron sus propias contradicciones. Por una parte se contradijeron con los radicales-demócratas del Partido Radical. Hay que tener en cuenta que la base fuerte de los votos republicanos en el Congreso de Diputados eran los radicales. Éstos también querían una república, pero unitaria y no federativa.

Cuando los “republicanos nacionales” o benévolos pactaron con los burgueses radicales la república unitaria, los “republicanos provinciales” o intransigentes rompieron con ellos, y ésta fue la segunda gran ruptura o contradicción republicana. De esta manera, el inicio de la República era ya un fracaso republicano desde el principio. Los benévolos sólo trataban de descentralizar el poder, pero no de romper el Estado. Y tuvieron que condenar los desórdenes políticos de sus propios correligionarios, los intransigentes. Ese fue el drama personal de Pi, Salmerón y Castelar.

Estas contradicciones resultaron insalvables, y llevaron al fracaso de la República y al regreso de los burgueses al poder mediante la Restauración Borbónica de 1874. Pi no fue capaz de asumir la contradicción, Salmerón lo intentó, pero sólo Castelar la salvó poniéndose en contra de los intransigentes. Entonces, todos los republicanos se pusieron en contra de Castelar. En enero de 1874, los políticos españoles decidieron darse una tregua, un tiempo para decidir qué sistema político se adoptaba, y fue el año del Gobierno de Serrano, 1874.

 

 

Las ideas de república de los cantonalistas.

 

La masa de seguidores republicanos provincianos, capitaneados por algunos diputados republicanos intransigentes, quería la república desde abajo, lograda por la fuerza de los hechos. No eran propiamente republicanos sino populistas. No tenían idea clara de lo que eran políticamente, de qué modelo de república querían. Simplemente, eran partidarios de la “república”. Esta palabra significaba, en su boca, libertad para hacer lo que nunca se había podido hacer, que el Estado estuviera sometido a la voluntad del pueblo, trabajo para todos y salarios altos para todos. Defendían que el autoritarismo centralizador había sido la causa de todos los males y creían que el Estado Federal sería el medio (para los republicanos benévolos, era el objetivo final) para lograr la destrucción del Estado burgués que debía ser sustituido por regionalismos, en cierta manera similares a los señoríos medievales, pero inicialmente en manos de los pequeño burgueses. Según ellos, la república se conseguiría mediante la revolución, y por revolución entendían violencia de las masas en la calle. Para ello, se habían organizado en comités locales y provinciales dispuestos a apoyar cualquier rebelión antigubernamental que surgiera. De hecho hubo una rebelión en El Ferrol a finales de 1872 y se volcaron en ella, pero fracasaron. En esta época se llamaban “cantonalistas” porque pretendían gobiernos regionales autónomos, o Cantones federales, con absoluta libertad e independencia de cada uno de ellos. Se habían organizado para asaltar cuarteles y acabar con el ejército, uno de los enemigos del pueblo según ellos.

En 1873, era frecuente que las masas se apuntaran a los Voluntarios de la República, y permanecieran en esas unidades paramilitares mientras recibían un salario. Si no recibían salario, desertaban. Y si veían enfrente al ejército español, solían abandonar a la desbandada, de modo que los dirigentes se quedaban solos y optaban por rendirse.

Más tarde, los cantones cayeron unas veces en manos de líderes populistas, otras de dirigentes del Partido Republicano Democrático Federal llegados desde Madrid, otras en manos del anarquismo y alguno en manos del socialismo marxista. Cada facción trataba de aprovechar el desorden para instaurar su nuevo sistema político en el Cantón.

Por estas razones, el cantonalismo aterrorizaba a muchos gobernantes españoles, también a los republicanos.

 

 

LA EXPERIENCIA POPULISTA.

 

El populismo, que afloró en múltiples ciudades durante la República en forma de comunas o cantones, tampoco significaba espíritu de consenso social y unidad de criterio: El populismo, aun con las masas en la calle, fue siempre un asunto de minorías, esos líderes populares que acaudillaban al pueblo y se decían representantes del mismo, e incluso lo arrastraban en determinados momentos, con teorías poco fundamentadas ideológicamente y alejadas siempre del concepto de democracia liberal, a la que sustituían por democracias socialistas y democracias populares.

En general eran grupúsculos dispares que se unían en contra del sistema establecido y, en determinados momentos, podían parecer mayorías. Se constataba la disparidad interna en cuanto llegaban al poder. Las ideas de sus líderes, más o menos utópicas, no tenían por qué coincidir con las ideas de la mayoría de los trabajadores, ni seguían las reglas económicas que beneficiarían a todos a largo plazo.

El fracaso económico del populismo (Lenin tuvo su fracaso a los dos años de alcanzar el poder, Mussolini tuvo su fracaso a los veinte años de gobierno, Hitler a los cinco años de mandato, Franco a los cuatro años de instalarse, años del hambre, y definitivamente a los veintitrés años tras su victoria) suele llevar al líder a culpabilizar a los demás de traición al líder o al proyecto, con enemigos externos que acaban siendo las potencias económicas que no siguen sus deseos, y enemigos internos que son los discrepantes políticos. Y ese fracaso lo traducen en violencia institucionalizada contra la oposición política.

El líder populista es a menudo un profesor universitario mediocre, un funcionario, un profesor de media o maestro de primaria (Mussolini), un militar de no muy altos vuelos (Hitler, Hugo Chávez), un ex-seminarista o monje exclaustrado, o una persona muy locuaz capaz de hablar mucho tiempo sin decir nada.

Las “pretendidas masas” que salen a manifestarse a la calle en apoyo de los “conductores de masas” populistas militan activamente en grupos revolucionarios, y no dejan de ser una minoría respecto al conjunto de trabajadores, aunque, por su gran actividad y llamadas continuas a la emotividad, logren convocar macromanifestaciones y concitar puntualmente el apoyo de las masas, hasta llegar al poder.

Una vez alcanzado el poder, el problema suele ser cómo eliminar a los “revolucionarios” que les han ayudado a alcanzarlo y piden alguna contraprestación por ello. Cuando son capaces de dirigir la opinión pública y arrastrarla a acciones puntuales de apoyo a determinadas causas, los populistas pueden pasar por los únicos representantes del pueblo, sobre todo si se tiene en cuenta que muchos “intelectuales” (periodistas que deberían informar, en vez de profetizar o adoctrinar, enseñantes que deberían enseñar, en vez de “educar en ideas políticas antisistema”, e intelectuales de condición mediocre que dedican su tiempo a mediatizar a las masas) tienen la idea preconcebida de que así son las cosas, informan de lo que ellos sueñan ver, y se benefician esporádicamente del éxito de esos cambios pretendidamente “revolucionarios”.

 

 

Los movimientos cantonalistas.

 

El movimiento cantonalista era muy complejo en 1873: Los jefes cantonalistas populares de unos cantones, y los republicanos intransigentes de otros cantones, eran pequeño burgueses, mientras que los líderes socialistas en otros cantones eran antiburgueses, pero eso no parecía importar. Odiaban tanto al Estado que desconfiaban incluso de sus propios dirigentes de partido. Les daba lo mismo un dirigente de extrema izquierda, que un dirigente centralista y conservador, odiaban a todos los dirigentes. El odio era lo único que les unía.

Aunque ellos mismos no lo admitieran, porque eran violentos, y confundían el concepto de violencia con el de revolución, estos pequeño burgueses cantonalistas eran gentes más bien conservadoras y tradicionalistas. Los pequeños comerciantes querían regular los precios en su propio beneficio, y la idea de regulación es netamente conservadora. Aunque estuviesen en contra de la gran burguesía, eso no nos basta para calificarlos como revolucionarios, sino más bien como violentos. Los pequeños burgueses de algunos cantones eran católicos, frente a unos dirigentes republicanos laicistas de otros cantones, de forma que en el cantonalismo podían colaborar en ocasiones curas y obispos, y el catolicismo español del XIX era netamente conservador. El hablar de revoluciones populares para referirse a las cantonalistas, es en un punto incorrecto, pues más bien son revoluciones pequeño burguesas populistas.

Por otro lado, los socialistas eran en general de extrema izquierda, comunards de su tiempo, que aspiraban a la destrucción de la propiedad y del Estado. No obstante, entre ellos había grandes diferencias entre teorías de distintos utópicos, teorías anarquistas y teorías marxistas. Los cantonalistas socialistas eran minoría, pero dentro de ellos existían grandes, muchas y graves divergencias de concepción del Estado y de la vida económica y social.

También hay que hablar del aspecto revolucionario de los Cantones. No es igual regionalismo que cantonalismo. El regionalismo afirma el hecho diferencial regional y suele ser bastante conservador, trata de construir un Estado más pequeño, posible de dominar por una minoría determinada. El cantonalismo quiere cambiar radicalmente el modelo de Estado, aunque siga siendo a veces un movimiento conservador. El cantonalismo afirmaba la autonomía de cada provincia o de cada ciudad y su región, por proximidad geográfica a una ciudad determinada y teniendo en cuenta las relaciones económicas y sociales. Era muy dado al alboroto. Las masas cantonalistas, compuestas por dirigentes populistas, obreros, campesinos y republicanos, exigían la descentralización con violencia. Los cantonalistas se fijaron como objetivos la descentralización del gobierno, la revolución social hacia el igualitarismo, y la revolución política, lo cual dejaba el poder en manos de los pequeño burgueses (tenderos, maestros, profesores, médicos, artesanos…).

 

 

Masas populares y cantonalismo.

 

Las masas populares estaban, ideológicamente, al margen de todos estos movimientos republicanos y cantonalistas. Fueron utilizadas por ellos, pero no tenían formación intelectual suficiente para concebir una ideología política. Las masas populares identificaban el concepto “república” con un socialismo que les daría la tierra, o un comunismo que daría trabajo a todos, o quizás una serie de Gobiernos cantonales en los que muchísima gente encontraría un sueldo para vivir del Estado, cosa que, según ellos, sería posible tras eliminar los sueldos del ejército. Pero las propias insurrecciones cantonales demostrarían que, frente a la utopía popular, era imposible eliminar el ejército y, al contrario, éste se hacía más necesario que nunca para luchar, no contra el enemigo exterior, sino contra las veleidades de las masas.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que las masas quedaron decepcionadas por los republicanos, por los anarquistas, por los socialistas, y acabaron recibiendo con cierto alivio la restauración de la monarquía. Nunca hubo mayorías tan aplastantes como las de Cánovas en 1875-1897, ni dejación tan grande de la política en manos de “los profesionales” como la de finales del siglo XIX. La dejación fue tan importante, que los políticos no se preocuparon por resolver los problemas pendientes desde hacía décadas, acuciantes en 1868-1874, y dieron lugar a nuevos brotes populistas durante toda la primera mitad del siglo XX español.

Es preciso explicarnos cómo los trabajadores llegaron a colaborar con los republicanos intransigentes y con los pequeño burgueses cantonalistas, y cómo abandonaron las revueltas a partir de 1874: Las masas vieron pronto, desde principios de 1873, que la República no correspondía a sus deseos de reparto de tierra y bajadas de precios, que eran las ideas preconcebidas que tenían sobre el término república. Empezaron a hacer oposición a los radicales que no hacían el modelo de política que ellos pensaban era el republicano. Muchos jornaleros se sumaron al movimiento cantonal, que se hizo más confuso e indefinible, difícil de diferenciar entre los que querían dominar desde posiciones pequeño burguesas, y los que querían reparto de tierras y casas. Pero ante el ataque del ejército contra los Cantones, las masas mostrarían su conservadurismo y no apoyarían a los dirigentes cantonalistas hasta el final. A partir de 1874 buscarían otros caminos hacia sus objetivos.

 

 

Teoría del populismo.

 

Populismo fue en su momento el jacobinismo, la comuna, el cantonalismo, los fascismos, los comunismos, el franquismo español, el castrismo cubano, el chavismo venezolano, el peronismo argentino… Pero debemos tener en cuenta que existen varias acepciones de populismo:

Una primera, la teoría política que apareció en España en el XVI y afirmaba que el pueblo era soberano siempre y no podía delegar o perder esa soberanía en ninguna ocasión, aunque hubiera sobrevenido el absolutismo de los Austrias. Según esta teoría, los ciudadanos tienen siempre derecho exclusivo a decidir. Esta teoría es una falacia, sencillamente porque es imposible: Si cada día surgen en cada Ministerio docenas de problemas, en cada Diputación Provincial decenas de problemas, en cada Ayuntamiento nuevos problemas, y cada día surgen en el mundo exterior al ciudadano cientos de problemas ante los que hay que tomar postura, los ciudadanos deberían decidir cada día sobre cientos de cuestiones, lo cual es un imposible en sí mismo, porque ni tienen tiempo para tantas votaciones, ni información suficiente para poder decidir, ni muchas veces capacidad intelectual para hacerlo. Y conduce a que unos pocos, designados o autodesignados padres del pueblo, salvadores, libertadores, caudillos, o lo que se quiera, se erijan en dictadores de hecho, y sean ellos quienes decidan qué debe saber el ciudadano y sobre qué debe manifestarse. Una cosa es el derecho de rebelión contra el delincuente que ha usurpado el poder, y otra cosa el ejercicio del poder, el cual debe ser delegado en personas bien informadas sobre cada tema. La democracia directa sólo es posible en pequeños grupos. El gran grupo debe ir necesariamente a la democracia representativa. Sería un asunto complejo, del que hay mucha literatura, miles de libros, y no puede ser resumido en veinticinco líneas.

La segunda acepción de populismo, es un modo de comportamiento de los líderes, militares, religiosos, empresarios o políticos, que tratan de “pastorear” a los ciudadanos (tratarles como a irracionales) exponiendo ante sus ojos sólo lo que los ciudadanos están deseando oír, y ocultándoles las partes conflictivas o dolorosas. Yo lo llamo “populismo desde arriba”. Pero los asuntos de la vida humana son complejos, y los de sociedades avanzadas y desarrolladas, más complejos todavía. Cualquier decisión tiene partes positivas y negativas, unos beneficiarios y unos perjudicados. Exponer sólo las partes que convienen al líder, al político o al empresario, cuando la mayor parte de la población no tiene acceso a la totalidad de la información, debería ser un delito, y cuando sirve para aprovecharse, lucrativamente en unos casos, y en el ámbito político en otros, ambos casos igual de detestables, debería ser duramente castigado. Algunas veces, las menos, el líder lo hace por su completa ignorancia y estupidez. A menudo lo hace para sacar beneficios personales y familiares. Igualmente debemos considerar que, si el pueblo vota algo sin haber tenido toda la información de que se disponía en aquel momento, el hecho no es democrático como los populistas defienden, sino un fraude que debía ser punible. Por ejemplo, poner ante los ojos del ciudadano el mejor de los sistemas de abastecimiento, o de transporte, o de enseñanza, sin informarle que la iniciación de esas instalaciones va a tener un coste, y a veces un coste que el ciudadano no está capacitado para sufragar, es un fraude, un engaño. Dentro de este tipo, cabe citar el populismo disgregador del Estado, el cual es utilizado por políticos que ven que su única oportunidad de triunfo de sus doctrinas, radica en fragmentar el Estado de modo que sea posible imponerlas en una de las partes resultantes.

    En tercer lugar, populismo es el modo de comportamiento de centenares de líderes ignorantes, los cuales, por su facilidad de palabra, generalmente en oposición a casi todo y a casi todos, arrastran a grupos de ciudadanos a movimientos sociales extraños, que pueden ser simples asociaciones, pero también organizaciones para manifestaciones políticas y, en ciertos casos, organizaciones para la violencia. El líder populista se cree en posesión de la verdad, dice tener la solución a casi todos los temas, y esa solución es simple, torpe, e irracional. En general, el populismo no busca lo más conveniente para el pueblo, para el interés general, aquello que incrementaría el desarrollo económico para todos y, con él, mayores derechos para más personas (ambos aspectos son inseparables), sino la realización de una idea “salvadora”, “redentora” del pueblo, de la cultura, de la raza, de la religión. Y “la salvación” consiste siempre en dejar gobernar despóticamente a los “salvadores”. Muchas veces se limitan a hablar mal de un gobernante o de un sistema, sin conocerlo a fondo, y le convierten en la bestia a destruir, pero no tienen plan alternativo. A veces se les conoce como “anti”.

En resumen, populismo es la adopción de soluciones irracionales y no sostenibles en el tiempo, a los problemas del conjunto de la sociedad, soluciones que no van a mejorar el interés general a largo plazo, sino las ambiciones de una parte del pueblo, muchas veces bajas capas sociales, o las de una persona en concreto. Las soluciones populistas no están contempladas a largo plazo de modo que sean sostenibles, sino en el corto plazo, aunque signifiquen el caos económico y social a medio y largo plazo.

Hay que ser consciente de que la inteligencia es una cualidad individual, que no se trasmite de padres a hijos, ni se contagia por convivencia, sino gracias a algunas dotes naturales mínimas y a través de mucho trabajo individual. La masa es irracional por definición, y cuanto más grande es esa masa, más incapaz de razonar se vuelve y más apelaciones a lo sentimental e irracional surgen entre sus dirigentes.

La clave para distinguir populismo de democracia liberal representativa y parlamentaria, es observar si se incrementan, o no, los derechos humanos para el conjunto de toda la sociedad, incluidas las minorías y las individualidades discrepantes. El populista incrementa uno, o unos pocos derechos, y sacrifica todos los demás sin importarle lo más minimo. Se llega al absurdo de despreciar la vida humana en beneficio de la causa de conseguir un derecho considerado importante por el líder populista, y que a veces es una auténtica memez.

Evidentemente, en cada decisión de Gobierno, sea un régimen democrático o populista, siempre habrá derechos conculcados de algunas personas, aunque se favorezcan los derechos de otras. El estadista, expondrá la totalidad de la información, los derechos conculcados a unos ciudadanos y los derechos salvaguardados a otros ciudadanos. El populista sólo hablará de una de las partes del razonamiento, la que le convenga en cada ocasión contra alguien, o a favor de su causa personal.

La práctica nos muestra que el populista trata, en nombre del pueblo, de mantenerse en el poder por la fuerza, o la persuasión, y utiliza la prensa, los medios de información y los discursos, para que las masas no le retiren el respaldo puntual que ha recibido. El populista es locuaz y apela al sentimentalismo. A veces logra retener el poder algunas décadas, casi siempre luchando violentamente contra los discrepantes. La sociedad suele tardar demasiado tiempo en darse cuenta de la diferencia entre populismo y democracia liberal. Cuando se da cuenta de que, para el dictador populista, la realización de la idea salvadora está por encima de los derechos de las minorías, suele ser demasiado tarde. Y la sociedad tarda en darse cuenta, porque el populista se presenta siempre con careta, y dice ser lo que no es. Se inventa términos nuevos y trata de utilizar en su favor la magia de la palabra. Y cuando alcanza el poder, tiene el monopolio de la información, y el de la fuerza policial, y el de los tribunales… y no hay posibilidad alguna para ir contra él. Hay populistas de derechas y populistas de izquierdas. Lo más común, sin embargo, es que el populista diga que él no es de derechas ni de izquierdas, sino un admirador del pueblo, de los jóvenes, del espíritu luchador de las mujeres, de las minorías, de las mayorías en su caso… Así atrae al máximo de personas posible a su lado.

Bajemos del terreno teórico a cuestiones más palpables:

Ejemplo para estudiantes: Si un profesor propone a votación en clase dar un aprobado general, los alumnos votarán sí el 100%, o en raros casos, el 90%. ¿Podemos afirmar que el aprobado general ha sido democrático puesto que lo han votado la totalidad de los alumnos? Evidentemente no: Con un aprobado general, se han menospreciado los derechos de los buenos estudiantes, poniendo a su mismo nivel a los que no han trabajado lo suficiente o no tienen capacidades para aprobar. Luego, con títulos iguales se colocarán los que tengan mejores relaciones familiares o políticas, pero no los más preparados, es decir, se lesionarán los derechos humanos. Con un aprobado general se estimula el deseo de no trabajar, e incluso, con un poco de manipulación, se puede estimular la organización de la violencia, boicot, malos comentarios, contra otros profesores que no dan aprobados generales.

La discusión sobre este punto se complicó un día en clase, cuando un profesor me comentó que los alumnos buenos eran conscientes de que cedían este derecho y que, preguntados más tarde, seguían conformes con haberlo cedido. Entonces llegamos a la conclusión de que había derechos inalienables, la vida y el desarrollo físico e intelectual de la persona, y otros que podían ser postergados, como puede ser una parte de la propiedad. Y de nuevo volvió a complicarse cuando una alumna católica dijo que Jesucristo había entregado la vida por la salvación de los hombres, y se trataba de un derecho inalienable. Dejémoslo ahí. Ya tenemos suficientes datos para abrir un debate.

Segundo ejemplo para estudiantes: Si en la clase decidimos que un compañero nos molesta y acordamos darle una paliza, o que un tercero le dé una paliza, por decisión unánime o muy mayoritaria del resto de la clase ¿es eso democrático? Evidentemente no. Pero lo interesante es conocer por qué no lo es: Porque se conculca el derecho de esa persona. Si se produjera un caso semejante, todos los que votaron serían delincuentes por el mismo hecho de participar en una votación que iba a tratar sobre los derechos de una persona, sobre los que sólo puede tratar un juez competente, el Director del centro en su caso, el juez del distrito en otras ocasiones. La única postura honesta, democrática, respetuosa con los derechos humanos, es negarse a participar en la votación y denunciar el hecho ante la autoridad competente. ¿Y qué pasa con la “ley de castigo al chivato” que se ha impuesto en muchos grupos? Que es una ley propia de sociedades de delincuentes, de la mafia, de las cárceles, y propia de fascistas, anarquistas y comunistas, pero no es de tipo democrático. La democracia orgánica fascista, y la democracia popular comunista o anarquista, son antagónicas a la democracia liberal representativa y parlamentaria.

En el capítulo 19.17.12.Amadeo, ya hemos repetido estas ideas sobre el populismo tan importantes en la historia.

 

 

La revolución “intransigente” frustrada.

 

Los “republicanos intransigentes” potenciaron la fuerza del cantonalismo a fin de hacerse con el poder y expulsar de él a los “benévolos”. Los cantonalistas provincianos conectaron con los republicanos federales intransigentes incidentalmente, por necesidades puntuales de llevar adelante cada bando sus proyectos. Eran grupos diferentes.

Los republicanos intransigentes, que desconfiaban de sus gobernantes republicanos benévolos, salieron de Madrid para aprovechar en su favor la existencia de esta violencia provinciana, y se pusieron al frente de las luchas cantonalistas.

Pero las masas cantonalistas provincianas iban más allá que los republicanos, y los trabajadores exigieron trabajo y tierra para todos, mientras los burgueses, pequeños comerciantes y artesanos, pedían proteccionismo para sus pequeños negocios, y lo querían desde ese mismo momento. Los burgueses admitieron en sus grupos cantonales a proletarios que les ayudaran en la violencia porque pensaban que a más violencia más posibilidades de éxito. No pensaban tampoco que los proletarios les pudieran arrebatar la revolución, a pesar del aviso de la Comuna de 1871.

Como organización de la violencia, la intervención de las masas lideradas por republicanos intransigentes, estaba bien proyectada, pero el proyecto no tenía futuro alguno. Tal vez las masas cantonalistas no hubieran tenido trascendencia política alguna, si no hubieran intervenido los intransigentes. Sus insurrecciones primeras datan de 1869, y luego tenemos noticias de la de El Ferrol de 1872, que no fueron consideradas peligrosas para el Estado. En 1873, los intransigentes organizaron Juntas Revolucionarias que pedían la supresión de quintas, la abolición de los impuestos al consumo y las independencias regionales que serían previas a la federación regional o pacto federal de las regiones de España y Portugal. Era lo que las masas venían demandando desde hacía décadas.

La sublevación general cantonalista tuvo lugar en julio de 1873, un mes después de tomar Pi i Margall la presidencia. Se aliaron a los bakuninistas y ambos hicieron populismo entre las masas de campesinos y asalariados en general, con idea de servirse de ellos para sacar adelante cada uno su proyecto político.

Debemos preguntarnos cómo se había llegado a este confusionismo de ideas: En primer lugar, porque se había difundido un modelo de Estado utópico, al que llamaban “república”, donde existiría la libertad y la propiedad para todos. En segundo lugar, porque se había difundido la falacia de que descentralización política es igual a justicia social. En tercer lugar, porque se había difundido el error de que la agitación y la violencia es el único camino para conseguir el triunfo de la justicia y las libertades.

Las relaciones entre los dirigentes republicanos federales de Madrid y los federales de provincias, fue muy difícil: El caso catalán es muy ilustrativo de lo que venimos contando. En Cataluña encontramos al dirigente federalista republicano Pi y Margall, frente al federalista regionalista Valentí Almirall, y no eran capaces de ponerse de acuerdo.

 

 

[1] Blas Pierrad Alcedar, 1813-1872, nació en Francia por la circunstancia de que su padre, el brigadier Santiago Pierrad, estaba prisionero. Ingresó en el Regimiento de Caballería Alcántara, y luego en la Guardia Real, cuerpo de élite. En 1836 luchó contra los carlistas en Castilla la Mancha y Andalucía, al servicio del general Narváez, y luego pasó a Huesca. La Guardia Real fue extinguida en 1841, y Pierrad volvió a Caballería. En 1844, sirvió en Pamplona como Teniente Coronel. En 1856 estuvo en la represión contra los progresistas hecha por el general O`Donnell. En 1866, participó en el golpe de Estado del Cuartel de San Gil y se unió a Prim, el general progresista. En 1867 se comprometió con Prim a capitanear una sublevación en Aragón, pero fue sustituido en el último momento y se enemistó con Prim. Blas Pierrad Alcedar y Juan Contreras San Román huyeron a Francia, donde fueron internados en un campo en Bourges. Ambos se hicieron republicanos intransigentes. En septiembre de 1868 volvió a España, mostrando aversión a Prim, y se hizo diputado republicano federal en enero de 1869.

Fernando Pierrad Alcedar, 1821-1892, nació en Zamora. Fue Ministro de Guerra para Figueras en 30 de abril de 1873.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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