AMADEO I: ABDICACIÓN EN FEBRERO DE 1873.

EL POPULISMO.

 

 

 

Los problemas de Amadeo.

 

Amadeo se mostró escrupuloso en el cumplimiento de la Constitución, prudente, discreto y con sentido del ahorro, casi todo lo contrario de lo que eran los españoles. Los españoles decían que no era muy inteligente, pero se mostró con más sentido común que la mayoría de los Reyes de España. Tal vez porque venía de otro tipo de educación familiar. Como ya hemos contado, había empezado por despedir a la mucha servidumbre de Palacio, incluso a las nodrizas (su esposa la Reina Victoria quiso criar ella misma a sus hijos) y ello generó críticas furibundas de la nobleza y burguesía españolas que creían que el prescindir de la servidumbre y el amamantar a los hijos era desacreditar a la monarquía. No menos furioso se puso el pueblo que pensó que Amadeo quería dejarles sin trabajo. La reducción de aposentos de Palacio, la eliminación de ceremonias, la eliminación de la escolta y el prescindir de la caravana de coches caros, acabó de asombrar a los españoles. Pero éste era el menor de los problemas de Amadeo:

Había que ganar la guerra carlista.

Había que contener el republicanismo que amenazaba con hacer estallar acontecimientos violentos.

Había que reformar el sistema de quintas para que no sólo los pobres fueran a la guerra.

Había que resolver el problema de la esclavitud, abolir en España (en sus territorios de ultramar) lo que ya había sido abolido internacionalmente en 1815, en el Congreso de Viena.

Se debía introducir a los conservadores en las reglas de juego del liberalismo parlamentario limpio, lo cual equivalía a crear un nuevo paradigma para los partidos políticos.

Había que reducir el ejército a su papel estrictamente militar, al tiempo que era preciso dignificar sus sueldos, mejorar sus medios y  mejorar su funcionamiento interno.

Era preciso embridar al movimiento populista tan arraigado en España.

Era necesaria una política social de modo que se consiguiera una sociedad más justa, con egalité y fraternité, de modo que el socialismo, marxismo y anarquismo, no tuviera detrás el apoyo populista. Para ello era preciso resolver el entonces llamado “problema social”, que era el viejo problema de la propiedad de la tierra, del latifundio y del minifundio.

Todos estos problemas venían arrastrándose, al menos desde principios de siglo, y nadie en España estaba dispuesto a resolverlos. El Rey, si lo intentaba, estaba solo ante una reconstrucción colosal.

 

 

El problema del conservadurismo.

 

Amadeo pretendía, como premisa inmediata, que los partidos dialogasen y llegasen a unos programas mínimos en los que estuvieran de acuerdo. Pero lejos del propósito del Rey, los partidos fueron abandonando progresivamente a un Rey que les quería hacer desistir de sus “sagrados principios”. Es decir, pretendían que todas sus ideas eran inamovibles e innegociables. Los constitucionalistas querían frenar la democracia, que fuera más lenta, olvidando tal vez que llevaban transcurridos 60 años desde aquel recordado 1812, y no se habían puesto ni siquiera las bases de una verdadera democracia liberal representativa y parlamentaria. Los radicales querían darle velocidad al proceso. Los republicanos querían destruir la monarquía e ir directamente al gobierno de los pueblos, en diversos modelos poco madurados. Y los moderados querían volver a modelos anteriores más autoritarios. Las discusiones entre los partidos hacían inviable toda acción de gobierno y era, con mucho, el problema más grave del momento. Todos eran, a cuál más, conservadores de sus viejos principios.

Los Gobiernos de 1868-1873 fueron haciendo concesiones a los republicanos federales con ánimo de ganar la paz social, tales como la abolición de las quintas y la supresión de impuestos indirectos, pero los federales no se dieron por satisfechos con estas concesiones y pedían mucho más porque su objetivo no era mejorar las condiciones del sistema liberal sino crear condiciones de violencia que permitieran su revolución, mientras los moderados se mostraron incómodos con las concesiones hechas, y el resultado fue un fracaso por todas partes. La monarquía se agotó en el intento y ya no tenía soluciones que ofrecer.

Un detalle nos confirma el problema que venimos insinuando: El 24 de enero de 1872, Amadeo propuso unas elecciones, pero elecciones limpias, a lo que Serrano contestó: “serán todo lo limpias que pueden ser en España”. Se celebraron en abril. Los gubernamentales volvieron a sacar mayoría. Se supone que hubo pucherazo, y más cuando algunos diputados denunciaron que Gobernación se había gastado 2 millones de reales en amañar resultados.

Tras las elecciones volvió la violencia abierta. Los carlistas declararon la guerra en mayo, hubo unas sublevaciones republicanas en El Ferrol y Málaga, y hasta alguien trató de asesinar al Rey en el mes de julio. Las elecciones no resuelven los problemas por sí mismas.

Amadeo dio oportunidad de gobierno a los constitucionalistas en marzo, a los radicales en julio, a los constitucionalistas en septiembre y en el nuevo Gobierno de diciembre. Casi un Gobierno por trimestre. Todos querían gobernar sin dialogar ni negociar nada con nadie, y como no tenían la mayoría absoluta, dimitían. Los Gobiernos, a cual más intransigente, se sucedieron con rapidez: En mayo Serrano, que exigió suspensión de las garantías constitucionales y el Rey le hizo dimitir para nombrar Presidente, en junio, a Ruiz Zorrilla del Partido Radical. Ruiz Zorrilla disolvió las Cortes y el 24 de agosto hizo elecciones, que se dice que fueron limpias, pero en ellas se abstuvo el 54% de los electores, lo cual no nos permite interpretarlas como voluntad real del Estado. En ellas los radicales, que en las anteriores habían sacado 42 escaños, obtuvieron 274 diputados. Un cambio tan brusco no es explicable, salvo teniendo en cuenta el retraimiento de la oposición, pero entonces debemos concluir que no son significativos los datos. Se interpreta que los españoles estaban dispuestos a iniciar un nuevo sistema político, republicano o alfonsino, ya se vería, pero que no sabían qué quería cada partido.

El agitador típico de izquierdas era un político de café, literato en cuanto escribía artículos en periódicos, provinciano, bohemio en Madrid, pequeño burgués, que repetía sin cesar el latiguillo “España con honra”. El agitador era seguido por masas de campesinos que creían, erróneamente, que república era lo mismo que reparto de la propiedad de la tierra entre todos los campesinos, y masas de artesanos que esperaban que una república diese salida a sus anticuados y caros productos no competitivos ante la Revolución Industrial, y unos habitantes de ciudad que pensaban que la República daría trabajo a todos, en milicias y puestos administtrativos. Este apoyo social a los republicanos, causó lógicamente la crisis del Gobierno de Amadeo e hizo triunfar la República, pero fue también la causa del fracaso de la República porque ésta era una utopía y porque las fuerzas sociales y económicas burguesas no estaban con ellos, no podían aceptar su utopía, sino que buscaban la suya propia.

Los del Partido Radical intentaron abolir la esclavitud, pero se opusieron los nobles, los tratantes de esclavos, el partido alfonsino y los azucareros catalanes. Así que Cuba se mantuvo como estaba, aunque Puerto Rico vio abolida la esclavitud. También redujeron el sueldo de los curas los cuales, para sobrevivir, tuvieron que pedir dinero a sus Ayuntamientos respectivos y, en los casos en que había Ayuntamiento radical o republicano, que no les daba nada, vivir de la caridad.

Uno de los temas más interesantes, puesto en el tapete desde 1868, fueron las cuatro concepciones diferentes de soberanía: los carlistas pensaban en una legitimidad monárquica y en que la soberanía del Rey proveniente de Dios era intocable por tradición; los moderados pensaban en que la soberanía residía tanto en las Cortes como en la Corona y ambas podían decidir sobre las instituciones del Estado; los liberales progresistas opinaban que sólo las Cortes eran soberanas; los republicanos creían en una soberanía popular que emanaba de la opinión pública cotidianamente manifestada a través de comités. La disputa político ideológica llegó a ser tan fuerte que todos olvidaron los otros problemas del país, los económicos y sociales, para centrarse exclusivamente en los problemas políticos de salón, lo cual generó exasperación y exacerbación.

 

 

El problema del carlismo en 1872.

 

Los carlistas vascos no tenían perspectivas de victoria, y Carlos VII decidió, en agosto de 1872, destituir a todos los jefes provinciales carlistas, y cambiar el mando: Antonio Dorregaray sería el nuevo jefe provincial general, Nicolás Ollo el de Navarra, Antonio Lizárraga el de Guipúzcoa, y Gerardo Martínez de Velasco el de Vizcaya. Se les encomendó sublevar el País Vasco para 18 de diciembre de 1872. Entonces se sumaron al movimiento carlista vasco las partidas del cura Santa Cruz[1] en Guipúzcoa, de Francisco Goiriena “el jesuita”[2] en Vizcaya. La consigna era el grito de “abajo el extranjero”, y el extranjero era Amadeo.

En Cataluña, el carlismo de diciembre de 1872 contaba con unos 12.000 hombres, muchos menos que en el País Vasco donde llegó a 24.000. La táctica de los carlistas catalanes era la movilidad continua, huir por sistema, y atacar sólo cuando se estaba seguro de la victoria, pero abandonando el campo del ataque enseguida, en pocas horas. Llegaban a un pueblo, recaudaban fondos, destrozaban el telégrafo y el ferrocarril y huían. Es conocida la partida de José Agramunt “el cura de Flix”.

Otros núcleos de actividad carlista eran Valencia con unos 2.000 carlistas en armas; el Maestrazgo con 3.000; Alicante con 850; Extremadura con 400; Ciudad Real con 350. Habría un total de 4.000 carlistas más por distintos puntos de España, pero en grupos más pequeños. En total recontamos unos 42.000 hombres en el conjunto del carlismo del territorio español.

Carlos VII era un hombre inteligente y abierto, reformista sin romper con la tradición, y partidario de jugar en política, por lo que tenía varios Diputados en las Cortes españolas, cosa poco frecuente en España. Además, contaba con un equipo de intelectuales como nunca había tenido el carlismo: Cándido Nocedal Rodríguez de la Flor, Antonio Aparisi y Guijarro, Francisco Navarro Villoslada, y en época posterior, Juan Vázquez de Mella[3].

La caída de Amadeo en febrero de 1873 proporcionaría muchos voluntarios al carlismo, y el surgimiento del cantonalismo proporcionaría muchos más.

 

 

El problema del ejército.

 

Había que pagar al ejército en una época en que éste era totalmente necesario debido a la guerra carlista, la guerra de Cuba y las sublevaciones de los republicanos federales.

El ejército odiaba a Amadeo. Había dos grupos principales, los de Balmaseda y los alfonsinos:

El general Blas de Villate y de la Hera II conde de Balmaseda (Valmaseda en otros textos) capitaneaba a un grupo de generales como Joaquín Jovellar Soler, Luis Dabán Ramírez de Arellano, José Villalba Riquelme, José Primo de Rivera Sobremonte y Arsenio Martínez Campos. Balmaseda era un intransigente de derechas y odiaba a Amadeo porque el Rey decía que había que ir a la conciliación y al diálogo, mientras Balmaseda pensaba que había que acabar con todos los intransigentes violentos, republicanos y populistas, por las armas. Todos los hombres de Balmaseda tenían en común haber pasado por Cuba.

El grupo alfonsino lo integraban Antonio Caballero y Fernández de Rodas, José Gutiérrez de la Concha, Manuel Gutiérrez de la Concha y Francisco Lersundi Hormaechea. Esperaban quitar a Amadeo para entronizar a Alfonso XII.

Y también había militares del Partido Demócrata, y republicanos, pero eran minoría.

 

 

El ejército en tiempos de Amadeo.

 

El ejército se componía del arma de infantería, arma de caballería, cuerpo de artillería, cuerpo de ingenieros, cuerpo de Estado Mayor, y cuerpo auxiliar administrativo, cuerpo auxiliar sanitario, cuerpo auxiliar del clero castrense, y cuerpo auxiliar jurídico militar.

Los jefes y generales eran muy numerosos y no había destinos para todos. Los que no tenían destino permanecían en la reserva, y cobraban la mitad.

Primer problema: exceso de oficialidad.

Narváez había reorganizado el ejército de forma que hubiera muchos destinos de oficiales y jefes, y el ejército había estado tranquilo un tiempo, hasta 1854. Pero la maniobra de Narváez era una chapuza política, una trampa: con este torpe sistema, normalmente el 64% del presupuesto del ejército se destinaba a personal, y quedaba muy poco para armas, caballos y material diverso (comida, tiendas, ropa, botas…). Narváez hizo crecer los gastos de personal pero, sin aumentar el presupuesto, ello significaba peor dotación de material cada año. A la larga, la trampa se hizo muy visible, y Narváez fue perdiendo popularidad entre los militares, de modo que en su última fase, a partir de 1856, muchos se pusieron en su contra.

La Armada se había renovado desde 1857 y no sólo en material de guerra, sino en organización: En 1857 se había creado el cuerpo de Artillería de la Armada y se reorganizó Infantería de la Armada en 1869. Los demás cuerpos de la Armada eran ingenieros y constructores, guardias marinas, administrativo, pilotos, eclesiástico, sanitarios, guarda-almacenes y Cuerpo General de la Armada.

En 1867 el Cuerpo General de la Armada lo componían 1 Capitán General, 10 Tenientes Generales, 15 Jefes de Escuadra, 17 Brigadieres, 46 Capitanes de Navío y 80 Capitanes de Fragata.

En 1868 se bajó el presupuesto militar, y como los gastos de personal eran los mismos, el porcentaje gastado en personal era del 72%, quedando muy poco para dotación de material. Si hemos dicho más arriba que el ejército estaba descontento, a la Marina le pasó lo mismo.

En segundo lugar, los sueldos de los suboficiales eran muy bajos: en 1870, un Capitán General ganaba 30.000 pesetas al año, un Brigadier 9.000, un Coronel 7.000, un Comandante 5.000, un Capitán 3.000, un Teniente 2.000 y un Alférez 1.650 pesetas al año, que era un sueldo de clase media. Pero los sargentos cobraban 400 pesetas al año, igual que un obrero no cualificado y los cabos menos de esa cantidad, lo cual era una miseria. Era un segundo motivo de descontento.

En tercer lugar, estaba el doble truco de que los hijos de los militares entraban en la Academia Militar a los 12 años, cuatro años antes que los demás. La primera parte de la ventaja es que adquirían ya más antigüedad. La segunda, era que pedían destino en un arma donde no se necesitaba antigüedad para ascender, como infantería, y se pasaban después a los cuerpos donde se ascendía por antigüedad, partiendo ya de sus muchos ascensos anteriores. Los que no tenían la oportunidad de esos cambios de arma y cuerpo quedaban chafados, y los no hijos de militares que se iniciaban y permanecían en el cuerpo de artillería o el de ingenieros, quedaban superados por la mayor antigüedad de los hijos de los militares y veían retrasados sus ascensos.

El resultado es que los destinos, con sueldo completo, y los altos cargos, estaban siempre en manos de determinadas familias y no había oportunidades para los demás, que quedaban muchas veces en la reserva con la mitad de la paga.

El ejército era imprescindible para la Corona y para los partidos, pues el pueblo español no era protagonista voluntario de ninguna política, y la política era impuesta mediante el ejército. Cada grupo político tenía sus generales de apoyo en el ejército, y la Corona también los suyos.

 

 

El problema del populismo.

 

En España no se entendía la democracia liberal, no se entendía el liberalismo como reconocimiento de los derechos individuales por encima de las creencias políticas, partidos, instituciones del Estado y de las instituciones particulares. En la época de 1873 a 1936, todos los grupos sociales hablarían de democracia, pero los grupos gubernamentales la entendían como liberalismo-caciquismo, y los grupos de la oposición como liberalismo-populismo. Ninguna de las dos interpretaciones es liberalismo democrático, e incluso ambas son contrarias a lo que entendemos por democracia en el lenguaje técnico actual, democracia liberal representativa y parlamentaria. Cuando esto no se comprende, se trata de sustituir la democracia por el derecho al sufragio, lo cual es una falacia, pues el sufragio es una parte necesaria para salvaguardar los derechos individuales, pero los derechos son la parte mollar del tema.

En un lenguaje técnico, el populismo se llamó en esa época próxima a la Revolución Francesa “jacobinismo”, porque fue practicado por los jacobinos o sansculottes, liderados por Robespierre, y en grupos autóctonos que acabaron guillotinando a Robespierre.

El populismo es la actuación política en nombre del pueblo, que suele arrastrar a las masas en torno a principios utópicos o intereses particulares de personas, partidos o sindicatos, pero no del bien general. Populismo es dar prioridad a la irracionalidad de las masas, sobre el sentido común, los consejos de la razón y el criterio de los hombres cultos. La inteligencia es un don individual conseguido a través de unas dotes mínimas otorgadas por la naturaleza, y mucho trabajo personal. No todas las personas han desarrollado los niveles mínimos de inteligencia como para gobernarse a sí mismos, gobernar su propia casa, gobernar una empresa, y mucho menos la del Estado. En este sentido, afirmar que todos somos iguales, es una mentira, pues cada uno de nosotros tiene una capacidad de trabajo y ha realizado un esfuerzo diferente.

El camino del conocimiento es duro: Trabajando mucho la inteligencia, se llega a la erudición, al conocimiento profundo en un tema o en varios, mediante la lectura y comprensión de los conocimientos ya existentes sobre ello. El erudito sabe de una, dos o media docena de temas, y está a menudo desmedidamente orgulloso de ello. Suele ser el estadio del joven, antes de madurar, pero algunos se quedan para siempre en esta fase. Algunos aprenden a hablar de todo, según unos latiguillos y razonamientos muy trillados y existentes desde hace siglos, de modo que siempre tienen una salida para cada cuestión, pero no pasan de esta erudición. Y muy pocos llegan al estadio cultural en el que mediante la reflexión y apertura de la mente, se llega al sentido de la cultura: cultura es la obtención del sentido de la realidad completa de la persona, como ser individual y como integrante del colectivo humano, y del sentido de ese colectivo humano. El hombre culto es una persona que ha llegado a la consideración de la realidad humana en toda su integridad, tanto del componente individual como del social. Dentro del componente individual trata de comprender la dimensión material y física del cuerpo humano, y la dimensión inmaterial que comprende la parte racional y la irracional que mueven al hombre. Dentro del componente social, trata de comprender el envolvente material, la naturaleza en la que vive el hombre, el medio social, económico, etc. y el envolvente inmaterial o cultura, religión, sistemas de pensamiento, creencias y supersticiones, y la evolución de todo ello, lo cual denominamos historia. Y dentro de todo ello, hay muchos niveles de erudición y muchos niveles de cultura.

La conclusión es que, cuanto más ampliemos un colectivo humano, menos nivel de cultura e incluso de simple erudición obtendremos. Los grandes grupos tienen menor capacidad de mostrarse inteligentes cuanto más grandes son. Aparte de ello, hemos de tener en cuenta las teorías psicológicas que explican que las masas tienden a no pensar, sino a dejarse llevar por las emociones de la masa, y cuanto más grande es la masa, más irracional se hace su comportamiento.

Una vez trabajada la inteligencia, ésta puede ser utilizada, para el bien o para el mal. Y ello nos lleva a un nuevo problema, el de quién decide qué hombres actúan con moralidad. Por eso, los ilustrados decían que “los hombres debían ser benéficos”, es decir, dedicar sus esfuerzos al bien. La moralidad es un problema esencial de la política, de la economía, de la sociedad en todas sus facetas. En este punto, es conveniente leer a los moralistas políticos británicos de segunda mitad del XIX.

Y la teoría de que los cultos están contaminados por el mal, mientras en los hombres “sencillos” se conserva la moralidad original en el hombre, es una falsedad pueril, con raíces en Rousseau. Los hombres que no han accedido al cultivo de la inteligencia son buenos o malos exactamente igual que los que sí han accedido a altos niveles de inteligencia. Un dicho popular español dice: “si quieres conocer a fulanillo, dale un carguillo”, es decir, dale la oportunidad de hacer el bien o el mal.

Tampoco es verdad que los eruditos estén próximos al nivel de los cultos por el hecho de ser eruditos, pues hay personas con muy pocos estudios, que han adquirido niveles de cultura admirables, a pesar de no ser eruditos en ninguna ciencia reconocida por la sociedad. Ello ocurre en sociedades poco desarrolladas intelectualmente, y en la propia sociedad tecnológica entre gentes sencillas y pobres que han llegado a comprenderse a sí mismos y comprender el medio en que viven. La literatura está llena de estos ejemplos. En lenguaje más popular, los títulos no garantizan cultura sino erudición.

El tema se hace muy complejo cuando se descubre que hombres cultos, situados en puestos de Gobierno, han actuado inmoralmente. Entonces surge la tentación de sustituir a los cultos por hombres de la masa, a los que se supone una moralidad, más que nada porque nunca han tenido oportunidad de mostrarse inmorales. Y es jugar a la ruleta rusa, porque unos serán morales y otros inmorales, igual que los cultos. Se dirá entonces, “pues que el pueblo elija a los cultos con moralidad”. Pero tampoco es posible, porque la información que tiene el pueblo es siempre pequeña y falseada. Siempre descubrimos, diez o veinte años después de cada periodo de Gobierno, que lo que han hecho los gobernantes es distinto a lo que venían publicando los periódicos, radios y televisiones. Porque la información la han generado los mismos gobernantes, ayudados por “periodistas” a sueldo, y algunos “profesionales de la imagen” expertos en que las cosas parezcan lo que no son. Igual que hay personas cultas buenas y malas, hay periodistas moralmente reprobables, y otros con más moralidad. Y sin información, no es moralmente válido el voto.

Los Gobiernos populistas son, en la mayor parte de los casos conocidos, episodios que derivan en la inmoralidad: dicen representar al bien general, pero cuando no tienen el apoyo libre de los ciudadanos, tienden a imponerse a través del engaño sistemático mediante la información sesgada, o de la violencia de piquetes, o de las depuraciones, encarcelamientos, exilios, cuando no campos de concentración. A veces, las menos, se trata de ignorantes que creen poder aplicar soluciones sencillas a los complejos problemas económicos y sociales. A veces, hay un erudito que capitanea el movimiento populista. Casi siempre, hay un intelectual o grupo de intelectuales que domina la situación y utiliza el populismo para conseguir alimentar su ego, hacerse con el poder, o con el dinero, o con ambas cosas. Su bandera es la moralidad, y su discurso la inmoralidad de equipos de gobierno precedentes, pero la realidad es bien distinta.

Los populistas, en su afán moralista-redentorista, no representan el progreso social y económico de forma sostenible. Los populistas dicen perseguir unos derechos sociales y políticos, pero no dudan en aplastar los derechos de los grupos que se muestran en disconformidad con ellos. Esos son los signos por los que se les reconoce. No por lo que dicen, ni cuando dicen ser la derecha salvadora de las tradiciones, ni cuando dicen ser la izquierda redentora del pueblo, sino por los hechos. Las palabras suelen ser en este caso contrarias a los hechos y se debe aplicar la máxima de “por sus frutos los conoceréis”. Pero esta solución es nefasta, pues si se espera unos años a conocerles, todo puede estar perdido para entonces. Por ello, son necesarios los intelectuales en la oposición y en el Gobierno, para explicar qué es qué. ¿Pero quién garantiza la moralidad de ese intelectual? El tema es peliagudo.

El “populismo desde abajo” nace de sectores bajos de la sociedad y se proyecta hacia arriba, intentando llegar al Gobierno. Intentan imponer irracionalidades en nombre del pueblo. Muchos movimientos sindicales son populismo o caen durante algunos momentos en el populismo, o contienen dentro de sí a muchos populistas. Es muy fácil decirle a un ciudadano que, puesto que carece de algo, puesto que carece de muchas cosas, y podía estar mejor si le diera un dinero el Gobierno, debe luchar contra el Gobierno establecido. Es muy fácil decirle a un ciudadano que hay que eliminar a los ricos y repartirse sus propiedades. Cualquier ignorante locuaz puede dirigir un movimiento populista. Lo difícil es plantear soluciones viables para mejorar el estado social, económico y de derecho, que sean sostenibles en el tiempo.

También hay un “populismo desde arriba”. Una vez descubiertas por la élites las ventajas y posibilidades políticas económicas o intelectuales del populismo, éste puede ser utilizado desde el poder, desde los núcleos económicos, religiosos, intelectuales y políticos, para organizar unos sistemas políticos denominados de múltiples maneras. Es un populismo diferente, que nace de arriba, que se hace clientes aprovechando los grupos populistas existentes en las capas bajas de la sociedad y utilizando el poder del Estado para otorgar negocios, ventajas, privilegios… o hacer la vista gorda ante determinadas ilegalidades. El “populismo desde arriba” halaga al pueblo para ganarse sus simpatías y arrastrarle a manifestaciones, motines, huelgas, algaradas, “revoluciones”, casi siempre absurdas, irracionales, condenadas al fracaso a largo plazo, que no pretenden más que excitar los sentimientos irracionales de las masas, satisfacer el ego de los líderes populacheros, y mantener la situación de privilegio en la que vive un líder que se dice a sí mismo popular, o un grupo social que se considera a sí mismo redentor social.

El erudito descubre a veces las posibilidades de utilizar su erudición para arrastrar a las masas, y goza con ello. Es frecuente el “educador” que dice a los educandos que el mundo es inmoral e injusto, pero él, personalmente, confía en la juventud, y en sus valores e ilusiones… lo cual es populismo puro y duro.

El hombre culto también puede tener la tentación de aprovecharse de su situación de superioridad intelectual para enriquecerse o dominar a los demás. Nadie garantiza su sentido de la moralidad.

El populismo desde el Gobierno, que es un caso de populismo desde arriba, utiliza los partidos, sindicatos, asociaciones y organizaciones diversas que acepten ayudas y patrocinios desde el poder, para imponer una determinada política en beneficio de algún sector social o individuos determinados.

Hay una tercera acepción de populismo, el populismo político, propia de unos teóricos españoles del siglo XVI, y permanente en la historia de los pueblos, en la que se afirma que el pueblo tiene derecho a ejercer la soberanía, o derechos a decidir, en todos los temas en todos los momentos. Es una falacia, pues es imposible que el ciudadano tenga tiempo material para hacerlo, esté capacitado para hacerlo, y se pueda decidir una cosa y la contraria en momentos sucesivos o simultáneamente en el caso de que la decisión sea tomada por colectivos diferentes. Si hay cientos de temas a decidir cada día, ¿quién decide qué cuatro o cinco temas se ponen a consideración del pueblo, y qué cientos de temas pasan como desapercibidos? ¿quién decide cómo se presentan esos temas, qué parte de cada tema se da a conocer y que parte permanece oculta? El populismo político es practicable en pequeños colectivos de unas decenas de individuos, como era el caso del ágora griega antigua, pero nunca en grandes colectividades, donde los temas a tratar son muchísimos y complejos.

Los términos “derecha” e “izquierda”, carecen de sentido en este campo del populismo. Tanto los que se dicen derecha, como los que se dicen izquierda, tienden al populismo por igual.

Los términos derecha e izquierda, muy imprecisos y casi sin significado alguno, nacen de la realidad de que la administración de los derechos humanos cuesta dinero, mucho dinero, y se debe dar prioridad a unos respecto a los otros, puesto los recursos son escasos. En ese punto, se entra en una polémica, que nunca terminará, sobre si unos derechos son prioritarios o no, en cada momento actual.

Derecha es en democracia liberal la ideología que da más importancia a los derechos individuales que a los sociales o colectivos. Pero cuando la persecución de unos derechos es la excusa para anular otros que se perciben como básicos, o para enriquecerse algunos personajes, entonces la “derecha” se sitúa fuera del sistema liberal, en la inmoralidad.

Izquierda es la que, por el contrario, da prioridad a los derechos sociales o colectivos, y no duda en pedir la renuncia o limitación en algunos derechos individuales. Pero cuando la renuncia a derechos individuales implica la anulación de la personalidad, entramos en la inmoralidad.

En ambos casos, mientras la lucha por los derechos queda dentro de la racionalidad de las posibilidades de una sociedad, es tolerable, pero cuando se pide lo imposible, quizás sea que el objetivo real sea distinto al mostrado en público y se esté entrando en el camino de la inmoralidad.

El término “Democracia Popular”, es una contradicción “in términis”, que reduce la democracia al rito de meter un papel en una caja. Democracia liberal es dar posibilidades reales, económicas e intelectuales, al máximo número de personas para encontrar soluciones al desarrollo de los derechos humanos de todos los componentes de la sociedad. Pero pensar que todos los hombres son buenos e inteligentes y buscan el desarrollo de los derechos humanos de todos, es una utopía.

El populismo se basa en unas ideas fáciles: Se basa en la teoría de que se debe hacer lo que desea la mayoría del pueblo. Se olvida del respeto a los derechos individuales y colectivos contrarios a esta opinión. Se olvida de las minorías, y se olvida incluso de las mayorías contrarias a sus ideas, a las que dice que hay que reeducar. El líder populista dice tener su propia moral, una moral “popular” que debe practicar el resto del pueblo, y en ese sentido es salvífico. Pero a menudo se muestra cruel, sanguinario, dictatorial, represivo, y utiliza sus influencias sobre las masas contra el poder establecido y contra otros líderes populistas que le disputen el liderazgo. Su ocasional triunfo político significa el ataque desde el poder a los demás grupos políticos, sindicatos, asociaciones ciudadanas, el caos jurídico, económico y financiero que da paso al caos social. Pero en ello pueden pasar muchos años, décadas tal vez.

La falsedad de estos movimientos populistas radica en que la voluntad de la mayoría se puede preparar con informaciones sesgadas difundidas a través del control de los medios de comunicación social, o tomándola en el momento preciso tras determinado acontecimiento, o haciendo que la masa se manifieste en un orden determinado para aprovechar el efecto de solidaridad de la masa con lo que acaba de oír gritar, propalar o reivindicar. En último término siempre es el líder el que hace la interpretación de cuál es la voluntad del pueblo y la medida política necesaria para ello. Ya los romanos habían manejado estos conceptos populistas y se disputaban qué centuria era la primera en iniciar cada votación, pues ello arrastraba a las demás. Los líderes populistas suelen ser gentes de palabra fácil, don de gentes, capaces de dirigir las asambleas hacia una opinión predeterminada por ellos, muy diferente de lo que de verdad opinan las masas si se les diera la información correcta.

Aunque el líder populista y los diversos líderes populacheros dicen representar al pueblo, no es cierto que el pueblo se sienta en todo y en todo momento representado por él y por ellos. El individuo se ve en determinados momentos coaccionado por la masa, pero no piensa igual que se manifiesta. El líder populista maneja las masas.

El sistema populista es muy peligroso incluso para sus propios dirigentes: En un momento dado, cada líder puede tener detrás de él masas ingentes de hombres, pero en el momento siguiente, otras minorías pueden fabricar otros líderes y otras opiniones mayoritarias, incluso contrarias a las anteriores, y el antiguo líder cae, e incluso puede ser eliminado físicamente (casos de Mussolini, o de Robespierre…). No es nada fácil explicar los mecanismos por los que los líderes son alzados al poder y abandonados después. Entraríamos en el campo de la psicología de masas. Los líderes populistas, conscientes de este  peligro, adoptan sistemas totalitarios de control férreo del poder y se declaran salvadores y redentores contra un imaginario peligro catastrófico al que hay que derrotar. Los conocedores de este problema se hacen líderes omnímodos y tratan de mantenerse en el poder hasta el momento de su muerte, y más allá.

En los movimientos populistas encajan a menudo individuos asociales que aprovechan la circunstancia para medrar ellos. Carlos Marx fue uno de los pocos líderes del socialismo de su tiempo que se dio cuenta del peligro de las masas de cara al progreso ciudadano en derechos. Hay individuos cuyo objetivo en la vida no es colaborar con la sociedad, sino vivir a costa de ella, destruirla. Marx los denominaba lumpemproletariado, y advirtió que el enemigo número uno del socialismo no era la burguesía, que había conseguido un logro para la humanidad como la superación del feudalismo, sino el lumpem. No es una idea tan extraña como pudiera parecer, pues en las epístolas de San Pablo también podemos leer “el que no trabaja, que tampoco coma”. Teniendo en cuenta que el trabajo es la manifestación más real que un individuo puede hacer respecto a la sociedad en la que vive, la frase de San Pablo adquiere un sentido más profundo de lo que a primera vista parece. La Universidad del siglo XXI es una gran fabricante de lumpen, de ni-nis, que ni estudian ni trabajan, ni se preocupan por encontrar sentido a la realidad.

En la España del siglo XIX, frente al peligro del populismo representado por las Juntas Provinciales, por las Milicias Nacionales, por los demócratas de 1848, por los republicanos de 1868, por los Voluntarios de la República de 1873, se levantó el caciquismo de los económicamente poderosos. El caciquismo era imponer la voluntad de los poderosos utilizando la coacción, la persuasión e incluso la violencia, con intención de salvaguardar la paz social, y con ella la propiedad y la posición social de los caciques. El caciquismo se puede interpretar también como una reacción contra el populismo. Si la moralidad de muchos caciques era intolerable, es otra cuestión diferente.

A Amadeo le correspondió luchar contra un estallido de populismo, el de las milicias populares republicanas, voluntarios de la república, cantonalismo. Pero el momento álgido de este movimiento populista correspondió al Gobierno de un líder populista republicano, Pi i Margall, demostrándose las contradicciones del populismo.

 

 

El problema socialista y anarquista en 1872.

 

En abril de 1872 tuvo lugar el Congreso de la Federación Regional Española de la Internacional, en el que se expulsó de la Federación al grupo madrileño por defender tesis marxistas.

En julio de 1872, los expulsados de la Asociación Española de AIT fundaron Nueva Federación Madrileña y pidieron ingreso en la Sección Española, que se lo denegó. No obstante esta denegación, la Nueva Federación Madrileña recibió adhesiones de Toledo, Alcalá, Gracia, Lérida, Pont de Vilumara, Vitoria, Zaragoza, Valencia, Cádiz. No todas las asociaciones de los sitios mencionados se adhirieron, pero sí algunas. La Nueva Federación Madrileña fue reconocida por Londres de forma independiente a la Federación Regional Española ya existente, como era lógico.

Del 2 al 7 de septiembre de 1872 se produjo la ruptura de la Internacional en La Haya. Los delegados españoles asistentes eran casi todos bakuninistas, pero asistió el cubano Paul Lafargue que era marxista. Marx ratificó sus tesis de formar partidos obreros y utilizar la política para llegar al poder, y Bakunin y Guillaume fueron expulsados de la AIT. Los españoles declararon haber disuelto la Alianza en España, lo cual era falso, y se salvaron de la expulsión.

El 15 de septiembre de 1872, los bakuninistas de España, Bélgica, El Jura, Holanda y Suiza se reunieron en Saint Imier (Suiza) dirigidos por Bakunin, Guillaume, Fanelli y Malatesta, y rechazaron las conclusiones de La Haya y la autoridad del Consejo General de la AIT.

El 24 de diciembre de 1872 la escisión de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores (FRE de la AIT) ya se había consumado y la sección anarquista convocó III Congreso en Córdoba, hizo declaración antipoliticista, rechazó las conclusiones del Congreso de La Haya y aprobó un plan de enseñanza integral el 25 de diciembre 1872, y ratificaron las conclusiones de Saint Imier. El Consejo Federal fue sustituido por una Comisión Federal, que no tenía autoridad sobre las asociaciones.

En 1873, aun siendo ilegales, los internacionalistas enviaron a las Cortes un escrito, apoyado por 40.000 firmas, pidiendo jornada de 8 horas, equiparación salarial de mujeres y hombres, prohibición del trabajo infantil y, en general, todas las reivindicaciones de la AIT.

Los socialistas bakuninistas llegaron a tener 40.000 afiliados en España. Tenían tanta fe en sí mismos, que en febrero de 1873 se plantearon el tema “república o monarquía”: consideraron que tener una república no era un avance en la revolución, pues el Estado continuaba aunque con distinta forma. Incluso resultaba negativo para los bakuninistas el distraer a las masas con un sueño republicano, pues ello retrasaría la revolución. Por ello, los anarquistas presentaron lucha contra los republicanos, una lucha probablemente más dura que la que habían tenido con Gobiernos monárquicos, porque podía ser que los obreros pensasen que con la República ya estaba hecha la revolución. Por eso, boicotearon las medidas de abolición de la esclavitud argumentando que había poca diferencia entre la esclavitud real y la esclavitud del asalariado. También propusieron la eliminación del ejército sabiendo que, en el momento de actualidad que ellos vivían, la destrucción del ejército era lo mismo que la destrucción del Estado, pues sólo el ejército estaba sosteniéndole. Sin ejército, el Estado no hubiera podido hacer nada frente a las insurrecciones carlistas y las insurrecciones cantonales. Por eso también, organizaron cuantas insurrecciones pudieron, al tiempo que ordenaban crear Comités Revolucionarios en cada localidad importante de España. Como el ejército se hallaba dividido en aquellos momentos, y los campesinos estaban ocupando tierras violentamente en Andalucía, Extremadura y Castilla, creían que el triunfo de la revolución estaba próximo, así que los republicanos intransigentes pidieron repartos de armas.

Los socialistas marxistas harían su propio Congreso en Toledo el 15 de mayo de 1873, al que llamaron III Congreso, pues no reconocían al de Córdoba, y apoyaron al Consejo Federal, rechazando a la Comisión Federal creada en Córdoba.

El 19 de junio de 1873, se producía en Cataluña una manifestación para pedir que no fueran fusilados los soldados insubordinados en Sagunto, y para constituir un Comité de Salud Pública. Y las masas asaltaron el Ayuntamiento de Barcelona. Los rebeldes estaban encabezados por García Viñas el cual intentaba proclamar la “república social” y el “cantón de Barcelona”. Pero la Milicia Nacional no secundó la idea anarquista y las masas de Barcelona no se sumaron a la rebelión, por lo que los miembros del fracasado Comité de Salud Pública, se fueron a sus casas. A partir de esa acción, los bakuninistas perdieron credibilidad y perdieron también el control de la AIT en Barcelona. Los nuevos amos de la situación fueron los sindicatos de siempre, los cuales, en febrero de 1873, habían conseguido un pacto con los empresarios de Barcelona que incluía reducción de la jornada laboral y aumento de salarios en un 7,5%. Los dirigentes sindicales eran por entonces hombres muy prestigiados: José Bragulat, Manuel Brochons, Tomás Valls, y otros. Ninguno de ellos quería la insurrección. Barcelona no se sumó a la revolución en julio de 1873.

El siguiente Congreso se celebraría en abril de 1874.

 

 

Las primeras revueltas cantonalistas.

 

El 11 de febrero de 1873, los internacionalistas tenían más de 40.000 afiliados en España. Eran anarquistas y no aceptaban la república, pues la veían como una maniobra para distraer al pueblo mientras todo seguía igual. Se opusieron a todo en las Cortes. Se sumaron a todas las insurrecciones populares en espera de lograr la oportunidad de tomar el poder, tomando cada uno de los pueblos por separado. El ejército estaba en crisis y muchos soldados desertaban creyendo que república era abolición de las quintas. Los jornaleros estaban en pie de guerra ocupando fincas creyendo que república era reparto de la tierra. La ocasión era pintiparada para hacer la revolución, y sólo faltaba dominar una fuerza armada como podía ser la Milicia Popular.

Y empezaron las rebeliones cantonalistas:

El 24 de enero de 1873 se inició una revolución anarquista en Alcoy.

En Sanlúcar de Barrameda, en 12 de febrero, los anarquistas establecieron un Comité Revolucionario y encarcelaron a los policías municipales, hasta que el 14 de febrero llegaron los carabineros, liberaron a los policías y encarcelaron a los anarquistas. Llegada la oleada cantonalista en junio, el juez clausuró el local de los internacionalistas, la gente se echó a la calle y pusieron barricadas, hicieron un Comité de de Salvación Pública y pusieron en fuga a comerciantes y terratenientes, así como a frailes y monjas de los conventos. Abolieron los impuestos indirectos, pusieron tributo a la propiedad. Hasta que, a primeros de agosto, llegó el ejército y deportó o encarceló a los dirigentes anarquistas.

 

 

Últimos dos meses de Amadeo.

 

El 2 de diciembre de 1872 se autorizó la creación del Banco Hipotecario, un banco apoyado por el Banco de París y el de los Países Bajos. Estos dos bancos madre, se habían fusionado en uno sólo en este año de 1872, y esta nueva entidad ponía sus ojos en el negocio de financiar la deuda española. Los capitalistas extranjeros todavía creían en la posible estabilidad de la Corona española. Las muchas necesidades del Estado español, y las dificultades para financiarse en el extranjero, hacían atractivos los altos intereses que se podían exigir en España.

En diciembre de 1872 se preparaba un pronunciamiento militar contra Amadeo, cuyo objetivo era proclamar dictador a Serrano de forma provisional hasta la mayoría de edad de Alfonso XII. Lo preparaba el grupo de los militares alfonsinos y el civil Manuel Rancés Villanueva IV marqués de Casa Laiglesia. Fracasaron porque no hubo acuerdo en el programa del nuevo Gobierno a instalar y en la financiación del golpe. Otro motivo del fracaso fue no contar con Cánovas, el jefe de los alfonsinistas.

En la navidad de 1872, Amadeo, ya se sentía solo y decidió atraerse a Serrano, del que sabía que estaba en conversaciones con los alfonsinos. Le nombró “Príncipe de Alcolea”. En sentido contrario y para contrarrestar el posible atractivo de los Saboya, Isabel de Borbón le aseguró a Serrano que él sería el jefe militar de un futuro Gobierno de Alfonso XII.

Nicolás María Rivero, presidente del Congreso, entró en negociaciones con los republicanos federales de Figueras a fin de cambiar de sistema político, de monarquía a república. La unión del Partido Radical con los republicanos federales, aseguraba la posibilidad de cambio. Amadeo buscó una ocasión para abdicar y marcharse a su casa de Italia, a fines de 1872. Sólo necesitaba una buena excusa. La encontraría antes o después. La actuación de Rivero negociando con Figueras, también puede ser interpretada como búsqueda de la continuidad democrática en caso de que Amadeo abdicase.

El 24 de diciembre de 1872 se hizo la abolición de la esclavitud para Puerto Rico. Los hacendados caribeños se pusieron en contra del Rey de España.

Napoleón III murió en enero de 1873 y las posibilidades de reinstaurar la monarquía en Francia disminuyeron. El presidente francés era Thiers. El príncipe Napoleón Jerónimo era demasiado niño para ser un candidato serio a jefe de Estado en Francia. Las posibilidades de consolidar la monarquía en España disminuían también.

Los moderados tomaron una decidida postura contra Amadeo y hubo rumores de golpe de Estado. Apoyaban al Rey los oficiales de artillería y el Almirante Juan Bautista Topete. Cualquier decisión podía significar la guerra civil.

El 18 de enero de 1873, Antonio de Orleans, duque de Montpensier, dimitió como jefe de la campaña para llevar a Alfonso al trono. Argumentó que Isabel II no había cumplido los términos del Acuerdo de Cannes de enero de 1872, pues no se había reconciliado con su marido y había intervenido en la política cuantas veces había querido, sobre todo con Antonelli y el Papa Pío IX. La verdadera razón, no declarada, era que Serrano había aceptado el alfonsinismo a cambio de ser nombrado Regente, lo cual excluía de la Regencia a Montpensier. Eso supuso la ruptura de Antonio de Montpensier con Isabel de Borbón. Las relaciones familiares se recompondrían en Navidad de 1873 cuando Isabel y Alfonso fueron a pasar unos días a Randen a casa de los Montpensier. Allí Alfonso conoció a María de las Mercedes. Las cosas le fueron muy mal a Antonio de Orleans, pues en diciembre de 1873 murió su hijo mayor, Fernando, y pocos meses después su hijo Luis. En 1874, ante el manifiesto de Sandhurst, Antonio no reaccionó y se dio por vencido, retirándose de la política. A partir de ese momento las cosas fueron bien entre las dos ramas de Borbones, pues Alfonso se casaría con María de las Mercedes de Orleans en 1878 (aunque la Reina Mercedes murió en 1879), y Eulalia, hermana de Alfonso XII se casaría en 1886 con Antonio de Orleans, hijo del duque de Montpensier que ahora se retiraba.

El 25 de enero de 1873, unos 300 hombres importantes en España se reunieron en el Círculo Moderado, en teoría para celebrar el cumpleaños del príncipe Alfonso (lo cual no se correspondía con el cumpleaños que era en noviembre), y en realidad para crear Liga Nacional Alfonsina, a cuyo frente se pusieron Cánovas del Castillo, López de Ayala, Toreno, Manzanedo, Moyano, Romero Robledo y Caballero de Rodas. Amadeo se sintió despreciado y de nuevo se confirmó en su deseo de abandonar, aunque todavía le faltaba una excusa objetiva para hacerlo.

A principios de 1873, Antonia Domínguez, esposa de Serrano, manifestó un distanciamiento del alfonsinismo. Todos tenían claro que Amadeo no podía seguir como Rey, pero se empezaba a pensar en la posibilidad de una dictadura personal de Serrano al estilo de los generales franceses del momento.

 

 

La abdicación de Amadeo, 11 de febrero 1873.

 

El asunto que desencadenó la dimisión de Amadeo fue el asunto Hidalgo. Baltasar Hidalgo fue nombrado Capitán General de Vascongadas. La voz popular le acusaba de ser él quien provocó los fusilamientos de San Gil de 1866, primero porque el día de autos excitó a todos a la rebelión y luego huyó a París y desde allí escribió artículos de prensa que comprometían a los acusados. Por ello, todos los oficiales de artillería se le declararon enfermos al llegar Hidalgo, por lo que fueron arrestados y dimitieron. Hidalgo los sustituyó por suboficiales y oficiales de infantería y llevó a todos los enfermos al Castillo de La Mota en San Sebastián. Córdova, ministro de la Guerra ordenó que los oficiales volvieran a sus casas. Hidalgo dimitió. El ejército se rompía en dos bandos en torno a artillería e infantería. Córdova quería hacer un tribunal de honor a Hidalgo, pero Ruiz Zorrilla se negó a ello y decidió trasladarle a Tarragona. Ruiz Zorrilla trataba de demostrar que la autoridad civil estaba por encima de los militares y no pudo encontrar peor ocasión para demostrarlo.

El Gobierno decidió rebajar las sanciones impuestas por Hidalgo a simples arrestos domiciliarios y enviar a Hidalgo a Cataluña. Los jefes y oficiales de artillería consideraron un insulto el traslado de Hidalgo, cuando pensaban que debía ser cesado, y dimitieron en bloque. El Rey no quería admitir la renuncia de todo el Cuerpo de Artillería pero Córdova dijo que sí, y llevó la cuestión al Congreso. Los republicanos, y Córdova con ellos, querían la disolución del cuerpo de Artillería, que se había declarado partidario de Amadeo, y el Gobierno disolvió el Cuerpo de Artillería el 7 de febrero de 1873.

La disolución del Cuerpo de Artillería hecha por Ruiz Zorrilla fue un error político muy grueso. Se hacía por razón de insubordinación ante el Ministro. Y el Presidente Ruiz Zorrilla cometió la imprudencia de presentar el decreto de disolución a la firma del Rey. Si firmaba, se ponía en su contra a todo un ejército. Si no firmaba, se ponía en contra de la Constitución, de las leyes militares y del Gobierno de Ruiz Zorrilla. No es explicable cómo este político cayó en esta trampa, y se la tendió al Rey. No había salidas.

La cúpula del poder militar le pidió al Rey un cambio de Gobierno para imponer un Gobierno moderado que pusiera orden en la política y en el mismo ejército. El generalato no estaba dispuesto a aceptar que se echase del ejército a los oficiales en masa y recurrió al Rey, como era costumbre.

Serrano, en el caso Hidalgo, defendía la postura de los artilleros y censuraba al general Córdova, Ministro de la Guerra, y al Presidente del Gobierno Ruiz Zorrilla. En conversación con los republicanos les dijo que admitiría la República pero no el desorden, en cuyo caso utilizaría el ejército contra ellos. Los republicanos no sabían qué postura tomar, pues los Voluntarios de la República, que eran violentos, eran su principal apoyo, y la abolición de quintas la principal bandera de enganche de los Voluntarios.

El Rey se vio pillado entre varios fuegos. No quería la eliminación de los oficiales de artillería por voluntad de un general, pues ello acabaría con el ejército, pero llamar a los moderados para echar a los radicales y formar un Gobierno que le permitiera aunar el ejército significaba la rebelión de los radicales y republicanos, que podría llegar a guerra civil. Y no hacer nada significaba la división del ejército.

El Consejo de Ministros de 8 de febrero de 1873 dividió el Cuerpo de Artillería en dos grupos, uno con los oficiales procedentes de la Academia Militar de Segovia y otro con todos los demás, a fin de incorporarlos a otras Armas del ejército. Todos amenazaban al Rey con la sublevación y exigían tomar unas medidas concretas que Amadeo no estaba dispuesto a tomar.

El 9 de febrero, Amadeo le comunicó a Ruiz Zorrilla su decisión de abdicar. Ese día, el Gobierno le presentó a la firma el decreto de disolución del Arma de Artillería. Amadeo firmó la disolución, y a continuación, su renuncia al trono. Nadie pidió al Rey que se quedara.

Decidieron al principio mantener en secreto la abdicación, por miedo a levantamientos inoportunos, pero Figueras preguntó a Ruiz Zorrilla si lo de la abdicación era verdad y Ruiz Zorrilla rompió el pacto de silencio el mismo día 10 de febrero. Ruiz Zorrilla volvió a ser imprudente y rompió el secreto. Enseguida llamaron a Serrano para que acudiera a Madrid y se hiciera cargo de la situación. Manuel Silvela redactó la declaración que Amadeo debía leer ante las Cortes.

El 10 de febrero, una multitud de republicanos de Madrid se presentó ante el Congreso de Diputados y exigió la República. Los líderes republicanos estaban fijando carteles y distribuyendo octavillas por Madrid pidiendo tranquilidad, pues veían que la situación se les iba de las manos a todos.

Amadeo leyó en las Cortes el documento de renuncia al trono el 11 de febrero de 1873. Senado y Congreso fueron reunidos por Rivero en Asamblea Nacional para que aceptasen la abdicación. A renglón seguido, 11 de febrero, el Congreso y el Senado declararon la República por 258 votos a favor y 32 en contra. Era un tanto sorprendente pues los del Partido Radical, que eran monárquicos, tenían mayoría en ambas cámaras. Amadeo salió en 12 de febrero hacía Lisboa en tren. Allí le recogió la fragata “Roma” y le llevó a Italia.

Se proclamó la República. Pi y Margall consideró un fracaso el haber llegado a una república democrática unitaria, porque él esperaba la república federal, o más bien un federalismo republicano.

La república española fue bien acogida en Francia. Francia opinaba que la caída de Amadeo sería un bien para Francia y para toda Europa. Salustiano Olózaga, que era embajador de Amadeo en París, continuó como embajador, pues era grato a Francia.

 

 

[1] Manuel Ignacio Santa Cruz Loidi, 1842-1926, cura párroco de Hernialde,  tenía fama por sus fugas: Había sido capturado en octubre de 1870 y escapó,  fue capturado en agosto de 1872 y escapó, y volvió a España en diciembre de 1872 con una bandera negra en la que se leía “Guerra sin cuartel” y con unos centenares de hombres. A partir de ese momento fue una pesadilla para los gubernamentales pues ejecutaba prisioneros y destruía el ferrocarril, siendo el incendio de la estación de Beasaín el principal desastre causado. Actuaba entre San Sebastián y la frontera francesa ayudado por hombres que conocían bien el terreno. Los jefes carlistas se llegaron a molestar por la mala imagen que daban los fusilamientos frecuentes del cura Santa Cruz y le retiraron de la lucha. Desde su retiro en Francia, escribía contra los “hojalateros” (oficiales carlistas condecorados) que se hinchaban a chuletas con pimientos morrones en San Juan de Luz. En diciembre de 1873 volvió por última vez a España para luchar. Luego se hizo jesuita y vivió hasta 1926 en Pasto (Colombia).

[2] Francisco Goiriena “el jesuita”, había nacido hacia 1830, había ingresado en la Compañía de Jesús en 1860 y había tenido destinos en Loyola, Arrásua y Durango, hasta que en abril de 1872 se apuntó a la guerra carlista y en mayo siguiente fue expulsado de la Compañía de Jesús. Era el jefe de una partida de unos 150 hombres.

[3] Juan Vázquez de Mella, 1861-1928, era asturiano hijo de un militar. Se quedó huérfano de padre en 1867. Estudió bachillerato en el Seminario de Valdediós, dependiente del obispado de Oviedo, en 1874-1877, y pasó a estudiar Leyes en Santiago de Compostela, donde escribió en “El Pensamiento Galaico”. Sus más importantes artículos periodísticos son sin embargo los publicados en “El Correo Español”. en 1890 fue diputado por Navarra, y repitió en 1893: En 1900 se exilió a Portugal hasta 1905. Se entusiasmó con las obras de Balmes y Donoso Cortés, los integristas católicos y defendió al Papa León XIII, al tiempo que hacía fundamentación ideológica del carlismo. En 1914 se declaró germanófilo, pero el líder carlista Jaime de Borbón se declaró aliadófilo, y Vázquez de Mella abandonó el carlismo y creó en agosto de 1919 un Partido Católico Tradicionalista.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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