COMPLEJIDAD DEL 1868-1874 ESPAÑOL.

 

Conceptos clave: Sexenio Revolucionario, interpretaciones del Sexenio, el Sexenio como drama, la Reunión de Ostende, las Juntas populares, las causas de la revolución.

 

 

 

 

COMPLEJIDAD DEL 1868-1874 ESPAÑOL.

 

El reinado de Isabel II había entrado en una crisis profunda a partir de la crisis económica de 1866, debido a la descomposición del Partido Unionista, y la ruptura interna entre progresistas.

El verano de 1868 había transcurrido como si nada especial ocurriese. Y de repente, tras el levantamiento de la Armada en Cádiz en septiembre de 1868, España se puso en efervescencia, los campesinos se lanzaron a ocupar tierras, los políticos de todos los signos se enervaron y pareció despertar el monstruo de la violencia. Evidentemente, no podemos pensar en que nada había ocurrido antes, aunque la censura y la violencia del Gobierno no lo publicase.

En septiembre de 1868 se inició en España una coyuntura histórica nueva en la que eran posibles cosas difíciles de imaginar muy poco antes: Podía que hubiera monarquía o república en cualquier momento entre 1868 y 1873; hubo república en 1873; se podía ser no católico; algunos pensaban iniciar el “cantonalismo”, una especie de república federal en la que cada ciudad de unos pocos miles de habitantes, unida a su región de influencia, sería soberana con posibilidades de declararse independiente, lo cual supondría cientos de cantones; algunos pensaban iniciar experiencias socialistas.

Las tendencias mayoritarias no eran revolucionarias sino conservadoras, creían en la monarquía con Estado unitario, o en la república unitaria. Dominaban el Parlamento, pero las Cortes toleraban inactivas todo tipo de experimentos. Se había sacralizado la libertad hasta el absurdo.

Por ello, no debe sorprendernos el “fuese y no hubo nada” de 1875. Cánovas acabó en 1874 con el momento revolucionario y creó un nuevo sistema político, sin volver con ello al viejo sistema de Isabel II, pero sí de signo conservador liberal.

Prefiero llamar al periodo “Sexenio Revolucionario” pues lo objetivo es que se intentaron muchos modelos de revolución simultáneos y contrapuestos. 1868-1874, fue una época de especial efervescencia política, uno de esos momentos de crisis en los que pudo imponerse cualquier modelo económico-social, y de hecho se sucedieron muchos modelos dispares, en un intervalo tan reducido como seis años. Como pienso que la mayoría de los proyectos de Estado habidos en 1868-1874 no fueron democráticos, sino populistas y socialistas, en todo caso democrático-populares, es mucho mejor denominarle sexenio revolucionario. Así, la denominación es menos partidista.

En adelante, los “revolucionarios de izquierdas” llamarán a este periodo “Sexenio Democrático”, porque les parecía la culminación de sus utopías, pero me parece que contiene una carga de partidismo que no responde a la realidad.

Yo más bien veo una revolución progresista en septiembre de 1868, el inicio de los movimientos anarquista y socialista, una revolución catalana, una contrarrevolución monárquica progresista, unos modelos de república variados y dispares, una revolución populista cantonalista con múltiples variantes, unas revoluciones regionalistas-independentistas, una contrarrevolución republicana unitaria con múltiples variantes, y una contrarrevolución monárquica moderada. Es decir, más de un centenar de revoluciones simultáneas. Sin contar la sublevación de Cuba en 1869-1898 y la Guerra carlista de 1872-1876. Por eso creo que debo llamarle Sexenio Revolucionario, el sexenio de las revoluciones.

La revolución de 1868 es la última de las revoluciones burguesas española, en cuanto fue la última en que se coaligaron burguesía y proletariado para buscar un nuevo modelo de sociedad y de Estado. Visto desde la perspectiva de hoy, era lógico que, una vez triunfantes, no se entendieran, pues cada uno buscaba objetivos diferentes. Los objetivos de las distintas revoluciones eran absolutamente opuestos, pues la burguesía tendía al conservadurismo, y el proletariado a posiciones extremas no definidas, pero que decía que él mismo decidiría sobre la marcha, y eso eran los cantones. En adelante, estos dos grupos sociales aliados coyunturalmente contra Isabel II, aparecerán como enemigos cerrados e incompatibles, burguesía y proletariado. Las iniciativas de 1868-1874 no podían triunfar de ninguna manera, pero podían llevar a múltiples confrontaciones de guerra civil, y resultado final no fue de progreso, sino de reasentamiento de los modos conservadores ya caducos, aunque Cánovas les diera una salida airosa. Pero el caciquismo, la corrupción, el militarismo, la tutela de la Iglesia sobre el Estado… todo quedó igual. El sexenio revolucionario fue un fracaso.

1868 fue el último momento de fuerte participación popular en una revolución burguesa. Las causas de tanta participación fueron varias: que había habido un acuerdo entre progresistas y demócratas, dos grupos un tanto mitificados por entonces por las clases populares; que se estaba viviendo una crisis de subsistencias, por malas cosechas, lo cual hacía que las clases pobres tuvieran prisa por una solución, sin importar la que fuera; por una crisis o fracaso del ferrocarril, y quiebra de la bolsa de Madrid, que empujaba a los burgueses a buscar un cambio, sin saber exactamente cuál querían. Y para rematar, los grandes dirigentes míticos de las décadas anteriores, Narváez y O`Donnell, acababan de morir.

 

 

Interpretaciones del Sexenio.

 

El Sexenio no es tanto una etapa de ensayos de proyectos improvisados, como la etapa de constatación del fracaso de casi todos los proyectos políticos ideados en España durante los 60 años anteriores a 1868: la revolución liberal de 1812, la evolución liberal moderada de 1833, el periodo 1848-1868, y el progresismo de 1854. Y en la búsqueda de una salida, fracasarían también la monarquía de 1871, la república de 1873, la posible dictadura militar de 1874, los populismos y el carlismo.

En septiembre de 1868, según las gentes de la calle, que eran los protagonistas del golpe de 1868, se iniciaba de verdad el liberalismo, sin la condición previa de aceptar la monarquía, sin el dominio político de los integristas católicos, sin los privilegios económicos y sociales que el liberalismo de 1833 sólo había suprimido sobre el papel. El grito revolucionario era “abajo lo existente”. Miguel Artola decía en sus clases que también gritaban “se va a armar la gorda” y “viva la gorda”.

Para los progresistas aquello era un movimiento antidinástico.

Para los terratenientes y la burguesía media y pequeña de las ciudades era un movimiento liberal a favor de la propiedad privada.

Para los campesinos de la Baja Andalucía se trataba de una revolución social que les iba a permitir el acceso a la propiedad de la tierra.

Según el historiador José Luis Millán Chivite, la época que se abría en 1868 era muy distinta, porque habían muerto muchos de los protagonistas del sistema político de Isabel II como Narváez, O`Donnell, Olózaga, González Bravo, Miraflores, Cortina, Madoz, Fernández de Córdoba, Bravo Murillo, Roncali, Pacheco y Alcalá Galiano. Los viejos políticos se habían caracterizado por su romanticismo, por obrar por corazonadas y creencias, incluido el catolicismo como creencia. Y había aparecido una generación de hombres nuevos como Sagasta, Rivero, Orense, Salmerón, Pi y Margall, Castelar, Figueras, Martos, Alonso Martínez y Cánovas. Los nuevos políticos se caracterizaban por sus grandes diferencias ideológicas entre ellos, aunque tenían en común estar en contra de las ideologías del pasado, pero la mayoría eran católicos muy cerrados. Los nuevos políticos eran intelectuales que trataban de construirse una teoría política, a veces idealista y utópica, pero no romántica, más bien positivista en el sentido de buscar el progreso en la ciencia y técnica.

Otra característica de los nuevos políticos era intentar evitar la política de élite, de minorías, y al contrario, tratar de implicar a mucha gente en sus proyectos, a militares y a civiles, a élites y a masas. Los nuevos políticos sacaban a mucha gente a la calle. A su pesar, la política seguía siendo de minorías: Las “masas en la calle” no eran todos los españoles, ni mucho menos, y ni siquiera la mayoría de los españoles, sino los alborotadores que siempre están dispuestos a llenar las calles. El problema de los nuevos políticos era si serían capaces de controlar a todas esas masas que habían sacado a la calle. Cuando se evita a las élites, es muy fácil caer en el populismo. Una cosa es que haya que moralizar a la elite gobernante cuando está corrompida, y otra cosa que se deje el Gobierno en manos de las masas irracionales, ambos extremos detestables. Formar a la gran mayoría de españoles en cuanto a alfabetización, criterios morales y formas en política, requería una revolución económica y social previa, para la que faltaban en España todavía cien años.

Nunca se llegó a un consenso entre los jóvenes políticos para adoptar soluciones políticas adecuadas a los problemas reales de España. No lo hubo en tiempos de optimismo como 1868-1871, tampoco llegará con la época de monarquía de Amadeo, que se convirtió en una lucha de distintas minorías por dominar la situación política, y tampoco llegará con la República, que se convirtió en una confrontación por los muy distintos modelos de república, aunque los protagonistas fueran otros, distintos de los que no se ponían de acuerdo en tiempos de la monarquía. Y mucho menos hubo consenso cuando el general Serrano se creyó la posibilidad de ser un dictador aceptado por sus compañeros. El resultado final, a partir de 1874, fue la decisión de volver al pasado, aunque reconociendo oficialmente a algunas fuerzas políticas que antes estaban ocultas. A partir de 1876, se hizo oficial el caciquismo que ya existía en el liberalismo fracasado anterior a 1868. Por lo menos, se haría a la vista de todos y podría controlarse desde el Gobierno su moralidad o inmoralidad, a conveniencia del gobernante de turno. Ese fue el papel de Cánovas y fue el sistema más duradero del siglo XIX. De alguna manera, el hombre que mejor entendió la realidad de España fue Francisco Romero Robledo, “el gran elector”. España era un país corrupto, dominado por los caciques, y el Gobierno podría dominar a los caciques dándoles, aquí y allá, algunas prebendas. Lo triste del sistema, es que se aceptaba la corrupción como algo inherente a la sociedad española, lo cual es profundamente pesimista.

El único nexo entre los revolucionarios de 1868 era el “abajo lo existente”. En todo lo demás, divergían a muerte los pensamientos de los unionistas, progresistas, demócratas y republicanos, por decirlo de manera abreviada, pues los grupos y pensamientos políticos eran muchísimos más. Los grupos ni estaban de acuerdo en lo que se debía hacer, ni podían estarlo, pues sus pensamientos eran contrarios los unos de los otros. El fracaso era cosa de un poco de tiempo, y ya es asombroso que duraran seis años en el poder. “Abajo lo existente” significaba que había que limpiar la política de corruptos y sustituirlos por hombres honrados. Así entendido, el eslogan era casi lo mismo que “España con Honra”, dicho por los militares. Todo lo demás era negociable y esperaban que se llegara a acuerdos posteriormente. Los sublevados no tenían un programa común y ni siquiera una táctica elaborada en común, lo que dio lugar a una lucha por el poder, desde el día siguiente del triunfo, entre los militares monárquicos que se habían pronunciado, y las juntas ciudadanas que habían llevado el peso de los levantamientos en cada ciudad y región de España. Y las discrepancias fueron creciendo a lo largo del Sexenio. El resultado fue un vaivén de regímenes dispares que evolucionaban a toda prisa, y cambiaban Gobiernos a gran velocidad.

Estaban de acuerdo en que sería una soberanía nacional con sufragio universal, y ni en ello estaban todos de acuerdo, pues los progresistas y demócratas pensaban en la libertad de cultos, en el fin del clericalismo y en la supresión de quintas; los republicanos pensaban en la necesidad de implantar una república, de distintos modelos, federal o unitaria, según cada grupo republicano; y las tendencias socialistas pensaban en el reparto de la tierra, y la abolición de la propiedad privada. Cuando decimos progresista, demócrata, republicano o socialista, y nos referimos a la España del XIX, estamos hablando de cosas que, posiblemente no puedan ser consideradas como tales, sino de grupos que se autodenominaban de una de esas maneras, pero buscaban otros fines, cuyo contenido se podrá entender tras la lectura de las muchas páginas que vamos a dedicar al Sexenio revolucionario. No hagamos prejuicios sobre cada grupo, pues sus ideas no se correspondían con lo que comúnmente entendemos hoy al citar esos términos.

Y por encima de todos ellos gravitaba el tema de la esclavitud que debía ser abolida, pero era un asunto muy complicado de gestionar. Tan complicado, que decidieron dejarlo de lado, ocultarlo como si no existiera. Lo común entre los militares que habían estado en Cuba, era manifestar que en España no se sabía nada de lo que pasaba en el Caribe. Y tenían razón.

Como era imposible el acuerdo previo entre los diversos grupos políticos, por el bien del pacto de acabar con la monarquía de Isabel II, decidieron dejar el tema de las realizaciones para después del triunfo de la revolución. Mal asunto para grupos dispuestos a matar a cualquiera que se opusiera a su propio modelo de sociedad y de justicia social. Y Cánovas consiguió que los españoles no se matasen entre ellos, y bien que se lo agradecieron. Pero, cuando hubo de imponer el sufragio universal, Cánovas temblaba de miedo. Poco después le asesinaron.

Los distintos grupos políticos eran grupos de “notables”, minorías exiguas que podían cambiar de opinión en un momento dado y que estaban acostumbrados a llamar a la masa a algaradas y manifestaciones en apoyo a sus teorías o defensa de una postura política determinada. Y la masa seguía al líder prestigioso sin entender mucho de las propuestas que éste hacía. Ello daba más inestabilidad a los Gobiernos de después de septiembre de 1868. La inestabilidad provenía de los maximalismos de los que hacían gala los “notables”. Cada uno de ellos se creía en posesión de la verdad de forma indiscutible e inmodificable.

Todos los notables calificados de izquierdas eran un tanto utópicos, pues creían que el sufragio universal eliminaría los males de España. Ello no fue así. El problema del caciquismo no se acabó con el decreto del sufragio universal, sino que esa estructura permaneció igual que con el sufragio censitario anterior. La costumbre del Gobierno de valerse de los caciques, y la incapacidad del Gobierno para llegar a todos los ciudadanos, eran las mismos problemas antes y después del sufragio universal.

La mayoría estuvo de acuerdo en la defensa de la propiedad individual y ese fue el objetivo que salió adelante, a pesar de la oposición de los cantones de 1873. Y la propiedad se quedó en las manos de quienes ya la tenían antes de 1868. Muchos de los cantones fueron defensas de la abolición de la propiedad privada.

Los protagonistas del Sexenio Revolucionario no fueron capaces de comprender el alcance de los sucesos que estaban protagonizando. Por eso, a medida que surgían nuevos problemas, decidieron ignorarlos en bien de mantener el proceso de “la revolución”, y como no le dieron a su revolución contenidos económicos y sociales, la perdieron.

La clase media tampoco supo interpretar lo que estaba ocurriendo en esos días, y hasta participó en unos cantones populistas que pretendían destruirla, hasta que pudo reaccionar a duras penas con la ayuda del ejército.

Y las clases altas agrarias tampoco supieron qué pasaba, hasta que el final del Sexenio, Cánovas les solucionó su problema y se sintieron felices con Cánovas. Ya no había que hablar de política, sino de teatro y de toros. Eso era la felicidad para ellos.

En cuanto a las clases bajas, lo principal fue su organización en la Milicia Nacional, la cual en octubre de 1868 se llamó Voluntarios de la Libertad. Alguien se había dado cuenta de la importancia del momento y estuvo a punto de conseguir su revolución. No era la burguesía, sino que iban a destruir la burguesía. Algún burgués se sintió capacitado para capitanear a estas masas, pero comprobó su error.

Y el Gobierno salido de la revolución de septiembre no vio el problema hasta muy tarde. Era un gran error. Creían poder manejar la revolución, pero ésta les manejaba a ellos. Prim no pudo reconducir la revolución hacia una monarquía parlamentaria, y acabó asesinado. Amadeo de Saboya no pudo solucionar ningún problema. Y la república se convirtió en un caos: El 30% de los Voluntarios de la Libertad eran jornaleros agrícolas, y también había menestrales, carpinteros, zapateros, sastres, albañiles, canteros y otros artesanos. En la milicia de 1868 apenas había propietarios y por eso era una milicia distinta a la de 1822 o la de 1854.

 

Evidentemente se había entrado en una época histórica nueva: Porque ya había triunfado el krausismo; porque la idea de un hombre nuevo ya no era exclusivamente la romántica, sino la de un hombre que teorizaba, pensaba, planificaba, trataba de ser un intelectual, y de dar una explicación a cada suceso y acontecimiento; porque las bases del pensamiento eran distintas, idealistas y románticas en unos casos, y realistas en otros, pero distintas de lo anterior en cuanto trataban de explicarse la realidad del presente utilizando métodos dialécticos.

El hombre nuevo creía en el progreso, en un futuro mejor, en donde la ciencia haría progresar al mundo en el mejor de los sentidos posibles. El hombre nuevo era optimista después de siglos de pesimismo español, sobre todo entre los románticos. Se hablaba de más libertades, de robustecimiento de los poderes del Estado, sin dañar la libertad individual.

Y sin embargo, para la mayoría de los historiadores del siglo XX, 1868 no había sido más que una conjunción de circunstancias penosas que propiciaban cambios: decían que había una crisis de subsistencias con carestía de alimentos, una crisis financiera y política, unos enfrentamientos entre jornaleros y propietarios andaluces, y una bajada de salarios desde enero de 1868, como factores que provocaban mucha intranquilidad social. Por otra parte, hubo muchas tierras que no se cultivaron debido a la inseguridad de los explotadores frente a los movimientos violentos que se estaban produciendo y se anunciaban, lo que agravó los problemas de hambre. El hambre, normal en abril y mayo de todos los años, se adelantó ese año a marzo. Siendo ciertas todas estas apreciaciones, eran insuficientes.

El Sexenio también puede ser interpretado como un intento de implantar en España el liberalismo real, el de verdad, después de los fracasos de 1808-1814, 1820-1823, 1833-1840, 1840-1843, 1844-1854, y 1854-1856 en que sólo se habían puesto ficciones de liberalismo, en las que el progreso y extensión de los derechos humanos a todos los individuos de todas las clases sociales, ni siquiera se contemplaba. Y ese intento, condenado de antemano al fracaso, sería aprovechado por muy diversos grupos políticos para ensayar, con más o menos formas violentas, sus propios modelos de sociedad y de política.

 

 

El drama español de 1868.

 

Los diversos grupos políticos de tiempos de Isabel II, desde la posición de la sociedad de privilegios, se habían resistido al cambio hacia los proclamados ideales de libertad, igualdad y fraternidad.

Y en el proceso de transición abierto en el Sexenio, las grandes fortunas querían una transición suave, que los objetivos estuvieran bien acordados y que la hoja de ruta estuviera pactada. Pero los pequeño-burgueses y las clases populares estaban ya muy cansados de mentiras de los políticos, de falseamientos electorales, de corrupción implantada en Palacio y entre los Ministros, de tantas promesas de derechos que nunca se otorgaban, y exigían cambios radicales y rápidos, e incluso cambios utópicos, pues creían que todo se podía ensayar después de una tan mala situación como la que se vivía. Estaban a punto de explotar en ira. Algunos creían que cualquier cosa sería mejor que lo que tenían. Y se entregaron a las opciones más absurdas.

Visto con la objetividad que nos da la distancia, y estudiada la realidad económica y social de tiempos de Isabel II, era obvio que una transformación social y económica como la que se necesitaba, no podía realizarse en seis años. Se necesitaba mucho más tiempo. Y, si además tenemos en cuenta la sucesión de cambios de modelo político intentados, y de programas económicos que deshacían lo hecho por el Gobierno anterior, entenderemos que el Sexenio no lograra transformar la realidad española. Era un imposible en esas circunstancias. Los temas más complicados se abordaban con premura impropia para resolverlos. Y cada pocos meses se cambiaba de solución y se ensayaba un sistema nuevo, el burgués, el monárquico, el republicano, el cantonalista, el socialista anarquista, la comuna, el socialista marxista, el catolicismo integrista…

Los continuos ensayos habidos en 1868-1874 hacen atractivo el Sexenio para nosotros. Es como una película de mucha acción, con salidas imprevistas para el espectador, con mucho drama y muchos muertos, como se acostumbra en las películas del oeste, o las bélicas. Es atractivo para contemplarlo, pero no se trata de una película, sino de una realidad imposible de haber sido imaginada por cualquier guionista truculento. Es una realidad dramática. Si los españoles no la han explotado lo suficientemente en el cine, es porque están embobalicados con las películas de la Guerra de Secesión americana y el drama de la conquista del oeste, o porque desconocen su propio pasado, o porque todavía no lo han asumido. Vivimos las novelas y el cine correspondiente a otro pueblo, porque desconocemos el nuestro. Cada cantón podría ser materia de varias películas, cada periodo del Sexenio daría tema para un culebrón.

En la observación del drama 1868-1874, corremos el peligro de no analizar suficientemente los hechos, de no criticarlos porque nos caen simpáticos los personajes, de no entender nada porque nos dejamos mover por cuestiones irracionales disfrazadas de utopía. Es el atractivo del personaje del malo en las películas.

La actuación popular fue irregular, distinta en cada cantón, distinta en cada momento, cambiante a ritmo vertiginoso: en las ciudades se hablaba de gente que llegaba de fuera a pedir la insurrección en la calle. También los obreros locales que quedaban en paro se sumaban enseguida a la insurrección, en las pocas ciudades en que había obreros. Y los obreros se sumaban para otras insurrecciones distintas de la original que les pedían.

En fin, el Sexenio fue un fracaso, o la sucesión de varios fracasos en muy poco tiempo. Y el pueblo español lo vivió como un drama sangriento. En lo que quedaba de siglo, prefirieron el orden que significaba Cánovas del Castillo, aunque fuera volver al conservadurismo, a volver a repetir las barbaridades del Sexenio. Pero la insensatez de los políticos conservadores, su insistencia en la inmoralidad y la corrupción, hará que los españoles, a partir de 1898, se vuelvan a plantear de nuevo las mismas experiencias fracasadas en el Sexenio Revolucionario.

El fracaso del Sexenio conducirá a una larga etapa histórica alejada de las corrientes europeas del momento y anclada en la tradición, que abarcará un siglo entero. Se dirá durante este tiempo que “Europa terminaba en los Pirineos”, en el sentido de que el desarrollo económico, social y político llegaba sólo hasta esa cordillera.

Marginalmente, podemos hacer constar aquí, la trascendencia histórica de las cosas de cada época (en todas sus facetas: economía, sociedad, política, cultura), pues los acontecimientos de unos pocos años pueden condicionar periodos futuros tan dilatados como un siglo, o más. El hombre social tiene dificultades para romper con su pasado.

 

 

Origen de la revolución de 1868.

 

La Reunión de Ostende (Bélgica), de 16 de agosto de 1866 nació como un grupo minoritario organizado en el exilio, una conversación entre progresistas y demócratas, dos minorías poco influyentes. No era una coalición de la que se pudiera esperar mucho. Unos pocos progresistas y unos pocos demócratas y republicanos no podían constituir una amenaza para nadie. Se trataba de la reunión de unos pocos exiliados de Londres, Ginebra, París y Bruselas, que no debería haber sido más que una anécdota política. Pero la crisis de los viejos partidos políticos, moderado y progresista, y los muchos errores políticos cometidos en los sesenta años anteriores, condujeron a que esa pequeña reunión se convirtiera en un hito importante de la historia de España.

Las circunstancias evolucionaron a favor de los de Ostende: La muerte de Narváez en 23 de abril de 1868, dejó a los moderados sin la pieza que les unía. La muerte de O`Donnell el 5 de noviembre de 1867 dejaba a los unionistas sin posibilidades de recomponer la unidad que era base de su coalición. Y entonces, algunos progresistas, que también se habían roto en pedazos, alguno de ellos aliado a los unionistas, pensaron en las posibilidades que ofrecía la reunión de Ostende.

Al Pacto de Ostende se fueron sumando: generales que habían sido confinados, unionistas que se veían postergados por el giro a la derecha del Gobierno, y grupos populares que veían una posibilidad de realización de sus utopías en el cambio de sistema de Gobierno. El Pacto de Ostende tomó en 1868 unas dimensiones imprevisibles en 1866.

Cuando en el interior de España surgieron por todas partes Juntas populares, la ocasión de los golpistas se hizo posible, y cuando nadie capitaneó adecuadamente el golpe, todas las “revoluciones” posibles vieron su ocasión de realizarse.

En España surgieron Juntas locales y Juntas provinciales por todas partes. No estaban todas ellas dominadas por la burguesía sino por movimientos ciudadanos diversos, muchas veces capitaneados por el Partido Demócrata o por los republicanos. Los nuevos dirigentes eran de ideas diferentes y contrapuestas. Incluso los republicanos, que tenían una idea más clara de lo que querían, divergían entre republicanos unitarios, republicanos federales y otros tipos de república.

Los militares que habían iniciado la sublevación de septiembre de 1868 se encontraron con la realidad de las Juntas, y no supieron cómo reaccionar, pues sin el apoyo de ellas estaban perdidos frente a los conservadores, pero si les entregaban el poder a las Juntas también se destruiría el ejército y el modelo de Estado de España. Y por otra parte, era absurdo que cada Junta actuara soberanamente organizando su propio territorio en modelos dispares de economía y convivencia social.

Las Juntas tenían cada una su propio programa político, muchas veces incompatible con el de otras Juntas y con el de otros sectores complicados en el levantamiento de septiembre de 1868. En general, las Juntas querían suprimir las levas y las quintas, lo cual era suprimir gran parte del ejército, tal vez transformarlo en ejército profesional, o tal vez sustituirlo por Milicias populares. Las Juntas querían suprimir los impuestos que más rendimiento daban al Estado, que eran los indirectos, sobre todo los usos y consumos, lo cual era imposibilitar el Gobierno de cualquiera que lo intentase.

Cataluña quería la república desde el primer momento. Y en la idea de república, se impusieron los ideólogos de la república federal, los cuales presentaban esa idea como la panacea que resolvería por sí misma todos los males. Los catalanes nunca definieron qué era la república federal, porque eso significaba anunciar los puntos que se mantendrían comunes a todos los Estados federados, porque muchos de los catalanes querían la independencia y veían la oportunidad de conseguirla en la ruptura del estado español.

Y en medio de este caos, la burguesía estaba mentalmente perdida. Con estas mimbres no se podía construir un Estado sólido al servicio de la industrialización. Y supieron que debían acabar con las Juntas. Paradoja tremenda era que la revolución necesitase acabar con los revolucionarios. Pero no es infrecuente esta situación, y la veremos más tarde en tiempos de Lenin, Mussolini, Franco y otros muchos.

 

 

LAS CAUSAS DE LOS MOVIMIENTOS REVOLUCIONARIOS DE 1868-1874.

 

Las causas que llevaron a los grandes movimientos políticos españoles de 1868-73 son múltiples factores concurrentes. Citaremos unas pocas causas, y aun así, constituyen una larga lista:

 

El elemento político:

La incapacidad del moderantismo español para resolver los problemas españoles del momento, pues se encontraba con la contradicción de que las soluciones parecían contradecir los intereses de los dirigentes moderados.

La ruptura del partido moderado en grupúsculos cuyos puntos de unión eran únicamente la personalidad de Narváez (muerto en abril de 1868) y la detentación del poder.

El “retraimiento” sistemático (retraerse era negarse a presentar candidatos a las elecciones y a toda participación en la política) que los progresistas y demócratas venían practicando en la última década. Los progresistas podían colaborar a veces, aunque raramente, con la monarquía formando Gobiernos. Los demócratas estaban siempre en contra de la Reina.

El intervencionismo de Isabel II y de su camarilla personal, destituyendo y nombrando Ministros, en vez de atraerse a los progresistas. Igualmente podríamos decir de María Cristina y de su camarilla personal.

La forma de represión de las manifestaciones, entre ellas las estudiantiles de abril de 1865 originadas en la sanción impuesta a Castelar por afirmar que el patrimonio de la Reina era patrimonio de la nación y no de la Reina. Esta represión causó muertos y heridos, y ello provocaba nuevos resentimientos crecientes.

La disconformidad militar con la política de ascensos.

La irracionalidad de la protección al carlismo que hacían los conservadores. Justificada en la necesidad de mantener un arma contra los republicanos, esta protección jugaba peligrosamente con los principios de liberalismo que se decía defender los 50 últimos años. Muchos carlistas eran ultracatólicos, partidarios de un integrismo religioso político.

La ruptura y desaparición de la Unión Liberal puesto que el único nexo que la mantenía, que era Leopoldo O`Donnell, murió en noviembre de 1867.

Los muchos pronunciamientos y cambios de Gobierno que se producían en el reinado de Isabel II. Especialmente influyeron los últimos pronunciamientos de Prim en Villarejo el 2 de enero de 1866, y el de los sargentos del Cuartel de San Gil el 22 de junio de 1866.

De hecho, el régimen político isabelino estaba agotado desde 1863, desde el momento en que Unión Liberal había abandonado el Gobierno, y en que el Partido Progresista se retraía. La Reina empezó a ser vista como un obstáculo para la renovación política. El Partido Moderado que apoyaba a la Reina fue visto como otro obstáculo a derribar, y ya sólo se sostuvo mediante la represión. En vez de gastar sus energías en la renovación política, económica, y social de España, el Partido Moderado las gastaba en mantenerse en el poder. Era cuestión de tiempo, y cuando sus dos líderes murieron por causas naturales, no quedaban oportunidades de permanencia. Aguantaron mientras les apoyaron los de Unión Liberal, pero insistieron en no renovar nada, y vieron que los unionistas les abandonaban, que incluso algunos destacados moderados abandonaban la colaboración con el Gobierno moderado.

El decreto de 9 de marzo de 1867 suprimiendo los impuestos indirectos en las Antillas y cambiándolos por otros directos sobre las haciendas, lo cual hacía pagar impuestos a los monopolistas españoles peninsulares. Estos hombres financiaron el golpe de septiembre de 1868 y exigieron y lograron la derogación del decreto de 9 de marzo inmediatamente después del golpe.

El dinero de los hacendados cubanos que prometieron 500.000 pesos a los golpistas a cambio de libertades y autonomía cuando triunfase la revolución.

El Pacto de Ostende o decisión de republicanos y progresistas de ir todos juntos contra la monarquía de Isabel II, y tal vez contra la monarquía misma.

La integración de la Unión Liberal en el Pacto de Ostende en 1867, a la muerte de O`Donnell en diciembre de 1867.

La sublevación del almirante Topete en Cádiz el 18 de septiembre de 1868.

Las Juntas Revolucionarias constituidas en las ciudades por progresistas y demócratas, para dar cobertura civil a los pronunciamientos militares.

 

El elemento histórico-político.

En España se había vivido durante los últimos sesenta años una farsa política, una apariencia de renovación política, pero se había adoptado el liberalismo como una mera cosmética en la que nadie colaboraba en implantar los cambios necesarios aunque todos decían que estaban dispuestos a hacerlos:

En el tema Constitución, todos los Gobiernos habían jugado al despiste del pueblo español, haciendo ampulosos discursos a favor de la Constitución, pero con suspensión de garantías constitucionales frecuentes, con leyes difícilmente calificables de constitucionales, con desprecio expreso de la Constitución hecho frecuentemente por el gobernante de turno. Las Constituciones españolas eran partidistas, hecha por y para un solo partido político, que había que cambiarlas cada vez que cambiaba el signo político ganador, que encubría el caciquismo, el señoritismo, el integrismo católico, la ascendencia de los generales y el ejército en general sobre los Gobiernos, una España real muy distinta de la España oficial.

Los partidos políticos habían sido sistemáticamente falseados por elecciones muy poco democráticas, cuando no fraudulentas.

Los derechos humanos habían sido abandonados a lo que cada individuo pudiera conseguir por sí mismo, con sus propios medios. Las convicciones liberales de Cea Bermúdez, Martínez de la Rosa, Espartero, Narváez, O`Donnell, y otros, pueden ser puestas en duda con serias razones que ya hemos expuesto anteriormente en otros capítulos.

 

El elemento económico:

La no integración del territorio peninsular en un mercado único, manteniendo inconvenientes como las comunicaciones, moneda, costumbres territoriales e interferencias propias de un sistema de privilegios. Así, no se dio oportunidad a la formación de un mercado potencial interior suficiente.

La reducción del consumo debido a las malas cosechas, cierre de fábricas, bajadas de salarios, con menor cifra de negocio en cada empresa.

El incremento en la disparidad y desigualdad social al dejar en la miseria, tras la desamortización, a millones de españoles.

El reducido uso del ferrocarril que hacía deficitarias las explotaciones.

La falta de desarrollo tecnológico y científico general, concomitante con un déficit cultural muy acusado.

La subida de los tipos de interés en 1866 que provocó crisis ferroviarias puesto que los ferrocarriles se estaban construyendo a crédito. De ello se dedujo la quiebra de sociedades de crédito.

El crac de la bolsa de Madrid de 1866, simultáneo al de Londres y otras muchas bolsas (la llamada crisis financiera).

Las malas cosechas de 1866 y 1867 y crisis de subsistencias consiguiente con elevación del precio del trigo.

La falta de algodón para la industria catalana tras la Guerra de Secesión americana, 1860-1865, con la consiguiente elevación de precios de la materia prima comprada en mercados secundarios, y el cierre de fábricas.

La deflación habida desde 1866 (encarecimiento del dinero, elevaciones de tipos de interés a los préstamos, caída de la bolsa) simultánea a una crisis de Hacienda por aumento de la deuda pública y cierre del crédito exterior por no pagar Hacienda los cupones de deudas anteriores.

Todas estas circunstancias empujaban al alza de precios españoles en un medio europeo tendente a la baja, lo cual implicaba la necesidad de vender más barato el vino y los minerales españoles en el extranjero, con la consiguiente pérdida de negocio.

Madrid estaba a fines de 1868 en plena crisis social debido a la profundidad de la crisis económica. La mala cosecha de 1867 y 1868 había conducido al desempleo de muchos trabajadores del campo y al consiguiente alza de precios de los alimentos. Ello influía en Madrid en que abundaba la mendicidad por muchos que llegaban desde el campo, y por muchos madrileños que no tenían para comer. Los nuevos inmigrantes llegaban en condiciones de miseria extrema. Cuando surgió la oportunidad de la Milicia Nacional, se apuntaron masivamente a comer todos los días. La realidad era que el Gobierno debía temer más a la Milicia que a los monárquicos, a pesar de que, teóricamente, la Milicia sostenía al Gobierno revolucionario. El alcalde de Madrid, Nicolás María Rivero lo sabía, y se propuso organizar las fuerzas populares. Complementariamente, el alcalde tomó medidas para revitalizar la industria y el comercio que debían paliar el paro obrero, y estableció ayudas para los indigentes, al tiempo que reforzaba la seguridad ciudadana en la calle. Sus ideas eran de unión entre ejército y milicias, bajo el lema de “libertad con orden”. El 5 de noviembre de 1868, Nicolás María Rivero hizo un bando que limitaba la potestad de hacer registros domiciliarios a los alcaldes de barrio y de distrito y se lo prohibía a los oficiales de la Milicia Popular. Además, prohibió a los milicianos circular por la calle con armas en la mano, salvo que estuvieran en misión de servicio. Y conminó a los jefes de la Milicia a guardar el orden público y a respetar la propiedad. Nicolás María Rivero ofreció 30 reales a cada individuo que le entregara un fusil, y ofreció puestos de trabajo municipales, con salario de 7 reales diarios, a los milicianos que entregasen su fusil. Y el 17 de noviembre de 1868, el Ministro de Gobernación, Práxedes Mateo Sagasta, reglamentó la milicia ciudadana para ordenar que los milicianos no recibieran salario alguno, ni del Gobierno ni de los Ayuntamientos, lo cual expulsaba de la milicia a los más pobres, y esperaba atraer a ella a las clases medias. El problema que se le planteaba al Ministro era qué pasaría si el populacho no abandonaba la Milicia. Y lo que ocurrió fue que los desposeídos organizaron los cantones, entre los que había sistemas comunistas de replanteamiento de la propiedad, y sobrevino la guerra cantonal. El 22 de noviembre, un nuevo bando del alcalde de Madrid ordenó mantener el orden, respetar la propiedad, la familia y a las autoridades legítimas. Los milicianos de Madrid se fueron a provincias a organizar sus cantones. En el aire queda una pregunta estéril: ¿Qué hubiera pasado si los socialistas y anarquistas se hubieran apuntado masivamente a las Milicias Populares?

 

El elemento sociológico.

En 1868, la sociedad estaba dispuesta a cualquier revuelta, a la violencia de todo tipo: la interpretación popular de lo que necesitaban, reflejada en el grito “acabar con lo existente”, consistió en quemar cosechas, invadir fincas en el campo y salir a la calle en las ciudades. Estaba claro que querían cambiarlo todo. Lo que no sabían era qué hacer después. No había programa, y ello llevó a la inestabilidad política que trataremos de mostrar en los capítulos subsiguientes.

Los problemas fundamentales que, ante esto, debieron haber abordado los políticos de 1868-1874, eran el reparto de la propiedad con un criterio más justo que el utilizado por las desamortizaciones y la ley sobre señoríos, la ampliación de derechos del ciudadano como educación, esclavitud, salarios justos… Los problemas que en realidad se discutieron, en 1868-1874, fueron si hacía falta una república o una monarquía, si era bueno el federalismo y si el catolicismo debía ser apartado de la dirección del Estado definitivamente. Eran problemas muy importantes, pero no suficientes para resolver la situación, no básicos.

En 1871, e incluso años anteriores, la desunión de los partidos dinásticos llevó al protagonismo de las masas: La idea que triunfó entre los dirigentes políticos de 1868 era la de mantener a toda costa una monarquía constitucional que evitara la anarquía. Lo que ocurrió fue que los políticos no se pusieron de acuerdo en el tipo de monarquía ni en los candidatos. La falta de consenso político permitió que se formasen las Juntas Revolucionarias populares dominadas por los republicanos en las ciudades. Entonces, los monárquicos tuvieron que empezar a pagar errores y conceder mucho más de lo que tenían previsto y estaban dispuestos a hacer, como el sufragio universal, la libertad religiosa, el jurado, la libertad de prensa, la libertad de asociación y la exclusión perpetua de Isabel II y sus herederos al trono. A este alto precio, hay que añadir el resurgimiento del terrorismo que culminó con el asesinato de Prim. Tras este suceso, muchos opinan que los monárquicos estaban acabados el mismo día en que Amadeo había desembarcado en Cartagena para hacerse cargo del trono de España.

Las medidas represivas llevaron a la radicalización popular: Hacia 1869 la lucha política se centró en los derechos de reunión y libre expresión. Estos derechos se tomaron, de forma exagerada y radical, como anteriores a cualquier otro derecho, anteriores a cualquier ley y sin limitaciones de ningún tipo, ni siquiera en momentos de guerra o peligro para el Estado. En medio de este estado de opinión, la suspensión de derechos constitucionales suponía la ruptura con toda la izquierda y el peligro de una guerra civil.

La intolerancia entre partidos, debilitó a todos los equipos de Gobierno. Es decir, la falta de entendimiento, de diálogo, de tolerancia hacia otras posiciones políticas incluso próximas a la propia, todo ello dentro de concepciones plagadas de utopía por todos los bandos, es la característica que mejor define a la época del Sexenio. La táctica de “todos contra el partido gobernante” hace imposible cualquier solución de Gobierno.

 

El elemento militar.

Las fuerzas militares durante el Sexenio fueron variadas y peligrosamente susceptibles de enfrentamiento entre ellas: Voluntarios de la Libertad; Ejército; y Milicia Nacional.

Los Voluntarios de la Libertad eran una milicia popular. En 1868 volvió a aparecer una milicia popular que recordaba a la vieja Milicia Nacional, ahora con el nombre de Voluntarios de la Libertad. Pero había ciertas diferencias con la Milicia Nacional. Los Voluntarios de la Libertad no eran la Milicia Nacional: La Milicia, en su día, estaba formada por pequeños y medianos propietarios partidarios del orden público, incluido el político. Los Voluntarios de la Libertad eran fuerzas populares de baja extracción social, el 30% de ellos jornaleros y otros muchos menestrales (obreros de talleres que perdían su trabajo en aquella época debido a la revolución industrial). Entre los Voluntarios se infiltraron los republicanos y los socialistas, que dirigían políticamente sus actos hacia la revolución, contra la propiedad, de modo que todo intento por mejorar las relaciones de propiedad e incluso por repartir propiedades iba a resultar estéril.

El ejército español profesional no era disciplinado, ni cumplía las funciones de un ejército moderno. Amadeo de Saboya pediría juramento de fidelidad a los oficiales superiores del ejército. Muchísimos oficiales se negaron a prestar este juramento porque opinaban que su libre albedrío era más importante que la institución del Gobierno y, en este caso, que el Rey. Amadeo podía haber iniciado unos cientos de consejos de guerra, pero esto era absurdo porque era el ejército el que le había puesto en el trono. Como los carlistas estaban en guerra, los socialistas (anarquistas y federalistas) amenazaban con la revolución y con la guerra civil, y los políticos no aceptaban la democracia sino que querían las urnas a su servicio (hablaban de una nueva democracia), Amadeo decidió irse de España.

La República intentó acabar con ese tipo de ejército, que debido a su independencia de opiniones era muy peligroso para un gobierno revolucionario como el de 1873. Suprimió el servicio obligatorio y les puso un sueldo diario de una peseta, reduciendo así el número de efectivos y haciéndolo más profesional.

La República, en su momento de 1873-1874, se apoyó en los Voluntarios de la República, otra milicia popular más. La República también incrementó en número de Guardias Civiles hasta 30.000.

Y también se resucitó la vieja Milicia Nacional integrada por propietarios.

Todo este contingente de elementos de seguridad, se convirtió en un problema militar, cuando reapareció el ejército en 1874, unificado. El problema fue atacado a partir de 1882 con la renovación militar que supuso la creación de la Academia General Militar, un colegio de oficiales que trataba de evitar corporativismos de armas y de convencer a los militares de que la política era un campo que quedaba fuera de su misión. No obstante, la tradición intervencionista no desaparecerá tan fácilmente, y en 1921 y 1936 tendremos nuevos salvadores y regeneradores militares de la política.

 

El elemento carlista.

El carlismo tuvo una nueva oportunidad de conseguir sus fines al caer Isabel II en septiembre de 1868. Los católicos integristas apoyaron la candidatura de Carlos VII y reforzaron el carlismo. Carlos de Borbón y Austria Este, Carlos VII, era hijo de Juan de Borbón (hermano del Conde Montemolín) y de María Beatriz de Austria Este, hija de una familia ultraconservadora de Módena, y había nacido en 1848 en una posada de Laybach (Estiria) cuando sus padres huían de la revolución. Fue educado por su madre en Módena, lejos de su padre que vivía en Londres. Vivieron en Praga, Venecia y Viena. En 1867 se casó con Margarita de Parma, y vivieron en Gratz. Entonces Carlos escribió una carta a su padre pidiéndole cesión de los derechos dinásticos. Recordemos que Juan de Borbón, Juan III, era liberal y no era por tanto la persona adecuada para los intereses carlistas.

Carlos VII hizo una reunión de carlistas en Londres, no para estar con su padre, sino para que asistiera Cabrera, el viejo líder que podía relanzar el carlismo, pero Cabrera no asistió porque reconocía a Juan III como legítimo y porque estaba enfadado con María Teresa de Braganza debido a que no soportaba las intrigas de ésta. Entonces la reunión se trasladó a París, donde Carlos se entrevistó con su padre y obtuvo su abdicación el 3 de octubre de 1868 tras muchas conversaciones. Carlos VII fue el nuevo líder del carlismo con el sobrenombre de “duque de Madrid”. Juan III moriría en 1887 y sería enterrado en Trieste.

Inmediatamente, los carlistas organizaron una trama que les permitiera poner en marcha su plan:

Ideológicamente, publicaron una serie de artículos de periódico para relanzar la causa, y usaron, como reclamo, a los integristas católicos como Hermenegildo Díaz de Ceballos, el diputado Antonio Aparisi Guijarro 1815-1872 (escribía en La Regeneración), el canónigo Vicente Manterola Pérez, y el nuevo dueño del periódico La Esperanza Vicente de la Hoz.

Económicamente, se trataba de crear una red civil que se encargara de recaudar fondos, la cual estaba integrada por: el Conde de la Florida en Valencia, el conde de la Patilla en Valladolid, el marqués de Valde-Espina en el País Vasco, Tamarit en Tarragona, Cesáreo Sanz en Navarra, Pablo Barnola en Barcelona… Y paralelamente, se creaba una red militar que se encargara de reclutar gente: Elío, Estartús, Tristany y Marco.

Políticamente, se creó un Gobierno en el exilio: Díaz de Cevallos en Asuntos Militares; Gaspar Díaz de Lavandero en Hacienda; Bienvenido Comín en Asuntos Políticos.

 

 

El elemento regionalista burgués.

La sociedad madrileña era enemiga del servicio militar obligatorio y prefería un ejército profesional. En economía eran librecambistas, lo cual suponía precios del trigo más baratos y alquileres de viviendas más caros. En Madrid hacían fortuna los generales, que eran a la vez senadores y generales, generales que defendían al pueblo y senadores que dictaban la política que el pueblo odiaba. No veían contradicción en ello, pues los generales jugaban a la bolsa, especulaban con ferrocarriles o con fincas urbanas, y un buen ejemplo de ello era Prim. Los generales se hacían con títulos nobiliarios y necesitaban el cargo de senador para la inmunidad personal. Una cosa es la defensa de unos principios políticos, y otra es la defensa del patrimonio personal, pero ambos fenómenos se producen simultáneamente en la vida.

La sociedad catalana prefería el proteccionismo para poder vender sus tejidos en la península. El librecambio les suponía la ventaja de comprar más barato, pero no compensaba porque no se sentían capaces de alcanzar los bajos precios británicos. Los agricultores catalanes salían perjudicados con el proteccionismo, por no poder vender vino y corcho a Francia, pero se consideraba prioritario el interés industrial. Cuando los catalanes hablaban de proteccionismo, nunca mostraban un interés particular provinciano como en realidad era, sino que preferían decir “necesidad nacional de proteccionismo” para implicar a los agricultores exportadores de Valladolid-Palencia que también lo pedían. A partir de 1859, los catalanes se dieron cuenta de que esta alianza les perjudicaba y empezaron a pedir reducción del proteccionismo para los productos del campo a fin de tener alimentos más baratos, y poder ir a salarios industriales más bajos, que era la ventaja que tenía Gran Bretaña.

El proteccionismo industrial se justificaba más o menos con los mismos argumentos que se han usado siempre para pedir proteccionismo para cualquier empresa en crisis: que era necesario proteger el empleo de muchas familias, que se debía evitar la violencia que sobrevendría necesariamente al cierre de algunas empresas y que Cataluña debía seguir siendo el mercado para los productos agrícolas del resto de España y para ello debía ser fuerte en su industria. Eran conocidos proteccionistas Juan Güell y Ferrer, José Güell y Renté, Madoz, Aribau, Durán i Bás.

Los industriales vascos y los propietarios agrícolas del valle del Duero, nunca hablaron tanto del proteccionismo como los catalanes. No obstante, no eran menos proteccionistas. En 1864, los castellanos consiguieron el monopolio del mercado de Cuba para el trigo castellano, los textiles catalanes y el transporte español. EE.UU. se enfureció con esta medida que le privaba de un mercado que consideraba suyo de siempre.

 

 

Consideración final.

 

El Sexenio es ante todo un tema complicado en que interactúan todos los factores posibles en aquel tiempo: había sectores conservadores que querían volver a sistemas de privilegio como un siglo antes; había burgueses que querían la revolución liberal que Europa había tenido entre 1830 y 1848; y había republicanos, socialistas y populistas que deseaban ensayar sus ideas y veían una oportunidad en el caos en que se vivía en esos años.

Y al final triunfaron los conservadores, los que significaban una vuelta atrás, aunque ya fuese imposible volver al pasado. No triunfó la burguesía, sino una coalición de burgueses y conservadores. No hubo marcha atrás, pero tampoco se produjo el deseado salto hacia adelante. La solución al drama se posponía, y podremos contemplar “segundas entregas” a principios del siglo XX, y “la apoteosis del drama” en 1936-1939.

 

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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