LAS REFORMAS URBANAS DEL XIX.

 

Las primeras reformas urbanas, del siglo XVIII, se hicieron por iniciativa militar, para adecuar las defensas militares a las ciudades en que estaban acuartelados los soldados. Estas reformas tuvieron lugar en Cartagena, El Ferrol, San Fernando (Cádiz), Barcelona (en la Barceloneta) y Santander.

Un segundo intento lo hizo José I, pero la guerra y el poco tiempo que reinó este monarca, 1808-1813, impidió ver resultados.

En 1833-1868 hubo las ganas y fuerzas necesarias para derribar casas viejas y construir avenidas, plazas y paseos, edificios oficiales y viviendas, sobre todo en Madrid y Barcelona. Ildefonso Cerdá propuso los “ensanches” de Barcelona, y Carlos María de Castro los de Madrid.

El pistoletazo de salida se dio en París en 1852. En España, lo hizo Barcelona en 1859 y siguió Madrid en 1860.

A mediados del siglo XIX se produjo un gran cambio social y económico en toda Europa, que se refleja en la remodelación de las ciudades y en la aparición de los socialismos en política y el realismo en el arte:

En 1853, Georges Eugene Haussmann, barón Haussmann, inició la remodelación urbana de París. Es el símbolo de otras muchas renovaciones urbanas de las ciudades europeas. Y no sólo se hacía renovación del plano urbano, sino se dotaba a la ciudad de teatros, escuelas y Universidades, mercados, edificios para Ayuntamiento y organismos oficiales…

 

Georges Eugène Haussmann, 1809-1891, se propuso cambiar París y trazó por en medio de la vieja ciudad los bulevares, grandes arterias viarias que conectaban los distintos barrios de la ciudad y confluían en la Place de l`Etoile. Tomó el proyecto en 1852, mediante una ley de expropiación forzosa que le hizo a medida Napoleón III. Además, las clases obreras fueron desplazadas a la periferia urbana mediante la subida de precios de las viviendas más céntricas. Cuando cayó Napoleón III en 1870, el proyecto estaba muy avanzado. Y el modelo francés fue el que se copió en España.

La idea inicial de los “ensanches” era que los jardines ocuparan la mitad del espacio edificable, que se respetara el casco antiguo y se construyera sobre suelo nuevo, al lado del casco antiguo, al otro lado de la muralla medieval. Por eso, se llamaban ensanches. Se procuraría que las calles fueran anchas y rectas. Ildefonso Cerdá añadió chaflanes en las esquinas de los edificios, que daban lugar a plazuelas ochavadas como en tiempos de Carlos III o de José I. Las alturas de los edificios se limitarían a 3 ó 4 pisos. La anchura de la calle sería de 50 metros en las más anchas y 15 metros en las calles menos importantes.

Los ensanches trataban de crear barrios de acuerdo con la gente que iba a vivir en ellos, hechos con ideología burguesa, es decir, con cierto aislamiento entre los barrios, de forma que cada clase social tuviera su espacio propio.

Hacia 1861, el crecimiento urbano español era evidente por todas partes. Contribuía a ello el desarrollo de los transportes, las migraciones y la industrialización. Por ejemplo: Sevilla podía viajar en tren a Madrid y los sevillanos estaban contentos con la evolución de la ciudad que en 1845 había construido el puente de Triana, y en 1861 tenía su ferrocarril, y en 1868 derribaría sus murallas para entrar en franca expansión. Al igual que Sevilla, una cuarentena de ciudades estaban en franco crecimiento en España.

La Ley de Ensenada de 1864, fue el pistoletazo de salida para una serie de reformas, que fueron calificadas como “ensanches”, porque la ciudad salía de sus viejos límites medievales y modernos.

Con la evolución industrial posterior, las ciudades se hicieron mucho más grandes de todo lo imaginado hasta entonces por las mentes calificadas de más exageradas. En el siglo XX se constató que se quedaron muy cortas. Y esas aglomeraciones humanas necesitaban agua, servicios de basuras, alcantarillado, alumbrado, y lo más básico, viviendas familiares. Y las viviendas debían estar comunicadas por calles y las calles interrelacionadas por plazas.

 

 

EL ENSANCHE DE BARCELONA.

 

Fue realizado simultáneamente al de Madrid, decidido en 1857 y aprobado en 7 de junio de 1859.

Barcelona tenía en 1833 un trazado caótico a pesar de que estaba radicada en un llano. La causa era que la burguesía comercial barcelonesa siempre había tenido un sentido social elitista y se encerraba en sus propias calles al margen de los obreros. La imagen de la Barcelona vieja son calles con paredes lisas, de aspecto pobre, en las cuales se abren portones que dan acceso a patios suntuosos con una gran escalera monumental que da acceso a las distintas plantas del edificio.

Barcelona estaba cortada en zonas separadas por la muralla romana del siglo III, por la muralla gótica de Jaime I, del siglo XIII, y por la muralla de Felipe V del siglo XVIII. Y los militares estaban muy a gusto en esas murallas que permitían controlar militarmente a la población en caso de revuelta.

Dentro de la muralla de Felipe V, la más exterior de las tres, vivían unas 40.000 personas. Un siglo después, en 1800, había en Barcelona 180.000 personas y no cabían en el interior de la muralla. El resultado del progreso era que las calles antiguas se habían mostrado demasiado estrechas para el tráfico, que las casas estaban amontonadas y con poca luz, que la ventilación de muchas viviendas era pésima, y que la ciudad había crecido en altura, normalmente hasta 4 alturas, en las que se arracimaban las familias buscando un mínimo espacio para cada uno de sus componentes. La desamortización del XIX significó un cierto respiro, pero fue completamente insuficiente. Era preciso salir fuera de las murallas.

Las distintas ideas de los miembros de Ayuntamiento de Barcelona no solían gustarle al comandante militar de la plaza, y sin acuerdo entre ambos no habría soluciones. Por fin, en febrero de 1839 se acordó derribar parte de las viejas murallas y construir una nueva, que se hizo en 1844.

En 1846 se propuso en el Ayuntamiento unir el barrio de Gracia con Barcelona. Y el 12 de agosto de 1854 se autorizó el derribo total de las murallas. Entonces se encomendó a una comisión tripartita, “Comisión para el estado del Ensanche”, compuesta por un experto en urbanismo, un delegado del Ayuntamiento y un delegado militar, que acordaran las condiciones de un ensanche.

El experto elegido era Ildefonso Cerdá Suñer, 1815-1876, ingeniero de Caminos por Madrid en 1836-1841, especialista en la construcción de carreteras, con experiencia en las obras de conducción de aguas a Valencia, ingeniero de Hacienda Pública desde 1854 y de ideología progresista.

Se realizaron tres proyectos, el de Miquel Garriga Roca, el de Antonio Rovira y Trías, y el de Ildefonso Cerdá Suñer.

Miquel Garriga i Roca tuvo su proyecto en 1857-1858, y proyectó que el ensanche tuviera lugar en el espacio entre las murallas de Barcelona y el barrio de Gracia. Las calles tendrían 10 y 20 metros de ancho y habría paseos centrales de 50 metros de ancho. El 9 de diciembre de 1858 se decidió que el proyecto de ensanche debía tener valor para espacios ilimitados y no para un pequeño ensanche, y se rechazó el proyecto Garriga.

Antonio Rovira i Trias propuso polígonos en abanico, de manera que los extremos de las grandes calles de una zona o polígono se uniesen radialmente con las carreteras que iban a los pueblos próximos a Barcelona. El casco antiguo se rodeaba de un camino de ronda o de circunvalación de trazado poligonal, del que salían avenidas para los distintos pueblos cercanos. Era el año 1859.

Pero en 1859, el Gobierno de España aprobó el Plan Cerdá sin considerar el proyecto Rovira, que estaba siendo apoyado por el Ayuntamiento de Barcelona. Madrid ordenó ejecutar el Plan Cerdá en mayo de 1860. Así que se impuso Cerdá.

Ildefonso Cerdá i Suñer respetaba el casco antiguo y hacía crecer la ciudad en cuadrículas de ritmo uniforme y monótono, con dos diagonales de 50 metros de anchura que facilitaban el tráfico en toda la ciudad y se cruzaban en la Plaza de las Glorias Catalanas. Las calles eran de 20 metros de anchura. Los cruces de calles se ampliaban con chaflanes, al estilo de Carlos III y José I, de lo que resultaban plazas ochavadas. Creaba siete parques y un hipódromo. Distribuía mercados por toda la ciudad. Distribuía los edificios oficiales por toda la ciudad.

En 1859 se aprobó el proyecto Cerdá, el cual se puso en marcha en 1860 y los primeros bloques de pisos estaban listos en 1863.

 

 

EL ENSANCHE DE MADRID.

 

Remodelaciones anteriores al ensanche:

El principal proyecto de remodelación del casco antiguo de Madrid lo hizo José Bonaparte, pero no le dio tiempo a más que derribar algunas casas viejas, y no a la empresa de reconstrucción del centro urbano. José Bonaparte derribó el convento de San Gil el Real y el convento de Santa Clara, la parroquia de San Juan, el jardín de la Priora, la Real Biblioteca y 56 casas de la zona. El plan de remodelación estaba asignado a Silvestre Pérez Martínez, arquitecto mayor de Madrid desde 1810, pero este hombre murió en 1825. La idea general era despejar todo el frente del Palacio Real a fin de embellecer el espacio, como se había hecho en todos los grandes palacios europeos, a la vez que se evitaba que los motines frente a palacio tuvieran las casas por barricadas y las callejuelas, plazuelas, encrucijadas y rincones como lugares de emboscada a las fuerzas gubernamentales.

Fernando VII hizo bien poco en la remodelación de Madrid, dado que tenía que resolver una quiebra de Hacienda y reconstruir las dotaciones sociales durante una posguerra. Se quedaron sin terminar el Palacio Real, la Plaza de la Ópera, la Plaza de Ramales (en el rincón de la Plaza de Oriente), la Plaza de la Encarnación (el otro esquinazo de la Plaza de Oriente), y los alrededores de estas plazas.

La Plaza de Oriente[1], una vez despejada la zona por José I, fue urbanizada en 1815 por Isidro González Velázquez, 1765-1840 con plano circular. Debía estar rodeada de una columnata dórica, un poco al estilo de El Vaticano, y edificios de dos plantas, pero no llegó a realizarse. En 1833 se hicieron cargo de las obras Francisco Javier de Marietegui, 1775-1843, y Custodio Teodoro Moreno, 1780-1854, que hicieron un proyecto que no cuajó. A partir de 1842, Agustín Argüelles encargó las obras a Juan Merlo Fransoy, 1806-1894, Fernando Gutiérrez, 1806-1859, y Juan de Ribera Piferrer, 1809-1880, los cuales explanaron la zona, alinearon las calles e hicieron el jardín central. En 1844, rectificó el proyecto Narciso Pascual y Colomer, 1808-1870, e hizo un círculo en cuyo centro estaba un gran monumento coronado por la estatua de Felipe IV, rodeado de una verja y una avenida circular en la que estaban colocados en parejas 44 “reyes” de Asturias, León, Castilla, Aragón, Visigodos y España. No había orden ninguno en cuanto a la colocación de estos “reyes”. Pascual y Colomer hizo algunos edificios alrededor de la plaza. En 1847-1851, se urbanizaron la Plaza de Ramales (sobre solar de la parroquia del Palacio de San Juan Bautista) y la Plaza de la Encarnación, con lo que quedó arreglado el conjunto. En la Plaza de la Encarnación se respetó la iglesia, que había sido construida en 1610 por Juan Gómez de Mora, pero se derribaron los demás edificios del convento de La Encarnación. En 1927, Juan Moya Idígoras, 1867-1953, eliminó la verja que rodeaba el monumento a Felipe IV. En 1941, Manuel Muñoz Monasterio cambió el diseño de los jardines, que ya no fueron circulares, y eliminó 23 estatuas de “reyes”. En 1990 se hizo un túnel por delante de Palacio para eliminar el tráfico rodado delante de Palacio, y un aparcamiento subterráneo. Y quedó el diseño actual.

La Plaza Mayor de Madrid se reconstruyó en tiempos de Isabel II y se cerró por completo. Fue denominada Plaza de Fernando VII, luego Plaza Real, más tarde Plaza de la Constitución. Había sido dañada seriamente en el incendio de 16 de agosto de 1790 y llevaba décadas en malas condiciones. Se le encargó el proyecto a Juan de Villanueva, el cual murió en 1811 sin acabarlo. Tomó las obras Antonio López Aguado. Las heredó Custodio Moreno, el cual inauguró en 1854.

La desamortización de Mendizábal permitió derribar diez conventos de Madrid de los 34 existentes de frailes, y siete de los 31 existentes de monjas. Sobre esos solares se construyeron edificios oficiales, viviendas privadas y plazas públicas, lo cual cambió la fisonomía de Madrid notablemente: En 1838 cayó el Convento de Los Ángeles y apareció la Plaza de Santo Domingo. En 1849 cayó el convento de San Felipe el Real y apareció la Plaza de Pontejos. El convento de San Miguel de Octoe dio lugar a la Plaza de San Miguel. En 1868 cayó el Convento de San Martín.

Pero el derribo de conventos y su reconstrucción en otras funciones urbanas no se hizo con un plan general, excepto el de José Bonaparte. Más bien fueron actuaciones puntuales que se fueron adosando las unas a las otras.

De todas esas actuaciones, la más importante fue la reforma de La Puerta del Sol, una plaza que debía facilitar el tráfico a la salida de Calle Mayor, hacia la zona que hoy es Gran Vía, hacia el Camino de Alcalá por la Calle de Alcalá y hacia el Paseo del Prado por Carrera de San Jerónimo (donde hoy están las Cortes). Los edificios de 4 y 5 plantas de enfrente del actual kilómetro cero, que entonces era Correos y más tarde sería Ministerio del Interior, fueron derribados para abrir un espacio delante. Las obras fueron declaradas de utilidad pública el 22 de abril de 1854. Se encargó el proyecto a Juan Bautista Peyronnet, 1812-1875, el cual planificó una plaza rectangular y su proyecto no fue aceptado. El proyecto fue muy discutido en la prensa. Pasó el proyecto a Lucio del Valle que planificó una plaza semicircular, que fue la que se realizó en 1861.

Simultáneamente, y para descargar la Puerta del Sol de su enorme tráfico, en 1846 se proyectó la urbanización de la zona de Cibeles que unía El Prado con La Castellana. La actual Plaza de Cibeles es muy posterior, de 1891, y el Palacio de Cibeles-Ayuntamiento de Madrid es de 1907-1919.

Muy importante fue también la “traída de aguas” de Madrid. La obra fue una obsesión de Juan Bravo Murillo, 1803-1873, el cual propuso en 1851 hacer el canal de Isabel II, y efectivamente lo concluyó en 1858, dotando a Madrid de agua abundante y de buena calidad para varios siglos. El proyecto fue de Juan Rafo y Juan de Ribera, y consistió en llevar las aguas del río Lozoya a Madrid.

 

El ensanche de Madrid de 1857-1860:

En 1846, Pedro José Pidal Carniado pidió “el ensanche de Madrid” y constituyó una sociedad, La Urbana S.A., para conseguir ese proyecto. El tema era sobrepasar la tapia que Felipe V había levantado en 1725 para cercar la ciudad a fin de facilitar el cobro de impuestos de mercado. Ya en 1833 se había hecho notar que las casas no cabían dentro de la tapia, o muralla, pero con la desamortización se abrían grandes espacios, los de los conventos desamortizados, y el problema se paliaba temporalmente. Pidal encargó un proyecto de ampliación de la ciudad a Juan de Merlo. El proyecto fue rechazado por estar fuera de las posibilidades económicas del Gobierno.

El 8 de abril de 1857, Claudio Moyano decretó la necesidad del ensanche de Madrid y constituyó una Junta Facultativa presidida por Carlos María de Castro, 1810-1899. Madrid tenía entonces 271.254 habitantes y había crecido en 35.000 en los últimos 10 años, crecimiento que había levantado todas las alarmas. Tras tres años de estudios, el plan fue presentado y aprobado en 19 de julio de 1860. Lo apoyaba el político Ángel Fernández de los Ríos. Al proyecto se le puso una línea límite en extensión, que se convertiría en un paseo de ronda. La orografía era variada y debía sortearse este obstáculo de cara a trazar los viales.

La idea de Carlos María de Castro, en colaboración con Carlos Ibáñez de Ibero, era un ensanche “jerarquizado”, distribuyendo a los madrileños en barrios según circunstancias económicas de cada clase social, de modo que cada uno pudiese comprar vivienda y vivir cada día a su nivel adquisitivo. Los obreros irían a Chamberí (al noroeste de La Castellana entre Cuatro Caminos y Gran Vía), la aristocracia a La Castellana cercana al centro y la burguesía a Salamanca (al este de La Castellana). La Castellana debe su nombre a una fuente antigua así denominada, cuyo camino desde Atocha hasta la actual Glorieta de Emilio Castelar se llamó camino de La Castellana.

Además de la idea de jerarquía social, se hacía un plano ortogonal, con barrios concéntricos en torno al núcleo urbano viejo, expandiendo la ciudad hacia el norte y el este. No podía ser de otra manera porque al sur quedaba el Manzanares y las comunicaciones eran muy difíciles y escasas, y por el oeste quedaba el barranco de Príncipe Pío y la Casa de Campo que se puede ver en los jardines de Palacio Real.

El ancho de las calles se fijó en 30, 20 y 15 metros, según la importancia de la calle. Cada 400 ó 500 metros habría una calle de primera categoría, de 30 metros, y entre medio se trazarían las calles de segunda y tercera.

Los edificios tendrían 3 plantas: el bajo, el principal y el segundo.

Inmediatamente los propietarios de Chamberí se opusieron al proyecto, pues al adjudicárseles un barrio obrero sus terrenos valían poco y sus viviendas se depreciarían al verse rodeados de obreros.

En 1864, Cánovas del Castillo redujo el espacio ajardinado del proyecto de Carlos María de Castro. En el proyecto original, los espacios ajardinados o verdes eran del 50% del suelo, y todas las manzanas quedaban ajardinadas. Ello pareció demasiado dispendio a los burgueses, que querían colocar más viviendas, y lograron que Cánovas redujera los espacios verdes al 30 y al 20% a veces.

Una ley de 1876 permitió que las nuevas casas tuvieran más de tres alturas, que era lo proyectado inicialmente, y al tiempo se autorizaba a que las calles secundarias tuvieran sólo 15 metros de ancho, con lo cual se podrían construir muchas más viviendas.

El mejor crítico del proyecto de ensanche de Madrid fue el periodista Ángel Fernández de los Ríos, 1821-1880. Hizo notar que el plano de Carlos María de Castro cortaba el desarrollo de algunas calles importantes que salían del Madrid viejo, y que ello solo servía, a su parecer, para defender intereses de nobles y clérigos. Ángel Fernández fue nombrado concejal de Madrid y se le encargó de la Presidencia de Obras del Ayuntamiento de Madrid, siendo alcalde Nicolás María Rivero. Imaginaban Madrid como una ciudad plurifocal, que olvidara que Puerta del Sol era el centro urbano único hasta entonces. Para ello, aconsejaban llevar edificios administrativos al ensanche y continuar haciendo planos radiales en torno a esos nuevos centros urbanos. Los diversos centros urbanos estarían conectados entre sí por vías anchas dotadas de ómnibus, tranvía y ferrocarril (suburbano). Los barrios estarían rodeados de zonas ajardinadas. Además, Fernández de los Ríos decía que el Parque de El Retiro, la Casa de Campo, la Dehesa de Amaniel y el Parque de La Moncloa debían ser públicos. Efectivamente logró que El Retiro pasase a propiedad del Ayuntamiento. Fernández de los Ríos exigía los solares de los conventos desamortizados, de modo que fueran terrenos a disposición del Ayuntamiento. Complementariamente, quería una “ley de expropiaciones” que evitase la especulación del suelo, dando al Ayuntamiento la capacidad de adueñarse de él a precios razonables. También exigía una “ley de inquilinatos” que obligase a los propietarios a mejorar las casas, de modo que no se limitasen a cobrar las mensualidades a los inquilinos. Así, el aspecto de la ciudad mejoraría mucho.

Madrid construyó muchos edificios para aristócratas en el espacio que sería más tarde el ensanche. No eran demasiado ostentosos. También se hicieron muchos edificios públicos.

 

 

OTROS ENSANCHES:

 

El ensanche de San Sebastián se había planificado desde 1813 por Silvestre Pérez y Manuel Ugartemendía, los cuales abrieron espacio para la Plaza Nueva al estilo de las Plazas Mayores españolas. Realmente, la remodelación se produjo a raíz de que fuera designada capital de la provincia de Guipúzcoa en 1854. El proyecto urbanístico fue encargado a Antonio Cortázar y Gorría, 1823-1884, y a Martín Saracíbar Lafuente, 1804-1891. En 1862 hubo concurso para un proyecto de ensanche de la ciudad. Cortázar ganó, y Saracíbar quedó segundo. Cortázar estudió el ensanche de Carlos María de Castro para Madrid y decidió distribuir la población por clases sociales: colocó la aristocracia y burguesía en el centro del proyecto, los veraneantes cerca de la playa y los obreros y artesanos en el barrio de San Martín, al sur del ensanche, que había sido arrasado e incendiado en la guerra en 1813. Las murallas fueron derribadas en 1864, el mismo año en que llegó el ferrocarril a la ciudad, cuya estación se colocó al sur de San Martín. Se construyeron tres grandes vías: La Alameda, La Avenida y el Bulevar, en torno a una gran plaza llamada Plaza de Guipúzcoa al sur del bulevard.

El ensanche de Bilbao también había sido pensado por Silvestre Pérez, el cual abrió la Plaza Nueva en 1821 en el casco viejo. La planificación definitiva se inició en 1862 con planes de Amado de Lázaro que fueron rechazados como demasiado ambiciosos y luego se vio que se quedaban cortos. Los retomaron en 1873 Severo de Achúcarro, Pablo Alzola y Ernesto Hellmayer en torno a la Plaza Elíptica Federico Moyúa, con ejes en la Gran Vía y calle Recalde. El plan se realizó a partir de 1876. En 1896 Enrique Epalza Chafreau, 1860-1933, pensó en una ampliación que no se hizo, y en 1904 Federico de Ugalde Echevarría, 1874-1968, realizó la ampliación de la margen izquierda de la ría.

El ensanche de Vitoria se hizo entre la Plaza Nueva de Juan Antonio Olarguibel, 1752-1818, y la estación del ferrocarril, con eje en la calle Eduardo Dato.

El ensanche de Pamplona se aprobó en 1884, y fue muy limitado, apareciendo seis manzanas de casas destinadas a la burguesía a costa de terrenos militares. En 1920 se fue a un segundo ensanche.

El ensanche de Santander fue proyectado por Francisco Llovet en 1865 y afectaba a las zonas de Daoíz y Velarde, Hernán Cortés, y Paseo de Pereda en la parte más cercana al Ayuntamiento. En 1888, Agustín de Colonia lo amplió por el resto de las calles citadas hacia la zona de Puertochico. Otro ensanche se hizo por la Calle Burgos, San Luis, zona de la Biblioteca Menéndez Pelayo. Y un tercer ensanche, Ensanche de Maliaño, por la zona de las Estaciones.

El ensanche de Gijón de 1867 fue obra de Lucas María de Palacio y el Capitán de Ingenieros García de lso Ríos. Se hizo aprovechando dos circunstancias: una laguna occidental que se había desecado a finales del XVIII, y un arenal oriental en el que se hizo un muro de San Lorenzo para contener el mar, y se rellenó con limos marinos para hacerlo fértil y edificable. Detrás del muro de San Lorenzo, se construyó una plaza elíptica con calles radiales, sobre un plano ortogonal general.

El ensanche de Zaragoza se hizo en 1894.

El ensanche de León fue aprobado en 1904 en torno a la Gran Vía de San Marcos.

El eixample de Valencia fue planificado en 1858, pero las obras no empezaron hasta 1877 a las órdenes de José Calvo, Joaquín María Arnau y Luis Ferreres. Fue ampliado en 1907.

El ensanche de Cartagena se hizo en 1900.

El ensanche de Palma de Mallorca se hizo en 1901.

El ensanche de La Coruña se planificó como un área de calidad urbana, para los burgueses, al sur de la actual Plaza de Pontevedra, entre la Avenida de Linares Rivas, y la Rúa Juan Flórez.

El ensanche de Albacete también fue tardío, el plan fue de 1882-1886 y fue realizado en 1907-1911 en torno al Parque Abelardo Sánchez. Un nuevo ensanche tuvo lugar en 1920-1922.

El ensanche de Sevilla se planificó en 1924.

 

 

 

[1] Sigo las referencias de Manuel Martínez Bargueño, en la www Manuelblas.Madrid, Plaza de Oriente.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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