LA SOCIEDAD ESPAÑOLA ISABELINA.

 

 

Demografía española de la época isabelina.

 

La época isabelina es la de cambio de régimen demográfico en España, desde el Antiguo Régimen demográfico al Nuevo Régimen demográfico. El cambio de régimen demográfico venía acompañado de otros cambios económicos y sociales como la desvinculación, desamortización, impulso a la industrialización, revolución en los transportes con el trazado del ferrocarril…

En el siglo XIX, el 82% de la población española era rural y el 75% era agrario. Sólo había cuatro ciudades que rebasaban los 100.000 habitantes y eran Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla.

La población española del XIX creció en los siguientes parámetros:

1800……………… 11 millones de habitantes.

1833……………… 12,3 millones de habitantes.

1857……………… 15,4 millones de habitantes.

1900……………… 18,5 millones de habitantes.

Fue un crecimiento demográfico mucho más bajo que el de otros países en industrialización, como Gran Bretaña y Francia, los cuales crecían al 10-12% anual acumulativo. Y la causa era la alta tasa de mortalidad española. Ello se podía deber tanto a la destrucción de campos, caminos y edificios causada por las guerras, como a las epidemias infecciosas de cólera, tuberculosis, gripe y sarampión, y también a las hambrunas periódicas. Hubo cólera en 1830-1835, 1853-1856, y 1865-1885, fechas que coinciden con grandes cambios políticos en España. Pero quizás la causa más importante de la mortalidad española del XIX fueran las crisis agrarias decenales, años de falta de cosecha que producían hambre y subidas de precios del pan. Curiosamente hubo mala cosecha casi todos los años acabados en 7, como 1817, 1823-1825, 1837, 1847, 1856-1857, y 1867-1868.

 

 

El régimen demográfico antiguo.

 

El Régimen Demográfico Antiguo no tenía restricciones a la natalidad y los tantos por mil de nacidos oscilaban entre el 30 y el 40%o acercándose algunos años al 50%o que es el máximo de reproducción humana estimado. Dentro de la variabilidad de las tasas, creemos ver un descenso de la natalidad, desde el 37%o en 1860 al 34%o en 1900.

La mortalidad en el Régimen Demográfico Antiguo no estaba modificada por medios sanitarios eficaces y la ordinaria se mantenía en tasas superiores al 25%o, cifras a las que había que sumar la mortalidad extraordinaria por guerras, hambre y epidemias, que algunas veces superaba el 50%o en cuyo caso la calificamos de “catastrófica”. La mortalidad infantil a un año de edad estaba en torno al 30%o. La tasa de mortalidad ordinaria en 1860 era del 30%o y la de 1900 del 28%o.

La mortalidad tenía síntomas de lo que hoy consideramos subdesarrollo: la mortalidad infantil de cero a 7 años se elevaba a 130%o en las regiones más ricas de la península y hasta 270%o en las pobres.

Las causas principales de la mortalidad eran el hambre, las endemias y las epidemias, causas casi imposibles de separar las unas de las otras, y la guerra en cuanto provocaba situaciones de hambre y de contagio de las enfermedades.

El hambre se producía a veces porque los terrenos productivos no estaban a disposición de la mano de obra explotadora del campo, lo cual significaba que el amo podía exportar las cosechas y dejar sin alimentos a quienes los habían producido.

El hambre se producía cíclicamente en años de sequía, inundación, heladas a destiempo, granizo, calores rigurosos y plagas.

El hambre se producía sistemáticamente cada año en la época de sutura entre dos cosechas, cuando se acababa la anterior y estaba todavía en el campo la siguiente. Pero España tenía un clima que permitía que la gente no muriera masivamente por hambre, pues había cosechas de primavera (trigo, cebada), otoño (vid) e invierno (olivo), que permitían comer cada pocos meses aun manteniendo una debilidad permanente. Se moría por las enfermedades que aparecían en las épocas de hambre. Tras un periodo de hambre se recrudecían las endemias y aparecían las epidemias.

Las consecuencias de una gran mortandad son varias: por una parte disminuyen las posibles madres, o capacidad reproductiva, bien por muerte de las mujeres jóvenes o por aplazamiento de los matrimonios, fuera de los cuales no se consideraba, salvo error, la situación de tener hijos. Y por otro lado, la población superviviente a una enfermedad se hacía resistente y más fuerte. Una vez pasada la situación de mortandad, el número de matrimonios se incrementaba notablemente, y un año después, la natalidad ascendía de forma notoria.

La mortalidad infantil.   Los hospicios recogían a niños de mujeres pobres, a las que incluso vigilaban cuando estaban a término a fin de llevarse al niño. No era un robo de niño, como a veces se hace ver en las novelas y películas, sino una previsión para que el bebé no fuera asesinado o abandonado en la calle, lo cual le daba pocas oportunidades de sobrevivir. También recogían niños ilegítimos cuya notoriedad del padre podía dar lugar a escándalos sociales, a descrédito de una familia o de la Iglesia y pérdida de su buen nombre, lo cual sí era una inmoralidad tremenda y aborrecible.

En 1796 se había decidido despenalizar el abandono de bebés a fin de que nos les mataran y para que los entregaran en las casas cuna. Esa despenalización tuvo lugar en el Reglamento de Inclusas.

En 1798, la desamortización de Godoy había privado a las inclusas de muchos de sus recursos, tierras y censos, en beneficio de Hacienda que tenía muchos problemas en ese tiempo. Los problemas de Hacienda no harían otra cosa que incrementarse en la Guerra de 1808 y ya no se remediaron en todo el siglo, por lo que las inclusas se vieron condenadas al fracaso económico. Y el fracaso de una inclusa significaba muertes de niños.

Las posibilidades de supervivencia del niño en un hospicio eran muy pocas. En 1858 había en España 49 inclusas de las que dependían un centenar de casas-cuna. Las casas-cuna estaban cerca de cada población importante y se hacían cargo inmediatamente del bebé abandonado, para luego enviarlo a la inclusa.

Los niños acogidos en las inclusas eran la inmensa cifra de unos 35.000 a fines del XVIII. Esa cifra tan alta, no era nada frente a la realidad del problema infantil. Se calcula que, a mediados del XIX, la cantidad de niños abandonados cada año pudiera elevarse a 180.000 en el conjunto del territorio español.

 

Los niños abandonados en la calle perecían en un 75% ò 90% antes de llegar a la inclusa. Morían en la calle, o en la casa cuna, o a los pocos días de ingresar en la inclusa.

Una vez en la inclusa, las condiciones de supervivencia no mejoraban mucho, pues la inclusa era una institución con 500 ó 1.000 niños recogidos, en donde no había ropa para todos, y no había nodrizas suficientes para los bebés. Una señora de cría debía atender y amamantar a seis o siete niños simultáneamente, lo cual es físicamente imposible, y los niños crecían desnutridos y morían a cientos con los primeros fríos del invierno o con los calores del verano.

Las mejores condiciones que podía obtener un bebé era que le adoptaran, pues entonces tendría atención individual.

La mortalidad general estacional era muy grande. Había un pico principal de sobremortalidad en verano y principios del otoño, que se debía al calor y la falta de agua potable, lo cual provocaba enfermedades digestivas de las que moría mucha gente. Había un máximo secundario de sobremortalidad a fines del invierno por enfermedades del aparato respiratorio, junto a epidemias de tifus exantemático, el tifus propagado por los piojos. Los piojos eran mucho más frecuentes en invierno cuando la ropa se lavaba y aireaba poco, y eran una plaga en cuarteles, hospitales y hospicios, hasta el punto de causar muchas muertes cuando se desataba la epidemia, más que la guerra. En el ejército del XIX, quizás hubo más víctimas de los piojos que de las balas. No es posible eliminar los piojos sólo con agua corriente y alcantarillado en las casas, porque hace falta jabón y lejía. Otra enfermedad estacional era la tuberculosis pulmonar, una terrible enfermedad en el siglo XIX, de la que moría el 20% de los afectados, y aparecía tras periodos de desnutrición en zonas de hacinamiento humano, y es contagiosa. La tuberculosis era frecuente en los barrios obreros, y desde ellos se contagiaba a todos los estratos sociales, sobre todo a través de las prostitutas. La tuberculosis afectaba a ciudades y pueblos pequeños, principalmente al grupo de edad de 15 a 30 años, y era una plaga terrible.

La mortalidad extraordinaria se producía fundamentalmente por endemias y epidemias. Eran enfermedades endémicas, habituales en España, pero que tenían brotes de mortalidad muy significativos de vez en cuando, la viruela, el tifus, el paludismo y la tuberculosis. Era enfermedad epidémica el cólera.

El cólera no producía muchos muertos, menos que las endemias, pero producía pánico social pues nadie conocía remedios para librarse de esa peste. Fueron años de cólera 1830-1834, 1853-1856, 1859-1860, y 1865. El cólera de 1830 venía desde Asia y llegó a las colonias americanas en 1832, y se contagió fuertemente en Portugal, desde donde pasó a Vigo (Pontevedra) en agosto de 1833 y a Ayamonte (Huelva) poco después, y en septiembre de 1833 apareció también en Cartagena, de modo que en 1834 se generalizó por toda España. Se tiene por ocasión de la generalización del cólera de 1834 el que el ejército de Extremadura que luchaba en Portugal se trasladara al País Vasco y Navarra, y al tiempo, gentes de Murcia fueron contagiándolo por la costa mediterránea hasta Cataluña. La letalidad de esta epidemia fue de un 22% de los contagiados. Consecuencia de la epidemia fue un pánico social muy grande, que se manifestó en Madrid cuando un jesuita repartió “tierra de la tumba de San Ignacio” entre los creyentes, y coincidió con un repunte del cólera, lo cual produjo que las gentes dijeran que los jesuitas habían envenenado los pozos de agua. Con el pánico, las masas se lanzaron contra el convento y asesinaron a 15 jesuitas. Pero ahí no acabó la tragedia, pues las masas ya no supieron parar y se fueron sobre conventos de mercedarios y franciscanos y mataron otros 50 frailes más. La epidemia de cólera de 1853 empezó en España por Vigo y parece que se había originado en el Indostán, que contagió a Constantinopla y los barcos llegaron hasta Vigo. En 1854 apareció un nuevo foco de contagio en Barcelona, procedente de Marsella. Y la epidemia se extendió hacia Madrid y Andalucía hasta afectar a toda España. La letalidad de esta epidemia fue de un 28% de los contagiados. En 1859 hubo un brote de cólera de no mucha duración pues cesó en 1860, pero la letalidad había sido del 39% de los contagiados. En 1865 hubo un nuevo brote de cólera.

A finales del XIX hubo un considerable descenso de la mortalidad por piojos y cólera, debido al abaratamiento y lógica difusión del jabón. La necesidad de lavarse se había detectado en la humanidad desde los tiempos históricos más antiguos, pero la difusión del jabón, tal como lo conocemos hoy es del siglo XVI. Los musulmanes españoles lo habían utilizado bastante desde el siglo X, pero no tenía demasiado uso entre los cristianos medievales. A finales del XVIII y principios del XIX, se empezó a obtener carbonato de sodio a partir de la sal marina y fue posible obtener sosa a precios asequibles a la clase media, pues la sosa junto a las grasas animales y vegetales, son los componentes principales del jabón. A medida que se abarataron los precios se difundió su uso, y ello sucedió a lo largo del siglo XIX.[1]

 

 

LA REVOLUCIÓN DEMOGRÁFICA.

 

La revolución demográfica empezó con descensos de la mortalidad por desaparición de epidemias y por aumento de recursos alimenticios, debidos a una mejor explotación del suelo agrícola y una mejor distribución de los excedentes. Tras las mejoras productivas y comerciales, las principales causas de bajada de la mortalidad ordinaria se produjeron por mejoras en la calidad de la vivienda (lucha contra el frío), y en la limpieza de aguas fecales y residuos domésticos mediante la recogida de basuras. Finalmente, aparecían progresos médicos. Consecuentemente, la mortalidad bajó apreciablemente en las ciudades, donde había más progresos en los aspectos citados, y se mantuvo igual en el campo.

Durante los primeros años de descenso de la mortalidad continuaba la natalidad alta y se producía un fenómeno de “explosión demográfica” o crecimiento inusual de la población. Pero al poco, al ver las familias que se reducía la mortalidad infantil y que ya no era preciso tener tantos niños para asegurar la continuidad en el trabajo familiar y en la intendencia familiar, los matrimonios se planteaban la reducción de la natalidad.

En el siglo XVIII, la mortalidad en Inglaterra se puso por debajo del 25%o, en Francia hubo que esperar a segunda mitad del XVIII para conseguirlo y en España no se conseguirá hasta 1907 en adelante.

 

Descensos de la natalidad.

En la fase siguiente, la población veía aumentada su esperanza de vida, y la población envejecía. Y la consecuencia era que había que forzar el crecimiento vegetativo a la baja. Se utilizaba para ello el coitus interruptus, el aborto y el infanticidio.

 

Crecimiento demográfico.

La época española de Isabel II es muy difícil de estudiar demográficamente porque tenemos pocos datos fiables: el censo de 1797, el de Godoy, y el siguiente censo fue el general de 1857, casi a final del reinado. Hay pocos datos y muchos modelos y suposiciones. Creemos que la Guerra de 1808-1814 fue catastrófica e hizo disminuir mucho la población, pero que a continuación sobrevino un crecimiento demográfico muy fuerte.

La población española creció entre un 64% y un 18%, según las zonas, entre 1834 y 1868: Cataluña subió a un 164%; Vascongadas a 155%; Valencia a 138%; Navarra a 136%; León a 133%; Andalucía a 133%; Murcia a 133%; España en conjunto a 132%; Extremadura a 131%; Castilla la Vieja a 130%; Canarias a 129%; Asturias a 128%; Galicia a 123%; Baleares a 121%; Aragón a 121%; y Castilla la Nueva a 118%.

La población urbana creció mucho, un 157% de media en España, y no tanto la rural. La consecuencia de ello fue que las ciudades no cabían en el recinto medieval y moderno y crearon nuevos barrios, los “ensanches”. El ensanche es un barrio socialmente diferenciado, un barrio de calidad, dotado de fuentes públicas, alumbrado y alcantarillado, al que se trasladaban los burgueses, que abandonaban el centro urbano. Las nuevas casas eran amplias, de habitaciones amplias y ventiladas con ventanas mucho más grandes. El centro se degradaba. Por otra parte, las industrias debían abandonar la ciudad y se instalaban en zonas de suelo barato, alrededor del cual aparecían casas de obreros sin planificación, ni servicios, ni calidad. El resultado fue que la esperanza de vida del burgués se elevó a los 40 años, mientras la del pobre era de veinte años.

El cambio social urbano era lógico y necesario. En las ciudades, las medidas higiénicas eran mucho peores que en el campo y el hacinamiento favorecía los contagios de enfermedades. Los burgueses tenían deseos de escapar a esa presión demográfica urbana y podían pagarlo.

 

 

LA ESPAÑA TRABAJADORA EN 1860.

 

España era un país agrícola, como se ve por los oficios del censo de 1860:

Jornaleros           2.350.000

Propietarios         1.466.000

Sirvientes             818.000

Artesanos              665.000

Arrendatarios          500.000

Pequeños comerciantes  333.000

Obreros y mineros      173.000

Profesiones liberales  100.000

Empleados               70.000

Comerciantes            70.000

Clero                   60.000

Los jornaleros del campo, gran parte de los propietarios y muchos arrendatarios, lo eran del campo. Incluso muchos de los sirvientes también lo hacían para el campo y la mitad de los artesanos ejercía en zonas rurales.

 

 

Los salarios a mediados del XIX.

 

Los campesinos jornaleros ganaban 5,50-7,00 reales diarios, lo que multiplicado por unos 150 días de trabajo al año, resulta entre 800 y 1.100 reales al año, cantidad insuficiente para comer una familia. Algunos autores dicen que se necesitaban unos 1.500 reales al año para subsistir, es decir, unos 4,5 reales diarios. La tendencia a emigrar desde campo se explica así perfectamente.

Un maestro de enseñanza primaria ganaba:

2.000 reales/año en pueblos de 100 a 400 vecinos.

3.000 reales en pueblos de 400 a 1.000 vecinos.

Un teniente del ejército, 6.000 reales/año.

Un teniente Guardia Civil, 8.000 reales/año

Un funcionario de Fomento, entre 3.000-12.000 reales/año, según categorías.

Un capitán del ejército, 12.000 reales/año

Un comandante del ejército de primera, 16.000 reales/año.

Un capitán Guardia Civil, 20.000 reales/año.

Un coronel de la Guardia Civil, 36.000 reales/año.

Bastante por encima de lo general, se ganaba en Madrid y mucho más en Barcelona en algunas actividades. Los obreros textiles de Barcelona ganaban 4.000 reales/año, y aún más, mientras los obreros de otras zonas españolas y de otros sectores industriales de Barcelona, ganaban la mitad.

Los salarios de las clases bajas eran bajos porque siempre subían menos que la inflación. En 1848, los campesinos de Alicante comían pan de cebada (mucho más barata que el trigo), cebollas, ajos, pimientos, tomates crudos y algunas hortalizas. Completaban con algunas sardinas porque estaban cerca de la costa.

Los salarios industriales eran un poco más altos que los del campo, y ello incitaba a emigrar a la ciudad, a donde los campesinos llegaban a oficios poco remunerados, despreciados por los obreros de la zona.

 

 

La emigración en el último tercio del XIX.

 

La política española fue poblacionista hasta 1856: se incentivaba el aumento de población de cada lugar y se ponían obstáculos a la emigración. Pero la realidad se impuso sobre la política y la emigración se hacía una necesidad en regiones con pocos medios de subsistencia. Las migraciones exteriores empezaron hacia 1830, pero fueron muy débiles, dado que quien se marchaba perdía sus derechos cívicos en España y se enfrentaba a la cárcel si volvía a España. Hasta 1860, apenas unas 10.000 personas al año emigraban al extranjero.

En 1835 Argentina decidió una política poblacionista, de atraer población, pero los españoles no salieron en masa hasta la libertad de emigración.

Cuando se abrió la emigración al extranjero, en 1853, es decir, cuando se despenalizó la emigración, costó mucho aceptar mentalmente la nueva situación, pero a partir de 1873, las migraciones fueron algo normal. Las migraciones exteriores serían muy altas en las últimas décadas del XIX, 1874-1911, alcanzando los 100.000 y 150.000 emigrantes/año a partir de 1880 y hasta 1914.

Las personas de Alicante, Murcia y Almería emigraron hacia Argelia y sus migraciones eran de tipo golondrina, estacionales, tratando de ganar un dinero para comprarse un campo en el levante español, un campo pequeño de explotación familiar, pero en 1861 ya había 60.000 españoles asentados definitivamente en Argelia y en 1881 ya eran 81.000. En principio proporcionaban mano de obra barata y cualificada a las compañías coloniales francesas. Los cultivos de Argelia eran los mismos que los de levante español.

Las personas de Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, Cataluña y Canarias emigraron hacia América. Al contrario que en caso de la emigración argelina, la emigración a América era definitiva.

Entre 1857 y 1915, salieron para Argentina 1.497.741 españoles.

Cuando ya estaba consolidada la emigración a Argentina, y ya en años posteriores a 1857, apareció la emigración a Brasil, a trabajar en los cafetales, e inmediatamente surgió la de Cuba y la del resto de los países americanos incluyendo Estados Unidos.

 

 

La migración interior.

 

Las migraciones interiores se hicieron hacia las grandes ciudades.

Cataluña recibió a muchos aragoneses, valencianos, murcianos y andaluces, que pasaron a integrar el grupo llamado despectivamente de los charnegos.

El País Vasco recibió a muchos habitantes de Castilla la Vieja, la Rioja y Cantabria, que pasaron a formar el grupo denominado despectivamente de los maquetos.

Madrid recibió gentes de Galicia, Asturias, Cantabria, Castilla la Mancha, Extremadura y Andalucía, que pasaron a integrar el grupo llamado despectivamente de los paletos.

A final del XIX encontramos en España los primeros movimientos xenófobos contra charnegos, maquetos y paletos.

La obra de los inmigrantes, mano de obra barata, fue de cierta importancia, pues fueron ellos, aunque no exclusivamente como es lógico, los que construyeron los nuevos barrios de las grandes ciudades con edificios de 4 y 5 alturas, en los que se distinguía el bajo y el entresuelo que se dedicaba al servicio doméstico, el principal que se dedicaba a residencia de la burguesía dueña de la casa, el segundo y tercero que se dedicaban a alquiler para funcionarios y empleados y tenía escalera distinta a la del señor, y los áticos y buhardillas que se alquilaban a estudiantes y clases pobres. También se debe a ellos el alcantarillado, las aceras, las calzadas empedradas con adoquín, las farolas de gas, las conducciones de agua para fuentes públicas… Los inmigrantes eran también trabajadores en las minas, en las fábricas que pagaban salarios más bajos, etc. Igualmente los inmigrantes eran empleados recaderos en tiendas de salarios muy bajos. Participaron en la construcción de las estaciones del ferrocarril y en el tendido de líneas telegráficas.

 

 

LAS CLASES ALTAS EN EL XIX.

 

Se consideraba que las clases altas de la sociedad jugaban un doble papel social: garantizaban la libertad frente al despotismo del Gobierno, y evitaban la anarquía a que tendían las clases populares. Ellos eran los custodios de la imparcialidad de la ley y de la justicia frente al populismo asambleario de las clases populares.

Había personajes de origen noble. Habían convertido sus señoríos en propiedad a partir de 1836 y habían adquirido tierras en la desvinculación y en las desamortizaciones. Mantenían su orgullo estamental, y se mantenían en los altos cargos de la Corte, del Ejército, del Senado, aunque ahora ya no fuera por su condición nobiliaria sino por su estatus de ricos.

Había una burguesía de origen plebeyo que había aprovechado también la desvinculación y la desamortización. Principalmente eran comerciantes en los puertos de mar, prestamistas, contratistas para el Estado para abastecer al ejército y al ferrocarril, algunos industriales.

Había altos funcionarios en altos cargos del ejército de la Administración y de la jerarquía eclesiástica, que solían ser burgueses, familia de burgueses o fuertemente relacionados con la burguesía, de origen noble o plebeyo.

Las clases altas eran orgullosas de lo que eran, y hacían ostentación de su riqueza, de modo que se dejaban ver en los palcos de la ópera, en el hipódromo, en el teatro, en los toros… hacían que el portal de su vivienda destacara, gustaban de carruajes ostentosos con criados vestidos muy ostentosamente.

Las clases altas eran endogámicas.

Las clases altas eran machistas: enviaban a sus hijos a las Universidad y preparaban sus hijas para el matrimonio. La mujer debía ser religiosa y muchas veces disfrutaba de un capellán a su servicio, y entregaba limosnas periódicas y abundantes. El hombre presumía de tener queridas y de visitar casas de prostitución, lo que le hacía muy “macho”, algo muy apreciado en la época.

Las clases altas eran honorables. Su familia era intocable, y defendían su honor, o comentarios negativos sobre cualquier miembro de ella, con el reto al ofensor. No caían en la cuenta que ser “machos” y poseer a muchas mujeres de los demás, era contradictorio con pensar que las suyas eran intocables y virginales. Pero, para ellos, no era el hecho lo que importaba, sino que se dijera en público.

 

 

Evolución de las clases altas españolas.

 

En el Estatuto Real, los que destacaban por su elevada dignidad e ilustre cuna, servicios o merecimientos, saber o virtudes, formaban parte del Estamento de Próceres. Éstos eran los pastores de la Iglesia, los Grandes de España, los caudillos militares, los magistrados y los profesores con grandes servicios al país.

Los Próceres provenían de dos orígenes: los unos eran hereditarios; los otros eran de nombramiento real, y el rey nombraba a obispos, Títulos de Castilla, personas cualificadas en carreras administrativas, propietarios de tierras y dueños de fábricas. Todos eran vitalicios y su número era ilimitado.

Al Grande de España se le exigían 200.000 reales anuales de rentas, y ello significaba que ser prócer y ser propietario eran dos conceptos que iban unidos. A los Títulos de Castilla se les exigían 100.000 reales de renta. A los propietarios científicos y literatos, se les exigían 80.000 reales de renta.

En el Estamento de Procuradores se exigía bien poco en comparación con el de Próceres: 16.000 reales de renta al año. El cargo era electivo cada tres años.

En el parlamento del Estatuto Real, el bloque fuerte era el de los militares y alta burocracia.

En la Constitución de 1845, el Senado era vitalicio pero no hereditario, el número de senadores era ilimitado y eran nombrados por el Rey. Los liberales moderados creían que ello daría estabilidad a la monarquía.

Se pensaba que la Desamortización había dañado los cimientos de la sociedad, de las clases altas nobiliarias en concreto, y era precio que las grandes familias fueran repuestas en sus mayorazgos, no en los estamentos sociales, sino en las propiedades equivalentes a ellos. Se decidió que el Senado estuviera integrado por eclesiásticos, políticos, burócratas, militares y nobles que tuvieran un mínimo de 30.000 reales de renta de bienes propios, o que tuvieran un sueldo o empleo fijo suficientemente alto. Los Títulos de Castilla deberían tener más de 60.000 reales de renta.

En 1856, se decidió restringir el número de senadores a tres quintos del número de diputados y que los senadores fueran elegidos de igual manera que los diputados. Era una protesta contra que España fuera dirigida por las grandes familias. Se decidió que los senadores se eligieran en número proporcional a la población de cada provincia, pero que todas las provincias tuvieran al menos un senador. Las nuevas condiciones para ser senador eran ser español, mayor de 40 años, haber pagado en los dos últimos años un mínimo de 3.000 reales de contribución, o tener 30.000 reales de renta procedente de bienes propios o de un sueldo fijo, o 3.000 reales de jubilación. Y los senadores deberían renovarse, de modo que cada vez que hubiera elecciones a diputados, se renovaría un cuarto del número de senadores, aunque los senadores salientes podían ser reelegidos. Es decir, los progresistas del 1856 no se rebelaban contra que el poder estuviera en la clase alta, sino contra que los senadores fueran vitalicios y hereditarios.

La Constitución de 1856 no llegó a nacer. En 15 de septiembre de 1856, O`Donnell restableció la Constitución de 1845, con un Acta Adicional, y la propuesta de los progresistas de 1856 nunca se llevó a la ley.

 

 

La nobleza española del XIX.

 

La nobleza del siglo XIX era un hecho social, pero ya había perdido     sus prerrogativas políticas y jurídicas tradicionales. La nobleza había dejado de ser útil en el XVIII pues el ejército se había profesionalizado, y también en la Administración porque los funcionarios eran profesionales burócratas. Los nobles se habían convertido en la nueva oligarquía del dinero y habían impuesto en la sociedad una nueva moral, no basada en el honor como la vieja moral nobiliaria, sino en la búsqueda de la riqueza personal.

La nobleza anterior al XVIII tenía una posición económica fuerte dentro de la sociedad. En el XIX, mantendrá su posición económica e incluso la consolidó. Los censos, rentas, pensiones, terrenos, haciendas y heredades situadas en señorío territorial o solariego no tuvieron necesidad de presentar prueba alguna para ser considerados propiedad particular libre, no tuvieron que presentar títulos de señorío (Ley de 3 de mayo de 1823 y Decreto 26 de agosto de 1837). Sólo se debía aportar el título en el caso de viejos señoríos jurisdiccionales, como descendientes de un viejo señor jurisdiccional, en cuyo caso se presentaba ante un juez el título, y éste, conforme a Ley de 3 de mayo de 1823, comprobaba los derechos reales sobre la tierra que se reclamaba.

Salvada la propiedad de la tierra, los flamantes propietarios tenían interés por pasar por nobles ante la sociedad, porque ello daba prestigio. Los unos porque lo eran de estirpe, los otros porque compraban el título de nobleza. El objetivo en la vida para los burgueses con suerte era, primero adquirir bienes, y segundo comprar un título de nobleza.

La nobleza se dio cuenta enseguida de que colaborando con los liberales mantendrían todas sus propiedades, aunque perdieran unos privilegios, muchas veces teóricos. Y la mayoría no lo dudó. Ninguno de los nobles más ricos colaboró con Don Carlos, ni siquiera en Navarra, el foco carlista por excelencia. En 1841 Navarra obtuvo sus fueros en agradecimiento a su colaboración.

Otro fue el caso de la baja nobleza: la desvinculación de la tierra acabó con ella, y sus componentes se transformaron en burguesía media y pequeña.

La nobleza fue la base del Partido Moderado y participó en el Senado, Ministerios, diplomacia, corporaciones sociales y culturales.

La nobleza practicó el populismo para hacerse simpáticos ante la sociedad: protegió a pintores y cómicos, coleccionó tapices, vasos y cajas de tabaco que daban trabajo a la gente y que ellos no necesitaban, organizó fiestas populares. Hacían ver estas cosas delante del pueblo, al tiempo que lucían la moda de París paseando entre ambientes populares, en praderas concurridas o en plazas de toros.

La nobleza aceptó el esnobismo de las clases burguesas porque con él llegaba dinero nuevo a las familias nobiliarias a través de matrimonios convenientes.

Con estas nuevas tendencias de acercamiento a las clases bajas y a las clases burguesas enriquecidas, la nobleza perdió paulatinamente el orgullo de su linaje, el espíritu de servicio, el sentido del honor nobiliario. Se convirtió en un grupo de burgueses ricos con títulos nobiliarios.

Los burgueses ricos, a veces se casaron y consiguieron títulos nobiliarios, a veces obtuvieron los títulos directamente gracias a su apoyo a la reina Isabel II con armas y dinero. Otros burgueses sin tantos medios económicos, buscaron títulos de menos valía que otorgaba el Papa.

Algunos nobles se arruinaron por practicar extravagancias a imitación de otras practicadas por europeos famosos, como espectáculos, banquetes o recepciones. Por ejemplo, el duque de Osuna, poseedor de varias docenas de Títulos y una renta superior a los 60.000 reales al año, se arruinó en el intento de aparecer como los más famosos europeos.

Los hidalgos también se arruinaron en el propósito de aparentar ser algo entre los nobles, y entonces vendieron sus tierras y conservaron sus títulos de hidalguía.

Por Decreto de 28 de diciembre de 1846, y Real Instrucción de 14 de febrero de 1847, se exigió que los Grandes y Títulos confirmaran su título de nobleza en cada sucesión, es decir, pagaran a Hacienda unos derechos, o de otro modo perderían su calidad nobiliaria. Una vez perdido el título, si en adelante lo usaban, eran multados con el doble del derecho a pagar por la sucesión en el título.

A partir de estos decretos, los Títulos se redujeron y se concentraron en menos personas, de modo que 533 personas detentaban 946 títulos de nobleza.

La Reina concedió títulos nuevos: por ejemplo, en 1841-1849, 86 títulos nuevos. Pero el número de titulados tendió a descender: si en los siglos XIV, XV y XVI había 87 Títulos, y en el siglo XVII se concedieron 297 Títulos, en el siglo XVIII ya sólo fueron 269, y en el XIX serían 152.

El título más antiguo en el XIX era el del Conde de Valencia de Don Juan, que databa de 1387 y estaba en manos del Duque de Oñate y Duque de Nájera.

Los 11 ducados considerados antiguos, que eran del siglo XV, eran los de Alba de Tormes, Alcalá, Arcos, Béjar, Cardona, Escalona, Gandía, Medinaceli, Nájera, Segorbe y Villahermosa.

Los 7 marquesados antiguos, también del siglo XV, eran los de Aguilar de Campoo, Astorga, Coria, Denia, Falces, Moya y Pallars.

Y muchos estaban concentrados en una sola persona. Por ejemplo, Luis Fernández de Córdoba era duque de Medinaceli, de Alcalá, de Cardona, de Segorbe, y marqués de Denia y de Pallars. Caso notable fue el matrimonio de Jacobo Fitz-James Stuart y Ventimiglia Álvarez de Toledo Beaumont y Navarra, con María Francisca Palafox Portocarrero KirkPatrick celebrado en febrero de 1848: él era XIV duque de Alba de Tormes, VIII duque de Berwick, VIII duque de Liria y Xérica, duque de Galisteo, XV conde de Gelves, X conde de Olivares, XIII duque de Huéscar, XI duque de Montoro, XI marqués de Aliche, XIV marqués de Villanueva del Río, XIII marqués del Carpio, XVI marqués de Sama, XVII marqués de la Mota, XVII marqués de Leonardo, XIV marqués de Coria, XI marqués de Melín, XI marqués de Tarazona, conde de Lemos, XVIII conde de Módica, marqués de Villalba, XVII conde de Andrade, XV conde de Gelves, XIII conde de Ayala, conde de Piedrahita, marqués de Salvatierra de Tormes, XVI conde de Lerín, XVI conde de Osorno, XIII conde de Monterrey, conde de Montoro, conde de Gálvez, conde de Colle, XI conde de Fuentes de Valdepero, barón de Pintos, barón de Matapluma, barón de Cácamo, barón de Alcamo, barón de Catatafirma, gentilhombre de cámara de Isabel II, caballero del Toisón de Oro, caballero de la Orden de Calatrava, caballero gran cruz de la Orden de Carlos III, caballero gran cruz de la orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa (Portugal); ella era duquesa de Peñaranda de Duero, marquesa de Valderrábano, marquesa de Villanueva del Fresno y Barcarrota, marquesa de Algaba, marquesa de la Bañeza, marquesa de Mirallo, marquesa de Valdejunquillo, condesa de Montijo, condesa de Miranda del Castañar, condesa de Fuentidueña, condesa de Casarrubias del Monte, condesa de San Esteban de Gormáz, y vizcondesa de Palacios de Valdeduerna.

Los títulos nuevos del XIX se concedieron a ministros, generales y a políticos de actuación muy notoria.

Los nobles del siglo XIX ocupaban presidencias de Juntas, Asociaciones de Ganaderos, Sociedades Económicas de Amigos del País, Juntas de Damas de Honor… y eran Capitanes Generales.

Todos los Capitanes Generales de 1838, 1845 y 1890 eran nobles titulados:

En 1838 eran Capitanes Generales los duques de Bailén, Zaragoza, Ciudad Rodrigo, Infantado y Alagón, y el marqués de Campo Mayor, y el conde de Luchana.

En 1845 eran Capitanes Generales los duques de Bailén (Castaños), de Zaragoza (Palafox), de Ciudad Rodrigo (Arthur Wellesley), los marqueses de Campo Mayor (Guillermo Carr Beresford), de Monsalud (Juan Nieto), y los duques de Castroterreño (Prudencio de Guadalajara) y de Valencia (Ramón María Narváez).

En 1890 eran Capitanes Generales los duques de Alcudia (Manuel Godoy), de Bailén, de Ciudad Rodrigo, de la Victoria (Baldomero Espartero), de Castroterreño, y de Valencia, los marqueses de Campo Mayor, de Rodil (José Ramón Rodil), de Monsalud, y del Duero (Manuel Gutiérrez de la Concha).

Uno de los orgullos del noble alto era visitar con frecuencia Palacio Real. Lo que hacían en Palacio era chismorrear en los pasillos y opinar sobre políticas y políticos. Sin detentar cargos de Gobierno, manifestaban su poder opinando sobre las cosas.

 

 

LA BURGUESÍA DEL XIX.

 

La burguesía pretendía diferenciarse de las clases de por debajo de ella, y esto se conseguía de dos maneras: adquiriendo muchas propiedades y adquiriendo títulos de nobleza.

El burgués sentía orgullo de clase y con él un nuevo concepto del honor. Ya no era el honor nobiliario de servicio al Rey con todo lo que poseían. Se trataba de no permitir que nadie pusiera en duda el buen origen de su fortuna, la moralidad de los miembros de su familia, su palabra dada, y la buena fama personal y familiar de que gozaba en el presente. Estaban dispuestos a defender su honor con su sangre.

El sentido del honor burgués chocaba con su modo de vida de nuevas costumbres sexuales, de demostrar hombría en el hecho de seducir, o violar según el caso, a muchas mujeres, de ruptura de la pareja matrimonial, de costumbre de hablar mal de todos los conocidos en privado.

Se defendía con la sangre los comentarios en público contra el honor y, al tiempo, se practicaban comentarios contra el honor todos los días y a todas horas en privado. La norma fue hacer como todos, criticar y chismorrear de todos, y callar en público, contarlo todo como un secreto que no debería saberse. El juego era diabólico.

Deberíamos diferenciar entre el norte de España con burguesía industrial, Asturias, País Vasco y Cataluña, y el resto de España agrícola con burguesía terrateniente. Los ministros de los Gobiernos españoles solían ser de procedencia agraria, hijos de terratenientes del sur o de agricultores del norte. El 52% de los ministros entre 1833 y 1853 eran de la mitad sur de España, y el 48% eran del norte, pero de familias agricultoras.

 

 

EL CLERO DEL XIX.

 

La Iglesia Católica era considerada útil al Estado en tiempos de Isabel II. Una vez aceptadas las desamortizaciones, la colaboración entre Iglesia y Estado fue beneficiosa para ambos.

En 1847-1849, el Estado buscó para candidatos a obispos a hombres mediocres, pero comprometidos con Isabel II. La mayor parte de los obispos no estuvieron a la altura del cargo que desempeñaban. El prototipo de obispo español de la época era laborioso, evangélico, obediente a la Santa Sede, y no muy sabio ni demasiado inteligente, ni siempre elocuente como se esperaba de un obispo. Eran hombres mediocres que promovían el orden público, la sumisión de la gente a las autoridades del Estado, conciliadores de voluntades de sus párrocos y sacerdotes en general, administradores de instituciones de caridad que calmaban a los feligreses más desprotegidos por la fortuna. El clero predicaba la paz, la obediencia a la ley y a las autoridades civiles, la conveniencia de abstenerse de participar en asuntos políticos antigubernamentales, la fe en la bondad de las instituciones.

La Iglesia daba trabajo a mucha gente: construía y reparaba iglesias y catedrales y conventos, alquilaba viviendas en las ciudades y necesitaba comer, calefactarse, vestirse, abastecerse…

Antonio Alcalá Galiano pidió, en 1835 la reforma del clero. Defendía que los párrocos debían llegar a sus feligreses, lo cual no estaba ocurriendo en las grandes ciudades en donde las parroquias estaban masificadas y los vecinos apenas se conocían entre ellos. Decía que había que aumentar el número de sacerdotes y disminuir el número de frailes y monjes, que no estaban realizando ninguna función útil a la sociedad. Alcalá Galiano se escandalizaba de que dentro del clero hubiera personas muy ricas, mientras otros pasaban hambre.

 

 

LAS CLASES MEDIAS EN TIEMPOS DE ISABEL II.

 

Las clases medias no poseían una entidad histórica ni jurídica definida. Eran un fenómeno nuevo, que todavía no se reconocía a sí mismo como clase social diferenciada. Creían en el derecho de propiedad, en los demás derechos liberales, en la participación política, en la bondad moral de la actividad económica.

Pero las clases medias eran muy diferentes entre sí. Desde el punto de vista económico, las clases medias pueden englobar desde la alta burguesía que podemos considerar clase media porque está por debajo de los nobles y terratenientes, y que es muy rica, hasta la clase media baja, al borde de la pobreza, hay muchas maneras de estar tratado por la vida. Desde el punto de vista político, las clases medias en general eran fuertemente conservadoras, pero las “clases medias urbanas” eran muy dadas a la revuelta urbana.

Las clases medias eran heterogéneas. Englobamos en ellas a propietarios rurales, funcionarios con alto sueldo, profesiones liberales como maestro, médico y abogado, los comerciantes y pequeños empresarios, los pequeños industriales y artesanos adinerados.

Las clases medias no tenían conciencia de clase, sentido de pertenecer a un grupo social distinto con intereses propios. Había rivalidades entre ellos. Aspiraban a llegar a integrar en la clase dirigente. No tenían partidos propios y votaban a los formados por la alta burguesía.

Denominamos clases medias en el XIX a los que no son proletariado y no son nobleza. Más bien es una manera de denominar a algo que no sabemos cómo llamarlo, que lo denominamos por lo que no es, algo en sí heterogéneo y que no tenía conciencia de clase.

Era una clase difícil de definir. Cada poco surgían profesiones nuevas, nuevas posibilidades de fuentes de ingresos que daban lugar a profesiones desconocidas hasta entonces. Y a medida que las gentes tenían ingresos fijos era preciso elevar el número de personas con derecho a voto.

Las clases medias eran pocos, y se diferenciaban de los pobres por tener propiedades, y de los nobles y clérigos por creer en que la propiedad era un derecho fundamental y los privilegios no tenían sentido. Como no estamos hablando sólo de tener o no tener, sino del derecho a tener, no es exacto hablar de burgueses. Utilizamos la expresión “clases medias” como escape ante la falta de un término que defina este concepto.

En el siglo XIX, las clases medias tenían ciertos indicios de ser algo diferentes: algunos eran denominados gente de pro, otros gente de escaleras abajo, de pelo, de medio pelo, de poco pelo, y en otro abanico lingüístico, gente gorda, gente menuda y gente de bien.

A este grupo reducido de la sociedad iban dirigidos los discursos de los artículos de opinión de los periódicos y de los políticos, y se les trataba como a un bloque, pero a la hora de votar, tenían diversos conceptos sobre la propiedad y votaban conservador o liberal, o incluso republicano, según su propia ideología.

También podemos estratificarlos en burguesía de negocios o gran burguesía, profesionales liberales, y pequeña burguesía dueña de talleres y pequeñas tiendas.

En todo caso, estamos hablando de una porción muy pequeña de la sociedad. El conjunto de los muy ricos, terratenientes y grandes comerciantes, y de las clases medias al que se le reconocía el derecho a votar, era en 1834 del 0,15% de la población, en 1837 del 3,9%, y en 1843 del 4,3%. Para comparar cifras, diremos que hoy en España tienen derecho a votar el 81% de la población.

La clase media era el núcleo de lo que conocemos por liberalismo en el XIX, los más estrictamente liberales. Y entre ellos, las clases medias altas, los que se identificaban con las clases altas, eran muy pocos, mientras las llamadas clases medias bajas serían la mayoría.

La clase media tenía sus límites sociales allí donde no se creía en la propiedad individual como derecho inalienable. Por arriba, los nobles y clérigos creían en sus instituciones familiares y religiosas. Por abajo, no se aceptaba el derecho a la propiedad que les excluía a ellos de las cosas que necesitaban y apetecían. Esos eran los límites. Definir a la clase media por poseer más o menos, es sólo una manera de intentar hacer concreto lo que no lo era.

Los partidos políticos estaban enfrentados entre sí por el miedo a las clases bajas: Los conservadores eran enemigos netos de las algaradas y desórdenes sociales  protagonizados por las clases bajas. Los progresistas creían que era deber de las clases medias extender la propiedad a más y más gentes. En un inicio, los progresistas creyeron que tendrían de su parte a las masas proletarias, y las masas también lo creyeron, pero pronto ambos constataron que su convivencia y colaboración era imposible: las masas no querían esperar a que los liberales les concedieran las migajas de la economía y política que estaban creando. Los liberales no podían aceptar la destrucción de todos sus negocios, del fruto de sus trabajos, por proyectos de reparto comunista de todo. Era evidente que amenazaban dos revoluciones distintas, una populista y otra burguesa, y que no eran compatibles.

Pero el fermento de la nueva revolución, la revolución de los socialismos o comunismos, términos que en ese momento eran sinónimos (lo social y lo común), no iba a provenir de las masas proletarias, de los ignorantes, de los hambrientos. No había opción para ello. Los inicios de la nueva revolución estuvieron en pequeño burgueses que se hicieron portavoces de lo que ellos creían que pensaban las masas y en los obreros mejor pagados, los del sector textil catalán.

El problema se originó cuando la alta burguesía tomó el poder y lo utilizó en su propio beneficio, con exclusión de la media y pequeña burguesía. Entonces estos sectores sociales iniciaron nuevas revoluciones, la progresista burguesa y la comunista (socialismos utópicos, anarquismo y marxismo). En 1849, los progresistas pidieron el voto para todos (eran los demócratas) y una serie de derechos que adelantaban en mucho tiempo lo que se discutirá políticamente mucho después:  Seguridad individual; derecho a la propiedad; libertad de conciencia; libertad para manifestar, transmitir y propagar de palabra o por escrito el pensamiento individual; derecho de reunión para fines lícitos, fueran políticos o no; derecho de asociación para fines morales, científicos o económicos; derecho de petición individual y colectivo; derecho a la instrucción primaria gratuita; derecho a una igual participación en todas las ventajas y derechos políticos; derecho al repartimiento y proporcional de las contribuciones públicas y del servicio militar; derecho de todos a optar a empleos y cargos públicos, según mérito y capacidad de cada individuo; derecho a ser juzgado, y condenado en su caso, en justicia.

En aplicación del día a día de la democracia, la parte débil de los burgueses eran los más ricos, los conservadores, pues eran poco numerosos. Además no tenían un estatus social y político consolidado como lo había tenido la nobleza. Pero desde el punto de vista económico y de detentación del poder, eran la parte fuerte. La parte fuerte del grupo burgués, los progresistas, sabían de su debilidad económica y política, y utilizaba como arma política la amenaza de revueltas callejeras y de reformas políticas que comprometieran la propiedad mediante los impuestos. La tentación del populismo era muy grande, y muchas veces se atrevieron a hacer esas revueltas, pero la otra revolución, la populista-comunista, actuaba en su contra y sus movimientos en este sentido estaban condenados a fracasar. No podía haber entendimiento entre progresistas y masas populares. Era un imposible. De cada fracaso, salían más fuertes los conservadores. Nobleza y clases altas burguesas se aliaron enseguida en contra de las revoluciones populistas y de la política absurda de los progresistas, e incluso también de la política necesaria para hacer progresar la sociedad que algunas veces defendían los progresistas. Y en la segunda mitad del XIX fue difícil distinguir los intereses de unos, nobles, y otros, alta burguesía. Los altos burgueses como Nazario Carriquiri y José Joaquín Fagoaga, eran completamente aceptados en la sociedad nobiliaria. Los nobles podían conseguir “proteccionismos comerciales” a cambio de su cooperación con los gobiernos burgueses, y así negociaron su colaboración. Desaparecida la nobleza, hablamos de la cooperación de los siderúrgicos vascos, los algodoneros catalanes y los terratenientes castellanos (en sentido amplio, que comprendía Andalucía, Extremadura, Murcia y las dos Castillas).

En la frontera entre clase media y clase popular, la  mentalidad pequeño burguesa estaba muy exacerbada y buscaba mimetizarse con las clases altas, al tiempo que despreciaban a las clases por debajo de ellos. Eran hombres de lo más conservador.

 

 

Signos externos de las clases medias.

 

La clase media, sobre todo en provincias, llevaba una vida monótona, cerrada sobre sí misma, vulgar. Era una sociedad satisfecha consigo misma, cerrada, ignorante a pesar de que supiera leer y escribir y no fuera ignorante absoluta como las clases bajas. La clase media leía folletines en los periódicos y gustaba de melodramas y de zarzuelas en el caso de los tenidos por más cultos. La clase media habitaba en casas poco confortables, copiándose unos a otros el mobiliario: media sillería tapizada; una cómoda; un escritorio; una mesa camilla; un sofá de colchoncillo; un reloj de arco; y unos cuadros en la pared. La clase media se aburría apaciblemente comiendo, paseando y durmiendo lo que las clases bajas no podían hacer, y sólo se salían de la rutina para cobrar el cupón de sus vales reales, visitar sus fincas, o recibir semanalmente al barbero. La clase media española vestía levita negra en verano, capa negra en invierno, con prendas de ropa de modas atrasadas: Botas anchas y romas con muchas arrugas en la caña, tirantes para sus calzones y camisolines antiguos.

La mayor parte de los individuos de clase media vivían en las ciudades pequeñas y en los pueblos, estaban orgullosos de ser algo más que los obreros y jornaleros, aunque les costaba llegar a fin de mes y librarse de sus deudas.

Las clases medias eran católicos cerrados y conservadores, amantes del orden y la propiedad, y sólo algunas minorías eran progresistas e incluso demócratas, generalmente las que vivían en las ciudades.

 

 

LOS POLÍTICOS, EMPLEADOS Y FUNCIONARIOS

 como grupo social distinto.

 

El grupo o los grupos de políticos, empleados y funcionarios, es difícil de encuadrar en otros grupos sociales porque tenían un modo de ser distinto.

Entre ambos grupos, políticos y funcionarios, las diferencias sociales eran tenues. Todos eran procedentes de familias de la nobleza, ejército y clase media acomodada, algunos de clase más baja si habían escogido el camino de la Iglesia. La mayoría habían pasado por la Universidad, pero habían ido a universidades distintas, de diferente exigencia. Ello les daba un sentimiento de clase.

Los políticos moderados se esforzaban por captar a este grupo social de políticos y funcionarios, en el que incluimos los hombres de ciencia, nobles por nacimiento, hombres de fortuna, grandes industriales…

Los progresistas, sin embargo, se esforzaban por ser un partido interclasista. La cúpula del partido progresista estaba en manos de comerciantes, intelectuales  y profesionales liberales, pero aspiraban a captar a todo tipo de personas. Se decían progresistas “porque querían cada día una nueva reforma”, pero no se diferenciaban socialmente demasiado del partido moderado.

En 1854-1856, la Unión Liberal captó para sí a un “sector moderno” de estos grupos sociales, a un grupo de abogados, funcionarios y profesionales liberales, una élite social de formación universitaria, que prescindía de subordinarse a los militares para ser organizados y dominados por un grupo de abogados.

Entre estos grupos sociales era importante el cursus honorum. Normalmente empezaban estudiando en una Facultad Universitaria de provincias, se licenciaban, obtenían una recomendación, y pasaban a Madrid, donde esperaban colocarse en un bufete, como paso previo a conseguir un empleo en la Administración, bien por la vía civil o la militar de la Milicia Nacional. A partir de estos pasos comunes, la suerte de cada uno era muy diferente. Estaban mejor preparados los que habían estudiado Leyes, pero lo fundamental era salir en los periódicos creando opinión en artículos de prensa, o aparecer en tertulias y tribunas en las que se impresionase a alguien importante. El dominio de la oratoria era fundamental. En esas tertulias se hacían una serie de contactos, unas relaciones personales que podían conducir, tras mostrar devoción personal a un jefe de un partido político, a lograr una recomendación para ser entrevistado por el líder. Si se cometían errores, se podía perder en las relaciones sociales y prácticamente olvidarse en una buena temporada de recomendaciones ante un líder.

El amiguismo era fundamental. Cada líder tenía una clientela política, y había que entrar en el grupo de amigos y conocidos de esa clientela. En este juego, era fundamental tener buen ojo para adivinar quién iba a subir en el Gobierno, sumarse a él, y medrar con él.

Las leyes no regían para los amigos. La justicia se empleaba para servir a los amigos y perseguir a los enemigos. El sistema estaba muy racionalizado y jerarquizado, y era útil a cualquiera de los Gobiernos. El aspirante debía aparentar estar al margen de los partidos, las ideologías y las luchas políticas entre ellos, estar alerta, y dar el paso en el momento preciso por el líder adecuado, momento en que se manifestaba y se jugaba el todo por el todo para el resto de su vida. Una vez ligado a un líder determinado, se ascendía con él, y se caía con él. Se entraba en el juego de los cesantes.

Se decía que el Partido Moderado era una falange de empleados públicos, pero sabemos que los progresistas también se nutrían de cuantos funcionarios podían, lo que pasa que eran menos en número. Ser progresista era más arriesgado, pues casi siempre gobernaban los moderados, y éstos últimos tenían más clientela dispuesta a entrar en el partido.

En estas condiciones, era muy importante saber cambiar de chaqueta y servir al nuevo Gobierno cuando la política cambiaba. Muchos funcionarios se hicieron expertos en ello. Las instituciones eran necesarias en cualquier sistema político y el funcionario era imprescindible en ellas. No era precisa una persona concreta para una función concreta, pero algunos funcionarios sabían hacerse imprescindibles como expertos en un negocio difícil de penetrar en poco tiempo, y se quedaban.

Según Jover, en 1860 había 65.897 empleados en activo y 7.125 cesantes y jubilados. De los 65.897, 30.776 trabajaban en la Administración del Estado, 30.602 en la Administración municipal, y 4.517 en la Administración Provincial.

La mayor parte de los políticos y funcionarios se concentraba en Madrid. Madrid hacía política para toda España. Las consignas de Madrid pasaban a provincias utilizando las clientelas propias de cada partido: hombres  influyentes, ricos y propietarios. Cada pueblo de España tenía uno o dos de estos hombres influyentes.

La diferencia entre políticos se establecía por el origen social de la persona, que podía ser nobiliario, de Grandes, de Títulos, de nobleza pequeña, o de simples adinerados.

 

 

LOS ESTRATOS INFERIORES DE LA SOCIEDAD.

 

Cualquier estrato social es difícil de definir en sus límites con otros estratos sociales. El estrato inferior de una sociedad es difícil de definir en sus límites con los estratos medios.

En general, consideramos estratos inferiores a los que nunca participaban en política porque no tenían rentas ni salarios suficientes para serles permitido el voto. Pero, así definido, el grupo queda muy difuso, desde la pequeña burguesía para abajo.

El grupo también se puede definir por carecer de propiedades, por carecer de capacidad de ahorro, lo cual es condición imprescindible para adquirir propiedades.

En una sociedad burguesa como la del XIX, cabía la posibilidad de movilidad entre el grupo más alto del estrato social inferior, y el grupo más bajo del estrato social medio.

En general, los estratos inferiores de la sociedad fueron ignorados por los historiadores del XIX, historiadores liberales que sólo se preocupaban de lo que ocurría en la Iglesia de los Jerónimos, en Palacio de Oriente, en las Cortes y en la Carrera de San Jerónimo, Sol y Calle Arenal, e incluso en esos pocos lugares, las clases populares se presentaban en sus historias como gentes que se asomaban a las ventanas a ver lo que los historiadores cuentan.

Para aclarar un poco las ideas sobre las clases inferiores, debemos separar las clases inferiores urbanas de las clases inferiores rurales.

El hombre rural vivía el tiempo con lentitud y monotonía, vivía viendo pasar las estaciones del año.

 

 

El mundo rural.

 

La sociedad rural y sus modos de vida eran muy estables. Apenas hubo cambios en todo el siglo XVIII y hasta 1833. Tras la Desamortización empezaron a cambiar un poco las cosas.

Los campesinos eran el 80% de la sociedad y entre ellos había muchas categorías sociales. En el sur se estaba empobreciendo paulatinamente cada vez que subían las rentas de la tierra que imponía la burguesía. En el norte se empobrecieron bruscamente cuando la Iglesia perdió sus tierras y los burgueses compradores subieron desmesuradamente las rentas. Algunos fueron capaces de comprar minifundios a los burgueses. Muchos fueron proletarizados al ser expulsados de la propiedad, de la aparcería o de sus arrendamientos.

En general, los campesinos eran analfabetos, conservadores en política y religión, religiosos en el norte, supersticiosos en el sur, y eran fácilmente conducidos a la revuelta política por caciques y curas. Al inicio del reinado de Isabel II creyeron en el progresismo, porque les decían que iban a tener tierra y formarían parte de las Milicias Nacionales que eran el poder municipal. A partir de 1856 se decepcionaron de los progresistas y de los liberales en general.

 

El labrador era una persona que tenía recursos para explotar la tierra directamente, es decir, yunta, pareja de mulas, y aperos. Podía trabajar su tierra directamente, arrendar tierra de los demás, pero su modo de vida le permitía comercializar algo de la cosecha que obtenía, y con ello, tendía a ser propietario, y propietario acomodado, hasta donde llegaba la capacidad de los recursos de que disponía: mano de obra, parejas de animales y aperos. El labrador por antonomasia es un propietario medio, propietario acomodado, con una o más parejas de animales, aperos de labranza, siega y trilla, almacenes propios para grano, paja y simientes, y algo de dinero para invertir. Tiene tierras propias, que va ampliando con compras o arrendamientos, según el caso. Tiene capacidad de ahorro y cierto prestigio social.

Como situación de prestigio, muchos se autodenominan labradores, pero algunos obtienen lo justo para sobrevivir y ello gracias a que se alquilan como trabajadores en temporada, o alquilan sus animales, a fin de completar los ingresos necesarios para sobrevivir la temporada. Este segundo caso, de labrador sin capacidad de ahorro, sería un escalón inferior al labrador propiamente dicho.

 

El campesino corriente necesitaba préstamos para completar el año, y la usura del prestamista se le llevaba todos sus ahorros posibles y le condenaba a seguir pidiendo préstamos. En los años de poca cosecha, no le llegaba para comer el año y tener sembradura, y no quedaba más remedio que pedir préstamos. En los años de buena cosecha, los precios eran bajos y era difícil devolver lo tomado en préstamo, así que tenía que hacer trabajos suplementarios, carbonero, carretero transportista, peón. Si lograba devolver lo prestado, lo normal era que en primavera, poco antes de recoger la cosecha, tuviera que pedir prestado, otra vez a precios altos, y luego la devolvía cuando se recogía, con precios bajos, porque así lo estipulaba el prestamista. El macabro juego de los prestamistas tenía enredados a todos los campesinos, y no había salida.

 

Los jornaleros agrícolas serían más pobres que los labradores. Entre ellos había muchas diferencias sociales. Los pequeños propietarios, como acabamos de decir, “daban jornales” (así se decía el contratarse como jornalero) para completar su sustento.

Los jornaleros propiamente dichos eran los que vivían estrictamente del trabajo asalariado por jornales. Había muchos jornales en temporada de actividad agrícola (siega, vendimia, arada, y recogida de la aceituna) y muy pocos jornales en los espacios intermedios.

El contratado por días era el jornalero propiamente dicho. También es conocido como bracero del campo. En el sur de España, el 60% de los trabajadores vivía en estas condiciones.

Había jornaleros contratados por dinero, y jornaleros que cobraban en especie. Había contrataciones diarias que incluían la manutención, a veces nada más que la manutención, y otros jornales que no la incluían.

Había jornaleros que se contrataban en conjunto con una yunta de bueyes o pareja de mulas, porque eran yunteros.

Había jornaleros que contrataban su persona, y otros que contrataban el trabajo de su mujer e hijos en conjunto.

La actividad que más trabajo daba a los jornaleros era la siega. Los trabajos de la siega se contrataban de muchas maneras: en metálico o en especie, con la manutención o sin ella, denominado “a seco”, calculados por el día, denominado a destajo, e incluso por periodos del día. A veces, la siega era realizada  por cuadrillas de profesionales, y entonces la cuadrilla era contratada generalmente hasta fin de la operación de siega. La cuadrilla tenía un mayoral y un segundero. El mayoral o jefe primero de ella, contrataba los trabajos, y mientras lo hacía dejaba a cargo del trabajo al segundero, y cuidaba de que el trabajo resultase bien hecho, pues del prestigio de la cuadrilla dependía la paga de los nuevos contratos. El mayoral tenía clasificados a los segadores de su cuadrilla, y cada uno cobraba por lo que el mayoral entendía que valía su trabajo, y en esa clasificación influía la fortaleza del segador, la destreza laboral, lo conflictivo que era el mozo, y el aprecio personal que le tenía la cuadrilla en general y el mayoral en particular.

Los jornales mejor pagados eran los de la siega, un trabajo muy duro y sólo posible para hombres avezados, los vareadores de oliva se pagaban mucho menos. Los trilladores, porteadores, recogedores y otras labores complementarias, que podían hacer incluso los niños, se pagaban muy poco.

 

El criado de labor se contrataba por uno o dos años en la mañana del día de San Miguel. Si pasaba la mañana completa y el amo no se ponía en contacto con él, es que estaba despedido. Entonces era él el que se dirigía a casa del amo y le saludaba, dejaba sus cosas y se marchaba. A los pocos días volvía por casa del amo para saldar cuentas, es decir, calcular la cantidad fija pactada o calculada según el trabajo hecho durante el tiempo en que estuvo contratado, la cantidad de tierra que el amo le había prestado en usufructo mientras estuvo contratado y la parte que le correspondía de ello a cada uno. Casi siempre, la casa en que vivía el criado era del señor, y era un factor más a considerar a la hora de hacer cuentas.

El contratado por años enteros era conocido en general por criado y se trataba de los capataces, mozos de mulas, gañanes en agricultura, y los guardas, mayorales y zagales en ganadería.

Los pastores cuidaban animales de su propiedad, los contratados por un año con uno o varios señores, animales de familiares suyos, animales de vecinos del pueblo, cada uno por un beneficio (en leche, lana o corderos).

La casa en la que vivían los criados, casi siempre era propiedad del amo

 

Muchos artesanos lograban mantenerse con su trabajo gracias a que el proceso industrializador no progresaba adecuadamente, pero estaban condenados a desaparecer. Eran conservadores. Defendían el gremio y la reglamentación del trabajo, todo lo contrario a los intereses de la burguesía industrial. Apoyaban a los políticos terratenientes sin tener nada en común con ellos.

 

 

Signos externos campesinos.

 

La casa del campesino era pobre. Estaba centrada sobre el hogar. El llar, o los llares eran unas cadenas muy fuertes, de hierro, que estaban sujetas a la pared inclinada de la chimenea, y estaban dotadas de ganchos, sobre los que se colgaba una gran olla para preparar la comida de los cerdos, y ollas más pequeñas para otros servicios, como la comida de los humanos, de modo que el fuego lamía los bajos de las ollas. Alrededor del llar y las ollas se sentaba la familia, se rezaba, se hacían manualidades propias del hombre (tallar madera y construir herramientas y cestos), o de la mujer (tejer calcetines, guantes, coser trapos para los niños…). En una habitación separada estaban los lechos. En las casas más ricas en alcobas en torno a una habitación común. En las más pobres, en el suelo, hechos de yerba y hojas en el norte de España, de lana en el centro y sur. Había un arcón en alguna parte de la cocina o de la sala. En los pasillos se almacenaban los aperos de labranza, armas para la guerra y la caza. En el suelo, en agujeros hechos ex profeso, estaban los silos para guardar el grano, cuando lo había, y las legumbres del año. Contiguo a todo ello estaban la cuadra y el corral. En la cuadra, algún animal de tiro. En el corral, el cerdo en su pocilga, y las gallinas en el gallinero.

 

 

Los obreros.

 

Los obreros españoles eran pocos en la época isabelina. Serían unos 150.000, pero estaban concentrados de Barcelona, Madrid, Málaga y algunas pocas ciudades más.

Provenían de la emigración rural y vivían en condiciones miserables. Sus barrios y casas era inhabitables, trabajaban 14 horas diarias a cambio de salarios de hambre. Eran analfabetos, alcohólicos, delincuentes a veces, y muchas veces vivían a costa de la prostitución de sus mujeres. Se consideraban con suerte si no eran despedidos.

Durante los últimos años de Fernando VII y primeros de Isabel II fueron luddistas y crearon Sociedades de Ayuda Mutua. Estas sociedades fueron prohibidas por Narváez en 1844. A partir de ese momento hubo una corriente importante de obreros que se hicieron progresistas y demócratas. En 1854-1856 sufrieron una gran decepción ante el Gobierno de los progresistas, porque en ese momento se estaban introduciendo en España las selfatinas y muchos de ellos eran despedidos, lo cual rompía la ilusión de que los progresistas iban a defender sus puestos de trabajo. Y entonces empezaron a pedir derecho de asociación (se les concedió con límite de 500 personas), 10 horas de trabajo (se les concedió 10 horas para los menores de 18 años), salario digno (obtuvieron libertad de salarios), negociación colectiva (se les concedió sólo para empresa de menos de 20 trabajadores), tribunales paritarios (se legisló que los tribunales estuviesen integrados  por patronos).

En 1856, los obreros fueron protagonistas de las barricadas y tuvieron 500 muertos aproximadamente, lo cual fue una experiencia importante para todos. Desde entonces, el Gobierno empezó a reprimirles, a acusar a sus líderes de conspiración y revolución. Ellos también aprendieron que los burgueses no eran su partido, el que les iba a conceder todas sus demandas. Y su decisión fue utilizar más la violencia, la huelga y la sublevación.

 

 

LAS MUJERES.

 

Las mujeres de clase alta eran educadas en “primeras letras”, lo que significaba saber leer y escribir, en labores del hogar, a fin de ser buenas esposas y madres, y a tener la suficiente autoridad como para dirigir al servicio doméstico.

La mujer no podía expresar opiniones propias. Tenía la opinión de su confesor, de su padre o de su marido. Y cuando era interrogada contestaba que su padre o su marido pensaban esto o aquello.

La mujer no podía votar.

La mujer no tenía capacidad jurídica alguna.

Las mujeres de clase baja eran analfabetas casi al 100% y hacían trabajos muy duros, pues además de llevar el hogar y los niños, realizaban trabajos de tejido y confección, podían estar empleadas en el servicio doméstico, utilizaba la prostitución como medio de vida. Entre ellas era muy frecuente el alcoholismo.

 

 

EL VESTIDO DE LA SOCIEDAD ISABELINA.

 

En tiempos de Fernando VII, el hombre vestía casaca exterior, chupa interior, calzón, medias y zapatos de hebilla cuadrada muy grande.

En tiempos de Isabel II, la mujer vestía miriñaque, enagua con aros, y sobre él un vestido muy amplio y hasta el suelo. El hombre vestía levita, una chaqueta larga.

Las majas vestían jubón muy ajustado al talle, falda de colores con delantal, redecilla para el pelo,, pañuelo al cuello, basquiña para salir a la calle y mantilla blanca o negra.

Los majos vestían jaqueta que era una chaquetilla muy ajustada, abierta por delante, chaleco, camisa, calzones, faja de colores, montera o tricornio, y capa.

En tiempos de la Regencia de María Cristina, la mujer vestía polisón, una almohadilla en el trasero, y encima una gran falda hasta el suelo.

 

 

 

LOS GRUPOS SOCIALES ESPAÑOLES ANTE LA POLÍTICA.

 

Terratenientes, abogados y militares se necesitaban mutuamente y se coordinaban para llegar al poder. Luego discutían quién de ellos debía ejercerlo desde lo alto, y seguían discutiendo hasta que alguna de las partes se cansaba, hacía defección y provocaba la crisis. De esta manera, ningún Gobierno duraba demasiado tiempo. Todos los políticos aspiraban a los máximos cargos del Gobierno, como todos los españoles aspiraban a un “empleíto” que les permitiera vivir sin trabajar. Y lo mismo pasaba en la Iglesia, donde muchos se colocaban para salir adelante, o para conseguir el poder de un obispado de categoría. Toda la sociedad funcionaba bajo los mismos parámetros.

 

Muchos terratenientes eran moderados, pero no todos los terratenientes lo eran. Por ejemplo, Espartero, el líder progresista, era un militar terrateniente. Pedro José Pidal, un ejemplo de moderado, era industrial de Duro Felguera. Algunos se tenían por intelectuales e hicieron correr la fama de que lo eran, y a veces eran simples periodistas o profesores simples de Universidad, cuyo pensamiento cabía en un celemín.

Los más importantes terratenientes no eran políticos. Sus nombres aparecen como compradores de las desamortizaciones pero no en la política. Pero muchos políticos se aprovecharon de sus cargos para llegar a terratenientes: Espartero era hijo de carretero, Bravo Murillo era hijo de maestro de escuela, Cánovas de profesor de primeras letras, y Serrano de militares de poca graduación. Y otros muchos políticos no accedieron a la tierra, porque el modo más directo de acceso era el matrimonio y no todos tuvieron la oportunidad.

 

Los más de los políticos eran juristas. Al menos dos tercios, quizás más. Eran abogados que no ejercían para el público, que sólo estaban al servicio del partido, que hablaban en el Congreso como abogados y sus discursos estaban muy alejados de la realidad del pueblo al que decían representar. Expertos en desmontar los argumentos del contrario, en atacar posiciones del contrario, en tratar de arrastras a su audiencia.

 

Los militares eran imprescindibles en el sistema de partidos, porque basándose la política en la fuerza, en golpes de Estado, los partidos necesitaban de los militares. Cuando algún político, como Bravo Murillo o Miraflores, intentó gobernar sin militares, permaneció poco tiempo en el cargo. Pero no todos los militares eran políticos: de unos 600 ó 700 jefes militares siempre en destino, sólo 32 generales tuvieron cargo de ministros. Y muchos de ellos no buscaron el cargo que luego ejercieron, sino que fueron impelidos por el partido que necesitaba apoyo para gobernar. Nunca los militares españoles actuaron en nombre del ejército en el siglo XIX, hasta Primo de Rivera y Franco en 1923 y 1936 respectivamente. Es cierto que hubo militares profesionales de la política, que se creían imprescindibles, como era el caso de Espartero o de Narváez. Pero los militares no solían tener preparación suficiente para gobernar y necesitaban abogados que les hicieran el trabajo y terratenientes que pagaran algunas necesidades de partido.

Los militares del siglo XIX solían proceder de clases medias y, cuando querían hacer carrera política e incluso la militar, se integraban en el círculo de un general prestigioso, lo que significaba que el dominio del poder creaba tendencia a la continuidad del partido en el poder. Los clientes ligaban su destino a la suerte de su protector y triunfaban o fracasaban todos juntos.

Cuando los progresistas empezaron a hablar de federalismo y de pacifismo, allá por 1840, cuando Espartero les decepcionó en 1841 actuando dictatorialmente, los militares se pasaron en masa al Partido Conservador, y desde entonces se perpetuaron en el poder de modo continuado.

La influencia de los militares sobre el Partido Moderado era tan grande que incluso molestaba a otros sectores del Partido Moderado: dominaban el Senado, para lo cual decenas de militares recibían los títulos nobiliarios que les permitían estar en él, y a través de ellos, el Partido Moderado dominaba sobre los neoabsolutistas (de su propio partido, como moderados autoritarios, y de partidos de la oposición).

El discurso típico de los militares era defender el orden público y la monarquía, lo cual era la bandera de la mayoría, y estar en contra de las revoluciones, algaradas, motines y desórdenes en general.

 

La alta burguesía renunció a tener un partido propio y se integró en el Partido Moderado, y así estuvo hasta 1868, porque en sí mismo era un grupo social poco organizado, geográficamente disperso y con intereses encontrados, pues todavía privaba entre ellos el sentimiento regionalista por encima de sus verdaderos intereses de clase.

Integrada casi toda la burguesía en el Partido Moderado, no se atrevía a competir con el ejército y sus grandes jefes muy prestigiosos, ni con las autoridades eclesiásticas muy veneradas por todos, ni con el alto funcionariado con sus influencias por todas partes, ni con la antigua nobleza terrateniente y ahora gran propietaria. Parte de este temor de la alta burguesía se debía a que la baja burguesía y las clases populares estaban en su contra y entendía que eran demasiados problemas para asumir directamente el poder.

Los representantes de la alta burguesía más destacados eran José Salamanca, Agustín Muñoz, Gaspar Remisa Miarons, Manuel Agustín Heredia, Nazario Carriquiri… Todos pensaban que era más fácil colaborar con los moderados que instituir un partido propio. Sólo pedían que se favoreciera a sus empresas, se les reservase un mercado en particular, bien en territorio peninsular o en territorio cubano. El Partido Moderado les aceptó y ellos obtuvieron grandes y fáciles ganancias, gracias a que el Gobierno hizo la vista gorda en muchas ocasiones. Pero esta actitud no resultó positiva a largo plazo, pues renunciaron a dominar el partido y a transformar la sociedad en el sentido dinámico de la libertad económica capitalista, por lo que la transformación española hacia ese futuro previsible, dada la marcha de otras naciones europeas, fue lenta, con varias décadas de retraso sobre Francia o Inglaterra.

 

La nobleza de sangre no se integró bien en el sistema liberal pues comprendió enseguida que podía seguir dominando la sociedad, la riqueza y la política, como en los tiempos antiguos, con sólo renunciar a unos poderes que, para entonces, eran más teóricos que reales. Entendió que Isabel II representaba mejor su triunfo en la sociedad que lo que podía esperar del carlismo, permanecer en un estamento que iba a menos y que estaba desposeído del poder desde hacía tiempo.

La supresión de los derechos jurisdiccionales, la desamortización y la desvinculación fueron fenómenos que apenas afectaron a la vida real de los grandes nobles. Los afectados eran más bien los pequeños, pues no tenían tantas riquezas como para dominar en la nueva sociedad y perdían los privilegios que les permitían dominar en el Antiguo Régimen.

La alta nobleza se convirtió en gran burguesía, en las grandes fortunas. Estas fortunas tenían siempre de su lado al poder judicial gracias a las leyes liberales que protegían la propiedad y a la mayoría de los Gobiernos que hubo, que estaban integrados por miembros de su grupo social. De esta manera, dominaban el Senado, los Ministerios, la diplomacia, las corporaciones sociales y los centros de saber, además del ejército que tradicionalmente había sido suyo. No podían pedir más al nuevo régimen político. Cambió la razón por la que gobernaban, en vez de por el privilegio nobiliario y el favor del Rey, por la riqueza territorial que poseían. Pero los gobernantes llevaban los mismos apellidos de siempre. De los 637 senadores habidos entre 1845 y 1868, 272 fueron individuos pertenecientes a la alta nobleza.

Por otra parte, el Partido Moderado estaba integrado por gentes que creían todavía en el honor y los privilegios y todavía les consideraban “señores” a los antiguos nobles. Al Partido Moderado le interesaba contar entre sus filas a la alta nobleza porque ello daba prestigio social al partido. Y la alta nobleza era el nexo de unión de los terratenientes, militares, jerarquía eclesiástica, catedráticos, grandes industriales y grandes comerciantes. Dominar entre la alta nobleza era dominar la sociedad.

Y como las clases medias tenían sentido de veneración y de imitación de las clases altas, la nobleza significaba que también muchas clases medias seguían las consignas del Partido Moderado.

 

La élite universitaria, abogados y otros profesionales, estaba a gusto en el Partido Moderado en su mayor parte. Con frecuencia, los universitarios nacían en provincias y, cuando destacaban, emigraban a Madrid para hacer carrera en la sociedad y para integrarse en la política. Algunos de ellos, una vez llegados a Madrid, llegaban a la élite social y política a través del trabajo en un bufete, en un periódico o en un círculo político de alguna personalidad relevante. La mayoría de los bufetes importantes, de los periódicos y de las personalidades importantes eran del Partido Moderado, lo que aseguraba la continuación del mismo por recluta de nuevos miembros. El modo de integración en la política se hacía a través de un “protector”, sin importar demasiado sus convicciones personales. La suerte podía hacer que se alcanzaran altos puestos de la sociedad.

Mientras gobernó Narváez, para alcanzar un alto puesto en la Administración había que ser del Partido Moderado y servir fielmente las consignas de los dirigentes de la facción narvaísta. Todos lo sabían.

 

Los empleados, funcionarios, criados y gente más pobre, tenía en general la ideología política que les indicaba su señor, jefe o patrono.

 

 

[1] Inma Pérez, WWW Historia del jabón.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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