LA UNIÓN LIBERAL.

 

En 30 de junio de 1858 tomó posesión de la Presidencia del Consejo de Ministros Leopoldo O`Donnell. Se entendía que tras O`Donnell estaba la Unión Liberal, creada oficialmente pocos meses más tarde, pero existente desde 1857.

El 18 de mayo de 1857 había tenido lugar el comienzo oficioso del nuevo partido de Unión Liberal. Se trataba de una reunión presidida por O`Donnell, a la que acudieron unos trescientos invitados y se celebró en al Palacio de Doña María de Aragón, hoy sede del Senado español. Allí, O`Donnell hizo la presentación del programa que debía regir el nuevo partido.

El 29 de mayo de 1857, Antonio de los Ríos Rosas defendió la necesidad de un partido de unión liberal.

El 15 de octubre de 1857, el Presidente del Consejo de Ministros designado por la Reina, Francisco Armero, ofreció ministerios al nuevo partido de Unión Liberal, todavía no constituido oficialmente. O`Donnell se negó a colaborar en un Gobierno del que él no fuera Presidente.

El 30 de junio de 1858, O`Donnell obtuvo la Presidencia del Consejo de Ministros.

En noviembre de 1858 tuvo lugar el acto del teatro Novedades por el que se constituyó oficialmente Unión Liberal. El teatro, situado en calle Toledo 83, de Madrid, se había inaugurado el 13 de septiembre de 1857 y disponía de 1.500 localidades.

 

 

Los hombres de Unión Liberal.

 

Los hombres fuertes de Unión Liberal en 1858 eran Leopoldo O`Donnell, José Posada Herrera, Antonio de los Ríos Rosas, Francisco Serrano Domínguez, Juan Prim i Prats, Juan Manuel de Manzanedo, Manuel Silvela de Le Vielluze y Antonio Cánovas del Castillo. Luego se sumaron Manuel Alonso Martínez, Antonio Aguilar Correa marques de Vega de Armijo (moderado) y Manuel Fernández Durán y Pando V marqués de Perales (progresista).

O`Donnell se puso en contacto con los moderados Martínez de la Rosa, Alejandro Mon y Javier Isturiz, con González Bravo el hombre que había sido progresista y luego colaborador de Narváez, con la derecha moderada de los progresistas como Olózaga y con el progresista Prim, y constituyó efectivamente el partido de Unión Liberal. Las esperanzas de un gran cambio de progreso enraizaron en muchas personas.

 

Leopoldo O`Donnell Jorís, 1809-1867, conde de Lucena y duque de Tetuán, era de familia irlandesa incorporada al ejército español en el siglo XVII. Su padre era Carlos Luis O`Donnell Anetham que fue Gobernador de Tenerife, su tío era Enrique José O`Donnell Anetham conde de La Bisbal, su hermano Carlos Luis O`Donnell Jorís, todos ellos militares. La diferencia entre ellos fue que todos optaron por la causa carlista, menos Leopoldo que optó por la isabelina, a pesar de que creía que ganaría la guerra Don Carlos. La familia jugaba a todas las cartas. En la guerra de 1833 a 1839 ascendió a general al lado de Espartero, cuando sólo tenía 30 años de edad. Era alto, rubio, de ojos azules y dulces, impasible de rostro y con sonrisa tenue. Era poco culto, siempre habló mal el español y le costaba escribir con corrección, leía muy poco. Su mayor virtud era el sentido común y la intuición, basada en huir de todo extremismo y buscar posiciones de centro. Aparecía entre sus contemporáneos como inteligente y cerebral, decidido y respetuoso con las opiniones de los demás. Pero tenía una extraña obsesión, la de ser el líder de todos los liberales y el adalid de la monarquía española, es decir, un salvador de la patria. Aparte de su golpe de suerte por haber optado en 1833 por el bando ganador, volvió a acertar cuando se opuso a Espartero en 1840 y emigró a Francia contactando con los moderados. En 1841 estuvo en el golpe fracasado contra Espartero, lo que le incluyó en la conspiración que triunfó en 1843 y llevó a Narváez al Gobierno de España. Pero Narváez le conocía bien, desconfiaba de él y le envió a Cuba durante cinco años. Regresó a España difundiendo la idea de unión de todos los liberales, y cuando vio que los moderados evolucionaban hacia su derecha, decidió capitanear la oposición a los moderados, y así entró en el Gobierno, junto a Espartero, en 1854-1856. En 1856 se deshizo de Espartero y los progresistas, una vez creada la opción de un partido de unión de todos los liberales que por entonces se llamaba Centro Parlamentario. Obtuvo el Gobierno y se dedicó a tres cosas: fortalecimiento del partido Unión Liberal, un partido a su servicio, realización de muchas obras públicas, y participación en política internacional interviniendo en cuantas guerras era posible al lado de las grandes potencias. En 1866 fue destituido, se marchó a Biarritz y allí murió en 1867.

 

José Posada Herrera, 1815-1885, era abogado, puso bufete en Madrid y llegó a diputado por su provincia natal en 1839, 1840 y 1841. Hasta 1841 fue progresista. Se declaró antiesparterista en 1843 y se hizo moderado. Era el cerebro, junto a Ríos Rosas, de los moderados y de los unionistas. Como era buen orador, tuvo algún protagonismo en las discusiones sobre la Constitución de 1845, militando entre los puritanos. Esos debates le sirvieron para ganar su prestigio. En 1852 se pasó al grupo de descontentos contra Narváez, triunfó en 1854, y en 1856 dirigía Unión Liberal junto a O`Donnell y Ríos Rosas. Fue ministro de Gobernación y portavoz del Gobierno en 1858-1863 y en 1865-1866, mostrándose gran dialéctico y poco preocupado por los principios doctrinales. Dirigió las elecciones muchas veces y se ganó el sobrenombre de Gran Elector. Su teoría era que no se debía ordenar ni coaccionar, pero se podía aconsejar. En 1867, al morir O`Donnell, se quedó como jefe de Unión Liberal, partido que desapareció al poco. Posada Herrera continuó su carrera política durante el Sexenio 1868-1874 y también el periodo canovista.

 

Antonio de los Ríos Rosas, 1812-1873, era malagueño hijo de abogado y estudió Derecho en Granada. Saltó a poner bufete en Madrid y a promocionarse escribiendo en La Abeja y en El Español. En 1836, a los 24 años de edad,  se encuadró en el Partido Moderado. Trabajó en el Estatuto Real. Se hizo moderado. En 1839 fue Jefe Político de Málaga en el Gobierno de Pérez Castro. En 1843 estaba entre los dirigentes del Partido Moderado y se promocionaba en la prensa moderada, en el grupo parlamentario moderado y el Consejo Real. En 1848 rompió con los moderados doctrinarios Narváez y Pidal, por sus continuos incumplimientos constitucionales y se hizo moderado puritano, facción izquierda del Partido Moderado. En 1853 se pasó a la oposición a Narváez. En noviembre de 1854 estuvo en la Comisión Constitucional del Bienio. Hizo muchas relaciones con Cánovas del Castillo y ambos tuvieron muchas intervenciones en el borrador de dicha Constitución. En febrero de 1856 apoyó la iniciativa de un Centro Parlamentario de los diputados. En 1856 fue Ministro de Gobernación con O`Donnell. En 1859 fue embajador en Roma, en 1863 Presidente del Congreso y en 1865 Presidente del Consejo Real. Continuó su carrera política en el sexenio 1868-1874, hasta su muerte en 1873. Era un hombre de acción, siempre bregando por modernizar el Partido Moderado al estilo de los partidos europeos de derecha de su tiempo.

 

Manuel Silvela de Le Vielluze, 1830-1892, hermano del más famoso Francisco Silvela, era uno de los jóvenes del círculo de Antonio de los Ríos Rosas.

 

Francisco Serrano Domínguez, 1810-1885, era hijo de un Mariscal de Campo liberal que había luchado en Cádiz en el momento del nacimiento, 1810. Su padre quiso para él la mejor educación y le llevó al Colegio de Vergara primero y al Regimiento de Caballería El Príncipe en 1822. Luego, ingresó en el Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras, del que se licenció en 1820 con 20 años de edad. En 1833 estaba en el Regimiento de Coraceros de la Guardia Real de Madrid, un cuerpo de elite. La Guerra Carlista le proporcionó ascensos rápidos hasta Brigadier. Al final de la misma, tuvo el honor de combatir a las órdenes de su padre, Francisco Serrano Cuenca, en Cataluña. La educación recibida por él y buscada por su padre, estaba destinada a ser alguien importante en la vida y llegar hasta los más altos grados del ejército y de la política. En este sentido, aprendió de su padre que la ideología no debía ser un obstáculo en su carrera. En 1843 se sublevó contra Espartero y logró entrar en la Corte, donde atrajo la atención de la joven Reina, que le llamaba “el general bonito” por su excelente presencia. Serrano alcanzó mucha influencia sobre las decisiones de Palacio e inmediatamente levantó las suspicacias de los demás políticos, que trataron de alejarle de Madrid y le destinaron a Granada. Serrano se sintió ofendido y hasta fracasado, y se retiró momentáneamente del ejército. Aprovechó el momento para casarse con su prima, Antonia Domínguez Borrell, y disfrutar de un buen patrimonio. En 1854, Serrano volvió a la política para expulsar del Gobierno a los moderados autoritarios, los que le habían apartado de Madrid. En 1858 apoyó la aparición de Unión Liberal. Pero los nuevos políticos sabían de su ambición y en 1859-1862 fue enviado a Cuba.

 

Juan Prim y Prats, 1814-1870, era hijo de militar y su padre le enroló en la Guerra Carlista como voluntario en el Cuerpo Real de Tiradores cuando sólo tenía 19 años. Durante la guerra, ascendió a Coronel. Era liberal y creyó en Espartero en 1839, pero se decepcionó de él enseguida y se coaligó en 1843 con Serrano para expulsar al dictador. Los moderados que tomaron el poder en 1844, atendiendo a sus servicios le ascendieron a general, pero teniendo en cuenta que era progresista le enviaron lejos de Madrid, a Barcelona, donde consiguió los títulos de Conde de Reus y Vizconde del Bruch por sus victorias contra los rebeldes. Narváez siempre le vio como su enemigo y Prim viajó por Francia, Inglaterra e Italia. En 1847 fue enviado a Puerto Rico, más lejos todavía. En 1854, al triunfar los progresistas, intentó volver a la política activa, pero fue enviado a Melilla. En 1858 lo intentó a través de Unión Liberal. Tampoco tuvo suerte. En 1861 sería enviado a México.

 

José Manuel de Manzanedo y González de la Teja, 1803-1882, era un comerciante y banquero cántabro que había hecho fortuna en 1830-1842 con el comercio de esclavos en Cuba. En 1858 se puso al servicio de O`Donnell y de Unión Liberal y obtuvo el título de Marqués de Manzanedo. Luego se pondría al servicio de Alfonso XII que le concedería el título de Duque de Santoña. José Manuel de Manzanedo puso a O`Donnell en contacto con la banca española, Juan Mata Sevillano Fraile y Gaspar Remisa.

 

Juan Mata Sevillano Fraile[1], 1790-1864, fue uno de los banqueros más importantes de la España de su tiempo. Había sido militar, pero abandonó el ejército en 1832 para convertirse en abastecedor de alimentos, paja y grano del mismo, logrando hacer una pequeña fortuna. Llegado el tiempo de la Desamortización de 1836, Sevillano invirtió su dinero y el de su esposa en comprar fincas, que estaban baratas por razones ideológicas y constituyó una gran fortuna. Toda su vida seguiría comprando fincas desamortizadas. Se hizo prestamista de muchos políticos de su tiempo y se convirtió en un hombre muy importante en España. Incluso llegó a ser Ministro de Hacienda en 1854-1855. Era progresista. Consiguió los títulos de Duque de Sevillano y de Marqués de Fuentes de Duero. La familia de Gaspar Remisa Miarons, un hombre de negocios de Barcelona muerto en 1847 y muy amigo de Sevillano, se instaló en Madrid y tenía muchos negocios con el Duque de Riánsares y con el marqués de Sevillano.

 

Antonio Cánovas del Castillo fue Director General de Administración Local en 1858 y vicesecretario de Gobernación en 1860, siendo su ministro jefe José Posada Herrera. El antiguo secretario de O`Donnell triunfó con el ascenso de su jefe.

 

Pero la Unión Liberal era mucho más que un proyecto político de unos pocos soñadores. Era una idea ampliamente difundida en la sociedad. De hecho, caben dudas de si los líderes políticos creían en la idea o seguían la moda divulgada entre la sociedad de su momento.

 

 

Composición social de Unión Liberal.

 

La base social de Unión Liberal era la burguesía, los militares y las profesiones liberales:

La industria se estaba desarrollando en España, al tiempo que las comunicaciones y la banca estaban haciendo surgir un sector social nuevo, el burgués, que en 1855 ya no era el insignificante grupo social de principios del reinado de Isabel II o de reinados anteriores.

La aparición de grupos burgueses en Unión Liberal era políticamente más coherente que la situación anterior en la que los burgueses eran casi todos moderados y militaban en un partido inmovilista y conservador.

Los moderados se quedaron en sus filas con los terratenientes y clases medias conservadoras. España por estos años se identificaba con la ideología de Alejandro Pidal y Mon, líder de los moderados narvaístas, y con la Bravo Murillo, líder de los moderados autoritarios. Pero las contradicciones del Partido Moderado eran muy evidentes y su inmovilismo le impedía ocuparse de temas sociales y económicos absolutamente imprescindibles para la nueva sociedad burguesa. La aparición de Unión Liberal fue saludada por los burgueses con entusiasmo.

La alta burguesía se había integrado en 1845 en el Partido Moderado porque necesitaba un mercado amplio, y ese mercado tenía que ser el nacional español. Era preciso hacer rentables los negocios y el Partido Moderado garantizaba el orden necesario para que los trabajadores rindiesen y las obras públicas para que las comunicaciones llegasen a todas partes. Pero el Partido Moderado no se puso al servicio de la burguesía, sino que tenía sus propios principios políticos. Además, unos burgueses pedían proteccionismo para salvar sus productos de la competencia textil, y otros pedían liberalismo para vender mejor el vino y el mineral de hierro. Por ello, los burgueses perdieron confianza en el Partido Moderado.

En 1856, la burguesía española creía que Unión Liberal haría las reformas que ellos necesitaban.

Los burgueses de Unión Liberal pasaron a exigir reformas al tiempo que orden social. La obsesión por el orden social había hecho que la burguesía española se hiciera conservadora en 1844, para así tener control sobre los obreros y sobre los precios e importaciones. Pronto vieron que se habían equivocado y que el inmovilismo les perjudicaba, así que apoyaron el movimiento anticonservador de 1854, e inmediatamente a Unión Liberal en 1856. Entre los burgueses que apoyaban a Unión Liberal estaban José Manuel Collado (banquero), López Roberts (Mauricio el propietario o Dionisio el periodista), Evaristo Arnús Ferrer, Jorge Enrique Loring Oyarzabal marqués de Casa Loring (banquero), Joan Güell Ferrer, Juan Mata Sevillano Fraile, Juan Faustino Bruil Olliarburu, Juan Manuel de Manzanedo.

Hacia 1862, los burgueses quedaron decepcionados porque los cambios que esperaban de Unión Liberal no llegaban. El Gobierno se mostró incompetente en la crisis del algodón de 1862 y en la depresión subsiguiente, y apoyarán más tarde la revolución de 1868.

La industrialización española del siglo XIX había empezado hacia 1827 y ya estaba madura para iniciar nuevas fases, aunque había sectores iniciando el proceso industrializador que requerían proteccionismo. Los burgueses querían Gobiernos más democráticos y una economía más liberal. La crisis algodonera de 1862, debida a la guerra civil estadounidense, mostró que el Gobierno español no tenía capacidad de respuesta a los problemas internacionales ni tampoco iniciativas para solucionar el abastecimiento de algodón como lo estaban haciendo Gran Bretaña y Francia. Y la depresión arruinó a Cataluña. Se culpabilizó al Gobierno de no haber hecho las políticas adecuadas en los últimos veinte años, a los moderados y a los unionistas. Fue Juan Prim el que denunció la inoperancia de los Gobiernos españoles, y se convirtió en el nuevo mito popular catalán.

Otro componente social de los unionistas eran los militares, los que estaban cansados de tanta represión de Narváez como Francisco Serrano Domínguez, Juan Prim y Prats, Manuel de la Concha, Juan Bautista Topete, Domingo Dulce, Antonio Ros de Olano, Rafael Echagüe Bermingham, José María Marchesi Oleaga, Facundo Infante Chaves, Isidoro de Hoyos Rubín de Celis, Evaristo Fernández San Miguel. Las reformas de 1857 de Francisco Lersundi Hormaechea, renovando el Cuerpo de Artillería y emprendiendo un programa de construcción naval de barcos de hélice, pusieron nerviosos a los militares, que no veían que el programa fuera suficiente. Quedaron satisfechos de la estabilidad de 1858-1863, pero no de la nueva inestabilidad a partir de 1862. Creyeron que las intervenciones en el exterior, las construcciones de barcos y la reparación de cuarteles eran señales de un nuevo talante de Gobierno. Así que, el Gobierno de O`Donnell de 1858-1863 tuvo estabilidad. Pero se estaban equivocando. Estaban confundiendo sus conveniencias particulares como militares, con los intereses de la nación. Enseguida el país percibió que el Gobierno se estaba “militarizando” en el sentido de que protegía mucho a los militares, de que muchos generales participaban en el Gobierno, mientras no se solucionaban los problemas económicos y sociales graves que existían. Al final, los propios militares se dieron cuenta de su error, y abandonaron a O`Donnell, en el mismo momento en que éste moría. No sabemos cómo hubiera evolucionado esta relación de un general dando caprichos a los suyos para tenerles satisfechos, pero dejando los problemas graves del país sin resolver. Los militares se equivocaron sobre todo, porque se obsesionaron con contener a la izquierda revolucionaria, progresista y demócrata, que practicaba el desorden público como medio de hacer política. Creían que los progresistas destruirían muchos logros económicos y sociales de España. En 1866, cambiaron de opinión muchos de ellos.

Un tercer grupo de unionistas eran los abogados, funcionarios y profesionales universitarios que habían sido moderados con Narváez y fueron los primeros en decepcionarse de su autoritarismo y se pasaron a la oposición en 1852 tales como Antonio de los Ríos Rosas, Manuel Alonso Martínez (abandonó Unión Liberal en 1862), José Posada Herrera, Diego Coello Quesada (periodista), Nicomedes Pastor Díaz (abandonó Unión Liberal en 1862), Claudio Antón de Luzuriaga, Manuel Cantero de San Vicente. Querían otro partido menos inmovilista y menos autoritario. Apoyaron a Unión Liberal. Su idea era que los profesionales y funcionarios no debían servir al Gobierno de turno sino al Estado. Por eso mismo, también se decepcionaron de Unión Liberal hacia 1864, algunos incluso antes.

Por último, estaban en el unionismo unos pocos nobles como Antonio Aguilar Correa marqués de Vega Armijo, Manuel Fernández Durán y Pando marqués de Perales, Nicolás Osorio y Zayas VIII duque de Sesto, Juan Antonio de Padua Florán Pastoris marqués de Tabuérniga, Pascual Frígola y Ahís Barón de Cortes de Payás, José María Diego de León Juez-Sarmiento y Navarrete II conde de Belascoaín, José Antonio Herrera Loaysa marqués de Santa Marta.

El grupo de partida, Centro Parlamentario, era un grupo de parlamentarios muy pequeño, pero tras acceder al poder en 1856, el partido de Unión Liberal necesitaba militantes y organizadores, y la gente siempre está dispuesta a apuntarse al grupo en el Gobierno. José Posada Herrera fue el gran difusor del partido abriendo centros políticos unionistas por todas partes de España. Posada Herrera utilizaba dinero público para atraer a unos, ofrecía puestos para atraer a los funcionarios, otorgaba pensiones. Dijo a los Gobernadores que no le importaba el pasado de los que venían a afiliarse a Unión Liberal sino que le bastaba con que el candidato aceptase la Corona y la Constitución vigentes y que estuviera dispuesto a colaborar. Tras esta política, las sugerencias de Posada Herrera fueron cumplidas como órdenes, como es lógico. A Posada Herrera le interesaban sobre todo los jóvenes sin experiencia política, que podían ser amoldados mejor a las necesidades del partido.

Como es natural en estos casos, se incorporaron a Unión Liberal todo tipo de arribistas, dispuestos a hacer carrera a cualquier precio, sin convicciones morales. Cuajó el clientelismo, pues el partido repartía prebendas. Los militantes quedaban adscritos a la suerte de su padrino o jefe de filas, pues no tenían otro mérito para disfrutar de sus beneficios políticos. Este fue el camino del éxito y del fracaso de Unión Liberal.

Alcalá Galiano denominaba a Unión Liberal “la familia feliz”. La expresión hacía alusión a un número de circo presentado en ese tiempo, una jaula en la que aparecía una oveja con un lobo, un perro con un gato, una gallina con una zorra, y en la que un domador ponía paz mediante el látigo. El domador, según Alcalá Galiano, era O`Donnell.

La Unión Liberal era más bien un clan, un compincheo. Pero resultó ser algo más, pues sus dirigentes tenían en la cabeza la idea de acabar con los continuos ataques al Gobierno desde los periódicos y desde la calle, y construir muchas obras públicas.

Lo normal hubiera sido que un “partido” así no durara mucho, pero la oposición, moderados y progresistas, estaba todavía mucho más desorganizada en facciones internas. Hizo crisis en 1864 y aguantó hasta 1868.

 

 

Los antecedentes de Unión Liberal.

 

Los primeros antecedentes podemos buscarlos en 1852, cuando hubo una reacción política contra el autoritarismo de Bravo Murillo en la que participaron no sólo los progresistas sino también muchos moderados. El Partido Moderado se rompía. La ruptura fue a más porque los Gobiernos autoritarios de 1853 y 1854 hacían desconfiar a muchos moderados respecto a estos Gobiernos de Moderados de derecha. Cuando el Gobierno Sartorius fue tildado de corrupción, la ruptura de muchos moderados con su propio partido fue definitiva. La rebelión contra el Gobierno fracasó en febrero de 1854, en junio de 1854, pero triunfó en julio de 1854. Pero la rebelión preparada por los moderados, cayó en manos de los progresistas y se colocó en la Presidencia a Espartero.

El 17 de septiembre de 1854, se pensó en una unión de los liberales de diverso signo con vistas a las elecciones de octubre siguiente. Este movimiento lo protagonizaban Luis González Bravo y Fermín Gonzalo Morón por los moderados, Manuel de la Concha y Antonio Ríos Rosas por los puritanos, Evaristo Fernández San Miguel y Salustiano Olózaga por los progresistas, Antonio Ros de Olano Perpiñá y Francisco Serrano Domínguez por el ejército, y Juan Mata Sevillano Fraile duque de Sevillano y marqués de Fuentes de Duero, y Juan Manuel de Manzanedo y González de la Teja, por la banca. Constataron que necesitaban unos principios políticos básicos para poner en común. Los progresistas abandonaron el proyecto.

Un año después, el 30 de septiembre de 1855, los progresistas y los demócratas se unieron para intentar eliminar a O`Donnell del Gobierno y lograr así un equipo monocolor progresista. Los moderados tomaron nota de que podían ser apartados de los Ministerios.

A principios de 1856, cuajó entre los parlamentarios moderados la idea de unirse en un “Centro Parlamentario” como grupo en las Cortes. Cánovas del Castillo estaba trabajando en esta línea.

Efectivamente, en febrero de 1856 se decidió la formación de Centro Parlamentario, y en marzo se celebraron varias reuniones de puritanos (izquierda de los moderados), progresistas templados (derecha de los progresistas), generales y títulos nobiliarios. Una vez alcanzados los primeros acuerdos, fueron a ver a Espartero a exponerle una línea de actuación nueva, y los progresistas reaccionaron organizando entre ellos “Círculo Progresista”.

Los puritanos eran moderados abiertos a la colaboración con otros liberales siempre que se cumplieran unas normas mínimas. Los puritanos exigían el respeto a la Constitución y a la Ley, que a menudo los moderados narvaístas, llamados también monistas por Alejandro Mon, incumplían haciendo la vista gorda en virtud de determinadas conveniencias de la Corona o del Estado. También la incumplían los progresistas cerrados y los demócratas, que sacaban la gente a la calle y recurrían a la violencia porque no tenían apenas militantes ni votos. Por esa exigencia de cumplir con las leyes que el Parlamento aprobaba, fueron denominados puritanos por Narvaéz, y el calificativo tuvo éxito.

Los progresistas resellados eran progresistas que entendían que la acción en la calle no era un método democrático de actuación, por muy popular y populista que les pareciera a determinados líderes. Estaban dispuestos a colaborar con los moderados que respetasen la constitución y los derechos contenidos en ella y en las leyes. Por ello, sus compañeros progresistas “puros” les denominaron “resellados”, para indicar que habían estado con los progresistas pero se habían pasado a colaborar con los que poseían el Gobierno.

Entre los militares, destacaba Juan Prim. Luego se adhirieron Francisco Serrano Domínguez, Ros de Olano y Manuel de la Concha.

Como el verano de 1856 fue malo para el Gobierno, pues la carestía de los alimentos provocaba muchas sublevaciones populares, los unionistas fueron ganando clientela política.

El 18 de mayo de 1857, los implicados en la nueva idea se reunieron en el Palacio de Doña María de Aragón y pusieron en marcha la empresa política.

La idea general de los unionistas era transformar el Estado en un instrumento de modernización del país y establecer un clima de concordia entre los principales partidos de modo que se garantizara la estabilidad política.

 

 

La actuación de Unión Liberal.

 

En junio de 1858, cuando O`Donnell fue llamado a formar Gobierno, hizo un llamamiento a todos los que estuvieran dispuestos a colaborar en el Gobierno, sin importar cuál hubiese sido su pasado político.

Definitivamente, en noviembre de 1858 inició su andadura Unión Liberal.

El hombre fuerte durante los cinco años siguientes, 1858-1863, fue Leopoldo O’Donnell Jorís. Su idea inicial era una reforma constitucional un poco más liberal que el sistema vigente y una ampliación del voto a fin de eliminar tensiones políticas. La realidad política de O`Donnell incluyó una grandiosidad personal y de España, no acordes con las posibilidades reales del momento. De tal manera se identificó la idea de Unión Liberal con la persona de O`Donnell, que aún hoy muchos historiadores confunden ambos términos, no siempre identificables.

El proyecto de la Unión Liberal se quemó en una serie de fracasos en Marruecos, Cochinchina, Sudamérica y Méjico, que sólo se explican por la ideología de O`Donnell de alcanzar la gloria militar, y en la política personalista que O`Donnell practicó. Tras estos fracasos y a partir de 1863, la participación del moderado Narváez fue cada vez mayor y la Unión Liberal fue retirada poco a poco del Gobierno.

 

El periodo 1858-1863, el propiamente unionista, fue un periodo de gran tranquilidad política en la calle hasta el punto de que Fernández de Córdoba se preguntaba si los españoles se habían hecho indiferentes a todo, o se habían cansado de revoluciones. También hay que tener en cuenta para explicar esta paz, que los que incitaban al pueblo a los motines, los ricos inversionistas descontentos con el Gobierno, estaban casi todos en Unión Liberal y en esta época gozaban de las ventajas del poder, y que los periodistas exaltadores de los ánimos estaban entretenidos con las guerras exteriores y se preocupaban menos de organizar discordias internas. Todo ello en un ambiente de prosperidad económica, pues regresó la inversión extranjera y nacional fundando bancos, construyendo vías férreas, barcos de vapor (los barcos hasta 1865 eran de ruedas y después de hélice). Salamanca proyectó la urbanización de Madrid al norte de Puerta de Alcalá y Fuente Castellana, Barcelona rompió sus murallas, se iluminaban calles, se tendía líneas telegráficas, aparecía la fotografía y se abrían terrazas en Madrid para poder tomar café en la calle, lo cual daba trabajo a muchos obreros.

Los intentos de rebelión social fueron casi intrascendentes y destaca el de Sixto Cámara, republicano, socialista utópico de Fourier, que intentó en 1859 formar una “Legión Ibérica” que habría de sublevar a España y Portugal. En sus intentos por difundir el socialismo fourierista, había escrito La Cuestión Social refutando las ideas de Thiers, pero murió en ese mismo año de 1859 sin lograr nada. Sixto Sáenz de la Cámara, que era su nombre completo, vivió de 1825 a 1859.

Las inversiones extranjeras estaban llegando a España y sus campos de acción eran ferrocarriles, fondos de inversión y banca, junto a importaciones masivas de material ferroviario y máquinas. Estas inversiones indican que la crisis europea no fue tan mal para España, sino que desvió capitales hacia mercados secundarios como el español, como refugio temporal que permitía imponer condiciones leoninas del grande sobre el necesitado, y dar seguridad al dinero y a los negocios extranjeros en España.

 

O`Donnell se mostraba como un claro centralista, muy de acuerdo con las ideas de Narváez. En 1858 retomó la institución del Consejo Real, hecha por Narváez en julio 1845 (creada por Martínez de la Rosa en 1834) y le cambió de nombre llamándole Consejo de Estado. Este Consejo de Estado servía para que todos los organismos de gobierno consultasen sus decisiones a este supremo organismo y como tribunal de conflictos entre la Administración y la justicia. Lo retomará en su día la Restauración el 13 de septiembre de 1888.

Pronto se demostraría una carencia grave del sistema político, la falta de una alternativa de Gobierno, la falta de un partido progresista dispuesto a colaborar, la falta de un líder fuerte en la oposición. Esto condujo a que, una vez desgastado el equipo de gobernantes, la política se plantease como revolución, como derribo de la monarquía, en vez de una simple sustitución de equipos de Gobierno. Ese será el drama y esas las tensiones que se sufrieron hasta 1868.

 

 

El programa político de Unión Liberal

 

El programa político de Unión Liberal tenía como principales finalidades políticas:

Asegurar el régimen representativo; el unionismo admitía el tripartidismo o existencia de moderados y progresistas además de los unionistas, pero recomendaba un gran partido de centro, Unión Liberal, encargado de sostener el Gobierno a fin de que fuera posible el progreso.

Acabar con las posibilidades de reacción moderada autoritaria;

No ahondar en antiguas divisiones entre liberales.

El último punto fue corroborado personalmente por O`Donnell que ordenó que no hubiese disputas internas. De todos modos, dentro del partido de Unión Liberal había una tendencia moderada y una progresista.

 

Los principios políticos básicos de Unión Liberal eran:

Mejorar lo presente sin destruirlo, es decir sin revoluciones pero sin inmovilismo.

Fomento de los intereses materiales como ferrocarriles, carreteras y caminos, desarrollo de la agricultura regulando las importaciones y aprovechando las aguas.

Continuación de la desamortización para sacar a los pobres de la miseria (lo cual contrastaba con la decisión de 1856 de retirar del proceso desamortizador los bienes de la Iglesia, justificándose en problemas de conciencia).

Libertad de expresión rechazando los decretos de Narváez y Nocedal de 2 de noviembre de 1856 y 13 de julio de 1857 por excesivamente restrictivos, e imponiendo como únicas restricciones a la libertad de expresión los grandes intereses sociales, las facultades de las Cortes, y el honor personal de los ciudadanos.

El rechazo del centralismo administrativo de Madrid creado por Pidal por el que las autoridades centrales habían absorbido las competencias de las Diputaciones y los Ayuntamientos. En el nuevo modelo, estas entidades debían tener competencias propias e iniciativas que les permitieran participar en la administración, aunque estuvieran tuteladas por el Estado.

 

 

Valoración de la Unión Liberal.

 

La Unión Liberal no era sólo una solución oportunista para evitar el desgaste de los moderados y salvar a la Corona. Tampoco era un partido originado en la Corte de Isabel II. Era un proyecto político de modernizar la vida política española, de solucionar el problema constitucional y de ampliar las bases sociales del sistema.

Pero el proyecto de Unión Liberal era demasiado ambicioso y requería más inteligencia que la que poseía O`Donnell. Las carencias de este líder, las debía suplir el equipo de Gobierno. Se necesitaba un nuevo líder, una inteligencia singular, y no la hubo.

La Unión Liberal era ecléctica en cuanto a ideas, no tenía criterios inmutables, no tenía una política prefijada, y esa era su mayor fuerza. No se preocupaba de las pugnas entre la Corona y las Cortes, ni del problema de la representación justa de todas las partes y todos los intereses en el Parlamento, ni de la polémica entre centralismo y autonomía municipal, sino que, precisamente, el olvido de todos estos temas polémicos significaba la tranquilidad política y el éxito de Unión Liberal.

El partido se concebía como una necesidad histórica debida a la aparición de los demócratas por la izquierda y los absolutistas por la derecha, lo que hacía necesario el acercamiento de los moderados y progresistas para evitar extremismos, en el sentido de que cada partido debía evitar la aparición de tendencias próximas a esos extremos. Esta concepción le producía muchos simpatizantes cada año.

 

 

La oposición a Unión Liberal.

 

Dentro del grupo moderado de oposición por la derecha, es importante constatar la presencia de Cándido Nocedal y el marqués de Pidal, que eran los representantes del integrismo católico, o neocatólicos según otra denominación de la época, que colaboraban y sustentaban este Gobierno de Unión Liberal y que tuvieron algunos ministerios, explicando también desde este punto de vista, con esta base católica, la estabilidad de la época unionista. En 1858-68 hubo un fuerte movimiento llamado neocatólico, o integrista católico, monárquico y fuerista, simpatizante de los carlistas y estaba liderado por Aparisi Guijarro[2].

Por la izquierda, la oposición la formaban los progresistas “puros”, y los demócratas.

Los partidos moderado y progresista, se mantuvieron a pesar de las campañas de Unión Liberal. Eran fuertes por su ideología (aceptemos la frase con reservas), porque tenían unas creencias básicas claras, al menos más definidas que Unión Liberal.

Por todo ello, la Unión Liberal durará lo que dure O`Donnell, hasta su muerte en 1868, y luego, desaparecerá sin dejar el menor rastro.

 

 

Composición político-social de Unión Liberal:

 

Unión Liberal era un partido de “notables” de personalidad brillante.

La tendencia conservadora de Unión Liberal provenía de los puritanos del Partido Moderado y, capitaneados por Joaquín Pacheco, incluía a Nicomedes Pastor Díaz, Antonio Aguilar Correa marqués de Vega Armijo, Francisco Serrano Domínguez, Manuel de la Concha, Antonio Ros de Olano Perpiñá, Gabriel García Tassara, Manuel Bermúdez de Castro Díez, Felipe Sierra Pambley. Sus ideas eran: rigurosa aplicación de las leyes; elecciones libres; parlamentarismo; descentralización municipal y provincial; alternancia de moderados y progresistas en el poder; un partido “civil” alejado de la influencia de la camarilla de la reina y de la tutoría de los militares. Cuando estaban en el Partido Moderado, antes de 1854, defendían que el Partido Moderado debía revisar su organización interna, su programa, abandonar a las Camarillas de Palacio, rechazar que los militares se impusieran en el partido. El objetivo era crear un partido moderno, al servicio de las clases medias. La tendencia conservadora de Unión Liberal, se escoró progresivamente hacia la derecha en 1856-1868 y se adueñó del partido, haciendo que la tendencia progresista estuviera incómoda en la segunda parte del periodo citado.

La tendencia progresista de Unión Liberal provenía del ala derecha de los progresistas, los legales, y estaba integrada por Evaristo San Miguel, Nicolás María Rivero, José de Moreno Nieto, Domingo Velo López, Manuel Fernández-Durán y Pando marqués de Perales, los cuales, en 1 de octubre de 1858, como Junta General de Elecciones del Partido Progresista habían hecho un manifiesto de “apoyo” a O`Donnell y de discrepancia respecto al Partido Progresista acusándoles de hacer una política de disconformidad a todo trance con todo lo moderado y de acudir a las masas y organizar desórdenes en la calle, no siempre justificados. Discrepaban de la política general del Partido Progresista de colocarse sistemáticamente en la oposición. Argumentaban que esta táctica conducía a forzar a O`Donnell a ir al moderantismo, y a forzar al Partido Progresista a no tener otra salida que los desórdenes callejeros. Preveían que, por ese camino, el Partido Progresista caería en manos de los demócratas y daría cancha a los socialistas que estaban empezando. Argumentaban que lo conveniente para el liberalismo era que O`Donnell transformase las condiciones políticas, y que fuera posible una continuación de la política de O`Donnell en manos de algún progresista, y no en manos de moderados, que incluso podían ser de la derecha moderada.

Y a ellos se sumaron Cantero, Santa Cruz, Prim, De la Serna, Infante, Sánchez Silva, Luján, Hoyos, Sancho, Moreno López. Queda la duda de si los de Unión Liberal habían atraído a algunos hombres del Partido Progresista, o los hombres de la tendencia “legal” del Partido Progresista habían hecho política de acercamiento a los liberales moderados.

Las ideas de los progresistas de Unión Liberal, que debían obtener de O`Donnell como promesas, eran: rectificación de las listas electorales de forma más acorde con la realidad; disolución del Congreso de 1854; entrada en el Senado de los progresistas; continuación de la desamortización; descentralización municipal y provincial; ley de imprenta con jurado para delitos de imprenta; Gobiernos tolerantes, legales y de progreso.

La posición política de los “resellados” no fue nada cómoda, pues los moderados de Unión Liberal les miraban con recelo, y los progresistas puros les insultaban.

Los progresistas que quedaron en el Partido Progresista se llamaron a sí mismos “puros” y llamaron a los pasados a Unión Liberal “resellados”. Los “puros” consideraron que lo fundamental era la unidad del Partido Progresista, y calificaron a los “resellados” de “traidores”, “infieles” y “corrompidos”.

El Partido Progresista quedó muy dañado y estuvo a punto de desaparecer. No fue así, porque los progresistas se decepcionaron pronto de O`Donnell y, a partir de 1861 comenzaron a regresar al Partido Progresista.

 

El conglomerado Unión Liberal era demasiado heterogéneo. El nuevo partido era una coalición de intereses para gobernar los ayuntamientos y las provincias y resultaba tan fuerte como fuera capaz de conciliar intereses de las distintas familias dominantes en cada ciudad y provincia. El equipo de Unión Liberal necesitaba el poder para mantenerse cohesionado. Por eso mismo, necesitaba ser transigente y no dogmático como lo habían sido los Gobiernos anteriores. Pero fue tachado de oportunista, de que se preocupaba de algunos intereses materiales y del mantenimiento del orden público, pero de que carecía de ideas. Ante esta continua campaña en contra, O`Donnell se mostró astuto y seductor, de modo que proponía continuamente nuevas medidas reformadoras, siempre sin descanso aunque algunas nunca se llegaran a realizar ni a proponer en serio, pero demostraban que era necesaria la continuidad de Unión Liberal en el poder para poder realizarlas.

Las disidencias fueron muchas por debilidad del aparato organizativo del partido, por ausencia de debate interno sobre las grandes cuestiones de la política y la economía, que ni O`Donnell ni los “notables” del Partido quisieron debatir nunca. El Partido de Unión Liberal pecó de excesivo personalismo del “Círculo de Dirigentes”, más preocupados siempre por las elecciones que por configurar un buen programa político que incluyera cuestiones sociales y económicas. A O`Donnell personalmente, le interesaba más tener muchas personas afiliadas que tener muchas ideas y soluciones aportadas por muchos. Creía que las ideas las aportaba él. La falta de atención a las nuevas ideas, la falta de planteamientos sociales, condujo a un enfrentamiento interno en 1861 entre Ríos Rosas y O`Donnell. La disputa terminó con buena parte de la tendencia conservadora fuera de Unión Liberal.

La discrepancia de Antonio de los Ríos Rosas en 1861 es interesante: Ríos Rosas regresaba de Roma en 1861 y se entrevistó con O`Donnell para expresarle sus discrepancias con la política seguida en los últimos tiempos. O`Donnell no le hizo caso. Ríos Rosas no se quedó parado, sino que el 11 de abril de 1861 presentó en el Congreso una interpelación al Gobierno, que era lo mismo que ponerse en la oposición. Acusaba a O`Donnell y a Posada Herrera de incumplir el programa del partido, de cometer errores graves y de decepcionar a los militantes de Unión Liberal. Estos errores eran: decretar estado de sitio en situaciones de paz; no haber cumplido la promesa de 1858 de hacer una reforma constitucional; hacer una Ley de Ayuntamientos y Diputaciones que aparentemente  era progresista, pero que en la práctica, sólo era una apariencia, pues el Gobiernos seguía nombrando y destituyendo alcaldes, concejales y diputados; no haber hecho la reforma electoral que necesitaba España, sino un apaño a la medida de O`Donnell para perpetuarse en el poder; haber hecho una Ley de Imprenta restrictiva, que en teoría ponía jurados para resolver sobre los delitos, pero en la práctica permitía que estos jurados abdicaran sus funciones en los jueces ordinarios, y no funcionase casi nunca el jurado; hacer leyes más centralizadoras que nunca bajo la tapadera de un falso discurso de apertura política, liberalismo y descentralización, que se quedaba siempre en palabras; no procurar la reforma de Hacienda, pues de hecho, Salavarría, en tres años, no había hecho progresar la desamortización ni las leyes de banca, y sólo había presentado una ley de poca importancia sobre los impuestos a los consumos. Por todo ello, consideraba la política de O`Donnell en 1858-1861, como claramente insuficiente, no acorde a los acuerdos de moderados y progresistas para conformar Unión Liberal, y en general de corte moderado, como los Gobiernos anteriores a él.

Se levantó Méndez Vigo, un odonellista cerrado, y pidió que los diputados hicieran una demostración de apoyo a O`Donnell. Reaccionó al momento Alonso Martínez, pues si se votaba, la minoría de Ríos Rosas quedaría automáticamente fuera de Unión Liberal.

Se procedió a la votación. Ganó O`Donnell por 189 a 68 votos. Fue una triste victoria por la que O`Donnell perdió docenas de diputados. Y no quedó la cosa ahí, sino que los unionistas se cerraron a la discusión y a la renovación y todo lo consideraron en adelante un ataque a Unión Liberal. Se acabó la capacidad de pensar en el Partido de Unión Liberal. Se decidió que lo único importante era la unidad del partido y aceptaron no evolucionar en sentido progresista, como habían prometido hacer en 1858. Unión Liberal se transformaba en un nuevo “Partido Moderado”. De todos modos, los unionistas, aun siendo conscientes de que no se estaban realizando los cambios prometidos, insistieron en mantener a O`Donnell hasta el final. Los dirigentes y la mayoría de los diputados, se equivocaron rotundamente y de modo trascendental, creyeron que la unidad en torno al líder salvaría el Trono y la civilización española, y no analizaron que persistir en el error condenaba a España a la revolución que acabaría con el Trono.

En 1862, la sangría de personajes que salían del partido de Unión Liberal se amplió con Alonso Martínez, Cánovas del Castillo, Pastor Díaz, Manuel Gutiérrez de la Concha y otros. Ríos Rosas fue ganando adeptos.

En 1863, O`Donnell insistía en el error y creía que todo se solucionaba con reajustes ministeriales y la promesa tantas veces repetida y nunca cumplida de algunas reformas progresistas. En marzo de 1863, el Gobierno cayó y la aventura de Unión Liberal se podía dar por concluida, aunque formalmente el partido perduraba.

 

 

Organización interna de Unión Liberal.

 

La Unión Liberal era un partido de notables, dirigido por un círculo de burgueses de Madrid, los hombres de confianza de O`Donnell y jefes de los distintos grupos dentro del partido. Estos notables se repartían los ministerios y altos cargos políticos. Los dirigentes máximos del partido eran Leopoldo O`Donnell Jorís, Antonio de los Ríos Rosas y José Posada Herrera.

El partido era dirigido por el Círculo de Dirigentes. Casi todos ellos eran originarios de Castilla y Andalucía y residían en Madrid. Eran O`Donnell y sus hombres de confianza, los jefes de las dos tendencias del partido citados más arriba, un grupo de ministrables en ejercicio o en disposición de ser nombrados, y los altos cargos políticos y administrativos en ejercicio. El Círculo de Dirigentes adoptaba las decisiones importantes y trataba de llevarlas a la práctica.

La Unión Liberal decía buscar hombres honrados de todos los partidos. Su mayor problema era la falta de cuadros, y Posada Herrera se puso a buscar esos cuadros dirigentes con ahínco. Acogían a cualquiera que aceptase la dinastía y la constitución y no estuviese en contra del partido, sin importar que fuera moderado o progresista. Buscaba sobre todo jóvenes. Llegaron al partido muchos arribistas y ello propició el clientelismo de los dirigentes de Unión Liberal.

Como provenían en su mayor parte del Partido Moderado, se organizaron como ese partido.

 

La organización electoral de Unión Liberal era aproximadamente así:

Antes de cada elección, se reunía el Comité de Dirigentes y hacía público un Manifiesto adhiriéndose a O`Donnell, el líder, y convocando al electorado de barrio a elaborar listas de candidatos. Solían repetir sistemáticamente los principios programáticos del partido y pasaban a la adulación a O`Donnell, y a la convocatoria al electorado de barrio a actos públicos o asambleas para confeccionar las listas electorales.

La Comisión Electoral Central, que era el Comité de Dirigentes, pasaba instrucciones a las Comisiones de Distrito y éstos se las pasaban a las Comisiones de Barrio.  La Comisión Electoral Central era en la práctica el Ministerio de Gobernación, y daba unas directrices a las Comisiones de Distrito y a las Comisiones Locales para que estas confeccionasen las listas reuniéndose en liceos, teatros, salones… Las listas se presentaban a las asambleas electorales de base y se solían aprobar por unanimidad lo cual permitía varias corruptelas:

Incluir una mayoría de antiguos puritanos, tendencia moderada de Unión Liberal.

Meter muchos funcionarios, condicionados al partido por su trabajo.

Introducir muchos “cuneros” (cunero es un niño expósito que no tiene familia ni padre conocido, y así se llamó a los diputados foráneos impuestos a muchas Comisiones de Distrito).

Los electores de barrio se reunían en locales públicos como teatros, salas de juntas de comercio, el Liceo… Allí les eran presentadas las listas propuestas por el partido para su aprobación. En esas listas solían aparecer muchos moderados puritanos y muchos funcionarios y también candidatos “cuneros” (actualmente denominados “paracaidistas”, porque caen desde arriba). Se les conocía como “cuneros, porque los niños expósitos aparecían en la calle en una cuna, y nadie sabía quién era su padre ni su madre.

 

Otro tema era la confección de las listas electorales, o ciudadanos con derecho a voto. Las listas estaban mal hechas desde siempre, en parte debido a que era muy difícil controlar los datos del censo, cuando no había censos oficiales (el primer censo metódico es de 1857). Aprovechando las dificultades del censo, los Gobiernos, los Gobernadores provinciales y los grandes propietarios se permitían poner electores muertos, o no darles de baja cuando fallecían, y electores que aparecían en varios distritos a la vez. El tema provenía desde las primeras elecciones.

En época de la Unión Liberal, regía la Ley Electoral de 1846. Las listas electorales se confeccionaron en 1857 sobre la base del listado de 1854. Posada Herrera, en 6 de junio de 1858, emitió un Decreto corrigiendo las listas de 1857, porque, según él, no reflejaban correctamente el cuerpo electoral. Habían sido elaboradas desde 1854 por el Partido Moderado y contenían muchos electores falsos supuestamente favorables a los moderados, a la vez que habían eliminado a muchos electores de partidos distintos al moderado. Posada Herrera decía que la forma de actuar era un poco extraña, pero que el espíritu del Decreto Electoral de 1858 era moralmente correcto y adecuado a la ética. Naturalmente, a los moderados les pareció muy mal y dijeron que lo que estaba corrompido era el decreto de 1858, y llamaron a Posada Herrera “el gran elector”.

El Decreto Electoral de 1858 abrió una gran polémica en las Cortes. Los moderados se sentían insultados, puestos como corruptos, y dijeron que el Decreto era una inmoralidad hacha para complacer al Partido Progresista.

Posada Herrera se valió del telégrafo para dar instrucciones a las Comisiones de Distrito y a las Comisiones de Barrio. En ellas relataba cómo preparar las elecciones de forma que sólo se aceptara a gentes dispuestas a colaborar con el Gobierno, sin importar su pasado. De este modo, se obtenían Cortes a la medida deseada por el Gobierno. En esas instrucciones, Posada Herrera no incluía ni excluía candidatos ni electores, sino que impedía ejercer la violencia contra los electores y los candidatos, como solían hacer los grupos de izquierdas. Y para reforzar su posición gubernamental, Posada Herrera enviaba a los Ministros a los Distritos Electorales a hablar a los ciudadanos y decirles las preferencias del Gobierno y la conveniencia de estar todos juntos en la tarea de gobernar. Los ministros apoyaban sus intervenciones con augurios de lo mal que irían las cosas si gobernaban gentes no adecuadas, y las muchas realizaciones que haría el Gobierno si aceptaban a los candidatos propuestos por ellos.

La prensa se quejaba de que esta manera de actuar era poco democrática. Los progresistas decían que las elecciones eran un fraude.

Las Cortes y la Administración, integradas por unionistas, apoyaban estas prácticas de Posada Herrera.

La Ley Electoral de 18 de junio de 1865 quiso agradar a los progresistas y cambió las circunscripciones electorales eliminando los Distritos y cambiándolos por las provincias. También amplió el cuerpo electoral bajando la cantidad de impuestos necesarios a pagar por los electores. Pero los progresistas se quejaron que ello no cambiaba en nada el sistema establecido del “candidato recomendado por el Gobierno”. Los progresistas, en el Manifiesto de 20 de noviembre de 1865, se negaron a participar en las elecciones.

 

 

Ideología de Unión Liberal.

 

En cuanto a la ideología de Unión liberal, los enemigos políticos de su tiempo, principalmente los moderados, decían que los unionistas carecían de ideas políticas definidas y coherentes. El autor inicial de este dicho fue González Bravo, el cual dijo que Unión Liberal era un solo hombre y este hombre no tenía ninguna idea. También Bravo Murillo habló de la falta de ideas en Unión Liberal. Ello se debía a que las intervenciones de Unión Liberal consistían casi siempre en criticar duramente a los Gobiernos anteriores, y prácticamente nada más. Atacaban a los moderados y progresistas por igual y creían que eso les colocaba en una posición del justo medio, y que lo que estaban haciendo era rechazar lo negativo de etapas anteriores.

En positivo, la Unión Liberal era una mezcla de moderantismo y progresismo. Eran ideas moderadas el mantenimiento del orden público, preservación de la monarquía y permanencia de la constitución de 1845, si bien con retoques en cuanto a la función del poder real, las prerrogativas parlamentarias y las libertades de los ciudadanos, retoques que no llegaron a producirse causando la crisis interna del partido. Eran ideas progresistas la aceptación de los valores liberales como la constitución y el parlamentarismo y los derechos de los ciudadanos. Pero no quisieron aceptar la constitución de 1856 por rupturista, porque la idea era evolucionar sin rupturas.

La Unión Liberal era ecléctica en cuanto adoptaba una actitud crítica, pero tolerante, con todas las escuelas de pensamiento. Decían que se debía aprovechar lo mejor de cada una, pero sin pertenecer a ninguna de ellas, de forma que fuera más fácil rechazar lo absurdo de algunas de sus teorías. Admitían que era necesario el cambio y la evolución, pero un cambio bien meditado para no caer en la ineficacia que habían tenido los partidos moderado y progresista en 1833-1856. Eran conscientes del vacío cultural español y de la necesidad de cubrirlo. Pero había que estar alerta contra los grupos carlistas y demócratas-socialistas, y no dejarse llevar por cualquier iniciativa de cambio que sólo condujese al retroceso cultural.

La Unión Liberal era liberal conservadora. Hablaba de tener en cuenta los avances de la revolución burguesa, industrial, bancaria y de servicios. En este campo, decían que había que ser conservadores en cuanto a ser gente de orden, pero que querían las reformas y cambios propios de la Revolución Industrial. El pasado no era interpretado como un paraíso, y afirmaban que el paraíso no se podía tampoco construir con recetas mágicas “democráticas” y “socialistas” que siempre eran radicales, utópicas y exageradas. Unión Liberal debía constituirse como un partido práctico, que asumiese lo conveniente y lo útil, que armonizara los poderes sociales, las opiniones políticas, y garantizase la paz.

La Unión Liberal era reformista. Por reformismo se entendía mejorar lo presente pero sin destruirlo. No se aceptaba el principio conservador de que “todo lo pasado fue mejor”, ni tampoco el principio revolucionario de “abajo lo existente”. Había que respetar la legalidad y cambiar la realidad desde la legalidad y en sentido liberal, consiguiendo más libertades y más respeto a los derechos políticos. Por eso, no aceptaban la Constitución de 1856, porque les parecía rupturista. En esto falsearon la historia, pues la Constitución de 1856 enlazaba con la de 1812 y la de 1837. También argumentaban, y en esto sí expresaban su auténtico pensamiento, que la Constitución de 1856 generaba intranquilidad social en lo religioso. Los unionista prometieron hacer una Constitución adecuada a las necesidades del país y a las del orden público. Nunca lo cumplieron. Acabaron hablando de que la mejor Constitución que se había hecho en España era la de 1845, la conservadora. Entonces, cabe preguntarse para qué diablos habían hecho el golpe contra el Partido Moderado. Caían en la contradicción de intentar progresar yendo hacia atrás, hacia el conservadurismo de 1845. También era otra contradicción el que hablasen de situarse a medio camino entre moderantismo y progresismo y adoptaran los principios del moderantismo. En tanto llegaba la Constitución ideal, propusieron el Acta Adicional que debía corregir los defectos de la Constitución de 1845.

La Unión Liberal creía en la necesidad de fomentar la economía. Fue la idea más repetida y utilizada por la retórica parlamentaria. Los años de Unión Liberal eran de expansión económica, con boom de ferrocarriles, industrialización textil de Cataluña, entrada de capitales extranjeros en la banca, comercio y minas, realización de obras públicas. El progreso económico parecía darles la razón a los unionistas en todo. Los unionistas prepararon “planes de fomento” para la agricultura, las importaciones agrarias, el aprovechamiento de las aguas, la potenciación de los ferrocarriles, carreteras y caminos, la difusión de las ciencias económicas. Pero sin desarrollo social, los avances no eran estables, sostenibles a largo plazo, y decayeron con el cambio de ciclo.

La Unión Liberal era partidaria de terminar la desamortización. La operación había sido empezada en 1792, continuada en 1808, impulsada en 1836 y planteada definitivamente en 1855. Decían que la desamortización repartía beneficios económicos, acababa con el Antiguo Régimen, y paliaba el mal de la pobreza. Pero los unionistas no querían la desamortización eclesiástica y de hecho la cortaron en 1856. Estaban a favor de la desamortización eclesiástica, pero no la realizaron porque ello molestaba a la Reina y a la Iglesia Católica. En este campo entraron en una nueva contradicción.

La Unión Liberal creía en la libertad de expresión que los moderados pretendían controlar. Los unionistas rechazaron los Decretos de Nocedal-Narváez de 2 de noviembre de 1856 y 13 de julio de 1857 que restringían la libertad de expresión, y quisieron dar normas de mayor libertad, pero siempre con temas tabú, como no poder criticar a las Cortes ni poder atacar el honor personal de los ciudadanos.

La Unión Liberal defendía el centralismo. Pero no el centralismo de Pidal que intentaba nombrar desde el Gobierno a los Alcaldes y Gobernadores de España. la concepción unionista era que el Estado debía tutelar a los municipios, pero los ciudadanos debían participar en la administración de sus propios municipios y resolver sus propios problemas. Querían descentralización pero guardando el espíritu conservador de la Europa de aquel tiempo, como estaba haciendo Napoleón III. Una descentralización que pusiera límites a la acción popular cuando esta era destructiva, una descentralización limitada en la Constitución y las Leyes.

 

 

Las disidencias dentro de Unión Liberal

 

Las disidencias se produjeron por falta de debate interno, debido a la orden de no discutir entre ellos, y por excesivos personalismos que estaban por encima de programas políticos dado que O`Donnell creía sólo en las personas y no en las ideas. La principal disidencia fue la de Ríos Rosas en abril de 1861 respecto a O`Donnell, que ya hemos relatado más arriba, y a ella se sumaron muchos unionistas en 1862, forzaron el reajuste ministerial de 19 enero 1863, en el Gobierno O`Donnell, y cayeron todos en marzo de 1863 por desacuerdo de Isabel II con ellos.

La solución política propuesta por la Unión Liberal para España, al carecer de base popular y de ideas que la fundamentasen, excepto la de evitar el extremismo, pronto fue interpretada, y no sin razones, como otra intentona “polaca” (corrupción del Gobierno Sartorius), es decir, de gente que quería cargos para enriquecerse.

Desde este estado de opinión, casi todo lo que se hacía desde el Gobierno era mal interpretado. La ley de prensa (ley Nocedal), prohibiendo hablar mal del Gobierno en los periódicos, daba argumentos a la oposición para confirmar la tesis anteriormente expuesta.

El sistema político creado por Unión Liberal valía para reparar heridas del pasado, pero era insuficiente en cuanto a su capacidad de renovación de la vida política porque carecía de plan de futuro. Fue un éxito efímero. O`Donnell se limitó a hacer promesas a todos, a intentar acuerdos con todos, pero eso es un imposible en sí mismo por cuanto prometía cosas distintas y contradictorias. A largo plazo, no podía funcionar. Poco a poco, fueron surgiendo celos, rencillas, incumplimientos y disidencias, y en 1863, el sistema de Unión Liberal entró en crisis, tras siete años de promesas, y la política española se vio en los mismos problemas que al principio.

Un síntoma de lo que venimos diciendo es que Cánovas pidiera ideas y programa, y por ello se le considerara un disidente.

 

 

La prensa de Unión Liberal[3].

 

La política de tiempos de O`Donnell se hacía en la prensa, no en el Congreso de Diputados. La mayoría de los líderes se hacían a sí mismos escribiendo artículos de prensa, y luego discutían en más artículos de prensa. Así aparecieron Andrés Borrego, Joaquín Pacheco, González Bravo, Luis José Sartorius, Antonio Cánovas, Práxedes Mateo Sagasta, Emilio Castelar, Francisco Pi y Margall, políticos todos que se hicieron a sí mismos escribiendo en la prensa. Tal vez por ello la proliferación de periódicos era grande. Los periódicos servían de vínculo interno entre los miembros de un partido, como órganos de comunicación de los líderes para con sus militantes, como banderas de enganche de nuevos adeptos. Había periódicos esparteristas, narvaístas, polacos, canovistas y odonellistas.

 

Los periódicos de Unión Liberal eran:

  La Época, órgano de expresión de la cúpula del partido unionista, había sido fundado en 1848 siendo Diego Coello su propietario hasta 1866 y José Ignacio Escobar marqués de Valdeiglesias a partir de esa fecha. Era un diario vespertino. Diego Coello era una persona afín a Pidal y a Mon, del Partido Moderado sección narvaísta, y antes de dirigir La Época, ya había dirigido El Heraldo y el Faro. Pero su triunfo llegó dirigiendo La Época. Eran redactores Álvarez Bugallal, Pedro Antonio de Alarcón, Escobar, Navarro Rodrigo, Ramón de Navarrete, García de Quevedo, Fernández Manrique, y Junco. Pero lo principal de este periódico era que O`Donnell escribía en él y que el periódico escribía artículos que expresaban la visión de Unión Liberal sobre cada tema concreto. Luego, los principales artículos, el 70% del periódico, eran polémicas entre progresistas y moderados de Unión Liberal, flexibles en sus opiniones, dejando el resto del periódico para temas de información general y una crónica de sociedad que llevaba Ramón Navarrete. El periódico daba muy poca información de lo que hoy entendemos que deben ser las noticias, pero estaba concebido para ser leído durante mucho tiempo, a veces meses después de salir a la calle. En épocas posteriores gestionaron el periódico el duque de Sesto y Escobar, que se hicieron liberales conservadores en el Sexenio Democrático 1868-1874 y alfonsinos en época de la Restauración. La Época se vendía en toda España por suscripción. No se vendía en la calle. Costaba 12 reales, que era el jornal de dos días de un obrero. Los primeros años atacó a Bravo Murillo y a los últimos Gobierno moderados, y estos Gobiernos denunciaban al periódico y lograban recoger los números a la venta e incluso suspender el periódico. En 1854 se puso de parte de Unión Liberal, reconociéndolo públicamente.

  El Diario Español, había sido moderado narvaísta en el pasado y era calificado por el Diario de Barcelona como de frondosidad demasiado escabrosa. El Diario Español era propiedad de los hermanos López Roberts y estaba dirigido por Juan Álvarez Lorenzana, los cuales empezaron como moderados resellados, pero enseguida se convirtieron en odonnellistas. Era calificado de “escabroso de estilo” y de gran frondosidad.

Había periódicos directamente pagados por el Gobierno de Unión Liberal a través del Ministerio de Gobernación:

  El Reino, donde escribía Francisco Giner de los Ríos, el autor de la Institución Libre de Enseñanza, y Juan Pérez de Guzmán.

El Constitucional servía para que escribieran Gaspar Núñez de Arce y Juan Antonio Rascón.

La Correspondencia de España pertenecía a Ignacio José Escobar (futuro marqués de Valdeiglesias y futuro propietario de La Época) y era el órgano oficioso del Partido Unión Liberal porque escribían en él varios ministros. Apareció en 1859 en Madrid, creado por Manuel María de Santa Ana, e incorporaba la novedad de venderse por las tardes en la calle por vendedores callejeros. Tenía pretensiones apolíticas, pero ese mismo año daba su apoyo a Unión Liberal y en 1869 apoyó a Montpensier para el trono. Su pretensión de hacer noticias rápidas y amenas, sin mucha elaboración, crítica ni opinión, no dejó de ser un buen propósito general, pues hubo opiniones políticas. En 1909 se mostraría contrario a las huelgas socialistas. Así que era un periódico conservador. Constaba de cuatro páginas de gran formato, la 1ª de información extranjera, 2ª de información de Madrid, 3ª de información de provincias, y 4ª de anuncios y esquelas. En 1864 llegó a ser el periódico de más difusión de España y en 1870 tiraba más de 50.000 ejemplares diarios, de los que 20.000 eran vendidos cada tarde en las calles de Madrid. Hacia 1880, El Liberal y El Imparcial empezaron a hacerle competencia y quitarle clientes, pasando este periódico una crisis, de la que se recuperó a partir de 1906 aceptando opiniones y artículos de políticos importantes y personas conocidas. Para entonces llegó a tirar 135.000 ejemplares diarios de 8 páginas de gran formato. En 1914 se declaró aliadófilo, y la crisis de después de la guerra le fue mal, pues en 1920 sólo tiraba 80.000 ejemplares y empezaba a perder dinero por pérdida de ventas, hasta desaparecer en 27 de junio de 1925.

Otros periódicos locales unionistas eran:

El Clamor Público,

La Política,

La Crónica,

El Día.

Occidente, era una gacetilla que buscaba un término medio en todos los problemas y no se comprometía en nada.

El Diario de Barcelona era el órgano de expresión de Joan Mañé y Flaquer y Manuel Durán y Bas, la voz de la burguesía catalana.

 

Periódicos progresistas templados, compatibles con Unión Liberal:

  La Nación, era un periódico elitista, que había sido importante en años precedentes y vivía de su prestigio por encima de todo.

Las Cortes, era el periódico de Juan Bruil Olliarburu, un esparterista, director de la Caja de Descuentos de Zaragoza.

 

 

La prensa de la oposición a Unión Liberal.

 

Periódicos moderados.

Pedro Egaña defendía a María Cristina en La España. Era un periódico dogmático y con aires de superioridad.

El Sur era ingenioso y arrogante.

El Parlamento mantenía una polémica moderada y cortés.

Ramón de Campoamor escribía en El Estado, y desde allí criticaba a O`Donnell acusándole de ignorancia y poniendo de relieve sus errores de dicción y de sintaxis española, errores que eran constantes y que él llamó “filfas”. También publicaba las muchas contradicciones entre lo que decía un día y lo que había dicho poco antes.

El Padre Cobos era el refugio de muchas personalidades que ocultaban su nombre a la hora de escribir.

El León Español era el órgano de expresión de Narváez, se publicaba en Córdoba.

El Contemporáneo pertenecía a un grupo de jóvenes moderados, su director era José Luis Albareda, y colaboraban Juan Valera, Antonio María Fabié, Gustavo Adolfo Bécquer.

 

Periódicos progresistas:

El Clamor Público, era la típica línea de oposición desesperada que protestaba por todo y mostraba descontento por todo.

Las Novedades, era un periódico de gran tirada y de mucha energía en sus argumentos. Gestionado por Fernández de los Ríos, defendía siempre las opiniones de Olózaga

La Iberia era un periódico de los progresistas más revolucionarios, era dirigido por Pedro Calvo Asensio y en él colaboraban Sagasta, Manuel Ruiz Zorrilla y Carlos Rubio. El periódico se distinguió ante todo por sus ataques a Narváez.

La Gaceta de Madrid era esparterista.

El Centinela, era esparterista.

El Patriota, era esparterista.

El Espectador, era esparterista.

 

Periódicos absolutistas.

La Estrella, era el típico periódico católico, manso de estilo, pero defendiendo el catolicismo integrista más allá de los razonable.

La Regeneración, era un periódico que atacaba a todos los demás. Los carlistas hablaban en sus periódicos de catástrofes y castigos divinos que iban a sobrevenir por el pecado de liberalismo.

La Esperanza, era un absolutismo más abierto que los otros absolutistas y se dedicaba a hacer sarcasmo sobre noticias de otros periódicos.

 

Periódicos demócratas.

La Soberanía Nacional,

La Voz del Pueblo era un periódico que exageraba en todas las expresiones, y trataba de exaltar los ánimos.

La Discusión era el periódico de los demócratas, era dirigido por Rivero y en él colaboraban Castelar, Cristino Martos, Pi y Margall.

  El Pueblo era un periódico demócrata dirigido por Eugenio García Ruiz, su lenguaje era procaz y propio del pueblo bajo al que se dirigía.

 

El Correo Universal era un periódico independiente, cosa insólita en esa época.

 

 

El fracaso de Unión Liberal.

 

El 27 de febrero de 1863 cayó el Gobierno O`Donnell. Representaba la constatación oficial del fracaso del sistema político e Unión Liberal. El sistema era entendido por O`Donnell como un estar todos al servicio del Gobierno, presidido por él, sin dar alternativas a ninguna oposición para acceder a gobernar, en la idea de que todos debían colaborar y no debía existir oposición.

La Unión Liberal, como espíritu innovador, se puede dar por caducada en 1865. A partir de ese momento el pretendido progresismo de Unión Liberal era pura retórica. Se estaba convirtiendo en un moderantismo y evolucionaria rápidamente al moderantismo duro.

 

[1] Fernández Escudero, Agustín. El duque de Sevillano: banquero de la revolución de 1854. hispanianova@geo.uned.es

[2] Antonio Aparisi Guijarro 1817-1872 había nacido en Valencia y era abogado en 1839, y ya había liderado movimientos contra la desamortización y contra Espartero. Junto al dominico Vicente Miquel Flórez escribía en La Restauración, un periódico católico que defendía que el catolicismo era elemento fundamental de la nacionalidad española. Desde 1857 escribía en El Pensamiento de Valencia con ideas antiliberales y antiparlamentarias. En 1858, 1863 y 1865 salió elegido diputado. En 1868 se exiliaría a París y se pasaría a las filas del carlismo. Regresó a España en 1871 y fue elegido senador.

[3] Josep Francesc Valls, Prensa y Burguesía en el XIX español. Antropos, Barcelona 1988.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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