LA LITERATURA DE LA ÉPOCA ISABELINA.

 

El romanticismo y el realismo pueden ser vistos como una unidad por encima de que también fueran interpretados como una contraposición: ambos buscaban mayor justicia social y más posibilidades de llenar la vida individual. El romanticismo fue una reacción contra el racionalismo ilustrado que no había dado solución a la desigualdad social y a la injusticia durante un siglo. Y más tarde, una nueva generación romántica fue una reacción contra el racionalismo liberal, que se mostró como una fuente de abusos y desigualdad; el realismo, por su parte, fue una reacción contra el romanticismo, que se había perdido en el cultivo de la irracionalidad, llegando a veces al absurdo, y que tampoco encontraba el camino de hacer más agradable la vida, ni ponía fin a las calamidades sociales y políticas. Ambos movimientos buscaban la liberación de las clases menos afortunadas, la justicia social. Por eso, a menudo, las quejas y sentimentalismos por los que sufrían, no se sabe si calificarlos de romanticismo o de realismo. De todas maneras, el buen escritor estaba comprometido en la lucha contra los privilegios sociales y las injusticias políticas. Los líderes de ambos movimientos solían estar implicados en política. Y también se sabe que una cosa es escribir y aparecer como un hombre a la moda, e incluso militar en un partido “progresista”, y otra muy distinta es luchar efectivamente por la justicia social.

El romanticismo impregnaba toda la literatura de la época isabelina. Pero en algunos casos, mezclado con el realismo.

El realismo era la tendencia más de moda en Europa durante el reinado de Isabel II en España. Europa ya había pasado una época de romanticismo de fines del siglo XVIII y principios del XIX, pero continuará cultivando el romanticismo hasta muy avanzado el siglo XIX.

España fue a remolque de las tendencias europeas, y casi siempre muy por detrás en el tiempo respecto a los países de su entorno. Creo que debemos pues considerar primero el original, las tendencias europeas, para valorar la copia española.

Un tema tan amplio no puede ser tratado en estas pocas líneas sino sucintamente. Dejemos que los profesores de literatura lo expliquen con más profundidad. Yo escogeré algunas fechas y autores para dar una idea de la evolución en el tiempo de los movimientos literarios, aunque se podían haber escogido otras obras.

 

 

EL ROMANTICISMO EUROPEO.

 

El romanticismo fue un movimiento cultural que se produjo en la filosofía, literatura y arte en toda Europa, como consecuencia de los sufrimientos sociales que trajeron, en primer lugar el racionalismo ilustrado, y en segundo lugar el racionalismo liberal con mucha más base científica que la Ilustración. El romanticismo es el grito de protesta porque no toda la realidad es abarcable desde la racionalidad estricta, y menos si esta pretendida racionalidad se fundamenta en axiomas dudosos, e incluso falsos. El romanticismo hace notar que la irracionalidad es un elemento substancial en la vida los hombres.

 

El romanticismo de antes de 1770 es denominado PRERROMANTICISMO para indicar que es de época anterior a la clásicamente admitida como romántica, es decir, el final del XVIII y el primer tercio del XIX.

Este primer romanticismo, que descubre la parte irracional de la realidad humana, apareció en Inglaterra y Alemania antes de 1770 y se denomina “romantic” y “romantisch”. Los autores hablaban del lirismo de la naturaleza, de que el paisaje provoca estados anímicos interesantes, de la magia de la noche, del genio individual que debe ser enemigo de las reglas y de seguir cada uno sus propias inspiraciones.

James Thomson escribió Las Estaciones (The Seasons) en 1730 hablando de las sensaciones en cada época del año.

Edward Young escribió Las Noches (Night Thoughts) en 1742-1745, describiendo ambientes nocturnos y terroríficos.

Thomas Gray escribió Elegía escrita en un cementerio de aldea (Elegy Written in a Country Churchyard), en 1751.

Jean Jacques Rousseau, escribió La Nueva Eloísa, (Julie ou la Nouvelle Heloïse), en 1761. Se trata de las relaciones epistolares entre el preceptor Saint Preux, de rango social bajo, y su joven alumna Julia, de rango nobiliario. Como su amor es imposible dadas las diferencias de estamento social, las relaciones amorosas se producen por cartas y son quejumbrosas. En La Nueva Eloísa, Rousseau rompe con las normas, o al menos se queja de ellas. En Emilio, 1782, Rousseau había preferido la autoeducación al sometimiento a las normas, porque creía dejar actuar a la Naturaleza era moralmente muy superior a la preceptiva de los maestros.

 

A partir de 1770, se debería ya hablar de ROMANTICISMO PLENO. Se produjeron el Werther de Goethe (Die Leiden des Jungen Werthers, 1774), Pablo y Virginia (Paul et Virginie, 1787) de Bernardin de Saint Pierre, Las Amistades Peligrosas (Les Liaisons Dangereuses, 1782) de Pierre Choderlos de Laclos… que incorporan la crítica social, el exotismo, los dramas exóticos, las intrigas y el resto de los elementos que tenemos como propios del romanticismo.

Aparecieron por entonces muchos autores, algunos de los cuales citaremos a continuación:

El grupo que se considera clave en este movimiento de inicio del romanticismo es Sturm und Drang, del romanticismo alemán, que se produjo entre 1770 y 1800. Era un grupo juvenil en el que había filósofos y poetas que hicieron conceptualizaciones teóricas, análisis críticos de la naturaleza y crearon ideales que se consideran característicos del romanticismo. Decían que en la realidad, son fundamentales los sentimientos y las pasiones, los cuales no se adquieren a través de la razón, sino que provienen del contacto con la naturaleza y con el arte. Los fundadores del grupo fueron: Johann Gottfried Herder, el creador de la idea de Volksgeist (espíritu del que emana el pueblo); Schleiermacher, un teólogo pietista y cultivador del sentimiento religioso; y Goethe. Luego dieron lugar a la generación del Athenaeum, en la que estuvieron los hermanos Schlegel y Dilthey.

El Volksgeist representa la verdadera existencia, y es un ser que vive milenios y se manifiesta a través de los hombres. La existencia de los hombres es pasajera y pueden interpretar mejor o peor al Volksgeist. Las manifestaciones de este espíritu se denominan cultura, y por ello, cada cultura es propia de un pueblo concreto y es intransferible. El Volksgeist está presente en el pueblo bajo que conserva tradiciones milenarias, y muchas veces se pierde entre el llamado pueblo culto, que no hace sino importar manifestaciones de Volksgeist ajenos.

El Beschränkung alemán (restricción) se preocupó por la relación entre la naturaleza y la Revelación divina y afirmó que la realidad y el conjunto de los problemas humanos tienen sentido de unidad en Dios, y por lo tanto, el pensamiento científico y filosófico puede y debe acercarse a la Revelación, pero reconociendo que la distancia entre ambas esferas es insalvable, pues Dios está muy por encima de todo lo humano posible. El pensamiento humano está limitado en Dios, y este aserto de “restricción” o limitación, dio nombre a la tendencia de pensamiento. De ahí, los pensadores deducían la necesidad de un acercamiento de la ciencia a la Revelación. Este planteamiento podía haber servido bastante bien al pensamiento español del siglo XIX, pues los españoles eran católicos cerrados.

Johann Wolfgang von Goethe, 1749-1832, fue un joven superdotado que supo de idiomas, arte, ciencia y literatura. Estudio Derecho y ejerció brevemente como abogado. Herder le descubrió la Aufklärung (ilustración) alemana y le introdujo en el movimiento romántico Sturm und Drang. En 1774 tuvo su primer éxito con Las Desventuras del Joven Werther: un joven inconformista respecto a los convencionalismos sociales, que le parecen poco válidos para la nueva sociedad, descubre que la vida de los pueblos tiene muchos valores que la ciudad ha perdido, y defiende que las diferencias de edad en el amor y los convencionalismos en el matrimonio son absurdos. El joven Werther, tras ver a su amor casada y sin esperanzas de tenerla, se suicida. Es decir, Goethe hace una crítica racional de la sociedad en que vive, y más tarde, encuentra que el único camino posible es la muerte. La muerte le parece más racional que los convencionalismos absurdos.

Goethe abandonó la literatura para dedicarse a la política y la ciencia, al tiempo que ingresó en la masonería. Viajó a Italia en 1786-1788 y volvió a la literatura. Llevó por entonces una vida poco ortodoxa, pues convivía con una joven sin casarse con ella. Es decir, practicaba aquello mismo que defendía en sus escritos. La Revolución Francesa en su fase violenta le pareció una atrocidad y un retroceso social, pues prefería la injusticia al desorden. Su idea fundamental fue que la conculcación de las costumbres sociales y de la ortodoxia científica y filosófica, castigada hasta entonces con la persecución, cárcel y muerte, puede ser digno de alabanza y de mérito si se hace con criterios morales, para el progreso de la ciencia y al servicio de la humanidad, pero nunca combatiendo la injusticia con injusticias aún mayores. En resumen, tanto la racionalidad revolucionaria le parecía absurda, como las viejas maneras de comportamiento y organización social lo eran.

El irlandés Richard Brinsney Sheridan publicó en 1777 La Escuela del Escándalo, comedia satírica en donde expone que los rumores y chismes sociales deforman la realidad humana y hacen infelices a los hombres. El argumento cuenta cómo dos hermanos se enamoran de una misma mujer y surge la primera rivalidad, origen de la infelicidad, la cual se agrava porque ambos aspiran a la misma herencia. Pero una mujer chismosa está enamorada de uno de ellos y difunde todo tipo de chismes para romper las relaciones de éste con su amada. Es decir, Sheridan hace ver que los elementos irracionales intervienen de forma substancial en la vida de los hombres.

En 1766-1785, aparecieron las grandes obras de Pierre Augustin de Beaumarchais, 1731-1799, relojero, músico y autor de dramas y comedias parisino. En 1766 publicó su drama Eugene, en 1775 la comedia El Barbero de Sevilla, y 1785 la comedia Las Bodas de Fígaro. Beaumarchais satirizaba la irracionalidad de la aristocracia y del funcionariado. Quizás era más ilustrado que romántico. Pero ya hemos dicho que, en el proceso de liberación del hombre, Ilustración, liberalismo, romanticismo y realismo, e incluso el socialismo, se pueden llegar a confundir en algunos momentos dados, en algunos objetivos comunes. Al fin y al cabo, el poner etiquetas no es más que un convencionalismo para podernos entender.

En 1781 el alemán Friedrich Schiller publicó Die Räuber, o Los Bandidos. En esta obra, cuenta el drama de la rivalidad entre un hermano mayor guapo y con suerte, que es enviado a estudiar, y es libertino y malgastador, y un hermano menor feo que debe trabajar la hacienda familiar. El hermano menor trata de hacerse con la herencia familiar y con la novia de su hermano, lo cual da origen a un drama familiar. En resumen, la realidad tiene múltiples facetas. Y en Don Carlos, de 1787, presenta el drama del príncipe Carlos, hijo de Felipe II, que se educa sin preceptor y sin autoridad a su lado y se convierte en un ser poco razonable, pero que encuentra tanta o más irracionalidad en el gobierno de su padre y en la vida sexual de Felipe II. El espíritu de rebelión contra el monarca se interpreta como ambiente en días previos a la Revolución Francesa. Schiller pone de relieve la acción de los sentimientos, profunda hasta llegar al drama personal y familiar, y resalta la irracionalidad de los personajes tomados como grandes mitos del pasado.

Con Schiller, también podemos iniciar el género de novela pseudohistórica que servía al autor para dar realismo a argumentos de terrores, dramas, tensiones entre personajes, por medio del recurso a personajes históricos, aunque deformando e incluso inventando la historia.

En 1782, Pierre Choderlos de Locle publicó Les Liaisons Dangereuses, novela en la que describe las maldades de la marquesa de Mertheuil y de Valmont. La marquesa es una viuda que no duda en buscar sus intereses por todos los medios, morales e inmorales, pero que guarda las apariencias ante la sociedad. Para molestar a un amante que la abandona, habla con otro antiguo amante suyo, Valmont, para que seduzca a la joven novia del primero, y así se hace. Ambos se confabulan para acabar con la virtud, inocencia y bondad de la víctima, la una pasándose por amiga, confidente y consejera de la chica, y el otro por caballero honesto. Los dos serán castigados por la naturaleza, pues Valmont desea a una joven y se bate en duelo con el pretendiente de ésta, es herido de muerte en el duelo, y en la antesala de la muerte cuenta las malas artes de la Mertheuil, la cual pierde su reputación, debe exiliarse, la naturaleza la castiga con enfermedades, y acaba en un convento doliéndose de su mal hasta la muerte. Otros muchos personajes de la novela sufren el dolor que les produce la maldad de algunos. Pierre Choderlos insiste en que la realidad está mechada de elementos irracionales que pueden ser usados contra la moralidad y la virtud, no sólo de los protagonistas, sino de todos los que les rodean. La vida es vivida de distintas maneras por cada ser humano. La naturaleza, o la razón, actúa sobre todos ellos.

En 1782, murió José Cadalso Vázquez, un gaditano que se había educado en Francia y Gran Bretaña aprendiendo sus idiomas y cultura, y en el Real Seminario de Nobles de Madrid, el colegio de élite de España. Fue militar, pero como era un hombre culto, dedicó muchas horas a la cultura española. Se dio cuenta de las limitaciones de los literatos españoles y trató de renovar el teatro, pero chocó con la censura, a pesar de publicar bajo pseudónimos. En 1768 intentó la renovación española mediante el método ilustrado en Cartas Marruecas, y entró en conflicto con sus contemporáneos que le acusaban de copiar argumentos extranjeros. Entonces, Cadalso les dedicó a sus críticos Los Eruditos a la Violeta, 1772, ridiculizando a los que dicen saber mucho. Tras su muerte, en 1789-1790 se publicó Noches Lúgubres, tenida por primera obra romántica española. En ella introduce, mediante el género epistolar, los ambientes de camposanto y dramas absurdos producidos por la sociedad, cuando un joven intenta desenterrar el cadáver de su amada y se ve complicado en un asesinato. La irracionalidad queda patente como componente esencial de la realidad humana.

En 1787, Jacques Henry Bernardin de Saint Pierre publicó Paul et Virginie, traducido y publicado en España en 1798. Se trata de que dos chicas francesas huyen de la civilización francesa, y van a parar a Ile de France (Isla Mauricio) donde encuentran un mundo feliz. Es un mundo en armonía con la naturaleza, en completa igualdad comunista y en completa paz social. El lector actual tiene que admitir la contradicción de que ambas son poseedoras de esclavos, lo que se edulcora con que ellas tratan muy bien a sus esclavos, y luchan contra otros propietarios que los tratan peor. El lector actual también debe admitir la utopía-contradicción de que las protagonistas afirman que no necesitan de la tecnología europea, y de que sin ella se vive mejor, pero sus hijos estudian en Europa y ellas venden y compran a Europa. Cada una de las emigradas de Francia tiene un hijo, Virginia y Pablo, los cuales llevan una infancia feliz, y se crían como hermanos y en armonía con la naturaleza, con los árboles y con los animales. La armonía se rompe el día en que alcanzan la pubertad y se enamoran. La tragedia empieza porque la madre de Virginia envía a ésta a Francia, para estudiar y para alejarla de Pablo. Y de ahí se suceden todos los males: Virginia regresa al cabo de los años, sigue enamorada de Pablo, y su barco naufraga en las costas de Ile de France a la vista de Pablo. Tras la muerte de Virginia, Pablo muere de melancolía. Y la tragedia afecta a las madres de los jóvenes, que mueren también al poco viviendo como un calvario el fin de sus días. Bernardin de Saint Pierre lleva más allá el mensaje romántico para decirnos que la propia naturaleza es absurda. El absurdo es también parte de nuestras vidas. Con ello, quedaba negado el valor superior de la Ilustración.

Las nuevas ideas de fines del XVIII pueden ser visualizadas por nosotros en la pintura: Hacia 1788, William Blake en Inglaterra hizo una pintura onírica que rompía con las reglas neoclásicas. En 1794, en el terreno de las teorías, Blake rechazaría las restricciones y prohibiciones religiosas propias del Antiguo Testamento. Blake era un “rebelde”. También escribió Canciones de la experiencia en 1795 y Cantos de inocencia en 1795.

A partir de 1791 es conocida la británica Ann Ward que de casada tomo el nombre de Ann Radcliffe, con Romance del Bosque 1791 (también titulada Adelina o la abadía de la selva), Los misterios de Udolfo 1794, y El Italiano o el confesionario de los penitentes negros 1797. En Romance del Bosque, el campo aparece como la virtud, y la ciudad como el hábitat de los vicios. En Los misterios de Udolfo aparecen precipicios, castillos siniestros, desapariciones, fantasmas, profecías… En El Italiano, un asesino confiesa su horrible crimen a un sacerdote el cual lo conoce pero no puede decírselo a la justicia. Con Ann Radcliffe podemos dar por iniciados los folletones populares que, al fin y al cabo, son romanticismo, son el relato de las pasiones, azar, sentimientos, prejuicios y creencias, que también son parte de la realidad de nuestra vida. Pero el compromiso social con el cambio a situaciones más justas, se pierde. Es la parte del romanticismo que más éxito tendrá, y contra la que se sublevará el realismo.

En 1796, el británico Matthew Gregory Lewis conocido como Monk Lewis publicó The Monk, (El Monje) donde utilizó la Inquisición española para dar cuerpo a un drama. Un monje español vicioso, primero seduce a una chica, y más tarde viola y asesina a una dama. El horror, el drama y el sentimiento se desata por todas partes.

 

A partir de 1791, surgió la decepción por lo que había llegado a ser la Revolución Francesa. Y con ella empezó a decaer el romanticismo del XVIII, el de valoración de la irracionalidad. El “gobierno del pueblo” había producido más muertes y violencia inútil que los Gobiernos de sistemas anteriores repudiados por los románticos. Pero el “gobierno de la aristocracia” tampoco había cumplido con las esperanzas puestas en ella. Se inició una búsqueda de caminos que llevaran a algún progreso de la cultura.

En 1798, William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge reivindicaron en Gran Bretaña el lenguaje común y popular, escribiendo en 1798 Baladas líricas y otros poemas. Si los planes de los intelectuales estaban llamados al fracaso, se debería buscar entre el pueblo común, tradiciones y costumbres, la forma de redimir nuestra sociedad y nuestra vida. Había que buscar la racionalidad en la tradición y viejas costumbres, pues la aristocracia no había sabido interpretarla correctamente.

De 1800 a 1830 destacó François René de Chateaubriand, 1768-1848, vizconde de Chateaubriand, describiendo la naturaleza, los paisajes, las pasiones humanas, todo lo cual le parecía mucho más real que el racionalismo. Este noble francés huyó de los revolucionarios en 1791 y visitó Estados Unidos, y luego fue a Londres en 1792. Admiró la cultura cristiana y la política del Cónsul Napoleón Bonaparte frente a los revolucionarios. Más tarde, a partir de 1804, odiaría al emperador Napoleón Bonaparte, como encarnación de la tiranía, y se hizo ultramonárquico. De nuevo se plantea el drama entre las promesas de hacer cambios que humanicen al hombre y la realidad de unos políticos que sólo sirven a sus propios intereses.

En la poesía francesa, Alphonse de Lamartine hizo sus Meditaciones poéticas en 1820, y Las Armonías en 1830, buscando la emotividad, lo personal y lo descriptivo.

Anne Louise Germaine Necker, Madame de Staël-Holstein, fue una noble suiza que huyó de Francia en 1792 y empezó a reivindicar la libertad individual y el cultivo de las pasiones, el amor y el azar, frente a los convencionalismos sociales en 1792. En 1797 se hizo partidaria de Napoleón, pero se hizo su enemiga a partir de 1802. En 1807, en Corinne, defendió la libertad de la mujer y la posibilidad de que una mujer fuera intelectualmente superior a los hombres que la rodeaban. Reivindicaba la necesidad de nuevos planteamientos sociales completamente distintos.

En 1812, George Gordon Byron publicó Las peregrinaciones de Childe Harold en donde relata sus viajes por España. Y en 1819-1824 su Don Juan, sobre el mito español. Continúa exaltando la irracionalidad porque no encuentra otro camino de progreso humano.

En 1814, Walter Scott publicó su novela Waverley, exponiendo el drama familiar y personal en que viven algunos personajes en medio de las luchas entre ingleses y escoceses en el XVIII. Representa las dudas sobre el camino a seguir por la civilización.

En 1817, John Keats publicó Endymion, un poema narrativo, seguido de muchas odas en las que canta a la belleza mostrando una fantasía exuberante.

En 1820, Percy Bysshe Shelley publicó Prometeo liberado, y más tarde publicaría Oda al viento del Oeste. Prometeo se rebela contra Júpiter y es castigado por ello. Se queja del dolor que Júpiter permite en la tierra y llega a la conclusión de que la paz sólo se consigue tras la muerte. Sólo un valor merece la pena, y es el amor. Los dioses se rebelan contra Júpiter que es derribado, y entonces los hombres hacen las revoluciones contra los tiranos y sobreviene la alegría y la felicidad.

En 1827, Víctor Hugo, publica un drama, Cromwell, que nunca fue representado, pero que le convierte en líder del romanticismo francés, que hace valoraciones sobre distintos momentos de la historia de la humanidad y nos dice que debemos rebelarnos contra las normas, preceptos, reglas y modelos, porque el hombre es una mezcla de lo sublime y lo grotesco, de la racionalidad y la irracionalidad, de la bondad y la maldad. Y lo corrobora en 1830 con Hernani, que rompe la estructura teatral clásica de unidad de lugar, espacio y tiempo, para romper con las normas establecidas. Además, prescindió de la clac, que era otra costumbre social en el teatro. En esa misma época Víctor Hugo estaba publicando poesía como Obras y Baladas 1826, y Las Hojas del Otoño 1832 y novelas como Nuestra Señora de París 1831 en la que recrea el París del siglo XV. Treinta años después, Víctor Hugo aparece como maestro del realismo en Los Miserables 1862.

El romanticismo francés pleno se produjo un tanto tardíamente, entre 1830 y 1843, con Alphonse de Lamartine, François René de Chateaubriand, Madame de Staël, Henri Beyle conocido como Stendhal, Benjamin Constant, Armandine Aurore Lucile conocida como George Sand, Alexandre Dumas… Ya estamos próximos al tiempo del romanticismo español.

También fue tardío el romanticismo italiano. Il Risorgimento italiano se desarrolló sin grandes ideas renovadoras respecto a Europa, con crisis violentas provocadas por situaciones políticas en 1820, 1830 y 1848, con centro en Milán. El primer romanticismo latino se mostraba imbuido de cultura clásica.

Ugo Fóscolo escribió en 1799 Últimas Cartas de Jacopo Ortis, en las que un joven lucha inútilmente por su patria y por su amada, y ante el fracaso en todo, se suicida. El tema ya había sido tratado en 1774 por Goethe.

Alexandro Manzoni rompió las reglas del teatro en 1822 en Adelchi, como haría Víctor Hugo en Francia en 1827 y 1830, y por eso es considerado el autor italiano más relevante. En 1827, Manzoni escribió Los novios, considerada su mejor novela, pero es volver a las desventuras de una pareja de enamorados, tema ya reiterado en el romanticismo.

Giacomo Leopardi, escribió unos poemas, titulados Canti, en 1831 y 1835, y muestra con crudeza el sinsentido de la vida, para lo cual hay que saber que Leopardi tenía deformada la espalda y una salud muy precaria, por lo que su vida era dolorosísima.

En general, el romanticismo había reivindicado el yo frente a las normas sociales, mostraba preferencias por el genio creador frente a la repetición de estereotipos, valoraba lo diferente y las culturas exóticas frente a las normas de la civilización europea, valoraba la creatividad en el arte, la música y la literatura frente a los cánones establecidos, buscaba la cultura popular de los cuentos, refranes, baladas, cultivaba las lenguas minoritarias, mostraba nostalgia por los paraísos perdidos, atacaba al neoclasicismo, valoraba el instinto y lo sentimental frente a lo puramente racional y reivindicaba amores libres frente a los convencionalismos sociales de su tiempo.

 

 

Y A PARTIR DE 1830, EMPEZÓ EN EUROPA UNA NUEVA CULTURA DENOMINADA REALISTA:

Las actuaciones de la Ilustración quedaban ya lejos, y lo importante era reivindicar al hombre frente a las concepciones liberales que se habían impuesto en Europa occidental a finales del XVIII, las cuales significaban un nuevo racionalismo que implicaba mucho sufrimiento social y muchos sacrificios.

En 1830-1842 se publicó Curso de Filosofía Positiva, de August Comte, 1798-1857[1], el cual dio origen al positivismo. El Curso se publicó en seis volúmenes, de los cuales, los tres primeros tratan de resumir el estado de la ciencia a mediados del XIX, y el cuarto volumen inicia el estudio de la sociología, relacionada con los saberes antes expuestos. Es decir, el pensamiento se debe adecuar al tiempo en que vivimos en los avances científicos, y no repetir autores antiguos elevados a la categoría de mitos.

El pensamiento, según Comte, ha pasado por tres etapas: En la primera etapa, “teológica”, el pensamiento está lleno de dogmas que explican la realidad de forma sobrenatural, muy por encima de las capacidades humanas: en una primera fase por acción mágica imposible de entender por el hombre, en una segunda fase por acción de los dioses, cada uno de los cuales explica unos fenómenos naturales y humanos específicos, y una tercera fase por el monoteísmo que explica que hay un plan único para toda la realidad gestionado por un solo Dios. De todos modos, en esta fase los hombres trataban de hallar una explicación para cada cosa. En la segunda etapa, “metafísica”, la acción de los dioses o de un Dios único, fue sustituida por unas fuerzas ocultas en la naturaleza y puestas por Dios, que son de tipo abstracto, y de ahí que las denominemos metafísica, porque no son posibles de comprobar. En una tercera etapa, “positiva”, el hombre intenta descubrir las causas que provocan los fenómenos de la naturaleza a través de lo que podemos observar fehacientemente, pesar, medir, contar, aunque con ello tengamos que renunciar a las grandes cosmologías que lo explicaban todo, la naturaleza misma de las cosas, las causas primeras y las causas finales de todos los fenómenos. En la etapa positiva, nos conformaremos con comprender lo que podemos observar y comprobar de forma cierta con nuestros sentidos, e incluso las certezas más allá de nuestros sentidos, pero demostrables por la razón matemática, física, astronómica, química, biológica y sociológica. Pero entonces, nuestro saber será firme, y nos permitirá progresar en el saber, en hallar nuevos métodos de observación, medida, peso y contabilidad. De ello se deduce que, para saber de filosofía, primero debemos saber sobre el estado actual de la ciencia de nuestro tiempo, para conocer las verdades que la humanidad ya ha demostrado como ciertas, y después, es preciso no quedarse ahí, sino aplicar lo que hemos aprendido para el desarrollo humano del hombre en su doble vertiente, individual, y como componente de una sociedad. Estudiar la ciencia por sí misma no tiene sentido si no se relaciona con el resto de la realidad y con el hombre y la sociedad. Por tanto, también debería cambiar el método de explicarse la historia, de modo que se explicara cómo el hombre fabricó sus mitos y luego los fue superando, cómo llegó a la idea de unidad del universo y de la realidad, y cómo llegó por fin a la idea de que todos los hombres son iguales y todos tienen algo que aportar a la sociedad, si tienen voluntad de hacerlo y moralidad suficiente.

Comte nos habla de la necesidad de replantearnos todo el pensamiento admitido socialmente, y actualizarlo. Se considera a Comte la mejor expresión de lo que entendemos por realismo.

En 1847 se publicó el Manifiesto Comunista, de Carlos Marx, el cual pedía a la sociedad el preocuparse por las cuestiones sociales y económicas. En realidad, Marx expuso sus ideas más adelante, pero se toma 1847 como la fecha de inicio de esa nueva cosmovisión. La “Ley de la Miseria Creciente” dice que cada vez hay más hombres y los recursos no crecen en igual ritmo que el número de hombres, que el acaparamiento de la riqueza por unos pocos y la concentración progresivamente creciente que el capitalismo necesita, lleva a que cada vez los ricos sean menos en número y más ricos en riquezas, y los pobres más en número y más pobres cada vez. Y ello conduce necesariamente a la “catástrofe final del capitalismo”, pues los posibles compradores desaparecerán en la miseria, y entonces no podrán seguir vendiendo los capitalistas, lo cual será la catástrofe. Para evitar esa situación decía que era urgente cambiar el sistema liberal, por uno regulado por el Estado, por un socialismo. Marx no creía en la posibilidad de reforma moral del liberalismo, y decía que el liberalismo debía ser aniquilado (El Capital, 1867). En cambio, daba por supuesto que el socialismo era moral por sí mismo. Estos supuestos apriorísticos contradicen su teoría básica, aprendida de Hegel, de que no hay que dar nada por supuesto, sino hacer un análisis dialéctico de la realidad de cada momento. No obstante, planteaba la necesidad de introducir elementos económicos, sociales y políticos en los nuevos planteamientos cosmológicos, y de hacer revisión continua de los sistemas de pensamiento admitiendo las teorías de Hegel, mediante planteamientos de discusión entre contrarios. Pero también hay que decir a su favor que, al final de su vida, dijo que él “no era marxista”, no era dogmático, frente a muchos de sus seguidores que sí que lo eran.

En la segunda mitad del XIX, en los artistas novedosos hay mucho de pensamiento socialista, de resaltar las condiciones de vida de los pobres y de la inmoralidad de los burgueses de su tiempo, lo cual es una componente muy importante del realismo.

 

En el campo de la literatura, el realismo se manifestó duramente en algunos autores:

En 1848 se llevó al teatro la novela del francés Alexandre Dumas hijo, 1824-1895, La Señora de las Camelias. Esta obra es tenida por el inicio del realismo porque trata de una prostituta marginada, y es un personaje romántico que representa el bien, el sentido ético, frente a una moral social muy criticable. La prostituta puede tener un nivel moral inmensamente más alto que los burgueses que la frecuentan. En esta novela, es difícil separar romanticismo de realismo. Pero Dumas muestra la realidad tal como es y no como la planteaban falsamente los artistas y novelistas del pasado, y eso es realismo.

De nuevo, la pintura nos sirve para visualizar lo que estaba pasando a mediados del siglo XIX: En 1855, el francés Gustave Courbet tuvo problemas para exponer en el Pabellón de las Artes de la Exposición Universal de París. Courbet, 1824-1877, estudió profundamente la pintura, copiando lo que estudiaba, los grandes pintores europeos del XVII, XVIII y XIX. Y al final decidió que la pintura debía tener un sentido social y mostrar la realidad de tiempos del pintor tal como era, sin edulcorantes, y a ello lo llamó realismo. Pintó entierros, talleres con trabajadores, señoritas a orillas del Sena acompañadas de burgueses, curas borrachos… y ello enfureció a una sociedad burguesa acostumbrada a ver escenas mitológicas, falsas escenas de batallas imaginadas con personajes idealizados, paisajes idealizados, arquitecturas idealizadas, que deformaban la realidad y evitaban pensar en los problemas del presente.

Simultáneamente, el también pintor francés Jean François Millet había decidido pintar con colores pastel, ambientes muy atractivos y mucha luz, las escenas que antes correspondían a los temas mitológicos o a las grandes figuras políticas, pero sus protagonistas eran los trabajadores ordinarios retratados mientras trabajaban: así apareció El Aventador en 1848, El Sembrador en 1850, Las Espigadoras en 1857, El Angelus en 1857. Era el realismo amable, edulcorado, elevado a la categoría de máxima atracción para el espectador. No despreciaba a los pobres sino admiraba su función social.

Volviendo a la literatura de segunda mitad del XIX:

En 1856 se publicó Madame Bovary de Gustave Flaubert. Flaubert nos plantea cómo una chica corriente de campo llega a convertirse en señora de un rico burgués. A partir de ahí surge el drama entre la fantasía de Madame Bovary y el realismo de Charles Bovary, es decir, entre el romanticismo exaltado sin sentido y el realismo. Cuando se trasladan de la ciudad a un pueblo, la fantasía de la señora sigue contrastando con la realidad, y el aburrimiento lleva a Madame Bovary a enamorarse de otros y a engañar a su marido. Se enamora de cualquiera que la saque del aburrimiento. Gasta mucho dinero y sigue buscando amantes, que llevan su vida al más completo fracaso, pues los amantes se cansan también de ella, y las deudas crecen y hacen difícil la vida de la familia. Madame Bovary acaba suicidándose. Y con ello no acaban los males producidos por el absurdo de los convencionalismos sociales, pues su marido queda arruinado y no es capaz de sobreponerse y su hija acabará en manos de una tía de la familia perdiendo las buenas esperanzas de vida propias de una joven burguesa, con lo cual todos la que la rodearon fueron castigados por su mal hacer, incluso después de su muerte. Flaubert hace crítica del movimiento romántico de su tiempo en cuanto a irrealidad, y expone la necesidad del realismo.

En 1865-1869, se publicó Guerra y Paz de Lev Nicolaievich Tolstoi, 1828-1910, obra en la que se describe la vida real de muchos personajes de principios del siglo XIX, entre ellos, Napoleón, Alejandro I y cuatro familias de la aristocracia rusa, con personajes que pudieron ser reales, de tiempos de los abuelos y los padres del autor. En 1877, insistió en Anna Karénina, exponiendo el absurdo de los convencionalismos sociales en la aristocracia rusa. Tolstoi, de ideas anarquistas y contrario a la existencia de fronteras creadas por intereses oscuros y limitadoras de la libertad, fue un personaje temido por la posibilidad de incitar a revueltas sociales de disconformidad.

En la misma época, Fiodor Mijailovich Dostoyevski, escribió Crimen y Castigo, 1865, y Los Hermanos Karamazov, 1879, en un realismo crudo en el que expone que los hombres mienten, traicionan y llegan al asesinato, con tal de salir adelante en sus pretensiones vitales. Dostoyevski era capaz de criticar la moral rusa, el socialismo nihilista, la desigualdad social y el ejército. Era capaz de ser militar, socialista, cristiano ortodoxo, paneslavista nacionalista y ludópata, sucesivamente en distintas fases de su vida.

 

 

ROMANTICISMO Y REALISMO EN ESPAÑA[2].

 

Los liberales españoles de finales del XIX y principios del XX hicieron un esquema simplista de la época literaria de Isabel II. Dijeron que había dos tendencias: romanticismo y realismo. El romanticismo era para ellos lo que los liberales habían traído del exilio, a partir de 1833. Realismo era la reacción posterior contra el romanticismo.

El esquema tiene algo de verdad, pero es insuficiente. La dicotomía entre romanticismo y realismo no es exacta, por muchas razones:

Hubo algunos románticos anteriores a 1833. La mayor parte del romanticismo inglés y alemán, Cadaldo en España.

Algunos románticos fueron efectivamente liberales: Por ejemplo, el grupo “Conciliatore” de Milán, en el que estaban Manzoni, Berchet, Péllico, Di Breme y Luigi Monteglia. Pero algunos románticos fueron antiliberales y reaccionarios, como es el caso de Chateaubriand, De Maistre, De Bonald, Giordani y otros.

En España, algunos románticos fueron liberales moderados, como Martínez de la Rosa, Ángel Saavedra duque de Rivas, Alcalá Galiano, Mariano José Larra…

El romanticismo permanecía en España en la segunda mitad del XIX, cuando en teoría esa era ya la época del realismo en Europa occidental. Por ejemplo, Bécquer, Rosalía de Castro y Verdaguer son románticos tardíos. Pero también Las Flores del Mal de Baudelaire es de 1861.

Tanto el romanticismo como el realismo fueron movimientos comprometidos con los problemas sociales y políticos. El romanticismo constataba que el culto a la razón, gestionado primero por la Ilustración y más tarde por el liberalismo, no estaba solucionando adecuadamente los problemas sociales, y reivindicaba apelar a los sentimientos y la irracionalidad como parte integrante del hombre que también hay que tener en cuenta. El realismo se dio cuenta de que tampoco perderse en sentimentalismos resolvía los problemas humanos, y predicó la contemplación cruda y dura de la realidad de las clases sociales desafortunadas, las consecuencias funestas de decisiones políticas, los vicios de los gobernantes.

Los literatos españoles eran novelistas, dramaturgos, ensayistas, además de poetas, que lo fueron casi todos, y casi todos tuvieron como principal actividad la política, la diplomacia o el periodismo, es decir combinaban los suspiros poéticos con sistemas que dieran para vivir. Muy pocos se comprometieron seriamente con el cambio social que España necesitaba. Por eso, debemos hablar en demasiadas ocasiones de autores de segunda fila, apegados a las modas que llegaban de Europa, pero no pioneros.

 

 

Los inicios del romanticismo español.

 

Las primeras novelas románticas europeas llegaron a España a partir de finales del XVIII y fueron muy leídas, pero como eran de muy baja calidad, pasaron pronto al olvido de la gente. España se dejaba influir más por el romanticismo francés porque era el único idioma extranjero que conocía un grupo importante de españoles, pues casi nadie sabía hablar alemán ni inglés. En España gustaba sobre todo Chateaubriand. Las novelas románticas, antes de 1834, se importaban generalmente de Francia, y se editaban en Barcelona (Piferrer) y en Valencia (Cabrerizo publicó 28 títulos antes de 1856). Los nuevos movimientos culturales europeos, romanticismo y realismo, no tenían sentido en España. Su verdadero sentido, por el que estaban prohibidos por Fernando VII, no era captado por los españoles.

España, a fines del XVIII y principios del XIX, podía tener movimientos sociales y culturales que fuesen reacción contra la Ilustración y el liberalismo, como era el caso de los ultracatólicos que se oponían a toda racionalización política y social, pero no podía tener movimientos de tipo progresista que intentaran superar la racionalización, sencillamente porque las reformas de la Ilustración no se habían impuesto todavía globalmente en muchos sectores de la sociedad y la política españolas, porque era necesaria mucha más Ilustración para acabar con los privilegios de la Iglesia y de la nobleza, para ir contra la irracionalidad de que llegaran a los puestos dirigentes de la Administración y del ejército los hijos de los privilegiados, aunque fueran unos ineptos en algunos casos. España necesitaba más racionalización y ello era impedido por las clases dominantes. El que la Ilustración española hubiera tratado de acabar con las irracionalidades de la Administración, la literatura y el arte, y de la sociedad, no era reprobable a los ojos de los españoles de ideas más avanzadas, sino todo lo contrario.

Y en el caso del liberalismo, cuya vertiente política se había impuesto en Europa desde 1789 y sobre todo se estaba mostrando como el camino a seguir, y causó revueltas en 1814, 1825, 1830 y 1848, en España ni siquiera se consideraba posible asumir esas nuevas ideas, a pesar de los intentos de 1812 y 1820. El liberalismo era visto como una locura de unas minorías extranjerizantes. En 1833, se impuso en España una apariencia de liberalismo en las formas, pero con buen cuidado de mantener la misma estructura de la propiedad, las mismas maneras políticas, a través del autoritarismo y militarismo. El liberalismo triunfaría en España en 1868, y reformaría la política, de forma moderada, a partir de 1874.

En España, no se podía protestar contra unas medidas que no se estaban llevando a cabo en la intensidad precisa, ni contra un liberalismo inexistente.

La literatura del Siglo de Oro español había criticado los mitos intocables de la cultura española, como eran el imperio de los Austrias del XVI y XVII, y las instituciones sociales que pervivían sin sentido alguno ni moralidad reconocible. España no podía renegar de su siglo XVII. Y en el XVIII, España se había cansado de barroco y rococó, y por tanto era aceptable entre los españoles la imposición y la persistencia de un neoclasicismo que pusiera fin a tanta figuración artística, a tantos gastos y a tanto boato de la Iglesia y de la nobleza, los principales consumidores del barroco y rococó.

Los españoles de ideología romántica de fines del XVIII y principios del XIX no estaban dispuestos a romper con el pasado ni de forma brusca ni en todas sus manifestaciones. Por tanto, España no podía aceptar sin más las maneras y temas del romanticismo europeo, sino que tenía que hacer su propia crítica a la realidad española. España vivía una realidad distinta y tenía ideas diferentes sobre la cultura, la sociedad y el arte de aquella época.

Durante 1814-1833, España se halló desconcertada ante los planteamientos europeos. España estaba viviendo un absolutismo que los europeos habían liquidado 50 años antes. España, ni podía rechazar el racionalismo ilustrado necesario para su renovación económica y social, ni podía aceptar el absolutismo de Fernando VII. Era completamente necesario continuar la Ilustración y sondear el liberalismo a la vez. Pero debía hacerse con planteamientos autóctonos. Tampoco aceptaban que se les prohibiera ensayar en estos movimientos culturales que el Gobierno consideraba peligrosos.

Durante el periodo 1808-1833, España fue considerada por los románticos europeos como el país romántico por excelencia, donde un pueblo ignorante practicaba todo tipo de supersticiones, incluido el catolicismo como conjunto de supersticiones, pues el catolicismo español las había aceptado y practicaba una especie de sincretismo religioso. Este pueblo, mantenía una serie de costumbres bárbaras y primitivas. Los políticos españoles obraban a su antojo sin atender las normas económicas, sociales y políticas propias de la Ilustración y del liberalismo. Los extranjeros observaban la persistencia de recuerdos de nobleza individual y sentido caballeresco en cada español, incluso en el pueblo bajo, apego a la tradición, amor a la religión de sus antepasados, concepto del honor, pesimismo vital, y creían que esos sentimientos coincidían con lo que ellos buscaban. Víctor Hugo dio a entender que España era un país romántico, porque en España se podían situar sus personajes románticos en situaciones disparatadas y dramáticas, completamente fuera de la lógica de la razón. Gustaba de obras disparatadas como Las Orientales, Hernani, Ruy Blas o Torquemada. Pero España no era un país romántico, de hombres cultos que se abandonaran a las pasiones y a la naturaleza, sino un país en sufrimiento por la miseria, la ignorancia, la política y la Inquisición. Víctor Hugo creó una imagen falsa de España. En ese sentido, Goethe conectaba mejor con los problemas que debían abordar los españoles. En esta misma idea de que España era país romántico, George Gordon Byron visitó España en 1809, en plena Guerra de Independencia, hombre que luego visitaría Italia para ver el movimiento carbonario, y Grecia para ver el movimiento independentista griego, antes de su muerte en 1824.

Pero fue Heinrich von Treitschke quien lo definió correctamente, aunque en la segunda mitad del XIX: “España era un país de muertos” incapaces de regenerarse a sí mismos. España había vivido en los siglos XVI y XVII un nivel cultural alto, pero ya no era el caso.

Los españoles se sabían distintos, y no podían entrar de súbito en un movimiento cultural que lo rechazase todo. Era preciso continuar las buenas reformas emprendidas y no terminadas en el pasado, tanto de la ilustración como de la revolución liberal. Por ello, no hubo generación romántica de fines del XVIII, aunque pudiera haber algunas obras que se sumasen al movimiento que conocían en Europa. España no tenía que liberarse de ningún tirano liberal, sino de la tiranía absolutista.

El liberalismo se adoptaría en España de forma tímida en 1833, de modo abierto desde 1868, y canalizado en sentido moderado desde 1874. Y así, la impresión general fue que el romanticismo llegó desde fuera y que los románticos europeos llegaban a un país que sabía valorar la tradición y el pasado, y que percibía el pesimismo vital en cada uno de los españoles.

En conclusión, el romanticismo español tenía razones para aliarse con el liberalismo en vez de protestar contra sus abusos, porque todos estaban en contra del despotismo absolutista de Fernando VII.

Las cosas cambiaron en el momento en que murió el Rey absolutista y los Gobiernos españoles admitieron el liberalismo, un liberalismo muy moderado y elitista, de muchas promesas y casi ninguna realización práctica hasta 1868.

Si el romanticismo lo tomamos como lloro por los males sufridos y crítica del pasado reciente europeo, en España ya existían lamentos y críticas desde el siglo XVI y durante todo el XVII, el Siglo de Oro. En ese caso, España estaría en el romanticismo desde antes de la época romántica. Si lo tomamos como cansancio respecto al racionalismo ilustrado, hay que tener presente que, en España, no había triunfado la Ilustración en muchos sectores de la realidad, que pervivían fieles a sí mismos desde hacía siglos y era necesario al parecer de muchos continuar la obra de la Ilustración. Si el romanticismo era reivindicar más espacio a las expresiones libres individuales, y menos sometimiento a las reglas del racionalismo exacerbado, España había tenido en el XVII su Siglo de Oro que había renovado el arte y la literatura y los españoles estaban muy orgullosos de ello y no estaban dispuestos a prescindir de una de las pocas cosas buenas que les habían ocurrido. España tenía necesidad de acabar con el fanatismo religioso, con las costumbres bárbaras del populacho y de la alta sociedad y con instituciones sociales que aparecían como inmorales, y que no habían sido erradicadas en el XVIII ilustrado. España tenía necesidad de más Ilustración.

 

 

Romanticismo español anterior a 1833.

 

En España se considera primer romanticismo al anterior a 1833, cuando en Europa se considera prerromanticismo al anterior a 1770, cincuenta años antes.

En España, en lo que se puede considerar primer romanticismo, se divulgaron a fines del XVIII y principios del XIX, Las Noches Lúgubres de José Cadalso, publicadas en 1789-1790, las obras de Juan Meléndez Valdés entre 1780 y 1821, las de Nicasio Álvarez Cienfuegos a partir de 1787 y sobre todo de 1798 (murió en 1809), las de Manuel José Quintana Lorenzo, el cual se había formado en el neoclasicismo, pero fue uno de los revoltosos de 1808 y quiso dar a sus obras algunos tintes de romanticismo. En todo caso son obras anteriores a 1835.

Destaca José Cadalso Vázquez, en 1789-1790, con dos obras que preludian el romanticismo, Noches Lúgubres y el drama Solaya. En Noches Lúgubres un enamorado proyecta robar el cadáver de su amada y le suceden diversas desgracias durante tres días, a él y al sepulturero que colabora con él. Todo ello explora el campo de lo irracional. Y en Solaya, Cadalso busca escenarios exóticos, la lejana Rusia, para exponer sus problemas, y exotismo es búsqueda de otras soluciones alternativas.

Pero este primer romanticismo español se vivió en la época absolutista de Fernando VII, cuando en España se perseguía a los románticos, y la Inquisición prohibía sus obras. En 1808-1813 los españoles abordaron una guerra terrible, que marcaría su historia durante el resto del siglo XIX. En 1820-1823 les faltó teorización para consolidar el movimiento romántico. Podían haber enarbolado las ideas de Madame de Staël que decía que la fe religiosa es el origen de las ideas, o las dudas de Goethe al contemplar que el individualismo desenfrenado conducía a la enfermedad romántica. Pero el romanticismo español llegaba de Francia, y Francia no estaba en el problema religioso que vivía España a principios del XIX sino en una estética del lenguaje, en la extravagancia y la palabrería a fin de romper las rígidas normas de la época anterior neoclásica.

En el romanticismo español del final del reinado de Fernando VII destacó Mariano José de Larra, 1809-1837, cuya vida es tenida por paradigma del romanticismo español, mientras su obra iniciaba el realismo. Larra era hijo de un emigrado político y había vivido en Francia en 1814-1819, siendo su primera lengua el francés. Aprendió el español más tarde. En 1823 tuvo un incidente en Corella y se fue a vivir a Madrid, donde estaba sólo y sin recursos y sobrevivía “de milagro”. Encontró algún ingreso traduciendo comedias del francés al español. Intentaba que le publicasen algún artículo, para obtener para comer, y se los enviaba al Duende Satírico del Día, periódico popular. Le publicaron El Café, Corrida de Toros, Correspondencia del Duende (unas cartas ficticias). Larra había entrado en el realismo, sin que España hubiera pasado su romanticismo. En su literatura costumbrista, empezó a ser crítico social, con un enfoque ético e intelectual de la realidad de su momento. Frecuentaba los ambientes teatrales para estar en contacto con la gente que le interesaba para que le publicaran algo. Caía mal entre la gente porque era más culto que la mayoría, tenía más talento y más sensibilidad que la mayoría de los que le rodeaban. En 1828, se hacía llamar “El Duende Satírico” y se mostraba ilustrado, defensor de lo natural, lo justo, la libertad, la igualdad, la civilización, el justo medio, a la vez que se vanagloriaba de hablar claro. Son signos de juventud. En 1832 publicó por fin, y se hizo llamar “El Pobrecito Hablador”, una serie de artículos que duró hasta 1833. También firmó como “El bachiller Juan Pérez de Munguía” y como “Andrés Niporesas”. En estos momentos se mostraba como observador de las costumbres nacionales y hacía humor amargo y triste. “Andrés Niporesas relató la muerte del “Pobrecito Hablador” y dijo que murió de miedo a ser diferente y a no lisonjear al poder. El 15 de enero de 1833, Larra se autodenominó “Fígaro”. Colaboró con La Revista Española de José María Carnerero, firmando como “Fígaro”, lo cual le dio para comer. Escribió unos 200 artículos expresando con maestría estilística lo que pensaba. Así se convirtió en el primer periodista-ensayista de España. Escribió ensayos de crítica teatral, de crítica literaria, de crítica musical, siempre defendiendo su ideario ético y estético. Los más famosos artículos son los narrativos y retratos morales, muchas veces con anécdotas autobiográficas. Algunos de ellos: Del casarse pronto y mal; Don Cándido Buenafé; Don Timoteo el literato; El castellano viejo; Vuelva usted mañana; La diligencia; Modos de vivir que no dan de vivir; Un reo de muerte; El cartujo (matanzas de frailes en 1834); El día de difuntos de 1836; La nochebuena de 1836.

Entonces, aprovechando el momento de bonanza, Larra se puso escribir una novela histórica, que resultó intrascendente y se tituló El Doncel de Don Enrique el Doliente, 1834, y también hizo un drama titulado Macías, 1834, y Larra se perdió en la nada literaria.

 

 

Romanticismo español a partir de 1833.

 

Y por fin, los románticos triunfaron en España tras la muerte de Fernando VII en 1833, cuando Europa estaba saltando hacia el realismo, aunque persistiría la corriente romántica todavía mucho tiempo. Este reinado había significado una época de represión, de prohibiciones, de exilios. Lo calificaron como una oscura noche intelectual. Y denominaron a los diez años anteriores, 1823-1833, como “década ominosa”, década de asco que era mejor olvidar.

Las nuevas tendencias literarias tenían dificultades en España, y sobre todo en Madrid. En Madrid, la censura era más rígida que en provincias, y no había prensa independiente ni enseñanza abierta a las nuevas ideas europeas. Los teatros de Madrid, el de la Cruz, el del Príncipe, Caños del Peral, daban comedias barrocas, sainetes y tonadillas que continuaban en el gusto del siglo XVIII. Caños del Peral, solar hoy ocupado por el Teatro Real, continuaba dando ópera italiana, es decir drama. España estaba fuertemente implantada en la tradición.

En España, algo de poesía, algo de teatro, y pocas cosas más, se consideran romanticismo. Decir que el teatro cómico era realista y antirromántico es exagerado y probablemente falso. Larra identificaba algunas comedias como románticas y posiblemente había algo de romanticismo, pero dentro de unos límites.

Se consideran primeras obras del romanticismo La Conjuración de Venecia de Martínez de la Rosa en 1834, Don Álvaro o la Fuerza del Sino en 1835 de Antonio de Saavedra duque de Rivas, y el “prólogo” a El Moro Expósito del duque de Rivas, hecho por Antonio Alcalá Galiano en 1834 y tenido como el manifiesto de los románticos españoles.

De 1830 a 1850 se produjo en España una proliferación vasta y caótica de dramas, comedias, novelas, cuentos, poemas narrativos y líricos, escenas de costumbres, periódicos de éxito fácil y duración efímera. Los autores se apegaban a la clientela política de un partido y lanzaban vituperios y maldiciones contra la gente no grata a ese partido, exagerando y falseando la realidad en bien de la pretendida gracia que les hacía a los seguidores del partido. Aquello no tenía valor social, ni humano, ni científico. Perdieron la oportunidad de estudiar el Beschränkung alemán, el Sturm und Drang alemán, el romanticismo francés. No hicieron teorías constructivas, no hicieron literatura comprometida. Actuaban como un molino de palabras, actitudes y ademanes, gritos melodramáticos, sin valor cultural alguno, pobres ideológicamente y superficiales en la crítica. Y muchos actuaban al dictado de los partidos políticos.

Son excepciones, en cuanto a intentar teorizar, Juan Donoso Cortés y Julián Sanz del Río, pues éstos trataron de hallar una teoría que diera sentido a la religión católica, teoría contraria la una de la otra, aunque ambas católicas. Ninguno de los dos fue comprendido en su tiempo. Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 1851, es una obra de Donoso Cortés, romántica, antirracional, con exaltación religiosa y lenguaje que apela constantemente al sentimiento. Igualmente Jaime Balmes Urpiá defendió el catolicismo español en El Criterio, 1845. Como defensa de la religión, algunos autores los consideran románticos. En realidad no eran ninguna rebelión contra el pasado, sino insistían en la necesidad de volver al tradicionalismo católico.

Los españoles de después de Fernando VII empezaron a protestar contra el neoclasicismo, porque ponía reglas. Decían que las reglas ataban y entorpecían la inspiración. El argumento era muy pobre y, de hecho, no crearon nada interesante ninguno de ellos. Era una pose “progre” y copiada de Francia, que se vendía muy bien, que quedaba muy bien ante un público determinado, “porque así lo había hecho en Francia Víctor Hugo”. Muchas veces, ni entendían el neoclasicismo, ni conocían el romanticismo europeo que había evolucionado tras él.

Los españoles supervaloraron los sentimientos personales, y se cebaron en describir pasiones, emociones, fantasías y sueños, identificando este estilo de escribir con el romanticismo. Los excesos verbales, que muchas veces son mala calidad literaria, fueron vendidos como romanticismo. Les faltaba la crítica de la realidad social y política, que hicieron, el romanticismo reivindicando lo irracional y el realismo reivindicando reformas en el campo de lo práctico. Hay algo en común entre romanticismo y realismo, la crítica que intenta salvar al ser humano frente al dogmatismo de las clases altas.

Los escritores españoles a veces se negaron a analizar la realidad española del momento en que vivían, no querían afrontar la verdad, no querían poner en duda las actuaciones de la Iglesia española, no querían defender valores sociales. Vivían el hoy y no les interesaban las leyendas del pasado ni las ilusiones del futuro. Su modo de vida coincidía con la idea de los románticos, pero los románticos europeos eran gente culta que maldecía las excesivas reglas y excesivos condicionamientos sociales, mientras el español vivía el hoy porque no tenía esperanzas del mañana.

 

 

El romanticismo español en el teatro

 en 1830-1850.

 

Entre los autores españoles se producían situaciones irracionales, de baja altura intelectual: se reían del Siglo de Oro francés, de Corneille y de Racine, y el argumento principal era que los franceses habían despreciado a Calderón y a Lope de Vega, argumento verdaderamente infantil. Si los franceses decían que el genio era un batido de paciencia, estudio, trabajo y labor de repaso, los españoles dijeron que el genio era inspiración, relámpago, rayo, capricho, libertad absoluta, anarquía métrica, gramatical y sintáctica. Apelaban a la irracionalidad por la irracionalidad misma. Mesonero Romanos hacía alarde de un nacionalismo ingenuo y creía defender a España diciendo que las ideas románticas se habían originado en España y toda Europa las había copiado. De alguna manera, quería hacer pasar la incultura y miseria española como un arte de la modernidad. Pero los europeos querían mejorar las condiciones de vida de la sociedad, mientras los españoles no estaban haciendo planteamientos serios de nuevas ideas.

El 23 de abril de 1834 se estrenó La Conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa, y esa obra de teatro fue el pistoletazo de salida de otras: Macías de Larra en 1834 (25 años de edad), Don Álvaro o la fuerza del sino, 1835, de Ángel Saavedra duque de Rivas (44 años de edad), El Trovador de Antonio García Gutiérrez en 1836 (23 años de edad). En 1837, Juan Eugenio Hartzenbusch escribió Los Amantes de Teruel. En 1837, Antonio Gil y Zárate escribió Carlos II el Hechizado. En 1844, José Zorrilla estrenó su Don Juan Tenorio. Los españoles se estaban al fin planteando la contraposición de la racionalidad y el absurdo, como componentes de la vida.

Otros autores fueron Ventura Vega (Buenaventura de la Vega y Cárdenas), Joaquín Francisco Pacheco en Alfredo 1835, José María Díaz, Miguel Agustín Príncipe, Patricio de la Escosura, Gregorio Romero Larrañaga, Mariano Roca de Togores, Leopoldo Cueto

Los autores buscaban tensión emotiva en las ideas y en las situaciones. Utilizaban muy a menudo las exclamaciones Dios, cielo, infierno, maldición, para exaltar el lenguaje. Aunque con formas nuevas, seguían en la tradición de los últimos sesenta años, en vez de abordar planteamientos nuevos de las bases del pensamiento.

De todos ellos, sólo fueron capaces de permanecer Francisco Martínez de la Rosa, 1787-1862, (Abén Humeya, 1836), Ángel Saavedra duque de Rivas, 1791-1865, (Don Álvaro, Desengaño en un Sueño), Antonio García Gutiérrez, 1831-1884 (Venganza Catalana, Juan Lorenzo, Trovador), y José Zorrilla, 1817-1893, el cual escribió 25 dramas históricos y, el 28 de marzo de 1844, estrenó Don Juan Tenorio, obra que resume todo el romanticismo español en cuanto a desorden estructural, simplificación sentimentalista y radicalización emotiva. En Don Juan Tenorio, presentó al inmoral que dice ser víctima del destino. Pero Zorrilla fue de lo más romántico español, porque en 1844, llegó al poder Narváez, un hombre que utilizó las formas liberales para imponer un Gobierno autoritario, como habían sido tradicionalmente los Gobiernos españoles. Ante un hombre como Narváez, que pide por encima de todo el orden público, Zorrilla nos presenta un Tenorio que infringe todas las normas sociales y está orgulloso de ello.

En España se representaban también obras de extranjeros como Víctor Hugo, Alexandre Dumas, Eugene Scribe y Jean Nicolas Bouilly.

 

 

La narrativa española del XIX.

 

En cuanto a la novela histórica romántica, se dice que fue iniciada en 1814 por la novela Waverley de Walter Scott. En realidad, este género fue una caída de nivel respecto a La Nueva Eloísa de Rousseau, o Las Amistades Peligrosas de Pierre de Choderlos escritas unos años antes. Decimos que era una caída de nivel porque no se hacía análisis psicológico de los personajes, no se contemplaban reacciones diversas de los personajes, ni las contradicciones propias del género humano. Lo que hizo Walter Scott fue imbricar la intriga en unas circunstancias y ambientes reales de un tiempo determinado de modo que el contexto pudiera influir en el personaje novelado y éste tomara apariencias de realidad. Sustituyó al héroe excepcional de la poesía épica por un protagonista “mediano”, un hombre del montón, un tipo corriente, pero esto ya lo había hecho la picaresca. Dramatizó la acción de forma que el diálogo resultó poco importante y fue sustituido por soliloquios e intervenciones del autor.

George Gordon Byron por su parte, había creado héroes demoníacos como El Joven Harold en 1812, El Giaur de 1813, El Corsario de 1814,  Manfredo 1816-1817, Beppo 1817, Mazeppa 1819, Caín 1821, Don Juan 1819…

España, a partir de 1830, se movió entre Walter Scott y Lord Byron, mezclando ideas de ambos, y los resultados fueron dudosos:

Ángel Saavedra duque de Rivas hizo El Moro Expósito en 1834 y Romances Históricos en 1841, y algunas leyendas. En El Moro Expósito nos habla de que el destino y el amor son fuerzas incontrolables para los hombres. En Romances Históricos, trata de exaltar el pasado histórico español. En el sentido de intentar recuperar los romances históricos y leyendas antiguas, Saavedra se parece a los románticos europeos.

José de Espronceda, 1808-1842, hizo El Estudiante de Salamanca, 1840, en donde nos presenta un protagonista practicante de todos los vicios humanos, una mujer seducida y engañada, y una venganza, seguida de apariciones de muertos y una visión del protagonista en la que asiste a su propio entierro y se casa con su amada después de muerta. Parece que imita el estilo de los románticos europeos.

José Joaquín de Mora hizo Leyendas Españolas en 1840, en la que personajes corrientes viven la historia española y la desmitifican.

José de Zorrilla en Los Cantos del Trovador, 1840, expuso una serie de leyendas españolas con gran profusión de vocabulario y muy poco valor literario. También hizo Ecos de las Montañas en 1868. José Zorrilla, 1817-1893, tradujo varias obras del francés al español y trató de imitar a los románticos franceses.

En Cataluña se publicaron obras de los franceses Eugenio Sue, y Paul de Kock, de escasa calidad literaria, lo cual condicionó el resto de la novela de este tiempo.

Pedro Mata Fontanet escribió El Poeta y el Banquero en 1841-1842, en la cual describe las relaciones entre un poeta revolucionario incendiario, y un banquero ultraconservador y colaborador con el Gobierno.

Juan Martínez Villergas, Los misterios de Madrid, 1844-1845, nos cuenta las desventuras de las prostitutas de Madrid.

Wenceslao Ayguals de Izco, María la Hija de un Jornalero, 1845, nos muestra desprecio por la ostentación de la Iglesia y de la Nobleza, y el valor del pueblo elevado a la categoría de ciudadano por el liberalismo.

Ramón de Navarrete, en Creencias y desengaños, 1843, Madrid y nuestro siglo, 1845-1846, Misterios del corazón, 1849, nos cuenta los amoríos, costumbres y paisajes existentes en Madrid.

Antonio Flores, Doce españoles de brocha gorda, 1846, relata las costumbres del pueblo corriente.

Juan Ariza, Viaje al Infierno, 1848 hace una sátira de Madrid y de sus ciudadanos.

Romero Larrañaga, La Enferma del Corazón, 1848, describe costumbres y cultiva el sentimentalismo.

Jacinto Salas y Quiroga, El dios del siglo, 1848, nos cuenta cómo el objetivo de sus contemporáneos es enriquecerse, medrar en política y relacionarse con la aristocracia.

Pero entonces apareció una buena novelista, Cecilia Bohl de Faber, Fernán Caballero, 1796-1877, hija de alemán y andaluza, nacida en Suiza, formada en Alemania, que había leído a los autores franceses. En 1835 publicó La Madre con su verdadero nombre, un cuento, y en 1849 publicó las obras por la que es más conocida: La Gaviota, Clemencia, La Familia de Alvareda y Un verano en Bornos. Y luego unos cuentos y novelas cortas que es lo mejor de su obra: Una en Otra, Un servilón y un liberalito, Pobre Dolores. Cecilia Bohr de Faber sermonea en sus escritos y basa su éxito en alabar el folclore español popular auténtico y tradicional y en quejarse de la impiedad que la rodeaba. Sus mejores valores es que captaba el detalle, el aspecto artístico de cada detalle, y sabía estructurar la intriga y ambientar las escenas, “cortar” las escenas en ambientes sociales concretos y hacer hablar a los personajes de acuerdo con ese ambiente social.

Antonio de Trueba, 1819-1889, fue un vasco de habla española que se movió entre el populismo romántico y el realismo. Escribió El Libro de los Cantares, 1851, Los Campesinos, De Color Rosa, De Varios Colores, De vivos y Muertos. Era hábil con el lenguaje y utilizaba el humor.

 

 

La poesía española del XIX.

 

La poesía europea de su tiempo era muy distinta a la española: la europea, trataba de descubrir la realidad interior a la persona, las experiencias de la realidad y lo que eran ficciones mundanas, interpretar la realidad a la luz de un sueño. Baudelaire decía que el poeta debía ser culto, un hombre actual. Pero como en España no había muchas personas cultas y de altura intelectual a nivel de su tiempo, surgieron muchos poetas mediocres.

La poesía española de la época isabelina se caracteriza por la melancolía, el culto a la sensibilidad naturalista y el anhelo de cosas mejores. Los poetas creyeron que esto había que expresarlo con modos “revolucionarios”, es decir, con versos difíciles que no respetaran la métrica, sin reglas, sin sintaxis lógica, introduciendo palabras del lenguaje coloquial, popular y trivial, con lenguaje propio de la izquierda revolucionaria y de la ciencia más actual, aunque éstas fueran palabras desconocidas para el gran público. Los poetas fueron muchos. Los ordenamos por año de nacimiento y sólo destacamos en negrita unos pocos:

Nicasio Álvarez Cienfuegos, 1764-1809.

Juan Bautista Arriaza, 1770-1837.

Manuel María de Arjona, 1771-1820.

Alberto Lista, 1775-1848.

Juan Nicasio Gallego, 1777-1853.

José María Blanco White, 1775-1841, Misterious night,

Francisco Martínez de la Rosa, 1787-1862.

Manuel José Quintana, 1772-1857.

Ángel María Pérez de Saavedra Ramírez, 1791-1865, duque de Rivas, El Faro de Malta,

Juan Arolas, 1805-1849, el cual era sacerdote y escribía poesías amatorias.

Manuel Cabanyes, 1808-1833.

José de Espronceda, 1808-1842, autor de Al sol, era el señorito díscolo e infantil típico, que se apuntó a la “Sociedad de los Numantinos” porque le hacía ilusión pertenecer a una sociedad secreta. Luego se hizo progresista exaltado porque le excitaba la acción en la calle, y pedía un general que acaudillase al pueblo, por lo que se entusiasmó con Espartero en 1840. Su cultura era muy limitada y de tipo poco asumida y poco meditada, pero estuvo en Londres y en París en 1828-1833, como niño de familia bien, y no aprovechó apenas el viaje para ponerse al día en cultura y pensamiento. Escribió mucha basura literaria, pues sólo parecía interesarle la política, lo único que le excitaba. Utilizaba tópicos populares que le atraían mucho pero que para nosotros no tienen valor literario alguno. Pero entre sus muchas obras, nos parecen interesantes El Estudiante de Salamanca, un poema narrativo, El Diablo Mundo, que son 5.000 versos polimétricos, y poemillas menores como La Canción del Pirata, El reo de muerte, El cosaco, El mendigo, El verdugo. En prosa escribió De Gibraltar a Lisboa, de tipo realista autobiográfico, El Ministerio Mendizábal, que es un panfleto, y artículos de prensa como El Huracán y El Pensamiento.

Nicomedes Pastor Díaz, 1811-1863,

Gertrudis Gómez de Avellaneda, 1814-1873, El Día Final,

Enrique Gil y Carrasco, 1815-1846, La Violeta,

Gabriel García Tassara, 1817-1875, A Laura,

José Zorrilla, 1817-1893, Un Recuerdo y un Suspiro,

Ramón de Campoamor, 1817-1901,

Salvador Bermúdez de Castro, 1817-1883,

Pablo Piferrer, 1818-1848,

Ventura Ruiz Aguilera, 1820-1881.

José Selgas, 1822-1882.

Carolina Coronado, 1823-1911,

Eulogia Florentino Sanz, 1825-1881

Ángel María Decarrete, 1827-1904.

Narciso Serra, 1830-1877.

Federico Balart, 1831-1905.

Manuel de Palacio, 1832-1906.

Augusto Ferrán, 1835-1860.

Vicente Wenceslao Querol Campos, 1836-1889.

Gustavo Adolfo Bécquer, 1836-1870, es el autor con éxito entre los adolescentes de finales del XIX y del siglo XX. Se le considera el máximo exponente del romanticismo español. Escribió lo mejor de su obra entre 1861 y 1865, sus Leyendas, sus crónicas periodísticas, sus Cartas literarias a una mujer, y Cartas desde mi celda. Las Rimas de 1861, se publicaron como 86 composiciones en las que reflexiona sobre la creación literaria, el amor, la decepción y el desengaño tan frecuentes después del amor, y sobre la muerte. En las Leyendas, escritas entre 1858 y 1864, recrea ambientes fantásticos, sobrecogedores y misteriosos, al más puro estilo romántico europeo.

Rosalía de Castro, 1837-1885 es una bandera de los galleguistas, por haber escrito en gallego. Fue una mujer fuertemente influida por la noticia de que era hija de un sacerdote, algo tabú en España, y esa decepción la hizo adquirir una sensibilidad especial sobre los problemas sociales de su época, principalmente los asalariados y las mujeres. Empezó a escribir tempranamente, a los 20 años, La Flor, pero destacó a partir de 1861, en Flavio, cuando denuncia que las mujeres son vistas como instrumentos de perversión por una sociedad machista, y 1863, con A mi Madre, y Cantares Gallegos, donde denuncia en gallego el miserable trato que reciben los segadores gallegos contratados en Castilla. En 1866, vuelve a insistir sobre problemas sociales, en este caso la postergación social de las mujeres, en la novela Ruinas. Podíamos calificarla por tanto de realista. Pero a partir de 1867, parece que da un giro hacia el romanticismo y en El Caballero de las Botas Azules, nos presenta ambientes llenos de fantasía como los mejores románticos europeos, y en 1880, en Follas Novas, también escritas en gallego, hace reflexiones sobre la muerte y la soledad humana, un tema considerado muy romántico. En 1885, En Las Orillas del Sar, describe en castellano una angustia religiosa, un paraíso perdido, que algunos identifican con Galicia, pero no es necesariamente así, y un pesimismo vital que es lo más recordado de esta autora literaria.

Jacinto Verdaguer, 1843-1902.

Melchor Palau, 1843-1910.

Eusebio Blasco, 1844-1903.

Joaquín Bartrina, 1850-1880.

En 1846 se publicó en Madrid Doloras, de Ramón de Campoamor, 1817-1901, un asturiano que hasta entonces no había publicado sino obras mediocres como Ternezas y Fibras, 1840, y Ayes del Alma 1842. Nadie le conocía. Pero, de pronto, surgió el éxito, y su suerte perduró hasta mediados del XX, aunque luego se le olvidó porque no era tanta la calidad. Luego, publicó otras obras que tampoco tuvieron éxito: Pequeños Poemas y Humoradas. La dolora era una composición poética que combinaba ligereza de lenguaje y sentimiento, concisión y pensamiento filosófico. Así es como lo describía Campoamor. A nosotros nos parece que se limitaba a contar en verso un lugar común, una banalidad, un epigrama no muy ingenioso, como que todo es ilusión y mentira, o que la vida es una rueda que da vueltas hacia ninguna parte. Por eso se explica que haya sido olvidado desde mediados del XX. Pero las Doloras eran breves y memorizables, y su lenguaje era el coloquial burgués, sin énfasis en la verborrea, sin adjetivos rimbombantes ni personajes mitológicos, y eso gustaba a una sociedad cansada de románticos exagerados en el lenguaje.

 

 

La cultura española en 1844-1854.

 

Es la época en que se impuso la paz, una paz bajo el autoritarismo del general Ramón María Narváez.

Este periodo representa una pausa necesaria y de saludables efectos tras la ebullición de ideas liberales de la época anterior. La persecución de la idea de libertad absoluta había llevado a los autores españoles a intentar imitar todo lo europeo, lo cual era imposible. Les venía bien plantearse algunas limitaciones, la aceptación de un cierto control estatal. Ya lo había dicho Goëthe: “el genio es paciencia”. Los románticos españoles habían perdido el verdadero espíritu crítico y lo habían sustituido por la crítica a los grandes males de la humanidad en general, tarea más bien inútil y nada original, más bien facilona, y por las formas ampulosas con exclamaciones altisonantes. En ese autoengaño, no eran capaces de identificar lo importante, los males de cada día que ellos mismos vivían. Fueron excepción Larra y los exiliados de 1814-1820, los cuales tenían más formación humanista. Hablamos de Lista, Alcalá Galiano, Tapia, Ochoa, los cuales se hacían oír en el Liceo y en el Ateneo y suscitaban debates, reflexiones, iniciativas editoriales…

 

 

La dificultad de asumir el realismo.

 

El realismo era una tendencia que partía de dos supuestos diferentes. El uno el llamado naturalismo, y el otro denominado socialismo. Ninguno de los dos tenía posibilidad alguna en España. Detrás de cada postura, había una tesis moral diferente.

El naturalismo era la concepción materialista del mundo, incluyendo al hombre. En su vertiente determinista, llegó a decir en algunos casos en países de Centroeuropa, que el hombre era fruto de sus circunstancias. Esta mentalidad llevó al evolucionismo y el evolucionismo propició un mundo nuevo en geología y antropología. En España, un país católico tradicionalista, ya era difícil expresar estas ideas, y más difícil tener lectores como para merecer la pena publicar. Todavía en el siglo XX, en muchos colegios religiosos españoles, se negaban las teorías de Darwin.

El socialismo de mediados del XIX hacía crítica social y económica de la desigualdad, de la injusticia, de la pobreza. En España, una mentalidad nobiliaria y eclesial hacía imposible una crítica de tipo socialista, aunque se hicieran críticas de tipo tradicional cristiano.

España no tendrá una corriente fuerte de realismo crítico hasta después de la revolución de 1868-1874. Mientras tanto, se acercará un tanto a este ambiente europeo mediante el costumbrismo, un realismo meramente descriptivo. Se trataba de exponer las costumbres y modo de vida campesino rural, como portadores de valores muy superiores a los que se estaban viendo en los medios urbanos. El campesino rural español era católico cerrado y sus valores se defendían frente a la novedad de las nuevas teorías científicas y sociales.

De Villahermosa a la China, 1845-1848, es una novela de Nicomedes Pastor Díaz, romántica que quiere dar paso al realismo, describiendo el Madrid romántico y el ambiente popular sencillo en Galicia.

 

 

La narrativa costumbrista española del XIX.

 

Los costumbristas españoles pretendieron aparecer como realistas, es decir, como antirrománticos.

La narrativa costumbrista no era el fuerte español. Ramón Mesonero Romanos, 1803-1882, publicó en 19 y 20 de junio de 1836 un Panorama Matritense, intentando imitar al inglés Joseph Addison, al francés Louis Mercier, y al francés Etienne de Jouy, para describir tipos humanos que deambulaban por Madrid. Lo firmó como “El Curioso Parlante”. En 1851, Mesonero Romanos insistió en el género con Escenas Matritenses, en donde afirmaba que abandonaba el estilo de Mercier y de Jouy para tratar de imitar más a Cervantes y Quevedo. Ramón Mesonero Romanos se inspiró en Ramón de la Cruz, pero trataba los asuntos con estilo llano y humor madrileño.

Serafín Estébanez Calderón, 1799-1867. Se inspiraba en los sainetes del gaditano González del Castillo. Él fue inspiración para los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero. Describe tipos andaluces. Era tío de Antonio Cánovas del Castillo.

Antonio Flores Algovia, 1818-1865. En Doce Españoles de brocha gorda… 1846, describe personajes marginales de Madrid, y en Ayer, Hoy y Mañana, describe los cambios a lo largo de tres generaciones madrileñas.

Una obra costumbrista que es buque insignia de los costumbristas españoles fue Los Españoles Pintados por sí Mismos, obra de diversos autores que quisieron copiar una iniciativa británica de 1840, seguida también por los franceses en 1840-1842. Colaboraron Rivas, Zorrilla, Estébanez, García Gutiérrez, Hartzenbusch, Salas, Quiroga, Flores, Ochoa, Fermín Caballero, Ferrer del Río y Cueto, Navarrete, Asquerino, J.M. Díaz, Vicente de la Fuente, Castañeira y Pedro de Madrazo. En España, constó de 98 piezas, casi todas en prosa. En la obra aparecen los arquetipos españoles, el torero, la patrona de huéspedes, el indiano, el ama del cura, el guerrillero, el hortera, el senador, el contrabandista, el calesero, la gitana, el patriota, la maja, el covachuelista, la monja, el gaitero gallego, la politicómana (feminista)

 

 

La novela española de mediados del XIX.

 

La novela de mediados del XIX se proponía objetivos nuevos en Europa: Honorato de Balzac había afirmado, en el prólogo a La Comedia Humana, 1842, que sólo la comedia podía afrontar la exposición del drama de tres o cuatro mil personajes de una sociedad, y en ello se había de ocupar un nuevo género de novela. Había que desechar las novelas sobre uno o dos personajes, como habían hecho Walter Scott y sus seguidores y había que iniciar novelas de grupo, donde fuera posible identificar los diferentes tipos sociales que integran una sociedad determinada. El objetivo era identificar a todos los tipos sociales de esa sociedad. El proyecto era un trabajo inmenso, un universo nuevo para la novela moderna y contemporánea, un saco en el que cabía todo, la crónica cotidiana, los conflictos sociales, las revoluciones y las guerras. A Balzac le siguieron Dickens, Dostoyevsky, George Sand, George Elliot, Flaubert, Turgueniev, Hawthorne, Melville, Trackeray, Tolstoi, Zola…

El éxito de estas novelas se atribuye a la revolución de 1848. Pero después de ello, era preciso cambiar el modelo de novela en España.

 

La novela histórica empezó en España con Ramón López Soler en Los Bandos de Castilla, 1830.

Siguió con 31 volúmenes de novelas históricas originales españolas, editadas por Repullés en Madrid entre 1832 y 1834.

Y enseguida apareció el romanticismo con un furor propio de haber estado prohibido durante décadas, un romanticismo tardío respecto a Europa. Ante el éxito de estas novelas, los neoclásicos se pasaron inmediatamente al género que tenía mercado. El resultado fue una calidad muy baja.

Manuel Fernández González, 1821-1888, llegó a publicar más de 300 novelas utilizando “negros” para escribirlas, sin mostrar escrúpulos ni por las formas ni por el estilo resultante, porque sólo trataba de vender.

Enrique Gil y Carrasco publicó El Señor de Bembibre, 1844. Narra, enmarcadas en el siglo XIV, las desgracias de don Álvaro que no logra conseguir a Doña Beatriz.

Francisco Navarro Villoslada publicó Doña Blanca de Navarra en 1846, y Amaya y los Vascos en el siglo VIII. Nos narra las desventuras de Blanca de Navarra en medio de las luchas entre beamonteses y agramonteses.

Gertrudis Gómez de Avellaneda publicó Guatimozín, 1846. Narra la entrada de Cortés en México y el contraste entre las dos culturas, poniendo a la azteca como una cultura avanzada.

Antonio Cánovas del Castillo publicó La Campana de Huesca, 1854, para glosar esa bella leyenda del Rey que se deshizo de los nobles enemigos suyos.

Amós de Escalante Prieto alias Juan García, publicó Ave Maris Stella en 1877 para narrar la historia de Santander en el siglo XVII.

Emilio Castelar publicó Fray Filippo Lippi en 1877. Trataba de describir Florencia y hacer ver que la democracia es un avance cultural semejante al Renacimiento.

Antonio María de Trueba y de la Quintana escribió, desde 1862, historias de los vascos, su tradición y su gente.

Toda la novela histórica española fue de muy poca calidad, de lenguaje descolorido y desabrido, de largas parrafadas y muchas interrogaciones retóricas que sonaban a falso. Alguno la califica de logorreica. Crean personajes ficticios, o con un cierto parecido a la realidad histórica, y los utilizan para exaltar unos valores humanos de forma subjetiva.

 

 

El teatro español a mediados del XIX.

 

Continuó fiel al romanticismo porque así lo pedían los empresarios, los actores y el público. Pero los héroes y temas más propios del romanticismo desaparecieron paulatinamente para dar protagonismo al altoburgués de su tiempo.

Ventura Vega, 1807-1865, escribió en verso El Hombre de Mundo, retratando un ambiente doméstico con lenguaje coloquial.

Manuel Tamayo y Baus, 1829-1898, era un neorromántico que escribió Virginia, 1853, La Rica Hembra, 1854, y Locura de Amor, 1855, que intentó evolucionar hacia el realismo en La bola de Nieve, 1856, pero no lo consiguió y permaneció en un limbo en Lo Positivo, 1862, y en Un Drama Nuevo, 1867, porque Tamayo necesitaba representar.

Adelardo López de Ayala, 1829-1879, fue otro neorromántico que intentaba publicar y estar entre los grandes, y se dedicó al drama histórico (Un Hombre de Estado, 1851), a la ópera, a la sátira… sus triunfos principales fueron El Tejado de Vidrio, 1857, El Tanto por Ciento, 1861, y El Nuevo Don Juan, 1863.

Enrique de Gaspar, 1842-1902, publicó en 1867 Las Circunstancias, intentando algo nuevo.

Los autores intentaban describir psicológicamente a los personajes, pero el público y los empresarios pedían lo melodramático, y los autores cedían con facilidad a estas demandas, utilizando demasiadas palabras para cosas simples, pero es lo que se les demandaba. Y el tema era siempre el mismo, la obsesión de los españoles de la época, el adulterio.

 

 

El realismo español de finales del XIX.

 

El primer realismo español lo podemos observar en las pinturas de Francisco de Goya, retratando el absurdo de la realidad española antes de 1825, pero este concepto no fue aceptado en España hasta muchos años después.

El realismo literario español de más calidad es muy tardío respecto al movimiento europeo iniciado hacia 1830 y encontramos sus principales  autores en el último cuarto del siglo XIX y a principios del siglo XX. Se nos sale completamente de la época que estamos estudiando. Lo citaremos muy por encima.

El realismo español es continuación del costumbrismo de mediados de siglo y trata de denunciar la moral del éxito que se estaba imponiendo, el individualismo burgués que no atiende a los problemas sociales de su entorno, la aceptación de retrocesos culturales como el adulterio.

Triunfará el estilo de criticar determinadas posturas morales a fuerza de describir la vida tal como es, relatando un mundo de infidelidades, conflictos matrimoniales, amores prohibidos. Y todo ello se cuenta con lenguaje popular al uso de la época, que hace cercana al lector la historia que se cuenta.

Juan Valera describe Andalucía en Pepita Jiménez en 1874: Un adolescente inocente, seminarista que quiere ser sacerdote, descubre la realidad del mundo y se ve implicado en el amor de una mujer. El amor triunfa. Y la vida social en general y la de la pareja en particular, es feliz el resto de sus días tras esta circunstancia que décadas antes hubiera dado lugar a un drama. Es decir, la inocencia se enfrenta a la realidad y es capaz de dominarla.

José María Pereda, publicó Escenas Montañesas en 1864 fotografiando la realidad que veía en su tierra y haciendo defensa a ultranza del catolicismo más cerrado. Describe Santander en Peñas Arriba en 1895. Un hombre culto y de mundo, de Madrid, descubre un mundo más real en un pueblo de campesinos montañeses.

Benito Pérez Galdós, describe ambientes de Madrid y escribe la novela histórica Episodios Nacionales a partir de 1873. En contraste con la novela histórica romántica, la de Galdós se ajustaba mucho a la realidad.

Pedro Antonio de Alarcón, describe Granada y publicó El Escándalo en 1875.

Emilia Pardo Bazán, gallega, escribe a partir de 1874 y su época es más bien del paso entre los siglos XIX y XX. Describe la realidad de España tras un pasado glorioso y que en su tiempo no es más que caciquismo, amores ilícitos guardando las formas exteriores, mujeres que buscan la manera de comer. La Pardo Bazán se decía neocatólica (integrista católica) porque pensaba que el mundo necesitaba una moral, pero por otra parte aceptaba el naturismo y el darwinismo (La cuestión palpitante), y también decidió negarse a la sumisión de la mujer a unas reglas sociales sexuales y a su marido, e incluso practicó el sexo con quien le apetecía fuera del matrimonio. Todo ello era rotundamente prohibido por la Iglesia católica, incluso por la no integrista. Por ello, su obra y su vida fueron muy polémicas.

Leopoldo Alas, Clarín, describe Asturias y escribe La Regenta en 1885, criticando la falsa moral de su tiempo.

Luis Coloma Roldán, sacerdote jesuita, escribió Pequeñeces en 1891. Describe las maldades entre damas de la alta sociedad, que muchas veces pudieran solucionarse con algún gesto de buena voluntad, con “pequeñeces”. Es la visión católica de la realidad española.

Armando Palacio Valdés escribió Marta y María sobre Asturias en 1883. Contrapone la religiosidad egocéntrica, con la menor religiosidad virtuosa.

Vicente Blasco Ibáñez describe el campo de Valencia, ya a principios del siglo XX, en muchas novelas. Es la visión socialista de la realidad española.

 

 

LOS LIBROS EN LA ESPAÑA DEL XIX.

 

Los libros gustaban iluminados con láminas, y las láminas difundían dibujos de monumentos españoles, sobre todo góticos, y también cuadros famosos, retratos de personalidades, y temas folclóricos.

En 1799, Louis Robert había inventado la máquina plana de papel.

En 1810, Friederich Köning, 1774-1833, había inventado la prensa cilíndrica.

Y desde 1819, apareció en España la litografía.

Los libros eran de tamaño pequeño y la calidad de impresión era baja.

Los temas que mejor se vendían eran historias y guías de viaje, descripciones de ciudades, monumentos en las ciudades, calles, oficinas, museos y bibliotecas que significaban la modernidad, libros de viajes y colecciones litográficas de monumentos.

Recuerdos y bellezas de España, editado en 12 volúmenes entre 1839 y 1865, creó un nuevo género que denominamos “arqueología romántica”.

Biblioteca de Autores Españoles, de Aribau y Rivadeneyra, publicó 71 volúmenes entre 1846 y 1880 empezando por Cantar de Mío Cid, y llegando hasta el siglo XIX. A partir de esta divulgación literaria surgieron investigadores literarios como Gallardo, Janer, Vedia, Cueto, los hermanos Fernández Guerra, Adolfo de Castro, V de la Fuente, Cayetano Alberto de la Barrera.

Historia Crítica de la Literatura Española, 7 volúmenes 1861-1865, de José Amador de los Ríos, expuso la literatura de autores españoles desde la antigüedad latina hasta el siglo XV.

Prosper Bofarull se interesó por la bibliografía.

Manuel Milá y Fontanals, 1818-1884, se interesó por las obras medievales.

Literatura Española del Siglo XIX, fue publicado en inglés por Alcalá Galiano en 1834 y estudiaba el prerromanticismo español. Historia de la Literatura Española, Francesa, Inglesa e Italiana en el siglo XVIII, fue publicado por Alcalá Galiano en 1845 para valorar el nivel literario español respecto a los países del entorno de España.

Ensayos Críticos y Literarios, Sevilla 1844, fue una obra de Alberto Lista Aragón que trató de diferenciar la literatura barroca de la romántica. Ello era necesario pues los alemanes habían dicho que Calderón de la Barca había sido un romántico, lo cual demuestra que quizás no le habían leído. A partir de esa noticia, los románticos españoles hicieron bandera de Calderón y tomaron sus asuntos, personajes y tipos, los mezclaron con los tiempos del XIX, y resultó una falsedad histórica interesante. Por ejemplo, el Don Juan de Zorrilla no tiene nada que ver con el Don Juan de Tirso de Molina. Pero Lista no hizo su obra para reírse de los románticos españoles por su ignorancia, cosa que ya habían hecho Mesonero Romanos y Bretón de los Herreros, sino que trató de analizar el fenómeno romántico y luchar contra los equívocos y falsas interpretaciones que les habían llevado a esos errores de planteamiento.

Eugenio de Ochoa y Montel, 1815-1872, se había educado en París en los años 1828-1834 y trasladó a España los ideales románticos franceses. Era conservador autoritario, y por tanto enemigo de José Zorrilla, el crítico de Narváez. Tradujo obras francesas al español, hizo novela y teatro con escenarios históricos. Como editoir, recuperó el cancionero y romancero medieval, obras del siglo de Oro y del XVIII, y descubrió a Fernán Caballero, cuyo nombre real era Cecilia Böhr de Faber Larrea. Su hermano, José Augusto de Ochoa y Montel, también escribió novelas recreando escenarios medievales.

Cancionero del Pueblo, 1844-1845 se editó en 6 tomos y lo hicieron Ayguals de Izco y Martínez Villergas.

Las revistas El Español y Museo Nacional, 1845-1847, divulgaron en España la literatura alemana. En Museo Nacional, Eulogio Florentino Sanz publicó poemas de Heine en 1857.

 

 

[1] Es muy claro y sencillo el artículo “Curso de Filosofía Positiva, de Augusto Comte” en Biografías y vidas, la Enciclopedia biográfica en línea.

[2] Para una información más amplia, se puede consultar “Romanticismo español. Hispanoteca”. de Fernández López, Justo,

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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