GOBIERNO GUTIÉRREZ DE LA CONCHA EN 1868.

 

 

 

Las Juntas Locales y Provinciales

 de septiembre de 1868[1].

 

Las Juntas Locales y Provinciales no eran parte de la sublevación militar preparada por los generales golpistas, pero surgieron en 1868 como en todas las revueltas progresistas españolas del siglo XIX. Se trataba de gentes, en su mayoría del Partido Demócrata, que reivindicaban la supresión de las quintas y desaparición de los impuestos indirectos, lo cual era inasumible por la burguesía que apoyaba a los generales sublevados, pues era eximir de impuestos a los compradores y cargárselos a los vendedores. En teoría apoyaban a los sublevados, pero sus objetivos eran distintos. Estas juntas eran republicanas, mientras Prim, el líder del movimiento de 1868, era monárquico.

La demostración de la duplicidad de movimientos revolucionarios se hizo patente en el caso de Prim: Prim fue aclamado en Barcelona el día de la sublevación contra Isabel II, pero esas mismas masas, el 3 de octubre, le pedían que se arrancase del ros la corona real que llevaba cosida como insignia. En septiembre de 1868, se simultaneaban en España una revolución militar, un golpe de Estado militar típico, y un movimiento revolucionario demócrata, constituido en Juntas.

El golpe lo iniciaron los militares en Cádiz. Pero inmediatamente surgieron Juntas revolucionarias democráticas integradas por civiles. Los primeros querían una monarquía constitucional. Los segundos querían una república popular. Ambos intentaron tomar el mando de los acontecimientos, pero los civiles no tenían suficiente organización, armas y presupuesto para mantener la resistencia a los ejércitos gubernamentales de Isabel II. Y los segundos no tenían capacidad de vencer a las fuerzas gubernamentales, si no era con el apoyo de las Juntas de civiles. Ambos se necesitaban.

Una vez que había triunfado la sublevación, ambos reclamaron el poder. Lo ganaron provisionalmente los militares monárquicos. Intentaron su suerte los republicanos en 1872-1873, aunque eran una minoría de apenas el 20% de los diputados. Y tras el fracaso republicano, un nuevo golpe situó en 1874 a la clase conservadora en el poder, a la clase política continuista con el sistema monárquico, si bien en la persona de Alfonso XII.

De todas formas, los historiadores valoran en general muy positivamente la revolución de 1868 como el final de un “paripé” político liberal, que no hacía las reformas liberales porque no creía en ellas, y aunque tomaba las formas constitucionales y decía acatar una Constitución, nunca la cumplía. Se acababa un régimen pretendidamente liberal que continuamente hacía promesas como si esas reformas fueran a empezar en cualquier momento.

Llamamos a la época 1868-1874 Sexenio Democrático por cuanto 1868 fue un resurgir de las Juntas, la mayoría de ellas organizadas por los demócratas, y unas pocas por los progresistas, y estos movimientos se desarrollaron durante los seis años dichos. En cuanto triunfó una revolución burguesa liberal, también se podría haber llamado Sexenio Liberal.

Los grupos progresistas constituyen el factor más incomprensible dentro del Sexenio: se situaron en septiembre de 1868 en colaboración tanto con los militares como con las Juntas populares demócratas, ninguno de los cuales era propiamente de los suyos. Lo único que buscaban era el derrocamiento de Isabel II. La idea que defendieron, y en gran parte lograron, era que no hubiera derramamientos de sangre inútilmente. Los juntistas también buscaron evitar el derramamiento de sangre. Pero no hubo un plan de Gobierno progresista, no hubo unas bases populares preparadas para el momento, no hubo unos líderes progresistas suficientemente fuertes. Si hubo un líder, ése fue Prim, pero cuando fue asesinado, se acabó todo el plan. El periodo del Sexenio fue un periodo de bandazos en los que no se sabía a dónde se encaminaba el sistema político. Y el único que se preocupó por configurar un sistema coherente, Cánovas, se llevó el gato al agua.

En cuanto a los gobernantes isabelinos que eran desplazados del poder, no sentían la obligación moral de evitar el derramamiento de sangre, pero los militares que les apoyaban, a menudo estuvieron más dispuestos a pactar y evitarlo, que al enfrentamiento armado. Y de esta manera, y afortunadamente para los españoles, la revolución de 1868 no fue todo lo sangrienta como era tradición en España.

Y había un tercer elemento importante, además de militares y demócratas, aunque no protagonista: las partidas de guerrilleros que estaba previsto que debían aparecer en el campo, los cuales no iban a obtener ningún rendimiento político, pero debían hostigar a los ejércitos isabelinos a fin de que fuera posible el triunfo de la revolución. Su misión era levantar los pueblos, tomar el pueblo, requisar bienes y alimentos útiles para la guerra, confiscar animales y cosechas, imponer contribuciones de guerra para sostener a los sublevados. No era poco el papel de estos grupos rurales.

 

 

Los levantamientos de 1868.

 

El prototipo de levantamiento fue una discusión entre militares y civiles por quién debía protagonizar el primer paso del levantamiento: si primero debían pronunciarse los militares y al día siguiente sumarse la Juntas populares civiles, o si primero debían sublevarse las Juntas y posteriormente sumarse los militares. El problema era que el conjunto de sublevados, militares y civiles, debería hacer frente al ejército gubernamental isabelino, y nadie quería significarse sin tener la seguridad de que otro le iba a apoyar, ninguno creía en la posibilidad de victoria por sí solo. Y ninguno creía en las ideas y sistema político del otro.

Las órdenes de Prim eran coordinar levantamientos de civiles y de militares, y ceder el poder a los militares una vez consolidado el levantamiento. Pero los demócratas no estaban de acuerdo en ceder el poder una vez conseguido, sino pensaban que el ejército se debía poner a su servicio.

 

En Cádiz se produjeron los primeros levantamientos de 1868 contra Isabel II. Ya en 10 de agosto de 1868, José Paúl Angulo, un partidario de Prim comerciante y demócrata, llevó a Cádiz un centenar de hombres reclutados en Jerez, Puerto de Santa María y San Fernando, pero el levantamiento era demasiado precoz y fracasó al no encontrar resonancia en otras ciudades de España. Pero el fracaso no fue total, pues más de un centenar de demócratas quedaron escondidos dentro de Cádiz y a la espera de acontecimientos. El 17 de septiembre, Juan Bautista Topete embarcó a su tropa con el fin de librarse de la vigilancia a que le tenía sometido el Gobernador Joaquín de Bouligny, que era progubernamental. El 18 de septiembre, Bouligny estaba convencido de la proximidad de un golpe, asumió plenos poderes y declaró estado de guerra. Daba por hecho el pronunciamiento de la marinería de Juan Bautista Topete. En efecto, a primeras horas de la tarde, Topete disparó los 21 cañonazos que eran la contraseña del inicio del levantamiento. Inmediatamente, los civiles escondidos en Cádiz se dirigieron a los puntos previamente convenidos a fin de ocuparlos. En San Fernando, el general unionista Rafael Primo de Rivera se pronunció tras oír los cañonazos. El 19 de septiembre, a las 02:00 horas, en mitad de la noche, se pronunció en Cádiz el Regimiento Cantabria, a las órdenes del coronel progresista José Merelo. Éste fue apoyado por los civiles demócratas Rafael Guillén, Carlos Haurie y el capitán retirado Manuel Sánchez Silva. Acudieron más tarde al cuartel los demócratas Paúl Angulo, Fermín Salvoechea y Gumersindo de la Rosa, y tomaron el Gobierno Civil (Aduana), liberaron a los presos políticos y constituyeron Junta en el Ayuntamiento. En esa Junta estaban representados progresistas y demócratas. Joaquín de Bouligny no quiso atacar a la masa de gente sublevada, porque eso significaría una carnicería, y se refugió en el castillo de Santa Catalina. Desde allí negoció su rendición ante Juan Bautista Topete, una vez que supo que estaba en franca minoría frente a los rebeldes. El 19 de septiembre, Prim nombró una Junta Revolucionaria de Cádiz que tenía la novedad de incluir a los unionistas, manteniendo a todos los componentes de la Junta anterior. Topete fue designado Presidente de esa Junta Revolucionaria. El mismo 19 de septiembre, por la noche, llegaron desde Canarias los generales confinados, los unionistas Serrano Domínguez, Serrano Bedoya, Antonio Caballero Fernández, y se incorporaron a la rebelión.

 

En Madrid, los demócratas no contaban con el apoyo de militares importantes y tenían pocas opciones de ganar el levantamiento. Su táctica fue sacar la gente a la calle e intentar conseguir armas. Fracasaron. La represión gubernamental acabó con los líderes demócratas de Madrid, que hubieron de huir e intentar formar nuevos grupos rebeldes.

Los demócratas de Madrid estaban organizados en “Centro Democrático de Madrid”. El Centro Democrático de Madrid era el órgano coordinador de diversos grupos populares demócratas, encargado de guardar una disciplina de partido. Las diez Juntas de Distrito demócratas, que se habían coordinado antes por la Junta Central de Madrid, pasaron a coordinarse por el Centro Democrático de Madrid. Estos grupos actuaban como organizaciones clandestinas cuyo líder tomaba como nombre supuesto el de la organización, y sólo los líderes se reunían y se conocían entre sí en ese Centro Democrático. Su pensamiento era radical, pero no republicano, y tenían orden de decir que serían las Cortes quienes deberían decidir el futuro político de España, monárquico o republicano. Se sabían pocos, y siempre buscaron el apoyo de los progresistas para poder tener alguna oportunidad de triunfo de la revolución. Se lema era: “Democracia, abajo los Borbones, mueran los tiranos y viva la soberanía del pueblo”. Una vez fracasados en Madrid, los demócratas trabajaron mucho en provincias, y de ahí que el movimiento provincial apareciera como predominantemente demócrata. No sabemos quién dirigía Centro Democrático de Madrid, porque su líder, José María Orense, estaba exiliado.

En general, el levantamiento de Madrid de 19 de septiembre fue un fracaso, y hubo que esperar a un nuevo levantamiento el 29 de septiembre.

 

En Béjar, la rebelión la protagonizaron los civiles. Para ello se coordinaron progresistas y demócratas. Aprovecharon un momento de salida del destacamento de guarnición en la ciudad, dejando sólo 6 soldados de retén, para atacar el cuartel y apoderarse del alcalde y de los fondos públicos. Entonces constituyeron Junta Revolucionaria Demócrata, reclutaron a vecinos ofreciendo un sueldo, se hicieron con 300 fusiles, fabricaron dos cañones y se situaron en barricadas y casas particulares. El 22 de septiembre llegó desde Salamanca el brigadier Francisco Nanetti con 1.500 soldados e intentó tomar la ciudad. Tuvo que luchar casa por casa. El asalto le estaba costando muchas bajas, unas 200, y abandonó el ataque, habiendo causado 15 muertos a los junteros, y provocado otras 26 víctimas civiles. Se esperaba el ataque definitivo de las tropas de Salamanca, cuando Nanetti supo de la derrota isabelina de Alcolea de 28 de septiembre, y no repitió el ataque. La Junta Revolucionaria de Béjar había triunfado.

 

En Alcoy hubo división entre demócratas y progresistas y el levantamiento fracasó, los dirigentes de ambos partidos huyeron, y formaron partidas de guerrilleros en el campo.

 

El Alicante unos grupos de civiles fueron a la Plaza de la Constitución el 21 de septiembre, y el Gobernador Militar, brigadier Aparicio, envió contra ellos a la Guardia Civil. Los protagonistas fueron los demócratas.

 

En Santander, un agente de Prim llamado Salvador Damato, militar confinado, trató de levantar la fortificación militar de Santoña. Muchos militares se comprometieron a sumarse al pronunciamiento si éste se producía en Madrid, pero no lo iniciarían ellos. El levantamiento lo protagonizó en 20 de septiembre el periodista demócrata Prudencio Sañudo en Santander, al frente de un grupo de civiles. Sañudo, como demócrata, se negaba a ceder el poder a los militares si triunfaba. Convocó a sus compañeros en la Plaza de la Constitución. Los progresistas le advirtieron que era insensato adelantarse al pronunciamiento de los militares de Santoña, pero como ni Damato ni Olarán, los jefes progresistas, estaban en Santander, no hubo negociación con los demócratas, y éstos se levantaron solos. Los Gobernadores, Militar y Civil, enviaron contra los sublevados a la Guardia Civil. Hubo disparos, pero ninguna baja. Los guardias civiles tomaron 40 prisioneros y sofocaron el levantamiento. Entonces se sublevaron los militares de Santoña y el Gobernador llamó a los dirigentes progresistas y demócratas a negociar. Acudieron Antonio Félix García por los demócratas y José María Olarán por los progresistas. Llegaron a un acuerdo el 21 de septiembre: no se atacarían entre sí, y ambos bandos, monárquico y “revolucionario”, tratarían de guardar el orden público, cada uno entre los suyos. El día 21 se reunieron en casa de Fernando Calderón de la Barca, un abogado progresista, el unionista Pedro de Cárcoba y los progresistas Pedro de Cárcoba, Joaquín Sánchez Andrade y Antonio García Solar. Formaron Junta los cinco, y dieron entrada en ella a dos demócratas, Prudencio Sañudo y Antonio Félix García. Los junteros fueron al Ayuntamiento y encontraron allí al brigadier Francisco Javier Chacón, el cual se había pronunciado por la revolución. Le incorporaron también a la Junta. Y llegada la noche, decidieron incorporar también a Marcos Oria Ruiz, un abogado progresista. En la tarde de ese mismo día 21 de septiembre, llegó desde Santoña la goleta Caridad comunicando que en Santoña había habido pronunciamiento de los militares y exigiendo la sumisión de la Junta de Santander a la autoridad militar pronunciada. En pocas horas, llegaron a la ciudad de Santander 500 soldados y hubo acuerdo. El 24 de septiembre se tuvo noticia en Santander de que el general Eusebio Calonge Fenollet, Capitán General de Valladolid, se acercaba a la ciudad con 3.000 soldados isabelinos. La reacción de los sublevados fue poner barricadas e instalar posiciones defensivas en los tejados. Entonces se produjo la unión de civiles y militares sublevados, cediendo todos el mando a los militares, concretamente al coronel Villegas. El ataque a la ciudad fue muy duro: Calonge tuvo 450 bajas, y los sublevados 24 muertos (8 militares y 16 civiles) y 20 heridos. Calonge tomó la ciudad y los líderes revolucionarios huyeron a Santoña por mar. Calonge tuvo entonces que salir hacia Valladolid, donde había también problemas, y no persiguió a los huidos a Santoña. El 30 de septiembre se supo que la revolución había triunfado en Madrid y las fuerzas de retén, que Calonge había dejado en la ciudad de Santander, huyeron.

 

En Granada, los protagonistas del alzamiento fueron agrupaciones demócratas.

 

En Córdoba, el coordinador del alzamiento fue el médico republicano exaltado, que ejercía como periodista ocasional, Francisco Leiva Muñoz, el cual coordinaba al alcalde unionista Juan Ramón de Hoces conde de Hornachuelos, al comerciante Rafael María Garrindo, presidente del Comité Progresista, y al Decano de la Facultad de Derecho Ángel de Torres, presidente del Partido Demócrata. También estaban complicados Ignacio Chacón López, coronel de lanceros que aportaba el apoyo de los militares, y Rafael Bastida Herrera conde de Robledo de Cardeña, el cual fue distinguido con la alcaldía provisional cuando triunfó la revolución y el conde de Hornachuelos se dedicó a otros menesteres. Las fuerzas isabelinas estaban representadas por el Gobernador militar Juan Nepomuceno Servent, y por el Gobernador civil Bernardo Lozano. El inicio del levantamiento fue complicado porque el demócrata Ángel de Torres quería que empezaran los militares, mientras Francisco Leiva decía que debían empezar los civiles. Leiva no esperó a ningún acuerdo, se puso a asaltar las armerías de la ciudad y se hizo con algunas armas, momento en que se le unieron en la calle algunos vecinos. El Gobernador Juan Nepomuceno Servent convocó a los líderes unionista (conde de Hornachuelos), progresista (Garrindo) y demócrata (Torres) y les intimó a que evitaran entre todos el derramamiento de sangre. En ese momento se sublevó el Regimiento Villaviciosa con Ignacio Chacón López a la cabeza, y el levantamiento quedó decidido por los hechos mismos. Entonces llegó desde Madrid el isabelino coronel Mayens y exigió la rendición de los sublevados. Para darles tiempo a decidir y evitar derramamientos de sangre, se retiró a Carpio. Era el 20 de septiembre de 1868. En ese mismo día, Hornachuelos y Torres salieron a toda prisa de Córdoba para pedir soldados. En ese día ya estaba Francisco Serrano en Sevilla. Mientras tanto, el resto de la Junta de Córdoba intentó reclutar un ejército y ofreció 8 reales diarios a los que se alistaran. Se alistaron 4.000 ese mismo día. Se rectificó y se les comunicó que no se les pagaría nada, y se retiraron 3.200 “voluntarios”. Tampoco servía de nada tener tantos voluntarios porque no tenían armas. Cuando el isabelino Manuel Pavía Lacy marqués de Novaliches se acercaba a Córdoba, los 800 voluntarios huyeron en desbandada. El Regimiento Villaviciosa y su jefe Ignacio Chacón se retiraron hacia Sevilla en tren. Los isabelinos ocuparon Córdoba, disolvieron la milicia ciudadana y organizaron una Junta de Paz con moderados, carlistas y progresistas isabelinos. Participaron en esa Junta algunos guardias civiles y algunos eclesiásticos. El Regimiento Villaviciosa se encontró con Caballero de Rodas y con Hornachuelos, al mando de una fuerza militar que iba a Córdoba. Antonio Caballero de Rodas ordenó a los que huían que siguieran hasta Sevilla. Él se dirigió a Córdoba y reorganizó la rebelión, exigiendo la sumisión de los civiles a la autoridad militar. Rafael Pérez del Álamo, líder campesino de Loja de ideas anarquistas, se acercó a Córdoba con un batallón de voluntarios, y Francisco Leiva Muñoz reclutó otro batallón en Córdoba. Llegó Francisco Serrano Domínguez desde Sevilla, camino de Madrid, y acompañado por Rafael Izquierdo Gutiérrez y por Antonio del Rey Caballero, fueron sobre el Puente de Alcolea y vencieron Manuel Pavía Lacy marqués de Novaliches, el 28 de septiembre de 1868, lo que significó el final del reinado de Isabel II.

 

En Barcelona había en septiembre de 1868 una huelga de obreros del sector textil, pues la crisis económica se hacía notar.

 

En resumen, los protagonistas iniciales de las rebeliones eran los demócratas, a veces acompañados de progresistas. Pero nunca podían hacerse cargo de la situación por sí mismos, pues eran muy pocos, no estaban convenientemente armados y no podían hacer frente al ejército. El proceso conducía siempre a pactar con los militares sublevados, y éstos exigían el control de la situación, con lo que los demócratas perdían la iniciativa.

En cuanto a las guerrillas surgidas, los guerrilleros eran mayoritariamente republicanos y demócratas, un 80%, pues la guerrilla se nutría de voluntarios, no de vecinos forzados a ello.

 

 

Último Gobierno de Isabel II:

Gobierno de José Gutiérrez de la Concha, marqués de la Habana[2], 19 de septiembre 1868 – 30 de septiembre 1868.

 

Presidente, José Gutiérrez de la Concha, marqués de La Habana.

Estado, Joaquín Roncali Ceruti, marqués de Roncali / 20 de septiembre: quedó vacante indefinidamente.

Gracia y Justicia, Carlos María Coronado / 20 septiembre 1868: el subsecretario Vicente Gomis actuó como gestor.

Hacienda, Manuel Orovio Echagüe, marqués de Orovio / 20 septiembre 1868: José Magaz Jaime, interino.

Guerra, José Gutiérrez de la Concha marqués de La Habana.

Marina, José Gutiérrez de la Concha Marqués de La Habana. / 21 de septiembre 1868: Antonio Estrada y González Guiral.

Gobernación, Luis González Bravo / 20 septiembre 1868: Cayetano Bonafós.

Fomento, Severo Catalina del Amo / 20 septiembre 1868: Juan Cavero.

Ultramar, Tomás Rodríguez Rubí / 20 septiembre 1868: José Nacarino Bravo.

El 19 de septiembre, Luis González Bravo abandonó la Presidencia en manos de un militar para dedicarse con más intensidad a su Ministerio de Gobernación, es decir, al orden público.

Podemos observar que el 20 de septiembre, había en Madrid un Gobierno de continuidad respecto al del día anterior. José Gutiérrez de la Concha se había reservado el mando del ejército, y González Bravo el de las fuerzas de orden público que ya tenía anteriormente. Continuaban los Ministros de Estado, Hacienda, Fomento, Ultramar y el ya citado de Gobernación. Cambiaban la Presidencia para un militar, Guerra y Justicia.

La situación era insostenible e incluso se barajaba la posibilidad de que Isabel II abdicase en su hijo Alfonso, pero se desistió de ello, porque esa decisión abocaba a una Regencia, en la cual Isabel II reclamaría ser la Regente. También se pensó en la necesidad de que la Reina estuviese en Madrid en esos momentos difíciles, pero esa determinación parecía peligrosa y se mantuvo a la Reina en San Sebastián, a un paso de Francia.

El 21 de septiembre se redactó un proyecto de disolución de las Cortes, como siempre había hecho Narváez en casos de inseguridad, a fin de que el Gobierno “impusiese el orden público” sin restricciones. El proyecto nunca llegó a ponerse en vigencia, pero indica el sentido autoritario del nuevo Gobierno de España.

José Gutiérrez de la Concha organizó militarmente el territorio español para hacer frente a los pronunciados encargando a su hermano Manuel Gutiérrez de la Concha marqués de Duero, controlar las regiones de Castilla la Nueva y Valencia, a Juan Pezuela y Ceballos conde de Cheste  las de Cataluña y Aragón, a Eusebio Calonge Fenollet las de Castilla la Vieja, Galicia y Asturias, y a Manuel Pavía Lacy marqués de Novaliches las de Andalucía

No se debe confundir a Manuel Pavía Lacy marqués de Novaliches, el monárquico conservador que fue derrotado en Alcolea (Córdoba) por Serrano en 28 de septiembre de 1868, con Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque el republicano autor del golpe de 2 de enero de 1874. Novaliches emigraría de España en 1871 y no volvería hasta 1875.

Manuel Pavía y Lacy, marqués de Novaliches pasó Despeñaperros el 21 de septiembre dirigiéndose desde Madrid a Cádiz para defender el trono de Isabel II.

Los sublevados en Andalucía decidieron que el unionista Francisco Serrano Domínguez avanzara sobre Córdoba, al encuentro del marqués de Novaliches, mientras los progresistas Prim y Sagasta organizaban la retaguardia en Andalucía Occidental.

El general Francisco Serrano Domínguez duque de la Torre, encontró a Manuel Pavía y Lacy marqués de Novaliches a 12 kilómetros de Córdoba, en Puente de Alcolea, y trabaron batalla el 28 de septiembre de 1868 en la que hubo un millar de muertos. El número de muertos no fue importante, aunque Pavía fue herido. Lo fundamental fue que parte de las tropas de Pavía se pasaron a las de los revolucionarios al grito de “todos somos unos” y con ello, la situación parecía perdida para la Reina. Los militares llegaron al acuerdo de esperar a que decidiera el futuro de España “la voluntad nacional”.

Málaga, Granada, Almería, Sevilla, Valencia (José Peris Valero), Alicante, Murcia, Cartagena, Zaragoza, Valladolid, Burgos, Santoña, Santander, Asturias y La Coruña, se pronunciaron contra Isabel II. El grito de las masas decía “¡abajo lo existente!”.

Prim se embarcó en Cádiz y su misión era tocar los puertos del Mediterráneo y levantar las ciudades que pudiera. Fue aclamado en Cartagena donde el pronunciamiento obtenía su primer éxito importante.

 

 

El levantamiento de Madrid.

 

Madrid se levantó el 29 de septiembre contra el Gobierno de Isabel II, es decir contra José Gutiérrez de la Concha, 11 días después del inicio del golpe y un día después de la derrota de Manuel Pavía Lacy en Alcolea.

Ese mismo día, 29 de septiembre, se acabó la fase violenta o militar de la revolución. No hubo más intervención militar. Los días 29 y 30 de septiembre, los militares se adhirieron masivamente al levantamiento en las ciudades en las que no había habido sublevación, o como alternativa huían cuando habían hecho un planteamiento desafiante y habían propuesto condiciones a los sublevados, los cuales ya no aceptaban ninguna condición. En las Juntas que iban surgiendo, de ninguna manera se aceptaba a las autoridades civiles y militares que no se habían sublevado a partir del 18 de septiembre.

No obstante y a pesar de conocer que ya no había violencia, los civiles sublevados en Madrid levantaron barricadas e incluso hubo disparos en la calle contra un enemigo inexistente. También organizaron manifestaciones contra los gobernantes huidos, y hubo desmanes como ya era costumbre en España en estas situaciones. Y se divulgaban coplillas para animar a la gente a salir a la calle. Los demócratas estaban repitiendo la parafernalia, la puesta en escena de levantamientos anteriores españoles, sin que ello tuviera sentido pues no había nadie contra el que rebelarse ni contra el que luchar. Aquello no tenía más sentido que la propaganda para intentar que algunos ciudadanos poco informados, o tibios en su caso, se sumaran a los grupos demócratas.

Los revolucionarios decían que se habían rebelado contra una dinastía que se creía a sí misma de derecho divino, contra una Reina de conducta moral insoportable y de ideas supersticiosas, que trataba a los españoles como a siervos y les privaba de sus derechos como ciudadanos.

A lo largo del día 29 poco a poco se iba haciendo patente la gratuidad de todo lo proyectado por los revolucionarios madrileños, la falsedad de que fuera necesario un levantamiento armado, el paripé que estaban montando los demócratas. Y pronto fue evidente que sólo buscaban formar grupos políticos adictos a los demócratas que reclamasen el poder. Aquello se convirtió en una fiesta anárquica, sin limitaciones, sin plan de actuación pues no había ministros, gobernador, alcalde, alguaciles o serenos a los que atacar. Se aprovechó para que cada uno hiciese lo que le viniera en gana en un desorden total. Los dirigentes no obtuvieron ningún provecho de ello. Más bien quedaron en evidencia, pues todos sospechaban que eran los demócratas los organizadores de ese follón. En varias ciudades de España, los demócratas hablaban a la gente de la redención definitiva, de la felicidad al alcance de todos, de una situación de justicia tras décadas de injusticia, de “república universal” que nadie sabía lo que era, ni lo sabemos nosotros.

Los militares, entendieron el mensaje demócrata, de que los demócratas podían sacar multitudes a la calle cuando quisieran, y decidieron que la revolución no se les iba a escapar de las manos por obra de multitudes populistas.

 

 

El cese del Gobierno Gutiérrez de la Concha.

 

El Gobierno Isabelino había contado hasta el 28 de septiembre con la victoria fácil de Manuel Pavía Lacy sobre Francisco Serrano Domínguez. La derrota de Alcolea les sorprendió. La decisión inmediata fue ceder el poder y no provocar en primer lugar una matanza en Madrid, y tal vez el inicio posterior de una guerra civil en España. Se ordenó ceder el poder a los revolucionarios. El proceso de cesión fue rápido, apenas duró 48 horas.

Conocida en Madrid la derrota de Alcolea, en 29 de septiembre se nombró provisionalmente Capitán General de Madrid, a fin de mantener el orden público, a Antonio Ros de Olano[3] marqués de Gual-el-Jelú y conde de la Almina. Éste traspasó el poder al unionista Joaquín Jovellar Soler como Gobernador Militar de Madrid, y al progresista Pascual Madoz Ibáñez como Gobernador Civil de Madrid.

El general José Gutiérrez de la Concha, Presidente del Gobierno, dimitió el 30 de septiembre.

 

 

El desmantelamiento del Gobierno.

 

Se hizo provisionalmente cargo del Gobierno, el general Manuel Gutiérrez de la Concha, a fin de traspasar los poderes.

Ese mismo día 30 de septiembre, Manuel Gutiérrez de la Concha cedió el poder a la Junta Revolucionaria Provisional de Pascual Madoz Ibáñez.

Paralelamente a la Junta Revolucionaria de Madoz, hubo en Madrid otra Junta, la de Amable Escalante, un hombre progresista monárquico de Prim. Había sido apresado en Cádiz la víspera del levantamiento como sospechoso de estar entre los organizadores del golpe y llevado preso a Madrid. Allí formó Junta sin saber que ya había otra, la de Pascual Madoz. No hubo problemas.

Ambas Juntas, se unieron el 3 de octubre en una sola, la Junta Revolucionaria de Madrid, de Joaquín Aguirre que era una tercera junta resultante de las dos anteriores.

 

 

El exilio de la Reina.

 

Cuando el Capitán General de Cataluña, Juan Manuel González de la Pezuela Ceballos[4], un hombre de confianza de Isabel II, afirmó que el orden social era más importante que la monarquía y que ello le impedía atacar a los rebeldes andaluces, la Reina, que veraneaba en San Sebastián, decidió pasar a Francia. Si no contaba con Andalucía, había perdido Madrid, y no le apoyaba Barcelona, no tenía sentido continuar. Ahí acabó su reinado.

El 30 de septiembre de 1868, Isabel II abandonó España, con lo cual se da por cesado al Gobierno de José Gutiérrez de la Concha, una vez que no estaba la Reina. Por su parte, Gutiérrez de la Concha había dimitido ese mismo día.

La Reina había permanecido en San Sebastián desde 9 de septiembre. Pasó a Hendaya (Francia). Desde Hendaya, la Reina hizo un Manifiesto en el que se proclamaba Reina legítima de España. El empresario José Salamanca intentó que la Reina abdicase en su hijo Alfonso, entonces de 11 años de edad, para poder negociar con los pronunciados, pero Carlos Marfori Calleja, el favorito de la Reina en aquellos días, se opuso a la abdicación.

La Reina cumplía 38 años el 10 de octubre. Lo hacía en el exilio. En Biarritz estaban Napoleón III y Eugenia de Montijo que recibieron a Isabel. Carlos Marfori quiso organizar la comitiva de Isabel en su viaje a Francia, cosa que no permitió el ejército francés, que decidió que eso les competía a ellos. Napoleón III y su esposa Eugenia de Montijo ofrecieron a Isabel II un castillo en Pau, y allí se quedó la Reina unos días esperando que las cosas volvieran a como estaban y fuera reclamada por España para volver al trono, pero las cosas no sucedieron como ella esperaba. El castillo de Pau estaba en malas condiciones de habitabilidad. Por eso el 6 de noviembre de 1868 se trasladó a París y fue a vivir a las Tullerías, pabellón Rohan, calle Rivoli. Después, Isabel compraría el palacio Basilewski (que más tarde sería Hotel Mayestic y la calle se llamaría calle Kleber).

Jules Favre, presidente de Francia, concedió pasaporte a Isabel II, que el 29 de septiembre de 1870, cuando París estaba sitiado por los alemanes, salió para Ginebra. El 28 de enero de 1871 París se rindió a los prusianos. El 12 de febrero de 1871 fue presidente de Francia Thiers. El 26 de febrero se firmaron los preliminares de Versalles y el 10 de marzo el Tratado de Frankfurt que ponía fin a las hostilidades. Las condiciones de paz eran muy duras para Francia. En la última semana de marzo y hasta mayo de 1871 estallaría la comuna en París, de la que se libró Isabel. Francia estaba diplomáticamente aislada y Bismarck estaba esperando una sublevación que le permitiera rematar a los franceses. Los políticos franceses adoptaron posiciones extremas y excluyentes, unos eran radicales anticlericales y los otros católicos integristas. Y al mismo tiempo surgía el socialismo y una represión desmedida contra los socialistas, más dura tras la comuna. Thiers mantuvo una amistad distante con Amadeo de Saboya y de reserva respetuosa con Isabel II.

Isabel II murió en 9 de abril de 1904 tras 36 años de exilio.

 

 

La Junta Revolucionaria de Madrid.

 

En 3 de octubre, la presidencia de la Junta Revolucionaria Provisional pasó a Joaquín Aguirre de la Peña[5]. Joaquín Aguirre de la Peña era un catedrático de Derecho de Madrid, que había asesorado a los progresistas en 1854 y había colaborado en los Gobiernos del Bienio Progresista. Otros integrantes de la Junta fueron:

Secretarios. Facundo de los Ríos Portilla y Antonio Ramos Calderón.

Vocales: Nicolás María Rivero; Amable Escalante; Juan Lorenzana; Estanislao Figueras Moragas; Laureano Figuerola Ballester; José María Carrascón; Antonio Aguilar Correa marqués de Vega de Armijo; Mariano Azara; Vicente Rodríguez; Félix de Pereda; José Cristóbal Sorní Grau; Manuel García García; Juan Moreno Benítez; Mariano Vallejo; Francisco Romero Robledo; Antonio Vallés; José Olózaga; Francisco Jiménez de Guinea; Ignacio Rojo Arias; Ventura Paredes; Eduardo Chao; Ruperto Fernández de las Cuevas; Manuel Pallarés; Manuel Ortiz de Pinedo; José Ramos; Nicolás Calvo Guaiti; José Abascal; Manuel Merelo Calvo; Adolfo Juaristi; Francisco García López; Bernardo García; Camilo Labrador; Miguel Moraita; Ricardo Muñiz; Tomás Carretero; Carlos Navarro Rodrigo; Francisco Javier Carratalá; Antonio María de Orense; Práxedes Mateo Sagasta; Eugenio García Ruiz; Cristino Martos Balví.

La Junta no hizo ningún decreto de derrocamiento o de abolición de la monarquía.

La Junta Revolucionaria Provisional de Madrid se hizo cargo de La Gaceta, y por ese medio comunicó a las demás Juntas de España el triunfo de la revolución en cuanto se había conseguido la soberanía de la Nación, la destitución de Isabel II y se había declarado la incapacidad de todos los Borbones para sustituir a Isabel II. Juan Lorenzana, actuando como Ministro de Estado, comunicó a todos los embajadores de España en el extranjero que el Trono estaba desierto, que Isabel II de borbón ya no era soberana de España y que, con ello, había perdido el derecho a gozar de la veneración de su pueblo, y había dejado de ser irresponsable.

 

 

La polémica sobre el nombre

 de la revolución de 1868.

 

Los expertos en este tema, tienen buen cuidado de denominarla ”revolución septembrina”, porque existe polémica sobre ello. A alguien de ideología progresista le dio por llamarla “La Gloriosa” y así viene hoy en la mayoría de los textos de historia.

La Gloriosa, en España, fue inicialmente la revolución de septiembre de 1840, en la que los progresistas echaron a María Cristina e iniciaron un periodo liberal que creían iba a ser definitivo para la transformación de España y abandono del Antiguo Régimen. Luego las cosas fueron por otro camino, y Espartero les decepcionó. La denominación ya no tenía sentido, y fue abandonada.

En 1968, mi profesor Miguel Artola decía que el nombre popular de la revolución de 1868 era “La Gorda”, pues en las semanas anteriores al golpe, la gente decía “se va a armar la gorda” y “abajo lo existente”. El calificativo les pareció vulgar a los muy puritanos historiadores españoles, a los progresistas primero y a los socialistas después, y abandonaron esa denominación. Entonces, la revolución de 1868 se quedó sin nombre y la calificaron de “septembrina” porque había tenido lugar en septiembre de 1868.

Y en alguna parte se produjo una confusión entre la revolución de septiembre de 1840 y la de septiembre de 1868, y esta última se transformó en La Gloriosa.

La Gloriosa original, por otra parte, fue la revolución que en 1688 expulsó del trono a Jacobo II de Inglaterra a impuso la Declaración de Derechos y el parlamentarismo. Pero los historiadores británicos opinaron que esa denominación era partidista, y rechazaron en los últimos tiempos el uso de este término.

 

 

Los alfonsinos tras 1868.

 

Los alfonsinos pusieron su base de actuación en Biarritz, donde también estaba el cuartel político carlista. Emile Olivier, presidente del Gobierno de Napoleón III, comunicó al Gobierno español la presencia de ambos grupos políticos en Biarritz y prohibió a los generales y destacados políticos españoles residir en la ciudad y sus alrededores. Estaban en el grupo de Biarritz, González Bravo, Juan de la Pezuela conde de Cheste, Eusebio Calonge, Severo Catalina y Federico Roncali. Su hombre de contacto con el ejército era Manuel Gutiérrez de la Concha. Contrastaba el control que Francia hacía sobre el alfonsinismo, con la tolerancia con que había tratado al carlismo desde 1833.

El príncipe Alfonso, que tenía 11 años, ingresó en el colegio Stanislas de París el 1 de febrero de 1869 en calidad de mediopensionista (estudiaba francés, latín, griego, aritmética, historia antigua, geografía, catecismo y gimnasia en el nivel de 5º curso), teniendo como compañero de habitación a Lulú, hijo de Napoleón III y de Eugenia de Montijo. Pero el 1 de septiembre de 1870 tuvo lugar la derrota de Sedan y Napoleón III cayó prisionero. En 1870 Napoleón se fue de Francia y se llevó a su hijo.

 

 

Causas de la crisis del 68

    y del triunfo de los enemigos de Isabel II.

 

En primer lugar hay que tener en cuenta la crisis económica previa, que había empezado hacia 1864 con la escasez de algodón y dificultades para muchas empresas textiles. La crisis significó la paralización de la construcción del ferrocarril tras la bancarrota del Estado de 1866. Sobrevinieron dos años de malas cosechas, el 1866 y 1867, que no eran tan infrecuentes en España y se producían cada nueve u once años con cierta regularidad.

A comienzos de 1866 se había producido el desastre financiero europeo tras la quiebra de algunas compañías ferroviarias que ya no podrían pagar su deuda bancaria. Se suspendieron las obras en construcción y los proyectos nuevos en preparación. Quebraron las constructoras. Quebraron a continuación las siderúrgicas, que vieron cancelados los pedidos y tampoco podían cumplir con los bancos. Y luego quebraron las empresas mineras del mineral de hierro. Y los bancos no resistieron más y tuvieron que cerrar, pues no podían recuperar los créditos concedidos. Y mientras tanto, miles de obreros eran despedidos cada semana.

En España, el primer síntoma de la crisis lo dio la Bolsa de Barcelona, la cual se hundió en mayo de 1866. Esa Bolsa arrastró a la Madrid. Al poco, muchas entidades financieras y compañías ferroviarias quebraron. Y los éxitos de 1865, cuando se habían tendido 929 kilómetros de vías, se tornaron en fracasos, pues sólo se tendieron 40 kilómetros en 1866. Y en 1867, se tendieron 100 kilómetros. Y en 1868, 65 kilómetros. Por mucho que se intentase aguantar, el cierre de todas las empresas era obligado.

Y a la crisis financiera se sumó la crisis agraria por mala cosecha, la cual se suele producir en España cada 10 u 11 años, y se produjo en 1867 y 1868. El precio del pan, en verano de 1868 era muy alto y el conjunto de los alimentos aprovechó para elevar precios. Cientos de miles de obreros estaban siendo despedidos y no podían hacer frente a esos precios altos. Miles de trabajadores del campo y de mineros emigraron a la ciudad intentando encontrar algún tipo de trabajo. Y en ese momento, González Bravo bajó los salarios de los funcionarios del Estado, para que las cuentas cuadrasen y el Estado pudiera disminuir su deuda.

 

En segundo lugar, debemos considerar el problema social creado por el modo de gobernar de Narváez desde 1856, caracterizado por el signo de la represión. El control sobre las ganancias de los empresarios está fuera de lugar en esta época histórica, pues es algo que se plantearía en Europa a fin de siglo. La falta de verdaderos partidos políticos que canalizasen las reivindicaciones populares, daba fuerza a las agrupaciones violentas, anarquistas o simplemente populistas. El descrédito de la familia real, que no era un ejemplo moral precisamente, ni en su vida familiar ni en sus negocios especulativos ventajistas, no daba posibilidades de cooperación entre los dirigentes políticos españoles. Este descrédito había conducido al retraimiento sistemático de los progresistas. A todo ello se unía cierto descontento militar por motivo de los ascensos fáciles en infantería a costa de las otras armas del ejército, descontento que se incrementó tras la represión de la Noche de San Daniel, 10 de abril de 1865, y la del Cuartel de San Gil en 22 de junio de 1866. Por ultimo, los profesores universitarios progresistas fueron expedientados en 1867. Y ambos factores, el retraimiento y el descontento militar, se verán interrelacionados con la muerte de O`Donnell en 1867 y la de Narváez en 1868.

El Pacto de Ostende de agosto de 1866, en principio inofensivo, pues estaba gestionado por las minorías de izquierda, demasiado inoperantes, se fue convirtiendo en un factor revolucionario a medida que más y más personas se adherían a él, y llegó a ser la ocasión de relevo en el poder en cuanto se sumaron los unionistas en 1867.

El triunfo final de los revolucionarios vino propiciado por la decisión de Topete de unirse a los revolucionarios (aunque seguramente con ánimo de introducir a Montpensier, pero ello no importa al caso), dando la oportunidad para que los generales golpistas regresasen a la península, por la formación de las, desde 1810 tradicionales, Juntas Locales y Juntas Provinciales, y por la decisión de Isabel II de marcharse de España sin presentar batalla, que sus razones tenía para no hacerlo.

 

 

Los partidos políticos tras 1868.

 

Tras la revolución de 1868, el Partido Moderado dejó de existir. Algunos líderes se fueron al exilio con Isabel II. Otros se pasaron al carlismo.

Los progresistas dejaron de estar coordinados, primero porque no tenían preparado el golpe de 1868, y definitivamente en el momento en que murió Prim en diciembre de 1870: Sagasta y Ruiz Zorrilla no eran líderes aceptados por todos los progresistas. El partido se desmembró y así lo encontró Amadeo de Saboya, constituyendo más un problema que una ayuda para el nuevo monarca.

Los demócratas, cuya principal fuerza era el proletariado catalán y los braceros andaluces, no tenían una idea precisa del conjunto de España y de sus problemas, sino que trataban de resolver unas pocas utopías federalistas y cantonales, válidas para estar en la oposición y levantar a la gente, pero imposibles en la seriedad del conjunto de problemas de un Gobierno de verdad. (Daremos ideas sobre los demócratas en el siguiente capítulo, primero del Sexenio democrático).

Antonio Cánovas del Castillo, primero moderado puritano, más tarde unionista fue el hombre que supo elaborar un programa político completo y con él reconstituyó el Partido Progresista y levantó el Partido Conservador. Pero eso sería más tarde, tras el Sexenio Revolucionario que empezaba en 1868 y duró hasta 1874.

 

 

 

[1] En este capítulo es interesante leer a De la Fuente Monge, Gregorio. Las Revoluciones de 1868. Élites y poder en la España Liberal. Marcial Pons Historia Estudios. 2000.

[2] José Gutiérrez de la Concha Irigoyen, marqués de la Habana, vizconde de Cuba, nació en Córdoba de Tucumán (Argentina) en 1809. Su padre fue fusilado por los independentistas argentinos en 1814. Se hizo militar de artillería en España. pasó a Caballería en 1837. Fue hermano de Manuel Gutiérrez de la Concha, marqués de Duero. Luchó en la Guerra Carlista de 1833 a 1840 y ascendió a coronel. Se mostró contrario a Espartero y sus profesionales desde la base militar, y a favor de los elitistas del grupo Narváez. En 1843, no dudó en reprimir a los progresistas y fue ascendido a brigadier. En 1846 ya era teniente general. Fue Gobernador Capitán General de Cuba en 1850-1852, donde sofocó el movimiento separatista de Narciso López. En 1854 colaboraba con los progresistas escondiéndose en su hermano, pero estos desconfiaban de él y le mandaron a Cuba de nuevo, donde su autoritarismo no solucionó ningún problema. Regresó en 1859. Fue ministro de la Guerra y de Ultramar con Miraflores en 1864. Fue Presidente de Gobierno en el momento de la sublevación general progresista contra la Reina y abandonó el país en 1868 con Isabel II, tres días después que ella.

En la Restauración fue nombrado gobernador de Cuba, cargo del que dimitió por escándalos administrativos, y no solucionó ningún problema. Se hizo del partido conservador de Cánovas. Fue luego del partido de Sagasta. Murió en Madrid en 1895.

Manuel Gutiérrez de la Concha Irigoyen, marqués de Duero era un año mayor que su hermano, pues nació en 1808 en Córdoba (Argentina) y en 1820 ingresó en la Guardia Real y era por tanto del grupo de Narváez. En 1833 estuvo también en la Guerra Carlista. En 1840 era mariscal de campo. Se mostraba enemigo de Espartero, pero liberal progresista. En 1847 se le encargó la expedición a Portugal a ayudar a la reina María de la Gloria, a la que restableció en el trono, recibiendo por ello el marquesado de Duero y Grandeza de España. En 1847 fue nombrado Capitán General de Cataluña y le tocó vivir la Guerra dels Matiners. En 1854 decidieron ambos hermanos colaborar con los progresistas. En 1872 se hizo alfonsino y tenía un gran prestigio como general y estratega. Se le consideraba jefe del alfonsinismo en lo militar, junto a Cánovas en lo civil. En 1874, la República le entregó el Tercer Cuerpo de Ejército del Norte y luchó contra el carlismo liberando Bilbao en mayo de 1874, pero murió en el ataque a Estella de 27 de junio de 1874.

[3] Antonio Ros de Olano y Perpiñá, 1808-1886, conde de la Almina, era un odonellista puro. También se le conoce como escritor.

[4] Juan Manuel García de la Pezuela y Ceballos, 1809-1906, marqués de la Pezuela, 1852-1906, conde de Cheste, 1864-1906, había sido nombrado Gobernador de Cataluña ese mismo año 1868 en sustitución de Manuel Pavía Lacy marqués de Novaliches.

[5] Fuente: Sexenio Revolucionario. Humanidades cchs.csic.es

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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