EL GOBIERNO DE GONZÁLEZ BRAVO EN 1868.

 

Luis González Bravo representaba en 1868 la continuación de la línea dura de Narváez, pero con bases diferentes. González Bravo era un civil, católico, moderado muy conservador, y no tenía las simpatías que pudiera tener Narváez entre el ejército. Pero era un hombre íntegro y enérgico, inteligente y con experiencia política. Era difícil a estas alturas del reinado de Isabel II recordar que González Bravo había sido progresista antes de 1843. González Bravo decidió una especie de dictadura, como la que se estaba configurando desde 1867. Para su apoyo personal, ascendió al cargo de Capitanes Generales al general José Gutiérrez de la Concha marqués de La Habana y al general Manuel Pavía y Lacy marqués de Novaliches, saltándose el escalafón militar a fin de poner hombres de su confianza personal en la cúpula militar. Algunos generales perjudicados por ser pospuestos en los ascensos se enfadaron y se pusieron en contacto con el grupo de Prim, al que sabían enemigo de González Bravo. A los golpistas de Ostende sólo les quedaba la duda sobre la postura de los unionistas. La condición que ponían los unionistas para unirse al golpe proyectado en Ostende era sustituir a Isabel II por su hermana María Luisa, esposa del duque de Montpensier. Se les contestó que el asunto de sustituir a la Reina quedaba abierto a varias soluciones y no se vinculaba a la que ellos proponían. Los unionistas se asociaron a un rico propietario llamado José Paúl Angulo, e intentaron liderar el golpe, enviando a este hombre a Londres para proponer Ceuta como inicio del levantamiento, pero Prim lo rechazó porque contaba con Topete para iniciarlo en Cádiz.

 

 

Gobierno González Bravo[1],

          23 abril 1868 – 19 septiembre 1868

 

Presidente, Luis González Bravo.

Estado, Joaquín Roncali Ceruti marqués de Roncali.

Gracia y Justicia, Joaquín Roncali Ceruti marqués de Roncali / 15 junio 1868: Carlos María Coronado.

Guerra, Rafael Mayalde Villarroya.

Marina, Martín Belda y Mencía del Barrio.

Fomento, Severo Catalina del Amo / 2 agosto 1868: Manuel Orovio Echagüe, interino / 3 de septiembre: Severo Catalina del Amo.

Hacienda, Manuel Orovio Echagüe marqués de Orovio.

Gobernación Luis González Bravo.

Ultramar, Carlos Marfori Callejas / 15 junio 1868: Luis González Bravo, interino / 19 de junio de 1868: Tomás Rodríguez Rubí.

Era el penúltimo Gobierno de Isabel II, antes de dar paso al de José Gutiérrez de la Concha marqués de la Habana, que cerró el reinado en septiembre de 1868.

 

El primer signo evidente del sesgo del nuevo Gobierno fue que en 19 de mayo de 1868, González Bravo cerró las Cortes. Iba a continuar la “dictadura de hecho” que había iniciado Narváez.

Los generales unionistas se sintieron acosados y se fueron a ver a Prim. Prim se sintió halagado por estas adhesiones, y sobre todo porque podía prescindir de los demócratas si contaba con el apoyo de los generales unionistas. En cuanto a la decisión sobre el nuevo monarca que debía reinar en España, se acordó que las Cortes lo decidieran después del golpe de Estado que debía acabar con Isabel II.

Isabel II se había equivocado en permanecer en su terquedad de no contar con los progresistas para gobernar. Es cierto que la oposición atacaba al Gobierno con todo lo que tenía, con métodos legales e ilegales, con acciones morales e inmorales, pero Isabel II debería haber superado ese problema y acercarse a los progresistas, de modo que evitase el auge del populismo callejero. Los progresistas se lo habían puesto muy difícil con sus modos radicales y populistas, pero el camino era hablar con ellos y no enfrentarse a ellos por sistema y no concederles nada de lo que reivindicaban.

Otro signo de cerrazón del Gobierno, de sesgo católico integrista, se produjo el 2 de junio de 1868, cuando se publicó la Ley Severo Catalina dejando en manos de los párrocos la enseñanza elemental en los pueblos menores de 500 habitantes y autorizándolos a intervenir e inspeccionar la enseñanza de la religión en otros niveles. Con estas medidas se volvía a la tradicional escuela parroquial, una situación que de hecho se producía desde hacía siglos en España en algunos pueblos, pues el párroco solía enseñar, junto con la catequesis de los niños, a leer y a escribir. Esta situación no es integrismo en sí misma, pero la intención de la Ley Catalina era unir la Iglesia a los intereses del Estado, que sí es integrismo. Algunas escuelas parroquiales de cierta importancia fueron las del Ave María, del padre Manjón, en Granada, en los años 1880. De nuevo se repetía que las leyes de la enseñanza salían en periodo de plena crisis política, cuando se iba a cambiar de Gobierno, y no servirían para nada.

 

 

El Reglamento de Cortes de 1867[2].

 

El 25 de junio de 1867 para el Congreso, y el 11 de julio de 1867 para el Senado, una iniciativa del diputado José Botella Andrés cambió las relaciones entre el Gobierno y las Cortes con un nuevo Reglamento de Cortes cuyos puntos principales decían:

La iniciativa legal de los parlamentarios sólo tendría lugar si lo propusiesen 5 secciones o grupos de la Cámara. Los Proyectos de Ley del Gobierno no serían estudiados por las Cámaras, sino simplemente se votarían positiva o negativamente. Las enmiendas deberían llevar la firma de 7 diputados como mínimo y sólo se discutirían las dos más significativas. Las preguntas se harían por escrito, serían de interés general y el Gobierno decidiría si las contestaba o no.

Las Cortes quedaban privadas del voto de censura.

Se prohibía faltar al respeto al Congreso o al Senado, insultar a diputados, ministros y personas ausentes de la sala. Se consideraba una falta extraviarse de la cuestión, interrumpir al orador, faltar al respeto al Presidente de la Cámara, interrumpir el orden impuesto por el Presidente, lo cual daba lugar a llamadas al orden y se perdía el derecho a la palabra a la tercera. También eran faltas ofender a la religión el Trono, los Cuerpos Colegisladores, los ministros y diputados y se exigía que se ofreciesen disculpas. El Presidente podía cerrar la sesión si se faltaba al orden. El público de las tribunas debía igualmente guardar orden y compostura.

Para la contestación al Discurso de la Corona, se designaría una Comisión que estudiaría el texto de contestación en 24 horas, pondría los puntos por escrito, y los diputados tendrían 24 horas para informarse de ellos. Esos puntos serían discutidos y se llegaría a un texto final. En la sesión final de Contestación a la Corona, se respondería sobre la totalidad del Discurso de la Corona y hablaría un solo diputado en contra, y terminaría otro diputado hablando a favor.

Las Proposiciones de Ley presentadas por los Diputados sólo se tendrían en cuenta si lo autorizaban cinco secciones (grupos parlamentarios) del Congreso de Diputados. Se argumentaba que los diputados no debían ir al Congreso a lucirse con sus discursos, sino que en sus intervenciones debían intentar reflejar las ideas del Congreso en su conjunto e integridad, no las ocurrencias particulares de cada Diputado.

En las Proposiciones de Ley presentadas por el Gobierno no habría lugar a Comisiones de estudio de las mismas, sino que se discutirían directamente en el Congreso. Las enmiendas deberían estar firmadas por un mínimo de 7 diputados y solamente se examinarían las dos que resultaran más distintas del proyecto inicial o del artículo por el que se presentaban las enmiendas. Las intervenciones de los Diputados debían servir para mejorar el Proyecto del Gobierno y no para iniciar discusiones inútiles.

Las preguntas al Gobierno se debían hacer por escrito y debían tratar de temas de interés general, quedando el Gobierno facultado para decidir si las respondía, o no.

Se eliminaba el “voto de censura” al Gobierno o a los Ministros. El Gobierno argumentaba que la mejor censura era no aprobar las Leyes. Si un Diputado quería mejorar los proyectos del Gobierno o de un Ministro, el camino era hacer una Proposición de Ley, la cual, si era aprobada por cinco secciones del Congreso, pasaría a discutirse en el pleno.

El Reglamento de Cortes de José Botella Andrés nos indica el talante de este Gobierno Luis González Bravo.

 

 

         La reunión de los golpistas

 Bruselas, junio de 1867.

 

En 30 de junio de 1867 se reunieron los de Ostende en Bruselas. Allí acudió Francisco Serrano Domínguez en representación de los unionistas. O`Donnell había salido de España en julio de 1866 para residir en Biarritz. Parece que estaba enfermo. Moriría en noviembre.

El 30 de junio de 1867 se logró que los demócratas no se apartaran del Pacto de Ostende de agosto de 1866, bajo la premisa de que no se predeterminaría el sistema de gobierno posterior al golpe, y que este tema lo decidiesen unas Cortes Constituyentes. Entonces Prim exigió que la consigna no fuese “¡Abajo los Borbones!, como gritaban los republicanos, porque ello predeterminaba parte del resultado del golpe. Prim fue reconocido como jefe militar del golpe, que se fijó para el 15 de agosto de 1867. Aprovechó Prim para pedir dinero a los demócratas y republicanos, pero éstos se negaron a dárselo, y con ello perder el control del gasto de ese dinero. De nuevo hubo ruptura entre los que iban a dar el golpe.

Prim elaboró un plan del golpe: el movimiento se iniciaría en Aragón y desde allí se pediría que lo secundasen Cataluña y Valencia, regiones que, aunque antimilitaristas, estaban dispuestas a una revolución. Simultáneamente se pronunciaría en Andalucía Lorenzo Miláns del Bosch y Mauri y utilizaría a los progresistas emigrados a Portugal. Se nombraron jefes militares para cuando se sublevase Cataluña: el general Juan Contreras era el jefe general, el general Eugenio de Gaminde el de Lérida, el general Blas Pierrad el de Gerona, el general Gabriel Baldrich el de Barcelona, el general José Lagunero el de Tarragona, Domingo Moriones el de Aragón. El coordinador general de todo el movimiento militar sería Ricardo Muñiz y residiría en Bayona. A efectos de llevar a cabo el golpe, un barco llevó armas a Andalucía y también se introdujeron armas en Cataluña. Gran parte de estos confabulados eran masones.

 

 

El fracaso de Valencia en agosto.

 

Ruiz Zorrilla redactó las proclamas que habían de publicarse en todos los periódicos de Europa el 15 de agosto de 1867, las cuales iban firmadas por Prim. Prim hablaba en ese manifiesto a los españoles de opresión del Gobierno, de inmoralidad de los gobernantes y de necesidad de un cambio radical que debía ser revolucionario, pues no había otro camino posible. Debía haber Cortes Constituyentes por sufragio universal, las cuales debían destruir todo lo existente e instaurar en España la libertad, el derecho y la justicia. No hubo lugar para la difusión de este manifiesto.

En este momento, la guarnición de Valencia se ofreció a cooperar y fue aceptada como sede del inicio del levantamiento. Prim cambió los planes de forma apresurada y difícil de explicar, constituyendo un lado oscuro de los acontecimientos: En 16 de agosto de 1867 Prim llegó a Valencia para iniciar una sublevación, pero los militares comprometidos en ello se echaron atrás. El Gobierno de Narváez lo consideró un triunfo, casi lo máximo a que podía aspirar, dada la situación.

El Gobierno de Narváez se sintió orgulloso de haber salvado la Constitución, la monarquía y el catolicismo. Con estos conceptos, definía perfectamente sus prioridades, contrarias a las de los revolucionarios. Cuando se abrieron las Cortes, éstas felicitaron al Gobierno por haber salvado a España de una guerra civil, usando un lenguaje grandilocuente y a todas luces falso.

La explicación al fracaso de Valencia es que Prim había retrasado el inicio de la sublevación y luego se quedó en un barco esperando el inicio de un alzamiento, que no se produjo sin él.

Cataluña inició la sublevación el 16 de agosto en plena descoordinación, y la ausencia de Prim hizo que muchos desertasen. Prim llegó a Cataluña el 22 de agosto, cuando el movimiento ya había fracasado, y desde allí se marchó a Ginebra.

 

 

La reunión de París de septiembre de 1867.

 

Los progresistas se reunieron en París presididos por Salustiano Olózaga e interpretaron que Prim había sido la causa del fracaso de agosto, no tanto por falta de valor, sino por falta de previsión y organización, cambios de planes, falta de decisión de desembarcar en Valencia…

Había que empezar de nuevo la planificación del golpe.

El 23 de septiembre de 1867, los generales unionistas Domingo Dulce Garay marqués de Castellflorite y Cipriano del Mazo Gherardi propusieron unirse al movimiento progresista de Ostende. Fernández de Córdova, Francisco Serrano y Domingo Dulce se reunieron a fines de 1867 y constataron que, en contra de Isabel II, había algunos moderados, algunos nobles, muchos soldados y oficiales, muchos unionistas y todos los progresistas y demócratas. Fernández de Córdoba dijo que él no se alzaría contra la Reina. Serrano y Dulce dijeron que si Isabel era destituida lucharían por la infanta Luisa Fernanda como nueva Reina. Serrano aparecía como nuevo líder unionista, y estaba en el Pacto de Ostende, pero sin el apoyo de la mayoría de los unionistas.

Domingo Dulce fue a París a ver a Salustiano Olózaga, y Cipriano del Mazo a ver a Prim a Ginebra. Una vez secundada por los militares unionistas, la revolución era imparable. El inconveniente para ello era la negativa de O`Donnell a participar. O`Donnell había dicho que nunca iría contra Narváez ni contra la Reina, pero también le dijo a Antonio Cánovas que no defendería nunca a Isabel II, la cual le había agraviado, y que apoyaría a su hijo Alfonso de Borbón si llegaba el caso. Ello dejaba abierta la puerta para que los unionistas aceptaran el golpe y se aliaran con progresistas y demócratas.

En estas fechas, tenemos noticias de los socialistas en España: En 2 al 7 de septiembre de 1867 se reunió el Segundo Congreso de la I Internacional en Lausana y se dio lectura a dos cartas de españoles, una de Madrid y otra de Barcelona. Por ello, tenemos noticias de que el socialismo estaba implantado en España. Pero todavía no protagonizaban nada en política.

 

 

La muerte de O`Donnell en noviembre de 1867.

 

O`Donnell murió en 5 de noviembre de 1867, en Biarritz, haciéndose cargo de la jefatura del Partido Unionista el general Francisco Serrano Domínguez. Se le enterró en Madrid. La Reina no fue al entierro. Narváez sí asistió, habló brevemente, con cara de circunstancias. Era una ocasión notable pues había desaparecido el líder de Unión Liberal, el partido que había sostenido el trono de Isabel II en los últimos años. Se sabía que Francisco Serrano, Domingo Dulce, Juan de Zabala y el resto de generales unionistas no irían nunca en contra de Isabel II mientras viviese O`Donnell, pero muerto el líder, se abría una posibilidad de que los progresistas negociaran con alguno de ellos o con todos. En ese momento, de entre los líderes militares, sólo el general Narváez sostenía el trono. Si en el entierro estaban frente a frente el considerado líder de los isabelinos y el considerado líder de los que preparaban el golpe, era lógico que no asistiese la Reina y que hubiera malas caras.

O`Donnell había sido desplazado del poder en julio de 1866 y algunos unionistas estaban pensando en unirse a los revolucionarios, pero O`Donnell les contenía. Se marchó a Francia, pues no estaba de acuerdo con la actuación de Narváez y de Isabel II, pero tampoco estaba conforme con los revolucionarios. Prim intentó sumarle al golpe de Estado que se estaba preparando, pero no lo logró. O`Donnell siempre había defendido que nunca haría un golpe de Estado contra la Reina Isabel II.

La muerte de O`Donnell no fue valorada correctamente por Isabel II. Simplemente concluyó que desaparecía una figura del pasado, ya sin capacidad de liderazgo para nuevas aventuras. Creyó que era un tema anecdótico. Pero cuando algunos unionistas empezaron a pasarse a las filas de los revolucionarios progresistas y demócratas, la figura de O`Donnell empezó a tomar dimensiones nuevas para ella.

Cuando desapareció O`Donnell de la política, los unionistas pensaron que podían unirse al Pacto de Ostende, pero algunos generales unionistas no sabían qué debían hacer y pensaban que O`Donnell siempre había estado en contra de cualquier revolución. O`Donnell había sido durante mucho tiempo el segundo líder entre los militares, al lado de Narváez, su principal líder. Tras la política represiva en 1866-1867, Narváez estaba perdiendo popularidad entre los militares.

Fernández de Córdova se entrevistó con Francisco Serrano y con Domingo Dulce, y comentaron que algunos moderados estaban empezando a mostrar disconformidad con la política de Narváez, que muchos nobles se abstenían de ir por Palacio para no tener que ver a la Reina, que muchos militares estaban contactando a título individual con los revolucionarios de Ostende y que todo ello anunciaba la proximidad de la revolución. En esa reunión, Fernández de Córdova dijo que él no se alzaría contra Isabel II, pero que había que planificar qué conducta seguirían los generales españoles unionistas y moderados cuando la revolución se produjese y llegasen los generales progresistas a exigir una postura frente a los hechos. Decidieron que, si Isabel II era destronada, apoyarían que el trono pasase a Luisa Fernanda de Borbón, la hermana de la Reina Isabel.

Fernández de Córdova visitó a los Duques de Montpensier, en Sevilla y les comunicó la decisión de los generales unionistas.

Los unionistas partidarios de Serrano decidieron unirse al Pacto de Ostende si los objetivos no eran republicanos sino antidinásticos. Muchos de los reunidos estaban pensando en coronar a Luisa Fernanda, hermana de Isabel II y casada con el Duque de Montpensier, y otros, como también había manifestado O´Donnell, estaban pensando en coronar a Alfonso, hijo de Isabel II.

 

 

Las Cortes de diciembre de 1867.

 

El 27 de diciembre de 1867 la Reina leyó su Discurso de la Corona en las Cortes. Se aplicó el Reglamento de Cortes de 25 de junio: se formó una Comisión el 28 de diciembre compuesta de tres miembros, la Comisión presentó su informe el 30 de diciembre, la contestación se aprobó el 2 de enero de 1868.

 

 

Las Antillas en 1868:

 

En 1867, William Henry Seward, Secretario de Estado de los Estados Unidos, intentó apoderarse de Puerto Rico. Empezó la operación ofreciendo a España la compra de Culebra y Culebrina, islas al este de Puerto Rico. Seward acababa de comprar Alaska a Rusia en 1867. En 1868, el Presidente Andrew Johnson, Presidente durante 1865-1869, declaró que admitiría en la Unión a las islas adyacentes a los Estados Unidos. No consiguió su propósito, pero dejó clara la vocación expansionista de los Estados Unidos.

En febrero de 1868 Prim firmó un acuerdo con Cuba para que los rebeldes cubanos se sublevaran y pusieran dificultades al Gobierno español. Era una torpeza de Prim. A cambio, se les prometía que en el próximo gobierno revolucionario tendrían una autonomía semejante a la que Gran Bretaña había concedido a Canadá por entonces. Cuba inició su guerra, pero no la paró en septiembre de 1868 con el triunfo de la revolución en España. De hecho inició su propia revolución de independencia y la proseguiría hasta 1898. Cuba había gozado de prosperidad en los años 1850-65 debido a la apertura del mercado norteamericano. Los EE.UU. les vendían molinos de vapor para la caña de azúcar, llamados ingenios por los cubanos, y Cuba les enviaba gran parte de su producción azucarera. Los hacendados cubanos, los criollos, querían menos españoles en su administración. No se trataba de poner una democracia, que no tenía sentido en un país con mayoría de esclavos a los que no pretendían liberar y mucho menos entregarles las decisiones de gobierno. Los criollos proponían a España una reforma política que les dejara hacer y deshacer a ellos, y ésta se negaba en redondo. Tras la guerra de Secesión de los Estados Unidos, 1860-65, los cubanos pensaron en las posibilidades de su integración en los EE.UU., o en su independencia. En 1867 decidieron la independencia porque unirse a los EE.UU. suponía liberar a sus esclavos, e iniciaron una guerra de liberación de España. Pero una vez iniciada la guerra, los jefes del ejército independentistas ya no eran terratenientes criollos sino soldados mestizos, gentes en los que habían cuajado convicciones demócratas. Los liberales criollos se hicieron autoritarios. España, a partir de 1868, tuvo que sostener una guerra continua, que fue una sangría de dinero para el Estado español y que acabaría en el desastre del 98.

El 3 de agosto de 1868, los conspiradores cubanos se reunieron en San Miguel de Rompe en la Convención de Tirsán. Convocó la junta el Comité Revolucionario de Bayamo. Presidió Carlos Manuel de Céspedes. Estuvieron presentes: Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio, Perucho Figueredo, Belisario Álvarez Céspedes, Salvador Fuentes, Antonio Rubio, Donato Marmol, Vicente García González, Francisco Rubalcaba, Félix Figueredo, Salvador Cisneros Betancourt y Carlos Loret de Mola. Céspedes pidió el levantamiento inmediato, pero la mayoría decidió esperar los acontecimientos españoles que preveían cercanos. Crearon una Junta Revolucionaria de Oriente y una Junta Camagüeyana que dirigieran las acciones revolucionarias en oriente y occidente de la isla.

El 1 de septiembre de 1868, el puertorriqueño Ramón Emeterio Betances, lanzo la proclama “patria, justicia, libertad” anunciando los motivos y finalidades de la sublevación en Puerto Rico. El manifiesto, aunque muy importante, pasó completamente desapercibido, y no ganaría importancia hasta meses más tarde.

El 23 de septiembre de 1868, los rebeldes puertorriqueños tomaron el pueblo de Lares, sin encontrar resistencia ninguna. Por ello al inicio de la rebelión puertorriqueña se la llama a veces Grito de Lares. Tomaron la dirección de la sublevación Segundo Ruiz Belvis y Ramón Emeterio Betances.

Betances había estado en Nueva York en 1867, desde donde se trasladó a Santo Domingo con la intención de levantar un Comité Revolucionario para Puerto Rico. Buscó en su apoyo a los liberales, pero éstos se negaron a secundarle en la rebelión, porque creían en la idea de evolución y no en la de revolución. No se desanimó Betances, y creó Juntas Revolucionarias que reunieran dinero y compraran armas en Estados Unidos. Logró 500 fusiles, 6 cañones y un transporte marítimo, “El Telégrafo”, con el cual llevó el material de guerra desde Estados Unidos a Santo Domingo. Betances hablaba del derecho de los puertorriqueños a gobernarse a sí mismos, y de que Puerto Rico era una entidad geográfica, histórica, social y cultural con derecho a constituirse como entidad política soberana. Era el mismo discurso de independencia estadounidense un siglo antes. Apoyaba sus palabras diciendo que las Trece Colonias ya se habían separado de Gran Bretaña, y los países del continente sudamericano se habían separado de España. Concluía que la rebelión era un deber sagrado de todo puertorriqueño.

A continuación de los sucesos referidos, el ejército español les venció, apresó y desmanteló sus organizaciones. Pero tuvieron la fortuna de que en España hubiera amnistía tras el triunfo de la revolución española de septiembre de 1868, y los rebeldes quedaron todos libres, y volvieron a reorganizarse.

En Puerto Rico había dos estados de opinión sobre la independencia: los “asimilistas” opinaban que la asimilación por la cultura española por la población de Puerto Rico era condición previa a la independencia o a un Gobierno autónomo, y este movimiento había aparecido en 1823, cuando se estaban independizando los hispanoamericanos, y su figura más destacada era José María Quiñones; los “autonomistas” opinaban que Puerto Rico debía tener autonomía en lo económico y administrativo y buscar la asimilación cultural antes de acceder a la autonomía política, y su hombre más destacado era Rafael María de Labra Cadrana, 1840-1918, un doctrinarista que defendía que sólo votasen los que supiesen leer y escribir.

Los asimilistas eran mayoría en el Partido Liberal Reformista y sus seguidores eran agricultores, industriales, ganaderos, comerciantes, clases medias y bajas. Los autonomistas dominaban el Partido Liberal Conservador, formado hacia 1871 y querían reformas económicas, pero no el liberalismo que les estaba llegando desde España.

 

 

El tema de la esclavitud

 desde el punto de vista económico.

 

Prescindiendo de las consideraciones éticas y humanas del tema, sobre cuyo contenido hay muchos volúmenes escritos, muchas películas y mucha doctrina, vamos a ceñirnos a la influencia del fenómeno sobre la historia económica.

Desde el punto de vista económico, la esclavitud presenta dos aspectos a estudiar: uno de ellos es el negocio de la trata de esclavos. El otro es el servicio de mano de obra que la esclavitud presta, principalmente a la agricultura y minería capitalistas. Los esclavos se utilizaban para cuidar ganado, cultivar café y azúcar, trabajos domésticos, placer y ostentación de su dueño.

Cuando la escasez de mano de obra era acuciante en América, el hacendado agrícola compraba esclavos, mano de obra permanente para su hacienda. Si el esclavo era caro o barato, dependía de las épocas. El esclavo criado en casa resultaba caro, pues apenas un 30% de la población esclavizada era utilizable como mano de obra. El esclavo de mercado, o de guerra, resultaba más rentable, siempre que se consiguiera que no tuviera una familia, la cual resultaba improductiva.

Los esclavos americanos fueron principalmente de raza negra, pero también hubo esclavos de raza amarilla y esclavos de raza blanca, incluso españoles que en 1854 fueron engañados con una promesa de trabajo, y al llegar a Cuba fueron esclavizados.

Pero el precio del esclavo en el mercado no era determinante cuando la necesidad de mano de obra apremiaba.

Las Leyes de Indias del siglo XVI habían puesto precios fijos de adquisición de esclavos a fin de evitar la especulación en la venta de todos estos hombres y mujeres. Pero el sistema de las Leyes de Indias se consideraba injusto, pues un esclavo adiestrado se cotizaba muchísimo más que un esclavo bozal recién llegado de África.

La demanda de esclavos era muy alta en el siglo XVIII. Los traficantes vieron en ello una oportunidad de negocio y lucharon por los precios libres. El esclavo se convirtió en una mercancía más y sus condiciones de vida empeoraron con las políticas llamadas “liberales” y progresistas.

La rebelión de Ahití de 1850, encareció mucho el precio del esclavo por un proceso complicado: cayó la oferta de café, azúcar y otros productos tropicales en Santo Domingo, y ello significó buenos negocios en el resto del Caribe si se contaba con mano de obra. Y eso fue lo que pasó en las grandes haciendas que se crearon.

En la gran hacienda, el esclavo perdía su entidad como persona y vivía como un elemento más del sistema productivo, sin apenas contacto con la familia del hacendado, y por supuesto, sin derecho a tener su propia familia. En cuanto a la alimentación y la sanidad, la política de bajar a toda costa los precios de los alimentos producidos, sumada muchas veces al absentismo del dueño, que sólo exigía rendimientos, provocaron muchas veces deficiencias en la alimentación y la sanidad del esclavo. En los trabajos más duros, se calculaba que un esclavo no sobrevivía más allá de quince años. En algunas ocasiones de absentismo, el administrador de la finca podía protagonizar verdaderos dramas maltratando esclavos.

Respecto de los castigos corporales, no eran demasiado frecuentes, pues perjudicaban el trabajo y hacían perder dinero al hacendado, pero podían producirse sin que nadie lo impidiera. Este tema parece que es más propio de las novelas que se escribieron expresamente a mediados del XVIII con fines antiesclavistas y fueron difundidas por intereses políticos de algunas personas que utilizaron el argumento para auparse al poder a sí mismos. Los contrarios, lo negaban todo para también hacerse con el poder. Entramos en un terreno oscuro y cenagoso.

La oferta de esclavos parecía ilimitada mientras no lo impidieran los Estados implicados en el terrible triple negocio: armas para África, esclavos para el Caribe, azúcar, café, tintes y madera para Europa. Y el aguardiente español y europeo, y el ron americano que se podían vender en todas partes, eran otra parte del negocio. Todo se podía convertir en dinero. Las primeras restricciones a la oferta de esclavos se produjeron en 1806, cuando Gran Bretaña decidió abolir la trata de esclavos, Estados Unidos lo hizo en 1808, Dinamarca y Portugal en 1811, Suecia en 1813, Holanda en 1814, Francia en 1815 y España en 1817. La trata era el comercio de esclavos legal. Pero una cosa era abolir la trata y otra muy diferente la finalización del comercio real. El comercio de esclavos permaneció en la ilegalidad, y muchas veces con el beneplácito de las autoridades que debieran perseguir la trata. La época de venta de más esclavos de la historia parece que fue la de 1840-1845. Por ello, era preciso abolir la esclavitud misma, pues con la sola medida de la prohibición de la trata no se acabaría nunca, sino que incluso podría aumentar. En 1834, Gran Bretaña abolió la esclavitud en sus colonias y en 1838 lo hizo definitivamente en todos sus territorios. Los empresarios británicos esclavistas sufrieron un gran daño material, y desde entonces, exigieron que la esclavitud se aboliera en todas partes para competir en igualdad de condiciones con empresarios esclavistas con mano de obra más barata que la suya. El principal objetivo era España, el país receptor de los esclavos vendidos. En 1846 prohibieron la esclavitud Suecia, Dinamarca, Uruguay y Túnez. En 1848 la prohibió Francia, siendo 1848 la fecha que se utiliza como referencia cuando se habla en general de la abolición de la esclavitud. En 1856 la abolió Portugal. En 1862 lo hizo Holanda. En 1864, los Estados Unidos. Y en 1865 era ya muy evidente que Brasil y España no la habían abolido. La conciencia de mucha gente estaba intranquila y no faltaron políticos que se aprovecharan para hacer sangre con los casos de Brasil y España, pues así se lavaban muchas conciencias y se ganaban muchos votos. Incluso podía pasar que una buena campaña antiesclavista estuviese ocultando la realidad de la permanencia de muchos esclavos en el país autor de esa campaña. Los norteamericanos se cebaban en campañas que ocultasen sus problemas internos: según los periódicos de los Estados Unidos y de las potencias europeas, los únicos “seres desgraciados” del mundo vivían en las colonias españolas. Y ello servía a muchos políticos para justificar su deseo de apoderarse de las colonias españolas y beneficiarse ellos de los productos tropicales. Al fin y al cabo, era el mismo argumento que los nordistas habían utilizado contra los sudistas en la Guerra de Secesión de 1860-1865. También hay que tener en cuenta que en este momento se estaba conquistando el oeste y exterminando a los indios, y que miles de inmigrantes se lanzaban a la aventura de lo desconocido, llevando a sus familias a ninguna parte, lo cual no debía ser precisamente por buenas condiciones de vida en la costa este.

A partir de 1865, los españoles eran muy conscientes de los males de la esclavitud, y de hecho la eliminaron en la península, salvo por lujo y ostentación. Declaraban que era inmoral, que desnaturalizaba al individuo, que violentaba voluntades, que acababa con la dignidad humana, que generaba desigualdades sociales intolerables, y que generaba odios. Todos estaban de acuerdo en que era profundamente inmoral. Pero era complicado eliminarla en colonias.

Por entonces, aparecieron movimientos obreros importantes, enemigos del capitalismo, e insistieron mucho en posturas antiesclavistas que hacían daño a los capitalistas más acaudalados.

Pero eliminar realmente la esclavitud era un problema complejo por dos razones: eliminar masiva y tajantemente la esclavitud era eliminar la mano de obra de los hacendados, y con ello provocar un terremoto económico que afectaba a bancos que no recuperarían sus créditos, empresas que tendrían que cerrar, subidas de precios generalizadas. Y en segundo lugar, dejar libres a centenares de miles de analfabetos y no educados en el respeto al prójimo, hasta entonces dominados a base de golpes y castigos, suponía el peligro de desórdenes sociales graves.

Por otro lado, y para no hacer melodramas con el tema de la esclavitud, hay que decir que la condición del obrero asalariado era muchas veces similar a la del esclavo, salvo en su aspecto legal. Un hombre que era obligado a trabajar 14 horas diarias, seis días a la semana, por un salario de subsistencia, y con castigos corporales dentro de la fábrica, no tenía en la práctica ninguna diferencia con los esclavos. Incluso trabajaba más horas por menos dinero, pues el esclavo tenía asegurada la comida y el techo. Las condiciones de trabajo de muchas fábricas eran mucho peores que en las plantaciones esclavistas. Hablar de buenos y malos, antiesclavistas y esclavistas, es simplificar la realidad y falsearla.

Y en cuanto a la buena voluntad de los abolicionistas, hay que decir que el maquinismo, difundido a partir de 1845 aproximadamente, hacía precisa mucha menos mano de obra cada vez. A medida que se precisaba menos mano de obra, iban apareciendo leyes antiesclavistas. Y donde los trabajos eran menos mecanizables, la agricultura y ganadería, la esclavitud permaneció más años.

Los países que tenían poca proporción de esclavos, se sentían abolicionistas porque los problemas de abolición de la esclavitud eran asumibles con ventajas económicas para los empresarios. Los países con gran proporción de esclavos tuvieron muchas dudas a la hora de eliminar esclavos. Por ejemplo, en Puerto Rico, con un 10% de esclavos, era fácil la abolición, y en Cuba, con un 50% de población esclavizada, era mucho más difícil.

En Cuba, el interés por aumentar la población de raza blanca fue cada vez mayor a medida que amenazaba producirse la abolición de la esclavitud. Querían estar preparados para el momento difícil de la abolición. Se daban ventajas para inmigrar, y un año después de llegar, ya se podía obtener la ciudadanía. Los extranjeros de diversos países, incluidos los sudamericanos, desde 1815 podían obtener la Cédula de Gracia que les hacía ciudadanos de pleno derecho, lo cual les permitía adquirir bienes, poseer tierras, y libertad para regresar a sus países en los primeros cinco años, pasados los cuales se convertían en ciudadanos cubanos normales.

Respecto a los esclavos, a fin de estar preparados para la abolición, se decidió en 1842 instruirles en el catolicismo, obligar a los hacendados a darles un mínimo de dos tres comidas al día (se especificaba qué cantidad de alimento se le debía proporcionar), a darles ropa dos veces al año (indicando qué prendas) y se reguló que no trabajaran más allá de 9 ó 10 horas diarias. La ley obligaba a los hacendados a no deshacerse de los esclavos viejos y enfermos. En esas condiciones, el esclavo resultaba caro, y el hacendado optaba muchas veces por la mecanización, o por desobedecer la ley.

En 1854 se admitieron esclavos de raza amarilla, en la idea de que no harían piña con los negros en caso de rebelión. Los primeros esclavos asiáticos habían llegado en 1847. Pero los esclavos asiáticos eran físicamente más débiles que los africanos e intelectualmente mejor preparados incluso que los ciudadanos de raza blanca, y daban lugar a otros problemas. Incluso se pensó en importar colonos españoles, y en 1854 llegaron españoles que fueron distribuidos por las haciendas y tratados como esclavos a partir de ese momento.

 

 

España en 1868.

 

El 9 de abril de 1868, Manuel Cantero, el hombre de Juan Prim en Madrid, convocó al general Francisco Serrano, al general Domingo Dulce, y a José de Olózaga para proponerles participar en un pronunciamiento próximo. Se trataba de comprometer a los unionistas en el proyecto.

En junio de 1868 se sumó un nuevo desastre a la crisis económica del paro, quiebra del ferrocarril y de la construcción naval, además de crisis en las bolsas: no hubo cosecha y era el segundo año que ello ocurría. Los precios del trigo subieron y el hambre se generalizó. González Bravo se puso muy nervioso y tomó medidas de urgencia apresuradas para salvar las cuentas del Estado, y no para paliar el hambre: bajó los sueldos de los funcionarios y puso impuestos especiales. Al mal ambiente económico y malas cosechas de 1867 y 1868, se sumaba una dura presión de Hacienda y ello acarrearía un ambiente prerrevolucionario. González Bravo estaba despertando a la fiera. ¿Se estaba sobrevalorando a sí mismo, o no valoraba suficientemente la amplitud del problema de Ostende? Para todos era evidente la proximidad de un golpe de Estado. Lo sabía el Gobierno, la Reina y los partidos políticos. ¿Cómo se pudo cometer ese error en verano de 1868?

 

 

González Bravo frente al golpe de Ostende.

 

González Bravo infiltró un agente en casa de Prim en Londres, un criado italiano, que le pasaba a González Bravo toda la información sobre los conspiradores. Posteriormente Prim le descubrió y le captó como agente doble.

González Bravo se puso aún más nervioso de lo que ya estaba, y en 6 de junio detuvo a los generales que creía unionistas: Francisco Serrano Domínguez duque de la Torre, Domingo Dulce Garay, Juan de la Zabala de la Puente marqués de Sierra Bullones, Francisco Serrano Bedoya, Antonio Caballero y Fernández de Roda, Fernando Fernández de Córdova. Era un error político muy grave pues significaba el enfrentamiento del Gobierno González Bravo con el ejército español. De hecho, Francisco Serrano Domínguez, Domingo Dulce, Francisco Serrano Bedoya y Antonio Caballero Fernández de Roda se pusieron en contacto con los hombres de Ostende y firmaron el documento “España con honra”.

Los generales Serrano Domínguez, Dulce, Zabala, Serrano Bedoya y Caballero de Roda fueron confinados a Canarias, Zavala a Lugo, Fernández de Córdoba a Soria y Rafael Echagüe Bermingham a Baleares. González Bravo se quedó solo, porque el ejército pedía a los generales presos que se sublevasen.

De éstos generales, Córdova no se alzó contra la Reina ni contra González Bravo, pero se pasaría a Francia para no oponerse a sus compañeros. Casi todo el resto de generales se comprometió con el Pacto de Ostende.

El 3 de julio se supo en el periódico “La Nueva Iberia”, en el artículo “La Última Palabra”, que los unionistas apoyaban el Pacto de Ostende. El peligro era máximo para el Gobierno de González Bravo.

Serrano, en su viaje hacia Canarias, pasó por Cádiz, donde se entrevistó con los generales de Unión Liberal: Adelardo López de Ayala, enlace de los conspiradores andaluces, y con Juan Bautista Topete, el jefe militar del pronunciamiento en Andalucía. No quería que la revolución se les escapase a los unionistas. Serrano pidió a Topete que encabezase el pronunciamiento a fin de que la dirección del mismo no cayese en manos de los progresistas y mucho menos en las de los demócratas y republicanos. El 13 de julio salió para Canarias. Topete se puso entonces en contacto con los progresistas de Madrid, con Olózaga en París, con Prim en Londres y se ofreció como líder de la revolución.

González Bravo, el 7 de julio de 1868, acusó a Antonio María de Orleans duque de Montpensier de querer el trono de España, una declaración que era precipitada y perjudicaba más a González Bravo que a Montpensier. Montpensier y Luisa Fernanda quedaban expulsados de España. Antonio María de Orleans, 1824-1890, duque de Montpensier, era hijo de Luis Felipe de Orleans, rey de Francia, y esposo de Luisa Fernanda de Borbón, hija de Fernando VII y hermana por tanto de Isabel II. Montpensier fue expulsado de España sin que la orden llevase justificación alguna, lo cual era ilegal. Seguramente, González Bravo sabía que los generales unionistas habían ofrecido el trono a Luisa Fernanda, y también que Montpensier se había puesto en contacto con los revolucionarios de Ostende, y había les había pagado algunos gastos, pero eran rumores que no podía probar. Los duques de Montpensier salieron por Portugal y fijaron su residencia en Oporto. El 3 de agosto protestaron a Isabel II por el trato recibido.

González Bravo se estaba equivocando políticamente. Acusaba de conspiradores revolucionarios a sus generales, cuando eran simplemente unionistas, es decir, de lo menos revolucionario que se podía ser entonces. Y acusaba de conspiración a Luisa Fernanda, un miembro de la familia real, lo que le ponían en contra a muchos moderados. En este tema, González Bravo no estaba tan desencaminado: Antonio de Orleans y su mujer Luisa Fernanda de Borbón vivían en el Palacio de San Telmo en Sevilla y tenían la idea de coronarse reyes, por lo que habían financiado a los revolucionarios de 1868.

 

 

El fracasado golpe de agosto de 1868.

 

Los revolucionarios proyectaron el pronunciamiento para el 9 de agosto, pero surgieron algunas discusiones y la fecha se retrasó: los unionistas querían a Montpensier como rey, pero éste era hijo de Luis Felipe de Orleans (rey de Francia en 1830-1848) y no le gustaba a Napoleón III. Para obtener el apoyo de Francia al golpe, se decidió hacer un pronunciamiento sin candidato, y que éste fuera el que eligieran unas Cortes Constituyentes.

Los únicos apoyos que le quedaban al Gobierno de Isabel II eran los nobles latifundistas y la Iglesia católica, esta última muy contenta porque el Gobierno perseguía a los protestantes y se seguían en palacio en líneas generales las consignas dadas en su tiempo por el Padre Claret y por Sor Patrocinio, la monja de las llagas (aunque el Padre Claret se había marchado de Palacio 10 años antes por disconformidad con un Gobierno “poco papista”).

En plena crisis financiera, bluf de 1866-68, los inversores o especuladores en el ferrocarril y los fabricantes de paños pidieron subvenciones al Gobierno para salir de una crisis en la que se habían metido ellos mismos pidiendo proteccionismo y especulando al máximo, en vez de buscar mercados exteriores y precios competitivos. González Bravo se negó a entregar esos fondos y, tras el alboroto consiguiente en las Cortes, decidió cerrarlas. González Bravo perdió a los inversores, a los comerciantes y a los diputados.

La Reina fue a San Sebastián el 9 de agosto de 1868 a veranear. Era el día inicialmente proyectado para el golpe de Estado, pero ya se había pospuesto. La fragata Zaragoza protegía la costa. La Reina fue a visitar la fragata y creyó ver que los soldados estaban con ella y no con la revolución. Poco sospechaba que ese barco iniciaría la revolución un mes más tarde en Cádiz.

Sin embargo, tenemos razones para pensar que la proximidad de la revolución era un hecho patente a todos los españoles: Por ejemplo, Cánovas, monárquico conservador, pero descontento con Isabel II, se retiró a Simancas a investigar sobre los Austrias y se hizo con una excusa para no apoyar a la Reina ni a los sublevados. No apoyaba a los unionistas, sus colegas de partido, porque creía que habían traicionado a Isabel II sumándose a la revolución. No apoyaba a los revolucionarios porque pensaba que la revolución la dirigirían los demócratas.

El 23 de agosto tuvo lugar la reunión final de los conspiradores en la que se estableció que el 12 de septiembre Prim embarcaría para Gibraltar al tiempo que un barco iría a Canarias a por los confinados allí, para actuar todos el 16 de septiembre, la nueva fecha designada para el golpe. En esa reunión, los unionistas, con el almirante Juan Bautista Topete a la cabeza, pidieron que se entronizase a los Montpensier (concretamente a Luisa Fernanda de Borbón) y Prim contestó que, si bien él era monárquico, respetaría la decisión de una asamblea constituyente. Eso salvó la reunión, pero la verdad era que Prim tenía el veto expreso de Napoleón III para imponer a los Montpensier. Pi y Margall en ese mismo evento pidió la república.

Montpensier había entregado dinero para el golpe, para financiar los barcos que debían ir a Londres y a Canarias. Cuando se supo esto, muchos cargos políticos del Gobierno de González Bravo dimitieron y hasta González Bravo presentó su dimisión, que no le fue aceptada.

 

 

El golpe de septiembre de 1868.

 

El 9 de septiembre volvió la Reina a San Sebastián y desde allí fue a Lequeitio (Vizcaya) “a veranear”. Pero el golpe no iba a empezar en el norte, sino en Cádiz, al sur de España.

El general Juan Bautista Topete contrató los barcos que debían ir a Londres y a Canarias, para llevar a los líderes revolucionarios a la Península Ibérica.

El 12 de septiembre, como estaba previsto, Manuel Ruiz Zorrilla, Práxedes Mateo Sagasta y Juan Prim se embarcaron en Londres en el vapor Delta con destino a Gibraltar. Llegaron el 16 de septiembre. En Gibraltar, pasaron al Adelia y llegaron a Cádiz en esa misma fecha, pero ya de noche. Financiaba y coordinaba el transporte un empresario gaditano de Unión Liberal, productor y comerciante de vinos hacia Londres, llamado José Paúl Angulo[3].

El 14 de septiembre zarpó el barco de Francisco Serrano Domínguez y los demás generales confinados de Canarias, el San Buenaventura, por lo que llegarían un poco tarde a Cádiz, el 19 de septiembre, dos días después de lo proyectado y un día después de iniciado el golpe.

El almirante Juan Bautista Topete[4] coordinaba el movimiento en Cádiz precisamente en la fragata Zaragoza que había visitado la Reina pocos días antes, en agosto, en San Sebastián, y donde se reunieron Topete, Prim, Sagasta, Ruiz Zorrilla y Paúl Angulo. Prim prefería unas Cortes constituyentes.  No era un pronunciamiento al uso, pues no se invocaba el nombre de la Reina para cambiar de Gobierno, sino se hacía un llamamiento a la nación para cambiar de sistema político y expulsar a la Reina.

El 17 de septiembre de 1868 se supo en Cádiz que Prim estaba en un barco y que se esperaba a Serrano que llegaría desde Canarias, y la gente se exaltó en la calle. Entonces se decidió no esperar a Serrano y empezar el golpe.

Prim, que era bastante cobarde o prudente, según el punto de vista, y ya había perdido otras oportunidades de pronunciamiento por no bajar del barco a ponerse al frente de las masas hasta que veía que ya la calle estaba alborotada, el 16 de septiembre por la noche tuvo miedo por no ver concentrada la escuadra cuando, en teoría, deberían estar en plena sublevación. Incluso pensó en echarse atrás una vez más. Por fin encontró a Juan Bautista Topete en el Zaragoza y se convenció de que la sublevación estaba organizada ya por Topete, y Prim se tranquilizó. Topete puso condiciones para la sublevación: reinaría Luisa Fernanda, y el jefe del pronunciamiento sería Serrano. Prim aceptó, pero dijo que era prematuro anunciar quién debía ser la nueva Reina, porque ello comprometía a la propia candidata, lo cual fue entendido por Topete y consintió en mantenerlo en secreto.

El 17 de septiembre se produjo el Primer Manifiesto de Topete en el que decía que España era regida por una dictadura en la que no se respetaba la Constitución, no eran limpias las elecciones y no había simpatía entre el monarca y los españoles. Era necesario ir a una “monarquía constitucional”.

El 18 de septiembre la escuadra se concentró en el puerto de Cádiz y se inició el motín a las 13:10 horas. En ese momento, 21 cañonazos anunciaron el destronamiento de Isabel II. Cinco minutos más tarde ya lo sabía la Reina en Lequeitio. Los barcos hicieron unos disparos y esperaron a que los cuarteles militares y los civiles de tierra se pronunciaran. Los civiles sólo salieron a la calle el 19 de septiembre, tal vez porque había tormenta en la tarde del 18, pero a las seis de la mañana del 19 de septiembre estaba la gente en la calle, y entonces desembarcaron Prim y Topete. También en Sevilla hubo una multitudinaria manifestación por la república y contra los privilegios de la Iglesia católica.

El mismo 18, al saber lo acontecido en Cádiz, Luis González Bravo dimitió en San Sebastián dando paso al Gobierno de José Gutiérrez de la Concha el 19 de septiembre. De la Concha marchó a Madrid el 20.

En la tarde del día 19, llegó a Cádiz Francisco Serrano Domínguez y los generales golpistas confinados en Canarias. Francisco Serrano Domínguez, Juan Prim y Juan Bautista Topete se reunieron y elaboraron un manifiesto conocido como “España con Honra” (conocido erróneamente como segundo manifiesto de Topete), que redactó Adelardo López de Ayala y firmaron Francisco Serrano Domínguez, Juan Prim i Prats, Domingo Dulce Garay[5], Francisco Serrano Bedoya, Ramón Nouvilas Rafols, Rafael Primo de Rivera Sobremonte, Antonio Caballero Fernández de Roda y Juan Bautista Topete. Habían decidido que no habría candidato ninguno a la Jefatura del Estado, sino el que proclamasen las Cortes Constituyentes y que se exigiría sufragio universal para que esas Cortes fueran realmente representativas. El documento hablaba de la necesidad de una legalidad que respetase los derechos de todos los españoles, de que el Rey no fuese enemigo de la Constitución, y pedía la regeneración social y política, y el sufragio universal.

Habría un tercer documento o llamamiento a la revolución, hecho por Topete el 27 de septiembre de 1868, Segundo Manifiesto de Topete en la realidad, y tercero en la relación de los grandes documentos conocidos de septiembre de 1868, en el que acusaba a los encargados de dirigir España de haber ido contra la Constitución y haber gobernado España mediante Decretos despóticos. Todos los Manifiestos, el de 17 de septiembre, el de 19 de septiembre y el de 27 de septiembre, hablaban de la necesidad de una Constitución nueva que superara la de 1845.

Del 18 al 22 de septiembre de 1868 se produjeron varias sublevaciones como la de Santander, El Ferrol, Béjar, La Coruña, Zaragoza, Cartagena, Santoña, Alicante y Alcoy. La sublevación era ya imparable. La sublevación de Barcelona arrastró a toda Cataluña y a Valencia.

El 20 de septiembre Topete se hizo cargo del mando en Cádiz, Serrano marchó a Sevilla, y Prim emprendió una gira en barco que le llevó a Jerez, Málaga, Almería, Cartagena, Valencia (2 de octubre) y Barcelona (3 de octubre). El melindroso de Prim permanecía en el barco hasta que se sublevaba la ciudad a la que se dirigía, y bajaba luego a hacer una arenga. Tenía muchas razones para hacerlo así, pues los sublevados no eran unionistas ni progresistas, sino demócratas republicanos de los que no sabía que podía esperar.

Pero como el 18 de septiembre, Luis González Bravo había dimitido, damos por terminada la etapa de este gobernante.

 

 

 

[1] Luis González Bravo nació en Cádiz en 1811. Fue periodista de “El Guirigay” en 1837-1838 y escribía con el pseudónimo de Ibrahim Clarete. En 1841 se hizo diputado y evolucionó rápidamente desde el progresismo al moderantismo y al conservadurismo de derechas. Por supuesto estuvo en 1843 contra Espartero. Encabezó la acusación contra Olózaga de violentar a la reina para disolver Cortes y, como resultado, González Bravo fue presidente el Gobierno en 1843. Volvió a la política en 1864 para ser ministro de Gobernación e imponer mano dura en tiempos de Narváez. Fue responsable de los sucesos de la Noche de San Daniel en 1865. Siguió siendo ministro de Gobernación en 1866 porque en esos tiempos Narváez era partidario de la represión más dura. Al morir Narváez en abril de 1868, volvió a ser Presidente del Gobierno y se empeñó en utilizar la fuerza y la represión hasta ser sobrepasado por la revolución de septiembre de 1868. Cayó con Isabel II. Al final de su vida se adhirió al carlismo. Murió en Biarritz en 1871.

[2] Juan Andrés Muñoz Arnau – Ana Isabel de Pablo, La disciplina parlamentaria en el constitucionalismo histórico español. Universidad de La Rioja.

[3] José Paúl Angulo, 1842-1892, pertenecía a una familia de vinateros gaditanos exportadores a Londres, y estaba bien relacionado en Londres. Colaboró con Prim en 1868, pero se disgustó seriamente cuando supo que Prim deseaba restaurar la monarquía en España, por lo que inició una sublevación andaluza contra Prim, y más tarde proyectó el asesinato de éste, que tuvo lugar el 30 de diciembre de 1870. Tras ello, se exilió a Francia y más tarde vivió en varios países americanos.

[4] Juan Bautista Topete Carballo 1821-1885 había nacido en San Andrés de Tuztlux (México) y en 1838 había ingresado en la Armada. Desde 1836, estaban cerradas las Reales Compañías de Guardamarinas y el Colegio Naval, y la carrera militar de Marina se había de hacer en los propios barcos. Topete se embarcó en San Fernando en la fragata Esperanza y salió para el Caribe a vigilar el contrabando de armas y de esclavos. En 1839 enfermó y regresó a la península, embarcándose en el Mediterráneo en transportes militares hasta curarse. En 1841 volvió a La Habana. En 1847 los rebeldes cubanos entablaron conversaciones con políticos estadounidenses y se recrudeció el contrabando de armas. En 1849 enfermó de nuevo y volvió al Mediterráneo. Narváez envió 5.000 hombres a Roma a proteger al Papa, y puso a su mando a Fernando Fernández de Córdoba, que fueron trasladados por el brigadier José María de Bustillo en 6 vapores de ruedas, 1 fragata y 2 corbetas, colaborando Topete en ese servicio. Los soldados llegaron a Gaeta, Pío IX bendijo las tropas, y llegó el general francés Nicolás Oudinot con 30.000 hombres, se hizo cargo de la situación y restableció al Papa en sus Estados Pontificios, quedando la actuación española como secundaria e inútil. Topete se ocupó en 1851 de hacer transportes entre Cádiz y La Habana. En 1859, estuvo en la Guerra de Marruecos bloqueando las costas, haciendo transportes y abasteciendo a Ceuta desde Algeciras. En 1861 fue destinado al astillero La Carraca y se afilió a Unión Liberal, y llegó a ser diputado en 1862. En 1863, el ultramonárquico Ramón de Campoamor escribió contra los marinos y Topete fue escogido por sus compañeros para que le desafiase en duelo, que fue a sable y resultó herido topete, perdiendo el duelo. En 1864, acompañó al almirante José Luis Pareja en su expedición a Perú, donde se firmó el Tratado Pareja-Vivancos. La aventura terminó con el bombardeo de Valparaíso y de Callao en 1866. Topete regresó a Cádiz y se encontró un mal ambiente entre los marinos, que preparaban un golpe contra Isabel II. Topete fue nombrado Capitán del Puerto de Cádiz confiando en que tenía ideas muy de derechas y dominaría a los insurgentes. En 1868 encabezó la sublevación de septiembre sin que sepamos muy bien cómo accedió a ello, y el 17 de septiembre proclamó la república. El 18 de septiembre llegó Prim a Cádiz, ya de noche, y ambos, Topete y Prim, fueron contra Cádiz, pero el Gobernador de la ciudad se sumó al golpe. Topete había hecho triunfar la revolución de septiembre. La explicación de la postura de Topete parece estar en que era un hombre de Montpensier. Tuvo el ministerio de Marina en 1868 pero dimitió al ser elegido Amadeo para ser rey de España, pues él defendía la candidatura de Montpensier. En 1869 fue ministro de Ultramar y de Guerra. En agosto de 1869 fue Presidente interino, y en diciembre de 1870, a la muerte de Prim, volvió a serlo. Fue ministro de Ultramar en 1871, de Marina en 1872, Presidente interino en mayo de 1872. En febrero de 1873 estuvo preso unos días. En enero de 1874 fue ministro de Marina. En diciembre de 1874 no estuvo de acuerdo con la restauración de Alfonso XII y pidió la baja en el ejército, que le fue denegada. En 1879 reconoció a Alfonso XII como rey. Murió en 1885 a los 64 años de edad.

[5] Domingo Dulce Garay 1808-1869, natural de Salés (La Rioja), ingresó en caballería en 1823 y combatió en la guerra carlista de 1833-1840 y participó en la revolución de 1854 contra Sartorius. González Bravo en 1868 le alejó de Madrid como sospechoso. Tras el triunfo de 1868 fue enviado a Cuba donde su rigidez moral no encajó ni con españolistas ni con rebeldes.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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