SOCIALISMO UTÓPICO ESPAÑOL HASTA 1868.

 

 

PRINCIPALES UTÓPICOS EUROPEOS.

 

El socialismo utópico, denominado por Marx precientífico, es decir, el socialismo utópico anterior a 1848, hace alusión a teóricos como Babeuf, Owen, Saint Simon, Fourier y otros. Utópicos los ha habido siempre en el mundo y de todos los signos, los hay a cientos, y los seguirá habiendo, pero nos referimos a los más notables de principios del XIX.

El socialismo precientífico opinaba que la realidad ocurría en etapas, y las etapas de la política y la sociedad conducían necesariamente a la maduración de la sociedad en el camino al socialismo. Marx y Engels racionalizarían esta opinión, por otra parte muy extendida en otros ámbitos del pensamiento del XIX, y dijeron haber sintetizado la etapa final, el “socialismo científico” basado en razonamientos apoyados en el saber.

El socialismo científico no tiene mucho más de científico que el resto de los socialismos, pero fue así como lo denominaron Marx y Engels, y así se viene llamando.

Por otra parte, utópico significa irrealizable, y deriva de las palabras griegas “ouk topos”, que significan “ningún lugar”.

Para entendernos, los historiadores han denominado utópicos a los socialismos anteriores a Marx. Porque Karl Marx creó una base económica muy sólida para su modelo socialista y ello cambió para siempre la influencia de los socialismos en la política y la sociedad. Las denominaciones de socialismo científico y socialismo utópico son conveniencias metodológicas para explicar el siglo XIX, pero hay que ser consciente de ello.

Afirmar que los socialismos utópicos fueron los pioneros de las revoluciones burguesas es una exageración. Algunos socialismos utópicos no influyeron en nada, algunos no querían en absoluto ninguna revolución. Algunos son demasiado anteriores al XIX.

Los socialismos utópicos fueron un antecedente de las teorías de Marx, un lector incansable, que las recogió, estudió, perfeccionó, recogió pedazos de aquí y de allá, y elaboró un sistema nuevo de pensamiento que sí perduró un siglo, desde mediados del XIX a mediados del XX. El marxismo murió en la segunda mitad del XX, aunque haya muchas reelaboraciones posteriores que tratan de aprovechar la publicidad que da el nombre y la reivindicación de Marx cuando se declaran marxistas. Ninguna de las reelaboraciones posteriores acepta los principios esenciales de Marx, de una realidad, única, dialéctica, progresiva, siempre en discusión y análisis de la realidad, y todos dicen haber llegado a la síntesis inmutable y definitiva de la realidad, lo cual es contrario al marxismo original. Incluso el nombre de “marxismo” ha sido corrompido, y se lo han apropiado los leninistas, que se declararon únicos marxistas ortodoxos en 1903, y “excomulgaron” a todos los demás, y por supuesto, dijeron tener la doctrina definitiva, “el marxismo”, y que todos los demás eran “revisionistas”. Hasta tal punto corrompieron el término “marxista” que no hay una palabra para definir las teorías de Marx (Pierre Vilar proponía decir “marxianas”) a fin de distinguirlas de las teorías de Lenin y Stalin que se atribuyen en exclusiva el marxismo.

Los socialistas utópicos son muy diferentes entre sí, e incluso contradictorios entre sí. Sólo tienen en común un planteamiento social nuevo que defendía que la cuestión social era el tema fundamental a que debía atender la política, que buscar la felicidad del colectivo humano era el único valor moral válido a perseguir, que la sociedad no se podía basar en la lucha entre los hombres por los medios de subsistencia, que los políticos siempre buscan sus intereses de clase y no los intereses del conjunto de la sociedad, que la ruptura social en clases es perniciosa para la sociedad en conjunto y para el individuo en particular, y que la paz social debe ser el objetivo prioritario de todo sistema político.

Los utópicos eran continuadores del pensamiento ilustrado. Eran racionalistas, individualistas, apolíticos, filántropos. Y todos eran diferentes. Citaremos algunos:

Robert Owen, 1771-1858, en 1825 creó una comuna en 1825 en Indiana (EE.UU.) a la que llamo New Harmony, y fue un fracaso. A partir de 1828 promovió cooperativas de trabajadores en Gran Bretaña, las cuales fracasan cuando han de renovarse y necesitan capital abundante. Pensaba en cooperativas de producción y cooperativas de distribución. En 1833, pensó en un sindicato nacional, su gran éxito, y en 1835 apareció el Grand National Consolidated Trades Unions intentando dirigir la economía británica, a lo que se opusieron los empresarios y el estado. Al final de su vida, estaba convencido que lo esencial en el mundo era llegar a una nueva moral que sustituyera la lucha de clases por la cooperación entre ellas, de modo que fuera factible reducir un poco los beneficios del capital a fin de obtener unos precios más asequibles para la mayoría de la población.

François Noël Babeuf, 1760-1797, fundó la Societé du Pantheon, un grupo radical interclasista dispuesto a tomar el poder para crear una sociedad nueva con absoluta comunidad de bienes, tras la destrucción de la propiedad privada. Su idea era imponer un comunismo agrario que aprovechase colectivamente los modos de producción y que instaurase una dictadura del proletariado, tras lo cual no debería haber contrarrevoluciones lo cual era el nuevo deber del nuevo Gobierno que surgiera.

Continuaron la obra de Babeuf:

Félix Lepeletier, 1736-1778, jacobino.

Filippo Buonarroti, 1761-1837.

Theodore Dezamy, 1808-1850.

Albert Laponneraye, 1808-1849.

Richart Lahautiere.

Jean Jacques Pillot.

Pierre Josep Proudhon, 1809-1865.

 

También por estos años de mediados del XIX se pusieron en marcha varios socialismos utópicos cristianos, que afirmaban que había que volver al cristianismo primitivo, y que los cristianos primitivos eran comunistas porque partían el pan entre todos.

Casi todos los utópicos excluyeron la violencia como método de lograr hacer realidad sus ideas, y la mayoría de ellos pensaron organizar sociedades agrícolas.

 

 

Utópicos con mayor influencia en España fueron:

Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint Simon, 1765-1825, se preocupó por cambiar la vieja sociedad de ricos, sacerdotes y nobles, integrantes de la sociedad ociosa, a través de una más justa distribución de la riqueza, distribución que debe provenir de los grupos sociales activos, científicos, industriales y banqueros, capaces de imaginar un nuevo mundo. Los cambios sociales no se deben hacer para cambiar de partido político o de políticos que nos gobiernen, sino para aplicar a la sociedad los adelantos nuevos de la ciencia a fin de que haya más bienes a repartir. Los científicos, industriales y banqueros son los que tienen que hacer el cambio y éste se debe basar en dar oportunidades a las clases más humildes dispuestas a trabajar. Los patronos y los obreros pertenecen a una misma clase social, la de los productores de riqueza. Frente a ellos están los integrantes de la clase ociosa. El enfrentamiento que se trata de aparentar entre patronos y obreros, sólo intenta que los patronos se lleven la mayor parte en el reparto, o que los políticos consigan seguidores que les proporcionen a ellos una buena tajada en el reparto de los bienes materiales y de dominio sobre la sociedad. Pero el enfrentamiento es falso, es una apariencia de realidad, una realidad falsa. Los hombres no deben estar enfrentados entre sí. El modo de evitar el enfrentamiento es que cada hombre reciba según lo que él aporta a la sociedad en trabajo y en dinero. La planificación científica del trabajo y del reparto del fruto del trabajo hará desaparecer el paro y los males sociales derivados de él. La propiedad basada en el trabajo es siempre legítima. Saint Simón resumió sus ideas en 1825 en Le Nouveau Christianisme.

Saint Simón  influyó en España[1] durante el Trienio liberal en militares como Francisco Díaz Morales en Córdoba, Andrew Fontcuberta en Perpignam, y en el civil Narciso López, el cual se hizo llamar Manuel Santaella cuando se hizo canónigo. Luego tuvo alguna difusión durante la Regencia de María Cristina de Borbón. Su influencia fue mucho mayor en Portugal.

Continuaron la obra de Saint Simon:

Olinde Rodrígues, 1794-1851.

Barthélemy Prosper Enfantin, 1796-1864.

Constantin Pecqueur, 1801-1887.

Louis Blanc, 1811-1882.

 

Etienne Cabet, 1788-1856, era un francés que había estudiado Derecho en Francia, pero criticó al Gobierno, y se le retiró el título de abogado. Apoyó la revolución de 1830 que llevó al trono a Luis Felipe de Orleans y recuperó su título y fue Procurador General en Córcega. En 1830 fue Diputado en Francia y se mostró como un radical extremista.

Empezó a discrepar también de Luis Felipe cuando vio que se reprimían las manifestaciones obreras, y publicaba sus protestas en periódicos como Le Populaire, fundado en 1834, por lo que fue acusado de traición al Rey, destituido de su cargo y exiliado. Se fue a Londres. Entonces leyó la Utopía de Tomás Moro, y conoció las teorías de Robert Owen, y llegó a conclusión de la necesidad del socialismo de los medios de producción, al estilo de Fourier, en colonias y falanges. Se definió entonces como “comunista demócrata”. Empezó a estudiar la revolución francesa. Escribió en 1833 Historia popular de la Revolución francesa de 1789 a 1830. Volvió a Francia en 1839 y publicó su historia de la Revolución en 4 volúmenes entre 1839 y 1840. También en 1840 publicó Voyage et Aventures de Lord William Carisdall en Icarie, 1839, (Viaje a Icaria), su libro más conocido.

En Viaje a Icaria proponía una comunidad humana sin propiedad, sin moneda, ni comercio, donde todos serían exactamente iguales, todo sería de todos, y los más trabajadores sólo recibirían honores, pero no más bienes ni más comida que los demás. Existía la familia, pero sin matrimonio ni herencia. Cabet decía que era imposible que en Icaria hubiera adulterios, pues todos estarían con la pareja que deseaban. La comunidad icariana sería dirigida por un Comité de Dirección elegido democráticamente. El Comité de Dirección gestionaría el trabajo de todos, que era obligatorio, el reparto de la comida y los bienes por igual para todos, y la educación y las publicaciones. No existía la libertad de imprenta, sino que la imprenta era monopolio del Estado. No existía el libre pensamiento y todos los intelectuales trabajarían para el Comité de Dirección en unos Talleres Nacionales. Nadie recibiría educación religiosa hasta los 16 años de edad, momento en el que un funcionario filósofo les explicaría las distintas religiones y podrían optar por la que quisieran libremente. Mientras tanto, la comunidad icariana educaría a los jóvenes en el respeto al autor de lo creado y en unas normas morales, basadas en principios filosóficos propios de Icaria. El trabajo era obligatorio y todos los miembros de Icaria se verían sometidos coercitivamente a una disciplina de trabajo. Según su teoría, un millón de personas podrían vivir en plena armonía, riqueza e igualdad social en cada poblado icariano.

En 1839, Cabet regresó a Francia y se dedicó a hacer proselitismo de su idea de “sociedad comunista”, tuvo mucho éxito. Se dice que cientos de miles de personas eran simpatizantes suyos. Entonces escribió Le Vrai christianisme suivant Jesucristo, cinco volúmenes, en donde afirmaba que Cristo vino al mundo a imponer la igualdad social, y que ello contrastaba con la realidad de la Iglesia clerical del siglo XIX.

En 1848, Cabet, tras ver el fracaso de la revolución de 1848, decidió crear su propia experiencia icariana, como ya lo estaban haciendo algunos de los suyos. Compró unas tierras en Texas y llevó unos cientos de seguidores a vivir una experiencia agrícola-comunista. La primera expedición salió de El Havre en 3 de febrero de 1848, teóricamente hacia Río Rojo, pero realmente las tierras de Cabet estaban muy lejos del río, a unos 400 kilómetros. Cabet se embarcó en una segunda tanda. Encontró que el poblado Icaria estaba muy lejos de cualquier sitio civilizado y allí se vivía muy mal. Un tercio de los franceses decidió volver a Francia. Su poblado fue un desastre, las tierras no eran productivas y les atacó la malaria, que mató a muchos. Allí murieron los españoles Montaldo y Monturiol.

Los supervivientes huyeron a Nueva Orleans, tal vez para volver a Europa. Pero en Nueva Orleans se encontraron con unas 400 personas que habían llegado para incorporarse a Icaria, y entonces decidieron fundar una nueva Icaria en Nauvoo (Illinois), a donde llegaron unos 700 individuos. Iban a un poblado abandonado por los mormones, que tenía caminos e infraestructura. Allí tuvieron cierto éxito en cuanto que pudieron poner en marcha los cultivos. Llevó a cabo el ensayo y fue un fracaso. Introdujo reformas y acabó aceptando ciertas formas de propiedad privada. No fue capaz de llevar a la práctica muchos de sus proyectos. El poblado de Icaria se mantuvo hasta 1895. En síntesis, el proyecto preveía que el Gobierno debería actuar como Gobierno absoluto, pero al ser un gobierno de elección popular, en el que el pueblo podría destituir a los gobernantes cada vez que estuviera en disconformidad con ellos, suponía que sería un gobierno moral y justo. Sería una comunidad basada en la economía agrícola, pero con actividad industrial complementaria, donde todo sería de todos.

En mayo de 1851, Cabet regresó a Francia para defenderse de la acusación de haber engañado a muchos levándoles a la muerte en Texas. Regresó en julio de 1852. Encontró la Icaria de Nauvoo – Illinois en crisis. La Icaria de Illinois mostró carencias debido a la falta de una autoridad que mantuviese los criterios en el tiempo. El Comité de Dirección distribuía el trabajo y los alimentos a su parecer y no al gusto de la mayoría. Y Cabet propuso sustituir el Comité de Dirección por un Presidente elegido cada cuatro años. Se hizo a sí mismo Presidente y prohibió el tabaco, el licor, las quejas sobre la comida, la caza y la pesca cuando no eran con finalidad de comer la comunidad. Exigió silencio absoluto en los talleres, es decir, a la hora de trabajar, y sumisión completa a las órdenes del Presidente. Ello provocó las iras del Comité de Dirección, y Cabet y 180 de sus seguidores fueron expulsados de Illinois. Una vez ausente Cabet, los icarianos fueron abandonando y, en 1861, sólo quedaban 35 personas, que aguantaron hasta 1878.

Cabet se dirigió a Saint Louis (Missouri) y fundó otra Icaria, y allí vivió hasta su muerte en 1856. Lo suyos fundaron otra colonia en Cheltenham, que duró hasta 1864.

Algunos de la colonia de Illinois marcharon a Corning (Iowa) y fundaron otra colonia icariana que perduró hasta 1898. Otros se fueron a California y fundaron Icaria-Speranza.

Cabet pasó completamente desapercibido en Francia, pero fue valorado en España y realzado en épocas posteriores. En 1856 abandonó su primer poblado icariano seguido de 180 discípulos, y se dispuso a fundar otro más acorde con sus ideas. Murió ese mismo año en Saint Louis (Missouri).

 

François Marie Charles Fourier, 1772-1837, fue un hombre clave en el socialismo francés y del norte de España en la primera mitad del XIX. En 1822, publicó un Tratado de la asociación agrícola doméstica, o Teoría de la Unidad Universal, que es la base teórica de la falange y el falansterio, y en 1836 perfiló los detalles de cómo debían ser la falange y el falansterio.

Su modelo de sociedad parte de la indignación que le provoca la ideología cristiana que justificaba el sufrimiento en el pecado original, y la ideología doctrinarista de que cada uno debe cargar con su suerte. En general, critica a toda la civilización occidental que ha tolerado la desgracia de los más en defensa de un modelo social “de moral familiar”, que no se preocupa por las desgracias extrafamiliares. Dice que es hora de denunciar la falsa moral cristiana de renuncia al placer de los sentidos, pues el hombre tiene derecho a ser feliz. Y es hora de denunciar que la “moral familiar cristiana” es insatisfactoria, pues ni siquiera es capaz de proteger a sus propios hijos en la economía y en la moralidad. El sistema cristiano es aburrido, inadecuado, no mantiene la personalidad de los cónyuges, sino que somete a la mujer a la autoridad del marido, eliminando sus derechos al desarrollo de su personalidad, eliminando su libertad y condenándola a un trabajo doméstico sin recompensa ninguna. El sistema cristiano es hipócrita, pues dice unas cosas y obra de forma distinta. Por eso es necesario un nuevo modelo social en colectividades más amplias, llamadas falanges, las cuales vivirán en un falansterio. El hombre no tiene por qué reprimir sus deseos de placer, excepto el utilizado para fines perversos de hacer daño a un tercero, ni debe estar continuamente autojustificándose y reprimiéndose.

La sociedad que criticaba Fourier, no sabía cómo superar la desgracia de la muerte del responsable de la familia, a no ser en casos excepcionales en las que la madre tenía el suficiente talento para continuar el negocio; no sabía paliar el problema de la inconstancia de algunos de los miembros de una empresa familiar; creaba conflictos entre padres e hijos; estaba plagada de fraude, latrocinio y desconfianza; padecía de déficit industrial por falta de capital y técnica; producía conflictos entre el capital y la técnica; creaba rivalidades entre comerciantes; producía conflictos entre los intereses individuales y el interés colectivo; y en general, carecía de planes de producción.

Tampoco le gustaban los socialismos imaginados por entonces, porque no tenían en cuenta el número de integrantes de una comunidad, intentaban el igualitarismo y creían poder prescindir del capital.

Fourier proponía como alternativa una comuna en la que todos trabajaran en común la agricultura, ganadería, artesanía, industria, servicios comunitarios, cuidado de los niños. El conjunto humano se denominaría falange, y el lugar organizado racionalmente falansterio. La mujer participaría en igualdad de derechos al hombre en el trabajo y en la elección de pareja. Los homosexuales serían iguales a los demás personas en derechos, y formarían sus parejas de acuerdo a sus tendencias sexuales. La falange sería el método racional de explotación de la tierra.

La falange sería una comunidad regular, de unas 1.500-1.800 personas, organizadas en unas 400 familias, y comunicada con otras comunas similares con las cuales comerciaría. Las personas deben ser de fortuna desigual, edad desigual, carácter desigual, conocimientos varios desiguales, de la mayor variedad posible, o cual debe ser planificado con anterioridad. Los que pretendan formar la falange se reunirán en mayo, de modo que tengan tres o cuatro meses de verano para organizarse y ensayar la convivencia y los órganos y establecimientos comunes a construir. Como norma general, debe haber 7 agricultores y artesanos por cada socio capitalista, sabio o artista. No se debe preferir a grandes socios capitalistas, sino que es mejor que haya muchos capitalistas medios, pero unos 50 como máximo.

Los inmuebles serían de propiedad colectiva y se harían con el capital aportado por los socios capitalistas. El dinero lo aportarían socios capitalistas a un banco comunal. Los bienes muebles saldrían también de ese capital común. Los socios no capitalistas aportarían trabajo y talento, y tendrían derecho a su parte de las ganancias en proporción a lo que aportasen. Las mujeres y los niños tendrían trabajo y recibirían la parte que les correspondiese en función del trabajo realizado. Fourier describe un modelo de falange en la cual debía haber pocos capitalistas, unos 50 de los 400, y dice cuántos sabios debía haber, cuántos artesanos, cuántos obreros… Y recomienda no tener muchos niños ni pocos, de modo que se asegure la perdurabilidad de la falange y no fracase por falta o por exceso de niños. Los métodos de control de la natalidad que propone Fourier dice que no deben ser la exposición (abandono) ni el infanticidio, sino el control científico del tema, como cuidar del vigor de la mujer, la alimentación de la mujer, las prácticas sexuales y el ejercicio físico integral.

El fruto de la cosecha, pues no olvidemos que Fourier pensaba en una comunidad agraria, como era la de su tiempo, principios del XIX, se repartiría según unas normas: primero se pagarían los gastos comunes producidos, y luego se repartiría el resto entre los accionistas: los unos tendrían acciones por el capital aportado, los otros por el trabajo y talento desarrollado. Debería haber pocas diferencias sociales entre los distintos integrantes de la comuna o falange. No se pagarían salarios, sino se repartirían dividendos de acuerdo con el capital, trabajo y talento aportado por cada falangista. Cada trabajador actuará allí donde tenga aptitudes y cada hora y media o dos horas cambiará de actividad, a fin de que el trabajo no sea aburrido. Por ejemplo, podrá rotar entre pesca, agricultura, artesanía, viveros, ganadería, almacén, artes y diversiones.

Los niños serían educados para que aceptasen todo tipo de trabajos y no para que considerasen unos trabajos inferiores a otros. Trabajarán limpiando establos y carnicerías, conservando caminos y limpiando los establecimientos comunes del falansterio. Los niños serán retribuidos en grado mínimo, pero retribuidos.

En la falange habría un sacerdote para administrar el servicio a Dios que debe ofrecer el hombre, pero al servicio de la comunidad y no de intereses exteriores.

En la falange habría matrimonios, pero el matrimonio no sería la única forma de convivencia ni sería condición de supervivencia para las personas que no desearan casarse.

Todos tendrán derecho a cinco comidas al día, a una habitación individual o matrimonial, a participar en las fiestas. Todos están obligados al trabajo. Incluso los animales tendrán derecho a ser alimentados y cuidados adecuadamente.

En cuanto al falansterio o lugar de asentamiento de la falange, será una infraestructura moderna que resultará mucho más barata que las infraestructuras tradicionales: en vez de 500 casas, se construirá una gran edificación con viviendas o apartamentos para 500 familias; en vez de 500 sistemas de calefacción, habrá uno solo; en vez de 500 mujeres cuidando de los niños, habrá un grupo pequeño de mujeres cuidándoles y el resto quedará libre para el trabajo, el estudio o el arte; en lugar de 500 graneros, habrá uno solo comunitario, pero en buenas condiciones, preparado contra los roedores; en lugar de 500 bodegas, habrá una bodega comunitaria y en buenas condiciones; los aperos de labranza y utensilios artesanales estarán en la medida precisa y no infrautilizados como cuando los poseen las distintas familias. El falansterio será una construcción cómoda al servicio de la falange: dejará expedito el nivel de calle, de forma que sean posibles las comunicaciones con los campos y lugares poblados cercanos, y se construirá a nivel elevado, con corredores cubiertos, de modo que nadie tenga que exponerse ni al frío ni al calor mientras circule por ellos. Habrá corredores cubiertos hasta los falansterios más cercanos y hasta los campos de cultivo y prados del ganado. Habrá un comedor común, un núcleo administrativo (banca, comercio y almacén), biblioteca, salas de reunión de los falangistas, salas de baile y diversiones, templo, torre de vigía, sala de telégrafo, palomares, observatorio, alojamientos individuales para todos, establos, patio de invierno resguardado del frío y una serie de plantaciones, algunas en el exterior y otras en invernadero. Tendrá un puerto, marítimo o fluvial, y se planificará sobre un lugar agradable en medio de un clima ideal.

El núcleo central de la falange y del falansterio serán la bolsa comunal para el dinero, la casa de comercio común a todos y la casa de mantenimiento agrícola y ganadero. Estos tres centros actuarán como banco de la comuna, que prestará a interés muy bajo a todos por igual. Este organismo será muy beneficioso pues pagará conjuntamente los impuestos municipales ahorrando mucho dinero, reducirá los gastos de gestión de las viviendas individuales, ofrecerá sus servicios a bajo interés, ofrecerá trabajo a todos en todas las estaciones del año, preservará los montes y la caza de la esquilmación, ofrecerá almacenes de trigo y bodegas de vino de calidad y con garantía de mantenerlo todo el año agrícola, conseguirá ventajas en precio y calidad de los  abastecedores externos, suprimirá el comercio interior que sólo provoca subidas de precios, y gestionará un abastecimiento de agua de calidad y abundante, pues planificará la construcción del falansterio cerca de una fuente suficiente de agua de calidad. La “banca” común, proporcionará calefacción común, refrigeración en verano, prendas de abrigo, que serán poco necesarias, pues la mayor parte de los falangistas trabajarán a cubierto  y sólo los que tengan que salir al exterior necesitarán abrigarse. La “banca común” asegurará la alimentación de los enfermos, de los niños, de los huéspedes y forasteros y de los animales domésticos. Se ahorrarían muchos gastos de envases, vehículos y protección contra ladrones debido a la gestión común.

Un ala del falansterio contendrá las actividades ruidosas, como los talleres de carpintería, herrería y colegios de niños, que son las principales fuentes de ruido que molestan a la sociedad. Otra ala del falansterio contendrá habitaciones de hospedaje de viajeros, salas de reuniones para estos viajeros, además de salas de baile y entretenimiento de modo que los viajeros no se mezclen con los integrantes de la falange en los locales propios de los falangistas.

Continuaron la obra de Fourier:

Just Muiron, 1787-1881.

Víctor Considerant, 1808-1893.

 

El teórico que más influyó en España sin duda fue Pierre Joseph Proudhon[2], 1809-1865, y su idea de que “la propiedad es un robo” y sólo tenemos derechos sobre las cosas que son fruto de nuestro trabajo personal (lo que definía como posesión y no propiedad). Decía Proudhon que el origen del mal está en la propiedad, y en que la propiedad ha generado el poder, siempre malo, siempre dispuesto a garantizar la propiedad injustamente disfrutada. Igualmente se debe luchar contra las jerarquías, organismo de dominación del poder, y crear mutualidades libres de trabajadores libremente federadas entre sí. Proudhon era un sofista siempre dispuesto a discutir sobre cualquier cosa y aunque tuviera poca base científica para sostener sus posiciones.

Pierre Joseph Proudhon, escribió en 1840 ¿Qué es la Propiedad?, libro que le hizo famoso y por ello siguió escribiendo sobre el tema en 1841 y 1842. En 1843 escribió La creación del orden en la humanidad, y también El sistema de contradicciones económicas o Teoría de la Miseria, libro que seguramente hubiese pasado desapercibido en la posterioridad, si no hubiera suscitado la respuesta de Marx en Misería de la filosofía de Proudhon. No obstante, Marx le reconoció el valor de haberse interesado por analizar críticamente la economía y la propiedad privada, que eran temas candentes a mediados del XIX y que nadie se atrevía a poner en duda.

Proudhon distinguía entre una propiedad buena, la ganada con tu propio trabajo y que es tu seguridad y la de tu familia, y una propiedad mala que es el capital que usa para explotar a los demás, para someterles a unas reglas a cambio de un salario, para privarles de libertad. Humorísticamente se dice que la una es la ganada con el sudor de tu frente y la otra es la ganada con el sudor del de enfrente.

Concretando en el tema de la tierra, el valor de capital más obvio hasta mediados del XIX, la tierra nunca debería ser propiedad de nadie, sino posesión de quien la trabaja o la usa, quedando libre una vez que se deja de utilizar. Proudhon recomendaba la formación de cooperativas de trabajadores pero no eliminaba la propiedad privada, con las condiciones antedichas, lo cual le ponía radicalmente en contra de los comunistas.

También era cuestionable el interés por los préstamos y el alquiler por utilizar las casas y tierras de otro. Por eso, Proudhon condena a todos los liberales e incluso a los demócratas, pues no es cuestión de Constituciones ni de mayorías en las votaciones, sino de eliminar por completo la propiedad mal detentada. Y como el sostén de este régimen de propiedad es el Estado, se debe suprimir el Estado. La sociedad puede  funcionar sin un Estado, porque la propiedad de los medios de producción puede ser individual o colectiva, pero no hace falta una entidad que nos imponga las reglas. El intercambio de bienes y servicios sólo debe representar intercambios de trabajo que cuesta conseguir esos bienes y servicios, y no son lícitas las ganancias especulativas. El sistema alternativo al Estado es el mutualismo.

Por el mutualismo, los productores de una determinada mercancía se deben asociar en federaciones industriales del ramo correspondiente, eliminando así a los capitalistas. Los mutualistas trabajarán para sí mismos y serán retribuidos por el trabajo que hayan realizado. Los mutualistas se harán cargo del producto obtenido y lo comercializarán ellos mismos. Habrá federaciones de federaciones industriales de forma que se actúe sobre toda la producción. Los intercambios se harán entre federaciones de productores de distintos productos, y cada una de ellas sólo incrementará el precio en la cuantía del trabajo invertido realmente en el producto, sin plusvalías ni especulaciones de ningún tipo, sin sobrecostes y sin sobreprecios. El no valorar cada producto a su precio de trabajo que ha sido necesario para producirlo es usura.

Con el mutualismo, desaparecerán los préstamos, los inversores, los rentistas y todos aquellos que viven se subir arbitrariamente el precio de las cosas.

 

 

La Primera Internacional.

 

Los movimientos obreros eran previsibles una vez que el sistema liberal había caído en manos de los propietarios burgueses y muchos de éstos habían caído en la inmoralidad: El liberalismo, que defendía la libertad y la igualdad, estaba tan cegado en el derecho de propiedad absoluto, que eliminaba la libertad, puesto que los pobres carecen por principio de libertades una vez que no tienen dinero para acceder ellas, y eliminaba la igualdad, pues las personas que no tienen asegurado el mínimo vital no pueden aspirar a ninguna igualdad en el trato judicial y en los conflictos sociales de cada día.

Dentro de este aburguesamiento social, el Estado, las leyes, las instituciones y las ideologías se habían supeditado a defender el sagrado principio de la propiedad. Era patente que debían ser cambiadas, pero se tenía miedo a un nuevo modelo de sociedad y se apelaba a la tradición de los viejos modelos milenarios.

Las respuestas de teóricos respecto a este problema social evidente a fines del XIX, fueron principalmente el marxismo y el anarquismo:

El marxismo enseñaba que la autoridad, la jerarquía social, la organización del poder, la dependencia política, no son malos en sí, sino el mal uso que los burgueses han hecho de esos instrumentos de organización social. Los viejos modelos debían ser reformados. Había que adueñarse del Estado y poner esos instrumentos en manos del obrero. El obrero por tanto, debía hacer política, entrar en el juego político.

Los anarquistas, por su parte, pensaban que había que destruir el Estado y sobre sus cenizas construir la sociedad igualitaria. Ésta sólo sería posible tras destruir la herencia, el Estado y la Iglesia. El método de lucha era abstenerse de entrar en el juego político y obstruir el orden social burgués mediante la huelga y el boicot a las organizaciones capitalistas, urbanas, industriales y religiosas, que eran los instrumentos de dominación de la sociedad capitalista sobre los trabajadores.

Marxistas y anarquistas tenían en común el creer en la necesaria igualdad política de todos los hombres, en la justicia económica y social, en que ambos sexos tenían iguales derechos, en que la religión era una ideología alienante y en que la tierra debía colectivizarse.

Marx había reclamado la solidaridad de todos los trabajadores europeos y había convocado en Londres en 1864 una Primera Asociación Internacional de Trabajadores, AIT, con congresos anuales que discutieran la acción de los obreros. Pero Marx no contaba con que la mayoría de obreros europeos eran anarquistas, seguidores de Bakunin, o populistas que se avenían mejor a las ideas de Bakunin que a las de Marx, o proudonianos colectivistas. La Internacional pasó casi desapercibida en España en 1864.

En 1865, Marx presentó los estatutos de la AIT. La AIT se proponía conseguir crédito para los obreros, seguros mutuos, sociedades obreras legales, regulación del maquinismo, protección contra el paro, regulación de la propiedad, educación para los obreros, nuevo concepto de Estado, desarrollo de servicios públicos, exigencia de paz entre los Estados, libertades políticas.

En el II Congreso AIT celebrado en Ginebra en 1866, todavía no era clara la ruptura interna entre los socialistas, pero en el II Congreso de la AIT celebrado en Lausana en 1867, ya Bakunin rechazó la lucha política de la clase obrera por el poder, frente a Marx, que preconizaba la conquista del poder para, desde él, cambiar la sociedad. De todos modos, la primera gran ruptura no era todavía entre Marx y Bakunin, sino entre Marx y Proudhon, pues el Congreso se pronunció por la colectivización de la tierra, que era ideología de éste, y no era objetivo principal para Marx. El Congreso de ginebra pasó también casi desapercibido en España. En el III Congreso de la AIT celebrado en Bruselas en 1868, se seguía hablando de apropiación colectiva de la tierra, minas y ferrocarriles y de la formación de cooperativas que explotaran esas riquezas y desplazaran al Estado, lo cual seguían siendo ideas instaladas en la utopía. En el IV Congreso de la AIT celebrado en Basilea en 1869 se produjo el enfrentamiento entre Marx y Bakunin: estaba votándose la supresión de la propiedad individual de la tierra y su puesta a disposición de la comunidad, lo cual resultaba intrascendente en cuanto utópico, cuando apareció Bakunin solicitando la adhesión de Alianza Internacional de la Democracia Socialista (organismo fundado por él mismo) a la AIT. Si Marx aceptaba esa adhesión perdería la dirección de la AIT, pues la Alianza era una asociación de múltiples organizaciones obreras controladas por Bakunin y significarían mayoría aplastante en la AIT. Así que la adhesión en bloque fue rechazada y se admitió que cada asociación componente o Sección de la Alianza Internacional, pidiera la adhesión individualmente, sometiéndose a los Estatutos de 1865 hechos por Marx. De todos modos, Bakunin triunfaba pues al final del proceso tendría mayoría de delegados y era cuestión de tiempo que desplazara a Marx. Bakunin no aceptaba la participación de los obreros en las elecciones burguesas, ni la cooperación con Gobiernos burgueses, y decía que le disgustaba profundamente la estructura jerárquica de la AIT dominada por el Consejo General, presidido por Marx. Bakunin defendía la completa independencia de cada Sección obrera. En ello, Bakunin incurría en una contradicción, pues por su parte exigía subordinación absoluta de las Secciones a la Alianza Internacional cuando ésta decidía una acción de lucha, cuando luego defendía la completa independencia de cada Sección. La ruptura entre Marx y Bakunin era inevitable.

En 1867 publicó Marx[3] El Capital haciendo una interpretación económica de la historia, que durante mucho tiempo se identificó erróneamente con el marxismo, pero el marxismo era eso y mucho más. Marx trataba de razonar sus posicionamientos socialistas, y en tanto que basaba su teoría en razonamientos, llamaba a su pensamiento “socialismo científico”, mientras que a los que exponían teorías apelando a sentimientos y opiniones personales no razonadas les llamaba “utópicos”.

Vamos a hablar aquí del marxismo de Marx, y no del revisionismo de Lenin, identificado por los Partidos Comunistas en el siglo XX como único marxismo posible, y dando un sentido político determinado y parcial, a lo que Marx había teorizado solamente como economía, filosofía y acción de los obreros frente al Estado burgués y al capitalismo internacional[4]. Pero, decíamos que el marxismo era mucho más que la simple interpretación económica de la historia: El marxismo de Marx advertía de los peligros de la concentración del capital, a la que tenía por una tendencia económica perpetua, y formulaba la “Ley de la Miseria Creciente” o empobrecimiento continuo de los más, que le llevaba a la necesidad de la lucha de clases para evitar la “catástrofe final del capitalismo” por agotamiento de los mercados. La solución de Marx era destruir el capitalismo privado y sustituirlo por un capitalismo de Estado, el Estado de los proletarios, lo que indudablemente sería una situación de fuerza que habría que imponer mediante la llamada “dictadura del proletariado”.

 

En 1870 se produjo la Guerra Franco Prusiana y la reacción de los líderes de la AIT fue diversa: Marx y Engels preferían que ganase Alemania para así acabar con Proudhon y su dominio en la AIT en esos seis años últimos. Bebel y Liebknecht estaban en contra del militarismo y de la guerra y vieron ideas expansionistas e imperialistas en una Alemania que, si había empezado el asunto como una guerra defensiva, había pasado a la conquista y ocupación de Francia, lo cual suponía el triunfo de un sistema más atrasado, la monarquía autoritaria, sobre otro más progresista, la República Francesa. La reacción de Bakunin fue ir a Lyon a organizar la Comuna, como la de París de marzo a mayo de 1871, pero anarquista. Fracasó en septiembre de 1871. En esos días, Marx todavía dominaba el Consejo General de la AIT y entonces ordenó la acción política de la clase obrera, ante lo que Bakunin se rebeló. Siguieron a Bakunin la región alemana del Jura, de James Guillaume, y las Secciones italianas. Ya estaba rota la AIT. En el Congreso de La Haya de 1872 se produjo la ruptura oficial entre ambos grupos, el Consejo General expulsó a Bakunin y a James Guillaume. James Guillaume, 1844-1916, nació en Londres, era hijo de un relojero suizo, estudió en Suiza y fue el líder de la Federación del Jura, de signo anarquista. En 1880, Guillaume se pasó al sindicalismo revolucionario, lo que en este trabajo hemos llamado “obrerismo”.

La AIT se trasladó a Nueva York, actuando en distintas ciudades americanas sin apenas consecuencias. La Internacional se disolvió en 1876. Hasta 1889, ya muerto Marx seis años antes, no habrá una Segunda Internacional socialista marxista.

Para la historia de España, hay que tener en cuenta los sucesos de la Comuna de París, de marzo a mayo de 1871, cuando París hizo una experiencia comunista que pudo destruir el Estado francés. La represión posterior fue terrible. En toda Europa se tomaron medidas de ilegalización de los movimientos obreros en pocos meses, y España no fue una excepción. Pero este es ya un tema que se sale del periodo que estamos estudiando.

 

 

EL PROBLEMA DE LOS DERECHOS HUMANOS.

 

El problema de los derechos humanos es complejo: por una parte, los derechos cuestan dinero y, por ello, no son otorgables simplemente por decreto ni por votaciones de mayorías. Son otorgables sobre el papel, pero no en la realidad. La simple existencia de un sistema de derecho significa la necesidad de fuerzas de orden público, sistema de justicia, y ejército que lo defiendan frente a los ciudadanos disconformes y frente a las potencias exteriores. Algún político alemán del siglo XX decía que el avance mayor para los derechos humanos era el desarrollo económico. Pero el populismo afirma que todos los hombres tienen todos los derechos sin necesidad de decreto ninguno o intervención alguna del Estado, que no hace falta policía, ni cuerpo jurídico, ni ejército, lo cual es una utopía.

En segundo lugar, en la realidad de cada momento, se nos presenta el problema de que la aplicación de un derecho concreto para una persona o grupo concreto, está en competencia con otros derechos de otras personas o grupos. Es muy fácil hacer populismo y decirles a todos que tienen todos los derechos. Es muy difícil decidir qué le corresponde a cada uno. Es tan difícil, que los malos jueces se limitan a interpretar la ley al pie de la letra, para no correr el peligro de ser tildados de prevaricación.

En conclusión, el término “derechos humanos”, dicho así en general, sólo es una forma de expresarse. Esa forma de expresión sirve para los tratados teóricos, y sirve también para uso del populismo: el líder populista puede utilizar el lenguaje para exigir unos derechos en los que el hablante cree, en deterioro de otros que a él le parecen secundarios o simplemente no le interesan en ese momento. Pero tratar cada derecho humano en cada situación concreta de cada persona, es un tema demasiado complejo y muy difícil de gestionar.

Si alguien se erige en juez en el tema derechos humanos, suele ser una persona que no cree en los derechos humanos, y hay que sospechar de dictadura de uno o de otro signo. Es posible lucrarse o sacar beneficio de una determinada postura frente al tema. Entregar este poder de atribución de derechos al Estado, a líderes de masas, a personas doctas y santas, a asambleas populares… resulta siempre muy peligroso y a menudo profundamente injusto, no siendo posible decir, por la experiencia histórica, qué situación es la menos injusta y menos sangrienta. La aplicación de normas antiguas tampoco es adecuada a los tiempos modernos. La consecución de los derechos humanos, al igual que la verdad y la ciencia, son caminos interminables que debemos caminar, pero a cuyo final no llegaremos nunca. Lo importante es permanecer siempre dentro del camino reconociendo que la realidad humana es dinámica, cambiante en cada momento. La administración de un Estado de Derecho, el encargado de distribuir adecuadamente los derechos de cada uno, es muy complicada.

Por lo tanto, caben muchas teorías sobre los derechos humanos y se pueden realizar discusiones interminables sobre “si son galgos o podencos”. A veces, ni siquiera es bueno emprender estas discusiones, no siendo que mientras se discute, se pase el tiempo de aplicación de la justicia. Se dice que una justicia lenta o tardía no es justicia.

 

 

 

PRIMEROS SOCIALISMOS ESPAÑOLES.

 

 

Diversidad de condiciones salariales.

 

En 1834 las condiciones salariales de las clases asalariadas españolas eran aproximadamente como las siguientes. Para valorarlas, debemos tener en cuenta que el mínimo de supervivencia calculado era de unos 100 reales al mes:

En Barcelona, un obrero tejedor cobraba ocho reales diarios e incluso algunos 10 y 14 reales. Los algodoneros trabajaban a destajo y no tenían por tanto salario a tiempo de trabajo. Podemos decir que los obreros catalanes en general ganaban unos 200 reales al mes, y algunos hasta 350.

En Cádiz, los carpinteros y albañiles ganaban unos 10 reales diarios, 250 al mes. Se trataba de una ciudad rica, con mucha actividad todavía y obreros bien pagados.

Los funcionarios cobraban entre 250 y 500 reales al mes, según escalafón.

Los barrenderos de Madrid cobraban 500 reales al mes, siendo una actividad afortunada.

Un jornalero del campo andaluz y extremeño, cobraba menos de cuatro reales diarios, lo que hacía 100 reales al mes, en el caso de ser contratado todos los días, lo cual era infrecuente, al menos en todas las temporadas del año.

 

 

Primeras manifestaciones socialistas españolas.

 

En España, el socialismo utópico se empezó a manifestar hacia 1835-1836, cuando los liberales volvieron del exilio al que los había condenado Fernando VII, y dieron a conocer las ideas socialistas que circulaban por Europa, sobre todo por Inglaterra y Francia.

El socialismo utópico español se inició en Cádiz y en Barcelona. Ninguna de las dos ciudades aportó nada nuevo, sino se limitaron a adaptar cosas llegadas desde Europa, y a fundir y confundir teorías distintas en los modelos adoptados. Así, llegaron a ser valorados en España, personajes que en sus países de origen pasaron desapercibidos, como es el caso de Cabet. En cambio, un personaje de teorías muy difundidas en Francia, como fue Saint Simon, o el caso de Owen en Gran Bretaña, apenas tuvieron repercusión y seguidores en la España isabelina.

La mayor parte de los utópicos españoles se declaraban cristianos, pero no católicos. La causa es que no aceptaban la monarquía española, y como ésta se declaraba católica y conservadora, ellos se ponían en la posición contraria, y acusaban a la monarquía de haber esquilmado el país durante los últimos 400 años. No negaban la validez de la religión, pero sí la moralidad del papel del clero y de la jerarquía católica.

Hasta la caída de Espartero, el socialismo español fue un socialismo pacífico y se desarrolló poco. El socialismo español se revitalizó en 1854-1856 y en 1866-1868, periodos de muy alta actividad política, denominados “progresistas”, pero para entonces ya estaban muy difundidas las teorías de Marx y Engels, y estas teorías tendían a extenderse en medio de todos los movimientos sociales de izquierdas.

 

 

Las causas de los movimientos sociales.

 

Los factores que llevaron a los obreros al sindicalismo y a la lucha no fueron solamente los estrictamente económico-salariales, sino la inseguridad en el empleo, la disciplina que se les imponía en el trabajo, incluso con malos tratos y latigazos en el trabajo, el no reconocimiento de la dignidad humana dentro de la fábrica, los malos tratos vergonzantes en el caso de las mujeres y los niños, las jornadas prolongadas de trabajo (de 12 horas y 9 los sábados en el mejor de los casos, y de 14 y 16 horas en otros), los abusos de los empresarios con fraudes como contratar por piezas y alargar el tamaño de la pieza hasta lo inverosímil, y otros similares.

Los obreros que iniciaron las primeras organizaciones obreras españolas, el mutualismo, fueron los mejor pagados, los del sindicato del algodón de Cataluña, pues los menos pagados no pueden contribuir con cuotas mensuales a una caja de solidaridad, cuando apenas les llega para comer.

En el siglo XIX, en toda España triunfará el socialismo utópico, que era lo tradicional. Las utopías eran propuestas de reforma de la sociedad basadas en la fe de que el hombre era un ser bueno, con buena voluntad, tal vez corrompido por los abusos de los potentados y de los políticos, y que la sociedad era un equilibrio perfecto, creado por Dios según los creyentes, o por la naturaleza misma según los no creyentes. Estos conceptos eran en todo caso irracionales, pseudorreligiosos en cuanto se basaban en unas creencias incuestionables para los creyentes, tanto los creyentes en Dios como los creyentes en las doctrinas socialistas, roussonianos en unos casos o cristianos en otros. Hay una curiosa similitud entre las creencias cristianas y las socialistas y sindicalistas, en cuanto ambas tienen unos profetas, unos dogmas, unas fiestas, unas lecturas sagradas, una tendencia a demonizar a los que no están con ellos, unos herejes…

 

 

El núcleo utópico de Cádiz.

 

Joaquín Abreu Orta, 1782-1851, era un ex oficial del ejército que fue diputado en 1822 y se inició en lecturas de Fourier pero ya en época de Isabel II. En 1832, Abreu, había estado en un falansterio de Fourier en Conde-sur-Vesgue, departamento francés de Seine et Oise, y había tenido ocasión de entrevistarse con Charles Fourier, 1772-1837. Desde entonces, empezó a proponer la idea del falansterio escribiendo a partir de 1838 en periódicos andaluces con el pseudónimo de “proletario”. Denunciaba en ellos la alienación del individuo convertido en instrumento de producción, y la servilitud rastrera de políticos e intelectuales hacia el sistema liberal. También denunciaba el matrimonio como tiranía del hombre sobre la mujer, tiranía que había que sustituir por el amor libre. Proponía la organización del trabajo en falanges y la radicación de estas en falansterios. Publicó algunos artículos entre 1838 y 1840 en Madrid y en Barcelona. También escribió en El Grito de Cartagena, un periódico editado en Algeciras que no leía casi nadie. En sus escritos, hablaba de agricultura, falansterios, religión, contra la actividad sindical, y sobre ideas de socialistas utópicos europeos. Más tarde, sus artículos se reeditaron en El Vapor, periódico de Barcelona, firmados con el pseudónimo “el proletario” y sin citar nunca a Fourier. Abreu hablaba de la mala distribución social de los factores de producción, capital, trabajo y talento, y de la nula actividad social que hacían los políticos. Los artículos de Abreu molestaron a los Bonaplata, pues hacía poco que se había quemado su fábrica en Barcelona. Abreu fue vetado en Cataluña. En 1848, Abreu renunció a un cargo político en una ciudad andaluza y se fue a vivir a Algeciras, donde poseía una finca y más de 1.500 cabezas de ganado.

Como fruto del trabajo divulgativo de Abreu, se formó en Cádiz un grupo de fourieristas entre los que estaban: Faustino Alonso, Pedro Luis Huarte (el cual tradujo Las Bases de la política positiva. Manifiesto de la Escuela societaria fundada por Fourier, Sevilla 1842), Manuel Sagrario de Beloy (el cual intentó en 1842 un falansterio en Jerez de la Frontera e incluso presentó un proyecto de falansterios a Espartero), Joaquina de Morla Virnés (que tradujo El Porvenir de las Mujeres, Cádiz 1841, una obra original de Jean Czynscki, un libro feminista)…

Desde Cádiz, las ideas del fourierismo llegaron a Madrid, pues las llevó Fernando Garrido, y a México, a donde las llevó Sotero Prieto.

Abel Trauson tradujo Teoría societaria de Carlos Fourier o arte de establecer en todo el país Asociaciones Doméstico Agrícolas de Cuatrocientas o Quinientas Familias, Madrid 1842.

Manuel Sagrario de Beloy fue un terrateniente que intentó fundar un falansterio en Tempul, en tierra de Jerez de la Frontera, para lo cual proyectó construir un falansterio-palacio capaz de albergar a unas 2.000 personas. La residencia-hotel en cuestión, tendría agua caliente y fría en todas las habitaciones, calefacción central, un comedor común, salones, biblioteca, talleres, oficinas, iglesia, teatro… Arquitectónicamente las habitaciones estarían comunicadas entre sí mediante galerías cerradas y acristaladas, lo cual las protegería del viento. La idea estaba muy bien y se ajustaba a lo dicho por Fourier, como puede imaginarse, pero tenía un problema, la financiación, lo cual resolvía Sagrario de Beloy diciendo que debía ser financiado íntegramente por el Gobierno. Y además, argumentaba que no sería mal negocio para el Gobierno pues se incrementaría la riqueza general. En la instalación, habría igualdad absoluta de derechos y no más desigualdades que las naturales. Dentro de ese régimen de vida, se fomentarían los lazos familiares, pues se destruirían los intereses económicos que vician la familia, y además, el orden sería completo y la libertad de todos posible. El trabajo se haría con gusto. Nadie querría su bien particular al margen del colectivo, nadie querría el mal de los demás, porque todos serían una gran familia en perfecta armonía y fraternidad, sin odios, rencores, ni pleitos, sin guerras ni ejércitos, sin cadalsos, cárceles, presidios ni castigos. Según Sagrario de Beloy, el falansterio de Tempul sólo debía ser un ensayo antes de implantar el modelo por toda España, repitiendo el modelo.

En 1848, el granadino Francisco José Orellana tradujo al español Viaje a Icaria, de qué manera soy Comunista, y Mi credo Comunista, por lo que difundieron por España las ideas de Cabet.

 

 

El núcleo utópico de Madrid.

 

Fernando Garrido Tortosa, 1821-1883, llegó a Madrid en 1846 procedente de Cádiz, y en Madrid se unió a un grupo de liberales progresistas como Federico Carlos Beltrán del Rey, Javier Moya, Sixto Cámara, José Ordax Avecilla, Félix de Bona, Ignacio Cervera, y les explicó el fourierismo gaditano.

Ordax se mantuvo en el Partido Progresista. El resto del grupo ingresó en el Partido Demócrata. Así se fusionaron las ideas socialistas utópicas con las progresistas y republicanas.

Fernando Garrido escribió en periódicos socialistas de vida breve, pero él fue muy activo: en 1848, fundó junto a Federico Beltrán “La Organización del Trabajo”, un periódico que duró dos meses.

También en 1847 apareció La Atracción, periódico de Fernando Garrido para publicar las ideas de Fourier. Cerrado éste, en 1849 Garrido fundó El Eco de la Juventud. Garrido llegó a un acuerdo con Ordax Avecilla, el cual había fundado La Reforma Económica, y ambos proyectos se fusionaron en La Asociación. Este periódico fue cerrado por publicar una defensa del socialismo, y así se fueron cerrando y abriendo periódicos para difundir a los utópicos.

La Asociación difundió las ideas de Saint Simon, Proudhon, Louis Blanc y Fourier por Madrid. En 1849, Garrido publicó folletos titulados Derrota de los viejos partidos demócratas, Propaganda Democrática, Defensa del Socialismo, Cartas del apóstol socialista a Juanón el Bueno, alias el Pueblo Español, y otros.

Fernando Garrido fue encarcelado por pertenecer a una sociedad secreta. En la cárcel siguió escribiendo La Democracia y las elecciones del 10 de mayo, de 1851. Entonces se le exilió.

Garrido se marchó a Inglaterra y a Francia hasta 1854. Volvió a España en la época progresista y de nuevo volvió a la publicación de escritos revolucionarios: Junto a Cervera, publicó El Eco de las Barricadas. Más tarde publicó Espartero y la Revolución, 1854. La República Democrática Federal Universal, 1855.

En La República Democrática Federal Universal, 1855, expuso un programa político de derechos individuales que debía garantizar una república, e hizo un llamamiento a las clases medias a sumarse al proyecto republicano.

De las publicaciones de Garrido se deduce que quería un pueblo organizado y armado, que las gentes tuviesen mandato imperativo sobre los diputados a los que elegían, que las leyes fueran siempre ratificadas por sanción popular, que la Constitución no fuera monárquica ni liberal, que el servicio militar fuera corto…

Garrido fue denunciado muchas veces, pero sólo pasaba unos pocos días en la cárcel (una vez llegó a estar meses). Su peor o más largo castigo fue el exilio temporal en 1851-1854.

En 1860, Garrido publicó una nueva serie de libros: La Regeneración de España, Lindezas del Despotismo, Biografía de Sixto Cámara, Españoles y Marroquíes, El Socialismo y La Democracia y sus Adversarios. Esta última en Barcelona. En estos artículos criticaba a los partidos políticos liberales, a todos, moderados y progresistas, y se declaraba demócrata. Garrido estaba en todos los proyectos socialistas españoles que empezaban. Pero su publicación más conocida la hizo en 1860:

El Socialismo y la Democracia y sus Adversarios[5] es una publicación en la que Garrido expone los principios elementales del socialismo: la finalidad del socialismo es la emancipación económica de las clases trabajadoras, la autonomía de los individuos y la extensión de los derechos políticos a todas las clases sociales. Todas las clases sociales deben ser equiparadas en derechos. La desigual distribución de la propiedad general leyes injustas perjudiciales para los trabajadores. La democracia puede devolver las libertades a los trabajadores. El sufragio universal entregará el poder a los trabajadores, pues son la mayoría de la sociedad. Y mediante el derecho de asociación, los trabajadores podrán defender las reformas sociales precisas. Socialismo y derecho de asociación son conceptos indisolubles. Del principio de asociación se deben derivar las normas que rigen la sociedad y la política. Ese principio de asociación se ha manifestado ya en la historia en el cristianismo, en los gremios medievales. Es preciso que en el momento actual se manifieste en los trabajadores. La pobreza no es inevitable, sino una situación transitoria a la que el trabajador no se debe resignar. Ni los liberales ni los demócratas creen en esto que estamos diciendo. La única solución para la sociedad es el socialismo. El obstáculo fundamental para el cambio es que el proletario no es propietario de los medios de producción. Cuando el trabajador sea productor y consumidor a la vez, se solucionará el problema. La asociación permitirá juntar pequeños capitales individuales y formar un gran capital que aborde las grandes inversiones necesarias para la industrialización. Más tarde, la asociación permitirá una justa distribución de la riqueza. El socialismo no es enemigo de la propiedad, sino de la injusta distribución social de la propiedad. Las etapas de conformación de la nueva sociedad serán la asociación de socorros mutuos, la asociación de producción, y la asociación de distribución de la riqueza. La primera debe dar lugar a asociaciones de consumo que permitan formar un gran capital y den lugar a la segunda. Los enemigos de la asociación son los neocatólicos que hablan de la miseria como fruto del pecado original, y por ello de algo irremediable que hay que aceptar, y los conservadores que afirman que precisamente la economía se basa en la desigualdad social y que ésta es consustancial a la existencia humana. Las armas del proletario deben ser la existencia de una constitución que conceda la igualdad jurídica, una democracia que lleve a la igualdad política, y un socialismo que conduzca a la igualdad económica. Con esas ideas claras, la represión del Estado burgués, de la monarquía y del clero sobre los trabajadores, será ineficaz y la revolución será imparable. El método para conseguir el cambio político, puede ser natural, si la burguesía y el clero lo admiten, o de lucha secreta y violenta si los gobernantes usan la violencia contra los trabajadores y no permiten la asociación y el socialismo. La República Democrática es el objetivo final.

Tras sus publicaciones de 1860, Garrido se exilió a Francia y escribió L`Espagne Contemporaine, Bruselas 1862, Historia de las persecuciones políticas y religiosas en Europa desde los tiempos antiguos hasta nuestros días, Barcelona 1863-1866, seis volúmenes. Y El Socialismo y la Democracia ante sus adversarios, Londres 1862.

En estos libros defendía que era incompatible ser católico y ser liberal. El tema confundirá a muchos españoles, por haber creado una dicotomía gratuita.

A partir de 1863 publicó miles de páginas en una capacidad de producción increíble: Historia de las Persecuciones políticas y religiosas en Europa desde los tiempos antiguos hasta nuestros días, ya citada, Historia de las Asociaciones Obreras en Europa, Barcelona 1863, Historia de los Crímenes del Despotismo, 1867, Historia de las clases trabajadoras, 1867, La Humanidad y sus Progresos, 1867, Historia de los progresos sociales, 1867.

En estas nuevas publicaciones se denota que había leído a Owen, Mazzini y Bakunin.

Calificamos a Garrido de enemigo del desorden social, salvo para conseguir la revolución, enemigo de la opresión de las clases dominantes, estudioso de la ciencia económica, y partidario de la asociación como medio de conseguir los estadios hacia el socialismo. Y sobre todo, es un gran difusor de las ideas socialistas en España.

 

Sixto Cámara, o Sixto Sáenz de la Cámara, 1825-1859, nació en Milagros (La Rioja) y llegó a Madrid en julio de 1843, a los 18 años de edad. Encontró trabajo como publicista en el periódico El Nuevo Espectador, que era de ideología socialista y así entró en contacto con las ideas socialistas. En 1847, el diario El Eco del Comercio, publicó las obras completas de Fourier en 6 volúmenes, que costaban 140 reales, y tuvo ocasión de leer a este socialista utópico. 1847 fue el año de la asociación de Sixto Cámara, Fernando Garrido, Beltrán del Rey, Sala y Díaz Jáuregui, los cuales fundaron La Atracción, y más tarde editaron La Organización del Trabajo, periódicos de difusión de ideas socialistas. En 1848, Sixto Cámara se sentía suficientemente fuerte como para editar un libro, El Espíritu Moderno, donde argumentó que el liberalismo es un sistema político insuficiente para satisfacer las necesidades de justicia social, porque proclamar el principio de “egalité” no es suficiente para que éste se produzca realmente en la sociedad. Las nuevas clases sociales se han organizado, no por intereses sociales o políticos, sino por el dinero que el individuo posee y la instrucción que ha recibido, y muy frecuentemente, por los favores que ha sido capaz de lograr de sus allegados y conocidos. La fortuna se gana generalmente por nacimiento o por buenas relaciones sociales. El liberalismo ha hecho muchas cosas, ha creado un sistema de derechos nuevo, ha destruido el viejo derecho nobiliario, ha dictaminado la igualdad constitucional o igualdad ante la ley. Pero la sociedad sigue en manos de los aristócratas y se han creado grandes diferencias, no de principios y de derecho, sino de hecho.

En 1849, Sixto Cámara publicó La Cuestión Social, rebatiendo las ideas de Thiers sobre la propiedad. (Louis Adolphe Thiers, 1797-1877, era el líder de la oposición en Francia, la alternativa a Guizot, y había escrito la Historia de la Revolución Francesa, 1823-1827, en 10 volúmenes, y la Historia del Consulado y del Imperio, 1845-1849, y había demostrado conocer España porque había sido ministro de Exteriores en 1836. En 1848, Thiers publicó en Madrid De la Propiedad, y ello provocó la reacción de Sixto Cámara). Sixto Cámara argumentó contra Thiers, que el Estado deja al margen del derecho de la propiedad a la mayoría de la población y que los obreros agrícolas estaban siendo pagados con salarios completamente insuficientes para mantener a una familia, y el Estado no les ayudaba a salir de su pobreza y marginación laboral, por mucha justicia e igualdad que predicasen los políticos liberales.

En 1849, Sixto Cámara dirigió La Reforma Económica, y luego El Eco de la Juventud, revistas que se unificaron en 1850 en La Asociación, un periódico que iba dirigido “a todos los hombres de buena voluntad”. Intentaba evitar la violencia, porque sabía que destruir es más fácil que construir y porque la violencia de 1848 había sido una decepción para todos. Se había visto en 1848 que la revolución generaba líderes, tal como decían los teóricos de la revolución, pero líderes para capitanear las grandes destrucciones, no para gobernar a continuación, no para poder organizar la paz. Y no se podía decir que había sido una circunstancia casual de la historia, pues Francia llevaba diez revoluciones sucesivas desde 1789 y no había logrado en ninguna de ellas construir el orden social nuevo, sino que tras cada levantamiento había más pobres cada vez más pobres.

En 1854, Cámara se acercó al radicalismo del Partido Demócrata. Y en 1856 tomó parte de las luchas callejeras de Madrid. A partir de entonces optó por la violencia, por repartir propaganda subversiva, por organizar grupos paramilitares que luchasen contra los políticos moderados. En 1857, escribió Manifiesto de la Junta Nacional Revolucionaria al pueblo, un artículo demagógico en el que trataba de levantar a los agricultores, a los jornaleros, a los pequeños propietarios, a los funcionarios, a los soldados y al “clero auténtico” que se rebelaba contra el dogmatismo de la Iglesia. En 1859 se exilió a Lisboa. Para entonces, ya estaba convencido de que el único camino al socialismo era la “revolución pacificadora”.

 

Ramón de la Sagra, 1798-1871, fue quizás el pensador más sistemático y profundo del socialismo utópico español, un utópico cristiano católico, un hombre con conocimientos amplios, y que conocía varios países americanos. Escribió Cinco meses en los Estados Unidos de América del Norte, 1836. También había estado en Cuba y en 1842 escribió Historia física, política y natural de la isla de Cuba, Madrid 1842. También conocía varios países europeos. Sus estancias eran largas, lo cual le permitía conocer los países que visitaba. En 1843 escribió Informe sobre el estado actual de la industria belga con relación a España, Madrid 1842. En 1843, Informe sobre el estado de la industria fabril en Alemania, Madrid 1843. Ramón de la Sagra hablaba español y francés y chapurreaba otras lenguas. En 1848 escribió Aphorismes sociaux, Paris-Bruselas 1848, Organisation du Travail, questions preliminaires a l`examen de ce probleme, París 1848 y Banque du People, theorie et practique de cette institution fondée sur la doctrine racionelle, París 1849.

Ramón de la Sagra conocía las doctrinas de Kant y de Krause, pero le gustaba Saint Simón y prefería mantenerse alejado de los movimientos obreros de la calle. También había conocido en los Estados Unidos a Michel Chevalier, cuyas teorías le conmovieron hondamente.

Ramón de la Sagra fue diputado, varias veces, por el Partido Moderado. Era un burgués que gozaba reflexionando sobre la sociedad de su tiempo.

 

 

El núcleo utópico de Cataluña.

 

Un caso muy especial de socialismo en España lo representaba una zona en industrialización avanzada, Cataluña, en donde el socialismo moderno era más esperable, más lógico, puesto que era zona fuertemente urbanizada, industrializada y con obreros muy explotados en el trabajo, que era visitada por muchos anarquistas italianos y recibía a muchos inmigrantes andaluces y levantinos. Su industria moderna databa de 1832 e incluso antes, tal vez 1826 (telares mecánicos) y había sido de las primeras en adoptar las máquinas de vapor, lo cual le permitía tener fábricas de hasta 700 obreros, grandes para la época.

Las fábricas mecanizadas de Cataluña concentraban en 1860 unos 150.000 trabajadores. Esa cifra representaba una minoría frente a los 7.000.000 de asalariados de España, a los 2.300.000 obreros agrícolas, a los 800.000 criados y sirvientes, los 680.000 artesanos, y aún ante los 300.000 pobres de solemnidad (sin oficio ni beneficio) que había en el conjunto de España. Pero entre esa minoría industrial enraizaba el socialismo más fácilmente.

El movimiento obrero se inició con mayor fuerza entre los obreros textiles. Los ingresos de los obreros textiles catalanes eran relativamente altos, aunque no fueran suficientes para el nivel de precios y vida catalana. Eran altos respecto al resto de los asalariados, pues no sólo sus sueldos eran mayores, incluso el triple que un asalariado agrícola, sino que además tenían la posibilidad de trabajar varios miembros de una misma familia, lo que incrementaba los ingresos familiares. También eran mucho más altos que los salarios de otras zonas de España.

En Cataluña, los verdaderamente pobres eran los obreros agrícolas ocasionales, y los sin oficio, generalmente inmigrantes inadaptados que se colocaban esporádicamente en la construcción, pesca, vendimia, siega… Los salarios de estos colectivos eran insuficientes porque no servían para tener una correcta alimentación y se debían abastecer de alimentos baratos, no siempre en buen estado de conservación, debían vivir en viviendas baratas, y eran analfabetos. Entre ellos, el socialismo difundido era más bien el anarquismo y otras utopías.

En 1835 el diario El Vapor difundió algunos artículos de signo socialista defendiendo que el capital es trabajo acumulado y un factor fundamental en la producción, lo que les daba a los obreros derechos sobre las fábricas.

En 1836, Pedro Felipe Morlau difundió en Barcelona ideas de Saint Simón, ideas de planificación económica estatal, que fueron continuadas en 1840 por Francisco Díaz de Morales. Saint Simon era un utópico que defendía la idea de sustituir el concepto de caridad por el de justicia social.

El grupo utópico catalán lo integraban Abdón Terradas Polí, Pere Montaldo, Ignacio Montaldo, Narcís Monturiol, Françés de Paula Cuello, los Borrás, Ceferí Tresserra, Anselm Clavé… Un centro muy importante del socialismo catalán fue Figueras (Gerona).

El teórico extranjero dominante en Cataluña fue Etienne Cabet. En 1841-1847, Cabet escribió en varios periódicos, almanaques, panfletos que eran muy leídos por los obreros franceses, y llegaban a Cataluña.

Los icarianos de Cataluña se organizaron en 1843, y en 7 de octubre de 1847 Narcís Monturiol publicó La Fraternidad, periódico que trataba de difundir las ideas de Cabet y se publicó hasta marzo de 1848. Defendían la paz a ultranza y la fraternidad absoluta. Y más tarde publicaron El Padre de Familia.

El más destacado del grupo, por ser un dirigente republicano era Abdón Terrades Polí.

En 1846-1847 intentaron su primera Icaria o comunidad icariana. Lo hicieron en Poblenou, un lugar en San Martín de Provençals, tan cerca de Barcelona que fue ocupado por el ensanche en su día. Hay una calle en Barcelona, Avenida de Icaria, entre el cementerio de Poblenou y el Parque de la Ciudadela, que recuerda estos hechos.

La experiencia icariana de Barcelona terminó en 1848 porque, en 3 de febrero de 1848, Cabet decidió iniciar su propia experiencia icariana en Illinois.

 

Desde 1848, fue importante la actividad de Narcís Monturiol Estarriol, 1819-1885.  Narcís Monturiol, fundó en 7 de octubre de 1847 La  Fraternidad, un periódico para difundir las ideas de Cabet del Viaje a Icaria, la paz a ultranza y la igualdad social absoluta. Este periódico se publicó en 1847-1848, en Madrid. En 1848, La Fraternidad comentó elogiosamente los sucesos revolucionarios de Francia y fue cerrado, abriendo a continuación los icarianos El Padre de Familia para seguir publicando. Este último periódico se publicó hasta 1850. En 1849, Narcís Monturiol Estarriol publicó Reseña de las Doctrinas antiguas y modernas, que era un resumen de ideas socialistas de diversos autores.

En Cataluña, las doctrinas de Cabet gustaron a los pequeño burgueses y obreros cualificados más que a los obreros pobres, los cuales padecían bajos salarios. Pero el cabetismo burgués no salió de las tertulias, donde los burguesitos se lo pasaban bien hablando mal del Gobierno, y luego se iban a casa a disfrutar de sus bienes. Monturiol se sentía defraudado y recaudó dinero para una experiencia icariana en los Estados Unidos, tal como le pedía Cabet.

En la Primera República de 1873, Monturiol se hizo republicano y fue diputado por Manresa.

 

 

Flórez Estrada en 1839.

 

Ya en 1839, el asturiano Álvaro Flórez Estrada había defendido que la tierra no debía ser propiedad privada. Este economista había publicado en Londres en 1828 una Economía Política, de la que se hicieron siete ediciones. Se había opuesto a la venta de bienes nacionales en 1836 y defendía su arrendamiento a largo plazo a los agricultores, de forma que se asegurara el trabajo agrícola y se evitara la especulación con la tierra. Respecto a la tierra, creía que lo que sólo depende de Dios no puede ser convertido en propiedad privada, porque entonces se convierte en expresión del abuso de unos pocos sobre los más y garantía del mantenimiento de los pobres en la miseria. Es propiedad justa aquello que es fruto del trabajo del hombre. Flórez Estrada no se planteó el fenómeno industrial respecto a la propiedad, porque desconocía esta revolución industrial que se estaba produciendo en Inglaterra.

 

 

[1] Alfonso Sánchez, Hormigo. La recepción del pensamiento saintsimoniano en España. Universidade de Coimbra. Facultade de Direito. Boletín de Ciencias Económicas. Vol. XCVII, 2004.

[2] Pierre Joseph Proudon nació en Basanzón, en el Franco Condado francés, en 1809 y era hijo del tonelero-cervecero Claude Proudhon y de su esposa, una cocinera de servicio doméstico. Claude ya era un hombre de ideas sociales, pues defendía que no podía vender su cerveza a precio superior al valor añadido que representaba su trabajo, pues por encima de ese precio estaría robando a sus clientes. Pierre Joseph trabajó, siendo niño, como boyero, tonelero y agricultor. A los 11 años ingresó en un colegio, pero tuvo que abandonar por falta de medios económicos y volvió al trabajo junto a su padre. A los 19 años le admitieron en una imprenta como corrector tipógrafo y allí aprendió de sus compañeros y asistemáticamente, algo de hebreo, filosofía y lingüística, y leyó a Descartes y a Rousseau. Era un saber errático. Su tierra acababa de salir de la servilitud de las abadías católicas y el ambiente general era de cooperativismo de los pobres, lo cual influyó mucho en su pensamiento. En 1837 escribió Ensayo de Gramática General como apéndice de otra obra mayor de un abate para publicarlo en imprenta propia, pero fue un fracaso y tuvo que cerrar el negocio en 1838. Obtuvo una beca por tres años y durante ellos, en 1840, escribió ¿Qué es la Propiedad?, que fue un éxito en París y en toda Francia y le animó a escribir una Segunda Memoria en 1841 y una Tercera Memoria en 1842. en 1843 escribió La creación del orden en la humanidad, y El sistema de las contradicciones económicas o la Filosofía de la Miseria, obra que tuvo mucha repercusión y a la que Marx contestó en 1844 con La Miseria de la Filosofía del señor Proudhon. Marx consideraba a Proudhon como un aficionado a la dialéctica lleno de contradicciones, un hombre con poca base científica que jugaba con las palabras y conceptos. En 1848, Proudhon fue diputado en la Asamblea Nacional de la Segunda República y atacó a Louis Blanc acusándole, en el periódico Le Representant du Peuple de que sus “talleres nacionales” eran falacia pura y defendiendo la existencia de una clase social nueva, el proletariado, que acabaría imponiendo un nuevo orden social distinto al burgués, pero no por la violencia, sino por la fuerza misma de la evolución natural de las cosas. El 10 de diciembre de 1848 subió Luis Napoleón Bonaparte al poder y Proudhon atacó al nuevo estadista como enemigo del proletariado y del socialismo. En 1849, Proudhon fue condenado a cárcel y huyó a Bélgica. En un viaje clandestino a Francia, fue detenido y encarcelado en Santa Pelagia, donde escribió La idea general de la revolución. En 1858 escribió Sobre la justicia en la revolución y en la Iglesia, metiéndose con la Iglesia católica y fue de nuevo condenado y volvió a marcharse a Bélgica. Regresó a Francia aprovechando una amnistía y en 1863 publicó El Principio Federativo desarrollando una teoría de federalismo o disgregación del Estado en comunas, que hacía coincidir con municipios, regidas por la comunidad local de trabajadores. En 1865 escribió De la capacidad política de la clase obrera. Proudhon acusó a Marx de dogmático e intolerante, y Marx acusó a Proudhon de pequeño burgués que había inventado un socialismo de artesanos y campesinos, ignorando la sociedad industrial que estaba apareciendo en ese momento en el mundo. Proudhon murió en 1865, pero sus ideas permanecieron mucho tiempo entre los franceses.

[3] Karl Heinrich Marx nació en Tréveris en 1818 y era hijo de Herschel Mordechai, abogado judío de familia proveniente de Hungría, Consejero de Justicia de Renania, a quienes los prusianos le obligaron a dejar el bufete y a convertirse al protestantismo, si quería seguir como Consejero, cosa que hizo en 1825 pasando a apellidarse Heinrich. Su madre era una judía procedente de los Países Bajos llamada Henrietta Presburg. El matrimonio tuvo siete hijos, y Karl era el tercero. Karl fue a estudiar derecho a Bonn, pero abandonó esos estudios para cursar otros que estaban más de moda entre la juventud, filosofía en Berlín. Se doctoró en 1841 con una tesis sobre Demócrito y Epicuro. En 1842 colaboraba con Bruno Bauer en la redacción del Rheinische Zeitung (Gaceta Renana) y acudía a una tertulia de pensadores marginales llamada Die Freien (Los Libres). El periódico fue cerrado en marzo de 1843. En junio de 1843, Karl se casó con la prusiana Jenny von Westfalen, hermana del ministro del Interior prusiano, cuya familia no aprobaba el matrimonio y no la dejaron casar hasta la muerte de los padres de la novia. Karl tuvo 8 hijos, 7 con su mujer y 1 con su asistenta (Jenny Caroline Marx 1844-1883; Jenny Laura Marx 1845-1911, año en que se suicidó junto a su marido Paul Lafargue; Edgar Marx 1847-1855; Henry Edward Gui Marx 1849-1850; Jenny Evelin Frances Marx 1851-1852; Frederik Lewis Demuth 1851- hijo de Elena Demuth que acabó emigrando a Australia; Jenny Julia Eleanor Marx 1855-1898, y un octavo que murió al poco de nacer en 1857 y nunca tuvo nombre). En octubre de 1843 se fueron a París donde Karl Marx fundó otro periódico marginal revolucionario llamado “Deutsche-franzosische Jahrbücher” (Anales Franco Alemanes), que también fue cerrado por el gobierno francés. En agosto de 1844 conoció a Friedrich Engels, un fabricante de paños que viajaba por Europa vendiendo sus productos, y que se convirtió en su financiador. También conoció a Pierre Joseph Proudhon, Louis Blanc, Mijail Bakunin y al poeta alemán Heinrich Heine. En esos años escribió sus primeras ideas socialistas que conocemos como Manuscritos Económico Filosóficos. En enero de 1845 fue expulsado de Francia y el matrimonio se fue a Bruselas, en donde vivió hasta 1848. En Bruselas fundó la “Liga de los Comunistas” que se declaraba apátrida, atea y revolucionaria. En marzo de 1848 fueron expulsados de Bélgica y fueron a París, donde publicó el Manifiesto del Partido Comunista, pero fueron expulsados de París y fueron a Colonia donde fundó otro periódico llamado “Neue Rheinische Zeitung” (Nueva Gaceta Renana) con el que alcanzó gran fama y tuvo mucha acogida entre los grupos revolucionarios, hasta que el Gobierno renano cerró la publicación. En agosto de 1848 fueron a Londres y Engels hizo una colecta entre sus amigos para dar a los Marx un dinero para subsistir. En Londres tomó apuntes sobre el funcionamiento de las nuevas fábricas y sus relaciones empresariales, laborales y salariales. Engels era propietario de alguna, y esos apuntes, casi sin ordenar, fueron publicados en 1867 con el título de Das Kapital (El Capital). En 1864 fundó la AIT y se enfrentó a Bakunin por tener ambos concepciones distintas del socialismo. Los bakuninistas abandonaron la AIT en 1872 y fundaron una nueva Internacional anarquista en Saint Imier (Suiza). En 1871, la Comuna (cinco semanas de marzo a mayo) fue la gran experiencia socialista en la que todos los grandes teóricos del momento pensaron realizar sus sueños, a pesar de que los unos fueran contradictorios con los otros. El socialismo fue perseguido en toda Europa a partir de entonces. En septiembre de 1871, Marx recibió en su casa de Londres a Anselmo Lorenzo, Francisco Mora y González Morango, españoles que iban a consultar su posible entrada en la AIT y no sabían qué era el marxismo, ni que la AIT estaba ya prácticamente rota, ellos eran anarquistas y se habían confundido de interlocutor. Karl Heinrich Marx falleció en Londres en 1883. Tras su muerte, Engels publicó otros tres tomos de El Capital.

[4] Pierre Vilar estaba obsesionado por este equívoco entre el marxismo de Marx y lo que en el siglo XX vendían como marxismo los “marxistas” de entonces. En una conferencia impartida en Salamanca 1971, proponía llamar al marxismo de Marx “marxiano” y reservar el término marxista para los distintos y múltiples grupos leninistas, trotskistas, estalinistas y las decenas de teóricos surgidos a raíz de ellos.

[5] Miguel Andújar Miñarro, Fernando Garrido: El socialismo y la democracia ante sus adversarios. Biblioteca Saavedra Fajardo de pensamiento político hispánico.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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