EL EJÉRCITO ESPAÑOL DE ISABEL II.

 

 

 

 

 

Sociología del ejército de Isabel II.

 

El ejército de Isabel II era un reflejo de la sociedad isabelina: La tropa se nutría de clases medias bajas, urbanas y rurales.   Los Jefes y Oficiales provenían de clase media cualificada.     Los Oficiales Generales procedían de clases altas.

En este esquema, había excepciones. Había gente que ascendía desde abajo a lo más alto: Espartero era hijo de un carretero, Oráa lo era de un campesino, y Prim de un pasante de abogado. Pero la norma, lo general es que se observara una frontera social entre la tropa, de sargentos para abajo, y los oficiales, de sargentos para arriba.

La tropa tenía una paga irregular, escasa, y pocas posibilidades de ascenso. Muchos soldados habían sido reclutados a la fuerza, y por ello, muchos estaban dispuestos al motín, lo cual era utilizado por progresistas y demócratas, haciéndonos creer a veces a los historiadores que los soldados eran progresistas.

Los generales a veces jugaban en bolsa, o eran terratenientes, y casi siempre estaban comprometidos políticamente y actuaban como agentes electorales promoviendo unas candidaturas y no otras.

Los estratos superiores del ejército eran partidarios de una Constitución limitadora del poder del Rey y que ordenara la división de poderes. Aparte de esa idea básica común, tenían ideas diferentes los unos de los otros sobre el concepto de soberanía, libertades, relaciones con la Iglesia, composición del Senado. Los más eran moderados, pero había un grupo de progresistas. Siempre estaban en contacto con los políticos civiles, y siempre estaban conspirando para derribar al Gobierno y sustituirlo por otro, mejor o peor, pero que representara posibilidades de ascensos y mejoras de sueldo.

La Corona, el ejército y los partidos dinásticos, conservador y progresista, formaban una coalición que se defendía de los carlistas y de los republicanos. Pero esa coalición era singular en el sentido de que, en cualquier momento, dos de esas fuerzas, luchaban contra la otra. Era un juego peligroso en el que los militares iban ganando cada vez más poder a costa de los otros dos socios en el poder, y esta alianza no se acabó en todo el XIX. Los militares ganaron poder en 1833-1839, cuando de ellos dependía la entronización de Isabel II o de Carlos María Isidro de Borbón. Y un hombre se dio cuenta del papel que jugaba cada uno y trató de utilizarlo: Era Mendizábal, un hombre de negocios, representante del grupo de negociantes españoles. Pero Mendizábal no les dio a los militares su parte, lo que les habían prometido, y éstos le dejaron caer en 1836.

El fracaso militar de Mendizábal consistió en que proyectaba reclutar 100.000 hombres para liquidar de una vez los conflictos bélicos. La realidad fue que sólo logró reclutar unos 17.000 hombres y ni siquiera les instruyó, ni armó convenientemente, ni les uniformó. Los reclutas fueron llevados a los frentes de combate y aprendieron sobre la marcha. Como no se reclutaba en la cantidad deseada, se engancharon extranjeros, y así llegaron al ejército unos 9.000 británicos (escoceses e irlandeses), 5.000 alemanes, 1.000 franceses, y también polacos e italianos, que sumaron la cifra de unos 15.000 soldados.

Este ejército levantado de cualquier manera, era poco efectivo. Los soldados luchaban por la paga y se podían pasar al bando contrario en cualquier momento. En estas condiciones, el ejército español costaba mucho dinero y no proporcionaba resultados. Las causas del fracaso pasaban también porque no se alimentaba correctamente al soldado, no se le vestía y calzaba adecuadamente, ni se le cuidaba dignamente en hospitales militares cuando lo precisaba.

Estas deficiencias en el ejército nos las podemos explicar si atendemos el testimonio del General Fernando Fernández de Córdova, Memorias Íntimas, el cual decía que, cuando se presupuestaban 20 millones de reales para el ejército, el ejército tenía suerte si le llegaban 5 millones. El resto se quedaba en manos de políticos y generales corruptos. Y con ese poco dinero, no se podía pagar a los contratistas avitualladores, principales especuladores que se beneficiaban del ejército, lo que llevaba a que éstos aportasen raciones de comida cada vez más pequeñas. Córdova afirmaba en su informe que él, alguna vez, tenía que pedir créditos personales para mantener a sus soldados.

La respuesta de los políticos ante este problema real, era cambiar los generales en el mando, y así pasaron Sarsfield, Quesada, Valdés, Rodil, Mina, Valdés de nuevo, todos en el lapso de dos años.

El cambio continuo de generales significaba que no había un plan de acción militar, una continuidad en los planes.

Y entonces los políticos decidieron culpabilizar a los militares de los fracasos, y los generales decidieron culpabilizar a los políticos. Y todos decidieron no aceptar las críticas de los demás, mostrarse siempre autoritarios, y cuanto más incompetentes eran los políticos y militares, más autoritarios se mostraban. Sólo en el momento de apuntarse las victorias estaban todos unidos atribuyéndose el mérito.

Tanto los moderados como los progresistas, consideraron en general que el ejército era un gasto inútil. No servía para sus negocios. Y los generales consideraron que los políticos eran enemigos de las instituciones castrenses. Los políticos tachaban con facilidad a los generales de antimonárquicos y antiliberales.

Fue excepción en este panorama general la actuación del progresista Evaristo San Miguel, el cual, en Revista Militar, trataba de tender un puente entre ambos grupos. Distinguía entre un ejército al servicio del Gobierno Absoluto, que obtenía privilegios y halagos pero vivía de espalda al pueblo, y un ejército democrático, controlado por el Legislativo, que promovía la igualdad de derechos de todos los ciudadanos, que se implicaba con el pueblo y podía perder o ganar la libertad al mismo tiempo que el pueblo.

Los militares de 1830-1845 se hicieron muy corporativistas en lo que se llamó el espíritu de Ayacucho. Muchos de los “ayacuchos”, como Espartero su líder, no habían estado en la batalla de Ayacucho. Trataban de defenderse entre ellos contra supuestos ataques de la sociedad en general contra el ejército.

La pregunta que sugiere este panorama militar es cómo fue posible que los militares se mantuvieran en el poder todo el siglo XIX y la mitad del XX. Payne dice que por desunión de los políticos moderados, los cuales se dividían en facciones, y las facciones recurrían sistemáticamente a algunos generales para intentar dominar en el partido. Otros opinan que fue por incapacidad política de generar un sistema bipartidista, o un sistema respetuoso para con el adversario. Pabón habla de la difícil transición de la guerra a la paz, tras 30 años de conflictos entre 1808 y 1840. Ningún político civil se atrevió a liderar el cambio y siempre se recurrió a militares que hicieran una transición, que no se acababa nunca. Los militares eran garantía de orden social, y el orden era garantía de ganancias en los negocios.

Esta conveniencia burguesa de apoyarse en militares, explica que un hombre mediocre como Narváez gobernase muchos años, sólo porque tenía el sentido práctico de mantener el orden. Y cuando en 1875, Cánovas ofrezca lo mismo, será aceptado como el nuevo líder, esta vez civil. El ejército de Narváez no apoyaba a un partido concreto sino al sistema, a la propiedad.

Los militares hicieron otro importante papel político como senadores. Los generales tenían mucho interés en ser nombrado senadores, porque una vez logrado, no necesitaban someterse a nadie, tenía la capacidad para decidir si actuar contra la Corona o contra el pueblo, eran árbitros de la vida política, podían apoyar el golpe militar. Eso tenía como contrapartida que, cuando llegaban al poder, siempre tuvieran la amenaza de otro golpe militar.

 

 

Procedencia social de la oficialidad española.

 

En las armas generales había todo tipo de clases sociales, desde hijos de militares y de nobles, pasando por hijos de la burguesía, hasta hijos de personas de clases bajas. En teoría, se ascendía por mérito y capacidad, pero no se exigían conocimientos específicos. La antigüedad era un tema complicado que se respetaba o no, según los casos. Los nobles y oficiales generales empezaban con mucha ventaja pues a sus hijos se les reconocían muchos méritos tras conseguir misiones inmediatamente a su graduación, misiones que les servían para ascender. Y sus hijos ingresaban en la academia a los 12 años, mientras los demás tenían prohibido acceder antes de los 16, con lo que también podían jugar con la antigüedad cuando les convenía.

En las armas generales, infantería y caballería, había cierta tendencia al descontento, lo que se expresaba en política en afiliación a los partidos progresistas y de izquierdas en general.

En los cuerpos facultativos de artillería e ingenieros, todo eran clases medias e hijos de militares, pues la falta de recursos económicos impedía a las clases bajas acceder a las academias y el paso desde las armas generales a estos cuerpos facultativos, que solían practicar los nobles, era impedido por la falta de conocimientos científicos y preparación técnica del aspirante.

Todos los estudiantes de academias eran cadetes. Pero incluso en las academias había diferencias entre hijos de militares e hijos de clase media corriente, pues los militares ingresaban a los 12 años de edad y el resto a los 16 años, lo cual valía para que los hijos de militares hicieran valer su antigüedad ya siempre para la hora de los ascensos.

 

 

Procedencia de la tropa.

 

La inmensa mayoría de los reclutas militares provenía de ámbitos urbanos, excepto en infantería, donde eran mayoría los de zonas rurales.

El origen geográfico de los soldados españoles se corresponde con zonas de grandes ciudades de regiones secas, con pocas posibilidades de supervivencia de todos los miembros de la familia sin recurrir a la emigración y con fuerte presencia militar en la zona. Los que más soldados aportaban proporcionalmente eran Andalucía y Castilla la Nueva, seguidos inmediatamente por Madrid. En una segunda tanda vendrían las regiones interiores y mediterráneas agrícolas, como León, Castilla la Vieja, Extremadura, Aragón, Valencia y Murcia. Las que menos reclutas aportaban eran las regiones costeras con actividades complementarias a la agricultura, como Galicia, Asturias, País Vasco y Cataluña.

 

 

Cuantía de soldados.

 

España tenía entre 70.000 soldados a mitad de siglo, y 126.000 en 1900, aunque más en épocas de guerra, y menos en épocas de paz.

Algunos jefes y oficiales pensaban que aumentando el número de soldados de tropa podían entrar en situación de activo más oficiales y jefes, y eran partidarios de aumentarla. Pero ello era un error, pues más tropa significaba más gasto, y ese incremento de gasto se traducía en ahorro en material y tecnología. Es decir, que los soldados españoles estaban condenados a llevar armas viejas. El modelo de un ejército numeroso no era sostenible a largo plazo.

Otro anhelo de algunos militares fue bajar la edad de retiro de los jefes, a fin de que se jubilaran antes y hacer correr los ascensos más rápido. Ésta era una visión muy pobre de lo que debía ser el ejército, pues  mayores gastos del Estado significaban también menos recursos para armar convenientemente al ejército. Convertían el ejército en una agencia de colocación laboral.

 

 

El gasto militar.

 

El gasto del ejército se elevaba al 19% del presupuesto del Estado, y era uno de los más bajos de Europa Occidental. Pero, dadas las condiciones técnicas del ejército español, el presupuesto militar era de lo más inútil e injustificable de toda Europa, pues muchas veces sólo servía para dar de comer a unos cuantos vagos, pues el ejército era incapaz de defender España frente a una invasión exterior y salvaguardar con ello las viviendas, haciendas, industrias y comercios de los españoles. Y si un ejército es incapaz de cumplir su misión ¿para qué sirve?

El presupuesto militar se consumía también para pagar a heridos, mutilados, viudas y huérfanos de guerra y del ejército, lo cual es tomado por algunos autores como un gasto asistencial loable, cuando no es más que una obligación laboral común. En las potencias occidentales, el gasto en material y organización de la defensa era prioritario, y los gastos de personal secundarios. En España, los gastos en cubrir las pagas y la asistencia a las necesidades “sociales” era prioritaria, y si sobraba algo, se destinaba a armamento y tecnología. Los sueldos se llevaban en España el 68% del gasto militar y el resultado era que había muchos jefes y oficiales, escasez de tropa y penuria de armas, cuarteles y barcos de guerra.

 

 

Evolución del ejército español en el XIX.

 

La constante más acusada del ejército español del XIX es que estaba sobredimensionado en personal y carecía de armamento y preparación técnica al nivel de los tiempos. Esa realidad condujo a una serie continuada de reformas, que son lo más característico del ejército isabelino: continuas reformas que mantenían siempre los problemas de fondo, los importantes, y trataban de lavar la cara del moribundo.

 

Fernando VII, ya se encontró con este problema militar en 1814, como resultado del final de la Guerra de la Independencia. Tenía miles de guerrilleros-bandoleros, dotados de armas arcaicas, propias del siglo XVIII y aun anteriores, y miles de oficiales a los que no podía conceder destino alguno. La depuración del ejército, al tiempo que le servía para eliminar enemigos políticos, los liberales, también se utilizó para reducir el personal del ejército y ahorrar así un dinero que el Estado no podía pagar. Los liberales fueron licenciados sin paga. Y además, se ahorraba pensiones a las familias y a los soldados licenciados tras la guerra, cuando se les declaraba liberales. Pero era triste que los que se habían alzado contra Napoleón y José Bonaparte para constituir un Estado nuevo, quedaran abandonados. Muchos volvieron al bandolerismo, la profesión que conocían. Como solución a un problema político, diremos que el castigo generalizado a los liberales fue una solución pobre de ideas, inmoral y generadora de disturbios, creadora de un clima social negativo, dispuesto a ir contra cualquier gobernante en cualquier momento. La desmoralización del país fue muy grande en tiempos de Fernando VII.

 

El 17 de abril de 1821, el Trienio Constitucional estableció que toda la nación debería colaborar en la aportación de soldados para el ejército, en un gesto teóricamente democrático. El decreto se contradecía unas líneas más abajo, estableciendo redenciones del servicio militar por dos caminos: el de “rescate” por aportación de una cantidad de dinero alta, y el de “sustitución” por pago de un soldado sustituto a costa de la familia del recluta sustituido. Con ello, la teórica intervención “progresista” se convirtió en una de las actuaciones más clasistas y antiliberales y de derechas de la política, pues todos los ricos quedaban excluidos del servicio militar. Mientras tanto, los pobres pasaban a tener más miembros entre la tropa: los que les correspondiese por quintas, más los que fuesen inducidos por los amos de las fincas para redimir al señorito, más los que se contrataran por hambre. La finalidad de la Ley era pues recaudar.

 

Fernando VII en 1823-1833, última fase de su reinado en la que tantos cambios introdujo en su política, se esforzó por tener un cuerpo de oficiales profesionales y bien preparados, a los que por supuesto debía pagar bien, y decidió formarles en la Casa Real. Los Cuerpos de la Casa Real eran centros de estudio muy importantes. El generalato podía venir tanto de estos centros de estudios como del ascenso por méritos de guerra.

 

La guerra de 1833-1839 volvió a empeorar las cosas. Surgieron dos ejércitos y ninguno de los dos pudo dominar al otro. Y el conflicto se resolvió circunstancialmente mediante un acuerdo, Abrazo de Vergara, por el que permanecían ambos ejércitos fusionados en uno. Los mandos se multiplicaron innecesariamente desde el punto de vista militar, por mucho sentido político que tuviera el acuerdo. Y el dinero sobrante para cuarteles, defensas, uniformes, comida y material de guerra, disminuyó. Todos los jefes militares de ambos bandos se quejaron de su situación y medios para abordar la guerra.

El protagonismo de los militares en la historia de España se hizo máximo en la Guerra Carlista. Los militares se creían garantes de la Constitución, de los Gobiernos, del orden público y de la política en general, y ello era así porque los políticos hacían ejercer a los militares este papel cada vez que estaban en peligro los privilegios o los programas políticos de la clase gobernante, o parecían descubrirse sus abusos y corruptelas de poder. No era un problema exclusivamente militar, pero el ejército acabará creyéndose imprescindible en política y esta situación se mantendrá en España, con pocas excepciones, hasta 1975. Como defensores de la legalidad que los Gobiernos no cumplían, los militares se sentían elegidos para representar la voluntad nacional. Es el caso de la frase-muletilla de Espartero: “Cúmplase la voluntad nacional”.

Durante la guerra carlista los militares adquirieron un protagonismo popular por encima de los políticos. Algunos militares, una vez adquirida la aureola, ya no eran capaces de desprenderse del afán de protagonismo y aclamación de las masas y del papel de protectores de la Corona y de determinados políticos. De tal modo fueron así las cosas, que el mito de esta época que estamos considerando es Espartero y no Mendizábal, aunque Espartero fuera poco culto y más bien burdo, y Mendizábal fuera un hombre cultivado, pulido y deseoso de hacer cambios progresistas.

Cuando los progresistas empezaron a hablar de federalismo y de pacifismo, allá por 1840, y cuando Espartero les decepcionó en 1841 actuando dictatorialmente, los militares se pasaron en masa al Partido Conservador, y desde entonces este partido se perpetuó en el poder de modo continuado, o tal vez fueran los militares los que se perpetuaron en el poder. Narváez y O`Donnell eran militares. Prim y Serrano, también.

La influencia de los militares sobre el Partido Moderado era tan grande que incluso ello molestaba a otros sectores del Partido Moderado: dominaban el Senado, para lo cual decenas de militares recibían los títulos nobiliarios que les permitían estar en él, y a través de ellos, el Partido Moderado dominaba sobre los neoabsolutistas (de su propio partido, como moderados autoritarios, y de partidos de la oposición).

El discurso típico de los militares era que defendían el orden público y la monarquía, lo cual era la bandera de la mayoría, y que estaban en contra de las revoluciones, algaradas, motines y desórdenes en general.

 

En 1835, Mendizábal acudió al procedimiento ya iniciado en 1821 para recaudar dinero para el Estado: en septiembre de 1835 decretó que todos los varones solteros entre de entre 18 y 45 años fueran declarados soldados, salvo que pagasen una redención de 4.000 reales por barba, o alternativamente, 1.000 reales y un caballo. Tenía en mente reclutar 100.000 hombres. Obtuvo 75.000 soldados y 25 millones de pesetas. El objetivo era más recaudar dinero que tener soldados. No obtuvo demasiado dinero.

La recaudación por exenciones militares no era suficiente para mantener la guerra, y Mendizábal negoció un préstamo de 200 millones de reales con los banqueros españoles José Safont Casarramona, Tapis, Alcober y Alabau, poniendo como garantía los impuestos de Cuba (con 18% de quebranto) y de Filipinas (con 33% de quebranto). Estos banqueros españoles hicieron un gran negocio especulativo.

Mendizábal se encontró con que no tenía uniformes, armas, ni medios de transporte para poner en el frente a esos 75.000 soldados, y que la orden de reclutamiento era inútil. Todo se quedó en deseos y no cambió nada en la realidad de la guerra: María Cristina se ofreció a colaborar pagando tres batallones de cazadores. Mendizábal abrió una cuestación pública para que la gente entregara joyas y dinero, y logró recoger 20 millones de reales. Los liberales tenían muchas ideas, pero estaban dispuestos a aportar poco dinero. Se necesitaban unos 400 millones de reales, y lo recaudado era una miseria, un 5% de las necesidades.

Al cristino Fernández de Córdoba le llegaban cada día al País Vasco soldados sin uniformes, sin armas y hasta algunos inválidos reclutados como nuevos soldados. Córdoba se quejó a Mendizábal y quedó enemistado con él. También le llegaron algunos soldados ingleses y otros portugueses y los destinó a Bilbao, que de nuevo estaba sitiada por los carlistas. Fue capaz de levantar el asedio, pero sin vencer a los carlistas.

Al final del proceso, el dinero recaudado para la guerra se utilizó para solucionar problemas urgentes de Hacienda y no exactamente para financiar la guerra.

 

En 1836, en las rebeliones contra Istúriz, se sublevaba la Milicia Nacional que entonces contaba con 475.000 hombres, de los cuales 175.000 estaban armados. Por ello, el 6 de agosto de 1836, Istúriz disolvió la Milicia Nacional, un cuerpo auxiliar del ejército.

 

En 1836 se creó el Cuerpo de Sanidad Militar, con ramos de medicina, cirugía y farmacia.

 

En 1837 se impuso el servicio militar por quintas: toda la población masculina se incluía en unas listas de las que se excluían los enfermos, los bajitos de menos de metro y medio, y los hijos únicos de viuda o de padres ancianos (mayores de 60 años). Los ricos podían eludir el servicio militar fugándose al extranjero, comprando un sustituto por 4.000 ó 6.000 reales, o pagando la redención que impusiera el Estado. La lista se dividía en cinco series y se sorteaba cuál era la que se incorporaba al servicio militar, la quinta. Las bajas producidas por exclusión se rellenaban con soldados voluntarios pagados y con reenganchados pagados. Los ricos, cuando iban al ejército, no formaban clase de tropa sino suboficiales. El proyecto había sido presentado en septiembre de 1835 por Mendizábal y se volvía a él en 1837. La obligación del servicio militar, había sido establecida por Carlos III en 1769. El nuevo impuesto de quintas, pues así se interpretó, será mal recibido por las masas y será una bandera del populismo aprovechada por los progresistas. En 1868 los golpistas prometieron abolir quintas y las masas les siguieron, pero los nuevos gobernantes no cumplieron sus promesas.

 

En la Constitución de 1837, en cuanto a las Fuerzas Armadas, apareció una doble institución de defensa del Estado:  Por un lado, un grupo de profesionales conformaba el ejército. Por otra parte, algunos ciudadanos se enrolaban en la Milicia Nacional y prestaban determinados servicios, pero sobre todo estaban vigilantes para que nadie anulase la Constitución.

 

En 1838 se restableció el Cuerpo de Estado Mayor, el cual había sido planeado por Godoy en 1801 y creado definitivamente en 9 de junio de 1810 por los franceses, pero eliminado en 1814 como todo lo proveniente de José I. Fue restablecido en 1821 y eliminado en 1823. Restablecido en 1838, sería reorganizado en 1842.

 

En 1839 había en España 265.000 soldados, de los cuales 61.000 eran de Milicias Provinciales, 36.000 de cuerpos francos y 11.000 eran oficiales y jefes excedentes en la reserva. Todos aspiraban a obtener un sueldo fijo del ejército. Eran el resultado de la fusión de los dos ejércitos combatientes.

Y las cosas fueron de mal en peor, cuando el ejército se hizo cargo de la mayoría de los Gobiernos de España de época de Isabel II. Si no gobernaban directamente los militares, todos sabían que unos generales determinados estaban detrás de cada Presidente del Consejo de Ministros. En estas condiciones, era imposible reformar el ejército de forma imparcial y fría, sin connotaciones políticas. Y ninguna reforma se pudo consolidar.

 

El papel de los militares españoles en 1840.

Al terminar la guerra civil, los militares se habían dividido en dos bandos: uno se llamaba de Los Ayacuchos porque algunos, pocos, habían estado en la derrota de Ayacucho y su jefe era Espartero que se proclamaba progresista. El otro, capitaneado por Narváez y Diego de León hasta el fusilamiento de este último en 1841, y por Narváez a partir de esa fecha, defendía el moderantismo. Curiosamente el progresista Espartero, el que ampliaba la desamortización e iba contra los carlistas ultracatólicos, era un creyente meapilas, y el moderado Narváez, el aliado de la Corona y de la Iglesia, era agnóstico. Se trataba de una oposición interna dentro del ejército que había llevado a cada uno de los dos a la jefatura de un partido, y ello no coincidía con sus convicciones religiosas, que era lo normal en el XIX y XX españoles, ni tenía por qué coincidir con las ideologías de los partidos que decían liderar.

En el ejército, el criterio doctrinarista, adoptado por muchos militares plebeyos, se llamaba en aquél tiempo “bonapartismo”. Los ayacuchos se sumaron al bonapartismo. Pero, dado que ellos eran de procedencia militar corriente, y no de cuerpos de élite, quedaron adscritos al grupo de los progresistas que defendían el derecho de los inferiores a acceder a los cargos públicos, sin ser los ayacuchos necesariamente de ideología progresista.

El nuevo sistema tenía como peligro el que cualquier individuo poco preparado pudiera ascender en el ejército por méritos de guerra y llegar a dirigir incluso la política, el Gobierno, careciendo de preparación para ello. Era precisamente el caso de Espartero. Contra este peligro se rebelaba la élite del ejército dirigida primero por Córdova, y por Narváez y Diego de León más tarde.

Una segunda cuestión es cómo llegaron a jefes de los partidos estos militares. Sencillamente, por la poca representatividad democrática de los líderes burgueses del momento, y la tendencia autoritaria de todos los grupos políticos, fenómenos que llevaban a que todos los políticos necesitasen a un militar, o a varios, que les apoyasen y respaldasen. El militar así elegido por el azar, fue consciente muchas veces de que el poder estaba en él, y tomó directamente el poder.

Una tercera pregunta es cómo se organiza un pronunciamiento para que triunfe: El éxito del pronunciamiento viene dado por la llamada trama civil o masas que van a salir a la calle a provocar desórdenes en el campo y poner barricadas en la ciudad, de modo que sea completamente necesario el uso del ejército y las peticiones del pronunciamiento tengan que ser concedidas. El éxito del pronunciamiento depende siempre de la implicación de muchos grupos políticos que saquen la gente a la calle y de la preparación de un grupo militar que esté esperando el momento oportuno del golpe. Incluso entre los moderados como Narváez se produce la contradicción de que, diciendo que era amante del orden y la paz, se saltaba las leyes cuando le convenía y hacía los desórdenes que le parecía a fin de asegurarse el éxito. El resultado de este sistema era perverso y antiliberal pues, apoyándose en que una multitud había salido a la calle a ayudarle, el militar golpista se decía intérprete de la voluntad popular o voluntad nacional, según los casos.

El ejército español de 1840 era la única institución sólida del país y eso llevó a que todos los gobernantes, moderados y progresistas, o fueran militares, o estuviesen apoyados por militares. Pero el ejército había adquirido ciertos vicios políticos, por el hecho de que nunca se les pagaba bien, ni en 1814-1820, ni en 1833-39 y tenían que buscarse su propia comida y hasta sus propias armas. Estaban acostumbrados a la debilidad e inutilidad del poder civil y a la necesidad de amenazar para que los civiles hiciesen cualquier cosa. Los civiles se quejaban de que los militares eran muchos (los de 1814, los carlistas de 1839 y los cristinos de 1833-1839) y no podían pagarles a todos. Los altos mandos militares hicieron compatible ser oficial y diputado, lo cual les daba, respectivamente, la fuerza y la inmunidad por sus actos. Por ello se atrevían a todo, incluso a adueñarse del poder. Su problema era que, una vez en el poder, tampoco tenían dinero para pagar al ejército.

 

El 3 de agosto de 1841 Espartero hizo un Decreto de reorganización del arma de Infantería en 28 regimientos de a tres batallones cada uno (84 batallones), eliminando la reserva pagada, y pasando a ser reserva 50 batallones de la Milicia Nacional. El decreto sería complementado en 18 de marzo de 1844 suprimiendo más regimientos, lo que causó gran inquietud en el ejército. Éstos descontentos se sumaron a una oposición que apoyó a Narváez, que en cuanto llegó al poder en 1844 suprimió estos decretos. La tranquilidad volvió al seno del ejército.

 

En 1842, Narváez y O´Donnell fundaron Orden Militar Española OME, para atraer a los jefes y oficiales descontentos con Espartero.

 

El 3 de agosto de 1842, Espartero reformó la caballería y la dejó integrada en una escala única con 17 regimientos. Suprimía distinciones entre especialidades de caballería. Reorganizaba los regimientos y escuadrones: Cada regimiento tenía 4 escuadrones y cada escuadrón 155 soldados y 145 caballos. En 1844, los regimientos de caballería fueron ampliados a 18.

El Decreto de 3 de agosto de 1842 no gustó mucho a los profesionales militares, los cuales volvieron a ponerse nerviosos.

 

En 1842 se creó el Cuerpo de Carabineros del Reino, un cuerpo militar dependiente del Ministerio de Hacienda para reprimir el contrabando y vigilar las costas y fronteras. Tenía antecedentes en el Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras creado en 1829, y en el Resguardo Civil creado en 1834 y fusionado con el de Carabineros en lo que se llamó Cuerpo de Carabineros de la Real Hacienda 1834, pero éstos eran civiles y ahora se creaba un cuerpo con carácter militar. En 1848 pasaron a depender del Ministerio de la Guerra y sus oficiales eran del ejército, al igual que ocurriría con los de la Guardia Civil creada en 1844. El 10 de agosto de 1932, tras la rebelión de Sanjurjo, la Dirección General del Cuerpo de Carabineros fue suprimida, y sus miembros dispersados por las armas del ejército. En 1936 quedaron repartidos en ambos bandos de la guerra civil siendo Queipo de Llano el jefe de los que estaban en el bando nacional. En 15 de marzo de 1940 el Cuerpo de Carabineros se integraría en la Guardia Civil, apareciendo en ésta los Tercios de Fronteras y de Guardias Veteranos que se ocuparon de la custodia de puertos, fronteras, fraude y contrabando.

 

En 1843, el ejército reclamó una bandera y se le dio la bandera con los colores de la marina, rojo y amarillo, que se convirtió en la bandera de España. Las banderas son muy antiguas: en el siglo XIII las llevaban los grandes caudillos en sus mesnadas y huestes cuando eran grandes, de más de cien hombres, para que no se le perdiera la gente. Las compañías de los tercios llevaban cada una su bandera. Cuando las compañías se agruparon en batallones de varias compañías, cada batallón llevó bandera coronela y dos banderas del regimiento. En 1778 cada regimiento llevaba dos banderas, la coronela con las armas reales y la de la Cruz de Borgoña. En 1785, la Marina pidió bandera vistosa y se le dio la roja y amarilla por cuartos. En 1802 cada regimiento llevaba una sola bandera. En 1843 se impuso la bandera a franjas horizontales, dos rojas y una amarilla, con los distintivos de Castilla y León y una corona real. En 1868, la bandera sería cambiada para introducir los cuarteles de Aragón y Navarra, sustituyéndose la corona real por la corona mural. Amadeo quitó la flor de lis borbónica y la cambió por la cruz roja de Saboya. La república de 1873 volvió a la bandera de 1868, con corona real y todo. La república de 1931 cambió la franja roja inferior por una franja morada y el escudo. En 1936 el Gobierno de Burgos restableció la bandera roja y amarilla, poniéndola un águila que abrazaba al escudo, y un yugo a un lado y unas flechas al otro. En 1977 se suprimió el águila, yugo y flechas, y se puso encima del escudo la corona real.

 

El 18 de marzo de 1844 se suprimieron los regimientos. La infantería quedó organizada en 94 batallones. Narváez anuló esta reforma a fines de 1844.

 

En la Constitución de 1845 se hablaba de un ejército profesional. La Milicia Nacional ya no aparecía en esta constitución, ni apareció en ninguna otra de la historia de España posterior (el proyecto de 1873 contemplaba una “Reserva Nacional”, pero nunca llegó a entrar en vigor). Según los progresistas, la Milicia Nacional representaba al pueblo, de modo que sus insurrecciones eran siempre democráticas, mientras las insurrecciones que apoyaban a los moderados eran antidemocráticas. Los conservadores consideraban que la Milicia, tal y como había llegado a ser, era un feudo progresista violento, siempre excitando a levantamientos populares contra las decisiones de gobierno moderadas, eran nidos de alborotadores profesionales y despertaban el temor y recelo de los ciudadanos no progresistas. Servía más para las disputas internas que para preservar la paz, que era el principio esgrimido para justificar su existencia. Además, no existía ningún mecanismo de control sobre esa Milicia y cualquier alcalde progresista podía llamar a cualquier hora al levantamiento, y aunque hubiera muchos alcaldes pacíficos, bastaba uno que de vez en cuando fuera violento para tener toda su zona en pie de guerra. Por ello, los moderados decidieron no convocar nunca a la Milicia Nacional en 1844-1854 y, en cambio, crearon la Guardia Civil, una institución sometida al control y disciplina del Gobierno, a través de sus instituciones militares.

 

El 7 de septiembre de 1846, se produjo la eliminación de la Milicia Provincial. Sus hombres fueron adscritos a la “Infantería de Tropas de Continuo”, o ejército regular, creándose a continuación el Arma de Infantería. Su uniforme era blanco y su arma individual el fusil. En 1847 se hizo una reforma completa del ejército español.

 

En 1850 se consideraba que el ejército español debía tener 186.000 hombres en activo y 93.000 en la reserva, para poder atender a sus servicios, y que el servicio militar debía durar unos 8 ó 9 años. Era un deseo casi imposible.   En lo que refiere a modernización tecnológica, el ejército español estuvo en continua renovación y ninguna renovación se completó, de forma que el ejército no llegó nunca a renovarse. El resultado fue un ejército atrasado, que se convirtió en un problema político y económico, en vez de en una solución a los problemas de índole militar que España sufría.

 

El 22 de diciembre de 1852 se creó el Cuerpo Jurídico Militar (en 1866 se reformaría para hacer que se ingresara por oposición). Este Cuerpo Jurídico juzgaba en Consejo de Guerra y su fallo debía ser ratificado por el Capitán General correspondiente.

 

En España impactó mucho la guerra de Crimea de 1854. Se enviaron militares a observar, a estudiar las operaciones militares, y allí estuvieron Juan Prim i Prats, Tomás O`Ryan Vázquez y Andrés Villalón.

 

En 1854 se inició la construcción en El Ferrol de tres fragatas de hélice, Berenguela de Castilla, Petronila y Blanca, que estuvieron listas alrededor de 1860. Era un programa de recuperación de la fuerza naval, que estaba completamente perdida y de modernización de la tecnología naval. Sorprendía que Narváez no hubiera construido barcos de guerra en la etapa 1844-1860. Pero es que el déficit del Estado era muy alto y nadie estaba dispuesto a prestarle en condiciones aceptables para el Estado.

 

El 22 de abril de 1855 se produjo un decreto para implantar líneas electrotelegráficas en toda España, incluidas Baleares y Canarias y el norte de África, que eran zonas más dificultosas. El sistema de telégrafos era por medio de un galvanómetro con unas agujas que señalaban las letras. Tenía muchos fallos, y años más tarde se sustituyó por el sistema morse. El telégrafo era una vieja aspiración de la humanidad: los romanos se comunicaban mediante torres escalonadas sobre el terreno que daban señales interpretables en clave. En 1831 se había perfeccionado el sistema añadiendo anteojos que permitían ahorrar muchas torres. Era un sistema muy caro, incluso cuando se electrificó, pues su instalación no estaba al alcance de particulares. El ejército y el Gobierno eran sus principales beneficiarios.

 

En 1855 se intentó una reforma del ejército a fin de reducir los costes del ejército permanente, lo que significaba menos jefes y oficiales en activo y más en la reserva, con el consiguiente disgusto del ejército. Se pensó dejar el ejército en activo en 14 regimientos en línea y 15 de cazadores, y aumentar la reserva hasta los 80 batallones (recuérdese que la reserva cobraba la mitad que en activo). Como todo el programa del llamado Bienio Progresista, decayó.

 

En 1864 se fijaron las jerarquías militares, las que estuvieron vigentes más de un siglo, y quedó establecido que el mando de cada regimiento era un coronel.

 

Igualmente, en 1864 se decidió organizar la caballería en 18 regimientos: dos de coraceros, dos de carabineros, ocho de lanceros, cuatro de cazadores y dos de húsares.

El coracero era un soldado a caballo, dotado de casco y coraza metálicos, por lo que a su agrupación se le denomina caballería pesada, y servían para cargas sobre cuadros de infantería. En el XVIII casi habían desaparecido, pero Napoleón les reintrodujo.

El carabinero era un soldado dotado con una carabina pesada de gran alcance de tiro.

El húsar era un soldado a caballo, dotado de sable, carabina ligera y pistola, que servía para misiones de reconocimiento del terreno, abastecimientos de la tropa, y hostigamientos al enemigo.

 

En 1866, el ejército de tierra tenía 255.806 efectivos, de los que sólo 163.818 estaban en servicio activo y 39.578 estaban en la reserva. Sólo 96.406 eran combatientes. 62.822 hombres eran fuerzas que prestaban servicios en ultramar (Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Golfo de Guinea), de los cuales 40.412 estaban en servicio activo y 22.410 en la reserva, y casi todos eran nativos. 27.000 hombres eran Guardias Civiles y Carabineros, pero se consideraban miembros del ejército de tierra. Además, permanecían todavía algunos cuerpos armados regionales como la Compañía de Fusileros de Valencia, la Escuadra de Mozos de Cataluña y los Torreros de Baleares. El ejército estaba organizado en 211 batallones, 88 escuadrones, 154 compañías, y contaba con 192 piezas de artillería y con 12.581 caballos.

 

 

 

ORGANIZACIÓN INTERNA DEL EJÉRCITO ESPAÑOL

EN TIEMPOS DE ISABEL II.

 

En cuanto a organización interna, las Fuerzas Armadas españolas se organizaron en tiempos de Isabel II en el modo que conocemos básicamente en la Edad Contemporánea. El punto de partida era un organigrama del siglo XVIII. En este organigrama del XVIII, se distinguían las tropas de la Casa Real o tropas de élite, las fuerzas ordinarias del ejército, infantería y caballería, y las fuerzas auxiliares del ejército, incluida la milicia ciudadana. Las fuerzas ordinarias, o armas del ejército, y las fuerzas auxiliares, fueron denominadas en el XVIII “Tropas de Continuo Servicio”.

En tiempos de Isabel II, el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas era el Rey, la Reina en este caso.

 

 

La reforma militar de Narváez en 1847.

 

Un gran trabajo de Narváez en 1847 fue la reforma completa del ejército. El ejército español pecaba de exceso de generales y oficiales, siendo el ejército de Europa con más sueldos militares, casi todos ellos inútiles. Ser general era como estar en un cuadro de honor, y más de la mitad estaban en la reserva, sin hacer nada. Pero mucha gente vivía de eso, y dejaba a sus hijos ese porvenir. Fernando VII tenía unos 600 generales, Isabel II llegará a tener 650.

 

El ejército español estaba organizado:

en dos armas: infantería y caballería, siendo infantería 5 veces más numerosa en hombres que caballería, y dominando en esa proporción el presupuesto del ejército.

en tres cuerpos facultativos: artillería, ingenieros y Estado Mayor

en cuatro cuerpos auxiliares: administrativo, sanitario, clero castrense y cuerpo jurídico militar.

 

Narváez creó en 1847:

En infantería, unos regimientos permanentes o en activo, y otros de reserva, que cobraban la mitad que los en activo. Los regimientos permanentes eran 15 regimientos de línea de a tres batallones, 30 regimientos de a dos batallones, y 16 regimientos de cazadores. Un batallón eran 6 compañías, de las cuales, una era de granaderos, una de cazadores y cuatro de fusileros. La reserva eran 49 batallones de 8 compañías.

En caballería, 18 regimientos de lanceros y 4 escuadrones de cazadores.

En artillería, 4 regimientos de a dos batallones de a 6 compañías a pie, 5 regimientos montados de a cuatro baterías, y 1 regimiento de montaña. Artillería tenía oficialidad facultativa (de academia) que ascendía de alférez a coronel por rigurosa antigüedad, y oficialidad de práctica (llamados vulgarmente chusqueros, pues un chusco era la ración de pan diaria del soldado) a la que se accedía desde la clase de tropa hasta el máximo de capitán.

En ingenieros puso un regimiento de a dos batallones de a seis compañías, una de pontoneros, una de minadores y cuatro de zapadores (en 1860 se duplicaría a 2 regimientos). Ingenieros era igual que artillería, con oficialidad de academia y chusqueros.

En Estado Mayor toda la oficialidad era facultativa (de academia militar). La Escuela de Estado Mayor se había creado en 1842 y este cuerpo era elitista y procedente de clases sociales altas, por lo que el resto de los cuerpos y armas desconfiaban de él.

En general, los cuerpos facultativos, artillería, ingenieros y Estado Mayor, procedían de clases sociales altas y de hijos de militares, y solían ser muy conservadores y reacios a los cambios y enemigos de la igualdad y pérdida de privilegios. Éstos aprovechaban el privilegio de que sus hijos podían ingresar en la Academia a los 12 años, mientras los demás debían esperar a los 16, lo que condicionaba para siempre la vida del militar, pues la antigüedad siempre favorecía a los hijos de los militares. La infantería, no facultativa, estaba llena de hombres de clases bajas. El truco mejor de las clases altas, era pedir el destino de infantería al salir de la academia, porque en infantería no se respetaba la antigüedad para los ascensos, en infantería ascendían rápido, y luego se pasaban a los cuerpos de élite, artillería, ingenieros o Estado Mayor, donde se respetaba la antigüedad, una vez que ya habían ascendido en infantería y eran muy antiguos por ser de academia.

Con estas reformas, Narváez pretendía dar destino a muchos oficiales, jefes y generales (había 1.500 en infantería y 300 en caballería) y tener contento al ejército. Pero la mitad aproximadamente seguían estando en la reserva, sin destino, y ello significaba que cobraban la mitad y que les era muy difícil ascender. Cuanto más puestos de oficiales y jefes se hicieran, más tranquilo estaba el ejército. Y al mismo tiempo, cuantos más jefes había, más débil se hacía el Gobierno en el terreno económico, pues tenía que endeudarse más para pagarlos. El dilema no tenía salida.

 

También es notable el esfuerzo de Narváez por modernizar técnicamente al ejército encargando a Francisco Antonio Elorza Aguirre (1798-1873), artillero especialista en dirigir minas e instalaciones siderúrgicas, que viajase al extranjero y aprendiese las nuevas tecnologías del acero, de forma que este hombre pudo abrir en 1848 un alto horno, el Daoíz, y en 1849 un segundo, el Velarde, y fabricar cañones en horno de reverbero con molde de arena. También reformó a partir de 1851 la Fábrica de Armas de Oviedo para fabricar cañones de fusil, artillería rayada y de retrocarga. También creó en Trubia la Escuela de Formación Profesional Obrera.

La reforma militar de Narváez es parte de la explicación de la estabilidad lograda en diez años 1844-1854. Y también explica la crisis de 1854 por debilitamiento del Gobierno y falta de equipamiento del mismo ejército en el que se repartían tantos sueldos.

 

 

ÓRGANOS SUPERIORES DEL EJÉRCITO.

 

En 1842, se creó la Escuela de Estado Mayor, en la que podían ingresar tanto aspirantes militares como civiles. La Escuela fue vista con recelo por los militares españoles, pues consideraban que la inclusión de civiles era una intromisión en lo que consideraban sus derechos o su campo de acción particular. La colaboración de los militares en general con el Estado Mayor, fue escasa y en malas relaciones.

A mediados del XIX, más del 20% de los jefes y oficiales de la infantería y caballería españolas carecían de destino activo. Esto es, que unos 1.500 en infantería y unos 300 en caballería, no hacían absolutamente nada. Las pagas de estos hombres sin destino activo se reducían a la mitad, lo cual generaba descontento y deseos de recibir destino activo.

En 1847 apareció el Director General. Sustituía a los Inspectores Generales creados en el XVIII.

En 1858 apareció la Junta Consultiva de Guerra cuya misión era preparar la defensa del territorio y organizar convenientemente al ejército.

La máxima autoridad del ejército, en lo administrativo, era el Ministerio de Guerra, y dentro de este organismo el Subsecretario de Guerra. El Ministro de Guerra era más bien una figura política.

El Estado Mayor General era un órgano muchas veces inoperante. El Estado Mayor General estaba integrado por los Capitanes Generales (generales con mando en una Capitanía General) y los Tenientes Generales, Mariscales de Campo y Brigadieres. Era muy numeroso, excesivo en personal, sobre todo porque había en España muchos generales.

A final del reinado de Isabel II, en el Estado Mayor General había muy pocos generales en situación de activos y el Estado Mayor se había convertido en un lugar de honor en tiempo de retiro de los generales. Ésta es una explicación de por qué el ejército no se renovaba, pues los encargados de hacerlo no tenían interés alguno en trabajar en el tema.

El Capitán General viene definido como un Teniente General, en activo o en la reserva, al que el Rey le ha concedido una misión, y lo es mientras dure esa misión. Fueron creados por Decreto de 31 de mayo de 1828. La misión podía ser gobernar una provincia, un Distrito Militar, una Región Militar, o un ejército en armas. Así fue establecido por Decreto de 6 de marzo de 1855. Y en 29 de noviembre de 1878 se ratificó que un Capitán General no tenía un puesto determinado en el ejército, sino que era un cargo de confianza del Rey mientras éste lo estimara oportuno. También había Capitanes Generales honoríficos, que conservaban la graduación toda su vida.

 

La Ley Constitutiva del Ejército de 29 de noviembre de 1878, ya posterior al reinado de Isabel II, dejó establecida la composición del ejército español de este modo:

Un Estado Mayor General.

Cuerpo de Estado Mayor.

Cuerpo de Plazas.

Cuerpo de Secciones y Archivos.

Arma de Infantería.

Arma de Caballería.

Cuerpo de Artillería.

Cuerpo de Ingenieros.

Trenes del parque de Artillería, Ingenieros, Puentes y Equipajes.

Brigadas de Transporte.

Columnas de Municiones.

Cuerpos Auxiliares de Justicia, Sanidad, Veterinaria, equitación militar y clero castrense.

Arma de la Guardia Civil.

 

 

Capitanías Generales en España.

 

Habían sido creadas por Felipe V. En 1843 eran catorce, que serían las clásicas en adelante, con muy pocas variaciones.

En 1866 se redujeron a once porque se incorporó Extremadura a Andalucía-Sevilla, Burgos a Castilla la Vieja-Valladolid, y Navarra a las Provincias Vascongadas-Vitoria. Pero en 1874 se volvió a las catorce de 1843. En 1893 fueron siete las Capitanías Generales.

Las catorce Capitanías clásicas son:

Castilla la Nueva-Madrid, incluía a Segovia, sede los palacios de La Granja y Riofrío, que eran Sitios Reales, y sede de la Academia de Artillería.

Cataluña-Barcelona.

Andalucía-Sevilla, incluía Ceuta y Gibraltar.

Valencia-Valencia incluía Murcia y Albacete.

Galicia-La Coruña.

Aragón-Zaragoza.

Granada-Granada incluía Almería, Granada, Málaga y Melilla como costa del Mediterráneo sur, y también Jaén.

Castilla la Vieja-Valladolid incluía Asturias.

Extremadura-Badajoz.

Navarra-Pamplona.

Burgos-Burgos incluía Logroño (La Rioja), Santander (Cantabria) y Soria.

Provincias Vascongadas-Vitoria.

Baleares-Palma de Mallorca.

Canarias-Santa Cruz de Tenerife.

Dentro de las Capitanías Generales, estaban los Gobiernos Militares, correspondientes con cada una de las provincias englobadas y a cuyo frente había un Comandante General con título de Gobernador Militar Provincial.

También dentro de las Capitanías Generales, había una serie de Plazas Fuertes o fortalezas con guarniciones permanentes. Estas plazas fuertes eran muchas, y en tiempos de Espartero todavía eran unas 145. Se fueron reduciendo a lo largo del siglo XIX a medida que progresaban las comunicaciones y perdían su sentido estratégico. En 1869 ya sólo eran 80.

Las plazas fuertes eran organizadas por un Cuerpo de Estado Mayor de Plazas, creado en 1842 con 180 integrantes, los cuales en 1869 ya sólo eran 167 personas, todavía demasiados.

 

 

LOS CUERPOS ARMADOS.

 

Las Armas Generales del ejército español del siglo XIX eran infantería y caballería.

Los Cuerpos Facultativos eran artillería, ingenieros y Estado Mayor.

Los Cuerpos Auxiliares eran el administrativo, el sanitario, el clero castrense, y el jurídico militar.

La Marina de Guerra se consideraba un arma.

 

 

Armas Generales del ejército.

 

Las armas generales, infantería y caballería, adolecían de exceso de oficialidad, jefes, oficiales y suboficiales.

En 1823-1833 había en España unos 600 generales, y en 1839 la cifra ascendió a 650 porque se incorporaron los carlistas. En 1856 se volvió a la cifra de 600 y en 1865 se bajó a 550, una cifra exagerada desde todos los puntos de vista que se mire.

El número de jefes y oficiales del ejército español en 1851 era de 6.641 en infantería, 1.337 en caballería, 501 en artillería, 232 en ingenieros y unos 120 en Estado Mayor, que en total hacían 8.331 oficiales. En 1870 eran 8.200 en infantería, 1.532 en caballería, 610 en artillería, 281 en ingenieros y 141 en Estado Mayor, que hacen un total de 10.764 oficiales.

 

La infantería estaba dividida en las secciones de “permanente” y “de reserva”.

La infantería permanente disponía de 61 regimientos, 45 de ellos de línea, y 16 batallones de cazadores. De los 45 regimientos de línea, 15 tenían tres batallones cada uno, y 30 tenían dos batallones cada uno.

El batallón constaba de 6 compañías: una de granaderos, 1 de cazadores, y cuatro de fusileros.

Una compañía eran unos 100 hombres y un batallón unos 600 hombres teóricos.

Los cazadores eran tropas ligeras capaces de desplazarse a gran velocidad.    La unidad básica era la escuadra, integrada por un cabo, un aventajado y nueve cazadores. Dos escuadras eran una subdivisión. Las subdivisiones eran cuatro, organizadas en dos parejas, y en cada pareja el oficial primero mandaba la primera, y el segundo en cada graduación mandaba la segunda.

Los granaderos eran hombres de gran poderío físico, escogidos a su gusto por el capitán de la compañía para formar en primera fila en los ataques. Eran hombres de elevada estatura y capacidad de resistencia, capaces de portar granadas de mano y de arrojarlas sobre el enemigo desde las primeras filas del regimiento, abriendo brechas sobre las que debía atacar el resto del regimiento.

El fusilero era un soldado ordinario, dotado de un fusil.

El regimiento es la unificación de dos, tres o cuatro batallones mandados por un coronel. Su finalidad es agrupar a varias armas, infantería y caballería, y combinar su potencia de fuego, ataque y persecución del enemigo.

En 1855, la infantería redujo el número de batallones de línea desde los 45 hasta los 41 y el de batallones de cazadores desde los 16 a los 15. En cambio, la reserva pasó a tener 80 batallones “provinciales”, 31 más que en la fase precedente.

 

La caballería en 1847 estaba organizada en 18 regimientos de lanceros y 4 escuadrones de cazadores.

Un escuadrón podía tener 84 hombres en tiempos de paz y hasta 153 en tiempos de guerra.

 

 

Cuerpos facultativos del ejército.

 

Los cuerpos facultativos eran aquellos para los que se requería una preparación de academia y no estaban abiertos a todos como la infantería o la caballería. Eran Artillería, Ingenieros y Estado Mayor. Tenían poca oficialidad y solían ser muy conservadores. Solían respetar la norma interna de que los ascensos fueran por rigurosa antigüedad, desde el cargo de alférez, el más bajo de los salidos de la academia, al de coronel, el más alto del regimiento. Desde la clase de tropa, sólo se podía ascender hasta capitán y en una escala independiente de los jefes y oficiales salidos de las academias. O sea, que había tenientes y capitanes de academia, y otros de escala de tropa.

 

La Artillería española en 1868 constaba de 4 regimientos a pie, 5 regimientos montados y 1 regimiento de montaña. Los regimientos a pie constaban cada uno de dos batallones, y cada batallón integraba a seis compañías. Los regimientos montados constaban de cuatro baterías cada uno. El regimiento de montaña constaba de seis baterías.

Una batería es un conjunto de piezas, de cañones, entre dos y seis, transportados y manejados por un grupo de soldados.

El Cuerpo de Artillería tenía la misión de cuidar las fábricas de armas y las reales maestranzas, y de fabricar las armas en su caso.

 

El Cuerpo de Ingenieros Militares fue establecido el 17 de abril de 1711. Se formaban en la Escuela Práctica de Guadalajara.

Los ingenieros constituían un solo regimiento dotado del número de hombres que fijaran las Cortes en cada ocasión. Disponía de una Compañía de zapadores, una de pontoneros y una de minadores. En 1867 se decidió que hubiera dos regimientos. Cada regimiento disponía de dos batallones y cada batallón constaba de 6 compañías: una era de pontoneros, una de minadores y cuatro de zapadores.

Los ingenieros hacían fortificaciones militares. Las obras públicas, de las que se habían ocupado en el siglo XVIII, pasaron a ingenieros civiles a principios del siglo XIX. A lo largo del XIX asumieron los trabajos de telegrafía, teléfonos y globos aerostáticos. También asumieron el Depósito General Topográfico, que levantaba mapas y planos del territorio y los custodiaba a disposición de las necesidades militares y de gobierno.

A partir de 1860, el cuerpo de ingenieros fue auxiliado por compañías de obreros civiles a sueldo, hombres que construían y reparaban las fortalezas bajo supervisión de los ingenieros. Los obreros civiles estaban organizados en un “batallón de obreros ingenieros” que constaba de seis compañías. El jefe de cada compañía era militar, un profesional del cuerpo de ingenieros. Los obreros eran considerados infantería. En 1868 se suprimió el batallón de obreros ingenieros.

 

El Estado Mayor constituía el signo de modernidad del ejército. Se encargaba de la renovación y modernización científica y técnica del ejército.

En 1842 se creó la Escuela de Estado Mayor. Podían ingresar en ella aspirantes civiles y militares y esta circunstancia fue muy mal vista por los jefes del ejército en general porque los de Estado Mayor salían con altas graduaciones y copaban, a su manera de ver, los ascensos. La colaboración de los jefes militares con el Estado Mayor fue siempre un tanto deficiente, y el ejército español se renovó poco, permaneciendo en una calidad mediocre o mala todo el siglo XVIII.

 

 

Cuerpos de reserva militar.

 

La infantería de reserva constaba de 49 batallones sueltos, no organizados en regimientos, y cada batallón constaba de 8 compañías, de las cuales una era de granaderos, una de cazadores y seis de fusileros.

 

 

La Guardia Civil.

 

El 28 de marzo de 1844 González Bravo decidió crear la Guardia Civil.     El 15 de abril de 1844, un Decreto ponía en marcha el proyecto.   El 15 de abril le encargó a Francisco Javier Girón y Ezpeleta de las Casas y Enrile[1] II duque de Ahumada arrancar el proyecto. En 13 de mayo de 1844, ya durante el Gobierno de Narváez, empezaba la andadura del nuevo instituto de la Guardia Civil.

El duque de Ahumada se puso de acuerdo con el ministro de la Guerra Manuel Mazarredo en que la Guardia Civil debía ser un cuerpo militar y no de voluntarios civiles como las milicias populares.

Era una fuerza encargada de hacer guardar la ley y de proteger a los ciudadanos, pero sobre todo servía para cubrir las labores que antes hacía la Milicia Nacional, la cual desaparecía definitivamente. González Bravo le quitaba, con ello, la fuerza más importante a los progresistas.

El orden público era mantenido así por profesionales y no por los políticos de turno, ni por las milicias populares de signo populista-progresista. Hasta entonces, el orden público de primera mitad del XIX era gestionado por fuerzas locales como Guardas del Reino en Aragón, Fusileros del Reino en Aragón, Rondas Volantes Extraordinarias en Cataluña, Mozos de Escuadra en Cataluña, Ballesteros del Centenar en Valencia, Compañía de Fusileros en Valencia, Guardias de la Costa en Granada, Compañía de Escopeteros de Getares en Andalucía, Escopeteros Voluntarios en Andalucía, Compañías de Milicia Honrada (Caudillatos) en Galicia, Partidas de Observación en Galicia, Compañías de Fusileros y Guardabosques en Castilla la Nueva, Compañía Suelta en Castilla la Nueva, Miñones de Álava, Miqueletes de Guipúzcoa y Vizcaya… Los Voluntarios Realistas de época Fernando VII también gestionaban el orden público de alguna manera.

La Guardia Civil se instituyó pensando en un cuerpo bien pagado para que estuviera libre de corruptelas, con mucha disciplina interna, con ascensos gestionados por el Ministerio de la Guerra (como si fuera el ejército) y a las órdenes del Ministerio de Gobernación (Interior u Orden Público, como si fuera una institución civil). De ahí, la denominación de Guardia, y de Civil, que parece una contradicción en principio.

Para evitar presiones sociales y familiares, el guardia civil no podía prestar servicio en su pueblo ni en su región de origen de modo que mantuviera lealtad al Gobierno y no se viera comprometido por los levantamientos populares en los que estuvieran implicados amigos y familiares, como le estaba ocurriendo a la Milicia Nacional. La creación de la Guardia Civil supuso la inmediata desaparición del bandolerismo en España, bandolerismo que todavía era preocupante en Andalucía a esas alturas de siglo.

Para saber más sobre la Guardia Civil, recomendamos abrir el capítulo 19.13.2.Olózaga y González Bravo, pues fue González Bravo el que decidió crear la Guardia Civil.

 

 

La Milicia Nacional.

 

La Milicia Provincial había sido creada por Felipe II como fuerzas de apoyo al ejército en las zonas donde radicaba cada unidad de Milicia Provincial. Fue reactivada pro Felipe V  y utilizada para guardar costas y fronteras en los lugares que las tenían. El 31 de enero de 1734 fue reorganizada en Castilla (excepto en el País Vasco) como un regimiento en cada provincia. Como había 22 provincias, la Milicia contaba con 22 regimientos de 600 hombres cada uno, es decir, 13.200 hombres. Su indumentaria la pagaba el concejo en el que residía el regimiento. Sus armas eran procedentes de excedentes de otros cuerpos militares, es decir, armas que caían en desuso. Carlos III aumentó los regimientos de Milicia Provincial a 42, esto es, 25.200 hombres y les dotó de batallones de granaderos y de cazadores. Es decir, eran un ejército de reserva clásico.

Los milicianos no cobraban. Sólo tenía paga el coronel del regimiento y los cuatros miembros de la Plana Mayor del Regimiento, que eran militares, muchas veces en situación de reserva activa. Al resto de los milicianos se les consideraba voluntarios.

La Milicia Urbana en 1835, con Mendizábal, se convirtió en Milicia Nacional y se permitió reclutar a cuantos se quisieran integrar en ella sin requisitos de ideologías ni de moralidad anteriores al ingreso. De 30.000 guardias de Milicia Urbana, se pasaría en pocos años a 400.000 guardias de Milicia Nacional. Casi todos los exaltados de España estaban en la Milicia Nacional, desde aristócratas a jornaleros, pero sobre todo clase media y estudiantes. Como nadie quedaba fuera del sistema, cesaron las protestas callejeras, pero se había creado un problema mucho mayor que el que se pretendía combatir. Se había solucionado un problema del momento y se había creado otro mayor a largo plazo. Lo que se dijera en los cuarteles de la Milicia Nacional iba a estar siempre delante de cada gobernante. La Milicia Nacional desapareció con la creación de la Guardia Civil en 1844.

 

Los Cuerpos Armados de tipo regional, muy abundantes en el XVIII, fueron encuadrados como fuerzas auxiliares en tiempos de Isabel II.

 

 

Cuerpos[2] auxiliares militares.

 

Los cuerpos auxiliares del ejército eran el Administrativo, el Sanitario, el Clero Castrense y el Cuerpo Jurídico Militar, y otros.

Desconozco este tema, que es muy amplio, y no puedo aportar nada sobre ello.

 

 

La escala de mando[3].

 

La escala de mando en 1866 estaba integrada por 5 Capitanes Generales, 59 Tenientes Generales, 123 Mariscales de Campo, 331 Brigadieres, 1.562 jefes (coroneles, tenientes coroneles y comandantes) y 8.592 oficiales (capitanes, tenientes y alféreces. Y además se contaba con 2.114 jefes y oficiales en la reserva. De los 518 altos mandos (generales, mariscales y brigadieres) sólo 19 tenían mando efectivo en la escala del ejército, estando los otros en gobernaciones de provincias y cargos más bien políticos. De los 1.562 jefes, sólo 473 tenían mando efectivo en la escala del ejército. De los 8.592 oficiales, sólo 3.613, tenían mando efectivo en la escala del ejército.

Otros destinos de la oficialidad del ejército eran: el Estado Mayor General, los inspectores o directores de armas e institutos armados, el Tribunal Supremo de Guerra y Marina, la Junta Consultiva de Guerra (creada el 8 de agosto de 1843 para asesorar sobre las reformas que se estaban realizando en las Armas y cuerpos militares), el Cuerpo de Estado Mayor (el cual tenía representantes en cada Capitanía General en comisión integrada por 1 general, 4 brigadieres, 8 coroneles, 16 tenientes de coronel y 32 comandantes, a fin de asesorar al Capitán General, cuidar la formación de la oficialidad y atender las labores de archivo y recopilación de datos), gobernaciones militares provinciales, gobernaciones de plazas fuertes.

 

 

Unidades operativas.

 

La unidad base de combate era el regimiento el cual era mandado por un Coronel. Cada regimiento disponía siempre de una compañía de Granaderos, para la cual se escogía a los hombres más fuertes, los que debían ir en primera línea en el combate.

Cada regimiento se subdividía en dos o tres batallones, al mando de Tenientes Coroneles.

Un batallón se dividía en cuatro o seis compañías mandadas por Capitanes o por Comandantes. En algunas épocas un batallón se compuso de hasta 14 compañías, de las cuales, trece eran de línea y una de granaderos.

Las compañías se dividían en secciones, pelotones y escuadras.

Los regimientos y batallones también se podían agrupar para formar unidades más numerosas, en cuyo caso hablamos de una división. La división contenía brigadas de distintas armas y los servicios auxiliares que parecieran convenientes a una misión militar determinada. Cuando la misión acababa, cada unidad volvía a sus cuarteles y se disolvía la división.

Una brigada era la unión de dos regimientos, o de cuatro o seis batallones, además de los servicios auxiliares que se le asignasen.

Por ejemplo, una división podía englobar dos brigadas de infantería y en cada brigada tres regimientos y un batallón de cazadores, más las unidades de caballería, artillería, zapadores y minadores, sanidad, administración, tren de armamento y artillería, e ingenieros que el encargado de la misión considerase oportunos y se le hubieran concedido.

 

 

Ejército y presupuestos del Estado.

 

El ejército era considerado como la principal causa de gastos del Estado y, cada vez que se hablaba de ahorro de Hacienda, se entendía reducción de gastos militares.

En efecto, el ejército español era excesivo para las necesidades reales del país y además no atendía a sus funciones de defensa.

El ejército español tenía exceso de personal y escasez alarmante de medios técnicos modernos.

La parte del presupuesto del Estado que se llevaba el ejército, fue cayendo todo el siglo XIX a medida que iban surgiendo gastos “sociales” como obras públicas, hospitales, canales, pantanos… En 1813 era el 82% del presupuesto, en 1820 era el 49%, produciéndose el mayor descenso, por aparición de otros gastos del Estado. En 1840 seguía siendo del 37%. A partir de 1850, el porcentaje volvió a caer, situándose en el 25% y ya se mantuvo en tasas similares el resto del siglo, 16% en 1868, y 20 % en 1870.

En 1850, el 64% del dinero del ejército se consumía en gastos de personal y el 36% restante en material bélico. En 1868 los gastos de personal consumían el 72%. Éste era el verdadero problema y la fuente de muchos conflictos. Cuando se reducía el presupuesto militar, se entendía que se reducían o eliminaban directamente los gastos en material y modernización, lo cual mantenía al ejército español en una calidad baja, despreciable para las potencias europeas. En caso de reducir gastos de personal, se reducían soldados, pero no se reducían jefes ni los sueldos de los jefes y oficialidad.

Las pagas de las clases inferiores eran muy bajas: los cabos no ganaban ni 4 reales al día, los sargentos 6 ó 7 reales, y simplemente vivían del rancho y alojamiento gratis. “Rancho” en España es la comida servida diariamente al soldado. Los obreros del campo y los maestros rurales ganaban cantidades similares, muy escasas, lo que les llevaba a emigrar, pues no disponían de comida y alojamiento gratis como los soldados.

Los oficiales del ejército ganaban algún dinero: En 1870, un alférez podía ganar veinte reales por día, un teniente 24 reales, un capitán 36 reales, un comandante 52 reales, un teniente coronel 60 reales y un coronel 72 reales al día, además de vivienda y comida, si la deseaba. Y no tenían el paro estacional propio de los campesinos.

El Estado Mayor Central estaba bien retribuido pues un brigadier, el peor pagado, ganaba 108 reales al día, y un Capitán General ganaba 280 reales al día.

A todo ello habría que añadir, en la oficialidad, las gratificaciones que producían algunos servicios prestados.

Ya hemos advertido en otro lugar, que los oficiales sin destino activo cobraban la mitad de sus emolumentos.

 

 

LA MARINA del XIX.

 

España, a comienzos del reinado de Isabel II, se estaba deshaciendo de barcos viejos, y apenas los reemplazaba. No se construían de hélice y blindados, como estaba haciendo Europa. Al final del reinado de Fernando VII España contaba con unos 232 barcos, de los que sólo 83 estaban armados y para 1843 sólo quedaban 38 barcos, de los que 30 estaban armados. Se habían incorporado nuevos modelos como goletas, paquebotes, balandros y motores, y se habían abandonado los navíos, fragatas, corbetas y bergantines.

 

En 1830-1870 hubo muchos cambios técnicos en los barcos, sobre todo en la propulsión, gracias al vapor y a la hélice, en los medios de ataque gracias a los nuevos explosivos, y en los medios de defensa, gracias al reforzamiento acorazado. El aspecto exterior de este arma militar cambió espectacularmente y la realidad interior, para los que la conocían, mucho más todavía: Las inmensas necesidades de capital, apoyo de la industria, conocimientos técnicos y coordinación económica, técnica y política, hacían que los expertos tuvieran una visión completamente diferente de la que sentían unas pocas décadas antes, y de la que veían los profanos.

La situación de la Marina militar española era deplorable a mediados del siglo XIX. Para comprar buques no había dinero apenas, y para fabricarlos no había capital ni nivel tecnológico e industrial.

Es de significar el poco interés que Narváez puso en la marina española. Tal vez se debiera a la mala financiación que el tema militar tenía en España y que hemos explicado en otro lugar. Y ello es importante porque a partir de la revolución del vapor de 1825, y la posterior del acero, las cosas estaban cambiando mucho en sistemas de propulsión, ataque y defensa. El resultado de esta política fue que España careció de tecnología e inversiones para estar al día con las potencias de Europa Occidental y ello se mantendrá así hasta 1854, en que se emprenda la modernización de la escuadra con tres fragatas de hélice. Era muy poco, pero era un comienzo, que tuvo muy poca continuidad. España alcanzará la tecnología del momento, pero no con la suficiente fuerza militar como para defender sus intereses marítimos.

La acción de los Ministros de Marina José MacCrohon Blake en 1858-1860, y de Juan Zabala de la Puente en 1860-1863, introdujo las nuevas tecnologías en España y construyó fragatas de guerra modernas.

El 4 de marzo de 1869 se introdujo el Almirantazgo al estilo británico, pero se suprimió en 24 de julio de 1873.

Los Departamentos Marítimos fueron los clásicos: Cádiz para las costas andaluzas y Canarias, El Ferrol para las costas cantábricas, y Cartagena para las costas catalanas, valencianas, murcianas y Baleares.

Existieron además, en tiempo de Isabel II, las Comandancias  Generales de Cuba y Filipinas.

 

Los Cuerpos militares que servían en la Marina eran:

El de artillería de marina, creado en 1857.

El de infantería de marina, organizado en 1869.

El de ingenieros  y constructores de marina, restablecido en 1848.

El de guardias marinas.

El cuerpo administrativo de marina.

El cuerpo de pilotos de marina.

El cuerpo eclesiástico de marina.

El cuerpo de cirujanos y de sanidad de marina.

El cuerpo de guardaalmacenes de marina.

El Cuerpo General de la Armada que era el eje de toda la Marina y tenía un Capitán General, varios Tenientes Generales, Jefes de Escuadra, Brigadieres, Capitanes de Navío (coroneles), Capitanes de Fragata (tenientes coroneles). A ellos se añadirían el Capitán de Corveta (comandante), el Teniente de Navío (capitán) y el Alférez de Navío (teniente).

 

España estaba organizada en tres departamentos marítimos que eran Cádiz, Ferrol y Cartagena, de los que dependían 32 comandancias marítimas (los principales puertos), y 53 capitanías de puerto. De Cádiz dependían las comandancias de Cádiz, Canarias, Málaga, Sevilla, Algeciras, Huelva, Motril, Sanlúcar y Gran Canaria. De El Ferrol dependían las de Vigo, Villagarcía, Coruña, El Ferrol, Vivero, Ribadeo, Gijón, Santander, Bilbao y San Sebastián. De Cartagena dependían Palamós, Mataró, Barcelona, Tarragona, Tortosa, Mallorca, Mahón, Ibiza, Vinaroz, Valencia, Alicante y Cartagena.

 

 

Barcos de guerra.

 

Si en tiempos de Fernando VII, la capacidad española de actuación en el mar era muy reducida respecto a otras potencias occidentales, pues sólo contaba con 83 barcos armados y 149 barcos auxiliares, con los cuales tenía que atender las costas peninsulares, las isleñas, Cuba y Filipinas, hay que decir que en tiempos de Espartero, España sólo contaba con 30 barcos armados y 8 auxiliares.

En 1859 se ordenó construir fragatas de hélice y se construyeron varias hasta 1869. Pero la tecnología iba mucho más aprisa que la modernización española, y el país se vio incapaz de construir acorazados blindados. La solución fue comprar algunos a los franceses e ingleses e intentar alcanzar esa tecnología. El Ferrol construyó una fragata blindada, pero lo normal es que España construyese barcos de madera y los blindara más tarde.

Con tan pocos barcos, los transportes de tropas no podían hacerse de modo masivo y simultáneo, sino que los barcos hacían sucesivos viajes al punto de destino.

España tenía 5 buques escuela: un navío, una fragata y tres corbetas. También disponía de diversos barcos de vela, y muchos buques menores para vigilancia de costas.

 

 

 

EL GOLPISMO MILITAR ESPAÑOL DEL XIX.

 

Los militares españoles de tiempos de Isabel II eran golpistas por tradición y conveniencias. Una gran parte de ellos eran profesionales y no actuaban en política. Estos se veían afectados por el golpismo de una u otra manera. Otra gran parte de los militares, estaban dispuestos a conspirar apoyándose en cualquiera de los grupos políticos, o incluso sin el apoyo de ellos. Pero el golpismo no era sólo cosa de militares: La Reina madre pedía golpes de Estado, la Reina Isabel II pedía a veces golpes de Estado, los ministros pedían golpes de Estado, los diputados y senadores, la nobleza y los empresarios pedían el golpe de Estado, y el llamado “pueblo” salía de vez en cuando a la calle pidiendo el golpe de Estado. En conclusión, si entre los militares siempre estaban dispuestos algunos para el golpe de Estado, la sociedad civil estaba continuamente pidiendo el golpe de Estado a los militares. Y el golpe no se hacía siempre para tomar el poder, sino muchas veces para presionar en que se destituyese a un Ministro, a un Presidente del Consejo de Ministros, al Gobierno entero…

Por tanto, es preciso que reflexionemos un momento sobre las causas de este fenómeno golpista que significó a España en el XIX, y heredarían los países latinoamericanos, aunque estuvieran independizados políticamente desde principios de siglo. Son muchas:

El atrincheramiento de los políticos en dogmas inamovibles.

La poca flexibilidad de los sistemas políticos para permitir el cambio por medios pacíficos.

La polarización de las ideas políticas en cuanto a persistencia del Antiguo Régimen y fiebre por sociedades ideales e incluso utópicas absolutamente distantes de la realidad del momento.

La facilidad con que la Corona podía destituir Gobiernos y cerrar Cortes.

La facilidad para corromper elecciones.

La costumbre o hábito de que los militares fueran los “salvadores de la patria” mediante el golpe de Estado, hasta el punto de creer que sin ellos no funcionaba nada en la política. Algunos militares se creían intérpretes de la “voluntad nacional” como nuevos profetas del Antiguo Testamento trasladados al siglo XIX. Lo habían hecho con éxito en 1808, 1814, 1820, 1823. Lo habían hecho en dos bandos contrarios en 1833-1839, quedando la victoria indecisa y sin vencidos. Cada ocasión creaba unos mitos populares, unos héroes del pueblo, que la prensa se cuidaba de fabricar a medida de los que pagaban el periódico. En 1833-1839, los mitos y héroes se produjeron por ambas partes y perduraron el resto del reinado de Isabel II en ambos lados.

El ambiente de golpismo militar se gestó en tiempos de Fernando VII. Fernando VII, dentro de la política de represión pura y dura que caracterizó gran parte de su reinado, se encontró en una contradicción evidente: por una parte estaba haciendo depuraciones, también de militares, como de funcionarios, de sacerdotes y de políticos; por otra parte, necesitaba de una fuerza militar que sostuviese su política. Cuanto más represivo era, más necesitaba del ejército. Así que, a partir de 1826-1827, cambió de política e inició campañas de captación de militares. En 1832, ya ni siquiera importaba que hubieran sido liberales, porque los problemas del trono eran muy grandes por la derecha, desde el absolutismo recalcitrante. La única condición exigida en esta época era jurar fidelidad al Rey y al Gobierno. Sólo se exceptuaba a los masones, porque actuaban en secreto y las logias no eran manipulables desde el poder, y a los comuneros porque su populismo subvertía todas las instituciones del Estado y de la sociedad.

Fernando VII aceptó en su ejército a los “ayacuchos” (término que no es del todo correcto hasta 1841, pero nos sirve muy bien para entendernos). Los “ayacuchos” eran una hermandad militar de los que habían estado en América y se proponían apoyarse entre sí, promocionarse entre ellos, una vez derrotados en las colonias españolas y ante el miedo quedar relegados. Como la derrota más significativa fue la de Ayacucho, los liberales de 1841 les denominaron despectivamente “ayacuchos”. Eran liberales, pero estaban dispuestos a integrarse en el sistema de Fernando VII, en el de Isabel II y en donde fuese. Y es significativo que los liberales más auténticos, los de espíritu anticorrupción, los progresistas más puros, no fueran admitidos por el ejército, hasta la amnistía de 1832, porque se pensaba que eran golpistas antiabsolutistas. Los ayacuchos eran una forma de corrupción. Los ayacuchos llegarían en 1854 a pasar por progresistas “puros”.

La sorpresa de Fernando VII es que surgiera en el ejército un grupo reaccionario ultraabsolutista, que no veía bien las pocas reformas económicas y sociales que Fernando VII estaba tratando de introducir desde 1827. Las reformas eran imprescindibles pues era necesario regular la banca, e iniciar las industrias y la Universidad contemporánea. La reacción de Fernando VII frente a los neoabsolutistas fue de represión igual a la utilizada contra los liberales: “palo a la burra blanca, palo a la burra negra”. Se pensaba que, reprimiendo a los extremistas, ultrabsolutistas por un lado, liberales por el otro, se conseguía la paz social.

En 1833, a la muerte de Fernando VII, los militares eran contrarios a la violencia de los unos y de los otros. Por ello, no aceptaron ni el reinado del absolutista Carlos VI, ni una revolución liberal que temían fuera del estilo de 1822-1823. La solución fue Isabel II, una niña de tres años metida a Reina, para que nada cambiase, para continuar en un absolutismo moderado con reformas como en la última época de Fernando VII. En su lucha contra el ultraabsolutismo se declararon liberales, y en su lucha contra los liberales se declararon “moderados”, término equívoco que podía significar absolutista moderado o liberal moderado. El bloque gubernamental de tiempos de la Regencia de María Cristina era muy heterogéneo, con un bando de conservadores difícilmente diferenciable de los absolutistas moderados, y un grupo pequeño de liberales moderados. Y además estaban en el ejército los ayacuchos, dispuestos a luchar contra los conservadores o contra los liberales, según las circunstancias.

En 1833, los militares habían observado el vacío de poder dejado tras la muerte de Fernando VII. Enseguida decidieron actuar eliminando a Cea Bermúdez, el organizador de la continuidad de la política de la última fase de Fernando VII. El vacío de poder se originó por el desconcierto de los fernandinos ante el problema carlista. No sabían cómo reaccionar ni qué papel les tocaba jugar en la contienda. Veían un pueblo integrista católico que admitía a Don Carlos, Carlos VI de Borbón, y que proporcionaba alimentos, información, orientación y ayuda a los militares carlistas. Y no tenían claro que tuvieran que apoyar al liberalismo.

Por otra parte, los militares del bando cristino no eran eficaces contra los carlistas, y los políticos cristinos comenzaron a culpabilizar de sus propios errores e incapacidades a los militares cristinos. Siempre viene bien tener alguien a quien echar la culpa de nuestros fracasos.

Por ejemplo, el teniente Cayetano Cardero se sublevó en Madrid en enero de 1835 en la Puerta del Sol. El levantamiento era muy en serio pues se asesinó al Capitán General Canterac. Lo que demostró este levantamiento es que el sistema pseudoabsolutista de Martínez de la Rosa no garantizaba la paz. El sistema de un tránsito progresivo desde el absolutismo al liberalismo, no era perfecto.

Por otra parte, los militares tampoco aceptaban sus propios errores e incapacidades, y no aceptaron las críticas que les llegaban por no solucionar un problema que habían definido como menor en 1833, el carlismo. Y entonces, el Ejército del Norte se constituyó en un gozne del poder en torno a la figura de Espartero. Los esparteristas se acostumbraron a actuar al margen de las disposiciones del Gobierno, que por otra parte demostraba un absoluto desconocimiento de las condiciones de lucha contra el carlismo. Y Espartero fue elevado a la categoría de héroe nacional por el pueblo y los soldados. Entre los militares, Espartero se convirtió en el líder de los ayacuchos. Y la razón por la que fue elevado a esas categorías era porque se atrevía a decir que los políticos eran unos incapaces, y se atrevía a decirlo en público.

Espartero, un hombre de poca valía intelectual y moral, se había convertido en ejemplo a imitar. Pero las contradicciones iban más allá, porque un hombre como Espartero que no creía en el liberalismo, y estaba rodeado por los liberales que combatían al absolutismo, se vio convertido en el líder de los liberales progresistas, porque éstos vieron que el triunfo de Espartero era su posibilidad de acabar con los absolutistas-liberales-moderados y acceder al poder los liberales de verdad.

Entonces, los moderados levantaron un segundo ejército en Andalucía y La Mancha y se lo entregaron a Narváez, un hombre de élite, formado en las Guardias Reales, pero que no creía en el liberalismo y ni siquiera en el liberalismo moderado, sino en la disciplina de tipo militar, en el autoritarismo.

Espartero, el general que era líder de los liberales, era autoritario, y Narváez, el general que era líder de los “moderados” era igual de autoritario. Para más contradicción, el líder de los progresistas era católico ferviente, y el líder de los moderados no era creyente.

Y a partir de entonces, los españoles tuvieron que optar entre dos generales, los dos autoritarios, los dos poco acordes con las masas que les apoyaban. Los dos eran incapaces de integrar a los españoles en un solo proyecto político e incapaces hasta de intentarlo. Ambos resultaron enemigos políticos, y ambos pusieron un partido político a su servicio, el “progresista” de Espartero, y el “moderado” de Narváez, y María Cristina, la Regente, apoyaba a Narváez.

Tanto Espartero como Narváez culpaban a los políticos civiles de sus fracasos en la guerra, por no enviarles el dinero suficiente, los hombres y las armas necesarios. Y se habían acostumbrado a decirlo en público en “manifiestos” y en “exposiciones”. Siempre viene bien tener a alguien a quien echarle la culpa de nuestros fracasos. Y los políticos reaccionaron culpando a los militares de dilapidación, ineptitud y corrupción.

Los militares llegaron a la conclusión de que los Presidentes de los Consejos de Ministros tenían que ser militares, y de que todo el presupuesto del Estado debía supeditarse a intereses militares. Y los periodistas y políticos estuvieron de acuerdo, lo cual resultaba un absurdo cuando los gastos militares más cuantiosos servían para mantener personal ocioso, y no para modernizar el ejército. En fin, en 1840 se hizo con el poder Espartero, el hombre que había firmado la paz en 1839, aun en contra y al margen del Gobierno de turno. Y en 1843 se hizo con el poder Narváez, el hombre de confianza de la Regente María Cristina de Borbón.

Los militares gobernantes se apoyaban en civiles a los que despreciaban, y los civiles se apoyaban en militares a los que odiaban, pero todos se necesitaban los unos a los otros para mantenerse en el poder. La historia de España resulta así “interesante” en el reinado de Isabel II. Pero el absurdo ya hemos comentado que venía de lejos, de reinados anteriores. Para los progresistas, el ejército era un gasto inútil, pero necesitaban a los generales para poder tocar poder. Para los moderados, las exigencias presupuestarias de los militares eran un gasto imposible de pagar, y más aún de mantener en el tiempo, pero apoyaban a los militares que les eran propicios. Los periodistas, los abogados, los profesionales liberales, no creían en los militares, pero creían en espadones de su propia tendencia política.

En la época de Isabel II, gobernaban en Europa los banqueros y los hombres de negocios, cuya inmoralidad y corrupción dieron lugar a revoluciones como las de 1830 y 1848, y los socialismos posteriores. En España, gobernaban los generales.

Y lo curioso del tema, es que el sistema daba alguna posibilidad a que algunos hombres de las clases bajas y medias ascendieran de clase social, a través del ejército, de la Administración, o de la política. El sistema era denominado en Europa “bonapartismo” a partir de 1848. La diferencia en España, era que se mantenía la vieja sociedad aristocrática del Antiguo Régimen, con el sólo cambio de algunas denominaciones oficiales. El sistema político, con todas sus contradicciones, tuvo éxito en España. Y así, hombres que eran una nulidad intelectual y política, llegaban a la cumbre del poder.

En estas condiciones de contradicción y de mediocridades y nulidades, la posibilidad de cambiar el país desde el militarismo, desde la presidencia de militares, se esfumó. Lo que se impuso fue el político mediocre y el militar mediocre. En el resto del mundo, hubo militares inteligentes que cambiaron profundamente a sus países respectivos, que lograron cambios políticos de progreso, pero no fue el caso español del siglo XIX. Al militar-político español, que no eran todos los militares, sino los que se dedicaban a la política, sólo se le pedía que mantuviera la paz. Los españoles no caían en la cuenta de que la paz militar es inestable cuando no está apoyada en una sociedad justa y de progreso. España estuvo condenada a vivir en la inestabilidad social y política durante todo el reinado de Isabel II.

Incluso las Constituciones españolas nacieron a la sombra de generales políticamente mediocres. No tiene nada que ver que un general sea muy buen militar, para que sea competente en política. Los generales que protegieron las Constituciones buscaron el consolidarse ellos mismos a la vez que consolidaban al partido político que les apoyaba. Raramente se produjo una Constitución de consenso, como la de 1837. Y así, las Constituciones se convirtieron en temas de discusión en vez de en lugares de encuentro. Y dentro del absurdo español, las distintas facciones de cada partido, luchaban por cambiar la Constitución para adaptarla a su propio pensamiento faccioso.

Y de esa tensión política se originó un continuo cambio. Cambios de Gobierno, de planes, de Constituciones, que impedían el progreso económico y social del país. Ello era como una pescadilla que se muerde la cola, pues sin progreso económico y cultural, la tendencia era a más militarismo, personalismos y discrepancias respecto a todo y a todos.

 

 

El militar como personaje del XIX.

 

Ser militar se había convertido en el siglo XIX en la oportunidad de ascenso social. En el ejército se podía ascender desde las clases más humildes, y una vez ascendido, se podía lograr un matrimonio de conveniencia, y más si se tenía un destino en ultramar. Si se daba con un buen padrino de alguna buena familia política, se podía ingresar en los altos puestos de la Administración y del Gobierno, incluso ser Presidente. El ejército del XIX había sustituido en este papel a la Iglesia católica de la Edad Media y Edad Moderna, que también daba sus últimos coletazos en el XIX en este campo de la política. Y al igual que la Iglesia católica había sido una institución muy respetada por el pueblo en siglos anteriores, el ejército se transformó en una institución muy respetada entre las clases medias y bajas de la sociedad durante el siglo XIX. Ese prestigio lo perderá en el XX, en una dictadura, una guerra civil y una nueva dictadura. La recuperación del prestigio militar se produjo durante el periodo democrático de 1978.

 

 

[1] Francisco Javier Girón y Ezpeleta de las Casas y Enrile, 1803-1869, II duque de Ahumada, era navarro. Fue educado por su abuelo, un afrancesado, mientras su padre luchaba en el bando patriota. En 1815 ingresó en la Milicia Provincial de Sevilla siguiendo a su padre y ya no se separó de él. En 1820 defendieron la legalidad de Fernando VII frente a la sublevación de Riego, y luego su padre fue Ministro de Guerra y Francisco Javier su ayudante. En 1822, huyeron de España por Gibraltar, y regresaron en 1823 con los absolutistas. Ingresó entonces en la Guardia Real, lo que significaba pasar de un ámbito exaltado a uno moderado. En 1833 sirvió a Narváez en Andalucía en la represión del carlismo. En 1844 se le encargó poner en marcha la Guardia civil.

[2] “Cuerpo” significa grupo con cierta cohesión interna. Hay cuerpos civiles y militares, y algunos difíciles de diferenciar entre ambos campos..

[3] Joaquín Moral Ruiz, Juan Pro Ruiz y Fernando Suárez Bilbao.  Estado y territorio en España, 1820-1930. Catarata, 2007.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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