GOBIERNO DE O`DONNELL, junio-octubre de 1856

 

 

 

 

 1856 COMO INICIO DE UNA ÉPOCA POLÍTICA,

 la de 1856-1868.

 

 

El periodo 1856-1868, visto en conjunto, es el periodo de disolución progresiva del régimen político isabelino. Los liberales no habían conseguido una base política sólida y su sistema se basaba en figuras políticas individuales. No era el caso de Portugal y Saboya, que habían consolidado el régimen liberal burgués, ni mucho menos el de Gran Bretaña y Francia, líderes del liberalismo en el XIX. En España, no había una base ideológica fuerte, capaz de poner de acuerdo a todos los liberales en unos mínimos, y ni siquiera de poner de acuerdo a los moderados, o de aunar a los progresistas. Tampoco se había conseguido un desarrollo económico y social que aumentase progresivamente la base del sistema político.

Generalmente, los gobernantes españoles mostraban carencias de preparación, bien en el terreno económico y social, o en el político, y esas carencias tendían a suplirlas con violencia e intolerancia, con dictaduras virtuales, sin tolerar la crítica, y los miembros de la oposición actuaban con las mismas o mayores carencias y recurrían igualmente a la violencia como único sistema político en el que confiaban.

Todo estaba tocado por la corrupción: los que estaban en el Gobierno aprovechaban para hacer negocios turbios, como es común en muchos países no desarrollados. Y la expresión “el Gobierno” incluye todos los niveles del poder, los altos niveles dominados en este momento por unionistas y conservadores y los niveles municipales dominados a veces por moderados y a veces por progresistas y demócratas. La derecha estaba más en la corrupción por el beneficio individual. La izquierda, en la corrupción por repartir bienes y cargos públicos a fin de obtener clientela política, lo cual es otra forma de corrupción, pues dar lo que no es tuyo sino patrimonio de todos es una inmoralidad cuando perjudica al interés general.

Buscando beneficios crematísticos o beneficios políticos, los moderados luchaban entre ellos y se dividieron en múltiples facciones. Los progresistas, buscando clientela política, hicieron otro tanto.

La intolerancia entre distintas formas de pensar, llevó a que los moderados tratasen de anular a los progresistas, en vez de cooperar con ellos, y ello vino a dar en un fracaso de ambos, pues cuando los moderados se agotaron, no hubo recambio para el sistema.

Los progresistas se habían situado fuera de la legalidad dinástica y no admitían más que la destrucción del sistema, lo cual identificaban con la república. “República” no significaba por ello un simple cambio de Jefatura de Estado, sino la destrucción entera del sistema. Los progresistas habían encontrado como método político la salida a la calle de las masas y la práctica de la violencia callejera hasta donde las masas estuvieran dispuestas en cada momento, sin saber el final, pues no había planificaciones ni controles de los movimientos callejeros. Practicaban el retraimiento político, o no participación en las elecciones.

Y el resultado de este cúmulo de intolerancias y disputas, fue que 1868 acabó con todos, con los moderados y con los progresistas. Ya no se creía en la burguesía como fuente de una nueva moral superior, fuente de libertades y de progreso, sino más bien se opinaba que la moral burguesa había resultado de menor nivel que la nobiliaria y la eclesiástica que los burgueses habían echado abajo poco antes y estaban orgullosos de haberlo hecho. Las masas ya no se dejaban arrastrar por doctrinas burguesas. Durante algún tiempo, trataron de encontrar nuevos líderes y nuevas ideas y nueva moralidad, y tras varios años de tanteos, se refundó un sistema político nuevo, también moderado, monárquico y católico, aunque no integrista, que fue el canovismo.

 

 

El cambio de modelo político en 1856.

 

1856, desde nuestro punto de vista actual, fue la constatación de un fracaso político, del fracaso que habían supuesto tanto las soluciones dictatoriales de Bravo Murillo, como las populares revolucionarias que intentaban los progresistas, o las coaliciones de grupos liberales como los hombres de Espartero y O`Donnell, apoyados por algunos de Narváez en 1854-1856. El problema era si se podía superar de alguna manera el radicalismo político que se había mostrado tan negativo, excluyéndose unos partidos a otros por sistema.

En los años siguientes, 1856-1868, Isabel II se negará, a que hubiera nuevos Gobiernos progresistas por miedo a la revuelta popular, y los progresistas reaccionarían a esta medida con el “retraimiento”. Retraerse era no participar, no presentarse a las elecciones y hacer propaganda por la abstención sobre la base argumental de falta de democracia. Retraerse era amenazar con la revuelta continua, era expresar su desacuerdo radical con el sistema, era la amenaza de derribo de todo, que culminará en el grito de “abajo lo existente” a partir de 1866. Y 1868 se convirtió en el fracaso definitivo del sistema iniciado en 1833.

Pero el año 1856 no empezó con sensación de fracaso, sino todo lo contrario: el ambiente general era de entusiasmo, de fin de un periodo de corruptelas en el que la oligarquía burguesa se había impuesto sobre los políticos y ello había sido causa de corrupción. La gente confiaba en O`Donnell y en Unión Liberal. Veían 1856 como en el fin de una etapa y el comienzo esperanzador de otra de unión y cooperación de la mayoría de los políticos españoles.

O`Donnell y Ríos Rosas criticaban las actuaciones del Gobierno de 1854-1856, olvidando que ellos habían sido parte fundamental del mismo, achacando a Espartero y a los progresistas el subvertir el orden que estaba en la intención de los vencedores de Vicálvaro 1854. Anunciaron que, de nuevo, era preciso consolidar la monarquía constitucional, el respeto a las libertades y derechos “legítimos”, el orden público y la conciliación entre todos los liberales. Palabrería fácil para consumo de masas.

Pero pronto se vio que todo era mera ilusión, que O`Donnell era otro conservador burgués, practicante de las corruptelas del poder como podía haberlo sido Narváez en etapas anteriores, que Narváez era el verdadero dueño de la situación política. 1857 será un año de grandes esperanzas y grandes decepciones. A finales de año ya se comprendía en algunos círculos que todo seguía igual y la decepción era tanto más grande cuanto mayores habían sido las ilusiones. A partir de 1858 volverá a España el pesimismo de siempre, la imposibilidad de superar las corruptelas, el caciquismo, los personalismos salvadores de la patria, los discursos de salvación en Dios y en la doctrina católica.

Por otra parte, la época coincidía con una crisis internacional fruto de la especulación bancaria. Las empresas habían creído que podían pedir cuanto dinero quisieran a sus accionistas, y los bancos creían posible tomar acciones en garantía de los préstamos que hacían a las empresas. El resultado fue la baja de los dividendos inmediata, y la aceptación de un riesgo muy grande en cuanto las empresas quebrasen. A esta concepción financiera errónea se sumó el final de la guerra de Crimea en 1856, lo cual significaba menor demanda de artículos industriales y alimentarios, menores exportaciones al exterior, cuyos precios habían significado buenos negocios en años anteriores para los grandes burgueses.

Cuando Narváez subió el poder en octubre de 1856, ya no quedó ninguna duda de que se prolongaba una época moderada, burguesa y de abuso de la oligarquía poseedora sobre el resto de los españoles. Se volverá a las detenciones previas de candidatos en las vísperas de elecciones, a la suspensión de corporaciones municipales, a todas las corruptelas de la España del XIX. En 1857 lo sabía la elite política, aunque muchos todavía confiaban en O`Donnell, y poco después lo asumía el pueblo español.

A fines de 1857, los españoles se dieron cuenta de que la crisis europea era una oportunidad para España, pues los inversores franceses y británicos buscaban campos nuevos de refugio de capitales. Volvió el optimismo, y O`Donnell gobernaría con viento a favor unos años. Cuando Europa inició su despegue económico, los capitales se retiraron y fue la debacle española.

 

 

 

LOS HOMBRES DE LA ÉPOCA UNIONISTA-CONSERVADORA.

 

Leopoldo O`Donnell Jorís, 1809-1867, I conde de Lucena y I duque de Tetuán, había nacido en Santa Cruz de Tenerife en 1809 en una familia irlandesa inmigrante del XVII. Su familia descendía de jacobitas irlandeses, siempre fieles al Trono y al Altar. Hizo carrera militar como su padre Carlos Luis O`Donnell Anethan, 1772-1830, que fue Capitán General de Castilla la Vieja, y su tío Enrique José O`Donnell Anethan, 1776-1834, conde de La Bisbal, y llegó a participar en el final de la Primera Guerra Carlista por los isabelinos. A comienzos de la guerra carlista tenía 24 años y era capitán del ejército. Al final de la guerra, era general. La familia de O`Donnell era carlista por tradición familiar católica. Leopoldo O`Donnell tenía hermanos mayores, Carlos Luis y Juan José, en las filas carlistas, pero optó por los liberales. Su opción liberal no era coherente tampoco con sus servicios prestados a los realistas en 1823 y en la “década ominosa”. Tampoco era coherente con sus convicciones, pues la familia O`Donnell creía que el descendiente legítimo de Fernando VII era su hermano Carlos de Borbón. Su familia creía que Don Carlos vencería fácilmente en la guerra de 1833. Es sorprendente la actitud de Leopoldo que optaba por el bando contrario, tal vez por decisión propia o por acuerdo familiar. Pero fue Leopoldo el que acertó con el bando ganador y el resto de su familia los que se equivocaron. Como miembro del equipo de Espartero durante la guerra de 1833-1839, ascendió a Teniente General y llegó a Jefe de Estado Mayor y con la Laureada de San Fernando, máxima condecoración militar española. Después fue Capitán General de Aragón y Valencia y luchó contra el carlista Cabrera en el Maestrazgo venciéndole en Lucena, lo que le valió en título de Conde de Lucena. Luego sería vizconde de Aliaga y duque de Tetuán.

O`Donnell era alto, rubio, con bigote escaso, ojos azules y dulces, modo de estar impasible y tenía una sonrisa tenue permanente que exasperaba a sus enemigos. No era demasiado culto. Las academias militares de aquel tiempo no daban mucha formación humana y habían descuidado la formación científica por la que tanto se había preocupado la segunda mitad del siglo XVIII. A O`Donnell le costaba escribir con buena ortografía y no dominaba la sintaxis española, pues su lengua materna era el inglés. Nunca habló correctamente el español, y nunca perdió el acento británico al hablarlo. Leía muy poco.

Las cualidades de O`Donnell era que tenía sentido común y psicología humana. Intuía que el futuro no estaba en el carlismo ni el progresismo, porque estos sistemas de pensamiento carecían de base intelectual, de líderes que dieran teorías firmes, de intelectuales y de base social amplia. Igualmente, su sentido común le decía que las actitudes dictatoriales no eran adecuadas, y por ello, cuando Narváez adoptaba estas posturas, O`Donnell se mostraba contrario a ellas. Igualmente, cuando los progresistas adoptaban posiciones revolucionarias, se mostraba contrario a esta actitud. Por sentido común, huía de los extremismos.

En 1840 pasó al partido moderado. Pensaba que los moderados significaban racionalidad, cultura, orden, progreso, acercamiento a la cultura europea occidental, mientras los progresistas sólo aportaban soluciones irracionales, románticas, radicales y simplonas.

En septiembre de 1840 emigró a Francia. Regresó en 1841, pero pronto se sintió hastiado de la persona de Espartero, que se había autonombrado Regente de España y se mostraba dictatorial, y se situó entre los contrarios a él, y estuvo entre los que conspiraban contra Espartero en 1841 y 1843, lo que le costó el exilio, otra vez en París. Allí presidió la Orden Militar Española, cuyo objetivo era la vuelta de María Cristina a España. Ayudó a Narváez en 1843 a expulsar a Espartero, pero Narváez desconfiaba de él y le mandó a Cuba como Capitán General de La Habana en 1843-1848. En Cuba se mostró duro y autoritario, tanto para con los esclavos, como para con la aristocracia criolla. Quería que cada uno cumpliese con su papel social y laboral, con total sometimiento a la autoridad española. Este tipo de personalidad lo mantuvo toda su vida y le convirtió en un tipo poco simpático a todo el mundo, a personas de todos los signos políticos.

En febrero de 1848 regresó a España. En España se encontró un Partido Moderado cerrado, exclusivista, autoritario, temeroso de toda revolución y revuelta, temeroso de los cambios sociales, hipnotizado por la elocuencia de los oradores en el Congreso y en la calle, sobre todo por Donoso Cortés, pero sin ideas ni convicciones profundas. No era esa la imagen del Partido Moderado que O`Donnell se había llevado de España. Además, en el viaje de regreso de Cuba, O`Donnell había pasado por París y había manifestado su concepto de liberalismo como una ideología unitaria: que todos los liberales debían unirse en torno a las ideas comunes a todo el liberalismo y abandonar las luchas entre facciones y grupos liberales.

El 15 de diciembre de 1848 rompió con Narváez, y se puso del lado de los conspiradores contra Narváez. En 1849 fue Director General de Infantería. En 1851, Bravo Murillo destituyó a O`Donnell como Director General de Infantería, porque éste criticaba a Bravo Murillo su talante reaccionario. A partir de ese momento, O`Donnell se situó en la oposición a los moderados recalcitrantes y fue el líder de la oposición en el Senado. Sus antagonistas eran Juan Bravo Murillo y Luis José Sartorius Conde de San Luis.

En 1854 protagonizó el pronunciamiento de Vicálvaro y también fue partícipe del Manifiesto del Manzanares. Se sublevaba contra el Gobierno de Sartorius, es decir, contra el grupo de los “polacos” (ultramoderados y símbolo de la corrupción), pero no para acabar con el sistema liberal, sino para expulsar del poder a las personas concretas que estaban abusando del poder y desvirtuando, a su parecer, el liberalismo.

Se hizo amigo de Ángel Fernández de los Ríos, el cual le guiaba intelectualmente: la idea de base era mantener a Isabel II, pero al servicio del liberalismo entero y no al servicio de los intereses de una facción determinada del liberalismo.

O`Donnell era de ideología monárquica conservadora y católico. Pero estas ideas eran conflictivas para él, porque por sus convicciones católicas no quería aceptar el tipo de vida que llevaba Isabel II en su privacidad.

Como partícipe y líder moderado del movimiento progresista de 1854, fue nombrado Ministro de la Guerra en 1854. No era de ideología progresista, pero fue tomado como uno de los líderes de ese movimiento renovador en 1854 porque el ejército estaba detrás de él. Espartero tomó el poder como líder de los progresistas, y O`Donnell era el Ministro que garantizaba la estabilidad del Gobierno, aportando el apoyo de los moderados y de los militares. Se había producido la paradoja de que un golpe moderado, de O`Donnell, había llevado al poder a los progresistas, de Espartero.

Y entonces, O`Donnell aprovechó para fundar su propio partido, la Unión Liberal, mucho más acorde con su ideología, que le servía para contrarrestar el peso de Narváez al mando de los moderados y de Espartero al mando de los progresistas. Desde el ministerio, logró el apoyo de muchos militares y de alguna manera se hizo perdonar el golpe de Estado de 1854, en el que se criticaba a María Cristina, la madre de la Reina, y se ponía en duda la moralidad de la Corona, aunque se defendiera el trono de Isabel II. Ésta le confió el poder en julio de 1856 por tres meses. La idea era impedir el paso a los progresistas de ideología populista, y el poder se repartía entre Narváez y él.

La época de gobierno O`Donnell más significativa se produjo en 1858-1863: O`Donnell volvió al poder en 1858 y estuvo cinco años, porque logró que en muchas ciudades españolas surgiera una coalición de burgueses moderados y progresistas que se afiliaban a Unión Liberal. Esa coalición de burgueses dio mucha estabilidad a los gobiernos locales y al Gobierno del Estado y se tradujo en un gran progreso económico 1858-1864, continuador del de la época de Narváez 1844-1854, en carreteras, ferrocarriles, canales. Pero la Unión Liberal tenía un punto débil, que era la falta de ideología y, con ello, la imposibilidad de generar líderes que continuaran la labor de O`Donnell. La política era un acuerdo de conveniencias personales que se renovaba indefinidamente. En 1860, en la Guerra de Marruecos, ocupó Tetuán y fue nombrado por ello duque de Tetuán. A partir de 1863 perdió fuerza la Unión Liberal, y el Gobierno O`Donnell de 1865-1866 fue débil frente a los progresistas, y a partir de 1866 O`Donnell fue considerado culpable de la inoperancia del Gobierno frente a los movimientos militares y populares que estaban surgiendo. El pronunciamiento de Prim en enero de 1866 y el de los sargentos de San Gil en junio del mismo año, anunciaban que O`Donnell no tenía el apoyo del ejército de que tanto presumía. El general no lo asumió, e inició una época de represión muy lejana a las ideas que le llevaron al poder en 1856. En 1866 se fue a Biarritz. O`Donnell murió en Biarritz en 5 de noviembre de 1867, de tifus, y el partido de la Unión Liberal no fue capaz de sobrevivirle.

 

Ramón María Narváez y Campos, 1800-1868, era el militar elitista de ideas conservadoras, pero no sirviente de las ideas integristas católicas, ni era de convicciones católicas demasiado profundas. Repetimos aquí algunos párrafos ya expuestos en el artículo 19.13.4.:

Ramón María Narváez y Campos fue denominado a veces “el espadón de Loja” porque era militar autoritario y había nacido en Loja (Granada). Se inició en el ejército en las Guardias Valonas y estuvo en la academia con muy buenas notas e incluso llegó a ser profesor de matemáticas. Ingresó en la Guardia Real en 1821. Era pues un hombre de élite intelectual, todo lo contrario de Espartero.

El 7 de julio de 1822 se integró en el Batallón Sagrado de Evaristo San Miguel, el líder exaltado, y fue destinado a Cataluña. Participó en la barbarie de Castelfullit, cuando el conde de la Mina destruyó el pueblo porque apoyaba a la Regencia de Urgel absolutista, pero Narváez era todavía un militar de baja graduación, con poca responsabilidad.

Lógicamente, en 1823, al restaurarse el absolutismo fue encarcelado. Fue liberado en 1824, pero expulsado del ejército. Se acogió a la amnistía de 1833 y se reincorporó al ejército con el grado de capitán. Ascendió durante la Guerra Carlista. En 1836 se negó a obedecer a Espartero, el cual se empeñaba en mantener la defensa de Bilbao, cediendo la movilidad y la iniciativa a los carlistas, y fue confinado en Cuenca. Espartero y Narváez resultaron enemigos, y Narváez se puso al servicio de María Cristina y de los moderados, entendiendo que los progresistas de Espartero eran una sinrazón continua.

Se le encargó pacificar Andalucía y Castilla La Mancha, liberarlas de carlistas, y lo hizo con éxito, con lo cual dominaba toda la mitad sur de España y pudo levantar un ejército de potencia similar al que poseía Espartero en el norte de España.

En 1838, Luis Fernández de Córdova y Ramón María Narváez se amotinaron en Sevilla y fueron reducidos por el general Isidro de Alaix. Los rebeldes huyeron por Gibraltar y fueron a París. A París llegó María Cristina, la Reina Regente, tras ser expulsada de España en 1839 y, juntos, prepararon la caída de Espartero y el regreso de la Regente.

En 1843, los progresistas estaban divididos entre esparteristas, populistas (o progresistas duros) y progresistas propiamente dichos, siendo éstos últimos una minoría. Los primeros seguían un líder sin ideología, por el simple deseo de mayor igualdad social o igualitarismo, no sustentado sino en sentimientos vagamente expresados y en reminiscencias de la revolución francesa, pensamiento denominado bonapartismo en esa época. Los segundos creían en la democracia populista o soberanía de las asambleas populares, cuyas decisiones eran aceptadas como “democráticas y morales”, a pesar de que pudieran ir contra los derechos humanos inalienables, individuales y de las minorías. Los progresistas teóricos creían en la posibilidad de conceder mayores derechos a los españoles y en el respeto a esos derechos inalienables, pero dentro del doctrinarismo. La minoría progresista no tenía ninguna oportunidad al margen del populismo e incluso de los militares esparteristas.

Podemos considerar cuatro etapas importantes de la vida política de Narváez:

En diciembre de 1843 – mayo de 1844, primera etapa que consideramos, Narváez se valió de Luis González Bravo para desmontar las bases progresistas, hasta asumir personalmente el poder en mayo de 1844 en nombre de los moderados. El general Narváez había llegado a ser amo de la situación política, el hombre de referencia, tras varias conspiraciones fracasadas y tras un golpe de Estado en 1843. En el verano de 1843 se había producido la caída de Espartero. El golpe de junio de 1843 fue una revuelta de los progresistas y de los moderados contra Espartero, golpe que acabó entregando el poder a Narváez. En Torrejón de Ardoz se encontraron ambos ejércitos, esparterista y antiesparterista, y ninguno deseaba la lucha. Prim, un progresista que no gustaba de los revolucionarios populistas, a quienes consideraba una canalla de bandidos, pactó con los moderados, se hizo cargo del orden público y fue nombrado conde de Reus. Antonio Seoane Hoyos, el hombre de Espartero, no se sintió con fuerzas para luchar. Sin duda no era la mejor ni la más democrática de las soluciones, pero de hecho entregaba el poder a Narváez, que no tomó el Gobierno en ese momento, pero que lideraba la opinión del ejército. Así pues, el general Narváez no se hizo jefe de Gobierno en 1843, sino que dio paso a unos Gobiernos de gente proveniente de los progresistas, el de Olózaga y el de González Bravo, que desmontaron las contradicciones de Espartero y del Partido Progresista.

En 1844-1851, segunda época de Narváez, la Constitución de 1845 permitió gobernar a Narváez, directamente o en la sombra, sin cortapisas posibles de las Cortes. Presidió en Gobierno en mayo de 1844, en marzo de 1846 y en octubre de 1849. Impuso un modelo de Estado centralista y autoritario, con todas las características del moderantismo doctrinario: ley controlando a la prensa, gobierno por decreto cuando las Cortes se oponían a sus deseos, control de la enseñanza desde el Gobierno, dominio de las zonas rurales  mediante la autoridad de la Guardia Civil, supervisión de los ayuntamientos mediante los Gobernadores Civiles… En 1851 fue despedido tras una discusión con los consejeros del rey consorte, Francisco de Asís y Paula. Éstos aprovecharon la crisis financiera para provocar su caída.

De 1851 a 1854 tomaron el poder los moderados autoritarios, Manuel de la Pezuela marqués de Viluma y Juan Bravo Murillo, rama derecha de los moderados, ultramoderados y ultracatólicos, lo cual provocará, en 1854, la reacción en su contra de los moderados de Narváez y de los puritanos del Partido Moderado, llegándose al Gobierno de los progresistas en 1854-1856.

En 1856-1857, tercera época de Narváez, éste volvería al Gobierno, asociado a O`Donnell con el que alternará Gobiernos hasta 1868. La política sucia de eliminar sistemas y políticos anteriores se la hizo O’ Donnell. Pero Narváez cada vez se hizo más duro y represor, e incluso intolerante, llegando a anular las reformas progresistas de 1854-1856 de forma poco explicable. En 1857 dimitió porque la Reina quería más protagonismo en el Gobierno para sí misma. El protagonismo de la Reina incomodaba a Narváez.

En 1864-1868, cuarta etapa, Narváez volvió al poder con talante más represor todavía y asoció al Gobierno a un ministro de Gobernación tan duro como él llamado Luis González Bravo, un hombre que provenía del progresismo, que había protagonizado la etapa 1843-1844 como bisagra entre progresistas y moderados, y había evolucionado hasta la derecha de los moderados. La represión sistemática provocó que todos los políticos se pusiesen en contra del sistema monárquico conservador. Gobernó en septiembre de 1864 y en julio de 1866. Narváez murió en abril de 1868 en Madrid. Su muerte dejó a los moderados en mal lugar, porque quedaron en manos de González Bravo, el represor. La política de Narváez primero, y de González Bravo después, llevaron al fracaso de los moderados y de la monarquía española. El 30 de septiembre de 1868 se iniciaría una nueva etapa de la historia de España.

Narváez no tenía una teoría política definida respecto al liberalismo. En realidad sólo pensaba en mantener el principio de autoridad y ello como medio de mantener el orden público, entendiendo orden público como sometimiento de todos a la autoridad del poder constituido. En 1844 Narváez se consideraba a sí mismo liberal porque odiaba a los clericales y meapilas, porque no hacía ningún caso de los absolutistas y porque le importaban un bledo los distintos pretendientes europeos a los tronos de Europa. A lo largo de su gobierno se irá definiendo como conservador y autoritario, cada vez más cerrado y acabará creando una red de espías a su servicio personal para eliminar a sus enemigos antes de que pudieran organizarse. Ello le permitió pronunciar al final de su vida la frase, real o atribuida (si non è vera è ben trovata), pero que define bien el carácter de Narváez en sus últimos años: “no tengo enemigos, los he matado a todos”.

Las premisas de pensamiento que fundamentan el gobierno de Narváez podemos resumirlas en: que el orden es preciso para lograr el desarrollo, y los ideales de libertad deben ser recortados en beneficio de este orden. Que los movimientos populistas sólo acarrean desórdenes y sus iniciativas deben ser filtradas o reconducidas a través de gentes más cultas y entendidas en política y economía, como pueden ser los “caciques” territoriales. Que el control ejercido por la camarilla de la Reina es fundamental para la estabilidad de Gobierno y continuidad de los proyectos de desarrollo, siempre que esta camarilla no se dedique a lo contrario, a manipular Gobiernos. Que es preciso plasmar las nuevas ideas en una Constitución nueva. En el campo de lo militar odiaba el bonapartismo de Espartero y sus ayacuchos, gente que pretendía que los altos cargos del ejército debían ser accesibles para todos los militares, independientemente de su linaje y preparación intelectual, exclusivamente por sus méritos en el ejército. Al contrario, Narváez pensaba en la necesidad de que la élite intelectual fuera la que dominara los más altos cargos del ejército.

 

Juan Prim i Prats, 1815-1870, un hombre más bien moderado, comprendió el error político que se estaba cometiendo con el sistema O`Donnell, y opinó que se debía dejar participar a los progresistas en la política. No creemos que Prim fuera muy progresista en principio, sino que su exclusión personal de los cargos de Gobierno le llevó a liderar a los progresistas y a acabar siendo uno de los que dirigieron la revolución de 1868 contra moderados y unionistas. No tenía ideas revolucionarias, sino simplemente democráticas, de derecho de participación más amplio. Prim intentó varias veces organizar pronunciamientos para acabar con el sistema político, pero nunca consiguió suficiente apoyo en lo que se denomina trama civil. Tal vez las asociaciones obreras desconfiaban de un militar y preferían un líder civil como podía ser Olózaga.

Prim era hijo de un militar y había nacido en Reus. Ingresó en el Cuerpo Real de Tiradores en 1833, con 18 años de edad y al acabar la Guerra Carlista en 1839 era ya coronel con sólo 25 años de edad. Como casi todos los jóvenes  militares que habían participado en la guerra, era seguidor de Espartero, hombre que fue elegido por los progresistas como su líder en 1839. Pero como muchos otros, se decepcionó, se coaligó con Serrano en 1841 y en 1843 lucharon contra Espartero. Sus méritos le llevaron al ascenso a general, y a ser Gobernador Militar de Madrid, pero sus ideas no gustaban a los moderados triunfantes, los narvaístas, que desde entonces, le alejaron de Madrid: primero le mandaron como Gobernador General a Barcelona, donde sofocó la rebelión barcelonesa. Su acción le valió el odio de los barceloneses, y también los títulos de Conde de Reus y Vizconde del Bruch; en 1845, Narváez le destinó a Ceuta, fuera de la península, lo cual se veía como una afrenta personal, y Prim no aceptó el traslado. Fue apresado e inhabilitado, declarándose en adelante mutua antipatía ente Narváez y Prim, dos de los grandes líderes del XIX español. Prim viajó por Francia, Inglaterra e Italia, y así aprovechó adecuadamente su momento de exclusión política y militar.

En 1847, el general Fernando Fernández de Córdova, Ministro de Gobernación, se acordó de la integridad de Prim y le reincorporó al ejército, si bien le envió como Gobernador a Puerto Rico. En ese destino, tomó medidas de control de la población de color, que era propensa a la insurrección, y se hizo muy impopular en la isla caribeña.

En 1848 fue diputado y senador, es decir, había dado el alto a la política.

En 1853 se trasladó a Turquía a observar la Guerra de Crimea. De nuevo era apartado de Madrid.

En 1854, año del triunfo de los progresistas, en esa revolución que habían iniciado los moderados de O`Donnell y que había llevado al poder a Espartero con la colaboración de O`Donnell, Prim fue nombrado Capitán General de Granada, donde se ocupó de los problemas de Melilla (África) y venció a los rifeños en Wad-Ras y Castillejos, por lo que fue ascendido a Teniente General y premiado con el título de Duque de Castillejos. Seguía mostrando eficacia como militar.

Pero tras volver los moderados en 1856, Prim fue enviado a México en 1861, que es el momento que estamos considerando. Otra vez lejos de Madrid. Los progresistas acabaron considerándole uno de los suyos. En México, debía convencer a Benito Juárez para que pagase la deuda mejicana a Gran Bretaña, Francia y España. El ejército de Prim actuaba en alianza con franceses y británicos, Convención de Londres. Cuando Napoleón III aprovechó las circunstancias para tratar de instalar un rey en México, Prim no aceptó esa política, y en 19 de febrero de 1862 firmó, junto al Ministro mejicano, Doblado, el Documento de Soledad, por el que México se comprometía a pagar su deuda a España y Prim se retiraba de la guerra. Gran Bretaña hizo lo mismo. El acontecimiento sorprendió a Serrano, su superior y Capitán General de Cuba, que desautorizó a Prim, pero el Congreso de Diputados aceptó la decisión y Prim salió vencedor. En 1863, Prim regresó a España como vencedor y fue considerado enemigo de los moderados por haber actuado al margen de la autoridad competente.

En 1864 fue enviado a Oviedo, otra vez lejos de Madrid, y allí se puso al servicio de los que querían acabar con la política de Narváez, de O`Donnell y de Isabel II. Incluso en 1866 estuvo implicado en la sublevación de los Sargentos de San Gil. Y más tarde estuvo en el Pacto de Ostende de 1866, aunque viajando por Italia, Suiza y Francia para disimular su paso hasta Bélgica. En Ostende conectó con los progresistas Sagasta, Ruiz Zorrilla, Becerra, Olózaga y una vez más pasó por un progresista.

En 1868, dirigió la sublevación de septiembre junto a Topete y Serrano. Entró en Madrid el 7 de octubre, después de Serrano. Fue Ministro de Guerra para Serrano el 8 de octubre de 1868 y, cuando Serrano fue nombrado Regente, Prim pasó a ser Presidente del Gobierno y Ministro de Guerra. Se enfrentó a los cantonalistas, buscó un Rey para España y, cuando estaba a punto de recibir a Amadeo, fue asesinado por un anarquista italiano, un iluminado de la causa anarquista.

 

Francisco Pi i Margall, 1821-1901, estaba en un grupo socialista-republicano, moderado dentro del socialismo, que reivindicaba la necesidad de unos jurados mixtos, de patronos y obreros, a fin de fijar los salarios que en esos tiempos fijaba siempre el patrón. Pedía también la regulación por ley de algunas condiciones de trabajo (que eran mínimas y obvias vistas desde el siglo XXI), la disponibilidad de créditos baratos para los agricultores y la necesidad de repartir tierras para todos los agricultores. Este último punto era y es completamente utópico, pero se creía posible en aquellos momentos o convenía creerlo por populismo, porque la masa de jornaleros lo creía.

 

Antonio Cánovas del Castillo, 1828-1897, secretario personal de O`Donnell, diputado por Málaga en 1854, director general de Administración Local en 1858, ministro de Gobernación en 1864 con Alejandro Mon. Partidario del entendimiento y pactos entre políticos y partidos, y enemigo de la política de acoso y derribo al adversario. No fue una gran personalidad en 1856-1868, pero aprendió mucho de política en esta época, y es importante que consideremos su presencia en esta etapa, para entender la de 1875-1897.

 

Emilio Castelar, 1832-1899, republicano unitario, consideraba a Pi exageradamente radical y defendía que con el simple hecho de conceder la libertad de asociación, los trabajadores encontrarían por sí mismos las mejoras que les convenían. Muchas asociaciones obreras simpatizaban con Castelar mucho más que con Pi.

 

 

 

Gobierno O`Donnell

         14 de julio 1856 – 12 octubre 1856.

 

Que gobernara O`Donnell no era del todo seguro el mismo día 14 de julio de 1856. Isabel II no le perdonaba la Vicalvarada o rebelión en Vicálvaro de 28 de junio de 1854 contra el Gobierno y contra la corrupción generalizada que ponía en duda la honestidad de la familia real. La Vicalvarada de 1854 había dado paso al Gobierno a los progresistas y se habían mantenido durante dos años.

En realidad, Espartero, el líder de los progresistas que había presidido el Gobierno de 1854-1856 no era demasiado progresista. Y por otra parte, el moderado O`Donnell se había mantenido todo el tiempo como Ministro de guerra representando al ejército y a los moderados.

Ante esta actitud equívoca de los gobernantes, los progresistas se habían escindido entre progresistas extremistas que querían la unión de los progresistas con los demócratas y utilizaban a la gente sacándola a la calle, y progresistas templados, o “legales”, que querían evitar la anarquía revolucionaria derivada del populismo en la calle y estaban dispuestos a colaborar con O`Donnell, con los moderados.

Isabel II acabó entendiendo en 1856 que O`Donnell era la salida política del momento y olvidó los sucesos de Vicálvaro: tras los sucesos de los motines en Castilla la Vieja y en la costa Mediterránea de verano de 1856, se entendió que no había tiempo que perder ante la violencia revolucionaria y había que tomar una decisión política. El 14 de julio de 1856, entregó el poder a O`Donnell. El ascenso al poder de O`Donnell dio lugar a un periodo de Gobiernos conservadores que perduró doce años, la tercera etapa del reinado de Isabel II.

 

La composición del Gobierno de julio de 1856 era la siguiente:

Presidente, Leopoldo O`Donnell Jorís.

Estado, Nicomedes-Pastor Díaz Corbelle[1].

Gracia y Justicia, Claudio Antón de Luzuriaga[2] como titular, pero ejercía el cargo interinamente Antonio de los Ríos Rosas / 7 agosto 1856: Cirilo Álvarez Martínez.

Guerra, Leopoldo O`Donnell Jorís.

Marina, Pedro Bayarri Benedito como titular, pero en realidad ejercía el cargo interinamente Leopoldo O`Donnell Jorís.

Hacienda, Manuel Cantero de San Vicente[3] / 20 septiembre 1856: Pedro Salavarría Charitu[4]

Gobernación, Antonio de los Ríos Rosas[5].

Fomento y Ultramar, Manuel José Collado Parada.

 

Un nuevo Gobierno era previsible. De hecho, los periódicos progresistas no habían parado de denunciar “una conspiración de Palacio y ejército contra la libertad”. Madrid era consciente de que la Reina había intervenido contra la voluntad de las Cortes para nombrar a O`Donnell. Hubo sublevaciones, pero se reprimieron enseguida.

Y también se conocía que O`Donnell había dicho a los suyos que se iba a sublevar y que utilizaría al ejército contra la Milicia Nacional dominada y dirigida por los progresistas extremistas.

El Gobierno de julio de 1856 expuso a la Reina la situación calamitosa del país y pidió estado de sitio en toda la nación a fin de restablecer el orden y la disciplina. Protestaron Calvo Asensio, Pascual Madoz, Práxedes Mateo Sagasta y Nicolás Salmerón, los cuales pedían la recusación del Gobierno O`Donnell.

Desde el 14 de julio, la Milicia Nacional de Madrid estaba en la calle. En 16 de julio de 1856, aparecieron barricadas en Madrid. Nadie les entregó armas y las arengas de los revolucionarios pronto les cansaron, y se marcharon a sus casas. El ejército, comandado por Leopoldo O`Donnell, Francisco Serrano y Manuel de la Concha, asaltó las calles de Madrid y acabó con los pocos núcleos de progresistas y milicianos que aún quedaban. El 16 de julio, Madrid estaba dominada militarmente por estos tres generales. También hubo sublevaciones en Valencia, Málaga, Zaragoza, Barcelona, Huesca, Teruel. Todas fueron reprimidas. La Milicia Nacional estaba acabada definitivamente, quedó desorganizada y desarmada porque el Gobierno de Espartero así lo había querido desde 1854 para evitar el peligro de sublevaciones demócratas.

El 18 de julio de 1856, las masas todavía vitoreaban a Espartero en Barcelona. Salieron a manifestarse a favor de los militares golpistas y levantaron barricadas. Desconocían que Espartero había abandonado el poder el día 16. El 18 de julio, el general Juan Zapatero Navas[6] ametralló a las masas en las calles de Barcelona. El 19 de julio hubo barricadas y el 20, combates en la calle, pues los obreros y los milicianos armados se habían sublevado. Las concentraciones de gente eran bombardeadas desde Montjuich. Los amotinados gritaban “muera la reina puta” “mueran O`Donnell y Zapatero”. El 21 de julio, el ejército entró al asalto sobre las barricadas. En ese día, Zapatero todavía defendía a los progresistas de Espartero y no aceptaba al Gobierno O`Donnell de 14 de julio. El 22 de julio, el ejército dominaba las calles. Había 63 soldados y más de 400 civiles muertos. Entre los muertos estaba Magín Rabel, el hombre que había presidido el Consejo de Guerra contra Barceló.

El 31 de julio se rindieron los sublevados de Zaragoza.

Espartero se marchó a su casa de Logroño el 3 de agosto de 1854. Sin Espartero, el líder que atraía a las masas, y sin Milicia Nacional, la fuerza que les permitía tomar las calles, los progresistas extremistas se dieron cuenta de que ya no dominaban la calle, sino que la calle tenía sus propios líderes y que la revolución les había sobrepasado sin ellos darse cuenta. No podían aspirar a recuperar la calle y mucho menos a recuperar el Gobierno.

 

 

Las medidas políticas inmediatas de O`Donnell.

 

Las ideas políticas básicas de O`Donnell eran simples: oposición a los desórdenes populares y restablecimiento de la Constitución de 1845, aunque con el Acta Adicional de 1856 que limitaba los poderes del rey.

Así pues, la subida al poder de O`Donnell se hizo en medio de una represión contra sus enemigos políticos. Por ello, O`Donnell nunca fue popular. Pero en el terreno de las palabras y de las formas, y siguiendo sus ideas de siempre, ofreció la conciliación de todos los progresistas y de todos los liberales y, para ello, procuró que no hubiera excesos represivos.

Las medidas inmediatas del Gobierno O`Donnell fueron:

La primera medida ya se había tomado el 14 y 15 de julio: El Gobierno sacó el ejército a la calle para luchar contra los milicianos “progresistas”. Los generales Francisco Serrano y Manuel de la Concha fueron los encargados de restablecer el orden público. El 14 y 15 de julio de 1856 hubo combates en las calles de Madrid, Valencia, Málaga, Zaragoza, Barcelona, Huesca y Teruel, y el ejército tomó estas ciudades. La Milicia Nacional fue desarticulada.

La segunda medida fue también inmediata: poner un hombre duro, de antecedentes absolutistas en el Ministerio de Gobernación, encargado del orden público. Este hombre fue Antonio de los Ríos Rosas para que dirigiera las acciones de Gobierno, pues le consideraba buen pensador. Ríos Rosas redactó los preámbulos de los decretos de disolución de Cortes y disolución de la Milicia Nacional, manifestando en ellos una filosofía ecléctica, muy a tono con la postura de los intelectuales españoles de aquel tiempo.

La tercera medida, tomada el 15 de septiembre de 1856, fue el restablecimiento de la Constitución de 1845 y la redacción del Acta Adicional o proyecto para reformar la Constitución de 1845, dando más autoridad a las Cortes, quitando algunas prerrogativas a la Corona, sugiriendo la posibilidad de una reforma electoral y proponiendo autonomía municipal. Todo ello significaba una ruptura con los puntos de consenso de la Constitución de 1837 y del proyecto de Constitución de 1854-1856, que a su juicio generaban la violencia en la calle.

Según el Acta Adicional, el poder del Rey quedaría limitado en que ya no podría otorgar indultos y amnistías sin elaborar una Ley y ser aprobada en Cortes. No podría enajenar bienes de la Corona sin permiso de las Cortes. Necesitaría de una Ley especial para contraer matrimonio.

El Acta Adicional reformaba también las Cortes. En la primera creación de senadores se nombrarían un máximo de 140 senadores y, en adelante, el Rey sólo podría nombrar senadores cuando las Cortes estuvieran abiertas. Una Ley determinaría si los candidatos a diputados o senadores debían acreditar, o no, un nivel de renta. El Diputado que admitiese un empleo público, “aunque fuese de escala”, quedaría sujeto a reelección a diputado. Cada año se reunirían las Cortes al menos cuatro meses desde el día de la constitución del Congreso de diputados. El criterio del Congreso prevalecería sobre el del Senado. Cuando el Senado y el Congreso no se pusieran de acuerdo sobre la Ley de Presupuestos, regirían los presupuestos del año anterior.

En la Exposición Preliminar del Acta Adicional decía que el Proyecto de Constitución de 1856 no satisfacía las necesidades de la Nación, y prueba de ello eran los aplazamientos con que las Cortes habían dilatado su promulgación, y que todavía no había sido promulgada. Por tanto, era preciso poner en vigor otra Constitución, y la que parecía más adecuada era la de 1845. Esta Constitución tampoco era, a su juicio, perfecta y debía ser reformada por acuerdo entre la Corona y las Cortes. Y mientras esta reforma estuviera pendiente, se ponía en vigor al Acta Adicional, que se consideraría provisionalmente como parte integrante de la Constitución de 1845.

O`Donnell reconocía que el Acta Adicional era un hecho político anómalo y dictatorial, pero replicaba que se publicaría de acuerdo con la Corona, que llevaría la sanción de la Reina y que se hacía convocando Cortes que debían aprobarla, lo cual mitigaba el aspecto dictatorial.

 

 

La pacificación política de 1856.

 

Complementariamente a las medidas políticas, en el campo del orden público, y respecto al conflicto de Castilla, o la sublevación de muchos pueblos en el entorno de Valladolid, el motín se acabó por las bravas: el 22 de julio de 1856, las gentes de Valladolid asaltaron el Ayuntamiento por la subida del precio del pan, y a ello siguieron asaltos a casas de comerciantes, fábricas de harina, Canal de Castilla… El motín se extendió a Palencia, Benavente, Medina de Rioseco, Segovia, Burgos y Salamanca. Lo asombroso de esta subida de precios es que el año era de buena cosecha. La explicación es que los burgueses terratenientes habían exportado a buen precio y, con ello, desabastecido el mercado interno, atreviéndose a subir los precios “en aras a la libertad de contratación”.

El motín acabó con 20 ejecuciones y con una cantidad importante de enviados a presidio y cárcel. A partir de este momento, los liberales en general fueron vistos por el pueblo con desconfianza.

Fue ésta la última insurrección popular de tipo antiguo, por alzas de precios del pan, pues en adelante el pueblo se manifestará ocupando fincas, incendiando cosechas, destruyendo máquinas y haciendo huelgas, pero no por el pan, sino por la tierra, el trabajo y otros motivos más modernos.

O`Donnell destituyó a los jefes de las Diputaciones Provinciales de España y a los alcaldes de las principales ciudades, cambiándolos por moderados. Una de las fuerzas de base de los progresistas, los alcaldes y algunos personajes de las Diputaciones, había sido eliminada. Respetó los cargos políticos de los progresistas, excepto los de los que habían destacado en las revueltas de los últimos años.

El 15 de agosto de 1856 disolvió la Milicia Nacional. Tras ello, los progresistas estaban acabados.

Castigó a los periódicos que habían alentado las sublevaciones o las ideas de los rebeldes.

Las medidas urgentes de O`Donnell podemos darlas por terminadas el 2 de septiembre de 1856, cuando O`Donnell cerró las Cortes (que eran las constituyentes del Bienio Progresista, y que por ello no llegaron a ver publicada la Constitución) y las acusó de ilegales en su formación y constitución. Acusaba a los progresistas de haber arruinado el espíritu de 1854, de cooperación entre todos los liberales, sacando las gentes a la calle.

 

 

Posicionamiento de la Iglesia católica.

 

Los obispos españoles decidieron apoyar en 1856 al Gobierno O`Donnell. La Santa Sede reanudó relaciones a nivel de embajada. En este nuevo clima, algunos obispos españoles se entusiasmaron con el ataque a Marruecos en 1860, como si O`Donnell estuviera revitalizando las Cruzadas.

Pero enseguida surgieron roces en esas relaciones. El caso es que O`Donnell apoyaba a Napoleón III, y Napoleón III apoyaba a Víctor Manuel II de Italia, el cual le arrebató al Papa los territorios de Las Marcas. Entonces, los obispos españoles reaccionaron irracionalmente rechazando de pleno el liberalismo y las Constituciones en general. Decían que eran sistemas políticos moralmente no válidos. Se impuso una vez más el integrismo católico.

La solidaridad de los obispos españoles con el Papa coincidió con el momento en que se abrían los ferrocarriles, y ello significó un número importante de visitas de eclesiásticos españoles a Roma. El episcopado español terminó rompiendo relaciones con el Gobierno de Madrid y adquiriendo una costumbre monótona de criticar al Gobierno porque no favorecía el precepto de la Iglesia de santificar las fiestas, porque no reconocía el mérito de la Iglesia en cuanto a mantener la enseñanza, porque permitía el proselitismo protestante, y porque no ejercía la censura contra los “disidentes” católicos, es decir, los que estaban abiertos a hablar con los liberales.

Los obispos obraban con miopía política al considerar que podían acabar con el liberalismo y volver al sistema de privilegios de tiempos de Fernando VII. Se permitían a sí mismos excesos verbales en la prensa y en el púlpito. Y como el Papa Pío IX condenó la prensa liberal, la corriente integrista era muy fuerte. Cuando en 1864 el Syllabus condenó al catolicismo liberal, la ruptura entre liberalismo e Iglesia se hizo muy patente.

La Iglesia tenía fácil acusar al Estado de no pagarle todo lo prometido en el Concordato de 1851, de demorar los pagos, de regatear las cantidades, pero perdió la visión del conjunto del problema: atacando al Estado liberal se encerraba sobre sí misma y perdía el futuro. En esta postura tan cerrada, los obispos se desorientaban y pedían consejo a Roma. Y la Iglesia acabó a la defensiva e iniciando un proceso de decadencia respecto al poder que tuvo a principios del XIX.

Los obispos se negaban a tener en cuenta la penuria del fisco español, las dificultades del Gobierno para asumir las funciones sociales que le eran imputables, y esta postura colaboraba a la inestabilidad ministerial y social. A la postre, esta política perjudicó mucho a la Iglesia católica española.

La Iglesia emprendió campañas para sustituir al Estado en muchas parcelas sociales, dado que el Estado español estaba inmerso en muchas contradicciones que tampoco permitían avanzar en el sistema liberal.

En 1865, Leopoldo O`Donnell duque de Tetuán y conde de Lucena, inició una política de desafío a la Iglesia española. Esta actitud no era sostenible, porque los progresistas y demócratas se habían unido contra O`Donnell, y este general necesitaba apoyos y no discordias. Los obispos recapacitaron: si Isabel II caía, y la coalición de progresistas y demócratas así lo estaba pidiendo, con la Reina caía la Iglesia entera. Entonces, los obispos hicieron piña con Narváez en una “unión sagrada” contra los enemigos de ambos.

Pero los obispos no dieron su solidaridad sin un precio. Aprovecharon la debilidad del Gobierno de 1867-1868 para exigir que se restableciesen las congregaciones religiosas abolidas en los últimos 30 años.

La Iglesia española acababa de perder una batalla. Se sumaba al apoyo al Gobierno en el momento en que éste ya había perdido la batalla en la calle. La gente criticaba al Gobierno, y por primera vez, se atrevía a criticar abiertamente a los frailes y a las acciones inmorales del clero en general.

Las órdenes religiosas restauradas, por acuerdo entre Pío IX e Isabel II, tendrían vicariato independiente en la península y estarían sometidas a patronato real, mientras las de posesiones ultramarinas quedarían libres del patronato. Como España temía perder las colonias en cualquier momento, transigió.

En abril de 1868, cinco meses antes de la expulsión de la Reina de España, el Papa concedió a Isabel II la Rosa de Oro, lo cual simbolizaba que la Reina apoyaba al catolicismo desde el Trono, un trono que ya se tambaleaba. No era un movimiento político hábil.

 

 

Replanteamiento de la política O`Donnell

 en septiembre de 1856.

 

El 2 de septiembre de 1856 se cerraron definitivamente las Cortes. Se argumentaba que habían sido convocadas irregularmente, que se habían extralimitado en sus funciones y que no habían cumplido con sus deberes legislativos.

El 12 de septiembre de 1856, el Consejo de Ministros cortó la desamortización para ganarse a los moderados católicos.

En 15 de septiembre de 1856, O`Donnell restableció la Constitución de 1845 modificada por un Acta Adicional, redactada por Ríos Rosas. En ese mismo acto, anulaba la vigencia de la Constitución de 1837 que había regido durante el periodo progresista de 1854-1856.

El restablecimiento de la Constitución de 1845 era un acto dictatorial pues el Gobierno asumía la soberanía y representación del pueblo sin consultarle a éste previamente sobre ello (puesto que se disolvían las Cortes y no podía hacerse tal consulta por esa vía), pero se hacía de acuerdo con la Corona. No fue considerado dictatorial porque se dejaba abierto a la actuación de unas futuras Cortes. Curiosamente, O`Donnell, que había acabado en 1854 con el sistema moderado basado en la constitución de 1845, restableciendo la de 1837, ahora acababa con el sistema progresista y restauraba la constitución de 1845 y ponía a los moderados en el poder.

 

Los puntos fundamentales del Acta Adicional, eran:

Retiraba los delitos de imprenta de la autoridad de los gobernadores y alcaldes y les daba esta competencia a unos jurados.

Retiraba a la Corona la capacidad de casarse los Reyes sin autorización del Consejo de Estado, la de dar indultos generales y amnistías, la de enajenar bienes de la Corona sin el permiso del Consejo de Estado.

Retiraba al Gobierno la capacidad de deportar y desterrar a sus enemigos políticos.

Igualmente decretaba que las Cortes estuviesen reunidas a lo menos cuatro meses al año, que los senadores fueran 140, que los diputados que admitiesen empleo público quedasen sometidos a reelección (refrendo de elección por sus electores), y que el rey no pudiese actuar contra los Diputados sin autorización del Congreso.

Por último mandaba que el presupuesto anual se aprobara por acuerdo de ambas cámaras y no prevaleciese siempre la opinión del Congreso y, mientras no hubiese acuerdo, que se prorrogase el presupuesto del año anterior.

 

El Acta Adicional trataba de conciliar a moderados con progresistas. Con ella, se buscaba la alianza de los progresistas templados con los moderados templados, para formar un centro parlamentario que debía ser origen de la verdadera Unión Liberal (no nos referimos al proyecto Centro Parlamentario anterior a 1856). Las concesiones a los progresistas eran algunos puntos de la antigua Constitución de 1837 que se mantuvieron en pie en el Acta Adicional, como el jurado para delitos de imprenta y que la Corona no eligiera todos los alcaldes sino solamente los de las ciudades mayores de 40.000 habitantes.

 

 

Caída del Gobierno O`Donnell.

 

El primer Gobierno O`Donnell duró muy poco, menos de tres meses. Fue recibido con una moción de censura pues las Cortes, con Madoz, Calvo Asensio, Sagasta y Salmerón al frente, censuraron al nuevo Gobierno. Los progresistas, las Cortes y la Milicia Nacional se sentían excluidos por O`Donnell y por la Reina, y decidieron salir a la calle con antiguos milicianos. El ambiente era muy malo.

El 10 de octubre de 1856 había un baile de protocolo en Palacio. La costumbre era que la Reina abriera el baile con el Presidente del Gobierno. La Reina escogió a Narváez para bailar aquel rigodón, y O`Donnell entendió que estaba despedido. Isabel II nunca le había perdonado la Vicalvarada, en la que O`Donnell puso en dudas el trono de Isabel II, y tampoco que durante el Bienio Progresista hubiera reanudado la desamortización de bienes de la Iglesia, pues Isabel II era católica integrista.

O`Donnell dimitió el 12 de octubre de 1856. En la disputa entre el progresista Espartero y el conservador aperturista O`Donnell, la Reina optó por un tercero, el líder de los moderados de siempre, Narváez. Era una vuelta atrás. En los siguientes dos años, 1856-1858, se iba a constatar de nuevo, como había sucedido ya en 1854, el fracaso y agotamiento del partido moderado a través de los Gobiernos de Narváez, Armero e Istúriz.

 

 

[1] Nicomedes-Pastor Díaz Corbelle, 1811-1863, nació en Vivero (Lugo) en 1811 e ingresó en el seminario de su pueblo, luego fue al de Mondoñedo y acabó estudiando leyes en Santiago y, cuando cerraron las universidades en 1832, se fue a Alcalá para acabar Derecho. No se ordenó sacerdote, pero tampoco se casó nunca. En Alcalá fue protegido por el eclesiástico Manuel Fernández Varela y por el general Manuel de Latre y entró en política ejerciendo cargos gubernativos en Cáceres y Segovia. En 1837 apoyó la Constitución de 1837 porque era de consenso entre moderados y progresistas. En 1841 escribía en El Conservador contra Espartero, y cuando este periódico fue cerrado ese mismo año, en El Heraldo. Sus socios en El Conservador, eran Antonio Ríos Rosas, Joaquín Pacheco Gutiérrez Calderón y Francisco Cárdenas Espejo. Era moderado puritano. En 1847-1850 fue Rector de la Universidad de Madrid. En 1856 Ministro de Estado para Unión Liberal.

[2] Claudio Antón de Luzuriaga, 1792-1874, el titular de Justica que nunca llegó a ocupar la Cartera, había estudiado en Villacarriedo (Santander), bachillerato de Filosofía en Valladolid y Leyes en Valladolid y en Alcalá de Henares. Se doctoró en Oñate. En 1821 fue juez en San Sebastián, era liberal y huyó en 1823 a La Coruña, hasta 1824 en que  regresó a su puesto. En 1834 fue Fiscal de lo Civil de la Audiencia de Barcelona. En 1843 dimitió de todos sus cargos por discrepancia con Espartero. En 1856 estaba en Unión Liberal.

[3] Manuel Cantero de San Vicente González y Gonzalo, 1804-1876, fue Ministro de Hacienda en noviembre de 1843 para Narváez, y en junio de 1854 antes de la llegada de Espartero.

[4] Pedro Salavarría Charitu 1821-1896 era un santanderino que trabajaba en 1838 en la Oficina de Rentas de Burgos, y en 1844 en Sevilla, y fue ministro de Hacienda en septiembre de 1856, de Fomento en octubre de 1857, de Hacienda en junio de 1858, en marzo de 1864 y en diciembre de 1874.

[5] Antonio de los Ríos Rosas nació en Ronda (Málaga) en 1812 y estudió derecho en Granada. Fue diputado por Málaga en 1836. De ideas próximas al absolutismo, fue contrario a Espartero en 1840, y a Narváez en 1844 y, por supuesto, a los políticos del Bienio Progresista, pues creía en una soberanía compartida entre el Rey y las Cortes. Cesó como ministro en octubre de 1856. Negoció con la Santa Sede la restauración del Concordato de 1851. Apoyó a Amadeo de Saboya y acabó apoyando al republicano unitario Cautelar, en contra del republicano Pi i Margall. Murió en Madrid en 1873.

[6] Juan Zapatero Navas, 1810-1881, marqués de Santa Marina, fue premiado por su acción en Barcelona con el ascenso a Teniente General y sería destinado a gobernar como Capitán General: Andalucía en 1858-1859; Galicia en 1862-1865; Aragón en 1865-1866.Más tarde fue Consejero de Estado.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *