GOBIERNO ESPARTERO, JULIO-NOVIEMBRE DE 1854.

 

 

La transición hacia el Bienio progresista.

La Junta de Salvación, Armamento y Defensa de Madrid.

 

El 28 de junio se había producido el golpe de O`Donnell seguido de la lucha de los sublevados contra Anselmo Blaser, sin resultados definitivos. Los moderados habían fracasado en el golpe.

La situación política española en julio de 1854 era muy complicada. Cada día de julio se producía un nuevo alzamiento en una ciudad española. El 17 empezó el levantamiento civil en Madrid. Los progresistas estaban tomando las calles de España.

El 17 de julio de 1854, el moderado Antonio de los Ríos Rosas le habló a Ángel María Pérez de Saavedra duque de Rivas de la conveniencia de que el recientemente sublevado O`Donnell fuera Presidente del Gobierno y éste sacara a España de la crisis del momento mediante la idea de unión de los progresistas y los moderados. El duque de Rivas se lo comunicó a la Reina, pero ésta no quería a O`Donnell en la presidencia. La primera solución adoptada por la Reina fue nombrar Presidente del Consejo de Ministros al prestigioso general Fernando Fernández de Córdoba, un hombre muy eficiente. Eso ocurrió el 17 de julio. Pero el 18 de julio, Madrid tuvo un conflicto muy serio en la calle, con unos 17.500 milicianos armados ocupándola, lo que condujo a que Fernández de Córdova abriera fuego sobre los sublevados. Entonces la Reina cambió de parecer y consideró, el 18 de julio, que el Duque de Rivas debía formar Gobierno, y Fernández de Córdova dedicarse a las tareas más propias de controlar la calle desde el Ministerio de Guerra. Evidentemente, no era el Duque de Rivas el hombre adecuado para la ocasión, pues era blando e indeciso, y se estaba tratando de manejar una situación de violencia en la calle, con miles de hombres armados en las barricadas, en los balcones y en las esquinas de las calles, y con el ejército desplegado en la calle, y no sólo en Madrid.

El 19 de julio, los rebeldes habían organizado varias Juntas, de las cuales, la más importante era la Junta de Salvación, Armamento y Defensa de Madrid, dirigida por Evaristo San Miguel. Con ella, los progresistas trataban de hacerse con el triunfo del golpe que había empezado el moderado O`Donnell.

 

Junta de Salvación, Armamento y Defensa de Madrid.

19 de julio 1854 – 1 agosto 1854:

Presidente:

Evaristo Fernández San Miguel Valledor[1].

Vocales:

Juan Mata Sevillano Fraile[2], duque de Sevillano y Marqués de Fuentes de Duero, 1790-1864, banquero y senador vitalicio, miembro del Partido Progresista en algún momento, pero de ideas moderadas e incluso relacionado con Narváez.

Gregorio López Mollinedo, comerciante y banquero.

Alfonso Escalante.

Manuel Crespo de Cebrián[3], militar.

Francisco Valdés Anziola[4], militar.

Martín José Iriarte[5], militar.

Ángel Fernández de los Ríos[6], progresista y más tarde republicano.

Juan Flórez Velaz de Medrano y Pastoris, marqués de Tabuérniga.

Antonio Aguilar Correa, marqués de Vega Armijo y de Mos, marqués de Atos, conde de Bobadilla, vizconde de Pegullal, Grande de España[7], unionista.

Joaquín Aguirre de la Peña[8], catedrático de Derecho Romano, del Partido Progresista.

Antonio Conde González.

José Ordax Avecilla[9], demócrata socialista.

Diego Coello de Portugal Quesada[10].

Juan Antonio Rascón Navarro, conde de Rascón[11], periodista.

José Rúa Figueroa[12], periodista.

La Junta de Salvación era un acuerdo amplio entre Progresistas como Evaristo San Miguel y Joaquín Aguirre, aristócratas como el marqués de Tabuérniga y el marqués de Vega de Armijo, y grandes capitalistas como Gregorio López Mollinedo y Juan Mata Sevillano.

Los protagonistas de finales de julio de 1854 eran la Junta de Salvación de Evaristo San Miguel, la Reina (apoyada por los Narvaístas) y O`Donnell. Y habían decidido incorporar a Espartero como solución de emergencia.

El verdadero poder radicaba en ese momento en la Junta de Salvación y no en el Gobierno del Duque de Rivas. La Junta publicaba sus decisiones en La Gaceta y desde allí gobernaba. Entre sus decisiones estuvo la de recomposición de la Milicia Nacional, que estaría abierta dos años.

Entonces, la Reina decidió que sería bueno que el antiguo líder de los progresistas, Espartero, resolviese la situación y retirara a los milicianos armados de la calle. Espartero fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros. Mientras Espartero se trasladaba desde La Rioja a Madrid, el Gobierno del duque de Rivas se mantenía interinamente en el Gobierno, sin ningún papel que jugar pues no tenía autoridad ni fuerza para hacerlo.

 

 

Gobierno Interino del Duque de Rivas.

19 de julio de 1854-30 de julio de 1854.

Presidente, Ángel María Pérez de Saavedra Ramírez y Ramírez de Baquedano duque de Rivas  (interino).

Estado, Luis Mayans y Enríquez de Navarra (interino).

Gracia y Justicia, Pedro Gómez de la Serna Tully (interino).

Guerra, Fernando Fernández de Córdoba (interino) / 20 de julio 1854: Evaristo Fernández San Miguel Vallador (interino).

Marina, Ángel Saavedra Ramírez de Baquedano duque de Rivas (interino).

Hacienda, Manuel Cantero de San Vicente González y Gonzalo, (interino).

Gobernación, Antonio de los Ríos Rosas (interino)

Fomento, Miguel de Roda y Roda (interino).

Era el mismo Gobierno que había sido nombrado el 18 de julio, pero sin papel alguno una vez que se había decidido que Espartero fuera el nuevo Presidente del Consejo de Ministros.

La Reina juzgó que el momento de violencia progresista y demócrata hacía que Espartero fuera el hombre idóneo para calmar a las masas. Espartero, el mito de los progresistas y demócratas, seguramente calmaría la calle si se le nombraba Presidente del Gobierno. O`Donnell odiaba a Espartero, su mediocridad, sus ganas de aparentar y de aparecer en público, pero aceptó a Espartero, y 12 días después, aceptó colaborar con él como Ministro de Guerra. De esta manera, Espartero tenía aparentemente el poder, pero O`Donnell tenía el mando sobre el ejército. La salida buscada era menos progresista de lo que la situación de la calle daba a entender.

El 20 de julio de 1854 la Reina tomó una decisión de gobierno importante nombrando a Evaristo San Miguel, ministro universal provisional, Capitán General de Castilla la Nueva y Ministro de Guerra. Reconocía con ello que el Gobierno de hecho radicaba en la Junta de Salvación. De este modo, los progresistas aceptaron la solución Espartero, y la violencia cesó. Era un nombramiento puramente nominal, pues se esperaba a Espartero de un momento a otro y entonces San Miguel cesaría, y fue efectivo en cuanto a calmar a las masas.

Como Evaristo San Miguel había sido elegido por los progresistas madrileños jefe de la Junta de Salvación, Armamento y Defensa de Madrid, Isabel II hacía confluir los deseos del pueblo con los nombramientos de la Corona, lo cual salvaba la situación.

El 25 de julio, Evaristo San Miguel y Juan Mata Sevillano publicaron en La Gaceta la próxima llegada de Espartero a Madrid como Jefe del Consejo de Ministros para la Reina Isabel II. Lo importante era el matiz monárquico, pues en la calle se hablaba de república. Por tanto el anuncio tenía sentido conservador.

El 27 de julio, Juan Mata Sevillano fue a Tembleque (provincia de Toledo, muy cerca de Madrid) a recibir a O`Donnell y a Ros de Olano, los generales moderados que habían iniciado el golpe. Fue un encuentro discreto. Juntos, fueron el 28 de julio a recibir a Espartero en Alcalá de Henares.

Espartero no llegó a Madrid hasta 29 de julio de 1854. El recibimiento popular a Espartero fue masivo. Y cuando Espartero se abrazó públicamente a O`Donnell en el balcón de Palacio, quedó sellado el pacto de convivencia entre progresistas y moderados. Narváez, el posible estorbo a este pacto, estaba en Puertollano, alejado de Madrid por orden de la Reina.

 

 

MOMENTO HISTÓRICO DEL BIENIO PROGRESISTA.

 

Momento económico.

El desarrollo inicial del capitalismo español trajo consigo las dificultades típicas inherentes a esas etapas en el proceso de industrialización: salarios bajos y precios en alza. Los progresistas tenían de su lado a la calle y esperaron que los moderados tuvieran una de sus crisis para provocar una serie de tumultos hasta llegar al golpe de Estado. Pero los progresistas no tenían gente dispuesta a seguirles, y recurrieron a los más exaltados de su grupo, a los demócratas, para hacer la labor de ocupar la calle.

A partir de 1854 se produjo un relanzamiento de la economía española por expansión del comercio exterior, llegada de capital extranjero al ferrocarril y a las minas, seguro y banca, y también por expansión de los cultivos debido a la desamortización. El periodo expansivo acabó en 1864 con la disminución de las importaciones de algodón procedente de los Estados Unidos y el crak financiero internacional. Es difícil afirmar que el relanzamiento se debiera a la llegada de los progresistas al poder. Más bien se debió a la desaparición del ambiente de inseguridad política.

Las reformas económicas del Bienio Progresista fueron emprendidas sin reformar las estructuras sociales, lo cual era un contrasentido que las hacía inviables. Por eso, duraron mientras les convino al puñado de capitalistas, españoles y extranjeros, que se beneficiaban de ellas.

 

Momento político.

El intento de Bravo Murillo de constituirse en “dictador” en 1852 mediante una Constitución autoritaria, los autoritarismos de Roncali y Lersundi, y la corrupción del Gobierno Conde de San Luis en 1853-1854, acabaron con el Partido Moderado que se había dividido entre los pocos que apoyaban al Gobierno y los muchos que ya estaban en contra.

Pero el Partido Progresista no estaba en condiciones de ser alternativa porque era un grupo minoritario y también porque este grupo estaba muy dividido entre líderes como Olózaga de un lado, y Cortina y Orense del otro. La facción más liberal progresista, la demócrata, estaba dirigida por Nicolás María Rivero y por Estanislao Figueras y utilizaba el populismo callejero para disimular su poca fuerza en número de seguidores.

Ante la falta de capacidad de los políticos para gobernar, los generales tomaron la iniciativa: Narváez, Serrano, O´Donnell y Ros de Olano formaron un grupo de acción política en el que también estaban jóvenes como el Marqués de Vega de Armijo y Antonio Cánovas del Castillo que luchaban contra el autoritarismo de los Gobiernos Roncali, Lersundi y Conde de San Luis. En julio de 1854, triunfó una coalición de moderados (Narváez), centristas (O`Donnell) y progresistas (Espartero o tal vez San Miguel), que concedió la presidencia a Espartero, lo que dio lugar al nombre de la época, Bienio Progresista, pero el nombre no significa exactamente que el Gobierno fuera completamente de signo progresista.

Narváez era un militar elitista procedente de las Guardias Reales. Espartero era el líder de los que creían que los ascensos se debían dar a los que venían desde abajo, por sus méritos militares y no por su preparación intelectual. Ambos eran autoritarios, pero por capricho de las masas, el uno representaba a los moderados y el otro a los progresistas. O`Donnell era el hombre de la idea de consenso entre progresistas y moderados, como si ello fuera posible. Muchos españoles estaban en la misma idea que O`Donnell, pero las incompatibilidades entre progresistas y moderados, se impusieron con el transcurso del tiempo.

 

Momento social.

Los católicos, que en España eran mayoritariamente integristas, evolucionaban hacia un sentido autoritario de la Iglesia. El Papa Pío IX decidió declarar el dogma de la Inmaculada Concepción en 1854 sin contar con el Concilio, lo cual era la primera vez que se producía en la Iglesia. El Papa Pío IX había sucedido en 1846 a Gregorio XVI, un Papa ultraconservador. Pío IX apareció en 1846 como un Papa más condescendiente que su antecesor, pero esa apariencia le duró apenas dos años. En 1848 se sintió atacado por los nacionalistas italianos y se volvió progresivamente más ultraconservador que su antecesor. El Papa Pío IX estaría más de 31 años en el pontificado, que es el más largo de los históricos (excepto la leyenda de San Pedro) y murió en 1878. La visión de la realidad que tenían los Papas era muy limitada y parcial, como se demuestra en que el primer ferrocarril que salió de Roma lo hizo en 1857 y se dirigía a Frascati, lo que es muestra de un atraso técnico y comercial de los Estados Pontificios (de los que el Papa era señor y rey), lo cual parece que le preocupaba menos que las cuestiones de fe y de dominio religioso y personal del Papa sobre el resto de la cristiandad. Los Papas perdieron así el liderazgo de Italia a favor de las regiones más desarrolladas del norte de la península itálica.

En España, entre las minorías cultas y en ambientes críticos respecto al catolicismo, a mediados de siglo, se estaba imponiendo en España la tendencia ecléctica ya aparecida en el XVIII, consistente en no defender ninguna teoría filosófica o estética en concreto, sino exponer todas ellas y que el lector tomara lo que mejor le pareciera de cada una. En el lenguaje de la época, decían que no tomaban partido ni por ser clásicos ni románticos. El eclecticismo se difundió también fuera del tema religioso, y sobre todo dentro del campo de las ideas políticas. Esta postura ecléctica era concordante con la idea política de la Unión Liberal que dominó en 1854-1868.

Otra minoría culta percibió las ventajas del populismo, dado que éste estaba fuertemente implantado en España desde tiempos ancestrales.  El populismo, que se manifiesta en dar al público lo que quiere aunque ello sea irracional, inmoral y destructivo, viene representado en teatro por Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873) y en poesía por Ramón de Campoamor (1817-1901). La verdadera “democracia liberal” consiste en respetar los derechos humanos, incluso los de las minorías, respetar a las personas individuales, y respetar la Constitución que es el documento garante de esos derechos, incluso a pesar de las votaciones populares en contra. Ello se opone a la “democracia popular” que es el concepto de que hay que hacer lo que el pueblo decida en cada momento, sea lo que sea, incluso contra los derechos humanos y contra las conveniencias racionales del bien común, en la creencia roussoniana de que el pueblo es bueno por naturaleza. En la España del XIX, y hasta 1875, nadie respetaba la Constitución, y la Constitución la hacía un solo partido en contra de los demás y no para satisfacción del conjunto de los españoles, lo cual es difícilmente asimilable a liberalismo y a democracia, a respeto a las minorías y a los derechos humanos. Ni los progresistas, ni los moderados pueden ser calificados de democráticos y liberales, en sentido estricto del término. El denominar a los partidos españoles, tanto el moderado como el progresista, como liberales, es una forma de hablar, para coincidir con aquella época en cuanto a denominaciones.

Para los hombres del XIX, tanto moderados como progresistas, cuando gobernó cada uno, las grandes cuestiones sociales pasaban desapercibidas. Por ejemplo, en 1853 y 1854, fueron reclutados en Galicia unos 2.000 trabajadores del campo para ir a Cuba. Al llegar a la isla, se les hizo firmar un contrato por el que quedaban reducidos a la esclavitud, con imposibilidad de salir del puesto de trabajo y soportando castigos corporales. Como los trabajadores del campo español eran analfabetos, firmaron. Nadie pareció darse cuenta de la tragedia de esos hombres y mujeres gallegos. Ni un solo Gobierno español hizo nada, ni la Iglesia denunció los hechos. Las familias de esclavos gallegos fueron liberadas por Fidel Castro en 1959. Otro ejemplo: Grandes fortunas de dirigentes y empresarios españoles de final de siglo, se basaban en la explotación de la esclavitud, que no sólo afectaba a los negros, aunque éstos fueran mayoría. Los grandes capitales forjados con sangre humana eran respetados, y se decía de sus dueños que eran “honrados negociantes de madera de ébano”, lo cual sólo tenía que ver con su negocio que la madera de ébano es del mismo color que el esclavo negro. Y nadie en España decía nada de este problema.

 

 

El Partido Progresista en 1854.

 

El grupo progresista estaba roto por la difícil política llevada por Espartero en 1840-1843, ese general autoritario, bonapartista y liberal. Nosotros hemos distinguido las dos facciones más claras del progresismo por su duración en el tiempo, pero es difícil saber las facciones que había dentro del partido progresista porque en cada discusión se dividían de forma diferente.

Los historiadores dividen al Partido Progresista de 1854 en dos grupos principales: los progresistas legales y los progresistas puros.

Los progresistas legales, llamados también resellados a partir de 1858, eran el ala derecha del progresismo y defendían actuar en la legalidad (por eso se les llamaba “legales”) utilizando las posibilidades de la política de cada momento. Rechazaban, sobre todo, la utilización de la Milicia Nacional, el hecho de sacarla sistemáticamente a la calle para hacer la llamada “política progresista” que no era más que populismo. También rechazaban el sufragio universal y las alianzas con demócratas y republicanos, pues consideraban que tenían el mismo fin populista. Entre ellos estaban Manuel Cortina, Claudio Antón de Luzuriaga, Manuel Cantero, Facundo Infante, Juan Manuel Collado, Pedro Gómez de La Serna, Vicente Sancho, Moreno, Álvarez y Evaristo San Miguel. Apoyaron el pronunciamiento de 1854 y apoyaban el acuerdo de Espartero y O`Donnell. En 1856, culparán a los puros del fracaso del Gobierno por sus algaradas y desórdenes en la calle. En noviembre de 1858 se pasaron a Unión Liberal y de ahí les vino el mote de “resellados”. Enseguida vieron que el unionismo era un sistema vacío de ideas, y regresaron al progresismo en 1861-1863.

Los progresistas puros eran el centro del partido progresista y eran partidarios de una política con muchas reformas progresistas y de la coalición con los demócratas. Su líder era Salustiano de Olózaga.

En 1856, tras el desencuentro con los legales, los progresistas puros se organizaron en “Centro Progresista”, cuyo jefe fue José Allende Salazar.

En 1856-1863, los progresistas fueron oposición a O`Donnell, y se pasaron al retraimiento en 1863, lo que iniciaba de nuevo el desorden público y los pronunciamientos como único método de hacer política. Aceptar el populismo como único medio de llegar al poder, medida desesperada pero comprensible ante el autoritarismo de Narváez y O`Donnell, no les daría el éxito esperado, y tras medio siglo de existencia desaparecerían en la nada política.

Los grupos de izquierda progresista eran minoritarios y múltiples, y no es aquí el momento de considerarlos, pues es un tema complicado y complejo.

 

En cuanto a la doctrina progresista, en general, los progresistas estaban en contra de la conscripción forzosa (servicio militar obligatorio), de la matrícula de la mar (alistamientos forzosos de marineros en las provincias marítimas), del integrismo católico (participación de las autoridades católicas en las decisiones políticas), de la contribución de consumos (impuestos sobre artículos de primera necesidad) porque encarecía los precios y gravaba a los pobres, de los estancos de la sal y el tabaco, del déficit en enseñanza, de la existencia de bienes en manos muertas, de la no responsabilidad de los ministros, y, en materia de hacienda, querían equilibrio presupuestario entre ingresos y gastos.

En cuanto al sistema político, los progresistas eran monárquicos, pero ante todo, esparteristas. No se entiende bien esta postura, teniendo en cuenta el carácter autoritario y dictatorial de Espartero. Pero era el autoritarismo de Espartero lo que les hacía fuertes, o al menos, así lo creían.

El periódico que representaba a este grupo liberal era La Iberia que fue editado de 1854 a 1898. En 1868 pasó a llamarse La Nueva Iberia. Apoyaba a Espartero y atacaba a O`Donnell.

 

 

Militarismo en 1854.

 

El sistema político se organizó en torno a cuatro militares: Narváez, O`Donnell, Espartero y Evaristo San Miguel.

Narváez representaba a los moderados y era considerado el hombre contra el que había que gobernar. Estaba ausente de Madrid, pero su presencia de 1844-1854 era el referente.

O`Donnell representaba a los progresistas más moderados y a los moderados más de izquierdas, conjunto que acabaría en Unión Liberal en 1856.

Espartero se consideraba el líder progresista que decía representar a las masas y ser la oportunidad de los pobres. Espartero, el antiguo líder de los progresistas había dirigido la sublevación popular de Zaragoza, pero sus méritos no justificaban que fuera designado Presidente del Consejo de Ministros. La razón de nombramiento era su vieja aureola de líder. Espartero exigió que hubiera Cortes constituyentes y unicamerales, y una ley electoral distinta, y entró en Madrid el 28 de julio de 1854. La ley electoral proponía abolir la de 18 de marzo de 1846 y poner en vigor la de 20 de mayo de 1837 con dos modificaciones: mesas electorales imparciales y mayor número de diputados.

Evaristo San Miguel era el general en activo que era considerado líder del momento progresista, pero era un hombre consciente de que no se podía avanzar con el populismo y la violencia en la calle y es considerado un tanto moderado por los tratadistas actuales enamorados de la acción callejera.

Los cuatro líderes estaban en contra de los demócratas puesto que éstos pedían la disolución del ejército junto a la del Estado generado por los moderados, además de sufragio universal masculino. Algunos líderes demócratas con futuro eran Cristino Martos[13] y Emilio Castelar[14]. Ambos acabarían su vida como monárquicos.

 

 

El papel de O`Donnell.

 

Leopoldo O`Donnell Jorís, 1809-1867, conde de Lucena y duque de Tetuán, era en realidad un oportunista como casi todos los O`Donnell, cuya creencia fundamental era el hacer fortuna. Su tío, Enrique José O`Donnell conde de La Bisbal había sido de ideas absolutistas pero luchó con los patriotas a favor de la Regencia, y luego se puso en 1814 al servicio de Fernando VII. Su padre, Carlos O`Donnell, les enseñó a los hermanos a jugar todas las cartas, y unos hijos fueron carlistas y otros cristinos, que fue la opción de Leopoldo en 1834, la que su padre creía que sería perdedora. Leopoldo O`Donnell triunfó con el devenir de la Guerra Carlista y, en 1839 era jefe del Ejército del Centro y Capitán General de Aragón, Valencia y Murcia. En estos años atacó a Cabrera y le venció en Lucena, obteniendo el título de conde de Lucena. En 1840, cuando triunfaron los progresistas con Espartero a la cabeza, se marchó a Francia, apostando por los moderados y apoyando la conspiración de Diego de León en 1841. Sin embargo no obtuvo sino una recompensa pequeña para sus aspiraciones, pues Narváez le mandó a La Habana en 1844-1848, alejándole de Madrid. En 1854 estaría en el pronunciamiento contra los moderados y resultó ser reconocido como líder por los progresistas por estar en el Manifiesto del Manzanares. Pero O`Donnell no era precisamente de ideas progresistas. Por ello lanzó la campaña de la “Unión Liberal”, un partido amañado y sin ideología, al servicio de un líder, que logró implantarse a partir de 1856. Su oportunidad llegaría en 1856 con la vuelta de un moderantismo de tipo personalista, militarista y casi dictatorial, que agradaba a Narváez tanto como a O`Donnell.

O`Donnell era importante porque, a raíz de la vicalvarada de junio y julio de 1854, había creado un grupo de liberales que le apoyaban y que tenía muchos simpatizantes, sobre todo entre los militares, aunque no tenía ninguna organización por el momento. Se puede afirmar que el ejército estaba con O`Donnell. El Clamor Público, periódico de Madrid, propuso un partido nacional de todas las clases sociales, que superara los antiguos partidos de minorías existentes hasta el momento, un partido con pocas ideas, muy ecléctico.

 

 

El papel de Evaristo San Miguel.

 

El 23 de julio de 1854, Evaristo San Miguel, líder progresista, pidió a los suyos el cese de la violencia. Su mayor preocupación era impedir el progreso de la tendencia “democrática” o populista, que pedía el poder para el pueblo.

Los desórdenes duraron hasta que Espartero, líder populista adoptado por los progresistas en su partido, decidió que no podían continuar así las cosas. Los demócratas habían ganado la calle y pretendían toda una revolución social y política.

Ante la represión ejercida por los progresistas sobre los activistas de la calle, éstos se dieron cuenta de que los progresistas no eran de su bando. La ruptura interna de los demócratas fue definitiva: se escindieron en dos grupos: los “legalistas” o partidarios de colaboración eventual con el poder en determinadas condiciones; y los “activistas” o partidarios de imponer un socialismo por la vía del terrorismo y la liquidación física de los aristócratas.

El populismo estaba triunfando y, una vez más, la revolución liberal, racional y verdaderamente democrática en cuanto a respeto de los derechos humanos en la medida de las posibilidades económicas de cada sociedad, tenía muy pocas oportunidades de progresar. Los populistas decían que democrático era lo que pedían las masas[15].

El 26 de julio de 1854, la Reina hizo un manifiesto sumándose al deseo de libertades y derechos del pueblo, y junto a San Miguel, designaron a Espartero como Presidente del Consejo de Ministros. Espartero pactó con O`Donnell una coalición de progresistas (Espartero) y moderados (O`Donnell) en la que O`Donnell sería ministro de la Guerra, pero con una consideración muy especial dentro del Gobierno. Con ello empezaba el Bienio Progresista. Las negociaciones entre Espartero y O`Donnell se hacían con las barricadas puestas en la calle y controladas por esparteristas y sanmiguelistas, pero tras el manifiesto de la Reina y las palabras de San Miguel se levantaron las barricadas y se celebraron verbenas que calmaron al populacho de Madrid.

 

 

El papel de Cánovas del Castillo en 1854.

 

Un triunfador con el ascenso de O`Donnell fue Antonio Cánovas del Castillo, su secretario personal. Cánovas era quien promovía la idea de un sistema político en el que no fueran necesarios los pronunciamientos, idea que gustó mucho en el ejército. Cánovas era consciente de que lo que existía en España era populismo y no progresismo, y aunque nunca definió el concepto populismo, lo expresó de esta manera: “Un hombre honrado no puede tomar parte más que en una revolución, y eso porque ignora lo que es”. Cánovas pidió a O`Donnell ser diputado, y éste le hizo diputado por Málaga, llegando Cánovas a las Cortes. En ellas, habló poco y pocas veces, pero escuchó mucho y aprendió los juegos de los diputados y de la alta política, esos que nada tenían que ver con lo que se contaba en los periódicos y en los mentideros, y que mostraban todas las miserias e intereses espurios de los grandes. Una vez conocido en las Cortes, Cánovas fue encargado de realizar un informe sobre las relaciones con la Santa Sede, en el momento en que España había roto relaciones con Roma en 1855, y las únicas relaciones con Roma las gestionó Cánovas como jefe de la Agencia de Preces, o relaciones de los particulares españoles con Roma. Era un trabajo poco exigente y bien retribuido que le dio a Cánovas la oportunidad de visitar muchas ciudades italianas durante año y medio, en 1855 y 1856, y también la de hacer algún dinero. Esto es importante, porque Cánovas será el dirigente político de España entre 1875 y 1897. La época que estamos considerando fue la de aprendizaje de este gran protagonista de la historia de España.

 

 

El papel de Espartero en 1854.

 

Joaquín Baldomero Fernández Álvarez, Espartero, era un hombre sin dotes políticas y poco inteligente. Era tozudo y concienzudo y había hecho buena carrera militar desde los puestos más bajos del ejército. En el ejército español, eso se llamaba un “chusquero” haciendo alusión a la ración de pan diaria que tomaba el soldado, denominada chusco. No era un oficial de academia, o de las Guardias Reales, que tenían formación científica y militar desde el inicio de su carrera, aunque tenía algunos estudios en la academia de artillería. Cuando llegó al poder en 1854 se encontró completamente desorientado, sin ideas para decidir entre la multitud de ideas progresistas, populistas y moderadas que surgían por todas partes y que él no podía valorar adecuadamente. Entonces, a cada cosa que hacía le aplicaba la muletilla “cúmplase la voluntad nacional”, cuyo significado nos es imposible discernir. Si Espartero hubiera querido cumplir la voluntad nacional debería haber optado por una de las siguientes posturas: si voluntad nacional era lo que pedía el pueblo ignorante y mayoritario, debería haber suprimido los impuestos al consumo y los derechos de puertas, hubiera permitido entrar a las masas en las Cortes a presenciar las discusiones y a influir en las mismas, lo cual es una versión del populismo, la versión más irracional que lleva al caos, pero no lo hizo. Otra versión del populismo, es que los hombres tienen derecho a disfrutar de todos los derechos humanos desde el primer momento de su existencia, en plenitud y en igualdad con todos los demás, sin reparar en si es posible pagarlos o no, bajo la máxima de derechos para todos o para ninguno. Tampoco Espartero era populista igualitario como esta versión del populismo. Si voluntad nacional era lo que, con sentido común, debía hacerse, es muy difícil conocer el punto en que debemos situar el sentido común, y entonces debemos concluir que Espartero hacía lo que intuía que debía hacerse, fuera ello racional o no. Tal vez esta última acepción interprete el sentido de gobernar de Espartero, pero nos deja como al principio, pues la intuición de una persona de cada momento es imprevisible y seguimos sin saber qué era en cada momento para Espartero la voluntad nacional.

La pregunta entonces es cómo Espartero se mantuvo dos años en el poder, sobre todo teniendo en cuenta sus antecedentes dictatoriales de 1841-1843 que le habían enemistado con los progresistas. Y la conclusión es que Espartero era en ese momento la única persona a la que podían aceptar la mayoría de los progresistas y respetar los generales moderados. Era malo, pero no había otro.

 

 

Llegada de Espartero a Madrid.

 

Espartero, que estaba en Zaragoza dirigiendo la sublevación “popular” en esa ciudad, fue convocado por la Reina y por la Junta de Salvación, Armamento y Defensa, el 20 de julio de 1854, para liderar el Gobierno. No se presentó en Madrid hasta el 29 de julio. Fue recibido en Madrid con entusiasmo popular. Llegó con la idea de organizar quién debía gobernar y quién no, como si él fuera el Jefe de Estado, pero sólo había sido nombrado Jefe de Gobierno, Presidente del Consejo de Ministros. El mismo día 29 de julio llegó a Madrid en tren O`Donnell, pero no fue recibido ni aclamado por nadie. Desde el punto de vista de la lógica racional, era sorprendente que el golpe lo hubiera organizado O`Donnell, el aclamado fuera Espartero y el que manejaba los hilos de la trama fuera Evaristo San Miguel.

Espartero entró en Madrid el 29 de julio entre ovaciones y se abrazó con O`Donnell en el balcón de Palacio para significar la paz entre progresistas y moderados. El pueblo creía que por fin había llegado el constitucionalismo y se había acabado la “farsa liberal” que había durado de 1833 a 1854. El pueblo estaba con Espartero, que acrecentó su imagen de mito popular.

Espartero propuso que fuera Ministro de Guerra José Félix Allendesalazar y que O`Donnell fuera, bien ministro de Estado, o bien Capitán General de Cuba, lejos de España. O`Donnell exigió ser ministro de Guerra. Allendesalazar quedó como Ministro de Marina. Entonces se acordó que Estado fuera para Juan Francisco Pacheco, un hombre de la facción puritana, sección más progresista del Partido Moderado, partidario de la unión de todos los liberales, hombre de O`Donnell. El resto de carteras serían desempeñadas por progresistas. Quedaban excluidos del nuevo Gobierno los viejos líderes progresistas como Juan Álvarez Mendizábal, Manuel Cortina, Salustiano Olózaga y Pascual Madoz. Y Espartero no era ministro de nada, sólo Presidente del Consejo de Ministros, algo que no era frecuente en España.

Se designó para Ministro de Gracia y Justicia, el cargo que gestionaba las relaciones con la Iglesia Católica, a José Alonso Ruiz de Conejares, el hombre que en 1841 había propuesto una Iglesia española independiente de Roma. Y empezó una época distinta en las relaciones con la Iglesia, pues se atacaba al integrismo español: El 19 de agosto de 1854 se prohibió a los obispos condenar y prohibir libros antes de haber escuchado la defensa de los autores y de haber obtenido el consentimiento real para hacerlo. Ese mismo día se ordenó a los obispos que prohibiesen a los predicadores hablar de temas políticos y sociales en el púlpito, pues era común que los predicadores excitasen al pueblo a la desobediencia al Estado. Se exigió que los eclesiásticos residiesen en sus diócesis y se ordenó la expulsión de Madrid de los eclesiásticos que vivían allí intentando obtener canongías y cargos bien pagados. Se restablecieron las facultades de Teología de Madrid, Santiago y Zaragoza. Se prohibió que hubiera alumnos externos en los seminarios diocesanos, de modo que los que quisieran estudiar de este modo debían acudir a la Universidad. Se suspendió la provisión de curatos vacantes. Se suspendió la concesión de El Escorial a los monjes jerónimos. Se suprimió la Cámara Eclesiástica y se sustituyó por la Cámara del Real Patronato.

Y mediante estos acuerdos hubo Gobierno: Espartero representaba a los progresistas y O`Donnell representaba a los moderados. Espartero resultaba Jefe de Gobierno y O`Donnell Ministro de Guerra y jefe del ejército. O`Donnell había colocado además a uno de sus hombres en Estado, es decir, relaciones exteriores.

 

 

Primer Gobierno de Espartero.

         30 de julio 1854 – 28 noviembre 1854.

 

Presidente, Joaquín Baldomero Fernández Álvarez, “Espartero”.

Estado, Joaquín Francisco Pacheco Gutiérrez Calderón, hombre de O`Donnell, moderado puritano.

Gracia y Justicia, 30 de julio 1854: José Alonso Ruiz de Conejares.

Guerra, Leopoldo O`Donnell Jorís, conde de Lucena.

Marina, José Félix Allende-Salazar Mazarredo[16].

Hacienda, José Manuel Collado Parada.

Gobernación, Joaquín Francisco Pacheco Gutiérrez Calderón (interino) / 5 de agosto de 1854: Francisco Santa Cruz Gómez.

Fomento, José Félix Allendesalazar Mazarredo (interino) / 5 de agosto de 1854: Francisco de Luján Miguel y Romero.

 

Francisco de Luján[17] era un técnico de valía contrastada en la Academia de Artillería, que hacía muy buen papel en el Ministerio de Fomento.

Hubo muchos problemas para conseguir que alguien aceptara los cargos ministeriales. De hecho, Gobernación y Fomento no se completaron con sus titulares hasta una semana más tarde de tomar posesión el Gobierno.

Espartero, jefe progresista, concedió a O´Donnell, jefe de la postura intermedia, de principios moderados, la cartera de Guerra, iniciando una colaboración entre los partidos progresista y moderado. La colaboración de Joaquín Francisco Pacheco, hombre de O`Donnell, le daba a éste el dominio sobre el Gobierno, aunque teóricamente el Jefe fuera Espartero.

Así pues, podíamos ver la rebelión de 1854 como una salida de emergencia, protagonizada por la unión de varios grupos liberales, moderados, unionistas y progresistas, contra el autoritarismo y la corrupción de los últimos Gobiernos de 1852-1854.

El Gobierno era considerado y aceptado como dividido en dos tendencias:

los “transaccionistas” de O`Donnell, partidarios de colaborar con la monarquía y con los moderados;

y los “puros” de Espartero, que querían cambios sin esperar a acuerdos con los moderados.

Los pensamientos políticos de ambos líderes, Espartero y Donnell, si es que cualquiera de los dos tenía elaborada una verdadera doctrina política, eran incompatibles, las personalidades eran distintas, y sus opiniones siempre discrepaban, pero eran la fórmula de consenso que unía a políticos progresistas y militares moderados, y aseguraba la estabilidad del poder. Espartero y O`Donnell procuraban llegar a acuerdos entre ellos, pero sus seguidores respectivos estuvieron cada día más enfrentados, y así lo percibían los Diputados. Los Diputados y la prensa hacían cada día campaña en contra de lo que denominaban “mayoría accidental” del Gobierno y, a partir de diciembre de 1854, les acusaban de fabricantes de crisis que no dejaban de expulsar a un ministro tras otro.

Espartero seguía en su vieja postura de toda su vida de que alguien le resolviera las cosas, porque él era un mediocre y no demasiado inteligente. Espartero era un hombre que presidía mucho y nunca decidía nada. Se discute por ello, quién era de verdad el líder de aquel Gobierno, el que tomaba las decisiones. Espartero se negaba a tomar decisiones para así no responsabilizarse, porque tenía miedo al error y porque sabía que se equivocaba muy a menudo.

Los políticos percibieron la incapacidad de Espartero y hablaban del “Gobierno de los dos cónsules”, que serían Espartero y O`Donnell. Tal vez O`Donnell estuviera tomando las decisiones importantes del Gobierno, pero tampoco lo sabemos. Ambos personajes no pensaban igual ni tenían el mismo temperamento. Se soportaron mutuamente durante dos años, porque en ello veía la unión de los progresistas que les mantenía a ambos en el poder. Pero sabemos que tenían muchas discusiones en privado y no coincidían en casi nada. En los siguientes dos años hubo cinco Gobiernos distintos y hasta siete ministros de Hacienda, pero en todos estaban Espartero y O`Donnell, la pareja a la que idolatraban los liberales sin conocer el pensamiento de cada uno de ellos ni las disensiones entre ambos.

O`Donnell consideraba que él tenía el apoyo de la mayor parte del generalato, y que Espartero no podría repetir otro Gobierno dictatorial como el de 1840 mientras él estuviera en el Gobierno. En cambio, si él se quedaba fuera del Gobierno, sí era posible que Espartero reincidiese en sus maneras antidemocráticas. Así que O`Donnell aceptó la cartera de Guerra, abrazó a Espartero públicamente en Puerta del Sol, en un abrazo entre liberales, centristas y progresistas, que recordaba al Abrazo de Vergara de 1839, una escenificación en la que cada uno permanecía en sus propias ideas políticas.

En el Gobierno de Espartero dominaban los progresistas puros, o esparteristas, pero Espartero quería fortalecer el Gobierno con el apoyo de los progresistas “moderados” o transaccionistas de O`Donnell. Pero los progresistas de izquierda eran una idea diferente de liberalismo, pues tendían al exclusivismo y al populismo, se valían de los disturbios en la calle, y ello no era aceptado por O`Donnell ni por la Reina.

Las fuerzas progresistas puras, tenían en su contra su propia concepción del poder: Los progresistas se fragmentaban continuamente porque sus acciones no eran coherentes con su programa ni con su pensamiento. Los progresistas más de izquierda se unieron a los demócratas y pidieron a Espartero una política revolucionaria. Los progresistas templados se acercaron a O`Donnell al que consideraban el hombre capaz de evitar la violencia revolucionaria. El poder de Espartero estaba condenado al fracaso con el paso del tiempo.

El problema de los ministros de Espartero era interpretar el maximalismo y el populismo de Espartero y de O`Donnell, cuyas instrucciones debían reconducir a fin de tuvieran un mínimo de racionalidad y coherencia. Era tan difícil, que muchos caían en ese intento.

 

 

El programa político de 1854.

 

En primer lugar, debían desarticular las Juntas Revolucionarias surgidas por todas partes, porque eran un problema que podía hacer surgir la violencia en cualquier momento.

En segundo lugar, había que eliminar las leyes dadas por los moderados en 1845-1854, en cuanto a elecciones, gobierno municipal y Milicia Nacional. Se les ocurrió restaurar las leyes de la época de Calatrava, y ello fue posiblemente un error porque no hubo un análisis serio de la realidad del presente, ni un planteamiento intelectual que superara los problemas ya surgidos en el pasado. Esta falsa solución condujo a violencias populistas, y la violencia llevó a la pérdida de popularidad de los progresistas.

En tercer lugar, se plantearon la posibilidad de cambiar a Isabel II y de juzgar a María Cristina de Borbón, y ello fue una imprudencia política pues se pusieron a todos los sectores moderados españoles en contra con amenaza de guerra civil. Era una imprudencia, porque el tema era secundario. Incluso los demócratas, partido a la izquierda de los progresistas que estaban gobernando, apuntaron muy correctamente que el sistema no cambiaría porque se cambiase a Isabel II, sino cuando se cambiasen las bases mismas sobre las que se asentaba el problema. Y el juicio a María Cristina, que se había dilatado más de una decena de años, no parecía que fuera lo más urgente en 1854.

El 27 de agosto de 1854 se discutió sobre la persona de Isabel II y la conveniencia de juzgar a María Cristina, llegándose a la conclusión de que había que cambiar de dinastía y decretándose la definitiva expulsión de España de María Cristina (se fue a Portugal). La decisión no gustó a los progresistas puros, que creían que la expulsión era un medio de disculparla de todos sus delitos y preferían juzgarla. Pero el 30 de noviembre, San Miguel propondría mantener a Isabel II en el trono y el texto de San Miguel fue aprobado por 194 votos a 19. A continuación se anuló el decreto de expulsión de María Cristina de 27 de agosto. Tampoco se la juzgó.

En realidad, la propuesta de juicio a María Cristina fue como una revancha personal de los que habían sido desterrados y desprovistos de sus cargos por influencia de la Reina Madre. Y cuando las aguas se remansaron un poco, y pasó lo más fuerte del vendaval, la condena a María Cristina se quedó en muy poco: enviarla al exilio, confiscar sus propiedades personales en España y suprimir su pensión del Estado español. El resultado del juicio no arreglaba nada y, por el contrario, empeoró mucho la convivencia política.    Con el destierro de María Cristina, acababa un periodo de la historia que había sido llamado reinado de Isabel II, pero en realidad había sido gestionado por María Cristina.

Los demócratas y republicanos, cuando conocieron la salida de María Cristina hacia Portugal, salieron a la calle a protestar y pedir la dimisión del Gobierno. La revuelta duró un sólo día, el 28 de agosto. El 29 de agosto, el Gobierno prohibió las agrupaciones políticas, las reuniones de los ciudadanos, y ello representó un retroceso liberal, promovido por un Gobierno liberal. El fracaso era evidente.

En cuanto a Isabel II, el 30 de noviembre de 1854, las Cortes resolvieron la cuestión, por 194 votos a 19, aceptando a Isabel II. La propuesta provenía de un líder progresista, San Miguel, que se estaba dando cuenta de que el Gobierno se estaba metiendo en un fregado del que podía salir sucio y malparado. San Miguel comprendió que no merecía la pena arriesgar una guerra civil, o la anarquía, y que lo más sensato era aceptar a Isabel II con las condiciones de que la monarquía fuera constitucional y parlamentaria, el resto de las reformas, ya se harían a su tiempo, incluida la de la monarquía si era preciso.

 

 

Las reformas de 30 de julio de 1854.

 

La labor del Gobierno de 30 de julio de 1854 fue volver a las leyes del 1843 y con los hombres de 1843:

Se desterró a María Cristina,

Se eliminaron las restricciones a la imprenta,

Se restableció el sistema de gobiernos provinciales como en 1823,

Se convocaron Cortes Constituyentes según ley electoral de 20 de agosto de 1837,

Se cerraron los centros demócratas (centros de exaltación populista en aquellos años), y se neutralizó el poder de las Juntas. Pi y Margall, el líder populista catalán, se sintió derrotado y consideró un fracaso los sucesos de 1854.

Los funcionarios que habían sido destituidos en 1843, fueron repuestos en sus cargos en 1854 y se les reconocieron 11 años de antigüedad en el puesto.

En los meses siguientes, se retomaron muchas leyes de 1820-1823 y 1833-1843. Hubo una gran actividad legislativa y se llegaron a aprobar 200 leyes en esos dos años, de las que poco más de media docena eran nuevas.

En realidad se hicieron pocas reformas legislativas, pero las pocas que se hicieron fueron de gran trascendencia histórica, como la Ley de Ferrocarriles, Ley de Bancos, Ley de Sociedades Anónimas y Ley de Desamortización de Madoz. Por su enjundia, dedicaremos un capítulo aparte a estas leyes, que aquí pasaremos por encima.

 

 

Ruina de la Caja General de Depósitos.

 

Las finanzas del periodo fueron mal porque los progresistas quisieron hacer muchos cambios y no contaban con el dinero suficiente para financiarlos: En 29 de septiembre de 1852 se había creado la Caja General de Depósitos, para centralizar los depósitos administrativos del Estado, y lograr tener una fuente de financiación para el Estado. La Caja admitía imposiciones de particulares a interés entre el 3 y el 5%. El sistema fracasó porque muchas de estas imposiciones estaban a corto plazo y la revolución de 1854 pidió mucho dinero a la Caja General, hasta dejarla sin fondos (quedaron en caja 8,6 millones de reales y la gente tenía depositados 59,2 millones) con lo que se perdió la confianza de los depositantes. Los Gobiernos de 1856-1868 se mantuvieron discretos. El Gobierno de 1868 no dudó en volver a sacar dinero de la Caja General, de forma que la Caja era deudora por 310,8 millones de reales. Serrano la desprestigió definitivamente en 1874 pues no podía pagar los depósitos y lo que hizo fue dar a los impositores bonos del Tesoro a 20 años. La Caja General se quedó como mera administradora de estos bonos, pero ya nadie se depositaría dinero en ella. El progresismo, actuando al margen de las normas morales de la economía, tenía muy pocas probabilidades de sobrevivir en el gobierno, por muy buenas intenciones que pusiese. Forzar la economía en beneficio de unas convicciones sociopolíticas determinadas, no puede nunca llevar al éxito de las reformas políticas a medio o largo plazo, aunque pueda salvar el corto plazo.

 

 

Las reformas de agosto de 1854.

 

El 1 de agosto de 1854 se decretó la desarticulación de las Juntas Revolucionarias y su conversión en meros organismos consultivos. El Gobierno sabía que era preciso prescindir del populismo.

También se intentó desmontar las formas políticas moderadas y autoritarias del Estado, creadas por los Gobiernos de épocas anteriores, pero ninguna de las anulaciones llegó a entrar en vigor. El moderantismo sobrevivió intacto.

 

Pacificación de Barcelona en agosto de 1854.

En agosto de 1854, Pascual Madoz, Gobernador Civil de Barcelona, se encontró una situación difícil, con la huelga de abril sin resolver, con la peste en la ciudad, y con los dirigentes obreros gobernando de hecho la ciudad en ausencia de las autoridades ordinarias. Consideró que la única salida era la negociación. Llamó a cinco representantes sindicales moderados y les incorporó a la Junta Consultiva de la provincia de Barcelona, la cual estaba gobernando Barcelona oficialmente, mientras los sindicatos gobernaban desde la clandestinidad. También incorporó a algunos dirigentes obreros en la Milicia Urbana. Se negoció la legalización de las organizaciones obreras y la firma de convenios colectivos en todos los sectores obreros. Llegó a un acuerdo con los obreros concediendo media hora más para comer, con lo cual la jornada semanal se reducía de las 75 a las 72 horas semanales. El acuerdo se basaba en un Real Decreto de mayo de 1854 permitiendo las asociaciones obreras.

La firma de los contratos colectivos llegó cuando Madoz ya se había marchado a Madrid y fueron firmados por el Gobernador Franquet. Esencialmente, contenían mejoras salariales, pero no reducción de horas ni derechos de los trabajadores.

Desde ese momento, la lucha obrera se centró en la consecución de las 72 horas para toda España (12 horas diarias, seis días a la semana). Barcelona, que ya las tenía, luchó más por el derecho de asociación, mientras el resto de España, más por las 72 horas. Algunos empresarios textiles volvieron entonces a contratar por piezas terminadas, y no por semanas que les resultaba más caro, y se permitieron alargar las piezas, lo cual daba lugar a nueva conflictividad. Los patronos buscaron la ilegalización de las asociaciones obreras, presentándolas en Barcelona como asociadas al carlismo, lo cual era absurdo, pero los patronos estaban utilizando el hecho de que las bandas carlistas estaban destrozando pueblos, y ello les hacía odiosos al pueblo, intentando que los socialistas fueran tratados con ese mismo odio. Los obreros, ante el ataque patronal, confiaron entonces en Espartero como su redentor y defensor de sus derechos, lo cual no tenía base real ninguna, era un simple acto de fe. En diciembre de 1855, los obreros de España entregaron a Madoz una “Exposición” de peticiones, y el Gobierno preparó una ley de asociaciones obreras de menos de 500 individuos por asociación, y propuso unos jurados laborales integrados por prohombres de la industria, previendo un límite de horas para los niños de 8 a 12 años de 6 horas, y para los de 12 a 18 años de 10 horas. Los empresarios protestaron muy seriamente contra el derecho de asociación, y no tanto contra el resto de las medidas previstas y lograron abortar el proyecto Madoz. En 1857 hubo gran alza de precios, los obreros se amotinaron y O`Donnell reaccionó fusilando líderes obreros. El poder se asoció con los patronos y éstos reaccionaron bajando salarios en 1858 y 1859. La ceguera de la burguesía es evidente para nosotros, pero no la percibían ellos así.

 

 

La discusión de las Cortes Constituyentes.

 

Espartero no sabía qué decisiones tomar en cuanto a las nuevas Cortes. Se planteó si debían ser unicamerales, o debían tener también Senado. El Senado había iniciado la revolución de 1854 con motivo de la cuestión del destierro de Narváez, pero era una cámara conservadora que podía oponerse a una Constitución nueva como la que los progresistas deseaban. Al final se decidió por una sola Cámara, como había ocurrido en 1812 y antes de 1837. En cuanto a la Ley Electoral se planteaba el problema de que la Ley vigente era la de 18 de marzo de 1846, la cual era un retroceso en el liberalismo. Espartero prefería la Ley 20 de mayo de 1837, con sufragio más amplio, pero también le gustaba de 1846 el modo de formar las mesas electorales y que el número de Diputados fuera mayor, que estuvieran entre los Diputados las eminencias del país, y estuvieran representadas todas las opiniones e intereses de España.

El 11 de agosto de 1854 la Reina convocó Cortes unicamerales y constituyentes para octubre, que tendrían lugar según la ley electoral progresista de 20 de julio de 1837 reformada en cuanto a las mesas electorales y el número de diputados. Espartero dimitió tras convocar las elecciones, para poder presentarse a las mismas. Las elecciones se iban a hacer según la Ley Electoral de 20 de julio de 1837, con una tasa censitaria de 200 reales. Con ello, los votantes de 1854 serían unos 645.000. No se quería conceder el sufragio universal porque se pensaba que, en esas circunstancias podía vencer el carlismo, y venirse abajo todos los proyectos liberales. La convocatoria de elecciones según leyes progresistas no gustó a los moderados, que empezaron a pensar en una “unión liberal”.

 

 

Las leyes del verano de 1854.

 

El 17 de agosto de 1854, en materia de censura o libertad de imprenta, se volvió a la ley de 1837, que contenía censura previa, pero los delitos los juzgaba un jurado.

El 19 de agosto de 1854 se pusieron condiciones para que los obispos ejercieran la censura: debían escuchar al autor del escrito y necesitaban el consentimiento de la reina. También se les pidió que los predicadores no entraran en cuestiones políticas y sociales. Como esta medida no fue observada, en febrero de 1855 se autorizó a los gobernadores a reprimir los excesos de los predicadores, y a que hiciesen listas con los predicadores favorables y contrarios al gobierno. El conjunto de medidas restrictivas a los privilegios de la Iglesia se completaría con la prohibición a los sacerdotes de enviar directamente exposiciones a la Reina y a las Cortes, de modo que estos escritos necesitaban autorización previa de las autoridades.

También se hicieron recomendaciones a los obispos para limitar las dimensiones del clero: que colocasen a los sacerdotes exclaustrados en algún puesto (de modo que dejasen de vivir de la subvención del Estado), para que redujesen el número de seminaristas a los necesarios para ejercer las funciones del clero, para que suprimiesen cuotas y beneficios para nuevos sacerdotes, y para que no ordenasen sacerdotes en demasía sino que todo sacerdote tuviese una función concreta asignada.

En fechas posteriores, se eliminaron algunos privilegios de la Iglesia:  Se decretó el 18 de abril de 1855 que los traslados de cadáveres no pagasen derechos a todas las parroquias por donde pasase la comitiva fúnebre. Y el 14 de febrero de 1856 se decretó la existencia de cementerios civiles para no católicos. Todas estas medidas serían derogadas el 13 de octubre de 1856.

El 31 de agosto de 1854 se expulsó de España al representante diplomático estadounidense Soulé, que intrigaba a favor de una República Federal española. Estados Unidos vendía el sistema republicano como un progreso de los pueblos contra el mal de las monarquías.

El 1 de septiembre de 1854 se publicó el Decreto de Servicios Postales. Se concibió el correo como un servicio público y se procuró desde entonces ir bajando progresivamente las tarifas postales. España puso desde el principio tarifas bajas. En 1856 se decretó el franqueo previo, lo cual ahorraba tiempo y dinero a la administración de Correos. En 1857 Madrid tuvo servicio diario de reparto. En 1863, casi todas las ciudades de España tenían servicio diario de reparto. El correo utilizaba preferentemente el ferrocarril. Su utilidad era múltiple, pues no sólo llevaba cartas, sino también noticias, capitales y medios de pago.

En tema militar, se inició la construcción en El Ferrol de tres fragatas de hélice, Berenguela de Castilla, Petronila y Blanca, que estuvieron listas alrededor de 1860.

El 7 de septiembre de 1854 se configuraron las listas electorales y se definieron los distritos electorales.

 

 

Valoración de los conflictos sociales de 1854.

 

Carlos Marx exageró el conflicto social español de 1854, quizás porque le convenía verlo así para que se cumpliera su teoría del “conflicto imparable que destruiría el orden social burgués” o catástrofe final del capitalismo. La verdad es que el pensamiento social o socialista español era patrimonio de una reducida minoría de burgueses como Abreu, Sixto Cámara, Ignacio Cervera, Fernando Garrido y Ordax Avecilla. En las masas, todavía no había prendido la idea de “conciencia de clase”.

En la “revolución de julio” de 1854 se había planteado por primera vez en España la verdadera idea de lo que es una revolución, una sustitución de un sistema por otro, y en el caso de la revolución social, la sustitución en el poder de la clase burguesa por la clase obrera. Sobre todo en Barcelona, se constató la presencia de algunos civiles no burgueses en las barricadas, pero no tuvieron en ningún momento la iniciativa de los acontecimientos. Los acontecimientos eran dominados por burgueses progresistas con mucha palabrería demagógica. Por ello, el resultado de la revuelta de 1854 no afectó a ninguno de los problemas sociales que España padecía, los cuales tampoco se solucionaron en 1868, 1871 o 1873. Durante toda esta época, la intervención de las masas cesaba cada vez que se interrumpía la revuelta o levantamiento “popular”.

Pero los acontecimientos del Bienio Progresista tuvieron aspecto de revolución: los motines, algaradas, huelgas, incendios de fábricas, destrucción de máquinas y de cosechas, daban la impresión de una continuidad en el levantamiento, pero no fue así. Las condiciones para una revolución socialista se estaban produciendo: había prédicas de progresistas y demócratas pidiendo algaradas; había escasez de subsistencias; había una epidemia de cólera; se había creado un clima de subversión; y el poder no reaccionaba adecuadamente, aparecía en crisis, no se atrevía a tomas decisiones y ello se traducía en permisividad respecto a los desórdenes citados. Pero para que se produzca la revolución no basta con que se produzcan las condiciones políticas para ello, sino que debe surgir una organización, con un programa y una infraestructura, que no hubo en 1854-1856.

De hecho, los acontecimientos no guardan coordinación sino que se observan contradicciones: en julio de 1854, las masas se sumaron a los progresistas y demócratas. En agosto, las discrepancias de objetivos y pareceres eran muy grandes, y las masas se manifestaban en contra del nuevo Gobierno de progresistas y demócratas. La clave de estas discrepancias políticas era que el Gobierno exilió a María Cristina, mientras los más activos revoltosos preferían un juicio y un castigo para la ex-Regente de España. Pero los líderes de la revuelta de julio de 1854 y del Bienio 1854-1856, Espartero y O`Donnell, no querían procesar a la Reina Madre y menos en medio de un ambiente callejero que la acusaba de todo, muchas veces injustamente. Incluso un republicano como Blasco Ibáñez opinaba que María Cristina era inocente y que los políticos habían desviado hacia ella las iras de la gente para librarse ellos de problemas y análisis de sus conductas anteriores. La Reina Madre se fue y se produjeron motines, y se pidieron cabezas, pero la gente cometió un nuevo error, excluir a Espartero, el hombre mitificado como amigo del pueblo, sin razón ninguna para ello. El 28 de agosto de 1854 se llegó a un máximo de violencia. Ese día hubo muertos. Las tiendas fueron saqueadas buscando comida. Sixto Cámara, el inductor de estos hechos, fue desterrado.

En septiembre de 1854 volvieron los motines reivindicando cuestiones económicas, pero no políticas. Hubo huelgas, asaltos a talleres, destrucción de máquinas, incautaciones de tierras en Badajoz, ocupaciones de fincas hechas por jornaleros y campesinos modestos, en fin, toda la parafernalia que hace sistemáticamente la izquierda para provocar el clima adecuado para su revolución. Y el lugar con más actividad popular fue Barcelona, donde en otoño de 1854 había surgido “Unión de Clases”, una especie de sindicato de obreros textiles. El Gobierno nombró Gobernador de Barcelona a Pascual Madoz, y Capitán General de Cataluña a Domingo Dulce. Madoz se atribuyó a sí mismo el papel de mediador entre los líderes de las masas y los patronos y, con ello, evitó mayores violencias. Habló con los patronos y con los líderes obreros, y a ambos les dijo que el enfrentamiento les perjudicaba a todos. El 4 de noviembre, se llegó a un acuerdo por el que se reducía la jornada laboral desde las 72 a las 69 horas semanales. Entonces, Madoz volvió a Madrid.

 

 

El proyecto de “unión de los liberales”.

 

El 17 de septiembre de 1854 se empezó a conformar una “unión liberal” en vistas a las próximas elecciones de octubre, un acuerdo constituido en tiempo de las elecciones de Cortes Constituyentes convocadas en agosto y que tendrían lugar a fines de octubre. Se reunieron los moderados Luis González Bravo y Fermín Gonzalo Morón, los puritanos Manuel de la Concha y Antonio de los Ríos Rosas, los progresistas Evaristo Fernández San Miguel y Salustiano Olózaga, y los generales Antonio Ros de Olano Perpiñá y Francisco Serrano Domínguez para acordar unos principios básicos que pudieran aceptar todos ellos: soberanía nacional, monarquía de Isabel II, orden público, libertad de imprenta, ayuntamientos y diputaciones electivas, reforma del presupuesto, cumplimiento de las obligaciones del Tesoro, reorganización del ejército y la armada, ley orgánica de instrucción y de la función pública, desamortización, construcción del ferrocarril, descentralización administrativa y responsabilidad ministerial. Este proyecto de “unión liberal”, no era todavía el partido Unión Liberal que triunfaría en los años siguientes a 1856, y se constituiría oficialmente en 1858, sino un acuerdo de convivencia entre “los dos cónsules”, Espartero y O`Donnell.

Los moderados templados (moderados de izquierda en lenguaje vulgar), los odonellistas y los progresistas templados (progresistas de derecha) se aliaron en “unión liberal”, grupo de oposición que todavía no era un partido político, pero sí el origen del partido homónimo. Intentaban preparar las elecciones de octubre de 1854. Allí estaban Antonio de los Ríos Rosas; Manuel de la Concha; Juan Mata Sevillano Fraile I duque de Sevillano y Marqués de Fuentes de Duero; Facundo Infante Chacón; y Evaristo Fernández San Miguel Valledor. Algún autor cita también en el proyecto a Juan Francisco Pacheco y a Manuel Cortina.

Los progresistas “puros” Salustiano Olózaga, Pedro Calvo Asensio y Práxedes Mateo Sagasta, quedaron fueran del acuerdo final, no se sumaron a la “unión liberal”. Los progresistas puros y demócratas, en la reunión que tuvieron el 27 de septiembre de 1854 en Palacio de Oriente, manifestaron que la existencia de una coalición, “unión liberal” falseaba el resultado de las elecciones, pues dos ideologías distintas pedían el mismo voto.

 

 

Las elecciones de octubre de 1854.

 

El 4, 5 y 6 de octubre de 1854 hubo elecciones en la mayor parte de España, mediante la ley electoral 20 de julio de 1837. Pero un tercio del territorio las aplazó alegando que había cólera. Barcelona, Tarragona, Gerona y Lérida, Huesca, Alicante, Sevilla, Albacete y Badajoz (curiosamente las zonas más progresistas y demócratas) alegaron peste y las celebraron el 24, 25 y 26 de octubre de 1854, cuando ya se conocían los resultados del resto de España. Por lo demás, el clima social fue de normalidad.

Los moderados más conservadores y los carlistas decidieron retraerse en esas elecciones. Los progresistas puros decidieron ir por libre, ellos solos.

No se admitió que los diputados fueran sacerdotes en virtud de la separación de obediencias, y un sacerdote que fue elegido fue desposeído de su escaño. Apenas salieron nobles titulados, sólo 13. La mayoría de los diputados eran terratenientes, clases profesionales liberales, y comerciantes, casi todos con alta preparación intelectual.

Resultados: de un total de 380 escaños que se elegían, el grupo de “unión liberal” obtuvo abrumadora mayoría en el Congreso. Los progresistas exaltados obtuvieron entre 50 y 60 escaños y los demócratas unos 20 escaños. Las Cortes se reunieron el 8 de noviembre. El presidente de las Cortes era Pascual Madoz. El dueño del legislativo era O`Donnell.

Espartero formó un nuevo Gobierno.

 

 

[1] Evaristo San Miguel Valledor, 1765-1862, fue un patriota de 1808, liberal y masón. Participó en el levantamiento de Riego en 1820. Organizó varias Sociedades Patrióticas  de tipo masónico en 1820-1823. Escribía en El Espectador. Fue vencido en 1823 y llevado a Francia de donde marchó a Londres en 1824. Tuvo una imprenta y colaboró en variso periódicos. Regresó a España en 1834 y se le reconoció el grado de coronel, ascendió a Brigadier y Mariscal de Campo en 1836, y en 1838 fue Ministro de Marina, Ultramar y Guerra para Bardají. Fue Capitán General de Vascongadas en 1842 y de Castilla la Nueva en 1843, antes de la llegada de Narváez al poder. Realizó numerosas publicaciones y perteneció a la Academia de la Historia y a la de Arqueología y Geografía, y siempre pasó como muy liberal a pesar de que era más bien moderado. En 1854 fue Capitán General de Castilla la Nueva, con mando sobre Madrid, y Presidente de la Junta de Salvación.

[2] Juan Mata Sevillano y Fraile, 1790-1864, marqués de Fuentes de Duero y Duque de Sevillano era uno de los hombres más ricos de España por su matrimonio con mujer rica, por ser abastecedor de paja y cebada para las caballerizas de Palacio, por ser proveedor de los ejércitos en 1839. Era alcalde de Vicálvaro y en su posición de hombre de Palacio se relacionó con todos los hombres importantes de su época. Tras los sucesos de 29 de junio de 1854, se escondió para no ser detenido, pues las reuniones preparatorias se habían celebrado en su casa de Vicálvaro. Tras el triunfo del golpe, el 19 de agosto de 1854, Sevillano fue nombrado “Gentilhombre de Cámara”, lo cual le daba acceso a Palacio. El 5 de septiembre fue nombrado Duque de Sevillano y Grande de España. en 28 de diciembre de 1854 fue nombrado Ministro de Hacienda, e intentó recortes de gastos suprimiendo funcionarios de Hacienda, de aduanas, comisiones consultivas y sucursales de la Caja General de Depósitos, lo cual sirvió para que en 4 de enero, un grupo de banqueros, entre los que estaba José de Salamanca, se aviniese a prestar 40 millones al 7% y con ello poder empezar a gobernar. Con el crédito y los recortes, llegó el escándalo y, en 22 de enero, cuando se abrieron las Cortes, Sevillano fue cesado como Ministro y sustituido por un progresista, Pascual Madoz. Sevillano aprovechó las desamortizaciones del bienio para comprar muchas fincas y hacerse mucho más rico. Fuente: Agustín Fernández Escudero. El Duque de Sevillano banquero de la Revolución de 1854. Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, nº 11, 2013.

[3] Manuel Crespo de Cebrián, 1793-1869, luchó en la Guerra de la Independencia en el bando patriota y fue uno de los militares que se hizo guerrillero y actuó en el Maestrazgo. En 1818 pasó a América y en 1821 le capturó Bolívar en Carabobo y le envió a Cuba. Tras una estancia en España, fue enviado de nuevo a Cuba con el grado de coronel.

[4] Francisco de Paula Vicente Valdés Anziola, 1788-, estuvo en Dinamarca a las órdenes del Marqués de la Romana luchando por Napoleón, en 1820 apoyó a Riego en Cádiz,  en 1823 luchó en el bando liberal y en 1824 se levantó contra el absolutismo en Las Palomas (Cádiz), de donde marchó a Tánger, Gibraltar e Inglaterra. Regresó a España en 1836. En 1841 fue ascendido a Mariscal de Campo y fue Gobernador de Jaca, en 1842 fue Gobernador de Zaragoza, y en 1843 estaba en Barcelona y se sublevó contra Espartero, y luego huyó a Francia. Regresó en 1844 y pasó a la reserva. En 1854 formó parte de la Junta de Salvación y ascendió a Teniente General. No sabemos nada más del resto de su vida. Fuente: Francisco Javier Bernald Morales, Francisco Valdés: Notas para la biografía de un revolucionario romántico mostoleño.

[5] Martín José Uriarte Urdániz, 1799-, era navarro y luchó en América en 1825, por lo que era un auténtico ayacucho esparterista. En 1839 fue Virrey deNavarra, y en 1840 se sublevó en La Coruña a favor de Espartero y fue nombrado brevemente Capitán General de Galicia hasta el final de la sublevación. En 1854 fue Miembro de la Junta de Salvación y ascendido a Teniente General se le dio el Gobierno de Vascongadas. En 1855 fue Capitán General de Galicia. En 1855 fue Inspector General de Carabineros de Hacienda Pública y 1859 Director General de Carabineros. Fuente: en Galipedia.

[6] Ángel Fernández de los Ríos, 1821-1880, fue un madrileño que en 1842 ingresó en la Milicia Nacional y se hizo progresista. En 1848 se sublevó contra Narváez y fue encarcelado. En 1852 protestó contra Bravo Murillo y fue encarcelado. En 1853 protestó contra Sartorius y fue encarcelado. En 1854 estuvo en la Junta de Salvación. En 1856 se opuso a O`Donnell y su Unión Liberal, por ser demasiado moderados, y creó Centro Progresista para oponerse a los progresistas “resellados” dispuestos a colaborar con este general. Evolucionó a republicanismo. En 1866 apoyó el levantamiento de los Sargentos de San Gil y fue juzgado y exiliado a París. En 1869, Francisco Serrano le envió a Lisboa, tal vez para evitar su propensión al levantamiento, entonces republicano ibérico.

[7] Antonio Aguilar Correa, 1824-1908, fue el típico hombre de Unión Liberal, Ministro de Fomento en 1858-1863, Ministro de Gobernación en 1863, embajador en Roma en 1887 y Ministro de Estado para Sagasta (Partido Liberal) en 1890.

[8] Joaquín Aguirre de la Peña, 1807-1869,  hizo estudios propiamente eclesiásticos de Derecho Romano y Canónico en Zaragoza y Alcalá de Henares. En 1840 entró a trabajar en Gracia y Justicia y fue catedrático en la Universidad de Madrid. Estuvo en discrepancia con los autoritarios de 1843 y 1853 y formó parte de la Junta de Salvación de 1854 y luego Ministro de Gracia y Justicia para Espartero-O`Donnell. Exiliado en 1856, regresó en 1868 y fue miembro de la Junta Provisional Revolucionaria y de la Junta Superior Revolucionaria.

[9] José Ordax Avecilla, 1813-1856, era hijo de un liberal muy activo en 1820 y fue enviado a estudiar para sacerdote en el Seminario de León y pasó a estudiar Derecho a Valladolid, pero abandonó sus estudios para luchar contra el carlismo y hacerse progresista duro. En 1840 trabajaba en Biblioteca Nacional. Se movía en círculos progresistas cada vez más de izquierdas, primero demócrata y más tarde socialista. En 1850 escribía en La Asociación y en La Creencia,  interesándose por las ideas de Fourier que gustaban a los madrileños y de Cabet que gustaban a los barceloneses.

[10] Diego Coello de Portugal Quesada, 1821-, fue periodista del Partido Moderado en El Corresponsal, El Heraldo, El Faro, y La Época. Protestó contra el autoritarismo de Sartorius en 1853 y fue confinado. Regresó a Madrid en 1854 para integrarse en la Junta de Salvación.

[11] Juan Antonio Rascón Navarro Seña y Redondo, 1821-1902, era cántabro y se afilió a la Milicia Nacional hacia 1834-1836 en donde llegó a capitán en 1841 y destacó como miembro progresista. Se hizo abogado y periodista en El Clamor Popular, y en 1854 estuvo en la Junta de Salvación. Más tarde pasó por muchas de las embajadas de España en Europa. Fuente: Luis Álvarez Gutiérrez. El conde de Rascón, un embajador del siglo XIX, de la Milicia Nacional a la diplomacia. Cuadernos de Historia Contemporánea 2007, volumen extraordinario, 13-24.

[12] José Rúa Figueroa, 1820-1855,  estudió medicina en Santiago y escribió en Santiago y a ellos y en El Porvenir en sentido progresista. En 1843 pasó a Madrid para trabajar en los periódicos de la oposición a Narváez, lo cual le llevó a la cárcel en 1848. Escribió en La Nación, La Gaceta de Madrid, Semanario Pintoresco Español. Fuente: Buscador Gices XIX, Universidad Autónoma de Barcelona.

[13] Cristino Martos Balbí 1830-1893 había nacido el 13 de septiembre de 1830 en Granada y había estudiado en Granada, Toledo y Madrid derecho. Se dedicó a escribir en periódicos demócratas y progresistas. En 1854 fue uno de los protagonistas de la revolución y fue fiscal del Tribunal Supremo hasta 1856. Fue su momento más destacable. En 1866 estuvo en las conspiraciones contra Isabel II y fue condenado a muerte y desterrado, pero regresó en 1868 al triunfar la revolución. En 1873 fue alcalde de Madrid durante la República y, a partir de ahí se fue moderando de manera que en 1875 era sagastino, en 1880 del Partido Republicano Progresista, y acabó siendo monárquico. Murió en Madrid el 17 de enero de 1893.

[14] Emilio Castelar Ripoll nació en Cádiz en 1832. En 1836 iba a la escuela en Elda (Alicante), estudió después en el instituto de Alicante y en la Universidad de Madrid, derecho y filosofía. Apareció en política en 1854 con un discurso sobre las libertades políticas y la democracia. En 1863 fundó un periódico, “La Democracia”, de carácter antimonárquico y por ello, por un artículo e su periódico titulado “El Rasgo” en el que censuraba a Isabel II, fue apartado de su cátedra de Historia de España de la Universidad Central en 1865, lo cual provocó alborotos estudiantiles que acabaron en la Noche de San Daniel de 10 de abril de 1865. Estuvo complicado en el levantamiento del Cuartel de San Gil de 1866. Estuvo exiliado hasta 1868. Al regresar fue uno de los tres dirigentes del Partido Republicano (Figueras, Pi y Castelar) y fue elegido diputado en 1869. Pero su idea de la república era unitaria y con libertad de asociación y se oponía al federalismo y al cantonalismo. Fue ministro de Estado en la Presidencia de Figueras. Fue Presidente en septiembre de 1873. Defendía una república en la legalidad y se oponía a los actos de fuerza cantonalistas. En 1876 sería diputado por Barcelona y defendería el sufragio universal la libertad de todos los cultos y el servicio militar obligatorio y estuvo en el Partido Republicano Posibilista que se oponía al Partido Republicano Radical de Ruiz Zorrilla. En mayo de 1893 se integró en el Partido Liberal de Sagasta. Murió en San Pedro del Pinatar (Murcia) en 1899.

[15] Los populistas traducen “demos” como “pueblo”. Es una falsedad, pues el “demos” griego era la reunión de los jefes de familias, es decir de los dueños de las embarcaciones que servían para el ataque a los barcos y poblaciones de las costas del Mediterráneo, y de los dueños de mansiones, esclavos y fincas de dentro y fuera de la Hélade (la talasocracia). Para el menos entendido, es más exacto traducir demos como asamblea de los capitanes piratas y de los grandes terratenientes dueños de esclavos, que traducirlo por pueblo. Otra cosa distinta es que en Atenas se ejerciera el “cratos” o acuerdo general del demos para ejercer el poder, y no la “arquía” o voluntad de los generales dueños de la fuerza bruta, y que Atenas fuera una “demo-cracia” y no una mona-rquía, ni una oliga-rquía. En conclusión, identificar la democracia helénica con las democracias de la Edad Contemporánea es cosa de ignorantes y de los que quieren engañar al pueblo.

[16] José Félix Allende-Salazar Mazarredo, 1802-1893, era un esparterista, pero crítico respecto a Espartero, siempre enemigo de las posturas autoritarias de Espartero. De familia pudiente de Bilbao, y con familiares importantes  en el ejército, ingresó como Cadete en las Reales Guardias Españolas. Combatió al absolutismo en 1823 y fue expulsado del ejército, pero se reincorporó en 1833 en la Guardia Real. Sirvió junto a Espartero en la Guerra Carlista, de donde vino su relación personal entre ellos, y sus ascensos hasta coronel, pero se decepcionó del ansia de poder de su compañero y general, y abandonó el ejército en 1840. En 1844, los moderados le ascendieron a brigadier, por su postura crítica a Espartero y favorable a Isabel II, pero le mantuvieron fuera de cargos de importancia. En 1854, acudió al levantamiento de Zaragoza, al que también se presentó Espartero desde Logroño, y fue intermediario entre Espartero y la Reina Isabel II a fin de hacer cesar las rebeliones. Su trabajo le valió ser ascendido a Mariscal de Campo y nombrado Ministro de Marina, tras ser propuesto por Espartero como Ministro de Guerra y no ser ello aceptado por O`Donnell. En marzo de 1856, apareció como uno de los líderes “progresistas puros”, opuestos a O`Donnell y su Unión Liberal, y también opuesto al autoritarismo de Espartero. En 1868 ascendió a General por sublevarse en Bilbao en apoyo del levantamiento de Juan Prim. En 1872 abandonó el ejército. Fue nombrado Ingeniero Militar. Dimitió de este cargo en 1873 al llegar la República. Fuente: humanidades.cchs.csic.es

[17] Francisco de Luján Miguel y Romero, 1795-1867, fue un militar de artillería que destacó en la Academia en sus estudios de matemáticas y química. Se sublevó en 1823 contra Fernando VII y fue expulsado del ejército, al se reincorporó en 1833. Se hizo experto en metalurgia y mineralogía y era un hombre probadamente culto. Fue nombrado Ministro de Fomento en 30 de julio de 1854 pero no se incorporó al cargo hasta el 5 de agosto siguiente. Trabajó en la Ley de Ferrocarriles y en la Ley de Minas. Se hizo de Unión Liberal en 1856 y fue de nuevo Ministro de Fomento en enero de 1863.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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