MINERÍA EN TIEMPOS DE ISABEL II.

 

Un sector que destacó en España desde los años sesenta y hasta final de siglo XIX fue la minería. Se explotaron en España en estos años 663 minas de carbón, 262 de plomo, 219 de cobre y 2.274 de otros metales, además de la de Almadén de mercurio. No debemos engañarnos por estas cifras, aunque dieran trabajo a 30.000 personas. La producción de carbón era ridícula, 25 veces menos que la francesa, pero para España era todo un hito. La poca producción española se debía a las dificultades de transporte, que se hacía en carros de bueyes hasta el puerto más cercano y ello encarecía el producto en grados insostenibles. En 1870 llegó la tecnología Bessemer de producción de acero y la minería del hierro se multiplicó. La mitad de la producción se destinaba a la exportación y se exportaba en bruto y con exención de derechos de exportación. Podía ser un buen negocio para los explotadores mineros, pero no era un factor importante de desarrollo de España.

En realidad, la exportación de minerales era un signo de bajo desarrollo, pues otros países con más producción los manufacturaban ellos mismos, los consumían para sus propias necesidades, mientras que España trataba de exportarlo casi todo, porque no sabía manufacturar ni tenía suficiente industrialización para consumirlo. Y la exportación, a veces era muy difícil por baja calidad del producto y precios altos.

 

 

Evolución del sector minero.

 

Con anterioridad a Fernando VII, el principal mineral exportado por España era el mercurio, seguido a considerable distancia por el mineral de hierro y muy por detrás del hierro el plomo y el antimonio. La producción y exportación de cobre y cinc habían sido insignificantes.

El mercurio se producía en Almadén

El mineral de hierro en Mondragón (Guipúzcoa, y en algunos puntos de Vizcaya, Cantabria y Cataluña.

El plomo, en Canjáyar (Jaén) mina de Los Arrayanes, y en las galenas de Gádor (Almería).

El antimonio, en Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real) y en Santiago de Compostela.

El cobre, en Riotinto (Huelva).

El cinc en Sierra de Cazalla (Sevilla) y en las calaminas de San Juan de Alcaraz (Albacete)

La plata en Guadalcanal (Sevilla) pero en muy escasa cantidad.

El arsénico y cobalto en el Valle de Gistain (Pirineos orientales).

El éxito de las exportaciones de minerales empezó en España a final del reinado de Fernando VII.     La pérdida de América había impulsado la actividad minera española. Y la necesidad de dinero impulsaba a los Gobiernos a exportar y conseguir divisas.

Por Real Orden de 4 de junio de 1825, la Corona se había reservado la propiedad de los yacimientos mineros y el derecho a explotar los más importantes, pudiendo enajenar la explotación de los que creyera conveniente hacerlo. Como el Estado necesitaba dinero, enajenó la explotación de muchos: el cobre de Riotinto se lo arrendó a Gaspar Remisa y la plata de Guadalcanal también a Remisa.

El decreto de 23 de septiembre de 1833 estableció el Real Cuerpo Facultativo de Minas, organismo dividido en cuatro secciones que eran: Dirección General, Inspectores de Distrito, Sección de Ingenieros, y Escuela de Minas, la cual se situó en Almadén. España tuvo buenos ingenieros de minas, lo cual no fue suficiente para mejorar los negocios mineros.

En el segundo tercio del XIX, España se convirtió en el primer exportador europeo de minerales como el plomo, cobre, cinc, mercurio y mineral de hierro. Ello ayudó más a la industrialización del occidente europeo que a la industrialización de España.

La ley de 21 de abril de 1849 y ley 11 de julio de 1859, redujeron a bienes nacionales el patrimonio minero, es decir, las minas serían de España y no de la Corona. En lo demás, se mantuvieron bajo control estatal la explotación de los yacimientos importantes, y se liberalizó la explotación de los que no explotara el Estado.

Entonces llegó capital francés, belga y británico, dispuestos a colocar las ganancias fuera de España. Arrendaban concesiones, pues la posibilidad de enajenar minas no se planteó en España hasta después de 1868.

Tras estas leyes de mediados de siglo, España se convirtió en el primer productor de plomo del mundo, tenía posición hegemónica en el mercurio, era la segunda productora de cobre tras Estados Unidos y la tercera productora de mineral de hierro tras Reino Unido y Suecia.

Como los demás productores consumían su propia producción, España era el país europeo exportador de minerales. Pero la actividad comercial de exportarlos estaba en manos extranjeras. España entraba en un tipo de economía colonial, por falta de industrialización propia.

Los métodos de extracción minera españoles eran anticuados y se hacían a costa de la salud y la vida de los mineros. El poco progreso industrial mecanizador tenía en ello mucha parte.

El máximo de exportaciones españolas se produjo en 1862-1863, poco antes de la crisis económica internacional. En esas campañas lo más vendido fue el plomo (45% del valor total de las exportaciones de minerales), seguido del cobre (20%), cinc (10%), mercurio (10%), plata (6%) y hierro (6%).

El Estado cobraba como derechos de explotación y exportación de minerales el 3% de los minerales y metales exportados.

En ese momento de 1863, había en España 1.808 minas de hierro que daban trabajo a 31.931 mineros. Las dimensiones de las empresas mineras eran muy pequeñas. Para beneficiar el mineral había 549 instalaciones que daban trabajo a 11.747 obreros. El mineral se lavaba con 379 dispositivos hidráulicos, 148 máquinas, y el resto se lavaba a mano. Para trabajar el mineral, había 54 hornos altos de fundición, 155 hornos de reverbero, 81 hornos de beneficio del mineral y 269 forjas.

En 1864 empezó la crisis. Se notó el descenso de la demanda.

La hegemonía española como exportadora de minerales decayó a fin del XIX cuando Estados Unidos empezó a exportar plomo; Chile, Malasia y Rhodesia exportaron cobre; Idria (Italia-Austria), New Almadén (Estados Unidos) y New Idria (Estados Unidos) exportaron mercurio.

 

 

 

El carbón.

 

Las principales minas de carbón españolas del siglo XVIII, en 1742 estaban en Villanueva del Río (Sevilla) y en Mieres (Asturias). Ninguna era rentable porque el costo de la extracción y transporte era caro y la demanda baja. Las minas de carbón españolas del siglo XVIII estaban situadas: En Asturias abiertas hacia 1770 (San Luis, Antonio Carreño, Reales Minas de Langreo); en Sevilla (Villanueva del Río y Minas); en San Juan de las Abadesas (Gerona); en Utrillas (Teruel); y en Guadiato (Córdoba). No se daba importancia a esta actividad minera. El carbón se venía utilizando para hornos de reverbero y en esos hornos se fabricaban principalmente municiones. También se utilizaba en hornos para fabricar cristal y en fraguas para utensilios de agricultura y domésticos.

El panorama minero del carbón cambió con la invención de la locomotora de carbón: En 1828, el Estado se interesó por el carbón asturiano y el ministro López Ballesteros encargó a Fausto Elhúyar un informe al respecto. Elhúyar recomendó explotar el carbón asturiano y construir la carretera Langreo-Gijón para que el transporte a puerto fuera rentable, y evaluaba el coste de la carretera en 2,5 millones de reales. Por otro lado, rechazó hacer el proyecto de navegar el Nalón por ser demasiado costoso y que requeriría mucho tiempo su construcción.

En 1833, Javier de Burgos se interesó por el problema energético español y envió una instrucción a los subdelegados de Fomento para que averiguaran, cada uno en su zona, las posibilidades de explotación del potencial hidráulico nacional y de los yacimientos carboníferos.

La Real Orden de 4 de marzo de 1832 dio las normas para la extracción del carbón: las minas quedaban exentas de contribuciones especiales; se autorizaba la exportación de carbón en buques extranjeros bajo tributación de 3 reales por quintal; se imponía una tasa de 3 reales por quintal a la hulla importada en barcos españoles, tasa que se elevaría a 4 reales por quintal si los barcos eran extranjeros; se creaba la Cátedra de Mineralogía en el Real Instituto Asturiano de Minas a fin de que estudiara en profundidad las posibilidades del carbón asturiano.

La Real Orden de 14 de diciembre de 1834 trató sobre el fomento de la extracción de carbón y sobre su comercialización.

En 1833 se creó la Real Compañía Asturiana de Minas. La Real Compañía Asturiana era mitad belga, mitad española y la dirigía el inglés John Cockeril. Este empresario pretendía importar a Asturias mineral de hierro vasco cántabro y tratarlo con carbón asturiano. El proyecto resultó inviable porque el transporte del carbón hasta al alto horno, y los portes del hierro hasta allí, hacían que el negocio no fuera rentable.

En 1836 se creó la Sociedad de Minas de Carbón de Siero y Langreo. La Sociedad de Minas de Carbón de Siero y Langreo fue una iniciativa del banquero Alejandro Aguado. Este empresario abrió una carretera desde Sama a Gijón con intención de hacer rentables las minas, pero no consiguió su propósito. La Sociedad pasó a manos de Fernando Muñoz duque de Riánsares, marido de María Cristina de Borbón, quien aprovecho la carretera para trazar un ferrocarril Sama-Gijón que debía ser más rentable que la carretera. Pero la empresa siguió sin ser rentable porque el 40-60% del mineral extraído eran menudos y arenas no aprovechables para los altos hornos, salvo a bocamina. Fernando Muñoz vendió la empresa al francés Adolphe d`Eicthtal, presidente de la Compagnie Miniere et Metallurgique des Asturies.

El carbón asturiano se dedicaba a la venta, y muchas veces a la exportación, carga de las bodegas de los barcos. El carbón asturiano resultaba caro porque los costes del transporte eran altos hasta llegar al puerto. Por ello, se hizo el ferrocarril Gijón-Sama de Langreo.

Como desde 1815 existía en España la Compañía del Guadalquivir para explotar el carbón de Sevilla, Real Compañía Asturiana, Minas de Siero y Langreo y Compañía del Guadalquivir eran las tres grandes compañías del carbón a mediados del XIX. El carbón de Sevilla se vendía en Sevilla ciudad, para uso de barcos de vapor.

Los ingleses no gustaban del carbón español, porque el suyo era mejor en calidad y más barato. Establecieron depósitos de carbón por todo el mundo, de modo que sus barcos podían recargar en muchos sitios. Uno de los depósitos británicos era Santa Cruz de Tenerife, y allí pagaban como impuestos el 2% de la mercancía en concepto de almacenaje.

La Real Orden de 11 de septiembre de 1836 reguló la propiedad y explotación de las minas: cada concesión minera tendría una extensión mínima de 700 varas cuadradas (una vara cuadrada viene a ser 0,81 metros cuadrados); en las concesiones anteriores a esta orden se respetaría lo acordado con el concesionario; las compañías ya establecidas podrían optar a la aplicación de sus concesiones siempre que ello no perjudicase a terceros.

Ante esta oferta del Estado de 1836 no hubo demanda y la producción carbonífera no se lanzó.

 

El periodo de auge del carbón:

En 1848 la siderurgia del norte demandó carbón mineral (la de Andalucía funcionaba con carbón vegetal), y entonces las minas de Asturias comenzaron a ser rentables. Los clientes eran muchos: el ferrocarril, los barcos de vapor, las fábricas de gas, y los altos hornos.

En 1849, la Real Compañía Asturiana de Minas puso un alto horno para fundir calaminas que obtenía en Vizcaya y Cantabria. Tampoco tuvo un gran éxito, y en 1859 se convirtió en la “Compagnie Royale Asturienne des Mines, Societe pour la production du Zinc en Espagne”, es decir, se enajenó. Esta empresa estaba domiciliada en Bruselas y controlada por Banque Nationale de Belgique. En su nacimiento trabajó el belga Jules Hanzeur.

En este punto de la industrialización siderúrgica española, la aristocracia española, consciente de las dificultades de la minería del carbón y del mineral de hierro, no invirtió. Se sabía que estos recursos españoles sólo eran rentables para su consumo in situ, el carbón de Sevilla para Sevilla y el hierro vasco para el País Vasco y nada más. Resultaba mucho más barato el carbón inglés puesto en puerto español que el carbón español. Además, el transporte del carbón inglés era un buen negocio pues se cargaba el barco en Vizcaya o Cantabria con mineral de hierro y se retornaba con carbón inglés. Y como la hulla inglesa, con algo de antracita, era de más calidad que la hulla asturiana, los empresarios vascos preferían el carbón británico. Los lignitos de Teruel y Córdoba son todavía inferiores. En 1832-1836, las tarifas a la importación de carbón inglés eran del 3%, muy bajas, pues los empresarios habían forzado tarifas suaves, por ejemplo Manuel Agustín Heredia, que quería hulla para Málaga, y los Bonaplata que querían carbón para Cataluña. Los Bonaplata aún consiguieron que el carbón español entrase en Cataluña libre de derechos y el extranjero entrase con muy pocos impuestos.

En este punto de la inversión industrial, el carbón inglés resultó cada vez más barato, y casi siempre era de más calidad que el español. Las minas españolas estaban condenadas a no ser rentables.

Hacía 1860 la producción de carbón nacional resultaba insuficiente para la demanda existente. Las necesidades del ferrocarril eran mayores que la producción española y se importó carbón británico, de más calidad que el español.

En 1862 se trató de dificultar la importación de carbón inglés y se le puso un arancel de 32,5 reales a la tonelada, una cantidad similar a lo que costaba el carbón en Newcastle (exactamente un 85% más), y aun así el carbón inglés todavía era más barato que el español. Los buques ingleses llegaban con su carbón a Cádiz y Cartagena, y cargaban plomo como flete de retorno, lo cual hacía rentables los viajes.

Villanueva del Río (Sevilla) apenas producía carbón, no lo suficiente para las necesidades industriales. Por eso se abrieron nuevas minas en Bélmez y Espiel, las cuales se agruparon en una sola sociedad en 1858. En 1865 apareció “Houillere et Metallurgique du Belmez”, una sociedad franco belga y construyó el ferrocarril Bélmez-Almorchón, que debía llevar el carbón a Linares. Inauguró en 1868.

Orbó, en Palencia, era la tercera mina de España en estos años, propiedad de Crédito Mobiliario Español. Esta sociedad construyó un ferrocarril desde la mina hasta el enlace del ferrocarril Palencia-Santander, buscando vender su carbón en Madrid.

Sabero, en León, era un complejo metalúrgico a bocamina de las minas de carbón, pero fracasó.

Hinarejos en Cuenca y Villarluengo en Teruel fueron empresas insignificantes.

Surroca y Ogassa, en San Juan de las Abadesas (Gerona) eran de la empresa Veterano Cabeza de Hierro, creada en Barcelona en 1844, pero el carbón daba poca potencia calorífica y la extracción era cara por las múltiples fallas en la veta.

Duesagües en Tarragona tenían antracitas, pero poca potencia de veta.

Figols y Pobla de Lillet en Barcelona tenían lignitos en pequeña cantidad.

En conjunto, en 1858, había en España 7.000 yacimientos mineros en explotación y 497 eran carboníferos. Se extraían casi 200.000 toneladas al año, casi todo hulla, pero sólo 15 yacimientos eran productivos en cantidad suficiente para asegurar una inversión de capital. En 1863 se pasó a obtener 400.000 toneladas al año.

En 1866, había en España 35 altos hornos, pero sólo 8 eran de coque (2 en Duro y Cía de Asturias, 2 de Hullera y Metalúrgica de Asturias, 1 de Gil y Cía de Asturias, 2 en Baracaldo-Vizcaya) y el resto, que trabajaban con madera, estaban principalmente en Málaga y Barcelona. El consumo de carbón era bajo, y preferían antracitas y hullas, y no lignitos españoles. El carbón de baja calidad se podía utilizar para el ferrocarril y para los barcos de vapor, lo cual permitió abrir minas en Asturias, León y Palencia.

Los aranceles de 1891 y 1906 harían que el carbón británico fuera cada vez más caro, pero como seguía siendo de más calidad que el español, siguió importándose y, aunque se obligó en 1921 a que el ferrocarril y la siderurgia estatal consumieran carbón español, las empresas privadas siguieron importando carbón británico. La insistencia de la República y del franquismo en promocionar el carbón de producción nacional, consiguieron bajar la productividad y convertir el sector en un problema sin solución: se empeñaron en dar trabajo a mucha gente, hasta 52.000 mineros, y como el carbón se vendía barato, cada tonelada de carbón significaba más y más pérdidas para el Estado. Por otra parte, despedir a decenas de miles de obreros era impensable. Hasta que en 1960 se decidió cambiar de política y empezar a retirar subvenciones y cerrar minas no rentables, proceso que duró varias décadas. La entrada de España en la Unión Europea en 1986 planteó acabar con este negocio ruinoso: La Unión Europea decidió retirar las subvenciones en 2010, o sea, en veinte años. Para no dañar los presupuestos estatales, cosa prohibida por la Unión europea, se decidió cargar los costes a los españoles en los recibos de la electricidad de hogares privados. De 1999 a 2013 se despidió a unos 15.000 mineros. En 2012 quedaban todavía 5.300 mineros casi todos en Asturias y León. El Gobierno español pidió prórroga hasta 2018 para eliminar las subvenciones mineras, la retirada de las cuales provocará el cierre de todas las minas, pues todas pierden dinero.

 

 

El plomo.

 

El plomo fue el principal mineral exportado desde España en el XIX. Significó el despegue de la minería española. La explotación de la galena fue muy importante a partir de 1814, cuando la vieja mina de Los Arrayanes en Jaén, fue sustituida por las de Gádor (Almería) y Sierra Almagrera (Almería).

Como producto residual, las galenas argentíferas daban algo de plata, pero en un proceso de fundición diferente y más caro que el del plomo. Era caro pero resultaba interesante una vez que faltaba la plata americana que había llegado a España hasta principios de siglo.

El mineral de galena era tratado en “boliches”, hornos improvisados con lajas de piedra y adobes que quemaban esparto. Los boliches fueron sustituyéndose por hornos castellanos de ladrillo, alimentados por leña y carbón vegetal, la cual llegaba a Adra (Almería) por mar. Los transportistas de este combustible eran Rein y Cía, domiciliados en Málaga. A mitad del XIX se introdujo el horno de fundición para tratar estas galenas.

Cuando se agotó el yacimiento de Gádor se empezó a explotar Sierra Almagrera, mina que fue descubierta en 1838 y fue el yacimiento de plomo más importante de España en el siglo XIX. Está situado al este de la provincia de Almería, limítrofe con la de Murcia, en la localidad de Cuevas de Almanzora. También se pusieron en explotación viejos yacimientos murcianos.

La comercialización del plomo español la hacían los británicos y franceses. Los clientes de Inglaterra eran Irlanda, Suecia y Estados Unidos, el cual la compraba para revenderla a China. El principal cliente francés era Rusia.

El plomo se utilizaba en el siglo XIX para hacer cañerías de agua, para llevar el agua a las casas de las ciudades. También se utilizaba en la impermeabilización de viviendas, fabricación de pinturas y esmaltes, en el proceso de obtención de la plata y otros metales, y en la fabricación de munición.

En 1840, el Gobierno español prohibió la exportación de galenas argentíferas, medida que derogó en 1852.

Cartagena poseía, desde 1842, una fundición de galena llamada la Franco Española, y estaba situada en el arrabal de Santa Lucía, y en 1843 puso otras seis fundiciones en los alrededores de la ciudad. La ciudad de Cartagena se identificaba con el concepto de plomo. Cartagena se abastecía de galenas murcianas, que eran la misma zona que la almeriense de Sierra Almagrera. Pronto la galena era insuficiente y se pasó a explotar también los carbonatos de plomo porque Cartagena descubrió que en las montañas de escorias que rodeaban la ciudad, pues el plomo era explotado allí desde tiempos romanos, quedaba mucho plomo en forma de carbonatos. En 1848 se descubrió en la Sierra de Cartagena un nuevo yacimiento de plomo, de grandes dimensiones y enseguida se llegó al boom minero de Cartagena. Miles de personas acudían a la ciudad con la esperanza de trabajar en las minas de Mazarrón, Águilas, Lorca, Garbanzal, Herrerías, Portmán y Roche. Todas estas pedanías cartageneras se integraron en 1840 en un solo ayuntamiento, que se llamó La Unión, y que desde entonces es uno de los mayores pueblos de Murcia.

Jaén fue reexplotado a partir de 1868. Antes de esa fecha no parecía rentable porque la zona tenía malas comunicaciones y porque el Estado había hecho una concesión desventajosa para él con Antonio Puidullés y no tenía interés en esa empresa.

En 1869, la exportación española de barras de plomo superó a la británica y se hizo líder mundial de exportaciones de plomo. El liderazgo perduró hasta 1880, cuando Estados Unidos se puso a producir masivamente y superó a España.

A pesar de toda esta riqueza minera y comercialización del plomo, ni en Andalucía ni en Murcia surgió una industria fuerte: las concesiones mineras eran minifundistas, de una hectárea en promedio; las concesiones se obtenían para arrendarlas a otros, los cuales buscaban subarriendos a trabajadores individuales en un concepto de la minería más bien especulativo, en el que se buscaba el beneficio individual rápido y no la consolidación social y económica de España. Cuando un minero ganaba dinero, no emprendía un negocio industrial o comercial, sino que se compraba tierras de labor y casas, y trataba de convertirse en rentista, vivir sin trabajar, y gastar con prodigalidad. Esa era la norma general. Hubo, claro está, algunos que intentaron negocios, pero fueron en general ajenos al que les había proporcionado la fortuna, tales como tratantes de ganado, compradores de fincas en la desamortización, esparteros, armadores de un barco de pesca, exportadores de subsistencias (cereales y almendras para Cataluña y Valencia, que las reexportaban a américa y África). Eran una minoría los que se dedicaron a la exportación de mineral a la Gran Bretaña o construyeron hornos para vidriado y fundición de galenas.

Los fabricantes de tubos de plomo utilizados para cañerías de agua, planchas de plomo para impermeabilizar tejados y perdigones para las escopetas eran Cartagena y Almería.

 

 

La plata.

 

La plata española era un producto paralelo a la explotación del plomo, pues ambos se obtenían de las galenas argentíferas, aunque en distinto proceso. La plata era poco rentable, y su producción dependía de los precios del plomo. Si el plomo bajaba excesivamente de precio, se dedicaban a la plata, y cuando el plomó subía, se volvía al negocio original, menos laborioso.

La plata se vendía al Estado, que la utilizaba para producir moneda y controlaba su explotación e impedía la exportación.

En Sevilla se conoció en el XVIII la existencia de plata en estado puro en Guadalcanal, pero las cantidades eran tan pequeñas que no merece la pena su consideración.

En Guadalajara se encontró plata en estado puro en Hiendelaencina, y allí el Estado producía por el método de amalgamación, unos 30.000 kilos al año, por valor de unos 500.000 escudos.

 

 

El cobre.

 

El cobre era un mineral muy útil en el siglo XIX. Servía para hacer hilo telegráfico, para obtener ácido sulfúrico y para hacer fertilizantes, además de cacharrería.

La mina de Riotinto estaba agotada, pero en 1840 se revitalizó con motivo de la subida de los precios del cobre, lo cual hacía rentables nuevas tierras. Con esta subida de precio, surgió una fiebre minera del cobre. Eloy Cossío trató de mejorar las técnicas extractivas y aun así el Estado perdía dinero. Resultó que los particulares, que aplicaban técnicas más modernas, sí obtenían rentabilidad.

Entre 1841 y 1848 fueron denunciados 327 yacimientos de cobre, y en 1853 otros 250 más. Las empresas explotadoras se multiplicaron y entre ellas destacaba la del Marqués de Decazes (antiguo embajador de Francia en Madrid). En 1855 apareció la Cie des Mines de Cuivre d`Huelva, propiedad de los Pereire, los cuales compraron sus concesiones a Decazes. Pero los franceses no sabían eliminar el azufre que abundaba en Pueblas de Guzmán y en Calanas, y arrendaron la explotación a unos británicos que crearon la Tharsis Sulphur and Copper Mines Ltd., unos escoceses que poseían un capital de un millón de libras. La Tharsis hizo rentables las explotaciones, repartió altos dividendos y se hizo famosa en el mundo. Tharsis está 50 kilómetros al oeste de Riotinto.

El Estado español se preguntó por qué sus minas de Riotinto perdían dinero y la Tharsis ganaba tanto. Las minas de Riotinto, del Estado español, estaban arrendadas en 1829-1849 a los Remisa, Gaspar de Remisa hasta 1847 y Jesús Muñoz II marqués de Remisa a continuación, y éstos abusaban de su concesión no publicando beneficios. En 1849 se les quitó la concesión. Nunca se consiguió el rendimiento que obtenía Tharsis, ni de lejos, a pesar de que se mejoraron las técnicas de explotación. La primera técnica para eliminar el azufre, quemaba el mineral en hornos cónicos altos consumiendo mucha madera, pinos y encinas, lo cual consumió el 75% del bosque en pocos años y obligaba a comprar madera y carbón fuera. Una segunda técnica, horno achaparrado que denominaron telera, fue aplicada a partir de 1841, y sólo necesitaba jara y monte bajo en la cementación artificial, y carbón en el afino. Era una técnica conocida en Europa desde tres siglos antes y no sabemos por qué no se aplicaba en España desde el primer momento. En 1849, al terminar el plazo de veinte años del alquiler de la mina, se le quitó el negocio a los Remisa. Los procedimientos de obtención de cobre producían aguas ácidas y lluvia ácida que perjudicaron mucho a la zona.

En 1866, las Cortes españolas se plantearon vender Riotinto y en 1870 se hizo subasta, la cual se remató en febrero de 1873 y la ganó Matheson y Cía, el cual tenía detrás a los Rothschild y a la Banca de Bremen, que fundaron The Riotinto Company Ltd. Desde entonces, las minas de Riotinto produjeron más que las de Tharsis y España se convirtió en el primer exportador de cobre del mundo.

Un gran consumidor de cobre era Granada, que fabricaba objetos de cobre.

 

 

El Cinc

 

Mientras se explotaba el carbón asturiano se descubrió la existencia de blendas y calaminas en pequeñas proporciones pero varios lugares de Asturias oriental y Cantabria occidental. El yacimiento tradicional era San Juan de Alcaraz, en Albacete, ayuntamiento de Riópar, que era explotado desde 1781 por el austriaco Jonathan J. Graubner, el cual fabricaba latón. La mina de San Juan de Alcaraz era de control estatal. En 1828 la explotación de las minas fue cedida a particulares y en 1846 las controlaba una sociedad española.

Un gran consumidor de latón era San Juan de Alcaraz, que lo utilizaba para fabricar braseros, accesorios de chimeneas, cuberterías…

 

 

El Mercurio.

 

El yacimiento de Almadén seguía siendo, en el XIX, el más importante de España y era explotado por el Estado. En 1815 había perfeccionado las técnicas de explotación para adoptar el método austríaco utilizado en Idria.

Almadén producía dos tercios del cinabrio del mundo. Siempre fue propiedad del Estado aunque a menudo hubiera sido hipotecado para pagar deudas o conseguir créditos. Cuando se hipotecaba se perdía mucho dinero pues se vendía a precio inferior al de mercado a fin de que los prestamistas, que lo compraban, pagaran menos al Estado y se embolsaran la diferencia de precio. Los prestamistas que más tiempo explotaron Almadén fueron los Rothschild y la diferencia entre el precio de cesión y el precio de mercado era muy grande, de 1 a 3, por los que los arrendatarios ganaban mucho dinero en el negocio.

En 1848 se decidió volver a arrendar la comercialización del mercurio a los Rothschild, esta vez porque España era capaz de fabricar sus propias crisis por saturación del mercado.

En 1857 se rompió el acuerdo con los Rothschild porque el Estado español consideraba que le quedaba poco dinero en la comisión que éstos le pagaban. El Estado decidió vender directamente y, tras ello, los beneficios fueron grandes para España.

De nuevo cayó el Estado en grandes deudas, los Rothschild se ofrecieron a prestar, y de nuevo pidieron el control de la mina de Almadén, lo que obtuvieron en octubre de 1866. En 1867, los Rothschild pidieron un contrato por 20 años, y con ello perseguían el monopolio de mercurio, pues en ese momento poseían las minas de Idria y de California. España no aceptó. Pero en 1870, los políticos necesitaron más dinero y cedieron de nuevo la mina.

 

 

El Azufre.

 

Se producía azufre en Hellín (Albacete). El azufre de Hellín era caro por razones de los transportes, que lo encarecían. El 25 de junio de 1845 se decidió el desestanco de la explotación, venta y tráfico de azufre y se prohibió su importación.

El competidor de España era Sicilia.

España abrió minas en Teruel, Murcia y Cádiz, pero en ningún sitio logró una buena productividad. Para España, el azufre fue siempre un negocio secundario.

 

 

El mineral de Hierro.

 

Con el carbón, surgió la revolución del hierro, en la que era importante la familia Villalonga. Los Villalonga, originarios de Figueras (Gerona) se habían establecido como ferrones en Vizcaya. Su hijo, José Villalonga Gipuló 1823-1898 estudió ingeniería en Burdeos. José se asoció a su hermano Mariano y crearon en 1846 la fábrica de hierro Nuestra Señora de la Merced, en Guriezo (Cantabria). Iban a aprovechar el mineral de hierro producido por Ibarra, Mier y Cía. En 1861, Mariano Villalonga se casó con Rafaela Ibarra y se produjo la unión de ambas familias burguesas, con lo que Villalonga aparecerá en 1882 como presidente de Altos Hornos y Fábricas de Hierros y Aceros de Bilbao.

La legislación foral vasca tuvo el acierto de prohibir la explotación irracional, exportaciones masivas y enajenaciones a manos de capitales extranjeros. El principal productor de mineral de hierro era Vizcaya y el segundo Cantabria.

En el siglo XIX aparecieron nuevos veneros en Almería y Murcia, y otros más modestos en Teruel, Guadalajara y Cataluña.

Hacia 1850 se extraía hematites roja con un contenido en hierro del 61%.

En 1856 se descubrió el procedimiento Bessemer para obtener acero a partir del mineral de hierro, pero requería un mineral poco fosforado. Esa fue la oportunidad del mineral vasco y cántabro, que reunía esa cualidad buscada. Vizcaya empezó a exportar óxidos férricos desprovistos de fósforo, cuya riqueza de contenido de hierro era del 52 al 58%.

En 1879 se descubrió el procedimiento Thomas-Martin, el cual ya no necesitaba de mineral sin fósforo y el mineral vasco empezó a perder ventas pues sólo lo consumían los viejos hornos Bessemer.

Las apetencias de los ingleses y franceses por la propiedad de las minas vascas fueron muy grandes en 1856-1879. Pero los fueros vascos impedían su venta y salvaron a España de ser una colonia económica, como ya lo era en otros aspectos. En julio de 1876 se suprimieron los fueros vascos, pero para entonces los vascos habían aprendido que vender, incluso a buen precio, era “pan para hoy y hambre para mañana”, y sólo aceptaron arrendar los criaderos, siempre en coparticipación de empresas vascas.

En 1860, Bilbao tenía 18.000 habitantes y era un pueblo pequeño, no comparable a Madrid, 298.000 habitantes, ni a Barcelona, 190.000 habitantes. Pero con la llegada del negocio del hierro empezó a cambiar las fundiciones tradicionales y forjas por altos hornos, y a fabricar acero de mucha calidad, que tenía buen mercado y empezó la prosperidad. La Diputación de Vizcaya construyó en 1859-1865, un ferrocarril a Triano (oeste de Baracaldo) y Somorrostro (un poco más al oeste, donde hoy se ha situado Petronor), el cual servía para llevar el mineral de hierro hasta los muelles de Onconera y ello permitió multiplicar la explotación y venta de mineral, y como Sudamérica compraba muchas armas, el acero tenía buena salida. No quisieron que la red ferroviaria fuera iniciativa del Estado español, porque el Estado español encargaba su construcción a extranjeros que se quedaban con su explotación durante muchos años y se quedaban con la productividad de los negocios. Acertaron una vez más. Construyeron poco, pero todo era beneficio para Vizcaya. Y con los beneficios, la Diputación Provincial decidió bajar impuestos, lo cual atrajo más actividad industrial, pues las empresas de territorios cercanos acudían a Vizcaya, y las que se iban a instalar nuevas preferían Vizcaya. Crearon un emporio de riqueza, si bien a costa de los territorios vecinos que, lógicamente, se desindustrializaban y perdían sus empresas comercializadoras.

La producción española de mineral de hierro se multiplicó por dos en el breve periodo de 1863 a 1870 y el proceso siguió en crecimiento hasta 1899, año en que se producía 18 veces más que en 1870.

El mineral se exportaba a Inglaterra. Con ese dinero se capitalizó, se invirtió y se cambió la suerte de Vizcaya y de las provincias vascas. Incluso dieron trabajo a Cantabria en extracción de mineral, pues la mitad del yacimiento de hierro está en la Cantabria oriental.

Toledo y Albacete consumían hierro-arrabio para sus fabricaciones de armas blancas, espadas de Toledo y navajas de Albacete. Además, Toledo tenía su Fábrica Nacional de Armas.

Valencia, Zaragoza, Sevilla y Málaga contaron en algún momento del siglo XIX con establecimientos de fabricación, montaje, y reparación de calderas y fabricación de utillaje agrícola.

En Sevilla, utilizaba hierro “Portilla y White” una empresa con participación extranjera.

Los talleres de clavazón y los astilleros eran consumidores de hierro.

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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