REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN ESPAÑA,

EN TIEMPOS DE ISABEL II

 

 

INDUSTRIALIZACIÓN EN TIEMPOS DE ISABEL II.

 

La revolución industrial española fue tardía, incompleta y llena de desequilibrios.

Tardía debido a las guerras del XIX (Guerra Peninsular 1808-1814, Guerra Carlista de 1833-1839, pérdida de América), a la crisis institucional en 1814 y 1823, a una agricultura con técnicas ineficaces y anticuadas, a falta de red viaria, penuria de capitales y escasez de carbón y otras materias primas.

Incompleta porque se produjo sólo en la periferia peninsular: Oviedo, Gijón, Santander, País Vasco, Cataluña, Valencia, Málaga, Sevilla, Cádiz, y no en el interior, lo que significaba que las pocas relaciones que había entre ambas zonas anteriormente, persistieron en el aislacionismo y no hubo integración de mercado y mercado interior para las industrias que estaban surgiendo.

Los desequilibrios lo eran de todo tipo, regionales que mantenían grandes zonas sin integrar en el mercado por falta de desarrollo que produjera demanda, económico sociales porque mantenían grandes sectores poblacionales en la pobreza absoluta aunque estuvieran en zonas en industrialización, políticos porque no eran capaces de integrar el territorio en un todo social y económico más uniforme, culturales porque grandes sectores poblaciones permanecían en el analfabetismo…

 

El final del reinado de Fernando VII había sido un intento de cambiar la realidad a golpe de leyes sueltas, lo cual es ingenuo:    En 1829, se hizo el Código de Comercio. En 1829, la liquidación del Banco de San Carlos. En 1830, la Ley de Enjuiciamiento Mercantil. En 1831, la Bolsa de Madrid. Mientras tanto, el Código Penal fue un fracaso en 1822 y sólo estuvo listo en 1848, con unas características que impulsaron a cambiarlo en cada régimen político nuevo, en 1870, 1928, 1932, 1944 y 1995. El Código Civil, tras un intento de aprobación en 1851, se aprobó definitivamente en 1889. Se necesita un sistema integral de leyes para que sea posible la iniciativa empresarial. Y España, no lo tuvo.

A partir de 1833, los liberales mantuvieron la misma ingenuidad y en 10 de diciembre de 1833 dieron el Real Decreto sobre la libertad de contratación y comercio de subsistencias y materias primas industriales. Y el 6 de diciembre de 1836 suprimieron las corporaciones gremiales y decretaron la libertad para establecer cualquier industria útil. Pero los grandes códigos, que Napoleón había dado a Francia años antes, no aparecieron hasta segunda mitad del XIX.

En cuanto a la época económica de 1843-1854, 1843 es el inicio de una crisis económica europea que parecía iba a terminar en 1847, pero se recrudeció en 1848 con los sucesos europeos revolucionarios. En 1848 hubo una gran caída en las exportaciones de vinos y metales, y también descendió la importación de algodón. La crisis durará hasta 1854.

España, como país no desarrollado, sufría las crisis de manera muy particular, pues aunque perdía mercado en Europa, recibía inversiones extranjeras de capitales que huían del problema de sus propios países, la crisis industrial y financiera, y los grandes capitales españoles, en vez de huir hacia el extranjero como era habitual, intentaban la aventura de invertir en España. Así, 1845-1854 fue un periodo de muchas inversiones en España que iremos viendo detenidamente a continuación. Los inversores franceses, británicos y de otros países occidentales, veían a España como un país lleno de posibilidades, pues estaba todo por hacer. Y cuando Europa empezó su recuperación, los capitales se retiraron de España, campo de inversiones mucho más inseguro que los países originarios del capital. España tuvo un desarrollo dependiente de terceros, y fue bien cuando los otros iban mal, y viceversa.

 

 

Reindustrialización a partir de 1844.

 

España tenía mucho camino por andar en cuanto a su Revolución Industrial. Los mercados mundiales estaban siendo acaparados por la potencias de temprana industrialización como Gran Bretaña y Francia.

También Alemania había constituido su zollverein o unión aduanera de personas, mercancías y capitales en 1834, lo cual le permitió iniciar el trazado de su ferrocarril y la instalación de la industria pesada y aspirar a su unificación, que conseguiría en 1871. Pero todavía no estaba en condiciones de competir en el mercado industrial español.

El primer intento serio de revolución industrial en España se produjo en 1844, desde el momento en el que el país estaba pacificado. La paz interior duró 24 años, con Gobiernos moderados casi todo el tiempo, lo cual significaba bastante estabilidad política. Y coincidió en esos años la aparición de ahorro nacional asociado con capital extranjero. Pero faltó coherencia en la política económica y, a veces, faltó por completo diseño de una política económica, y no se crearon las condiciones jurídico institucionales favorables a la industrialización. Por el contrario, sobró manipulación política y corruptelas para conseguir proteccionismos o librecambismos, según las conveniencias de cada sector por separado, sin tener en cuenta el bien común, el interés nacional. Y faltó inversión con vistas al largo plazo, concentrándose las inversiones en ferrocarriles y minas en las se trataba de conseguir beneficios inmediatos en contacto con inversores extranjeros, con lo que resultó abandonada la industria básica y la agricultura, los sectores más estables que debían dar sentido al resto de las inversiones.

Es difícil pasar de una economía de subsistencia a una economía de mercado. Cada empresario o grupo empresarial debe crear su propio mercado, pues los mercados no existen de antemano. Lo que hay ya está ocupado. La transformación es necesariamente lenta. Y además surgen inconvenientes sociales, como en este caso, que la nobleza terrateniente se oponía a los cambios. Y mientras tanto, la burguesía estaba desorientada por las circunstancias, la burguesía financiera buscaba conexiones con la banca internacional, con la Corte de Madrid y con la clase gobernante española, como única salida a sus negocios, la burguesía industrial estaba localizada en el País Vasco y Cataluña y la burguesía mercantil estaba principalmente en Madrid y secundariamente en Barcelona, Valencia, Alicante, Málaga, Cádiz, La Coruña, Santander y Bilbao. La burguesía comercial madrileña trataba de especular a costa de los agricultores de la meseta, de los fabricantes catalanes, de los vinateros andaluces, ferreteros vascos, salazoneros gallegos, mineros asturianos y vascos, y se creó una rivalidad malsana, un enfrentamiento entre burgueses que no era conveniente para las grandes inversiones que se necesitaban y requerían unir capitales.

El modelo de Revolución Industrial francés o inglés no eran aplicables en España porque los supuestos previos eran diferentes. España dependía técnica y financieramente del exterior y tenía una subordinación política al exterior que le impedía librarse de esas dependencias financieras. Los capitales extranjeros que llegaban exigían unas políticas determinadas y no les interesaba el desarrollo armónico de las regiones españolas, sino el beneficio grande e inmediato. Así surgieron la fiebre del ferrocarril y el boom minero. Los extranjeros no mostraron apenas interés por la siderurgia e incluso les interesaba que ésta no se desarrollase demasiado para no tener que soportar la competencia de España en los negocios en su propio país, pues la siderurgia acarrea el desarrollo de otros muchos negocios concomitantes, cuyo campo de mercado chocaba con las ventas que los extranjeros estaban haciendo en España. Tampoco les interesaba el final de los monopolios o situaciones de oligopolio, pues ello les acarreaba privilegios y subvenciones para la importación de las que disfrutaban en sus negocios del ferrocarril y minas y barcos.

España por su parte, tenía un nivel cultural medio que mostraba reticencias ante la industrialización, al modo en que ocurrió en Rusia, pero que no ocurrió en Estados Unidos o en Bélgica. Encontraban peligrosa y fea la industrialización, contraria al modo de vida tradicional, no deseable.

Los manuales de historia de 1990 decían que los estudios de los diversos sectores industriales están por hacer en 1990. La integración de todos esos estudios nos daría una visión mucho mejor que la que ahora poseemos.

Para los contemporáneos a un cambio económico importante, es muy difícil juzgar la trascendencia del cambio. Los cambios de este tipo deben ser contemplados con visión “histórica” a largo plazo. La Revolución Industrial a corto plazo, 30 años, significaba pérdida de puestos de trabajo en los sectores tradicionales (agricultura y artesanía), bajadas de precios de los alimentos que empobrecían al productor y, sobre todo, a los pequeños campesinos, bajada de precios de los productos artesanales que significaban la ruina del 75% de los talleres artesanales, abusos de los empresarios industriales en cuanto a condiciones de trabajo y salarios, escasez de vivienda para los obreros que se arracimaban en torno a las fábricas y explotación de las mujeres y niños hasta puntos inhumanos. Esa realidad justificaba la reacción socialista. A largo plazo, unos 100 años, todo depende de si se controlan los abusos, se reparten mejor las ganancias. Si ello es negativo, el esfuerzo y el dolor no habrán servido para nada. Si es positivo, se obtiene un mayor poder adquisitivo general, una abundancia de productos a disposición de cada vez más capas de la población, unas clases medias más numerosas, posibilidad de programas de protección social y generalización de la educación, la justicia y la sanidad, lo cual es conocido como “estado de bienestar”.

 

 

 

 

LA INDUSTRIA TEXTIL ESPAÑOLA.

 

 

La industria textil catalana.

 

La industria textil catalana se había originado en el siglo XVIII aprovechando el desarrollo demográfico, la expansión agraria, el comercio colonial y la incipiente industrialización general que ya se estaba produciendo en la región. En la época 1779-1805 se había acumulado mucho capital comercial que era susceptible de ser atraído hacia los negocios industriales, como anteriormente se había captado el capital agrícola.

En 1765 puso fábrica de hilaturas Josep Canaleta.

En 1780 se habían introducido en Cataluña las Spinning Jenny de Hargreaves, el cual había inventado la máquina hacia 1770. Los primeros importadores fueron unos fabricantes de Berga, y en España las Spinning Jenny de Hargreaves fueron conocidas como “bergadanas”.

Pero en 1800 había habido dificultades en el comercio de ultramar y se produjo una depresión agrícola, lo que empujaba a cambiar el destino de las inversiones. Y el sector elegido por el capital fue la industria algodonera.

Según Josep Fontana, hacia 1805, Cataluña tejía y estampaba 400.000 piezas de algodón al año y poseía una flota mercante de más de 200 buques que daban trabajo a unos 6.000 marineros.

En 1806 se habían prohibido las importaciones de manufacturas extranjeras y fue la ocasión de fabricar las indianas en Cataluña. Para ello, se renovó el utillaje industrial y se lanzó una producción considerable al mercado.

La guerra de 1808-1813 fue catastrófica para la industria catalana en dos sentidos: Primero, porque hubo muchos destrozos materiales, pues la guerra se produjo en gran parte en territorio catalán. Segundo, porque los productos franceses entraron libremente en España, y los productos ingleses entraron ilegalmente pero en masa en América, Cádiz, Lisboa y Gibraltar. Al terminar la guerra, la recuperación de la industria textil catalana fue rápida y sorprendió a casi todos los expertos. Jordi Nadal dice que en 1822 ya se habían alcanzado las cifras de 1792.

Cataluña se planteó que había que encontrar una salida a sus productos textiles, y, una vez perdido el mercado americano, el camino era conquistar el mercado peninsular español. Los británicos estaban en proceso de modernización técnica, y el futuro era una nueva invasión de productos británicos sobre toda Europa, de más calidad y más baratos. Conquistar los viejos mercados europeos iba a ser imposible. La solución era el proteccionismo y la conquista del mercado español con cotonías, bombasíes y otros géneros de algodón. Las cotonías son lienzos con realces de cordoncillo o gusanillo, típico de colchas y cortinones. Los bombasíes son tejidos de algodón muy gruesos.

 

 

Industria textil en tiempos de Isabel II.

 

En noviembre de 1833, Javier de Burgos publicó su Instrucción insistiendo en el proteccionismo que ya había decretado Ballesteros poco antes. El inicio del desarrollo textil español se iba hacer en el proteccionismo, como era lógico. Era un proteccionismo para las ventas, para impedir la venta de artículos extranjeros y para subvencionar las ventas de artículos españoles en el extranjero, que se complementaba con un librecambismo, libre de impuestos o con impuestos especialmente bajos, de importación de maquinaria y de materia prima.

El condicionante fundamental para la industria textil española en 1833-1840 fue la Guerra Carlista, la cual tuvo como uno de sus principales escenarios la tierra catalana, la misma que era principal protagonista de la industrialización textil.

Hacia 1834, había en España 412 fábricas de hilados de algodón que utilizaban máquinas water-frames, mule-jennies y bergadanas (spinning jennies), y ya dos fábricas contaban con máquinas movidas a vapor. Las fábricas, excepto las dos citadas a vapor, se movían con agua o con el tiro de animales, energías de tipo antiguo. Las necesidades de materia prima de estos centenares de fábricas se elevaban a 10 millones de toneladas de fibra de algodón. Estas 412 hiladoras servían materia prima para 1.578 fábricas de tejidos de algodón, los cuales eran tanto ropa lisa, como labrada, y tanto blanca como de colores. Se empezaba a tejer muselinas. Sólo 4 fábricas de tejidos contaban con telares mecánicos. Casi todas las máquinas tejedoras eran jacquard.

A partir de 1837, Isabel II decidió apoyar a los fabricantes catalanes y les reservó los mercados de Cuba y España. Con esos mercados asegurados, los empresarios catalanes pudieron renovarse técnicamente comprando maquinaria nueva en Inglaterra. En 1836-1840 se habían importado 1.229 máquinas, de las cuales 23 eran de vapor. 92 máquinas eran de hilados y 966 eran jacquard de tejidos.

En 1839 terminó la guerra carlista. En 1840 surgió la reactivación industrial, y en 1848-1851 se llegó a cifras importantes de producción que se mantuvieron durante casi todo el reinado de Isabel II. Los telares se mecanizaron pero las fuentes energéticas seguían siendo las tradicionales, el agua de los ríos. La causa de ello era la escasez de carbón.

En 1840-1841 se produjo un gran boom de importación de máquinas, en el momento en que Inglaterra permitió la libre exportación de las mismas y comprendió que tanto negocio era exportar tejidos algodón como exportar máquinas para fabricarlos.

A partir de ese momento se produjo un gran despegue textil en Cataluña: si en 1840 había en Cataluña 25.111 telares y 231 eran telares mecánicos, en 1850 se contabilizaban 37.301 telares y 4.109 eran mecánicos. El resto eran manuales.

En 1844 aparecieron las selfactinas (selfacting), muy apreciadas porque ahorraban mucha mano de obra en el hilado. En 1850 había en España 900.000 husos antiguos y sólo 80.000 selfactinas, y en 1860 había 763.000 selfactinas y sólo 6.000 husos antiguos. El sector de hilaturas se considera industrializado en estas fechas. Un gran número de hiladores había sido despedido. Este fenómeno del paro obrero era el que marcaba la época y va en el mismo paquete que la industrialización.

La sustitución de los telares manuales por otros mecánicos se demoró algún tiempo más, y se hizo más lentamente durante los siguientes 30 años.

Durante el reinado de Isabel II, la industria algodonera era un pilar muy importante de la economía española. En Inglaterra, un país más desarrollado, dejó de ser el pilar básico hacia 1845 porque aparecieron otras actividades industriales. En España, el concepto de industria textil se identificaba casi con la totalidad de la industria.

A medida que llegaban las máquinas aparecían las empresas grandes, las que podían permitirse importarlas, y ello provocaba la desaparición de muchas medianas y pequeñas que se hacían inviables. No les quedaba más solución que fusionarse o vender sus instalaciones a los grandes. A partir de mediados de siglo, cada vez había menos fábricas en España, pero más grandes y la producción global era mucho mayor. El modelo se estaba empezando a parecer a los de los países industrializados.

 

 

Los empresarios textiles.

 

Los inversores, dueños de las nuevas fábricas del sector del algodón, eran viejos empresarios algodoneros, como es natural, pero también metalúrgicos y armadores, plantadores coloniales y comerciantes de productos coloniales que buscaban colocar sus inversiones. Algunos apellidos son muy conocidos: Serra, Muntadas, Batlló, Güell, Puig, Juncadella, Ferrer i Vidal, Oliver, Valls. Y entre las primeras empresas grandes tenemos: Saury, Beaurel y Cía, Sert Hermanos y Solá… La más grande de las empresas textiles españolas era La España Industrial, creada en Cataluña en 1849.

En Algeciras, “Lucas Carceller y Cía” puso fábrica en 1840.

En 1847 se instaló en Málaga la industria textil algodonera “Industria Malagueña S.A.”, propiedad de Heredia y de los hermanos Pablo Larios y Martín Larios, que llegaría a tener 1.400 empleados en 1851 y sería la segunda de España, tras la catalana “La España Industrial”. Era un negocio grande con centros fabriles en Málaga, Cádiz y Gibraltar. Sus terrenos estaban colindantes a los de La Constancia que fabricaba arrabio y a otra fábrica de productos químicos, todas ellas propiedad de Heredia. La fábrica malagueña trabajaba tanto el algodón como el cáñamo y el lino. En 1852 tenía 1.500 obreros, la mayor parte de ellos mujeres, y muchas de ellas muchachas jóvenes muy poco pagadas y con horario de trabajo abusivo, de 14 horas diarias, entre las 6 y las 14 horas, seis días a la semana, menos las fiestas. Fabricaba tejidos de algodón y lencería. Vendía a bajo precio en Andalucía en competencia con mercancías inglesas procedentes de Gibraltar. En 1861 tenía 39.400 husos y 774 telares, y era la segunda fábrica de España. Industria Malagueña S.A. decayó a partir de 1880, pero sobrevivió mucho tiempo más.

En 1848 se creó una de las primeras patronales españolas llamada Instituto Industrial de Cataluña, lo que indica sentido de clase burgués, aunque sólo en regiones especialmente desarrolladas como Cataluña. La patronal es signo de que Cataluña estaba ya en proceso de industrialización, pero no ocurrí así en el resto de España.

En 1849 empezó a funcionar en Sans (Barcelona) la empresa algodonera La España Industrial, propiedad de los siete hermanos Muntada. Esta empresa había sido creada en 1847 para hilaturas, tejido, blanqueo y apresto del algodón. Era pionera en cuanto a formar una sociedad anónima en el sector textil. Adoptó tecnología avanzada. Se centró en producir indianas. Sufrió las crisis de 1854-56 por bajada del consumo, la de 1860-65 por escasez de algodón y la crisis de 1898 por pérdida de los mercados cubano y puertorriqueño. Tras la guerra de 1914-18 en que se ganó dinero, y la crisis posterior, los Muntada se dedicaron al sector eléctrico en la empresa La Industrial Eléctrica SA de 1891, Lámparas Zeta de 1909, y abandonaron progresivamente el sector textil. Durante mucho tiempo, La España Industrial fue la fábrica textil más grande de España: en 1860 tenía 110.000 husos y ella sola representaba el 6% de la industria catalana. Tenía secciones de hilados con 472 obreros (434 eran mujeres), tejidos con 762 obreros (688 eran mujeres), blanqueo con 49 obreros (25 eran mujeres), teñido con 17 obreros varones, cardado y apresto con 14 obreros (6 mujeres). La diferencia de tamaño respecto a las demás era notorio, pues una grande normal tenía unos 10.000 husos, once veces menos que La España Industrial. En 1868, La España Industrial fue superada por otra más grande, propiedad de los hermanos Serra.

También en 1849 se abrió en Sans (Barcelona) la Fábrica de Pana de Sans, propiedad de Güell, Ramis y Cía.

En 1858, Larios abrió en Málaga “La Aurora”, con 7.000 husos y 350 telares a vapor. Su mercado era Andalucía, Argelia, Cuba, y los puertos de Tánger y Tetuán en Marruecos.

Hacia 1865, la apertura de las grandes líneas de ferrocarril arruinó a la mayoría de las empresas andaluzas, pues llegaron los artículos catalanes y se adueñaron del mercado.

Ciudades catalanas productoras de tejidos de algodón eran Manresa, Mataró, Granollers, Igualada, Suria, Villanueva i Geltrú, Vich, Berga, Gerona, Valls, Reus (especializada en seda), Sabadell (especializada en lana), Tarrasa (especializada en lana).

Otros núcleos no catalanes con fábrica de algodón eran Alcoy, Valencia, Castellón, Madrid, Valladolid, Vergara, Lasarte, Santander, Mahón, Cádiz, Sevilla.

Los industriales del algodón nunca lograron fabricar a precios competitivos en el mercado internacional, principalmente porque compraban materia prima de calidad pero cara, continuamente tenían que comprar tecnología cada vez más cara y no tenían redes de distribución tan buenas como los ingleses y franceses y belgas. Las pocas exportaciones de Barcelona iban a Iberoamérica, Italia, el Mediterráneo Oriental y Argelia.

Los fabricantes barceloneses estaban asociados en la Comisión de Fábricas, la cual defendió siempre el proteccionismo y la lucha contra el contrabando. Por eso eran enemigos de los progresistas españoles, porque los progresistas preferían el liberalismo. Afortunadamente para ellos, los progresistas gobernaron poco tiempo en España.

En 1860 la ciudad de Manresa puso la primera máquina de vapor textil, pero todavía la fuente de energía principal usada en España era el agua.

Hacia 1861, la mecanización española en el sector del algodón era casi completa y los husos manuales, bergadanas y jennies habían desaparecido.

 

 

El mercado textil peninsular.

 

El mercado fundamental para los industriales textiles era el peninsular español, de modo que las malas cosechas en Castilla significaban desastres industriales para Cataluña, pues reducían sus ventas y acumulaban stocks. Por el contrario, el desarrollo social de Castilla significaba negocio para los catalanes, pues cada vez que había un incremento de la capacidad de consumo, el español parecía tener voluntad de gastar lo primero en productos de algodón.

 

 

Características de la industria textil

en 1845-1868.

 

La época de Narváez fue de concentración de las empresas textiles algodoneras buscando mayor productividad. De las 4.583 empresas de 1847 con 97.346 obreros, quedarán solamente 3.600 en 1860, pero con 125.000 obreros (34 obreros de media). Otro autor da la cifra de 4.470 empresas en 1841, y 1.471 en 1850.

Un hándicap añadido era la dependencia del extranjero en cuanto a la consecución de materias primas de algodón. No hubo manera de introducir el cultivo del algodón en Alicante, Murcia y Andalucía, que eran las zonas españolas que lo podían producir. Se introdujo en Motril (Granada) pero en dimensiones tan pequeñas que no bastaban ni para el 10% de la demanda española. Los fabricantes buscaron fibra en buenas condiciones de precio. Javier de Burgos les ayudó permitiendo libremente las importaciones, en contra de la opinión de Andalucía que prefería cerrar las importaciones para garantizar la venta de las cosechas españolas. Pero Brasil vendía barato y se impuso la política de importar algodón brasileño, aprovechando “la ruta del tasajo” o línea Barcelona – Buenos Aires, en la que los barcos que regresaban a Barcelona cargados de tasajo argentino, recalaban en Bahía, Pernambuco y el Marañón, antes de llegar a La Habana, puerto obligado antes de partir hacia España. A su paso por Rio de Janeiro, cargaban también cueros. Los pagos de estas mercancías se hacían en Londres. También Cuba y Puerto Rico producían algodón y aportaban algo al mercado español, y también se llevaba algodón desde Nueva Orleans a Cuba para incorporarlo a la carga para España.

Los británicos, que sabían de la demanda española de fibra de algodón, lo almacenaban en Gibraltar, y esperaban el paso de los barcos que iban a Cataluña para vender lo que podían. Otra fuente ilegal de algodón era México, Perú y Guayaquil, países sin relaciones diplomáticas con España. El producto ilegal sudamericano solía llegar a España en barcos genoveses, sardos y británicos, países que exportaban productos manufacturados a América y en el retorno aprovechaban para transportar algodón en bruto. En el caso de no poder entrar en puertos españoles, descargaban en Marsella o en Gibraltar, a donde los catalanes iban a comprar, aunque con el recargo en el precio del intermediario gibraltareño.

El algodón de la India era de calidad mediana, y el de Egipto mala, pero tenían precios muy bajos. España no se abastecía en esos mercados porque siempre estuvo pendiente de ofrecer altas calidades, despreciando el mercado de lo barato.

Estados Unidos tenía un algodón muy barato que fue desplazando al brasileño, y se convirtió en el primer abastecedor español. Estados Unidos y Brasil eran los dos grandes abastecedores para España. Muy por detrás estaban Egipto, Hispanoamérica y Filipinas.

El 26 de marzo de 1842 hubo un decreto sobre importaciones de algodón que fijó la tasa a pagar por el algodón estadounidense y puertorriqueño en el 2%. Eso significó el final de las importaciones desde Brasil, que ya no pudo competir con el algodón de Nueva Orleans. El algodón estadounidense se mantuvo hasta 1862. En este año, las importaciones de algodón estadounidense bajaron

Una característica de la industria textil española de la época isabelina fue la multiplicación de inversiones y bajada de precios: En el campo empresarial textil, la cifra anual de inversiones se multiplicó por diez. Los precios estaban bajando desde 1836, y los grandes mecanizaron y se sumaron a la baja de precios, mientras los pequeños no pudieron comprar máquinas y acabaron vendiendo.

Otra circunstancia de la época textil isabelina fue la despedida masiva de obreros. Los obreros tejedores no pudieron ser sustituidos y su número se incrementó en más de 10.000, pero los hiladores fueron despedidos masivamente y sustituidos por máquinas. El número total de obreros textiles, contando con que había 10.000 tejedores más, bajó desde los 81.000 obreros de 1841, a 75.000 en 1850.

 

 

La crisis algodonera de 1864.

 

La Guerra de Secesión de los Estados Unidos, 1861-1864, significó una crisis del algodón catalán, pues hubo que buscar materia prima en otros mercados como India, Egipto, Brasil y Argelia, con precios todavía más caros. España se abastecía del algodón sudista, el bando derrotado. Los pequeños y medianos empresarios españoles del algodón quebraron. Los grandes despidieron a muchos obreros. En 1866 hubo crac en la bolsa de Barcelona y desaparecieron muchas empresas: si en 1861 había 1.455 empresas en Barcelona, en 1870 sólo quedaban 827.

En 1871 empezó la recuperación, tras la actuación del ministro Figuerola a favor de los empresarios catalanes. Entonces los catalanes defendieron políticas de irrigación de todo el levante español, de clima cálido, a fin de que se plantase algodón. Pero los españoles desconocían su cultivo y desconfiaban de un producto que quedaba subordinado a que se lo quisieran comprar, o no, y al precio que les quisieran pagar los empresarios catalanes. Y los agricultores españoles acertaron en su decisión, pues cuando los Estados Unidos acabaron su guerra, los precios del algodón en rama se hundieron. Tras la crisis, los empresarios del algodón decidieron diversificar las fuentes de importación y no volver a caer en el riesgo de tener un suministrador oligopolista.

En 1867, España tenía 1.300 husos de hilar, 34.250 telares con 132.000 obreros para los que importaba cada año 31.000 toneladas de algodón en rama.

 

 

 

INDUSTRIA DE LA LANA.

 

En el negocio de la lana, Cataluña competía de salida con el resto de España en condiciones similares y no era tan superior como en el sector del algodón. Pero la abundancia de capitales y las posibilidades técnicas conocidas en Cataluña por sus contactos con Gran Bretaña, acabaron por imponerse frente a los competidores españoles de fuera de Cataluña. En 1830, Cataluña era importador de productos de lana. En 1870, vendía artículos de lana en toda España.

En 1832 se instaló en Sabadell un telar mecánico para lana, movido por agua, que servía también para lavar la lana. Al poco, Tarrasa puso fábricas de tejidos de lana. En 1838, Sabadell introdujo el vapor. En 1843, Tarrasa puso sus máquinas movidas a vapor.

Los catalanes ofrecieron en esta primera época del XIX buenos precios y extendieron su mercado por toda España. En 1850 compraban en Lérida fibra de lana aragonesa y con ello empezaron a quitarle un suministrador a los fabricantes castellanos. Hacia 1860 lograron la libre importación de lanas extranjeras y dieron así otro impulso a su industria lanera. La industria lanera española era principalmente castellana, pero al aire de la mecanización y el juego de proteccionismos y librecambismos, la producción será absorbida por los catalanes progresivamente.

En 1868, la industria lanera catalana se había impuesto entre los fabricantes españoles de la lana: Sabadell y Tarrasa juntos daban trabajo a 25.000 obreros, Barcelona tenía 12.500 obreros y había además fábricas de tejidos de lana en Puigcerdá, Olot, Igualada, Balfarta, Centelles, Olesa y Esparraguera. Las fábricas catalanas hacían todo el proceso de tratamiento de la lana: lavado, peinado, cardado, hilado, tejido y estampado.

Los empresarios catalanes más notables eran Amat, Badía, Casas, Capdevila, Durán, Roca, Rovira, Font, Rius, Turull y otros.

Los principales mercados catalanes eran el español, Cuba y el resto de América.

Los principales productos vendidos eran paños, bayetas y mantas.

A partir de 1868 empezó la decadencia de la lana en Cataluña.

 

Fuera de Cataluña, los centros laneros españoles más importantes eran Alcoy (Alicante) y Béjar (Salamanca).

En 1845, Alcoy producía 23.000 piezas de paños y bayetas y unas 1.100 mantas al año. Alcoy era una ciudad muy industrializada pues además tenía industrias del papel y de la seda. Su mercado era España, y vendía mediante viajantes que distribuían por todas las tiendas del país.

Béjar, en 1718, restableció su industria textil con maestros pañeros venidos de Flandes. Tuvo una crisis importante a principios del XIX y se relanzó hacia 1820. En estas fechas adquirieron máquinas en Bélgica y Sajonia. Alcanzaron su mejor momento hacia 1860 porque lograron abastecer al ejército español. Consumían lana extremeña y castellana y fabricaban paños de mucha calidad, que duraban mucho tiempo y mantenían el color y el estampado de modo uniforme y compacto, debido a que la urdimbre era muy esmerada, igual y de buen tacto.

Otros fabricantes de lana menos importantes tenían sus empresas en Valencia, Alicante, Málaga, Sevilla, Salamanca, Burgos, Azcoitia, Tolosa (Nicasio Santos), Palencia (especialista en mantas).

 

 

 

INDUSTRIA DE LA SEDA.

 

La industria de la seda era el sector textil más deprimido del siglo XIX. También cayó la producción de seda en rama.

Una Real Orden de 20 de diciembre de 1833 suprimió las trabas a la contratación y comercio de sedas intentando recuperar el sector. Espartero, a partir de 1840 trató de estimular el cultivo de moreras y gusanos. Pero todo fue inútil.

La materia prima se denomina seda en rama. Se producía seda en rama en Levante (más de la mitad de la producción española), Murcia y Granada, y la mayor parte se exportaba a Francia, la gran productora que se había quedado con la materia prima y los mercados españoles. Valencia había tenido 12.000 telares en algún momento del siglo XVIII, y a mediados del XIX le quedaban unos 500 telares de seda, y todos ellos artesanales, que no podían competir con los de Lyon. Se trató de introducir las nuevas técnicas que usaba Lyon, técnicas que mejoraban la calidad e incrementaban la producción.

Cataluña, la región que se había lanzado a la industria textil del algodón y de la lana, puso también sederías en Barcelona, Manresa, y Reus. En Barcelona, Joan Escuder vendía tejidos recamados de oro y plata y su mercado principal era Madrid.

Valencia, Murcia, Málaga, Granada y Álava pusieron más bien hilaturas de seda y de tisaje (torcedura de los hilos fundamentales en la labor de tejido, fuertes y finos, para la urdimbre y la trama), muchas de ellas con capital francés. En Málaga destacaron los Souviron. En Valencia destacaron los Dupuy de Lhome. La producción de hilo y tisaje de seda se vendía muy bien, tenía muy buena demanda.

En el caso de la seda, no fueron los catalanes los que absorbieron la producción sino los franceses: Los industriales de Lyon pusieron fábrica de telas de seda en Valencia hacia 1840, y desde entonces trataron de captar la materia prima para Francia.

En Valencia, Mariano Garín vendía pañuelos de abrigo que fabricaba en Alcoy mezclando seda, lana, lino y algodón. También fabricaba damascos, rasos, terciopelos y encajes catalanes. Además de España, su mercado era Hispanoamérica.

En 1858, las sedas importadas por España, 29,2 millones de reales, eran más que las sedas exportadas, 26,5 millones de reales.

En 1855 llegaron a España plagas que afectaron al gusano de seda. Se acudió a la importación de semilla de gusanos que se compraba en Argelia, Italia y Japón. Pero el cultivo de la morera entró en recesión.

En 1860, el Estado hizo una campaña en favor del cultivo de la seda, de modo que la semilla del gusano la regalaba a los posibles cultivadores. Pero la gente no se atrevió a seguir produciendo, o ponerse a producir en su caso, porque las plagas les tenían acobardados, pues acababan con el trabajo de todo un año en pocos días. Los valencianos y murcianos decidieron arrancar sus moreras y poner frutales y pimientos. De ahí vino la industria del pimentón de Murcia.

La campaña del Estado a favor de la seda se debía a que Lyon ofrecía comprar toda la producción de seda en rama a buen precio, y además aportaba asesoramiento técnico para los cultivadores.

La ciudad de Lyon (Francia) llegó a controlar toda la producción de seda en rama de España, Lombardía y Francia. Los catalanes del negocio de la seda no pudieron competir con los lyoneses e incluso tuvieron que comprar su materia prima en Marsella, el puerto de abastecimiento francés. La causa era que los lyoneses compraban por anticipado las cosechas de seda y se llevaban toda la producción. Además, los lyoneses habían progresado en la tecnología y tenían las mejores máquinas que daban mejor calidad y más cantidad de telas.

Murcia producía 57.000 kilos de seda en rama cada año, y utilizaba 26.500 kilos en sus propios talleres, destinando el resto, casi la mitad de la producción a la exportación a Francia. Una pequeña parte de la producción sedera de Murcia iba a Valencia. Pero incluso los paños murcianos acababan en Francia, pues hilaban seda persa y francesa, lo mezclaban con fino y ocal murcianas, y elaboraban unos paños burdos, que luego vendían a los franceses para que éstos hicieran el acabado.

El tisaje, o fabricación de los hilos de la urdimbre y la trama mediante torcedura, era una labor clave en la calidad del producto y España sólo fue capaz de lograr la calidad francesa a partir de 1870, cuando importó máquinas Baucanson. Los torcedores domésticos hacían un hilo desigual y no tan fino y resistente. La producción artesanal estaba condenada a desaparecer y ello era un problema importante por la mano de obra perdida. El Gobierno español sugirió que los productores de hilo de seda de calidad se asociaran y compraran máquinas, pero no fue una solución adecuada, porque los regantes de Murcia se negaban a admitir artefactos textiles en sus acequias de riego.

 

 

 

INDUSTRIAS ESPAÑOLAS NO TEXTILES

DE TIEMPOS DE ISABEL II.

 

 

EL GAS.

 

En 1843 se instaló en Barcelona la primera empresa comercializadora de gas de España. En 1847 apareció una sociedad fabricante de gas en Madrid. Se instalarían dos docenas más en los siguientes 15 años en distintas ciudades grandes como Cádiz y otras. Se fabricaba a partir de la hulla, y se dedicaba al alumbrado. Se denominaba gas-ciudad.

El iniciador de esta nueva actividad había sido José Roura en Cataluña en 1826 para una actividad pequeña, seguido de la iluminación del Palacio Real de Madrid en 1832. El gas tendría un momento de esplendor en 1877 cuando apareció el motor de gas, pero muy pronto, en 1880, apareció el motor eléctrico, y el gas fue quedando relegado a calefacciones y cocinas domésticas, y no hubo boom industrial del gas.

 

 

EL CARBÓN.

 

En 1844, John Mauby creó en Asturias la Asturiana Minning Company.

En 1848, Fernando Muñoz duque de Riánsares, marido de María Cristina, compró al banquero Aguado las “Minas de Carbón de Asturias” situadas en Pola de Lena y Langreo, y duplicó la producción de carbón porque empezaban los altos hornos de coque. Inmediatamente utilizó sus influencias políticas para construir una carretera de Langreo a Gijón, pero resultaba muy caro el transporte y consiguió un ferrocarril, que estuvo listo en 1854. Las pérdidas llevaron a vender la entonces llamada Asturiana Mining Company a la Compagnie Miniere et Metallurgique des Asturies en 1852.

Otro productor de carbón en Asturias era Royal Compagnie Asturienne des Mines, que también tenía el zinc de Reocín (Cantabria) y explotaba en Asturias la sociedad de carbones “La Nueva”.

 

 

EL HIERRO.

 

La industria siderúrgica había empezado tímidamente en España en los años finales del reinado de Fernando VII:

En 1824, Artunduaga se dedicó a producir comercialmente hierro colado al por mayor, dejando de ser una ferrería pequeña para pequeños artículos fabricados en las proximidades.

En 1826, La Constancia en Marbella (Málaga) había hecho un intento temprano y poco preparado técnicamente, por fabricar arrabio.

La guerra carlista de 1833-1840 fue una magnífica oportunidad para estas empresas. Como la producción en el País Vasco era más complicada por causa de ser escenario directo de la guerra, la ocasión era para Marbella. También Alicante abrió una metalúrgica en 1841 con capital británico, intentando aprovechar el tirón.

El panorama del carbón y del hierro iba a cambiar mucho en estos años. En 1844, todavía el 85% del hierro español se producía con madera, sobre todo en el sur, Marbella y El Pedroso. En 1854, ya sólo será el 50% lo que se producía con madera.

A partir de 1848 esta industria se relanzó con los altos hornos:

En 1848, el hierro en el norte era trabajado por:

“Altos Hornos de Guriezo” (Cantabria) de Ibarra, Gorostiza y De la Mier;

había un alto horno de cok en Trubia (Asturias);

también existía la “Compañía Lenense Asturiana” en Pola de Lena, propiedad de Jacquet y Arteaga.

En 1848 “Epalza y Cía.” abrieron un alto horno en Bolueta (Vizcaya), llamado Santa Ana de Bolueta, y funcionaba con carbón vegetal.

En 1848 se abrió un alto horno en Mieres (Asturias).

En 1850 Asturias aplicaría el coque al proceso de fundición. A partir de 1868, al País Vasco decidió importar coque británico y poner sus altos hornos a la izquierda del Nervión. Así nacieron Altos Hornos y Fábricas de Hierros y Acero de Bilbao, y La Vizcaya. Estas industrias de desarrollaron mucho gracias al proteccionismo de 1891 y 1906.

Había hacia 1854 en España dos altos hornos de cok, 8 de madera, 366 ferrerías y 98 hornos de calcinación. Pero el lingote de segunda fusión, el utilizado para moldeado de piezas de máquinas, se importaba casi totalmente.

En Barcelona se implantaron metalúrgicas como Nueva Vulcano, La Barcelonesa, Navegación e Industria (propiedad de Girona), Fundición de Bronces y Otros Metales.

Cataluña practicó a menudo la táctica de importar alguna maquinaria o herramientas y después fabricar muchas copias, algunas veces mejorando el original. Manuel Pereira en 1845 fabricaba menaje de cocina y repostería. Bernareggi y Cía fabricaba pianos en Barcelona.

Placencia, en Vizcaya, tenía una fábrica de armas de fuego llamada Zuazubocar, Isla y Cía.

En 1839, Josep Bonaplata, tras serle quemada la fábrica El Vapor en Barcelona, puso una metalurgia en Madrid. Obtuvo permiso para importar desde Alicante piezas y modelos de hierro colado, y copiándolas, construyó máquinas. También vendía fundición con el arrabio sobrante. En 1841 perdió los derechos sobre el hierro colado de importación, tanto el laminado como en lingotes.

En 1863 existían en Madrid unos 20 talleres de fundición de metales, y otros 20 talleres que fabricaban maquinaria diversa, todo ello de pequeñas dimensiones.

En 1902, Altos Hornos y Fábricas de Hierros y Acero de Bilbao, La Vizcaya, y La Iberia, se fusionaron dando lugar a un grande del negocio: Altos Hornos de Vizcaya.

 

 

La siderurgia andaluza.

 

El fenómeno siderúrgico andaluz surgió hacia 1830 en Málaga y en Sevilla. En 1815, la mitad de las fraguas españolas, unas 80 fraguas, estaba enclavada en Vizcaya y Santander y otra buena parte estaba en Cataluña. Era sorprendente que Andalucía, que exportaba vinos a Inglaterra y tenía tanto comercio con América, no intentara el negocio de la metalurgia. Necesitaba por tanto empresas siderúrgicas. El asunto ha sido estudiado por Juan Antonio Lacomba, Jordi Nadal y Cristóbal García Montoro.

El caso más espectacular en la siderurgia andaluza es el de Manuel Agustín de Heredia, 1786-1846, un hombre que empezó como dependiente de comercio, amasó fortuna explotando el grafito de la Serranía de Ronda y de los criaderos de Ojén (Marbella), se casó con la hija de Tomás Livermore, un mayorista de curtidos angloirlandés, y con ello pasó a formar parte de “la oligarquía de la Alameda” de Málaga, en la que figuraban los Larios, Loring, Bryan, Mirasol, Crooke, Giró y otros. Manuel Agustín inició una industria tonelera al servicio de la exportación de vino, pero con fundiciones propias a fin de fabricar los aros. En 6 de septiembre de 1826, abrió el proyecto de La Concepción, tenido por la primera siderúrgica andaluza, proyecto que culminó en 15 de enero de 1830, cuando fue capaz de captar varios socios capitalistas para su idea. Manuel Agustín de Heredia era el dirigente administrativo de la empresa, y Francisco Antonio de Elorza y Aguirre era el jefe técnico, pues había sido oficial de artillería y aprendido lo fundamentos científicos del tema, y había llegado a ser experto metalúrgico al servicio del ejército. La empresa se fundó como una Sociedad Anónima de 82 acciones de 25.000 reales cada una, que se constituía por 25 años prorrogables. Sus fines eran extraer mineral de hierro en Sierra Blanca de Marbella y producir arrabio en el río Verde, utilizando como combustible los bosques de Málaga. Fue un fracaso. Heredia hubo de comprarles sus acciones a varios socios que querían abandonar. Entonces encontró a Elorza, y éste le explicó los fallos en sus procedimientos para obtener arrabio y que el modelo a seguir era el inglés de altos hornos, lo cual se hizo en 1832. En esa fecha, Heredia abrió en Málaga una segunda ferrería llamada La Constancia, para refinar con hulla el producto que obtenía en La Concepción, que seguía trabajando con madera. La hulla se compraba en Asturias y en Inglaterra. Las barras de arrabio de La Concepción eran llevadas desde Río Verde a Marbella, allí eran embarcadas para Málaga y entraban en la fundición La Constancia, donde se obtenía hierro dulce con el cual era fácil obtener las piezas metálicas que se perseguían como objetivo. La suerte estaba de parte de Manuel Agustín, pues la guerra carlista impedía al Gobierno español abastecerse en Vizcaya, lo cual fue la oportunidad de Málaga.

La oportunidad pasó pronto. La guerra se terminó en 1839 al tiempo que la madera se encarecía porque cada vez era más escasa en la Serranía y los fabricantes de carbón vegetal (cisco) pedían más dinero. Heredia buscó mercados en Baleares y en Italia para ampliar el negocio y abaratar costes, pero ya era inútil y empezó la decadencia. En 1841, La Constancia contaba con 19 hornos de fundición y afino, puddler, 6 hornos de recalentado, 1 cubilote, 3 máquinas de vapor, 3 hornos de reverbero para fundir moldes, y daba trabajo a 827 hombres. En 1843, Heredia decidió que La Constancia funcionara con el mejor carbón, antracita, y con la técnica de inyección de aire caliente, para conseguir la máxima calidad. De nuevo fue un fracaso, porque incrementaba gastos y no consiguió nuevos mercados a los nuevos precios. En 1845, Heredia volvió al combustible tradicional, la hulla, pero fue imposible mantener esa empresa ante la competencia inglesa y vasca.

Otros andaluces trataron de imitar a Heredia. Lo intentaron en Almería, Málaga, Sevilla y Huelva, pero unas veces les fallaba el suministro de mineral de hierro y otras veces el carbón, todos fueron un fracaso. Entre estos empresarios destacaron las ferrerías El Ángel de Málaga y El Pedroso en Sevilla. El Ángel surgió cerca de La Concepción y sin los conocimientos técnicos precisos. Luego la compró Juan Giró y utilizó a Elorza para mejorar las técnicas, lo que la permitió trabajar algún tiempo. El Pedroso se constituyó en 1817, pero no estuvo a pleno rendimiento hasta 1832, cuando Elorza aportó las técnicas necesarias.

En 1844 las ferrerías andaluzas aportaban el 85% del hierro colado español, pero era el final de su crecimiento. En 1854 ya sólo aportaban el 50%, no porque ya estuvieran en decadencia, sino porque había surgido la producción vizcaína.

En este momento de máxima producción de arrabio andaluz, referido a datos de 1854, La Constancia tenía 4 altos hornos y mucha demanda para envases procedente de la mina de mercurio de Almadén y de los talleres de Málaga en los que se construía y reparaba maquinaria diversa como calderas de vapor, bombas hidráulicas, utillaje agrícola, rejería y menaje doméstico.

Las factorías de Heredia compraron cobre en Riotinto y también plomo de Almería y Murcia, para fabricar productos que se vendían en América.

Una empresa siderúrgica en Sevilla a mediados del XIX era Portilla y White.

En 1862 tenemos datos de que Andalucía se estaba quedando atrás en la siderurgia. En ese año, la producción de hierro colado en Vizcaya superó a la de Málaga.

En 1865, las provincias importantes productoras eran Vizcaya, Málaga y Asturias.

A partir de 1865, la decadencia de la siderurgia malagueña es clara y la caída de producción es espectacular, hasta desaparecer en 1898.

 

 

La siderometalurgia catalana.

 

Cataluña no tenía mineral de hierro en cantidades suficientes para mantener unas empresas siderúrgicas, ni tenía carbón tampoco. Como el factor determinante en el proceso era el coste del transporte, las empresas siderúrgicas iniciadas en los años treinta del siglo XIX fracasaron. En los años cuarenta y cincuenta fueron desplazados por la siderurgia de Málaga, y a partir de los años sesenta por la de Vizcaya y también por Asturias. Entonces, los capitalistas catalanes de la rama siderúrgica se fueron a Vizcaya y a Asturias a invertir.

Manuel Girona creó “Material para Ferrocarriles y Construcciones”, una empresa continuadora de “Herrería Barcelonesa” que, desde 1866, se llamaba “Herrería del Remedio”. La empresa de Manuel Girona necesitaba hierro en abundancia y envió a su hermano Jaime a cooperar en las empresas siderúrgicas vascas.

Mariano y José Villalonga, propietarios de una forja en Darnius, en el Pirineo Gerundense, viajaron a Francia, Bélgica e Inglaterra y fueron conscientes del porqué de que las forjas catalanas fueran inviables económicamente. Entonces trataron de invertir en Guriezo (Cantabria), se pusieron en contacto con gente de Baracaldo y acabaron poniendo una siderúrgica en Ripoll (Cataluña), que fracasó no por los problemas técnicos que habían observado, sino por problemas económicos del coste del transporte de las materias primas, carbón y mineral de hierro. Cataluña no tiene yacimientos de carbón de calidad ni dentro ni cerca de la región. Decididamente, se pasaron a la siderurgia vasca, asociados unas veces a Girona, otras veces a Ibarra, Barat y a quien hiciera falta.

El empresario de más éxito en la metalurgia catalana fue Josep Bonaplata, el cual hizo un viaje al Reino Unido y se convirtió en importador de maquinaria, y después pensó en fabricarla él en España. En 1831 pidió permiso a López Ballesteros para fabricar maquinaria textil, al tiempo que solicitaba algunos privilegios y una subvención de 65.000 duros. Formó sociedad con sus hermanos, con Valentí Esparó, Joan Rull, Miguel Vilaragut, y Josep Giralt, y es posible que participase también Gaspar de Remisa y Josep Colomer. Reunieron entre todos 1.600.000 reales y compraron las máquinas que instalarían en la fábrica El Vapor. La fábrica fue destruida en 1835 en una revuelta obrera.

Valentí Esparó montó talleres de reparación de maquinaria textil aprovechando el local de la destruida fábrica El Vapor y llamó a su empresa Nuevo Vulcano. Pretendía construir pequeños barcos de vapor, que estaban de moda, y en 1836 fue capaz de botar El Delfín, primer vapor construido en España.

En 1839, los Bonaplata se recuperaron de los desastres de 1835 y levantaron una nueva fábrica en los solares del convento de Santa Bárbara a fin de construir máquinas sencillas de hierro colado, de venta fácil, importando el hierro colado. No pudieron competir con Nuevo Vulcano y mucho menos con Pablo Llobera.

Pablo Llobera se asoció en 1839 al comerciante Manuel de Lerena, al comerciante Mariano Serra, al fabricante Nicolau Tous Soler, al comerciante J. Ricart, al comerciante J. M. Raspaud y al mayorista de hierros Pau Llobera, y en junio de 1839 abrieron una fábrica que se llamó “Pablo Llobera y Cía”. Pablo Llobera era el gerente. La fábrica se instaló en el solar del convento de San Agustín. La fábrica pudo ir a más porque entraron como socios Celedonio Ascacíbar y Joan Güell i Ferrer. En 1841, cambió de nombre para llamarse “Compañía Barcelonesa de Fundición y Construcción de Máquinas”, conocida popularmente como “La Barcelonesa”. Su director fue entonces Nicolau Tous. La nueva fábrica, entre otros trabajos, servía lingotes de hierro a “Navegación e Industria”, una empresa creada en 1841 por Manuel Girona, que se dedicaba a hacer piezas de barcos y máquinas diversas.

En 1855, La Barcelonesa se fusionó con Nuevo Vulcano y la nueva empresa se llamó “La Maquinista Terrestre y Marítima”, una empresa muy grande con capital de 20 millones de reales, la más grande de España en su género.

Otros constructores de piezas y máquinas fueron

Louis Perrenod, que fabricaba maquinaria textil desde 1834.

Castañer.

Vilardaga.

Reinals.

Clavé y Cía.

Brocha.

Los fabricantes siderúrgicos catalanes aguantaron sus negocios hasta deforestar el Pirineo catalán, comprando leña y carbón vegetal (cisco) a quien se lo ofreciese. El carbón vegetal llegaba por mar a Barcelona desde todos los puertos catalanes y desde Baleares. La especie vegetal que más deforestación sufrió fue la encina. Una vez agotado el bosque catalán, buscaron carbón vegetal en Cerdeña y Sicilia, pero ya más caro, y cuando los precios se hicieron imposibles, el negocio siderúrgico se hundió.

En la segunda mitad del XIX ya no se usaba lignito en los hornos, sino hulla y antracita, y Cataluña no tenía esos productos ni dentro ni cerca de su territorio. Algunos nacionalistas catalanes echaron la culpa al Gobierno de España del fracaso de su industria, y argumentaban que se debía a no haber abierto el ferrocarril Barcelona – San Juan de las Abadesas, lo cual era una estupidez, pues en San Juan de las Abadesas tampoco había el combustible que necesitaban. También intentaron abastecerse en Teruel, pero eran lignitos y eso no permitía obtener la calidad suficiente para estar en vanguardia. Tardaron bastante en convencerse de que necesitaban antracita y hulla inglesa, fundamentales en el proceso principal, aunque los lignitos pudieran utilizarse en labores auxiliares metalúrgicas.

Los empresarios catalanes se pusieron un poco nerviosos cuando vieron que la demanda de máquinas de vapor, buques de hierro para la flota mercante, barcos de guerra y telares mecánicos era alta, pero que les faltaba una manera de conseguir acero de calidad, y tomaron malas decisiones insistiendo en la fabricación con lignitos, lo cual les llevó con el tiempo al fracaso.

Una de las características de la industrialización catalana fue el centralismo cerrado. Casi toda la industria surgió en Barcelona, con muy poca dispersión industrial por otras zonas de Cataluña. Ello tenía la ventaja de permitir grandes fábricas y la desventaja de jugar a una sola carta, con lo que la crisis de una de las grandes industrias era una tragedia. Y las crisis eran muy probables pues los catalanes no tenían tecnología propia sino que importaban algunas máquinas e intentaban imitarlas y mejorarlas, lo cual hicieron bastante bien, como es el caso del freno de las locomotoras de Agustín Castellví y los ensayos del submarino de Narciso Monturiol.

En 1850, España produjo su primera locomotora a vapor. Copió la locomotora Blutcher británica de 1814, tratando de mejorarla con ideas de otras locomotoras conocidas.

 

 

La siderurgia asturiana – cántabra.

 

La primera siderurgia del norte de España nació en Asturias y Cantabria, pues tenían carbón en Asturias y hierro en Cantabria. En el País Vasco, la guerra carlista no daba oportunidad al desarrollo de una industria siderúrgica.

La Guerra Carlista arrasó la fundición “La Merced” de Guriezo (Cantabria). Los carlistas la arrasaron en el momento en que iba a importar tecnología moderna y tal vez se decidió así el futuro de la siderurgia cántabra, que no fue ya nunca importante frente a la asturiana, y mucho menos frente a la poderosa vasca de fin de siglo XIX. La siderurgia de Guriezo fue reconstruida en 1846 por el vasco Ibarra, el catalán Villalonga y el francés Dupont, los cuales compraron los terrenos al conde de Miravelles. Igualmente, los carlistas arrasaron las siderúrgicas de La Cavada (Cantabria) que fabricaban armas para el Gobierno isabelino.

En 1840, una vez acabada la Guerra Carlista, visitó la zona norte el inglés John Mauby, el cual decidió crear en 1844 “Asturiana Mining Co.” de modo que se aprovechase el carbón de la zona de Mieres (Asturias) poniendo altos hornos a bocamina. El alto horno se incendió en 1848 y la empresa fracasó en 1849.

Las minas de Mieres quedaron abandonadas hasta 1852, fecha en que las retomó la francesa “Houillere et Metallurgique des Asturias”. Esta empresa compró las instalaciones siderúrgicas de Mieres, la acería existente en Lena, las minas de Sama de Langreo y una participación en el capital del ferrocarril Sama-Gijón. Esta empresa francesa duró hasta la crisis de 1866-1867, y cerró en 1868.

Las instalaciones de Mieres fueron entonces compradas por “Sociedad Numa Guilhou”, empresa que instaló una moderna fábrica de acero alimentada con coque.

En 1857 apareció una empresa fuerte, “Sociedad Metalúrgica Duro y Cía”, empresa que disponía de 6 millones de reales de capital, aportados por Pedro Duro Benito, Julián Duro, Vicente Bayo y Federico V. Lecca. Pensaron que necesitarían apoyo del Gobierno y asociaron a su empresa a Alejando Mon, al marqués de Camposagrado y al marqués de Pidal, lo cual les aseguraba contratos del Gobierno. Y en 1859 pudieron abrir en La Felguera (Asturias) un alto horno de coque. En 1900 se llamaría “Sociedad Metalúrgica Duro-Felguera y Cía”.

En 1859 se instaló en la zona de La Felguera, localidad de La Vega, la factoría “Gil y Compañía”, una ferrería en la que Elorza trataba de fabricar hierro fundido para las necesidades de Riotinto en Huelva.

En 1860 Vicente Bayo, Pedro Duro Benito, Julián Duro Benito, Federico Victoria de Lecea y Francisco Antonio de Elorza, crearon la Sociedad Metalúrgica de Langreo con un alto horno al que se añadiría un segundo alto horno en 1863. Esta sociedad tomaría el contrato para suministrar rieles a Compañía de Noroeste, que fue su principal cliente. Poco después se incorporaron a ella Pedro José Pidal marqués de Pidal, José Bernaldo de Quirós marqués de Camposagrado, y Alejandro Mon y la empresa se llamaría Duro y Cía. en 1872 amplió el negocio vendiendo chapas y perfiles para Andalucía y Levante para buques, puentes y edificios. En 1887 recibió los pedidos de la marina española y empezó a instalar hornos Siemens-Martin quedando renovada en 1895. En 1902 se uniría a Sociedad Herrero Hermanos, Minas de Santa Ana, y Compañía de Asturias para formar parte de un trust del carbón y del hierro y luego se unió en 1906 a Unión Hullera y Metalúrgica de Asturias.

En 1864, se había demostrado que el coque era muy superior a los demás combustibles utilizados en España, porque dejaba muy pocos residuos en el alto horno, y Asturias se constituyó en el primer productor de hierro de España, desplazando a Málaga.

 

 

La siderurgia vasca.

 

En 1841, un grupo bilbaíno dirigido por el banquero navarro Romualdo Arellano, fundó una sociedad con ánimo de abrir una siderurgia, y en 1849 iniciaron un proyecto en Bolueta, levantando el alto horno “Santa Ana”, de carbón vegetal. El mineral de hierro lo conseguían en Monte Ollargan (al sur del Santuario de Urquiola).

En 1859, Ibarra, Murrieta, Uribarren y Villalonga abrieron Altos Hornos de Vizcaya y se constituyeron en la segunda zona productora de hierro de España. La primera era Asturias con 19.720 toneladas de hierro y la segunda Vizcaya con 15.810 toneladas. El resto de las fundiciones estaban radicadas en Sevilla, Málaga, Barcelona, Cantabria, León, Toledo, Navarra y Logroño. Pero se entiende que las últimas citadas eran pequeñas.

En 1860, Ibarra puso unos altos hornos en Baracaldo, que son la base del desarrollo siderúrgico de Vizcaya, sobre todo cuando en 1865 se transformen para quemar coque.

El capital necesario para una industria de grandes dimensiones, se obtuvo exportando mineral de hierro en grandes cantidades. Y con las nuevas instalaciones, Vizcaya se convirtió en el primer productor de España. La oportunidad surgió cuando el convertidor Bessemer (instrumento para obtener acero a partir de arrabio) inventado en 1856, no eliminaba el fósforo del mineral de hierro y el acero resultante resultaba quebradizo. Los británicos, cuyos yacimientos contenían mucho fósforo, decidieron comprar mineral de hierro con bajo contenido en fósforo, el cual se encontraba en Suecia y Vizcaya-Cantabria. En 1867 se inventó el convertidor Siemens –Martin, el cual sí que eliminaba el fósforo, y las nuevas acerías ya no necesitaban mineral español, pero las viejas siguieron necesitándolo hasta su renovación a fines del XIX. Además, los canales de comercialización del mineral ya estaban abiertos y dotados de ferrocarriles y cargaderos, y la sustitución del convertidor no se hacía demasiado urgente.

Lo que fracasó a partir de la invención del convertidor, fue el alto horno alimentado con madera y carbón vegetal, pues el convertidor fabricaba grandes cantidades y mucha calidad en poco tiempo, y los residuos de la madera no la hacían competitiva. Las forjas y fraguas tradicionales desaparecieron para dar paso al sistema Chenot-Tourangin de afinado del hierro.

 

 

Conclusiones.

 

La producción de acero española siempre fue modesta y no se alcanzaron en la primera mitad del siglo XIX los niveles de producción que había habido a finales del XVIII. Cuando se necesitaban determinadas calidades de acero, España importaba barras, laminados, maquinaria y utensilios (tijeras, alfileres, clavazón). España también exportaba barras de hierro a Europa y Sudamérica, y sobre todo armas de fuego y herramientas, pero las exportaciones eran mucho menores que las importaciones. Los clientes españoles eran preferentemente Cuba y Puerto Rico en primer lugar, Francia, Reino Unido y Cerdeña en un segundo rango, y México, Argentina, Perú y Chile en últimos lugares de la lista de importadores. América pronto comprobó que el hierro de Estados Unidos era mejor y más barato que el español y se fue perdiendo como mercado para España.

La construcción del ferrocarril era la actividad que provocaba mayores importaciones españolas. Las siderúrgicas españolas se quejaban de que hubiera tantas importaciones mientras ellas tenían problemas de comercialización y, en 1861, lograron un arancel favorable a su propósito de modo que su producción pudiera competir con la de importación.

El nivel de producción de acero de España era de segunda fila en Europa. La primera fila estaba integrada por Francia y Gran Bretaña. En la segunda fila estaban Alemania, España e Italia.

 

 

 

EL PAPEL.

 

Calomarde retuvo el monopolio del papel consumido por centros oficiales. Más tarde se liberalizó el negocio y apareció la industria del papel en el Prepirineo catalán, en Guipúzcoa, en Madrid y en el País Valenciano.

En Gerona abrieron dos industrias del papel: La Gerundense, y La Aurora.

En Alicante, Alcoy hacía papel de fumar.

Otros usos del papel eran el papel de escribir, el de empaquetar, el de periódicos y libros.

 

 

EL JABÓN.

 

En el XIX se divulgó en España la sosa sintética y se fabricó gran cantidad de jabón, sobre todo en Madrid. Málaga y Alicante eran otros productores de jabón. El primero vendía en el mercado español. Los otros producían de cara a la exportación. España nunca pudo competir con los jabones franceses, de mejor calidad.

 

 

EL VIDRIO.

 

Ángel Valarino tenía una fábrica en Cartagena en 1830 y se mantuvo durante muchos años, pero España no pudo competir con los vidrios venecianos, franceses y bohemios.

 

 

LA ALFARERÍA.

 

La alfarería se hizo artesanalmente y el mercado era local y comarcal. Sólo Manises y Talavera tenían mercados nacionales.

En calidad, destacó Pickman y Cía fabricando porcelanas en Sevilla.

 

 

LA PIEL.

 

Las tenerías se localizaban en todo el país y en el XIX se mejoraron los curtientes y los colorantes mediante derivados de la anilina. Se exportaba muy bien.

 

 

EL TABACO.

 

El consumo de tabaco se generalizó en el siglo XIX entre todas las capas sociales. Su fabricación era un monopolio estatal y por ello había contrabando desde Gibraltar, Tánger y Argelia.

En 1844 había 8 fábricas que radicaban en Valencia, Alicante, Sevilla, Cádiz, Madrid, La Coruña, Gijón y Santander.

En Sevilla había trabajando, en 1862, 3.500 mujeres.

En Alicante, trabajaban 2.200 mujeres en 1882.

El tabaco más caro era el fabricado en Cuba.

 

 

 

LA QUÍMICA.

 

En España hubo poco negocios basados en la química. Se fabricó vitriolo, ácido muriático, azul prusiano, sales de estaño, sobre todo en Cataluña. También se hacían tintes y colorantes y curtientes. Barcelona fabricaba Sulfúrico, vitriolo, y clorídrico. Los centros químicos secundarios estaban situados en Madrid, Málaga, Bilbao, y Alicante.

 

 

 

LA CONSTRUCCIÓN NAVAL.

 

La ley de 1 de noviembre de 1837 prohibió la importación de buques. Ello dio un importante impulso a la construcción naval española.

Los mayores constructores de barcos en el periodo 1837-1848 eran los catalanes. A partir de 1848 lo fueron los vascos.

Tras la introducción de la navegación a vapor y del casco metálico, los astilleros catalanes se fueron arruinando. Su especialidad era la llamada carpintería de ribera. Cataluña cambió su actividad naval a la fabricación de instalación de maquinaria en los cascos metálicos que fabricaban los vascos.

Hacia 1858-1859 se impuso el motor a vapor, y ello causó un descenso de actividad en vascos y catalanes. El vapor fue un adelanto técnico al que los astilleros españoles tardaron en adaptarse:

En 1817, Sevilla y Cádiz pusieron en servicio el primer vapor español, el Real Fernando, un vapor de ruedas, muy poco seguro en mar abierto. Por eso se utilizaba en el trayecto Sevilla-Sanlúcar-Cádiz.

En 1837, Barcelona construyó el primer barco a vapor hecho en España, el Delfín, obra de Talleres Vulcano. Pero en ese mismo año, Suecia dio un paso de gigante en la navegación marítima, cuando Ericson aplicó la hélice a los barcos, lo cual les permitía navegar en alta mar. España no adoptó el invento hasta 1852, y lo hicieron Antonio López y López Lamadrid y su socio Patricio Satústregui en Santiago de Cuba. “Antonio López y Cía” se convirtió en la empresa con más futuro, y Antonio López sería con el tiempo marqués de Comillas. El primer barco español de hélice se llamó “General Armero” y lo compró la marina española. Contaba con una capacidad de 716 toneladas de arqueo. En 1861, Antonio López y Cía se hizo con el servicio de correos entre España y Cuba y más tarde con las comunicaciones de Barcelona con otros puertos del Mediterráneo y con Canarias.

Otra naviera importante española fue Compañía Zulueta, la cual residía en Cádiz y en 1859 construyó su primer barco de vapor, el Península, que se dedicó a viajar a América.

Una tercera naviera era la Compañía Vasco Andaluza de Javier María de Ibarra, el cual en 1860 se domicilió en Sevilla, pero puso la administración de la empresa en Bilbao. A fines del siglo XIX, la empresa cambió de nombre para llamarse Compañía Ibarra.

 

 

La marina militar.

 

En 1844, la potencia militar naval española era pobre: 1 navío en servicio, 2 en carenaje, 4 fragatas armadas, 2 fragatas desarmadas, 2 corbetas, 9 bergantines, 3 vapores de guerra, 3 vapores de poca importancia, 15 goletas y 9 embarcaciones menores.

En 1845 España construyó el primer buque de guerra de calderas. Se llamaba Alerta, y era una cañonera construida en Pasajes.

En 1853 se autorizó comprar buques de vapor en el extranjero tanto para el ejército como para la marina civil.

En 1860, los marinos españoles pidieron que fueran desguazados los barcos de madera de la Armada, por ser ya inservibles, y que fueran sustituidos por barcos de hélice. Entonces se decidió construir y comprar barcos de estas características.

En 1863 la Armada española era más potente que veinte años antes, pues disponía de 49 buques de vela, 36 vapores de hélice, y 29 vapores de ruedas. Total 114 barcos.

A finales del siglo XVIII, la Armada había contado con 76 navíos, 52 fragatas y 150 barcos menores, y por tanto, la dotación de 1863 era más pequeña que 60 años antes.

 

 

La marina mercante.

 

En cuanto a la marina mercante, España era a mediados del XIX la cuarta marina mercante del mundo en número de buques y la quinta en arqueo. Las primeras potencias eran Estados Unidos, Gran Bretaña, con unos 38.000 buques cada una, seguidas por Francia y Austria con unos 19.000 buques, y España estaba a mucha distancia de esas cuatro, con unos 5.000 buques.

A partir de 1858 la marina mercante española fue en declive y, de 350.000 toneladas de arqueo en 1858 se pasó a 283.000 toneladas en 1864. Y la calidad de los barcos era mala, pues de 4.749 buques, 135 eran de vapor y el resto de madera, movidos a vela.

Hay que apuntar que la navegación a vela era más barata que el transporte tradicional terrestre y que el transporte en barcos de hierro. Los barcos de hierro, que necesitaban mucho espacio para el carbón y el agua (en el mar no hay agua dulce) dejaban poco espacio de carga útil. El clipper a vela era muy rápido y tenía bastante espacio de carga útil.

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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