IDEAS GENERALES SOBRE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL.

 

Para entender la Revolución Industrial en España, es preciso conocer algunas ideas básicas sobre la Revolución Industrial en general. Por eso, vamos a detenernos un momento en esta cuestión general antes de abordar el caso español. Sólo algunas ideas, sin entrar en la profundidad de la cuestión, la cual necesitaría unos miles de páginas.

 

 

CONCEPTO DE REVOLUCIÓN INDUSTRIAL.

 

En el concepto amplio, Revolución Industrial es el conjunto de transformaciones sociales y transformaciones económicas, demográficas, agrícolas, del transporte, de la industria, de la banca, de la política y de la ciudad, que se producen en un país determinado en los siglos XVIII y XIX y significan un cambio total en el modo de vida de un país determinado. En el siglo XX, una vez descubiertos los modelos de desarrollo industrial, la Revolución Industrial es la incorporación y adaptación de los modelos ya existentes en países desarrollados, a las características de un nuevo país que pretende incorporarse al grupo de los industrializados. Cada país debe elaborar su propio proyecto, pues los modelos son irrepetibles al pie de la letra.

Los cambios a generar son estructurales. Con ello, debemos aclarar el concepto de estructura: en una estructura cada cambio influye en todos los demás aspectos que conforman el todo estructural y cada cambio es incomprensible sin la visión integral del conjunto. El todo cambia todo él en conjunto, o fracasa en el intento. Y cambia relacionando cada sector con todos los demás. Los primeros marxistas definían Revolución Industrial como el cambio desde el modo de producción feudal al modo de producción capitalista. Teniendo en cuenta que modo de producción es el conjunto de características económicas, sociales, políticas y culturales de una civilización, la idea es la misma, expresada de otra manera. El estructuralismo fue al fin y al cabo obra de marxistas.

 

En sentido estricto, revolución industrial (esta vez lo he escrito con minúsculas) es la sustitución de las herramientas por las máquinas, de los animales y el agua como fuente de energía débil por energías masivas minerales y del vapor, capaces de grandes aportes de energía, sustitución de la artesanía por la industria, y de la agricultura como actividad económica fundamental de una sociedad, a la industria en una primera fase, y a los servicios en un estadio más avanzado.

 

 

Primeros estadios de la revolución industrial.

 

La revolución industrial empezó por el Domestic System en el que el campesino trabajaba en ratos libres con sus propias herramientas y sus materias primas en una actividad secundaria que alguien se encargaba de recoger y vender, muchas veces a otros campesinos que a su vez le entregaban otros productos. Continuó por el Putting out System, por el que el comerciante exigió el uso de unas herramientas y consumo de unas materias primas que él mismo proporcionaba, a fin de asegurarse una calidad del producto y un precio razonable, pero el campesino seguía produciendo en su casa en los ratos libres. Luego se pasó al Factory System cuando los artesanos fueron concentrados en talleres propiedad del comerciante-empresario. Y en esos talleres fue posible la introducción de energía masiva (del agua o del carbón), de las máquinas (máquina de vapor de Newcomen de 1702, máquina de vapor de Watt de 1763, lanzadera volante de Kay de 1733, hiladora Jenny de 1767, hiladora Frame de 1769, hiladora Mule de 1778, telar mecanico o self-acting de 1785). Y el proceso terminó en la fábrica de la que hablaremos a continuación.

 

 

La fábrica.

 

La fábrica es un elemento nuevo de la realidad, que tiene una cierta complejidad: es un lugar de encuentro de la mano de obra, materias primas, energía, capital, técnica y personal de gestión, y es a la vez un compromiso social de todas las partes citadas a suministrar de forma continuada sus servicios. Aunque el aspecto más visible de la fábrica sea el edificio que cobija la maquinaria y los almacenes de materias primas y stokage, las relaciones entre los factores productivos son mucho más interesantes.

En esta relación, la parte más compleja es la relación entre el capital y la mano de obra. El capital ni siquiera está presente físicamente en la fábrica, sino que está representado por el equipo gestor, el cual cobra en función de los resultados que presente ante los capitalistas. El capital pertenece en las grandes empresas a poseedores anónimos que quieren una retribución por sus “ahorros” (entre los que podemos incluir distinguidos comunistas, honorables líderes religiosos, dignísimos trabajadores asalariados que han ahorrado dos euros, esforzados estudiantes que tienen una cartilla o unas acciones ganadas por sus padres, igual que gentes de la derecha, banca y otras empresas a las que tradicionalmente se les atribuye el capital). El capital puesto en manos de miles de pequeños tenedores de acciones, y de pequeños ahorradores de ahorros puestos en los bancos que éstos colocan como les viene en gana, adquiere una nueva característica: los pequeños no tienen tiempo, ni medios para acudir a las reuniones de accionistas, ni tienen el control de las inversiones bancarias de su banco, por lo que o simplemente no asisten o delegan sus votos en un accionista mayor. O más comúnmente, entregan sus ahorros para que se los maneje un banco al que exigen retribución por su dinero. Ocurre así que los poseedores de un 10% o 15% de las acciones de una empresa acuden a las asambleas con el 51% de los votos posibles y pueden tomar las decisiones que les parezcan oportunas. En cuanto a la mano de obra, el obrero además de su esfuerzo diario, pone en la fábrica el compromiso de asistir todos los días mientras dure su contrato, temporal o indefinido. Este compromiso es algo muy serio pues el obrero sabe que su modo de vida depende de ese salario, o conjunto de salarios que vaya encadenando, según los cuales alcanzará unas perspectivas que le permitirán formar una familia, adquirir una vivienda, y acceder a las comodidades que ofrece una sociedad desarrollada.

Por tanto, la fábrica o lugar de trabajo, adquiere unas dimensiones sociales que la llevan a estar muy por encima de la simple acumulación de espacio, maquinaria y oficinas de gestión. La fábrica no puede ser considerada una propiedad de los capitalistas, los cuales reciben por ello unos dividendos, o intereses en su caso, no es la propiedad de los obreros, los cuales reciben por su trabajo unos salarios, ni es por supuesto de los gestores, que ya reciben un sueldo por ello. La fábrica es un compromiso social en el que puede y debe tomar parte el Estado regulando los derechos de todos. No estoy diciendo que el Estado sustituya a los capitalistas, ni que el Estado sustituya a los gestores, tentación en la que caen algunos izquierdosos mal informados, sino que regule las relaciones entre ellos y la mano de obra.

 

 

Impulsores de la industrialización.

 

Para la maduración del proceso fabril, resultó fundamental el desarrollo del proceso productivo en los sectores básicos, la llamada industria básica: la energía, siderurgia y metalurgia, pues con ellos se desarrollaron todos los demás. Cada salto en estas tecnologías significa un paso adelante para el conjunto de toda la industria.

En el tema de las materias primas, la industria necesitaba sobrepasar las limitaciones de suministro de materia prima y llegar a suministros previsibles y adquiribles fuera el que fuera el punto de demanda. Las materias primas animales, lana y cuero, no eran oferta muy flexible, pues no se puede cambiar el número de cabezas a gusto de la demanda. En cambio, la materia prima del algodón es flexible y permite una continuidad previsible de la oferta. Se puede pedir una gran ampliación de la producción o reducir drásticamente los pedidos. A mediados del XIX, el algodón era la materia prima con la que trabajaban el 70% de los industriales textiles británicos.

El tema de la energía es otro factor de la Revolución Industrial, y se pasó de las energías tradicionales, carbón vegetal, agua corriente y aire, de poca capacidad motriz, a fuentes de energía que permitían muy altas temperaturas y enormes cantidades de movimiento, como es el carbón, y sobre todo el cok o coque[1], que no es sino carbón al que se le ha suprimido los residuos de poco valor energético y productores de escorias. Más tarde, avanzado el XIX, se aplicarán energías de demanda mucho más flexible, como el petróleo y la electricidad. La bombilla es de 1879, y el automóvil de 1892.

En la industria del hierro, fue fundamental la invención del cok en 1732, difusión del cok en 1784 en hornos para el hierro, técnica del pudelaje o golpeo del hierro fundido para despojarle de su carga inútil de carbono y escorias en 1783, y el convertidor de aire caliente de 1829. Así se logró acero de calidad en cantidades aplicables a la gran producción.

La disponibilidad de acero abundante a buen precio, permitió sustituir los rastreles de madera por raíles de acero y ellos dieron la idea de la posibilidad de la locomotora, que Stefenson hizo realidad en 1825 en el tramo Stochton-Barlington. El barco de vapor es más tardío, de 1860, por la dificultad de encontrar agua dulce en el mar.

Un sector injustamente tratado o directamente no tratado en muchos estudios sobre la Revolución Industrial y que es factor imprescindible para que ésta sea posible es el financiero. En una primera fase, en la Inglaterra del siglo XVIII apareció el Banco de Inglaterra en 1694 y la Bolsa de Valores en 1773. La banca antigua se puede asimilar más bien a particulares que financian a particulares o a los Gobiernos. La banca moderna es una Sociedad Anónima de captación de ahorros de pequeños ahorradores y también facilita préstamos a particulares y Estados, pero además, gestiona la compra venta de acciones y obligaciones y, a través de su cartera de negocios, puede especular en bolsa[2]. Los bancos son poseedores de grandes cantidades de acciones de determinadas empresas, no demasiadas para no correr excesivos riesgos. Además, los bancos poseen acciones de otros bancos, formándose cadenas de bancos, que hacen olvidar a los antiguos bancos familiares.

Con la banca, fue posible el control del circulante por los gobernantes, guardar reservas de oro, emitir deuda pública y que el Estado explotase sus monopolios con eficacia. En una segunda fase, en el siglo XIX, aparecería la banca privada que significaba la aparición de una red financiera que llegaba a cada vez más consumidores de este servicio. En 1830 apareció el crédito a largo plazo sin posibilidad de que los pagarés y letras de cambio fueran renegociados y adquiridos por cualquiera que pudiese exigir su cumplimiento inmediato, con la ruina consiguiente del inversor a medio y largo plazo. En 1844, el Banco de Inglaterra monopolizó la emisión de billetes de banco, lo que permitió un control de dinero y la posibilidad de controlar la inflación y deflación o adecuación de la oferta a la demanda en materia dineraria. Y hacia 1870 apareció la “banca mixta” o bancos que se dedicaban tanto al préstamo como a la negociación de acciones y crédito a las empresas.

La banca tiene el peligro de hundirse en sus propios negocios, instigados por ella misma, si los tenedores de acciones no le siguen el juego, o sus principales empresas en que han invertido quiebran, porque ello supone la desaparición del crédito para todo el grupo de empresas dependientes de ese banco, y todos los bancos de la cadena bancaria, así como a los Estados financiados por ellas. Las crisis ya no afectan a un banco concreto y a una familia, sino a la banca mundial y a la economía mundial. Por ello, el gran problema que se presentaba en el XIX fue la discusión entre el secreto bancario necesario para emprender los negocios, y el necesario control de las finanzas que deben hacer los Estados a fin de que no suceda la quiebra en cadena. Los Estados no se atrevieron a intervenir hasta principios del siglo XX, y mientras tanto, se confió en el librecambismo puro, sin control alguno. La forma en que un Estado puede controlar a la banca es con leyes que les obliguen a diversificar el riesgo, que les obliguen a mantener unas reservas mínimas precisadas cada año por ley, y les obliguen a no practicar competencia desleal en la captación de recursos y en la colocación de préstamos aprovechando la información privilegiada de la que disponen. Y también con interventores que vigilen sus cuentas e inversiones.

La Sociedad Anónima, S.A., se impuso sobre la tradicional Sociedad Limitada, S.L. El capital total de una Sociedad Anónima se divide en muy pequeñas participaciones, miles o millones de participaciones, llamadas “acciones”. Las acciones son emitidas a un valor nominal y luego cotizadas diariamente en el mercado, o Bolsa, a un valor de marcado, superior o inferior al nominal, según la cotización del día. La Bolsa tiene la virtud de poner en contacto en un mismo lugar a todos los posibles compradores y vendedores de un producto determinado, con lo cual el juego de la oferta y la demanda es muy viable. La empresa reparte sus ganancias dividiéndolas entre el número de acciones emitidas, y las ganancias son denominadas “dividendos”. Las expectativas de buenos dividendos hacen subir el valor de cotización de la acción en Bolsa. Como en la Bolsa se cotizan expectativas, se dice que la Bolsa es el termómetro de la economía de un país. Para pulsar este “termómetro” se analizan los principales valores, en España de finales del XX se utilizaron los 35 más importantes, IBEX 35, y con ellos se elabora un índice bursátil, que se hace público a diario y en cada momento.

El paso del factory system a la fábrica fue posible gracias a la revolución científica producida en el XVII, casi cien años antes de las primeras fábricas. El humanismo del siglo XVI había colocado al hombre en situación de poder enfrentarse a la comprensión de todo el Universo, lo cual supuso una revolución del pensamiento. Leonardo da Vinci (1452-1519) hizo una demostración de las posibilidades que se le abrían al hombre pensando en las máquinas posibles, imaginando hasta donde podría llegar la capacidad humana. Pero Leonardo no fue inventor de nada. Copérnico (1473-1543) fue capaz de llevar al pensamiento más allá de las limitaciones impuestas por creencias mal entendidas. Vesalio (1514-1564) supo desafiar a la sociedad y al poder constituido para poder adquirir nuevos conocimientos. Galileo (1564-1642) introdujo la observación metódica en 1610, a pesar de que estuviera prohibido hacerlo y la formulación científica (caída libre de los cuerpos). Kepler (1571-1630) se atrevió a romper con sus propios prejuicios y formular matemáticamente sus observaciones sobre los cuerpos celestes. Y tras ellos, Torricelli (1608-1667) se atreverá a hallar unidades de presión atmosférica, Huyghens (1629-1695) a experimentar y formular matemáticamente los movimientos del péndulo, y Harvey (1578-1657) a contradecir a los sabios antiguos sobre la circulación de la sangre. Consideramos que la revolución científica empezó en Newton (1642-1727) cuando definitivamente no aceptó más argumentos que aquellos que provenían de la razón y la experimentación, es decir, no aceptaba como saberes definitivos a los antiguos “sabios” que sólo aportaban argumentos filosóficos. La nueva ciencia se quedaba en unas pocas cualidades de la materia, sólo en las que podía medir, y era despreciada por los tradicionalistas, que buscaban el saber sobre la totalidad del objeto.

La revolución científica dio paso a las unidades de medida de cada fenómeno, y cuando fue posible medir más cosas, las unidades de medida llevaron a la comprensión del fenómeno en sí y sus relaciones con los demás fenómenos naturales. Y fue posible la creación de nuevos materiales, y de nuevas máquinas. Sólo cuando la máquina es comprobada en la realidad, se produce el descubrimiento tecnológico, no cuando alguien imagina que algo pudiera ser construido. Y tras éste brillante paso, los científicos y los técnicos dieron oportunidades a los fabricantes, se unieron al capital y fue posible la fábrica. Empezaba la revolución industrial.

 

 

Consecuencias sociales de la revolución industrial.

 

La nueva sociedad industrial, o del modo de producción capitalista, produjo cambios interesantes, entre los que destacamos: la elevación del valor de la propiedad individual a derecho fundamental, la organización de la sociedad en torno a familias nucleares (compuesta exclusivamente de padres e hijos frente a la familia extensa medieval), y las libertades económicas basadas en la igualdad legal, que tienen como fin obtener el máximo desarrollo económico en el menor tiempo posible. Como del liberalismo ya hemos hablado en otra parte, en sus vertientes política y económica, vamos a citar aquí solamente las nuevas tendencias sociales y demográficas, consecuencia del nuevo modelo familiar, el nuclear:

El inicio de la Revolución Industrial produjo tasas de crecimiento demográfico altísimas, por causa de que la mortalidad se redujo desde tasas superiores al 30%o a tasas inferiores al 20%o, por mayor disposición de alimentos y más recursos que permitían la defensa contra el frío. Mientras tanto, se mantuvieron las tradicionales tasas de natalidad próximas al 40%o, lo cual produjo crecimientos naturales[3] en el entorno del 15% que son muy altos. Los cambios se producían en las regiones industrializadas, mientras las regiones agrícolas mantenían la economía y familia tradicional. Durante cerca de siglo y medio, la familia cambiará sensiblemente: de la familia extensa se evolucionará a la familiar nuclear; del modo de vida limitado a un núcleo rural cerrado, se evolucionará a la emigración progresiva de cada vez más miembros hacia las zonas que ofrecen trabajo; de la autoridad del paterfamilias y del párroco de la aldea se evoluciona a que la única auctóritas sea la de la ley, y la única moral la que se recibe en el nuevo medio en que se vive, o la proporcionada por la religión en el caso de los creyentes; de un mundo cerrado, sin apenas salidas para conocer el mundo, se pasa a viajes necesarios para la política, los negocios; de una emigración excepcional y muy comentada en la aldea, a una emigración masiva; de una edad temprana del matrimonio femenino, a los 15 años, se pasa a una edad mucho más avanzada, próxima a los 30 años al terminar el siglo XX; de una esperanza de vida de 45 años se pasa a esperanzas de 80 años; de una vejez que empezaba a los 35 o 40 años de edad, se pasa a ambientes donde la vejez-decrepitud se siente después de los 60 ó 70 años; del bandidaje rural como medio de vida se pasa a la delincuencia urbana, completamente distinta; y progresivamente se van haciendo más raras las enfermedades corrientes de la Edad Moderna tales como la salmonelosis, tifus, gripes, viruela, varicela y cólera. La mortalidad infantil caerá desde tasas del 400 y 300%o a tasas de 18%o.

Un nuevo aspecto a considerar en el cambio producido por la industrialización es el proceso de urbanización de la sociedad: surge la gran ciudad que era un fenómeno desconocido en época preindustrial en el que la ciudad no era más que un pueblo muy grande: en la gran ciudad, aparece una city o centro donde se concentran los edificios administrativos, bancarios y del gran comercio, y unos towns con diversas funciones, las unas residenciales y las otras industriales y de almacenes, y una banlieu, o zona próxima a la ciudad donde se sitúan diversos establecimientos y viviendas relacionadas con ella. Y aparece el fenómeno “zoning” por el que el centro está cuidado y ennoblecido y es muy diferente de los barrios, más o menos pobres, más o menos degradados, descuidados y con muy pocos servicios. El centro aparece adoquinado, con casas de ladrillo para las clases medias y de piedra o ladrillo para las clases altas. En el centro, el burgués construye manzanas (cuadras) enteras en las que ya aparece la diferenciación social: el propietario habita el principal, con su escalera monumental y exclusiva para él, mientras el piso segundo es habitado por clases “medias” de funcionarios y asimilados que se quieren identificar con la alta burguesía, las buhardillas están habitadas por clases más bajas, y en los sótanos viven los criados, sirvientes y clases muy bajas. Ninguna de estas clases osa utilizar la escalera del propietario, y tienen sus propios accesos por calles laterales o traseras. En los towns se conserva el barro, y las construcciones a base de escombros. Y las chimeneas se alzan altas en los towns, más altas que las torres de las iglesias. Y en las casas bien de la city hay cuarto de baño, aparece el jabón, y las señoras empiezan a llevar ropa interior, que por entonces parece atrevida y escandalosa, no por el hecho de serlo, sino que el mismo hecho de llevar ropa interior era escandaloso para algunos sentimientos morales antiguos. Y además, hay academias para estudiar, y hasta se puede producir el hecho de las señoritas estudien algo más allá de labores de hogar. En la city hay tiendas, y en las tiendas hay productos frescos, hay bancos y hasta aparecen individuos de religiones distintas a la tradicional común. Y en la calle hay muchos pobres mendigando, y muchas prostitutas tratando de comer. Y más allá del confín de la ciudad, aparecen caminos de doble ancho que permiten cruzarse a dos coches sin que uno tenga que salir del camino, hay puentes para no tener que vadear los ríos y barrancos, alguna estación de ferrocarril, y canalizaciones que llevan agua hasta fuentes públicas en diversos puntos de la ciudad.

El crecimiento demográfico proporciona mayor demanda interna y mano de obra barata para los empresarios. Los empresarios industriales tuvieron muchas más oferta de mano de obra, porque al alto crecimiento natural se sumaba la migración hacia las ciudades y entornos de las fábricas. Fue posible porque en el siglo XVII mejoró la alimentación gracias a la introducción de la patata y el maíz, porque mejoraron los transportes y se evitaron las hambrunas y las alzas incontrolables de los precios y porque las colonias suministraban grandes cantidades de alimentos y materias primas a precios muy bajos. Con todo ello, se produjo una caída de la mortalidad del 32%o en 1750, al 23%o en 1800, mientras se mantuvo la natalidad en tasas de 34%o ó 33%o.

Pero hay otras consecuencias sociales que han provocado más problemas y más literatura:

Puesto que los medios de producción fueron privatizados y tenían unos precios que hacían imposible a la mayoría de la población el pensar en llegar algún día a ser propietarios de medios de producción de cierto peso, y los costes empresariales fueron in crescendo, el obrero y la inmensa mayoría de la población quedó excluida de la posibilidad de intentar una iniciativa empresarial de cierta importancia. La clase empresarial alta se vio reducida a muy pocos individuos.    Para que sea posible el proceso técnico, es precisa la inversión de grandes cantidades de capital, cantidades progresivamente crecientes, y ello deja la iniciativa industrial restringida a muy pocos. Y este capital sólo se invierte si el empresario tiene expectativas de grandes rendimientos del trabajo, lo cual requiere legislación y política adecuadas. Se considera fundamental el buen ambiente de convivencia social.

Y lo peor fue la alienación del obrero: el obrero fue sometido a una duración determinada del trabajo diario y anual, a un ritmo de trabajo, a unas formas de comportamiento que le imponían personas ajenas y en las que no tenía “arte ni parte”. La alienación la producen el empresario y el Estado conjuntamente. A veces, en regímenes llamados comunistas, propagan que sustituir la alienación hecha por el capitalista por la alienación hecha por un Estado propietario de todo es liberación, lo cual es evidentemente una falacia.

 

Y también el proceso de industrialización tuvo consecuencias muy positivas pues los productos de primera necesidad fueron cada vez más abundantes (para quienes podían comprarlos, que eran cada vez más, aunque se contraargumente que el número de pobres también crece, pero éste es otro problema distinto), los métodos de comercialización mejoraron desde la venta por encargo a la oferta permanente en la tienda, los productos se abarataron a largo plazo y tuvieron mayores canales de distribución, y fueron posibles las “comodidades”, palabra hoy en desuso porque se consideran cosas normales, pero el agua corriente cerca de casa, o dentro de la casa suministrada por la bomba de agua, y el raíl para hacer cómodos los viajes, fueron en su tiempo muy valorados. El algodón produjo un tejido fino y resistente que sustituyó al áspero de lana, el carbón daba mucho más calor que la madera o el cisco vegetal, el gas permitía la iluminación de las calles y prolongar la vida social diaria unas horas más. Últimamente, la industrialización ha permitido los avances de la informática, por la cual se pueden hacer maravillas tecnológicas nuevas, y también atontar masivamente a la población mediante la manipulación de los nuevos medios de comunicación.

 

 

El difícil inicio de la industrialización.

 

La fábrica surgió esencialmente para trabajar el algodón en Gran Bretaña, y la seda y algodón en Francia. En 1830, las fábricas trabajaban más algodón que todo el consumo de lana hecho por artesanos y fabricantes de tejidos de lana. La batalla estaba ganada. La máquina estaba a disposición de los fabricantes desde 1722 (Thomas Newcomen y Thomas Savery) y fue perfeccionada por Watt en 1763. La lanzadera volante estaba inventada desde 1733 por John Kay en Francia. Las máquinas hiladoras fueron de 1767 la Jenny, 1769 la Frame, y 1778 la Mule. El telar mecánico o selfacting, fue de 1785.

El segundo sector de industrialización fue el hierro, el cual progresó desde que en 1784 se inventó el coque, o cok, y fue posible el alto horno. El alto horno no es un horno alto, que ya existía, sino un conjunto de técnicas nuevas (ladrillos refractantes, aprovechamiento del aire caliente debidamente reoxigenado para reintroducirlo en el horno) para obtención de un arrabio de calidad, susceptible de transformase en un acero de mucha calidad y todo ello en colada continua. El acero abundante y de calidad, permitió bombas de agua muy potentes, calderas de vapor resistentes, maquinaria con piezas duraderas, y raíles para el tren y vigas para los edificios y puentes.

La Revolución Industrial implica, según el estadounidense Walter Whitman Rostow, 1916-2003, una explotación efectiva y cada vez más intensiva de los recursos existentes, inversiones en infraestructuras a fin de incrementar los mercados de las nuevas cantidades que se van a producir, una legislación fiscal, comercial e industrial adecuada, una articulación de mercado, producción de excedentes a fin de que sea posible el ahorro y el logro de que ese ahorro se convierta en inversión, y una distribución social progresivamente más equitativa de la riqueza, a fin de posibilitar crecimiento de la demanda paralelamente al de la oferta, además de una política gubernamental contra el fraude, los privilegios y los monopolios.

De todos esos condicionantes para el mantenimiento del proceso de industrialización, el más complejo es el del “mercado articulado”, una expresión muchas veces usada y casi nunca definida. Es frecuente entre los alumnos de historia y entre el común de la gente, el creer que produciendo más y más barato se consigue el desarrollo, lo cual es falso. Los que piensan de una manera tan primitiva, suelen desconocer el concepto de mercado articulado sin el cual no hay desarrollo. Un mercado articulado debe tener las siguientes condiciones para el conjunto de la producción, para cada gama de productos y para la sociedad en general:

Una oferta previsible en cantidad y constante durante el periodo previsto de demanda.

Una oferta a precios previsibles para los demandantes, de modo que puedan planificar sus compras, de modo que no sucedan cambios bruscos ni cambios demasiado grandes e inasumibles.

Una oferta situada cerca de lugares a los que pueda acceder la demanda, es decir, producida cerca del consumidor o trasladable a almacenes y mercados próximos a él sin que ello incremente desmesuradamente las condiciones anteriores. De ello se deriva la necesidad de una red de transportes, existencia de almacenes adecuados, existencia de una red de minoristas y financiación a corto plazo para esos posibles stoks, es decir unas vías de transporte que garanticen la distribución de esos artículos.

Unas condiciones de seguridad de mercado, lo cual incluye legislación adecuada que regule la oferta o producción global y la demanda, una seguridad ciudadana para los vendedores y clientes que tratan de acercarse mutuamente en el mercado, y un orden público conveniente.

Una seguridad ciudadana respeto a la propiedad y a las personas, que permita esperanzas razonables de gozar del fruto del esfuerzo empresarial.

Una demanda potencial con determinado poder adquisitivo para el tipo de producto que se le oferta.

Una demanda regular, previsible y continuada.

Unos sistemas de información del funcionamiento puntual de todas estas condiciones mencionadas accesible tanto para la oferta como para la demanda.

Y unos sistemas impositivos socialmente justos y políticamente suficientes para sostener las condiciones que una industrialización requiere.

 

Desde el punto de vista social, la Revolución Industrial implica el paso de la sociedad estamental a la sociedad clasista. Un estamento es un grupo social en el que el individuo es integrado y expulsado de él por voluntad de una persona ajena: los nobles por voluntad del rey, los clérigos por voluntad de las autoridades eclesiásticas. Es una evolución desde la sociedad de castas, en la cual es imposible para el individuo salir de su grupo social. En la sociedad burguesa, cada individuo se situará en el grupo social que pueda conseguir mediante su esfuerzo y su suerte en la vida. Ello hace posibles que más individuos tengan oportunidades de emprender negocios y tomas iniciativas de todo tipo, políticas, culturales… No es que todos los individuos puedan alcanzar todas sus metas, lo cual sería el paraíso en el nivel de la utopía, sino mayores posibilidades para que ello suceda.

Desde el punto de vista económico, el inicio de la revolución industrial europea, y también de la española, se produjo sobre la actividad agrícola existente. En el caso europeo occidental lograron la adecuación del tamaño de las explotaciones agrícolas a las nuevas condiciones del mercado. En el caso español, la existencia de latifundios enormes e inadecuados, y la proliferación del minifundio, hizo muy difícil el despegue. La introducción de nuevas técnicas agrícolas fue muy costosa en España, porque se resistían los grandes propietarios absentistas y no podían hacerlo los minifundistas. Y las mejoras en el transporte, iniciadas en el XVIII, no tuvieron los efectos deseados hasta segunda mitad del XIX con el ferrocarril. España partió por lo tanto con cierto retraso respecto a sus vecinos del norte. En el desconcierto producido por la necesidad de cambio, aprovecharon los revolucionarios para llamar a la violencia y ello estimuló a los conservadores a insistir en el orden público en vez de favorecer las condiciones de cambio, y ello acumuló mucho más retraso. El resultado fue que la industrialización española fue tardía en empezar y lenta en su primer desarrollo. Por otra parte, el intento de copiar el sistema ya probado en Inglaterra fue un fracaso, pues las condiciones físicas, climáticas, sociales y políticas eran diferentes, y el sistema Norfolk no era aplicable a los terrenos rocosos y áridos peninsulares, a unas altitudes muchas veces superiores a los 800 metros sobre el nivel del mar, lo cual hace a las tierras muy poco productivas. La eliminación del barbecho no era una opción mejor que el cultivo tradicional, y la reducción de los baldíos, comunales y propios de los Ayuntamientos no daba los mismos resultados que en los países del norte más llanos y húmedos. El modelo de desarrollo no se puede plagiar, sino que debe ser adecuado a las circunstancias de cada país, y tal vez asumir que el take off debe ser diferente.

La industrialización apareció en Inglaterra y algunos puntos del occidente europeo a fines del XVII y durante el XVIII, y buscó sus mercados en las colonias exteriores, las propias y las de los demás. En la primera mitad del XIX se le sumaron los Países Bajos, Francia, Alemania el norte de Italia y Cataluña. En la segunda mitad del XIX se incorporaron los Estados Unidos, Japón, la Europa mediterránea y la Europa oriental. Como ya no quedaban colonias para comercializar los nuevos productos, estos países acusaron a los anteriores de colonialismo y trataron de forzar un imperialismo con distintos resultados. El colonialismo había llevado tecnologías nuevas a América del Norte, a Latinoamérica, a Australia, a Sudáfrica, a la India. Y surgió el problema de dónde venderían estos nuevos inversores si los mercados estaban ya ocupados por las metrópolis. Las colonias y países sometidos al imperialismo asumieron un doble papel, el primero como suministradores de materias primas, el segundo como mercados de las metrópolis. Las colonias se vieron en situación de inferioridad en cuanto se les exigía materias primas y alimentos cada vez más baratos, y se les vendían productos elaborados cada vez más caros, provenientes de Europa, Estados Unidos o Japón. El conflicto era inevitable y se produjo en el XX.

En el siglo XX, aparte de las grandes tragedias incubadas durante la llamada Revolución Industrial del XVIII y XIX, la mecanización llegó a todo el mundo, pero no así los aspectos de desarrollo cultural, reparto equitativo de la riqueza, mercados para las economías emergentes… y ello dio como resultado la fracasada experiencia comunista, en sus varias versiones, y el llamado “problema del tercer mundo”. Ambos conceptos son demasiado complejos como para ser tratados en unas pocas líneas. Renuncio a hacerlo.

En el modelo preindustrial, la propiedad, principalmente de la tierra, era compartida de forma que convivían diversos derechos sobe un mismo terreno o propiedad y se hablaba de condominios. En el modelo industrial, la propiedad es plena y libre. En el modelo preindustrial, el individuo era sometido a la obligación de mantenerse en su oficio, e incluso en el de sus padres, a fin de asegurar la continuidad de la oferta en cada producto. Es lo mismo que estemos hablando de siervos pegados a la tierra, que de esclavos sin posibilidad de movilidad y sometidos a los caprichos de su señor, o de gremios que controlaban la producción a fin de que ningún intruso incrementase la oferta ni hiciese bajar los precios. El modelo gremial presentaba escasa competitividad, regulaba que todos trabajaran con materias primas iguales, vigilaba que las condiciones de trabajo fueran iguales para todos y fijaba precios iguales, además de garantizar la inmovilidad sociolaboral. Ello implicaba estancamiento tecnológico, aunque también conservación de un nivel tecnológico determinado, inconveniente y ventaja.

El proceso de industrialización fue lento en sus orígenes: algunos autores afirman que se inició en el XVI y culminó a fines del XVIII en Inglaterra. Se inició en un país de segunda fila, no tan poderoso como Francia: Inglaterra tenía 8 millones de habitantes, 15 si contamos los 5 millones de Irlanda y 1,5 de Escocia. Rusia tenía 30 millones de habitantes, los Estados Alemanes 25 millones, Francia 27 millones, los Estados Italianos 14 millones y España 9 millones de habitantes. En el XVII, Inglaterra introdujo la patata y el maíz y comercializó el té, café, azúcar y cacao, como también lo hacía España, y logró un incremento de los recursos existentes. La diferencia en el Siglo XVII, es que Inglaterra concentró la producción en unas pocas ciudades, mientras España creyó encontrar un mejor futuro dispersando la actividad “industrial” entre muchas comarcas. Inglaterra acertó: creó condiciones para el Factory System. Inglaterra desarrolló la demanda interna mediante el Domestic System y la demanda externa mediante las plantaciones tropicales y el contrabando protegido desde el Estado. Al mismo tiempo, Inglaterra desarrolló sus transportes, caminos, puertos, canales, mientras España se perdió en proyectos imposibles para el capital y tecnología de la época como la interconexión de los mares que la rodean. Inglaterra aceptó el latifundio y fue capaz de mantener un orden social aceptable, con todos los peros que se le quiera poner a esta afirmación. Y el latifundio tenía posibilidades de rentabilidad. España luchó por el minifundio, lo cual en un mundo de bajada progresiva de precios, iba a la catástrofe. Y sucesivas revoluciones sociales y grandes líderes y pensadores, insistían cada vez en el minifundio, y en el desastre económico. Y el orden social en España fue a peor. E Inglaterra adoptó el parlamentarismo y la libertad de expresión, instrumentos con los que pudo saber en todo momento las deficiencias que se estaban produciendo en los distintos sectores y factores de producción, mientras España fue tierra de “salvadores de la patria”, de “redentores sociales” iluminados, los cuales suelen acabar en el fracaso.

 

La revolución industrial necesita unos elementos take off, a partir de los cuales empezar. Estos elementos son: una aportación de capital, que debe salir de las actividad agrícola y de actividades ya existentes incrementando la producción al máximo que permitan las condiciones técnicas y sociales; unas condiciones de mercado; y el suministro de materias primas de acuerdo con las industrias que se van a instalar.

La revolución agrícola, tomada como Take Off o factor de despegue industrial, se produjo en Inglaterra mediante las “enclosures” del siglo XVI por las cuales se obligó a los campesinos a cerrar todas sus fincas cuando lo solicitaban un 80% de los propietarios (excepto si el 20% restante pertenecía a un solo propietario). El cumplimiento de las leyes de enclosures fue demandado en 1790-1850, precisamente con la llegada de la industrialización. Los trabajos de cercado de fincas dieron trabajo a muchas personas, permitieron al latifundista la introducción de máquinas y la introducción de nuevos cultivos diferentes a los de sus vecinos, el allanado y drenado de las fincas y la introducción de ganado propio distinto del ganado comunal o cuidado en el rebaño común. Los inconvenientes de esta revolución agrícola fueron un gran paro obrero desde el momento en que se acabaron los trabajos de cercado de fincas, la imposibilidad para los pobres de mantener algún ganado, y la imposibilidad de paso a través de las fincas de los grandes. Ello significó graves conflictos sociales, de los que Inglaterra supo salir, y otros países se quedaron en el barro del camino.

Los aparceros y los jornaleros se vieron condenados al paro, y ni siquiera podían aprovechar los barbechos ni los montes y ríos, porque todo estaba cercado. No había comunales, ni propios, ni baldíos abiertos a cualquiera, los foros (enfiteusis) decaían, los derechos de paso, caza pesca, explotación de palomas, y otros similares desaparecieron. Y apareció el concepto de minifundio, propiedad agrícola que no produce lo suficiente para que una familia sobreviva y, que como los precios estaban condenados a la baja, eran una condena segura. No les quedaba otro camino que la emigración. Los pobres fueron cada vez más pobres, hasta que encontrasen una oportunidad lejos de sus casas. El coste social del progreso, o del desarrollo, fue muy grande. La independencia de los grandes permitió aplicar el llamado sistema Norfolk[4] de mejora de los terrenos, rotación de cultivos, especialización en los cultivos más comerciales y combinación de la agricultura con la ganadería. Y con el aumento de la producción, hubo excedentes alimentarios a largo plazo, bajaron los precios de la alimentación y los pobres vivieron mejor. Pero no eran los mismos pobres que habían sucumbido en el camino. La capitalización iniciada dio resultado positivo y empezó el círculo virtuoso. El dolor social fue grande, pero resultó racional y positivo, el mayor avance de la humanidad desde que tenemos noticias de la existencia del hombre.

 

 

Conclusiones.

 

Por tanto, la Revolución Industrial, incluidas las condiciones de un mercado articulado, es muy difícil, muchas veces se habla de “milagro”. Pero una vez conseguida, el incremento de la renta per cápita generalizado inicia un círculo virtuoso en el que la generación de puestos de trabajo bien remunerados incrementa la demanda y la recaudación de impuestos, y ello facilita la ampliación de los negocios instalados y la implantación de otros nuevos, que a su vez crean más trabajo. Los puntos internodales de los países desarrollados tienden a no desarrollarse convenientemente, y son oportunidades de nuevos negocios. Ese círculo virtuoso depende mucho de la moral social, del nivel ético de esa sociedad, pues la redistribución de los beneficios generados no es fácilmente asumible por los capitalistas inmorales, ni por los temerosos de que sus empresas se vengan abajo por una pérdida del beneficio por pieza producida, sin tener en cuenta que la multiplicación de ventas incrementará el beneficio total conjunto. El éxito en la Revolución Industrial es denominado comúnmente “desarrollo”.

El desarrollo no es un proceso unidireccional, no camina en un solo sentido siempre positivo, sino que es susceptible de retrocesos e incluso de la catástrofe completa de todo el proceso industrial, si se desatiende a uno de los factores antes citados, o se desatiende el conjunto y los equilibrios necesarios entre los diversos factores. Cabe el retroceso e incluso la desaparición del modelo de sociedad desarrollada. La continuidad en el trabajo por desarrollar todos las factores antedichos es fundamental. Tristemente, a lo largo de mi vida he encontrado muchas personas, aparentemente inteligentes, que creían que el desarrollo no tiene marcha atrás y se puede jugar con él. Llevado correctamente, el desarrollo es un camino sin fin, en el que la lucha por gestionar equilibradamente todos los factores de industrialización, nunca va a terminar. Pero, en cuanto una sociedad deje de luchar, perderá lo conseguido. Es un bien que se pierde fácilmente si se incumplen los condicionamientos.

La existencia de un mercado depende a veces de factores tan etéreos como la confianza de la gente. De un “me gusta” o “ya no me gusta”, e incluso en un “no me da la gana”. Este factor puede ser recanalizado mediante la publicidad, la cual puede dar a conocer productos, enmascarar defectos, sobredimensionar o minusdimensionar las noticias… y no siempre directamente, sino actuando sobre los medios sociales de comunicación a fin de presentar noticias relacionadas con nuestros productos de una u otra manera. Una vez logrado un nivel de prestigio para una marca determinada, esta marca que domina los medios sociales de comunicación, hace difícil el desarrollo de empresas de la competencia.

Las nuevas iniciativas de los países en desarrollo tienden a encontrar muchas dificultades para introducirse en el mercado. Pues los países ya desarrollados tienden a quedarse con las nuevas iniciativas de negocio que van surgiendo.

Esperemos haber demostrado que el desarrollo es un concepto complejo y difícil de alcanzar, así como fácil de perder. Así quizás podamos entender mejor el proceso de industrialización en España, que es lo que pretendemos exponer en los capítulos siguientes.

 

 

[1] El cok o coque, es el producto de la exposición del carbón a muy altas temperaturas en ausencia de oxígeno, lo cual vaporiza las resinas y elementos extraños, al tiempo que hacer estallar los bloques de carbón y los reduce a polvo. Los gases son extraídos del sistema, y el polvo resultante, una vez enfriado, es comprimido en peladillas más o menos gruesas. La ausencia de residuos en la combustión del coque, permite que no se obstruya el alto horno, la colada sea más duradera y la temperatura alcanzada más alta, con lo cual la calidad del arrabio obtenido es mucho mayor. Con el coque es posible la colada continua. Y con ese arrabio de calidad es posible el convertidor para obtener acero de calidad.

[2] La especulación bancaria es muy fácil: poseyendo las cuentas de un gran número de particulares y empresas, tiene información privilegiada sobre las mismas y, por tanto, puede conocer el futuro inmediato en bolsa. Si prevé que van a subir las acciones, compra anticipadamente a precio bajo y las vende días más tarde a precio más alto. Si prevé que van a bajar las acciones, vende las acciones que todavía no tiene y espera a que bajen para comprarlas y colocárselas a los clientes que ya tiene desde días antes.

[3] El crecimiento natural es alto en niveles del 15%o, normal en niveles del 10%o y bajo en niveles del 5%o.

[4] El sistema Norfolk fue aplicado en Inglaterra desde el siglo XVIII y consiste en una serie de inversiones para mejorar la calidad de la tierra y la productividad de la misma. La calidad se mejoraba mezclando tierras diversas a fin de que la textura no fuera suelta ni impermeable y la acidez estuviera lo más cerca posible del pH7. Se despreciaba el objetivo de los grandes rendimientos y se buscaba la productividad anual de la finca, rotando cultivos cuyo modelo típico era el de las cuatro siembras: una primera de trigo, segunda de nabos, vezas o habas, tercera de cebada, y cuarta de trébol, para iniciar de nuevo la cosecha de trigo. Se allanaba la tierra a fin de que no hubiera zonas secas y zonas empantanadas. Se hacían canales para el riego. Se compraba maquinaria para realizar estos trabajos de acondicionamiento y los propiamente agrícolas. Y se seleccionaban las razas de ganado más adecuadas al terreno y al clima, y que aprovecharan los cultivos secundarios al tiempo que producían estiércol para el abonado de la finca. El cercado de las fincas era preciso para evitar la entrada de ganado incontrolado que estropeara los trabajos agrícolas, y la salida del ganado propio. Los cercados, maquinaria y canales de riego, significaron una gran demanda para la industria.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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