COYUNTURA ECONÓMICA, MONEDA Y

AGRICULTURA EN TIEMPOS DE ISABEL II

 

 

COYUNTURA ECONÓMICA EN EL REINADO DE ISABEL II.

 

La depresión de tiempos de la Guerra de la Independencia y reinado de Fernando VII, rematada con la pérdida de América, la cual supuso pérdida del mercado y de llegada de metales preciosos, ya había terminado hacia 1843, y la inestabilidad política, la guerra carlista 1833-39, se superó en los años de Narváez. Para entonces, España llevaba unos 40 años de retraso en cuanto a industrialización y modernización económica, respecto a Francia e Inglaterra.

A partir de 1844 se trató de recuperar el nivel económico de finales del XVIII. En 1857-58 se relanzó la economía esperando alcanzar el nivel de Europa occidental.

Los ciclos Kondratieff que afectan al siglo XIX, son dos, el de 1790-1844, y el de 1844-1897. En el primero, 1790-1844, tenemos fase expansiva de los precios, 1790-1815, y fase depresiva, 1815-1844. En el segundo tenemos la fase expansiva 1844-1875 y fase depresiva 1875-1897.

La fase expansiva 1844-1875 es al que coincide con la segunda parte del reinado de Isabel II y se caracterizó por la fluidez monetaria debido al hallazgo de oro a principios de la fase en Rusia, California y Australia. La fluidez monetaria produjo un aumento de la producción agrícola, minera, industrial gracias a la aparición de capitales que proporcionaban puestos de trabajo. Se desarrolló mucho el comercio internacional y aparecieron leyes librecambistas, y las inversiones desarrollaron el ferrocarril, lo cual favoreció más todavía el comercio en doble sentido: en que se facilitaban y abarataban los transportes y en que había más trabajo y por tanto demanda interna. La población urbana tenía mayor capacidad de consumo por tener más empleos y la población rural veía subir los precios de los alimentos y facilidad para venderlos. Y a todo ello, se sumó la circunstancia española de ausencia de guerras. Por no haber guerra, ni siquiera participó en la Guerra de Crimea en 1854.

Vicens Vives y Jordi Nadal observan cuatro ciclos decenales durante el XIX:

La época 1833-1843 se caracterizaría por niveles de precios bajos, los más bajos de todo el XIX.

En 1843 sobrevendría la crisis, que se extendió hasta 1847. Pero en estos años empezaron anotarse los efectos de la desamortización y empezaron las empresas del ferrocarril y de las minas, el reequilibrio de la industria textil catalana y el nacimiento de la siderurgia vasca y España salió fuerte de la crisis.

En 1847 era clara la recuperación económica, y en 1847-1862 la neutralidad en la Guerra de Crimea, hizo nacer en España una oportunidad comercial importante, pues se revalorizaron los productos agrícolas (vinos, harinas, pasas, frutos secos) y los europeos compraban plomo y cobre en abundancia. España aprovechó para comprar equipamiento industrial, lo que se tradujo en importaciones masivas de material ferroviario. España llegó a ser la cuarta potencia textil del mundo, tras Inglaterra, Estados Unidos y Francia. Había duplicado su comercio exterior. Tenía una flota mercante que era la sexta del mundo. Y tenía una red de ferrocarriles y carreteras, que permitían el establecimiento de un mercado interno.

En 1862 llegó una nueva crisis. Se extendió hasta el final del reinado de Isabel II.

En consecuencia, para el reinado de Isabel II, debemos hablar de una España en industrialización, con una industrialización más lenta que la de otros países europeos occidentales. Había habido industrialización en el siglo XVIII y una gran recesión en la crisis de 1790-1814, rematada en la guerra de 1808-1813. Se había relanzado la industrialización en los últimos años de Fernando VII. Se había vuelto a impulsar en el periodo Narváez de 1844-1854. Y nuevamente hubo progreso en el periodo del ferrocarril a partir de 1855.

Pero la industrialización española fue más lenta y más débil que la de otros países de occidente debido a múltiples factores: la dificultad de las comunicaciones; la falta de mercado exterior, que se mantuvo todo el tiempo en recesión; la falta de mercado interior por el poco nivel adquisitivo de millones de españoles; la rigidez de las normativas económicas; la poca rentabilidad de la inversión en España; la escasez de algunas materias primas básicas como carbón de calidad y algodón; la entrega de otras materias primas (plomo, cobre y mercurio) a la inversión extranjera, que disponía de mejor tecnología y era el posible prestamista que podía salvar a Hacienda de su quiebra permanente, lo cual le servía para exigir condiciones leoninas propias de las colonias; un sistema de impuestos regresivo; los traumatismos políticos crónicos.

 

A principios del siglo XIX, España era un país en el inicio de su industrialización, la cual se estaba logrando incrementando los sectores productivos tradicionales e introduciendo en agricultura cultivos nuevos como el maíz y la patata. El área mediterránea mejoró la técnica de regadíos y mejoró su agricultura. Paralelamente, se abandonó la ganadería tradicional, pues cada vez había menos pastizales disponibles y desaparecía la Mesta. La agricultura no se desarrolló como era deseable y no produjo los capitales precisos para la inversión industrial. Tampoco el Estado estaba en condiciones de invertir porque la deuda acumulada desde finales del XVIII y a principios del XIX le suponía unos intereses muy altos de la banca holandesa, francesa e inglesa.

A mediados del XIX, lo que parece más evidente es la falta de información sobre las demandas del mercado real, sobre las transformaciones agrícolas producidas y en curso. Los programas se hicieron un poco al azar. Los proyectos de navegación de los ríos, absolutamente utópicos, fueron abandonados cuando se desarrolló el ferrocarril a fin del siglo XIX. Y el ferrocarril se trazó con criterios poco productivos, poco en consonancia con las expectativas de explotación. El Estado perdió mucho dinero en subvenciones. Las ciudades de la costa fueron beneficiadas por este caos de planificación, pues los puertos sí que eran conocidos. Pero tampoco lograron conectar con hinterland demasiado extensos ni mucho menos unir todo el territorio español en un mercado único.

Los altos precios españoles, tradicionales desde el siglo XVII, anulaban las posibilidades del mercado exterior. Y la independencia americana hizo perder mercados tradicionales forzados. Se forzó entonces a Cuba y Puerto Rico a convertirse en mercados exclusivos españoles, y ello resultó un fracaso pues los cubanos y puertorriqueños estaban descontentos, y los posibles exportadores a esas islas también mostraban su descontento.

España padecía una rigidez extrema de mercado, es decir, dificultad para sustituir sus productos de oferta y dificultad para cambiar los precios. Santander exportaba a Cuba y a Barcelona, trigo de Castilla la Vieja y vino de La Rioja. El vino y aguardiente se vendían bien en América y Europa occidental. Castilla la Nueva producía trigo, vino, miel y queso, y trataba de dar salida a estos productos por Valencia. La provincia de Barcelona exportaba artículos tradicionales, como vino, aguardiente, aceite y jabón, pero también papel y telas y su destino era el resto de España y casi todo América.

Ante el temor a la superproducción y consiguiente hundimiento de los precios, el Estado español garantizaba los mercados mediante la prohibición de ciertas importaciones, lo cual garantizaba precios altos imprescindibles para los productores españoles, pero dañinos para los consumidores.

La dependencia del Estado para obtener buenos mercados a buenos precios, producía inseguridad, y ello hacía huir los capitales. Y como las guerras y el bandolerismo eran frecuentes, los inversores dudaban del futuro de sus empresas. El contrabando inglés y francés a precios muy bajos a través de la frontera francesa, Cádiz, Gibraltar, podían arruinar a cualquier iniciativa española.

La rigidez de la demanda se corrige con libertad de mercado, pero la libertad de mercado hace bajar los precios y los españoles no estaban dispuestos a ello. Si los exportadores de vinos de Cádiz y Málaga y los empresarios mineros de Murcia y Huelva, querían librecambismo, los agricultores castellanos y los industriales catalanes pedían proteccionismo. Y el juego de la política enmascaraba esta realidad bajo palabras de progresismo o conservadurismo. Espartero fracasó estrepitosamente en 1840 al intentar la liberalización de los precios. España se mantuvo en el proteccionismo cerrado, con breves intervalos liberalizadores.

La debilidad de la demanda se combate con impuestos bajos que estimulen el consumo, pero el enorme déficit de Hacienda llevaba a casi todos los gobernantes a subir los impuestos. y el desconocimiento de la realidad económica española conducía a establecer impuestos estimativos, con estimación de la producción de cada provincia, estimación para cada pueblo y estimación para cada vecino, hecha por los hombres más influyentes y ricos y con más interés en ocultar sus propios bienes. Los impuestos eran muchos y aleatorios y no gravaban exactamente a quien poseía la riqueza. Y pertenecer a un partido político determinado se hacía muy importante, pero con vistas a continuar en esta corrupción.

España en el siglo XIX fue un país de especuladores. Se especuló con la fincas de la desamortización, con las concesiones mineras y de ferrocarriles, con las fincas urbanas. El hombre de negocios español del XIX se identifica casi siempre con un gran especulador. La alternativa de los españoles adinerados era vivir de la deuda pública, pero tras las quiebras del Estado de fines del XVIII y durante todo el siglo XIX, las expectativas en este campo eran también dudosas y arriesgadas. La política del Estado no podía castigar la especulación y premiar la inversión, porque era la Reina, su madre, su marido y muchos de sus ministros, los principales especuladores. Además, los partidos necesitaban mantener su clientelismo político y ello se hacía dando oportunidades para especular.

 

 

ECONOMÍA EN EL FINAL DEL REINADO DE ISABEL II.

 

Todavía en 1863 se recogían frutos de la política e inversiones de tiempos pasados:

En 1863 se completó la línea de ferrocarril Madrid-Barcelona, lo que sumado con la terminación de la línea Madrid-Irún de 1856-1864, la Madrid-Sevilla de 1859, la Madrid-Cáceres de 1863, la Madrid-Alicante de 1865 y la Barcelona-La Junquera de 1878, darían lugar a la primera red básica ferroviaria española.

En los años sesenta, España estaba notando cambios muy importantes en el comercio y transporte. La construcción de carreteras iniciada diez años antes estaba empezando a dar frutos, y se veía mucho tráfico de viajeros y mercancías. Habían desaparecido las recuas de mulas y el transporte era gestionado por vehículos de cuatro ruedas y dos ruedas, tirados generalmente por dos animales. Se calcula que en España había unos 184.213 vehículos de viajeros, de los cuales 13.734 eran de 4 ruedas, la mitad de ellos dotados de ballestas para amortiguar el traquetreo. Al servicio de estos vehículos había 245.557 caballerías. También habría 261.985 carretas al servicio de los agricultores y transportistas (carreteros y arrieros), y unos 607.000 bueyes eran utilizados por ellos. El transporte daba ocupación a unas 431.000 personas. Se dedicaban al transporte unos 98.500 carruajes y 134.000 carretas. La mayor parte de las llantas eran de hierro y ello perjudicaba continuamente a los caminos.

 

La arriería no desapareció, porque los arrieros estaban exentos de derechos de portazgo y también evitaban los peajes utilizando cuando les convenía las veredas e incluso el campo a través, lo cual les permitía ofrecer precios de transporte más baratos que el ferrocarril y que el transporte normal de las empresas. Además, los arrieros no hacían trasbordos de mercancías y tenían servicio puerta a puerta. En 1864 se calcula que había 623.000 arrieros.

 

En enero de 1864 apareció en Barcelona una sociedad limitada muy importante llamada Crédito Mercantil. Era una sociedad por acciones de la que participaban 25 socios y dependía del Banco de Barcelona. Se constituyó para adquirir terrenos en las afueras de Barcelona y construir el ensanche de la ciudad, pero también financió la Trasatlántica de Antonio López y el ferrocarril Zaragoza-Barcelona. En 1884 se asoció a Crédito Mobiliario y a Banco Hispano Colonial y juntos realizaron inversiones en Cuba, Tabacos de Filipinas, Trasatlántica, ferrocarriles del Norte, ferrocarriles de Orense-Vigo, seguros, tranvías de Barcelona, ferrocarril de Almansa-Valencia-Tarragona. En 1900 entró en crisis y desapareció en 1918 absorbida por Banco de Barcelona.

 

 

La expedición botánica al Pacífico.

 

En 1862-65 se produjo todavía una Expedición Científica al Pacífico, al estilo de las del siglo XVI y XVIII, y que daba a entender que todavía quedaba espíritu de investigación y progreso, y no se había acabado todo en 1857-1860. Esta vez se trataba de investigar la fauna de Uruguay, Chile, Perú, y América Central, todavía no muy conocidas. La dirigió Marcos Jiménez de la Espada.

 

 

El telégrafo en 1865.

 

En 1865 había en España peninsular 11.000 kilómetros de cable, de los cuales 2,500 iban paralelos a la vía férrea y 600 eran cables submarinos. Había 132 estaciones telegráficas. El principal cliente era la Administración.

 

 

Crisis del algodón a partir de 1864.

 

La crisis se había iniciado en 1864 y la depresión fuerte tuvo lugar en 1866.

En el campo de la economía, el ambiente era malo: En 1865 hubo una crisis en el ferrocarril con miles de despidos. La crisis del algodón estaba en su punto máximo porque las importaciones de Estados Unidos estaban cortadas y los precios de la materia prima subían mucho.

Las únicas empresas que funcionaban bien en aquellos años eran las del tranvía de caballos, pero eran empresas exclusivamente urbanas y para minorías burguesas, lo cual no era significativo ni suficiente para paliar la crisis laboral. El primer tranvía hizo la línea Gandía-Carcagente en 1864, y poco después se abriría la línea Gandía-Denia y la Mollet-Cangas de Montbuy. En 1871 se pondría en Madrid el Sol-Salamanca, y en Barcelona el que comunicaba la ciudad vieja con barrio de Gracia. Este tipo de transporte no estaba previsto ni regulado por las leyes del ferrocarril y hubo de ser regulado en leyes como la de 16 de julio de 1864 y Ley de Ferrocarriles de 28 de noviembre de 1877. el negocio fracasará cuando se imponga el trolebús, y el autobús.

El sector punta de la crisis de 1865 fue el sector algodonero:

De 1840 a 1854 se había producido una concentración importante de la producción de hilados y tejidos de algodón. En 1847 había en España 4.583 fábricas textiles con 97.346 obreros, y en 1860 habrá sólo 3.600 fábricas con 125.000 obreros. Los beneficios en el periodo citado eran altos, del 10% anual, y el crecimiento de la producción era constante del 8% anual.

Con la desamortización de 1854 y la desaparición de baldíos, fueron sacrificadas muchas ovejas y el algodón tuvo una fuerte demanda. La materia prima se importaba de los Estados Unidos. La guerra civil norteamericana de 1860-1865 cortó los suministros de materia prima y llevó a una crisis o pérdida de mercados frente a los británicos que sembraron algodón en Egipto y la India.

La industria textil se había transformado en Europa a finales del XVIII con hiladoras y tejedoras y sobre todo con la selfacting o máquina de tejer automática, llamada en España selfactina.

Cataluña se hizo con casi todo el sector algodonero español. Ya lo había intentado sin éxito en el XVIII, pero la importación de maquinaria fue definitiva: Las primeras máquinas en 1826 eran jennies y bergadanas, de tecnología muy atrasada, pero más baratas. Todas estas máquinas fueron desapareciendo a lo largo del XIX desde casi 700.000 que había instalados en Cataluña en 1835, a sólo 7.000 en 1861, año en que consideramos completada la revolución textil.

Pronto se importaron en Cataluña las mules-jennies, mucho más modernas, de las que había 27.000 en 1835 y llegaron a casi 500.000 en 1850, que también eran tecnología británica anticuada, pero barata.

Fueron las zonas costeras catalanas las que tuvieron la opción de modernizarse, pues a ellas llegaba por mar el carbón necesario para las máquinas de vapor. Un segundo factor para explicar el emplazamiento de la industria mecánica textil en Cataluña fue la necesidad de lavado de los productos. Las industrias con más futuro fueron las instaladas en los ríos Ter (Gerona), Llobregat y Cardoner (afluente del Llobregat en Manresa-Barcelona), que podían aprovechar la fuerza hidráulica de los ríos y el agua para el lavado. Otra posibilidad para la industria textil era el ferrocarril y los transportes que facilitaba la proximidad a la ciudad de Barcelona. Así, de 1832 a 1850 se instaló gran parte de la industria textil catalana.

A partir de 1832 llegaron unas selfactinas a la fábrica Bonaplata. Eran las máquinas más modernas. Habrá unas 96.000 máquinas de este tipo en 1850, lo cual era un número reducido, demasiado modesto, pero que significa que la gran fábrica producía con mucha más productividad que las pequeñas que además contaban con tecnología atrasada. La mayor parte de la producción textil se iba a hacer con tecnologías inadecuadas para el momento, aunque hubiera unos pocos grandes capitalistas ya modernizados.

Por aquellos años, los obreros se amotinaron porque corrió el rumor de que todos perderían sus puestos de trabajo. Pero el primer luddismo español no tendría ningún éxito, como no la había tenido 50 años antes en Gran Bretaña.

La modernización requería grandes inversiones de capital que sólo unos poquitos estaban en condiciones de aportar. Los primeros inversores importantes fueron las familias Güell, Batlló, Fabra, que lograron que Cataluña se hiciera con el prácticamente monopolio de fabricación de tejidos de algodón en España.

Las altas inversiones requeridas para las nuevas máquinas significaron que los capitales familiares se quedaban pequeños, y se produjo la aparición de grandes Sociedades Anónimas. La primera Sociedad Anónima apareció en 1847 y se llamaba “La España Industrial S.A.” y estaba situada en Sants, en Barcelona.

El proceso de industrialización traía consigo un problema, la baja de precios de los productos textiles a medida que se iban instalando nuevas fábricas. La bajada se notaba a partir de 1851 y fue considerable, pues en 40 años, de 1831 a 1871 bajaron a un tercio del valor inicial. Los precios bajaban internacionalmente.

El problema de 1865, cuando Estados Unidos se negó a exportar algodón en rama a Europa, significó que los precios de la materia prima subieron. Los catalanes importaron lana de Alemania y de Australia, pero el alza del coste de las materias primas y la bajada de precios internacionales era un problema muy serio. Los algodoneros catalanes fueron siempre proteccionistas defendiendo sus inversiones en contra de la necesaria bajada de precios que España necesitaba para su desarrollo y aumento del mercado interno. El encarecimiento de la materia prima fue repercutido en los precios finales y los artículos españoles dejaron de ser competitivos en el mercado exterior.

A partir de 1875 la industria textil catalana experimentó una nueva fase de crecimiento que duraría hasta 1882, fase que es conocida como la “febre d`or” catalana, debido a la aparición de muchos bancos catalanes, con motivo del expansionismo económico europeo y español del momento y al proteccionismo obtenido del gobierno Cánovas. En 1882 finalizará el crecimiento, debido a la crisis de la bolsa de París, que arrastró a la caída de valores catalanes en un 50%. La crisis se sumó a una crisis agraria catalana y dio lugar a un nacionalismo burgués que financiaría el movimiento nacionalista catalán, hasta entonces romántico. Los burgueses catalanes conseguirían sus objetivos, pues en 1891 obtendrían el arancel de Cánovas y con ese proteccionismo despegarían de nuevo, con base falsa, hasta la definitiva crisis de 1898.

La pérdida de las colonias fue un duro golpe para los textiles catalanes porque ellos abastecían al ejército de uniformes y ropa (tiendas, ropa de cama).

Todavía después de la crisis del 98, el sector textil era el aspecto económico más importante de Cataluña y ocupaba a 83.000 obreros en el algodón y a 25.000 en la lana, de un total de 151.000 obreros industriales existentes en Cataluña. También en rendimientos económicos se observa el mismo dato, pues el algodón producía 424.000 millones de pesetas al año, la lana 82.000 millones y la producción total de las industrias catalanas era de 809.000 millones.

 

 

Otros sectores en crisis en 1864.

 

El sector lanero estaba diseminado por toda España y fue en decadencia. Sabadell y Tarrasa se quedaron con casi todo el negocio lanero. Entraron en crisis Segovia, Guadalajara y Ávila. Se mantuvieron, fuera de Cataluña, Béjar por su fabricación de capotes militares, Palencia por su fabricación de mantas, Antequera por su fabricación de bayetas, y Alcoy por su fabricación de lanillas.

 

La seda también emigró hacia Barcelona decayendo poco a poco Valencia y Granada.

 

Los molinos harineros y aceiteros, permanecieron en técnicas tradicionales, pero se beneficiaron de la mejora del transporte por el ferrocarril. Su mercado principal era Cuba y lo perdieron en 1898.

Igualmente la industria de la madera permaneció en técnicas tradicionales. A medida que los campos de la desamortización eran arrasados para sacar la madera antes de venderlos a los campesinos en pequeños lotes, la industria de la madera veía encarecer los precios de la materia prima.

Cataluña inició la producción de materiales de corcho en La Selva de Gerona, cosa que tenía mucha salida para la exportación de vinos de 1870-1890.

 

 

La revolución industrial en España en 1860.

 

La industrialización en 1860 era escasa: había unos 150.000 obreros que representaban un 4% de la población activa española. Para comparar, en el siglo XX se considerará normal que trabajen en la industria un 30% de la población activa en los países en vías de desarrollo, y un 20-25% en los países muy desarrollados y terciarizados.

La población activa española se calculaba en 7 millones de personas, cifra más bien baja. En la primera mitad del XX se elevará a unos 9 millones, en la segunda mitad a 15 millones, y a principios del XXI a 21 millones de personas.

La cifra de 150.000 obreros industriales contrasta con 2.300.000 obreros agrícolas, 800.000 criados y sirvientes, 660.000 artesanos y 300.000 pobres de solemnidad.

 

 

 

 

LA MONEDA DE ISABEL II.

 

El caótico sistema monetario español se racionalizó un poco en tiempos de Isabel II. La moneda existente a la llegada de Isabel II era la creada por Real Célula de 1772, por la que Carlos III implantó el peso, o duro de plata, moneda de 900 milésimas de ley, y peso de 26,291 gramos.

La moneda efectiva en la calle era el real de vellón, de 1,319 gramos de plata. Y el medio real que eran 19,170 gramos de cobre.

Las monedas intermedias eran la peseta de plata y el escudo de plata.

La moneda grande era la onza de oro.

 

Fernando VII no quiso devaluar la moneda, tal vez por razones de prestigio. Pero una vez perdidas las colonias americanas y no recibiendo España oro ni plata, ni habiendo guerras exteriores en las que España gastase su dinero, las circunstancias habían cambiado. El problema era que había que pagar al extranjero las deudas, los pagos por legaciones internacionales, los pagos por déficit en la balanza de pagos, y ello significaba salida de moneda al exterior. Y además se exportaba moneda por tener la española un valor superior al nominal. De hecho las onzas de oro desaparecieron y fueron sustituidas en las transacciones corrientes por monedas francesas e inglesas de poco valor real y alto valor nominal. Se calcula que la mitad de las monedas que circulaban en España en 1833 eran francesas. El mercado interior español funcionaba con esa moneda mala. Pero los comerciantes europeos querían moneda buena, como el napoleón.

En 1833, se redujeron el número de cecas, se dio libre circulación a las acuñaciones peninsulares, y se persiguió el acaparamiento de moneda buena, y las acuñaciones ilegales. Entonces reaparecieron las onzas de oro.

Al aparecer oro en California, Rusia y Australia en la década de los cuarenta, se produjo un desequilibrio en la moneda, cuando estaba a punto de equilibrarse en España. En 1847, José Salamanca propuso rebajar la moneda de plata y adoptar como unidad básica monetaria el real de vellón. Las Cortes rechazaron el proyecto. El 15 de abril de 1848 se impuso por decreto el Beltrán de Lis y un sistema decimal monetario:

el doblón o centén isabelino, equivalente a 10 escudos o cien reales;

el duro de plata;

el medio duro de plata, llamado escudo;

la peseta de plata;

la media peseta de plata;

el real de plata.

Y se fijó el cambio oro-plata en 1:15,77. Inmediatamente aparecieron las onzas de oro, las cuales evidentemente habían permanecido escondidas un tiempo, y la plata dejó de salir al extranjero. La moneda nacional inundó el mercado español y desapareció la moneda extranjera, lo que quiere decir que la moneda española era la de más baja calidad respecto a nominal, pues la moneda mala siempre expulsa a la buena. Incluso empezó a afluir a España moneda de oro y plata, cosa nada frecuente.

En 1853 y 1854 hubo nuevas reformas monetarias: se fijó en 900 milésimas la ley del centén isabelino; se bajó el peso del real de plata; se puso en circulación el cuartillo de real. Y con ello desapareció la unidad de cuenta tradicional, el maravedí, porque los céntimos de real eran suficientemente pequeños como para servir en las transacciones corrientes.

En 1861 aparecieron dos monedas de oro valoradas en 40 reales de plata y 20 reales de plata.

En 26 de junio de 1864, Pedro Salaverría reformó de nuevo el sistema monetario y fijó el valor del escudo en reales de vellón, equivalentes a 12,98 gramos de plata o 0,83 gramos de oro. La relación oro-plata era de 1:15,47. Autorizó la libre acuñación del oro en centenes y doblones isabelinos, y la de plata en duros, escudos, pesetas, medias pesetas, y reales. Los reales de plata tenían ley de 810 milésimas. Creó tres nuevas monedas de oro equivalentes a 10 escudos de plata, a 4 escudos de plata y a 2 escudos de plata. Curiosamente, el escudo de plata no se acuñó. La moneda utilizada corrientemente era el medio real, el cuarto de real, el décimo de real, y el medio décimo de real, el cual era una moneda de bronce a base de estaño y cinc.

El 23 de diciembre de 1865 se produjo la Unión Monetaria Latina, acuerdo por el que Francia, Italia, Bélgica y Suiza, a las que se sumaría Grecia más tarde, se pusieron de acuerdo para eliminar las fluctuaciones bruscas del valor del oro, y España se sintió incómoda y en 19 de octubre de 1868, Laureano Figuerola creó una peseta de cien céntimos.

 

El proceso deflacionista duró de 1833 a 1848. En ese periodo, la administración defendió estructuras monetarias inadecuadas que provocaron ocultación del oro y exportación de ese metal, a cambio de moneda francesa de baja ley, pues los franceses pagaban mucho por las monedas de oro españolas. Las posibilidades del Gobierno español hubieran sido devaluar su moneda quitándole peso o pureza, o la opción que realmente tomó, pedir créditos internacionales y mantener el prestigio de la moneda, pero sufrir la exportación y pérdida. La razón para no devaluar es que se necesitaba mucho dinero del exterior, se debía mucho dinero, y una devaluación hubiera supuesto el cierre de los mercados exteriores de dinero.

En 1848-1868 se inició un proceso inflacionista, es decir, se decidió devaluar.

En efecto, en 1833, la deuda exterior española se estimaba en 4.460 millones de reales. Mucho del dinero tomado del exterior lo había tomado Aguado, con permiso de Fernando VII, pero sin comunicárselo al ministro de Hacienda correspondiente, Luis López Ballesteros. Aguado tomó el dinero en muy malas condiciones, ruinosas para España. Y España llegó a la quiebra en 1834. El 16 de noviembre de 1834 el conde de Toreno hizo una quita del 70% de la deuda (dejó de pagar el 70% de la deuda) y tomó un nuevo préstamo de 400 millones de reales. El precio a pagar por la operación fue reconocer que el deudor era el Estado español, es decir, reconocer todas las deudas exteriores de España como deuda del Estado español. Ello significó la pérdida de confianza internacional en los gobernantes españoles y, en adelante, la banca internacional pondría unas condiciones durísimas a España. Pero España consiguió crédito gracias a una operación de imagen que hizo el marqués de Miraflores el cual convenció a los Rothschild de París y de Londres de que los liberales españoles eran otra cosa diferente a los absolutistas anteriores. Las condiciones de los Rothschild fueron muy duras. Y el banquero Ardouin puso condiciones aún peores: prestaba con un quebranto del 45%, es decir, que figuraba un préstamo de 700 millones, que eran los que España tenía que devolver, y entregaba sólo 400 millones. También Mendizábal consiguió un préstamo de 4,5 millones de libras esterlinas, con gran quebranto, pues sólo recibió efectivamente 1.433.748 libras (no es de extrañar que Mendizábal fuera el héroe español para los ingleses).

En 1840, la deuda exterior española había subido considerablemente, desde los 4.460 millones de reales de 1833, a 6.000 millones de reales. Y pagar esa deuda, el arreglo de la deuda como se decía por entonces, parecía imposible. Toreno reformó Hacienda subiendo impuestos, pero no logró recaudarla, sino que los ingresos bajaron al nivel de 1833, unos 670 millones/año. La deuda era del 1.000% de la recaudación de Hacienda anual y lo peor era que lo recaudado sólo servía para cubrir el 60% de los gastos ordinarios de cada año, lo que significaba que se necesitaba cada vez más dinero, sin contar los intereses. El Gobierno estaba tan ahogado que vio como única solución quedarse con las tierras de la Iglesia, la desamortización. Pero ni aun así se salió del agujero de la deuda, pues se utilizaron trucos políticos para enriquecer a los antiguos tenedores de deuda, a costa de los posibles ingresos del Estado.

 

 

 

 

 

AGRICULTURA ESPAÑOLA DE ÉPOCA ISABELINA.

 

El amirallamiento del campo español

de mediados del XIX.

 

Tenemos pocos datos para la totalidad del territorio español sobre distribución de cultivos, producción agrícola y riqueza generada. Estas cosas comenzaron a inventariarse en 1845 con motivo de una reforma fiscal. Se hizo por amillaramientos: las leyes de presupuestos fijaban un cupo global de ingresos provenientes del sector agrario, tanto de inmuebles como de cultivos y ganadería, y esta cantidad global era repartida por los organismos estatales entre las provincias, exceptuando Navarra y el País Vasco que estaban exentas. El reparto se hacía de modo estimativo a la riqueza de cada provincia. En una segunda fase, las Diputaciones Provinciales repartían la cantidad que les había tocado cobrar, entre los diversos municipios. Por último, los municipios distribuían esa cantidad entre los vecinos del Ayuntamiento en base a declaraciones de riqueza hechas por los propios interesados, los cuales trataban de declarar el mínimo, o nada, si podían pasar desapercibidos. El amirallamiento era la estimación de riqueza agraria correspondiente a cada propietario agrícola.

En este reparto por amirallamientos, que venía realizándose desde siglos atrás, era la burguesía provincial y local la que hacía los repartos y la que organizaba las ocultaciones y los falseamientos.

En 1860 sólo se había amirallado el 58,5% de la superficie agraria, y Hacienda calculaba que se estaba ocultando el 78% de la riqueza del campo español. Por eso era preciso un catastro, como ya habían planteado Ensenada y Floridablanca en el XVIII. Pero el catastro de las fincas españolas se empezó a principios del siglo XX y se terminó a mediados de siglo XX. Por esa razón, las cifras del XIX deben ser tomadas con muchas cauciones.

En 1860, según la Dirección General de Contribuciones la superficie amirallada era de 44.487.316 fanegas de tierra, equivalente al 28,6% de la superficie total de España. De ellas, 1.907.168 fanegas estaban en regadío (entre 635.000 y 763.000 hectáreas), y 40.500.516 fanegas en secano (entre 13.500.000 y 16.200.000 hectáreas). El resultado era que 41.986.800 fanegas de tierra se consideraban productivas y 2.500.516 improductivas.

Se consideraban de la máxima productividad en 1860 y se les cobraba más de 100 reales/fanega productiva: Almería, Alicante, Valencia, Castellón, Logroño, Oviedo, Lugo y Orense.

Se consideraban de segunda clase en productividad y se les cobraba entre 76 y 100 reales por fanega en producción: Huesca, Zaragoza.

De tercera clase, a los que se cobraba de 51 a 71 reales por fanega en producción: Gerona, Barcelona, Tarragona, Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga y Granada, Pontevedra y La Coruña, Canarias y Baleares.

De cuarta clase, a los que se cobraba entre 26 y 50 reales por fanega productiva: Murcia, Albacete, Jaén, Badajoz, Toledo, Madrid, Ávila, Salamanca, Segovia, Valladolid, Zamora, León, Palencia y Burgos.

De quinta clase a los que se cobraba menos de 25 reales por fanega: Cáceres, Ciudad Real, cuenca, Teruel, Guadalajara, y Soria.

 

 

Cultivos de regadío y de secano.

 

El regadío español era de dos tipos: el de pantanos y cursos de agua naturales administrados por comunidades de regantes; y el de pozos y albercas trabajados con norias movidas por animales.

El regadío se utilizaba un 60% para cereales, 15% para prados, 13% para hortalizas y legumbres, 4% para olivares, 3% para frutales y 1,5% para salinas.

 

El secano. Se labraba en un 56%, y esas tierras eran dedicadas: 47% a cereales, 18% a monte bajo y alto, 13% a eriales con pasto, 10% a dehesas con pastos, 5% a viñas, 3% a olivares, 2% a prados, 1% a frutales y 0,3% a alamedas y sotos.

 

Las técnicas de cultivo en secano seguían siendo a tres hojas, pero evolucionando a año y vez y a barbecho semillado.

Se araba con arado romano, el cual persistió en España por un tiempo inusual en Europa, pues en 1932 todavía quedaban 2.200.000 arados romanos en España.

Había algunos arados de vertedera y de bravant. Eran arrastrados por mulos, y no por bueyes como necesitaba este tipo de arado pesado.

Se abonaba poco y con estiércol.

 

 

El sector agrario tradicional.

 

El sector agrario tradicional vivía una agricultura de subsistencia. Preferentemente cultivaba cereal panificable con una productividad baja de 6 quintales por hectárea de media. La comercialización del producto era escasa. Las crisis de subsistencias eran frecuentes por falta de articulación de mercado, y llevaban un ritmo decenal (1847, 1857, 1867…)

Los estudios locales realizados sugieren que en el reinado de Isabel II la producción creció y ello lo atribuimos a la supresión del cultivo a tres hojas y por un aumento en los rendimientos debido a especialización en los cultivos de mejor rendimiento en cada comarca. Ello era posible gracias al proteccionismo aduanero y terminó en el momento en que hubo arancel librecambista en 1869. Con el librecambismo, entraron en España trigos ucranianos y americanos, a bajo precio, y la agricultura española entró en crisis profunda.

Se calculaba que España producía a fines del XVIII 12,3 millones de quintales de trigo al año, y a fines del XIX producía 26,3 millones de quintales al año.

 

 

La libertad de explotación.

 

En el siglo XIX español, la propiedad se sacralizó y se derogaron las normas del Antiguo Régimen que la limitaban a veces con mucha teoría y poco sentido práctico.

El 8 de junio de 1813 se dio el decreto de libertad de explotación de la tierra. El 6 de septiembre de 1836 se repitió el decreto de 1813. Se podían explotar libremente dehesas y heredades, se podían cercar con tal de dejar vía libre a cañadas, abrevaderos, caminos, travesías y servidumbres. Se podía disfrutar libre y exclusivamente de la tierra, arrendarla como mejor pareciese, destinarla a labor, pastos, plantío u otros usos. Se derogaban las leyes que contradijeran lo expuesto en este Decreto.

El 26 de noviembre de 1836 se dio el decreto sobre montes y plantíos de dominio particular, extendiendo lo dicho en 6 de septiembre de 1836 a estas fincas.

Con estos decretos se abolían muchas limitaciones a la explotación de la tierra: se abolían ordenanzas de montes y plantíos que regulaban el uso del arbolado, madera y frutos del bosque; se abolían las ordenanzas de pastos que impedían cercar terrenos no labrados; se acababa con la derrota de mieses.

El cumplimiento de los decretos de 6 de septiembre y 26 de noviembre de 1836 fue conflictivo y se aplicó de diferente forma en cada lugar. La causa eran las implicaciones que tenían estos decretos, pues significaban libertad de arrendamientos, regulados por decreto de 8 de junio de 1813, que declaraba libres los arrendamientos por el precio que las partes conviniesen, sin tasaciones a favor de ninguna de las partes.

 

 

El sector agrario capitalista.

 

El sistema capitalista de producción se utilizaba en productos dedicados al comercio exterior como el aceite (34% de la exportación), uvas y pasas (32%), corcho (7%), naranjas (3%), almendras (2%), arroz… La naranja de exportación se puso en Valencia en el siglo XIX.

Como se observa, los productos de exportación eran mediterráneos y los exportadores eran Cataluña, País Valenciano, Murcia y Andalucía.

La tendencia del siglo XIX en cuanto a exportaciones fue al alza, al contrario de lo que ocurrió con las exportaciones de trigo. El valor de los productos de exportación también fue al alza.

 

 

 

La ganadería española del XIX.

 

La información que tenemos sobre este capítulo es muy poca. En 1865 habría en España 22 millones de ovejas, 4 millones de cabras, 4 millones de cerdos, 3 millones de vacas, 1.300.000 asnos, 1.000.000 de mulas y 677.000 caballos.

La ganadería se vio muy perjudicada por la desamortización al perder la gente corriente el aprovechamiento de baldíos, realengos, dehesas y derrota de mieses.

La parte que más sufrió fue la ganadería trashumante, y la Mesta desapareció en 1836. Pero la causa principal de esta desaparición no fue la desamortización, sino que Sajonia mejoró la raza merina, mientras España, el país original de esta raza, empeoró la calidad. A partir de ese momento, las ventas de lana españolas se perdieron.

Tras la desamortización aumentó el ganado mular y de cerda. Las mulas sustituían a los bueyes con eficacia, aunque tenían un poco menos de fuerza, porque comían grano y no hierba. Las mulas eran más rápidas que los bueyes y más sobrias en el comer. Los burros eran más sobrios todavía, pero con todavía menos fuerza y menos velocidad. Eran una solución para los agricultores más pobres.

 

 

Aportaciones agrarias al capitalismo burgués.

 

Jordi Nadal dice que el sector agrario jugó un triple papel en el nacimiento del capitalismo español: aportó una oferta de alimentos y materias primas; aportó fuerza de trabajo y algún capital; significó un primer mercado para la industria. El capital se originó muchas veces en la especulación con la desamortización, dinero que acabó invirtiéndose en industrias y empresas de servicios.

En la primera fase de las desamortizaciones hubo un trasvase de capital urbano al campo, capital industrial y de negocios. Estos inversores vieron una magnífica oportunidad de multiplicar el capital comprando fincas. Su objetivo era sacar provecho inmediato de lo comprado, aprovechar la madera y la caza, y luego revender a un precio conveniente. Los nuevos compradores eran los que por su poco poder adquisitivo no habían podido llegar a las finales de las subastas desamortizadoras. Por ello, para vender había que subdividir convenientemente las fincas en lotes pequeños.

Otra aportación de la desamortización al capitalismo fueron las carretas y ferrocarriles: la ley de 1 de mayo de 1855 destino el 55% de lo desamortizado a obras públicas, las más veces a ferrocarriles.

También aportó mano de obra a la industria: el campesino fue expropiado de las fincas que cultivaba en arrendamiento o aparcería y fueron consideradas señoriales. También perdió los comunales y baldíos. Por último, vio incrementadas las rentas por las fincas que venía cultivando. Muchos prefirieron emigrar a la ciudad, donde se decía que se vivía mejor. La industria absorbió alguna de esa mano de obra, muy poca, y el resto de la oferta pasó a constituirse en subproletariado, gente que trabajaba cuando podía, muy de vez en cuando.

El sistema burgués creó poco mercado, porque el subproletariado nada tenía con que comprar y los salarios del campo fueron muy bajos creándose un proletariado pobre. Los intentos de industrialización estaban condenados al fracaso por la misma idea burguesa de libertad de contratación, unida a una inmoralidad profunda que otorgaba salarios de miseria. Sin salarios adecuadamente altos no se creaba mercado interno, y sin mercado interno no había industrialización, pero esto era imposible de hacérselo comprender a los nuevos empresarios.

La generación de pequeñas y muy pequeñas fincas, por parcelación de las compradas en la desamortización no favorecía la formación de una demanda interna en el campo. El capital se podría haber generado en fincas grandes y en fincas dispuestas a comercializar sus productos, pero no en fincas que no llegaban ni para una economía de autoconsumo. La literatura bella sobre el pequeño propietario que trabajaba de sol a sol para sostener “honradamente” a su familia era una estafa social, un engaño masivo para sostener intereses de fuera del campo.

El capital que compró las fincas de la desamortización fue un capital urbano, pero no industrial ni de servicios. La mayoría eran rentistas que vivían en las ciudades y que querían ampliar sus negocios. Su dinero se había acumulado sacándolo de la explotación de la tierra y querían seguir como siempre habían vivido. Compraron también algunos comerciantes, industriales y funcionarios, pero no con la idea de explotar el campo, sino con la de especular, y revenderla.

A finales del XX se puso en duda la idea, difundida por historiadores conservadores católicos, de que las rentas de la Iglesia eran bajas y, tras la desamortización, los campesinos se habían empobrecido pues los nuevos propietarios subieron las rentas. En esta leyenda se daba por sentado un supuesto paternalismo de la Iglesia, un espíritu de caridad, y unos campesinos humildes que trabajaban satisfechos para esos amos religiosos. Esta visión es una fábula interesada.

En cuanto a la explotación de comunales, también debemos desmitificar ideas: se ha defendido que la desamortización proletarizó a los campesinos pobres. En esta idea hay mucho que discutir: la explotación de los comunes, o comunales, no se hacía a partes iguales, sino en proporción a lo que cada vecino tenía. Se tenía en cuenta el número de cabezas de ganado de cada uno, las yuntas, aperos, y se atribuía a cada uno el aprovechamiento de pastos y leña proporcional a la riqueza declarada. Es decir, que los ricos hacían un gran aprovechamiento de baldíos y comunales, mucho mayor que el de los pobres. Y sobre todo, cuando se roturaba en prohibido, era más fácil que roturara el rico que el pobre. Los pobres apenas podían mantener una o dos cabezas de ganado en el rebaño común, en la piara común. Los pobres tenían derecho a lotes de leña muy pequeños, mientras los ricos tal vez tuvieran incluso leños para construcción. En cuanto a la caza, ésta dependía de las ordenanzas municipales de cada municipio, y las ordenanzas las hacían los regidores, es decir, los ricos.

En general, los bienes comunales quedaron excluidos de la desamortización y con esos bienes, de los que no tenemos apenas noticias, sospechamos que las oligarquías municipales cambiaron la calificación a “propios”, los cuales eran bienes amortizables, y una vez en esa situación pujaron por ellos y acabaron haciéndolos suyos.

 

 

 

La industria del lino y del cáñamo.

 

Las fábricas tradicionales funcionaban con máquinas hidráulicas.

El lino estaba en declive en el siglo XIX. No podía competir con la lana y el algodón, que se habían mecanizado, y el resultado era un producto caro, que además no podía competir con las importaciones de tejidos iguales más baratos.

La materia prima de lino se importaba también desde Inglaterra.

Las piezas de tela de lino eran de alto precio, pero se vendían muy bien porque con el lino se fabricaban las sábanas y mantelerías más apreciadas en el mercado, así como camisas y otras ropas muy apreciadas.

 

Los tejidos de cáñamo eran muy demandados para lonas, velas, muletones, lienzos, cañamazos, hamburgos, y cordelería, pero su cultivo y recolección era muy laborioso y luego necesitaba una fase desagradable llamada empozado, que consistía en dejar pudrir la materia primas durante unas semanas sumergida en agua, lo cual daba muy malos olores. Más tarde venía el machacado de aquella materia pútrida, lo cual se hacía en verano y otoño en las fincas de los mismos agricultores recolectores.

Cuando los importadores obtuvieron exención de derechos de importación y bajaron los precios, hubo un abandono general de la producción. La política del Gobierno era muy difícil, pues si no permitía importar se quejaban los industriales de que no tenían materia prima, y si permitía importar se quejaban los productores de que el precio no compensaba.

 

Los productores de tejidos de lino y cáñamo eran los siguientes: El lino y el cáñamo se trabajaban en Barcelona, Guipúzcoa, Navarra, Logroño, Zaragoza, Soria, Albacete, Murcia, Granada, Almería y Málaga.

Maqués, Caralt y Cía. tenía fábrica en Barcelona.

Mayolas e Hijos tenía fábrica en Premiá de Mar.

Sociedad de Tejidos de Lino, tenía fábrica en Rentería.

Industrial Malagueña tenía fábrica en Málaga.

 

 

La industria del esparto, palma y pita.

 

El esparto era una materia textil “inferior”, pues es un producto que no servía para vestir, ni para lonas de velas. Se utilizaba para cordelería y esteras, algún menaje doméstico y calzado barato campesino. Se trabajaba en Almería y Alicante. Parte de la producción de esparto en rama se vendía a Francia, pero Francia lo utilizaba para pasta de papel. España no logró poner en funcionamiento la producción de papel, que hubiera dado salida al esparto, palma y pita, porque las zonas productoras son secas, y el papel requiere un gran consumo de agua, pues es muy contaminante.

La palma y el palmito también fueron materias primas para fabricar cuerdas, esteras, pasamanería, y en algún caso, tejidos.

La pita se utilizó casi exclusivamente para cuerdas de calidad, y blancas.

 

 

Las harineras.

 

Las industrias harineras españolas del XIX se caracterizaron por sus técnicas poco evolucionadas.

Como se consumía mucho pan, era de esperar una industria harinera importante, pero la molienda no pasó de fases artesanales, utilizando energía hidráulica y molino de piedra, y el mercado no pasó de los ámbitos comarcal y local.

Sólo se modernizaron Madrid y Valladolid en el interior, y Cádiz, Alicante, Barcelona y Santander de cara a la exportación.

Las harinas eran el primer producto de exportación española a principios del XIX, y el primer cliente era Cuba. España aprovechó la circunstancia cubana y le puso precios altos pensando en aprovechar el negocio. Fue un error a largo plazo, pues los Estados Unidos ofrecieron precios más bajos y se perdió el mercado. En 1830, se propuso la reducción de aranceles a la entrada de harinas en Cuba, siempre pensando que fuera el Estado el que perdiera, y de ninguna manera los empresarios, lo cual fue un nuevo error. Esa política fue contradictoria con el deseo del Estado de obtener beneficios de la isla caribeña. Y si el Estado no tenía recursos para proteger a Cuba del contrabando, el negocio se tenía que venir necesariamente abajo.

En el viaje de retorno a España, los buques harineros llevaban tabaco y azúcar. La ruta más utilizada era Santander – La Habana.

El negocio de las harinas tenía su eje fundamental en las ciudades de Valladolid-Santander-La Habana. Valladolid y Santander estaban unidas por el Canal de Castilla que, hasta 1840 llevaba las harinas desde Valladolid a Alar del Rey en barcazas y chalanas. En Alar del Rey se cargaban las harinas en carretas de bueyes para pasar la cordillera hasta Bárcena de Pie de Concha y Santander. En 1866 se abrió el ferrocarril desde Alar del Rey a Bárcena de Pie de Concha, con lo que quedaron unidas Valladolid y Santander, y las harinas viajaban con más facilidad.

En Valladolid estaban las principales industrias harineras de España, destacando La Providencia.

En 1854, Santander abrió la fábrica de Campogiro, una fábrica de harinas movida a vapor. El lugar es recordado todavía por cualquier habitante santanderino, aunque en la actualidad no sepa por qué. Enseguida Gaspar Urrieta abrió otra fábrica. Además de harinas, las fábricas hacían pastas alimenticias, almidones y féculas.

Puerto Rico y Filipinas eran clientes menores de las industrias harineras españolas.

Otra industria harinera importante era Industria Harinera de Barcelona.

 

 

El vino.

 

El vino era la principal exportación española, en cuanto a valor del producto, en época isabelina. El otro producto que le seguía en valor eran los minerales. Los cultivos de vid se extendían por toda la Península Ibérica. Los mercados españoles eran casi toda Europa y América.

En 1830, los principales puertos exportadores eran Jerez y Málaga, que habían desplazado en el liderazgo de exportaciones a Canarias y Alicante. También Tarragona vendía bien sus vinos y su mercado era el Mediterráneo y América.

En 1830-1840 llegó dinero británico a Andalucía buscando compañías mixtas hispano británicas, en las que los españoles hacían la producción y los británicos la comercialización del producto. El éxito fue inmediato y en 1840, el Jerez había desplazado al Oporto como primer vino consumido en Gran Bretaña. El madeira y la malvasía canaria quedaban más rezagados todavía.

En torno a Jerez, Sanlúcar y Puerto Real, las zonas vitícolas escogidas por esta sociedad, surgieron muchísimas viñas en comarcas cercanas que aprovechaban las circunstancias para vender su producción en las ciudades citadas. Y el complejo vitivinícola se hizo muy importante.

Málaga era una ciudad muy dinámica en el XIX y tenía variedad de productos industriales de exportación, como el hierro, tejidos, productos alimenticios (pasas, aceite, almendras y agrios). La exportación de vino se añadió a las anteriores aprovechando la ventaja del puerto, pero el cultivo de vid fue muy inferior en superficie que el de Jerez.

La región levantina y Cataluña, se especializó en el aguardiente, la bebida más demandada y con mejor precio en el mercado. Su mercado era Francia, Italia y los puertos del Mediterráneo en general. Los caldos catalanes distintos al aguardiente eran más baratos que los andaluces, y también de peor calidad, pero aprovecharon una gran ventaja, el puerto de Barcelona y sus relaciones comerciales con el Mediterráneo y América. Así, también lograron dar salida a sus productos vinícolas en Cuba, México, Venezuela, Argentina y Brasil.

La Real Orden de 27 de marzo de 1833 estableció la libertad de contratación y comercio de vinos, y ello significó un incremento en la plantación de vides, sobre todo en la zona de Jerez.

 

Exportadores de vinos:

Jerez producía el 60% de los vinos de exportación españoles.

Málaga producía el 2%.

La Rioja producía el 0,7%.

El aguardiente significaba el 8%.

Alicante exportaba a Argelia casi en exclusiva. Perdió ese mercado a finales del XIX, buscando su mercado en el interior peninsular español.

 

En los años sesenta la producción de vino español estaba en expansión: Toro, Rueda, La Seca, Nava del Rey, Villarrubia, Navalcarnero, Ocaña, Yepes, Arganda, San Martín y Valdepeñas, Cariñena (Zaragoza), el Priorato (Tarragona) y La Rioja, extendieron mucho sus viñas. Producían de cara al mercado interior.

En 1865, España producía 62 millones de litros de vino.

En 1867, España producía 115 millones de litros de vino.

Y no sólo aumentaba la cantidad sino también la calidad y variedad, pues se comercializaban añejos, secos, dulces, y olorosos.

Los ingleses importaban a granel, los envasaban en botellas y los vendían con ganancias muy superiores a las que obtenían los agricultores y vinateros españoles.

Hacia 1867 se alcanzó la saturación del mercado. Entonces los vinos malos sufrieron la crisis, pues no encontraban mercado, y muchos agricultores españoles pasaron al autoconsumo.

En 1868 llegó la filoxera a Francia y se solucionó el problema del mercado, pues Francia compraba a granel todo lo que le ofrecieran, de cualquier calidad. En 1873 se llegó a la producción de 174 millones de litros, en 1878 a 254 millones de litros, en 1883 a 615 millones de litros y en 1890 a 1.108 millones de litros.

Pero la plaga de la filoxera se contagió a España. El principio del siglo XX fue catastrófico para la exportación de vinos españoles.

 

 

Azúcar.

 

A fines del XVIII se empezó a aprovechar la remolacha azucarera en Europa, cuando los alemanes Marggreff y Achard inventaron un método de destilación de la remolacha. Napoleón Bonaparte difundió el método, pues no quería depender de las importaciones caribeñas. Alemania y Francia iniciaron a fines del XVIII la industria azucarera.

No fue el caso de España, porque España tenía mucha caña en Cuba y despreciaba el azúcar de remolacha.

En 1840 se estableció una refinería de remolacha en Madrid propiedad de Enrique Misley, y sabemos que para entonces existían 5 refinerías más en España, entre las que destacaba Azucarera Peninsular, creada en 1845. Entonces, el azúcar de remolacha empezó a hacer competencia al de caña. Durante el reinado de Isabel II hubo mejoras técnicas y se amplió mucho la producción de remolacha.

Por su parte, Santander y Vizcaya tenían refinerías para trabajar la caña importada de Cuba.

 

 

Corcho.

 

Se utilizaba principalmente para tapones. La industria del vino demandaba tapones. Cataluña fabricaba gran cantidad de tapones y los vendía por todo el mundo. Su principal mercado era Gran Bretaña, pues embotellaban el Oporto y el Jerez en sus negocios de comercialización de esos vinos. Gerona era el gran vendedor del corcho catalán.

La guerra de 1808-1813 fue funesta para el alcornocal extremeño, pues los soldados necesitaban fuego y consumieron los alcornoques de Extremadura. A mediados de siglo, al trazarse el ferrocarril, los alcornoques fueron utilizados para traviesas del ferrocarril, y de nuevo hubo un retroceso de las existencias de alcornoques. Se salvó alcornocal en Aragón, submeseta sur, La Mancha, Andalucía, Cataluña, y quedó bastante en Extremadura, aunque con las menguas mencionadas.

 

 

Aceite.

 

En la industria del aceite hubo un incremento de la demanda en el mercado interior en el aceite de oliva y ello significó subida de precios. En 1837 consiguieron exenciones aduaneras para favorecer su exportación. Pero estas industrias no se mecanizaron, sino que los pequeños talleres artesanales que lo producían mantuvieron sus técnicas y no fueron capaces de mejorar calidad ni precio.

El negocio del aceite fue controlado por los grandes terratenientes andaluces y algunos otros más pequeños de Aragón, Cataluña y Mallorca.

La exportación se hacía a Cuba y a América latina, pero también se empezaron a ganar mercados europeos.

A finales del XIX, Europa y América demandaron mucho más aceite y se expandió el cultivo del olivo.

 

 

Los frutos secos.

 

España producía pasas, higos secos, turrones en Alicante y Málaga. Se exportaban muy bien a Gran Bretaña e Iberoamérica. También Málaga, Baleares y Madrid producían frutas escarchadas.

 

 

El chocolate.

 

El cacao era un producto colonial que servía para hacer chocolate, de gran consumo en España. Se perdieron los proveedores tradicionales, México, Venezuela y Ecuador, pero se siguió consumiendo mucho en el mercado interior.

 

 

Salazones.

 

España importaba bacalao inglés, escocés y noruego, pero ése no era el fuerte de los españoles. El viaje de regreso se hacía llevando sal al norte de Europa.

Los españoles tenían conservas de pescado en Galicia, Cantábrico, sureste español, Huelva y Canarias, y también en el País Vasco que tenía una flota de altura importante, aunque no tanto como la gallega.

En 1864, España tenía 11.238 barcos pesqueros.

La mitad de las capturas se consumían en fresco y la otra mitad en salazones (la mayor parte) y escabeches (bastante menos).

Los mercados exteriores de salazones españoles eran Cuba, Francia e Italia.

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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