NARVÁEZ E ISABEL II.

 

 

NARVÁEZ, EL PERSONAJE.

 

Ramón María Narváez y Campos, 1799-1867, fue denominado a veces “el espadón de Loja” porque era militar autoritario y había nacido en Loja (Granada). Se inició en el ejército en las Guardias Valonas y estuvo en la academia de las Guardias Reales con muy buenas notas e incluso llegó a ser profesor de matemáticas en la academia militar en 1821. Ingresó en la Guardia Real en 1821. Era pues un hombre de élite intelectual, todo lo contrario de Espartero.

El 7 de julio de 1822 se integró en el Batallón Sagrado de Evaristo San Miguel, el líder exaltado, y fue destinado a Cataluña. Se puso a las órdenes del brigadier Mariano Zorraquín el cual colaboraba con Espoz y Mina en la lucha contra los carlistas. Participó en la barbarie de Castelfullit, cuando el conde de la Mina destruyó el pueblo porque apoyaba a la Regencia de Urgel absolutista, pero Narváez era todavía un militar de baja graduación, con poca responsabilidad.

Lógicamente, en 1823, al restaurarse el absolutismo y ser derrotados los liberales, fue encarcelado en Gap (Francia). Ello afectó mucho al temperamento inestable de Narváez colérico depresivo, que incluso pensó en suicidarse. Fue apartado del ejército en 22 de abril de 1833. Fue liberado en 1824.

Se refugió en su casa de Loja. Se acogió a la amnistía de 1833 y, en 15 de octubre de 1833 se incorporó al ejército con el grado de capitán que ya tenía en 1823, capitán del Regimiento Princesa.

Ascendió durante la Guerra Carlista hasta brigadier. En 1836 se negó a obedecer a Espartero, el cual se empeñaba en mantener la defensa de Bilbao, y hacer fortificaciones cediendo la movilidad y la iniciativa a los carlistas, y Narváez fue confinado en Cuenca. Espartero y Narváez resultaron enemigos, y Narváez se puso al servicio de María Cristina y de los moderados, entendiendo que los progresistas de Espartero eran una sinrazón continua y Espartero un lerdo.

En febrero de 1837 fue destinado a Plasencia (Cáceres), desde donde criticó la mala práctica militar de Espartero y la mala planificación general en la guerra contra el carlismo.

En 1837, se le encargó pacificar Andalucía, liberarla de carlistas, y lo hizo con éxito, pasando a La Mancha, con lo cual dominaba toda la mitad sur de España y pudo levantar un ejército de potencia similar al que poseía Espartero en el norte de España. Se llamaba el Ejército de Reserva.

En 1838, Luis Fernández de Córdoba y Ramón María Narváez se amotinaron en Sevilla y fueron reducidos por el general Isidro de Alaix, que propuso su fusilamiento. Los rebeldes huyeron por Gibraltar y fueron a París. A París llegó María Cristina, la Reina Regente, tras ser expulsada de España en 1839 y, juntos, prepararon la caída de Espartero y el regreso de la antigua Regente. Espartero, su enemigo personal había triunfado y se le había declarado Regente de España.

En 1843, la Junta de Valencia le puso al frente de las fuerzas sublevadas contra Espartero, y Narváez aprovechó para dar un golpe de audacia e ir sobre Madrid con 3.000 hombres, mientras Espartero estaba en Albacete y había destinado gran parte de sus hombres a reprimir los levantamientos en Sevilla. Declaró depuesto al Regente Espartero, el cual huyó en un barco británico por Puerto de Santa María.

En ese momento empezó la etapa de mayor significado histórico de la vida de Narváez.

 

 

Significado Histórico de Narváez.

 

Podemos considerar cuatro etapas importantes de la vida política de Narváez:

En 1843, los progresistas estaban divididos entre esparteristas populistas (progresistas duros) y progresistas propiamente dichos, puros, liderados por Olózaga, siendo éstos últimos una minoría. Los primeros seguían un líder sin ideología, Espartero, por el simple deseo de mayor igualdad social o igualitarismo, no sustentado sino en sentimientos vagamente expresados y en reminiscencias de la revolución francesa, pensamiento denominado bonapartismo en esa época. Los segundos creían en una democracia también populista o soberanía de las asambleas populares, cuyas decisiones son aceptadas como “democráticas”, a pesar de que puedan ir contra los derechos humanos inaleniables, individuales y de las minorías. Los progresistas creían en la posibilidad de conceder mayores derechos a los españoles y en el respeto a esos derechos inalienables, pero dentro del doctrinarismo. Necesitaban apoyos populares, pero tenían clara la necesidad de racionalizar las peticiones del pueblo. La minoría progresista no tenía ninguna oportunidad al margen del populismo e incluso de los militares esparteristas. Por eso, Narváez tenía muchas posibilidades de consolidarse en el poder.

En 1843, Narváez eliminó a Espartero, al cual odiaba por su simpleza, y falta de preparación intelectual. En ello obtuvo la colaboración de los progresistas intelectuales, que no concebían avances en el liberalismo mientras un personaje mediocre como Espartero fuera su líder y gobernante.

En el verano de 1843 se había producido la caída de Espartero. El golpe de junio de 1843 fue una revuelta de los progresistas y de los moderados contra Espartero, golpe que acabó entregando el poder a Narváez. En Torrejón de Ardoz se encontraron ambos ejércitos, esparterista y antiesparterista, y ninguno deseaba la lucha. Prim, un progresista que no gustaba de los revolucionarios populistas, a quienes consideraba una canalla de bandidos, pactó con los moderados, se hizo cargo del orden público y fue nombrado conde de Reus. Antonio Seoane Hoyos, el hombre de Espartero, no se sintió con fuerzas para luchar. Sin duda no era la mejor ni la más democrática de las soluciones, pero de hecho entregaba el poder a Narváez, que no tomó el Gobierno en ese momento, pero que lideraba la opinión del ejército. Así pues, el general Narváez no se hizo jefe de Gobierno en 1843, sino que dio paso a unos Gobiernos de gente proveniente de los progresistas, el de Olózaga y el de González Bravo, que desmontaron las contradicciones de Espartero y del Partido Progresista.

Pero había un problema muy serio, las enormes fuerzas armadas que representaban los cientos de miles de milicianos reclutados por Espartero en nombre de los progresistas. Olózaga era una persona seria, líder progresista, y fue el primero en quien se fijó Narváez, pero Olózaga quedó encerrado en su propia trampa: si disolvía las fuerzas de apoyo al progresismo perdía el poder, y si no las disolvía enturbiaba el progresismo. Necesitaba tiempo, y era lo que Narváez no estaba dispuesto a darle: Narváez exigía la pronta solución del problema de las rebeliones progresistas. Olózaga fue despedido.

 

Etapa de transición: En diciembre de 1843 – mayo de 1844, Narváez se valió de Luis González Bravo para desmontar las bases progresistas, antes de asumir personalmente el poder en mayo de 1844 en nombre de los moderados. Quería que los progresistas acabaran con las sublevaciones progresistas que había en España.

El general Narváez había llegado a ser amo de la situación política, el hombre de referencia, tras varias conspiraciones fracasadas y tras un golpe de Estado en 1843.

 

Primera época de Narváez: En 1844-1851, Narváez fue todo en la política española y llegó a su momento de apoteosis en los tres años finales citados: Fue Presidente del Gobierno en mayo de 1844-febrero de 1846, en marzo de 1846-abril de 1846, y en octubre de 1849-enero de 1851. Además de Presidente, fue Ministro de Marina, Comercio y Ultramar en mayo de 1844, Ministro de Estado en julio de 1844, Ministro de gobernación en febrero de 1846, Ministro de Guerra en noviembre de 1847, Ministro de Guerra en septiembre de 1848, Ministro de Estado en febrero de 1849.

Narváez interpretó mal el sentido educacional que se debía dar a España en el liberalismo, despreció la incultura general de los españoles y les consideró incapaces de racionalizar: decidió tratarles como a niños, igual que había hecho el Despotismo Ilustrado, darles una Constitución y unas Leyes, pero que se incumplían sistemáticamente cada vez que una “razón de Estado” así lo aconsejaba. El Ministerio de Gobernación y los Gobernadores Civiles pasaron a ser la columna vertebral del nuevo sistema, y el espíritu del liberalismo no penetró en la cultura española. Su decisión de acabar con una Constitución de consenso entre moderados y progresistas, la de 1837, e imponer la Constitución moderada de 1845, fue su error de base, permanente durante toda su vida.

Los progresistas colaboraron a este ambiente de deformación española respecto al liberalismo, con su retraimiento, es decir, su no participación en las elecciones, lo cual hubiera aportado ideas aunque fuera desde la oposición. Tenían sus razones para ello, pues las elecciones eran manipuladas y sólo obtenían los candidatos que el Gobierno consideraba oportunos, “diputados consentidos”, para dar una imagen democrática ante Europa. Pero perdieron la oportunidad de trabajar en las campañas electorales, y en manifestar sus ideas en el Parlamento. El recurso a los desórdenes públicos fue un error que aleccionó a los españoles en que progresismo era igual a revuelta y desorden en la calle. Narváez les enervaba con su falta de respeto a la libertad de reunión y la libertad de prensa, y cayeron en la trampa de la reacción violenta.

Narváez insistió en la política de orden público. Desarrolló el Consejo Real, que a partir de 1858 se llamó Consejo de Estado, una institución de consulta obligatoria para todas las decisiones de gobierno en todos los niveles de la Administración. Y los Ayuntamientos quedaron sometidos a la autoridad del Gobernador Provincial o del Gobierno en su caso.

Hizo reformas de Hacienda progresistas, como la de Alejandro Mon de 1845, que imponía la contribución directa, pero los frenos políticos e ideológicos hicieron inoperante esta reforma: el respeto a las grandes fortunas, de modo que no pagaran muchos impuestos y facilitaran así el apoyo a los moderados, hizo inútil el intento. Y nunca se hicieron esfuerzos por tener los catastros necesarios para cobrar los impuestos.

También fue responsable de la Ley Pidal-Gil y Zárate de la enseñanza, un hito de 1845 para la enseñanza española, que en buenas manos hubiera podido dar lugar a un renacimiento cultural.

Durante esta época, hubo un desarrollo económico importante en España, lo cual dio un prestigio a Narváez, y en 1848, solucionó los conflictos obreros con eficacia, y ganó un prestigio internacional, pues en otros Estados europeos perduraron incluso años. Por eso, llegó su momento apoteósico.

Narváez decidió ponerles las cosas claras a los comerciantes hispanoamericanos, intermediarios de los comerciantes estadounidenses y británicos para introducir sus productos en el mercado español. Era muy buen negocio para los comerciantes latinos, pero no para el desarrollo de sus pueblos respectivos. Les prohibió esos negocios basados en irracionalidades de pretendida hermandad de los pueblos latinos.

Narváez paralizó la desamortización eclesiástica y aportó a la Iglesia una dotación de culto y clero. No es que Narváez fuera un creyente destacado, sino que simplemente quería resolver conflictos sociales provocados por los integristas católicos. Desde 1845 se puso a negociar un Concordato con El Vaticano, aunque no llegarían a cerrarse hasta 1851.

La Constitución de 1845, hecha a medida de los moderados, permitió gobernar a Narváez, directamente o en la sombra, sin cortapisas posibles de las Cortes. Por otra parte, la superioridad de Narváez sobre sus compañeros de partido era tan grande que se permitía incumplir la Constitución cada vez que le parecía conveniente.

Impuso un modelo de Estado centralista y autoritario, con todas las características del moderantismo doctrinario: ley controlando a la prensa, modo de gobierno por decreto cuando las Cortes se oponían a sus deseos, control de la enseñanza desde el Gobierno, dominio de las zonas rurales mediante la autoridad de la Guardia Civil, supervisión de los ayuntamientos mediante los Gobernadores Civiles… En 1851 fue despedido tras una discusión con los consejeros del rey consorte, Francisco de Asís y Paula. Éstos aprovecharon la crisis financiera para provocar su caída.

Nunca en la historia de España el Partido Moderado había estado 10 años seguidos en el poder. Y nunca se había visto que un partido aguantase el desgaste de gobernar y la creciente oposición progresista durante tanto tiempo. Que el Partido Moderado ganara las elecciones de 1843 no es significativo porque en España, el gobernante de turno siempre las ganaba. Lo que hay que explicar es cómo se mantuvieron. Posiblemente fueran los progresistas los que mantuvieron a los moderados en el poder tanto tiempo, debido a sus errores en la oposición. Los progresistas se enrocaron en ideas viejas, principios que en 1843 ya no atraían a nadie. Incluso los jóvenes políticos del momento simpatizaban más con los moderados que con los progresistas. La tendencia habitual de que los jóvenes se inclinaran a la izquierda, se rompió en estas fechas. Para los jóvenes, lo nuevo era lo moderado y resultó, al final, que los jóvenes eran mayoritariamente moderados y los viejos mayoritariamente progresistas. España se había aburrido de tantas insurrecciones, algaradas, motines, revueltas y pronunciamientos progresistas.

Pero los moderados no supieron interpretar el éxito de sus Gobiernos y se acercaron a la aristocracia, a la jerarquía católica, a la intelectualidad más rancia, a la plutocracia de terratenientes, industriales y comerciantes, los que querían conservar ideas del liberalismo pero evitar el desorden social. Acabaron entregando el poder a los ultramoderados.

La actitud autoritaria de Narváez acabó dividiendo al Partido Moderado en tres facciones: los autoritarios católicos de González de la Pezuela marqués de Viluma y de Bravo Murillo; los doctrinaristas narvaístas de Pedro José Pidal; los puritanos de Francisco Pacheco que exigían que, al menos, se observase un exquisito respeto a la Constitución y a las leyes que los mismos moderados habían impuesto.

Ya en el periodo de Gobierno de 1846, Narváez empezó a dar signos de autoritarismo antiliberal: hacía prohibiciones a la prensa y suspendía las Cortes para poder gobernar por decreto. Los puritanos se lo echaron en cara, e Istúriz (abril de 1846), Sotomayor (enero de 1847), Pacheco (marzo de 1847) y García Goyena (agosto de 1847) tuvieron varias oportunidades de rectificar la política moderada narvaísta. Ninguno lo consiguió.

En octubre de 1847 contemplamos al Narváez de las reformas económicas, las reformas militares y el desmantelamiento de proyectos progresistas de utilizar la violencia en 1848. Su gran obra fue el Código Penal de 1848 (el Código Civil es de 1889). Se abrió a las inversiones extranjeras y llegó el momento de su máxima popularidad y éxitos. Pero utilizó esta popularidad para insistir en el sentido dictatorial de su Gobierno, en gobernar sin Cortes o con cortes obedientes a las directrices del Gobierno. Hizo una Ley de Minas 1849, Ley de Pesas y Medidas 1849; un nuevo Arancel en 1849 (Alejandro Mon), una Ley de Beneficencia 1849, y al reforma de Hacienda de Bravo Murillo de 1849.

A partir de 1849, insistió en la política de orden mediante el Gobernador Provincial y en el desarrollo económico: contribuciones por amirallamientos de 1850, Ley de Contabilidad de 1850, Escuelas de Náutica, obras públicas múltiples y Ley de Ferrocarriles de 1850. Y la política de orden se basaba en un ejército muy poderoso que tenía unos gastos superiores a la capacidad española de pagarlos y que provocó la dimisión de Bravo Murillo en noviembre de 1850.

 

Segundo periodo de transición: De 1851 a 1854 tomaron el poder los moderados autoritarios, Manuel de la Pezuela marqués de Viluma y Juan Bravo Murillo, rama derecha de los moderados, ultramoderados y ultracatólicos, lo cual provocará, en 1854, la reacción en su contra de los moderados de Narváez y de los puritanos del Partido Progresista, llegándose al gobierno de los progresistas en 1854-1856.

Bravo Murillo significaba un nivel de moralidad alta contra la corrupción, como se le supone a un católico de verdad, pero no creía en la moralidad de los demás y por ello hizo elegir Cortes a su medida.

En el lado positivo contemplamos un plan de arreglo de la deuda, una reforma de los funcionarios, un Plan General de Ferrocarriles 1851, un Plan de Carreteras, un Plan de Puertos de Mar, y la instalación del telégrafo en todas las estaciones ferroviarias.

En el lado menos positivo observamos el cierre del Concordato con ventajas excesivas para la Iglesia Católica, abriendo un nuevo frente de discrepancias sociales. Y sobre todo, el Plan de Reforma Política de diciembre de 1852, en sentido ultraconservador: el plan era muy de derechas, pero es cierto que, como decía el mismo Bravo Murillo, se ajustaba a lo que en realidad estaba pasando en España y deshacía la ficción de una España liberal, que tenía que ser manejada con mano dura, que hasta entonces venían practicando los moderados.

En 1852-1854 se impusieron los Gobiernos ultramoderados de Roncali, Lersundi y Sartoruis. Y la mucha autoridad sin control alguno, dio como resultado el normal y esperado: la corrupción. Y tras ella llegó el golpe de Estado, como una necesidad política.

En 1854-1856, se impuso en el Gobierno una alianza del progresista-populista Espartero, y del moderado O`Donnell. Espartero no tenía más objetivo en su vida que figurar, y fue un gobernante inútil. O`Donnell pretendía tener a todos los españoles, y a Isabel II, loando su personalidad y sus dotes.

 

Segunda época de Narváez: en 1856-1857, Narváez fue Presidente del Consejo de Ministros desde octubre de 1856 a octubre de 1857. En 1856 volvería al Gobierno Narváez, esta vez asociado a O`Donnell con el que alternará Gobiernos hasta 1868. Es la época del unionismo odonellista, nueva época de desarrollo económico español. Pero Narváez cada vez se hizo más duro y represor, e incluso intolerante, llegando a anular las reformas progresistas de 1854-1856 de forma poco explicable. En 1857 dimitió porque la Reina quería más protagonismo en el Gobierno para sí misma. El protagonismo de la Reina incomodaba a Narváez.

 

Tercera época de Narváez: en 1864-1867, fue Presidente del Consejo de Ministros desde septiembre de 1864 a junio de 1865 y desde julio de 1866 a 23 de abril de 1867, fecha en que murió.

Es la época en que empezaron síntomas de la crisis económica. Narváez volvió al poder con talante más represor todavía que en 1856 y asoció al Gobierno a un ministro de Gobernación tan duro como él, llamado Luis González Bravo, un hombre que provenía del progresismo, que había soñado con un nacionalismo español protagonizado por él mismo, que había protagonizado la etapa 1843-1844 como bisagra entre progresistas y moderados, y había evolucionado hasta la derecha de los moderados. La represión sistemática provocó que todos los políticos se pusiesen en contra del sistema monárquico conservador. Gobernó en septiembre de 1864 y en julio de 1866.

Narváez murió en 23 de abril de 1867 en Madrid. Su muerte dejó a los moderados en mal lugar, porque quedaron en manos de González Bravo, el represor. La política de Narváez primero, y de González Bravo después, llevaron al fracaso de los moderados y de la monarquía española. El 30 de septiembre de 1868 se iniciaría una nueva etapa de la historia de España.

 

 

Valoración de la figura de Narváez.

 

En conjunto, en los años 1843-1867, el periodo político completo de Narváez, éste vino dirigiendo la política tanto desde el Gobierno como desde la oposición o incluso desde “el exilio”. En 1868 se produciría por tanto una sensación de vacío de poder, que llevaría a la revolución de 1868, la septembrina, para dar paso de nuevo a los antiguos progresistas, pero con más divisiones internas todavía, pues se habían escindido los radicales, republicanos, socialistas y anarquistas. En 1868 se disolvieron los demócratas, que habían sido discrepantes de los progresistas en 1848-1868. Tras varios años de indecisión, en los que los españoles experimentaron con una nueva dinastía, y con la república, e incluso pensaron en 1874 en una dictadura militar al estilo francés, España volverá, en 1875, a lo conocido y tradicional, y, de alguna manera, el canovismo será una continuación de la idea de Narváez de paz y orden a toda costa, si bien contando con la novedad del respeto y colaboración entre el partido del Gobierno y el de la oposición.

 

Narváez representa en la historia de España la consolidación definitiva del régimen liberal burgués español, del siglo XIX, con sus características de obviar los avances liberales y resaltar los valores conservadores o de pervivencia del pasado: de escamotear la tierra a los campesinos, de consolidar el catolicismo como elemento básico en el Estado y de apoyar la oligarquía como sistema político, dirigido todo ello por la monarquía de los Borbones.

No se regresó al absolutismo porque los planteamientos teóricos siguieron siendo liberales, pero ni la Constitución se respetaba, ni se desarrollaban los principios constitucionales en leyes que afectaran directamente al ciudadano español. Al haberse impuesto la Constitución de 1845 y haberse reconocido la soberanía del pueblo español, será imposible la vuelta al absolutismo. Los absolutistas se integrarán en el nuevo sistema político gracias a reconocerles la propiedad de la tierra. Los nobles se convertirán en burgueses, en propietarios de tierras. Por otra parte, aparecerán los militares como una casta política superior, dirigiendo el Estado o constituyéndose en protectores del mismo, y ya no dejarán ese papel hasta 1978 o 1981. El plano teórico había cambiado profundamente, mientras la práctica diaria continuaba sensiblemente igual.

Narváez, y el liberalismo español del XIX posterior a él, son un paso más en el proceso de unificación de España, en el sentido centralizador, uniformizador. De alguna manera continuaba la labor de los Decretos de Nueva Planta de Felipe V: Los Decretos de Nueva Planta habían roto el sistema monárquico-estamental de los reinos aragoneses e impusieron un primer centralismo con los capitanes generales que presidían las audiencias provinciales, cabeza de la justicia provincial. El Estado liberal conservador del XIX fue un paso más, al considerar a los ciudadanos iguales ante la ley, cosa que había ocurrido en 1834. Pero la labor centralizadora del Estado culminó a partir de 1845, cuando Narváez impuso una constitución, Pedro José Pidal generó un sistema capaz de controlar a las administraciones provinciales y locales, Alejandro Mon impuso un sistema tributario general más igualitario, Gil y Zárate logró que la dirección de las Universidades fuera controlada desde el Gobierno, y Juan Bravo Murillo legalizó las compras de la desamortización en diciembre de 1851. Esta labor terminará, ciertamente mucho más tarde, con la labor legislativa unitaria de fin de siglo, como cuando Eugenio Montero Ríos, en 1870, elabore su Ley del Poder Judicial, cuando se imponga la ley del Matrimonio Civil controlando el Estado esta faceta social, cuando se cree un Registro Civil, que permitiera controlar a todos los ciudadanos, cuando se permita votar en 1890 a todos los españoles mayores de edad…

 

 

El pensamiento de Narváez.

 

Narváez no tenía una teoría política definida respecto al liberalismo. En realidad sólo pensaba en mantener el principio de autoridad y ello como medio de mantener el orden público, entendiendo orden público como sometimiento de todos a la autoridad del poder constituido. En 1844 Narváez se consideraba a sí mismo liberal porque odiaba a los clericales y meapilas, porque no hacía ningún caso de los absolutistas y porque le importaban un bledo los distintos pretendientes europeos a los tronos de Europa. A lo largo de su gobierno se irá definiendo como conservador y autoritario, cada vez más cerrado y acabará creando una red de espías a su servicio personal para eliminar a sus enemigos antes de que pudieran organizarse. Ello le permitió pronunciar al final de su vida la frase, real o atribuida, pero que define bien el carácter de Narváez en sus últimos años: “no tengo enemigos, los he matado a todos”.

Las premisas de pensamiento que fundamentan el gobierno Narváez podemos resumirlas en: que el orden es preciso para lograr el desarrollo, y los ideales de libertad deben ser recortados en beneficio de este orden. Que los movimientos populistas sólo acarrean desórdenes y sus iniciativas deben ser filtradas o reconducidas a través de gentes más cultas y entendidas en política y economía, como pueden ser los “caciques” territoriales. Que el control ejercido por la camarilla de la reina es fundamental para la estabilidad de Gobierno y continuidad de los proyectos de desarrollo, siempre que esta camarilla no se dedique a lo contrario, a manipular gobiernos. Que era preciso plasmar las nuevas ideas en una Constitución nueva, la de 1845. En el campo de lo militar odiaba el bonapartismo de Espartero y sus ayacuchos, gente que pretendía que los altos cargos del ejército debían ser accesibles para todos los militares, independientemente de su linaje y preparación intelectual, exclusivamente por sus méritos en el ejército. Al contrario, Narváez pensaba en la necesidad de que la élite intelectual fuera la que dominara los más altos cargos del ejército.

 

 

 

 

 

ISABEL II. El personaje.

 

La biografía de Isabel II está muy deformada por los historiadores del siglo XIX, tanto por los moderados como por los progresistas. Lo más destacable de su vida es que fue precoz en todo: fue reina a los tres años de edad, se la alejó de su madre a los diez, se la declaró mayor de edad a los trece, se la casó a los dieciséis contra su voluntad, se separó a los diecisiete, fue destronada a los treintaiocho, edad a la que muchas mujeres empezaban a vivir su vida. No es de extrañar que Isabel de Borbón fuera una inmadura durante todo su reinado.

Los biógrafos la pintan como caprichosa en política, puesto que nombraba Gobiernos y los destituía con facilidad, convocaba Cortes para el gobernante que se lo pedía, provocaba golpes de Estado… pero esas circunstancias son más bien aplicables a la gente que la rodeaba, a su esposo Francisco de Asís, a su madre María Cristina, a los religiosos ignorantes y fanáticos que deambulaban por Palacio como fray Fulgencio y sor Patrocinio, y a la camarilla de cada momento que intrigaba y confundía a la Reina en su propio beneficio o en contra de sus enemigos.

Como Reina, la Constitución le otorgaba el poder de nombrar y deponer Gobiernos, convocar y disolver Cortes. Y el uso de ese poder era ambicionado por quienes la rodeaban, por moderados y progresistas, por clérigos y laicos, por civiles y militares. Y este hecho la convirtió en protagonista activa de la política, sin ella proponérselo, y acabó con su Corona.

A Isabel se la puede achacar la participación en las intrigas palaciegas, el no guardar la necesaria neutralidad que se supone en un rey de todos sus súbditos y de cometer errores.

Sus errores se debieron casi siempre a que era primaria, espontánea, temperamental, fácil a la risa y a las lágrimas, inconstante, populachera, populista, castiza, generosa, religiosa, superficial y cambiante, de modo que demostraba en un momento mucha personalidad, y al siguiente ninguna.

Pero también supo imponer su dignidad en situaciones comprometidas y peligrosas, sabía imponerse a embajadores, generales, ministros… utilizando un don personal que se atribuye comúnmente a los Borbones.

No era fácil el oficio de Reina: de entrada, la proclamación de mayoría de edad en octubre de 1843 era claramente anticonstitucional. En ese momento, los políticos dijeron que la Constitución se había burlado repetidas veces en los últimos años y que una vez más no importaba. Y cuando lo reclamaron las Cortes, se contestó que eran hechos consumados. A una niña de trece años se la estaba diciendo que las infracciones contra la Constitución no importaban y luego se le dijo que las promesas incumplidas, las contradicciones entre lo que se decía y lo que se hacía eran normales. Se la enseñó a manejar al “pueblo”, pagando a media docena de agitadores profesionales que iban por las tabernas y levantaban a unos cientos de personas, casi siempre las mismas, a las que se denominaba “el pueblo de Madrid”, “una multitud” y todos sabían de la falsedad de todo. Se la había educado en un desprecio del “pueblo” al que se consideraba incapaz de organizarse contra le élite política. Se la había enseñado que unos pocos burgueses pasaban por la totalidad de burgueses, unos pocos militares por el ejército en pleno, unos pocos intelectuales por el pensamiento de toda la nación, y ella veía que esas minorías estaban además divididas en dos o tres grupos políticos que sólo aspiraban a detentar el poder. ¿Qué debía hacer una Reina entre esos profesionales de la política?

 

Isabel de Borbón y Borbón Dos Sicilias, Isabel II de España, nació el 10 de octubre de 1830 en Madrid, hija de Fernando VII de Borbón y María Cristina de Borbón. Murió en París el 9 de abril de 1904.

Fue jurada Princesa de Asturias en 20 de junio de 1833 y proclamada Reina de España en octubre de 1833, a los tres años de edad.

Tenía escasas cualidades intelectuales, era bastante simple a la hora de discernir, y fue muy mal educada por su madre, María Cristina, que la enseñó religión, piano y labores domésticas y despreció los saberes humanísticos y científicos. Se la educó como a una mujer vulgar de su época. Las razones por las que se hizo así, tal vez tuvieran que ver con su poca agudeza natural.

En 1840, el progresista Agustín de Argüelles trató de rellenar algunas lagunas en la enseñanza de la Reina, una niña de diez años, pero dedicó poco tiempo a ello. El general José Francisco Ventosa, el maestro Francisco Fontella y el preceptor Salustiano Olózaga, también le enseñaron poco.

En 1846 la casaron con Francisco de Asís Borbón y Borbón Dos Sicilias, II duque de Cádiz, primo hermano suyo y homosexual, conocido en Palacio como “la Paquita”, cuyo novio era Antonio Ramos Meneses. Se le impuso este matrimonio para no caer en manos de algún francés o algún inglés. Isabel II lloró y se encabritó en contra del matrimonio, pero no tuvo más remedio que ceder. Francisco de Asís vivía en el Palacio de Riofrío (Segovia) y la Reina vivía en Palacio Real en Madrid. En adelante, para sus necesidades sexuales, buscó amantes ocasionales y se dice que entre ellos estuvieron el general Serrano, el cantante de ópera Mirall, el cantante Tirso de Obregón, el comandante Puig Maltó, el compositor Emiliano Arrieta, Manuel Lorenzo Acuña marqués de Bedmar, Miguel Tenorio, el coronel Gándara, el capitán José María Arana (padre de María Isabel Francisca de Asís), el capitán Enrique Puig Moltó (padre de Alfonso XII); José de Murga Reoli marqués de Linares, Carlos Marfori Calleja gobernador de Madrid, el capitán de artillería José Ramón de la Puente, y otros. Fruto de estas relaciones, tuvo 14 embarazos. Francisco de Asís y Borbón Dos Sicilias recibía un millón de reales cada vez que reconocía como suyo a uno de los hijos de Isabel II.

Educada en el catolicismo integrista, se dejó embaucar por Sor Patrocinio, la monja de las llagas, y por Antonio María Claret, que vivían en Palacio.

La vida de Isabel debía ser un drama interior: educada en el catolicismo integrista y rodeada de católicos integristas que tenían por valor moral supremo el uso católico del sexo, muy restringido, la Reina se acostaba cada día con sus amantes y se entregaba al pecado. La explicación tal vez se encuentre en que la obligaron a casarse con un homosexual el 10 de octubre de 1846, cuando tenía 16 años de edad. Y la naturaleza la castigó muy duramente pues tenía muchos hijos que morían el mismo día de nacer o al poco: Luis de Borbón nació y murió el 2 de mayo de 1849; Fernando de Borbón nació y murió el 11 de junio de 1850; María Cristina de Borbón nació el 5 de enero de 1854 y murió el 7 de enero de 1854; Francisco de Asís de Borbón nació y murió el 21 de junio de 1856; María Concepción de Borbón nació en 1859 y murió en 1861. También tuvo hijos que vivieron más tiempo: María Isabel Francisca de Borbón nació en 1851 y murió en 1931; Alfonso de Borbón nació en 1857 y murió en 1888; María Pilar de Borbón nació en 1861 y murió en 1879; María de la Paz de Borbón nació en 1862 y murió en 1946.

En 1847 trató de asesinarla en la calle de Alcalá de Madrid Ángel de la Riva, periodista y abogado, pero resultó indultado y no sabemos muy bien qué pasó.

En 1852 intentó asesinarla con un cuchillo el sacerdote Martín Merino, y hasta logro herirla, y el agresor fue ejecutado a garrote.

Un enamorado platónico de la Reina fue O`Donnell, su protector hasta su muerte en 1868.

Un monárquico convencido, defensor de la Reina, fue Narváez, hasta su muerte en 1867.

Francisco Serrano Domínguez y Manuel Pavía Lacy marqués de Novaliches, defensores de la monarquía, fueron derrotados en Alcolea (Córdoba) el 28 de septiembre de 1868.

La desaparición de estos cuatro hombres fue la explicación en el derrocamiento de la Reina en septiembre de 1868.

En 13 de septiembre de 1868 Isabel se instaló en Pau (Francia), en el Palacio de Enrique hasta ver en qué quedaba la revolución española, y al poco se fue a París. Tenía 38 años de edad y una toda vida en su pasado.

En 1868, Isabel ya no tuvo necesidad de aparentar estar viviendo con su marido. Francisco de Asís fue a vivir a Epinay. María Cristina vivía en París en el Palacio Basilewsky.

Antonio Cánovas del Castillo le pidió su renuncia a los derechos dinásticos a favor de su hijo Alfonso y la renuncia a vivir en España. Le costó mucho ceder a ello.

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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