LA SUBLEVACIÓN DE JULIO DE 1854.

 

 

 

Antecedentes inmediatos del golpe de julio de 1854.

 

Como hemos visto en el capítulo anterior, “19.13.19.Gobiernos autoritarios de 1853-1854”, había habido una serie de intentos de establecer Gobiernos autoritarios al estilo de la monarquía de Napoleón III en Francia, prolongados en el periodo de la Tercera República francesa, pero con la variante española de ser liderados por Jefes de Gobierno de los moderados más de derecha.

En el último Gobierno, el de Luis José Sartorius, habían saltado escándalos de gran envergadura como la concesión de la construcción de tramos del ferrocarril Madrid-Irún al marido de la Reina Madre, María Cristina de Borbón, a la propia María Cristina y a José Salamanca. Ese primer escándalo había conducido al cierre de Cortes en diciembre de 1853. Y enseguida la crisis fue a más, pues Sartorius decidió Gobernar por Decreto, confinar a los militares opuestos a sus ideas, censurar la prensa y cerrar periódicos que no se avinieran a servir al Gobierno, depurar a los senadores de designación real que se le oponían.

En ese ambiente político inestable, la Guerra de Crimea de marzo de 1854 inició la subida de los precios de los alimentos y se produjo malestar social generalizado. Incluso el Partido Moderado se puso en contra del Gobierno Sartorius.

 

 

Los moderados en la preparación del golpe.

 

El general O`Donnell decidió a principios de 1854 que se debía arrebatar el poder a los ultramoderados para entregárselo a los moderados de centro y puritanos, la izquierda del Partido Moderado, aunque luego, la realidad fue que el golpe se le fue de las manos y el Gobierno cayó en manos de los progresistas en julio. O`Donnell pasó entonces por aliado de los progresistas, sin serlo en realidad por convicciones, sino por circunstancias.

Se reunieron en Madrid los generales y políticos moderados y decidieron hacer una sublevación para el 22 de febrero de 1854. Buscaron apoyos militares (como el de Domingo Dulce) y de políticos puritanos y progresistas, y se lanzaron a la sublevación. Los periódicos denunciaron los escándalos que no habían sido publicados durante el periodo de censura de prensa. La sublevación sólo tuvo lugar en Zaragoza y contra ella se envió al general Felipe Rivero, al tiempo que Sartorius decretaba estado de sitio en toda España. Fue dominada sin mayores problemas.

Sartorius, al saber de la sublevación que se preparaba, envió a O`Donnell a Santa Cruz de Tenerife, pero O`Donnell se escondió en Madrid para no ir a Canarias. También fueron confinados los generales Domingo Dulce y Antonio Ros de Olano. Sartorius decretó estado de sitio, detuvo políticos, cerró el Ateneo, cerró periódicos liberales y se sintió vencedor, fuerte y seguro en el poder. Pero esa situación no iba a durar mucho, sólo cuatro meses.

Surgió un periódico clandestino que se hizo muy popular entre las clases altas y todo el mundo ayudaba a distribuir, y se llamaba “El Murciélago”. Los generales huyeron de sus confinamientos y acudieron a Madrid organizando una serie de revueltas a partir de junio de 1854.

Por estos días de junio de 1854 nació el periódico La Iberia, 1854-1898, fundado por Pedro Calvo Asensio, un periódico de ideología progresista, que era frecuentado por los que preparaban el golpe de 1854. Era paniberista. En 1854 lucharía por la incorporación de O`Donnell al grupo progresista. En 1863 se haría cargo del periódico Práxedes Mateo Sagasta y José Abascal, y de nuevo el periódico fue preparador de las ideas que llevarían a la revolución de 1868. En 1866 fue cerrado y reapareció con el nombre de La Nueva Iberia. Recuperó su nombre original en 1868. Fue el periódico de Sagasta hasta que cerró en 1898.

 

 

La Guerra de Crimea de 1854.

 

El 27 de marzo de 1854, Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Rusia. Las acciones bélicas tuvieron lugar en la península de Crimea. El centro de operaciones fue el sitio y toma de Sebastopol.

El tema se encuadraba en la entonces llamada “Cuestión de Oriente”. El término “Oriente” hacía referencia al Mediterráneo oriental, cuyo comercio era muy productivo para las potencias citadas. Aprovechaba que Turquía, Estado conocido como el Imperio de la Sublime Puerta, estaba en crisis y a punto de desaparecer, dividido en múltiples territorios.

Ante esa ocasión tan ventajosa, Rusia se declaró protectora de los cristianos ortodoxos de los Balcanes, y argumentaba el derecho de socorrer a los que profesaban la misma religión que Rusia. Para poder ejercer este derecho, necesitaba tener libre el paso por los Dardanelos. Con ello, su comercio y sus barcos de guerra podrían salir al Mediterráneo.

Ante ese planteamiento ruso, Gran Bretaña exigió conservar la integridad del territorio turco y la soberanía de Turquía sobre los estrechos, lo cual permitía a Gran Bretaña controlar el comercio del Mar Negro al Mediterráneo, y evitar la salida de barcos de Guerra rusos a un mar por donde pasaban las mercancías británicas que iban a la India a través de Egipto. No quería competidores en Egipto y Siria.

Austria tembló ante la posibilidad de ver a los rusos en los Balcanes, porque había mucha experiencia histórica del expansionismo ruso en esos territorios y de largas y costosas guerras a causa de ello.

Napoleón III de Francia se declaró protector de los católicos del Imperio Turco, especialmente de los cristianos maronitas, que vivían en Líbano, Siria y Egipto. Es decir, que iba por los mismos intereses comerciales que el resto.

Y se esperó una ocasión cualquiera. Se aprovechó un incidente sin importancia: hubo un incidente en Jerusalén entre monjes católicos y monjes ortodoxos, de los cientos o miles que ha habido de este tipo. Y entonces Rusia dijo que tenía que proteger a los ortodoxos, lo cual le valió de excusa para invadir Rumanía, lo que entonces eran unos principados bajo soberanía de la Sublime Puerta.

Y así se llegó a la declaración de guerra de Gran Bretaña y Francia a Rusia. La guerra duraría dos años, hasta el Congreso de París de 1856, en el que Rusia se rindió ante Gran Bretaña y Francia.

España debería haber participado en lógica en la guerra, pero no lo hizo por causa de la revolución de 1854 y “la exquisitez de los progresistas por no participar en guerras exteriores: el 12 de junio de 1853, gobernando todavía los moderados, España ofreció a Turquía enviar soldados a las órdenes del general Prim para que entrenaran a los soldados turcos y sirviesen de observadores en caso de estallido de la guerra. El 24 de junio de 1853, España había decretado que quedaban bajo su protección las fundaciones piadosas de Palestina que siempre habían sido protegidas por la Procuración General de Tierra Santa. España acordó enviar un ministro plenipotenciario a Constantinopla, un cónsul a Jerusalén, y ordenó al Brigadier de Marina, Gutiérrez de Ruvalcava, presentarse con unos barcos en el Mediterráneo Oriental y ponerse al servicio del Ministro Plenipotenciario español en Constantinopla. Todo estaba preparado en España en 1853 para entrar en guerra. Pero las cosas fueron de otro modo.

En julio de 1854, los progresistas hicieron un levantamiento y expulsaron al Gobierno moderado. En octubre de 1854, el Gobierno francés invitó a Salustiano Olózaga, líder de los progresistas españoles, a sumarse a la Guerra de Crimea, pero Olózaga dilató la respuesta. El ministro británico Clarendon pidió a España 10.000 hombres, mandados por oficiales españoles, para luchar en Crimea. El embajador español en Londres, Antonio González y González[1], le respondió que España no tenía medios para iniciar una guerra.

En enero de 1855, la situación era crítica en Sebastopool para Francia y Gran Bretaña. Era la ocasión perfecta para que España apostase exigiendo algo. De hecho, Piamonte y Cerdeña decidieron sumarse a la coalición, aunque fue con muy pocos soldados. Y de nuevo Francia pidió a España ayuda y le ofreció, a cambio, poner un protectorado en Santo Domingo que sirviera para cortar el expansionismo estadounidense en el Caribe. Dentro del Gobierno español se discutió mucho la nueva propuesta francesa. España decidió al fin unirse a la guerra en agosto de 1855, cuando Gran Bretaña y Francia ya habían vencido. Y entonces, España no fue aceptada. España no estuvo en el Tratado de París o Conferencia de París de 30 de marzo de 1856 en el que sí estuvieron Gran Bretaña, Francia, Austria, Prusia, Cerdeña, Turquía y Rusia. En este tratado se declaró neutral el Mar Negro, lo que significaba que no podían pasar los barcos de guerra rusos ni podía Rusia construir fuertes en sus costas, se obligaba a Rusia a ceder Moldavia y Valaquia al Imperio Otomano, pero con Gobierno propio y constituciones propias, se desmilitarizaban las islas Aland en el Báltico, en teoría de Finlandia, pero gobernadas en ese momento por Rusia, de modo que Rusia no podría construir bases militares navales en el Báltico, se garantizaba la navegación en el Danubio bajo el control de Austria y Turquía, y se prohibía conceder en adelante “patentes de corso”.

En los años siguientes, España no pudo recurrir a la ayuda británica y francesa, pues le reprocharon no haberla dado cuando esas potencias la necesitaban y se la pidieron.

La Conferencia de París cambió el sistema de alianzas europeo. Hasta entonces se aliaban los países liberales contra los moderados y contrarrevolucionarios. En adelante, se formaron dos bloques, en uno de los cuales estaban Gran Bretaña y Austria, y en el otro, Francia, Alemania y Rusia. Y España no estaba en ninguno.

 

 

Repercusión de la Guerra de Crimea en España.

 

En España impactó mucho la guerra de Crimea. Se enviaron militares a observar, a estudiar las operaciones militares, y allí estuvieron Juan Prim i Prats, Tomás O`Ryan Vázquez y Andrés Villalón. El tema militar era que las potencias occidentales debían afrontar un desplazamiento logístico muy importante desde el extremo occidental de Europa hasta el extremo oriental del continente y desde el Atlántico, hasta la punta oriental del Mediterráneo. El objetivo era cercar Sebastopool y la empresa militar era compleja y se tenían muchas dudas de que pudieran realizarlo con éxito. Se realizó el transporte de tropas, se organizó un sistema de abastecimiento de alimentos y municiones, se estableció una cabeza de puente en una playa fácil de defender y desde donde se podía alcanzar Sebastopool. Se estableció un sistema de reaprovisionamiento, evacuación de heridos, sanidad. Incluso apareció por primera vez un servicio de enfermeras que cuidaba la limpieza de las camas y de los heridos, lo cual significó una disminución de la mortalidad por heridas de guerra de un 50%. Nunca se había hecho un despliegue táctico tan importante en una guerra marítima en un territorio lejano.

Pero la repercusión más importante en España era que Gran Bretaña y Francia compraban alimentos en grandes cantidades, para enviarlos a las tropas de Crimea, y ello supuso elevaciones de precios de los alimentos muy considerables. Los salarios se resentían duramente en España.

 

 

La crisis económica de 1854.

         Salarios y precios a mitad del XIX.

 

Es imposible fijar en dos o tres líneas los salarios de España, pues eran distintos para las distintas faenas del campo, y para las distintas regiones. Siguiendo a Tuñón de Lara en El Movimiento Obrero en la Historia de España, haremos aquí unas cifras de los mínimos indicados, que nos parece que se puede acercar a la media anual, sin contar lo pagado en especie, pues a los segadores y otros trabajadores del campo se les daba pan, vinagre y aceite para que se confeccionaran un gazpacho y aprovecharan las horas del día sin volver del campo. La comida fuerte era a las seis o siete de la tarde y ya se hacía en casa, de recogida.

Pues bien, los salarios más altos serían los de los obreros de Barcelona, unos 12 reales diarios (pero sometidos a despido sin aviso previo). En Madrid se pagaba 7 reales diarios a los obreros (6 a los eventuales), y en el resto de España, casi exclusivamente agrícola, se pagaban unos 5 reales en Castilla la Nueva y Murcia, y 4 reales diarios en Castilla la Vieja, Galicia o Andalucía. Esto nos serviría para explicar la distinta problemática regional española en cuanto a disturbios. Los salarios más altos coincidían con los mayores disturbios, los de Barcelona, lo cual quiere decir que no era por hambre, sino por condiciones de trabajo, por lo que luchaban esos obreros.

Los precios del pan eran muy variables de unos años a otros y bajaban y subían según cosechas e importaciones, triplicando algunos años el precio de otros. Los precios más altos se notan en 1854, lo que sería interesante tener en cuenta para entender las protestas populares en ese año.

Hay que advertir también que no había conciencia de clase proletaria, aunque ese sentimiento se estaba originando justo en este momento, pero sí había conciencia de clase burguesa lo cual se ve en las patronales: La “Comisión de Fábricas” fue la primera patronal algodonera y pronto cambió de nombre para llamarse “Junta de Fábricas” e intentar englobar a patronos de otros ramos industriales. En 1848 surgió una segunda patronal en Cataluña llamada “Instituto Industrial de Cataluña”.

Los patronos llegaron a la idea de la patronal por el pánico que le producían los movimientos obreros. Las asociaciones obreras eran ilegales, pero la amenaza de aplicarles la Ley de sociedades secretas que les aplicaba el Gobierno nos dice que seguían existiendo. Además tenemos que, en 1848, quemaron la fábrica “Vilá, Subirá y Cía.” en Igualada, por el rumor de que la había comprado el duque de Riánsares.

Los obreros estaban en un presocialismo luddista, en una guerra a las selfactinas que se dejaba observar sobre todo en Cataluña, pero también en Valencia y en Béjar, donde había empresas textiles. Los obreros tenían también asociaciones “culturales” con el ánimo de poder hablar libremente, y de ahí el progreso del socialismo hacia unos partidos y sindicatos más modernos.

La coyuntura económica en 1854 era de subida de los precios del pan debido a la guerra de Crimea que había empezado en 1853. España debería haber participado en este tiempo en la Guerra de Crimea, junto a Gran Bretaña y Francia, para ayudar a Turquía frente a la invasión rusa. De ello se hubieran deducido ventajas previsibles (Cavour se apuntó a esa guerra y sacó ventajas evidentes para Saboya Piamonte). Pero España no estaba en condiciones de emprender una guerra a juicio de los progresistas.

 

 

Los moderados ante la crisis de 1854.

 

Durante la crisis económica de 1854, los obreros y jornaleros eran fáciles de manejar. Era fácil organizar protestas callejeras. Era fácil hablar de la rapiña de los políticos, de gastos escandalosos, de favoritismos palaciegos, de corrupción de María Cristina. Los demócratas pedían el destronamiento de Isabel II, la proclamación de la República y la Unión Ibérica.

Entonces, los moderados comprendieron que estaban haciendo el tonto con sus discusiones internas y sus enfrentamientos entre facciones y que necesitaban hacerse con el poder antes de que se lo arrebatasen en la calle. Y llamaron a O´Donnell para que hiciera un pronunciamiento militar que culpabilizara a Sartorius y a los suyos de los desórdenes habidos, lo cual debía calmar a las masas.

Pero la reconciliación entre moderados era imposible, pues se habían dicho tantas cosas contra los polacos de Sartorius y entre las diversas facciones moderadas, que ya no había vuelta atrás. Y Sartorius no quería dimitir por las buenas y ceder el Gobierno a sus rivales moderados. Al contrario, decidió endurecer sus medidas autoritarias de Gobierno. Isabel II no pedía la salida de Sartorius porque se preveía un golpe de Estado de resultados imprevisibles. La Reina no sabía qué hacer. Porque llamar a un moderado de la oposición a Sartorius era excitar a que los progresistas sacaran la gente a la calle. Y llamar a un progresista era darle directamente la razón a los que manejaban la calle, y provocar el desorden y la violencia.

 

 

La sublevación de Zaragoza en febrero de 1854.

 

El 21 de febrero de 1854, el brigadier José de Hore y el catedrático Eduardo Ruiz Pons se sublevaron en Zaragoza sorprendiendo a Sartorius, aunque éste conocía la trama golpista, pero creía que los golpistas eran O´Donnell y Ríos Rosa. José de Hore se había adelantado a todos y Sartorius no estaba preparado. Hore levantó unas 300 personas civiles, pero no fue secundado por otros militares de Zaragoza. Ríos Rosas comprobó que todo el plan estaba descoordinado y abandonó Madrid. La sublevación de Hore en Zaragoza no fue del todo estéril, pues en su momento se prepararían juntas revolucionarias en Huesca, Teruel, Calatayud, Daroca, Alcañiz, Belchite, Ejea, Ricla, La Almunia, Cariñena y Ateca.

Pero entonces, cuando todo se veía turbio, el general Dulce fue nombrado Director de Caballería y se puso en contacto con O´Donnell para ofrecerse con la fuerza militar de que disponía, y ambos acordaron que el levantamiento se produciría el 13 de junio siguiente en el Campo de Guardias.

 

 

La huelga de Barcelona en marzo de 1854.

 

En marzo de 1854 hubo una huelga importante de obreros en Barcelona. El movimiento obrero barcelonés se venía incrementando desde 1849, a pesar de las prohibiciones de Narváez y en la clandestinidad. Al poderoso Sindicato de Tejedores, se le habían sumado una docena de sindicatos más, y cada poco se formaba uno nuevo. Los últimos habían sido el de paradores de hilados, el de grabadores de estampados y el de galoneros del algodón. El hombre que más trabajaba en la consolidación del sindicalismo era Josep Anselm Clavé, un obrero tornero que además era músico. Estaba relacionado con los demócratas más radicales y con los socialistas. Dedicó buena parte de su tiempo a organizar agrupaciones corales que servían de tapadera a las actividades sindicales. En 1853 se incrementó mucho el activismo sindicalista y el Gobernador Civil de Barcelona, con buen criterio, convocó comisiones mixtas de patronos y obreros a fin de solucionar conflictos. Logró varios convenios colectivos. Al mismo tiempo, el Gobernador Militar de Barcelona aplicaba la mayor dureza sobre los grupos que no se avenían a conversar en las comisiones mixtas. En marzo de 1854 se desató la huelga. La huelga comenzó en La España Industrial por problemas de disciplina, una cuestión menor. Pero el asunto fue mal tratado por el Gobernador Militar y Capitán General de Barcelona, que encarceló a varios obreros de la planta implicada “por falta de disciplina”, convirtiendo un pequeño problema en algo más serio. A esa acción le sucedió la convocatoria de huelga para el 27 de marzo. El Capitán General ordenó detener a los líderes sindicales que habían convocado la huelga, lo que llevó al resto de los sindicatos a sumarse a la huelga. El 30 de marzo, la huelga se había generalizado en las fábricas, en los talleres y hasta en las obras públicas, y los obreros se manifestaban en la calle. Siguió el Capitán General cometiendo errores y sacó el ejército a la calle para atacar a los manifestantes, y ello dio lugar a la aparición de barricadas y luchas callejeras en las que hubo que lamentar cinco muertos y un centenar de detenidos. Un pequeño problema en una planta de una fábrica había dado en una grave crisis social. El 1 de abril hubo más manifestaciones y más intervenciones militares, hasta que las autoridades recapacitaron y cambiaron de actitud, liberaron a los detenidos y se pusieron a negociar con los obreros. El 3 de abril cesó la huelga. En esas negociaciones de primeros de abril de 1854, el Capitán General de Barcelona se comprometió a legalizar las asociaciones obreras.

El resultado de los trabajos sobre reformas laborales fue una reglamentación del trabajo contraria a los trabajadores, que daba libertad de contratación a los empresarios e imponía a cada obrero una cartilla, o libreta personal, en la que cada individuo llevaba anotada su historia laboral. De ello los sindicatos obtuvieron dos conclusiones: una, que habían sido engañados por las autoridades; dos, que actuando conjuntamente, los sindicatos tenía mucha fuerza. Estaban preparados para un gran golpe en el momento en que lo considerasen oportuno.

En este ambiente de desprestigio del Gobierno, el Ministro Jacinto Félix Doménech cometió la imprudencia de pedir por adelantado seis meses de contribuciones. Fue en mayo de 1854. El descontento popular fue muy grande y el caldo de cultivo de la rebelión generalizada estaba dispuesto.

 

 

         O`Donnell en junio de 1854.

 

Leopoldo O´Donnell y Jorís era alto, flemático, calculador, valeroso y tenía 45 años en 1854, 10 años menos que Narváez, y 16 años menos que Espartero, en un momento en que los últimos líderes citados empezaban a ser viejos. Era hijo de un general y político, el conde de La Bisbal, y su idea era la reconciliación de las facciones liberales mediante la creación de un partido intermedio que sería Unión Liberal. No sabemos si la idea de fundar este partido era suya o de Ríos Rosas o de Cánovas del Castillo. En 1844, la idea ya había sido formulada por Pacheco y Pastor Díaz, pero en esa época se había quedado en una iniciativa minoritaria sin trascendencia política.

Pero cuando las campañas políticas identificaron moderados con corrupción, arbitrariedad e ilegalidad, y cuando los moderados empezaron a ir los unos contra los otros arrojándose los trapos sucios, y cuando la Casa Real se vio complicada en estos rifirrafes entre facciones moderadas, parecía el momento de iniciar un proyecto nuevo.

El nuevo proyecto se debía basar en la moralidad y en la apertura a las opiniones de los demás, lo cual no era lo mismo que admitir sin más las opiniones del contrario, sino estar abierto a escucharle y a analizar los puntos en que pudiera estar acertada su opinión.

Para O´Donnell, el liberalismo era una ideología con base política amplia, bien asentada, a pesar de las discusiones que las distintas facciones liberales habían protagonizado en los últimos años. O´Donnell quería un moderantismo de manos limpias. Para conseguir realizar su idea, decidió sublevarse e imponerla a sus compañeros.

 

 

Los hombres de O`Donnell en 1854.

 

Los hombres de O´Donnell confiaban en un levantamiento popular protagonizado por los progresistas y demócratas, al que Fernández de los Ríos debía proporcionar las armas precisas. Pero las partes que se debían levantar no confiaban las unas en las otras ni en que se recibieran las armas. El núcleo de la revuelta lo controlaría O´Donnell y sería un núcleo militar en el que estarían integrados los generales Félix María Messina, Domingo Dulce y Antonio Ros de Olano en primera línea, y menos comprometidos Manuel Gutiérrez de la Concha, Francisco Serrano Domínguez y Ramón María Narváez.

Sartorius tenía previsto el golpe y había destinado a José de la Concha y a Facundo Infante a Baleares, Manuel de la Concha y O´Donnell a Canarias, Francisco Armero a León, Domingo Dulce a Zaragoza, y Francisco Serrano a Jaén. Pero O´Donnell se escondió en Madrid en casa del marqués de Vega de Armijo y no se trasladó a su destino. Quedaba también en Madrid el general Messina que mantenía su mando sobre tropas.

No había coordinación entre los diversos grupos golpistas ni comunicación entre Madrid y otras ciudades dispuestas al levantamiento.

 

 

La trama civil del levantamiento.

 

Entre los civiles, estaba en la trama golpista Antonio de los Ríos Rosas, pero éste sufrió una depresión y dejó el liderazgo a Antonio Aguilar Correa marqués de Vega de Armijo, Ángel Fernández de los Ríos, Antonio Cánovas el Castillo, Gabriel García Tassara y otros.

Ángel Fernández de los Ríos entró en contacto con un grupo progresista, al que Vega de Armijo le prometió armas.

Los hombres más dispuestos a la insurrección de 1854 eran los demócratas, y Nicolás María Rivero era su coordinador desde la calle de Atocha donde residía, y con él estaban Eduardo Chao, José Ordax Avecilla, Ignacio Cervera y Sixto Cámara. La gente en general, estaba cansada de levantamientos. Sólo los demócratas se prestaban incondicionalmente a manifestarse en las barricadas.

Entre los militares y los civiles golpistas había discrepancias serias: O´Donnell sólo quería un pronunciamiento militar que fuera secundado en la calle. Y los progresistas duros y los demócratas tenían un plan distinto: querían un hecho de masas que pusiera el poder en sus manos y no en las de los militares. Pero los demócratas necesitaban a los militares para un proyecto de esa envergadura, y los militares necesitaban a los demócratas para que alguien saliera a la calle en Madrid y el golpe fuera posible.

Y una cosa era que la gente estaba descontenta por la crisis y por la corrupción percibida en los políticos, y otra era que la gente saliera a la calle a batirse con las armas. Los contactos entre militares y progresistas antes del día del levantamiento habían sido mínimos y no se sabía cuántos saldrían a la calle. Varios días después del levantamiento, la gente salió a la calle en masa, pero sin razones que liguen este hecho con el levantamiento. Más bien parece que eran los levantamientos populares de las otras ciudades, las que animaron a los de Madrid a salir a la calle.

La gente estaba descontenta con la arbitrariedad de Sartorius y estaba soliviantada porque los progresistas difundían noticias, algunas veces falsas, sobre irregularidades, nepotismos concesiones fraudulentas de líneas de ferrocarril, para desacreditar al Gobierno. La gente estaba descontenta por la crisis, pero la crisis no era tanta como hacían ver los progresistas, no había retroceso económico, recesión, sino sólo estancamiento. Lo que más disgustó a la gente fue la subida de precios de 1854.

También llevaban años trabajando la difusión de un ambiente negativo entre la gente, los socialistas. Este aspecto era más apreciable en Barcelona, a donde llegaban con más facilidad los predicadores extranjeros. De todos modos, los obreros españoles representaban una cifra ridícula en la sociedad española, insuficiente para pensar en tomar la calle por sí solos.

Los más revolucionarios de 1854 eran algunos burgueses, algunos intelectuales y los consabidos cesantes. En Madrid, donde apenas había obreros, es posible que hubiera en la calle más cesantes que obreros.

Los observadores de aquella época nos cuentan que en las barricadas de 1854 había gente muy variada, pero casi toda de clase media. Había gente animada por los negociantes que querían más librecambismo, por los embajadores francés y británico (Howden), por el encargado de negocios estadounidense (Pierre Soulè) los cuales querían los mercados españoles, peninsulares y cubanos.

 

 

El golpe militar de junio de 1854.

 

Leopoldo O`Donnell reunió a Domingo Dulce, Antonio Ros de Olano y Félix María Messina, junto a una serie de políticos contrarios a Sartorius, para coordinar el golpe de Estado. Acordaron levantarse el 13 de junio de 1854. En la fecha señalada, O´Donnell acudió al Campo de Guardias de Canillejas (cerca de Barajas) en compañía de su protector Antonio Aguilar marqués de Vega de Armijo, y comprobó que allí no había nadie. Dulce había tenido dudas y no había acudido. O tal vez se había equivocado de fecha alguno de los dos complicados, O`Donnell o Dulce. O`Donnell volvió a esconderse y el Gobierno no llegó a enterarse de su presencia en Canillejas. Acordaron una nueva fecha de pronunciamiento para el 28 de junio, 15 días más tarde.

El 28 de junio de 1854 volvieron a fallar muchos de los comprometidos en el golpe. Pero acudieron Domingo Dulce, Félix María Messina, y el coronel Rafael de Echagüe Bermingham, y llevaban varios escuadrones de caballería y un batallón de infantería. Eran muy pocos y casi todos de caballería, y O`Donnell quería desistir de nuevo, mientras el resto de militares quería seguir adelante. En ese momento, llegó Antonio Ros de Olano con más soldados. El cargo militar más importante en ese momento era el general Domingo Dulce, Director de Caballería, el cual llevó sus regimientos al Campo de Guardias y les arengó para iniciar el golpe. Eran generales conservadores, moderados, descontentos con el autoritarismo y la inestabilidad de los últimos Gobiernos. En total eran unos 2.000 hombres, la mayoría a caballo. Acordaron que los soldados debían gritar “viva la Constitución” y “mueran los ministros traidores”, que debían ir sobre el centro de Madrid excitando a la gente. Aquello, más que un golpe militar, parecía un movimiento romántico poco prudente y mal preparado. Estuvieron mucho tiempo, dos días, pensando qué debían hacer.

Sartorius, que lo tenía previsto, envió contra los sublevados al general Anselmo Blaser, ministro de Guerra, con 5.000 soldados de artillería y sus cañones. Pero iniciar un combate dentro del ámbito urbano de Madrid era algo absurdo y se decidió negociar. La Reina envió al general Miláns del Bosch a negociar con el encargo de capturar, o en su defecto exigir la entrega del general Dulce y detenerle por delito de traición. No hubo acuerdo. El enfrentamiento tuvo lugar en Vicálvaro terreno colindante con Canillejas.

El 30 de junio los rebeldes fueron batidos por tropas del Gobierno, pero el combate no fue definitivo. El sublevado O´Donnell hizo varias cargas de caballería contra los artilleros, pero éstos aguantaron a pie firme y no se dispersaron ni huyeron. Apenas hubo lucha, porque aquella guerra era imposible: si la caballería se acercaba mucho era batida por las baterías, pero si se alejaba no pasaba nada, porque las baterías no podían moverse con rapidez ni alcanzaban a los sublevados. Tras varias horas de intercambio de fuego, O´Donnell decidió retirarse. Había habido unos 100 heridos. Anselmo Blaser y su artillería no podía perseguir a la caballería de O´Donnell que se retiraba con rapidez. Nadie había vencido aquel combate. Blaser también se retiró a Madrid.

Madrid no se sublevó ese 28 de junio de 1854. Fernández de los Ríos había preparado mal el golpe y no había paisanos dispuestos a morir en las barricadas entre los disparos de ambos contingentes militares, tanto leales como sublevados. Se vio que los progresistas y demócratas, que se creían representantes de todo el pueblo español, eran escuchados y aplaudidos, pero no seguidos por la gente común de los barrios. Los españoles estaban por fin aprendiendo que no se ganaba nada en las disputas entre políticos y entre militares. Además, nadie podía entender que unos generales moderados se estuvieran enfrentando a otros generales moderados.

O`Donnell, que se había hecho con el mando de la sublevación, se fue por la carretera de Andalucía.  El 4 de julio de 1854, O´Donnell hizo un manifiesto en Aranjuez exponiendo los puntos que fundamentaban el alzamiento: la moralidad pública; el cese de las contribuciones arbitrarias impuestas por Sartorius; la necesidad de que desaparecieran las camarillas palaciegas; la creación de Juntas en varias ciudades de España. Pero el manifiesto de Aranjuez no logró levantar casi nadie en España.

El 5 de julio, se sublevaron en Alcira (Valencia) unos militares, arropados por algunos paisanos.

O´Donnell se fue a Ocaña y a Manzanares, huyendo de las posibles represalias que esperaba. Esperaba acontecimientos para tomar una decisión definitiva, la huida hacía Andalucía o la marcha sobre Madrid.

En Manzanares el Real (Ciudad Real), O`Donnell se detuvo un tiempo, no sabemos si huyendo hacia Andalucía, o esperando al general Francisco Serrano Domínguez que venía de Jaén.

La trama civil, que eran Ríos Rosas, Fernández de los Ríos y López de Ayala, esperaba impaciente a que los suyos entraran en Madrid, y enviaron a Cánovas a buscar a O`Donnell. No lo halló en Aranjuez pero sí muy cerca de Manzanares el Real. Acudió también Fernández de los Ríos. Se cree que Cánovas, entonces progresista, fue el autor del texto del Manifiesto de Manzanares de 7 de julio de 1854.

El Manifiesto de Manzanares de 7 de julio de 1854 hablaba de conservar el trono, pero eliminando la camarilla; de respeto a las Leyes fundamentales, a la Constitución, pero de verdad y rigurosamente, estableciendo una Ley Electoral justa y una Ley de Imprenta con libertades; de rebajas de impuestos; de que los ascensos militares y civiles se hicieran por antigüedad y merecimientos y no por capricho de los gobernantes; de que se necesitaba autonomía municipal y Milicia Nacional; y de la necesidad de que los pueblos de España organizasen urgentemente Juntas de Gobierno populares. Se pedía ayuda a la nación de modo que los cuarteles y las masas populares se sumaran a su movimiento a fin de obtener convocatoria de Cortes.

Los últimos puntos eran de los progresistas y se consideraba que podía ser un ideario que juntase a todos los liberales para crear un nuevo régimen político.

A poco de redactarse el Manifiesto, llegó Francisco Serrano a Manzanares. Aportó la opinión de que había que convocar a la Milicia Nacional, la vieja Milicia Nacional que no existía desde 1844, pero tenía sus partidarios todavía y podía ser revitalizada.

Serrano y O`Donnell tomaron la decisión de dirigir una “Exposición” a la Reina, a través de Miláns del Bosch, justificando la sublevación en los abusos, rapacidad y venalidad de los ministros. Le decían que defendían el Trono y la Constitución, pero iban contra el Gobierno.

Apenas tuvieron seguidores en los primeros días. Hubo sublevación en Zaragoza y fracasó. O`Donnell, de momento, se retiró a Carmona (Sevilla), cada vez más cerca de Sevilla y de Portugal.

Los historiadores progresistas de finales del XIX y del siglo XX, agrandaron la significación del Manifiesto de Manzanares, como el desencadenante de la revuelta progresista en muchos pueblos. Tal vez estaban ensalzando a Cánovas del Castillo. Tal vez estaban escribiendo a favor de los progresistas.

El 9 de julio, se sublevó el coronel Buceta en Cuenca.

El 13 de julio un destacamento del Regimiento de Caballería Montesa se sublevó cerca de Madrid.

El 14 de julio se produjo una huelga en Barcelona acompañada de manifestaciones obreras. También los militares del Regimiento Navarra salieron a la calle tocando el himno de Riego y lograron sumar a otro regimiento de la ciudad. Los obreros eran muchos y los militares pocos. Algunos obreros confundieron la huelga política, la primera de este tipo que se estaba realizando, con las huelgas ordinarias de tipo luddista que venían haciendo desde hacía décadas. La huelga de marzo de 1854 estaba demasiado reciente. El 15 de julio hubo quema de una fábrica y destrucción de selfactinas. Actuaban encapuchados. Mataron a siete guardas que defendían las fábricas, entre ellos a Pedro Arnau y su hijo Francisco Arnau, que estaban defendiendo su establecimiento. Hubo 15 detenidos que fueron juzgados sumariamente y fusilados. Lo normal en Barcelona fue la huelga defendiendo una tabla de reivindicaciones obreras. El Capitán General Ramón de La Rocha, se veía en una situación complicada pues se había levantado contra el Gobierno de Madrid y tenía a los obreros en rebeldía y a algunos quemando fábricas. Los empresarios de Barcelona declararon que La Rocha era un traidor a los intereses empresariales. Los progresistas radicales y los demócratas acusaron a La Rocha de represor. La Rocha negoció con José Barceló, el dirigente del sindicato de hiladores, y acordó con él la eliminación de selfactinas (máquinas hiladoras). A los empresarios no les gustó ni que hablara con Barceló ni que se comprometiera a suprimir máquinas. Los empresarios decidieron mantener los sueldos a la baja y los obreros decidieron no ir a trabajar. Mientras tanto, se empleaban en el derribo de las murallas de Barcelona, trabajo que estaba mucho peor retribuido que el textil, pero les servía para aguantar la huelga. A primeros de agosto, sobrevino una epidemia de cólera en Barcelona, los empresarios cerraron las fábricas y los sindicatos aceptaron los cierres para evitar la propagación de la epidemia. La mayor parte de las autoridades y de los empresarios abandonó la ciudad y las únicas autoridades que se quedaron fueron los dirigentes sindicales. El conflicto de Barcelona no se solucionó con el cambio de Gobierno que hubo en Madrid.

El 15 de julio se levantó el general Nogueras en Valladolid, un hombre del grupo de O`Donnell, tuvo apoyo del Ayuntamiento y de José Güell y Renté, y constituyó Junta.

El 16 de julio se levantaron en Valencia militares y paisanos, a los que se sumó el Capitán General, Antonio María Blanco, a fin de moderarles.

El 16 de julio se alzó en Zaragoza el brigadier Ignacio Gurrea, un esparterista, al que siguieron el banquero Juan Bruil y algunos otros hombres de negocios.

Entonces, el general Felipe Rivero, odonellista, llamó a Espartero, que estaba en Logroño, para que calmase a los rebeldes.

El 17 de julio se alzó San Sebastián gritando “Viva la Reina” y “Viva O`Donnell”.

El panorama general ante todas estas sublevaciones era una sublevación del área del Mediterráneo a la que se sumaban Valladolid y San Sebastián.

Sartorius trató de comprar en Madrid a las distintas guarniciones militares prometiéndoles recompensas por no sublevarse. Pero las noticias eran alarmantes, y la Reina decidió pedir a Sartorius que se retirase del Gobierno. El 16 de julio, Sartorius presentó su dimisión.

Mucho le tenía que deber la Reina cuando, a pesar de todo lo ocurrido, le hizo embajador en Roma, y años después, Presidente de las Cortes, cargo en el que le sorprendió la revolución de septiembre de 1868.

 

 

 

El “Ministerio Metralla” o “de los dos días”.

         Gobierno Fernando Fernández de Córdova.

17 julio 1854 – 18 julio 1854

 

Presidente, general Fernando Fernández de Córdoba Valcárcel, II marqués de Mendigorría[2].

Guerra, Fernando Fernández de Córdoba Valcárcel.

Gracia y Justicia, Pedro Gómez de la Serna y Tully, progresista “legal” o de derecha progresista.

No hubo más designaciones de Ministros, tal vez porque no dio tiempo a nombrarles. De hecho, los Ministros fueron nombrados y destituidos el mismo día 18 de julio de 1854.

 

El 17 de julio se formaron los primeros grupos violentos en Madrid. El 17 de julio de 1854, la gente de Madrid salía de los toros, cuando alguien les arengó y un centenar de personas hicieron barricadas y se adueñaron de la calle. Esa noche asaltaron e incendiaron las casas de Luis José Sartorius, José de Salamanca, Jacinto Félix Doménech (Ministro de Gobernación), y el Palacio de las Rejas que era residencia de María Cristina y del Duque de Riánsares. Los incendios no eran casuales, sino que los objetivos estaban bien preparados: La causa o chispa originaria era la sospecha de que los mayores especuladores de España eran María Cristina de Borbón y su marido el Duque de Riánsares, junto al resto de los afectados. Fernández de Córdoba envió al Palacio de las Rejas al brigadier Gándara con encargo de dialogar, pero éste fue maltratado por los insurrectos.

El día 18 de julio de 1854 estaban en la calle unas 4.000 personas. Salieron a las barricadas de Madrid los demócratas más violentos y revolucionarios. Estaban apoyados por Fernández de los Ríos y por Vega de Armijo, que incluso les entregaron armas. Y enseguida, los progresistas puros y los demócratas se hicieron con el liderazgo de la sublevación de Madrid y tomaron Plaza Mayor y sus alrededores.

La causa del éxito de los demócratas en cuanto a soliviantar a la gente, era el hambre y la escasez de pan, pues el liberalismo era entendido como que se podía exportar libremente aun a costa de desabastecer el mercado español y el mercado se había desabastecido porque Inglaterra y Francia compraban todo. Se trata pues de una crisis de subsistencias, al estilo medieval, pero en época liberal. La gente de Madrid asaltaba panaderías y almacenes, y se organizó en Juntas de Barrio. El movimiento lo organizaban Nicolás María Rivero, Eduardo Chao, José Ordax Avecilla, Sixto Cámara, e Ignacio Cervera. Sólo lograron sacar a la calle unas 100 personas el día 17, un fracaso. Pero ya eran 4.000 el día 18, todavía muy pocos.

El 18 de julio, Evaristo San Miguel convocó reunión, en casa del banquero Juan de Mata Sevillano, y formaron Junta de Salvación Armamento y Defensa. Era presidente de esta Junta San Miguel. Los otros miembros de la Junta eran Vega de Armijo, Fernández de los Ríos, Escalante, Valdés, Ordax Avecilla y otros.

De esta manera, el 18 de julio los progresistas se habían adueñado del golpe iniciado por los moderados en Vicálvaro en 28 de junio. Lograron el levantamiento popular de Barcelona, Valladolid, Valencia, Zaragoza, Madrid y San Sebastián, y surgieron Juntas Populares. Los movimientos populares transformaron la sublevación local de Madrid en sublevación masiva española.

El 18 de julio, Fernández de Córdoba salió a la calle con 4.000 soldados y tuvo necesidad de luchar en los balcones, portales, tejados de Madrid como si fuese el 2 de mayo de 1808. Atacaba a todos los que estaban en la calle, a los sublevados y a los muchos curiosos que habían salido a ver el espectáculo revolucionario. Entre los sublevados se movían los demócratas Becerra, Sixto Cámara, Pi y Margall, organizando a la gente.

Fernández de Córdova se ganó el título de “metralla” por autorizar el ametrallamiento de los rebeldes en las calles de Madrid. Los izquierdistas españoles tienen la costumbre de poner un mote a las cosas que hace la derecha, lo cual les da rendimientos populistas, y dijeron que Fernández de Córdoba estaba ametrallando al pueblo de Madrid que se manifestaba libremente contra el Gobierno, lo cual es una versión parcial de los acontecimientos y divulgaron el apelativo de “ministerio metralla” para el Gobierno de Fernández de Córdoba.

En la primera reunión de Gobierno, el 18 de julio de 1854, cuando todavía no estaban nombrados todos los ministros, se entendió que Fernández de Córdoba, por sus ideas políticas moderadas, no era la persona adecuada para gobernar. Fernández de Córdoba representaba el ala derecha de los moderados y no tenía equipo con el que gobernar. Consiguió a duras penas la colaboración del duque de Rivas, Mayans y Ríos Rosas.

Se decidió que el Jefe del Gobierno fuera el Duque de Rivas y que Fernández de Córdoba se limitase a ser Ministro de Guerra.

O´Donnell estaba intentando formar un nuevo grupo liberal “unionista” a base de moderados desengañados de la política autoritaria de sus líderes, y de progresistas templados o legales. Pero todavía no estaba preparado para hacerse cargo del Gobierno.

 

 

Interpretación de los sucesos de 1854.

 

Los sucesos de 1854 son complicados, porque los moderados se mezclaron con algunos progresistas, con algunos demócratas, y aquella amalgama no era fácil de manejar. Es importante considerar la participación del general Domingo Dulce, un general progresista. Por su parte, Fernández de los Ríos estaba en contacto con moderados y progresistas a un tiempo.

Los republicanos se sumaron a O´Donnell para tener un periodo revolucionario en el que pudieran pescar algo en aguas revueltas.

En julio de 1854 finalizó el periodo moderado del reinado de Isabel II y se abrió un periodo complejo llamado “Bienio Progresista”, que era una revolución progresista y un pronunciamiento militar, una ruptura del partido moderado entre moderados y unionistas, y una ruptura del partido progresista entre unionistas y progresistas demócratas.

El Partido Moderado se había desgastado a sí mismo y Narváez no estaba en condiciones de recomponerlo. Narváez estaba en baja y no quiso saber nada del lío que habían armado los suyos. Y Sartorius, con su política dura e imprudente, azuzaba el fuego.

Si, en 19 de julio, las masas incendiaban el Palacio de María Cristina, en agosto se pidió una investigación parlamentaria sobre el origen de su fortuna. Para evitar el bochorno de un juicio a una Reina (Reina Madre) el Gobierno le aconsejó que saliera de España. El descrédito de la Corona fue irremediable. En el proyecto de Constitución de 1856, Constitución non nata, los diputados votaron en realidad sobre si España era un Estado monárquico, es decir, votaron la continuidad de la monarquía, y hubo 19 votos, los demócratas, en contra de la monarquía.

 

 

Pensamiento liberal en 1854.

 

En 1854, en situación tan desafortunada como la que pasaba España en esos días, José de la Revilla, autor del Reglamento de 10 de septiembre de 1852 anulando las reformas del Plan Gil y Zárate, publicaba Breve Reseña del estado presente de la instrucción pública en España, con especial atención a los estados de la filosofía, en la que hacía un análisis de cómo veía el panorama intelectual educativo español: Creía que los intelectuales buscaban inspiración en los libros franceses y, con ello, buscaban a ciegas la felicidad pública, pues la solución del problema estaba en tener ideas propias y fijas. Creía que España estaba dividida entre los que buscaban la defensa de la ciencia y una libertad moderada, y los que buscaban la defensa de sus intereses privados a toda costa. En este sentido, decía que la firma del Concordato de 1851 había sido un error para el Estado, pues se entregaba la enseñanza a la Iglesia y ello llevaría a que la Iglesia preparase los intelectuales, los cuales acabarían por entregarle a la Iglesia el propio Estado.

La situación política en verano de 1854, tras el golpe, era que los progresistas todavía no se habían separado de los demócratas. Los demócratas existían desde 1848 pero formalmente eran una facción del Partido Progresista.

 

 

 

Gobierno Duque de Rivas.

         18 julio 1854 – 19 julio 1854.

 

Presidente, Ángel Saavedra Ramírez de Baquedano, duque de Rivas.

Estado, Luis Mayans y Enríquez de Navarra.

Gracia y Justicia, Pedro Gómez de la Serna Tully, progresista.

Guerra, Fernando Fernández de Córdoba Valcárcel.

Marina, Ángel Saavedra Ramírez de Baquedano duque de Rivas.

Hacienda, Manuel Cantero de San Vicente González y Gonzalo, progresista.

Gobernación, Antonio de los Ríos Rosas.

Fomento, Miguel de Roda y Roda, progresista.

En este Gobierno, Miguel de Roda, Pedro Gómez de La Serna y Manuel Cantero eran progresistas templados, “legales” o “resellados” y su misión era atraer al conjunto de los progresistas a una alianza de moderados con progresistas, lo cual debía calmar las calles.

El Gobierno del Duque de Rivas, de dos días de duración, no fue más que una transición hasta la llegada de Espartero. Igual que Fernández de Córdova, Rivas fue incapaz de restablecer el orden público.

El 19 de julio el duque de Rivas dimitió pidiendo a Espartero que se acercase a Madrid desde La Rioja, para hacerse cargo de la situación.

El 19 de julio de 1854 se decidió que el Presidente del Gobierno fuera Baldomero Fernández Álvarez, Espartero. En tanto que éste pudiera llegarse a Madrid, continuaría interinamente el Gobierno entero del duque de Rivas:

 

 

Gobierno Interino del Duque de Rivas.

19 de julio de 1854-30 de julio de 1854.

Presidente, Ángel Saavedra Ramírez de Baquedano duque de Rivas (interino).

Estado, Luis Mayans (interino).

Gracia y Justicia, Pedro Gómez de la Serna Tully (interino).

Guerra, Fernando Fernández de Córdoba (interino) / 20 de julio 1854: Evaristo Fernández San Miguel Vallador (interino).

Marina, Ángel Saavedra Ramírez de Baquedano duque de Rivas (interino).

Hacienda, Manuel Cantero de San Vicente González y Gonzalo, (interino).

Gobernación, Antonio de los Ríos Rosas (interino)

Fomento, Miguel de Roda y Roda (interino).

 

El duque de Rivas, era quizás la persona menos adecuada para tomar el Gobierno en julio de 1854. Era un tipo sin vigor, sin carácter, sin la energía necesaria para tomar medidas duras que eran necesarias en medio de una sublevación.

El Gobierno interino del Duque de Rivas fue puramente nominal, pues el verdadero Gobierno radicaba en la Junta de Salvación, Armamento y Defensa y su presidente el general Evaristo San Miguel Vallador.

 

 

La Junta de Salvación de San Miguel.

 

Los progresistas de Madrid eligieron una “Junta de Salvación, Armamento y Defensa de Madrid” y pusieron como presidente de la misma al teniente general Evaristo San Miguel, de ideas progresistas, pero monárquico. La idea de Evaristo San Miguel era imponerse a las Juntas de Barrio y evitar la anarquía populista. Asesoraban a la Junta los abogados Joaquín Aguirre de la Peña y Nicolás Salmerón.

Los revoltosos de Lavapiés constituyeron la Junta del Sur, liderada por Pucheta, un torero. Reclamaban la vuelta de Espartero y no reconocían a la Junta de Salvación Armamento y Defensa de Madrid. Esta Junta del Sur no tuvo trascendencia alguna.

De todos modos, los exaltados eran los dueños de la calle.

El 20 de julio la Reina llamó al progresista “legal” o facción derecha del Partido Progresista, Evaristo San Miguel, Presidente de la Junta de Salvación Armamento y Defensa para dialogar. A la reunión acudieron los embajadores británico y francés, lo que nos sugiere que estaban implicados en el levantamiento. Allí se tomó una decisión importante, se nombró a Evaristo San Miguel Capitán General de Castilla, Ministro de Guerra, y Ministro Universal provisional, haciendo confluir los deseos del pueblo con los nombramientos de la Corona, lo cual salvaba la situación.

El 26 de julio de 1854, la Reina y San Miguel acordaron la aceptación del nombramiento de Espartero como Jefe de Gobierno y éste designó a O`Donnell ministro de Guerra. Los progresistas de derecha, o “legales”, optaron por un Gobierno de cooperación entre los progresistas puros de Espartero, y los moderados. Los moderados aceptaron a Espartero con la condición de que O`Donnell fuera Ministro de Guerra y se estableciese un Gobierno compartido entre ambos.

Inmediatamente se opusieron a este proyecto los progresistas puros. Estos últimos hablaban de la necesidad de un Gobierno de coalición de todos los progresistas, legales y puros, con los demócratas. Dijeron que los progresistas legales estaban actuando con imprudencia, insensatez y fanatismo al coaligarse con moderados que no creían en la democracia, en el liberalismo.

 

El 30 de julio, Espartero formaba Gobierno. Con ello empezaba el Bienio Progresista. El hecho se considera un fracaso de O`Donnell, pues había sido el protagonista de la revuelta y quedaba postergado ante la figura ya anciana de Espartero. De todos modos, el Gobierno se configuraba como una alianza de progresistas de Espartero y moderados de O`Donnell.

Lo curioso era que de un intento de golpe moderado, el de O`Donnell en junio de 1854, se pasaba a un Gobierno progresista, el de Espartero.

Espartero tenía entonces 62 años y estaba en Zaragoza al frente del levantamiento en esa ciudad. Estaba avejentado y ya no tenía el prestigio de 1840, ni la capacidad de decisión y fortaleza de carácter de 14 años antes. Por lo pronto, se tomó nueve días para pensarse si aceptaba la llamada de Madrid. Al cabo de esos nueve días decidió que él sería el “mediador” entre revolucionarios y Gobierno, pero no jefe de la revolución de 1854. Pedía capacidad para decidir sobre los Jefes de Gobierno en una pretensión absolutamente insólita. En 1840 se le había nombrado Jefe de Estado y actuó como Jefe de Gobierno, y en 1854 se le nombraba Jefe de Gobierno y quería actuar como Jefe de Estado. Espartero llegó a Madrid el 29 de julio de 1854.

María Cristina sería desterrada y con ello acababa un periodo de la historia llamado reinado de Isabel II, pero en realidad gobierno de María Cristina.

 

 

 

Valoración de conjunto.

CAMBIOS EN LA ESPAÑA MODERADA DE 1844-1854.

 

Durante la Década Moderada, 1844-1854, España se mantuvo como “tierra de orden”. No hubo grandes sublevaciones. Las revueltas populares se sofocaron drásticamente y no evolucionaron a más como en décadas anteriores.

España fue zona de progreso económico: España había aprobado una Ley de Ferrocarriles, construía faros en las costas, abrió el Canal de Isabel II para que Madrid tuviera agua corriente, y había iniciado el mapa geológico de España. El Estado español iniciaba un programa de construcción de barcos de guerra, pero se encontró dificultades insuperables de tipo técnico, que llevaron a comprar muchos barcos en el extranjero. De 1845 a 1868 la Marina se hizo con 7 fragatas acorazadas, 13 fragatas de hélice, 2 corbetas de hélice, 29 goletas de hélice, 31 vapores de ruedas y 11 transportes, pero casi la mitad hubieron de ser comprados a Gran Bretaña, EE. UU. y Francia. Con este programa naval, España se colocaba en un quinto puesto mundial como potencia naval, detrás de Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos e Italia.

En la iniciativa privada, hacia 1850 empezaron a instalarse en Sabadell y Tarrasa máquinas de vapor que trabajaban la lana y que superaban a las hidráulicas instaladas para el algodón. En estas mismas fechas los vascos intercambiaban su hierro por carbón asturiano para reforzar el combustible de madera y las firmas Avellano e Ibarra empezaron a sonar. En 1844 se había creado el Banco de Barcelona (Manuel Girona), y el Banco de Isabel II (Remisa, Salamanca, Isturiz), que fueron seguidos por la Banca Arnús de Barcelona (Evaristo Arnús, 1852) y el Banco de Bilbao (1855). También a partir de 1853, se instala en Cantabria y Asturias la Real Compañía Asturiana de Minas (RCAM), capital belga para explotar el zinc, que no encuentra ningún socio español.

 

La administración se renovaba:

La Administración se renovaba a pesar de la corrupción existente. Renovación administrativa y permanencia de la corrupción son dos temas completamente diferentes. La autoridad de los moderados les permitió:

despedir a muchos funcionarios, a quienes evaluaron y comprobaron que muchos no hacían nada,

controlar más la recaudación de Hacienda, así como los gastos hechos por los políticos mediante la institución del Tribunal de Cuentas.

organizar el servicio de correos introduciendo el sello postal en 1849.

 

Las costumbres cambiaban:

El pequeño desarrollo económico dio lugar a modificaciones en las costumbres burguesas, tales como vestir frac, levita y chistera al estilo inglés, lo cual arrinconaba definitivamente entre los burgueses a las viejas casacas, pelucas y sombreros de tres picos. Los románticos, jóvenes de entonces, se rebelaron contra la moda burguesa y se dejaban bigote, barba y melena, en un gesto harto frecuente entre los jóvenes en la historia.

En el ámbito popular, y sobre todo en Madrid se conservaban viejas costumbres como los toros. Era la principal diversión de la clase media y aún baja, en donde se lucían por aquellos años Cúchares, El Tato y Cayetano Sanz.

 

 

Dificultades económicas españolas en 1844-1854:

 

Europa entera entraba, a partir de 1848 y hasta 1873, en una “fase A Kondratieff”, de alza de precios. El alza de precios arrastraba una expansión financiera, comercial e industrial. Frente a los buenos tiempos de los negocios, surgió la solidaridad de los obreros entre sí, obreros que pretendían salir de las condiciones miserables en que les había colocado el liberalismo de la primera mitad de siglo. España estaba dentro de esta línea europea.

La no incorporación plena a una época industrial como la de occidente europeo, se debió, entre otras causas, a que no se habían hecho propiedades agrícolas de dimensiones adecuadas y a que, como consecuencia de ello, no se disponía de alimentos abundantes a precios progresivamente más bajos. El proteccionismo agrícola se impuso para que no llegasen alimentos más baratos del exterior y los industriales adquirieron desde el principio el mismo vicio proteccionista que tenían los grandes propietarios agrícolas. Al fin y al cabo eran prácticamente las mismas personas.

El alza de precios tras la guerra de Crimea de 1854, exasperará a las masas al punto de reiniciar los motines callejeros y será la gran explicación de fondo a los sucesos de 1854, el bienio liberal.

 

La diferenciación regional fue muy grande y ello llevó a la falta de mercado interno por flojo desarrollo de muchas zonas españolas:

No era casualidad que la industrialización escogiese Cataluña. En época napoleónica, Cataluña era ya un gran productor de jabón, papel y tejido de algodón por métodos artesanales. Por esa razón, por ser una región interesante económicamente, Napoleón pretendía quedarse con ella para Francia, o mejor para sus proyectos imperialistas europeos. Las primeras máquinas textiles parece que las introdujo la fábrica Bonaplata en 1836 y ello le costó huelgas e incendios provocados por los obreros catalanes, pero el proceso era imparable y las máquinas se siguieron poniendo para poder hacer frente a los precios más bajos de Francia que apretaba en el mercado español por medio del contrabando. En pleno periodo romántico, los catalanes crearon el mito de la autosuficiencia de Cataluña, mito que se caía por la falta de carbón, hierro y mercado suficiente para la inversión instalada, de modo que una mala cosecha de trigo en Castilla les suponía pérdidas de ventas de hasta un 30%. No obstante el mito de la autosuficiencia fue cultivado por la burguesía a fin de justificar que la culpa de todos los altos precios la tenían los impuestos de Madrid. El victimismo generó enseguida nacionalismo.

Mientras tanto, Castilla en estas décadas de la primera mitad del siglo XIX, no paraba de incrementar la tierra puesta en cultivo. Cuanta más tierra se cultivaba, niveles más bajos de calidad de la tierra entraban en el sistema productivo. En 1825 consiguió una Ley de Aranceles que obligaba a la periferia a consumir trigo castellano, que era más caro que el extranjero. Esto produjo muchas tensiones sociales: en los años malos, como 1833-36 o 1867, los precios podían incrementarse hasta un 100% y puesto que era obligado importar trigo para subsistir, la periferia disponía de precios baratos que se encarecían a medida que se incrementaba el gasto por transporte hacia el interior.

También la industrialización catalana molestaba al resto de España, debido, en primer lugar, a su proteccionismo a toda costa, igual que el agrícola, de modo que el resto de España tenía que soportar precios altos de las fábricas catalanas. En segundo lugar, la gran producción de los talleres y, más tarde, fábricas catalanas en proceso de mecanización, invadía todos los mercados del resto de España y hacía cerrar a los talleres de lino, algodón y lana que producían para mercados locales sin más proyección que la autosuficiencia comarcal. Los tejidos catalanes provocaban la ruina de muchas familias de pueblos perdidos que nunca se quejaron porque ni voz tenían.

La rivalidad Castilla-Cataluña estaba pues justificada a causa de los precios del trigo por una parte, y del negocio textil por la otra. No obstante, ambos grupos burgueses se necesitaban para mantener un proteccionismo que beneficiaba a ambas oligarquías.

Madrid no era el lugar de la industria sino de la política. Había talleres de paragüería, platería, imprentas, cuerdas de guitarra, dentaduras postizas, cererías… pero no gran industria. En Madrid vivían más bien los que querían medrar en política y buscaban sueldos altos, y no los que arriesgaban en inversiones industriales Madrid no tenía transportes marítimos ni terrestres para gran tonelaje, vivía del comercio de lujo para la alta sociedad. Téngase en cuenta que un viaje de Madrid a Valencia, en tiempos de Fernando VII, duraba 8 días y tenía un costo equivalente a un año de jornales de un artesano medio.

Andalucía sí que tenía agricultura suficiente y minería e incluso tradición artesanal. Su no desarrollo industrial se debió a la falta de inversiones, a la falta de articulación de un mercado interno de apoyo a la producción propia, debido a los bajísimos jornales que se pagaban, que no permitían comprar apenas nada. Andalucía intentará, junto a Santander, ser centro de producción de hierro y se instalarán altos hornos en Málaga y Sevilla, pero fracasarán por no ser competitivos en precios y cada vez, a lo largo del siglo, lo serían menos.

 

 

 

 

[1] Antonio González y González, 1792-1876, I marqués de Valdeterrazo, había sido Presidente del Gobierno en España de julio a agosto de 1840 y fue embajador en Londres de agosto de 1854 a agosto de 1856. En 1856 se pasó a Unión Liberal en la figura que se se conoce como “resellado”.

[2] Fernando Fernández de Córdova Valcárcel, 1809-1883, II Marqués de Mendigorría, era hijo de militares y vivió su niñez en Cádiz, hasta que en 1820 pasó a estudiar a Madrid. En 1822 ingresó en Infantería y como tenía estudios y era hijo de general se le dio el grado de subteniente. Pasó a la Guardia Real, donde se estudiaban matemáticas, táctica militar, geografía, historia y ciencias aplicadas, y obtuvo varias misiones militares. Sirvió a Espartero en la Guerra Carlista, donde ascendió a Coronel y se afilió al Partido Moderado. En 1841 se cansó de las arbitrariedades de Espartero y se enfrentó a él, por lo que tuvo que huir a Lisboa, Londres y París. En París frecuentó el círculo de Narváez, O`Donnell, Benavides y Escosura, que preparaban el derrocamiento de Espartero, entonces Regente de España. En mayo de 1843 se unió a la fuerzas de Prim en la sublevación contra Espartero. Fue Gobernador Militar de Madrid. En 1847 fue Ministro de Guerra. Luego fue Capitán General de Cataluña. En 1849-1850 fue General en Jefe de las fuerzas expedicionarias españolas enviadas a Roma para reponer al Papa Pío IX, expulsado de la ciudad por Garibaldi. En 1850 fue Director General de Infantería. El 17 de julio de 1854 fue Presidente del Gobierno. En 1864 fue Director General de Artillería, y más tarde Ministro de Guerra. En 1868 fue detenido por conspiración contra la monarquía y fue confinado en Soria, desde donde huyó a Francia. Durante el periodo de Amadeo I fue Ministro de Estado y de Guerra. Volvió a ser Ministro de Guerra durante la I República, en la Presidencia de Figueras. Fuente: WWW Nuestra Historia: Francisco Fernández de Córdova, marqués de Mendigorría.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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