OLÓZAGA Y GONZÁLEZ BRAVO: 1843-1844.

 

 

 

GOBIERNO[1] SALUSTIANO OLÓZAGA,

    20 noviembre de 1843 – 29 noviembre de 1843

 

Presidente, Salustiano Olózaga Almandoz.

Estado, Salustiano Olózaga Almandoz / 1 de diciembre 1843: Luis González Bravo López de Letona.

Gracia y Justicia, Joaquín María López López / 20 de noviembre de 1843: Claudio Antón de Luzuriaga / 24 de noviembre de 1843: Luis González Bravo.

Guerra, Francisco Serrano Domínguez / 1 de diciembre 1843: Antonio Gallego Varcárcel / 5 de diciembre de 1843.

Marina, Comercio, y Gobernación de Ultramar, Joaquín de Frías / 1 de diciembre de 1843: vacante.

Hacienda, Mateo Miguel Ayllón Alonso / 20 de noviembre de 1843: Manuel Cantero / 24 noviembre 1846: José Díaz Serralde.

Gobernación del Reino para la Península e Islas Adyacentes, Fermín Felipe Caballero Morgáez / 20 de noviembre de 1843: Jacinto Félix Doménech.

 

Se presentó como candidato a Presidente del Gobierno a Salustiano Olózaga, el cual había sido preceptor de la Reina y tenía la confianza de Isabel II. Era progresista puro. Tenía a su favor que el 20 de mayo de 1843 se había alzado contra la dictadura de Espartero, un progresista populista, y era llamado por ello “el hombre de la salve”. Era buen orador. Era aceptado por los progresistas y por Narváez. Por eso se le propuso el 20 de noviembre. Pero no tenía la mayoría en las Cortes y su Gobierno dependía demasiado de Narváez.

Olózaga hizo un Gobierno homogéneo de progresistas puros, donde no entraba el moderado general Narváez ni los progresistas de otras facciones como Sartorius y González Bravo. El no incluir a Narváez no era muy normal, pues los moderados tenían la mayoría en el Congreso y en el ejército. El que no asumiera Narváez la responsabilidad del Gobierno se debía a que había muchas rebeliones progresistas, y Narváez creía que debían ser los progresistas los que liquidaran un problema que ellos mismos habían creado.

Olózaga era el líder natural de los progresistas, pero tenía un partido roto en pedazos entre esparteristas, nacionalistas de Joven España y otros más pequeños. En esta tesitura, le quedaban dos opciones: la primera era unir a los progresistas, tarea difícil cuando se estaba luchando contra los progresistas esparteristas de mentalidad populista que estaban en rebeldía. La segunda era un posible pacto de moderados con progresistas, para el cual proponía un Gobierno de concentración, pero los moderados renunciaron a colaborar con el Gobierno Olózaga, y simplemente aportaron un apoyo moral llamado la Coalición. Los moderados tenían la mayoría en el Congreso de Diputados, y aunque no participaran en el Gobierno Olózaga, tenían el control, lo cual significaba que el Gobierno tenía poco recorrido.

Olózaga no era un blando y no estaba dispuesto a hacer todo lo que sugiriera el poder militar de Narváez y la mayoría en el Congreso. Decidió reconstituir su partido: para recuperar la fuerza progresista, amnistió a los esparteristas que se arrepintieran de haber apoyado a Espartero; modificó la Ley de Ayuntamientos; ordenó el rearme de la Milicia Nacional. Estas medidas supusieron la ruptura de la Coalición con los moderados, es decir del acuerdo tácito entre Olózaga y Narváez.

Había que elegir Presidente del Congreso de Diputados, puesto dejado vacante por Olózaga, y éste propuso a Joaquín María López para el cargo, un intercambio de puestos, progresista por progresista. El Presidente del Gobierno pasaba a Presidente del Congreso y el del Congreso a Presidente del Gobierno. Los moderados no aceptaron la propuesta de Olózaga y presentaron como candidato alternativo a Pedro José Pidal, y además le votaron por 80 a 56. Con Pedro José Pidal Carniado[2] como Presidente del Congreso y Antonio María Narváez como Capitán General de Madrid, con las milicias disueltas y los ayuntamientos progresistas cerrados, Olózaga sabía que los moderados preparaban su acceso al poder y que él no podría hacer nada para impedirlo, a no ser que se tomaran decisiones drásticas e inmediatas.

El 24 de noviembre, cuatro días después de iniciado el Gobierno, hubo una primera remodelación de Gobierno en la que cambiaron los Ministros de Gracia y Justicia y de Hacienda. La tensión política era grande.

Olózaga preparó unas elecciones para tener una mayoría progresista en las Cortes, para cambiar la mayoría moderada. Entonces, tras conocer que Olózaga preparaba elecciones, se desató una tormenta política contra Olózaga y contra la posible formación de una mayoría progresista en las Cortes:

La Camarilla de Palacio, integrada por la Marquesa de Santa Cruz (Joaquina María del Pilar Téllez Girón y Alfonso y Pimentel, marquesa de Santa Cruz de Mudela), Pedro Egaña Díaz del Carpio, Rubianes (probablemente José Ramón Ozores Calo Villafañe y Romero señor de Rubianes), y el Conde de Cumbres Altas, decidió eliminar al Gobierno de Olózaga y para ello llamaron a Pedro José Pidal, a Juan Donoso Cortés y a Ramón María Narváez para coordinar una actuación rápida que acabara con Olózaga. La rapidez era fundamental porque era evidente que los progresistas conocían la trama moderada de Palacio y estaban en condiciones de organizarse para evitar que los moderados asumiesen el poder. Si ello ocurría, lo probable era que los progresistas pidieran el fin de la oligarquía española, pues los nobles seguían actuando como señores, y tal vez pidieran el fin del reinado de Isabel II que estaba protegiendo a la oligarquía moderada y a la Iglesia española.

El 28 de noviembre de 1843, Olózaga pidió disolución a la Reina Isabel II. Era el primer acto de gobierno de Isabel, que tenía 13 años. Se convocaron elecciones, en las cuales ganarían los moderados de nuevo.

Los moderados obligaron a Isabel a decir públicamente que Olózaga la había coaccionado a disolver, armaron escándalo y provocaron la dimisión del Gobierno. En ese golpe estaba también Francisco Serrano, un progresista que no aceptaba autoritarismos como el que preveía con Olózaga. Y también colaboraba el progresista nacionalista González Bravo, siempre agresivo en contra del gobernante de turno, porque ansiaba el poder. González Bravo dio una versión, probablemente falsa, de lo ocurrido el 28 de noviembre: dijo en las Cortes que la Reina había declarado por escrito que ella se había negado a firmar la disolución de Cortes, pero Olózaga la había encerrado en una habitación, la había obligado a sentarse y a firmar el decreto. Y además, la había obligado a jurar que no le diría a nadie nada de lo sucedido allí. Los diputados se horrorizaron ante la dramatización que González Bravo hizo ante las Cortes. Olózaga pidió la palabra para contestar a González Bravo, pero no se le dejó hablar. Los diputados amenazaban a Olózaga con gestos de todo tipo.

La versión de González Bravo sobre la coacción sobre la Reina tiene visos de ser falsa porque a la Reina le bastaba pedir a Olózaga su dimisión para que ésta se produjera automáticamente. Lo más probable es que Isabel hubiera firmado sin saber lo que firmaba y sin preguntar lo que estaba haciendo ni asesorarse de ello.

Salustiano Olózaga demostró ante las Cortes que el Partido Moderado mentía y que la Reina se había dejado conminar por líderes moderados, pero fue una victoria moral. Las Cortes votaron en su contra.

El 29 de noviembre de 1843, Salustiano Olózaga estaba fuera del poder.

Pero Narváez se negó otra vez a tomar el poder y ni siquiera admitió que uno de los suyos fuera nombrado Presidente del Gobierno. Seguía en su postura inicial de que los conflictos creados por los progresistas fueran liquidados por los progresistas mismos. Mantenía la misma postura que en julio de 1843.

Narváez aconsejó nombrar Jefe de Gobierno a González Bravo, que tenía 32 años de edad y era un hombre de palabra fácil, agresivo, imaginativo, un periodista que había hecho muy bien el papel dramático-cómico en las Cortes y había acabado con Olózaga. Por entonces, González Bravo acaudillaba la facción La Joven España, que era un nacionalismo de derechas, partidario del orden y la autoridad, pero militaba en el Partido Progresista todavía. Faltaban ya pocos meses para que se pasase a la derecha dura del Parlamento.

¿Por qué Narváez recomendó a González Bravo? Evidentemente, tuvo que haber un trato con Narváez, que sospechamos consistía en que González Bravo se comprometía a acabar con los motines progresistas-populistas, y a permitir el regreso de María Cristina de Borbón. Pero no tenemos la evidencia de ese acuerdo.

 

 

 

GOBIERNO GONZÁLEZ BRAVO[3]

5 diciembre 1843 – 3 mayo de 1844.

 

Presidente del Consejo, Luis González-Bravo López de Arjona[4], 1811-1871.

Estado, Luis González-Bravo López de Arjona.

Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar, José Filiberto Portillo y Fernández de Velasco.

Guerra, Manuel Mazarredo Mazarredo.

Gobernación del Reino para la Península e Islas Adyacentes, José Justiniani Ramírez de Arellano marqués de Peñaflorida.

Gracia y Justicia, Luis Mayans y Enríquez de Navarra.

Hacienda, 5 de diciembre de 1843: José Díez Serralde, interinamente / 10 diciembre 1843: Juan José García Carrasco, conde de Santa Olalla.

 

En 1843, González Bravo estaba apoyado por los moderados con unas condiciones: la represión de los motines y la vuelta de María Cristina. La llegada de González Bravo al poder no fue por métodos “democráticos” sino por intrigas ante la Reina, por voluntad de Narváez, con la cooperación del interesado.

Luis González-Bravo era un personaje radical en el pensamiento, y violento en sus actitudes. Lo demostró en sus actuaciones como progresista duro contra María Cristina en 1833-1839. Luego fue progresista-nacionalista, líder de La Joven España, y actuó contra Espartero en 1840-1843. Se mostró duro cuando encabezó un Gobierno en 1843-1844.

En 1843 había iniciado un proyecto de grandes dimensiones, “La Joven España”, al modo de los nacionalismos que se imponían en todo el mundo en esos años. El nacionalismo es siempre de derechas, porque pide al individuo que renuncie a algunos de sus derechos individuales, a favor de los líderes nacionalistas levantados por el “pueblo” por métodos racionales o irracionales (“pueblo” es una palabra indefinible en historia, que puede significar absolutamente todo lo imaginable y que yo defino como lo que está pensando en ese momento el que la pronuncia, lo cual es imposible de conocer para todos los demás, o también se puede definir como lo que quiere hacer pensar el que la pronuncia, siendo igualmente insondable). El liberalismo democrático representativo, pide al individuo que delegue temporalmente sus derechos en unos representantes, congresistas y senadores, pero el individuo no renuncia a sus derechos nunca, ni los pierde en ninguna ocasión. Disfrutar más y en mayor grado los derechos es de izquierdas, y renunciar a derechos es de derechas. Lo primero tiene un límite en lo absurdo, pues todo individuo debe renunciar a algo en sus derechos para que sean posibles los derechos de todos. Ante nosotros se abre un campo de discusiones nunca solucionable. Y cabe la falacia de incitar a no renunciar nunca a nada, lo cual nos introduce en el populismo.

González Bravo intentó liderar un movimiento de masas y efectivamente creyó tener su oportunidad en el maremágnum que habían creado los moderados y los progresistas en aquellos años. Para ganar el poder, González Bravo aceptó las condiciones de los moderados: suprimir la Milicia Nacional que era la fuerza de los progresistas, y permitir que volviera a España María Cristina, la líder de los moderados. Es posible que pensase atraerla a su Joven España.

González Bravo era un católico integrista y muy conservador a nuestro entender actual. Sumado a su nacionalismo, nos da un perfil muy de derechas, que contrasta con sus ataques furibundos de juventud contra María Cristina y los Borbones, los cuales le habían llevado a creerse a sí mismo uno de los progresistas más radicales.

Fuera lo que fuera, evolucionó lógicamente con su verdadero yo, y en adelante fue virando hacia el moderantismo: hacía la política de los moderados en 1843, y llegaría a representar la derecha más dura de ese partido en 1864-1868.

En 1843, al tomar el poder, González Bravo sorprendió a Narváez porque no se mostró sumiso a Narváez, sino autoritario. Desde su posición teórica de líder de la Joven España, trató de revitalizar la coalición de moderados y progresistas, pero estos últimos no estaban dispuestos a aceptar sin más lo sucedido con Olózaga, y los primeros no necesitaban un joven nacionalista, y no fue posible la realización de un Gobierno “nacionalista” español que uniera a todas las facciones políticas.

La labor real de González Bravo en la historia fue despejar el camino para la llegada de Narváez: disolver el Congreso, eliminar a todos los altos cargos progresistas en la Administración y en la policía, disolver las Milicias Nacionales, decretar la creación de un cuerpo de seguridad que será la Guardia Civil de 1844, aumentar el ejército hasta llegar a 100.000 hombres, restablecer la Ley Municipal de 1840 (aunque elevando las cuotas que daban derecho a votar y haciendo designables a los alcaldes por el Gobernador o por el rey), detener a los líderes progresistas, cerrar clubs y periódicos progresistas en cumplimiento de una ley de imprenta restrictiva, hacer algunas ejecuciones sumarias de progresistas alborotadores (yo prefiero llamarlos populistas, para evitar equívocos con el liberalismo progresista teórico), y fusilar a los pronunciados en Cartagena y Alicante (fueron más de 200 los fusilados).

También emprendió obras públicas, alguna utópica como la canalización del Tajo y provocó una intervención militar en Marruecos, aprovechando unos incidentes en Ceuta y Melilla, y que los franceses estaban en esos años ocupando Argelia.

Para la realización de esta inmensa transformación política que se proponía, González Bravo suspendió las Cortes, y así, pudo realizar todo el programa que creía le iba a dar la gloria, pero que en realidad dio paso a Narváez, el líder moderado, con la tarea ya hecha de haber liquidado las instituciones populistas.

González Bravo fue consciente de su situación de debilidad ante los dos grandes partidos y de la utilización a que estaba siendo sometido, pero se prestó a eliminar a los progresistas-populistas, a los que creía sus más firmes enemigos, animadores de motines y desórdenes. Seguramente pensaba que más tarde, desde el poder, podía negociar con los moderados. El poder era una oportunidad de colocar a sus hombres en puestos claves y así hizo con José Justiniani Ramírez de Arellano marqués de Peñaflorida, con José Filiberto Portillo y con Juan José García Carrasco, con los cuales pensaba formar un bloque de Gobierno que tal vez se afianzase en el poder. El grupo de González Bravo, entendió enseguida que tenía poca trama civil y militar y propuso una alianza de moderados de Narváez, Joven España de González Bravo, y progresistas de Olózaga, en la que González Bravo actuara de bisagra, aunque de momento fuera minoría, lo cual le permitiría seguir colocando a sus hombres en puestos clave hasta que fuera posible desplazar a los moderados. Pero Narváez no se dejó engatusar, rechazó el acuerdo y se puso a boicotear a todos los nuevos nombramientos que hacía González Bravo.

El 27 de diciembre de 1843, González Bravo disolvió las Cortes para poder gobernar con Decreto. Alegaba que las Cortes estaban pasando el tiempo en discusiones entre moderados y progresistas que no servían en nada a los intereses del país. Llevaba 22 días en el Gobierno y ya sabía que no contaría con el apoyo de los Diputados.

 

 

González Bravo en 1844.

 

En su política de convertirse en imprescindible, González Bravo cometió dos grandes errores políticos en 1844: la represión excesivamente violenta de los pronunciamientos progresistas de enero-marzo de 1844, que le enemistaron con los progresistas, y la permisión del regreso de María Cristina en febrero de 1844, que dio alas a los moderados. También tuvo una iniciativa de mucha trascendencia histórica, la creación de la Guardia Civil en marzo de 1844.

 

 

El regreso de María Cristina.

 

En cuanto al regreso de María Cristina, la cabeza del Partido Moderado, organizadora del fracasado levantamiento contra Espartero en 1841, fue una baza por la que González Bravo pensaba ganarse a los moderados, pero no contaba que al hacer más fuertes a los moderados, éstos dejarían de apoyarle y constituirían por sí mismos Gobierno.

Los moderados estaban pidiendo en la prensa la vuelta a España de su líder, María Cristina, y los diputados y senadores moderados pedían adhesiones de los Ayuntamientos por esa causa. Los moderados publicaban que María Cristina representaba el orden social, la legitimidad del trono y el final de los desórdenes traídos por los progresistas de Espartero en los tres años últimos.

González-Bravo otorgó al marido de María Cristina el título de Duque de Riánsares, tal vez para hacer olvidar los insultos y ataques personales que le había dedicado a la Reina Regente durante 1833-1840.

El 28 de febrero de 1844, María Cristina de Borbón había llegado a Figueras y desde allí se dirigió a Valencia, donde la esperaba toda la plana mayor del moderantismo: Narváez, Concha, Donoso Cortés, Pastor, Roca de Togores, Mayans, Bermúdez de Castro, Zaragoza, Marqués de Santa Cruz, marqués de Falces, marqués de Jura Real, marqués de Astorga… El grupo moderado estaba completo y dispuesto para tomar el poder.

Los moderados tenían preparado un viaje de María Cristina a Madrid al estilo del que hizo Fernando VII en 1814, pasando por todos los pueblos posibles entre aclamaciones populares. Por ello se pasó algún tiempo desde la salida de Valencia a la llegada a Madrid.

Cuando María Cristina llegó a Madrid, le recordó expresamente a González Bravo su juventud progresista exaltada, cuando escribía en El Guirigay contra la Reina Regente. Y se inició una campaña de prensa contra González Bravo poniendo de manifiesto la brutalidad de la represión antiprogresista en Alicante. Se dijo del Presidente del Gobierno, que tenía modos dictatoriales y que carecía de apoyo popular.

González Bravo ya contaba con que tendría dificultades con los líderes del Partido Moderado, pero tenía una baza oculta: estaba negociando con los moderados más de derecha, los provenientes del absolutismo, los autoritarios. Cuando estas conversaciones fracasaron, pues éstos no estaban dispuestos a cederle el poder sin contrapartidas, González Bravo había fracasado.

 

 

Reacción progresista contra González Bravo.

 

Ante la política de acoso y derribo que González Bravo hizo sobre los progresistas, los progresistas volvieron a la calle. Hubo insurrecciones en Alicante, Cartagena, Málaga, Alcoy, Vinaroz, Figueras y Zaragoza en enero-marzo de 1844. González Bravo envió el ejército contra los insurrectos y fusiló a sus cabecillas.

Los progresistas estaban dispuestos a torpedear todo lo que hacían los moderados y el Gobierno González Bravo en particular. Habían jugado sucio en 1843-1844, habían combinado la acción legal en el Congreso, con las conjuras y levantamientos que sobre todo buscaban que los moderados fueran represivos, y de este modo perdieran popularidad. Pero resultó que la gente se cansó de tanta violencia callejera, dejó de salir a la calle a la llamada de los progresistas, y ello propició un largo periodo de Gobiernos moderados.

Los progresistas hacían su política en 1844 como siempre la habían hecho, levantando a la gente en las ciudades en que tenían influencia. La reacción inmediata de los moderados fue pedir a González Bravo mano dura para con los alzados. González Bravo decidió actuar con la mayor dureza posible.

 

 

Los sucesos de Alicante.

 

El coronel Pantaleón Boné, coronel de caballería, comandante de carabineros y antiguo carlista, se trasladó de Valencia a Alicante en 28 de enero de 1844 para encabezar una sublevación progresista. Hizo contactos para sublevar Albacete, Murcia, Almería y Málaga. Reclutó en Alicante a los varones de entre 16 y 50 años, obligó a los comerciantes a entregar alimentos, asaltó el puerto para hacerse con paños para uniformes y cuero para botas y cananas, y detuvo en el castillo de Santa Bárbara a las autoridades municipales. Organizó tres puestos militares en Santa Bárbara, San Fernando y San Carlos. El Capitán General de Valencia, Federico Roncali, fue contra él y sitió la ciudad el 7 de febrero de 1844, al tiempo que la bombardeaba desde el mar. Acudió en ayuda de Roncali el Comandante General de Murcia, Juan Antonio Pardo, que situó sus tropas en San Vicente de Raspeig. Pantaleón Boné atacó a Pardo y el 5 de febrero de 1844 hubo batalla entre Elda y Petrel. Boné fue derrotado y se refugió en Santa Bárbara. El 14 de febrero, fueron fusilados por delitos de rebeldía militar y sedición, los oficiales derrotados en Elda-Petrel. Juan Martín el Empecinado, que defendía el castillo de Santa Bárbara, se entregó a los sitiadores. El 8 de marzo de 1844 fueron fusilados los oficiales rebeldes de Santa Bárbara: 12 jefes militares, 10 sargentos, 2 cargos ciudadanos y el dirigente Pantaleón Boné. El ataque a los progresistas hizo que éstos se pusieran radicalmente en contra de González Bravo. Los progresistas hicieron un mito de estos fusilamientos y de Pantaleón Boné, al que consideraron un “mártir del progresismo”.

 

 

LA GUARDIA CIVIL.

 

El 28 de marzo de 1844 González Bravo decidió crear la Guardia Civil.     El 15 de abril de 1844, un Decreto ponía en marcha el proyecto. El 15 de abril le encargó a Francisco Javier Girón y Ezpeleta de las Casas y Enrile[5] II duque de Ahumada arrancar el proyecto.

Sería una institución diferente de la Milicia Nacional, en el sentido de que ésta era popular y estaba muy politizada en sentido “progresista”. La Guardia Civil sería una institución profesional contra el crimen.

Sería diferente de las muchas instituciones de orden público que había en España, en el sentido de que éstas eran de carácter local o regional, descoordinadas y heterogéneas, mientras la Guardia Civil ejercería sus funciones en todo el territorio nacional.

También sería diferente del ejército, el cual hasta entonces ejercía funciones de vigilancia y control de la población, y en adelante abandonaría estas funciones, salvo en circunstancias extraordinarias, y las dejaría en manos de un Cuerpo especializado como, en 1820, lo había pensado ya Pedro Agustín Girón de las Casas I Duque de Ahumada, padre del citado Francisco Javier Girón y Ezpeleta II duque de Ahumada. Las ideas sobre el nuevo Cuerpo de Seguridad probablemente las formulara el I duque de Ahumada.

La nueva institución se puso en marcha en 13 de mayo de 1844, diez días después de la caída de González Bravo, gobernando Narváez desde 10 días antes. Narváez que la desarrolló y dio el primer impulso necesario de implantación.

 

 

Los antecedentes en materia de orden público.

 

Hasta entonces, el orden público en la Edad Moderna había sido gestionado por las Hermandades y por la Santa Hermandad, y en la primera mitad del XIX era gestionado por fuerzas locales como: Guardas del Reino en Aragón, Fusileros del Reino en Aragón, Rondas Volantes Extraordinarias en Cataluña, Mozos de Escuadra en Cataluña, Ballesteros del Centenar en Valencia, Compañía de Fusileros (miñones) en Valencia, Guardias de la Costa en Granada, Compañía de Escopeteros de Getares en Andalucía, Escopeteros Voluntarios en Andalucía, Caudillatos de Galicia, Compañías de Milicia Honrada en Galicia, Partidas de Observación en Galicia, Compañías de Fusileros y Guardabosques Reales en Castilla la Nueva, Compañía Suelta en Castilla la Nueva, Miñones de Álava, Miqueletes de Guipúzcoa y Vizcaya… Los Voluntarios Realistas de época Fernando VII también gestionaban el orden público de alguna manera.

Y también tenían competencias de orden público los alcaldes mayores, alcaldes ordinarios, alguaciles, porteros de Audiencias y juzgados, pregoneros, serenos, vigilantes nocturnos, vigilantes de policía, vigilantes de seguridad pública, vigilantes municipales, guardias municipales, guardias urbanos, salvaguardias, celadores municipales, celadores de policía, celadores de vecindario, celadores de vigilancia, agentes de policía, agentes de seguridad pública, comisarios de policía, rondines municipales, individuos de ronda, rondines de puertas, celadores de arbitrios, guardas en general, guardas de puertas, guardas de paseos y jardines, guardas arbolistas, guardas de alumbrado, serenos, capataces, guardas fontaneros, guardas de campo, guardas de monte, guardas de bosques, guardas de pinares, guardas de dehesas, guardas de sotos, guardas de huertas, viñas y sembrados, guardas de cortijo, guardas rurales, guardas locales, guardas de término, guardas mayores y menores, guardas municipales, guardas cuadrilleros, capataces de guardas, guardas de ganados, guardas de marina, guardas de arsenales, guardas de canal, guardas de minas, guardas de portazgos, guardas de barcajes, peones camineros, capataces de obras públicas, sobrestantes de obras públicas, guardas de sales y salinas, partidas rurales, escopeteros, fusileros… Demasiados guardianes cuya misma existencia denota que el problema estaba sin resolver. A cualquier vecino se le ponía encima una chaqueta con vivos en la solapa, bandolera y escarapela, y por esa misma investidura quedaba convertido en un agente del orden. Y además se le entregaba un arma que era incontrolable, y que muchas veces caía en manos de bandoleros. Calculamos que había unos 12.000 hombres dotados de una chaqueta que les hacía agentes del orden, de un arma que procuraban no utilizar nunca en su trabajo. Eran inoperantes e incontrolables desde el Gobierno. No servían de nada contra el bandolero, pues cuando éste huía, inmediatamente salía de territorio de jurisdicción de estas personas y éstas cesaban en su persecución. Y los cambios continuos de Gobierno e incluso de política, hacía que muchos de estos guardas fueran cambiados y los conocimientos de uno no sirvieran para el siguiente.

Y con tantas instituciones de orden, el orden público se había deteriorado de forma evidente y alarmante en España hasta el punto de que los asaltos a viajeros y viandantes, los robos en casas, y los secuestros de vecinos se habían aceptado como algo normal e inevitable. Los antiguos señores, que perseguían con dureza a los malhechores en los alrededores de sus señoríos, había dejado de actuar en ese campo social, y nadie había cubierto ese servicio social. España había dado un salto atrás en la cultura y organización social y se había llegado a niveles de delincuencia desconocidos desde el siglo XIV. Las instituciones de control de la delincuencia, servidas por civiles, muchas veces familiares y conocidos por los delincuentes, eran parte de la delincuencia de una u otra manera, por acción, connivencia u omisión. El bandolerismo se había extendido a principios de siglo y se había aceptado durante la Guerra de la Independencia, e incluso protegido desde el Gobierno rebelde, el de los patriotas que ganaron la llamada Guerra de la Independencia. Y luego era muy difícil erradicarlo.

El bandolero de 1808-1844 era un bandolero “romántico”: se dotaba a sí mismo de un buen caballo, adquiría las mejores armas y llevaba sobre su cuerpo un traje ostentoso que le servía para ser admirado por los hombres de la comarca y deseado por algunas mujeres. Se rodeaba de una cuadrilla que vivía en descampado, preferentemente en la sierra, pero en un sitio fijo más o menos conocido de todos. Tenía una red de conocidos, amigos y familiares que le daban información y suministros. Atacaba a los que hacían el mal, a los que hacían daño social de muchos tipos, daño a las familias, explotación de campesinos, expropiaciones de fincas. Cuando el delito era grave, podían llegar a asesinar al señalado por la opinión pública como autor del mismo, dado que la justicia no hacía nada contra ellos. Pero su actividad normal era asaltar diligencias y robar a los viajeros, y atracar a los arrieros y a los comerciantes. Su actividad delictiva se hacía a la luz del día. No secuestraban personas para cobrar rescate, salvo castigo a una acción determinada de una persona concreta. Odiaban los derramamientos de sangre. Incluso ayudaban a los menesterosos que habían denunciado un abuso y, tras atacar a los culpables, participaban del botín como resarcimiento del mal recibido. Ejemplos de este bandido romántico fueron Jaime el Barbudo, José María el Tempranillo y los Siete Niños de Écija, Andrés López el barquero de Cantillana (en quien se inspiró la serie Curro Jiménez). De ahí que se originara la leyenda de que robaban a los ricos para dárselo a los pobres, lo cual era una falsedad, pero tenía cierto sentido de verdad.

El bandolero en 1808-1813 fue utilizado como ejército contra los franceses, fue protegido y subvencionado, con tal de que atacara al enemigo de los “patriotas”. Pero en 1813, los franceses abandonaron el territorio español, y los bandoleros tenían que seguir manteniendo a la cuadrilla y a los protegidos de ella, informadores y abastecedores. El bandolero persistió. Sus robos perjudicaban a los negocios y los comerciantes propusieron que el Estado se hiciera cargo del orden público que les molestaba en sus negocios.

José I Bonaparte, ante el problema del bandolerismo, reaccionó creando la Policía de Madrid, la Guardia Cívica y la Gendarmería Española, instituciones que ya estaban probadas en Italia y en Francia y que eran eficaces contra el problema. Pero José I se tuvo que marchar en 1813 y su sistema contra el bandolerismo decayó. Sus ideas no pasaron desapercibidas para Pedro Agustín Girón de las Casas I Duque de Ahumada, el cual escribió sobre el tema y se lo comentó a su hijo, el II duque de Ahumada.

Fernando VII, ante el problema evidente del bandolerismo, que era apoyado por el pueblo español, ordenó el 22 de agosto de 1814 que el ejército persiguiera a los malhechores, los cuales debían ser juzgados en Consejos de Guerra militares permanentes. Estaba llegando a una solución extrema que denotaba un fracaso evidente del Estado. Pero la política general de Fernando VII era así en todo.

En 1818, Fernando VII insistió en medidas propias de un Estado fracasado: estableció premios en metálico para los que capturasen delincuentes. Además se concedía una condecoración a los capturadores. Las posibilidades de corrupción, extorsiones sociales, inversión de valores, se abrieron por completo, dependiendo del concepto en que se tuviera a cada individuo en concreto. Un tremendo fracaso político.

Fernando VII también creó los Celadores Reales, la Superintendencia General de Policía para combatir el problema. En su momento, encomendó a los Voluntarios Realistas que se ocuparan del bandolerismo. Pero estas instituciones tuvieron un papel político muy evidente que se impuso sobre el sentido ético y acción efectiva contra el crimen.

En 1820-1823, Pedro Agustín Girón de las Casas, marqués de las Amarillas y I duque de Ahumada, ideó una Legión de Salvaguardas Nacionales al estilo de las instituciones francesas. Pero esta institución no llegó a constituirse. El Trienio cayó en 1823 en manos de liberales radicales y a finales de año fue echado abajo por una invasión francesa que restauró el absolutismo. Pedro Agustín Girón había escogido mal el momento histórico y quedó invalidado para ofrecer la misma solución a un Gobierno de sentido político contrario al del Trienio Liberal.

Los españoles eran conscientes del vacío de poder que significaba la política de Fernando VII, que en apariencia se decía absolutista: ante la aparición de bandoleros en la carretera de Valladolid a La Coruña, la Real Chancillería de Valladolid ordenó que las autoridades municipales de los pueblos del entorno de esa carretera, organizasen partidas armadas de vecinos que atacasen a los bandoleros y fueran dirigidas por alguien con autoridad municipal. Era el reconocimiento oficial del fracaso del Estado en materia de persecución de la delincuencia.

Cuando se llegó a la Guerra Carlista 1833-1839, el ejército de Fernando VII fue retirado de los caminos y la seguridad quedó en manos de los propios vecinos. El bandolerismo quedó más libre todavía y se multiplicó. Era un modo de vida “como otro cualquiera”.

Para los españoles corrientes que pensasen un poco y no estuvieran obcecados por consignas políticas, era evidente que las soluciones circunstanciales y las acciones regionales no servían para combatir el problema y que la sociedad española estaba enferma desde el momento en que había aceptado la delincuencia como un modo de vida normal.

El problema era complejo: cientos de miles de personas estaban siendo expulsadas de su trabajo por la revolución burguesa. Los artesanos y pequeños agricultores ya no tenían sentido en la nueva sociedad. Nadie se ocupaba de sus problemas. Era lógico que buscasen un medio alternativo de vida, por muy inmoral que ello fuese. Y la desamortización de 1836 empeoró el problema social.

En febrero de 1833 se recuperó la idea de Pedro Agustín Girón de instituir unos Salvaguardas Reales. Ya gobernaba por entonces Cea Bermúdez. Una vez muerto Fernando VII, y continuando Cea Bermúdez en el poder, empezaron a funcionar en enero de 1834. Pero las creaciones de Cea Bermúdez no tenían futuro, porque Cea era un absolutista moderado y se estaba en tiempos de cambio hacia el liberalismo, el cual rechazaba todo lo que sonara a Fernando VII.

González Bravo, en Real Decreto de 28 de marzo de 1844 anunció que pensaba poner fin al problema que hemos descrito, mediante una institución diferente a la Milicia Nacional y al ejército. Se presentó ante él Francisco Javier Girón y Ezpeleta II duque de Ahumada a decirle que el decreto de marzo era ineficaz por insuficiente y por estar mal planteado. Recordemos que su padre ya tenía un plan sobre el tema y que él mismo estaba interesado e informado sobre el asunto. Y el proyecto se pospuso de momento. La Guardia Civil se crearía dos meses más tarde, pero ya no gobernaba González Bravo, sino Ramón María Narváez.

 

 

La creación de la Guardia Civil.

 

La Guardia Civil se instituyó pensando en un cuerpo bien pagado para que estuviera libre de corruptelas, con mucha disciplina interna, con ascensos gestionados por el Ministerio de la Guerra (como si fuera el ejército) y a las órdenes del Ministerio de Gobernación (Interior u Orden Público, como si fuera una institución civil). De ahí, la denominación de Guardia, y de Civil, que parece una contradicción en principio.

Para evitar presiones sociales y familiares, el guardia civil no podía prestar servicio en su pueblo ni en su región de origen de modo que mantuviera lealtad al Gobierno y no se viera comprometido por los levantamientos populares en los que estuvieran implicados amigos y familiares, como le estaba ocurriendo a la Milicia Nacional. La creación de la Guardia Civil supuso la inmediata desaparición del bandolerismo en España, bandolerismo que todavía era preocupante en Andalucía a esas alturas de siglo.

 

 

Los reglamentos básicos de la Guardia Civil.

 

Narváez puso en funcionamiento la Guardia Civil el 13 de mayo de 1844, 10 días después de llegar al Gobierno, y con ello empezaron a disolverse algunos de los cuerpos armados existentes. La finalidad de la Guardia Civil era proveer orden y seguridad pública dentro y fuera de la población protegiendo a las personas y a sus propiedades. Narváez nombró al II duque de Ahumada Inspector General del nuevo cuerpo de seguridad, entendiendo que esta persona sabía del tema en cuestión.

En 9 de octubre de 1844, la Guardia Civil recibiría el Reglamento para el Servicio, y 15 de octubre el Reglamento Militar para la Guardia Civil. En 1852 se editó la Cartilla del Guardia Civil, la cual determinaba la actuación en cada servicio concreto.

El Reglamento para el Servicio, concretó los principios generales expresados en el Decreto de 28 de marzo de 1844 que encomendaba a la Guardia Civil la seguridad y protección de las personas y el apoyo a las autoridades públicas. Pero además, añadió que la Guardia Civil que daba sometida a la autoridad y obediencia del Jefe Político (Gobernador Civil Provincial) y a la de las autoridades (se entendía que los alcaldes). Además establecía el protocolo de actuación del guardia civil frente a un desorden público en tres fases: primera de intento de disolución pacífica de los revoltosos; segunda, de amenaza de empleo de la fuerza; tercero, de uso de las armas.

El Reglamento Militar de la Guardia Civil determinaba que la Guardia civil no era una fuerza de guarnición de ciudades o pueblos y plazas fuertes, aunque pudiera actuar en ellas en defensa del orden. No era ejército, pero podía servir al ejército en determinadas circunstancias.

En la Cartilla del Guardia Civil, se estableció que el guardia civil podía actuar individualmente y por iniciativa propia, e incluso procurándose él mismo los medios para poder prestar el servicio. Habitualmente actuaría por parejas o por tríos, y excepcionalmente en grupos mayores. Se consideraba situación excepcional una alteración del orden grave, en cuyo caso, se podrían organizar grupos numerosos que actuarían al modo del ejército.

Una obligación básica del guardia civil era rellenar el parte semanal. En ese informe, debía hacer constar los servicios prestados durante la semana, la autoridad que dirigió la operación, si esta autoridad era civil o militar o de la Guardia Civil, atribuir los méritos a la persona adecuada, sin exagerar los propios ni ocultar los ajenos, y precisando los hechos de manera concisa y concreta. De ahí la importancia de que el guardia civil supiera leer y escribir.

 

 

Organización de la Guardia Civil

 

Las provincias españolas se agruparon en 12 Tercios más o menos coincidentes con las regiones históricas: 1º Tercio en Castilla la Nueva, 2º Tercio en Cataluña, 3º Tercio en Andalucía occidental, 4º Tercio en Valencia y Murcia, 5º Tercio en Galicia, 6º Tercio en Aragón, 7º Tercio en Andalucía oriental, 8º Tercio en el antiguo Reino de León más Asturias, Ávila y Segovia, 9º Tercio en Extremadura, 10º Tercio en Navarra, 11º Tercio en el Antiguo Reino de Castilla (pero limitado a Burgos, Logroño, Santander y Soria), 12º Tercio en Vascongadas.

Cambios posteriores: Hubo un decimotercer tercio en Baleares. Luego se dividió el 8º Tercio en dos, se dividió el 1º Tercio en dos, se integraron en un solo Tercio el 2º y el recién creado de Baleares, y se integraron el 10º y 12º en uno solo.

Los Tercios se dividían en Compañías, generalmente una por Partido Judicial, y las compañías en Líneas, que eran rutas de comunicaciones que unían los puestos con la ciudad donde radicaba la Compañía. Las Líneas comprendían varios Puestos, entre tres y ocho por línea, habitualmente.

Los efectivos se dispersaron por todos los pueblos de España. Los guardias residían en una casa-cuartel que debía construirse en el pueblo más grande de la zona a la que estaban asignados, pero que muchas veces era una casa grande del mismo pueblo y dentro de él. El objetivo de la casa-cuartel era cultivar el “espíritu de cuerpo”, pues viviendo en ella media docena de guardias civiles con sus familias, y teniendo a veces en contra a algunos vecinos, surgía la necesidad de convivir entre las familias. Cada guardia civil tenía su “cartilla de guardia civil” en la que se anotaban los servicios prestados, la conducta, los castigos sufridos…

La Guardia Civil tenía sus propios periódicos como la Guía del Guardia Civil, el Mentor del Guardia civil, el Boletín Oficial del Guardia Civil.

A partir de 1850 se construyeron garitones, o casetas de refugio y abrigo, en los lugares más estratégicos de los caminos, a fin de que el guardia civil pudiera permanecer muchas horas en la vigilancia. Para más eficacia, se ordenó que la puerta estuviera siempre cerrada, de modo que un viajero no supiera nunca si el garitón estaba ocupado por un guardia civil o vacío. En todo caso, el garitón debía estar alejado más de mil varas (casi un kilómetro) de cualquier otra construcción.

 

 

El personal de la Guardia Civil.

 

Partió con una dotación de 5.769 hombres, 232 oficiales y 14 jefes, distribuidos en 9 compañías de caballería y 34 de infantería, pero en 1853 ya eran 10.405 hombres (1.550 de ellos de caballería), y en 1861 eran 11.500 hombres. No dejarían de crecer.

Los primeros reclutas pasaron a un periodo de instrucción en Leganés y en Vicálvaro, donde estuvieron los meses de junio a septiembre de 1844 y se dio por terminada su instrucción a final de verano, de modo que, en octubre de 1844, salieron a hacer servicios los primeros guardias civiles.

Los hombres se reclutaban preferentemente entre licenciados del ejército, de 24 a 45 años, de un mínimo de cinco pies y dos pulgadas de estatura para caballería, y cinco pies y una pulgada para infantería, que supieran leer y escribir y tuvieran buena salud y fueran robustos. Como un pie medía entre 27,83 centímetros y 27,86 centímetros y una pulgada eran 2,322 centímetros, los guardias civiles medían un mínimo de 1 metro 44 centímetros, que era una estatura media en la época, no era una condición muy restrictiva, pero eliminaba a los muy bajos. Lo más importante es que en el ejército hubieran mostrado buena conducta y hubieran sido licenciados con honor. Los aspirantes se comprometían por ocho años, con derecho a reenganche.

Como no había suficientes hombres, se ofreció el puesto a soldados en activo de servicios especiales, y como tampoco salieron suficientes voluntarios se ofreció a soldados en activo de cualquier arma. Pero se admitió a menores de 24 años y a analfabetos porque no se encontraban aspirantes suficientes. En ese caso, debían aprender a leer y a escribir en la Academia de la Guardia Civil, pues el requisito era imprescindible para poder prestar el servicio de un guardia civil.

El sueldo del guardia civil era relativamente alto comparado con las clases rurales y campesinos, pero bajo comparado con obreros textiles y metalúrgicos. Por eso, los guardias civiles fueron gente procedente del campo, y de zonas no industrializadas.

Para pagar esos sueldos, se utilizaban diversos ingresos como una parte de las multas (otra parte se destinaba a beneficencia), los dineros residuales de insolventes, la remonta de caballos, las escuelas de montura…

La escala jerárquica era la misma que en el ejército, pero el guardia civil, cuando actuaba de guía del ejército, debía ser respetado como autoridad por los soldados rasos.

 

 

Organización de la Guardia Civil.

 

Lo que distinguía principalmente al guardia civil del soldado era la disciplina, que era mucho más dura en la Guardia Civil. Tenían grandes sanciones para pequeñas faltas que en el ejército se pasaban con un pequeño castigo. Y tenían recompensas y premios para los guardias que culminaban un servicio especial, a lo cual se daba toda la publicidad posible. Estaban sometidos a una exigencia de pulcritud en el aseo y en el uniforme.

En su favor, hay que decir que disponían de servicio de protección social a las viudas y huérfanos de guardias civiles muertos en acto de servicio y que tenían protección social a la hora de la jubilación.

El servicio se prestaba en parejas o en tríos. Ello no obstaba para que en situaciones excepcionales fueran concentrados en grupos grandes para resolver un problema de orden público, pero en ese caso, cuando terminaba dicho servicio, cada uno volvía a su casa-cuartel.

El guardia civil tenía capacidad de iniciativa propia de modo que, ante un problema puntual podía actuar sin esperar órdenes, aunque luego, debía comunicarlo todo en el informe correspondiente y obligatorio, explicando con todo detalle, incluso detalles que nos pueden parecer insignificantes, lo que le había pasado, las personas con las que se había encontrado, la descripción de esa persona y su actitud en ese día, los lugares por los que había pasado y los detalles observados… de modo que su actuación fuera un servicio a la sociedad y no un abuso sobre ella.

El respeto a la oficialidad y a las normas de disciplina fue una constante exigida siempre.

La gran ventaja de la Guardia Civil sobre el ejército era el conocimiento de los caminos y lugares al mismo nivel que los bandoleros, los guerrilleros y los carlistas, por lo cual, también podían guiar al ejército en caso de actuación de éste. El telégrafo ayudaba también a reprimir a las bandas de bandoleros y carlistas, pues éstas, para no ser descubiertas, debían atacar primero los cuarteles dispersos por el medio rural, y perdían un tiempo muy valioso, que permitía que el telégrafo pidiera ayuda a las autoridades gubernativas, y llegasen los refuerzos militares contra los atacantes. Eliminar el telégrafo era una operación de mucha enjundia, cuando se trataba de regiones amplias, lo cual dificultaba mucho las acciones de los bandoleros.

 

 

Servicios generales de la Guardia Civil.

 

La Guardia Civil podía prestar servicios contra enemigos del orden político, tales como carlistas, progresistas y republicanos. De ahí que, en un primer momento, la Guardia Civil fuese calificada como partidista moderada. Más tarde cambió y se puso al servicio del Gobierno, fuera el que fuese.

La Guardia Civil prestaba servicios contra los enemigos del orden público, bandidos, contrabandistas, ladrones, jugadores de juegos prohibidos (aquellos en los que se jugaban grandes cantidades de dinero), los profesionales del alboroto, los salteadores de caminos, los que atacaban a los medios de comunicación, y malhechores de las ferias y concentraciones de hombres y ganado. También podía conducir presos. Y podía perseguir a prófugos y desertores.

La Guardia Civil atendía la beneficencia pública dedicando una parte de las multas cobradas (aproximadamente un tercio) a instituciones de caridad o atención a los pobres de la localidad. Una parte de lo aprehendido por contrabando, se lo quedaba la Guardia civil y con ello se socorría a pobres del pueblo y a instituciones de caridad.

La Guardia Civil hacía también servicios de campaña, o propiamente militares, cuando se lo ordenaban con ocasión de guerras o acciones del ejército, actuando en defensa del orden de forma dispersa por el territorio. Es decir, la Guardia Civil protegía las personas y propiedades del territorio ocupado, y vigilaba la disciplina de las gentes que seguían al ejército, comprobando que tuvieran el permiso de viaje adecuado y no aprovecharan para el hurto y los despojos tras cada ataque militar. En estos casos, los guardias civiles dependían directamente del Estado Mayor Central, y no de una autoridad militar cualquiera del ejército. La Guardia civil era muy estimada por el ejército porque el guardia civil estaba de servicio las 24 horas del día, igual que en el servicio civil, y podía ser requerido a cualquier hora del día o de la noche. En casos excepcionales, el guardia civil podía llegar a intervenir en combate.

Otras funciones de la Guardia Civil serían el escoltar autoridades. También debía ofrecer escolta de seguridad a los particulares que viajaran con caudales y les pidieran protección con la debida anticipación.

También fue competencia de la Guardia Civil la defensa de las poblaciones frente a los ataques carlistas. Los carlistas hacían “expediciones” buscando dinero, y eventualmente hombres que se sumaran a su causa. El dinero lo obtenían asaltando los establecimientos, casas de los ricos… Cuando había cuartel de la Guardia Civil en la zona, los carlistas tenían el inconveniente añadido de que primero debían neutralizar a los guardias que actuaban como baluarte del pueblo, y en ello perdían un tiempo que era aprovechado para trasladar las tropas gubernamentales hasta el lugar. De ahí la importancia de los cuarteles, que debían estar bien posicionados junto a los pueblos, y sólidamente construidos, de forma que pudieran aguantar un ataque. Evidentemente, un cuartel no podía resistir el ataque de un ejército, pero sí el ataque de una patrulla que llegara al pueblo a recoger dinero.

En las grandes manifestaciones progresistas y republicanas de 1856-1868, la Guardia Civil actuó en grupos grandes, a modo de ejército y en lugar del ejército. Los grupos citados actuaban en las ciudades, pues tenían muy poca implantación en el campo, y la Guardia Civil debía concentrar sus efectivos para ser eficaz entre las multitudes. A diferencia de lo que ocurría en la primera mitad del XIX, que los fracasados políticos huían al campo, a partir de 1844 se encontraron con que el campo estaba más controlado todavía que la ciudad de la que huían, y que era la Guardia Civil la dueña de la situación. Ello no les dejaba más opción que exiliarse.

 

 

Servicios ordinarios del guardia civil.

 

El guardia civil debía andar los caminos a fin de conocer perfectamente el terreno de su comarca, lo cual tenía muchas utilidades, pues así perseguía mejor a los malhechores, y también servía para actuar como guía para operaciones militares del ejército. Incluso la Guardia Civil podía organizar operaciones contra la guerrilla del enemigo. Debía patrullar los caminos en todo tiempo y circunstancias metereológicas.

Era misión de la Guardia Civil reprimir el contrabando en cuanto al paso de fronteras y en cuanto a la venta de los productos.

Reprimía la venta de objetos robados. Era particularmente odiosa, para los guardias civiles afectados, la labor de represión del pequeño delincuente, generalmente un desarraigado que robaba para comer. El guardia civil sabía la realidad de su pueblo, en la que el rico señorito arrebataba los bienes a cualquiera, violaba a las chicas, derrochaba dinero y vestía achuladamente haciendo ostentación de su poderío. Y la Guardia Civil aparecía como defensora de los pudientes, porque debía defender la ley, y castigar al pobre robagallinas que sólo quería comer. Pero en los informes preceptivos que los guardias escribían cada semana, aparecen las quejas sobre la situación que estamos describiendo y calificaban al uno de “pobre” (que en castellano tiene más de un significado, falto de riquezas y desafortunado en la vida), y al otro de rico, verdugo y otros calificativos.

Actuación en catástrofes naturales, principalmente incendios, inundaciones, naufragios y nevadas, organizando los primeros servicios de salvamento de vidas humanas y la custodia de las propiedades a fin de que no quedaran éstas abiertas a la acción de los delincuentes. El guardia civil tenía prohibido aceptar propinas, gratificaciones o regalos. Solamente podía aceptar el gesto de darle las gracias.

También organizaba los servicios de atención a la población en caso de epidemias.

Vigilancia de sembrados, bosques, rebaños, para evitar los vandalismos que pudieran destruirlos. Hacer respetar la veda para la caza y la pesca.

Vigilancia de la tenencia ilícita de armas, para lo cual la Guardia Civil llevaba un registro de los permisos de armas y de las armas que existían en cada pueblo, y detenían a los que las poseían ilegalmente, además de requisarles las armas.

Persecución de los juegos prohibidos, que eran los que daban lugar al juego de grandes cantidades de dinero, o de propiedades y bienes de importancia. Vigilaban que no se formaran grandes grupos de gente, los cuales solían dar lugar a una timba.

Podía prestar escolta a alguien si éste lo solicitaba y justificaba su necesidad.

La Guardia Civil tenía servicio de objetos perdidos, recogía esos objetos y trataba de localizar a sus dueños. Los dueños tenían obligación de entregar una parte del valor del objeto rescatado a las obras de beneficencia, a través de la Guardia Civil.

Perseguía la falsificación de moneda.

Custodiaba las señales geodésicas.

Control de los alborotos en los pueblos y particularmente las ferias, los mercados, las tabernas y demás lugares públicos que daban lugar a estos alborotos y peleas.

Vigilancia de la seguridad en los caminos tanto para las personas como para las mercancías. A partir de 1855, se puede decir que se había vencido al bandolerismo, pues los asaltos de bandoleros comenzaron a ser noticia en los periódicos, cosa que nunca lo había sido antes de 1844, cuando se consideraba algo habitual y cotidiano que no merecía la pena ser contado por los periódicos. En 1857, se hizo un Reglamento para Carruajes y Viajeros, que es tenido por el primer código de circulación de España.

También en este apartado podemos considerar la vigilancia de las postas y de los conductores de correo, tanto para protegerles si llegara el caso, como para evitar que fueran colaboradores de los delincuentes.

Igualmente la Guardia Civil prestaba ayuda los accidentados en los caminos, tanto a las personas como a los carruajes, pues a menudo era menor el contratiempo de tener avería o accidente, que el de la delincuencia sobrevenida por la abundancia de “carroñeros” o “merodeadores” dispuestos a acabar con todo a la hora de un accidente. En el norte de España, estos “carroñeros” son llamados “raqueros” (en relación con el término inglés rake, recogedor de restos), y se dedicaban más a adueñarse de pecios en la costa. Para este servicio, las parejas de la Guardia Civil debían estar apostadas en los parajes más complicados de los caminos y en las circunstancias temporales más complicadas.

Además de auxiliar en accidentes, daban información a los viajeros sobre el estado de las rutas, y sobre si se hallaban extraviados de su ruta.

En la vigilancia de las comunicaciones ferroviarias, la Guardia civil incluía la de las vías del ferrocarril para que se mantuvieran en perfecto estado y libres de sabotajes, así como para evitar asaltos a los trenes. En casos de siniestro ayudaban igual que hemos dicho para las catástrofes naturales. También vigilaban las estaciones, que por ser lugares de concentración de gente, podían dar lugar a ocasiones de robo y a desórdenes, principalmente en las salidas y entradas de pasajeros. Igualmente vigilaban los pasos a nivel. La Guardia Civil tenía permiso para identificar a los pasajeros en la estación y dentro del tren (donde solía viajar una pareja), pidiéndoles el “pasaporte”, cédula de identidad y pase de viaje, documentación que en la época era necesaria para viajar.

La Guardia civil hacía conducciones de presos. Esta función, antes de aparecer la Guardia Civil, le correspondía a las autoridades locales, y se realizaba con poca eficacia. Desde 1844, pasó a la Guardia Civil. El juez de primera instancia de un pueblo, entregaba al reo a la Guardia Civil en la cárcel del pueblo para que ésta lo condujese a manos del juez de instrucción del Partido Judicial, el cual decidía si debía ir a la cárcel del partido, o se le enviaba a la Audiencia Provincial de la capital de la provincia. En el segundo caso, se producía un segundo traslado hasta el juez de la Audiencia Provincial. En este lugar, se podía producir la orden de un tercer traslado hasta el penal correspondiente que el juez estimara oportuno. Desde 20 de febrero de 1845, la escolta de los presos se relevaba cada ciertos tramos, de modo que el guardia civil no salía del terreno conocido por él y donde se sentía más seguro. Las conducciones de presos se hacían periódicamente, a menudo cada 15 días, con itinerarios prefijados, pero no fijos, con etapas prefijadas al detalle, de modo que fuera previsible donde estaba el preso en cada momento. El itinerario fijado evitaba las grandes poblaciones donde se podían formar grandes concentraciones de personas que podían dar problemas en la conducción del preso. Los deberes del guardia civil en la conducción del preso eran:

Proteger al preso de los ataques de los vecinos.

Vigilar los intentos de fuga de los presos.

Tomar precauciones contra ataques externos sobre la cadena de presos.

Procurar un trato humanitario de forma que no se utilizara más violencia de la necesaria.

Evitar peleas y ajustes de cuentas entre presos.

Mantener la dignidad del guardia civil y exigir a todos el debido respeto a sus personas.

El guardia civil debía aprender a controlar la situación cuando la cuerda de presos se encontraba a diversas personas en los caminos o en el tren. Lo primero era identificar a las personas que circulaban por esos mismos caminos y sus permisos de viaje. Lo normal era que los presos fingieran postración a fin de excitar a los curiosos a concentrarse e incluso a increpar a la Guardia Civil, momento que era ocasión propicia para la fuga de presos. Los organizadores de los traslados, evitaban lugares de gran concentración de gente y elegían los caminos más seguros, que no siempre eran los más cortos, y el guardia civil debía seguir con perfecta obediencia el itinerario fijado. Otros problemas que daban ocasión de huida de presos eran las inclemencias del tiempo, que debían ser soportadas con incremento de la alerta de vigilancia. Y el problema obvio eran las emboscadas con el fin de liberar presos. Al guardia civil se le exigía un poco de psicología para saber cuándo un preso fingía, un poco de medicina para curar heridas voluntarias e involuntarias, y para reconocer enfermedades, y mucha capacidad de improvisación para solucionar problemas sobre la marcha sin necesidad de esperar instrucciones. El resultado final de todo ello fue que, si hasta 1844 las fugas de presos eran algo frecuente y habitual, las fugas se redujeron notablemente con la aparición de la Guardia Civil en ese trabajo. Algunos guardias civiles se convirtieron en verdaderos profesionales de traslado de presos.

La Guardia Civil también escoltaba a los penados que trabajaban en obras públicas, desde que Bravo Murillo les encargó este trabajo.

La Guardia civil también fue encargada de buscar delincuentes a requisitoria de los jueces. Y también prófugos y desertores a requisitoria del ejército. La captura de delincuentes, prófugos y desertores era muy laboriosa. Lo que más abundaba era el prófugo, porque la gente no soportaba que un hijo de 19 ó 20 años se le marchara al ejército durante ocho años o más, cuando estaba en la edad de trabajar y de casarse. Le molestaba especialmente que los ricos estaban libres de esta carga social. El sorteo de las quintas era un acto odiado por la población en general y para ello se falseaban los padrones, no se acudía al sorteo y se hacían todo tipo de trampas. Los ricos se libraban legalmente, si les tocaba el servicio militar, pagando la redención de quintas, o contratando un sustituto al que la familia pagaba durante los ocho años de servicio. El prófugo “desaparecía”, pues su ausencia era cubierta por otro mazo del pueblo, cuya familia buscaba al prófugo para liberar a su hijo una vez encontrado el que verdaderamente tenía el deber de ir al ejército. Otro caso distinto era el desertor, o soldado ya enrolado o sorteado en quintas, sobre todo cuando eran trasladados hacia los centros de enganche. El prófugo solía volver a su tierra, a la casa de su familia, y no era buscado por otras familias, sino sólo por la Guardia Civil.

La Guardia Civil llevaba un fichero de delincuentes, prófugos y desertores. En la ficha constaban las señas personales del individuo buscado en cuanto a rasgos físicos de cada persona.

El guardia civil también exterminaba lobos, osos, perros rabiosos y cualquier animal que hubiese sido declarado peligroso por las autoridades locales.

 

Tras la lectura de los servicios de la Guardia Civil, generales y ordinarios, se entiende que, tras la aparición de la Guardia Civil, cambiaran muchas cosas en España. Se entiende que los alborotadores dijeran que, cuando llegaran al poder, eliminarían la Guardia Civil, pero que se lo pensaran dos veces y renunciaran a ello una vez llegados al Gobierno.

 

 

Errores políticos de la Guardia Civil.

 

En los primeros años, la Guardia Civil fue encargada en algunas ocasiones de realizar tareas políticas. Fue un error que casi le cuesta su desaparición:

Destacadas actuaciones políticas de la Guardia Civil, siempre defendiendo al Gobierno, fueron:

La guerra Dels Matiners en 1846-1855,

En 1846 hizo fracasar el pronunciamiento gallego de ese año, aunque hay que resaltar que la primera Compañía del 5º Tercio de la Guardia Civil se había unido a los rebeldes en Pontevedra.

En 1848 reprimió los levantamientos progresistas de modo que algunos historiadores llegaron a afirmar que no hubo revoluciones del 48 en España.

Represión del desembarco de San Carlos de la Rápita 1860.

Noche de San Daniel 1865.

Represión del levantamiento del Cuartel del San Gil en 1866.

 

Debido sobre todo a la actuación política de 1848, la Guardia Civil estuvo a punto de desparecer. Llegados al poder los progresistas en 1854, una de las cosas que llevaban en su programa fue la desaparición de la Guardia civil. Pero se dio la casualidad de que fue nombrado Director General de la Guardia Civil Facundo Infante Chávez el 1 de agosto de 1854, el cual era también Presidente del Congreso de Diputados, y ante el ataque del progresista señor Llanos, Infante le replicó que la Guardia Civil había acabado con el bandolerismo en los últimos diez años y no se podía volver a la situación anterior. Igualmente, Infante replicó a Estanislao Figueras, el cual quería una Guardia Civil dependiente de Gobernación (Interior), pero no de Guerra (Ejército), y defendió que también debía mantener el orden en campañas militares y sustituir y apoyar al ejército en caso necesario. No obstante, los Diputados decidieron, y los Directores de la Guardia civil entendieron en adelante, que la institución debía estar al servicio del Estado y no del Partido Moderado, como había estado en 1844-1854. Esta decisión permitió a la Guardia civil sobrevivir a todo tipo de cambios políticos, incluso a la llegada al poder del Partido Socialista en 1982, el cual tenía en su programa suprimirla, pero tuvo en cuenta el servicio de orden y el servicio de información que eran muy útiles al Gobierno, y retiró la propuesta de sus bases.

En 1856, la Guardia civil sirvió para reprimir a los agitadores que estaban en desacuerdo con Espartero y su espíritu de conciliación con O`Donnell.

 

 

La Guardia Civil en la segunda mitad del XIX.

 

Con la difusión del ferrocarril a partir de 1855, y la del telégrafo a partir de 1854, y el asentamiento de la Guardia Civil desde 1844, el bandolerismo romántico desapareció. Con la muerte de Andrés López el barquero de Cantillana a manos de la Guardia Civil en 1848, y de Miguelito Caparrota, se puede dar por terminada la época del bandolero romántico, en adelante, el bandolero se tendrá que esconder, vivir en la clandestinidad más absoluta.

Pero gracias a la desamortización, que lanzaba a muchas gentes al monte, y gracias a la corrupción de los gobernantes y funcionarios, pudo aparecer otro tipo de delincuencia.

Apareció otro tipo de bandolero, absolutamente desconocido para el gran público, un señor aparentemente respetable que dirigía grandes operaciones delictivas desde su casa, o su despacho, muchas veces desde la ciudad, o desde una finca de su propiedad. Este “director supremo” se valía de una o varias bandas de delincuentes montados a caballo, que ejecutaban los golpes qué el preparaba en casa gracias a la información que obtenía de una red de informadores que también se llevaban su comisión en caso de éxito de los golpes. La delincuencia se organizó asaltando viviendas para robar, por el solo hecho de tener dinero, no por haber tratado mal a los campesinos, o a los pobres de un pueblo, como había sido el caso del bandolero romántico de primer tercio del XIX. No dudaban en torturar para encontrar el dinero, secuestrar para forzar las entregas, asesinar para crear el ambiente propicio a sus fechorías, y cobrar “el servicio de protección” contra ellos mismos, lo cual se hacía mediante anónimos. Algunas familias hoy respetables de Andalucía, originaron su fortuna en estas actividades de tipo mafioso.

Las nuevas cuadrillas, no podían permanecer mucho tiempo en el mismo lugar, pues enseguida llamaban la atención de la Guardia Civil, y por lo tanto debían moverse mucho de un lugar para otro, y lejos incluso de la comarca en la que residía el director supremo de la banda. Eran todos caballistas para moverse rápido. Su táctica era dispersarse para viajar, y concentrarse en lugar y fecha determinada para dar los golpes.

El 31 de enero de 1868, el Gobierno creó un nuevo servicio de orden para defender la propiedad. Era la Guardia Rural. Con ello quitaba a la Guardia civil una pesada carga. Pero la revolución de septiembre de 1868 disolvió la Guardia Rural, y la función volvió a la Guardia Civil.

Hacia 1870, las bandas de delincuentes estaban ya muy organizadas, sobre todo en cuanto a servicios de información, cuyo principal cometido era entregarles la posición de los guardias civiles y las rutas de servicio que hacían éstos.

La Guardia Civil por su parte, evolucionó a vigilar los cortijos, que eran objetivo de las bandas delictivas y algunos residencia de los “capos”, vigilar las cosechas cuando estaban en sazón, los graneros y silos, sin dejar de vigilar los caminos y los trenes. Además, tuvo que intentar hallar la red de informadores de los delincuentes, abriendo su propia red de informadores, con lo cual se estableció una lucha de informadores, y ello dio como resultado el que los habitantes de los pueblos aprendieran a callar, a hablar sin decir nada, porque las paredes podían oír. Los informadores de los delincuentes eran casi siempre gente miserable que ayudaba a los bandoleros por una “limosna” miserable.

 

 

Primeros Directores Generales de la Guardia Civil.

 

Francisco Javier Girón Ezpeleta de las Casas Enrile, septiembre de 1844- julio de 1854.

Antonio María Alós, julio de 1854- agosto de 1854.

Facundo Infante Chávez, agosto de 1854- julio de 1856.

José MacCrohon Blake, septiembre de 1856- octubre de 1856.

Francisco Javier Girón Ezpeleta, octubre de 1856- julio de 1858.

Isidoro Hoyos Rubín de Celis, julio de 1858- noviembre de 1863.

Genaro Quesada Matheus, noviembre de 1863- septiembre de 1864.

Ángel García Loygorry García de Tejada, septiembre 1864- junio de 1865.

Isidoro Hoyos Rubín de Celis, junio de 1865- diciembre de 1865.

Francisco Serrano Bedoya, diciembre de 1865- julio de 1866.

Rafael Acedo-Rico Amat, julio de 1866- marzo de 1867.

José Turón i Prats, marzo de 1867- septiembre de 1868.

Anselmo Blaser San Martín, septiembre de 1868- septiembre de 1868.

Juan Antonio de Zariategui Celigüeta, septiembre de 1868- octubre de 1868.

Francisco Serrano Bedoya, octubre de 1868- junio de 1872.

Cándido Pieltain Jove-Huergo, junio de 1872- marzo de 1873.

Mariano Socías del Fangar y Lledó, julio de 1873- septiembre de 1873.

Juan Acosta Muñoz, septiembre de 1873- octubre de 1873.

Segundo de la Portilla Gutiérrez, octubre de 1873- enero de 1874.

José Turón i Prats, enero de 1874- septiembre de 1874.

Fernando Cotoner Chacón, septiembre de 1774- enero de 1782.

Tomás García Cervino y López de Sigüenza, enero de 1882- noviembre de 1883.

Agustín de Burgos y Llamas, noviembre de 1883- abril de 1884.

Ramón Fajardo Izquierdo, abril 1884- agosto 1884.

Remigio Moltó y Díaz Berrio, agosto de 1884- diciembre de 1885.

Tomás García Cervino y López de Sigüenza, diciembre de 1885- diciembre de 1887.

José Chinchilla y Díaz de Oñate, enero de 1888-diciembre de 1888.

Tomás O`Ryan y Vázquez, diciembre de 1888- noviembre de 1890.

Luis Dabán y Ramírez de Arellano, noviembre de 1890- enero de 1892.

Romualdo Palacio González, enero de 1892- febrero de 1899.

 

 

 

CAÍDA DEL GOBIERNO GONZÁLEZ BRAVO.

 

Una vez hecha la labor sucia de eliminar a los progresistas duros, y fracasado González Bravo en su intento de aparecer como bisagra entre moderados y progresistas, y también en su intento de alianza con los moderados autoritarios, González Bravo estaba agotado políticamente.

Los moderados templados iniciaron entonces una campaña de prensa en la que presentaban a Narváez como salvador de España. Narváez encontraba a los progresistas debilitados por la terrible campaña de González Bravo, culpable en todo caso y no los moderados, de violencia innecesaria. Y tenía a los moderados unidos en torno a María Cristina y a él mismo. A partir de eso, los moderados estarán en el poder más de diez años seguidos, hasta 1854, lo que será considerado como la época de Narváez, aunque no siempre fuera éste quien estuviera gobernando.

La llegada a Madrid de María Cristina de Borbón, en abril de 1844, significó el final de González Bravo. Era enemiga de González Bravo porque éste había escrito mucho contra ella en 1833-1840 en un periódico llamado El Guirigay, cuando era exaltado, y porque había ido cambiando de chaqueta política cada cierto tiempo. Narváez decidió no seguir apoyando a González Bravo. Y como Isabel II tampoco quería las reformas administrativas de González Bravo, éste dimitió el 2 de mayo de 1844. El 3 de mayo, Narváez fue encargado de formar nuevo Gobierno.

 

En los siguientes 10 años, Los moderados tuvieron mayorías parlamentarias aplastantes, pero siempre tuvieron la crítica progresista. Pero los españoles se iban cansando poco a poco de tanta algarada política, de tanto motín, e iban dejando solos a los agitadores progresistas.

Los moderados hicieron un programa y obligaron a la Reina a leerlo con motivo del discurso de la Corona: Reforma constitucional para que los poderes públicos pudiesen gobernar; arreglo de Hacienda; instituciones sólidas, funcionales y eficaces; ejército y marina poderosos; prosperidad, paz y sosiego.

 

 

[1] Recomendamos la WWW Lluis Belenes.es Los Gobiernos de Isabel II.

[2] Pedro José Pidal Carniado, 1799-1865, I marqués de Pidal, estaba casado con Manuela Mon Menéndez, hermana de Alejandro Mon Menéndez, y era padre de Alejandro Pidal y Mon, todos ellos notables políticos españoles.

[3] Es interesante leer a Manuel Martínez Burgueño, González Bravo, del carbonarismo al carlismo. WWW.

[4] Luis González-Bravo López de Arjona, 1811-1871, estudió Derecho en Alcalá de Henares. Destacó en 1838 en El Guirigay por sus artículos insultantes contra María Cristina y su esposo. Los firmaba con el pseudónimo Ibrahim Clarete. Era muy radical en sus ideas. Fue capitán de la Milicia Nacional, organización clave dominada por los progresistas, y participó activamente en el pronunciamiento de los progresistas contra María Cristina en 1840. Como todos los progresistas exaltados, era “trinitario” y se oponía a la Regencia de Espartero en solitario en 1840. Hizo a partir de entonces una crítica feroz contra Espartero. Defendió a Diego de León en 1841, que fue fusilado por sublevación contra Espartero. En 1842 era partidario de los líderes progresistas Joaquín María López y Fermín Felipe Caballero y se opuso radicalmente a González de Olañeta, el esparterista

[5] Francisco Javier Girón y Ezpeleta de las Casas y Enrile, 1803-1869, II duque de Ahumada, era navarro. Fue educado por su abuelo, un afrancesado, mientras su padre luchaba en el bando patriota. En 1815 ingresó en la Milicia Provincial de Sevilla siguiendo a su padre y ya no se separó de él. En 1820 defendieron la legalidad de Fernando VII frente a la sublevación de Riego, y luego su padre fue Ministro de Guerra y Francisco Javier su ayudante. En 1822, huyeron de España por Gibraltar, y regresaron en 1823 con los absolutistas. Ingresó entonces en la Guardia Real, lo que significaba pasar de un ámbito exaltado a uno moderado. En 1833 sirvió a Narváez en Andalucía en la represión del carlismo. En 1844 se le encargó poner en marcha la Guardia civil.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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