LA REGENCIA DE ESPARTERO.

 

 

Espartero líder de los progresistas.

 

En noviembre y diciembre de 1839, tanto los moderados como los progresistas habían intentado atraer hacia sus filas a Espartero, el héroe popular de la guerra carlista. El objetivo a corto plazo era asegurar las futuras elecciones de 19 de enero de 1840, convocadas por el propio Espartero.

La ocasión en la que Espartero llegó al Partido Progresista fue la siguiente: Francisco Javier Linage y Armengol, el secretario de Espartero, hizo en 15 de diciembre de 1839 el Manifiesto de Mas de las Matas y lo publicó en El Eco del Comercio. Entonces fue cuando el progresista Mendizábal decidió ganar la partida de incorporar a Espartero a sus filas, y la ganó poniendo dinero para que el manifiesto se publicase en todas las provincias de España. El manifiesto decía que: en vez de disolver las Cortes hubiera sido bueno haber recurrido al diálogo entre las partes; que no aceptaba remociones de funcionarios cumplidores de su deber; que aceptaba la Constitución de 1837, el trono de Isabel II y la regencia de María Cristina.

Las declaraciones de Espartero hubieran podido ser apoyadas por los moderados, pero éstos no lo hicieron y perdieron una gran oportunidad. O quizás no, pues Espartero no era progresista ni moderado, ni siquiera liberal, sino simplemente un militar autoritario y populista. Ello es importante para entender los momentos en que su Gobierno tomaba aires de dictadura. El líder del ejército ayacucho y de las Juntas ciudadanas, llegará a creerse más que un jefe de Gobierno.

La llegada de Espartero al poder será protestada por los moderados diciendo que María Cristina estaba premiando con el poder a los alborotadores de la calle.

María Cristina puso la excusa de que padecía un herpes para trasladarse a Barcelona a unos baños. María Cristina quería celebrar junto a Espartero el desfile de la victoria sobre los carlistas, pero calculó mal. Salió de Madrid el 11 de julio de 1840 sin haber sancionado la Ley de Ayuntamientos que era la polémica del momento. Guadalajara y Valencia estaban ocupados por generales moderados (O` Donnell, Concha, Oráa y Diego de León). Los moderados querían que la Regente fuera a Barcelona por Valencia y así tener controlada la situación en todo momento. Espartero quería que fuera por Zaragoza y así se hizo, aunque ello significaba que María Cristina quedaba militarmente en manos de Espartero. Espartero vio a la Regente en Zaragoza y le expuso la conveniencia de no firmar la Ley de Ayuntamientos. María Cristina siguió viaje a Barcelona, se hizo la fuerte sin tener el ejército de Espartero de su lado, y firmó la polémica ley, intentando ganarse el apoyo de los moderados.

Entonces los progresistas sacaron las gentes a la calle y se provocó una inestabilidad que no paró hasta que Espartero fue llamado y se hizo cargo del Gobierno de España. Ante el motín de Barcelona, la Regente se refugió en Valencia. Los progresistas estaban recurriendo al populismo, y obtendrían como fruto la llegada de un líder populista, Espartero, que anuló las ideas del progresismo español, dividió el partido en dos facciones y probablemente fue la causa de que los progresistas no gobernaran nunca en España de forma continuada. Y cuando se acercaron al poder en 1854, lo hicieron de nuevo gracias a Espartero. España perdió con ello una gran oportunidad de regeneración y de progreso.

 

 

El Ministerio-Regencia de Espartero.

Regencia provisional.

 

El 16 de septiembre de 1840 Espartero era nombrado Presidente del Consejo de Ministros, es decir, del Gobierno.

Algunos progresistas propusieron corregencia entre Espartero y María Cristina, pero María Cristina prefirió abdicar y exiliarse.

El 12 de octubre 1840 Espartero aceptó, en el Palacio Cervellón de Valencia, la renuncia de María Cristina a la Regencia, embarcándose María Cristina para París, vía Marsella, inmediatamente.

La Constitución decía que cuando un Regente vacaba, el Presidente del Gobierno se hacía cargo automáticamente de la Regencia de forma interina, hasta que las Cortes eligiesen una Regencia de uno, tres o cinco miembros. Espartero, como Presidente del Gobierno, asumió la Regencia provisional. Así quedó constituido el Ministerio Regencia, que duraría de 12 de octubre 1840 a 19 de marzo de 1841. Aunque esa Regencia era provisional, Espartero no soltó la Regencia hasta que le echaron tres años más tarde. Forzó ser elegido Regente definitivo.

El 13 de octubre de 1840, Espartero, además de suspender la Ley de Ayuntamientos aprobada por María Cristina, suspendió los Ayuntamientos constituidos en tiempo de María Cristina. Lo hizo por decreto, en clara anticonstitucionalidad aunque ello fuera muy popular, pues un decreto no podía anular una Resolución de las Cortes.

El 14 de octubre de 1840, hubo una declaración firmada por Espartero, Ferrer, Gómez, Chacón, Cortina y Frías, afirmando que la unidad de la nación y la centralización bien entendidas, eran indispensables para gobernar, pues de lo contrario sobrevendría el caos. Esta declaración puso en contra de Espartero a muchos progresistas pues, hasta 1840, los progresistas estaban luchando por la descentralización y resultaba que una vez en el poder Espartero, la centralización pasaba a ser buena. Los progresistas puros que vieron extinguidas sus Juntas locales, y los moderados que habían sido expulsados del poder con la renuncia de María Cristina, eran la oposición a Espartero ya desde el primer momento de la Regencia.

Espartero era un líder populista y los progresistas se vieron en el gran dilema de ser ellos mismos y conseguir poco a poco diputados, o colaborar con Espartero el líder populista y ganar el poder inmediatamente. Espartero nunca fue progresista los progresistas no consiguieron el poder desde el que creían que podían regenerar a España. El populismo ya había sido ensayado por los progresistas en 1823, y en 1840 volvieron a caer en la misma trampa. Espartero subía al poder, pero el Partido Progresista quedaba dividido entre los populistas de Espartero y los progresistas puros. El error progresista era muy grande, y pronto los progresistas puros se verían en la necesidad de sublevarse contra Espartero y sus progresistas populistas. La ruptura entre ambos bandos progresistas fue a más durante toda la Regencia.

El 14 de octubre de 1840, Espartero disolvió el Congreso y convocó elecciones. Las elecciones tuvieron lugar el 2 de diciembre de 1840. Se elegía el Congreso y un tercio del Senado. La provincia era distrito plurinominal. La forma de elección siguió la ley 12 de junio de 1837 y era a dos vueltas: en la primera vuelta se seleccionaban los candidatos que obtuvieran la mitad más uno de los electores (que tenían varios votos cada uno), y en la segunda vuelta se elegían diputados entre ellos. Se amplió el censo electoral: En 1837 hubo 257.984 electores capacitados para votar. En 1840 eran ya 423.787 electores.

Espartero se presentó en Madrid en la última semana de octubre de 1840 y constituyó el Ministerio-Regencia presidido por él mismo e integrado por Ferrer, Cortina, Gómez Becerra, Chacón y Fernández Gamboa.

Comenzó una campaña de purificación, depuración de la Administración y del ejército, licenciando a militares y admitiendo dimisiones de funcionarios moderados. En esta campaña, también suprimió las Juntas populares organizadas en algunos Ayuntamientos que no eran capital de provincia y que no podía controlar. Las Juntas de las capitales de provincia, convenientemente controladas, servirían de apoyo a los nuevos Gobiernos de España. Espartero era populista, pero de un populismo controlado por él, no del populismo incontrolado. La promesa de Mas de las Matas de que no habría remociones de funcionarios no se cumplía.

El 2 de noviembre de 1840, Espartero aceptó la Constitución de 1837. En ello estaba también en discrepancia con los progresistas duros, pues éstos querían reformarla, sobre todo en el sentido de eliminar el Senado y dejarla en unicameral. Espartero se negó a hacer los cambios en la Constitución de 1837 que pedían las Juntas de exaltados sublevados en 1840. Los progresistas volvieron a sorprenderse de la actitud de Espartero, su líder en ese momento. En este sentido estaba con los progresistas templados.

Habían reaparecido tres grandes vicios nacionales del periodo 1808-1840, el bandolerismo, el populismo y el militarismo:

Por el bandolerismo, cualquier campesino podía echarse al monte y vivir de la rapiña diciendo que apoyaba a unos políticos o a otros, declarándose guerrillero. Espartero legalizaría y perdonaría a los “rebeldes” integrándoles en Milicias Nacionales. Los milicianos llegaron a ser cientos de miles en tiempos de Espartero.

Por el militarismo España tenía un ejército sobredimensionado de oficialidad. Cada oficial pensaba de sí mismo, que era depositario de la voluntad del país. Había reunido a los militares de la guerra carlista, que ya eran un número excesivo para tiempos de paz, con los militares del bando carlista que se incorporaban con grado y sueldo. Pero el ejército quedaba fraccionado, pues una cosa eran los antiguos carlistas, otra los ayacuchos y otra tercera los militares de academia.

Por el populismo, Espartero reuniría a cientos de miles de personas y las alistaría en Milicias Nacionales. La gente tenían interés en ser de Milicias Nacionales puesto que a veces daba lugar a la posesión de un arma, y a veces a acceso a ciertos cargos, o al menos a la esperanza de tenerlos, pues nunca hay suficientes cargos para cientos de miles de personas, como el populismo promete.

La llegada de Espartero al poder significaba en realidad el triunfo del grupo militar de los ayacuchos, militares de segunda fila que aspiraban a dominar en el ejército. Los ayacuchos decidirán las cuestiones políticas y personales en las que tenían interés, recurriendo a Espartero. El que Espartero fuera progresista es una mera cuestión de nomenclatura: Los progresistas de cierto nivel ideológico se pondrían enseguida en contra de Espartero. Las masas incultas, englobadas en Milicias Nacionales se hicieron esparteristas. Los ayacuchos eran esparteritas. Y como estas masas se autodenominaban progresistas, decimos en los tratados de historia que Espartero lideraba a los progresistas, pero ello es matizable.

Los ayacuchos eran un grupo de militares que había luchado en la Guerra de la Independencia de América, cuya última batalla importante, perdida por España, había sido la de Ayacucho. Formaban una especie de asociación que protegía a sus miembros contra los militares de Academia militar, es decir, procedentes de la Guardia Real. El más destacado de los representantes de la Academia Militar era Narváez. El más destacado de los ayacuchos era Espartero.

Espartero no era un militar de carrera brillante sino un oportunista con suerte. La suerte le proporcionó varios ascensos en América, por ausencia en esa región de militares con conocimientos. Hay que reconocer que el hecho de encargarse de las fortificaciones americanas un alumno que había suspendido esa materia, era pura suerte, y sólo se debía a ausencia de mejores directivos. Y la suerte le proporcionó algunos triunfos en la guerra carlista, si bien hay que tener en cuenta la experiencia que Espartero había adquirido en América en el arte de manejar informadores y la coincidencia de que las fortificaciones fueran decisivas en el final de la guerra y Espartero hubiera hecho lo único que sabía, fortificar. Espartero se había hecho a sí mismo como militar, día a día. Era lo que vulgarmente se conoce como un “chusquero”, alguien que había hecho su carrera militar tras comer miles de chuscos. El chusco era la ración de pan diaria en los cuarteles. Los oficiales de academia salen graduados como oficiales ya desde la academia y se han ahorrado así miles de chuscos.

En la suerte de Espartero, también pesó el hecho de que los progresistas suponían que la sociedad debía ser regida por los hombres que demostraban riqueza y capacidad, abandonando el viejo criterio de ser regidos por gentes que aportaban como valores el nacimiento y la herencia. Y en el camino se dejaron a hombres bien preparados para dirigir la sociedad. Tal vez ahí radique una clave de su liderazgo, pues Espartero aparecía como proveniente de los de abajo, y no como señorito de familia bien que había estudiado en las academias. Aparecía como el hombre que había logrado terminar una guerra, lo cual parecía ser signo de capacidad.

Espartero fue elegido como líder popular por las gentes de baja extracción social, por oficialidad de medio pelo, por Milicias Nacionales de baja extracción social. Y se dijo que era líder progresista, pero los progresistas no entendieron nunca que se saltase todas las normas morales del movimiento progresista, la Constitución, la legalidad, las Cortes. Los progresistas de Espartero no podían entenderse con los progresistas históricos, y no se entendieron nunca. Pero se empeñaron en permanecer juntos.

 

 

Correos

 

En 1840 se estableció un servicio de correos, gestionado por Maestros de Postas de la Carrera de la Mala, que dio vigor a un negocio de diligencias establecido en España recientemente: Barcelona- Valencia- Madrid (fundada en 1818), Madrid-Irún (fundada en 1821) y Madrid-Sevilla (fundada en 1822). Este servicio de correos mejoraría notablemente con la aparición del sello postal, o pago por adelantado del servicio de transporte, costumbre que se inició en 1850 y se hizo obligatoria en 1856. Las líneas de diligencias decayeron a partir de la aparición del ferrocarril hacia 1856-1880.

 

 

Las Cortes de marzo de 1841.

 

Se discutió en aquellos días si la Regencia debía ser de uno, tres o cinco Regentes. En realidad, se discutía si debía ser regente Espartero, o Espartero y dos más. Los partidarios de un solo Regente, Espartero, decían que este general era un hombre de prestigio y con muchos servicios al Estado. No tenían en cuenta la poca valía del personaje. Los partidarios de la Regencia trina, decían que Espartero era solamente un militar bregado en varias campañas, con poca formación intelectual y militar, y poca experiencia política, y debía ser acompañado en la Regencia por personas expertas. Se discutía en la calle y en la prensa. No estaban reunidas todavía las Cortes.

Linage, el ayudante de campo de Espartero, anunció que Espartero participaría con gusto de la Regencia en caso de declararse trina. La causa de la debilidad que mostraba este ofrecimiento es que Espartero tenía en su contra a muchos generales como Fernández de Córdoba, Concha, Narváez y O´Donnell. Tenía de su parte a Alaix, Linage y Rodil. El argumento que utilizaban los ayacuchos era que sin Espartero, el país corría peligro de guerra civil. Por eso querían Regente único,

El 8 de marzo de 1841 se convocó al Senado y al Congreso en sesión conjunta para votar la forma de Regencia. El plazo de convocatoria de Cortes era anticonstitucional pues se debían haber convocado en el plazo de tres meses y no de cinco. Espartero llevaba cinco meses como Regente Provisional. Los progresistas verdaderos apenas protestaron y más bien se limitaron a aprobar la actitud de Espartero “dadas las circunstancias”. La credibilidad de Espartero iba a durar muy poco más entre estos progresistas.

Era Presidente de las Cortes Agustín Argüelles, liberal progresista auténtico, pero que aceptó las irregularidades que se estaban produciendo, con la esperanza de ganar el poder para los progresistas e intentar los cambios desde el poder. Se equivocaba.

El 17 de marzo de 1841, Espartero amenazó con que, o le daban la Regencia a él sólo, o él se iba a su casa. Tampoco era ésta un actitud liberal, ni moderada ni progresista. El hecho tuvo lugar a través de Linage, el hombre de confianza de Espartero, el cual escribió en El Eco del Comercio que si Espartero no era nombrado Regente único abandonaría el ejército y la política. Era toda una amenaza, escondida en un artículo de periódico: ¿Quién controlaría a las masas? ¿Qué podían hacer los progresistas sin Espartero? ¿Qué pasaría si volvía María Cristina?

Espartero se comportaba despóticamente, como un dictador que estuviese por encima de la Constitución y de las Cortes. Quería reformar la Constitución y las Cortes, pero actuaba autoritariamente, sin el apoyo de los progresistas y mucho menos de los moderados.

 

Las Cortes se reunieron el 19 de marzo de 1841.

Hubo una primera votación sobre la Regencia. Las Partidas decían que los Regentes debían ser uno, tres o cinco. En 1841, los ayacuchos, tenidos en ese momento por progresistas más de izquierdas, querían uno, y los progresistas de siempre, tenidos en ese momento por más “templados”, querían tres Regentes. Por ello fueron denominados “trinitarios”. La confusión mental del pueblo español era la propia de la gente mal informada y poco preparada. Los que se creían más progresistas estaban con Espartero, una persona nada progresista, del que la prensa había hecho un personaje distinto al que en realidad era. Los seguidores de Espartero, más populistas que progresistas, se decían progresistas duros, cuando carecían de programa, excepto seguir a Espartero.

Los progresistas llamados templados, y en ese momento “trinitarios”, querían tres Regentes para no caer en el personalismo y despotismo de Espartero. El verdadero problema para los progresistas de verdad era que Espartero no creía en la democracia ni en que las urnas mostraran la voluntad del pueblo, del cual Espartero era líder. Los trinitarios eran liberales progresistas, y muchos de ellos progresistas radicales como Fermín Caballero o Joaquín María López o Posada Herrera (que luego sería moderado), gente con convicciones morales que desconfiaba de Espartero o directamente no creía que Espartero fuera liberal.

Los debates fueron agrios y lograron dividir a los progresistas en dos bandos difícilmente reconciliables: trinitarios y ayacuchos.

Los moderados en la oposición, también querían Regente único, lo cual es incomprensible para nosotros. Los moderados, opinaban que debía haber un solo Regente, como también lo habían defendido en tiempos de María Cristina. Opinaban así, porque decían que Espartero protegería el trono de Isabel II, y en cambio se desconocía si otros Regentes harían lo mismo. María Cristina era demasiado “absolutista” como para no ser puesta en duda por algún progresista de verdad.

Aunque esa posición no tenga para nosotros ninguna lógica, los moderados votaron a Espartero como Regente y ello fue decisivo para el triunfo de un Regente único, Espartero. Algún autor opina que tal vez querían que Espartero mostrara su incapacidad personal y con ello se destruyera a sí mismo políticamente. Pero esto son ya interpretaciones difíciles de comprobar y sólo sirven para ilustrar lo que intentamos decir en estos párrafos, las contradicciones del Partido Progresista.

En la votación de si la Regencia debía ser de uno o de tres Regentes, ganaron los unitarios por 153 a 136. Un diputado votó regencia de cinco.

Se pasó entonces a elegir Regente, cuestión distinta y posterior a la expuesta hasta aquí:

Los trinitarios, que habían perdido la votación sobre Regencia una o trina, propusieron entonces como Regente a Agustín Argüelles, entonces Presidente de las Cortes y líder progresista puro, pero estaba claro que no podía competir con Espartero, que sacó 179 votos, mientras Argüelles sólo obtuvo 103. María Cristina obtuvo 5 votos. Hubo otros candidatos votados.

 

A Espartero le votaron los moderados, los teóricamente enemigos políticos de Espartero, y los esparteristas. Las discusiones en el Congreso de Diputados fueron agrias y desagradables.

En conclusión, Espartero fue proclamado Regente definitivo en otra de las carambolas que se sucedían en su vida a su favor. La posibilidad de un Gobierno probablemente liberal progresista, el de Argüelles, se había disipado. Los progresistas habían sido dominados por los ayacuchos y por los populistas y, de alguna manera, habían tomado el poder, pero se habían equivocado y ellos eran conscientes de ello. El progresismo perdía de hecho el poder, pues éste pasó a un “dictador” que no contaba con ellos ni con las Cortes, aunque mantenía las formas liberales.

Eran los moderados quienes forzaban la votación a favor de Espartero, cuando en teoría Espartero era el candidato progresista. Tal vez los moderados pensaban que Espartero era más conservador que progresista, pues era católico cerrado, autoritario, militarista. Y de esa manera evitaban las reformas que los progresistas auténticos iban a introducir si tenían la ocasión.

La constitución de una Regencia no tan progresista como deseaban, disgustó a los líderes progresistas, pero las masas “progresistas” continuaban en la devoción por Espartero, al que alguien había convertido en un mito, un personaje de ficción que sólo existía en la imaginación de muchos jóvenes españoles que se tenían a sí mismos por progresistas. Cuando se impone el populismo, se impone también la irracionalidad. La razón es patrimonio individual de cada persona, no se trasmite de padres a hijos, y no se acrecienta mediante los votos, sino que la norma es que cuanto mayor es el grupo, menos capacidad de racionalizar tiene ese grupo y más posibilidades de ser arrastrado por un líder hacia lo desconocido.

Espartero estaba llamado a disgustar a todos: La tutela sobre Isabel II, que asumió Espartero, disgustó a los moderados que se sublevaron en octubre de 1841, pero Espartero les venció, y fusiló a los generales rebeldes. La represión de la sublevación de Barcelona en diciembre de 1842 disgustó a los catalanes. También Espartero disgustaría en su momento a los militares y a los progresistas. Espartero representaba el típico Gobierno de una persona emergida desde abajo con poca preparación intelectual y pocas relaciones políticas, que acaba gobernando dictatorialmente.

 

 

Singularidad del esparterismo.

 

La Regencia de Espartero no era una solución unánimemente aceptada: la nobleza no aceptaba a quien había expulsado de España a la familia real. Los progresistas auténticos tampoco le aceptaban y Espartero habló con desprecio de estos líderes y de su organización del partido. Espartero era más bien un populista, charlatán, que había oído hablar del librecambio como solución a los problemas económicos, y creía que ya sabía más que nadie sobre el tema. Los progresistas hablaban de dictadura de Espartero. Y no dejaban de tener razones: Espartero nunca pidió la venia a las Cortes para imponer estados de excepción. Espartero se sentía representante de la “voluntad nacional” de interpretar el verdadero sentir del pueblo español.

Espartero no tenía mucha cultura y sus ideas eran demasiado simples. Le gustaba ser aclamado por el pueblo. Era un militar enérgico y acostumbrado a ser obedecido. Entendió que ser Regente era ejercer la máxima autoridad en todo, ser un Primer Ministro y Jefe de Estado, todo a la vez. Nombró colaboradores de poca valía, gente aduladora que se doblegase a todos sus deseos. Por ello no podía llevarse bien con los líderes progresistas, a pesar de que era el partido progresista el que le apoyaba.

Espartero gobernó a su aire y buen entender: suspendió la Ley de Ayuntamientos y todas las leyes que había aprobado Pérez de Castro, hizo leyes anticlericales, impulsó la venta de bienes eclesiásticos, descentralizó el poder, amplió la libertad de imprenta, ascendió a muchos militares de su bando a cargos públicos de importancia. Era un Gobierno Militar en toda regla que además, era popular entre los “progresistas-populistas”, hasta el punto de poner de moda una vestimenta de tipo militar entre los civiles progresistas.

 

 

La reconstrucción de posguerra de 1840.

 

La reconstrucción de caminos: En 1839 había terminado la Guerra Carlista, aunque restaran algunos residuos de ella. La guerra había destruido casi sistemáticamente los caminos, sobre todo los puentes. Y muchos de ellos no se habían reconstruido desde la Guerra de la Independencia. Volver a reconstruirlos era una tarea costosa y larga. Los caminos, que habían sido construidos en el XVIII, eran los precisos para la economía del momento en que se concibieron. Fueron un gran salto económico, pues España había carecido de buenos caminos durante siglos, pero eran buenos para el siglo XVIII. Ocurrió que en el XIX, la infraestructura de transportes se quedó pequeña. El siglo XIX necesitaba carreteras empedradas, ferrocarriles y canales. Y la realidad en 1840 era que las guerras de 1808 y de 1833 habían destruido la infraestructura preexistente y que la deuda española, acumulada desde 1780, y aumentada durante las guerras, no permitía gastos a ningún Gobierno.

Las limitaciones eran obvias: orografía difícil, escasez de cursos de agua caudalosos, con estiajes prolongados de los ríos. Había que hacer un planteamiento factible, aunque no fuera el mejor. Se decidió que la red ferroviaria la hiciera el capital privado, y la red de carreteras se hiciera con dinero del Estado.

Las competencias de la conservación de caminos pertenecían a las corporaciones regionales y locales, las cuales cobraban los portazgos y peajes con ese fin teórico, pero como los pueblos tenían muchas otras urgencias, gastaban ese dinero en lo que parecía más urgente. Algunos municipios de la periferia repararon caminos, pero eran minoría los que lo hacían.

En estas condiciones, los viajes eran penosos: los caminos se imposibilitaban en época de lluvias y eran casi imposibles en época de nieve. Los vehículos se atascaban frecuentemente. Las montañas eran intransitables en época de frío. Los ríos eran pasados en barcaza, pues los puentes habían sido destruidos.

En 1840, el Estado se planteó la necesidad de una red de caminos y comunicaciones terrestres en general. Y eran conscientes de que había que partir de cero. Había que empezar por crear una infraestructura técnica y científica que cartografiara el terreno, que hiciera los correspondientes planos de ingeniería y que hiciera una planificación económica de rentabilidad, costes y utilidad administrativa, a fin de priorizar unas obras sobre otras. Se contaba con el Cuerpo de Ingenieros de Caminos y Canales creado en 1799 y también se aprovecharon los trabajos de Agustín de Bethencourt de fines del XVIII.

La revitalización de Hacienda: Y una vez planteado el problema de los caminos, se chocó con el tema de la financiación. El Estado no tenía dinero para hacerlo. Era preciso recurrir al crédito, y el crédito no era barato para un país que de vez en cuando decidía no pagar sus deudas, reestructuraba la deuda con quitas, o la consolidaba para no devolverla nunca. En 1841 se consiguieron 17 millones al 6%, amortizables a 15 años. En 1845, se adjudicaron 200 millones de deuda, amortizables a 18 años, al Banco de Fomento y a Empréstitos de Caminos y Canales, entidad creada expresamente para la operación financiera citada. La operación contenía muchas irregularidades y hubo de ser anulada. No había forma de conseguir crédito. El plan de reconstrucción viaria tuvo que esperar muchos años.

 

 

 

 

         REGENCIA DEFINITIVA DE ESPARTERO

         19 de marzo de 1841 – 23 julio 1843.

 

 

Política internacional de Espartero.

 

Temas interesantes a considerar en la época de Espartero son:

La influencia británica en la política española.

Los problemas suscitados en Portugal por el Tratado del Duero.

Las relaciones de España con la Santa Sede.

 

En cuanto a la influencia británica en la política española, hay que tener en cuenta que los británicos estaban en conflicto con Francia por el tema de Egipto, el cual llevaría a la ruptura temporal de relaciones entre ambos países con la consiguiente ruptura de la Cuádruple Alianza.

Gran Bretaña apoyó a Espartero en su proyecto de Regencia. Entonces Francia buscó en España un general que estuviera a la altura de Espartero y pudiera ser su contrapeso en alianza con Francia. También buscó la amistad de María Cristina, que vivía exiliada en Francia.

Gran Bretaña enviaba a Espartero instrucciones respecto a lo que esperaba de él en política internacional y por ejemplo, el 26 de noviembre, Palmerston informó al embajador español en Londres sobre el Imperio Turco en la llamada “Cuestión de Oriente”, trasmitiéndole la queja de que pensaba que el francés Thiers se había equivocado al apoyar al Rajá de Egipto contra el Imperio Turco, porque ello iba a provocar una guerra que nadie deseaba. España no participó para nada en la “Cuestión de Oriente”, pero siempre se manifestó del lado de Gran Bretaña. El representante diplomático inglés en Madrid era en ese momento Arthur Aston, el cual tenía comunicación abierta con Espartero, le informaba a cualquier hora de lo que le parecía que debía informar, y trataba de obtener ventajas comerciales para los tejidos de algodón británicos.

 

El Tratado del Duero de España con Portugal se acordó el 31 de agosto de 1835 en Madrid y en Lisboa simultáneamente. En este tratado se reglamentaba la navegación y comercio por el río Duero. Se redactó en Oporto. Los portugueses se enfadaron por la posibilidad de que apareciese trigo español en Portugal a bajo precio y se arruinase el negocio de los importadores portugueses, familias de mucha influencia en Portugal. El Gobierno portugués de 1840 decidió no ratificar el tratado. Entonces se modificó la redacción y, en 23 de mayo de 1840 se firmó por fin en Lisboa un “Reglamento de Policía y Tarifa de Derechos para la libre Navegación del Duero”. Pero las Cortes portuguesas se negaron una vez más a firmar el tratado y Espartero envió un ultimátum al Gobierno de Portugal amenazando con una invasión militar si el tratado no se aprobaba en los 25 días siguientes al aviso. Portugal contestó con un memorándum en el que acusaba a España de anexionismo y solicitaba la intermediación de Gran Bretaña. Palmerston quiso que España y Portugal se entendieran y el 27 de enero de 1841 se firmó por fin el Tratado del Duero.

 

En cuanto a las relaciones de España con la Santa Sede, el Papa Gregorio XVI decidió apoyar la intransigencia de su Secretario de Estado cardenal Luigi Lambruschini, y el 1 de marzo de 1841 pronunció una alocución,“Aflistas in Hispaniae religionis res”, en la que censuró a España “por haber perseguido a la Iglesia Católica en los años 1833-1841, y por violar la jurisdicción sagrada y apostólica del Papa”. La acusación era muy grave, y el Gobierno de Espartero envió el texto papal al Tribunal Supremo, el cual calificó el discurso citado del Papa como “altamente ofensivo a la nación española y a su Gobierno, atentativo a la autoridad soberana de estos reinos, y turbativo del orden, quietud y tranquilidad de los pueblos”. El informe del Tribunal Supremo fue publicado, y con ello se declaró al Papa como enemigo de la nación española, en lo “temporal”. El término “temporal” se oponía a espiritual, a religioso, y quería decir en aquella época, que se respetaba la autoridad del Papa en lo espiritual, pero se rechazaba la autoridad del Rey de Roma y de los Estados Pontificios en cuanto se habían declarado enemigos de España. En resumen, España rechazaba hacer un cisma católico, pero no toleraba las intromisiones en la política que quería hacer un Papa integrista. Por el mismo motivo, el Papa Gregorio XVI estaba también enfrentado a Gran Bretaña y a Alemania, que tampoco aceptaban el integrismo católico de un Papa profundamente antiliberal, que confundía su opinión política personal con la doctrina de la Iglesia. El 22 de febrero de 1842, Gregorio XVI publicó “Catholicae religionis” condenando expresa y públicamente la política de Espartero. Las relaciones de España con la Santa Sede se mantuvieron rotas hasta 1845.

Tras ello, los moderados españoles se aproximaron a los católicos intransigentes, e hicieron piña con ellos como símbolo de oposición a Espartero. El Partido Moderado se confundió así con el catolicismo ultra, haciendo que en España no pudiera entenderse de ninguna manera la política, pues los moderados hacían piña con los católicos y los progresistas con los populistas.

 

 

Fundamentos políticos de Espartero.

 

La idea política de Espartero era fundamentar el Gobierno en tres pilares: monarquía, partidos y ejército, que garantizaran la estabilidad política. Pero estos tres pilares estaban seriamente deteriorados:

En cuanto a la monarquía, María Cristina, aparte de su matrimonio morganático, celebrado al margen de las Cortes y por tanto ilegal, que era lo de menos, había tenido y tenía un ansia desmesurada de dinero y estaba envuelta en todos los negocios sucios del país, aparte de llevar el negocio de la venta de esclavos en Cuba (tema tabú en España durante todo el siglo XIX). María Cristina debía ser apartada de la política.

En cuanto a los partidos, se había instalado la costumbre de que éstos manipularan las elecciones escogiendo a los candidatos, preparando campañas “adecuadas”, o pactando con los terratenientes el candidato preferido. Los censos se hacían a última hora y siempre mal, y era imposible rectificarlos por falta de tiempo para reclamaciones, lo cual eliminaba a todos los votantes no deseados. Los progresistas no veían otro camino que el pronunciamiento o la revuelta popular y eso era muy grave. Los moderados estaban complicados con el catolicismo integrista. Los progresistas estaban complicados con el populismo. La transformación liberal que necesitaba España no llegó en los siguientes cien años. Espartero creía poder manipular las elecciones.

En cuanto al ejército, éste aparecía como la única institución sólida del país y eso llevó a que todos los gobernantes, moderados y progresistas, o fueran militares, o estuviesen apoyados por militares. Pero el ejército había adquirido ciertos vicios políticos, por el hecho de que a menudo no se les pagaba, ni en 1814-1820, ni en 1833-39 y tenían que buscarse su propia comida y, a veces, hasta sus propias armas. Los militares estaban acostumbrados a la debilidad e inutilidad del poder civil y a la necesidad de amenazar para que los civiles hiciesen lo necesario para el ejército. Los civiles se quejaban de que los militares eran muchos (el ejército comprendía los militares de 1814, los carlistas de 1839 y los cristinos de 1833-1839) y no podían pagarles a todos. Los altos mandos militares hicieron compatible ser oficial y diputado, lo cual les daba, respectivamente, la fuerza y la inmunidad por sus actos. Por ello se atrevían a todo, incluso a adueñarse del poder. Su problema era que, una vez en el poder, tampoco tenían dinero para pagar al ejército. El ejército estaba descontento con Espartero, pero en ese momento la institución militar estaba dominada por los ayacuchos y tampoco los militares de academia más preparados se sentían capaces de obtener suficiente respaldo militar como para cambiar las cosas. La salida de los militares profesionales fue el golpe de Estado.

 

 

Evolución política de Espartero.

 

La trayectoria de este Gobierno de Espartero fue de progresivo deterioro, pérdida de autoridad y, al final, pérdida de popularidad. Se presentó como el hombre de los progresistas, y no de todos los españoles, pero los verdaderos progresistas no creían en él. El Partido Progresista se dividió entre progresistas ayacuchos fieles a Espartero, y progresistas puros enemigos de Espartero. El líder de los segundos, Agustín Argüelles, era un prestigioso abogado progresista y había participado en la redacción de la Constitución de 1837. Su apartamiento por la llegada de Espartero disgustó a muchos progresistas. Espartero no tenía el apoyo de todos los progresistas y no podía esperar el de los moderados, que apoyaban a Narváez.

Los historiadores tradicionales llaman a los seguidores de Espartero “progresistas puros” igual que a los de Argüelles y más tarde Olózaga, lo cual induce a confusión y no se entiende la rivalidad entre ellos. Propongo que a los seguidores de Espartero los llamemos populistas o esparteristas, y a los de Argüelles-Olózaga progresistas puros, para evitar el confusionismo. Igualmente, los militares que apoyaban a Espartero es mejor que sean llamados Ayacuchos, porque no encajan en ninguna de las denominaciones anteriores.

Así pues, el Gobierno de España resultaba difícil. Era difícil antes de Espartero, lo sería con él, y seguiría siéndolo más tarde: El planteamiento político de mantener la jefatura de España alternando entre dos militares, Espartero y Narváez en 1840-1856, O`Donnell y Narváez en 1856-1868, produjo una inestabilidad pasmosa a los Gobiernos de España hasta 1873, siendo normal que los Gobiernos durasen meses o incluso hubo uno que duró menos de un día. La política se convirtió así en un elemento retardatario del desarrollo económico, en una carga en vez de en una ayuda que facilitara algunos cambios necesarios.

Espartero nombraría varios Gobiernos en 15 meses (Ferrer en mayo, Antonio González en mayo de 1841 y Rodil en junio de 1842) para acabar disolviendo las Cortes porque no le admitían a su candidato ni él estaba dispuesto a aceptar el que le impusieran las Cortes, lo cual equivalía de hecho a la dictadura.

 

 

GOBIERNO DEL GENERAL JOAQUÍN MARÍA FERRER[1],

10 mayo 1841 – 20 mayo 1841

 

Presidente, Joaquín María Ferrer Cafranga.

Estado, Joaquín María Ferrer Cafranga.

Gracia y Justicia, Álvaro Gómez Becerra.

Guerra, Pedro Chacón Chacón.

Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar, Joaquín Frías.

Hacienda, Joaquín María Ferrer Cafranga.

Gobernación para la Península e Islas Adyacentes, Manuel Cortina.

 

Tras ser elegido Regente único en marzo, Espartero nombró un primer Gobierno en mayo, presidido por el general Ferrer. El Gobierno Ferrer duró apenas diez días. El 19 de mayo de 1841, Espartero encargó formar Gobierno al marqués de Valdeterrazo.

 

 

 

GOBIERNO ANTONIO GONZÁLEZ MARQUÉS DE VALDETERRAZO.

20 mayo 1841- 17 mayo de 1842.

 

Presidente, Antonio González González, I marqués de Valdeterrazo.

Estado, Antonio González González.

Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar, Andrés García Camba / 26 de mayo de 1842: Evaristo Fernández San Miguel Vallador.

Guerra, Evaristo Fernández de San Miguel Vallador como titular, ejerció en 20 de octubre-23 de noviembre, Andrés García Camba como interino.

Gracia y Justicia, José Alonso Ruiz de Conejares.

Hacienda, Pedro Surrá Rull / 26 de mayo 1842: Antonio María del Valle.

Gobernación del Reino para la Península e Islas Adyacentes, Facundo Infante Chaves / 20 de noviembre 1841: José Alonso Ruiz de Conejares.

 

Espartero invitó a varios líderes progresistas, personas preparadas, a formar Gobierno y ninguno aceptó. Entonces decidió que fuera Presidente un hombre de segunda fila, el marqués de Valdeterrazo. La costumbre era que gobernarse el líder de la mayoría en el Congreso, pero en este caso no era posible, porque Agustín Argüelles[2] se negaba a colaborar. Antonio González no era ninguna garantía de estabilidad, pues no tenía detrás en su apoyo ningún grupo de diputados.

Se constituyó un Gobierno de amigos de Espartero, llamados “ayacuchos” o esparteristas.

Los progresistas puros acusaron a Valdeterrazo de ser un Gobierno anticonstitucional porque se le había nombrado por decreto sin haber consultado a las Cortes. Los progresistas verdaderamente liberales estaban muy disgustados aunque el Gobierno era teóricamente progresista, pero de Espartero. Se decía que Olózaga se sintió postergado por no haber sido nombrado ministro, pero esa era una opinión partidista difundida por los esparteristas. Fuera lo que fuese, se empezó a formar un grupo de oposición a Espartero. En este grupo se integraron varios líderes progresistas y muchos moderados. Joaquín María López y Fermín Felipe Caballero lideraban a los progresistas descontentos con Espartero. Por entonces, Luis González Bravo destacaba todavía como progresista exaltado, aunque se pasara a colaborar con Narváez y los moderados en 1844 y significara la derecha moderada a partir de esa fecha.

Es curioso que Mendizábal, el antiguo líder progresista de 1836, se mantuviera fiel a Espartero hasta el final. Pero ello respondía a que Espartero era fiel a la política británica y Mendizábal era el hombre de los británicos en España.

Espartero era más que un Regente: manipulaba el Gobierno, las Cortes, el Ejército y la Milicia Nacional. Actuaba como Dictador. La gran suerte de Espartero era que la Milicia se le mantuvo fiel hasta el final. Era su apoyo fundamental, el que le permitió mantenerse tres años.

Espartero temía su caída en desgracia en cualquier momento. Para ganar apoyos, renovó el personal de Palacio Real para eliminar gente que le era hostil como la marquesa de Santa Cruz y otras damas. Agustín Argüelles, otro líder progresista, fue designado por Espartero tutor de Isabel II en mayo de 1841(más tarde lo sería Olózaga). Espartero estaba dispuesto a ganarse a los líderes progresistas y encontró esta vía de acercamiento a ellos. Juana de Vega, la esposa de Espoz y Mina, fue nombrada Aya de la Princesa. Esta política no sirvió para contentar a los progresistas más cultos.

 

 

El problema de Hacienda en 1841.

 

En las Cortes de 1841 se hablaba sobre la deuda. En esos años la deuda parecía impagable, pues crecía sin parar y salir del hábito de déficit de cada año era imposible. La situación de quiebra era tan notable, que los funcionarios sufrían retrasos increíbles en la percepción de sus sueldos.

Pedro Surrá y Rull, ministro de Hacienda, se propuso disminuir los gastos del Estado, pero ello era complicado porque la mayor parte se la llevaban los militares, y ése era un capítulo intocable en aquellas circunstancias políticas. La única salida que veían los responsables de Hacienda era vender bienes de la Iglesia. Se pensó en vender bienes de cabildos de catedrales y posesiones de las parroquias, además de los bienes del clero regular que ya se estaban vendiendo, es decir, ampliar la desamortización a los bienes del clero secular. Y así se llegó a que un católico ferviente acelerara la desamortización.

Mendizábal propuso una vez más el librecambismo y en ese campo chocaban dos grupos de intereses, los burgueses de Barcelona, dirigidos por Domenech, que querían proteccionismo para vender mejor sus productos textiles, y los de Cádiz, dirigidos por Sánchez Silva, que querían librecambismo para vender mejor el vino. El 9 de julio de 1841 se publicó un nuevo arancel que bajaba los aranceles a muchos artículos. El arancel de 1826 había prohibido la importación de 657 artículos, quedando reducida la lista en 1841 a 83 artículos. Además el País Vasco quedó incorporado al sistema aduanero español. Este arancel se reformaría en 1849 hacia un proteccionismo todavía menor.

Según Josep Fontana, los efectos de esa bajada de aranceles fueron desastrosos para la industria de la seda de Barcelona, que se arruinaron (en los siguientes dos años cerraron 44 establecimientos de los 60 existentes). En Reus cerraron unos 600 telares. La producción pañera catalana descendió desde las 24.000 piezas a las 10.000 piezas de paño al año. Igualmente, la industria textil malagueña se hundió. Al contrario, las importaciones de textiles británicos supusieron un millón de libras esterlinas al año (unos 100 millones de reales), y el 30% de los textiles franceses se vendían en España. Los más satisfechos en esta operación fueron el embajador británico Aston y el Primer Ministro Robert Peel.

Muchos progresistas quedaron defraudados por esta medida librecambista del Gobierno de Antonio González, lo cual creó un ambiente antiesparterista en casi toda la burguesía de España, sobre todo en Cataluña y País Vasco, durante el verano de 1841.

 

 

Política interior de Valdeterrazo.

 

En las elecciones de junio de 1841 ganó el grupo ayacucho de Espartero, es decir la facción populista del progresismo. Previamente, algunos moderados habían sido exiliados. Otros moderados cometieron el error de protestar con su retraimiento y abstención, con no presentarse como candidatos, o tal vez temían a Espartero y sus Milicias Nacionales, y por ello no se presentaban. La victoria de los esparteristas no tiene significado político fiable.

El 3 de agosto de 1841 se hizo un Decreto de reorganización del arma de Infantería en 28 regimientos de a tres batallones cada uno (84 batallones), eliminando la reserva pagada, y pasando a ser reserva 50 batallones de la Milicia Nacional. El decreto sería complementado en 18 de marzo de 1844 suprimiendo más regimientos, lo que causó gran inquietud en el ejército. Éstos descontentos se sumaron a una oposición que apoyó a Narváez, que en cuanto llegó al poder suprimió estos decretos. La tranquilidad volvió al seno del ejército.

El 16 de agosto de 1841, Espartero convirtió a Navarra en una provincia, cesando en considerarse Reino, si bien conservaba autonomía fiscal y administrativa. Se suprimieron las aduanas con Navarra. Los carlistas se sintieron agraviados y simpatizaron con los moderados enemigos de Espartero. También se había propuesto eliminar los fueros vascongados, pero no lo pudo imponer hasta 16 de octubre de 1841.

El 19 de agosto de 1841 se produjo la abolición definitiva de los mayorazgos. Los mayorazgos se habían creado a fines del XIV de forma que la nobleza podía adquirir bienes pero no podía venderlos, donarlos ni dividirlos en lotes, sino debía pasarlos íntegros en mayorazgo al representante de la familia de la generación posterior. Las casas nobiliarias habían vinculado su propiedad al mayorazgo de modo que ningún titular de mayorazgo podía enajenar bienes del mismo. Con este sistema de posesión de la tierra, la propiedad se iba acumulando paulatinamente en manos de la nobleza, y de la Iglesia que también tenía un sistema sin vías de salida. La perspectiva era de continuación en el proceso hasta que la totalidad de la propiedad recayera en estas dos instituciones.

El mayorazgo implicaba: que el titular no podía disponer del patrimonio vinculado en mayorazgo; que el orden sucesorio iba para un solo heredero preferente que, a menudo, era el primogénito varón, lo cual dio nombre a la institución del “mayorazgo”; que los bienes del mayorazgo eran inconfiscables por la Corona o por la Justicia, lo cual era una limitación a la monarquía absoluta; que los bienes quedaban fuera del mercado, fuera del alcance de la burguesía. El modelo no era igual en toda España, pero los bienes de la Corona de Aragón tenían un sistema muy similar al castellano. Los colonos quedaban en una situación sin esperanza de conseguir ser propietarios de la tierra algún día.

En la segunda mitad del XVIII, cuando los burgueses tomaron alguna importancia social y política, se habían quejado de la institución del mayorazgo y de las vinculaciones eclesiásticas, porque ambas cosas les impedían acceder a la gran propiedad de la tierra, el bien más preciado en esa época histórica. Juan Francisco de Castro le propuso a Carlos III una reforma del mayorazgo y este rey inició una serie de reformas, que resultaron imposibles de aplicar, lo cual dio lugar a la idea de que no había más remedio que abolir el mayorazgo. Pero las Cortes de Cádiz no se atrevieron a abolirlo, aunque hablaron de moderar los grandes mayorazgos. Y el 11 de octubre de 1820 ya se había hecho una ley de abolición de mayorazgos parecida a la de agosto de 1841 pero no completa ni definitiva, pues el titular del mayorazgo podía disponer de la mitad de sus bienes y legar la otra mitad en mayorazgo a su sucesor en el título nobiliario. El sucesor, era el que pasaba a disponer de todos los bienes libremente. Pero como esta ley se derogó en 1823 no tuvo aplicación práctica. Defendían la ley de 1820 Martínez Marina, Calatrava y Moreno Guerra. Frente a ellos argüían Silves y Martínez de la Rosa.

En 30 de agosto de 1836 se había vuelto a poner en vigor la Ley 11 de octubre de 1820 aboliendo los mayorazgos. Agustín Argüelles se propuso resolver definitivamente el problema de los mayorazgos, pues la simple desvinculación no implicaba ventas, y los burgueses de 1836 querían comprar la tierra.

En 19 de agosto de 1841 se repitió la ley de desvinculación de 1820 permitiendo que los nobles pudieran vender las tierras, negociar con base en ellas créditos hipotecarios y partirlas en cuantos lotes quisieran. Los nuevos propietarios de la tierra, los antiguos nobles desde siempre poseedores de la misma, podían acceder con ello al crédito hipotecario, lo cual elevaba su nivel de vida a niveles insospechables para ellos. Algunos nuevos propietarios vendieron tierras para pagar sus antiguas deudas y para adquirir nuevas deudas.

Pero no se quitó a los nobles ni un metro cuadrado de tierra, no hubo expropiaciones ni nacionalizaciones. Simplemente, los nobles se convertían en burgueses. En vez de ser un estamento privilegiado poseedor de la tierra, pasaban a ser una clase privilegiada poseedora de la tierra. Seguían dominando la sociedad, aunque antes por motivo de privilegio y ahora por motivos de tener la propiedad.

Pero sí que se produjo un fenómeno nuevo en la antigua nobleza: el proceso sucesorio subdividía los patrimonios y con ello aparecían muchos más propietarios de tierras, mucho más número de propietarios que el número de los antiguos señores. Y entre tantos propietarios, siempre había individuos dispuestos a desprenderse de parte o de la totalidad de sus bienes agrarios, y también había nuevos propietarios dispuestos a comprar. Y el proceso de compraventa de tierras tomó grandes dimensiones con la desamortización.

En 1841 entró en aplicación la Ley de Minas de 1825. Esta ley establecía el dominio eminente de la Corona sobre todas las minas. Ello tuvo como principal repercusión, la formación de una gran empresa minera en Vizcaya, llamada Minas de Somorrostro. El yacimiento empieza en Cabárceno (Santander) en su zona oeste, pasa por Saltacaballo en el centro, y llega hasta Somorrostro (Vizcaya) en el este, incluyendo Triano, Matamoroso, Dícido, Setares, Sotopuerta, Galdames, Regato, Güeñes, Baracaldo, Alosotegui, Miravilla, Morro, Iturrigorri, Ollargán, muchos de ellos agotados ya a finales del XX. La propiedad del yacimiento era comunal y la trabajaban cuadrillas de 4 ó 5 mineros autónomos que hacían galerías a poca profundidad. Estas cuadrillas no tenían capacidad de comercialización y financiación y cayeron en manos de los empresarios financieros y de las ferrerías vascas. Las ferrerías lograron del Gobierno la prohibición de exportar mineral en el primer semestre de cada año, lo cual les garantizaba el abastecimiento de ese mineral a precios baratos. En 1818, las Juntas de Señorío habían tratado de privatizar el subsuelo, pero esto había sido mal aceptado por los vascos. En 1841, tras la derrota carlista, la privatización se impuso más fácilmente, y Minas de Somorrostro compró muchos terrenos. Cambió la forma de explotación para hacerlo a cielo abierto y multiplicó la producción por 12 y exportó mucho mineral debido a los bajos costes. El motivo principal del auge de la exportación vasca fue que el convertidor Bessemer requería mineral puro, sin fósforo, y ello favoreció a los empresarios mineros vascos, pues Gran Bretaña, Francia y Alemania se convirtieron en sus clientes. En el ambiente de proteccionismo de final del siglo XIX, lograron en 1863 un arancel que daba franquicias a la exportación de mineral, y una ley de minas de 1868 más liberal todavía. El ferrocarril demandaba mucho hierro y aprovecharon la hulla inglesa para levantar altos hornos. El negocio fue fructífero hasta 1914, momento en que surgieron nuevas tecnologías en Europa y ya no era preciso el mineral español. Los nuevos convertidores Siemens Martin podían con mineral menos puro utilizando chatarra. El final de la guerra de 1914-1918 marcó el fin del negocio vasco minero.

Las siguientes Leyes de Minas fueron de 1849 y 1859. En 1841, y con el auge de la minería, nació la ferrería Santa Ana de Bolueta en Begoña, que en 1848 pondría un alto horno y en 1860 otros dos más. El primer horno de coque no es sin embargo éste, pues desde 1792 ya había un horno que utilizaba este material en España.

En 1841, Espartero prohibió las asociaciones obreras, pues sólo le causaban problemas, principalmente en Barcelona y otras ciudades industriales. La situación de los obreros era crucial desde el momento en que el 9 de julio de 1841 el Gobierno había adoptado posiciones librecambistas. Los precios de los productos textiles eran mucho más bajos, y los empresarios, ante una situación de huelga, ya no tenían tan gran interés en mantener la fábrica, y podían decidir cerrar. La Asociación de obreros de Barcelona no conocía, hasta ese momento, otro método de lucha que convocar huelgas. Y en la segunda mitad de 1841 los obreros no querían huelgas que fueran seguidas del cierre patronal. En diciembre de 1841, el Gobierno prohibió la Sociedad de Tejedores a instancias de la patronal. Y el Sindicato de obreros pasó tiempos difíciles. Seguía habiendo huelgas, pero localizadas y a escala de pequeña empresa.

No obstante la dificultad del momento, en estos años, las asociaciones obreras se extendieron a sectores distintos como fueron los hiladores, impresores, blanqueadores, tintoreros, alpargateros, zapateros, medieros, carpinteros, pintadores, serradores, claveteros… el proceso se había iniciado el 1 de enero de 1841, cuando Juan Muns convocó a representantes de los diversos oficios para formar una “confederación sindical”, cuyo ámbito debía ser España entera. Cada sindicato mantendría su autonomía, pero se ayudarían entre sí y dispondrían de una Junta Central Directiva para intentar coordinarlos. Esa Junta la presidía Juan Muns. La acción de Juan Muns hizo que otros sectores obreros se sumaran a la iniciativa, como fueron los sogueros y los tejedores de velos. La misión de la Junta Central Directiva era apoyar a las asociaciones pobres con fondos de las ricas, y el Sindicato de Tejedores era el fundamental por ser el más rico.

El 28 de febrero de 1841, se produjo un Manifiesto de la Junta Central Directiva obrera en la que se exigía la represión del contrabando, una política arancelaria proteccionista que no importara tantas máquinas y que no importara tantos tejidos del exterior. La Junta de definía como “liberal” sin explicar el sentido de esta afirmación, pero exigía el derecho de asociación, manifestaba el derecho a la propiedad privada y a la libertad individual, pedía enseñanza gratuita para los menores y para los adultos fuera de las horas de trabajo, pedía mejor reparto de las ganancias entre capital y trabajo y se declaraba apolítica, en el sentido de que no apoyaban a ningún partido político concreto. En esos términos, se reconocían liberales.

El 1 de septiembre de 1841 se aprobaron los presupuestos de 1841, con nueve meses de retraso. No se especificó qué contribuciones se iban a cobrar, en qué cuantía, ni cuántas. Fue tratado como un asunto de trámite, cuando es un tema fundamental en Cortes. Los diputados eran conscientes de la omisión que estaban haciendo y mandaron un escrito al Gobierno para que presentase cuanto antes los presupuestos de 1842. También aprobaron que el Gobierno podía cobrar las contribuciones en 1842. En resumen, las Cortes no se ocupaban de los presupuestos del Estado desde hacía años y no lo hicieron en tiempos de Espartero. En 14 de noviembre de 1842, se presentaron por fin unos presupuestos a tiempo para 1843, pero en esta ocasión, las Cortes fueron cerradas con motivo de los sucesos de Barcelona, y tampoco hubo presupuestos para 1843.

El 2 de septiembre de 1841 se hizo una ampliación de la Ley de Desamortización de 29 julio de 1837, para afectar a bienes del clero secular, y se suprimió el diezmo.

En conclusión, Espartero gobernó como Regente en vez de dejar gobernar a sus Jefes de Gobierno, lo hizo todo el tiempo con autorizaciones de Cortes para repetir presupuestos, pero nunca hubo un planteamiento de ingresos y gastos del Estado hecho por las Cortes. La política de gobernar sin presupuestos era lo normal también en tiempos de María Cristina y desde 1834, sólo tres presupuestos habían sido aprobados en Cortes. Con Espartero no cambió nada este aspecto.

 

 

La Conspiración moderada contra Espartero,

Octubre de 1841.

 

La ex regente María Cristina mandó dinero a los militares moderados, Leopoldo O`Donnell y Diego de León, para organizar un pronunciamiento en contra de Espartero. Narváez era el jefe que dirigía a los conservadores desde París aunque se había trasladado a Gibraltar para la ocasión. Martínez de la Rosa era el hombre encargado de organizar la trama civil. Al parecer, también algún progresista como Prim estaba en esta revuelta temprana contra Espartero.

En la segunda mitad de 1841, los moderados sintieron la posibilidad de retomar el poder y volvieron a la política. Para empezar, fueron a París a ver a María Cristina y proyectaron una conspiración para el siguiente mes de octubre de 1841. En esa conspiración estaban implicados los generales Ramón María Narváez, Manuel de la Concha, Leopoldo O´Donnell, Manuel Pavía, Juan Manuel González de la Pezuela, Diego de León y Navarrete, Francisco Lersundi Hormaechea, coronel Juan Prim (progresista) y otros. Formaron una célula en París, otra en Bayona y una tercera en Madrid, para preparar la sublevación. Quisieron que fuera un golpe limpio, exclusivamente militar, sin trama civil, y fracasaron. Sólo tenían trama civil en el País Vasco. Se proponían raptar a Isabel II y a su hermana Luisa Fernanda, apoderarse del Regente Espartero, hacerse cargo del Gobierno y restablecer a María Cristina en la Regencia, junto a Istúriz, Montes de Oca y Diego de León.

Fueron colaboradores de Espartero para reprimir la revuelta de octubre de 1841: José Ramon Rodil marqués de Rodil, Francisco Javier Linage y Armengol, Juan Van Halen y Sarti, Antonio Seoane, Martín Zurbano alias Varea, el coronel Domingo Dulce y Garay, y Manuel Cortina Arenzana, jefe de la Guardia Nacional.

No eran sólo los generales los únicos que estaban conspirando contra Espartero. También había un grupo o trama civil en Navarra y el País Vasco, los cuales pedían restablecimiento de sus fueros, y otras tramas civiles en distintos puntos, centros secundarios de la conspiración contra Espartero, que eran Madrid, Zaragoza y Cádiz. Pero hay historiadores que opinan que esta trama civil era insuficiente y fue el principal motivo del fracaso del golpe.

En Madrid se sublevaban Diego de León y Navarrete conde de Belascoaín, Manuel de la Concha, Manuel Pavía Rodríguez y Juan Manuel González de la Pezuela.

En Zaragoza se sublevaba Cayetano Borso de Carminati, llegado de Madrid expresamente para ello.

En Cádiz se sublevaba Ramón María Narváez, que estaba en Gibraltar.

En Burgos se sublevaba Cayetano Urbina.

El centro de la trama civil estaba en el País Vasco[3], donde Nicolás Delmas, director de El Vascongado, había reunido a un grupo de moderados huidos de Madrid para acogerse a los fueros vascos, tales como Antonio Alcalá Galiano, Benavides, Escosura, Pacheco, el diputado Manuel María Aldecoa, el diputado Francisco de Hormaeche, Pedro de Egaña que estaba en Álava, el diputado Francisco Palacios en Guipúzcoa, el conde de Monterrón y Joaquín Ignacio Mencos barón de Bigüezal y conde de Guenduláin en Navarra.

En Vitoria se sublevaron Gregorio Piquero Argüelles[4] y Manuel Montes de Oca que llegó de Madrid a apoyar la rebelión. Les acompañaba Íñigo Ortiz de Velasco marqués de la Alameda, diputado por Álava, y jefe de los miñones, de Álava.

En Bilbao se sublevaron el general José Santos de la Hera conde de Valmaseda, y el brigadier Ramón Larrocha. Les apoyaba Manuel Urioste de Herrán, un exprogresista, Jefe de la Milicia Nacional, que era el alma de la rebelión en Bilbao.

En Vergara se sublevaron el general Juan Antonio de Urbiztondo y Manuel María Aranguren Gaytán de Ayala conde de Monterrón. Urbiztondo fue derrotado por el esparterista Simón de la Torre.

En Pamplona O`Donnell sublevó el Batallón Extremadura y el Batallón Zaragoza y la Milicia Nacional de Luis Sagasti. La singularidad de Pamplona es que participaron en la sublevación algunos carlistas, cosa que no se produjo en el resto de España. Se sumó en la trama civil el comerciante Nazario Carriquiri, llegado de Madrid para la ocasión, y el comerciante Juan Pablo Ribet. El conde de Guenduláin, líder carlista, era el centro de la trama civil.

Pero la preparación del movimiento fracasó: O´Donnell tuvo un fallo el 27 de septiembre y se conoció en Pamplona la existencia de un proyecto de golpe de Estado, semanas antes de la fecha prevista. La ambición de O´Donnell por restablecer a María Cristina en la Regencia propició el fracaso, y su fracaso arrastró al resto de los conspiradores. O`Donnell fue el primero en reventar el golpe de Estado. Sería seguido en ello por Carlos María Isidro.

Carlos María Isidro ordenó a los carlistas que no colaboraran en el levantamiento de octubre de 1841, y la población siguió la consigna carlista, por lo que los conspiradores se quedaron muy solos, sin el apoyo de la única trama civil con que contaban. Fue el primer revés para el triunfo del levantamiento contra Espartero.

El plan inicial era que el golpe empezaría en Madrid y sería seguido por los demás implicados. A última hora se cambió de opinión y se decidió que empezaría O`Donnell en Pamplona.

 

La sublevación se produjo a partir de 1 de octubre:

El 1 de octubre de 1841 empezó la sublevación en Pamplona. El Capitán General de Pamplona, general Ribero, no se sumó a la sublevación, pero tampoco atacó a los sublevados, esperando refuerzos de Madrid.

El 4 de octubre empezó la sublevación en Álava y Vizcaya. Manuel Montes de Oca, llegado desde Madrid, prometió la restauración de los fueros navarros, lo cual permitió la colaboración carlista en el alzamiento de Navarra. Gregorio Piquero Argüelles estableció en Vitoria una Junta de Gobierno presidida por Manuel Montes de Oca, la cual reclamaba la vuelta de María Cristina.

El 5 de octubre empezaron los bombardeos de O`Donnell sobre Pamplona, que duraron hasta el 15 de octubre, sin resultado alguno. Mientras tanto, intentó sublevar los pueblos de Navarra, pero no obtuvo resultados.

El 7 de octubre se sublevaron en Madrid los generales Manuel de la Concha y Diego de León y Navarrete, del Regimiento de Infantería Princesa, seguidos Juan Manuel González de la Pezuela, teniente coronel Ramón Nouvillas, comandante Joaquín Robinet, comandante Francisco Lersundi Hormaechea, capitán Manuel Borja, capitán Luis Asensio, subteniente José Gobernando, subteniente Juan Mier, comandante Dámaso Fulgorio, teniente coronel José Fulgorio, brigadier Gregorio Quiroga Frías, y en la trama civil, Vicente Alcázar conde de Requena. Alegaron que iban a rescatar a la Reina Niña de manos de los progresistas. Se dirigieron a Palacio con intención de apoderarse de la Reina Isabel II para utilizarla como medida de fuerza, pues no dominaban todos los cuarteles de Madrid. Pero la Guardia de Palacio Real, capitaneada por el teniente coronel Domingo Dulce y por Santiago Barrientos no colaboró en entregar a Isabel. Diego de León fue apresado y fusilado el 15 de octubre, y los demás conspiradores huyeron en medio de combates a balazos. Diego de León, conde de Belascoaín, había sido compañero de Espartero en la Guerra Carlista y su fusilamiento causó por ello particular emoción entre los militares. El fracaso de Madrid fue definitivo para el resultado del golpe de Estado.

Cayetano Borso de Carminati se sublevó en Zaragoza. Fue contra él el general Rodil, que estaba en Burgos y le apresó. Le fusiló el 11 de octubre.

El 12 de octubre de 1841, las Juntas de Guernica pidieron capitulación y Espartero no se la concedió. El 17 de octubre, la población de Vitoria no colaboraba con los sublevados y Montes de Oca decidió huir a Vergara, donde fue apresado por los hombres que llevaba consigo, los miñones de Vitoria. Lo entregaron al ejército de Espartero. Fue fusilado el 19 de octubre.

El 18 de octubre, Gregorio Piquero salió de Vitoria huyendo.

El 18 de octubre salió Espartero de Madrid camino del norte, y llegó a Burgos en 21 de octubre, siguió camino a Miranda, Vitoria, Pamplona y Zaragoza. En todas estas ciudades, el Regente fue aclamado por la multitud.

El 19 de octubre, Martín Zurbano entró en Álava, hizo huir a los sublevados y fusiló a Montes de Oca y otros, el 20 de octubre.

El 19 de octubre, gran parte de los sublevados huyó a Francia. Entre los huidos estaban los generales Urbiztondo (desde Vergara), Narciso Clavería y Zaldúa (desde Navarra), Lardizábal (desde Vergara), el brigadier Larrocha (desde Bilbao), el conde de Monterrón (desde Vergara) y otros.

El 21 de octubre, al saber que la sublevación había fracasado en Álava y Bilbao, Leopoldo O`Donnell huyó también a Francia. Desde París, siguió conspirando mientras esperaba su momento oportuno para un nuevo golpe.

El 21 de octubre, Martín Zurbano entraba en Bilbao. Fusiló al general José Santos de La Hera conde de Valmaseda, al coronel José Rizo y a otros cabecillas sublevados.

El 22 de octubre llegó Espartero a Álava, liberó prisioneros, amnistió a los huidos a Francia y disolvió la Milicia Nacional de Vitoria y de Bilbao. Previamente, el 20 y 21 de octubre, Zurbano había fusilado a los cabecillas de la rebelión.  Los fusilamientos sistemáticos de militares rebeldes eran insólitos en España. Los generales se sublevaban a menudo y siempre tenían una oportunidad de recuperarse. El ejército, de mentalidad moderada, ya no perdonó a Espartero esta decisión de condenar a muerte de manera fulminante. Consideraban que Espartero actuaba por sentimientos de venganza.

El 23 de octubre, Rodil atacó Pamplona y rindió al batallón Extremadura y al batallón Zaragoza, que se habían sublevado contra Espartero y se dispersaron el 24 de octubre.

El 24 de octubre, Rodil fue sobre Bilbao e inició una represión más profunda de lo que había hecho el brigadier Martín Zurbano y el mariscal Atanasio Alesón.

El 26 de octubre hubo Consejo de Guerra para el teniente coronel Ramón Nouvillas y los demás militares sublevados en Madrid. El brigadier Gregorio Quiroga Frías fue fusilado el 4 de noviembre. Vicente Alcázar conde de Requena fue condenado a seis años.

El 29 de octubre de 1841 (la decisión era de 16 de octubre), Espartero abolió los fueros vascos: suprimió corregidores; normalizó los ayuntamientos; normalizó el sistema judicial; suprimió las Juntas y Diputaciones Forales; trasladó las aduanas de Guipúzcoa, Álava y Vizcaya a la costa; suprimió los miñones de Álava.

La supresión de los fueros vascos, favorecía al librecambismo. Lo esencial de los fueros era el derecho de poner, o no poner, en práctica las leyes aprobadas en el Estado, el tener aduanas propias a fin de practicar el librecambismo o el proteccionismo en lo que les convenía, y estar libres del servicio militar obligatorio. Estos derechos, perdidos en 1841, se convertirán en bandera de muchas reivindicaciones y son lo que significa la expresión “fueros viejos”. El País Vasco se venía rigiendo por las Juntas Generales de las Provincias Vascongadas, que tenían función legislativa para el País Vasco. Cada provincia tenía sus propias Juntas, pero las más estudiadas son las de Vizcaya: las Juntas de Vizcaya se hacían en Guernica y allí acudían las cuatro regiones vizcaínas: la Tierra Llana con sus 72 anteiglesias, cada una de las cuales tenía un voto y estaban muy sobrerrepresentadas respecto a su importancia poblacional; las 21 Villas, que participaban desde 1630 cada una con un voto; las Encartaciones que tenían un voto en Guernica, pero también cierta autonomía administrativa, pues tenían juntas propias en Avellaneda donde se reunían representantes de todos los concejos de Encartaciones, y en el siglo XVII lograron tener más delegados y votos en Guernica; la Merindad de Durango o Duranguesado, que tenía dos votos en Guernica, pero también cierta autonomía para hacer Junta propia unas veces en el caserío de Astola y otras en Guerendiaga. Con este sistema, las ciudades vizcaínas, que tenían el 31% de la población, sólo tenían 21 delegados en Guernica de un total de 101 junteros.

Espartero detuvo a algunos de los conspiradores y fusiló a Fulgorio, Quiroga y Diego de León, Borso de Carminati, Manuel Montes de Oca. El fusilamiento de Diego de León se mitificó en la calle, lo cual hizo mucho daño al prestigio de Espartero. Complementariamente, Espartero suprimió los fueros vascos y navarros.

La lección más evidente para los militares, fue que en adelante no serían complacientes con los compañeros militares sublevados, como había ocurrido en ocasiones anteriores, sino que se fusilaría a los cabecillas rebeldes. La convivencia entre progresistas y moderados en general, y concretamente en el ámbito militar, quedó rota por el hecho de estos fusilamientos. Es importante para entender que en intentos posteriores de acuerdo y alianza entre ambos grupos, se terminara siempre en fracaso. En este sentido, el fusilamiento de los militares rebeldes no fue un crimen al margen de la ley, pero sí un error político.

También en octubre de 1841 hubo una dura represión de algunas partidas carlistas en Cataluña y en el Maestrazgo.

El 17 de noviembre de 1841 se convocaron elecciones a Cortes, Cortes que fueron abiertas el 26 de diciembre 1841.

 

 

La Conspiración progresista contra Espartero.

 

A finales de 1841, terminada en fracaso la sublevación liberal moderada contra Espartero, se inició la organización de una nueva sublevación contra Espartero, esta vez protagonizada por liberales progresistas. Eran progresistas puros que querían de Espartero una política más honesta respecto a la Constitución y las leyes, y que abandonara el sistema nepotista de nombrar cargos entre sus amigos y conocidos, los progresistas puros demandaban entregar los cargos a los candidatos de las Juntas “democráticamente” elegidos. Como estaban contaminados de populismo, es un poco complicado distinguir a esparteristas de progresistas puros. Ambos jugaban al populismo. Se oponían a que Espartero no se dejaba influenciar por las Juntas Nacionales, pues era más dictador que populista.

La conspiración progresista tuvo lugar en Barcelona y Madrid y se prolongó hasta 1842. Espartero declaró estado de sitio por decreto, sin consultar con las Cortes. Barcelona había aclamado masivamente a Espartero en julio de 1840, se había sublevado contra él a fines de 1841, y esta sublevación culminaría en noviembre y diciembre de 1842, momento en que Espartero decidió bombardear la ciudad. Los cambios en política, cuando provienen del pueblo, pueden ser radicales en pocos días.

Complementariamente, los diputados Olózaga, Cortina y López, le pusieron al Gobierno González una moción de censura, argumentando la mala gestión de Hacienda y el Gabinete dimitió. Espartero nombró nuevo Jefe de Gobierno a general José Ramón Rodil.

En mayo de 1843, la sublevación progresista contra Espartero se generalizó por España.

La reacción de Espartero fue cerrar las Juntas Provinciales, núcleos de organización de los progresistas radicales. Desde entonces, Espartero tuvo como enemigos a los moderados por un lado y a los progresistas radicales por el otro.

 

 

Política de Espartero y Valdeterrazo en 1841-1842.

 

En octubre de 1841, la ciudadela de Barcelona, construida al norte de la ciudad en 1716 en el extremo opuesto a Montjuich, empezó a ser derribada. Lo que un siglo antes parecía necesario para proteger la ciudad de los rebeldes, se consideraba en 1841 un baluarte utilizable por los posibles rebeldes. La sublevación de Barcelona provocó excesos represivos por los que muchos ciudadanos abandonaron sus simpatías por Espartero.

Hubo un decreto sometiendo a las Diputaciones y Ayuntamientos a la autoridad del Gobierno Central, o que provocó incidentes en Barcelona, que constituyó Junta Independiente.

Otro incidente a principios de 1842 fue que el embajador de Francia conde de Salvandy, pretendió presentar sus credenciales a Isabel II y no a Espartero, lo cual incomodó a Espartero. El Gobierno de España se opuso a la intromisión del embajador francés, y las Cortes apoyaron en esta ocasión a Espartero. Se comprobó que Francia sólo quería molestar.

Otro incidente fue que en abril de 1842 la firma de Espartero apareció en un contrato de capitalización de los intereses de la deuda extranjera. Espartero no tenía competencias para hacerlo, pues era cosa del Presidente del Gobierno. Con ello surgía un escándalo, pues el Regente era inviolable y no podía firmar un contrato ni hacerse responsable internacionalmente. El escándalo pesaba sobre la persona que había hecho que Espartero firmase aquello. Las Cortes censuraron a Espartero y al Gobierno que se había prestado a aquel asunto. Los contratos eran de 18 de octubre de 1841 y 23 de diciembre de 1841, pero salieron a la luz en abril de 1842. Se castigó a Espartero con una campaña de prensa que le desacreditaba. En mayo de 1842, salió en defensa de Espartero Antonio González marqués de Valdeterrazo, el Presidente del Gobierno. Dijo que Espartero había obrado obedeciendo una recomendación del Consejo de Ministros.

Espartero, ante el filibusterismo de los conservadores, reforzó su talante dictador. Disolvió Cortes y empezó a tomar medidas liberalizadoras del comercio que no gustaban a la burguesía. Firmó un tratado de comercio con Inglaterra que abría el mercado español a los productos ingleses, y ello molestaba mucho a los catalanes fabricantes de paños.

El 9 de abril de 1842 se dio libertad para fijar los alquileres de viviendas. Ello atrajo a muchos capitales a comprar viviendas en Madrid, donde se alquilaba con facilidad a buen precio.

 

 

Caída del Gobierno Valdeterrazo.

 

El 17 de mayo de 1842 se puso voto de censura al Gobierno Antonio González y éste cayó.

Los ministros progresistas aconsejaron a Espartero llamar a formar Gobierno al líder que había ganado la moción de censura, que era Salustiano Olózaga, pero Espartero se negó en redondo. Olózaga era líder progresista puro, pero de la facción enemiga de Espartero.

Espartero llamó al Presidente del Senado, conde de Almodóvar, y al Presidente del Congreso, Pedro Acuña, y les comunicó que propusieran ellos Presidente de Gobierno a fin de que no se repitiera la situación del Gobierno anterior. Ellos le presentaron tres candidatos de los que el primero era el Capitán General José Ramón Rodil. Rodil fue nombrado Jefe de Gobierno por Espartero. Se había tardado un mes en cambiar el Gobierno. Y se recurría a un militar como salida a la situación.

 

 

 

GOBIERNO RODIL,

         17 junio de 1842 – 9 mayo 1843

 

El general José Ramón Rodil Pampillo llegaba al poder en un momento muy difícil para Espartero, con muchas sublevaciones contra Espartero y con los progresistas y moderados en contra del dictador. Formar Gobierno era una cuestión dificultosa, y Rodil tuvo que buscar nuevos nombres, gente desconocida en la alta política. Era el Gobierno de un militar al servicio de otro militar. Rodil no tenía experiencia política ni parlamentaria. Simplemente era leal a Espartero. El Congreso se enfadó porque de nuevo se volvía a ignorar el juego de las mayorías y se actuaba al margen de los Diputados.

El Gobierno Rodil estaba integrado por:

Presidente, José Ramón Rodil Pampillo, marqués de Rodil

Estado, Ildefonso Díez de Rivera, conde de Almodóvar.

Guerra, José Ramón Rodil Pampillo, marqués de Rodil / 20 noviembre 1842: Dionisio Capaz Rendón.

Marina, Comercio y gobernación de Ultramar, Dionisio Capaz Rendón.

Hacienda, Ramón María de Calatrava Martínez.

Gracia y Justicia, Miguel Antonio de Zumalacárregui Imaz.

Gobernación del Reino para la Península e Islas Adyacentes, Mariano Torres Solanot.

Rodil era un hombre sin experiencia política. Fue nombrado por Espartero en contra de la opinión del Congreso. Eligió sus ministros de entre miembros del Senado y ello disgustó a los diputados del Congreso.

Espartero estaba sostenido por un sector del ejército, los ayacuchos, pero tenía en contra al resto de los oficiales, tanto moderados como progresistas, que se veían postergados. Los generales descontentos se fueron organizando en los años siguientes: En 1842, Narváez y O´Donnell fundaron Orden Militar Española OME, para atraer a los jefes y oficiales descontentos con Espartero.

Las Cortes seguían funcionando igual de mal: el 1 de agosto de 1842 se aprobaron los presupuestos del Estado de 1842, con 8 meses de retraso. En 1843 ya no habría presupuestos, pues se disolvieron las Cortes antes de aprobarlos.

 

 

Reformas militares de 1842.

 

El 3 de agosto de 1842, un nuevo decreto reformaba el arma de caballería suprimiendo distinciones entre especialidades y reorganizando regimientos y escuadrones. Los militares volvieron a ponerse nerviosos.

En 1842 se creó el Cuerpo de Carabineros del Reino, un cuerpo militar dependiente del ministerio de Hacienda para reprimir el contrabando y vigilar las costas y fronteras. Tenía antecedentes en el Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras creado en 1829, y en el Resguardo Civil creado en 1834 y fusionado con el de Carabineros en lo que se llamó Cuerpo de Carabineros de la Real Hacienda 1834, pero éstos eran civiles y ahora se creaba un cuerpo con carácter militar. En 1848 pasaron a depender del Ministerio de la Guerra y sus oficiales eran del ejército, al igual que ocurriría con los de la Guardia Civil creada en 1844. El 10 de agosto de 1932, tras la rebelión de Sanjurjo, la Dirección General del Cuerpo de Carabineros fue suprimida, y sus miembros dispersados por las armas del ejército. En 1936 quedaron repartidos en ambos bandos de la guerra civil siendo Queipo de Llano el jefe de los que estaban en el bando nacional. En 15 de marzo de 1940 el Cuerpo de Carabineros se integraría en la Guardia Civil, apareciendo en ésta los Tercios de Fronteras y de Guardias Veteranos que se ocuparon de la custodia de puertos, fronteras, fraude y contrabando

 

 

Dificultades internas en 1842.

 

El 14 de noviembre de 1842 se inició la segunda legislatura de las Cortes elegidas a fin de 1841. La primera legislatura se produjo en 26 de diciembre de 1841. Las Cortes de la segunda legislatura fueron suspendidas el 22 de noviembre por los sucesos de Barcelona, y disueltas definitivamente el 3 de enero de 1843.

 

 

Rebelión de Barcelona y Valencia

en noviembre de 1842.

 

El problema de los burgueses catalanes era que estaban comprando maquinaria textil y necesitaban protección. Ante el proteccionismo había florecido el contrabando de textiles a través de las fronteras francesas y, naturalmente, pedían acabar con ese contrabando de productos ingleses y franceses. Los burgueses catalanes simpatizaban en principio con Espartero porque éste había suprimido las asociaciones obreras y abolido la limitación de los arrendamientos urbanos lo cual permitió la subida de los alquileres. La violencia sin embargo era lógica por parte de las clases urbanas más pobres, bases de los progresistas. Cuando Espartero decretó el librecambismo, los burgueses catalanes se revolvieron contra él. Espartero les quiso complacer reprimiendo el contrabando de textiles, pero más tarde anunció un tratado de librecambio con Inglaterra, que les perjudicaba. Mandó al ejército contra las ciudades catalanas sublevadas. El Congreso consideró anticonstitucional sitiar ciudades españolas y puso la censura al Gobierno.

En noviembre de 1842 estalló de nuevo la violencia en Barcelona (ya la había habido a fines de 1841). Corría el rumor de que Espartero iba a firmar un tratado de comercio con Gran Bretaña por el que ingresarían libremente en España sus productos textiles, y ello significaría la ruina de las fábricas de Barcelona. Se sublevaron primero, en septiembre de 1842, los tejedores de Barcelona y más tarde todo el sector textil catalán. Espartero envió a Cataluña al general Martín Zurbano para que reclutara soldados allí mismo, y reprimiera la sublevación. El 13 de noviembre se produjo un primer enfrentamiento entre soldados y civiles. El Capitán General Van Halen ordenó a Martín Zurbano que ocupara las Ramblas de Barcelona. La Milicia Nacional de Barcelona se sumó a los revoltosos y levantó barricadas en diversos puntos de la ciudad. El populismo de Espartero empezó a fallar en Barcelona, pues masas obreras iban a luchar contra él. El 15 de noviembre empezaron los combates callejeros. Dirigía a los revoltosos José María Carsy, director de El Republicano. Tenía a sus órdenes a muchos milicianos y también a voluntarios civiles. Hizo correr la voz de que Espartero había pactado con los ingleses el desmantelamiento industrial de Cataluña, y ello dio como fruto el que algunos patronos se unieran a la revuelta. Van Halen se retiró de la calle, al cuartel de Atarazanas, al cuartel de Estudios y al castillo de Montjuich. Las dos primeras posiciones fueron tomadas por los sublevados. Carsy estableció una Junta Revolucionaria y declaró a Barcelona ciudad rebelde hasta que hubiera en Madrid un Gobierno favorable a los intereses catalanes.

Espartero no sabía qué debía hacer respecto a la revuelta de Barcelona: si atacaba Barcelona perdería popularidad entre el pueblo llano, el maná del que vivía, y si no atacaba, corría el riesgo de perder el poder. Y decidió atacar Barcelona. El 20 de noviembre, Van Halen sitió Barcelona.

Espartero en persona se puso al frente de la represión de Barcelona el 28 de noviembre. Era inconstitucional que el Regente se pusiera al frente del ejército, pero Espartero se sentía gobernante de España y no se limitaba a ser Regente. Espartero intimó a los sublevados a rendirse y desarmar a los 14.000 milicianos y civiles que dominaban la ciudad.

La sublevación de Barcelona, se extendió a varios pueblos de Cataluña y Valencia en noviembre y diciembre de 1842. La razón por la que lo hacían era por oponerse a las quintas que Espartero introdujo en esos territorios.

Los burgueses descontentos, habían contactado con los liberales radicales de Abdón Terrades y Juan María Carsy, que era jefe de la Milicia Nacional y sacó a sus hombres a la calle, constituyó una Junta Popular Directiva Provisional y logró tomar y controlar Barcelona durante 20 días, hasta que Espartero tomó la ciudad el 3 de diciembre de 1842.

El 3 de diciembre de 1842, Espartero ordenó bombardear Barcelona. Se hizo desde Montjuicht. Murieron unos cientos de catalanes y fueron destruidas unas 400 casas. Pero fue suficiente para desmoralizar a los sublevados, y el 4 de diciembre, la Junta de Barcelona capituló. Espartero regresó a Madrid, pero esta vez nadie salió a aplaudirle cuando entraba en Madrid. Se había hecho costumbre salir a aplaudir masivamente a Espartero cada vez que éste entraba en Madrid. Su populismo empezaba a decaer.

 

 

Expansionismo imperialista en África.

 

En diciembre de 1842 se ocuparon las islas Chafarinas. Francia estaba introduciéndose en Marruecos desde 1834, pero España no había reaccionado, en la idea de que las costas africanas sólo eran nidos de piratas. Por primera vez se tomó conciencia de que Francia se estaba expandiendo en zona tradicionalmente española, los presidios del norte del África. Pero la acción de España no llegará todavía. Habrá que esperar a octubre de 1859 para decidir la intervención en Marruecos. El perjudicado en estas maniobras era Gran Bretaña, pues la presencia de Francia, o la de España, en Marruecos, desvalorizaba la base de Gibraltar, y perdía el dominio en exclusiva del paso del estrecho. Aun así, en 1860, no se trataba de anexionar, sino de castigar los ataques marroquíes a los intereses españoles.

En esta misma política expansionista, en 1843 se enviaría a Juan José Llerena a Guinea Ecuatorial a establecerse en ese territorio. Llerena fundó Santa Isabel en Fernando Poo, y se hizo cargo de Annobón, Corisco, Elobey Grande, Elobey Chico, costa de Muni y cabo San Juan. Las islas habían sido descubiertas por los portugueses en el siglo XV. En 17 de abril de 1778, Tratado de El Pardo, habían sido cedidas a España junto con el derecho de comercio de las costas de Guinea desde la boca del Níger a la desembocadura del Ogüe. Lo cierto es que España apenas las había ocupado, pues la expedición que salió de Montevideo en 1778 con el conde de Argalejos y 150 hombres, volvió a Montevideo una vez muerto Argalejos y dejaron libre el territorio, que fue ocupado por los ingleses. En 1858, el capitán de fragata Carlos Chacón sería nombrado Gobernador de Guinea y se empezó a explorar el territorio destacando Nicolás Manterola que remontó el río Muni. El Congreso de Berlín de 1884-1885 reduciría las pretensiones de España de 200.000 kilómetros cuadrados, a sólo 26.000, pero fue adjudicado a España un poco de continente y las islas. En julio de 1959 serían declaradas provincia española con capital en Bata. En 1963 adquirían autonomía. En 1968 celebraron referendum para la emancipación y se independizaron siendo presidente Francisco Macías Nguema, que rompió con España y destrozó la economía del país, hasta ser echado por el golpe de Estado de Teodoro Obiang Nguema que gobernó con una Junta Militar hasta 1982.

 

 

Crisis del Gobierno Rodil.

 

En 3 de enero de 1843, Espartero disolvió Cortes, donde se estaban aliando contra él los progresistas más radicales con los moderados. No hubo finalmente coalición entre ellos porque Prim (progresista radical) y Narváez (moderado) riñeron.

Espartero convocó nuevas Cortes para el 3 de abril. En 27 de febrero de 1843, se convocaron elecciones que se celebraron en marzo. Espartero logró meter en el Congreso unos 70 diputados ayacuchos, pero no logró imponer la mayoría que pretendía tener. Enfrente tenía a los progresistas disconformes y a los moderados liderados por Istúriz. Las elecciones de marzo de 1843 habían sido un fracaso para Espartero.

Los motivos de descontento general en España, que hicieron perder las elecciones al partido en el poder fueron que en 1843, se iniciaba una crisis económica que ponía fin al periodo de bonanza de 1833-1843. Los precios caían, las importaciones de algodón se reducían y las exportaciones de plomo bajaban. Esta crisis perdurará en 1847 y se recrudecerá a partir de 1848.

Los motivos de descontento catalán eran varios: el bombardeo de la ciudad de Barcelona en diciembre de 1842, la ineficacia frente a las partidas carlistas que asaltaban los comercios y caminos, y la no represión del contrabando inglés desde Gibraltar que introducía paños en España en detrimento de los fabricantes y comerciantes de Cataluña.

 

 

Crisis económica de 1843.

 

Los cierres de talleres eran constantes y los motines se multiplicaban a medida que se incrementaba el paro. El grito dominante en España era “mueran los anglo-ayacuchos”, el cual hacía alusión a la injerencia británica en la política de librecambismo y al favoritismo de Espartero respecto a los suyos, los ayacuchos. Espartero tenía sus fieles entre las gentes de los barrios bajos de Madrid, los cuales eran fervorosos partidarios del dictador, e incluso tenían en sus casas estampas con la efigie de Espartero y las adoraban colocando velas delante de ellas. También apoyaba a Espartero la Milicia Nacional, a la que Espartero protegía y multiplicaba, llegando a tener 750.000 hombres encuadrados en ella, muchas veces de la más baja extracción social. Esta gente soez e inmoral era utilizada por Espartero para reprimir los motines urbanos. Simultáneamente, los caminos y zonas rurales estaban abandonados al bandolerismo, pues Espartero necesitaba a todos sus hombres en las zonas urbanas. Barcelona en general era antiesparterista porque allí se atribuía a Espartero la pérdida de puestos de trabajo.

 

 

Caída del Gobierno Rodil.

 

Ante el fracaso de las elecciones de marzo de 1843, Rodil presentó su dimisión.

Espartero designó para Presidente del Gobierno al entonces Presidente del Congreso (30 de abril de 1843 a 26 de mayo de 1843), señor Manuel Cortina Arenzana. Había sido Ministro de Gobernación en mayo de 1841, y como Jefe de la Guardia Nacional, había colaborado con Espartero en la represión de octubre de 1841. Pero Cortina era progresista y se había desencantado de Espartero, y no aceptó el Gobierno.

El que sí aceptó fue un hombre de la oposición progresista a Espartero, Joaquín María López, un progresista puro, pero exigiendo completa libertad para gobernar, sin injerencias de Espartero. Invocó el principio de “el Rey reina, pero no gobierna” aplicable al Regente. Exigía que no hubiera exclusiones en los puestos de la Administración, una amnistía para delitos políticos, la neutralidad del Ejecutivo en las elecciones y el respeto a la libertad de imprenta. Espartero cedió por primera vez en su vida.

 

 

 

PRIMER GOBIERNO JOAQUÍN MARÍA LÓPEZ,

         9 mayo 1843 – 19 mayo 1843

 

Presidente, Joaquín María López López[5].

Estado, Miguel María de Aguilar / 10 de mayo 1843: Joaquín Frías.

Gracia y Justicia, Joaquín María López López.

Marina, Comercio y gobernación de Ultramar, Joaquín de Frías

Guerra, Francisco Serrano Domínguez.

Hacienda, Mateo Miguel Ayllón Alonso.

Gobernación del Reino para la Península e Islas Adyacentes, Fermín Felipe Caballero Morgáez.

 

Joaquín María López era un progresista de la facción enemiga de Espartero. Espartero trataba de ganarse a los progresistas porque la crisis política era muy evidente desde octubre de 1841. De los líderes progresistas, Joaquín María López pasaba a Presidente del Gobierno, y Fermín Felipe Caballero pasaba a Ministro de Gobernación.

Joaquín María López quería renovar todos los cargos del Gobierno eliminando a los hombres de Espartero, y hacer un Gobierno verdaderamente liberal progresista. Su programa incluía amnistiar los delitos políticos posteriores a 1839, cumplir fielmente la Constitución de 1837, terminar con la situación de Regencia en España para lo cual fijó la fecha de octubre de 1844, independencia nacional frente a mediaciones extranjeras en asuntos españoles, neutralidad de los Gobiernos en las elecciones, responsabilidad ministerial, libertad de imprenta y apoyo a la Milicia Nacional.

Intentó eliminar la camarilla militar de Espartero, y limitar los poderes del Regente. Empezó eliminando al general José Ramón Rodil, el jefe militar de Madrid que ejecutaba la violencia que le ordenaba Espartero, y exigiendo que el general Francisco Javier Linage, el hombre de Espartero que era jefe de las inspecciones militares de infantería y de Milicias, abandonase esos cargos, ascendiéndole a Capitán General lo cual conllevaba su traslado fuera de Madrid.

Espartero protestó en el Consejo de Ministros del 16 de mayo de 1843 y se negó a firmar la orden de traslado de Linage. Espartero exigió que Linage fuera de nuevo Inspector militar. También exigía López la dimisión de Martín Zurbano, el hombre de los fusilamientos de octubre de 1841. No se le aceptaron las peticiones. Espartero perdió su principal apoyo en el ejército. Espartero sentía que querían quitarle el ejército, su fuerza en la que confiaba, y se sintió acosado.

El 17 de mayo, Joaquín María López dimitió y le secundaron todos los ministros. La dimisión de Joaquín María López fue inmediatamente secundada por la de Fermín Felipe Caballero, el Ministro de Gobernación, y por la de Francisco Serrano Domínguez, el Ministro de Guerra.

El 17 de mayo, Espartero aceptó las dimisiones, pero no logró que alguien aceptara la Presidencia de Gobierno. Nombró por fin a Álvaro Gómez Becerra, que era un ayacucho y ejercía como Presidente del Senado, y ello encolerizó aún más al Congreso. El Congreso aprobó la continuidad de Joaquín María López por 114 votos a favor. Ello implicaba la condena tácita a Espartero, que le había depuesto.

Espartero se hallaba en tan mala situación que hubo de suprimir la prensa libre.

En mayo de 1843, los progresistas puros, enemigos de Espartero, habían buscado otro líder militar que era Juan Prim, para oponerse a Espartero.

El 19 de mayo, Olózaga, otro líder progresista puro, hizo un discurso en las Cortes pidiendo la vuelta a la libertad que Espartero había robado a los españoles. Inmediatamente, Espartero disolvió las Cortes. No fue una medida conveniente a la popularidad de Espartero, pues los diputados volvieron a sus distritos electorales pidiendo la rebelión general contra Espartero. Y de allí surgieron Juntas bajo el lema “Dios salve al país y a la Reina”. Y animados por este nuevo ambiente, la Organización Militar Española de Narváez se puso en marcha y buscó aliados progresistas para esta sublevación.

 

 

 

GOBIERNO ÁLVARO GÓMEZ BECERRA,

         20 mayo 1843 – 23 julio 1843

 

Presidente, Álvaro Gómez Becerra.

Estado, Olegario de los Cuetos Castro.

Gracia y Justicia, Álvaro Gómez Becerra.

Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar, Olegario de los Cuetos Castro

Guerra, Isidoro de Hoyos y Rubín de Celis, marqués de Hoyos / 24 de mayo de 1843: Agustín Nogueras

Hacienda, Juan Álvarez Mendizábal

Gobernación del Reino para la Península e Islas Adyacentes, Pedro Gómez de la Serna.

 

Espartero nombró Presidente del Consejo de Ministros a Gómez Becerra en la idea de que podía hacer y deshacer como líder que era de los progresistas ayacuchos.

Las Cortes no aceptaron el nombramiento de Gómez Becerra y alegaron que no podía ser nombrado, pues la destitución de Joaquín María López no estaba publicada todavía en La Gaceta. Y eso disgustó a Espartero, pues se alegaba un defecto técnico, lo cual era una cuestión nimia. Las Cortes abuchearon al nuevo Gobierno y especialmente a Gómez Becerra, y fueron suspendidas ese mismo 20 de mayo. Gómez Becerra gobernaría sin Cortes. Habían durado 47 días. La campaña electoral para nuevas Cortes fue muy dura contra Espartero. Se preparaba un levantamiento general progresista y la formación de Juntas Locales de Salvación.

Barcelona constituyó una Junta Suprema (suprema quería decir soberana en la época) que destituyó a Espartero y nombró ministro universal a Juan Prim. Prim se pronunció en Reus, la segunda ciudad de Cataluña en población, pidiendo la mayoría de edad de Isabel II y el fin de la Regencia de Espartero. Prim intentó atacar Tarragona, que era esparterista, pero fue la fuerza de Tarragona, general Martín Zurbano, la que le atacó a él, y tuvo que huir hasta Barcelona. Prim contraatacó y tomó Reus, obteniendo por ello el título de conde de Reus y vizconde de Bruc.

El general Narváez y el general Concha, que estaban en París, viajaron a Marsella, donde embarcaron en “Le Rubis” viajando hasta Valencia. En Valencia se pusieron a la tarea de reunir hombres para el golpe de Estado.

El ejército había aprendido de sus errores de julio de 1840, cuando intentó hacer un golpe “limpio”, exclusivamente militar y entre militares, y había fracasado. De mayo a julio se levantaron 37 organizaciones civiles en distintas provincias de España. Desde entonces, todas las sublevaciones militares contarían con una “trama civil” organizada.

Se recrudecieron las sublevaciones contra Espartero: el 23 de mayo Málaga al grito de “libertad o muerte”, el 26 Granada, el 27 Almería, el 30 Cádiz… y así hasta 37 provincias de las 49 existentes en España en ese momento. Los sublevados calificaban a Espartero de traidor, liberticida, vendido al oro inglés… Prim y Miláns del Bosch actuaban en Reus, Serrano en Barcelona, y Narváez y Concha en Valencia. Es decir, tanto los generales progresistas como los moderados estaban en contra de Espartero. Pero podíamos decir que Barcelona era la cabeza de los progresistas y Valencia la de los moderados. En mayo, junio y julio de 1843 se sublevaron casi todas las capitales de provincia pidiendo el regreso de Joaquín María López y de su Gobierno.

Gómez Becerra intentó calmar las sublevaciones despidiendo a la camarilla de Espartero. No fue suficiente.

 

 

La dictadura de Serrano.

 

    El general Francisco Serrano, que estaba en Barcelona, se declaró Ministro Universal, es decir, que asumía el Gobierno como dictador. Luis González Bravo, al que se tiene por ideólogo de muchas de las decisiones de aquellos días, actuaba como colaborador de Serrano.

Serrano, en 28 de junio de 1843, hizo una proclama en Barcelona en la que dio por terminada la Regencia de Espartero y nombró Presidente del Gobierno a Joaquín María López, el cual reunió un equipo para el Consejo de Ministros correspondiente. El 30 de junio, nombró a Narváez Capitán General del Cuarto Distrito Militar, es decir, Madrid.

En junio y julio de 1843, Espartero contaba con la fidelidad de los barrios bajos del sur de Madrid, con los seguidores de Mendizábal y con la Milicia Nacional de Madrid en la que había ido enrolando a sus partidarios. También tenía algunos ayacuchos en el ejército, que le debían sus cargos, ascensos y destinos.

El levantamiento de Serrano contra Espartero empezó en Cataluña y Andalucía. Espartero envió a Seoane contra los catalanes sublevados y a Van Halen contra los andaluces. Personalmente, se situó con un ejército en Albacete, para impedir la unión de ambos grupos rebeldes. Cuando Van Halen le pidió ayuda desde Sevilla, Espartero bajó desde Albacete al sur, pero en ese momento, Narváez desembarcó en Valencia, al este de Albacete, y avanzó a marchas forzadas sobre Madrid, punto que sabía desprotegido. Seoane, que estaba en Zaragoza, se dio cuenta de la maniobra de Narváez y salió a defender Madrid.

Narváez, el 22 de julio de 1843, se dirigió a Madrid al frente de 2.000 ó 3.000 soldados. Fue por el camino más directo, pasando por Teruel, para dirigirse a marchas forzadas a Madrid, mientras Espartero estaba en Albacete.

Los 13.000 soldados llamados por Espartero en su ayuda, comandados por Seoane y Martín Zurbano, se unieron al enemigo, a Narváez, en Torrejón de Ardoz en 23 de julio 1843. Se había producido una deserción en masa de los soldados de Seoane, mientras luchaban el 22 y 23 de julio.

Miláns entró en Madrid el 24 de julio.

Espartero, que estaba en Sevilla, se dio cuenta del error de principiante militar que había cometido desguarneciendo Madrid. Entró en pánico, pensaba que cualquiera le iba a apresar en cualquier momento, o tal vez alguien le asesinaría, y abandonó España dirigiéndose a Cádiz. El 30 de julio embarcó en Puerto de Santa María y pidió al capitán del barco británico que le llevara a Londres. Mendizábal se fue con él.

En julio de 1843 se produjo en España un relevo generacional en el ejército, que también debe ser tenido en cuenta: Los generales salientes, Espartero, Alaix, Linage, Rodil, Seoane, Van Halen y Zurbano, tenían entre 48 y 55 años, y conocían las luchas de la independencia americana. Los generales entrantes, Narváez, Serrano, Concha, Fulgosio, Córdova, O`Donnell y Prim, tenían entre 29 y 34 años (era excepción Narváez, que tenía 44 años), y no tenían ya nada que ver con las luchas colonialistas.

 

En 10 de noviembre de 1843, se decidió proclamar a Isabel II mayor de edad y acabar con el periodo de las Regencias.

Un militar se había hecho cargo, primero, del Gobierno, y más tarde, del Estado. Otro militar le había expulsado de sus cargos en 1843. Muchos otros militares seguirían el mismo camino en los cien años siguientes: protagonizar la política.

 

 

 

[1] Joaquín María Ferrer nació en Pasajes de San Pedro (Vizcaya) en 1777. Fue diplomático en América durante la Guerra de la Independencia Americana y ello le unió a los Ayacuchos. Diputado en el Trienio Constitucional. Exiliado en 1823, regresó en 1833 y fue procurador en Cortes. Ministro de Hacienda con Calatrava en agosto septiembre de 1836. Presidente de las Cortes en 1836-1837, durante la elaboración de la constitución progresista. Colaboró con Espartero en 1840, integró la Junta de Madrid, fue ministro de Estado con Espartero en septiembre de 1840 y Presidente del Gobierno en 1841. Murió en Santa Águeda (Guipúzcoa) en 1861.

[2] Para conocer la trayectoria de Agustín de Argüelles, es conveniente ver la WWW de Jorge Vilches, Agustín de Argüelles Álvarez. Agustín de Argüelles Álvarez, 1776-1844, era un abogado formado en Oviedo, que había aprendido inglés y se había trasladado a Madrid en 1800. Godoy le utilizó como embajador especial en Londres. En 1808, fue llamado por Gaspar Melchor de Jovellanos y se incorporó a Sevilla con el bando ”patriota”. En las Cortes de Cádiz destacó como orador brillante y fue apodado “el divino”. En 1814 fue encarcelado en Ceuta, y en 1815 en Alcudia (Mallorca), hasta 1820, fecha en que fue liberado y fue Ministro de Gobernación. En 1823 se exilió a Inglaterra y estudió el constitucionalismo. En 1834 regresó a España y se encontró con que algunos liberales de 1820 se habían vuelto muy moderados, casi absolutistas, caso de Martínez de la Rosa, y otros moderados como Istúriz, Toreno o Alcalá Galiano. Argüelles se negó a colaborar con Martínez de la Rosa al que calificaba como traidor al liberalismo, pero él mismo ya no era un exaltado, sino que era partidario de una Constitución de consenso como fue la de 1837. Tenía a su lado a Mendizábal, Fermín Caballero, Joaquín María López, José María Calatrava y Salustiano Olózaga. Argüelles en 1837 ya no era el orador brillante de 1810, con grandes paráfrasis y frases grandilocuentes. Ahora era un hombre de pensamiento profundo al que la oratoria le importaba poco. En 1840 fue candidato a Regente, pero perdió ante Espartero. Inmediatamente se dio cuenta del mapa político de su tiempo y distinguió entre los radicales como Joaquín María López, y los llamados entonces “templados” como Manuel Cortina o Salustiano Olózaga, y lo que sólo era populismo esparterista. Argüelles fue elegido Presidente del Congreso de Diputados. Espartero trató de ganarle nombrándole Tutor de la Reina Isabel II en 10 de junio de 1841. El 7 de octubre de 1841, fue apresado en Palacio Real por los golpistas moderados y perdió su tutoría. No obtuvo ningún otro cargo importante.

[3] Ver: Idoia Estornes Zubizarreta, La Octubrada, en Auñamendi Gusko Entziklopedia. Y también Felipe Gutiérrez Llerena, Historia de un Pronunciamiento frustrado: octubre de 1841, en WWW. Y también Fernando Mikelarena Peña, La sublevación de O`Donnell de octubre de 1841. Universidad de Zaragoza, 1009.

[4] Gregorio Piquero Argüelles, 1782-1865, estuvo en la sublevación de Asturias contra los franceses en 1808 y fue nombrado teniente. Acabó esa guerra con el grado de brigadier. En 1820 estuvo de parte de los exaltados y en 1821 fue gobernador de Zamora y más tarde Jefe Político de Murcia, y en 1822 Capitán General de Extremadura. En 1823 se exilió a Cuba, donde era cultivador. Regresó a España en 1835, fue Jefe Político de Alicante en 1836 y en 1841 estuvo en el levantamiento de octubre contra Espartero, por los que de nuevo se exilió, esta vez a Francia, hasta 1843.

[5] Joaquín María López López, 1798-1855, era, junto a Fermín Caballero, el líder de los progresistas enemigos de Espartero.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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