LIBERALISMO, ROMANTICISMO, POPULISMO.

 

España, en el siglo XIX, se mostró siempre pasional, dogmática e intolerante en sus opiniones sobre la nobleza, clero y propiedad libre. Siempre intolerante cada individuo para con las opiniones diferentes a la suya. Los españoles, hombres orgullosos de sus propias ideas, estaban siempre prestos a la violencia para defenderlas. Y mientras el liberalismo europeo era tolerancia y racionalidad, el liberalismo español del XIX fue elitista, intolerante, clasista, integrista católico en unos casos y ateo en otros y de más presunción de saber que de adquisición real de conocimientos, y por ello más de poetas y literatos que de científicos. Dentro de un liberalismo europeo occidental, caracterizado por la tolerancia y el respeto a los derechos humanos, España, donde no había tolerancia, era al menos, singular.

El siglo XIX español resultó así apasionado, desgarrador, vergonzante, genial, admirable, horroroso, farisaico, ejemplar, apasionante… según los casos. Era un conjunto de contradicciones: Se adoraba al tiempo a Dios y al dinero, se defendía a la religión integrista y al Estado regalista, se defendía la castidad católica en público y se practicaba el sexo libre en privado, se hablaba de hombres muy hombres y de mujeres absolutamente castas. Y un pueblo que hablaba en voz alta y presumía de no callarse nada, sabía que todo lo importante debía ser callado, pues no era honorable poner de manifiesto lo que todo hombre informado debía saber sobre su entorno. Y seguía defendiéndose el honor con retos a muerte, o a primera sangre. Se predicaba contra situaciones de miseria y se mantenían salarios de hambre. Se pedía libertad de prensa y se utilizaba la libertad para insultar, levantar calumnias, denigrar…

España, en la Edad Contemporánea, fue ante todo populista. Las masas seguían a cualquiera que prometiera tierra para todos, exenciones de impuestos, trabajo bien remunerado para todos. No importaba que España fuera un país árido e incluso desértico en algunas regiones, un país que no permitía vivir de una pequeña finca, para que se pidieran repartos de pequeñísimas fincas. No importaba que el ritmo de los tiempos fuera de bajada progresiva de los precios de las materias primas y los alimentos, lo cual dejaba progresivamente fuera del campo competitivo a más y más agricultores pequeños. No importaba que España tuviera precios industriales más caros que Francia y Gran Bretaña. Las masas creían que, si el Gobierno quería, habría pan para todos, se vendería todo a buen precio y los alimentos serían baratos. No importaba que no hubiera maestros, si un Gobierno populista abría escuelas y a los niños sólo se les hacía aprenderse de memoria un catecismo, las oraciones y la moral católica. Los románticos europeos estaban emocionados en sus visitas a España: todo lo irracional, vitalista, contradictorio, sentimental, bestial, caritativo, moralista e inmoral, podía ser hallado en España. No podemos menos que recordar a Goya y sus dibujos sobre la realidad que él observaba: majas ideales que inspiran tranquilidad, escenas horribles que sugieren lástima y horror, y cuidado exquisito para borrar las informaciones al pie del grabado.

Los años 1833-1868 son denominados época liberal, época romántica y época isabelina, según las ocasiones. Son los mismos años, y sin embargo, estos tres términos tienen significados diferentes unos de otros. Isabelina es la época en que reinó Isabel II, de 1833 a 1868, y el término histórico no presenta dificultades. Y además hay que considerar el populismo subyacente desde tiempos muy antiguos y vigente como nunca en el XIX.

Pero la implantación del liberalismo no era una cosa sencilla, como puede ser vista desde la actualidad, y tampoco lo era en España. No debemos simplificar las cosas desde perspectivas actuales.

 

 

El atípico liberalismo español del XIX.

 

“Liberal” fue un término utilizado por Quintana en El Semanario Patriótico en 1808, término que gustó al sector de los patriotas opuestos al absolutismo. Todavía no tenía en 1808 connotaciones políticas. La palabra en sí tuvo éxito en Europa y sirvió para denominar a todo un pensamiento político y económico de moda, significando que los afortunados debían ceder sus privilegios en bien de que fueran posibles las reformas del Estado a favor de los menos afortunados, debían ceder lo suyo, debían ser “liberales”. Pero el liberalismo español, del que el movimiento europeo tomaba el nombre, era diferente del europeo. El liberalismo o la “democracia liberal” es, ante todo, respeto a los derechos individuales de la persona, de cada persona frente al conjunto y del conjunto de las personas sujeto de derechos, y es tolerancia ante la diversidad. En cambio, en España, las Constituciones del siglo XIX apenas dedicaron espacio a las declaraciones de derechos. Y la primera Constitución que lo hizo, la de 1868, se llamó en España “democrática” y no liberal, porque se rebelaba contra el liberalismo existente hasta entonces, liberalismo de minorías, y pensaba en el sufragio universal. Los derechos reivindicados por los liberales españoles eran unos derechos muy particulares, eran los derechos de unas minorías de propietarios que pedían el derecho a poseer, negociar y contratar, y los derechos de unos periodistas que reivindicaban el derecho a polemizar, escribir y publicar, las más de las veces triturando a un adversario político. Nada que ver con la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano y otras grandes declaraciones de derechos posteriores. No hubo en España ninguna declaración de derechos de relevancia internacional.

Los liberales españoles fueron tan especiales que, por ejemplo, debatieron docenas de veces el tema de la libertad de prensa, tema que les gustaba a ellos, y sólo en tres ocasiones la abolición de la esclavitud, tema de mucho más calado y más sangrante y actual para el conjunto de los españoles y de la humanidad.

Otra característica de los liberales españoles fue hacerse pasar por un grupo social grande e incluso mayoritario, cuando ello era completamente falso entre el conjunto de los españoles. Utilizaban grandilocuentes expresiones que eran una mentira en sí mismas: cuando hablaban de soberanía nacional se referían en la práctica a la capacidad de decisión de una minoría ridícula de ciudadanos (los elegibles para diputados), e igualmente, cuando hablaban de voluntad de la nación, de representantes del pueblo, de la opinión pública, se estaban refiriendo a unos centenares de personas, que eran ellos mismos, los que pronunciaban esas declaraciones. En primer lugar, se engañaban a sí mismos. En segundo lugar, engañaban a historiadores poco avezados en estos temas y que se creen todo lo que los papeles dicen y todo lo que los políticos proclaman.

Los españoles de 1833-1840 se sentían más representados y protegidos en sus derechos a la propiedad de la tierra, o al menos al derecho de trabajarla, por el difunto Fernando VII y su sistema absolutista que por las grandes declaraciones liberales que parecía que sólo protegían a los ricos. De 1837 a 1845, con dificultad se creían que fueran a otorgarse derechos, igualdad en la justicia y libertades para todos, y estaban en lo cierto. Preferían el carlismo. Los españoles de 1856, decidieron que los liberales no les representaban, no les defendían, no cumplían su promesa de repartir la tierra, unas pocas tierras que les permitieran sobrevivir, y comenzaron a pensar en sistemas alternativos al liberalismo: el socialismo anarquista, la comuna o lo que ellos llamaban “la república” y que tenía menos que ver con un sistema presidencial en la Jefatura del Estado y más con la formación de comunas o cantones de régimen asambleario populista.

Los liberales españoles eran conscientes del papelón que hacían todos los días “jugando a la política”, y hacían discursos en los que se escuchaban a sí mismos. Los liberales conocían perfectamente que vivían en una sociedad muy desigual y analfabeta, a la que había que conducir como a los rebaños de ovejas, al igual que les había conducido el absolutismo en épocas anteriores. Los moderados de 1833-1854 apenas darían participación a nadie en los proyectos políticos. Hablaron mucho en contra del absolutismo, pero en la práctica, las cosas cambiaron muy poco en este sentido con los Gobiernos liberales, ni siquiera los apellidos de los gobernantes. Los liberales manipulaban el sufragio, no daban ninguna oportunidad a las ideas de la oposición, no desarrollaban los derechos humanos… El sistema estaba condenado al fracaso.

En cambio, se deificaba la Constitución dedicándola plazas y calles, procesiones cívicas, genuflexiones ante el texto constitucional, apelaciones a la Constitución como texto sagrado, infalible, fuente de moralidad. En muchos discursos en las Cortes, los diputados confundían lo moral con lo constitucional. Y nadie respetaba las Constituciones, e incluso presumían de no haberlas respetado nunca. Era un “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. Era un absurdo el que los diputados estuvieran convencidos de que la Constitución se podía incumplir cada vez que al Gobierno de turno le parecía conveniente. Y lo aceptaban sin más. Se incumplía la Constitución cada vez que se deseaba atacar a la oposición, y ello lo hacían tanto los conservadores como los progresistas. Y ambos utilizaban al pueblo como arma política, pagaban agitadores que movieran la calle, y mantenían completamente al margen de la política a las masas. Unos pocos burgueses, que se decían los unos progresistas y los otros moderados, unos pocos militares de ambos bandos, y unos pocos intelectuales y periodistas eran el todo político.

Todavía era más absurdo, que una Constitución de la que tantas bondades se decían y a la que tanto se la adoraba, se cambiara o se intentara cambiar cada pocos años: 1834, 1837, 1845, 1851, 1855, 1868, 1873, 1876. En conclusión: se creía muy poco en la Constitución.

El liberalismo español se caracterizó por la discordancia entre los principios constitucionales y las formas de actuación de los liberales que los habían acordado e impuesto, por la defensa de posturas maximalistas que llevaban a discusiones interminables por temas a veces nimios, por la tendencia al caudillismo en ambos partidos, conservadores y progresistas, por un extremismo ideológico de lo bueno y lo malo, siendo siempre bueno lo propio y malo lo de la oposición, lo cual conducía a la imposibilidad de alternancia pacífica en el poder y golpismo permanente y caciquismo necesario para ganar las siguientes elecciones, convocadas siempre desde el poder, por la exageración sistemática de los agravios cometidos por el oponente de modo que cualquier insignificancia podía convertirse en causa de caída de un Gobierno.

Y los Gobiernos de la época isabelina se caracterizaron por la inestabilidad, a veces epatante: Serafín María de Soto conde de Cleonard duró 17 horas en 1849, Fernando Fernández de Córdoba 30 horas en 1854, Florencio García Goyena 7 días en 1847, y era normal estar unos meses y excepcional perdurar más allá de tres o cuatro años.

El típico Presidente de Gobierno español del XIX fue autoritario. Lo fueron Espartero entre los progresistas, Narváez entre los moderados, y O`Donnell entre los de Unión Liberal. El autoritarismo es típico de la España del XIX y de muchos países que iniciaban el desarrollo. Creó un problema prácticamente irresoluble desde un punto de vista democrático liberal. En el liberalismo, lo fundamental deben ser los derechos humanos, cada derecho de cada ciudadano, los derechos de las minorías y los derechos de la sociedad como conjunto, lo cual no es nada fácil cuando se producen colisiones entre unos derechos y otros. Los derechos deben ser salvaguardados por las instituciones, pero cuando no existen instituciones democráticas, sólo la autoridad de un personaje puede protegerlos o no, según sus conveniencias políticas del momento. Lo normal fue dejar el asunto para más adelante, y pasó todo el reinado de Isabel II, 1833-1868, 35 años, y todavía no habían encontrado el momento oportuno de hacerlo.

Los moderados eran conservadores en el sentido de mantener las viejas autoridades, los antiguos señores de los pueblos, por encima de posibles derechos democráticos. Su autoritarismo actuaba en beneficio de la burguesía, despreciando los derechos de propiedad y trabajo del resto de los ciudadanos, una inmensa mayoría. Era la llamada democracia liberal burguesa. Y los progresistas eran revolucionarios sólo en el sentido de defender la existencia de unas Juntas de ciudadanos que, cuando llegaban a legalizarse, se rebelaban contra los propios progresistas. Estas Juntas eran más populistas que liberales. Quitar unas fincas a la Iglesia no es en sí mismo progresista, aunque pudiera haberlo sido si hubieran entregado, de alguna manera, las fincas a los campesinos, y hubieran intentado cambiar el régimen de propiedad e impedido que las fincas de los pobres fueran a parar a los latifundistas.

 

 

El atípico romanticismo español.

 

El romanticismo es una forma irracional de entender las cosas y la vida, es muy personal, y es por tanto muy difícil de describir. Hay tantos romanticismos como románticos. En general, el romántico es individualista, rebelde, de sentimientos exacerbados, opuesto a dejarse guiar por la razón. El romanticismo es una forma de entender la vida, en la que se da importancia desmesurada a los sentimientos personales, a la imaginación, la intuición, la corazonada, y el individuo se entrega a ese sentimiento que ha descubierto, de forma desbordada, con todos sus resortes de carácter, con ira, con arrebato…

Evidentemente, el romántico no es tan cerrado como hemos descrito en el párrafo anterior y no deja de ser una persona racional que se guía por la razón en la mayor parte de las cuestiones de la vida. El romántico actúa de la manera dicha sólo ante uno o unos pocos problemas, los que él considera vitales para sí mismo, y que pueden ser los negocios, el amor, los viajes, la política… En los demás temas de su vida es racional.

En política, el sentimiento romántico más habitual era el amor a la libertad. Era un amor apasionado que castigaba e incluso asesinaba a los que se oponían a esa manera personal de ver la libertad, a los que tenían una manera distinta de entender la libertad. El político romántico trataba de conmover al auditorio apelando a los padres honrados del sujeto de quien se estuviera hablando, a los hijos muy amados, hijos del corazón que él tenía, y mientras hablaba, gritaba a veces, lloraba, se emocionaba… y todos los oyentes se emocionaban con él y le acompañaban a veces en sus manifestaciones emocionales, o le abucheaban y pitaban ciegamente y cerradamente.

Un romántico conocido es O`Donnell, el cual estaba enamorado de la reina platónicamente, sin relaciones carnales entre ellos. O`Donnell tuvo un tremendo ataque de celos cuando la reina bailaba con Narváez un rigodón, que sólo significaba que le despedían como Jefe de Gobierno.

No menos romántico era Narváez, el hombre tenido como el más serio de la época. Narváez era colérico-depresivo, unas veces con furia desatada y otras veces en depresiones nerviosas durante las que se sentía insignificante, despreciable y desgraciado. En uno de sus exilios, se intentó suicidar. En una de sus depresiones, se subió a un caballo en Madrid y no paró hasta llegar a Loja, su pueblo, donde estaba su casa familiar a 600 kilómetros de distancia, y allí se encerró y no quiso ver a nadie durante días. El único que sobrellevaba a este personaje tan desequilibrado era su amigo Pedro José Pidal.

En la guerra, los militares románticos se lanzaban en su caballo o en su nave en medio del combate, dispuestos a matar y morir.

En los negocios, los empresarios románticos iniciaban cualquier negocio, triunfaban a veces, pero en ese caso, emprendían nuevas aventuras, y en una de ellas indefectiblemente se arruinaban, y volvían a empezar… Lo que les gustaba era el riesgo de ganar o perder, y no el dinero o la empresa. Y cuando caían en la infamia, no dudaban en suicidarse. Los empresarios románticos se aburrían en la posesión y explotación de tierras con un riesgo mínimo, y preferían cualquier aventura, aunque pudiera salir mal, pero que les permitiera soñar con el triunfo, la gloria, el honor, la fortuna…

Y las más de las probabilidades del romántico eran de fracaso. Porque, una vez puestos a considerar la realidad irracionalmente, lo lógico es que se estrellasen contra ella. Así que los suicidios eran frecuentes, en 1845 de unos 1.300 al año. Y las escenas de histeria, lipotimias, desplantes y desafíos, todo ello en público, eran miles y miles. Porque esas actitudes que hoy consideramos ridículas, eran admiradas socialmente, estaban de moda, y se interpretaban en público, siendo alabadas más tarde por la opinión pública.

 

 

El populismo.

 

El populismo administra los derechos humanos según criterios, bien de asambleas populares completamente volubles, bien de iluminados redentores de la sociedad, locuaces y capaces de movilizar a las masas.

Las asambleas son manejadas por charlatanes con exceso de verborrea, capaces de tener una frase para cada ocasión, aunque a veces no sepan ni ellos mismos de qué están hablando. Están siempre orgullosos de salir adelante, de decir la última palabra, de no haberse dejado hacer callar.

Tanto el iluminado como la asamblea se creen a sí mismos democráticos porque votan, y dicen que se debe votar sobre todos los temas, pero saben que el éxito en una asamblea radica en una buena preparación en la que un grupito acuerde previamente a quién se apoya, diga lo que diga, y a quién se abuchea o se ataca sistemáticamente para que no rompa el final previsto para esa asamblea, y dónde se colocan los abucheadores, y cómo debe cada uno llevar amigos que le ayuden a abuchear y a contradecir a los no convenientes. No hay espontaneidad en ninguna asamblea, salvo error e ignorancia de su dirigente.

El axioma de que lo votado es democrático, debe ser considerado racionalmente: los derechos humanos son inalienables y no pueden estar a capricho de votaciones, lo cual afecta a votaciones sobre la vida y el honor de las personas, el reparto de casas, fincas, o reparto de pensiones de un dinero que no existe y que luego debe pagar el conjunto de los ciudadanos, o las más de las veces según criterios de líderes locales de actuación muy diversa, entre los que siempre aparecen cabecillas que identifican su propia voluntad con la del pueblo, y a sí mismos como intérpretes de los derechos de todos, y cada uno actúa según su propia conciencia apareciendo algunos cabecillas populares tremendamente sanguinarios e irrespetuosos para con los derechos humanos de sus enemigos personales. Recordemos que Francisco Franco, Benito Mussolini y Adolfo Hitler ganaban las votaciones por el 98 ó 99% de la votación, y que en los países democráticos las votaciones se ganan con diferencias mínimas. Y que así sigue pasando en todas las dictaduras asiáticas, latinoamericanas y africanas. Y ya he dicho en otro lugar, y lo entienden perfectamente los católicos, que Jesucristo fue condenado a muerte en una asamblea popular ante Pilatos, con votación mayoritaria. Para que lo entienda un alumno corriente, debemos considerar si es democrático dar una paliza a un compañero porque lo ha votado la clase. Diré que sí es democrático porque ha sido votado, pero es antiliberal, inmoral y un delito a perseguir, e incluso son delincuentes los que se callan y lo ocultan a las autoridades y todos los que han participado en esa votación. Esa votación, sería lo más antidemocrático.

Lo esencial es la preservación de los derechos humanos. La votación sólo es un instrumento que debe ser utilizado con cuidado, como todas las herramientas.

Las votaciones son deseables cuando entran en conflicto dos derechos humanos iguales y se debe aceptar un mal para salvar un bien mayor. Cuando los alumnos votan el día conveniente para hacer un examen, se conculcan derechos de algunos compañeros, pero se protegen derechos de otros, de la mayoría, y entonces está justificada la votación. Cuando ya se ha fijado democráticamente el día del examen y algunos alumnos lo han preparado, votar el día antes del examen la supresión del mismo, va, salvo circunstancias extraordinarias, contra los derechos de los que han estudiado, aunque a favor de los intereses de los vagos y de los que no estudian nunca, por muy mayoría que sean, y ello es antidemocrático, rotundamente antidemocrático. Y que el profesor convenza a los que han estudiado de que renuncien a sus derechos en bien de la convivencia, es populista, inmoral y antidemocrático por parte del profesor.

Cuando los derechos humanos en conflicto son claramente dirimibles porque se conoce el valor superior y el que debe ceder, no hay lugar a la votación, y ello queda determinado en las leyes y en los tribunales. Por ello son importantes la Declaración de Derechos de la ONU, los organismos de Naciones Unidas, y la idea de Europa que se formó a partir de 1957, para saber qué cosas no se pueden votar. Y por ello debería resultar sospechoso que los populistas rechacen estos organismos de defensa de los derechos humanos.

Para comprender el tema democracia y populismo, hay que tener en cuenta, que hay decenas o centenares de tipos de democracia, como la democracia popular de tipo estalinista, de tipo Mao, de tipo populista, en las que sí es verdad que lo que votan las asambleas es “democrático”. En algún sentido no mienten, pero no se puede decir que eso es democrático liberal parlamentario en pro de los derechos humanos y sociales. Luego están las democracias orgánicas propias del fascismo y franquismo, que tienen sus propias normas y reglas de obtención de las mayorías, sujetas a unos valores previos e inamovibles sobre los que no se puede votar, ni aun dudar. Pero cuando se habla de democracia en una nación europea occidental, se habla de democracia liberal representativa y parlamentaria. Dentro de la democracia liberal, hay también muchos tipos de democracia, la democracia de los poseedores o censitaria, la democracia parlamentaria, la democracia directa. Ésta última es imposible en los grandes números y resulta siempre una manipulación, por lo que se recurre a la democracia parlamentaria. Y como las elecciones a diputados son manipulables por los medios de comunicación y hay expertos en el manejo de estos medios, hay que ir más allá y acabar en una democracia liberal parlamentaria con valores humanos y sociales, que es de lo que deberíamos hablar cuando decimos democracia, aunque es cómodo no avisar, y engañar así a muchos tontos.

La manifestación histórica del populismo ya se había producido en la Francia de Robespierre y había sido denominada “jacobinismo”, y era por tanto bien conocida en estas fechas del XIX. La democracia populista es quizás lo más contrario a la democracia liberal parlamentaria de valores humanos y sociales que podemos imaginar, y está más bien relacionada con movimientos totalitaristas como los fascismos, los comunismos y los populismos sudamericanos y africanos, aunque también podemos encontrarle antecedentes en el jarichismo musulmán, en los bagaudas catalano franceses de fines del Imperio Romano, en los comuneros del XVI, en la fronda francesa, quizás en los guerrilleros de 1808-1813, en los “exaltados” españoles de 1822, etc.

Durante el siglo XIX, España se movió entre el autoritarismo y el populismo. Muy pocos alcanzaban a comprender los principios de la democracia liberal: el respeto a las minorías y a los discrepantes, el respeto a la Constitución y a la ley, la autoridad y la justicia y a los valores morales aceptados en esa sociedad. En el siglo XX, al autoritarismo y populismo del XIX, se añadirán la democracia popular o socialista, y la democracia orgánica o fascista, ambas enemigas también de la democracia liberal. Sólo a partir de 1978 se empezará a poder hablar de democracia liberal en España.

Hay un populismo de las clases altas, personajes que siguen criterios irracionales unas veces conscientemente y otras sin tener el suficiente criterio como para entender lo que están haciendo. Pero siguen lo que el instinto les pide y ven que es agradable a un grupo importante de personas de las que pretenden ser “líderes”. Prometen a las clases bajas lo que éstas desean, y se valen de la popularidad obtenida para satisfacer su ego, para obtener riquezas y hacer negocios, o para conseguir poder o liderazgos políticos, o para curar complejos personales, enfermedades psíquicas.

Hay un populismo de clases bajas, personas a las que la vida les trata mal, o simplemente tienen la sensación individual de ser desgraciados (algunos viven instalados voluntariamente en esa sensación anímica y les sirve para sentirse redentoristas), que reivindican cuestiones factibles dentro del razonamiento verborreico populista, pero irrealizables, absurdas, no sostenibles a largo plazo. Los campesinos reivindican tierra para todos, los obreros reivindican trabajo para todos con salarios más altos, los estudiantes reivindican aprobados para todos y profesores que no sean exigentes sino “coleguillas”, y todos podemos reivindicar más médicos, sanidad universal, más profesores, más jueces, más instalaciones deportivas, más ecologismo, más cuidados de los animales, más parques, más viviendas para todos… Los no populistas defienden que la atención a todos estos temas está limitada por las posibilidades reales del nivel de desarrollo de un país. Los populistas defienden que esos temas son derechos inalienables de la persona, y que ninguna persona tiene que esperar a recibir sus derechos, sino que los quieren todos y ya. Los políticos populistas prometen bajadas de impuestos, subidas de gastos en forma de mayores prestaciones del Estado, y reducción del déficit y de la deuda pública, todo al mismo tiempo.

Hay un populismo liberal que predica que todos los individuos son sujetos de todos los derechos posibles, y que todos tienen derecho a disfrutar de todos sus derechos desde el primer momento, incluyendo como derechos incluso cosas en las que nadie habría pensado nunca, porque estos líderes aparecen como muy imaginativos. Reivindican que la sociedad y el Estado están obligados a conceder a todos esos derechos, lo que da como resultado el mensaje de que el Estado es malo, porque no da los suficientes derechos, que los ricos son malos porque no aportan su riqueza a la causa de los derechos de todos…

Falacias populistas del XIX:

“Hay tierra para todos cuando los ricos dejen de acapararla en sus latifundios”.

“La miseria crea conciencia obrera en las masas”. Es una falacia porque la miseria sólo crea las condiciones para que surjan líderes del descontento, teóricos revolucionarios. Que, luego, las masas tomen conciencia de su miseria y explotación por determinada clase social, es un proceso muy complejo, que puede terminar de muchos modos.

“La desaparición de los gremios crea organizaciones obreras”. Se dio la circunstancia de que a la desaparición de los gremios surgieron organizaciones obreras, pero eso fue una circunstancia, una secuencia histórica, pero no con relación causa-consecuencia. Antes de desaparecer los gremios, ya había asociaciones obreras. Los gremios desaparecieron porque ya no servían para nada. Y no desaparecieron del todo porque había mucha tradición gremialista.

El origen de las organizaciones obreras se produjo cuando los empresarios intentaron reducir costos de producción. Y fueron los obreros mejor pagados los que se sintieron agredidos, los que se organizaron para mantener salarios altos. Las organizaciones obreras no salieron pues de entre la miseria, sino de capas sociales bien situadas. Pero estos grupos obreros privilegiados eran pocos en número de componentes y se dieron cuenta de la insignificancia de sus protestas. En Cataluña crearon hacia 1854 la “Unión de Clases”, una federación de organismos obreros. Y entonces pensaron en utilizar a las masas de obreros.

El Partido Democrático, un sector del Partido Democrático más exactamente, se dio cuenta en 1854 de las posibilidades políticas de la Unión de Clases.

 

 

Nacionalismo español en el XIX.

 

El nacionalismo estaba latente en toda Europa occidental desde 1848. Se fortaleció mucho a fines de los cincuenta. En España se pudo constatar este fortalecimiento en la historiografía y en las aventuras militares imperialistas por Indochina, México, Marruecos y el Pacífico, las cuales provocaron excitaciones colectivas.

El nacionalismo español del XIX fue retrospectivo. Carecía de proyecto de futuro en torno al cual aglutinar una fuerza social, que es lo típico de la mayoría de los nacionalismos. Por eso, creó una historia nacional adecuada y no creó un proyecto nacional de futuro, diferente al ya existente. Admitía la evolución y desarrollo en la política, pero dentro de la idea de continuidad en los valores.

Como ejemplo de una historia nacional española, fue fundamental durante muchos años la obra de Modesto Lafuente Zamalloa, 1806-1866, un chico que había intentado ser sacerdote durante muchos años: Ingresó en el Seminario de León en 1819, se tonsuró en 1820, pasó al Seminario de Astorga, hizo estudios típicamente religiosos, Teología y Derecho Romano en la Universidad de Valladolid, y fue profesor en el Seminario de Astorga. En 1833 abandonó la sotana y se mostró de ideas liberales, pero conservadoras. Criticó la desamortización de Mendizábal con el pseudónimo de Fray Gerundio e hizo otras muchas críticas sociales. Fue decisivo en su vida el que visitara Francia y Bélgica en 1840, pues conoció la cultura europea occidental y leyó a Charles Romey, Histoire D`Espagne, París 1839. Entonces se propuso que España debía tener una historia nacional, católica, de gran altura, y en 1850 empezó a publicar una Historia General de España que alcanzó 30 volúmenes en 1860. La obra de historia vigente hasta entonces, y a la que sustituyó Lafuente, era la de Juan de Mariana, Historia General de España, Toledo 1601. La ideología de Lafuente le hacía caer en contradicciones, pues al tiempo que defendía la unidad católica de España, estaba por la libertad religiosa, y al tiempo que se manifestaba en contra de la Inquisición, defendía la postura de Felipe II, el promotor principal de la Inquisición. Modesto Lafuente creó una conciencia nacional española. Fue considerado una autoridad y fue leído durante mucho tiempo, copiado y repetido sin atreverse a criticarle. No era una historia de alto nivel, y no podía serlo al escribir 30 volúmenes en diez años. No era una historia con mucha investigación ni muy objetiva. Contaba grandezas heroicas de Sagunto y Numancia, veía la Reconquista con unos cristianos buenos y unos moros muy malvados, exaltaba a los Reyes Católicos y sobre todo a Isabel de Castilla, repudiaba la Inquisición, defendía la postura de los Comuneros de Castilla reinventando la leyenda, atacaba a los enemigos de Felipe II, elogiaba la Ilustración, admiraba a los “patriotas “ de la Guerra de la Independencia y sentía desprecio por Fernando VII, rey que quedó condenado como “malo” durante más de un siglo.

La España de mediados del XIX estaba recibiendo el nacionalismo francés creado por Luis Napoleón Bonaparte, con su mito de ser una cultura superior a las del resto de Europa, el nacionalismo británico de la Inglaterra victoriana, con su mito de tener una categoría moral y un empaque social superior al resto de los europeos, y los nacionalismos italianos de Garibaldi y de Cavour.

Y España escribió su propia historia, unos relatos de historia que justificaban la necesidad de una España unitaria y centralista, parlamentaria y liberal. Curiosamente, la realidad que se deseaba era la iniciada por los Borbones, y la realidad mitificada sería la de los Visigodos, Reyes Católicos y Austrias. Se reinterpretaron las instituciones visigodas de forma irreal, las Cortes medievales como si hubieran sido liberales y democráticas, la unidad de España como si hubiera sido realizada por los Reyes Católicos, la resistencia de los comuneros como si hubieran sido la representación democrática del pueblo frente al tirano extranjero, la Guerra de la Independencia como si hubiese sido la rebelión unida de todo el pueblo contra el malvado extranjero, y así se fueron deformando casi todos los capítulos de la historia, como hacen por otra parte todos los nacionalismos de todo el mundo. La historia era utilizada para exaltar los ánimos nacionales y nacionalistas, y no importaba traicionarla y reinventar “El Siglo de Oro”, el descubrimiento de América, la conquista de América (reinvención que sentó muy mal a los americanos, como era de esperar), y otros episodios de la historia. Se callaba lo pertinente y se resaltaba y aumentaba y magnificaba lo conveniente al gobernante nacionalista.

La administración nacionalista española buscó los ropajes adecuados a la nueva idea nacional: en arquitectura se buscaron los viejos edificios góticos, barrocos, neoclásicos, que dieran empaque a las nuevas instituciones y personajes gobernantes. En pintura, se encargaron cuadros que reflejaran la nueva historia inventada, cuadros que han estado en circulación hasta hace pocos años en los centros de enseñanza como si aquello fuera la realidad del pasado, no dándose cuenta de que había arquitecturas imposibles, vestidos inadecuados para el tiempo de referencia del cuadro, personajes inventados… Lo que importaba al gobernante era comunicar que la historia de España había sido grandiosa y admirable, y que España siempre había sido unitaria y centralista, como los Gobiernos del momento pretendían.

El nacionalismo español, como todos los nacionalismos, fue proclive al militarismo y al expansionismo. Inició guerras de imposible explicación racional, para una España arruinada y sin éxito en su industrialización. Pero había que reconstruir el Imperio español y había que tener un imperio como lo estaban haciendo Francia e Inglaterra. Incluso no se buscaron beneficios para España, sino que se iniciaron empresas ruinosas cuya única explicación era el prestigio internacional y el de los gobernantes frente a los propios españoles. Estamos hablando de las guerras de Cochinchina, México, Marruecos, Chile y Perú, de la anexión de Santo Domingo.

El sentimiento nacionalista español no provenía de la sociedad española, sino se generaba desde arriba, desde determinados ámbitos del ejército, la Iglesia, la burocracia, los partidos… Fue impulsado por los Gobiernos del partido Unión Liberal, por los del sistema canovista, el reinado de Alfonso XIII, y dictaduras de Primo de Rivera y del general Francisco Franco.

Podemos hablar de un nacionalismo conservador para designar el nacionalismo español descrito aquí hasta este momento. El nacionalismo conservador consideraría que la inserción en el pasado consolidaba los nuevos sistemas políticos que se pretendían implantar. Era un nacionalismo pesimista, que hablaba de un pasado glorioso, y de una España venida a menos, que debía relanzarse hasta alcanzar las glorias del pasado. Eso permitía encontrar y señalar unos culpables de la decadencia, y justificar las más grandes estupideces de los dirigentes políticos.

Frente a ese nacionalismo, los progresistas y demócratas quisieron construir un nacionalismo progresista, prospectivo y optimista. Eran los progresistas, demócratas, republicanos y federalistas. Tenían en su cabeza un modelo político más o menos utópico, y afirmaban que era realizable porque ya se había intentado en la Edad Media o en la Edad Moderna. Afirmaban que la soberanía nacional ya estaba viva en determinados episodios de la historia de España, convenientemente tratados por ellos. Afirmaban que las verdaderas instituciones que conformaban el carácter nacional, no eran las estaban propagando los conservadores, sino otras que afirmaban los progresistas y que había que recuperar del pasado y que eran de autonomía regional y municipal. Curiosamente, en el proyecto nacionalista progresista, casi siempre se contaba con un futuro “ibérico”, de unión de España y Portugal.

El “paniberismo” fue una connotación que tiñó casi todos los programas de izquierda españoles desde mediados del XIX a mediados del XX. Es un fenómeno estudiado por María Victoria López Cordón. No se trataba de la utopía de una persona o de un partido político determinado, sino que alcanzó amplias capas de la sociedad portuguesa y española. Y no era un neoimperialismo de España sobre Portugal. Había muchas razones para un sentimiento de unidad entre portugueses y españoles: habían combatido juntos en la Guerra de la Independencia, mucho más de lo que decían las historias del nacionalismo conservador. Habían compartido las revoluciones de 1820 y la constitución de Cádiz 1812. Habían proyectado juntos la vuelta al absolutismo, miguelista y carlista según el caso. Y Portugal sintió la necesidad de apoyarse en alguien en el momento en que perdió sus colonias, Brasil, y se reconoció a sí misma como insignificante ante las grandes potencias europeas y americanas. Antonio Feliciano de Castilho hizo en 1841 una campaña para acercar a los portugueses a la realidad española, y el español Juan Valera recogió el llamamiento para acercar a los españoles a la realidad portuguesa. Y como no podía ser de otra manera, encontraron la historia común que estaban buscando. Joaquim Pedro Oliveira Martins, 1845-1894, escribió Historia de Portugal en 1879 y puso de manifiesto el paralelismo de las historias de España y de Portugal. Y llegó a haber conciencia en Portugal de formar un todo único con España. Pero también surgió el nacionalismo independentista, temeroso de caer en el imperialismo español: en 1856, muchos portugueses se rebelaron contra la existencia de un ferrocarril desde Madrid a Lisboa que sólo podía servir para llevar el domino español a Portugal. En general, los políticos e intelectuales portugueses defendían el paniberismo, y las clases más bajas estaban en contra de los españoles. En 1851, Sinibaldo de Mas publicó en Lisboa La Iberia, que se editó también en Madrid en 1854. En 1851, José Félix Henriques Nogueira escribió Estudos sobre a reforma em Portugal, y en 1856, O Municipio no Século XIX. Defendía que Portugal sólo tendría oportunidades de desarrollo asociándose a una potencia más grande, pero que no podía caer en la dominación extranjera sino exigir que se mantuvieran las tradiciones, leyes y usos y costumbres portuguesas, para lo cual proponía el federalismo. Henriques proponía la recreación de los antiguos reinos peninsulares españoles, cuyo federalismo garantizaría que Portugal pudiera mantener su independencia. Proponía como capital del Estado Ibérico a Lisboa.

Por aquellos años de mediados de siglo XIX, los españoles tenían miedo de los portugueses, pues creían que se iba a implantar una dinastía portuguesa en España, casando a Isabel II con un Rey portugués (Pedro V de Portugal, el cual murió en 1861), y eligiendo un Rey portugués en época posterior a Isabel II. Y no cuajó en España la idea portuguesa. Más tarde, los españoles desarrollaron un paniberismo nacionalista, y entonces ya no cuajó en Portugal. Portugal perdió el entusiasmo paniberista tras la muerte de Juan V en 1861.

En el proyecto español paniberista, no se trató de anexionar a Portugal, sino de crear un nuevo modelo de Estado que sería republicano y federal. Los españoles propusieron un rey portugués, Luis I de Portugal, 1838-1889, el cual debía acabar con la denostada Isabel II. Los progresistas consideraban que Luis I era mucho más progresista que Isabel II.

Pero había reticencias a la unión de ambos países: Pi y Margall en La Reacción y la Revolución, 1854, había constatado que Portugal temía perder libertades en su unión con España, que España recelaba de tener nuevos reyes “extranjeros”, y que la solución única era la república. Una república federal, por supuesto.

Y tras la caída de Isabel II en 1868, llegaron a Portugal las propuestas españolas de federalismo. Ya no encontraron eco.

En 1874, España volvió sobre su modelo conservador, unitario y centralista, y no hubo más paniberismo, salvo manifestaciones residuales.

De la experiencia paniberista podemos extraer varias lecciones: que las naciones no son cuerpos inmutables y perfectamente definidos desde el principio, sino que cada líder puede crear un nuevo modelo de nación que tenga más o menos seguidores entre la gente. Que si Portugal se mantuvo independiente, tal vez fue por la incidencia de un idioma distinto, lo cual llevó a catalanes, vascos y gallegos a cultivas las diferencias de idioma, diferencias que eran muy leves (ya no se hablaban esos idiomas) y trataron de agrandaras al máximo, en búsqueda de una identidad nacional distinta a la de España. Que no había un modelo único de nación, como proponían los gobiernos conservadores.

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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