LOS ORÍGENES DEL CARLISMO.

 

El carlismo fue una corriente política de ideología monárquica absolutista y católica integrista, que apareció en los últimos años del reinado de Fernando VII, tomó el nombre de Carlos María de Borbón, hermano de Fernando VII, y tuvo protagonismo en la historia de España hasta la época de Franco, 1939-1975. En la actualidad es un partido político residual.

En 1833, era un fenómeno extendido por toda España y estaba apoyado por ultraconservadores, algunos nobles y algunos militares, y sobre todo, por infinidad de frailes y monjas y por algunos curas. También estaban con el carlismo muchos artesanos que se oponían al progreso industrial que amenazaba con dejarles sin su medio de vida. Se denominaban corrientemente “realistas”. Algunos dicen que los “apostólicos” de 1824 eran el germen del carlismo.

El movimiento ya había sido detectado en tiempos de Fernando VII, el cual inició una política contra ellos a partir de 1827.

Las zonas de mayor implantación del carlismo fueron parte de Cantabria, el País Vasco, Navarra, el Pirineo catalán y el Maestrazgo (entre Tarragona, Teruel y Castellón).

Fue un fenómeno esencialmente rural, de campesinos y artesanos rurales, dirigidos por sus curas párrocos. Nunca dominaron ninguna ciudad por largo tiempo.

Se manifestó violentamente en tres ocasiones, relacionadas todas ellas con Isabel II: 1833, cuando Isabel II heredó el trono y empezó la Primera Guerra Carlista, 1833-1840; 1846, cuando Isabel II se casó y no lo hizo con el líder carlista que el carlismo deseaba; 1868, cuando Isabel II perdió el trono y fue expulsada de España, llegando a un punto culminante en 1871 cuando fue designado Rey de España un extranjero, Amadeo I, lo cual dio lugar a la tercera guerra carlista, 1872-1876.

En 1936, los carlistas apoyaron la sublevación de Francisco Franco contra el Gobierno de la República, pero quedaron reducidos al territorio de Navarra y País Vasco. Algunos se integraron en el movimiento nacionalista vasco.

 

A un nivel más profundo, el carlismo resulta mucho más complejo. Son varias doctrinas que confluyeron en el tiempo y a las que les vino bien actuar asociadas, hasta que surgieron las diferencias propias de toda heterogeneidad. El carlismo de 1832-1840 fue el aglutinante de muchas resistencias al cambio liberal burgués. Es difícil de definir, porque nunca creó una doctrina ideológica elaborada hasta finales del XIX.

En el componente social, es muy importante constatar que la burguesía de la época quería invertir y que la inversión por excelencia en esa época era la tierra. La nobleza y la Iglesia tenían tierras vinculadas que no les permitían vender. La nobleza tenía posibilidades de enriquecerse y comprar más tierras. Las tierras más apetecidas eran las de los Ayuntamientos: propios, comunes y baldíos. La venta de estas tierras significaba la proletarización de muchos jornaleros y pequeños campesinos que se apoyaban en las fincas municipales para sacar algo para sobrevivir: madera, carbón vegetal, caza, pastos para la cabra o el cerdo, algunos trabajos en esas fincas.

El segundo campo de apetencias de los burgueses y nobles eran las fincas de la Iglesia. Las fincas urbanas de religiosos estaban en muy buenos sitios para edificar y ganar dinero. Las fincas rurales de la Iglesia solían estar en los lugares más fértiles, pues la Iglesia había llegado muy pronto a ellas, en la Edad Media, y había cultivado lo mejor. De todos modos, la cantidad de tierras no era tan importante como la de los Ayuntamientos.

El estamento que perdía en el nuevo sistema era la Iglesia, pues el liberalismo estaba concebido para personas, para individuos, y no para colectividades. Los nobles no tenían más que abandonar la vinculación y convertirse en burgueses, propietarios de sus propias tierras. Los sacerdotes, frailes y monjas, no tenían esa posibilidad. La Iglesia católica fue el mejor apoyo del carlismo y más masivo.

Un segundo aspecto de los problemas del momento eran las nuevas políticas fiscales. Los burgueses llegaron a la conclusión de que era necesario que contribuyeran los que antes estaban exentos por privilegio. El tema molestaba a provincias con régimen fiscal privilegiado, como Navarra y el País Vasco, y también a algunos nobles que además no tenían mucha capacidad de compra de nuevas tierras, y sobre todo a la Iglesia. Esas fueron otras fuentes de carlistas. Los Borbones habían hecho trampa en el tema de las políticas fiscales: ante la disyuntiva de presentar si se querían impuestos altos o bajos, casi todos los españoles optaron por los impuestos bajos. En ello había consistido la trampa: con impuestos altos, iguales para todos, la nobleza y las regiones privilegiadas hubieran tenido que contribuir y se podían haber suprimido muchos impuestos de las clases bajas. Con impuestos bajos, la recaudación no llegaba, los impuestos no podían ser suprimidos, y la nobleza e Iglesia seguían sin contribuir. El pueblo vio que los nuevos impuestos se sumaban a los viejos. Las reformas borbónicas fueron por ello, un fraude al país en su conjunto. Los desamparados de la fortuna no creían en los salvadores. Volvieron a creer en 1812 y en 1820, pero se verían completamente defraudados a partir de 1854-1856.

Un tercer aspecto de la cuestión es el ya citado de la proletarización de las masas rurales y del artesanado rural y urbano. Desde mediados del XVIII era evidente la desaparición de artesanos por cientos de miles. Los artesanos vivían muy a disgusto la liquidación de sus medios de subsistencia. Cuando vieron el movimiento carlista, encontraron una vía de protesta que según ellos les iba a ayudar contra la mecanización industrial que les estaba dejando sin trabajo. Estaban equivocados, pero fueron otro componente del carlismo.

Un cuarto tema a considerar es que el liberalismo de primera mitad del XIX no tenía apenas nada que ver con lo que hoy percibimos del liberalismo: no era representativo. Estaba reservado para una minoría muy elitista, ínfima. Parecían más “democráticos” los sistemas antiguos a los que se trataba de suplantar, que los nuevos sistemas propuestos por el liberalismo. El Gobierno presumía de ser popular, pero el pueblo de cada ocasión concreta eran unos pocos cientos de personas. Las masas populares se sentían contrarias a los nuevos plutócratas. Paradójicamente, la violencia popular inclinó a las clases nobiliarias y burguesas, y a las élites del ejército a simpatizar con el nuevo sistema burgués, en defensa contra la barbarie populista.

El resultado global de todo ello, es que Don Carlos se quedó sin hombres de primera fila en lo intelectual y en lo militar. La falta de intelectuales generó un movimiento carlista con bases doctrinales muy débiles. Y la carencia de bases doctrinales hizo que el movimiento fuese a menos con el tiempo. Los intelectuales carlistas fueron clérigos de medio pelo, reaccionarios que sabían protestar, quejarse, levantar a las masas, pero no pasaban de ahí. Los teóricos del carlismo defendían “las leyes fundamentales de la monarquía” pero era una frase sin contenido que, en la práctica se limitaba a defender la legitimidad de Carlos V y a atacar a Isabel II y a los liberales. Su modelo de sociedad era jerárquico y estamental, partidario de la continuación de los privilegios. Como la nobleza y las altas jerarquías del ejército no estaban con ellos, hablaban de una alianza entre el trono y el pueblo español contra los abusos burgueses.

 

 

Componentes sociales del carlismo.

 

Sabemos poco de los carlistas porque la documentación se ha perdido. La guardó Espartero en el archivo episcopal de Calahorra, pero luego desapareció. Luego se ha escrito sobre el carlismo de forma parcial, y hay que tener cuidado con lo que se puede leer sobre el tema. El carlismo no fue en todos los casos un movimiento de analfabetos e indocumentados, de pueblo inculto, aunque en sus filas hubiera mucho de ello. No más que en el bando opuesto a ellos.

El carlismo se fraguó en 1823-1833 cuando España intentó la liberalización del régimen absolutista. Entonces un grupo de reaccionarios, realistas, organizó una postura antiliberal cerrada y escogió como líder a Don Carlos.

Hay que tener en cuenta que Fernando VII no fue tan ferozmente radical como se le ha pintado en el siglo XIX y buena parte del XX, y había mostrado deseos de cambio desde 1824 y muy claramente a partir de 1826. Algunos temían un pacto con los liberales. Pero Fernando VII era indeciso, cambiaba de opinión por su carácter lleno de dudas, y acabó encolerizando a los realistas y a los liberales sin haberle dado tiempo a dar paso a un grupo moderado conservador liberal.

En cambio, Don Carlos, mucho más torpe que Fernando VII, siempre mantuvo un mismo criterio de apoyo al absolutismo y ello daba seguridad a sus seguidores. En 1824 empezaron a surgir partidarios de Don Carlos, denominados carolinos o carlinos (no podemos decir carlistas, porque ese término está reservado para el movimiento político de 1833). Eran los realistas, realistas puros o absolutistas puros. Este grupo se reforzó cuando Fernando VII decidió casarse por cuarta vez. Todos sabían que Fernando VII no viviría mucho y todos creían que Don Carlos sería su sucesor porque Fernando no había tenido descendencia en sus tres anteriores matrimonios. En 1829 las cosas se complicaron cuando se supo que Fernando VII tenía sucesión. Los absolutistas puros se quedaban sin esperanza de conseguir el trono. Y los políticos realistas puros se dividieron en dos bandos, los que querían continuar en torno a la seguridad de Don Carlos, los cuales formaban la camarilla de María Francisca esposa de Don Carlos, y los que apoyaban un aperturismo político, pero manteniendo el absolutismo, grupo patrocinado por Fernando VII y la camarilla de Luisa Carlota esposa de Francisco de Paula. Carlos protestó la validez de la Pragmática y fue expulsado de España. El fondo del problema era ideológico y los pretextos eran jurídicos. Don Carlos impuso que nadie se rebelase mientras su hermano viviera y así se lo comunicó a los jefes militares carlinos que ya estaban dispuestos a liderar el movimiento militar carlino.

Los carlinos encontraron muchos apoyos en los campesinos, futuros guerrilleros carlistas, en los artesanos en número no menor que el de campesinos, tal vez influidos por el clero. Los carlinos eran pequeños propietarios y modestos arrendatarios que dependían muchas veces del apoyo del clero.

La parte más numerosa de los combatientes carlistas de 1833 provenía del campo, de los pequeños propietarios y colonos que se veían perjudicados por el proceso de transformación de la propiedad propio del liberalismo. En el País Vasco y Navarra, el problema de la propiedad se sumaba al de pérdida de los fueros y ello aglutinaba a muchos más campesinos. En Cataluña, donde la zona litoral tenía más posibilidades en el proceso de transformación económica, apenas había carlismo, pero en el interior y El Maestrazgo, donde los campesinos no veían salida a su modo de vida tradicional, el carlismo fue muy fuerte.

En general, puede identificarse el carlismo como una rebelión de las clases bajas ante la amenaza de su proletarización. Pero no se debe confundir esto con una rebelión de clases proletarias, que no era el caso.

El clero, sobre todo el de los conventos y el rural, simpatizaba abiertamente con el absolutismo y con Don Carlos.

Don Carlos tuvo siempre en Roma eclesiásticos y laicos que le representaban ante el Papa y defendían todas sus actuaciones. Entre ellos estaban Paulino Ramírez de la Piscina y Fermín Sánchez Artesero (Fray Fermín de Alcaraz).

En territorio carlista vasco no había ninguna sede episcopal, pues Vitoria, San Sebastián y Bilbao dependían del Obispo de Calahorra. Por eso no se pueden citar obispos vascos que se sumaran al movimiento carlista. Pero podemos citar otros obispos que sí se sumaron: A los carlistas se les sumó el obispo de León, Joaquín Abarca, convencido carlista; Francisco López Borricón, obispo de Mondoñedo, fue otro destacado carlista, abandonó su diócesis y huyó al País Vasco; Félix Herrero Valverde, obispo de Orihuela, fue un destacado carlista y coordinaba las cuestiones religiosas de los carlistas de Aragón, Valencia y Murcia.

Otros religiosos militantes en el carlismo fueron Bartolomé Torrebadella, canciller de la Universidad de Cervera se encargó de los temas eclesiásticos de los carlistas catalanes. Gabriel Noriega, rector del seminario conciliar de León, se encargó de las cuestiones religiosas de los carlistas de Santander. El arcediano de Mellid, se encargó de las cuestiones religiosas de los carlistas de Galicia.

En cuanto al Papa, Gregorio XVI quería mostrarse cauto y no decantarse por ninguno de los bandos de la guerra, para estar a bien con el vencedor. Recibió muy bien a los delegados carlistas pero se negaba a hace declaraciones públicas en su favor, pues ello podía comprometerle. Pero en 1 de febrero de 1836, creyó que los carlistas ganarían la guerra, y condenó la política antirreligiosa del Gobierno de Madrid. Entonces el obispo carlista Joaquín Abarca recibió jurisdicción sobre los sacerdotes huidos desde zona isabelina que estuvieran en zona carlista, y este obispo recibió el cargo de Ministro de Gracia y Justicia del Gobierno carlista.

También había algunos nobles entre los carlistas.

Otro componente del carlismo era el artesanado urbano, grupo social también inmerso en un proceso de proletarización en esos momentos.

Y no debemos despreciar el grupo de gente arrastrada por el clero. La jerarquía católica adoptó una actitud más bien ambigua a sabiendas de que los claustros catedralicios, los conventos y muchas parroquias eran carlistas. Los clérigos en general estaban perdiendo medios económicos y la Iglesia estaba distribuyendo las pérdidas de manera desigual y poco justa, que perjudicaba al clero bajo. La ambigüedad oficial les permitía ocultar sus problemas internos y jugar con dos barajas.

Nos queda siempre la duda de si estos rebeldes carlistas eran de verdad creyentes en el absolutismo o simplemente protestaban contra la actitud de Fernando VII de no proteger la pequeña propiedad y el pequeño negocio artesano y dejar que el cambio económico y social que se estaba produciendo fluyera sin más por sí mismo. O, en el caso del clero, temían el fin de sus privilegios. Fernando VII, a su parecer, debería haber apoyado a estas clases sociales que se depauperaban y quedaban en la indigencia, pero Fernando VII no tenía recursos suficientes en el Estado para acometer la tarea de perder grandes cantidades de dinero en una labor “social” y caritativa, encaminada a ir siempre a peor.

El carlismo, posterior a 1833, nunca llegó a dominar un territorio concreto, porque no tenía organización suficiente para hacerlo. Incluso en las zonas consideradas carlistas, no llegó a dominar las ciudades, o lo hacía por poco tiempo. En las expediciones carlistas gestionadas por aquellos que defendían que una mayoría de los españoles era carlista, cada vez que la expedición llegaba a un pueblo se le sumaban muchos hombres, pero desertaban los que se habían sumado en el pueblo anterior. No había futuro para el carlismo, pero la fe les mantenía en su posición utópica.

El carlismo carecía de un programa político sostenible, cometió grandes errores políticos, no tuvo una administración efectiva, no controló los grandes núcleos de población excepto en el norte y escandalizaba por los sucesos protagonizados por Don Carlos, un líder de poca talla.

Don Carlos María Isidro era un líder inexplicable desde un punto de vista racional: No tenía principios ideológicos sólidos y por tanto su sistema no era sostenible a largo plazo. Era honesto, cumplidor, caballeroso y, sobre todo, era muy religioso en lo formal, se mostraba un auténtico beato y creía que Dios le había concedido los derechos sobre la Corona española y le había designado, como a los antiguos profetas, para capitanear un pueblo, lo cual era atractivo para el pueblo bajo, pero no podía convencer a los intelectuales. Don Carlos mostraba valor en la guerra, pero no sabía planificarla, no podía competir con sus generales. Era autoritario, pero no sabía ejercer la autoridad, lo cual le ponía en manos de políticos de medio pelo. Escogió siempre mal a su colaboradores excepto a Zumalacárregui, pero esto le vino impuesto por las circunstancias. Era mecenas de muchos artistas, pero era profundamente inculto y torpe. Carecía del genio que algunos otros líderes, también incultos, manifiestan a la hora de dirigir a las masas.

Las distintas regiones españolas presentaban caracteres diferentes respecto al carlismo: Los carlistas de Navarra y Vascongadas eran en general pequeños propietarios. Los del Maestrazgo eran pequeños arrendatarios cuyo régimen enfitéutico les convertía en la práctica en propietarios, y eran carlistas porque no querían perder sus derechos sobre las tierras que su familia había trabajado durante siglos. En Galicia y Asturias eran pequeños y medianos arrendatarios. En Andalucía eran jornaleros de la Sierra de Córdoba y de la Sierra de Ronda.

En resumen, a veces parece que el carlismo fuera un movimiento social de los pequeños agricultores y de los pequeños artesanos movidos por el clero.

Se dice que los carlistas combatientes estaban gobernados por radicales, entre los que destacaba Cabrera. En este aspecto, también hay que decir que los cristinos combatientes estaban radicalizados. No se entiende de otra manera la llegada al poder y actuación de Mendizábal en septiembre de 1835, la actuación feroz de Espartero. Los cristinos fueron conscientes de su radicalización y en 1837 intentaron su regeneración hacia el moderantismo, pero en ese proceso, la inestabilidad de Gobiernos era grande y resultaba difícil hacer una recomposición política de la guerra antes de la victoria.

Se cuenta que los carlistas eran una amalgama de gentes de muy diversa condición social, política e ideológica. Igualmente el equipo cristino era una amalgama de fernandinos absolutistas, liberales moderados e ilustrados-afrancesados.

 

 

Gestación del carlismo.

 

  1. El ultraabsolutismo.

El primer antiliberalismo se puede constatar en los sucesos de Seo de Urgel de 1822, cuando se estableció la Regencia de Bernardo Mozo de Rosales marqués de Mataflorida, Jaime Creus arzobispo preconizado de Tarragona y Joaquín Ibáñez barón de Eroles). Otros líderes carlinos del momento serían Francisco María Gorostidi en Guipúzcoa, Santos Ladrón de Cegama en Navarra, Vicente Quesada en Navarra, Pablo Miralles en Cataluña, y Juan Romagosa en Cataluña.

La segunda manifestación antiliberal importante se produjo en 1823 cuando los Voluntarios Realistas apoyaron a los Cien Mil Hijos de San Luis. Entonces se comprobó que los antiliberales eran fundamentalmente campesinos y jornaleros del campo, aunque también tenían apoyo de artesanos, clero rural, frailes, monjas, empleados, algunos militares, algún noble y alguna personalidad del alto clero.

Pero esta gente antiliberal luchaba contra el absolutismo de Fernando VII, y no eran todavía carlistas, sino realistas puros, absolutistas cerrados. Hemos citado estos movimientos, porque algunos nobles y clérigos los aprovecharán para dirigirlos hacia el carlismo. Los dirigentes carlistas se vieron obligados muchas veces a forzar a los campesinos a enrolarse y a pagar impuestos para la guerra carlista, provocando el descontento general, el cual fue incontrolable para ellos en las ciudades. El mito del campesino voluntario para las guerras carlistas es a menudo una mentira difundida por los carlistas. Habría algunos voluntarios, pero casi nadie se prestaba voluntario para la guerra.

El término “carlista” lo inventó la policía fernandina a partir de 1823 cuando investigaba a los miembros más radicales del realismo que empezaban a apoyar a don Carlos como sucesor. No estaría mal utilizarlo, pero si se usa “carlino” para los movimientos anteriores a 1833 y “carlista” para los posteriores, se evitan muchos malentendidos.

En 10 de junio de 1823 se crearon los Cuerpos de Voluntarios Realistas, con un grupo armado en cada pueblo a las órdenes del Capitán General de la zona. Los Voluntarios Realistas serán el apoyo fundamental del movimiento carlino al igual que las Milicias Ciudadanas serán el apoyo de los liberales.

En mayo de 1824 se dio una amnistía y se decretó el final de las purificaciones, lo cual disgustó mucho a los líderes ultraabsolutistas y a Don Carlos.

En 1824 surgió la primera discrepancia interna seria entre los realistas: entre ellos se distinguieron los realistas moderados sin apenas actividad política, de los realistas ultras o radicales, realistas puros, que hacían circular, a través de curas y frailes, todo tipo de rumores que perjudicasen al liberalismo, recaudaban fondos entre los campesinos (no siempre donaciones voluntarias como dice la propaganda), y preparaban conspiraciones.

Los realistas ultras produjeron en 1827 el Manifiesto para una Federación de Realistas Puros, atacando a Fernando VII y proclamando rey a Carlos María Isidro. Estos ultrarrealistas gustaban denominarse “apostólicos”, un término que alude a connotaciones religiosas. Desde entonces, la policía política se dedicó a “cazar” carlistas “apostólicos”, es decir, radicales. Pero insistimos en que quizás todo ello no sea sino pre-carlismo, y el carlismo sea posterior a 1833.

También en 1827 se sublevaron los “malcontents-(agraviados)” catalanes y proclamaron rey a don Carlos, pero éstos, luego, rectificaron y aceptaron a Fernando VII mientras condenaban a los ministros. Los malcontents catalanes eran carlistas en cuanto absolutistas, pero no en cuanto a la defensa cerrada de don Carlos, idea que se identificaba más en el País Vasco y Navarra.

En 1830, los carlinos parecían mayoría entre los españoles. La gente corriente se declaraba carlina por toda la península. No era ese el caso de los altos funcionarios de la Administración, de los burgueses y de los terratenientes y de gran parte del ejército. Parecía una confrontación social entre los poderosos y la gente corriente. La nobleza del norte de España también se declaraba carlina, pero se trataba en general de pequeña nobleza no decisiva a nivel estatal en los ámbitos político, militar ni económico. El clero era mayoritariamente carlino. El ejército era mayoritariamente liberal o, mejor dicho, fernandino, pues Fernando VII había depurado a los liberales, pero Luis Fernández de Córdova Valcárcel, Pedro Agustín Girón las Casas IV marqués de las Amarillas, Narciso Heredia y Begines de los Ríos conde consorte de Ofalia (por su matrimonio con Dolores Salabert y Torres condesa de Ofalia), Manuel de la Pezuela y Cevallos marqués de Viluma y Bernardino Fernández de Velasco XV duque de Frías eran generales de mucho peso y apoyaban a Fernando VII.

En 1832, tras los sucesos de La Granja, se hizo una depuración del ejército en sentido de intentar que fuera fiel a Fernando VII y a María Cristina: se sustituyó a la mayoría de Capitanes Generales y Gobernadores Militares de plazas fuertes, eliminando a Nazario Eguía de la Capitanía General de Galicia, a Roger Bernard Charles de Ramefort de Cominges de Couserans de Foix y Conde de España de la Capitanía de Cataluña, a Vicente González Moreno de la Capitanía de Granada, a Santos Ladrón de Cegama de la Capitanía de Cartagena, a Tomás de Zumalacárregui de la jefatura militar de El Ferrol, a Juan Romagosa de la jefatura militar de Ciudad Rodrigo. Los depuestos fueron privados de mando en tropa, pasaron a situación indefinida (retirados) y se sumaron decididamente al grupo carlino, pero ya no podían aportar tropas al carlismo y, además, estaban vigilados.

 

 

  1. La conspiración de María Teresa de Beira.

Otro factor a tener en cuenta en la formación de un bando carlista fueron las intrigas palaciegas por la sucesión de Fernando VII: La mayor intrigante era María Teresa de Beira, hija de Juan VI de Portugal y de la infanta española Carlota Joaquina, que era viuda a los 18 años, tenía un hijo y se instaló en la Corte de Madrid.

Don Carlos, hermano de Fernando VII era considerado heredero seguro de Fernando VII, y su cuñada María Teresa intrigaba para colocar a su hijo cerca de Don Carlos. En marzo de 1833, María Teresa y Don Carlos fueron expulsados de España. Fernando VII declaró heredera a Isabel II, y María Cristina hizo jurar a Isabel como reina de España. Don Carlos María Isidro protestó, mientras el hijo de María Teresa, Don Sebastián, hizo como que aceptaba a Isabel, volvió a Madrid a seguir conspirando y huyó de Madrid. Don Sebastián y Don Carlos se hicieron jefes de un ejército que debía conquistar toda la península a partir de una concentración en Extremadura de españoles y portugueses absolutistas. La alianza de miguelistas portugueses y carlistas españoles fue derrotada por Rodil a fines de 1833.

Don Carlos salió de Portugal para Londres y allí preparó la guerra poniéndose en contacto con Zumalacárregui como su hombre en España, con las princesas de Braganza (María Francisca, su mujer, y la Princesa de Beira, hermana de la anterior que también sería mujer de Carlos María Isidro a la muerte de María Francisca en 1838), y con un aventurero francés llamado Saint Silvain que le condujo a España llegando a Baztán el 11 de julio de 1834 para ponerse al frente de sus hombres y confirmar a Zumalacárregui como General en Jefe carlista.

Austria, Rusia, Prusia y el Papa, apoyaban a los carlistas.

Portugal, Francia e Inglaterra, apoyaban a Isabel II, lo cual dará lugar a la Cuádruple Alianza de 22 de abril de 1834.

María Teresa princesa de Beira, hija de los reyes de Portugal y madre de Don Sebastián el jefe militar de los carlistas a la muerte de Zumalacárregui, en 1833 fue expulsada de España.

 

 

  1. El miguelismo portugués.

Otro antecedente del carlismo es el miguelismo portugués. Este movimiento absolutista e integrista católico lo había originado la infanta española Carlota Joaquina 1775-1830, hija primogénita de Carlos IV y María Luisa de Parma, que se había casado en 1785 con Juan VI de Braganza, entonces regente de Portugal por incapacidad de su madre María I. En 1808, Carlota Joaquina estaba en Brasil, a donde había huido la monarquía portuguesa, desde donde reclamó para ella el trono de España ante la Junta Central de Cádiz, puesto que si la ley Sálica se había abolido, ella, como hija mayor, era la heredera, aunque estuviera casada con Juan VI de Braganza rey de Portugal. La Junta no la escuchó pero reconoció su legitimidad sucesoria. En 1816, Juan VI se coronó rey de Portugal. Los hijos del matrimonio de Juan VI y Carlota Joaquina fueron: Pedro IV de Portugal, Miguel de Braganza, Isabel de Braganza (casada con Fernando VII de España en 1816), María Francisca de Braganza (casada con Carlos María Isidro en 1816), María Teresa de Braganza princesa de Beira (también casada con Carlos María Isidro en 1838). En 1821, la familia real portuguesa había vuelto a Lisboa negándose a firmar la constitución que habían preparado los portugueses, e iniciando un proceso absolutista en Portugal paralelo al español. En abril de 1824 se sublevó su hijo Miguel a favor de que su madre fuera declarada regente de Portugal por incapacidad de su padre y se inició el miguelismo, una corriente ultraabsolutista portuguesa. En 1826 murió el rey Juan VI, y Carlota Joaquina apoyó a su hijo Miguel como rey.

El nuevo rey de Portugal y emperador de Brasil en 1826, don Pedro de Braganza, dio una Carta Constitucional. Se enfadaron los absolutistas y lanzaron la candidatura de don Miguel para el trono portugués. Tomaron como grito de Guerra el de “Dios, Patria, Rey”, que sería copiado luego por los carlistas españoles.

En 1828, Miguel consiguió el trono de Portugal y se coronó rey absoluto hasta su derrota en 1834. En 1830 murió Carlota y se inició una guerra civil portuguesa, “Guerra de los dos hermanos”, semejante a la carlista española de 1833. El proyecto era panibérico y trataban de imponer el absolutismo en España y Portugal. De ahí la presencia de Carlos María Isidro de Borbón en Portugal en 1833.

 

 

Fundamentos ideológicos del carlismo.

 

En 1834, el carlismo tomó todos sus signos de identidad: el legitimismo dinástico en la persona de Carlos, la defensa del absolutismo, y el integrismo católico. Por el primero, hacían valer la Ley Sálica. Por el segundo reivindicaban una soberanía real, que debía respetar los fueros de la nobleza, de la Iglesia y de las regiones históricas españolas. Por el tercero, exigían que, en lo moral, el Estado estuviera supeditado a los principios de la religión católica, lo que implicaba ciertos derechos de vigilancia de la Iglesia sobre la enseñanza, las leyes, las costumbres, y aun las personas.

Su ideología política de Gobierno se basaba en el tradicionalismo y los llamados derechos históricos.

El carlismo fue la contrarrevolución absolutista española a favor del absolutismo y en contra del liberalismo, protagonizada por los clérigos, artesanos y campesinos al borde la proletarización, y a la que se sumaron los realistas de la época fernandina.

No era un movimiento de clase ni de un estamento: en general, no participaba la alta nobleza, las altas jerarquías de la Iglesia mantenían una posición ambigua, y eran los curas rurales, monjas y frailes, no todos, los netamente carlistas. Se sumaban al movimiento los pequeños campesinos que perdían los comunales y baldíos, y estaban descontentos por la nueva política tributaria del liberalismo, porque el Estado reclamaba como suyas fincas que venían ocupando desde hacía décadas e incluso generaciones, y porque se desmantelaban algunas instituciones tradicionales. Participaban por último en el carlismo los artesanos, muchos de ellos urbanos y pobres, desplazados por la mecanización que llegaba a España desde 1826 – 1832.

El carlismo era la unión de varios movimientos de resistencia al constitucionalismo en una heterogeneidad que les hará incapaces de definirse a sí mismos. Todavía será más difícil teorizar sobre la rebelión, cuando los portavoces sean los clérigos (el padre Vélez y su Evangelio sobre el Triunfo, y Rancio), porque éstos ponían énfasis en defender sus propios privilegios estamentales y daban una imagen falsa del carlismo como defensa del catolicismo a ultranza. Esta incapacidad de definirse será un grave lastre para el movimiento carlista, pues al no crear una ideología fue un movimiento abocado a su desaparición.

La única idea que lograron propalar con claridad fue la defensa de las Leyes Fundamentales de la Monarquía, pero era una idea vacía de contenido pues nunca había habido leyes sobre la monarquía, salvo las de sucesión y regencia.

 

 

El carlismo según Wilmhensen.

 

María Alexandra Wilmhensen estudió los fundamentos ideológicos del carlismo y opinaba que eran Dios, Patria y Rey:

En la idea de Dios, defendían la pureza de la fe católica y una visión cristiana de la vida, defendiendo el integrismo católico, esto es, que la religión debía prevalecer sobre la ley y sobre el Estado. Incluso reivindicaban el restablecimiento de la Inquisición. Pero al mismo tiempo, Don Carlos era regalista como era tradición en los Austrias y Borbones españoles, y no dejaba que los sacerdotes mandasen sobre él en cuestiones políticas, lo cual era contradictorio con la teoría que defendían. Los eclesiásticos de la Corte carlista estuvieron a título personal y no en representación de la Iglesia católica. Pero el clero español participó mucho en la guerra, y casi siempre del lado carlista, lo cual arrastraba a muchos creyentes españoles. Por otro lado, el Gobierno español carecía de recursos para mantener una guerra, y necesitaba los inmensos bienes de la Iglesia para pagar las campañas de represión de los carlistas. El Gobierno nunca reconoció estar en guerra. Esto llevó a muchos sacerdotes, frailes y monjas a exaltar al pueblo católico contra Isabel II y a favor de Don Carlos.

En la idea de Patria, los carlistas se reivindicaban como legitimistas, defensores de la Ley Sálica vigente, y acusaban a los liberales de extranjerizantes, afrancesados y enemigos de las tradiciones españolas, y les tacharon de falsos patriotas. No era cierto que fueran extranjerizantes y tenemos muchas señales de ello: Evaristo San Miguel se hacía llamar “Patria” en su logia masónica; los comuneros se habían definido a sí mismos como patriotas. Pero los cristinos renunciaron a denominarse también patriotas porque los carlistas adoptaron la palabra patria como una de sus banderas, y decidieron olvidar esta palabra que habían usado los comuneros de 1823. Para referirse a España, los cristinos decían la nación o la nación española, como modo de distinguirse de sus adversarios. En su idea de patria, se incluía guardar y favorecer las tradiciones y respetar la historia de España.

En cuanto a la idea de Rey, los carlistas concebían la monarquía como sagrada, insustituible, puesta por Dios, pero no llegaron a sacralizar a Don Carlos. Justificaron el absolutismo, pero manifestaron su odio al despotismo como el que había mostrado Fernando VII. Justificaban la soberanía real en el servicio al bien público.

En cuanto a los fueros, fue un tema quedó pospuesto para cuando se ganase la guerra, y como no la ganaron, no hubo explicitaciones doctrinales sobe ellos. Los fueros eran un tema demandado en Cataluña y País Vasco, regiones en industrialización que no veían posible competir con el exterior ni sostener sus empresas sin el apoyo del Estado. Por eso las mayores adhesiones al carlismo se produjeron en estos territorios. En general, se manifestaron como defensores de los fueros de la nobleza y del clero, y los fueros de cada región española dentro de la Corona de España.

 

 

Sectores políticos carlistas.

 

Lo dicho, es un esquema simple y general de la ideología carlista, pues hubo muchas formas de interpretar el carlismo y debemos distinguir entre los carlistas transaccionistas, los carlistas teocráticos y los carlistas renovadores:

Los carlistas transaccionistas estaban dispuestos a llegar a acuerdos con los liberales bajo la condición de conservar los fueros vascos y catalanes. Promovían el matrimonio del hijo de Don Carlos con Isabel II.

Los carlistas teocráticos eran intransigentes, pero pensaban que Don Carlos debía hacer siempre lo que ellos dijeran y ellos creían. Eran los más activistas. Generalmente son llamados “apostólicos”.

Los carlistas renovadores defendían que las leyes estaban siempre por encima de los reyes y no aceptaban los caprichos de Don Carlos. Eran partidarios del absolutismo, pero un absolutismo limitado por la ley, y eran la facción mayoritaria del movimiento carlista.

Don Carlos se inclinó desde el primer momento por los más radicales. El Gabinete de Don Carlos en julio de 1834 era apostólico y estaba integrado por el obispo de León Joaquín Abarca, que lo presidía, Luis Penne conde Villamur (secretario de Despacho en Guerra), Carlos Cruz Mayor (secretario de Estado) y Miguel Ramón Modet (secretario de Gracia y Justicia). No tenía posibilidades reales de prosperar a pesar del apoyo de algún noble, algún militar, María Francisca de Braganza la esposa de don Carlos, y María Teresa de Braganza princesa de Beira y cuñada de don Carlos.

 

 

Momentos históricos del carlismo.

 

Su momento de máximo auge estuvo en la sucesión de Fernando VII, 1833-1839, cuando media Europa reconoció como sucesor legítimo a su líder Carlos VI.

De nuevo intentaron obtener el trono de España por la fuerza, pero con menos popularidad, en 1845-1849.

Por última vez, intentaron llegar al poder por la fuerza en 1872-77.

Un momento difícil para el carlismo fue la aceptación papal del régimen de Cánovas en 1875. El carlismo, en vez de retraerse, se radicalizó. Se dice que Cándido Nocedal era más carlista que el mismo Carlos VII. Los más conservadores decidieron sumarse al partido conservador de Cánovas con “Unión Católica” en 1881. A finales de siglo apareció el regionalismo vasco y casi desapareció el carlismo pues el catolicismo vasco apoyó a los nacionalistas.

 

 

Características de la Guerra Carlista.

 

La guerra carlista fue feroz e inhumana, salvaje y criminal. Se hacían “limpiezas ideológicas” en ambos bandos:

Por parte de los carlistas, los prisioneros eran a menudo fusilados en los días siguientes a las batallas duras para ahorrarse el alimentarlos y como represalia a la resistencia mostrada; los que opinaban distinto de los que mandaban eran ejecutados; los heridos y enfermos eran abandonados a su suerte dentro de las prisiones, con grandes probabilidades de morir. Ante la exigencia de Francia y Gran Bretaña de acabar con estas crueldades, el País Vasco las aceptó, pero Aragón y el Maestrazgo continuarían igual.

En el bando contrario, los soldados liberales ejecutaban a sus prisioneros y también organizaban campañas de castigo contra determinados núcleos que se habían manifestado carlistas, o contra familiares de carlistas conocidos. Los liberales exaltados, los de extracción social más pobre, también actuaban de forma salvaje e inhumana: en medio de una epidemia de cólera, el 17 de julio de 1834, las gentes de Madrid iniciaron una serie de asaltos a conventos y matanza de frailes a los que acusaban de apoyar al carlismo.

Inglaterra y Francia se comprometieron a vender armas a los isabelinos con la condición de que la guerra dejase de ser inhumana, de que se acabase con los fusilamientos sistemáticos de prisioneros después de cada combate.

 

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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