EL PARTIDO POLÍTICO MODERADO

         DE TIEMPOS DE ISABEL II.

 

El partido moderado se había originado de hecho a partir de 1832, cuando Cea reunió a los absolutistas moderados y a los liberales moderados doceañistas, pero no tenían conciencia de grupo. La tuvieron sobre todo a partir del Estatuto Real de Martínez de la Rosa de 1834, cuando Martínez de la Rosa quiso reforzar el grupo de defensa de los intereses dinásticos de Isabel II.

Cuando triunfaron los progresistas, en junio de 1835, los moderados adoptaron una posición de retraimiento (de no participar para nada en la política del Gobierno en el poder), postura que también adoptaban los progresistas en su momento y que caracteriza el XIX español y explica la tensión política y vaivenes de los gobiernos. Los moderados no participaron en la elaboración de la Constitución de 1837 y su objetivo fue tirarla. Cuando a finales del 1837 gobiernen con Ofalia y Pérez de Castro, su objetivo fue tirar la Ley de Ayuntamientos que hacía elegibles a los alcaldes, negando rotundamente todas las iniciativas del grupo progresista.

Los progresistas funcionaron de igual modo y se retrajeron sistemáticamente en los periodos de gobierno moderados y se dedicaron a boicotear al Gobierno sacando gente a la calle.

Los moderados eran gentes de distinto origen. Provenían los unos de los liberales de 1812, denominados doceañistas, que se habían moderado tras las vivencias de los años posteriores. Otros procedían del absolutismo y otros del progresismo de 1823. Estaban unidos por la perspectiva de disfrutar del poder, y sus ideas básicas eran la creencia en la soberanía del rey y también en la soberanía de las Cortes, pero ésta con ciertas limitaciones o cautelas. Estas cautelas se traducían en exigir elecciones censitarias muy restringidas y mucho orden público. La heterogénea procedencia y diversas interpretaciones sobre las limitaciones a la expresión de la soberanía mediante las Cortes, daba lugar a las múltiples tendencias dentro del grupo.

La política de los moderados de 1840-1843 fue de retraimiento, de no colaboración con Espartero y los liberales que le apoyaban. El retraimiento les llevaba a la organización continua de pronunciamientos como el de Diego de León en octubre de 1841. El objetivo era echar abajo a los progresistas y toda su obra constitucional y legislativa.

En 1843 no dudaron en aliarse a algunos progresistas descontentos con Espartero, pero para expulsar a Espartero, hacerse con el poder, y cambiarlo todo.

 

 

Facciones internas del Partido Moderado.

 

El nombre oficial del partido era Partido Monárquico Constitucional, y había dentro de él varios grupos o tendencias.

 

En LA ÉPOCA DE LA REGENCIA DE MARÍA CRISTINA, estas tendencias eran:

La mayoría doctrinarista se hacía llamar “moderados”, que es el adjetivo que predominó y utilizamos nosotros. Su característica fundamental era la exigencia de orden público. Pensaban que sólo los propietarios podían traer el progreso, y para ello necesitaban orden público. Los propietarios debían gobernar, porque sólo ellos tenían algo que defender y guardarían el orden público necesario para que la civilización no fuera barrida por las masas. Creían pues en una soberanía burguesa y eran antipopulistas. Según ellos, la mejor educación era la cristiana, pues esta religión había enseñado sumisión y aceptación de las desgracias como venidas de Dios. En cuanto a los derechos liberales, quizás estuvieran bien en teoría y vistos en general, pero en la práctica debían ser limitados por ley, porque los derechos de opinión (prensa y pasquines), de asociación (partidos y sindicatos) y de reunión (mítines y manifestaciones), podían engendrar tales desórdenes, que no hubiera garantías para ningún derecho para nadie.

Los puritanos se hacían llamar “conservadores”. Los puritanos pedían respeto escrupuloso a las leyes y la Constitución, cosa que raramente ocurría en la España del XIX.

Los “autoritarios” defendían la soberanía del Rey por encima de la de las Cortes y representaban el ala derecha moderada.

Había algunos individuos, pocos más, que se denominaban a sí mismos “parlamentarios”.

También habría a partir de 1839, un pequeño grupo de militares marotistas, que habían seguido a Maroto cuando éste abandonó el carlismo y se pasó al partido moderado.

 

 

Las tendencias del Partido Moderado en la ÉPOCA DEL REINADO DE ISABEL II,eran:

Los moderados de época de Isabel II tenían posturas muy diversas y procedían de grupos políticos distintos. Un caso singular que demuestra lo que estamos diciendo es el de Andrés Borrego Moreno 1802-1891, un malagueño que había estudiado en Francia y era muy progresista en 1820, uniéndose a Riego a sus 18 años de edad. En 1823 hubo de exiliarse y, cuando volvió en 1834, con 32 años, ya era más moderado y sus artículos en El Español 1835-1836 y en El Correo Nacional 1838-1841, son moderados. No obstante, Borrego defendía posturas un tanto progresistas en el problema de la tierra, diciendo que las tierras desamortizadas debían quedar en manos de sus arrendatarios. Se opuso a Espartero en 1840 y hubo de exiliarse, pero al regresar en 1844 no se avenía tampoco a las ideas del moderado Narváez, decayendo desde entonces su carrera política

El partido estaba cohesionado por la existencia de unos líderes como Ramón María Narváez o Pedro José Pidal y Rivas, y por la posesión del poder. Incluso cuando no estaban en el Gobierno poseían la camarilla y a una líder indiscutible del partido que era María Cristina.

Los moderados, lejos de mostrar la cohesión interna que España necesitaba en su despegue industrial y de cara a los disturbios progresistas exaltados, se dividían en tendencias. Las enumeramos “de izquierda a derecha” para hacer más fácil su comprensión, aunque estos adjetivos sean tan discutibles:

puritanos o grupo a la izquierda del partido moderado, partidarios de la Constitución de 1845, es decir, de respetar lo que se proclamaba en la constitución, y de la moral pública como valor fundamental, dirigidos por Joaquín Francisco Pacheco[1] y Nicomedes-Pastor Díaz Corbelle[2]. Militaban en el partido Ríos Rosas, Pastor Díaz, Istúriz, Seijas, Salamanca, Nocedal, Llorente, Moyano, Cánovas del Castillo, marqués de Molins, marqués de Vega, general Concha, general Mazarredo, general Ros de Olano, Arrazola, Peña Aguayo, Roca de Togores… Se llamaban puritanos porque exigían el respeto a la Constitución y leyes vigentes, aunque fuera la Constitución de 1837 cuando estaba vigente. Pensaban que una Constitución debía ser obra de todos los partidos políticos y no sólo del gobernante, y tras ello ser respetada por todos. Formaban un grupo que se llamaba Unión Liberal, pero que sólo era una tendencia y no un partido como el de 1856 también llamado Unión Liberal. Escribían en los periódicos El Tiempo, El Globo y El Universal. Gobernaron en abril de 1846 a octubre de 1847 y buscaron entonces acuerdos con los progresistas, pero éstos, cerrados también a los moderados, prefirieron sacar la gente a la calle y no llegar a ningún acuerdo. Los puritanos creían en la posibilidad de alternancia en el Gobierno con los progresistas. Pedían juego limpio en elecciones libres, libertades, parlamentarismo, respeto a los demás partidos, observancia de la Constitución y de las leyes, Gobiernos de civiles, mayor democracia interna del partido. Se diferenciaron de Narváez cuando se éste se radicalizó y se marcharon a Unión Liberal en 1856. No aceptaban de Narváez su concepto del “orden público”, las negociaciones con Roma, la gestión del matrimonio de la reina, ni la reforma tributaria.

moderados puros, o de centro, o ministeriales, o monistas (de Alejandro Mon), pues por todas estas denominaciones fueron conocidos. Eran doctrinaristas, conservadores, pragmáticos, partidarios de un poder real fuerte, doble soberanía, bicameralismo, combinar tradición y progreso, sufragio censitario restringido, orden público, valoración posibilista de los derechos y libertades de modo que se prescindiera de ellos cuando peligraban los fundamentos del Estado, reforma administrativa, reforma tributaria, reforma de la enseñanza, reformas legislativas… Entre ellos estaba, Además de su jefe, Alejandro Mon, Pedro José Pidal y el propio Narváez.

polacos que utilizaban el favoritismo para lograr voluntades políticas y negocios personales, dirigidos por Luis José Sartorius[3]. Sartorius era sevillano de origen lituano, pero en España le decían el “polaco”. También estaban en este grupo el marqués de Viluma, dirigente del mismo, el duque de Veragua, José Antonio Alós, Mayans, Armero, y era simpatizante del mismo Jaime Balmes. Eran ultramoderados y su movimiento se llamó Unión Nacional.

reaccionarios que pretendían gobernar al estilo absolutista con apariencias constitucionales, dirigidos por Juan Bravo Murillo, y Manuel de la Pezuela y Cevallos marqués de Viluma.

neocatólicos de ideología absolutista abiertamente manifiesta, defensores de las ideas de Maistre y Bonald, integristas, dirigidos por Juan Donoso Cortés.

 

 

Extracción social del partido moderado.

 

En el partido moderado convivían restos de la sociedad estamental absolutista con elementos de la nueva sociedad clasista. Todos eran propietarios. La mayoría, además de propietarios, eran abogados, comerciantes, industriales, militares o de diversas profesiones liberales.

Durante el periodo liberal, la nobleza de sangre conservó su estatus social a pesar de perder los privilegios. El aumento de posesiones territoriales compensaba ampliamente la pérdida de privilegios. La baja y media nobleza muchas veces desapareció y se integró en la burguesía.

De alguna manera, es sorprendente que los comerciantes e industriales españoles formasen parte del partido moderado, pues deberían tener intereses contrapuestos a los de los terratenientes (éstos, mantener precios altos, y los industriales y comerciantes, bajar los precios). Pero es que los industriales y comerciantes españoles eran pocos, vivían geográficamente dispersos y no podían conquistar el poder por sí mismos, ni tampoco podían asociarse a un partido progresista en el que la baja burguesía y las clases populares pensaban en destruir sus negocios como paso previo a la revolución. Por eso prefirieron aliarse a la oligarquía dominante a pesar de que los Gobiernos moderados no ejercieron políticas económicas favorables a los negocios comerciales.

La élite universitaria también era moderada y entre ellos estarían Pidal, Pacheco, Bravo, Santillán, Sartorius. La forma de promocionarse por la vía universitaria era encontrar un protector que les ayudase en los estudios, que les promocionase luego provincialmente, les ayudara a dar el salto a Madrid, y una vez en la capital, escribir en periódicos y abrir un bufete. Si se tenía facilidad de palabra, era fácil encontrar un apoyo empresarial, o de un ministro, o de grupo de intereses, y el resto ya estaba hecho.

Los militares moderados también provenían de clases medias, como muchos universitarios. Se acercaban a alguno de los grandes jefes políticos militares para hacer carrera a su sombra. A partir de 1840 y con el surgimiento de los grupos y motines populistas, el ejército se hizo conservador y casi todos los militares estaban en el partido moderado. Narváez llegó a tener 90 senadores militares.

 

 

Ideología moderada.

 

No tenían una ideología clara y rigurosa, pues las doctrinas europeas no valían para una sociedad con estructuras económicas y sociales mucho más atrasadas, como la española.

Los cuatro principios básicos del moderantismo son:

Soberanía compartida entre las Cortes y el Rey.

Sufragio restringido a los propietarios e incluso muy restringido.

Poder real fuerte interviniendo decisivamente en el legislativo y en el ejecutivo. Esto se expresa como poder moderador de la Corona y se entiende como capacidad del Rey para nombrar y separar ministros, convocar y disolver Cortes, cuando es conveniente para España. El Senado sería de designación real, para controlar las leyes.

Prioridad al mantenimiento del orden público, lo que significa oponerse a las nuevas revoluciones. Para ellos, la revolución burguesa era la única y ya estaba terminada desde el momento en que se había aceptado una Constitución. En su momento actual, era prioritario obtener el máximo de paz social a fin de que fuera posible el desarrollo económico. El delito de imprenta, origen de muchos desórdenes, debería ser juzgado por la autoridad gubernativa competente y nunca por jurados. No habría Milicia Nacional porque ésta era fuente de desórdenes populistas.

 

 

Organización interna del partido moderado.

 

La organización del partido moderado era centralista y autoritaria. El partido, en la realidad, era un grupo de unas cien personas que estaban en Madrid, y desde allí imponían decisiones al resto de España. Los principales dirigentes eran Pidal, Castro, Bravo Murillo, Pacheco, Pastor, marqués de Viluma, Seijas… Los dirigentes de provincias eran meros transmisores de consignas que les llegaban del círculo madrileño. Cuando había elecciones enviaban instrucciones a provincias sobre las candidaturas a presentar y sobre la manera de organizar el fraude electoral para ganarlas. El grupo parlamentario moderado se reunía frecuentemente para acordar estrategias. El principal objetivo del partido era controlar las elecciones de forma que no accedieran al poder los carlistas ni los progresistas. Exigían disciplina de voto en las Cortes.

 

 

La denominación del Partido Moderado.

 

El Partido Moderado nació en 1837 con el nombre de Partido Monárquico Constitucional. Más tarde fue conocido como Partido Moderado, Partido Conservador y como Partido Parlamentario, lo cual induce a un cierto confusionismo.

Las denominaciones normales de “moderados” o “conservadores” dan lugar a equívocos: los puritanos o sección a la izquierda del Partido Conservador, gustaban de llamarse “conservadores” porque decían que la misión del partido era guardar los logros de la revolución liberal. Por otra parte, los puritanos defendían la unión de todos los liberales, moderados y progresistas, como ya veremos en su momento. Otro de los equívocos es que la facción conservadora autoritaria del Partido Conservador, era casi absolutista, con lo cual, a veces, el término conservador referido a lo interno del Partido Monárquico Constitucional, conduce al equívoco. Por último, se llama absolutista conservador a una facción del grupo absolutista, procedente de tiempos de Fernando VII, que quería mantener el absolutismo pero adaptarlo a los tiempos y reformarlo en el sentido de adoptar los progresos que representaban algunos avances del liberalismo en el campo económico y social. Este grupo absolutista conservador perduró durante todo el reinado de Isabel II. Por todo ello, hay que tener cuidado cuando se leen temas de tiempo de Isabel II, pues el desconocimiento de estos extremos da lugar a equívocos entre los no iniciados.

En 1836, los “exaltados” de 1820 habían cambiado su nombre para llamarse “progresistas”. A los moderados tampoco les gustaba el término “conservador”, porque era una palabra ya utilizada por los absolutistas que apoyaron a Fernando VII en 1823-1833 y eran absolutistas moderados. Entonces decidieron llamarse “Partido Monárquico Constitucional”. Pero el término no cuajó y los historiadores progresistas y demócratas insistieron en denominarles moderados y conservadores.

En 1843, a los moderados no les gustaba que les llamaran ni moderados ni conservadores, como veía sucediendo desde 1820.

En mayo de 1843, en plena lucha contra el Gobierno dictatorial de Espartero, que ignoraba la Constitución, el partido prefirió llamarse Partido Parlamentario.

En noviembre de 1843, los moderados abandonaron su denominación de mayo y empezaron a hablar de Partido Moderado, aunque esta costumbre no se impuso hasta 1848.

 

 

 

La creación del Partido Moderado.

 

El motivo de la creación del Partido Monárquico Constitucional fue la preparación de unas elecciones en las que Andrés Borrego se dio cuenta de la necesidad de coordinar a los pequeños comités locales y ponerlos en contacto unos con otros a través de un Comité Nacional. Andrés Borrego redactó un Manual Electoral, el 1 de agosto de 1837, y junto a Pedro Colón Ramírez Baquedano XII duque de Veragua, Manuel Riva Herrera y Carlos Martínez de Irujo Mckean marqués de Casa Irujo, se pusieron a coordinar a los moderados de toda España. Pretendían un partido como el francés de Carlos X, en la idea ilustrada de favorecer al pueblo mediante la educación y el fomento de los medios de subsistencia, pero sin contar con las masas.

Andrés Borrego había descubierto que los progresistas no eran ilusos, ni jacobinos, ni torpes, sino que tenían posibilidades de gobernar. Habían renunciado al sufragio general indirecto de 1812 y habían aceptado el sufragio censitario, habían renunciado a la interpretación de “soberanía nacional” como que cada asamblea popular podía hacer lo que le viniera en gana, disculpar asesinatos y apoyar ilegalidades, y habían reinterpretado que soberanía nacional era que el Parlamento, los representantes del conjunto de los españoles eran los soberanos. Por tanto, era conveniente crear un partido moderado con ideas claras en política.

Identificamos Partido Moderado con altos mandos del ejército y de la Administración del Estado, y con terratenientes y burgueses, aunque también había en todos estos grupos individuos progresistas. También lo identificamos con jerarquía católica, pero algunos curas y frailes fueron decididamente progresistas.

Los moderados eran una amalgama de gente temerosa de la anarquía y de la revuelta popular, de gente católica, y de gente conservadora. Entre ellos había algunos carlistas como Fulgosio, algunos fernandinos como Ofalia, Pezuela y Fernández de Córdoba, algunos moderados como Pidal, y Bravo Murillo, algunos doctrinarios como Donoso Cortés y Francisco Pacheco, algunos “exaltados” de 1810 como Martínez de la Rosa y José María Queipo de Llano conde de Toreno, algunos “exaltados” de 1821 como Alcalá Galiano, algunos tránsfugas del partido progresista como González Bravo y Ramón María Narváez.

El Partido Moderado era esencialmente heterogéneo. Estaban unidos porque la economía les iba bien, tenían conciencia de élite y miedo a la revuelta popular. Todos eran monárquicos porque consideraban al Rey como fuente de moralidad. Pensaban que el Partido Moderado podía significar la reconciliación del Gobierno con la Iglesia.

Para organizar un poco este conglomerado, hablaremos en 1833-1844 de absolutistas moderados, carlistas marotistas y liberales conservadores.

Y a partir de 1844, distinguiremos entre conservadores autoritarios, moderados narvaístas y puritanos. Los conservadores autoritarios, liderados por el marqués de Viluma se salieron del Partido Moderado en diciembre de 1844 y pasaron a la oposición por la derecha, en partido aparte.

 

 

COMPONENTES DEL PARTIDO MODERADO EN 1833-1844.

 

Los absolutistas moderados habían gobernado con Fernando VII, y eran absolutistas aperturistas y fieles al testamento de Fernando VII que dejaba a Isabel II como Reina de España. En tiempos de Fernando VII también habían sido llamados realistas templados. La clave para entender este grupo, aparecido hacia 1827, es que eran absolutistas dispuestos a aprovechar las ventajas del liberalismo, sobre todo en materia económica. El representante de este grupo es Cea Bermúdez.

Los carlistas marotistas habían sido carlistas en 1833, se pasaron al grupo de Maroto en 1838, y aceptaron a Isabel II en 1839. Se colocaron en la derecha del Partido Moderado. En este tiempo, en ese grupo estaban el Marqués de Viluma, Ballesteros, Ofalia, conde de Cleonard y Fulgosio.

Los liberales conservadores representaban en estos primeros años la mayoría. Esta mayoría estaba conformada a su vez doceañistas, personas desencantadas con los exaltados de 1822-1823, y unos pocos liberales por convicción. Su idea era ocuparse más del progreso económico y social y menos de sacar a las gentes a la calle. A cada momento se le sumaban personas provenientes del progresismo y cansados y decepcionados por la práctica populachera de sacar las Milicias a la calle. Los progresistas les calificaban de traidores puestos al servicio de la oligarquía, pero ellos defendían que habían aprendido de la experiencia de estar con los progresistas.

 

 

RENOVACIÓN DEL PARTIDO MODERADO EN 1844.

 

Los moderados en general no habían aceptado la Constitución de 1837, que era de consenso entre progresistas y moderados. Tal vez el sentimiento de rechazo a la Constitución se exacerbó con el levantamiento de Espartero en 1840. María Cristina se había sentido ultrajada pro la Constitución de 1837, porque le arrebataba la soberanía. Y entonces, al intentar reaccionar, se dieron cuenta de que estaban desorganizados como partido y desunidos en facciones. Para atacar a Espartero y sus progresistas, debían unirse primero, e intentar tomar el poder después.

La reorganización del Partido Moderado tuvo lugar en París, bajo el amparo de María Cristina y con la presencia de Narváez, que se convirtió en el hombre clave del proyecto. Además de reorganizarse, intentaron coordinarse con los progresistas no esparteristas, los que veían la actitud dictatorial de Espartero y estaban descontentos y estaban liderados por Salustiano Olózaga y Joaquín María López. La alianza se produjo el 20 de mayo de 1843, cuando Olózaga pronunció el “Dios salve al país, Dios salve a la Reina”. Los moderados lograron unir su partido mediante una “coalición nacional” en torno a las ideas de salvar el trono de Isabel II, respetar la Constitución de 1837 y olvido de las diferencias habidas entre ellos en el pasado. La fuerza más significativa del nuevo Partido Moderado eran los generales Leopoldo O`Donnell, Ramón María Narváez y Manuel Gutiérrez de la Concha Irigoyen.

El pacto entre moderados y progresistas de Olózaga, dio lugar a la llamada “Coalición Nacional”, la cual organizó protestas contra Espartero aprovechando que éste había aprobado nuevas contribuciones para los españoles.

Una vez expulsado Espartero del poder, los moderados, capitaneados por María Cristina y dueños por tanto de la voluntad de la Reina Isabel II, buscaron el poder sin importarles el pacto con los progresistas recientemente firmado. En las elecciones de 1844 se presentaron a la sociedad española como el “Partido Parlamentario”, denominación que no cuajó, pero ganaron las elecciones. Por entonces, decían que defendían el trono de Isabel II y la Constitución de 1837. Pronto decidirían que la Constitución de 1837 no les valía y crearon la Constitución de 1845.

 

La Joven España de González Bravo.

 

En 1843 apareció un grupo político nuevo “La Joven España”, dirigido por Luis González Bravo, 1811-1871. Este hombre había estudiado Derecho en Alcalá y había destacado por sus artículos en El Guirigay atacando al Partido Moderado y a María Cristina. En ese tiempo era “exaltado” y miembro de la Milicia Nacional, todo lo que se podía esperar de un progresista de izquierdas. Isabel II no se lo perdonaría nunca.

En 1843, González Bravo se sintió atraído por la ideas nacionalistas que recorrían Europa y creaban organizaciones denominadas “la Joven …”. No tuvo en cuenta que el nacionalismo es siempre de derechas, muy de derechas, y que esa decisión le iba a llevar a abandonar el Partido Progresista. Incluso fue más allá, y se sumó a la falsa acusación contra Olózaga, el líder progresista del momento, de forzar la voluntad de la Reina, la cual provocó el exilio del Presidente del Gobierno, Olózaga. Ese trabajo, le sirvió para ser él mismo Presidente, momento en el que se mostró de talante dictatorial y antiprogresista, situándose muy a la derecha del Partido Moderado. Se encargó de desmantelar las bases económicas y sociales de los progresistas, acabando con la Milicia Nacional, que sustituyó por la Guardia Civil, y con los Ayuntamientos democráticos que sustituyó por Ayuntamientos de designación real.

Tras este “trabajo” de González Bravo, el camino quedó expedito para el Gobierno moderado de Ramón María Narváez, que iniciaría la Década Moderada.

Olózaga estaba en la Presidencia del Congreso de Diputados, con apoyo de los moderados, y se confió en González Bravo y en Narváez. Éstos, sin embargo, estaban boicoteándole y preparando la llegada el poder de los moderados.

El Gobierno de Joaquín María López, de julio de 1843 a noviembre de 1843, era un Gobierno de consenso que debía servir de transición desde la dictadura. Pero se demostró que no había consenso. Salustiano Olózaga formó Gobierno de 20 de noviembre a 29 de noviembre de 1843 con sólo progresistas.

Si Olózaga estaba intentando reorganizar un Partido Progresista fuerte, proponiendo una amnistía, revitalizar los ayuntamientos elegibles y la Milicia Popular, los moderados y La Joven España consideraron que Olózaga estaba traicionando los acuerdos de Coalición Nacional y decidieron acabar con él. González Bravo se encargó de ese trabajo. Narváez recogió las nueces caídas del árbol.

Alejandro Pidal, el organizador del Partido Moderado, era Presidente del Congreso de Diputados, y Ramón María Narváez, el apoyo militar del partido, era Capitán General de Madrid.

González Bravo y los moderados se encargaron de boicotear a Olózaga, acusarle y recusarle en las Cortes, lo que acabó con Olózaga exiliado en Londres y el Partido Progresista roto en cuatro pedazos y sin oportunidad de recuperar el poder. La labor de González Bravo. Presidente del Gobierno de diciembre de 1843 a mayo de 1844, fue demoledora para los progresistas. González Bravo creía que la Joven España tenía su oportunidad, pero Pidal y Narváez se encargaron de que este proyecto político desapareciese sin apenas dejar rastro en la historia de España.

 

 

Componentes del Partido Moderado a partir de 1844.

 

El Partido Moderado de 1844 era socialmente heterogéneo, y cada grupo componente tenía intereses distintos, a veces encontrados. Por ello, no había ideas claras de lo que era el partido, sino personalidades con más o menos credibilidad popular. Casi ninguno de estos hombres era abierto al diálogo, aunque siendo Narváez el líder indiscutible, se habló siempre de que era Narváez el que estaba cerrado al diálogo por sistema.

Las tres facciones más importantes de los moderados a partir de 1844, fueron los conservadores autoritarios, por la derecha, los moderados narvaístas en el centro, y los puritanos por la izquierda. Los narvaístas se llamaban moderados a secas, pero para evitar confusiones, es preferible denominarles narvaístas, atendiendo a su líder indiscutible, Narváez.

Subgrupos, dentro de la facción narvaísta, eran los pidalistas o mayoría manejada por Narváez, y los polacos, o seguidores de Sartorius conde de San Luis.

Las tres tendencias se manifestaban abiertamente en la prensa como distintas y discrepaban continuamente en temas importantes de la política. Aparecían unidos cuando las cosas se ponían difíciles y surgía la amenaza de perder el poder. Era una convivencia en el desacuerdo, la cual se rompió cuando llegó al poder Bravo Murillo e intentó el predominio absoluto de la tendencia moderada autoritaria sobre las demás.

Mientras Pidal y Narváez se llevaron bien, los subgrupos del Partido Moderado no tuvieron importancia, pero cuando éstos discreparon, las otras facciones y los subgrupos de la facción narvaísta tuvieron su propio papel en la política.

 

 

Ideología moderada.

 

Hacia 1840, los moderados habían comprobado que los ideólogos progresistas no eran lo mismo que la masa de seguidores populistas que movían en la calle. Dejaron de pensar en que eran unos ilusos, jacobinos (populistas) o “gentes con muchas ideas y mal digeridas”. Era cierto que utilizaban las milicias populares, más o menos incultas para armar alborotos en la calle.

Pero entre los dirigentes populistas había algo más, y era necesario tener claras las ideas para combatir a los líderes progresistas.

Los moderados no tuvieron nunca un cuerpo de doctrina política completo y riguroso que les diferenciara de otros partidos y diferenciara a las distintas facciones moderadas. Eran un conglomerado social que difícilmente podía llegar a la unanimidad de pensamiento. El Partido Moderado se mantenía unido porque los españoles estaban cansados de las muchas revoluciones y guerras planteadas por los progresistas y porque retenían y disfrutaban del poder. En un partido supuestamente “liberal” lo propio hubiera sido que una burguesía elaborara una teoría del liberalismo conservador, o la copiara de sus homólogos europeos. Pero en España era costumbre matizar y criticar mucho las cosas que provenían de Europa. Por eso se limitaron a la máxima pragmática de “juntos nos va bien”.

Las ideas generales en las que todos los moderados estaban de acuerdo eran que debían defender la idea de soberanía del Rey, guardar la Constitución, preservar el orden público, cuidar de la religión católica española, y defender los intereses generales del país y los intereses de los particulares legítimamente adquiridos, así como defender el Trono y la unidad nacional.

Los moderados creían en la doble representación del país o soberanía en las Cortes y en el Rey, de modo que el diputado no representaba al pueblo sino a la “voluntad general”. Insistían en la importancia de la soberanía en el Rey y, consecuentemente, en que el Rey debe tener muchos poderes.

Los poderes del Rey fueron el punto de mayor discusión entre moderados y progresistas. Hacia 1843-1844, los moderados creían que el proceso de liberalización de la política española había debilitado la institución monárquica, y que era necesario fortalecerla de nuevo. Así lo defendían Alcalá Galiano, Pedro José Pidal y Donoso Cortés. Estos teóricos, incluso se preguntaban si merecía la pena el liberalismo, pues sin autoridad se producían desórdenes, muertes y destrucción de la propiedad, lo cual era la anulación de todos los derechos que decía defender el liberalismo. Por ello, defendían una monarquía intervencionista, que pudiera actuar sobre las Cortes, sobre el Gobierno y sobre la política general de España.

En cuanto a guardar la Constitución, era una fórmula que se quedaba en la apariencia, pues la violentaban constantemente y les parecía un estorbo para su Gobierno, estorbo del que trataban de librarse mediante la petición continua de poderes excepcionales o suspensión de derechos constitucionales.

Rechazaban la soberanía “nacional”, y decían que es absurdo entregar el Gobierno a la irracionalidad de las masas, cuyos intereses a menudo son volver panza arriba todo, a ver si les cae alguna riqueza desde la revuelta política.

En la tradición española, en la Edad Moderna, la soberanía corresponde a la comunidad, pero ésta la ha cedido al Rey por dejación de funciones, no por cesión contractual, pero el pueblo reclamaba periódicamente la soberanía mediante rebeliones y revueltas, las cuales demostraban que el pueblo se reservaba la exigencia de respeto a sus derechos positivos. Esta realidad histórica fue reinterpretada por los moderados como existencia de dos soberanías iguales, la del Rey y la de las Cortes.

Los españoles nunca creyeron en una soberanía venida del cielo. Incluso los moderados autoritarios reconocían este punto. Donoso Cortés opinaba que no merecía la pena discutir de dónde provenía la soberanía porque la realidad era que “la potestad constituyente no existía sino en la potestad constituida, ni ésta es otra en nuestra España que las Cortes con el Rey”. Y en otra máxima más antigua se decía “Lex fit consensu populi et constitutione regis” (la ley fue hecha por consenso del pueblo y elaboración del Rey). Pedro José Pidal hablaba de la existencia de dos constituciones: una “interna” generada en el proceso histórico español el cual había creado tanto la Monarquía como las Cortes, y otra “jurídica y formal” que resultaba del pacto entre la Monarquía y las Cortes. Pidal continuaba, afirmando que la Constitución no había salido del pueblo, de ninguna revolución popular, ni a partir del caos y de la nada, como a veces defendían los progresistas, sino que España era una nación vieja con una monarquía muy antigua, con leyes igualmente antiguas, con tradiciones seculares de las que habían emanado las instituciones políticas, pero no se había partido de cero.

Respecto a la “voluntad general” creían que sería mejor defendida por los grandes propietarios que por los que no tienen nada que defender, postura política que conocemos como doctrinarismo: sólo los propietarios tienen algo que defender y necesitan de la protección del Estado para hacerlo. El resto de la sociedad a veces opta por la revuelta, pues no tiene nada que perder. Ni siquiera les importa la estabilidad del Estado. Sólo los propietarios traen progreso a la sociedad, pues en sus manos está el invertir.

La idea liberal primigenia es que todos los hombres son iguales en derechos. Pero esta idea debe ser reinterpretada en el sentido de que las clases medias y altas son las más representativas de la sociedad, de sus verdaderos intereses, pues han logrado poner en marcha la riqueza y el progreso en el que vive la sociedad entera. Estos hombres que han generado o conservado el patrimonio económico y cultural son los que deben regir la política, pues las clases populares carecen de preparación intelectual para hacerlo y de valores morales que garanticen la continuidad y el progreso. Los ideólogos moderados pusieron el acento en las “clases medias”, tal vez porque la mayoría de ellos procedía de la clase media. Pero casi todos ellos reconocían que la clase media española carecía del peso político y de la capacidad de organización de masas que se podía encontrar entre la clase media británica, francesa, holandesa… En España, la clase media necesitaba de las clases altas, las dominadoras del poder económico y de las fuerzas políticas. A estas ideas se las denominaba “pragmatismo moderado”.

El pragmatismo moderado estaba en la línea del despotismo ilustrado: el poder se ejercería a favor de los ignorantes y los desvalidos para sacarles de su ignorancia y su pobreza, pero sin contar con ellos hasta que se convirtieran en hombres ilustrados. Mientras esto último no se consiguiese, el régimen democrático era imposible, pues equivaldría a la legalización del desorden social. Ciertamente, los pobres tienen los mismos derechos civiles que los ricos, pero no pueden ejercer los mismos derechos políticos porque ello significaría la subversión social y económica, el caos social y cultural. Hay que reconocer que los derechos políticos en manos de las clases altas, no son un privilegio de una clase social, sino una salvaguarda del progreso y de los valores sociales. El poder, en manos de los ignorantes, tras provocar la subversión, conduciría a la tiranía de algún líder populista y a la destrucción de la riqueza del país, lo cual sería la pérdida de derechos políticos para todos, para los ricos y para los pobres, es decir, el absurdo.

Creían en el sufragio censitario restringido, pues el dinero y la cultura demuestran la valía de un hombre y garantizan su capacidad de votar y decidir en política.

El orden público lo defendieron en la práctica con cierres de clubs y periódicos populares, represión de militares rebeldes, represión de los alborotadores de las calles y supresión de la Milicia Nacional, cuna de muchos progresistas, con la creación de la Guardia Civil en 1844 que se encargase del orden sin necesidad de intervención de estas Milicias Populares, con leyes de imprenta que imponían la censura previa, con un Código Penal como el de 1851. La idea de la necesidad de orden público era la que más cohesionaba a los distintos grupos o facciones del Partido Moderado, tan diversas entre sí. Para los moderados, orden significaba la consolidación de las instituciones, el fin de las revoluciones y de la violencia, el respeto a la propiedad, todo lo cual podía dar lugar al progreso y a la expansión capitalista.

Les gustaba un bicameralismo en la que la segunda cámara sea de burgueses que eviten excesos revolucionarios y, así como la primera cámara es electiva, la segunda debe ser designada.

Eran católicos confesionales, pero habían adquirido tierras en la desamortización y tienen interés en conservarlas y, en todo caso, que las pague el Estado con beneficios de cualquier tipo concedidos a la Iglesia. Querían una educación católica para la juventud, de modo que las generaciones jóvenes no fueran violentas, sino dóciles y trabajadoras.

No querían autonomías locales, ni milicias nacionales, ni alcaldes populares porque todo ello llevaba a ataques a la propiedad. Preferían los alcaldes designados por la Corona entre gente con valores materiales y morales. Y en cuanto a las Diputaciones Provinciales, colocaron un Gobernador Civil designado por el Gobierno, a fin de que controlase la actividad de la Diputación, y un Gobernador Militar que asegurase el cumplimiento de la política del Gobierno en todo caso.

Eran proteccionistas en economía. El Estado debía proteger sus negocios pues ello favorecería la economía nacional. Esto es cierto a corto plazo, pero no es sostenible en el tiempo largo, pues el proteccionismo empuja a no modernizar tecnología, a no bajar precios y, por tanto, a hacer vivir peor al conjunto de la sociedad. En teoría liberal, a precios más bajos, mayor porcentaje de gente se beneficia de mayor número de bienes.

Eran liberales en cuanto interpretaban el liberalismo como un buen negocio: el liberalismo les permitía comprar tierras baratas compradas en la desamortización, principalmente tierras de la Corona administradas por los Ayuntamientos, aunque también tierras del clero. El liberalismo les garantizaba la propiedad de lo comprado. Eran menos liberales, proteccionistas, porque el proteccionismo les garantizaba altos precios para sus productos agrícolas, ganaderos o industriales. Y todos salían ganado. Pero “todos” eran los burgueses, pues hubo perjudicados de este juego que era liberal para unas cosas y proteccionista para otras: los campesinos pobres que cultivaban pequeñas parcelas de tierra no tenían garantizados sus precios. Los campesinos pobres que trabajaban la tierra de otros, vieron subidas sus rentas. Los artesanos se iban quedando en paro a medida que progresaba la industrialización y se comercializaban mejor los productos industriales. Los consumidores en general se veían perjudicados por precios altos de los productos garantizados por el Estado.

En materia de impuestos, preferían los indirectos que gravan el consumo y al conjunto de los consumidores, que somos todos. Odiaban los impuestos directos, que gravasen a las grandes fortunas, y argumentaban que ello iba en contra de la inversión.

 

 

Aspectos organizativos del Partido Moderado.

 

El partido moderado, como todos los demás en este tiempo en España, era una agrupación de “notables” numéricamente reducida, unida con el fin de preparar los procesos electorales. Constaba de un círculo dirigente madrileño, unos grupos parlamentarios, un sistema de prensa que difundía la ideología y una organización electoral.

El círculo madrileño eran no más de un centenar de personas, las cuales mantenían contactos personales con la gente influyente del país y gozaban de capacidad intelectual para expresarse en los periódicos. Oficialmente, todos los militantes participaban democráticamente en la toma de decisiones del partido, pero en la realidad, las decisiones se tomaban entre unos pocos, una minoría dirigente. No podía ser de otra manera, pues el partido era demasiado heterogéneo.

La minoría dirigente del Partido Moderado se conformaba desde el Gobierno, desde el equipo ministerial de turno. Ello conducía tensiones entre los distintos líderes de las facciones moderadas. Y todos sabían que el partido dependía de la voluntad de la Reina, de a quién concedía el poder.

Las decisiones de la minoría dirigente eran comunicadas a los dirigentes de provincias, los notables de cada territorio español, para que ellos las impusieran en sus propios círculos a través de su clientela política.

Los grupos parlamentarios del Partido Moderado integraban a los líderes del Congreso y del Senado para coordinar sus acciones. Al iniciarse la legislatura, estos líderes se reunían en el edificio del Congreso, en casa de un dirigente, o en un edificio público como podía ser el Liceo o el Ateneo, y en esa reunión se designaban candidatos para los puestos relevantes, y se acordaban las Leyes a defender en esa legislatura.

El liderazgo de los grupos parlamentarios se encargaba al tenido entre ellos como mejor orador, que en la época, se consideraba que era el mejor dominador del lenguaje y el más acerado en la polémica.

Generalmente había tres grupos parlamentarios moderados, que eran el conservador autoritario, el ministerial (moderado narvaísta) y el puritano, igual que las tendencias o facciones dentro del partido. Los líderes de los grupos parlamentarios exigían disciplina de voto y, para ello, hacían una reunión previa a la legislatura en la que los parlamentarios se comprometían públicamente a guardar esa disciplina, algunas veces incluso bajo juramento. Cuando se rompía la disciplina de voto, se organizaba un pequeño escándalo en todo el Parlamento.

En el Senado, el predominio conservador era abrumador.

 

 

La prensa moderada.

 

Los periódicos moderados defendían las ideas del partido y eran la voz del partido cuando las Cortes estaban cerradas.

Los periódicos moderados eran El Heraldo, El Tiempo, La Posdata, El Español, El Sol, El Castellano, El Globo, El Corresponsal, El Conservador, el Correo Nacional, La Época, Diario de Madrid, El Diario Español.

Y a partir de 1854: La España, El Parlamento, La Verdad, La Época, El Diario Español, El Conciliador, El Vapor, La Guardia Nacional, La Correspondencia de España, La Colmena, El Redactor General, El Mundo y El Eco del Comercio.

El Heraldo había nacido en 1842 en apoyo de Espartero, y lo había dirigido Luis José Sartorius conde de San Luis, pero se pasó a la oposición al dictador y se puso al servicio de Narváez en 1843. En 1844 absorbió a El Corresponsal, y en 1845 a El Globo. Pasó a ser el órgano principal de expresión del Partido Moderado, como antes lo habían sido El Español o El Correo Nacional. Su papel en 1848 fue muy importante apoyando a Narváez en contra de la sedición y los motines. La editorial era escrita por Sartorius y los redactores eran José Ignacio Escobar, Antonio Ríos Rosas, Fernando Cos Gayón, Tomás García Luna, Baltasar Anduaga y su redactor jefe, Diego Coello Quesada. Éste, abandonará el periódico en 1847 para crear uno nuevo, El Faro, momento en que pasó a Redactor Jefe José María de la Mora. A partir de 1849, El Heraldo tuvo mucha competencia en El País y en La Época, y en 1854, al perder los moderados el poder, el periódico desapareció.

En 1835 apareció el periódico Diario de Madrid de gran formato y 4 páginas, dirigido por Andrés Borrego, independiente y plural, pero cercano a los moderados. Se vendía por suscripción mensual en Madrid y Provincias y contenían anuncios de pago. En él colaboraron Flores Calderón, Aribau, Flórez Estrada, López Pelegrín, Calderón Collantes, Espronceda, Ríos Rosas, Sartorius, Donoso Cortés, González Bravo y Mariano José de Larra. Cerró en 1837, reapareció en 1845, otra vez con Borrego al frente, y cerró definitivamente en 1848.

La función de los periódicos era divulgar la ideología del partido en general y las posiciones políticas del mismo en cada asunto concreto. La finalidad era formar grupos de opinión en la sociedad española que actuaran permanente a favor del partido, estuviera éste en el Gobierno o en la oposición, y aunque las Cortes estuvieran cerradas.

La prensa se convirtió en un medio de promoción política por el que ascendieron Pedro José Pidal, Joaquín Francisco Pacheco, Juan María Donoso Cortés, Luis José Sartorius conde de San Luis, Nicomedes Pastor Díaz y otros. Incluso había muchos que no llegaron a dirigentes del Partido Moderado, pero consiguieron un cargo en el Partido, en el Comité Electoral Central, o en provincias, que les sirvió para sobrevivir.

 

La organización electoral del Partido Moderado radicaba en Madrid con una oficina dedicada expresamente a la organización de campañas electorales. Este centro enviaba instrucciones a otras oficinas abiertas en provincias.

Nunca se reguló cómo se elaboraban las candidaturas. Cada candidatura dependía de su comité electoral provincial correspondiente. Los comités electorales trataron de coordinarse en tiempos de Narváez, pero entonces aparecieron problemas que nunca habían tenido, y en febrero de 1844 fue necesario un Reglamento de Organización Electoral.

El funcionamiento de cara a unas elecciones era el siguiente: el Partido convocaba, mediante la prensa, reuniones de electores y éstos nombraban una “Comisión Electoral de Barrio” integrada por un Presidente, un Secretario, cinco o siete Vocales y un número indeterminado de Adjuntos, todos ellos gente influyente en su zona. Las Comisiones de Barrio hacían propaganda en su zona respectiva, y se encargaban de eliminar los obstáculos que pudiera haber para la aplicación del programa electoral que les llegaba de Madrid. Las Comisiones de Barrio se informaban de las actuaciones de otros partidos, estudiaban el electorado, clasificaban al electorado en “amigos”, “dudosos” y “contrarios”, y elaboraban unas listas de candidatos incluyendo a los “amigos”, a partir de cuyo momento, hacían propaganda a favor de esos candidatos y atacaban a los “contrarios”. Los Presidentes de las Comisiones Electorales de Barrio se reunían para integrar la Comisión Electoral de Distrito, a la que sumaban a las personas más influyentes de la zona que fueran “amigos”. La Comisión Electoral de Distrito estaba integrada por 13 miembros que entre ellos elegían Presidente, Secretario y Vicepresidente de la Comisión. Este grupo actuaba de enlace entre las Comisiones de Barrio y la Comisión Central. La Comisión Electoral Central estaba integrada por 12 Presidentes de las Comisiones Electorales de Distrito a los que se sumaban las personas más influyentes de España considerados “amigos”. Elegían también a su Presidente, Vicepresidente, dos Secretarios, Tesorero y Contador. Y su trabajo era: determinar las disposiciones generales de su política electoral; resolver las diferencias entre las Comisiones de Barrio y las Comisiones de Distrito; proponer los candidatos al Congreso y al Senado; dirigir las operaciones electorales para coordinar que se dijese lo mismo en todas partes; apoyar a las Comisiones de Barrio y a las comisiones de Distrito; buscar fondos para pagar toda esta organización.

Aparte de toda esta organización electoral interna del Partido Moderado, cuando poseían el Gobierno enviaban circulares a los Gobernadores provinciales para pedir el voto para los candidatos “ministeriales” (del Gobierno existente). De ello se dedujo un fraude electoral sistematizado, y ello dejó a los progresistas de la oposición sin esperanza alguna de conseguir el poder, por lo que no encontraron más que dos caminos: el retraimiento para preparar la rebelión definitiva, o el motín y la rebelión directa.

 

 

LOS CONSERVADORES AUTORITARIOS

del Partido Moderado.

 

Los conservadores autoritarios eran el ala derecha del Partido Moderado.

Los conservadores autoritarios eran liderados por Manuel González de la Pezuela Ceballos marqués de Viluma y por Juan Bravo Murillo. Creían en un autoritarismo fuerte y una alianza del Estado con el catolicismo español. Entre ellos hay que distinguir a Viluma, más autoritario y ultracatólico, de Bravo Murillo, que era un hombre escrupuloso que creía en el deber de los gobernantes de respetar la Constitución y las leyes, al igual que se debían respetar los principios religiosos católicos. Juan Bravo Murillo parecía un puritano, pero en el ultraconservadurismo.

Los Moderados autoritarios eran la conjunción de antiguos colaboradores de Fernando VII que habían aceptado su testamento dejando el trono a Isabel II (los otros colaboradores de Fernando VII eran los carlistas, que no aceptaban ese testamento), los monárquicos y los tradicionalistas partidarios de hallar un camino intermedio entre el absolutismo y el liberalismo, para cuya realización veían como solución excelente el matrimonio de Isabel II con el hijo de Don Carlos de Borbón, es decir, con Carlos conde de Montemolín. Pensaban que el Gobierno debía seguir un camino intermedio entre la tradición y la revolución aprovechando los aspectos positivos de cada visión política. Pedían la reconciliación de las dos Españas.

Estuvieron contra Espartero en 1841-1843.

En mayo de 1844, Narváez incorporó a Viluma a su Gobierno como Ministro de Estado, pero la convivencia entre ambos fue difícil, porque Viluma pedía acabar con la Constitución de 1837, en lo que estaba de acuerdo Narváez, pero no para ir a una Constitución moderada como la que se hizo en 1845 sino que Viluma quería volver a una Carta Otorgada como la de 1837, con Senado aristocrático autoritario y suprimiendo toda mención a que las Cortes pudieran ser soberanas, pues creía que el único soberano era el Rey. En 24 al 26 de junio de 1844, el Ministerio Narváez se reunió en Barcelona para discutir las propuestas de Viluma. Se negaron a aceptarlas. En 1 de julio de 1844, Viluma abandonó el Gobierno, en el que nunca había colaborado en la práctica.

A partir de 1 de julio de 1844, los moderados autoritarios se colocaron en la oposición a Narváez. Los militantes quedaron en libertad de integrarse en grupos moderados que continuaban en el Partido Moderado, o en grupos de ideología absolutista fuera del partido y abierta oposición. Estos últimos tenían grupo parlamentario propio el 10 de octubre de 1844 y su líder en el Congreso de Diputados era Santiago de Tejada.

Santiago de Tejada y Santamaría, 1800-1877, era un riojano con estudios de Derechos en Zaragoza y Madrid, que había encontrado trabajo en 1831 y la Secretaría de Gracia y Justicia y, desde 1843, era cuñado del marqués de Viluma, rechazó en su día la Constitución de 1845, argumentando que cedía soberanía al Parlamento y quitaba autoridad a la Corona. En su lugar, preconizaba la recuperación de los “antiguos fueros”, intereses tradicionales, antiguas costumbres monárquicas, que podían ser compatibles con las nuevas situaciones políticas y sociales en que entraba España. Acusaba al Partido Moderado de haberse convertido en próximo a los progresistas y auguraba tragedias políticas porque los liberales estaban entregando el poder a las clases medias carentes de preparación y de cualidades para gestionar un Gobierno. Según Tejada, Narváez sólo pretendía apartar del poder a los nobles, a los grandes propietarios, a los altos mandos militares, a la alta jerarquía eclesiástica, para poner a los suyos en el poder y encumbrarse él mismo.

En diciembre de 1844, los conservadores autoritarios de la facción de Viluma se situaron abiertamente en la oposición a Narváez y al Partido Moderado con motivo de la discusión de la Ley de Culto y Clero. Los vilumistas pedían la devolución al clero de todos los bienes de las desamortizaciones que todavía no habían sido vendidos, y que eran muchos. Y argumentaban que si el problema era la enorme deuda de Hacienda adquirida desde tiempos de Carlos III, la solución era una contribución del 3% sobre todas las propiedades de cualquier tipo, pero no detraer recursos a la Iglesia Católica. Alejando Mon rechazó esta propuesta de Viluma, que era una propuesta progresista, y argumentó una “cuestión de procedimiento” porque, según Mon, el tema requería de una Ley y no podía ser aprobado por la vía de una enmienda a los presupuestos. Había rivalidad ideológica y fricciones pasadas, que predominaban sobre la racionalidad. En ese momento, los 17 parlamentarios de Viluma dimitieron.

El 4 de enero de 1845, los conservadores autoritarios publicaron sus propuestas. Acusaron a Mon de ser un populista que se había negado a una solución racional para la deuda y de haber preferido actuar contra los derechos e intereses de la Iglesia Católica y presentaron un programa de partido: mantener el trono de Isabel II; crear un Gobierno que estuviera por encima del sistema de partidos; procurar la reconciliación de todos los españoles; restablecer las relaciones con El Vaticano.

A partir de 1845, los moderados autoritarios prefirieron llamarse “Unión Nacional Española”. La “Unión Nacional Española” de Juan González de la Pezuela Cevallos conde de Cheste, Manuel González de la Pezuela Cevallos Marqués de Viluma y Jaime Balmes Urpiá, apoyó el matrimonio de Isabel II de Borbón con el conde de Montemolín y ello era un punto de coincidencia con los carlistas y fue el principal objetivo de lucha de Viluma.

La similitud entre las ideas de la Unión Nacional Española con las de los carlistas es muy grande. Y hay que decir que las ideas de Pidal y de Narváez, las de verdad, no andaban muy lejos de ambos grupos, aunque formalmente, aparecieran como liberales moderados que aceptaban la soberanía de las Cortes.

Los apoyos de Unión Nacional Española eran las autoridades eclesiásticas católicas, el Gobierno de Austria y el Conde de Montemolín. Su periódico era El Conciliador. E Isabel II y su camarilla de Palacio simpatizaban con esta tendencia política: en febrero de 1846, Isabel II intentó nombrar a Viluma Presidente del Gobierno, a pesar de que sabía que no tendría respaldo parlamentario. Viluma rechazó la oferta y fue Miraflores quien se hizo cargo del Gobierno.

La fuerza política de Unión Nacional Española a partir de entonces fue el Senado. Los senadores vitalicios vilumistas combatían en todo momento las ideas liberales y odiaban visceralmente a los “conservadores puritanos” o facción izquierda del Partido Moderado, los únicos moderados que sí creían en la democracia liberal. Los puritanos se sabían atacados, y por ello Pacheco decidió eliminar la Camarilla de la Reina o Camarilla de Palacio. Pero la Camarilla sólo era un punto de apoyo de los de Unión Nacional Española, y Viluma continuaba en el Senado y hasta consiguió eliminar a los puritanos haciendo fracasar todos sus proyectos con la colaboración de la Reina.

Hacia 1850, Viluma empezó a perder simpatías entre los moderados. Manuel González de la Pezuela marqués de Viluma empezaba a estar achacoso. El liderazgo pasó a Juan Bravo Murillo, hasta entonces sólo portavoz del grupo conservador autoritario. Y Bravo Murillo obtuvo el poder e intentó la reforma la Reforma Constitucional que debía llevar la política española hacia las ideas de Viluma y las suyas propias. Era la oportunidad de reconducir a todos los moderados hacia el “autoritarismo” y para ello contaba con algunos militares (como Pezuela, Roncali, Lersundi, Girón, Cleonard y Arístegui), algunos nobles (como Miraflores, Vallgornera, Malpica, Medinaceli, Jura Real y Oñate) y algunos grandes propietarios.

Bravo Murillo logró dividir al Partido Moderado pues captó las simpatías de muchos moderados de diversas tendencias. Su proyecto trataba de fortalecer al Poder Ejecutivo y de reducir los poderes de las Cortes e incluso transformar éstas en un instrumento al servicio de la Corona. Para lograr su propósito proponía reducir el número de electores de forma que hacía coincidir éstos con el número de grandes propietarios entre los cuales tenía buena cantidad de seguidores. Bravo Murillo argumentaba que los pueblos de España estaban de hecho “organizados” por el terrateniente o los terratenientes de cada uno de ellos y que este terrateniente era el que, de hecho, decidía el voto de todos los vecinos, pues los demás electores se limitaban a seguir unas consignas. Había que ser valiente y reconocer este hecho y evitar así la farsa de las elecciones liberales al uso. Concluía Bravo Murillo, que así las Cortes ganarían en respetabilidad.

 

La ideología de los conservadores autoritarios la proporcionaban Jaime Balmes 1810-1848 y Juan María Donoso Cortés 1809-1853. El grupo moderado autoritario se puede llamar tanto vilumista por su jefe Manuel de la Pezuela marqués de Viluma, como balmista por la ideología de Jaime Balmes:

 

Jaime Balmes Urpiá, nacido en Vich (Barcelona) el 28 de agosto de 1810 en una familia de artesanos, ingresó en 1817 en el seminario de Vich, donde estuvo hasta 1825, y de allí paso a la Universidad de Cervera (Lérida) como becario del Colegio San Carlos, y estudió teología, historia, jurisprudencia, filosofía y matemáticas con tal éxito que el pueblo de Vich le puso una cátedra de matemáticas en el colegio de la Merced en 1835, a sus 25 años de edad. Empezó a escribir en defensa del clero católico y fue cuando se fijaron en él moderados como Toreno, Patiño, Martínez de la Rosa, Borrego, Bardají, Tejada, y el marqués de Viluma. En 1841 le llevarán a Madrid a hablar contra Espartero, y en 1844 le volverán a llevar a Madrid e incluso le presentaron como diputado en Barcelona, pero fracasó. En 1845 fue a París a hablar con los líderes del carlismo y convenció a Carlos V para que abdicara e hiciera el manifiesto de Bourges (que fue redactado por Balmes) a fin de casarse con Isabel II, proyecto en el que también fracasó. En 1846, no se atrevía a volver a Cataluña porque temía ser detenido como ideólogo de la guerra dels Matiners. En 1847 publicó sus obras en francés y se hizo famoso, como representante de un catolicismo duro pero dialogante. Duro, porque se oponía al empirismo inglés y al kantismo y hegelianismo alemán, amparándose en el escolasticismo y tomismo. Los carlistas empezaron a desconfiar de él porque admitía cierta libertad, y criticaba el dogmatismo cerrado. Murió en 9 de julio de 1848, a los 38 años de edad, y con él desapareció el catolicismo dialogante, apareciendo un nuevo líder católico, Donoso Cortés, mucho más intransigente y dogmático. El movimiento del catolicismo dialogante lo reanudaría tiempo después Alejandro Pidal y Mon.

 

Donoso Cortés, diplomático metódico y escritor apocalíptico, es estudiado en todos los tratados de historia de España porque es uno de los pocos pensadores políticos españoles. Fue capaz de interpretar el papel que jugaban los Estados europeos de su tiempo y vaticinó algunos conflictos que surgirían entre ellos, papel profético que le dio cierta fama. Pero no supo decir qué papel jugaba España entre esos países europeos, ni qué postura debía adoptar frente a los conflictos que vaticinaba, lo cual le resta valor a sus teorizaciones. Se limitaba a augurar un futuro difícil. Juan Francisco María de la Salud Donoso-Cortés y Fernández-Canedo, marqués de Valdegamas, 1809-1853, nació en Villanueva de la Serena (Badajoz), estudió derecho en Salamanca y Sevilla. En 1832 se instaló en Madrid y escribió una Memoria sobre la situación actual de la monarquía, expresando un pensamiento liberal moderado doctrinario en tiempos de Fernando VII, que evolucionaría a doctrinario ultracatólico en tiempos de Isabel II. Por entonces defendía las ideas de los doctrinaristas como el francés Royer Collard, y el italiano Giambattista Vico. En 1832, estuvo entre el grupo aperturista que apoyó a Cea y María Cristina contra los realistas y ultracatólicos. En 1833 se hizo funcionario del Estado, secretario en el Ministerio de Gracia y Justicia, y en 1836 fue secretario del Consejo de Ministros, siendo Mendizábal presidente, pero dimitió por estar en desacuerdo con Mendizábal y su progresismo. En marzo de 1834 se dio a conocer, cuando consiguió un traslado al Ministerio de Estado y publicó Consideraciones sobre la Diplomacia, libro que causó cierto impacto entre los medios políticos madrileños. Era Secretario de interpretación de lenguas Manuel José Quintana, y Presidente del Gobierno Martínez de la Rosa. En ese escrito, Donoso Cortés se mostraba doctrinario, atacaba a las potencias absolutistas, justificaba la Cuádruple Alianza (Gran Bretaña, Francia, Portugal y España), y hacía alarde de conocimientos de historiadores y filósofos. Fundamentalmente defendía: que la inteligencia es el principio generador de la razón de Estado y el elemento cohesionador de las sociedades; identificaba legitimidad del poder con liberalismo; defendía que hacían falta transformaciones sociales profundas además de las puramente formales que se estaban produciendo en España; hacía gala de los viejos principios del moderantismo, como europeísmo, equilibrio de potencias, rechazo de los intervencionismos, y necesidad de intervención espontánea ante cada problema concreto; insinuó necesidad de un orden interior y necesidad del empleo de la fuerza para mantener los valores de la civilización, porque muchas situaciones humanas no tienen otra vía de solución. El Mensajero de las Cortes denunció que Donoso Cortés no hacía más que copiar párrafos de autores franceses, pero Martínez de la Rosa consideró que aquello era una buena síntesis de su política.

En 1838, Donoso Cortés publicó Polémica con el Dr. Rossi, el estado de las relaciones diplomáticas entre Francia y España, los antecedentes para la inteligencia de la Cuestión de Oriente. Lo hizo en El Correo Nacional. El Doctor Rossi había dicho que a Francia le interesaba un desmembramiento de España para quedarse con las provincias al norte del Ebro. Donoso Cortés contestaba que las guerras de conquista solían dar malos resultados y que Francia debía cumplir sus compromisos para con la Cuádruple Alianza, y ayudar a España en vez de utilizarla como moneda de cambio. Donoso se estaba abriendo las puertas de la popularidad a fuerza de defender tópicos.

Donoso Cortés era uno de los hombres de confianza de María Cristina, y en 1840 acompañó a María Cristina al exilio francés, volviendo a España en 1843 para ser diputado por Badajoz. En Francia se había vuelto ultracatólico, integrista, ultramontano, y lo demostró en los años siguientes.

En 1842 escribió en El Heraldo, Cartas desde París. Es estos escritos explicaba a los españoles el modo de vida francés. Y justificaba la guerra: la guerra es un hecho humano, necesario y eterno, querido por Dios, vehículo de civilización porque exalta los corazones y tras la experiencia trágica, dulcifica las costumbres. Primero hay que pasar un dolor de expiación, para luego obtener un avance en la civilización. Esta obra distanció a Donoso Cortés de los eclécticos moderados, que predicaban la paz y la coexistencia en todo momento.

Donoso Cortés, recogió las ideas de De Bonald y de Maistre, los ultraabsolutistas franceses de principios de siglo, de que la verdad está exclusivamente en la Revelación Divina de la cual es depositaria la Iglesia Católica. Defendió la necesidad de ser intolerantes frente al error que representaban los liberales y los socialistas.

En 1843 regresó a España. Más tarde fue secretario de la Reina Isabel y fue escogido por Narváez para la Comisión Constitucional que hizo el proyecto de 1845. En el tema del matrimonio de Isabel defendió a Trápani como candidato ideal, y más tarde, al ser rechazado este candidato, defendió la candidatura de Francisco de Asís, el hombre que se casó con Isabel II.

Escribió De la Monarquía Absoluta en 1845, Discurso sobre Política Exterior en 1847, Discurso sobre la Biblia en 1848, y un Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo en 1851.

En el Discurso sobre política exterior, respondía a un orador pacifista, moderado típico, el cual había dicho que España no debía inmiscuirse en ningún conflicto. Donoso contestó que España no tenía política exterior, no tenía un sistema de alianzas calculado racionalmente hacia un fin glorioso, y por ello, España desconocía los intereses contrarios a España que se negociaban en Europa y los intereses negociados que le eran favorables. Sólo tres Estados tenían una buena diplomacia y eran Inglaterra, Rusia y Estados Unidos. La razón por la que estos Estados eran fuertes era porque no se dejaban influir por diplomáticos extranjeros y no se desgastaban en discusiones estériles. Decía que Francia e Inglaterra era la base de la civilización europea y que España, en política exterior, sólo actuaba a través de una de las dos. De esa relación, España obtenía ventajas en bien de la civilización, pero se autolimitaba a no tener iniciativas propias. Esas iniciativas podían ser la intervención en África para evitar que otras potencias dominaran el Estrecho de Gibraltar, y la incorporación de Portugal al Estado español, lo cual debía hacerse no por la vía bélica, sino por el convencimiento de los portugueses.

En 1849 escribió Discurso sobre la España. Repitió ideas publicadas en 1847. Pero para entonces ya había sido ministro plenipotenciario en Berlín y tenía más conocimiento de la realidad europea que pocos años antes. En 1849 sabía que la soberanía temporal del Papa estaba amenazada y que Inglaterra y Francia no eran las únicas potencias europeas.

En 1851 fue a París como embajador de España. Allí se mostró admirador del proceso por el que Luis Napoleón Bonaparte se había convertido en Napoleón III. Allí reforzó su idea de que la guerra es necesaria. También la de que Inglaterra no era un socio fiable para España, y de que Francia y España tenían un lazo común que era el catolicismo. Por ello, defendía la alianza abierta de España con Francia.

Donoso Cortés murió en París en 1853.

Sus enemigos ideológicos, los liberales, tuvieron que recurrir a Guizot, el hombre que se había opuesto a Bonald y Maistre en Francia y había escrito en 1828 Historia de la civilización en Europa, en la que afirmaba que la tolerancia era la base de la civilización europea y que la base misma del cristianismo había sido la tolerancia, aunque la Iglesia contradijese esa idea posteriormente y en los tiempos que les había tocado vivir.

Donoso Cortés afirmaba que la soberanía no reside en la voluntad, como decía Pacheco, sino en la inteligencia. Sólo la inteligencia puede organizar sociedades complejas y conservarlas después en unidad y solidaridad. La continuidad no es posible sin las previsiones acertadas y morales del poder constituido. Sólo la inteligencia conoce los problemas de la sociedad y sólo ella puede resolverlos. Donoso tenía algunas dudas sobre la inteligencia: creía que la inteligencia se demostraba cuando la historia confirmaba las previsiones de la razón, y así trató de demostrarlo en Lecciones de Derecho Político. La inteligencia debe preservar los valores de los pueblos. La revolución puede ser necesaria si se ha perdido el camino, y adquiere todo su valor histórico cuando se retiran los protagonistas revolucionarios y dan paso a la clase inteligente, la clase que debe hacer las reformas pedidas por los revolucionarios. La inteligencia es una “aristocracia legítima” distinta de la aristocracia usurpadora que ha sido derrocada en la revolución. En una sociedad justa no debe haber parias, sino que los derechos deben ser iguales para todos, y ésta ha de ser la labor de los dirigentes de la nueva sociedad. Los inteligentes que gobiernan deben ser elegidos por los inteligentes, los que conocen quiénes son los inteligentes.

Donoso, a veces confunde bondad con inteligencia y cree que ambas cosas van unidas, que inteligencia, razón, fuerza moral, buena voluntad y justicia, todo viene a ser lo mismo. En ello contradecía uno de los principios esenciales del liberalismo burgués y hacía un acto de fe, negaba la razón misma.

Donoso defendía el monarquismo.

Donoso había empezado en el campo progresista de Mendizábal, pero luego se opuso a la política de Calatrava y se hizo moderado. Y defendió la monarquía y el catolicismo como bases irrenunciables del pensamiento tradicional español.

Donoso había evolucionado del progresismo al tradicionalismo. La causa de esta evolución tan radical fue su desconfianza en las ideas del libre ejercicio de la voluntad y de seguimiento ciego de las conclusiones de la razón. Por ambos caminos se llegaba a la violencia y negación de los derechos humanos. El gran problema es que “las libertades son excluyentes”, que los derechos de unos causan daños a otros y no existen las decisiones políticas buenas para todos. Siempre se perjudica un derecho de alguien. Si pensamos que todos los individuos tienen derecho a todas las libertades y a defender ese derecho frente a los demás con todos los medios posibles, llegamos al absurdo de justificar la violencia social generalizada, que es lo que cualquier sociedad trata de evitar.

 

Antonio Alcalá Galiano.   Un caso típico entre los moderados fue Antonio Alcalá Galiano, 1789-1865, evolucionando desde el liberalismo exaltado de 1821 al moderantismo cerrado. Los pasos en este proceso se produjeron en 1823, cuando emigró a Inglaterra y aprendió la necesidad del doctrinarismo, pasando a ser moderado en mayo de 1836, y la experiencia de la dictadura de Espartero, que le inclinó a un moderantismo más cerrado y a colaborar con Narváez.

El pensamiento de Alcalá Galiano no procedía de Francia sino de Inglaterra, de Londres en concreto, donde se había moderado su pensamiento en contacto con los moderados británicos, con su espíritu de mesura, con el utilitarismo de Bentham. Cuando regresó a España en 1834, era mucho más pragmático y menos partidario de las revueltas populares que en su época anterior, y ya prefería la evolución a la revolución. Estaba convencido de que el mundo evolucionaba de forma natural hacia el liberalismo y de que el tiempo daría la razón a los liberales. No había necesidad de hacer grandes violencias para llegar al liberalismo. Creía en un poder moral basado en la razón, que acabaría por imponerse. Entendía que el poder físico era una fuerza bruta a la que había que moderar, pero que era necesaria y, si se unía al poder moral, con ella se conseguía el poder político. Para gobernar, hay que tener razón y capacidad para imponer lo razonable.

 

 

 

         LOS MODERADOS NARVAÍSTAS.

 

Los líderes moderados narvaístas.

 

Estaban en la facción Moderada narvaísta:

Su líder organizador y coordinador ideológico era Pedro José Pidal, un abogado asturiano, buen orador, inteligente, tenaz y bien relacionado con la oligocracia de los negocios y con el mundo de la cultura.

Su líder en el ejército y como coordinador de Gobiernos, era el general Ramón María Narváez, un personaje nervioso, impetuoso, autoritario, depresivo, que nunca había pertenecido a ningún partido hasta que durante la Regencia de Espartero fue castigado y se acercó a los moderados, y no creía en ningún partido, ni siquiera en el suyo, excepto para exigir que se hiciera su voluntad.

Otros líderes eran: Alejandro Mon, Luis José Sartorius, Antonio Alcalá Galiano, Juan Donoso Cortés, Francisco Martínez de la Rosa, Antonio Benavides Fernández Navarrete, Luis Mayans, Luis González Bravo, Ramón Santillán González, Orlando, Díaz Caneja, general Córdova, general Armero, general Figueras, general Domínguez, general Pavía, general Ibarrola, general Shelly, general Manso, general Bretón, duque de Frías, duque de Rivas, duque de Abrantes, Vistahermosa, Someruelos, Peñaflorida, Oñate y Altamira.

 

Andrés Borrego[4], moderado hasta 1856 y unionista después de esta fecha, creía que los más preparados para asumir el poder moral y el poder físico eran los integrantes de la clase media, comerciantes, profesionales liberales y propietarios. Es decir, los protagonistas del trabajo y el estudio, los amantes de la libertad. Porque el gobierno de las clases altas tiende a la oligarquía y al privilegio, a la discriminación injusta y a la acaparamiento de la propiedad por los miembros del grupo, y ello es inmoral. Y porque el gobierno de las clases bajas tiende a la rapiña, el dislocamiento de los valores sociales y morales, y al fracaso, dado que cuando llegan al poder y una vez instalados en él, se dan cuenta de que no están preparados para gobernar, sino sólo para ejercer la violencia que venían practicando desde siempre, y como es lo que saben hacer, es lo que hacen desde el poder, lo cual es inmoral. En cambio, las clases medias son instruidas, cultas, prudentes y practican los buenos usos y las buenas costumbres, son sencillos, campechanos, laboriosos, sin altivez ni prejuicios. Y además, las clases medias son el nexo entre las clases altas y las clases populares.

El moderado Andrés Borrego creía que la razón podía moderar los instintos de violencia social propios del individuo. Rechazaba las doctrinas del justo medio, pues la razón no puede ser desvirtuada por negociaciones con los oponentes. Rechazaba el teocraticismo, integrismo religioso, por ser absurdo e irracional con frutos propios de todo lo irracional, por muy alta moral que crean tener los integristas.

Andrés Borrego consideraba que la Constitución de 1812 había sido un ensayo filosófico honroso, pero no adecuado a las necesidades sociales de los tiempos modernos.

 

 

La ideología moderada narvaísta.

 

Eran doctrinarios, partidarios de un sufragio censitario muy restringido.

Defendían la necesidad de un poder del Rey muy fuerte y la soberanía compartida ente “las Cortes con el Rey”.

Bicameralismo.

Síntesis de tradición y progreso.

Metodología del justo medio para abordar los problemas.

Autoritarismo que en teoría respetaba la Constitución de 1845 y la Ley Electoral de marzo de 1846 y el Código Penal de septiembre de 1848, aunque en la práctica iban más allá de la Constitución y de las Leyes.

Orden público para acabar con una situación de levantamientos, pronunciamientos, motines y algaradas continuas.

Exclusión de los progresistas de puestos de poder y de la Administración, para no tener problemas en la conservación del poder.

Pretensión de ser el “centro político” entre los carlistas por la derecha y los progresistas por la izquierda, pues la idea de centro era atractiva para los españoles. Pidal se encargaba de combatir dialécticamente a los progresistas, de mostrarse agresivo, de presentarlos como demagogos, violentos, revolucionarios, enemigos de Isabel II e irresponsables en sus actuaciones. Narváez se encargaba de amenazarles, encarcelarles, deportar a los más violentos. Respecto a los carlistas, la política era una alternancia entre invitaciones a colaborar con los moderados, y actitudes diversas de rechazo.

Matización de los derechos y libertades mediante limitaciones cuando estos derechos podían afectar a otras libertades o al recto Gobierno según el parecer de los moderados.

Continuos proyectos de renovación administrativa y económica, con reformas tributarias, planes de estudios, renovaciones legislativas…

 

 

Bases sociales del Partido Moderado narvaísta.

 

Militaban en las ideas moderadas los terratenientes, altos funcionarios, burguesía industrial y comercial, oficiales del ejército y las clases medias altas.

Durante la época isabelina, coexistía en España el Antiguo Régimen, en proceso de disolución, con el liberalismo en proceso de consolidación. En materia social, coexistía el señorío estamental con la sociedad clasista. Sólo teniendo en cuenta esta realidad se puede entender el reinado de Isabel II.

En el Antiguo Régimen, sólo tenían protagonismo político los señores, y así intentaban permanecer los grupos más conservadores de la sociedad española. En el liberalismo de primera hora, los señores fueron convertidos en propietarios y siguieron dominando la política, como lo venían haciendo hasta entonces, pero por distinta razón, no por ser señores, sino por ser acaudalados. Los acaudalados poseían el saber y la tierra y a través de la política dominaban el Ejército y la Administración.

Los moderados creía que construir partidos al margen de esta realidad social y económica era una utopía, aunque fuese una realidad deseable.

El Partido Moderado era el partido que más se ajustaba a la realidad de su momento. Tenía en sus filas a la mayor parte de los terratenientes, de la inteligentzia (clase política y social de los cultivadores del saber), de la burocracia, del ejército, de la clase media, e incluso a una parte de los trabajadores, los cuales suelen optar por estar bien con sus amos y patronos.

En las elecciones de 1844, estimamos que el 37% de los candidatos a diputado por el Partido Moderado eran propietarios, y el 62% restante eran propietarios y profesionales de algún otro negocio, como un 27% de abogados, un 14% de burgueses, un 8% de militares, y un 12% de profesiones diversas.

Por tanto, concluimos que la base social del Partido Moderado era heterogénea y mezclaba antiguos nobles, clases medias burguesas y profesionales diversos, pero que todos ellos eran propietarios.

 

 

 

LOS PURITANOS.

Eran el ala izquierda del Partido moderado.    Su líder era Joaquín Francisco Pacheco.

Militantes importantes eran Nicomedes Pastor Díaz, Antonio Ríos Rosas, Francisco Javier Istúriz Montero, Manuel Seijas Lozano, José Salamanca, Cándido Nocedal, Llorente, Arrazola, Peña Aguayo, Claudio Moyano, Antonio Cánovas del Castillo, Sotelo, José Salamanca, Mariano Roca de Togores Carrasco marqués de Molíns, Antonio Aguilar Correa marqués de la Vega de Armijo, Patricio de la Escosura, general Manuel Gutiérrez de la Concha, general Manuel de Mazarredo, general Antonio José Ros de Olano Perpiñá, y buen número de profesionales y abogados.

Joaquín Francisco Pacheco, 1808-1865, catedrático de Derecho en Sevilla, decía que el poder deriva de la voluntad y que sólo ejercen el poder los que muestran voluntad de ejercerlo. Del querer y del poder sobreviene el hacer. Detrás de cada actuación debe haber una voluntad responsable y honesta. No todas las voluntades son buenas, sino sólo las garantes del bien común. Sólo estas últimas son legítimas. El sufragio universal acumula cantidades, pero no cualidades, no honestidad. El hombre no es bueno por naturaleza como decía Rousseau. Y tampoco es verdad que la mayoría siempre acierta. Es preferible acudir a una escala axiológica de categorías morales de las voluntades, a un gobierno de los hombres honrados, aunque éstos sean minoría. Por ello, las leyes electorales deben procurar escoger a los ciudadanos que tengan más méritos, probidad y talento, tanto en lo que se refiere a electores como a elegibles. Los ciudadanos de los que no tenemos criterios sobre su capacidad para dirigir a los demás con éxito, deben tener derechos civiles, deben ser considerados iguales ante la ley, sin privilegios, exenciones ni discriminaciones, pero no se les puede conceder el derecho a dirigir a los demás porque ello no es conveniente para la sociedad ni para ellos mismos. Los ciudadanos capaces de dirigir con probidad a los demás son muchos, y ellos deben elegir, entre ellos, a los que creen más preparados para gobernar, a los que más méritos y virtud posean. Pero tampoco se les puede entregar el poder a ciegas, sino que cada cierto tiempo deben ser ratificados o depuestos n nuevas elecciones según se constate que perduran en ellos las condiciones en que fueron elegidos, o las han perdido por alguna circunstancia. Tampoco es bueno el plebiscito continuo, el estado de perpetua comunidad constituyente, porque la mayoría popular, es decir, el pueblo no preparado, elige menudo soluciones equivocadas o no convenientes al bien común.

Las teorías de la soberanía de la inteligencia gustaron mucho en España y en Europa. Mucho más que las teorías de la soberanía de la voluntad.

 

Los puritanos como Francisco Pacheco y Nicomedes Pastor Díaz que pretendían evolucionar dentro del liberalismo consiguiendo nuevos derechos para todos, e incluso dialogar con los progresistas en ese sentido y, sobre todo, ser consecuentes respetando desde el Gobierno la constitución y las leyes que ellos mismos estaban produciendo.

Unión Liberal era como se llamaba el grupo de Pacheco y de Pastor Díaz, al se sumó posteriormente Ríos Rosas. No les gustaba la Constitución de 1845 y decidieron llamarse “Partido Moderado de la Oposición”, pero la prensa les llamó “Partido Puritano” y prevaleció esta denominación. Creían en la necesidad de unión entre todos los liberales de todas las ideologías, pero no creían en un partido único ni querían ser un partido bisagra. Eran pues partidarios de dialogar con los progresistas e incluso de ceder a veces ante ellos en bien de la convivencia de los españoles. Fueron derrotados en 1845 y se impuso la constitución de centro.

 

Los puritanos salieron del grupo “monárquico constitucional” de 1837-1840, cuando este grupo aceptaba la Constitución de 1837. Defendían la colaboración de todos los liberales, moderados y progresistas, en la idea de una alternancia de Gobiernos en colaboración amistosa. A partir de 1844 se fueron diferenciando del grupo narvaísta de Pidal y Narváez, sobre todo en la discusión por la Constitución, pues ellos aceptaban la de 1837 y los narvaístas querían reformarla. Los puritanos argumentaban que la de 1837 era de consenso entre moderados y progresistas y podía servir a la convivencia política.

El 29 de octubre de 1844, Francisco Javier Istúriz, Joaquín Francisco Pacheco, Cándido Nocedal y otros, defendieron que no se debía hacer una Constitución nueva al gusto de los moderados. Destacó en la defensa de esta idea Nicomedes Pastor Díaz. Les contestaron Ramón María Narváez y Pedro José Pidal que todos los proyectos políticos en la historia habían empezado siempre por una ilegalidad, una usurpación o un crimen. Pastor Díaz les dijo que los liberales habían convivido en 1837-1843 y, juntos, habían derribado a Espartero en 1841-1843. Pidal y Narvaéz argumentaron que los Gobiernos partidistas de 1833-1836 habían fracasado.

Desde 1845, los puritanos fueron evolucionando hacia la oposición a Narváez. Criticaban a Narváez en el Congreso de Diputados y en los periódicos El Tiempo, El Globo, y El Universal. Los temas de crítica eran el concepto de “orden público” que tenía Narváez, el pretorianismo de los jefes militares de que se rodeaba, la falta de libertad de expresión, lo mal que llevaba las negociaciones con el Papa, la política matrimonial para Isabel II, las reformas tributarias, el personalismo en el Partido Moderado, y le achacaban el haber provocado la división en secciones por empeñarse en incluir en los programas principios que nunca habían sido liberal moderados. Decían de Narváez, que se mantenía en el poder por dos razones: el miedo a la revolución y la colaboración de María Cristina.

 

 

Ideología puritana.

 

Las principales ideas del puritanismo eran:

Se necesitaban canales institucionales para la renovación constante del partido y no caer en el inmovilismo irracional.

Se debía jugar limpio en política, respetar el papel de las Cortes, tener elecciones limpias, respetar las libertades, tolerar las ideas de los otros partidos.

Se debía respetar la Ley. Sobre ello, Pacheco dijo en una ocasión, que alguien podía opinar que ese pensamiento eran escrúpulos “puritanos”, y el adjetivo puritano hizo mucha gracia y a su grupo se les llamó puritanos para siempre.

Y porque se respetaba la Ley, se debía respetar la Constitución, origen y garantía de todas las leyes.

Debería haber más ministros civiles y menos militarismo en el Gobierno. Los militares tenían sus propias funciones, muy respetables, pero en el ejército.

Pedían la reconciliación entre todos los liberales y alternancia pacífica en el Gobierno de moderados y progresistas, para lo cual lo único necesario era que ambos respetaran la Constitución. Aunque fueron partidarios de la Constitución de 1837, que era de consenso entre moderados y progresistas, a partir de 1845, defendían la Constitución de 1845 porque era la Constitución vigente. Así se evitarían pronunciamientos y manifestaciones violentas con fines políticos.

Pedían una revisión a fondo del Partido Moderado en lo tocante a su programa. Organización, estrategia de partido.

Por todo ello, los puritanos desde 1847 y en años sucesivos, simpatizaron con la idea de una Unión Liberal o tercer partido de centro, bisagra entre moderados y progresistas.

 

En 1847, Pacheco expuso su programa como partido:

Política exterior aperturista con apoyo a María Gloria de Portugal. No sumisión a potencias exteriores.

Respeto a la legalidad en cuanto a las Leyes dadas en Cortes.

Colaboración con los progresistas en el Gobierno.

Aprobación de los presupuestos en las Cortes todos los años.

El programa de Pacheco tuvo mucho impacto mediático y ello preocupó a los líderes narvaístas. En cambio los militantes puritanos estuvieron conformes y los progresistas incluso vieron una esperanza de llegar a acuerdos.

 

 

[1] WWW Joaquín Francisco Pacheco-Boadilla del Monte: Joaquín Francisco Pacheco, 1808-1865, fue un abogado sevillano que se trasladó a Madrid en 1832 y en 1834 creó La Abeja, periódico conservador, y en 1836 empezó a publicar junto a Bravo Murillo El Boletín de Jurisprudencia. Fue profesor de Legislación en 1836-1837, de Derecho Penal en 1839-1840, y de Derecho Político Constitucional en el Ateneo en 1844. Pero su verdadera dedicación era la política, como Diputado, Senador o Embajador. En 1843 escribió Comentarios a las Leyes de Desvinculación en los que defendió el derecho de la Iglesia a la propiedad de sus fincas. En 1845 defendió la permanencia de la Constitución de 1837, que era de consenso, pero fracasó en ello. En marzo de 1847 fue Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Estado, pero estaba en minoría en el Congreso y además permitió la corrupción de José Salamanca, lo que le llevó a dimitir en agosto. En 1848 colaboró en la redacción del Código Penal, primero de la democracia española. En 1854 fue Ministro de Estado para Espartero y Ministro interino de Gracia y Justicia. En 1864 fue Ministro de Estado para Alejandro Mon, intentando la solución unionista, que fracasó al poco.

[2] Nicomedes-Pastor Díaz Corbelle, 1811-1863, fue un abogado gallego de vocación sacerdotal frustrada, que se licenció en Alcalá de Henares y se relacionó con personalidades moderadas en Madrid a fin de conseguir trabajo en la Administración. Sus primeros destinos en cargos secundarios los obtuvo en Cáceres 1835, y Santander 1836. Su primer cargo de cierta importancia fue Jefe Político de Segovia en 1837, donde desmanteló la organización carlista y le hizo ganar un cierto prestigio. Luego fue Jefe Político de Cáceres en 1837 y apoyó la Constitución de consenso de 1837. En 1840 fue a Valencia a pedir a María Cristina que nombrase un Gobierno de unidad nacional y habló de ello a Leopoldo O`Donnell. Por ello, fue encarlelado por los progresistas golpistas de Espartero. En 1841 fundó El Conservador, que Espartero cerró inmediatamente. En 1842 fundó El Sol y pidió la mayoría de edad de Isabel II, lo cual debía acabar con Espartero. En 1847 fue Rector de la Universidad de Madrid hasta 1850. En 1863 fue Ministro de Gracia y Justicia para O`Donnell.

[3] Luis José Sartorius, 1820-1871, fue un periodista sevillano que se trasladó a Madrid y en 1842 fundó El Heraldo criticando a Espartero. Fue elegido Diputado en 1843 y se puso al servicio de Narváez, quien le hizo Ministro de Gobernación en 1847-1851. Fundó la Escuaela de Ingenieros de Montes, iniicó una repoblación forestal, luchó por extender la enseñanza primaria, mejoró el Cuerpo de Policía, proyectó una Ley de Funcionarios para que los ascensos se hicieran por méritos, trabajó en la reforma de Puerta del Sol, Teatro Real y traída de aguas a Madrid, creó el cargo de Gobernador Civil el cual sumaba las funciones del Jefe Político y del Intendente, reformó Correos, luchó por los derechos de propiedad de autor, pero amañó las elecciones y los progresistas le abandonaron y atacaron y dimitió en enero de 1851. En 1853 fue nombrado Jefe de Gobierno y Ministro de Gobernación, y en esta ocasión demostró gran vanidad comprando un título nobiliario, y gran avaricia acumulando una fortuna procedente de los negocios de ferrocarriles de María Cristina y José Salamanca. Las Cortes se le pusieron en contra y él empezó a gobernar por decreto-ley. Entonces los progresistas le atacaron desde los periódicos, y cerró los periódicos. El 30 de junio de 1854, el ejército se sublevó contra él en Vicálvaro, y Espartero tomó el poder.

[4] Wladimiro Adame de Heu, Sobre los orígenes del liberalismo histórico consolidado en España, 1835-1840. Universidad de Sevilla, 1997.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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