1808-1810 EN EL SUR DE SUDAMÉRICA.

 

 

 

Paraguay.

 

Paraguay era tierra de chacareros (dueños de granjas), artesanos, muleteros (alquiladores de mulas para transportes) y peones asalariados. La ciudad central era Asunción. Asunción del Paraguay fue declarada Intendencia en 1782.

Los paraguayos cultivaban mandioca, maíz, papas, batatas, azúcar, tabaco, algodón y frutas, y también tenían ganado. Pero sus productos estrella eran la yerba mate y las maderas, que se vendían muy bien en Buenos Aires. Utilizaban como intermediarios con Buenos Aires a los ciudadanos de Santa Fe, donde los paraguayos desembarcaban sus productos, y desde allí los de Santa Fe los llevaban en carretas hasta Buenos Aires.

Asunción tenía la sensación de aislamiento, de no contar nada para los bonaerenses, su nexo con los españoles. Pero tenían enfrente a Brasil y a Uruguay, que amenazaban anexionarla, y necesitaban a Buenos Aires como apoyo a su independencia relativa.

Era un país aislado del mar y conectado a él por el Paraná. Era muy pobre. Sus 100.000 habitantes vivían una economía de subsistencia, principalmente los indios, que estaban todavía en régimen de economía depredatoria. En este sistema económico era difícil encontrar mano de obra, los empresarios tenían dificultades, y ello nos lleva al punto inicial, la pobreza. Hablaban guaraní y español. Exportaba principalmente mate, y también tabaco azúcar y miel. Tan subdesarrollado estaba que no tenía empresas comercializadoras propias, sino que exportaba a Santa Fe, que era quien distribuía a toda América del sur.

Como sociedad poco avanzada, todos los colonos eran considerados soldados y llamados a pelear cada vez que el Gobierno tenía una dificultad, lo cual impedía la dedicación plena a los negocios.

En el campo político, los españoles eran realistas absolutistas y se concentraban en Asunción. Muchos de ellos eran analfabetos. En 1780 fueron una intendencia dependiente de Río de la Plata. Sus exportaciones eran controladas desde Buenos Aires al pasar río abajo frente a esta ciudad.

 

 

Río de La Plata.

 

La futura Argentina era un territorio extenso de 2,6 millones de kilómetros cuadrados, habitado por 300-400.000 personas bajo dominio español, y otras 300.000 aproximadamente que eran indios no sometidos, en La Pampa.

De los 400.000 de la comunidad hispana, el 38% eran blancos, el 32% mestizos y el 30% indios. Desde el principio, una característica argentina era la gran proporción de población urbana, que los expertos calculan en un 28%, con ciudades que a principios del XIX tenían: Buenos Aires 42.000 habitantes, y Córdoba 15.000.

Los blancos ocupaban la administración civil y militar, los cargos de la Iglesia (con poder jurisdiccional y económico), y poseían las propiedades urbanas, rurales, comerciales e industriales, que eran los tres grandes grupos de intereses criollos. En los altos cargos de la Administración, España prefería que hubiera españoles, porque éstos tenían menos ligazones familiares y eran reemplazados periódicamente evitando su empoltronamiento. El sistema trataba de evitar la corrupción y los abusos de alguna familia u oligarquía criolla. Los españoles, apoyados por un grupo de criollos, formaban un grupo de opinión españolista, partidario de la legalidad española y del monopolio español sobre las Indias. El grupo más numeroso de los criollos dudaba de la conveniencia del monopolio español, pues no daba suficiente salida a su producción, pues España la limitaba a las posibilidades del mercado, y se veían atraídos por el librecambismo que les ofrecían los británicos, lo que imaginaban como un mercado ilimitado.

El país era complejo y diverso:

En el noroeste estaban Salta, Tucumán, Jujuy y Catamarca, que producían alimentos y tenían su mercado en las minas del Alto Perú, y también tenían algunas industrias de azúcar y textiles de baja calidad, que sobrevivían gracias al monopolio español y la prohibición de importar.

En el oeste estaban Mendoza, San Juan y La Rioja, que producían vino y brandy, y tenían el mismo mercado e intereses.

En el centro estaban Córdoba y San Luis que producían textiles bastos y animales de tiro que también iban destinados al Alto Perú.

En el litoral y los ríos navegables que conducían a él, estaban Buenos Aires, Santa Fe, Entrerríos, Corrientes, que extendían su dominio por el sur hacia la Pampa, una llanura habitada por indios no domesticados. Los que se aventuraban a establecerse en la zona producían ganado y vendían cueros y tasajo a Europa. Buenos Aires era el centro distribuidor de las mercancías europeas y el que captaba productos para enviarlos a Europa, México y Perú, pues hacía de distribuidor intermediario en importaciones y exportaciones. Las explotaciones ganaderas producían cuero, sebo, grasa, astas y carne salada.

Los productos de importación representaban un monto de dinero más alto que las exportaciones y la diferencia se compensaba exportando oro y plata.

En general, el interior quería un comercio regulado para garantizar la venta de sus productos, y Buenos Aires quería un comercio libre que importara productos más baratos, lo cual significaba ganancias para los comerciantes, y exportara más caro a más destinos, y no sólo a los españoles, lo que significaría más ganancias para los comerciantes.

Los centros intelectuales a los que acudían los argentinos eran la Universidad de Charcas en Alto Perú, y la Universidad de Córdoba-Tucumán. Otros menos frecuentados eran San Marcos en Lima, San Felipe en Santiago de Chile, San Carlos en Guatemala y las universidades de España.

Río de la Plata producía: Ganado vacuno en el sur y sus derivados de sebo, grasa, cuero y astas. Carne salada en Uruguay. Caballos y mulas en la Pampa, para ser llevados a Córdoba. Ovejas. Agricultura para el consumo local, incluido el muy apreciado trigo.

Pero la industria de Río de la Plata estaba muy atrasada, y era anticuada y de poca calidad: vinos de poca calidad en Cuyo, textiles bastos en Buenos Aires, saladeros de tasajo, industria naval en Corrientes y en el Paraguay, y la industria panadera repartida territorialmente.

En el conjunto regional, de economía tradicional, Paraguay exportaba yerba mate a Argentina y a toda la zona sudamericana. Buenos Aires enviaba esclavos a Alto Perú a las minas, y a Perú, a los campos, y también exportaba miles de mulas que se almacenaban en Córdoba antes de pasar a las minas de Alto Perú. El Alto Perú producía metales preciosos, que se vendían principalmente por Buenos Aires. A todo ello, habría que añadir el contrabando británico, con base en Río de Janeiro, como aliados de Portugal que eran.

 

 

 

Chile.

 

Chile era muy especial, pues la tierra había sido acaparada por grandes latifundistas y no había tanto comercio como en el Caribe. Sus relaciones comerciales más fáciles eran con Perú.

Estaba habitado por unos 800.000 habitantes, el doble que Río de la Plata, pero menos que Perú. De ellos, 100.000 eran indios hostiles, 400.000 mestizos, cerca de 300.000 criollos, 20.000 negros (de los cuales 5.000 eran esclavos domésticos) y unos 20.000 españoles. Hay fuentes que dan sólo una población de 500.000 habitantes, porque consideran zonas distintas en sus recuentos.

Sólo estaba habitado y explotado el centro del actual Chile, desde Coquimbo al norte (30º sur), hasta Bío Bío al sur (38º sur), donde empezaba el territorio indio, lo cual hace un espacio similar al de España (En 2002, Chile ocupaba la inmensa extensión desde los 10º sur, a los 62º sur, lo que quiere decir que en época colonial se despreciaba la mitad sur del actual Chile). Los valles principales eran los de Santiago (en el centro) y Concepción (al sur), dedicados a la agricultura, y también eran explotadas las minas del norte.

La clase dominante era la blanca, con predominio de castellanos y vascos, muy endogámica, dedicada al comercio y a la tierra. La clase media era muy débil, estaba integrada por peninsulares y criollos y se dedicaba a los puestos bajos de la administración, comercio al por menor, y servicio en la administración y ejército.

Chile vendía carne y cereales a Perú, pues estaba muy lejos de otros posibles destinos. También vendía algo de cobre a Buenos Aires para enviarlo a Europa. El gran problema comercial y financiero de Chile eran las importaciones, que el Estado debía limitar para evitar quiebras de pagos. Junto a este problema, estaba el de los impuestos, pues los chilenos consideraban que no debían pagar impuesto alguno. Chile vendía sin problemas todo lo que producía, pero los ricos hacendados sentían molesto no poder importar de todo y gastarse su dinero. En 1810 los hacendados organizaron un “Batallón Patriota”, compraron armas en Inglaterra e hicieron una fábrica de municiones, lo cual les hizo la fuerza dominante en Chile para mucho tiempo. Quizás el problema era pagar ese ejército, y la idea general de los comerciantes era que el incremento del comercio por el libre comercio daría impuestos suficientes para ello. En Chile no había comerciantes fuertes y no fueron capaces de mantener el principio de que los hacendados contribuyesen a los gastos del Estado.

La tierra estaba muy concentrada en pocas manos y los grandes terratenientes eran apenas 200 familias. Casi todos ellos eran absentistas que vivían en Santiago y gobernaban sus “haciendas” mediante un administrador. La posesión de la tierra se hacía al estilo medieval, mediante la servilitud: el campesino recibía una tierra que trabajaba para sí, y a cambio, debía pagar una renta por la tierra que usufructuaba y trabajar gratuitamente las tierras del señor.

No hubo lucha de clases por el poder. En Chile sólo mandaban los hacendados. Los comerciantes no eran oposición suficiente. Desde el campo se permitía, o no, que los políticos nacionalistas actuasen en el Gobierno, y todo dependía de cómo le fuese a los intereses de los hacendados. Al campesino pobre apenas le afectó la independencia.

El hacendado rico pudo comprar muchas más cosas, porque bajaban los precios, y las pérdidas en ventas de esta bajada de precios las compensaba con aumentos de producción y de ventas. La contradicción de vender el producto al enemigo, a Perú, no se tenía en cuenta.

Los indios no participaron nada en la revolución. Vivían al sur del Bio Bio y se limitaron a observar cómo los perdedores de cada golpe de Estado se refugiaban en sus tierras. O`Higgins les declaró ciudadanos iguales a los demás, pero eso a ellos les daba lo mismo porque no participaban en la vida política ni económica de los chilenos.

Los negros eran pocos, unos 5.000 esclavos, y casi todos domésticos. El 11 de octubre de 1811 fue abolido el comercio de esclavos y se declaró libres a los que nacieran desde ese día. El 29 de agosto de 1811 se liberó a los que se alistaran en el ejército, entregando la mitad de la paga del soldado a su amo.

 

 

 

Río de la Plata en 1808.

 

A fines de mayo de 1808, Montevideo supo de los sucesos de Aranjuez y deposición de Carlos IV, de marzo de 1808. Elío estaba preparado para acontecimientos extraordinarios pero todavía no sabía de los sucesos de mayo de 1808.

En mayo de 1808 llegó de Brasil el brigadier Curado pidiendo que se reconociera como virrey a don Pedro, hijo de don Juan VI de Portugal, que era la táctica de Carlota Joaquina para quedarse con toda América. Curado se entrevistó con Elío al que manifestó que se debía desconfiar de Liniers porque era francés, y que Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando VII, pretendía hacerse cargo de Buenos Aires para establecer una regencia y evitar que cayera en manos de Napoleón. Elío entendió bastante bien a Curado, y supo que había dos peligros a conjurar, Brasil y Napoleón. Curado fue retenido en Montevideo, y Brasil lo consideró una ofensa y concentró tropas en la frontera con El Plata.

 

En julio de 1808, Buenos Aires esperaba la invasión conjunta de brasileños y británicos.

El 25 de julio de 1808 llegó una nave a Montevideo, y el 2 de agosto a Buenos Aires, informando de los sucesos de mayo en España. El 3 de agosto decidieron proclamar a Fernando VII, acto que programaron para el 30 de agosto.

El lugar más favorable para los planes de Napoleón, es decir para entrar en los mercados americanos a través de la sumisión de éstos a una España gobernada por los franceses, era Buenos Aires. Champagny lo vio con claridad y envió al marqués de Sassenay a conversar con Liniers. Liniers estaba bien situado políticamente, puesto que había defendido Buenos Aires contra los ingleses en 1806 y 1807 y era simpático a los bonaerenses. Napoleón tenía otro posible apoyo en el mundo, Liniers, puesto que además de que Liniers era francés, éste le había pedido ayuda en 20 de julio de 1807, ayuda que no llegó a materializarse, pero la conducta de Liniers había sido ampliamente alabada por Murat, tras el encargo de Napoleón en ese sentido.

El 13 de agosto de 1808, los argentinos supieron que José I estaba en Madrid y decidieron esperar acontecimientos. El marqués de Sassenay, procedente de Bayona, lo anunciaba y pedía el acatamiento de José I. Sassenay había llegado a Buenos Aires el 13 de agosto, se entrevistó con la Audiencia, y con Liniers después, en privado, guardando perfectamente el protocolo. Sassenay pasaría después a Montevideo y allí Elío le encarceló.

Liniers proyectó reunir Junta el 14, con la Audiencia y el Cabildo en pleno. El 15 de agosto Liniers hizo una proclama reconociendo al rey Carlos IV y manifestando respeto a Napoleón. Con ello, quería hacer ver que había decidido declararse neutral y que era prudente esperar el desenlace de la guerra en España, pero el Cabildo sabía, desde 29 de julio, que Carlos IV había abdicado, y la postura de Liniers no era correcta. Incluso Rio de Janeiro envió a Montevideo al brigadier Curado para quejarse de que la actitud pretendidamente neutral de Liniers no era correcta, y ello introdujo las primeras dudas sobre la fidelidad de Liniers a la Corona española. Elío, Gobernador de Montevideo acusó a Liniers ante la Real Audiencia de ser colaborador de Napoleón. El Cabildo recomendó a Liniers informar correctamente a la gente y resultó asombroso para los platenses saber que los británicos eran ahora aliados de España, de la España rebelde contra José I, y que los franceses eran los invasores de España. En estos mismos términos, Liniers podía ser un agente francés.

Una vez proclamada en España la Junta Central, los bonaerenses aceptaron a esta Junta española, pero no todos. Surgió un grupo que pedía como reina a Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII residente en Brasil, que pedía el absolutismo y que acusaba a los criollos bonaerenses de subversivos.

El 19 de agosto, Carlota Joaquina reclamó el gobierno de todos los territorios españoles en América, por ser hija de Carlos IV.

El 21 de agosto se reunió la Junta convocada por Liniers y se decidió jurar a Fernando VII, adelantando un acto que se había programado para el 30 de agosto. Se abandonaban la opción de apoyar a José I, que interesaba a Liniers, y la de apoyar a Carlos IV que interesaba a Carlota Joaquina de Brasil. Ésta insistió el 24 de agosto a través de Sousa Continho, que el poder les correspondía a ella y al infante don Pedro, su hijo.

El 22 de agosto llegó a Buenos Aires el brigadier José Manuel Goyeneche, enviado de la Junta de Sevilla, reclamando el reconocimiento a esa Junta de Sevilla y pidiendo dinero para la guerra contra los franceses.

El 23 de agosto se reunieron el Virrey, Cabildo y Audiencia con Goyeneche, y éste les informó de que Godoy se había puesto al servicio de Napoleón y que todos los godoístas, puestos en el Gobierno de América, eran peligrosos. Creemos que la información era errónea y tendenciosa, y hoy, no estamos seguros de estas afirmaciones.

Los “españoles”, o españolistas, escogieron como líder a Martín de Álzaga y trataron de deponer al líder de los criollos de ascendencia francesa, Liniers. Martín de Álzaga era un rico comerciante vasco empeñado en que Buenos Aires fuera la capital indiscutible del virreinato y “Protector de los Cabildos del Virreinato de la Plata”, lo que significaba ser la ciudad intermediaria entre las demás ciudades y sede del virrey. El alcalde Martín de Álzaga y el general Francisco Javier Elío, Gobernador de Montevideo, decidieron destituir a Liniers, pues era francés y sospechoso de estar con el enemigo. Pero Álzaga era prudente y alegó que la destitución de Liniers era una jugada política peligrosa de la que no debían hacerse responsables, y que era mejor que Sevilla (España) cambiase al virrey y asumiese la responsabilidad. Así se decidió y se solicitó a España. La petición fue acompañada de quejas sobre Liniers de que había corrupción en el Gobierno, que se había generalizado la prostitución, que la justicia se conducía de forma inmoral e ilegal, y que la administración era penosa.

Francisco Javier Elío, Gobernador de Montevideo se negó en 24 de agosto de 1808 a aceptar a Liniers, porque Liniers representaba un poder equívoco, tanto español como criollo independentista y tal vez profrancés. Entonces se produjo el enfrentamiento: Elío pidió a España la destitución de Liniers, y a la contra, Liniers destituyó a Elío como gobernador de Montevideo y le sustituyó por Juan Ángel Michelena[1], pero cuando el 20 de septiembre de 1808, Michelena se presentó en Montevideo, no fue bien recibido y tuvo que huir de la ciudad. Montevideo convocó Cabildo Abierto y el Cabildo pidió a Elío que no abandonara Montevideo, declaró el “se obedece pero no se cumple” ante la orden de Liniers, y pidió hacer Junta como en España. El 21 de septiembre de 1808, Elío estableció en Montevideo Junta de Gobierno integrada sólo por españoles y presidida por él. Liniers cortó los fondos públicos a Montevideo, pero la ciudad obtuvo su propia fuente de fondos públicos estableciendo que el puerto militar fuera utilizado comercialmente, de lo que obtenía impuestos incluso muy superiores a lo que Liniers les negaba.

 

La confusión era grande en Buenos Aires, y había al menos tres grupos políticos entre la minoría dirigente:

Un grupo oficialista conservador y españolista, que no se decidía por si su rey era Fernando VII o José I, pues muchos eran absolutistas y no aceptaban la nueva legalidad española como monarquía de José I. Los “españoles” contaban con las fuerzas que habían organizado para luchar contra los ingleses en 1806, que eran un cuerpo de catalanes, mandado por el regidor y alférez real Olaguer Raynals; un cuerpo de gallegos, mandado por el regidor Francisco Neyra Arellano; y un cuerpo de vizcaínos mandado por el capitán Juan Antonio de Santa Coloma. Ninguno de ellos percibía sueldos. Se calcula que contaban con 371 soldados.

El “Partido de las Juntas” o “Republicano”, de Martín de Álzaga, en el que militaban los comerciantes españoles más ricos como Juan Larrea[2] y Domingo Matheu[3], y algunos ricos comerciantes criollos, además de los intelectuales Julián de Leyva y Mariano Moreno. Álzaga aparecía como el líder de estos otros “españoles” conservadores. Dudaron entre la sumisión a Carlota Joaquina o la independencia en Junta creada en el mismo Buenos Aires. Los ricos comerciantes eran conservadores pues necesitaban los monopolios españoles para no ser desplazados por los comerciantes británicos. Su negocio principal era la importación de productos españoles y su cambio por plata (80% del negocio) y pellejos (20%) sudamericanos, para reexportarlos a España, además de la venta de esclavos en toda la zona de El Plata. Contaban con las milicias ciudadanas de Cornelio Saavedra, comandante del Regimiento de Patricios, en cuyo apoyo estaban Martín Rodríguez, Juan José Viamonte, Pedro Andrés García, y Juan Ramón Balcarce[4]. Se calcula que disponían de 2.799 hombres.

Entre los jefes de milicia estaban Cornelio Saavedra, Juan Martín de Pueyrredón[5], Martín Rodríguez, hermanos Balcarce[6], Viamonte… que pronto se darán cuenta de que el ejército ponía y quitaba el poder. Eran liberales y partidarios de un Gobierno unitario y centralista bonaerense, y su colaboración fue decisiva para el triunfo de unos u otros.

El “Partido de la Independencia” de Juan José Castelli (abogado italiano del Real Consulado), Manuel Belgrano (abogado italiano del Real Consulado), Rodríguez Peña, Juan Hipólito Vieytes, Juan José Paso, Juan Martín de Pueyrredón… que dudaban en si debían aceptar la alianza con los británicos o la protección de Carlota Joaquina. Era un grupo masónico cuya logia se denominaba “Independencia”. Había un sector de familias medias y pobres en él, eran netamente liberales y casi todos independentistas.

Frente a estos grupos bonaerenses, habría un cuarto grupo político, el de los industriales y agricultores del interior de Argentina, es decir, de las ciudades de Córdoba, Mendoza y Tucumán, perjudicados porque los comerciantes de Buenos Aires compraban mucha mercancía británica y poca del país, lo cual hacía que estas ciudades se sintieran más cercanas a España que a los independentistas criollos bonaerenses.

Hay otro grupo de presión o de intereses poco tratado en la historiografía, los comerciantes británicos, los cuales estaban realmente presentes en la zona desde 1805 y por eso había acudido la flota inglesa en 1806. Una vez perdida la batalla de 1806-1807, decidieron abrir empresas en Brasil y calificar a Brasil de país neutral en el que los rioplatenses podían legalmente abastecerse y al que podían exportar. Las ventas de productos en Río de la Plata eran fuertemente británicas, pues en 1808, de 54 navíos que zarparon de Buenos Aires, 42 lo hicieron hacia “puertos neutrales”, 10 para territorios americanos y 2 para España. Liniers era partidario de tolerar a los británicos y los ingleses le pidieron puertos legales en El Plata. No los tuvieron, y Liniers fue acusado de “francés”, aunque quizás no fuera tan francófilo como algunos afirmaron.

 

 

1 de enero de 1809: Motín de Álzaga.

 

Martín de Álzaga, tomó nota de lo ocurrido en Montevideo, donde Elío había establecido Junta de Gobierno, y trató de imponer en Buenos Aires una Junta de Españoles, similar a las Juntas surgidas en España, con cierta autonomía que le permitiera reaccionar ante los acontecimientos, y reconociendo, de momento, a Fernando VII. La política de España era de que se levantaran Juntas en todas partes. El 1 de enero de 1809 preparó las elecciones al Cabildo de forma que pudiese echar a Liniers. Eligió a los miembros oportunos, todos ellos realistas y españoles, entre los que estaban Juan Larrea y José Fornaguera, capitanes de los Voluntarios Catalanes.

Llegó por entonces a Buenos Aires el general Pascual Ruiz de Huidobro, quien había sido Gobernador de Buenos Aires en 1807 y había sido llevado a Londres por los británicos, circunstancia que había puesto a Liniers como virrey. Se decidió consultarle. Pero Ruiz de Huidobro no sabía si Elío era rebelde por preservar Montevideo para la corona española, ni si Liniers era un hombre de Napoleón.

El 1 de enero de 1809 era el día de renovación de los miembros del Cabildo. A las 12 de la mañana, los Voluntarios Catalanes, mandados por José Fornaguera, se sublevaron y empezaron un motín. El obispo trató de calmar los ánimos, pero las gentes clamaban contra Liniers y pedían Junta. Estaba preparado que sería presidente Ruiz Huidobro, primer vocal Álzaga y secretarios Mariano Moreno y Julián de Leyva.

Álzaga exigió la dimisión de Liniers acusándole de profrancés.

Liniers se negó a establecer Junta y argumentaba que era ilegal y que provocaría la intervención de Carlota Joaquina.

Llegó el Cuerpo de Montañeses mandado por Pedro Andrés García, unos pocos patricios bonaerenses hombres de Saavedra y un Cuerpo de Andaluces, y decidieron que Ruiz Huidobro tomara el mando de la tropa para contener la posible deslealtad de Liniers, pero que Liniers siguiera como virrey. Cornelio Saavedra, al mando de las tropas criollas asumió el máximo protagonismo, fue sobre Álzaga y su nuevo cabildo, que tuvieron que huir hacia la Patagonia. En resumen, los españolistas fracasaron, y quedaron en desventaja durante el resto del movimiento independentista bonaerense. Los regimientos catalanes, gallegos y vascos fueron disueltos. El motín había fracasado y la tropa “española” estaba dividida entre sí. Álzaga fue encausado y su protagonismo desapareció.

El poder quedó entonces en manos de los criollos independentistas, en el que podíamos distinguir dos grupos, uno que podíamos llamar de intelectuales o teóricos, y otro de militares, de capitanes al mando de milicia.

 

La confusión en Buenos Aires a principios de 1809, respecto a las noticias de España, se originaba de recibir noticias contradictorias: por un lado llegaban noticias de Bailén y de que la victoria sobre Napoleón era posible, pues se unirían fuerzas españolas, británicas y suecas, y ayudarían los Estados Unidos. Por otro lado, Juan Martín de Pueyrredón había informado desde Sevilla que España era un caos y que distintas Juntas habían nombrado distintos virreyes para Buenos Aires. Pueyrredón se equivocaba en su descripción de anarquía total, pues el 25 de septiembre de 1808 hubo una coordinación de las Juntas en la Junta Suprema Central. Pero esta Junta Suprema Central cometió el error de hacer una política con visión casi exclusiva de la España peninsular, salvo para pedir recursos. La Junta Suprema Central comunicó sus noticias a Virreinatos, Capitanías Generales y Audiencias, pero no las trató como a iguales a las Juntas provinciales españolas. Los americanos vieron que sólo se les pedía dinero, y ello fue el origen de discordias y antipatías.

Liniers dejó de convocar al Cabildo y evitó reuniones con los catalanes, gallegos y vizcaínos, y trató de reconducir la situación nombrando jefes militares nuevos más adictos a su persona. Pero la situación tenía que estallar por alguna parte y ello pasó a partir de octubre de 1809:

El Cabildo de Buenos Aires decidió no esperar más respecto a la destitución de Liniers, porque Elío desde Montevideo lo exigía, porque Molina representante de España lo pedía, porque ya sabían de la existencia de una Junta Suprema Central en España que había restablecido la soberanía española, y porque Godoy les parecía un hombre peligroso que había traicionado a España. Así que el 16 de diciembre, el Cabildo reconoció la autoridad de la Junta Suprema Central.

 

 

El virrey Hidalgo de Cisneros en 1809-1810.

 

Liniers fue depuesto por la Junta de Sevilla y sustituido por Baltasar Hidalgo de Cisneros[7] en julio 1809. Cisneros llegó a Montevideo, donde Elío le aceptó inmediatamente y disolvió la Junta de Montevideo, pero no tuvo la misma suerte en Buenos Aires. Hidalgo de Cisneros no supo imponer su autoridad a los hombres de negocios bonaerenses, aunque se apoyaba en Cornelio Saavedra, persona que se mostraba como servidor de Hidalgo de Cisneros, pero tenía sus propias ideas.

La primera idea de Hidalgo de Cisneros, de apoyarse en Álzaga y sus milicias de españoles, derrotadas en 1 de eenro de 1809, que quizás se podían rehacer, no dio resultado. Disolvió la Junta de Montevideo y decretó que Liniers volviera a España. Liniers alegó tener asuntos militares pendientes, y no se fue a España.

 

En Buenos Aires había varias facciones:

Los juntistas españolistas de Martín de Álzaga estaban a la baja, derrotados en su intento de tomar el poder el 1 de enero de 1809.

Los carlotistas dispuestos a entregar el poder a Carlota Joaquina de Borbón, estaban en franca minoría.

Los revolucionarios de Mariano Moreno, que querían una reedición del Directorio francés, renovándolo todo incluso a costa de sangre. Eran republicanos y federalistas.

Los seguidores de Cornelio Saavedra, del militarismo, que eran partidarios de un Gobierno local, pero sin estridencias políticas jacobinas.

 

Hidalgo e Cisneros se encontró en Buenos Aires varios problemas graves:

Buenos Aires estaba sufriendo un desamparo defensivo ante Brasil, sobre todo desde que en 1808 Carlota Joaquina, desde Río de Janeiro, se había propuesto adueñarse de los territorios americanos.

El 26 de mayo de 1809, la audiencia de Chuquisaca en el Alto Perú, había detenido al presidente e intendente y se había hecho cargo del Gobierno. Hidalgo de Cisneros envió a Vicente Nieto contra Chuquisaca.

El 16 de julio de 1809, los revolucionarios de La Paz (también en Alto Perú) depusieron al intendente y al obispo y organizaron una Junta de Gobierno presidida por Pedro Domingo Murillo, un soldado mestizo, ayudado por el sacerdote José Antonio Mendoza que redactaba las proclamas contra el gobierno de España y contra el de Buenos Aires, pues quería la independencia de Perú. El levantamiento cayó al fin en manos de Pedro Indaburu, un criollo al que molestaban los mestizos y paró el movimiento independentista hasta que llegaron soldados de Perú y Argentina y acabaron con la insurrección.

En el propio Buenos Aires, Belgrano y Saturnino Rodríguez Peña se habían puesto en contacto con Carlota Joaquina, secundando el plan de ésta a cambio de que Belgrano fuera virrey o rey de El Plata, lo cual era la situación más favorable que encontró Carlota Joaquina en toda América. Los “españoles” de Buenos Aires se vieron a veces abocados a cierta confusión, pues unas veces oían que Carlota Joaquina defendía los intereses de Fernando VII y otras que se querían segregar territorios de la Corona española.

Hidalgo de Cisneros decidió congraciarse con Buenos Aires:

Ya había tomado la primera medida, enviar a Liniers a España. A continuación, decidió intervenir en la pugna entre Buenos Aires y Montevideo, destituyendo a Elío, el líder rebelde a la autoridad bonaerense. Con ello quizás cometía un error, pues Elío, Gobernador de Montevideo, era quien más le apoyaba a él, pero como Elío defendía a España, era antipático entre los criollos bonaerenses. Con ello pretendía ganarse a los porteños, pero éstos le depusieron de todos modos en mayo de 1810.

La segunda medida de Hidalgo de Cisneros para congraciarse con los porteños, fue indultar a los encausados por el motín de Álzaga. Domingo French y Antonio Beruti se quejaron de que en los alzamientos de los criollos los rebeldes eran castigados con la muerte, y en estos alzamientos de españoles los rebeldes eran indultados.

Una tercera decisión fue permitir el librecomercio con Inglaterra, lo cual, además de dar salida a algunos productos comerciales, aliviaba el fuerte déficit público acumulado en unos años en que la fuente de ingresos, el comercio, había estado muy decaído.

Aprovecharon los británicos la oportunidad que sugerían las nuevas medidas del virrey Cisneros, y, en agosto de 1809, los ingleses le solicitaron al virrey permiso para vender en El Plata. Entonces surgió en Buenos Aires una discusión interna: los del Cabildo de Buenos Aires reconocían que la aceptación de los británicos era un mal menor que había que aceptar; pero los grandes comerciantes monopolistas se sentían altamente perjudicados y eligieron como su representante a Fernández de Agüero, para defender los monopolios, lo cual salvaba de paso sus negocios del contrabando, basados en el monopolio. Los terratenientes comisionaron a Mariano Moreno para defender el librecomercio para importar barato y exportar mejor sus productos. El resultado final fue un acuerdo por el que se toleraría un comercio limitado. Entró mercancía y se alegraron los terratenientes y las clases medias y pobres, pero se enfadaron los monopolistas. Los monopolistas buscaron a Álzaga, para que de nuevo les llevase al poder.

El comercio limitado, dejaba fuera de la libertad de comercio a ciertos productos que eran base del contrabando, y todos salían contentos. Hidalgo de Cisneros adoptó una política errática en este punto: primero autorizó el comercio con los ingleses, lo cual eliminaba el negocio del contrabando, luego restableció el monopolio español para congraciarse con los grandes comerciantes que eran grandes contrabandistas, entonces se quejaron los ingleses alegando que en ese momento eran aliados de España y estaban luchando codo con codo con los liberales españoles en la península. El asunto era muy complicado y no tenía solución buena, sin cortar ni perjudicar a alguien.

Por esos mismos días, Carlota Joaquina de Borbón envió emisarios a Cornelio Saavedra, al que creía hombre fuerte en Buenos Aires, para convencerle de que la opción legítima era que ella y don Pedro fueran regentes de Río de la Plata. Elío y Liniers estaban completamente en contra de entregar el virreinato a la dinastía portuguesa, y los carlotistas fracasaron ante Saavedra.

El 8 de octubre, la Audiencia de Buenos Aires procesó a Elío por haber creado la Junta de Montevideo y por haber insultado a Liniers. En ese momento llegó a Montevideo Joaquín de Molina, un hombre de la Junta de Sevilla, con la noticia de la pronta llegada del almirante Sidney Smith, que resolvería la situación. Molina se entrevistó con Elío en 15 de noviembre y le pidió la reconciliación con Liniers, pues el peligro más inminente era el ataque de Carlota Joaquina desde Brasil.

El 13 de mayo de 1810, las noticias de España contaban que Sevilla se había sometido a Napoleón. Cisneros quiso ocultar la noticia, pero no pudo ser.

El Cabildo Abierto de Montevideo, de 1 y 2 de junio de 1810, aceptó la autoridad de la Junta de Buenos Aires, pero cambiaron de opinión a los pocos días porque llegaron noticias de España diferentes.

 

 

 

Chile en 1808-1810

 

En 1806 los chilenos tuvieron noticias de la llegada de los ingleses a Río de la Plata, y el Gobernador Luis Muñoz de Guzmán hizo un llamamiento de alerta a las milicias ciudadanas.

En Chile no se conoció la noticia de la invasión francesa a España hasta septiembre de 1808. En agosto de 1808 tuvieron noticias sobre los sucesos de Aranjuez, y poco después sobre la llegada de José I.

En febrero de 1808 cesó el Gobernador Luis Muñoz de Guzmán, para dar paso interinamente al Gobernador Juan Rodríguez Ballesteros, y definitivamente, en abril de 1808 al Gobernador Francisco Antonio García-Carrasco Díaz. Éste tomó como hombre de confianza a Juan Martínez de Rozas. Estuvo en el cargo hasta julio de 1810.

Chile, en noviembre de 1808, reconoció a la Junta de Sevilla y a Fernando VII, y en enero de 1809 reconoció a la Regencia. Los británicos se presentaron en Valparaíso tomándose de hecho la libertad de comercio, y García Carrasco apresó al barco británico y mató al capitán de la fragata. Su decisión de mantenerse fieles a España se completó en noviembre con un decreto de expulsión de todos los extranjeros del país.

En enero de 1809 se empezaron a recibir en América noticias desalentadoras como la entrevista de Erfurt celebrada entre Napoleón y el zar Alejandro de Rusia, de 12 de octubre de 1808, en la que Alejandro no se oponía a instaurar en España a José I, y admitía que España se uniera a Francia. El acuerdo de Erfurt afectaba a los americanos, que podían ser adjudicados a Francia sin consultarles nada.

Poco después se supo que Napoleón en persona estaba en España con todo el ejército veterano de Alemania, lo cual presagiaba una victoria francesa rápida. Su avance hasta Somosierra y Madrid, sin apenas contratiempos, fue un mazazo para los ingenuos americanos, que todavía creían que España era una potencia con posibilidades frente a Francia.

En 1809, las noticias sobre España eran contradictorias e incluso les desconcertaba la actitud de El Plata, pues unas veces se decía una cosa, la contraria o una tercera es decir, que fueran fieles a España, independientes, o sumados al proyecto de Carlota Joaquina. García Carrasco, el Gobernador, decidió tomar una actitud dura, dictatorial, lo cual no fue buena decisión, como se vería a partir de 1810.

En marzo de 1809 se supo que el dominio francés se extendía por casi toda España.

En mayo de 1809 se supo en Chile que Charcas había encarcelado a su Presidente de la Audiencia, y en julio, que en La Paz había habido una conjura criolla contra el Intendente y Obispo de la ciudad, y las noticias impresionaron a los chilenos.

En febrero de 1810 se dio por derrotado al ejército austriaco, al mismo tiempo que se daba por ocupada toda la península ibérica. El Gobernador García Carrasco, en marzo, salió en defensa de la autoridad española diciendo que la realidad era que no se habían recibido noticias de España desde hacía dos meses y ello mismo probaba que los españoles no habían capitulado, pues de otro modo las noticias hubieran corrido rápidas hacia América. El 12 de marzo se supo que los franceses estaban en Sevilla y atacaban Cádiz. El 14 de abril entró en Puerto Cabello el bergantín Palomo, procedente de Cádiz, y confirmó que Sevilla estaba ocupada por los franceses.

En 1810, ante los primeros síntomas de intranquilidad política, Francisco Antonio García Carrasco mandó detener a los sospechosos y enviarlos fuera de Chile. La detención de José Antonio de Rojas, Juan Antonio Ovalle y Bernardo de Vera Pintado molestó a los burgueses chilenos, y la Audiencia decidió destituir al Gobernador y nombrar al militar más antiguo como Gobernador en funciones, el cual era Mateo del Toro y Zambrano, de 83 años de edad, que apenas se mantuvo dos meses.

 

[1] Juan Ángel Michelena, 1774-1831, era un marino al servicio de España, nacido en NuevaGranada, que estuvo en la lucha contra los británicos en Buenos Aires 1806 y Montevideo 1807. En septiembre de 1808, Liniers le envió a Montevideo para sustituir a Elío, pero fue insultado y golpeado, de modo que tuvo que huir. Estuvo en Montevideo en el grupo españolista en los años siguientes, y atacó varias veces a Buenos Aires cuando esta ciudad se mostraba independentista. Fue apresado por Alvear. Se fugó en 1820 y huyó a España, donde en 1823 apoyó la vuelta del absolutismo.

[2] Juan Larrea, 1782-1847, había nacido en Mataró y se quedó huérfano a los 11 años de edad, momento en que su familia emigró a Buenos Aires. Allí estableció un negocio de vinos, cueros y azúcar que fue muy próspero. En 1808 era miembro del Real Consulado y líder de la Legión de Voluntarios Catalanes. Unas decenas de hombres armados entre los que estaban Jaime Nadal i Guarda, Jaime Lavallol y José Olaguer Reynals. En enero de 1809 apoyó a Martín Álzaga en el golpe fracasado, y repitieron el intento con éxito en mayo de 1810. Larrea fue miembro de la Primera Junta de Gobierno, en la que defendió exiliar a Hidalgo de Cisneros, ejecutar a Liniers, apoyar a Mariano Moreno contra Cornelio Saavedra y promover la Junta Grande. En 1811, su suerte política decayó y fue confinado en San Juan hasta que en 8 de octubre de 1812 volvieron los morenistas. En ese momento, Larrea hizo el mayor negocio de su vida como abastecedor del ejército, y de los industriales bonaerenses. El 30 de abril de 1813 fue Presidente de la Asamblea y derogó los títulos nobiliarios y escogió un himno nacional argentino. Fue depuesto en 1 de junio de 1813. Fue ministro interino de Finanzas, sustituto de José Julián Pérez durante el Segundo Triunvirato. Financió la guerra contra Montevideo que dirigió Carlos María Alvear por tierra y el irlandés William Browm por mar, pero tras la toma de Montevideo en junio de 1814, hubo diferencias entre Browm, que quería dinero para él y sus marineros, y Larrea que quería ingresos para la ciudad y Gobierno de Buenos Aires. En 1815, Álvarez Thomas llevó a los tribunales a todos los colaboradores de Alvear y Larrea fue uno de los acusados, y perdió sus propiedades. Se marchó a Burdeos . Regresó a Montevideo en 1818 y a Buenos Aires en 1822, tras una amnistía o “ley del olvido”.

[3] Domingo Matheu, 1765-1831, había nacido en Barcelona (España) y era piloto naval que se dedicaba a comerciar con Buenos Aires, hasta que en 1793 decidió asentarse y establecer una tienda en esa ciudad. En 1807 formaba parte de la “Compañía de Miñones” que defendió la ciudad frente a los británicos. Ingresó en la logia “Independencia”, lo que le llevó a la política, y fue vocal de la Primera Junta y Presidente de la Junta Grande, interino de Cornelio Saavedra. Hizo buen negocio como suministrador de armas, fusiles y uniformes bonaerenses, hasta que se retiró de la política en 1817.

[4] Juan Ramón González de Balcarce, 1783-1836, llegó a Buenos Aires, procedente de Tucumán, cuando le reclutó el virrey Sobremonte en 1807 para luchar contra los británicos. Desde entonces tuvo mucha participación en las milicias de Cornelio Saavedra y en el ejército argentino: reprimió la sublevación de Álzaga en enero de 1809, estuvo en la revolución de mayo de 1810, acompañó a Juan José Castelli en la expedición al Alto Perú que capturó y ejecutó a Santiago de Liniers, Juan Rodríguez de la Concha, Santiago Alejo Allende, Joaquín Moreno, Victorino Rodríguez y otros, estuvo en la batalla de Tucumán al lado de Manuel Belgrano, lucha contra Estanislao López de Santa Fe en 1818. A partir de 1818 participó en la política en la que llegó a ser Gobernador Intendente de Buenos Aires, colaborador de Bernardino Rivadavia, ministro de Guerra para Dorrego, ministro para Juan José Viamonte y para Juan Manuel de Rosas.

[5] Juan Martín de Pueyrredón, 1777-1850, era hijo de francés e irlandesa y en 1795 marchó a Cádiz a defender los negocios familiares, estando en España diez años y resolviéndolos con éxito. En 1806, con motivo de la invasión británica, formó un grupo de guerrilleros, y se puso al servicio de Liniers en la toma de Buenos Aires de agosto de 1806. Allí comprendió la importancia del ejército. Tras el triunfo, reclutó un Regimiento de Húsares. No fue protagonista de los sucesos de 1808 en Buenos Aires, porque había marchado a España a pedir ayuda. En 1809 regresó, y al pasar por Montevideo fue arrestado como partidario de Liniers, huyó a Buenos Aires y fue arrestado de nuevo, y de nuevo huyó a Río de Janeiro, donde estaba la familia real portuguesa. Tras la revolución de mayo de Buenos Aires volvió a Argentina y fue nombrado Gobernador de Córdoba, desde donde apoyó una Junta Grande, y en enero de 1811 Gobernador de Chuquisaca, en Alto Perú, donde fue derrotado por los españolistas peruanos, y dejó el mando a Manuel Belgrano. Formó parte del Primer Triunvirato. Fue desterrado junto a Rivadavia. Colaboró con San Martín en la preparación de la conquista de Chile que se hacía en Córdoba. Fue Director Supremo de las Provincias Unidas de Río de La Plata y reorganizó al logia Lautaro para ponerla al servicio de un gran imperio bonaerense. Luchó contra los indios de la Pampa, creó la Caja Nacional de Fondos, y un colegio de enseñanza. Persiguió a Manuel Dorrego, Vicente Pazos Kanki, Feliciano Chiclana, Manuel Moreno, Manuel Pagola… y a todos los federalistas en general, pues quería un Estado liberal unitario. Ante la derrota en el Este, pactó con Brasil la invasión portuguesa de la Banda Oriental, lo cual fue el final de su carrera política a la que renunció en mayo de 1819.

[6] Los hermanos González de Barcarce eran siete, llamados Juan Ramón, Antonio, Marcos, Diego, Lucas, Francisco y José, eran hijos de un militar del Regimiento de Blandengues que servía en San Miguel de Tucumán.

[7] Baltasar Hidalgo de Cisneros y de la Torre, 1755-1829, era guardiamarina y había luchado en el Trinidad en Trafalgar 1805. En 1809 fue nombrado Virrey de Río de la Plata por la Junta Suprema de Sevilla, con la misión de recuperar la unidad y acabar con las controversias entre Elío, Gobernador de Montevideo y Liniers, Virrey de Buenos Aires.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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