1808-1810 EN CENTROAMÉRICA Y EL CARIBE.

 

 

 

Nueva España en 1808-1810.

 

La población de México era de 6,1 millones de habitantes en 1810 y se había duplicado en los últimos 50 años, pues en 1742 sólo tenía 3,3 millones.

De esos seis millones de habitantes, 3,5 eran indios, 1,3 eran mestizos y mulatos, y 1,097 millones eran blancos.

Las poblaciones que crecían demográficamente a gran ritmo eran los indios y mestizos, lo que económicamente iba en contra de ellos pues tenían poca tierra y la dividían entre la prole. Además, como los hacendados y la Iglesia necesitaban muchos peones varones, las tierras de los indios eran cultivadas por las mujeres y los niños. Poca tierra, poco capital y mal cultivo generaban bajos rendimientos. La Iglesia les cobraba a los indios diezmo, además de las anualidades de renta y las hipotecas en su caso (la Iglesia era un gran prestamista).

Por indio, se entendía en Nueva España indio, mulato, negro y mestizo. Los indios pagaban al Estado el “tributo indio”, un tributo personal no muy grande. Tenían prohibido vestir como los españoles y tampoco podían poseer caballo ni armas. La mayoría no tenía tierras y debía vivir del peonaje.

Los indios vivían en “pejugales” o pequeñas fincas familiares que apenas bastaban para dar de comer a una familia. Su economía se fundamentaba en el maíz en régimen de monocultivo, y México sufría sequías unos años, y heladas otros, que echaban a perder las cosechas, y se pasaba hambre. Otros productos tampoco eran rentables debido al clima de sequías y heladas. El hambre favorecía las epidemias y, por ello, los indios y castas eran los que más las padecían. Hubo diez hambrunas en el XVIII debidas al monocultivo del maíz. Los que abandonaban los cultivos iban a la ciudad a malvivir, a menudo a asaltar y robar, o se quedaban en el campo asaltando en los caminos y robando para comer, o se contrataban en las haciendas próximas aceptando vivir en la miseria. Entre los indios surgió la convicción de que “asaltaban a los españoles porque éstos habían robado a México durante trescientos años”, para justificar sus modos de vida ilegales.

Los blancos eran casi todos ricos, tanto los españoles como los criollos, y las diferencias sociales entre ellos no se debían a la riqueza personal, sino a las posibilidades de medrar en la Administración que tenían los españoles y de las que carecían los criollos. Los españoles dominaban el comercio, la administración y las minas. Los criollos dominaban la tierra, el ganado, pero también tenían negocios de minas y comercio interior. Los españoles, en la Administración, tenían reservado el virreinato, y dominaban la Audiencia, las Intendencias y Gobernaciones. Los criollos dominaban los Cabildos (ayuntamientos) y los cabildos eclesiásticos (catedrales). Negocios típicos de los españoles eran el textil (importaban seda de China y trataban de tener sus propias moreras en México) y el vino. También eran españoles los mercaderes de Puebla que, además de dedicarse al comercio, cultivaban algodón mediante aparceros y arrendatarios y utilizando mano de obra de castas, indios y esclavos. Negocios que podían ser de cualquiera de ambas categorías eran el azúcar, curtidos, jabón, vidrio y cerámica.

Los 15.000 españoles que vivían en México, lo hacían cerca de Ciudad de México y eran soldados, comerciantes, empresarios textiles y cargos de la administración que aprovechaban en su beneficio personal los monopolios españoles para trepar fácil y rápidamente en la escala social, lo que les proporcionaba inmediatamente minas y haciendas, y les igualaba pronto en riqueza a los criollos, e incluso podían seguir mejorando. Empezaban como encargados de comercio, minas, haciendas, y muy pronto eran dueños de las suyas propias. Sus hijos eran ya criollos.

Los criollos invertían en minas, comercio y haciendas y algunos eran muy ricos. México producía plata por valor de 5 millones de pesos en 1702, 12 millones en 1770 y 27 millones en 1804, principalmente en Guanajuato y alrededores. Los grandes propietarios mineros tenían rentas anuales de hasta 200.000 pesos, cuando los ricos hacendados caraqueños de la época obtenían rentas de 10.000 pesos anuales, y los Perú solamente 4.000 pesos. Destacaba la familia “Valenciana” como la más rica de México. En sus haciendas, tendían al monocultivo: Guadalajara tenía fama de ganadera, Atlixco y Teotihuacán de trigueras, Cuernavaca de azucarera, Puebla de tener buenas judías y garbanzos, Toluca de tener maíz, Oaxaca de producir pulque.

Los criollos que invertían en minas, solían asociarse con españoles que tuvieran cargos públicos de Gobierno a fin de que el papeleo fuera más ágil.

     Algunos criollos sentían el “orgullo de la tierra” y no se arriesgaban en negocios mineros ni comerciales, lo cual les ponía en inferioridad de condiciones económicas, lo cual significaba inferioridad social. A éstos les perjudicaba además la natalidad, pues sus haciendas se tenían que dividir periódicamente. La tierra estaba concentrada en grandes haciendas cuyo problema principal era la falta de mercados para poder producir más.

La Iglesia era un gran propietario. En el centro de Nueva España, cercanías a México, se habían subastado las tierras de los jesuitas y se había pujado alto por ellas, demasiado alto. Al llegar la crisis de finales del XVIII y principios del XIX, los compradores no podían pagar las anualidades comprometidas y estaban siendo embargados por la Junta de Impagos.

Algunos otros hacendados habían tomado préstamos excesivos para hacer ampliaciones, mejoras, riegos, e incluso el gasto usual y suntuario, tan típico español, como capillas lujosas y fiestas (bodas, comuniones, bautizos…), y tampoco podían pagar sus anualidades.

La hacienda típica mexicana era agrícola con complemento ganadero y algún taller de jabón, tequesquite (piedra de la que se extraían sales), tocinos, velas de sebo… Cada rancho o hacienda era un micromundo en el que muchas familias indígenas vivían sin salir nunca en su vida. El problema de esta falta de movilidad era la sobrepoblación local. La sobrepoblación hacía que el trabajo se cotizase muy barato, lo cual también era causa de que no se necesitasen esclavos. Pero la sobrepoblación iba a más porque los indios que perdían su tierra acudían a la hacienda más cercana a intentar sobrevivir. El indio sentía deber de lealtad a su hacienda por parentesco con los que allí estaban y por la formación de cofradías, pero no tenía obligación legal alguna de permanecer en ella. Los indios eran pobres y libres, y no se querían ir de la hacienda, ni tampoco podían irse, porque la costumbre era cobrar parte del salario en una cuenta que llevaba el patrón. La única seguridad de ese dinero era la memoria del patrón. Nunca se les abonaba lo que se les debía, ni el patrón podría hacerlo si muchos reclamaban salarios de varias generaciones que se les debían. El patrón se debía en parte a los indios que le tenían confiado (prestado) su dinero, pero no había nada oficial que lo probase.

 

 

Reacción ante los sucesos de 1808 en España.

 

El 8 de junio de 1808 tuvieron noticias en Nueva España de los sucesos de Aranjuez de marzo de 1808 en España. El asunto tenía su gravedad en México porque Godoy había sido depuesto en España, y el virrey Iturrigaray había sido designado por Godoy. Iturrigaray se puso nervioso. Lo primero que hizo el virrey fue suspender la venta de tierras de la Iglesia e intentar congraciarse con ella.

El 25 de junio se supieron las noticias del 2 de mayo español. Fueron interpretadas como una traición cometida por los afrancesados. La Audiencia decidió no aceptar las abdicaciones de Bayona. Las noticias de España eran inquietantes pues se supo que había varias Juntas y un desgobierno muy grande. El Cabildo insistió al virrey para que no entregara sus funciones a nadie, ni español ni francés, hasta que el propio Cabildo decidiera, una vez tuviera más información. Los criollos del Ayuntamiento de México reclamaron el poder, frente a los españoles de la Audiencia y del Consulado que decían que eran ellos el poder mientras no cambiase la legalidad.

El 14 de julio se conocieron en México las Abdicaciones de Bayona. Iturrigaray las publicó el 16 de julio.

 

Las opiniones políticas en Nueva España eran muy diversas, pero podemos resumirlas en dos grandes tendencias, la opinión de los criollos “independentistas” organizados en el Cabildo, y la opinión de los “españoles” que era continuista absolutista.

 

Los autonomistas, independentistas más tarde, dominaban el Cabildo de la ciudad de México:

El Cabildo de Ciudad de México no aceptó las renuncias de los reyes españoles y pensaba convocar una Asamblea o Congreso de ciudadanos de las diversas ciudades de Nueva España, representantes del cabildo eclesiástico y representantes de las comunidades indígenas, para asumir la soberanía, y mientras tanto, eran partidarios de reforzar el poder del virrey como capitán general, lo cual fue propuesto entre el 3 y 5 de agosto de 1808. Ciudad de México creía que la soberanía recaía en las Audiencias y Cabildos mexicanos.

Fray Melchor de Talamantes, fraile mercedario limeño, propuso la independencia basada en un Congreso Nacional Americano, que debía examinar la sucesión en el poder tanto en España como en Indias.

Juan Francisco de Azcárate y Lezama[1] fue, en un primer momento, partidario de que el virrey Iturrigaray asumiera la máxima autoridad, a fin de asegurar la integridad y unidad del territorio mejicano, y enseguida evolucionó a promover una Junta de Gobierno mejicana, independiente y suprema. Como esta postura era la que pedían desde España, el virrey no tuvo inconveniente en erigir Junta el 5 de agosto de 1808. Más tarde exigió la soberanía de la Junta de Gobierno, tema en el que discreparon los españoles de la Real Audiencia.

Francisco Primo de Verdad y Ramos[2] declaró soberano al pueblo y reclamó Junta de Cabildos, capítulos catedralicios y comunidades indias. Primo de Verdad defendía la soberanía de las Juntas españolas hasta el regreso de Fernando VII.

 

Los “españoles” (en España diríamos “españolistas”) dominaban la Real Audiencia y se opusieron en principio a todo cambio argumentando que si la necesidad había llevado a los españoles de España a formar diversas Juntas, en Nueva España no había tal estado de necesidad y no era necesario hacer Junta. La Real Audiencia pidió reunión del Real Acuerdo (Audiencia más el Virrey) para estudiar el caso de México, donde no había necesidades perentorias de constituir Juntas, pues no había problemas graves de orden público ni de guerra. Iturrigaray se quedó como virrey. Ya se vería si se reconocía a Fernando VII, a José I, o a otra entidad. Eran conservadores, es decir, absolutistas.

Los líderes “españoles” eran, en los cuadros de Gobierno, el Inquisidor Bernardo de Prado y Obejero, el Oidor de la Audiencia Ciriaco González Carvajal, y el Oidor de la Audiencia Guillermo Aguirre, el intendente de Guanajuato José Antonio Riaño, y el intendente de Puebla Manuel de Flon. En la sociedad de los negocios, los líderes españoles eran Gabriel de Yermo[3], Santiago Echevarría y José Martínez Berengue.

Los “españoles” eran partidarios de una autonomía limitada, con ciertas reformas, pero dentro del absolutismo y la unidad con España.

 

 

Reacción de Nueva España ante los sucesos de 1808.

 

El virrey Iturrigaray, junto con la Audiencia, invitaron a los Ayuntamientos de Xalapa, ciudad de México y Querétaro a instaurar el Real Acuerdo, órgano de Gobierno competente en las crisis de Gobierno. En este punto de la convocatoria del Real Acuerdo, los criollos mejicanos que dominaban el Cabildo, disintieron de la Real Audiencia, pues creían necesario un Congreso de Representantes del pueblo.

Pocos días más tarde, el 28 de julio, llegaron noticias de que en España se habían constituido Juntas. Los “autonomistas” pidieron al virrey hacer una Junta como las españolas. El virrey tenía instrucciones de hacer Junta, a fin de organizar la defensa de América por sí mismos, en esos momentos cuando España no podía socorrerles. Como ambas opiniones coincidían se convocó Junta para el 9 de agosto siguiente.

El 9 de agosto, los representantes de Xalapa, Ciudad de México y Veracruz, junto a Primo de Verdad, Azcárate, Talamantes y otros, pidieron constituir una Junta Suprema de Nueva España, es decir, junta soberana, pues las Juntas españolas también eran supremas. Además exigieron formar un Gobierno con notables mejicanos. Primo de Verdad dirigía al grupo.

La Audiencia, y el arzobispo Lizana entraron en polémica con Primo de Verdad, quien argumentaba que en caso de ausencia del monarca la soberanía recaía en el pueblo, y cuando fue instado a que definiera la palabra “pueblo” dijo que el pueblo eran los criollos, a lo que el Oidor Aguirre le contestó que los indios también eran pueblo. Desde entonces Lizana fue más españolista todavía, pero creía que la situación se debía resolver con el diálogo, sin medidas extremas. Los “españoles” contestaron que la única autoridad legal era el Real Acuerdo, y no cabía un Gobierno paralelo.

Iturrigaray propuso reconocer al Gobierno Murat duque de Berg, gobernante de España en ese momento, y la propuesta fue rechazada tanto por los autonomistas-independentistas como por los “españoles”.

El 13 de agosto de 1808, los reunidos juraron fidelidad a Fernando VII, antes de disolverse.

El 31 de agosto llegaron a México los representantes de la Junta Suprema de España e Indias, es decir, la Junta de Sevilla, y fueron recibidos por los gobernantes novoespañoles. Iturrigaray convocó a delegados de diversas ciudades de Nueva España para que oyeran a los de Sevilla, y envió algún dinero a Sevilla para la guerra contra los franceses. Por cierto, a los de Sevilla, Iturrigaray les pareció un inepto.

Los “españoles” no estaban de acuerdo con la política de Iturrigaray de mantener unidos a independentistas y “españoles” y reaccionaron constituyendo una fuerza militar, los “Voluntarios de Fernando VII”[4], cuyo líder era el vizcaíno Gabriel de Yermo, hacendado de Cuernavaca, y unos 300 hombres tomaron el Palacio Virreinal en 15 de septiembre de 1808, mandando detener a Primo de Verdad, Talamantes, De Cristo, canónigo Beristain, Azcárate y otros, y deponer al virrey Iturrigaray, al que sustituyeron por Pedro Garibay, el oficial más viejo de la guarnición, quien según la ley debía hacer las suplencias de virrey. Sus objetivos en esas fechas eran impedir que el trono español pasase a los Bonaparte, y que triunfaran los independentistas en Nueva España. El virrey fue llevado a Veracruz y embarcó para España el 6 de octubre de 1808. Cisneros, José Mariano Beristain y José Antonio de Cristo, fueron liberados a los pocos días. Francisco de Azcárate quedó recluido en su domicilio y luego estuvo preso en los Betlemitas hasta diciembre de 1811. Primo de Verdad y Talamantes fueron recluidos en cárceles de la Inquisición y del Obispado, y el 4 de octubre Primo de Verdad apareció muerto en su celda. Talamantes moriría un año más tarde, en mayo de 1809, en la cárcel de San Juan de Ulúa, de fiebre amarilla. José Antonio de Cristo fue privado de su cargo y sueldo.

Los “españoles” de la Real Audiencia, según órdenes recibidas de España, reconocieron la autoridad de la Junta de Sevilla y se negaron a que se constituyera una Junta en Nueva España.

Los Voluntarios de Fernando VII fueron desmovilizados el 15 de octubre de 1808. Para entonces habían llegado a ciudad de México granaderos y dragones profesionales, y sus servicios ya no eran necesarios.

Como reacción a las detenciones, los criollos independentistas se proclamaron entonces liberales.

Nueva España se declaró, en general, fiel a Fernando VII, tanto las ciudades y la Iglesia, como los indios. Incluso hubo procesiones cívicas con el retrato del rey. Y hubo ofrecimientos populares de dinero y hombres para luchar contra Napoleón. Todo cambiaría en el plazo de un mes, cuando se supo que España era aliada de los ingleses, los enemigos de los barcos mexicanos, y enemiga de los franceses.

Se enviaron tropas a Veracruz y víveres desde Puebla para abastecer a esas tropas. Y esto fue lo único que se notó en Nueva España: Hubo un pequeño declive comercial, no demasiado importante; seguían los enfrentamientos entre los inmigrantes que roturaban nuevas tierras y los indios que reclamaban en contra, pues las buenas tierras eran deseadas por todos, sobre manera por antiguos mineros fracasados y por cultivadores de tierras secas que emigraban a zonas más húmedas; Nueva Vizcaya (la zona seca de Durango, Sonora, Chihuahua, Arizona, Nuevo México, parte de Texas, y Cohahuila) no tenía sublevaciones de indios porque allí había emigración de blancos. De hecho los españoles necesitaban muy poca presencia militar en Nueva España, reducida a 3 compañías en San Juan de Ulúa, 1 batallón en Veracruz, algunos regimientos en Jalapa y un regimiento en Pensacola. Nueva España se defendía militarmente a sí misma mediante milicias, principalmente en Nuevo Santander y Nuevo León, para defenderse de ataques indios.

 

La política del virrey Iturrigaray era dispersa:

El 3 de agosto recibió a los delegados de José I, que llegaron primero. Pocos días después recibió a los delegados de la Junta de Sevilla.

El 9 de agosto de 1808, Iturrigaray reunió una asamblea o “congreso” de autoridades y corporaciones, unas 80 personas, considerada también como “Junta de Nueva España”. Intentó un gesto de conciliación nombrando a muchos criollos para cargos civiles y militares de la administración, a fin de evitar el enfrentamiento entre ellos. Iturrigaray propuso jurar al que más conviniese, y eso pareció inmoral a los presentes, sobre todo a Gabriel Yermo.

El 13 de agosto decidieron jurar a Fernando VII. Pero no reconocieron a la Junta de Sevilla, porque ya sabían que había más Juntas en España, sino que decidieron mantenerse independientes hasta ver en qué paraban los hechos en España. Iturrigaray seguiría mientras tanto como virrey. La razón de esta postura cauta, de espera, era que sabían que Azanza, que había sido virrey de Nueva España y ministro de Fernando VII, era de los que habían acudido a Bayona, lo cual les sugería que habría nuevos acontecimientos en España.

El 1 de septiembre se reunió otra vez al congreso de autoridades para vigilar que Iturrigaray no se declarase soberano. Y entonces los españoles se dividieron en dos bandos, y también los criollos se sumaron a los dos, cada uno según su criterio. Empezó la inestabilidad:

Gabriel del Yermo intentó sustituir a Iturrigaray y éste llamó al ejército. El 16 de septiembre, Yermo atacó el palacio virreinal y apresó a Iturrigaray, proclamó virrey a Pedro de Garibay, un militar septuagenario, el más antiguo del escalafón militar como correspondía legalmente, y arrestó a los dirigentes del Congreso: Primo de Verdad, Melchor de Talamantes, Azcárate y otros. Iturrigaray fue enviado a España.

 

 

Pedro Garibay.

 

El nuevo virrey interino, Pedro Garibay inició un gobierno de represión creando los “Voluntarios de Fernando VII” una milicia civil pagada del bolsillo de los comerciantes españoles, que defendía posiciones políticas conservadoras.

Los de la Junta de Nueva España, o Congreso, abrieron clubes liberales en México, Valladolid y Querétaro, organizando desde allí la oposición.

El 22 de enero de 1809 llegó orden de elegir un representante por cada Virreinato y cada Capitanía General para unas futuras Cortes que se debían celebrar en España. La representación de América resultaba miserable en estos términos, que no se aceptaron en ninguna parte. Los independentistas de Nueva España hicieron una proclama para establecer un Gobierno autónomo en nombre de Fernando VII, proclama anónima redactada por Julián de Castillejos.

En marzo de 1809 llegó a Veracruz la fragata Sapho, procedente de Río de Janeiro, con cartas de Carlota Joaquina pidiendo fidelidad a Fernando VII, pero nombrando al tiempo virrey a don Pedro, su hijo, nieto de Carlos III y sobrino de Carlos IV, ofreciéndose ella misma para ser Regente de España. Era una jugada de Carlota Joaquina para quedarse con toda América, si podía. Garibay no aceptó la propuesta de Carlota Joaquina.

Garibay creó una Junta Consultiva, retiró las tropas de Iturrigaray en Jalapa y cesó la movilización militar, intentando pacificar el país. Pero Garibay murió en julio de 1809.

 

 

Javier de Lizana.

 

Muerto Garibay, en julio de 1809 tomo el poder interinamente el arzobispo de México Francisco Javier de Lizana y Beaumont, que envió dinero a Sevilla y separó de sus puestos a los hombres de Garibay.

La Junta Suprema Central española aceptó como virrey de Nueva España a Francisco Javier de Lizana y Beaumont, arzobispo de México, un absolutista ultracatólico. La Junta Suprema Central pensaba que de esa manera se obtenía fidelidad a España y estabilidad social en Nueva España. Lizana había sido hasta hacía poco mediador con los hombres de la ideología criolla, los que reclamaban autogobierno municipal, pero defendía la nulidad de las Juntas, porque no habían sido instituidas ni presididas por el rey y por tanto no podían declararse soberanas.

Lizana se apoyaba en una nueva fuerza de Voluntarios, que reconstituyó en 1809 con nuevos regimientos que fueron conocidos como “chaquetas”, originariamente soldados levantados por Gabriel del Yermo. Estos soldados resultaron muy corruptos, lo que era lo menos conveniente para el momento crucial que se estaba viviendo.

El verano de 1809 fue muy seco y no hubo cosecha de maíz, lo cual perjudicó la posición del Gobierno mexicano de ese momento y preparó la revolución de 1810.

En septiembre de 1809, los criollos eran ya netamente independentistas, adjetivo que hemos utilizado indebidamente hasta aquí, para mejor comprensión de estas lecturas, pero que advertimos que no eran independentistas hasta estos días de 1809, o quizás un poco más tarde. Los nuevos líderes del independentismo eran José Mariano Michelena y José María García Obeso. Ambos fueron delatados a la Audiencia por el sacerdote Francisco de la Concha, y apresados.

Hubo una rebelión en Valladolid (Michoacán), Conjura de Valladolid, participando en ella el capitán José M. Obeso, teniente Michelena, teniente Mier, teniente Quevedo, cura Ruiz de Chávez, Luis Correa y el fraile franciscano padre Santa María, que pensaban en la necesidad de una junta criolla que les permitiera asumir el poder, pero fueron detenidos el 21 de diciembre de 1809. Fueron enviados a San Luis de Potosí, y acuartelados o enclaustrados, según el caso.

La Conjura de Valladolid fue un punto de ruptura entre la Audiencia y el arzobispo Lizana, pues la Audiencia pedía medidas contundentes contra los independentistas y Lizana creó la Junta de Seguridad y Buen Orden que le reservaba al virrey la justicia en estos casos. Lizana era partidario de la conciliación y el diálogo con los rebeldes, y ello le enfrentó definitivamente a la Audiencia. Como consecuencia, la Audiencia pediría la destitución de Lizana, cosa que se conseguiría en mayo de 1810.

A fines de 1809 tuvo lugar la Conspiración de Querétaro en la que estuvieron complicados un grupo de criollos independentistas como Ignacio Allende, Juan de Aldama y Miguel Domínguez. Los de Querétaro reclutaron en 1810 a Hidalgo porque querían sumar indios y castas a su causa. Los indios desconfiaban de los criollos tanto como de los españoles, o más todavía, pues los criollos eran sus amos y explotadores, y era difícil que se sumaran a una revolución criolla. Hidalgo podía poner a los indios del lado de los hacendados criollos. Allende dijo que había que engañar a los indios diciéndoles que iban a luchar para liberar al rey Fernando VII, e Hidalgo aceptó pensando que podía ser la ocasión de liberación de los indios. Hidalgo era miembro de una tertulia literaria que se reunía en casa del sacerdote José María Sánchez, en Querétaro, para preparar una liberación de México respecto a España.

El 20 de enero de 1810 se disolvió en España la Junta Suprema Central y se constituyó un Consejo de Regencia. La Audiencia de México aceptó al Consejo de Regencia español.

El 14 de febrero de 1810, los mejicanos fueron convocados a elegir diputados a Cortes, y el 16 de mayo se publicó dicha convocatoria en México. Esta vez América tenía derecho a elegir a 30 diputados, lo cual era tres veces más que la oferta de enero de 1809, pero todavía muchos menos de los que América esperaba. Nueva España podía elegir 7 diputados.

Hubo júbilo en Nueva España. Pero también la ocasión dio motivo para pensar en peticiones a las Cortes: Por ejemplo, Nueva Galicia pidió un Tribunal de la Acordada[5] como el de México. Fueron elegidos diputados Joaquín Pérez Martínez por Puebla (sería obispo de Puebla más tarde); Miguel Ramos Arizpe por Coahuila; José Miguel Guridi y Alcocer por Traxcala (era párroco); Mariano Mendiola Velarde por Querétaro.

En estos meses de 1810 se empezó a notar la crisis económica, pues desaparecieron los barcos de la España peninsular por donde salían las exportaciones. Llegaban algunos de Canarias, pero eran menos. También desapareció el comercio del Caribe al empezar las rebeliones de esclavos en Ahití y otros sitios, y la revolución en Venezuela.

En abril de 1810 se constituyó Junta independiente en Caracas, en mayo apareció la Junta de Buenos Aires, en julio la de Bogotá, en septiembre la de Santiago de Chile, y con ello empezó una nueva etapa en la independencia de América.

El arzobispo Lizana fue depuesto en mayo de 1810. Su sustituto, Francisco Javier Venegas Saavedra, no llegaría sin embargo hasta septiembre de 1810. Mientras tanto, en el intervalo, gobernó la Audiencia Gobernadora.

 

 

 

Guatemala.

 

El 24 de enero de 1809 surgió el primer síntoma de cambio en Guatemala: el Ayuntamiento denunció los vicios de un sistema opresor y cerrado, y pidió más democracia. Eligieron un representante para la Junta Suprema Central de España, entonces en Sevilla, que no llegó a ejercer porque la Junta Suprema había desaparecido y había sido sustituida por la Regencia. A continuación, los acontecimientos de 1810 les ofrecieron la posibilidad de tener seis diputados a Cortes, uno por cada provincia, y expresaron sus quejas como todo el resto de España: querían una monarquía constitucional, participación en los Gobiernos regionales y locales, representación proporcional igual a la peninsular, reformas legales varias, mejora del sistema impositivo, mayor libertad de comercio y la suspensión de estancos, monopolios y privilegios. La libertad de comercio era pedida por los terratenientes en la esperanza de dar salida a sus productos e incluso producir más, pero los comerciantes se oponían a esa libertad de comercio alegando que la superproducción arruinaría los precios y haría imposible colocar los productos en el mercado. En la práctica la contradicción no era tal como parece a primera vista, sino que la familia Aycinena, la más grande en latifundios y comercio, ganaba en cualquiera de las dos situaciones, pues con libertad de comercio esperaba crear una gran compañía comercial cuasi monopolista bajo su control, y con monopolio, tenía aseguradas sus ventas y precios. La contradicción sólo se producía para los hacendados menos ricos y comerciantes de menos poder que la familia Aycinena.

 

 

 

El Caribe.

 

En Puerto Rico era capitán general Toribio Montes y desde el primer momento se mostró partidario de Fernando VII. Su razonamiento era que no quería revueltas como la de Santo Domingo. La Junta de Sevilla le envió a Jáuregui y a Jovat, que llegaron el 24 de julio de 1808, y Toribio Montes declaró la guerra a Francia y juró a Fernando VII. El mismo día, por la tarde, llegaron los comisionados franceses y le informaron de las capitulaciones de Bayona, pero fueron rechazadas sus peticiones.

 

En Cuba, el marqués de Someruelos reconoció en La Habana a Fernando VII porque ello significaba orden público, y reconoció como soberana a la Junta de Sevilla. Declaró que los acontecimientos de Bayona eran una felonía. El Cabildo de La Habana le apoyó en todo. Con más información sobre España, el 22 de julio reconoció a la Junta de Sevilla, pero declarando que también La Habana se declaraba soberana. Kindelán, en Santiago de Cuba, reconoció a Fernando VII el 15 de agosto.

 

En Santo Domingo la situación era de guerra civil: el norte y el centro de la isla estaban dominados por el haitiano Dessalines, que arrasaba por donde pasaba. El general francés Louis Ferrand había recuperado el norte y había puesto como gobernador al general Kerversau, que decidió cerrar las iglesias y poner un obispo galicano francés, originando un conflicto mayor que el que se le encargaba amortiguar. Ferrand depuso a Kerversau y tomó personalmente el Gobierno y la dirección de la guerra. En esa guerra entre franceses y haitianos, muchos españoles y franceses decidieron marcharse a Cuba y Puerto Rico.

Desde Cuba y Puerto Rico se propusieron acabar con los franceses de La Española, Santo Domingo, enviando a Juan Sánchez Ramírez a reconquistarlo. El 7 de noviembre de 1808 sitiaron Santo Domingo capital, y la rindieron el 11 de julio de 1809. Estaban ayudados por los británicos, que apoyaban con su flota. Tras el triunfo, los británicos pidieron una indemnización y se les pagó en caoba, unos cañones arrebatados a los franceses y unas campanas. Sánchez Ramírez se quedó como gobernador en nombre de España y de Fernando VII.

 

 

[1] Juan Francisco de Azcárate y Lezama, 1767-1831, era abogado desde 1790. En julio de 1808, al conocer las noticias de mayo en España, fue partidario de reforzar la autoridad del virrey en espera de acontecimientos, pero no de acatar la autoridad de las Juntas constituidas en España. Fue encarcelado por los “españoles” en 1808. Se posicionó en contra del levantamiento de Hidalgo de septiembre de 1810, y de la violencia como método político. En diciembre de 1811 fue excarcelado. En 1821 fue miembro de la Junta de la Junta Suprema Gubernativa promovida por Agustín de Iturbide y en 28 de de septiembre de 1821 fue uno de los firmantes de la Independencia de México. Propuso la abolición de la esclavitud y del comercio de esclavos, pero esa medida no se aprobó en México hasta septiembre de 1829. En 1822 se encargó de las relaciones exteriores mejicanas, y negoció con Joel Roberts Poinsett las fronteras con Estados Unidos.

[2] Francisco Primo de Verdad y Ramos, 1760-1808, era un intelectual que había leído a los ilustrados franceses y británicos. En 1808 era síndico del Ayuntamiento de México.

[3] Gabriel Joaquín de Yermo de la Bárcena, 1757-1813, era un vasco propietario de dos plantaciones azucareras en el Valle de Cuernavaca (Estado de Morelos) y de la hacienda Jalmolonga, comprada a raíz de la expropiación a los jesuitas. Era partidario de liberar a los esclavos, y lo hacía en sus fincas. En 1808 se hizo cabeza de los “españoles”, y apresaron al virrey Iturrigaray y al alcalde Juan Collado, sospechosos de ser afrancesados, y decidieron que asumiera las funciones de virrey el militar Pedro Garibay. Lucharon contra los independentistas, les detuvieron y eliminaron. En 1812 colaboraron en levantar un ejército contra los insurgentes, pero el apoyo al grupo de españoles desapareció al morir Gabriel de Yermo en 1813.

[4] Ana Lilia Pérez Márquez, en Milicia Urbana: Los Patriotas Voluntarios Distinguidos de Fernando VII de la Ciudad de México (1808-1820), Memoria de licenciatura, septiembre de 2004.

[5] El Tribunal de la Acordada fue permitido por Felipe V a instancias de los virreyes de Nueva España, a fin de combatir el crimen. Se inició en 1719. En esencia era un Juez ambulante, elegido por el virrey como cargo de confianza, que perseguía a los delincuentes, ladrones y salteadores de caminos y domicilios, les juzgaba sumaria y brevemente, y ejecutaba toda clase de penas corporales, incluso la de muerte, no dando cuenta a la Real Sala de la Audiencia hasta después de las ejecuciones. Funcionó hasta 1813. (fuente: Alicia Bazán Alarcón, El Real Tribunal de la Acordada y la Delincuencia en Nueva España)

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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