EL MOMENTO CRÍTICO EN LA INDEPENDENCIA DE AMÉRICA,

DE 1808 a 1810.

 

 

 

Los planes de Napoleón.

 

Napoleón tenía preparada la campaña de España y Portugal desde hacía tiempo. Y en esos planes estaban incluidos los territorios americanos de ambas Coronas. Por ejemplo, en 1802, ya había propuesto a Carlos IV entregarle el ducado de Parma a cambio de la costa norte del Golfo de México. También se quedó con la Louisiana en 1801, aunque no pudiera defenderla de los británicos y decidiera abandonarla en 1803. Cuando envió a Joaquín Murat duque de Berg, en calidad de “lugarteniente general del reino” nombrado por Carlos IV, a ocupar las vías de acceso a Madrid, en 27 de abril de 1808 éste le envió una carta para notificar que se había entrevistado con O`Farril y con Azanza, y les había hablado de la voluntad de Napoleón de imponer a José Bonaparte, de hacer una reforma semejante a la francesa, de los éxitos que esa misma reforma estaba teniendo en Italia, y del venturoso futuro español una vez que la política estuviera saneada por obra de Napoleón. Eso demuestra que el plan de Napoleón estaba en marcha desde el momento en que éste puso el pie en Italia, y el plan era mucho más amplio que ocupar la península de los Apeninos.

El plan, sufrió algunas adversidades y hubo de ser redefinido sobre la marcha. En 1798, Napoleón fue sobre Egipto y Siria, con la idea de adueñarse de las comunicaciones entre Asia y Europa, y debilitar así a Inglaterra en su comercio colonial del este. En 1799 dio por fracasada la expedición, aunque los franceses se mantuvieran en Egipto dos años más. El dominio de las colonias orientales era parte del plan, y la otra parte era el dominio de las colonias occidentales, América. En 1804, las flotas francesa y española fueron hundidas en Trafalgar, cerca de Cádiz, y con ello se perdió la posibilidad de proteger a los barcos franceses en la travesía del Atlántico y de bloquear el paso a los barcos británicos. La segunda parte del gran plan de dominio colonial estaba fracasando. La tercera parte del plan Napoleón era adueñarse de Europa, para lo cual no dudó en casar se con la heredera de Austria y hacer la guerra a Rusia. La invasión de España y Portugal encajaba en todas las partes del plan.

Los planes de Napoleón, a grandes rasgos, eran a partir de 1806:

Imponerse en Europa Central, dominando el comercio europeo, lo cual implicaba el bloqueo a Inglaterra, que se impuso por los decretos de Berlín de 21 de noviembre de de 1806 y de Milán de 17 de diciembre de 1807. Por esos decretos, se prohibía el comercio con Inglaterra, se confiscaban las mercancías de los barcos ingleses, y se consideraba enemigo todo barco que hubiera tocado puerto inglés.

Cerrar el comercio europeo a los británicos mediante el bloqueo continental, que comprendía la fortificación de las costas portuguesas, españolas, francesas, belgas, y la ocupación de Dinamarca (que cerraba el paso al Báltico), y de España y Portugal (que cerraban el paso al Mediterráneo).

Tomar el mercado americano, vital para los comerciantes e industriales franceses. Éste era un tema delicado, pues si las “colonias españolas” se declaraban independientes, pasarían a estar bajo la protección de Inglaterra, y acabarían en la órbita británica o la estadounidense. La solución era que permanecieran ligadas a España y Portugal, dominar la Península Ibérica, y exigir fidelidad a la nueva dinastía napoleónica que pensaba poner con José I. La huida de la Corona portuguesa a Brasil no le convenía, y la marcha de la realeza española podría ser todo un fracaso. Napoleón se atrajo a la familia real española, y envió unos 32 agentes a América para tranquilizar a los americanos sobre los sucesos españoles, asegurándoles que los franceses eran amigos de España y que la intervención francesa en España era ventajosa para ellos.

El segundo y el tercer punto, requerían la ocupación de la Península Ibérica, pero no como objetivos finales, sino como medios para objetivos de más calado. El reparto de los territorios portugueses peninsulares era una anécdota más en la historia, como solían serlo los territorios italianos.

En el Tratado de Fontainebleau, aparecían unas palabras sorprendentes por lo poco que sabemos del tema y lo mucho que sospechamos: se reconocía a Carlos IV como “emperador de las dos Américas”. Ello nos recuerda el proyecto de Aranda, retomado por Godoy, por el que se había de dividir América entre los infantes españoles, formando reinos asociados al servicio del emperador de América, que sería un rey español. Si más tarde, el rey de España y Portugal fuera un hombre de Napoleón, la toma de América se habría hecho por una vía sencilla y efectiva.

Napoleón tenía como contactos en América: a Enrique de Liniers, asentado en Buenos Aires al amparo de su hermano, el virrey Santiago de Liniers; a Santiago Antonino y a Alejandro Ducros, enviados a Río de la Plata; al coronel Francisco Antonio Cabello en Perú, luego sustituido por Escobar; a Francisco Raimundo Dupont (castellanizado: De Pons) vecino de Puerto Príncipe, que pasó a Caracas en 1801; a Ouvrard, agente de la Compañía de Negociantes Unidos, encargado de cobrar a España, desde 1803, el subsidio anual para que Napoleón atacase a los británicos (Ouvrard tenía un hermano afincado en México; a Víctor Hugues, comandante de la Guayana, que quedó encargado de informar adecuadamente en Tierra Firme, Puerto Rico, La Habana, México y Florida, y fue quien envió el bergantín Rapide a Veracruz y el Phoenix a Guadalupe para informar de las abdicaciones españolas; a Manuel Rodríguez Alemán y Peña, que fue enviado a Nueva España, pero fue ahorcado en La Habana al ser descubierto; a Juan Gustavo Nordingh de Witt, enviado a México, donde fue ahorcado el 9 de noviembre de 1810; a Antonio de Villavicencio, con la misión de ir a Santa Fe de Bogotá, quien más tarde fue sustituido por Pinillos; a Escobar, enviado a Lima. Y otros más, citándose en los libros especializados hasta 32 delegados de Napoleón. Intentó captar a generales españoles, a veces sin éxito, nombrando a Gregorio de la Cuesta virrey de México, y a Vicente Emparan capitán general de Venezuela. Un gran colaborador en la empresa napoleónica fue Miguel José Azanza, quien entregó al embajador francés, La Forest, siete paquetes de cartas, en las que recomendaba a los dirigentes latinoamericanos la aceptación de José I.

Cada comisionado de Napoleón iba acompañado de un natural de la tierra de destino, que probaba a sus conciudadanos que era verdad lo que comunicaban, y trataba de inspirar confianza. Su mensaje, además de comunicar las abdicaciones de Bayona, hablaba de la constitución de Bayona y de la libertad y prosperidad que la unión con Francia significaría.

Junto a estos agentes, Napoleón envió algunos fusiles, municiones, y soldados, en goletas, briks, faluchos, avisos, fragatas y bergantines, por si hacía falta su apoyo en algún momento concreto, y a la espera de la llegada posterior de una escuadra, que debía realizar el proyecto, y que mandó preparar efectivamente el 19 de agosto de 1808 para hacer una primera intervención contra Brasil. Esta escuadra no llegó a salir. Los agentes de Napoleón volvieron con las malas noticias de que unos delegados napoleónicos eran ajusticiados, y otros rechazados en sus propuestas. La idea de Napoleón de que los americanos sufrían bajo el yugo español y estaban implorando una intervención extranjera para liberarse de los españoles, era falsa. Los americanos eran españolistas los unos, e independentistas los otros, pero no estaban dispuestos a entregarse a otra potencia europea.

La conclusión es que Napoleón tenía muy preparado el verdadero objetivo respecto a los países hispanos, y que la toma del poder en España y Portugal era sólo un medio hacia el objetivo final, el dominio de los imperios, español y portugués.

España, para Napoleón, era mucho más que lo poco que hoy solemos entender, la península Ibérica menos Portugal. El proyecto España era la totalidad de la península Ibérica, más sus posesiones americanas. Y las posesiones americanas eran la parte substancial de los deseos franceses. Aunque, ciertamente, el modo de adueñarse de ellas, era implantar un soberano adicto a Napoleón en España y Portugal.

Para dar el paso previo, la toma de España y Portugal, era preciso que los puertos americanos no enviaran recursos a las Juntas españolas, o a cualquier núcleo de resistencia que se formara, pues Napoleón no podía prever cómo iban a resistirle. También era importante que los americanos no se entregaran a los británicos, pues el objetivo final se perdería con ello. Napoleón esperaba una victoria rápida sobre España y Portugal, lo necesario para vencer al populacho que seguramente se pondría a saquear los palacios y organizar desórdenes varios. En los planes de Napoleón, las autoridades debían resistir el tirón del motín popular, y todo acabaría en pocos meses. Francia sería la gran potencia económica de Europa, y pronto dominaría a Inglaterra y al resto del continente. Y tras ello, caerían las colonias.

 

 

La intervención de la Junta de Sevilla.

 

La Junta de Sevilla hizo algo parecido a lo que estaba haciendo Napoleón, pero para que reconocieran como soberano a Fernando VII. Sus instrucciones decían: que debían prometer la conservación de los empleos a quienes ya los ocupaban; que debían decir que protegerían la religión católica, conservarían la jerarquía existente, y mantendrían sus derechos y privilegios; que se continuaría la política de pago de pensiones y retiros; que se fomentaría la agricultura y el comercio, con precios más baratos a los productos de importación y ventas más ventajosas en la exportación.

Fue la Junta de Sevilla la primera en darse cuenta de la importancia de estas embajadas a América. El responsable de ello fue Francisco de Saavedra, tal vez porque había sido Secretario de Despacho de Estado, y antes había sido intendente en América. En primer lugar, tituló a la Junta, “Junta Suprema de España e Indias”, lo cual quería decir que era soberana (suprema en el lenguaje de la época), y que su autoridad alcanzaba también a las Indias. En segundo lugar, se puso en contacto con los mercaderes de Sevilla y Cádiz, pues todos los grandes comerciantes americanos tenían hombres en estos puertos, para que transmitieran el hecho de la constitución de la Junta, y la victoria de Bailén sobre Napoleón. Los agentes de la Junta de Sevilla se presentaban como defensores de la tradición y la continuidad, de las viejas leyes, de la religión católica, de las costumbres viejas honestas, que era lo que los americanos querían oír, y añadieron que eran enemigos de Godoy, el cual era odiado allí por las subidas de impuestos, y enemigos de Napoleón.

 

La primera batalla de esta campaña diplomática americana, la rapidez para ser los primeros en dar a los americanos la versión conveniente, la perdieron los comisionados de Napoleón: se detuvieron en Valladolid (España) una semana, y luego pararon en Astorga y en La Coruña. Las causas no se debieron a los comisionados, sino a que se les cambiaron las órdenes sobre la marcha: las primeras órdenes eran dar conocimiento de los hechos y pedir el reconocimiento de José I. Más tarde se les encargó promover alzamientos contra los virreyes y gobernadores que no aceptaran a José I. Luego se decidió comunicar también los hechos a los Estados Unidos, para que no interfirieran. El resultado fue el retraso de la operación francesa y el fracaso generalizado posterior. América optó por permanecer fiel a Fernando VII. Incluso los agentes que Napoleón había enviado desde Bayona fueron más eficaces y llegaron antes que los enviados desde España, pero su procedencia francesa y falta de representación respecto a España, les hizo fracasar. El marqués de Sassenay llegó enseguida a El Plata y creyó que sería fácil persuadir al francés Liniers, pero los americanos optaron por la cautela, y cuando supieron más noticias, optaron en general por Fernando VII.

Las autoridades americanas guardaron el secreto de lo sucedido en España mientras pudieron, que fue todo el mes de julio de 1808. Cuando llegaron los delegados franceses, argumentaron que tenían que consultar a la Junta de Regidores y Oidores antes de decidir reconocer a José I, y ganaron tiempo.

 

 

Evolución política en 1808.

 

Napoleón tenía preparada una segunda jugada política para ganarse a los españoles y los latinoamericanos: el 12 de mayo de 1808 propuso convocar Cortes para proponer un nuevo rey, y la Asamblea se reunió en Bayona el 15 de junio. Estaba respetando la legalidad más estricta a fin de que los españoles liberales y los americanos aceptasen la dinastía Bonaparte. Las abdicaciones de Bayona, tercera jugada política, completaban el aspecto de legalidad.

La Junta Central Suprema Gubernativa de Floridablanca (Junta Suprema Central) trató de sustituir a los mandatarios nombrados por Godoy para América, porque los consideraba conflictivos, y quizás enviados para preparar el terreno a una división de América en reinos según viejos proyectos de Aranda y Godoy. También trató de frenar al Consejo de Castilla, que aspiraba al Gobierno y regencia de España e Indias. Y se valió de la incapacidad mostrada por las distintas Juntas provinciales para hacer frente por sí mismas a Napoleón, lo cual le permitió enviar una circular invitando a todas las Juntas a unirse a la Junta Suprema Central. Murcia aceptó el 22 de junio y pronto se adhirieron las demás. Pero no quedaba claro quién gobernaría y mediante qué órganos de gobierno. Cuesta y Jovellanos querían una Regencia, pero otros querían unas Cortes, que debemos entender como conservadoras y tradicionales españolas. Los primeros eran absolutistas, los segundos son tenidos por liberales, aunque es dudoso en algunos casos.

Floridablanca y Jovellanos eran los hombres de más prestigio entre los patriotas españoles, pero ambos personajes disentían en el concepto que había de tomar la sublevación contra Napoleón. Prevaleció Floridablanca. Y Floridablanca quería un Estado único y uniforme, por supuesto monárquico.

El 1 de enero de 1809 se hizo un Reglamento para el Régimen de las Juntas, firmado por la Junta Suprema Central, que todos los historiadores atribuyen a Floridablanca, aunque éste hubiera muerto en 30 de diciembre anterior. Este reglamento pretendía un Gobierno sólido y centralista, con representantes de todas las Juntas o Reinos, gobernando en nombre de Fernando VII. Las Juntas dejarían de llamarse “supremas” (soberanas), para ser simplemente Juntas Superiores Provinciales. Se limitarían a cobrar contribuciones extraordinarias, donativos, y a hacer alistamientos, requisas de caballos y de armas… El Reglamento fue fundamental a la hora de determinar que las Juntas no eran soberanas, y que la situación no podía dar lugar al renacer de los antiguos reinos, lo que hubiera pasado si convocaban Cortes cada una de ellas.

El 22 de enero de 1809, seguramente también obra del fallecido Floridablanca, se hizo un decreto ordenando la situación política de Indias: se declaró que las Indias no eran colonias o factorías, sino parte integrante de la monarquía española, con derecho a representación nacional, y a constituir parte de la Junta Suprema Central, como las demás Juntas españolas, teniendo derecho a elegir sus diputados correspondientes. Este decreto era incompleto: no decía cuál era el régimen jurídico de las tierras americanas, y ello era importante porque nunca en la historia se había definido tal cosa. Sólo se decía que no eran colonias, y más tarde se hicieron referencias a Indias hablando de reinos americanos, lo cual era usual en España peninsular para referirse a las diferentes regiones españolas.

El decreto de 22 de enero de 1809 pedía un representante de cada virreinato (Nueva España, Nueva Granada, Perú y El Plata) y uno de cada Capitanía General (Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Chile, Venezuela y Filipinas), para constituir la Junta Suprema Central. Eso significaba 10 vocales americanos para la Junta Suprema Central. Pero no sólo participaban los americanos en la Junta suprema, sino que también tendrían seis diputados en el Consejo de Estado, con voz consultiva en los asuntos tocantes a sus reinos.

Con esta decisión de la Junta Suprema Central, aparecieron varias versiones de lo que se entendía por monarquía española:

La visión europea de América era la más distinta: en Bayona siempre se llamó “colonias” a los reinos americanos y el tema se trató como territorios a dominar por Francia; en Gran Bretaña se hablaba de colonias españolas en las que introducir el libre comercio.

América siempre defendió la singularidad de cada reino de la Corona española, y el derecho de cada uno a organizar su futuro, aunque reconociesen la soberanía española.

España defendía la unidad de las Juntas, sometidas a un Gobierno Central único y se olvidaba del tema americano, demasiado complejo para ser abordado en medio de una guerra.

La discrepancia entre América y España fue a más con el tiempo, y acabó en que los americanos aceptaran la idea de independencia completa de los distintos territorios americanos, sin ningún reconocimiento de la soberanía española.

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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