REBELIONES AMERICANAS ANTERIORES A 1808.

 

 

Como resultado de los errores de la política española de segunda mitad del XVIII, y como fruto de las contradicciones que sobrevienen a cualquier cambio de modelo económico, Hispanoamérica estaba descontenta, y poco a poco fue atribuyendo sus males al trato que recibía de España.

El descontento de América se mostró claramente, en la subida de impuestos de 1793 y esa subida se debía a los gastos militares de Godoy y de las guerras contra Inglaterra, de la práctica quiebra de Hacienda española, que necesitaba ingresos urgentes.

Pero las causas profundas que estaban generando descontento eran otras:

El librecomercio, que interesaba a los comerciantes, pero arruinaba a los productores, pues al no limitar la producción, no tenían asegurada la venta de las cosechas y ganados, ni tenían asegurado el precio.

El que los criollos estaban siendo excluidos en toda América de los altos cargos de la Administración y de la Iglesia. Las grandes familias criollas dominaban los cabildos, cuyos oficios eran vendibles y renunciables y siempre estaban por tanto en manos de las grandes familias. El Gobierno español no quería que los otros cargos se convirtieran en patrimonio familiar de algunas familias, y preferían a españoles, que debían cesar al término de su mandato.

El Estado español pidió el envío a España de los fondos de la Iglesia, y ésta se vio obligada a cancelar hipotecas a los americanos, para enviar dinero a España, desapareciendo mucho capital para préstamos. La Iglesia era una gran prestamista en América. El pueblo bajo sintió la pérdida de esos fondos de préstamos, y los clérigos católicos no dejaron de hacer propaganda en contra del Estado español.

El empobrecimiento general de las clases pobres se debía a su crecimiento demográfico y división de las escasas tierras de la propiedad familiar en cada vez más pequeñas parcelas.

 

 

Los problemas en Nueva España (México).

 

La tierra se concentró en pocas manos a partir de 1750, pues el comercio y las minas dieron salida a cada vez más productos, se mecanizaron las grandes minas y se arruinaron las pequeñas y apareció el adinerado que podía comprar y que, normalmente, invertía en tierras. Muchos de los inversores en comercio eran terratenientes, que ampliaban sus propiedades. También la Iglesia adquiría más y más bienes.

Los precios de los productos corrientes subieron a finales del XVIII y principios del XIX, de modo que una fanega de maíz valía 56 reales en 1810 cuando el jornal diario estaba en 1,5 reales. Los pejugaleros (dueños de una pequeña parcela) y peones (jornaleros) no podían comprar producto alguno y se subsumieron en economías de subsistencia. A medida que los indios y mestizos se arruinaban, los terratenientes y la Iglesia les compraban sus fincas e incrementaban el latifundio.

En 1763-1765, hubo sublevaciones por las subidas de impuestos.

En 1767, hubo sublevaciones en las que mezclaban las quejas por las subidas de impuestos, la carestía de vida y la expulsión de los jesuitas, en Guanajuato y San Luis de Potosí. En el fondo, siempre hemos de considerar la pobreza del minifundista.

Pero el Gobierno de España no se había desentendido completamente de sus obligaciones:

En 1781 se había creado la Real Academia de San Carlos de la Nueva España, como centro de bellas artes. Sus profesores fueron de poca altura, poco valorados en la Real Academia de San Fernando de Madrid. Rafael Ximeno y Planes trató de revitalizar la academia llevando copias de modelos clásicos como los madrileños o italianos, y enseñó a dibujar, pero faltaba un tanto para obtener calidad de pintura. Luego entraron los políticos nacionalistas, que cambiaron de nombre a la Academia para llamarla “Academia Nacional de San Carlos”, y su revolución consistió en echar a los españoles y buscar artistas europeos, no españoles, que dirigieran y enseñaran. En 1825, murió Ximeno y la academia decayó. Buscaron maestros italianos, pero los italianos de prestigio no querían ir a México, y además Italia ya no era puntera en el arte, como lo había sido hasta el XVII. Más utilidad tuvo el pensionar a algunos jóvenes mexicanos para ir a Roma. En 1847 la academia se reabrió y, ya pasadas las iras independentistas, eligieron como profesor al español Pelegrín Clavé (1811-1880), que hizo muchos retratos, pintó temas históricos españoles relacionados con América, e hizo trabajos de tipo religioso, a los que los mexicanos eran muy aficionados.

En 1789, la decretada libertad de comercio (limitada a poder comprar buques en el extranjero y organizar sus propios envíos comerciales) acabó con el monopolio de la línea Ciudad de México-Cádiz y los precios de exportación-importación bajaron, perjudicando a los propietarios agrícolas y mineros, pues muchas minas dejaron de ser rentables. Algunos mineros desistieron de su negocio de la mina para comprar tierras o dedicarse a las finanzas, que les parecían más seguros. Empezó una situación de inestabilidad. La intención de modernizar la economía chocó con los inconvenientes de todo cambio de modelo económico y social, pero eso, en sí mismo, no puede ser considerado un error de España. España trataba de poner al día las relaciones comerciales y avanzaba hacia el liberalismo. El error estaba más bien en no proteger a los más perjudicados en esas reformas.

En 1791 se creó el Real Consulado de Guadalajara, al oeste de la ciudad de México, ya en la costa, que actuaba completamente desvinculado de la ciudad de México, y Guadalajara estableció relaciones comerciales con Saltillo (Nuevo Santander), Tapia, Colima y Arizpe (costa del Pacífico), Acapulco y galeón de Manila, a través del puerto de San Blas (Nayarit). También puso servicio de diligencias a ciudad de México. Comerciaba con índigo y cáñamo. Fernando de Abascal fue Intendente de Guadalajara antes que virrey de Lima. En 1810 el Intendente era José de la Cruz, y el auge económico continuaba.

Fueron los nuevos cambios, los que afectaron a las clases altas de criollos, los que trajeron dificultades más graves a España:

En 1794 hubo una primera sublevación de criollos, todavía sin importancia y sin consecuencias.

En 1799 hubo una segunda sublevación de criollos contra el gobierno de los españoles. La chispa había empezado en el Cabildo de Ciudad de México, en el que había 15 regidores perpetuos criollos, ya que sus familias habían comprado los cargos de antiguo.

Las rentas obtenidas por España en México eran muy importantes, pues a fin del XVIII se elevaban a 14,7 millones de pesos: de ellas, 4,5 millones se gastaban en la administración de México, 4 millones en el Caribe y Filipinas, y todavía quedaban 6 millones que ingresaban en el Tesoro español. Pero no hubo demasiados problemas hasta que España aumentó sus exigencias, a partir de 1804, en teoría para construir una flota, que sería hundida en Trafalgar, y para gastos de guerra de años posteriores.

La Iglesia y los empresarios mexicanos se vieron muy afectados por la política española a partir de 1804:

La Iglesia se sintió gravemente lesionada en sus intereses cuando España exigió más dinero. España exigió que los mexicanos tomasen deuda del Estado por unos 44,5 millones de pesos, destinados a la “Caja de Consolidación de los Vales Reales”. Y el gran perjudicado era la Iglesia, pues era el gran prestamista. La Iglesia se sintió “ultrajada”, a pesar de que los Borbones habían pactado previamente con el Papa esas operaciones de financiación. El dinero que la Iglesia prestaba a particulares, debía, en 1804 y años siguientes, pasar a constituirse en deuda pública a interés reducido.

Los empresarios debían suscribir también deuda del Estado y sufrían lo mismo pero no tenían tanta influencia como la Iglesia o no estaban todavía organizados.

El obispo de Michoacán, Fray Antonio de Miguel, y el obispo electo Manuel Abad y Queipo comenzaron a pensar que los males de los indios no radicaban sólo en las heladas y las sequías, sino más bien se debían a la mala distribución de la tierra. Para todos era obvio que los ricos hacían gran ostentación de riqueza. Sin embargo, no veían la contradicción de que la Iglesia tuviera ricas iglesias y palacios episcopales, fincas urbanas y rústicas, administraciones de capellanías al 5% de interés, rentas de tierras, rentas de préstamos a terratenientes y empresarios, además de las anualidades, diezmos y casuales. La Iglesia no era capaz de ver por qué sus ministros no padecían tanto las epidemias como los indios. Era preferible culpar al Estado. Ninguno estaba dispuesto a dar de lo suyo, y todos esperaban que “España” lo solucionase. La Iglesia veía como un ultraje la política ilustrada desamortizadora y se sumaba a extender el descontento contra la Administración de España.

El obispo Abad y Queipo viajó a España a dar cuenta de la trascendencia de la medida tomada por España en México. Godoy insistió en la necesidad de dinero que tenía España.

Era virrey desde 1802 (posesión en 4 de enero de 1803), José Joaquín de Iturrigaray Aréstegui, hombre de confianza de Godoy. Y estaba aplicando las reformas que Godoy le ordenaba. El virrey cargó con culpas ajenas ante la opinión pública, y entonces se hizo patente que también tenía asuntos sucios entre manos: El virrey Iturrigaray sería más tarde, en tiempos del absolutismo, y del triunfo de la Iglesia con ello, juzgado y condenado por corrupción. Era corrupto en el sentido de que tenía montado un negocio particular de importación de ropa de contrabando, que llegaba a Veracruz desde Europa, y vendía como negocio propio. Las acusaciones de corrupción sobre los españoles, que habían sido nombrados para que la corrupción no se instituyera en manos de las familias criollas, eran demoledoras para el prestigio español.

Que la corrupción debía ser grande y afectaba incluso a los jueces, lo prueba que fuera juzgado en primera instancia y encontrado inocente, y que fuera juzgado años más tarde en Juicio de Residencia, en tiempos del absolutismo, y encontrado culpable. Tampoco es generalizable que todos los virreyes fueran corruptos, pero sí se extendió la imagen del virrey corrupto, aireada por los independentistas.

Los españoles de México se dividieron en dos bandos, los que estaban del lado de los criollos y la Iglesia mexicana, entre los que estaba el virrey Iturrigaray, y los que pensaban que España tenía todo el derecho a cobrar impuestos nuevos y poner en venta tierras de la Iglesia.

En 1807 en Nueva España se estaban negociando los límites de Nueva España con Luisiana, pues el sur de Texas, Nueva León y Tamaulipas eran consideradas españolas e integrantes de las provincias de Nuevo Santander al este, Coahuila en el centro y Nueva Vizcaya en el oeste. Por el contrario, Estados Unidos alegaba que eran tierras abandonadas, desiertas, que habían sido ocupadas por norteamericanos. Negociaba desde Nueva España Fray Melchor de Talamantes[1], muerto en 1809, y a partir de esa fecha negoció el padre Picardo. A Washington fue enviado como embajador plenipotenciario en 1809 Luís de Onís[2]. Los americanos utilizaron una táctica muy “diplomática” en esta negociación, que fue dilatar al máximo las negociaciones, de modo que no reconocieron al negociador de España Luis de Onís hasta 1814 y así ganaban tiempo para que más y más americanos ocuparan la tierra, exigiendo más en cada negociación, lo cual llevaba a dilatar más el proceso y así sucesivamente. Hasta 22 de febrero de 1819 no se llegó al acuerdo John Quincy Adams-Luís de Onís, cediendo Florida a cambio de que los estadounidenses no atacasen Texas, Nuevo México y California.

En septiembre de 1808 cambió el virrey. El Virrey en 1809, obispo Lizana, y la Junta Suprema Central en 1809 suspendieron el decreto de obligar a suscribir deuda. Para entonces los mexicanos habían entregado ya 12 millones de pesos, y este dinero estaba ya en España. México fue dañado gravemente en su economía. La Iglesia católica había iniciado un movimiento de desconfianza hacia España.

 

 

 

Los problemas en Centroamérica.

 

Desde 1568, los dos grandes centros administrativos centroamericanos eran México y Guatemala. México lo hemos tratado aparte por su volumen de acontecimientos.

En 1786 se introdujeron las Intendencias en Centroamérica: Guanajuato, México, Guadalajara, Yucatán, Oaxaca, Durango, San Luis de Potosí, Michoacán, Zacatecas, Puebla, Veracruz, Sonora, Chiapas, Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua (que comprendía el territorio de Costa Rica).

Los Intendentes se ocupaban del gobierno general de su territorio, de modo que abarcaban temas de justicia, guerra, hacienda y policía. En lo militar, cuidaban de las instalaciones militares y fortificaciones, así como de las necesidades de la fuerza armada. Tenían cierta autonomía administrativa, financiera y militar, y fueron el germen de futuros Estados. Las Intendencias no eran auténticas autonomías, sino que el Gobierno seguía centralizado en el Virrey, pero iniciaban el camino hacia esa idea.

La Intendencia de Guatemala era gobernada por un Presidente y Capitán General residente en Nueva Guatemala de la Asunción[3], y gobernaba sobre nueve jurisdicciones: Totonicapán, Quezaltenango, Suchitepéquez, Sololá, Chimaltenango, Sacatepéquez, Escuintla (en el Pacífico, al oeste de la ciudad de Guatemala), Chiquimula y Verapaz-Petén.

La Intendencia de Chiapas tenía las jurisdicciones de Ciudad Real, Tuxtla (centro) y Soconusco (sur).

La Intendencia de Honduras tenía las jurisdicciones de Comayagua y Tegucigalpa, ambas en las alturas de la sierra en el centro del istmo.

La Intendencia de Nicaragua estaba volcada hacia la costa del Pacífico y tenía las jurisdicciones de Realejo, León (para blancos de la región de Managua), Subtiaba (para indígenas de la región de Managua), Matagalpa (centro de Nicaragua), y Nicoya (hoy en Costa Rica). En teoría el intendente gobernaba también en Costa Rica, pero esta región tenía un régimen especial por la presencia de los británicos.

La Intendencia de El Salvador tenía las jurisdicciones de Sonsonate y San Salvador. Eclesiásticamente dependía del obispado de Guatemala, pero reivindicaba obispado propio. Con el sistema de intendencias, El Salvador se independizó de la jurisdicción de Guatemala.

 

En plena crisis de adaptación al librecomercio, llegó una plaga de langosta que arrasó el añil durante varios años. Ello fue importante porque Venezuela y La India captaron los mercados del añil, que nunca volvieron a recuperarse para Centroamérica. Los precios bajaron mucho y los agricultores echaron la culpa de ello a los comerciantes. Guatemala y El Salvador fueron los más perjudicados en la crisis del añil.

 

Guatemala era la capital del sur de Centroamérica, la competidora de México, al norte de la región. Era el arzobispado del que dependían los obispos de Chiapas, Camayagua (Honduras), y León (Nicaragua y Costa Rica). En 1795 había conseguido consulado propio, el Real Consulado de Comercio de Guatemala. La Capitanía General de Guatemala comprendía las regiones de Chiapas, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica.

La Capitanía de Guatemala tenía a principios del siglo XIX cerca de un millón de habitantes, de los que 646.000 eran indios, 313.000 pardos y negros y tan solo 40.000 blancos. Guatemala tenía 480.000 habitantes, El Salvador 195.000, Chiapas 105.000, Honduras 100.000, Nicaragua 85.000 y Costa Rica 35.000. La ciudad de Nueva Guatemala tenía en 1820 entre 25.000 y 30.000 habitantes.

Eran indios los descendientes de indios o de madre india que permanecían en territorios propios de los indios. Los hijos de español e india que permanecían junto a su padre, eran considerados blancos, y si vivían con su madre en la comunidad indígena eran tenidos por indios. Los indios que salían del territorio indio, a la segunda o tercera generación eran considerados ladinos o mestizos, una categoría social de los que no eran considerados blancos ni indios. A esta categoría social de ladinos, se fueron añadiendo por similitud los grupos más pobres: los blancos empobrecidos, los negros y mulatos pobres.

La realidad era que sólo era posible identificar como de su raza a los blancos e indios, pues el resto de mezclas raciales era complejo y podían ser pardos, mulatos, negros, castas, mestizos, mezclas… Es decir, se utilizaba el término ladino para hablar del sector intermedio entre blancos, sector social alto, e indios, sector social más bajo. Los blancos menospreciaban a los ladinos, y éstos menospreciaban a los indios.

Los blancos eran ricos y se dedicaban al comercio, eran grandes propietarios agrícolas y dominaban los Cabildos. Los españoles y descendientes de españoles (criollos), así como la clase de los comerciantes ricos, constituían la clase dirigente. Los españoles eran muy pocos, y la mayoría de los dirigentes eran comerciantes.

Los criollos eran más bien latifundistas. Los españoles peninsulares, detentadores de los cargos altos de la administración, eran odiados por los españoles americanos, llamados criollos, pero ambos grupos se necesitaban mutuamente para ser fuertes ante ladinos e indios. Los españoles peninsulares eran considerados como forasteros recién llegados. Los blancos de cada ciudad formaban su propio grupo social, poco o nada relacionado con los blancos que dirigían otra ciudad.

No existía clase media. Los ladinos, ni tenían conciencia de clase, ni formaban un grupo homogéneo, sino que las rivalidades internas eran muchas y graves, por lo que se ponían al amparo y servicio de los blancos, o estaban en su contra. Y muchos de ellos eran masa popular muy pobre, explotada, desorganizada e ignorante. En el tema de la ignorancia, se puede distinguir entre la clase urbana que tenía algunos conocimientos propios de los urbanitas, y la masa rural completamente ignorante.

 

La agricultura de Centroamérica era comercial y especulativa en régimen de monocultivo en las clases altas, y de subsistencia en las clases bajas. El agricultor dependía del gran comerciante: éste le adelantaba dinero a lo largo del año, cada vez que tenía necesidades, y se cobraba en especie en la siguiente cosecha. Los pequeños ganaderos se denominaban “pegujaleros” y un rancho ganadero era un pegujal. Los grandes ganaderos reunían hasta 40.000 y 50.000 reses cada vez que iban a vender, de modo que las reses se almacenaban cerca de la ciudad y se iban matando a medida que se necesitaba, a lo largo del año.

La producción de Centroamérica era a grandes rasgos:

El Salvador producía añil, que exportaba a Cádiz.

Honduras y Nicaragua producían ganado que exportaban a la ciudad de Guatemala.

Costa Rica producía tabaco y cacao que se exportaba a Portobelo y Cartagena de Indias.

Guatemala producía algodón y tenía algunos telares, aspecto de la economía que estaba siendo arruinado por el comercio inglés, desde Belice, y mucho más a partir de 1809, porque tenía precios más bajos y paños más finos.

En general, los blancos tenían plantaciones de caña y los indios cultivaban trigo como productos dedicados al comercio. Para el propio consumo o abastecimiento de mercados locales, se cultivaba maíz, frigoles, verduras…

 

En 1794 se había creado en Guatemala la Sociedad Económica de Amigos del País de Guatemala, para discutir sobre reformas sociales, mejoras de vida indígena, mejoras en general y proyectos de enseñanza. Salió con ímpetu fomentando las matemáticas, dibujo, botánica, cultivo de añil, nuevos cultivos como el lino, seda y café, talleres de hilanderías, y la difusión de ideas políticas de sistemas representativos y libertad económica. Pero los problemas eran meridianamente claros, pero la voluntad de solucionarlos era nula. La sociedad cerró en 1799, y se reabrió en 1810.

 

 

Santo Domingo

 

La isla La Española era conflictiva desde el siglo XVIII. En 1791 se sublevaron unos 200 esclavos, comandados por el jamaicano Boukman, que iniciaron la llamada “revolución negra” en la parte occidental o Ahití. Se fueron sumando muchos esclavos y también libertos de raza negra o mulatos, y se sumaron los cimarrones (esclavos huidos y rebeldes), de modo que la isla no era atractiva para España.

Godoy firmó la Paz de Basilea en 1795 y entregó la isla a los franceses. Entonces los rebeldes negros se echaron sobre Santo Domingo, la parte española de la isla, antes de que llegaran fuerzas de ocupación francesas.

En 1797, los franceses nombraron gobernador de la isla a Toussaint Louverture, que expulsó a los ingleses de Puerto Rico, dominó a los rebeldes en La Española y se convirtió en dictador. El 27 de enero de 1801, Toussaint lograba ocupar la totalidad de la Española en nombre de Francia. Entonces convocó asamblea constituyente con seis representantes de la parte francesa y cuatro de la española.

El 8 de julio de 1801, La Española tenía constitución en la se declaraba colonia francesa, y Toussaint se declaraba gobernador vitalicio y hereditario.

Lo que se estaba demostrando era la incapacidad de España para actuar en América, pues un simple aventurero como Toussaint tenía más iniciativa que España, podía imponerse a los ingleses y poner orden entre los esclavos.

A Napoleón no le gustó nada el “africano iluminado”, es decir, Toussaint, y envió al general Leclerc, que capturó a Toussaint y le envió a Francia, pacificando la isla en 1802. En conclusión, si Francia también podía tomar iniciativas aunque estaba a mucha distancia como España, y a pesar de que no tenía el apoyo de Nueva España y Cuba, podía pensarse que el problema era España.

Pero a partir de 1802 se demostró que el problema no era sencillo, no tan sencillo como aparentaba, y se explicaba la inoperancia de España: surgió una nueva rebelión liderada por Jean Jacques Dessalines, que sublevó a los esclavos y declaró Ahití independiente, de modo que los hacendados franceses tuvieron que huir a Cuba, Estados Unidos y Venezuela, mientras algunos hacendados españoles huyeron a Puerto Rico. La rebelión era sanguinaria y perpetraba matanzas sistemáticas de blancos, por el hecho de ser blancos. Era mucho más cruel y dura de lo que Francia había supuesto.

Colaboradores de Dessalines eran Alexandre Petion y Henry Christophe. Al morir Dessalines, ambos ex colaboradores se enfrentaron por el liderazgo, dominando Petion el sur, al frente de los mulatos, y Christophe el norte de la zona rebelde, al frente de los negros. Christophe se declaró rey y quiso imponer la disciplina contra la que se habían rebelado cuando la imponían los blancos, y fracasó. Petion se declaró presidente de la República de Ahití e inició un liberalismo a ultranza que arruinó la isla. Christophe y Petion iniciaron una guerra entre ellos, que duró hasta 1820, y que enfrentaba a los negros contra los mulatos.

En 1820, Christophe se suicidó, y Jean Pierre Boyer, sucesor de Petion en el sur de la isla, invadió el norte y unificó la isla. La guerra contra los negros causó terror entre los miembros de esta raza incluso en Cuba y Puerto Rico, lo cual es un factor psicológico que podría explicar que no hubiera rebeliones más graves en estas otras islas y se mantuvieran fieles a España. Y en menor medida, este terror influyó también en Venezuela, Colombia y Perú, pues el orden español, aunque injusto, parecía más atractivo que las crueles matanzas de blancos seguidas de terribles represalias en forma de matanzas de negros.

 

 

Venezuela.

 

Venezuela se sublevó por las diferencias sociales tan marcadas que sufría, aprovechadas por los criollos para reivindicar su igualdad respecto a los españoles:

En 1795 hubo una revuelta de esclavos. Se trataba de unos 300 esclavos y pardos de Coro, trabajadores del azúcar, que dirigidos por José Leonardo Chirino y José Caridad González, dos negros libres, pidieron la ley de los franceses, libertad de los esclavos, y supresión de alcabalas. La banda se dedicó a saquear haciendas.

En 1797 hubo un nuevo motín en la Guaira, esta vez de pardos y blancos pobres, dirigidos por Manuel Gual y José María España, pidiendo libertad e igualdad, derechos del hombre, libertad de comercio, abolición de la alcabala, abolición de la esclavitud, abolición del tributo indio y distribución de tierra para los indios.

En tiempos de la revolución francesa, llegaron españoles revolucionarios y otros criollos que estudiaban en España y organizaron un movimiento republicano en Caracas 1797 y otros movimientos liberales en las Universidades.

En 1805, tras la derrota española de Trafalgar, los venezolanos vieron que España no era un buen negocio para sus exportaciones y empezaron a pensar en independencia.

 

 

 

Nueva Granada.

 

Nueva Granada tuvo otro movimiento comunero (del común del pueblo) en 1779 que protestaba por las reformas tributarias. La mayor parte de sus jefes fueron ajusticiados, pero algunos llegaron a Londres a pedir apoyo para su independencia de España en 1784. Los ingleses los entregaron a los españoles y Aranda los apresó.

En 1781, España quiso obtener rendimientos de las colonias y exigió subidas de impuestos. Juan Francisco Gutiérrez de Piñores, visitador general, exigió alcabalas del 4% y se negó al regateo sobre la tasa, además de exigir el monopolio estatal del tabaco y otros. Ahí comenzaron las sublevaciones y motines, en principio contra la subida de impuestos: Socorro y San Gil se negaron a pagar impuestos, atacaron los almacenes y las residencias de las autoridades españolas.

Los protagonistas de estas sublevaciones eran los mestizos, y su líder era Juan Francisco Berbeo. Berbeo era una persona de ideas conservadoras que quería negociar con los españoles pero que fue rebasado por las masas de sus seguidores que exigían cambios de tipo populista: fin de impuestos y monopolios, y reducción de la alcabala al 2% en que estaba antes. En general, en esta época, todos los criollos eran moderados y sólo reclamaban la igualdad con los españoles.

En ese momento de violencia populista, surgió la figura de Pedro Fermín de Vargas, un excéntrico corregidor que se puso al frente de la rebelión hasta ser derrotado en 1791. Huyó entonces y buscó dinero para una rebelión más seria y profunda. Leyó a Franklin y a los ilustrados franceses e intentó publicar la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano en América. Esta intención de publicar, fue tenida como subversión por las autoridades españolas que apresaron a Vargas en 1797 en Bogotá, siendo liberado en 1803.

Y entonces comenzó una crítica a España a la que se calificaba de empobrecida y débil, cuyo Gobierno perjudicaba los intereses americanos. Pedían eliminación de estancos, emancipación de indios, distribución de las tierras de los resguardos a los indios, abolición de la esclavitud, libertad de industria y comercio, mejoras en educación y comunicaciones, y poder para los criollos. Pero los criollos eran más duros que los españoles respecto al trato para con los indios, y no al revés. Los indios preferían siempre a los españoles.

 

 

 

Perú.

 

En el XVIII había habido en Perú unas 1.400 sublevaciones de indios por distintos motivos como los tributos, diezmos, repartimientos, mita, abusos de corregidores… pero siempre mal organizados, sin ideas, sin recursos militares y sin consecuencias graves.

La más fuerte de las sublevaciones fue la de 1780, provocada por las subidas recientes de alcabalas, primero al 4% en 1772 y después al 6% en 1776, y por el establecimiento de aduanas internas. El caudillo de esta rebelión fue Tupac Amaru, el principal foco fue Cuzco en noviembre de 1780, y desde allí se extendió hacia el sur de Perú y Alto Perú. El objetivo de Tupac Amaru fue unir a los indios, mestizos y criollos, contra los españoles y el método de lucha fue atacar las ciudades. Pero los criollos se pusieron del lado de los españoles y la guerra acabó siendo de blancos contra gentes de color. En esta guerra los blancos utilizaron milicias de gente de color, negros, mestizos e indios, vencieron a los sublevados y ejecutaron sádicamente a los cabecillas para imponer el terror. Confiscaron las propiedades de los indios y saquearon las que pudieron. Había 20 caciques indios del lado de los blancos, y entre ellos estaba Mateo Pumacahua, que luego sería muy famoso.

 

 

Paraguay.

 

Paraguay se sublevó, en el movimiento de los Comuneros del Paraguay en 1731, dirigidos primero por el juez Antequera, y más tarde por Fernando Mompó, quienes sostenían que la autoridad del común era superior a la autoridad del rey y por ello podían resistirse a la entrada de un Gobernador nombrado por el rey. Fueron derrotados.

 

 

La Banda Oriental.

 

El nombre primitivo de Uruguay era La Banda Oriental, aludiendo a la posición geográfica de las tierras respecto a Buenos Aires, entre el río Uruguay y el Atlántico. Era una tierra de extensas praderas, apenas habitada por 40.000 personas en 1810, casi todos ellos mestizos y mulatos. La Banda Oriental era la margen izquierda del río Uruguay, una extensa llanura ondulada, recorrida por múltiples ríos y arroyos y llena de bosques y pastos.

Los indígenas del siglo XVI habían estado organizados en múltiples tribus, independientes las unas de las otras, siempre en guerra entre ellos, y también luchando contra los militares y misioneros españoles. En tal grado de hostilidad, el territorio no se colonizó hasta el siglo XVIII, y se hizo porque se necesitaba un acceso hacia el Alto Perú. Como el camino del Perú no se encontraba allí, se abandonó la colonización oficial y fueron los ganaderos particulares los que fueron estableciendo vaquerías y explotaciones forestales, teniendo que organizar ellos mismos su propia defensa, lo cual significó que casi nadie se alejara de la costa de El Plata.

En 1680, una zona tan desprotegida fue aprovechada por los portugueses de Manuel Lobo para instalar la colonia “Nova Colonia do Sacramento”, una posición militar en la costa norte de El Plata, frente a Buenos Aires, a la que fueron atrayendo población civil. Los negocios eran fáciles, pues se dedicaban al contrabando de esclavos, azúcar y tabaco, principalmente vendidos en Buenos Aires.

Tras la Guerra de Sucesión, la South Sea Company obtuvo el privilegio de asiento de negros y también se instaló en la Banda Oriental, un lugar para almacenar a los esclavos recién llegados y para poder distribuirlos luego con la mayor ganancia posible, engordándoles en aquellas tierras un poco si hacía falta, antes de sacarles al mercado.

En el XVIII se observó el interés de Portugal por avanzar hacia el sur desde Río de Janeiro, y la Corona española se decidió a intervenir, ordenando en 1720 al capitán general de Buenos Aires, Zabala, que fundara Montevideo, lo cual se hizo hacia 1726-1730. Se trataba de una fortaleza y un puerto en la boca del estuario de El Plata, que podía fortalecer a Buenos Aires, situada al fondo del mismo, y dejar a Sacramento en medio, encerrada si llegaba a ser necesario.

Se atrajo a pobladores bonaerenses, gallegos, canarios y asturianos, exonerándoles de impuestos, otorgándoseles solares en la ciudad, y chacras (alquerías) y estancias en el campo, además de ganado. Se les concedía además el título de hidalgos, transmisible por herencia.

La convivencia entre militares y civiles no fue fácil. A cada impuesto o traba económica, los montevideanos protestaban. En 1751 se dotó a Montevideo de Gobernador. Luego se enviaron jueces y soldados y se atrajo a más población, porque había que combatir a los portugueses, los indios y los bandoleros. Por fin, en 1777, se destruyó Sacramento y desaparecieron los portugueses del estuario, aunque quedaban los contrabandistas de Río de Janeiro, ingleses y portugueses.

En 1776 se creó el virreinato de Río de la Plata y los portugueses se marcharon de Sacramento. Montevideo permaneció como una defensa de Buenos Aires, con gobernador militar propio, dependiente del virrey de Buenos Aires.

En 1778 España dio la libertad de comercio y ello permitió a Montevideo comerciar de forma independiente, sin necesidad de Buenos Aires, y surgió la rivalidad entre las dos ciudades, que se mantendrá el resto de los siglos, hasta hoy. En esta rivalidad, Montevideo tenía un muelle mejor que el de Buenos Aires y Buenos Aires se opuso a hacer mejoras en él, en Montevideo, y también a que Montevideo tuviera intendente propio y consulado. Montevideo veía a España como a su protectora frente a la codicia porteña.

A esa tierra llegaron inmigrantes del norte de España y crearon grandes estancias para beneficiarse de la mano de obra barata y de los pastos. Entre ellos estaban los Durán, Martínez de Haedo, Alzáibar, Viana, Arias, Villanueva, Rivera y García de Zúñiga. Estos estancieros exportaban cueros, tasajo, esclavos y barcos pequeños, pues eran industriales al tiempo que ganaderos.

Una Real Célula de Comercio Libre de 1778 atrajo a mucha población. Otra Real Célula de 1791 permitió el tráfico negrero y ello fue un gran negocio que competía con los portugueses y británicos de la zona, con gran disgusto de estos últimos.

Pero la riqueza de Montevideo despertó la codicia de Buenos Aires. En 1794 se creó el Real Consulado de Buenos Aires y éste tenía primacía sobre Montevideo. Inmediatamente, Buenos Aires puso pagos aduaneros a las mercancías procedentes de Montevideo y se acabó el privilegio del comercio libre. Para defenderse, en 1795 Montevideo creó su Junta de Comerciantes, pero no tenía la autoridad del Consulado.

La Banda Oriental se había convertido en una región próspera con ganaderos de vacuno, comerciantes, estancieros, funcionarios civiles y militares, abogados, médicos, sacerdotes, artesanos, braceros, negros libres, esclavos, contrabandistas, abigeos (ladrones de ganado), prófugos, indios alzados y esclavos huidos. Una sociedad tan dispar llevaba una vida anárquica, que admiraba el valor personal y despreciaba la vida propia y la de los demás.

Cuando en 1806 llegaron los británicos, no atacaron la fortaleza de Montevideo, sino que pasaron a la menos defendida ciudad de Buenos Aires.

Montevideo aprovechó la situación difícil de Buenos Aires para sacar provecho: el Cabildo de 18 de julio de 1806, acordó que en virtud de que el virrey marqués de Sobremonte se había retirado a Córdoba, el Tribunal de la Real Audiencia de Buenos Aires quedaba también en suspenso y que la autoridad máxima de la zona quedaba en manos de Pascual Ruiz Huidobro, Gobernador de Montevideo. Prepararon una expedición para ir sobre Buenos Aires e imponerse. Llegó el militar español Liniers a Montevideo y se hizo cargo de mando de la expedición contra Buenos Aires, ordenando que Huidobro permaneciese en Montevideo. Los soldados fueron utilizados para derrotar a los ingleses en Buenos Aires en 12 de agosto de 1806. Liniers se convirtió en el Jefe Político y militar de Buenos Aires, y reivindicó la autoridad de la Real Audiencia, negando el acuerdo del Cabildo de Montevideo de 18 de julio último. Los montevideanos se sintieron burlados.

En octubre de 1806, los ingleses atacaron Maldonado y saquearon Montevideo, bloquearon el puerto con 100 barcos y desembarcaron 5.700 soldados. Ruiz Huidobro salió a por ellos con 2.000 hombres, que fueron derrotados en El Cordal. Liniers, desde Buenos Aires, llegó tarde a socorrer a Montevideo. El Virrey en Buenos Aires, Sobremonte, había huido otra vez, cumpliendo el protocolo militar establecido, pero ello fue reinterpretado por los independentistas de otra manera. Los británicos tomaron Montevideo en 3 de febrero de 1807 y se quedaron hasta septiembre de aquel año. Implantaron un gobierno militar que respetaba la religión, propiedad privada, autoridades locales y comercio libre, y editaron el periódico bilingüe La Estrella del Sur, que hacía propaganda del sistema británico y de su majestad Jorge III.

Los uruguayos reaccionaron organizando guerrillas contra los británicos, y el abastecimiento a Montevideo se hizo difícil. Los británicos necesitaban mucho ese abastecimiento porque estaban atacando Buenos Aires por segunda vez, junio de 1807. Buenos Aires presentó una batalla feroz organizada por Saavedra, manzana por manzana (cuadra por cuadra en el dialecto sudamericano), y el británico Whitelecke renunció a la toma de la ciudad el 5 de julio de 1807. Los británicos abandonaron también Montevideo y, en la huida, se dejaron muchos barcos privados que habían llegado confiando en su protección. Los mercaderes “británicos” liquidaron mercancías para poder irse cuanto antes y una gran oleada de mercancías baratas invadió toda Sudamérica provocando una crisis deflacionista.

En 1808, Francisco Javier Elío fue nombrado Gobernador de la Banda Oriental, y por primera vez, no sólo de Montevideo, lo cual significaba que Uruguay tenía entidad política propia a partir de entonces. Elío reconoció como rey a Fernando VII desde el principio, mientras Liniers jugaba a una postura ambigua de reconocerlo, pero proteger a los independentistas bonaerenses.

En la rivalidad de ambas ciudades, Liniers creía que Elío era un agente portugués para anexionar la Banda Oriental a Brasil, y entonces trató de bloquear el puerto de Montevideo, ciudad que convocó Cabildo Abierto e hizo Junta provincial presidida por Elío.

En 1809, llegó el virrey Cisneros a El Plata, y fue aceptado por Montevideo, pero no por Buenos Aires. El virrey actuó torpemente, pues para congraciarse con los porteños, depuso a Elío. Con ello perdió el apoyo de Montevideo y no ganó el de Buenos Aires, siendo depuesto por Buenos Aires en mayo de 1810.

 

 

Chile.

 

En 1738 el rey había creado la Universidad de San Felipe en Santiago de Chile, que fue fundada en 1847 y abrió sus puertas en 1758.

En 1778 las tierras del sur del Pacífico eran una capitanía general del Perú. En 1798 tuvieron intendencias. Y a fin de siglo comenzó a surgir el nacionalismo entre algunos jesuitas exiliados como Felipe Gómez de Vidaurre y Juan Ignacio Molina, que escribían las bellezas de Chile, y algunos criollos como Manuel de Salas, Juan Antonio de Rozas y Juan Egaña.

Chile tuvo en 1797 la Academia de San Luis, fundada por Martín de Salas, para enseñar arte. En 1849 se transformaría en la Academia de Pintura.

 

 

Río de la Plata.

 

En 1767 los españoles habían desposeído a la Iglesia de cierto poder, expulsando a los jesuitas y secularizando algunas rentas eclesiásticas. No fue por voluntad de los bonaerenses, pues Buenos Aires se sublevó contra España en 1767 por causa de la expulsión de los jesuitas.

En 1776 habían conseguido el virreinato, Virreinato de Río de La Plata, adjudicándoseles las tierras al sur del Perú, incluidas las del Alto Perú (Bolivia) una zona minera que Perú no quería dejar. En 1782 se habían convertido en intendencia y habían centralizado el gobierno en Buenos Aires.

El encumbramiento de Buenos Aires y su asunción de poderes sobre el Alto Perú, hacía perder importancia a Chuquisaca (actual sur de Bolivia), residencia de la Real Audiencia y del arzobispo, y sede de la Universidad más prestigiosa e la zona. Se creó una rivalidad insalvable. La Audiencia de Chuquisaca empezó a actuar como si fuera independiente del virrey de Buenos Aires, al que simplemente comunicaba sus decisiones.

Buenos Aires quiso tener su propia Audiencia y la Real Audiencia sólo le dio categoría pretorial. Buenos Aires se sentía postergada. Las Intendencias limitaban también el poder de los alcaldes y regidores, y eso también perjudicaba a Buenos Aires.

La estratificación social en Río de la Plata no variaba mucho de otras zonas latinoamericanas: en primer lugar, los altos funcionarios, alto clero, terratenientes y grandes comerciantes de Buenos Aires, que eran todos blancos; en segunda fila, los hacendados medios, comerciantes medianos, profesionales y militares, también todos de raza blanca; en tercera posición social, los pequeños comerciantes, los artesanos y labradores con tierra propia, entre los que había blancos, mestizos, pardos y algún indio; en penúltima posición social, los labradores pobres y asalariados, la mayoría indios; en último lugar, los mendigos y esclavos.

Es llamativo el hecho de que los militares no fueran parte de la clase superior bonaerense, de que fueran tenidos como algo inferior por los grandes. Este detalle será el que cambie radicalmente a partir de la actuación de Liniers, y sobre todo, de la aparición del Cuerpo de Patricios de Cornelio Saavedra, y ya para siempre.

Aranda se había propuesto en 1783 dividir América en tres partes, Perú, México y Costa Firme, que fueran gobernadas cada uno por un infante de España y que evitaran contagios revolucionarios. En 1796 incluso se habló entre Aranda y Floridablanca de adquirir Portugal y Brasil y crear otro reino en Buenos Aires para otro infante de España. Los nuevos territorios estarían gobernados por regentes, que serían los infantes, asistidos por un senado integrado por mitad españoles y mitad criollos. La necesidad de un autogobierno de la zona era sentida incluso en España.

El comercio colonial estaba en manos de los españoles y algunos pocos criollos. Hacia 1806 se inició una crisis. Las invasiones británicas de 1806 y 1807 introdujeron muchos artículos en el mercado, que añadidos al contrabando británico desde Río de Janeiro, y la masiva llegada de productos llevó a una bajada de precios, de modo que en 1807 se notó un recrudecimiento de la crisis en los negocios.

Desde 1804 a 1807 fue virrey de Río de la Plata Rafael de Sobremonte[4]. Sustituía en Buenos Aires al virrey Joaquín del Pino de Rozas. Sobremonte era plenamente consciente de que era muy difícil defender Sudamérica de las ambiciones portuguesas, inglesas y francesas. Pidió ayuda a España, pero España había entrado en guerra con Inglaterra en 1804 y tampoco quería distraer fuerzas. España le contestó que se las arreglase como mejor pudiera. Sobremonte temía armar a los criollos, pues algunos ya se mostraban independentistas, y necesitaba mucha más fuerza que los pocos más de 2.000 ciudadanos de milicias que podía reunir, y que eran una fuerza insignificante ante un ejército profesional y numeroso.

Sobremonte decidió que la mejor manera de defender Buenos Aires era fortificar Montevideo y tener un contingente importante de tropas en esa posición a la entrada del estuario. En 1805, envió a Santiago de Liniers a fortificar Montevideo.

El problema más serio, y poco conocido, con el que se enfrentaba Sobremonte, fueron las conversaciones entre España y Francia para reorganizar el Estado español y el portugués, incluida América, del cual tenemos algunas insinuaciones en Fontainebleau 1807. Hay indicios de que América se iba a dividir en reinos semiindependientes, gobernados por infantes españoles, tal vez alguno por Godoy, tal vez por alguna otra personalidad, y que Carlos IV sería el “Emperador de los Virreinatos de América”. Los británicos temían que Francia se instalase en América, y se adelantaron atacando la zona de El Plata en 1806 y 1807. La familia real portuguesa huyó desde Lisboa a Río de Janeiro, y desde allí, también hacía campañas para quedarse con todas las Indias. Así pues, los proyectos de partición de América repercutieron muy seriamente en El Virreinato de Río de la Plata.

 

En 1806 se produjo el primer intento inglés por quedarse con el Estuario de la Plata: desde los primeros meses del año había rumores de que se veían muchos barcos ingleses por la zona. Sobremonte ordenó a Liniers que se instalara en Ensenada de Borragán, 70 kilómetros al sur de Buenos Aires, para observar los movimientos de barcos que entraban al estuario. Liniers vio barcos ingleses, pero no sabía si eran corsarios o una acción bélica más seria. El 24 de junio, Liniers no estaba seguro de qué estaba pasando.

El 25 de junio de 1806, el comodoro Home Riggs Popham desembarcó cerca de Buenos Aires, en Quilmes, y ocupó la ciudad sin encontrar resistencia. La expedición inglesa estaba integrada por 1.560 hombres de tierra mandados por William Carr Beresford, apoyados por los barcos de Popham. Tenían noticias de que en Buenos Aires había una gran cantidad de dinero.

En 27 de junio de 1806, cuando los británicos habían atacado Buenos Aires, Sobremonte fue a Buenos Aires y se dispuso a defenderlo, pero se produjo tal desorganización defensiva que quedó desprestigiado para siempre. El Virrey tenía que defender la ciudad, pero también temía repartir armas y que cayeran en manos de los independentistas. Surgió el pánico entre los bonaerenses.

Sobremonte decidió cumplir los protocolos militares establecidos para caso de ataque a la ciudad: ponerse a salvo, él y su familia, para que no hubiera rehenes posibles de importancia, y poner a salvo el tesoro de la ciudad. Tomó el tesoro del virreinato, lo escondió en Luján y huyó a Córdoba, para organizar un ejército y recuperar Buenos Aires con todas las garantías. El 14 de julio, Sobremonte declaró a Córdoba capital provisional del Virreinato y reunió las fuerzas de Cuyo y Salta (que incluía Tucumán y Santiago del Estero), unos 3.000 hombres, y salió hacia Buenos Aires con ellos.

Los nacionalistas argentinos, de entonces y posteriores, interpretaron que huía con el tesoro argentino, lo cual es imposible de aceptar, porque se marchaba a Córdoba, también en Argentina actual y en el virreinato de La Plata de entonces. Córdoba era el camino al Perú, de donde Sobremonte podía recibir ayuda. Los comerciantes bonaerenses en general, huyeron también a sus haciendas, y de ello no se encuentran muchas líneas escritas en las lecturas de historia. Ello no excusa cierta tendencia de Sobremonte, pues repetiría la actitud, a tomar el camino de la huida como primera medida ante el peligro, lo cual era lo reglamentario, pero dejaba mal regusto entre la población bonaerense.

Pero una multitud de clases medias y bajas, “negros, mulatos y muchachos”, salió a la calle y se dispuso a defenderse. Algunos criollos se pusieron al frente de aquellas masas y levantaron una fuerza de 8.000 soldados. Eligieron democráticamente a sus jefes y como jefe supremo a Santiago Liniers Bremond, un soldado francés al servicio de España.

La fuerza militar de Buenos Aires anterior a 1806, se limitaba al Regimiento del Fijo, con base en Buenos Aires, y al Cuerpo de Blandengues de la Frontera que luchaba contra los indios del sur. En realidad, el sur estaba defendido por milicias no profesionales, mal pagadas por españoles allí asentados, pero que las utilizaban para su defensa.

Santiago de Liniers tomó medidas discutibles desde el punto de vista de la disciplina militar, pues no esperó la llegada del Virrey Sobremonte, su superior: ordenó formar batallones de milicias, agrupándose por regiones de origen de los ciudadanos (Juan Larrea organizó la Legión de Voluntarios Catalanes con Jaime Nadal i Guarda, Jaime Lavallol, José Olaguer Reynals y otros) y logró un gran prestigio, pues puso la ciudad en condiciones de defenderse por sí misma. Cada batallón elegía a sus propios jefes y a su comandante general. Los jefes principales fueron Cornelio Saavedra, Juan Martín de Pueyrredón[5] y Martín de Álzaga. Con ello surgían nuevos protagonistas en la política bonaerense:

Martín de Álzaga era el líder de los españoles y de las secciones de voluntarios españoles. Levantó un regimiento de húsares poniendo al mando del mismo a Martín Rodríguez. Álzaga defendía el monopolio español, y la mayoría de sus seguidores eran españoles, pero también tenía algunos criollos en su bando. Creía que la forma de mantener el ascendiente económico de Buenos Aires sobre El Plata, era el dominio español.

Frente a él estaba Cornelio Saavedra, líder de la milicia más importante de la ciudad, fuerzas militares voluntarias de hombres nacidos en Buenos Aires y que se denominaban Cuerpo de Patricios. Disponían de tres batallones. El Cuerpo de Patricios eligió como comandante general a Cornelio Saavedra[6]. Los jefes de batallón eran Esteban Romero, Domingo Urién y Manuel Belgrano. Saavedra buscaba el predominio de Buenos Aires sobre el continente sudamericano, o al menos sobre el Virreinato, basándose en los criollos bonaerenses.

Juan Martín de Pueyrredón era un independentista radical. No tuvo demasiada importancia en los hechos de 1806. Se hizo con la supremacía militar en 1811, desbancando a Saavedra, y pasó a formar parte del Primer Triunvirato, en el que todavía sus iniciativas eran moderadas por Bernardino Rivadavia. En 1812 fueron desterrados ambos. En 1816, Pueyrredón volvería como Director Supremo de un Directorio, instaurando una dictadura que se quiso imponer sobre Chile y Perú, hasta su fracaso definitivo en 1820.

Había más protagonistas en aquellos días:

Mariano Moreno[7] era partidario del librecomercio y acuerdos con los británicos. Era revolucionario de tipo jacobino, muy duro. Quería cambiar la sociedad entera, eliminando las viejas autoridades y los privilegios de los hacendados. Fue envenenado en 1811.

Juan Manuel Fernández Agüero[8] era partidario del conservadurismo del monopolio comercial, y de mantenerse unidos a España hasta el final.

El general español Elío, gobernador de Montevideo, era también partidario de la unión con España. Montevideo era un puerto que se consideraba fundamental en la defensa de Buenos Aires, pues era la entrada al estuario.

El 18 de julio de 1806, el Cabildo de Montevideo declaró que el “abandono de Buenos Aires” que había hecho el Virrey Sobremonte, y el juramento de sumisión a los ingleses que habían hecho los bonaerenses, dejaba a Montevideo libre de obediencia a Buenos Aires y sólo se sometería a las órdenes que vinieran de España. Reclutaron 1.600 hombres, que debían liberar Buenos Aires, pero aparecieron barcos británicos frente al puerto y decidieron que Pascual Ruiz Huidobro defendería la ciudad, mientras Santiago Liniers iría sobre Buenos Aires. Liniers fue a Colonia de Sacramento, se reunió con Juan Gutiérrez de la Concha y pasaron el estuario en día de niebla.

Buenos Aires fue liberado de los ingleses el 12 de agosto de 1806. Liniers había hecho unos 1.200 prisioneros británicos, entre ellos Beresford. Resultaba así, de hecho, Gobernador de Buenos Aires y el Cabildo se lo reconoció. Ello daba nuevos motivos de desconfianza a los británicos pues Liniers era francés de nacimiento, y tal vez Francia estaba tomando posiciones en El Plata, al igual que Inglaterra.

Pasaron cosas extrañas, como que Beresford pudo huir en Luján, gracias a las facilidades dadas por Liniers.

Santiago de Liniers, Juan Martín Pueyrredón y Martín de Álzaga convocaron Cabildo Abierto, sin esperar a Sobremonte, nombraron a Liniers Jefe Militar de Buenos Aires y la Audiencia tomo el mando político. No tenían competencias para hacerlo.

Sobremonte retornó a Buenos Aires, pero esta ciudad ya estaba liberada por Liniers[9] que había llegado desde Montevideo y se había puesto al frente de las masas, no pudiendo Sobremonte recuperar su prestigio como virrey. Sobremonte se retiró a Montevideo, en teoría para prevenir otro ataque inglés, pero más bien para evitar la gran impopularidad que le había surgido en Buenos Aires. Tampoco fue bien recibido en Montevideo, y cuando los ingleses atacaron, las tropas españolas desertaron en masa. Pascual Ruiz Huidobro reclamó el mando de la ciudad, desautorizando más al Virrey. Sobremonte abandonó Montevideo.

Martín de Álzaga[10] reunió Cabildo Abierto en Buenos Aires y destituyó al virrey Sobremonte como jefe militar de la ciudad, nombrando en su lugar a Liniers, con lo cual Álzaga se estaba atribuyendo una autoridad que no tenía. Pero su popularidad subió mucho y en 1 de enero de 1807 fue elegido alcalde de Buenos Aires.

El 3 de febrero de 1807 llegó la segunda oleada de ingleses. Esta vez empezaron por desembarcar en Montevideo. Cornelio Saavedra salió para Montevideo para defender la ciudad, pero fracasó y se retiró a Sacramento para recoger efectivos militares y llevarlos a Buenos Aires, donde pensaban organizar una defensa más sólida.

Los británicos llegaron a Buenos Aires, por segunda vez, en julio de 1807 con 8.000 soldados y 18 cañones, mandados por Whitelocke, lo cual era una fuerza militar muy considerable y cuatro veces mayor que la que llevaron en 1806. Pero se encontraron la sorpresa de que la ciudad estaba preparada para la defensa, ya con milicias ciudadanas armadas, y tuvieron que desistir. Buenos Aires proclamó a Liniers Virrey provisional.

El 2 de julio, John Whitelocke derrotó a Liniers en Miserere y el nuevo Virrey de Buenos Aires ofreció la capitulación, pero Martín de Álzaga se negó a capitular. El 5 de julio tuvo lugar la victoria de Buenos Aires sobre los ingleses.

El 9 de septiembre de 1807 fue liberada Montevideo de los británicos.

La victoria sobre los británicos fue muy importante en los ánimos bonaerenses, pues se dieron cuenta que podían tener protagonismo político y no necesitaban de España. En el posible reparto de territorios que pensaban que se haría en Europa, ellos no querían ser españoles, ni británicos, ni franceses, ni portugueses, sino ellos mismos. Buenos Aires, esencialmente comercial, quería el dominio absoluto de América del Sur, lo que suponían que les pondría en las manos de los comerciantes bonaerenses el abastecimiento a Sudamérica y la exportación desde la zona a todo el mundo.

Una primera iniciativa, que no les correspondía, fue que Liniers fue nombrado por la Audiencia de Buenos Aires, Capitán General del Virreinato de la Plata en funciones, lo que equivalía a virrey interino, hasta que fue confirmado oficialmente como virrey en 1808. La Audiencia de Buenos Aires se estaba atribuyendo el poder de sustituir al virrey Sobremonte, acusándole de huir a Córdoba. Los intendentes de las provincias se mostraron fieles a Fernando VII y al virrey Liniers, identificándolos como una sola autoridad.

Que España aceptase lo que se le daba ya hecho, sugerido o impuesto, sin alternativas, es un poco sorprendente: España pidió a Liniers que licenciase sus tropas, pero Liniers se opuso. Desde marzo de 1808, motín de Aranjuez, y mayo de 1808, abdicaciones de Bayona, España no estuvo en condiciones de imponer nada. De hecho fue la Junta de Sevilla, y no la Junta Suprema Central, la que se ocupó de los temas americanos en un primer momento.

Por su parte, los independentistas comenzaron a reunirse en casas particulares para hacer planes políticos. Hubo dos bandos: el de Cornelio Saavedra que era moderado, prudente y conservador, y sólo quería resolver el problema político para cuando España desapareciese a manos de Napoleón, y el de Juan José Castelli y Mariano Moreno, que eran apasionados, jacobinos, revolucionarios puros y querían un cambio social profundo, sin importar el coste económico y humano que ello significase.

El factor determinante del cambio en Buenos Aires, parece ser el hecho de que en 1806-1808 había aparecido el ejército en Buenos Aires como una realidad determinante en el campo de la política. Los enrolamientos eran todavía voluntarios y muchos de los soldados eran jóvenes imberbes. Pero estaba surgiendo una realidad económica nueva, al lado de la novedad política: los ejércitos necesitan servicios como talabarderos, zapateros, costureras, armeros, herreros, proveedores… y ello significa la contratación de muchos profesionales y la consiguiente desaparición de oferta de servicios baratos en la sociedad civil; la incorporación al trabajo de muchas mujeres, aunque se las pagase menos que a los demás; la aparición de oportunidades para las clases bajas de cobrar un salario, enrolándose (aunque en muchas ocasiones debieran abandonar por ello Buenos Aires), lo cual fue un cambio espectacular cuando los que se enrolaban eran los negros, antes esclavos; el empobrecimiento de los comerciantes españoles contra los que se imponían multas y empréstitos forzosos, lo que estimulaba a sumarse a los revolucionarios; la presencia continuada de militares al frente del Gobierno (pasaba durante la dominación española, pero ahora eran americanos). A largo plazo, la aparición del ejército significó otros cambios: emigraciones de soldados que iban a servir lejos y ya no volvían a Buenos Aires; disminución progresiva del grupo de esclavos; aparición de grupos marginales generados por desertores; sentimiento de patriotismo sintiendo las victorias y derrotas como algo propio y ya no como problema de la lejana España; cierta indisciplina religiosa respecto a Roma entre algunos miembros del clero que se sentían revolucionarios, la difusión de ideas librecambistas.

 

El Virreinato de la Plata no era una zona tranquila y homogénea. Había muchas tensiones internas:

En general, era una población inmigrante, con procedencias distintas, que vivían agrupados por nacionalidades de origen.

Había una rivalidad entre Buenos Aires y Montevideo. La zona de Montevideo se llamaba la “Banda Oriental” atendiendo a que era el este del río Uruguay. La capitalidad de Buenos Aires había convertido a Montevideo en el puerto auxiliar del bonaerense, la puerta al estuario de El Plata. Desde Montevideo, el gobernador Elío, defendiendo claramente la soberanía de Fernando VII, se había revuelto contra Liniers en 1808, creyendo que éste era partidario de los franceses.

Paraguay desconfiaba de Buenos Aires porque antes de 1777, ambos gobernadores eran de igual rango, y ahora el de Paraguay resultaba subordinado, sin que los intereses paraguayos fueran defendidos a satisfacción de los pobladores.

Había una rivalidad entre Buenos Aires y el Alto Perú. Buenos Aires se había constituido en capital de un virreinato nuevo en 1777, pero los altoperuanos, Universidad de Chuquisaca, mineros, obispo de Chuquisaca, Oidores de la Real Audiencia de Chuquisaca, veían a Buenos Aires como un nido de mercaderes con pocos escrúpulos, recientemente enriquecidos, y probablemente a costa de los productos altoperuanos, que se comercializaban por El Plata. En 1808 la minería decaía en el Alto Perú por falta de mercados y, cuando el virrey de La Plata, Liniers, les impuso una contribución patriótica anual para la guerra en España, el Alto Perú se sintió agredido. Había una rivalidad entre dos núcleos en decadencia, comercial el de Buenos Aires y minero el del Alto Perú.

Había un conflicto muy próximo con Río de Janeiro, que siempre había pretendido más territorios al sur, incluso llegando al estuario de El Plata, y desde 1808 era sede de la monarquía portuguesa, desde donde Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII y esposa del príncipe regente de Portugal presionaba desde 1808 para que aceptaran a don Pedro, e incluso invadió territorios de Paraguay y Uruguay. En Río de Janeiro se había establecido el almirante inglés Smith, en lo que constituía la flota más importante de la zona. Los británicos se habían constituido en los protectores de la familia real portuguesa.

El ambiente no era bueno, pero tampoco alarmante.

 

 

[1] Melchor de Talamantes Salvador y Baeza, 1765-1809, era fraile mercedario, murió en la cárcel de la Inquisición en Veracruz en 1809.

[2] Luís de Onís González Vara, 1762-1827, estudió en Salamanca y fue diplomático en Berlín y Viena, y trabajó en Secretaría de Estado a partir de 1798. En 1808 fue con Fernando VII a Bayona. En 1809 fue nombrado ministro plenipotenciario de España para negociar con Estados Unidos la cuestión de las fronteras de Nueva España, y puso su residencia en Filadelfia. Los estadounidenses adujeron que España estaba en guerra, Guerra de la Independencia 1808-1813, y no reconocieron los poderes de Onís, y así ganaron 5 años en los que muchos norteamericanos poblaron las regiones septentrionales de Nueva España. Onís advirtió de esta maniobra dilatoria al virrey de Nueva España Francisco Javier Venegas de Saavedra. En 1814 fue reconocido como embajador español, al tiempo que Monroe enviaba a Madrid a John Erving. Tras duras negociaciones se llegó a un acuerdo “leonino” con Estados Unidos, Tratado John Quincy Adams- Luís de Onís, de 22 de febrero de 1819, por el que España cedía a Estados Unidos la Florida Occidental (el oeste del Mississippi), junto a la Florida Oriental (Florida propiamente dicha), a cambio de que Estados Unidos no invadiera, y abandonara, Texas, Nuevo México y California. “Leonino”, por ceder a cambio de no atacar. En 1819, Onís fue destinado a Nápoles. En 1821 fue a Londres a negociar de nuevo que los Estados Unidos no invadieran los territorios de Nueva España. En 1823, Onís se exilió a París primero, y a Londres después.

[3] El motivo de este nombre largo era que la ciudad se había trasladado en 1775, con motivo de un terremoto, a un valle distinto denominado Valle de la Ermita.

[4] Rafael de Sobremonte y Núñez del Castillo, 1745-1827, marqués de Sobremonte, fue Gobernador Intendente de Córdoba de Tucumán antes de ser virrey de Río de la Plata en 1804-1807.

[5] Juan Martín de Pueyrredón, 1776-1850 había nacido en Buenos Aires y era hijo de un comerciante francés afincado allí. En 1795 fue a Cádiz a gestionar los negocios de la familia, una vez que su padre había muerto. Viajó por España y Francia, antes de regresar a Buenos Aires en 1805. En 1806 levantó una fuerza militar gracias a los oficiales Martín Rodríguez y Cornelio Zelaya. En 1835 se exilió a Burdeos, luego a Río de Janeiro y por fin a París. Regresó a Argentina en 1849, pocos meses antes de morir.

[6] Cornelio Judas Tadeo de Saavedra y Rodríguez, 1759-1829, era un criollo natural del Alto Perú, cuya familia había emigrado a Buenos Aires en 1767. En 1797 había sido regidor del Cabildo y en 1801 alcalde de primer voto.

[7] Mariano Moreno, 1778-1811 estudió Leyes en Chuquisaca en 1799-1804 y allí leyó a los ilustrados y revolucionarios franceses y aprendió inglés y francés. También conoció la miseria de los mitayos de las minas. Vuelto a Buenos Aires, trabajó para la Audiencia y el Cabildo. Durante el ataque inglés de 1806, Moreno actuó como periodista informando a los bonaerenses. En 1807, cuando los ingleses tomaron Montevideo, Moreno se interesó por las doctrinas del librecambio británicas.

[8] Juan Manuel Fernández Agüero, 1772-1840, era un cántabro (español de Cantabria) que llegó a Buenos Aires hacía 1794 y se puso a estudiar en el colegio de San Carlos. En 1800 se hizo clérigo y viajó a Santiago de chile para licenciarse y doctorarse en Teología. En 1803 regresó a Buenos Aires, y en 1805 obtuvo la cátedra de Teología en el colegio de San Carlos. En 1806 era capellán del Tercio de Cántabros Montañeses. En diciembre de 1810, la Junta Bonaerense obligó a los españoles a adoptar la nacionalidad argentina, y Agüero resultó desplazado, sin destino alguno ni parroquia. En 1820, se le concedió al fin la nacionalidad y en 1822 la cátedra de “Lógica, Metafísica y Retórica” en la Universidad de Buenos Aires. Se mostró liberal y tuvo enfrentamientos con el rector Antonio Sáenz, pero el Gobierno apoyó a Agüero y fue Sáenz el que dimitió en julio de 1825.

[9] Jacques Antoine Marie de Liniers y Bremond, 1753-1810, era un francés que había ingresado en la armada española en 1775 y había sido destinado a Río de la Plata en 1788, llegando a ser Gobernador de Misiones en 1792.

[10] Martín de Álzaga Olavarría, 1755-1812 era miembro del Cabildo de Buenos Aires y fundador del Consulado de Comercio de Buenos Aires, comerciante de armas. Aportó soldados y armas para liberar Buenos Aires en 1806. En julio de 1812 se sublevó contra el Gobierno de Buenos Aires y fue fusilado.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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