ANTECEDENTES DE LA EMANCIPACIÓN.

 

 

Aranda y Floridablanca.

 

El periodo 1766-1792 de la Historia de España, sólo se puede entender desde la perspectiva de dos ideologías, representadas por Aranda y Floridablanca, poco estudiadas, pero intuyo que definitivas para el devenir de España y de América:

 

Pedro Pablo Abarca de Bolea, 1719-1798, conde de Aranda, había hecho carrera militar en Italia alcanzando el grado de mariscal de campo en 1747, a los 28 años de edad. Estaba dotado con una inteligencia notable. En 1755 ya estaba destinado en la embajada de Lisboa con el grado de teniente general, y en 1757 era Director de Artillería e Ingenieros. Ejerciendo este cargo, mostró un espíritu crítico y propuso reformas para el ejército, que no se le admitieron. Abandonó el ejército. Se reincorporó en 1760 para ser embajador en Sajonia y Polonia, lo que le dio conocimientos sobre la Europa del este. Por entonces trajo de Prusia el Himno de Honor de España o Marcha Real, que se convertiría en el Himno Nacional con el tiempo, y fue himno oficial por decreto de 3 de septiembre de 1770. En 1763 luchó en Portugal como capitán general y empezó su influencia política en la Corte española. En 1766, tras el Motín de Esquilache, fue llamado para presidir el Consejo de Castilla, la máxima institución de Gobierno de entonces, cargo en el que estuvo hasta 1773. En 1774 fue alejado de Madrid, nombrándole embajador en París, cargo en el que estuvo hasta 1787. La constante de su vida fue estar alejado de Madrid en distintas embajadas. En 1792 se le llamó a Madrid para ser Secretario de Despacho de Estado, equivalente a nuestro Presidente del Gobierno actual, pero tan solo permaneció once meses en el cargo. En 1794 sería desterrado y murió en 1798. Aranda era pariente de los Montijo, y su hombre fuerte entre la nobleza era el conde de Teba.

José Moñino Redondo, 1728-1808, conde de Floridablanca, 1773-1808, había estudiado leyes en Murcia, Orihuela y Salamanca y era un prestigioso abogado. Ingresó en el Consejo de Castilla como Fiscal del Crimen en 1765, y era por tanto subordinado de Aranda en 1766. En esta época, participaba de las ideas de Aranda y Campomanes de acabar con los privilegios de la Iglesia Católica, y en 1772 fue enviado como embajador a Roma, donde consiguió la extinción de la Compañía de Jesús, y fue recompensado con el título de conde de Floridablanca. A partir de esa fecha, aparece una gran discordancia entre el modelo de Estado de Aranda y el de Floridablanca. Triunfaría el modelo de Floridablanca, y sería nombrado Secretario de Estado (Ministro de Exteriores y Jefe de Estado en lenguaje actual) en 1777-1792, año en que fue sustituido por Aranda, pero de manera efímera, sólo unos meses. En 1808, frente a la invasión francesa, era partidario de una regencia y creía en Carlota….su temor fundamental era que las Juntas Provinciales se estaban declarando Supremas, es decir, soberanas, así que colaboró en la formación de la Junta Suprema Central, de la que fue Presidente, y dio participación en Central a las Juntas Provinciales a fin de evitar que cada una se considerara soberana. Murió en 30 de diciembre de 1808.

 

Aranda, gobernó de 1766 a 1773, siendo luego apartado de Madrid, aunque su “partido” conspiraba por su vuelta al poder. Entendemos que el modelo de Gobierno, a partir de 1773, fue el de Floridablanca. Floridablanca influyó en el Gobierno de 1773 a 1776 y gobernó de 1877 a 1792.

Cada uno tenía su propia clientela política, y por ello se llega a hablar de dos “partidos”, el “aragonés” de Aranda, y el de Floridablanca. Los dos eran reformistas, pero diferentes entre ellos:

Aranda era un reformista ilustrado, con un grupo grande de partidarios, pero que casi siempre estuvo alejado del poder, por decisión de Floridablanca. En una de las ocasiones en que estuvo en el Consejo Real en 1766:

aumentó el número de consejeros a fin de integrar a magistrados de la Corona de Aragón;

escogió como fiscales del Consejo de Castilla a hombres competentes como Campomanes y Floridablanca, que se convertirían más tarde en sus enemigos políticos;

protegió a los manteístas, y precisamente uno de ellos era José Moñino, conde de Floridablanca. Esta idea se tradujo en dos actuaciones complementarias: la reforma de la Universidad y la expulsión de la Compañía de Jesús.

Aranda tenía muy claro que la Iglesia debía perder privilegios, canongías y sinecuras eclesiásticas: pasar algunos tributos que cobraba la Iglesia a que los percibiera el Estado, acabar con algunos abusos de la Inquisición, y sobre todo, acabar con el dominio impuesto por los colegiales en la Universidad, lo que redundaba en el dominio de los cargos de la Administración por esos colegiales. Ello implicaba acabar con los jesuitas que habían impuesto esa costumbre y lograban de esa manera influir sobre la Administración a favor de sus ideas e intereses.

Los jesuitas habían constituido un grupo de presión en la Universidad y la Alta Administración, que se basaba en que los colegios mayores dominados por clérigos proveían casi todos los cargos de la Administración, eclesiásticos y civiles, hasta un 80% en los Consejos y en las Audiencias. Colegiales y jesuitas no eran lo mismo, pero actuaban juntos. El Secretario de Gracia y Justicia, Roda y Arrieta, aragonés como Aranda (de donde fueron denominados “partido aragonés”) y el fiscal Campomanes, decidieron acabar con ese oligopolio cultural y administrativo y expulsaron al núcleo del mismo, los jesuitas. Tras la expulsión, nombraron funcionarios contrarios a los colegiales, escogiéndoles de entre los corregidores y abogados no colegiales. Se trataba de encuadrar en la Administración a los miembros de la baja nobleza, hidalgos y a los propietarios medios, los cuales fueron denominados “golillas”. Aunque Aranda era un aristócrata, sus colaboradores, como Campomanes y Floridablanca, eran golillas.

En este primer momento histórico sólo se hacían otra las similitudes entre los ilustrados, entre los dos grupos de ilustrados. Las similitudes entre Aranda y Floridablanca eran notables:

Aranda quería suprimir las aduanas interiores y Floridablanca coincidía en ello y dio libertad de comercio interior en 1778.

Aranda hizo un censo de población, y Floridablanca otro, ambos para poder recaudar más.

Ambos hicieron reformas económicas en el recurso primario más importante de la época, la agricultura: Aranda, mandando roturar baldíos, instituyendo nuevas poblaciones en Sierra Morena e iniciando el Expediente de Ley Agraria. Floridablanca hizo un plan de carreteras que comunicase las distintas regiones españolas.

Aranda hizo además una reforma militar, que no el campo de Floridablanca, cuyas reformas eran más bien administrativas. Aranda quería la reorganización del ejército al estilo prusiano, un ejército eficaz. Floridablanca pretendía una Administración eficaz.

Aranda y Floridablanca querían romper el monopolio de Sevilla sobre el comercio americano.

 

El 5 de marzo de 1768, época de Carlos III, se reunió el Consejo de Castilla para discutir una reforma de la monarquía. Campomanes y Floridablanca hablaron de liquidar la monarquía plural típica de los Austrias y crear un sistema monárquico unitario y uniforme. Floridablanca no consiguió su objetivo, pero lucharía toda su vida por hacerlo, y ello comprendía a los territorios americanos igual que a la España peninsular. Floridablanca tenía un modelo por el que pensaba crear una “Diputación del Reino” compuesta por representantes de todos los reinos, incluidos los americanos, que fue la misma idea que desarrolló en 1808 en la Junta Suprema Central. La idea de Aranda de crear autonomías administrativas, sobre todo en América, fracasó para siempre. Es decir, que ni se realizó el sistema unitario uniforme, ni se concedió autonomía a las regiones americanas.

Lo que sucedió entonces fue una ruptura entre los dos grupos ilustrados, el de Aranda y el de Floridablanca. Defendían modelos de Estado diferentes. La idea básica de Aranda era la creencia en la lealtad de los nobles a la Corona, indiscutible, dogmática y la superioridad moral y ética, del estamento nobiliario sobre los otros. Frente a eso, Floridablanca defendía que los hombres buenos se encontraban entre cualquiera de los grupos de hombres bien formados, sin necesidad de ser nobles, es decir, entre los manteístas, entre los hijos de hidalgos y de burgueses que se habían formado correctamente en la Universidad.

 

A partir de esas concepciones sociales, las diferencias entre Aranda y Floridablanca fueron muchas:

Aranda pretendió reformar la recaudación eliminando los múltiples impuestos tan difíciles de cobrar, y poniendo la “Contribución Única”, un impuesto más proporcional a la riqueza real de los españoles.

Floridablanca defendía que el impuesto de Aranda era imposible de cobrar, y que se debía seguir en las “Rentas Provinciales”, y mientras tanto recurrió al crédito, haciendo grandes emisiones de vales reales entre 1780 y 1789. Al mismo tiempo, relajó los impuestos cobrados, como las alcabalas, en la idea de que a menos impuestos se produciría más desarrollo económico y mayor recaudación.

 

Aranda pretendía una descentralización del Estado y una participación de la nobleza en el Gobierno según costumbres antiguas españolas anteriores al autoritarismo de los Austrias. Aranda quería menos burocracia, limitar el poder del Rey mediante un Consejo de Estado integrado por nobles, potenciar la personalidad política de los antiguos reinos. Confiaba en la moral de la nobleza para evitar la corrupción y el despilfarro (Aranda era noble), por lo que había que ir a un modelo de Estado con más participación nobiliaria, menos “Austria” en cuanto a centralismo, y más “Austria” en cuanto a autonomía de los diversos reinos. Aranda contaba con el apoyo de muchos aristócratas y militares.

Floridablanca quería un estado centralizado, un “despotismo ministerial” autoritario, que no se fiara de un elemento tan sutil como el origen social de la persona, que tuviera en cuenta la variable del carácter de cada persona, fuera noble o no. Campomanes y Floridablanca serían partidarios de un absolutismo duro y de una organización centralista del Estado, de un control férreo de la Administración desde el Gobierno, e incluso Floridablanca creó una Junta Suprema de Gobierno que controlara a todos los Secretarios de Despacho, cosa que indignó a los “aragonesistas” (partidarios de Aranda).

 

Aranda pensaba en autogestión militar de cada territorio americano en hombres y recursos, de forma que España no se gastara nada en esos capítulos. Se basaba en la fe en la honorabilidad nobiliaria española. Aranda quería también que los reinos americanos atendiesen a sus propias necesidades de defensa y orden público, de forma que España quedase relevada de obligaciones militares y recaudatorias en tierras tan lejanas.

Floridablanca opinaba que no se podía ceder la autoridad militar sobre los ejércitos americanos, ni siquiera atendiendo a la honestidad de los nobles, la cual podía fallar en un momento dado como la de cualquier otro individuo. Floridablanca discrepaba profundamente y deseaba mantener la autoridad española en América desde el ejército, garante de la unidad entre ambos lados del Atlántico. La presencia del ejército español garantizando el orden establecido, y la garantía de precios y mercados que les ofrecía España, le venía muy bien a los hacendados y comerciantes americanos, pero impedía hacer programas de mayor producción, porque ello sobrepasaría las posibilidades de la demanda.

 

 

Aranda quería la neutralidad frente a Inglaterra y Francia como salvaguarda de las colonias americanas, de modo que manteniendo neutralidad, España no sería atacada en América. Además, el autogobierno americano se ocuparía de su propia defensa frente a las potencias invasoras.

Floridablanca creía que eso era una utopía, que Inglaterra y Francia estaban entrando en América por todos los medios, legales e ilegales, y que la única forma de conservar las colonias era la amistad con Francia, el socio débil de entre las dos potencias, pues las dos querían repartirse América. La alianza con Francia, moderaría a Francia, y la oposición de Francia y España a Inglaterra, haría que ésta no concibiera proyectos imperialistas sobre el continente americano. Floridablanca hizo alianzas con Francia en 1779 y declaró la guerra a Inglaterra, pensando que con ello recuperaría Florida, Gibraltar y Menorca.

 

Aranda quería relaciones con los revolucionarios franceses, confiando en las ideas de la ilustración y del liberalismo.

Floridablanca quería aislacionismo total frente a los revolucionarios, pues España podía ser el chivo expiatorio de la necesidad de dinero que había generado la revolución en Francia.

 

Y fue Floridablanca el que tuvo apartado a Aranda de Madrid cuanto pudo. Aranda intentó la maniobra de poner de su parte al príncipe Carlos, futuro Carlos IV, que era mucho más reformista de lo que los libros de historia suelen decir. Campomanes, Floridablanca y Grimaldi llevaron los destinos de la política española en el último tercio del siglo XVIII. Es decir, se impuso la política del centralismo. Esa política será atacada por Godoy en el siglo XIX, pero ya era tarde, porque ya se habían formado grupos de ideas intransigentes, independentistas, y porque Godoy sufrió las campañas más duras en su contra de las que se tengan noticias históricas.

 

 

 

Primera fase de formación

de las ideas independentistas americanas.

 

La expulsión de los jesuitas en 1767 fue un factor importante en la toma de conciencia de los valores americanos, puesto que muchos dirigentes criollos se habían educado en colegios de jesuitas y, además de considerar injusta la expulsión, tuvieron ocasión de escuchar argumentos contra el Gobierno de España. Por otra parte, los jesuitas expulsados en 1767 y llevados a Italia, tuvieron ocasión de constatar el enorme desconocimiento que se tenía en Europa sobre los temas americanos, y decidieron escribir algunas cosas para su publicación en Europa: en 1776, Molina[1] escribió Compendio della storia geográfica, naturale e civile del regno del Cile, seguido en 1780 por Clavijero[2] en su Historia antigua de México, y en 1782 Molina publicó Saggio sulla storia Naturale del Cile, y cinco años más tarde, en 1787, Saggio della storia civile del Cile.

La independencia de los Estados Unidos de América, declarada en 1776, causó honda impresión entre los criollos latinoamericanos pues podían ser considerados como unas colonias iguales a las estadounidenses. La consecución de formas políticas liberales que habían conseguido en Estados Unidos, superiores a las europeas en el caso de la constitución de 1788, era un estímulo para que los latinoamericanos intentaran lo mismo. En 1779 España declaró la guerra a Inglaterra y defendió a los colonos americanos.

A partir de 1783, la posición de España en América se vio debilitada en los siguientes términos: En 1783, en el Tratado de Versalles, se dio fin a la Guerra de los Estados Unidos, e Inglaterra reconoció a los Estados Unidos como nación independiente, y quedó libre para luchar contra España. Inglaterra reinició la política de adueñarse del comercio americano y de unas bases territoriales que apoyaran este comercio.

La pérdida de Trinidad en 1763 y la venta de Luisiana a Estados Unidos en 1803, causaron gran impacto en Latinoamérica pues unas tierras hispanoamericanas eran objeto de intercambio, tratadas como mercancías.

En 24 de septiembre de 1781, José Ábalos logró que José Gálvez, Secretario de Despacho de Indias, presentara al Rey Carlos III su “Representación” para la independencia de América, alegando que, con ella, esas tierras se poblarían más y serían más ricas, España dejaría de ser el intermediario entre los productos industriales europeos y las materias primas americanas, y todo ello redundaría en mayor riqueza para España, que podría beneficiarse de un comercio próspero. Según Ábalos, la independencia americana era un fenómeno inevitable, que mejor era hacerlo pacíficamente. No se atendió la petición.

Aranda, en 1787 oficialmente, y desde años antes en otros círculos más reducidos, quería unos reinos hispanos, que se administrasen por sí mismos y defendiesen ellos solos, lo cual, en alianza entre ellos y con España, daría una superioridad militar a ambos sobre Estados Unidos y sobre Inglaterra. Las tierras americanas estaban demasiado lejos de España, y defenderlas acarreaba costes inmensos, que, desde la defensa por sí mismos, se reducirían cuantiosamente. Los ataques de Inglaterra eran insostenibles para España, y tal vez justificasen la guerra entrando con Francia en la de los Siete Años, u hostigando Gibraltar. Inglaterra ya estaba en las Malvinas desde 1766. España había perdido La Florida en 1763. La posesión de una o varias flotas autóctonas, sufragadas por los reinos resultantes, alejaría a los franceses y británicos, y sobre todo a los corsarios. Había que atreverse a un nuevo modelo de Estado, porque antes o después, las Trece Colonias apoyarían las independencias latinoamericanas. España se reservaría Cuba y Puerto rico en América Septentrional, y otras tierras en la Meridional, a fin de tener puertos que garantizasen el comercio, y el resto se independizaría. El modo de independizar América sería crear tres reinos, México, Perú y Tierra Firme (costas de Colombia y Venezuela), con tres infantes españoles en sus tronos, y la coronación del rey de España como emperador, reteniendo España la soberanía, y manteniendo una alianza perpetua entre ellos contra sus enemigos. Cada reino americano sería tributario del de España y los cuatro reinos se garantizarían entre sí que el comercio, que estaría siempre abierto entre ellos.

Ni Carlos III, ni Carlos IV, se atrevieron a publicar este plan de Aranda. El enemigo de estas ideas era Floridablanca, partidario de la unidad a toda costa. Aranda y Floridablanca aparecieron como enemigos durante los reinados de Carlos III y de Carlos IV, hasta la muerte de Aranda en 1798. Los independentistas americanos acabaron cayendo en manos de los enemigos de España, porque estos supieron jugar con los nacionalistas americanos, proporcionarles armas para su sublevación, aparecer como potencias amigas de la libertad. Los emancipadores americanos se echaron en manos de estos extraños, cuya competencia comercial no podían resistir. España se había comportado torpemente. Los “libertadores”, no menos torpemente, pero ¿qué otra alternativa tenían?

Durante mucho tiempo se echó de menos el dinero gastado por España en la guerra de los Estados Unidos. Con ese dinero, los virreinatos americanos podían haber levantado sus flotas y defenderse del bloqueo inglés. Y también de las ambiciones de Napoleón, que sí que era buen político, entendió las posibilidades americanas y deseaba ese imperio. El fracaso francés en España y Portugal, no sacó a la luz sus verdaderos designios, y Napoleón se cuidó mucho de no aparecer nunca en las conspiraciones de la Corte de Carlos IV. Pero es muy probable que estuviera en ellas.

En 1787, Carlos III había creado una Junta de Estado para hacer un plan de Gobierno de España, según criterios de Floridablanca, expuestos en 5 de marzo de 1868 y realizados en la Junta Suprema Central en enero de 1809. Se imponía el centralismo, el gobierno “despótico” desde España. El plan decayó a la muerte de Carlos III en 1788.

La llegada al trono de Carlos IV en 1788 dio algunas esperanzas de estabilidad y buenos negocios a los criollos americanos. Pero quedaron decepcionados por la nueva política gestionada por Carlos IV y su ministro Godoy.

En 31 de mayo de 1789 España promulgó el “Código Negrero” que molestó mucho a los empresarios americanos: este código establecía obligaciones para los empresarios dueños de esclavos, en cuanto a educación, alimento, vestuario, vivienda, vejez, enfermedad, trabajo y castigos de los esclavos, lo cual hacía más cara la posesión de esclavos y el coste de producción de las mercancías americanas. Los latinoamericanos querían suprimir el Código Negrero a toda costa y se organizaron para influir en España y para dominar los Cabildos de sus ciudades de modo que la ley fuera inaplicable. No podían soportar que los esclavos tuvieran capacidad legal para denunciar a sus amos. Incrementaron la represión sobre sus esclavos. Surgieron rebeliones de esclavos. Pero España tenía tomada una decisión y Godoy permitió en 1795 el acceso de pardos y mestizos a las Universidades, lo que atacaba la idea criolla de que los blancos eran una casta superior.

La Revolución Francesa de 1789 también fue vivida con mucha atención en América. Fue otro impacto grande que hablaba de la posibilidad de que los pueblos se organizasen al margen de las monarquías absolutistas. La Declaración de Derechos de agosto de 1789 fue recibida con satisfacción. Miranda había estado en Estados Unidos, y Simón Bolívar en Francia, y llevaban de primera mano las noticias revolucionarias.

La revolución francesa se iba a llevar por delante a los dos políticos del XVIII que habían gestionado el Gobierno en España, Aranda y Floridablanca, dejando el campo abierto a políticos de menor talla.

En julio de 1789 se tomaron en España medidas cautelares frente a la revolución.

Godoy intentó renovar el proyecto Aranda sobre América, pero también se estrelló contra Floridablanca y los fernandinos.    En 1791 hubo un levantamiento de esclavos en Haití, la parte francesa de Santo Domingo, y los empresarios ahitianos comenzaron a emigrar hacia Caracas, Puerto Rico y Santiago de Cuba para iniciar nuevas plantaciones lejos del peligro revolucionario. El problema se agravaría en 1795, cuando en Basilea, España entregó a Francia el resto de la isla, lo cual provocó que los rebeldes se lanzasen contra la totalidad de Santo Domingo. Francia inició una guerra cruel, que no obtuvo resultados prácticos, sino sólo muertos y emigrados, originando un problema que duraría siglos.

Venezuela, que recibía negros de Ahití y tenía sus propias rebeliones de los trabajadores en los altiplanos, temió un contagio dominicano y decidió castigar duramente toda insubordinación de negros y mestizos, pero ello provocó nuevas sublevaciones sangrientas.

En estos conflictos, algunos religiosos se convirtieron en peligro público cuando insistieron en hablar de derechos de los indios y los negros. Pronto se apoyaron en ideas ilustradas y revolucionarias francesas y empezaron a hablar de derechos de los pueblos. Los dirigentes dominicanos, cubanos, caraqueños y algunos bonaerenses, estaban horrorizados.

En 1793 España declaró la guerra a Francia, a la Convención Francesa, lo cual no tenía sentido práctico, económico o territorial, sino que defendía los derechos de los reyes, y se posicionaba contra los ataques a la Iglesia Católica, que estaba siendo privada de privilegios en Francia. La declaración de guerra le hacía popular a Godoy, por ambas razones, pero la derrota de 1795 no sólo le quitó la popularidad, sino que le convirtió en culpable de un fracaso económico y político de primer orden.

En 1795, ya Marchena tenía un grupo revolucionario en París, y Picornell otro grupo en Madrid, que estaban dispuestos a repetir en España la rebelión de La Bastilla.

En 1795, la Real Célula “Gracias al Sacar” permitía el ingreso en la Universidad de negros y mestizos. Causó pánico y furor entre los criollos americanos.

Godoy desconcertó a todos cuando firmó el Tratado de San Ildefonso, de alianza con Francia. Ello llevó al inicio de una guerra contra Inglaterra en 1797, lo cual paralizaba el comercio americano y provocaba el malestar consiguiente entre los criollos. Los criollos podían soportar con dificultad las libertades dadas a los esclavos e indios, pero no podían quedarse sin sus ventas a España.

En estos años, las ideas de economía política hacían furor en las Universidades españolas, sobre todo Salamanca y Valladolid, y se conocían sobradamente La riqueza de las Naciones del marqués de Condorcet, publicado en Madrid en 1792, e Investigación de la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones de Adam Smith, publicado en Valladolid en 1794. Estos libros pasaron a América enseguida en las maletas de algunos estudiantes.

Todavía por estos años, la Corona veía con simpatía el progreso económico y cultural, y sacaba consecuencias de los nuevos estudios, planteándose el libre comercio interior peninsular y el libre comercio entre España y América. Y tomó medidas liberalizadoras que fueron el origen de la desestabilización americana y de la rebelión criolla:

En 1793 se permitió a los americanos comprar buques en el extranjero y hacer su propio comercio con puertos neutrales.

En 1794 se permitió a los comerciantes de puertos americanos buscar esclavos en el extranjero, y hacerse con mano de obra más barata.

Estas medidas liberalizadoras fueron el origen de un nuevo problema económico americano: al aumentar las posibilidades de producción y haber más barcos para el comercio, aumentó la producción, y ésta no podía ser absorbida por España. España por su parte, en las guerras francesas y británicas, había perdido poder adquisitivo, y la demanda era menor. La guerra de la Convención, de 1793 a 1795 hizo que España dejase de comprar algodón, cacao, azúcar, cuero, porque Cataluña y el País Vasco, ocupados por los franceses, eran los principales clientes de esos productos. Los americanos pensaron que, como otras veces, era una circunstancia temporal y se podía almacenar para luego vender (con las consiguientes ganancias de comprar a precios bajos y vender cuando subieran). Pero la situación no mejoró en los años siguientes y los almacenistas especuladores quebraron.

El 4 de marzo de 1795 se autorizó a Buenos Aires a vender fuera, a comprar negros y a comprar mercancías no europeas. En 1796 empezó la guerra contra Inglaterra y la esperanza de reanudar el tráfico comercial desapareció. En agosto de 1796 se autorizó a los americanos a comerciar en barcos propios a puertos españoles, pero el riesgo de hundimiento en los encuentros con los británicos era alto y los seguros caros.

El escape a esa situación era simular comercio desde puertos neutrales, autorizado desde noviembre de 1797, y practicar en realidad el comercio libre, que estaba prohibido. Ello introdujo a los Estados Unidos en el negocio de ventas de los productos latinoamericanos.

 

 

Mapa político de Latinoamérica.

 

Los territorios latinoamericanos al comenzar el siglo XIX eran:

Virreinato de México o Nueva España.

Capitanía General de Guatemala.

Capitanía General de Cuba.

Capitanía General de Caracas.

Capitanía General de Puerto Rico.

Capitanía General de la Luisiana

Capitanía General de Filipinas.

Virreinato de Nueva Granada, 1717

Capitanía General de Venezuela.

Virreinato del Perú.

Capitanía General de Chile, 1778.

Virreinato del Río de la Plata, 1776.

 

 

La fase aguda pre-independentista:

        La política de Godoy.

 

Godoy intentó una jugada política muy arriesgada: En 1801 cedió la Luisiana a Francia, en la esperanza de tener un aliado en Norteamérica frente a los británicos. Pero en 1803, Napoleón se la vendió a Estados Unidos, la colonia independizada de Inglaterra, lo que también impedía la expansión británica, pero proporcionaba un aliado a Francia, Estados Unidos, y además proporcionaba 23 millones de dólares a Napoleón. España quedó muy decepcionada, pues quedaba como la parte tonta de la negociación global. Se hallaba sola frente a los franceses de Napoleón y frente a los británicos dueños del mar, y no tenía nada con que negociar, ni dinero para rearmarse. Había gastado el dinero en las guerras americanas, para nada. Y había perdido la Luisiana.

La Luisiana era un territorio de 2,144 millones de kilómetros cuadrados (4 veces mayor que Francia) correspondiente a la pradera del oeste americano, entre los Apalaches y las Rocosas (comprende los Estados actuales de Arkansas, Missouri, Iowa, Oklahoma, Kansas, Nebraska, Minnesota y parte de los Estados de Dakota del Sur, Dakota del Norte, Texas, Nuevo México, Alberta y Saskatchewan). Thomas Jefferson la compró en 23 millones de dólares, que pagó a Napoleón, el cual necesitaba dinero para su guerra contra Gran Bretaña. Además, se privaba a Gran Bretaña de la posibilidad de abrir nuevas colonias en esa parte del mundo. Luisiana tenía entonces 35.000 habitantes, por lo que no es inexacto decir que estaba prácticamente deshabitada (0,01 habitantes por kilómetro cuadrado).

En 1802, España cometió un nuevo error de mucho peso que no valoró lo suficiente hasta pasados muchos años: en la Paz de Amiens regaló Trinidad a Inglaterra. Trinidad es una gran isla muy cerca de la desembocadura del Orinoco. Para la comprensión de un europeo, es como si España regala a Alemania la isla de Mallorca, o si Francia regala a Alemania la de Córcega. Los venezolanos, colombianos y caribeños en general, quedaron escandalizados y tuvieron la impresión de que, en cualquier momento España podía regalar cualquier territorio. Si tenemos en cuenta la cesión de un territorio tan inmenso como la Luisiana, las siguientes víctimas podían ser los habitantes de Nueva España, Río de la Plata o El Perú. Era una vejación para con los latinoamericanos.

La inseguridad tuvo como consecuencia dos cosas fundamentales: una, que la política de orden público se endureció en Latinoamérica y los hacendados americanos más conservadores eran partidarios de la dureza, de castigar con la muerte cualquier insurrección y protesta, lo cual dio lugar a reacciones de americanos de varias ideologías, liberales, republicanos e independentistas; dos, que los americanos se pensaron la necesidad de una autonomía respecto a España, pues no querían ser entregados sin ni siquiera consultarles. Y si los más conservadores eran autonomistas, los más revolucionarios eran independentistas, pero ninguno estaba conforme con los “españoles”. Los “españoles” era un término que a veces designaba a las autoridades, políticas y eclesiásticas, que España enviaba desde la península sistemáticamente, pues la metrópoli desconfiaba de las poderosas familiares americanas, que tendían a la corrupción y nepotismo, mientras los enviados españoles eran removidos sin problema cuando España quería. Los españoles eran los españolistas.

En 1804, Godoy volvió sobre el proyecto Aranda de semiindependizar los virreinatos americanos. Introdujo algunos cambios al Plan Aranda, como que los príncipes españoles fueran sólo regentes, que gobernasen con un Senado mitad español y mitad americano, que introdujesen las mejoras legales necesarias a cada reino, y que tuviesen autonomía de Justicia para aplicarse sus propias leyes y para sufragar los gastos correspondientes. Propuso sustituir los virreyes por infantes españoles que debían instituir sistemas de Gobierno completos, con leyes específicas adecuadas a su propio territorio, con sistemas judiciales propios, con ejército autóctono. En realidad no se les concedía la independencia, sino se constituían una especie de regencias, que teóricamente reconocían al Rey de España, y que dejaban que éste designase a los regentes entre sus descendientes, si que se hicieran hereditaria la regencia. El proyecto no tuvo ningún éxito y consiguió aunar la animadversión de la Corte, de todas las ideologías, que veía perder sus posibilidades de alcanzar un virreinato, audiencia, gobernación… en Indias.

Muchos argumentaban en contra de Godoy el peligro de que se perdiera el catolicismo en América, pero otros, como Orense, consideraban que sin la influencia ilustrada proveniente de España, el catolicismo americano estaría más seguro. Entre los defensores de la unidad y el catolicismo estaba José Antonio Caballero, marqués de Caballero, y detrás de él toda la camarilla de fernandinos, enemigos cerrados de Godoy.

La verdadera oposición al proyecto de Godoy estaba en los hombres que participaban en los intereses británicos y franceses, interesados en las ganancias del comercio americano. Los que sostenían que la pérdida del monopolio español sobre las mercancías que salían y entraban a América, sería una catástrofe, estaban cerradamente en contra de Godoy.

El proyecto de Godoy sobre América se hizo insostenible debido a los acontecimientos: en 1803, Godoy había firmado con Francia un Tratado de Suministros, por el que España aportaba anualmente a Francia una cantidad enorme de dinero para la guerra de Napoleón contra Inglaterra, dinero que luego no se pagó. Los británicos consideraron el tratado como acto de guerra y atacaron barcos españoles. En 1804 España declaró la guerra a Inglaterra. En ese mismo año, Godoy decidió que la guerra, que era por intereses americanos, la pagase América con bienes de la Iglesia (escuelas, orfanatos, hospitales, casas de beneficencia, y tierras) que salieron a subasta. La Iglesia americana se enfadó con el Estado español. En esas condiciones, Carlos IV no se atrevió a publicar el proyecto Godoy sobre América. Pero el proyecto era conocido en la Corte de Madrid, y Godoy resultaba odioso.

La derrota de la flota española en Trafalgar, 1804, les hizo comprender a los latinoamericanos que estaban solos y tendrían que resolverse sus propios problemas. España ya no era su protección.

En 1805, tras la derrota de España en Trafalgar, la crisis del comercio americano era muy grave. El mar estaba cerrado por los ingleses en las cercanías de Río de Janeiro, La Habana y Cádiz, de modo que un porcentaje alto de barcos caían en sus manos y eran llevados a Gran Bretaña. Los precios en América sufrieron convulsiones grandes de modo que los productos de fuera subieron hasta un 500% y los productos autóctonos bajaron hasta un 40% pues se acumulaban sin esperanza de venta.

 

En 1806, Godoy volvió sobre el proyecto de deshacerse de la carga que para el Estado español suponían los problemas americanos, pero en este momento jugaba ya en Europa un papel muy importante Napoleón. Con el apoyo de Napoleón, el proyecto tendría más posibilidades. Es un tema oscuro de la historia de España. En principio se preveían dos “Principados”, el uno para Francisco de Paula y el otro para Godoy. Más tarde se negoció con 4 principados que serían para don Carlos, don Francisco, Carlota y su esposo (Juan VI de Portugal, 1767-1826, rey de 1816 a 1826) y Godoy. Serían Nueva España, Nueva Granada, Perú y El Plata, y quizás un quinto principado en El Caribe, incluyendo Texas. En este caso, serían virreinatos perpetuos y el proyecto se parece más al de Aranda que en 1804. En esta ocasión, la repulsa hacia el proyecto Godoy parece que fue mucho más sonada que en otras ocasiones y, entre otros, se negaron a admitirlo: José Antonio Caballero Vicente, Secretario de Gracia y Justicia 1789-1808; el arzobispo de Tarragona Romualdo Mon y Velarde; el obispo de Orense Pedro Benito Antonio Quevedo Quintano, y otros muchos… Al fin, Carlos IV dijo que no quería exponer a sus hijos y parientes, que pudieran ser nombrados reyes de América, al peligro de los ataques ingleses, y se desechó la operación.

La zona de nuestros conocimientos que queda oscura es, primero, qué pasaba con las posesiones portuguesas, una vez que Portugal se dividía en tres Estados asociados a España y su Casa Real desaparecía de Europa. Y segundo, también es oscuro el tema de la conspiración política de los fernandinos en El Escorial, pues la documentación fue destruida por la reina.

El Tratado de Fontainebleau que acordaba todas estas cosas fue firmado en 27 de octubre de 1807, pero todo este tema iba en las cláusulas secretas, poco difundidas y estudiadas, lo que hizo confundirse a muchos historiadores en el XIX y XX.

Dada la política española sobre los negros, pardos y mestizos, el miedo a una revolución social en América estaba muy presente en los ánimos de los hacendados americanos. El temor por el orden público, presente en España, era mucho mayor en América en 1807 y 1808. Se acusaba a Godoy de haber provocado este ambiente de incertidumbre social. En América, la costumbre de haber dividido la población por color y linaje, hacía mucho más evidente el peligro de revolución social. Ya tenían los ejemplos de Haití 1791, donde se habían levantado los esclavos negros incendiando granjas e ingenios de blancos y los propietarios franceses estaban emigrando a otras zonas del Caribe en los siguientes años, porque el ambiente era malo.

En fecha tan temprana como 1806, ya se hablaba en la Corte de Madrid, de que Napoleón iría a por España en cuanto fuera capaz de dominar Europa Central, en cuanto ganase la guerra en Alemania.

La reacción británica ante las noticias de un próximo reparto de América fue fulminante, y ocupó Buenos Aires en 1806. España estaba desconcertada. Los fernandinos porque conspiraban contra todo el plan de Godoy. El resto de la población, porque no sabía nada.

Las posibilidades de Napoleón eran máximas si lograba que hubiera Estados latinoamericanos aliados a España en América, y un Estado español peninsular aliado a su persona, en manos de uno de sus hermanos. La potencia francesa frente a Gran Bretaña sería aplastante.

En Fontainebleau, 1807, Napoleón reconocía a Carlos IV como emperador de las dos Américas, que no dice cuáles eran, pero que entendemos serían los virreinatos de Nueva España y Perú. Los infantes irían a América, no como virreyes perpetuos (proyecto de 1806) sino como reyes. Se preveían dos fases: en la primera, los reyes-infantes lucharían contra los británicos y les expulsarían de América; en la segunda, una vez conseguida la victoria, se reconocería a Carlos IV como emperador.

Poco después de la firma del Tratado de Fontainebleau, Napoleón se dio cuenta de su error, pues la formación de los reinos americanos y el alejamiento de los príncipes y del rey, no facilitaría su dominio sobre España, sino que proporcionaría a España unos aliados en América contra el proyecto francés. Así que decidió anular el proyecto y acabar con la monarquía española como paso previo a una expansión mayor. Era 1807. La realización de los nuevos planes tuvo lugar en 1808.

Sospechamos que Napoleón era cómplice en el Motín de Aranjuez, y la prueba que nos hace sospecharlo es que ordenó destruir todos los documentos que le comprometían. Y a partir de entonces los acontecimientos le fueron adversos: el pueblo español se sublevó contra “el extranjero”, Floridablanca se le opuso tajantemente, y los liberales españoles se posicionaron en contra cuando los franceses eran en teoría la garantía del triunfo de las reformas liberales. Puede haber una contradicción aparente, pero no hay contradicción si atendemos a los proyectos americanos de Napoleón.

En 1808 se produjo la invasión de los franceses a España. Los Virreinatos americanos crearon Juntas de Defensa como estaban haciendo las demás provincias españolas. Así se les pidió desde España. Estas Juntas estuvieron compuestas por burgueses criollos que se atribuyeron el poder a sí mismos. Las Juntas, españolas y americanas, se rebelaron contra Napoleón y se declararon soberanas.

Cuando los franceses invadieron España en 1808, los americanos creyeron que no había más alternativa que hacerse cargo de su propio gobierno. Luego sólo hicieron falta unas torpezas como las de Carlos IV y Fernando VII en 1808 para que reivindicaran sus independencias y lucharan por ellas.

Cuando llegó la guerra de 1808-1813, Guerra de la Independencia, la caída de la demanda de los productos americanos fue abrumadora. El interés por continuar bajo obediencia española era muy bajo.

Algunos movimientos separatistas se iniciaron en México (septiembre de 1808), La Paz (julio de 1808), pero sin éxito.

En general se mostraban afectos a Fernando VII y contrarios a los delegados que les enviaba José I, muchos de ellos apresados en América. En 1808, América en general repudió a José I y proclamó a Fernando VII como rey legítimo de las Españas. Por eso acogieron a los enviados de la Junta Suprema de Sevilla, a la que creían dominante en España, y rechazaron a los del rey francés.

 

 

 

El comienzo de las independencias:

   Fernando VII.

 

El comienzo del reinado de Fernando VII se prestaba a confusiones. Si Aranda y Godoy habían representado los proyectos de cambio, los que deponían a Godoy debían ser conservadores. Y Fernando VII debía ser el rey que garantizase las tradiciones y privilegios americanos, que todo permaneciese como estaba. Los americanos reaccionaron aceptando a Fernando VII, pero hablando constantemente de “restauración”. No querían revoluciones, es decir, abolición de privilegios económicos y sociales. No querían la revolución. Tras el golpe de Aranjuez, estaban tranquilos, pues Godoy había sido depuesto. Esa era la impresión primera.

Las abdicaciones de Bayona fueron una decepción. Si los reyes españoles aceptaban los cambios impuestos por Napoleón, la amenaza de reformas subsistía. Los americanos se enteraron de esta posibilidad en verano de 1808. El derecho español negaba la posibilidad de que un rey cediese la Corona, y en caso de agotamiento dinástico, ésta revertía a las Cortes, que nombraban un nuevo soberano. España no actuaba coherentemente a sus leyes. La confianza en Fernando VII y en las Cortes se perdió.

Llegó José I y temieron que se produjeran los temidos cambios. José Bonaparte era interpretado como la revolución que ellos no querían. La entrada en Madrid de Napoleón, en noviembre de 1808, causó pavor en América. Eso significaba que los Bonaparte asumirían la dinastía y habría nuevas leyes. Los cambios de la revolución francesa estaban muy claros en la Francia napoleónica. Era exactamente lo que los americanos criollos, dueños de haciendas, no querían. En todo caso, querían ser ellos los que introdujeran los cambios que les parecieran oportunos.

En 1810, cuando los franceses entraron en Cádiz, la posición americana fue ya definitiva: declararon al Rey Fernando VII cautivo, lo que daba lugar a la necesidad de una “suplencia” que en América debían hacer los virreyes. Como los virreyes no tomaron una decisión clara, fueron los hacendados y comerciantes los que la tomaron. Se acusó a los virreyes de estar puestos por Godoy y por ello conchabados con él, para hacer cambios sin consultar a los americanos, lo que implicaba la necesidad de reaccionar, como cabildos o mediante cualquier otra institución que representase alguna legalidad en América.

En 1810 las cosas evolucionaron. Los masones americanos, que se llamaban a sí mismos patriotas, eran partidarios de la independencia y habían conseguido el apoyo de Francia, Gran Bretaña y EE.UU. Frente a ellos estaban los “legalistas” o conservadores partidarios de seguir con España, con la España rebelde a los franceses.

El punto crítico se alcanzó a la hora de la disolución de la Junta Suprema Central en el verano de 1810, pues los legalistas se quedaron sin argumentos. Entonces se constituyeron en América Juntas, partidarias de Fernando VII, pero independentistas. Defendían los derechos de Fernando VII, pero la independencia frente a la España de José I. La Junta de Caracas proclamó su independencia en 5 de julio de 1811 y proclamó la República de Venezuela.

No hubo vuelta atrás, ni posibilidad de entendimiento con España:

En 1816, el Secretario de Estado José García de León y Pizarro propondría a Fernando VII reconocer las independencias americanas que ya existían de hecho, pero el rey se negó.

En 1821 se retomó en el Gobierno español por última vez el tema de las independencias americanas, cuando ya de hecho no tenían remedio. Francisco Antonio Cea propuso una solución federal con concesiones recíprocas con España en materia de liberalizar el comercio. El 24 de junio de 1821, los diputados americanos volvieron sobre los proyectos de Aranda primero en 1788, y Godoy después en 1806, de dividir América en reinos gobernados por infantes españoles. Las Cortes, en este caso liberales, rechazaron el proyecto y se negaron a ratificar el Tratado de Córdoba que O`Donojú había hecho con Iturbide en México, alegando que no se podía tocar la constitución de 1812 en ocho años, y que ésta garantizaba la unidad de las Españas. Lo único que decidieron los diputados del Trienio Liberal fue hacer un decreto, en 13 de febrero de 1822, nombrando comisionados que fueran a dialogar el tema a América, con los americanos, lo cual es la tontería a la que suelen acudir los políticos cuando no tienen soluciones o quieren diferir un tema al infinito, apelar al diálogo a través de una comisión. Los americanos ignoraron por completo esta proposición española, como era lógico.

[1] Juan Ignacio Molina, 1740-1829, fue un chileno que se hizo jesuita en 1755 y se interesó por las lenguas y las ciencias naturales. Tras la expulsión de los jesuitas de 1767 llegó a Italia, donde fue catedrático de Griego en Bolonia. Allí fue consciente de la ignorancia europea sobre América, y escribió sus libros de geografía e historia natural e historia de Chile.

[2] Francisco Javier Clavijero, 1731-1787, fue un mejicano que se hizo jesuita en 1748 y leyó a los científicos del XVII e ilustrados del XVIII. Se ordenó sacerdote en 1755, y fue amonestado por no dedicar su tiempo completo a la docencia, pues se estaba ocupando de códigos aztecas y libros sobre la conquista. En 1767 fueron expulsados los jesuitas, y Clavijero pasó a Ferrara y Bolonia, en Italia, donde escribió varias cosas, sobre todo de California, de las que nos parece más interesante la Historia Antigua de México.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *