LATINOAMERICA, DEL COLONIALISMO POLÍTICO

   AL COLONIALISMO ECONÓMICO.

 

 

 

El colonialismo económico.

         Los empréstitos de América Latina.

 

América Latina se convirtió en una colonia económica de Londres. Pasaron del “odioso” colonialismo español a un “aceptado y buscado” colonialismo económico. Los intereses eran exorbitados, y las cantidades solicitadas en préstamo desmesuradas, propias de países en guerra. La ruina económica de América Latina fue grande, debido a políticos más interesados en la guerra que en el desarrollo económico y social. Culpar, luego, a los españoles de la ruina, fue de nuevo un lugar común, pero una falsedad histórica notable. Las fortunas ganadas por los negociadores de la deuda no las he encontrado en ningún tratado de historia de Sudamérica, pero hay datos para sospechar que eran inmensas. Por ejemplo, Rivadavia fue socio de la compañía minera Famacia Mining Company[1], y de la compañía minera Río de la Plata Mining Association[2], aportando grandes cantidades de capital. Braulio Costa y John Robertson se habían llevado 878.000 pesos en comisiones. William Robertson se había llevado 262.000 pesos en comisiones. Miguel Riglos se había llevado 100.000 pesos.

La deuda sudamericana tomada en 1822-1826, se calcula en 20.978.000 de libras nominales, de la que Inglaterra, tras los quebrantos y comisiones de deuda, sólo había aportado unos 7.000.000 realmente. Pero Inglaterra exigía el pago de una cantidad tres veces mayor.

1822 Colombia, pidió 2.000.000 de libras.

1822 Chile pidió 1.000.000 de libras.

1822 Nicaragua (Poyais) pidió 200.000 libras.

1822 Perú pidió 1.200.000 libras. Otra fuente dice que fueron 1.800.000 libras a J.P. Robertson y Cía.

1824 México pidió 3.500.000 libras a Goldschmidt and Co. Y 3.500.000 libras a Barclay Herring and Co. con unas pérdidas en quebranto y comisiones del 50%.

1824 Colombia, por segunda vez pidió préstamos.

1824 Argentina pidió 1.000.000 de libras.

1825 Brasil pidió 2.000.000 de libras.

 

El caso de Chile: en octubre de 1822, Chile obtuvo un préstamo británico. Lo pidió Antonio José de Irisarri y lo gestionó Hullet Brothers. Se trataba de un millón de libras, entregando los prestamistas solamente 700.000 (30% de quebranto), a un interés del 6% y una amortización del 1% anual, llevándose Irisarri el 2% de comisión y Hullet el 1,5% de comisión. El objetivo era pagar una expedición militar contra Perú. Se encargó a Portales, Cea y compañía de gestionar los pagos, para lo cual se les concedieron algunos monopolios, pero fue un fracaso y en 1826 se rompió el contrato.

Chile debía pagar los gastos que provocaba San Martín, y una cosa era celebrar las alegrías independentistas de febrero de 1818, y otra muy distinta atender a los deseos “liberadores” de San Martín:

De 1 de agosto de 1821 a 31 de julio de 1822, San Martín no tuvo otra idea para conseguir recursos que imponer empréstitos forzosos a los comerciantes chilenos, y obtuvo 2.800.000 pesos, pero eso arruinó a los comerciantes de forma muy grave, y tras los comerciantes se arruinaron la agricultura, ganadería y minas. El país pasaba hambre.

 

El caso de Brasil es económicamente espeluznante: Quien mejor recibió a los británicos fue Pedro I de Brasil, que había sido partidario de Napoleón y necesitaba congraciarse con los británicos, para lo cual les concedió todo tipo de ventajas: extraterritorialidad, para que los delincuentes británicos fueran juzgados en Inglaterra; tasas mínimas a la importación de productos británicos (15%), mientras los productos brasileños pagaban mucho más en Inglaterra; y un tratado sobre el tráfico de esclavos por el que cualquier barco brasileño que fuera sorprendido con esclavos podía ser apresado, con lo que en la práctica cualquier barco podía ser apresado. A cambio, Pedro I conseguía armas y barcos para su guerra contra Buenos Aires. Cuando fue derrotado en Ituzaingó, Pedro I quedó en manos de los británicos. Brasil pidió el dinero a los Rosthschild, con quebranto del 15%, interés al 5% y comisión de amortización al 1%, poniendo como garantía un cuarto de sus ingresos aduaneros.

 

El caso de Argentina 1824 está bien estudiado: el empréstito se autorizó en 19 de agosto de 1822 por tres o cuatro millones de libras, y se vendió al pueblo como que se iban a construir un puerto nuevo en Buenos Aires y algunos pueblos nuevos en la frontera y en la costa del sur. Nada fue verdad. En 1824, Rivadavia alegaba que con la construcción del puerto se podrían obtener unos 300.000 pesos anuales de rentas. La oposición le contestó que muy bien, pero que, esperando tres años, se tendría el millón de pesos que se pedía a crédito. Rivadavia argumentó que necesitaban oro para garantizar las letras de cambio y pagarés, y que sólo Inglaterra les podía respaldar en oro para construir ese puerto.

En 1821, Buenos Aires había permitido, ingenuamente, la libre circulación de metales preciosos y su exportación. El mismo error que había arruinado poco antes a España, creían que podía ser repetido sin problema. En 1821 se quedaron sin metálico y no tenían con qué respaldar sus operaciones comerciales. La revolución había fracasado. La solución tenía que ser drástica, pero los caudillos populistas no podían enfrentarse a los estancieros y burgueses criollos que sostenían sus campañas: no querían elevar los impuestos de aduana, ni prohibir la exportación de metales preciosos, que eran el gran negocio de los comerciantes porteños. La solución sugerida por economistas del momento, era emitir papel canjeable a la vista. De esta manera, con un sexto de las reservas en metálico, tendrían un gran capital circulando.

Para realizar lo previsto, el 15 de enero de 1822 proyectaron el Banco de Descuentos, un banco del Estado que gestionaría las finanzas del país. El capital era de 1.000.000 de pesos en acciones de 1.000 pesos cada una, que se pagaban, el 20% de su valor al suscribir, el 20% a los sesenta días, y el resto cuando se dispusiese. El banco tendría el monopolio bancario por 20 años, prestaría al comercio, canjearía cheques a la vista, aceptaría depósitos a interés fijado por el Estado, recibiría depósitos de Tesorería de Buenos Aires y tendría privilegios impositivos y fiscales de modo que las acciones no pagaban impuestos ni los tenedores irían a tribunales ordinarios. Los compradores hicieron el primer pago con pagarés, pidieron crédito para terminar de pagar y levantaron los pagarés con más papel. Sólo 239 acciones (de algunos incautos) se pagaron en metálico. El descuento se fijó en el 9% anual y el interés en cantidades variables, desde el 19 al 24%, con lo que los que habían puesto pagarés ganaban un 10% sin hacer nada ni poner dinero alguno. El siguiente negocio era captar el oro de los 239 incautos accionistas que lo habían depositado y de otros incautos que hubiera en Argentina. Se hizo propaganda buscando estancieros que aportasen más oro. Los pagos para la guerra, armas y munición, había que hacerlos en oro, pues ni Gran Bretaña ni Francia admitirían papel argentino, y el oro se acabó. Necesitaban dinero, pues estaban en quiebra técnica.

Al final, en 1 de julio de 1824, se pidió un millón a Baring Brothers, en condiciones muy desventajosas para Argentina: se partió de un quebranto del 30%, repartiéndose los negociadores un 15% cada una de las partes, británica y argentina, pero se acabó en un quebranto[3] del 15%, o 150.000 libras, de las que los ingleses se quedaban 120.000 y los negociadores argentinos 30.000. El interés era del 6% anual, el plazo de ejecución 80 años, a lo que había que añadir el 1% de comisión anual que se llevarían los británicos (10.000 libras anuales durante 80 años). Baring Brothers se quedaba con 200.000 libras, comprándolas al 70% de nominal, para vender en el mercado secundario (lo que podía reportarles 60.000 libras de beneficio si deseaban colocarlas a nominal). Baring Brothers sacaba a la venta 800.000 libras, al 85% de nominal de salida, lo que le proporcionaba 120.000 libras de beneficio si lograba colocarlo, y si lo colocaba por encima del 85% tenía derecho al 1,5% de la demasía. Los comisionistas, argentinos y británicos, se llevaron 131.000 libras. Al final, el dinero efectivo llegado a Buenos Aires por ese préstamo de un millón de libras fueron 570.000 libras, por las que se comprometían a pagar 4.800.000 de intereses y 800.000 de comisión en los 80 años siguientes, aparte de algunas otras pequeñas comisiones. Una ruina para Argentina.

La Casa Baring pertenecía a Alexander Baring, un ministro británico de la Moneda, hijo de otro ministro de Hacienda llamado Francis Baring. Alexander la denominó en 1806, Baring Brothers Co. Su primer negocio fue la intermediación en la venta de Luisiana que Napoleón les encargó, ganado un 12% de comisión sobre 10.000.000 de dólares. El préstamo a Argentina era su segundo gran negocio, del que esperaban el dominio completo de las colonias españolas de Sudamérica, pero fue tal la corrupción, que Baring Brothers quebró en 1890, al tener dificultades en el cobro del crédito. El empréstito dado a Argentina se recuperó en 1904, tras haber pagado Argentina unos 14 millones de libras, por el millón prestado en 1826. La Casa Baring se recuperaría por intervención de miembros de la Casa Real, pero volvió a incidir en negocios turbios comprando futuros sin fondos, lo que les llevó a la ruina definitiva en 1995.

Algo iba mal en el “negocio argentino”, pues la casa Natham Rotschild se opuso a participar en él, cuando los Baring se lo propusieron. Los periódicos londinenses hablaban abiertamente de corrupción generalizada en El Plata. La pregunta es por qué Europa concedía estos dineros tan cuantiosos a países con poca garantía. Y la explicación hay que buscarla en la época histórica en que se vivía: Europa estaba saliendo del desastre napoleónico de 1808-1815, y Francia debía pagar la invasión de España de 1823, acordada en el Congreso de Verona de 1822. Gran Bretaña se quiso engañar a si misma diciéndose que América era una fuente inagotable de recursos, y Canning en 1823, creó los consulados de Buenos Aires, Santiago de Chile y Lima. Para ganarse a “los americanitos”, se compró a los políticos con regalos de poco valor (fundamentalmente cajas de rape bellamente decoradas, presentadas como joyas europeas). Los británicos llegaron a Sudamérica despreciando todo, la tierra poco urbanizada y las gentes poco educadas que allí había. Pero los políticos británicos estaban perfectamente enterados de la insolvencia americana. De hecho, Parú falló en sus pagos en 1825, Colombia en 1826, Chile en 1827, Buenos Aires en 1828, Guatemala en 1833, México en 1833. Pero Castlereagh tenía otros propósitos e incluso deseaba los impagos, pues los países arruinados se convertían en colonias económicas británicas.

La casa Baring aconsejó que no era prudente enviar tanto oro a Buenos Aires y envió solamente 62.000 libras en letras y 2.000 libras en doblones, quedando depositado el resto en Londres al 3% de comisión, que pagaban los argentinos. Las Heras exigió oro, y recibió 57.400 libras en oro, menos el 1% de comisión de los Baring, menos 0,5% de comisión por fletes. Se argumentó que los bonaerenses tendrían crédito en Londres.

Si el negocio argentino era ya ruinoso en el momento de la contratación del empréstito, las cosas en política siempre pueden ir a peor: la Junta de Representantes de Buenos Aires consideró que ya no era necesario hacer las inversiones prometidas y lo colocó en el Banco de Descuentos de Buenos Aires. El Banco de Descuentos era necesario, pues al no circular ya oro peruano, había que dar un fondo sólido al papel, y el Estado Argentino se hizo cargo de letras, pagarés y papel en general. Una vez que la moneda metálica estaba siendo sustituida por el papel, los políticos no tuvieron empacho en facilitar todo tipo de créditos a particulares a interés bajo, lo cual era muy popular, y el resultado fue la pérdida de credibilidad del Banco de Descuentos y ruina completa de los negocios al caer el papel. La salida de la burbuja de los préstamos baratos era casi imposible.

Y si pensamos que ya se había tocado fondo, la Ley de Consolidación, puso como garantía de la deuda argentina toda la tierra de Argentina, de modo que toda la tierra pasó a ser del Estado, y por tanto no se podía comprar, ni vender, sino que el Estado tenía arrendamientos a los particulares y éstos sólo podían comprar-vender arrendamientos. Como los argentinos no podían tolerar el desaguisado, se alquilaron a precios bajos, lo cual satisfizo a los agricultores y ganaderos, pero arruinaba al Estado progresiva y logarítmicamente. La Ley Nacional de Enfiteusis de 16 de marzo de 1826 (sancionada el 18 de mayo de 1826) prohibía vender, comprar, donar y legar tierras a partir de 1 de enero de 1827 y durante un mínimo de 20 años. Los alquileres a pagar por la tierra se legislaron en un 4% de su valor, si eran de pan llevar, y en un 8% si eran de pastoreo. El monto del valor de la finca lo establecía una comisión de vecinos de la zona conocedores del terreno, y era revisable cada 10 años, lo cual daba también lugar a corrupción, pues una baja valoración significaba un buen negocio.

El 23 de enero de 1825, el general Las Heras se gastó el oro que pudo recoger en pertrechos de guerra.

En 1826, había en Argentina tres millones de pesos en circulación y sólo 250 millones eran en metales preciosos. El 9 de enero de 1826 se decretó la circulación forzosa del papel, pues la gente quería metal y se lo estaban llevando del banco de Descuentos, lo cual llevaba a la quiebra del Estado.

El 5 de enero de 1826 se pensó en una aportación exterior de capital que permitiera al gobierno continuar.

El 11 de febrero de 1826 se levantó la orden de curso forzoso del papel. Los accionistas fueron al Banco de Descuentos, y los primeros que llegaron agotaron el efectivo en sólo 20 días.

El 12 de abril se cerró la ventanilla de cambios y, para justificarlo, se inventó una “milonga” que decía que el Gobierno iba a purificar el oro, y el proceso técnico requeriría unas semanas, tras lo cual volvería a estar disponible. Simplemente, no había oro.

Lo más terrible era que el Gobierno se gastaba lo que no tenía en proyectos faraónicos como canales navegables por toda Argentina, alumbrados públicos, ensanches de calles, fuentes y jardines botánicos, escuelas, catedrales, universidad, museos… proyectos todos muy loables y culturales, pero imposibles de pagar.

En julio de 1826, la deuda del Estado se elevaba a más de 10.000.000 de pesos. Aún así, los dividendos del Banco de Descuentos seguían siendo superiores al 10%, lo cual sólo tenía sentido para mantener el prestigio, pero agravaba cada vez más la deuda. Lavalle exigió la libre emisión de papel en el Banco de Descuentos, y el papel se devaluó hasta pedirse por el oro el 400% de su valor. Algún año los dividendos subieron al 15%. Más absurdo.

En 1827, el sistema estaba corrompido. Los diputados se pusieron muy contentos cuando el Estado les pagó cada acción de mil pesos con siete acciones de doscientos pesos cada una, y todos votaban a favor de las nuevas operaciones financieras. Pero la deuda era de 2.750.000 pesos y el Estado sólo tenía 240.000 pesos en el banco.

Los bonaerenses no comprendían en 1827 que, habiendo vencido a Brasil, se tuvieran que someter a las decisiones británicas, y se sublevaron contra Rivadavia, que tuvo que cesar en junio de 1827. Los siguientes gobernantes argentinos, López y Dorrego, se tendrán que plegar a las decisiones de Londres, de grado o por fuerza, porque ellos no tenían dinero y Londres mandaba.

 

 

 

 

[1] En español, la sociedad se llamaba Sociedad de Rescate y Casa de la Moneda de La Rioja y tenía facultades para explotar minas de metales preciosos, y de emitir moneda como venían haciendo anteriormente las minas peruanas. Eran socios: el caudillo Fernando Quiroga, el capitalista Braulio Costa, Tomás Manuel de Anchorena, Juan Pedro Aguirre, Bernardino González Rivadavia y la Baring Brothers.

[2] En este caso los socios eran el banco Hullet Brothers y Bernardino González Rivadavia. También era compañía minera y de emisión de moneda.

[3] Quebranto es la parte del principal que no se entrega, sino que se queda por adelantado el prestamista y los negociadores en garantía de su trabajo.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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