LOS ERRORES ESPAÑOLES.

 

El mantenimiento de la idea unitarista del Estado, defendida por Floridablanca y la mayoría de los conservadores españoles, y propio de los Austrias, no era compatible con la diversidad de realidades e intereses de las distintas regiones americanas. Posiblemente tuvieran razón, vistos desde hoy en día, Aranda y Godoy, los que han tenido peor prensa historiográfica en los siglos XIX y XX.

También fue un claro error la mala explicación de la política de Godoy en este campo político, lo cual le llevó a gran impopularidad en América y hasta en España:

El 5 de septiembre de 1799, Godoy hizo un decreto por el que transfería a los obispos de España y América, la jurisdicción papal para conceder licencias de matrimonio por consanguineidad. La Iglesia americana vio en ello una herejía, pues se le estaba privando al Papa de su soberanía sobre la Iglesia. La orden tuvo que ser derogada en 1800, pero el descrédito de Godoy ya no se repuso. José I volvió a ponerlo en vigor en noviembre de 1809.

En 1804, se emitió la Real Cédula de Consolidación de los Vales Reales, poniendo como prenda los bienes eclesiásticos y ello anunciaba desamortizaciones que no gustaron a muchos obispos españoles ni americanos.

Otro error fue la pérdida de credibilidad que asumió la política española como mal necesario:

Los territorios de la Corona española eran inajenables, porque así lo decían Las Partidas de Alfonso X en el siglo XIII, y la Real Célula de 14 de septiembre de 1519, dada en Barcelona por Carlos I, citaba expresamente a las Indias para incluirlas como territorios españoles. Ni siquiera eran enajenables por voluntad real. Esa legalidad se rompió en Basilea, julio de 1795, entregando parte de Santo Domingo a Francia, si bien se hizo para recuperar territorios españoles peninsulares que estaban dominados por los franceses. Los dominicanos se resistieron a los franceses, que tuvieron que ocupar la isla militarmente. Muchos prefirieron emigrar a otras zonas de dominación española. La zozobra entre los criollos del Caribe, y de otras zonas americanas fue grande, pues eran utilizados como moneda de cambio en beneficio de intereses de la Corona, que no de los españoles. La legalidad se volvió a romper en Amiens 1802, cuando se entregó Trinidad a los británicos, también a cambio de otro territorio español, Menorca. En este caso, la cercanía a Caracas hizo reaccionar a todo el continente sudamericano mucho más profundamente de lo esperado en España.

Ya habían sucedido cosas similares con anterioridad, pues Florida fue cedida en la Paz de París de 1763, para recuperar La Habana y Manila. Pero estos asuntos se multiplicaron en la década anterior a la invasión francesa de 1808.

La facilidad con que se cedió la Luisiana a Napoleón en 1801 a cambio de colocar a un sobrino de Carlos IV, fue un mazazo para los americanos, que se preguntaban qué iba a ser de ellos en la siguiente negociación internacional. A ellos no se les preguntaba. Hasta entonces, los americanos pensaban que esas cesiones eran imposibles. En 1803, la Luisiana fue vendida por Napoleón a los Estados Unidos, porque ya no le interesaba. Los territorios y sus habitantes se cambiaban y vendían, sin empacho alguno. La Luisiana era un territorio de más de dos millones de kilómetros cuadrados, un territorio inmenso, que era tratado por España como un peón de ajedrez en el tablero europeo.

En 1805, Talleyrand pidió a España 6.000 hombres para guarnecer Etruria, y España los aportó en febrero de 1806, actuando al servicio de los caprichos del emperador. Era humillante para los españoles y americanos.

En 1806, los británicos atacaron Buenos Aires y los americanos comprendieron que cualquier territorio podía dejar de ser español por la simple acción de unos pocos miles de soldados.

Este mismo año, Napoleón propuso a España obtener la paz con Inglaterra a cambio de entregarles Cuba y Puerto Rico. España se negó, pero no dejó de ser un aldabonazo para los latinoamericanos.

En 1806, el virrey de Río de La Plata, marqués de Sobremonte, abandonó Buenos Aires haciendo omisión de sus responsabilidades (según la visión popular, aunque en realidad estuviera cumpliendo el protocolo militar establecido) y el Cabildo (ayuntamiento) proclamó jefe militar a Liniers. En 1807, el Cabildo destituyó al viejo virrey. Carlos IV aceptó la destitución del virrey y su sustitución por Liniers. El Cabildo había tomado una decisión soberana y se le había confirmado. Liniers era francés, y ello provocará recelos en 1808, pero de momento, el tema era que se podían tomar decisiones soberanas en América, sin que España opinase.

En junio de 1806 Miranda[1] desembarcó en Venezuela y los españoles se sintieron incapaces de reaccionar. Solamente alcanzaron a tomar la decisión de suplicar a Francia que ésta presionara a los Estados Unidos para que cesara el apoyo de estos a Miranda. España demostraba su incapacidad. Talleyrand les contestó que el asunto Miranda era una cuestión española, y los gobernantes españoles quedaron así ridiculizados ante el mundo, y ante los propios criollos americanos y ante los propios españoles. Presumían de ser una potencia y de hecho aparecían como peleles en el juego de Napoleón.

En 1806, Napoleón pidió a España soldados para su campaña europea y España envió a Dinamarca 10.000 hombres, mandados por La Romana, para ponerse al servicio del emperador. No podía haber una actitud más servil y despreciable, en el conjunto de los acontecimientos. Hay que salvar a La Romana, que en 1808, huirá y volverá a España para luchar contra Napoleón. Los despreciables eran los políticos españoles del momento. Los reyes defendían sus intereses dinásticos muy por encima de los intereses de los españoles, lo cual era una actitud inmoral y despreciable a nuestros ojos, pero perfectamente lícita en aquel momento.

La legalidad se volvió a romper en Fontainebleau 1807, cuando se reorganizaban los territorios americanos, portugueses y españoles según conveniencias de Napoleón, se organizaban reinos en América, reinos satélites en Portugal, y territorios que se cedían a Francia. Era una traición a la historia, a la legalidad, a la tradición española (esta verdad se ocultará en la enseñanza española, y he visto muchos textos que seguían ocultándola hace pocos años). En Fontainebleau se demostraba que el objetivo principal de Napoleón era el domino de América. De hecho, en 1808, una de la primeras preocupaciones del emperador francés fue dominar El Ferrol y establecer una base para comerciar desde allí hacia América. Era la alternativa a no dominar Cádiz, objeto principal de la Guerra de la Independencia española y de haber fracasado en el dominio de Lisboa, segundo objetivo preferente de los ejércitos franceses tras el de Cádiz.      El plan de Aranda, de hacer reinos americanos asociados a España, renovado más tarde por Godoy, estaba presente en Fontainebleau. Escoiquiz se opuso firmemente a ceder América a Napoleón. Napoleón ya no hablaba de príncipes españoles en América, a los que colocaba en Portugal y en Italia en pequeños reinos decorativos. Aspiraba al dominio completo de América. Si Francia expulsaba a Gran Bretaña del mercado americano y se adueñaba de esos recursos, el sueño napoleónico de dominar el mundo sería una realidad. Cuando los reyes españoles acudieron a Bayona a hablarlo con él, en vez de huir a América, como lo habían hecho los portugueses, Napoleón creyó haber encontrado la oportunidad de su vida. Apoderarse de España parecía factible a corto plazo, Napoleón pensaba que unos meses, y apoderarse de América, a continuación, sería cuestión de pocos años. Muchos españoles y americanos eran conscientes en aquellos días de que América era el objetivo de Napoleón. La sublevación española fue un contratiempo no calculado, que encolerizó al emperador, quien lo atribuyó a unos pocos curas retrógrados y a la incapacidad de algunos generales y de su hermano José. Hoy, más bien creemos que Napoleón no había hecho los cálculos correctos y exposición real del problema español y americano.

 

Los americanos se sentían como mercancías, entidades políticas sin valor alguno. Napoleón sólo veía en ellos unos productores de mercancías, unos puertos utilizables militarmente, unos precios atractivos para la economía francesa… Si Napoleón no se apropiaba de ellos directamente era porque no tenía fuerza para establecerse allí y mantener las comunicaciones ante el ataque británico. Tampoco tenía fuerza moral alguna para imponer su dominio, mientras no se apropiase de la Corona española. A lo más que podía aspirar el emperador era a alguna colonia en el Caribe, apoyado en los franceses de Santo Domingo y en los que habían emigrado a Santiago de Cuba desde Santo Domingo, si lograba convencerles moralmente, o a alguna posición en la Guayana y quizás a la isla de Guadalupe.

Cuando en 1808, Miranda dijo que no quería verse implicado en los problemas españoles de ocupación francesa y legalidad de José I, tenía todo el derecho moral del mundo para hacerlo, no cabe duda. Pero hemos de matizar que, de ahí a que podamos aceptar que eso era revolucionario, hay mucho trecho. Se rebelaba contra España, pero hasta ahí era sólo un rebelde, no un revolucionario.

En mayo de 1808, Fernando decía que se le llevaban por la fuerza a Francia. Fernando VII no era creíble. Los americanos interpretaron que todo estaba pactado entre Godoy y Napoleón para entregar América y reorganizar los reinos hispanos. No era muy diferente lo que creían los españoles, pues en 17 de marzo de 1808 habían acudido a Aranjuez, desde Madrid, para impedir que se llevaran a su rey. Otra cosa fue que el “tío Pedro”, conde de Montijo, arengara a las masas y asaltaran el palacio de Aranjuez. El objetivo era encontrar a Godoy, del que se sospechaba que había vendido las tierras de la Corona. También es sospechoso que nadie se opusiera a unas masas que estaban asaltando el Palacio, y que éstas encontrasen a Godoy escondido. No tiene una explicación sencilla, salvo que todo estuviese arreglado.

El propósito de Napoleón de unir a Francia las tierras al norte del Ebro, confirma las sospechas de que había un pacto y reparto de tierras desconocido para los historiadores españoles. Los americanos podían pensar que las tierras que corrían más peligro eran las americanas.

Cuando Carlos IV fue obligado a abdicar, y éste accedió, se pusieron de manifiesto otra serie de incoherencias, como que un rey español pudiera entregar su Corona a quien le placiere sin contar con el Consejo de Castilla y las Cortes. No era posible en el derecho español. Si ocurrió de verdad, cosa que se puede poner en duda, hay que recurrir a la explicación de que Carlos IV pensara que negarse a las pretensiones de Napoleón era igual a declarar la guerra entre los liberales españoles, apoyados por Francia, y los conservadores o absolutistas, y que esta guerra civil sería el desastre total para España y la pérdida segura de América a manos británicas.

Todavía hay más incógnitas sobre los sucesos de Bayona de mayo de 1808: Ceballos envió desde Bayona unas órdenes reales reivindicando los derechos de los pueblos a la soberanía, lo cual sería el origen de las reivindicaciones de las Juntas de España y de América. Las Juntas se declaraban “supremas”, es decir, soberanas. Los americanos no sabían cómo interpretar aquello: cuando les llegaron noticias de la Junta Suprema de España e Indias, la de Sevilla, creían que en España había una sola Junta. Eran los primeros días de julio, cuando los sucesos de Aranjuez y de Bayona se conocían en América. Las noticias llegaban vía británica. Luego supieron que había muchas Juntas y que les pedían a ellos hacer más en América.

En Caracas, había fallecido el capitán general Guevara Vasconcelos y se había hecho cargo del Gobierno el coronel Juan de Casas. Al conocerse los sucesos de abril y mayo españoles, el francés Liniers y el filofrancés Juan de Casas, fueron los primeros en reaccionar, y daba la impresión de que se estaba entregando América a los franceses. Pero, en general, los virreyes españoles, y las demás autoridades, sobre todo los de la costa del Pacífico, se mantuvieron fieles a las instituciones españolas como estaban en el Antiguo Régimen. Llamaron a Juntas consultivas para decidir si se aceptaba la legitimidad de Fernando VII y la de la Junta de Sevilla que parecía representarle. Los criollos temían el cambio y aconsejaron que esas Juntas fueran permanentes, que asesoraran a los gobernantes correspondientes, o que depusiesen a los partidarios de Godoy, al que acusaban de los cambios. Ya les había puesto demasiados impuestos en años pasados, y ahora quería venderles a los franceses. La inquietud se extendió por México, El Caribe y El Plata.

 

A finales del XVIII, América había sufrido muchos cambios. Muchos españoles habían emigrado hacia allá, y se había producido el fenómeno del mestizaje en los siguientes términos: la población amerindia era del 46%, los mestizos el 26%, los blancos el 20% y los negros el 8%. La población india iba siendo relegada a zonas montañosas andinas y del altiplano, y los centros urbanos eran habitados casi exclusivamente por blancos y mestizos, con sus esclavos negros. Los mestizos ocupaban puestos de mediana o pequeña trascendencia económica, y los negros o eran esclavos o liberados. El tema del dominio político se ventilaba entre los blancos, entre una minoría muy pequeña llegada de España expresamente para ejercer altos cargos de gobierno, un grupo algo más grande de españolistas, y un grupo, mayoritario entre los blancos, de criollos.

La burguesía criolla era la parte esencial de la población blanca. Eran poseedores de latifundios agrícolas y ganaderos y en las ciudades portuarias realizaban un próspero negocio de importación exportación con España e Inglaterra. El comercio entre los virreinatos americanos y España, de ida y vuelta, resultaba un poco complicado porque las comunicaciones no eran directas, sino que solían pasar por La Habana y Cádiz, donde se controlaban las mercancías y los impuestos. El comercio con Inglaterra era ilegal, pero exento de impuestos, y era muy fácil llevar y cargar mercancías en Costa Rica, Trinidad, Jamaica o Río de Janeiro. Algunos criollos, también poseían “ingenios” (molinos azucareros) y secaderos de tabaco. Tenían acceso a la Universidad y participaban en sus ciudades de unas sociedades culturales en las que se leía y discutía a los ilustrados. Bajo estas lecturas, ponían en duda el absolutismo, y hablaban de la soberanía de la nación. Lejos de la metrópoli, los sistemas de gobierno les parecían criticables, y los impuestos que soportaban les parecían exagerados. Quizás, el organismo de control que más les afectaba fuera la Inquisición, pero eso se combatía con unos cumplimientos religiosos estrictos, al menos como apariencia social.

Los problemas de la colonización eran varios: se habían poblado algunas zonas de la costa y se habían dejado muchos vacíos en el interior, lo que había llevado a unas comunicaciones, suficientes y generalmente marítimas, en esos puntos costeros poblados, y casi total ausencia de comunicaciones interiores. Esto impedía el desarrollo de los nuevos cultivadores y de las nuevas inversiones hacia el interior.

Otro gran problema es la poca integración social de criollos, indios y negros:

Los criollos habían protagonizado muchas revueltas a fines del XVIII, que eran protestas contra los impuestos y contra malos gobernadores, es decir, síntomas de descontento. Entre ellas tenemos la de los Comuneros del Paraguay 1762, Comuneros de Socorro 1781. Estas revueltas perseguían una revolución política que les diera a ellos el poder y ganar así más privilegios frente al resto de capas sociales.

Los indios también habían hecho revueltas como la de José Gabriel Condorcanqui 1780, en Perú. Estas revueltas perseguían cambios sociales para acabar con su inferioridad frente al criollo y para mejorar las condiciones de subsistencia o de abusos hechos por los criollos. En este punto, observo un pequeño equívoco, pues los indios veían a los criollos como españoles, por tener ese origen, mientras los criollos llamaban españoles a los españolistas.

 

Para mejorar la administración se habían abierto recientemente nuevos virreynatos como el de Nueva Granada 1740 o el de Río de la Plata 1776. Pero otra cosa eran los impuestos. En el tema de impuestos había corrupción y desorganización. España había visto mejorar la recaudación gracias a las intendencias puestas por Felipe V, y se pensó extender este sistema a América. En 1764 se puso una intendencia en Cuba y surgieron los primeros conflictos con las instituciones preexistentes. En 1766 se pensó generalizar las intendencias y se envió para ello, como visitadores, a José Gálvez y José Areche a los virreinatos de Nueva España y Perú. Estos visitadores encontraron que los corregidores americanos hacían muchos abusos respecto a los indios y se lo comunicaron al rey. En 1790 se decidió generalizar las intendencias, excepto en Nueva Granada.

Los intendentes tenían mucha autoridad y le restaban funciones a los virreyes, las Audiencias y los Cabildos. Y este fue parte del origen del descontento americano, que se veía sometido a los delegados del rey de España. Los intendentes controlaban la producción y la propiedad con esmero y ello significaba aumento considerable de impuestos. Los Cabildos, integrados mayoritariamente por criollos, se sintieron atacados. El sistema de las intendencias era bueno económicamente pues saneaba las finanzas de los Cabildos y les daba más oportunidades de hacer cosas, pero era políticamente incorrecto pues cobraba los impuestos a los miembros de los Cabildos, que eran los propietarios de las fincas y negocios de América, los que debían sostener el sistema de dominación española, y los españoles se estaban poniendo en contra a estos hacendados.

Los comerciantes criollos no estaban satisfechos tampoco con el Gobierno español por otras razones: En 1750 los corsarios británicos y franceses causaban graves daños a la producción y comercio americanos. España no podía atender la defensa y seguridad de un área tan amplia, todo el Atlántico y la costa del Pacífico. Los americanos empezaban a tener las primeras quejas sobre su seguridad. El proyecto Aranda podría permitirles organizar su propia seguridad, pero el empecinamiento de Floridablanca en impedirlo, les iba haciendo perder esperanzas de mejora en ese tema.

Otra de las causas de la sublevación, era el sistema de monopolio español sobre el comercio americano. El sistema de monopolio ponía precios bajos a las exportaciones americanas y altos a sus importaciones, al tiempo que provocaba a veces carestías y escaseces que los criollos solucionaban en el contrabando con Inglaterra, Francia y Holanda. En 1778 se abrieron puertos autorizados a comerciar, y una parte de los problemas se solucionó, pero no suficientemente. Y la libertad de comercio, tan reducida que sólo afectaba a algunos puertos y algunos barcos, trajo consigo otros problemas originados por la competencia mundial.

Por otro lado, es importante la llegada de las ideas de la Ilustración, pues la idea de sometimiento a la autoridad puesta por Dios, fue sustituida por la idea de la crítica racional. El derecho natural sustituyó al derecho de base divina. Los criollos no estaban tan controlados y condicionados por la tradición como los españoles, y desarrollaron en sus universidades un pensamiento mucho más libre y abierto a las innovaciones europeo occidentales. Fundaron Asociaciones de Amigos del País, que empezaron siendo científicas para acabar siendo políticas. Pronto surgió la masonería en una sociedad que prohibía lo que para ellos era evidente que no se debía prohibir. En Buenos Aires fue importante la Logia Lautaro, fundada por San Martín en 1812 y en contacto con la Logia de Cádiz.

 

[1] Miranda había sido mediador en las negociaciones entre Inglaterra y los Estados Unidos. Era un criollo caraqueño, masón, culto. En su juventud había generado disturbios de tipo étnico. Estudió la carrera militar y vivió en España cerca de cuatro años. No entendía cómo España pedía Gibraltar y retenía Melilla. Era muy crítico y el gobierno le dio embajadas volantes que no comprometieran la política española, así que Miranda conoció Inglaterra, Francia y Rusia. En Jamaica cometió errores de negociación con los ingleses y fue procesado. En 1780 comenzó a conspirar contra España y entró en contacto con Francia e Inglaterra, regresando a Venezuela en donde creyó fácil la sublevación, pero donde nadie apoyaba sus ideas. Le argumentaban que no querían cambiar como patrón a España por Inglaterra.

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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