AMÉRICA CENTRAL EN 1810-1816.

 

 

 

1810-1816 en NUEVA ESPAÑA.

 

 

El virrey Javier Venegas.

 

El 20 de mayo de 1810 llegó a Veracruz, procedente de Puerto Cabello (Venezuela), la Veloz, un barco que invitaba a los mexicanos a no reconocer a la Regencia española, y que anunciaba la institución de una Junta en Caracas el 19 de abril pasado. El Cabildo de Veracruz decidió quemar los papeles informativos que repartían los de Venezuela, e informó de los hechos a la Audiencia de México. Se decretó la suspensión de comercio con Venezuela y se ordenó silenciar los acontecimientos venezolanos. Pero el Consejo de Regencia de España condenó los sucesos venezolanos y, por ese mismo hecho, los sucesos de Caracas fueron conocidos en todas partes. Tras la suspensión de comercio en Nueva España, Veracruz dejó de recibir cacao de Caracas y perdió un buen cliente.

En 1810 hubo en Nueva España una revolución criolla, acompañada de un levantamiento popular. Eran oficiales de la milicia de Voluntarios de Fernando VII, casi todos criollos, que enseguida fueron sobrepasados por Hidalgo. Su principal problema era que el comercio decaía, debido a la crisis a que habían llevado los excesivos gastos de las reformas borbónicas, quizás demasiado rápidas, simultáneas a guerras inútiles. El resultado era que había que subir los impuestos y el endeudamiento del Estado. El año 1810 fue especialmente difícil pues el comercio de Nueva España cayó un 25% respecto al año anterior. El Estado recaudaba menos. Los criollos estaban inquietos porque los negocios iban mal y no había trabajo.

En verano de 1810 fue enviado a Nueva España un nuevo Virrey, Francisco Javier Venegas de Saavedra y Rodríguez de Arellano[1], futuro marqués de La Reunión de la Nueva España. La Regencia de España, a petición de la Audiencia de México, había hecho dimitir al virrey de Nueva España, arzobispo Lizana, y encomendó sus funciones al general Francisco Javier Venegas, entonces Gobernador de Cádiz. Lizana era partidario del diálogo con los independentistas, mientras la Audiencia era partidaria de la mano dura. Lizana había creado La Junta de Seguridad y Buen Orden, para sustraerle competencias a la Audiencia, y la Audiencia había hecho que fuera destituido, haciéndose cargo del gobierno del Virreinato en mayo de 1810 una Audiencia Gobernadora hasta la llegada del nuevo virrey, Venegas, en septiembre de 1810.

Venegas era un monárquico absolutista en política y un intransigente en sus actuaciones públicas. Era tan cabal que, a pesar de ser católico, no dudó en prohibir las procesiones cuando éstas eran un peligro para el orden público, ni en asistir a reuniones de tipo ilustrado reformista cuando se necesitaba conocer de qué iban los nuevos tiempos.

Venegas llegó a Ciudad de México en 13 de septiembre de 1810. El Grito de Dolores (en España en vez de “grito” se utiliza la palabra “pronunciamiento”) tuvo lugar el 16 de septiembre de 1810, y su líder era Miguel Hidalgo y Costilla. Venegas denominó a los sublevados “insurgentes” e introdujo así una nueva palabra en la lengua castellana.

 

 

La rebelión del cura Hidalgo[2].

 

En 16 de septiembre de 1810, el cura párroco de Dolores llamado Miguel Hidalgo y Costilla, hizo un sermón pidiendo la independencia de España, y logró levantar a algunos indios, militares y criollos contra los “españoles”, es decir, contra el Gobierno españolista.

El origen del descontento de los curas, y de la Iglesia mexicana en general, era la decisión de España de expropiar bienes de la Iglesia para pagar la deuda pública.

Destacó en la protesta contra la expropiación de bienes de la Iglesia el eclesiástico Miguel Abad y Queipo, canónigo penitenciario, protegido del obispo Antonio San Miguel (llegado desde Honduras a México). Abad y Queipo se opuso a entregar el dinero que pedía España, y se lo comunicó al obispo Francisco Javier de Lizana y Beaumont que en ese año ejercía como virrey en funciones. Abad y Queipo aconsejaba no ceder bienes, sino eliminar vacantes eclesiásticas y reducir canongías a fin de obtener algún dinero con el que se debía contentar España. Y esta supresión de canongías afectó a Hidalgo, que vivía de una de ellas. El obispo tenía noticias de que Hidalgo era un poco heterodoxo, muy mujeriego (se le atribuyen hasta cinco hijos) y en ocasiones blasfemo, y en 1792 decidió apartarle de su cátedra. Le envió a Colima, una parroquia pequeña, de donde Hidalgo pidió traslado a San Felipe y allí participó en una tertulia ilustrada.

Otra circunstancia que influyó en el éxito de Hidalgo de 1810, fue el ambiente social generado desde mucho antes. Nos referimos a un sermón de Fray Servando Teresa de Mier, dominico, en 12 de diciembre de 1794, negando las apariciones de Guadalupe, lo cual había escandalizado a los indios, y hecho aparecer un descontento muy grande entre esta población. Hidalgo capitaneará este descontento y arrastrará a los indios a la guerra al grito de ¡Viva la Virgen de Guadalupe! Es decir, Hidalgo aparecía como el defensor de la Iglesia y de la Virgen de Guadalupe.

Hidalgo viajaba mucho visitando a los hacendados en Guanajuato, Valladolid, San Juan de Potosí, y hasta abandonó su parroquia, con licencia del obispo, para dedicarse a difundir sus ideas ilustradas. Estas ideas les parecían irreligiosas a los hacendados, y le denunciaron. Hidalgo volvió a su parroquia de San Felipe, hasta que pidió traslado a Dolores en 1803. Dolores era un centro un poco más importante que Colima o San Felipe, pues producía seda.

Hidalgo fue párroco en El Bajío. El Bajío está en Guanajuato al oeste de Querétaro, y Querétaro está unos 150 kilómetros al norte de Ciudad de México. El Bajío era un complejo agrícola minero relativamente próspero en el que se diferenciaban mucho las clases sociales, las muy ricas y las muy pobres. Allí, Hidalgo se mezcló con los indios y tuvo dos hijos. Organizaba debates sobre economía y sociedad. Organizaba talleres de cerámica, seda, curtidos, telares, vinicultura… se estaba convirtiendo en un referente popular y populista.

En 1804, España ordenó vender bienes de Obras Pías de la Iglesia, para pagar deuda del Estado. Hubo protestas. Por entonces, Hidalgo entró en contacto con el grupo de Querétaro, otra circunstancia en el éxito de Hidalgo.

El “grupo de Querétaro” era una tertulia literaria en la que concurrían burgueses, oficiales del ejército, eclesiásticos, María Josefa Ortiz esposa del Corregidor de la ciudad, y el propio Corregidor Miguel Domínguez. Participaban también la tertulia los capitanes Ignacio Allende, Mariano Abasolo, Joaquín Arias, los tenientes Francisco Lanzagorta, Baca, los presbíteros José María Sánchez y Miguel Hidalgo Costilla, los abogados Parra, Laso, Juan Nepomuceno Mier Altamirano, Francisco Araújo, Antonio Téllez, e Ignacio Gutiérrez, los comerciantes (pulperos) Epigmenio González Flores y Emeterio González Flores, el regidor José Ignacio de Villaseñor y Cervantes, y los fracasados conspiradores de Valladolid José Mariano de Michelena y José María García Obeso. A mediados de 1810, la tertulia defendía que Godoy había sido un traidor y que la Junta Suprema Central también había traicionado a Fernando VII, que la Regencia era muy débil y que se había decidido entregar México a los franceses. La solución que veían era que cada ciudad de México nombrase un representante y esos representantes integrasen una Junta, presidida por el virrey, a fin de conservar México para Fernando VII. Nos interesa particularmente la asistencia de María Josefa, la esposa del Gobernador, pues ello salvará a Hidalgo en momentos decisivos.

Acordaron que el capitán Ignacio Allende sería su jefe militar, que los hermanos González serían los almacenistas de armas, que el industrial Juan Aldama sería el coordinador financiador, y que reunirían armas en San Miguel el Grande, Dolores y Querétaro. Para difundir sus ideas, los de Querétaro confiaron en el cura Miguel Hidalgo Costilla, un hombre tenido por culto y que viajaba por las distintas ciudades de la zona, por lo que podía pasar desapercibido.

En los sondeos que hicieron, vieron que no les apoyaba ni el Cabildo de México ni la clase alta criolla, pues esta sociedad novoespana estaba dividida entre intereses de los hacendados, mineros, y comerciantes.

Un empleado de correos les denunció, y los investigadores interrogaron al capitán Joaquín Arias, quien confesó. Fueron detenidos los hermanos González y se encontraron las armas, con lo cual las pruebas quedaron al descubierto. Pero Josefa Ortiz, en su calidad de esposa del Corregidor, se enteró de los acontecimientos y se lo comunicó al alcalde Ignacio Pérez, quien avisó al coordinador de los conspiradores, Juan Aldama, que estaba en San Miguel el Grande. Aldama fue a Dolores a toda prisa y se lo comunicó a Ignacio Allende y Miguel Hidalgo. Allende aconsejó huir, pero Hidalgo dijo que era el momento de la rebelión y empezó lo que se conoce como el Grito de Dolores. Hidalgo aprovechó el sermón del domingo para pedir la rebelión de los indios. Fueron a la cárcel del destacamento militar de Dolores y liberaron unos 80 presos, al tiempo que apresaron a 19 españoles. Dieron voces contra el Gobierno de los gachupines y tocaron campanas para que acudiera la gente. Arengaron a la gente que acudía, diciendo que debían defender la tierra porque los españoles iban a regalarla a los franceses, que era preciso el apresamiento de los españoles y confiscación de sus propiedades, lo cual era entendido por los indios como acceso a la propiedad. Prometieron que eliminarían el tributó indígena, que era muy impopular, a pesar de ser un impuesto muy bajo. Pidió la defensa del catolicismo y la adoración de la Santísima Virgen de Guadalupe. Hidalgo dijo que admitía a Fernando VII como su rey, pero acusaba a los gobernantes españoles de corruptos. Y por fin, Hidalgo prometió un peso diario a quien se presentase con un caballo, y medio peso si iba a pie.

Se ofrecieron voluntarios unos 600 hombres, indios y castas, y se les entregaron lanzas y machetes.

A la rebelión popular de Hidalgo, se sumó el Regimiento de Dragones de la Reina con los capitanes Ignacio José Allende[3] y Juan Aldama. Ignacio Allende quedó sorprendido por la reacción de Hidalgo, que veía irracional desde el punto de vista militar, pero le secundó. Todos aclamaron a Hidalgo como Generalísimo de Las Indias.

La postura de Hidalgo no era tan heterodoxa como pudiéramos imaginar vistas las cosas desde hoy: también el arzobispo virrey, Francisco Javier Lizana, había pedido al pueblo mantenerse fiel a Fernando VII, aun en el caso de ser vencida España.

Y cuando llegó Francisco Javier Venegas, el nuevo virrey, los criollos no sabían cómo interpretar lo que estaba pasando, ni el virrey estaba informado de la realidad de la sublevación de Hidalgo, pues apenas hacía tres días que había llegado a ciudad de México.

Hidalgo fue de Dolores a Atotonilco y Celaya levantando a la gente. Se proclamaba Capitán General y nombró a Ignacio Allende Teniente General. En Celaya escribió al Intendente de Guanajuato, Juan Antonio Riaño, que era amigo suyo e ilustrado como él, pero éste no aceptó sumarse a la rebelión popular, sino que defendió al Gobierno de España.

Juan Antonio Riaño, no midió bien la importancia del levantamiento de Dolores ni encontró la forma de manejarlo. Creyó poder reprimirlo fácilmente con la milicia y algunos apoyos criollos de Guanajuato. No llamó en su ayuda a indios y castas, y éstos interpretaron que el Intendente iba contra ellos y se pasaron a los rebeldes.

Entonces, al oeste de Guanajuato, en Guadalajara, surgió otro grupo de rebeldes criollos liderados por José Antonio Torres. Se unieron con Hidalgo el 26 de septiembre de 1810. Se dedicaban a capturar españoles, decapitarlos en grupos de veinte o treinta cada tercer noche, y hacer grandes fiestas comiéndose y bebiéndose a continuación la comida y bebida que habían robado a los muertos.

En Guadalajara, Hidalgo restituyó la tierra a los indígenas y declaró abolida la esclavitud.

Hidalgo atacó Guanajuato y mató gente a mansalva, incluidos un sargento mayor y el Intendente Juan Antonio Riaño. Hidalgo tomó Guanajuato el 28 de septiembre al grito de “Independencia y Libertad”. Los defensores de Guanajuato fueron mutilados, torturados y asesinados, y sus propiedades fueron saqueadas y arrasadas. El espíritu pretendidamente católico de Hidalgo contrastaba con estas torturas, asesinatos y saqueos en los que fueron muertos 300 españoles. Hidalgo tomó las armas que allí había, incluso un cañón, y se dirigió al sur hacia Salamanca, Acámbaro, y Valladolid. Se había vertido sangre y ya no cabía la marcha atrás. Hidalgo había cometido un primer error, entregarse al populismo de la clase baja.

El cabildo de Guanajuato se salvó de la muerte alegando que había que hacer distinción entre gachupines y criollos, pues ellos eran criollos. Luego, una vez pasada la matanza, hicieron reiteradas declaraciones de hermandad entre españoles (gachupines) y criollos, y afirmaron que las muertes afectaban por igual a ambas partes. La Iglesia se mostró, posteriormente a los acontecimientos, escandalizada, y Abad y Queipo se negó a aceptar el movimiento de Hidalgo y hasta la Inquisición publicó que se juzgaría a Hidalgo en su momento. Pero Hidalgo no se amilanó, sino que en 17 de octubre de 1810 entró en Valladolid, de donde se habían retirado la guarnición y el obispo, para prevenirse contra las matanzas de los indios. Allí encontró Hidalgo dinero, pues el canónigo Escandón, conde de Sierra Gorda, le entregó la caja de la diócesis. También se sumó al movimiento José María de Ansorena, al que Hidalgo nombró Intendente de Michoacán.

Hidalgo seguía haciendo discursos prometiendo la abolición de la esclavitud y la supresión del tributo indio, el único que pagaban los indios, y reunió unos 50.000 hombres, con los que se dispuso a ir sobre México capital. Cometió un segundo error grave, pues no adiestró militarmente a su tropa, que siempre se mantuvo como una masa de incontrolados. Con esta táctica, mientras el botín estuviera a su alcance, tenía en sus manos un inmenso poder, pero en cuanto llegara el peligro, o faltasen los objetivos del saqueo, todo podría venirse abajo. Aquello era un polvorín a punto de estallar. De momento, las palabras de abolición de la esclavitud, abolición del tributo indígena y devolución de las tierras a los indios estaban dando fruto.

El Virrey Venegas respondió suspendiendo el tributo indio, prohibiendo la propaganda independentista, instaurando tribunales especiales, y poniendo una Junta Militar en cada ciudad importante a fin de juzgar a los rebeldes con prontitud.

El populismo indio de Hidalgo era un peligro para los hacendados, que inmediatamente levantaron un ejército y lo pusieron a las órdenes del general Félix María Calleja[4] para que acabara con Hidalgo. Los incendios acababan con el trigo de El Bajío y Nueva Galicia, y los hacendados perdían la materia prima para exportar harina a las Antillas.

En el camino a México, se sumó a la multitud de hidalguistas el cura José María Morelos, e Hidalgo le envió a levantar a los pueblos del sur como en el norte de México había hecho él.

En Ciudad de México surgió un grupo de colaboradores independentistas, muchos de ellos criollos, denominados los Guadalupes, que proporcionaban armas y daban información a los rebeldes. Los Guadalupes eran una sociedad secreta de independentistas criollos, gentes de alta posición social, que trabajaba en la administración, tribunales y hasta había miembros de la Iglesia Católica.

En Acámbaro, Hidalgo se ascendió a sí mismo a Generalísimo, al tiempo que ascendía a Ignacio Allende a Capitán General. Allí estuvieron hasta 23 de octubre. Entonces se sumó al movimiento el abogado Ignacio López Rayón, que en adelante redactaría las proclamas de los insurgentes y más tarde, tras la muerte de Hidalgo sería un líder insurgente.

El Virrey Venegas levantó un ejército, Regimiento de las Tres Villas, con soldados de Córdoba, Jalapa y Orizaba, y mezcló con ellos a 500 negros esclavos libertos que habían sido propiedad de Gabriel de Yermo. Este regimiento fue puesto a las órdenes de Torcuato Trujillo.

Los insurgentes cruzaron Toluca y el 30 de septiembre derrotaron a Trujillo en Monte Tres Cruces, el 30 de octubre de 1810.

El 2 de noviembre los insurgentes estaban frente a México, y Allende pidió asaltarla, pero Hidalgo supo que desde el norte venía un ejército, mandado por Félix María Calleja, y decidió retroceder hacia tierras más conocidas. Allende discrepó en adelante de casi todas las decisiones de Hidalgo.

Venegas tuvo tiempo de reclutar un nuevo Batallón de Voluntarios que defendiera ciudad de México, denominado “Patriotas Voluntarios Distinguidos de Fernando VII”, tres batallones de 500 hombres por batallón, más un escuadrón de caballería, que nunca cubrieron plazas y nunca fueron ni la mitad de los 1.500 soldados teóricos, sobre todo cuando a partir de 1812 se retiraron las grandes fortunas y dejaron de apoyar económicamente a estos Voluntarios de Milicias.

Los Patriotas Voluntarios debían defender ciudad de México, pero, incomprensiblemente, y por suerte para Venegas, Hidalgo no atacó, sino se retiró a descansar a Guadalajara.

Al mismo tiempo, Venegas ordenó a Félix María Calleja, comandante militar de San Juan de Potosí, que atacara a los rebeldes. Éste era el ejército al que temía Hidalgo.

Ignacio Allende se separó de Hidalgo y se fortificó en Guanajuato preparándose para el ataque del virrey. Hidalgo fue a Valladolid y Guadalajara y no se preocupó en prepararse para la guerra.

 

La derrota del hidalguismo fue contundente:

Calleja fue sobre Allende, el hombre al que veía mejor preparado, le derrotó en Guanajuato en diciembre de 1810 y le obligó a huir a Guadalajara, donde estaba Hidalgo y podía tener alguna protección. Allende culpaba a Hidalgo de falta de sentido militar. Aconsejó retirarse al norte y reorganizarse, pero Hidalgo no le hizo caso.

Calleja alcanzó a Hidalgo y le derrotó el 7 de noviembre de 1810, cerca de San Jerónimo Aculco. Calleja capturó a unos 600 insurgentes con su armamento y víveres. Fue una pequeña batalla de la que Hidalgo no supo aprender.

Hidalgo llegó a Guadalajara el 26 de noviembre y fue recibido entre el clamor de la multitud que le vitoreaba. Entonces, en un arranque de excitación, se tituló “Alteza Serenísima” y se llegó a considerar el redentor de América. Insistía en liberar a los esclavos, abolir el tributo de indios, y abolir el tributo en papel sellado. Pedía un Congreso Nacional con representantes de todas las ciudades, villas y lugares de México, lo que recuerda al grupo de Querétaro y su programa. Estaba ya fuera de sí y se instalaba en la utopía y la irrealidad. Utilizaba doctrinas igualitarias y populistas: abolió el tributo indio y la esclavitud, ordenó devolver las tierras de las comunidades indias a los indios y que las rentas de los arrendatarios de esas tierras pasaran a Tesoro nacional. Nunca condenó el pillaje y lo consideraba normal, necesario en las circunstancias que vivía, pues necesitaba retener a los indios y éstos actuaban por el pillaje.

El grito de guerra indio era ¡Viva la Virgen de Guadalupe y mueran los gachupines! Los españoles, para contrarrestarlo, izaron el estandarte de la Virgen de los Remedios entre sus tropas.

En el momento culminante de la popularidad de Hidalgo, surgieron los primeros signos contrarios a él, que Hidalgo no quiso ver: Los indios de Puebla y de México, no se sumaron a la rebelión de Hidalgo; los sanguinarios y repugnantes acontecimientos de Guanajuato fueron condenados por el obispo Abad y Queipo, por casi todas las autoridades eclesiásticas mexicanas y por casi todos los criollos. Y sobre todo, Allende le aconsejaba racionalidad y preparación militar, mientras Hidalgo creía en las masas que le seguían.

Algunos curas párrocos se sumaron, justo entonces, al movimiento de Hidalgo, que podía así mantener su sueño utópico. Hidalgo conjeturó que la rebelión iba a más por estos compañeros sacerdotes y porque Hidalgo contaba entonces con 80.000 hombres, una masa muy considerable de personas, pero desorganizados y mal armados. Más bien eran una caterva en la que se habían incrustado bandoleros y asesinos.

Félix María Calleja organizó una fuerza de resistencia al norte de Guanajuato, en San Luís de Potosí y en Zacatecas, y cortó la expansión del movimiento hidalguista por el norte. Complementariamente, Manuel de Flon organizó un ejército en Ciudad de México, al sur de Guanajuato, e Hidalgo quedo encerrado en una zona concreta, aunque amplia, de Nueva España.

En Guadalajara, Miguel Hidalgo e Ignacio Allende juntos, se enfrentaron por primera vez a un ejército de verdad en Puente Calderón. Hidalgo estaba fuera de sí porque tenía con él una multitud, quizás 80.000 o 100.000 hombres, la mayoría indios, y los soldados de enfrente eran pocos. Era el 17 de enero de 1811. Hidalgo fue vencido por el brigadier Calleja en Puente Calderón, con sólo 6.000 soldados. Tras la terrible batalla de cuatro días de duración, en la que murieron muchos indios, éstos empezaron a desertar. Los jefes hidalguistas trataron de huir a Estados Unidos, pero fueron detenidos el 21 de marzo. Se les tendió una emboscada, en la que los fugitivos iban entrando creyendo que se trataba de fuerzas amigas, y eran acribillados o apresados en masa. Fueron juzgados en Chihuahua, donde Hidalgo fue degradado por su obispo para que pudiera ser juzgado. Ignacio José Allende y Juan Aldama fueron fusilados inmediatamente en 30 de julio 1811, e Hidalgo lo sería, en agosto, en Chihuahua. Abasolo fue condenado a cadena perpetua.

 

 

Los insurgentes a partir de 1811.

 

Los nuevos jefes rebeldes fueron Ignacio López Rayón en el centro de Nueva España, y José María Morelos en el sur. El principal líder desde agosto de 1811 hasta 1813, fue el sacerdote José María Morelos, surgido en la Junta de Zitácuaro, secundado por José María Liceaga, el sacerdote José Sixto Verduzco y el citado Ignacio López Rayón.

Otras bandas de guerrilleros eran las de Manuel Félix Fernández alias Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Mariano Matamoros y la de los hermanos Bravo (Miguel, Leonardo y Máximo). Ninguna tuvo ya las dimensiones de las de Hidalgo o Morelos: Vicente Guerrero trató de mantener la insurrección de Morelos en Michoacán, pero fracasó. Vicente Guerrero era poco culto y representaba un peligro mínimo, pero no abandonó nunca el terreno que conocía, ni tampoco las tácticas de guerrilla, y allí se mostraba fuerte. Permanecería luchando hasta 1820. Melchoz Muquiz fracasó en Monte Blanco (Córdoba) en 1816. Mier y Terán se rindió en Cerro Colorado a principios de 1817. Guadalupe Victoria se mantuvo en la zona rural de Veracruz, en torno a Puente del Rey, hasta su fracaso en 1819.

 

 

Ignacio López Rayón convocó a las clases más bajas de la sociedad mejicana, indios, castas, esclavos negros, e incluso a las tribus indias marginales, como los comanches y lipanes[5]. En 19 de agosto de 1811, Ignacio López Rayón, con 1.000 hombres, se instaló en Zitácuaro como Suprema Junta Nacional Americana, que reconocía Fernando VII como rey, pero actuaba como independiente. Estaban con él, el cura José Sixto Verduzco, el cura José María Cos, Joaquín Fernández de Lizardi, Carlos María Bustamante, y desde Londres, le apoyaba fray Servando Teresa de Mier. Basaban la efectividad de su movimiento en una legión de informadores denominados “guadalupes”, funcionarios de la administración española que les pasaban información, lo cual les permitía evitar a sus enemigos. Practicaban la táctica de guerrillas en el norte de México. A inicios de 1812, Calleja atacó Zitácuaro y les puso en fuga.

 

José María Morelos y Pavón[6], párroco de Carácuaro, levantó una fuerza de unos 6.000 campesinos al grito de ¡Viva la Virgen de Guadalupe y mueran los gachupines! y, bien dirigidos y armados, aguantaron 4 años hasta que Morelos fue fusilado en 1814. Se trataba más de movimientos sociales que de independentismos.

En 1810, Morelos se espantaba de que la autoridad eclesiástica censurase a Hidalgo y sus asesinatos, y se hizo colaborador de Hidalgo llegando a ser teniente en el ejército de Hidalgo. Morelos creó un pequeño ejército y trató de sublevar Guerrero (al sur de ciudad de México, en la costa del Pacífico). Su ejército atacó también Puebla (al este de México) lo que fue un fracaso, y Oaxaca al sur de Puebla, con éxito.

José María Morelos había estudiado en San Nicolás cuando el cura Hidalgo era rector del colegio y fue luego párroco de Carácuaro al tiempo que hacía negocios en Valladolid (hoy llamada Morelia). Trató de unirse a Hidalgo, pero tenían ideas diferentes, e Hidalgo le envió a Acapulco (al sur de Valladolid y de México) a fin de que levantase un segundo frente de guerra. Lugarteniente de Morelos era Mariano Matamoros, a quien Morelos mandó levantar Tehuantepec y Chiapas (las selvas entre México y Yucatán).

Morelos luchaba por la independencia de México y no por Fernando VII como decía Hidalgo. Atacaba a los españoles argumentando que éstos habían esclavizado a México durante 300 años. Utilizó a la Virgen de Guadalupe como símbolo y bandera de su revolución, y predicaba que Dios tenía verdadera predilección por México, para recoger el apoyo populista a Hidalgo.

Pero, una vez muerto Hidalgo, Morelos hizo una táctica diferente a la de su maestro. No quería una masa indisciplinada de indios sino unos dos o tres mil hombres disciplinados y con mucha movilidad. Impuso tributos en las zonas que dominaba y así utilizaba a los indios para abastecerse de comida y habitación, pero no para ser sacrificados ante el ejército. Morelos trató de acabar con la utopía de enfrentar a los pobres contra el ejército, un auténtico asesinato de masas para los que entienden un poco de táctica militar. Era consciente de que algunos líderes “insurgentes” estaban enviando a miles de hombres al matadero. Intentaba racionalizar la guerra.

En noviembre de 1810, en la declaración de Aguacatillo, Morelos ordenó que todos los habitantes de México fueran llamados americanos, excepto los europeos, que serían los únicos distintos en esa nación. Proclamó la igualdad social de todos los mejicanos y declaró que la tierra debía ser para quien la trabajaba.

Una vez hecha esta declaración, se puso a confiscar las tierras de los ricos, destruir sus casas, y procedía a repartir las tierras entre los pobres, en la idea de que así destruía al Gobierno español.

En diciembre de 1811 se sumó a las filas de Morelos, el también sacerdote, cura de Jatetelco, Mariano Matamoros. Llevaba consigo unos 2.000 hombres de caballería, infantería y algunas piezas de artillería. Inmediatamente, Matamoros fue nombrado coronel por Morelos y fue declarado hombre de confianza del líder insurgente.

 

 

         Cambios en 1812.

 

En 1812, los Voluntarios de milicias creados en 1810 como “Patriotas Voluntarios Distinguidos de Fernando VII” en tres batallones y un escuadrón, fueron ampliados a seis batallones, pero los novohispanos pudientes se retiraron de ellos y, por el contrario, ingresaron en esa fuerza ciudadanos pobres y muy pobres, incluso vagos y ociosos. Hasta esta fecha, la mayoría de los Patriotas Voluntarios, hasta el 50%, eran españoles (y concretamente de Cantabria y País Vasco), el 40% eran criollos, y sólo el 10% eran indígenas. Desde 1812, el valor de los batallones de Patriotas Voluntarios se fue deteriorando, y en octubre de 1820 serían disueltos definitivamente. Ahora eran las autoridades “españolas” quienes utilizaban la pobreza de las masas, si bien como mercenarios y no poniendo por delante devociones y creencias populares.

En 30 de septiembre de 1812, los mejicanos tuvieron noticias de la constitución española de marzo de 1812. Esa constitución abolía los virreinatos y convertía a los Virreyes en “Jefes Políticos Superiores”. La constitución tenía un inconveniente para los hacendados criollos: se otorgaba la libertad de prensa, y eso no podía ser aceptado por las clases dominantes blancas en México, que la suspendieron en noviembre de 1812 por orden del virrey Venegas. España no aceptó la decisión de Venegas, le llamó a España, y le sustituyó por Félix María Calleja.

 

 

El virrey Félix María Calleja.

Los insurgentes en 1813 y 1814.

 

En 4 de marzo de 1813, el virrey Venegas fue sustituido por el brigadier Félix María Calleja del Rey, conde de Calderón, en el virreinato. Calleja pasaba de jefe del ejército a virrey, y entonces no se anduvo con contemplaciones e inició una guerra sucia: Calleja atacó a Morelos fusilando a los prisioneros que atrapaba. Morelos contestó arrasando todo y fusilando a sus prisioneros. La efectividad de Calleja como General no se convirtió en idoneidad como Virrey.

Morelos tomó Acapulco en verano de 1813 y, tras vencer a Calleja, tomó Oaxaca y la región intermedia entre Oaxaca y Tehuantepec (el paralelo 17, al sur de Ciudad de México) en noviembre. En Oaxaca organizó un Congreso Nacional para elegir una Junta con representantes de todos los territorios de Nueva España, que se debían reunir en Chilpancingo.

En el Congreso de Chilpancingo, denominado oficialmente Congreso de Anahuac, convocado en junio de 1813 y reunido en 14 de septiembre de 1813, se estableció un programa de Gobierno: independencia absoluta; soberanía popular; catolicismo como religión de Estado y pago de diezmo a la Iglesia; respeto a la propiedad; instituciones representativas; república con separación de poderes, con un ejecutivo fuerte e igualdad ante la ley; cargos políticos reservados para los americanos; abolición de la esclavitud, de las castas, del tributo indio y de los privilegios de clase; abolición de la tortura. Aparte de ello, tomaron otras decisiones de tipo folclórico-patriótico como declarar fiesta el 12 de diciembre en honor de la Virgen de Guadalupe, y el 16 de septiembre en honor a la independencia de México. Morelos fue reconocido como Generalísimo de los insurgentes. En lo que respecta a la independencia, debemos poner énfasis en que se declararon súbditos de Fernando VII, pero independientes del Gobierno de España.

Así, el 6 de noviembre de 1813, se declaró la independencia de “América Septentrional”, el nuevo nombre de Nueva España que, según Morelos, incluía a toda América Central. Se trataba de borrar todo recuerdo de España. El Estado se declaraba confesional católico y sin tolerancia alguna para las demás religiones. Los historiadores y políticos actuales hablan de la “independencia de México”, lo cual no es del todo exacto.

En este Acta de independencia, redactada por Carlos María Bustamante y Andrés Quintana Roo, ya no se reconocía a Fernando VII como rey de México, como se había hecho en Chilpancingo dos meses antes y hasta entonces lo habían hecho todos los insurgentes.

Morelos trató de tomar Valladolid (Morelia) en diciembre de 1813. Calleja envió contra Morelos a Agustín de Iturbide, y éste fue sobre Morelos y le derrotó en Valladolid en diciembre de 1813, y nuevamente en la hacienda Puruarán, donde capturó a Mariano Matamoros y le fusiló el 3 de febrero de 1814. Avanzó hacia Acapulco, Oaxaca y Chilpancingo, las bases de los morelistas, y Morelos huyó.

 

El 13 de junio de 1814, México tuvo noticias de la restauración de Fernando VII en España como rey absoluto. Con él, volvía la Inquisición, y los mejicanos pusieron a Manuel Flores como Inquisidor, José Tirado como fiscal de la Audiencia. Félix María Calleja seguía como Virrey, después de haber sido Jefe Político dos años. Calleja veía confirmada su política de dureza.

La vuelta del absolutismo no fue buena cosa para los que intentaban la represión de los insurgentes, pues los comerciantes de ciudad de México y de Veracruz, se pasaron a los insurgentes, o bien emigraron a España. El ambiente para los españoles empezaba a ser hostil. En 1814 se fueron de México dos grupos de españoles ricos, que se llevaron 12 millones de pesos, que era la fortuna en que pudieron vender sus pertenencias. La mayor parte eran empresarios mineros que vivían en la zona de la revolución. En ese ambiente no se recibían abastecimientos ni repuestos de maquinaria, y además la producción requería grandes gastos de protección del oro y la plata, lo cual hacía inviables los negocios.

 

El 15 de junio de 1814, el Congreso de Chilpancingo, o de Anahuac, se puso a redactar una Carta Constitucional para México, que los mejicanos llamaron “Decreto Constitucional”.

El 22 de octubre de 1814, el Congreso organizado por Morelos terminó la constitución de Apatzilgán, denominada oficialmente “Decreto Constitucional para la Libertad de América Septentrional”. Los puntos fundamentales de este Decreto Constitucional, hecho sin elecciones libres y en circunstancias precarias de guerra, eran: religión católica única y obligatoria; asunción de la soberanía, definiéndola como capacidad de hacer leyes (poder legislativo), y capacidad para establecer la forma de Gobierno más conveniente (soberanía); democracia representativa en la forma que dijera la constitución; separación de poderes; definición de ciudadano para todos los nacidos en América Septentrional; igualdad ante la ley, presunción de inocencia; división del territorio en 17 provincias que serían México, Puebla, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán, Oaxaca, Técpam, Michoacán, Querétaro, Guadalajara, Guanajuato, Potosí, Zacatecas, Durango, Sonora, Coahuila y Nuevo Reino de León; poder ejecutivo dirigido por un triunvirato, siendo jefe supremo cada cuatro meses uno de los triunviros. Se escogió como primeros triunviros a José Maria Cos, José María Liceaga, y José María Morelos. Había mandato explícito de que estos señores triunviros no podrían tener mando sobre tropas. El mando militar se le concedió a Vicente Guerrero.

Ante el Acta de Independencia hecha por los insurgentes, la Audiencia, es decir, los “españoles” y su líder, Calleja, decidieron suspender en México la constitución y eliminar transitoriamente los derechos de los mejicanos. Es decir, decidieron la represión más dura.

 

 

El final de Morelos.

 

Los insurgentes no respetaron su propia “constitución”, y en 1815, José María Cos tomó un mando militar. Cos fue arrestado y encarcelado inmediatamente por Morelos.

Eran los últimos momentos de Morelos, pues Calleja e Iturbide le seguían de cerca. En 1815, Morelos hizo su último intento de rebeldía llamando a Mier y Terán a reunirse con él en Puebla y atacar directamente la ciudad de México, pero fueron derrotados, Morelos huyó a Teohuacán en el camino entre Veracruz y Ciudad de México, donde fue apresado en 5 de noviembre de 1815. Acusado de hereje, la Inquisición le despojó de su condición de sacerdote (27 de noviembre), y un Consejo de Guerra le ejecutó en 22 de diciembre de 1815 en San Cristóbal Ecatepec (22 de diciembre). La revolución perdía a su líder más reconocido.

En ese momento, los insurgentes se dividieron en decenas de guerrillas, cuyos jefes eran Manuel Mier y Terán, Guadalupe Victoria, José Francisco Osorno, Ignacio López Rayón, Ramón López Rayón, Julián de Ávila, Pablo Galeana, Vicente Guerrero, Ramón Sesna, Juan del Carmen, José Santana, Encarnación Rosas, padre Marcos Castellanos, Manuel Muñiz, el presbítero José Antonio Torres, Víctor Rosales, y otros muchos.

La mayoría fue derrotada a lo largo de 1816, pero las guerrillas se recomponían una y otra vez.

El virrey Calleja fue destituido en octubre de 1816 y relevado por Juan Ruiz de Apodaca y Eliza, que hasta entonces había sido capitán general en Cuba. Era más abierto y flexible que Calleja y dejó de fusilar prisioneros. Apodaca prohibió los fusilamientos sin juicio y promovió los indultos, cambiando por completo la política de los “españoles” respecto a lo sucedido en 1813-1816.

 

Era virrey de Nueva España desde septiembre de 1816, Juan Ruiz de Apodaca y Eliza, que permanecería en el cargo hasta julio de 1821.

México dio en llamarse a sí mismo, desde 1810, “América” y a sí mismos se llamaban americanos, erigiéndose en el principal pueblo de América, lo cual excitaba su sentimiento nacional. Fracasó en el intento, y el apelativo se lo llevó a la postre Estados Unidos, Estados Unidos de América. El intento era paralelo a otro de Buenos Aires, que pretendería ser “Sud América” en un gran imperio que comprendería desde Perú hasta Chile y Argentina, y que también fracasó.

 

 

Un loco español: Mina el Mozo.

 

En 1817 apareció por México, Francisco Martín Javier Mina Larrea[7], conocido a veces como Francisco Javier Mina, y otras veces como Mina el Mozo, sobrino de un guerrillero español y guerrillero él mismo, llamado Francisco Espoz Illundaín, conocido como Espoz y Mina. Javier Mina era un navarro que se hizo jefe de una partida de guerrilleros en España en 1808, y combatió a los franceses en tierras de Teruel y Zaragoza. Había sido capturado en 1810 y llevado preso a Francia. En ese momento tomó el mando de la partida su tío Francisco, que se hizo llamar Mina para recordar a su sobrino. Mina el Mozo había regresado y salido de nuevo de España en 1814 y llegó a Inglaterra donde conoció a Fray Servando Teresa de Mier, un iluminado independentista que creía que para atacar a España se le debían cortar sus fuentes de dinero americanas, lo cual convenció a Mina. El español se fue a Estados Unidos a reclutar un cuadro de mandos que se pusiera al frente de las masas que Fray Servando prometía que se pondrían en pie de guerra en cuanto ellos llegaran. Mina resultó más loco que fray Servando, pues no conocía México, no sabía dónde se metía y, sin embargo, decidió emprender una acción suicida. Reclutó unos 300 americanos mercenarios y no guardó ningún sigilo en ello, y Apodaca se enteró de los planes que estaba haciendo Mina el Mozo en Port au Prince (Nueva Orleans). El nuevo “libertador” eligió como futuro punto de desembarco Boquilla, cerca de Veracruz, porque allí estaba Guadalupe Victoria, pero en noviembre de 1816, José Rincón, un hombre de Apodaca, asaltó Boquilla y acabó con el núcleo de resistencia que podía apoyar a Mina. Éste cambió el punto de desembarco a Soto de la Marina (Tamaulipas), más al norte, y desembarcó el 15 de abril de 1817. Allí perdió sus tres barcos ante el fuego de una fragata española. El ejército de Apodaca tomó Soto de la Marina y capturó a fray Servando, dejando a Mina aislado en el interior del territorio y sin el apoyo del fraile que conocía el terreno. Buscó la ayuda de otro cura, José Antonio Torres y fue hasta Michoacán, la zona que se había sublevado con Morelos (ejecutado en diciembre de 1815), pero Apodaca envió tras él al mariscal Pascual de Liñán, que le alcanzó y derrotó en Guanajuato, y al coronel Francisco de Orrantia, que le alcanzó en el rancho El Venadito el 27 de octubre de 1817, matando a Moreno y capturando a Mina, que fue ejecutado el 11 de noviembre de 1817. El líder más notable de los insurgentes fue a partir de entonces Vicente Guerrero.

 

 

 

CENTROAMÉRICA NO MEJICANA.

 

El resto de Centroamérica era diferente a Nueva España. Si Nueva España era el gran productor de excedentes para España, el resto de la zona no producía ningún excedente y las ganancias obtenidas se reinvertían en el propio territorio.

Guatemala producía algodón y comercializaba casi todos los productos al sur de México. Nicaragua producía cacao. Honduras producía ganado y tenía algunas minas.

En general, Centroamérica acogió bien el liberalismo español de 1810-1814, creyendo que la libertad y la igualdad les sacarían del bache económico que vivían, pero enseguida se demostró que sus problemas eran más profundos que un simple cambio de gobierno y quedaron decepcionados. Eran problemas sociales y económicos graves, de polarización social y económica, que debían solucionar ellos por sí mismos, pero no estaban dispuestos a hacerlo, no a cargar con el sacrificio que suponen los cambios.

El capitán General José Bustamante y Guerra, presidente de la Audiencia de Guatemala en 1811-1817, era de creencias absolutistas, y ejerció varias posiciones de gobierno: en 1811 adoptó postura liberal y tolerante, como se llevaba por entonces en España, pero tuvo sublevaciones y malas experiencias, y, en 1814, aprovechó la circunstancia de la restauración del absolutismo en España para iniciar una represión que empeoró las cosas. Bustamante venía de Buenos Aires y pensaba que era mejor erradicar a los insurgentes cuando estaban apareciendo, que esperar a que se fortalecieran. Entre las medidas impopulares que tomó, fue el poner contribuciones forzosas a los indios y criollos descontentos, lo que castigaba al rebelde y aportaba dinero al gobierno. El descontento fue general y Fernando VII le depuso en 1817.

En 5 de noviembre de 1811, Bustamante sufrió la insurrección de El Salvador, dirigida por los curas Matías Delgado y Nicolás Aguilar y algunos familiares suyos de clase aristócrata. Pedían más autonomía, un obispado y centros culturales. Estaban dispuestos a asaltar un cuartel para obtener armas y dinero, cuando el coronel Aycinena acabó con ellos en 3 de diciembre de 1811.

El 13 de diciembre de 1811 hubo insurrección en León y se solucionó deponiendo al intendente, brigadier José Salvador, y sustituyéndole por el obispo fray Nicolás García Xerez.

El 22 de diciembre de 1811 hubo insurrección en Granada atacando a los españoles peninsulares y en concreto asaltando el fuerte San Carlos (8 de enero de 1812). Se envió al ejército y la insurrección cesó el 28 de abril de 1812.

El 21 de diciembre de 1813 fue delatada la Conjuración de Belem en la ciudad de Guatemala. Se llamaba así porque se reunían en el convento de Belem. Estaban compinchados algunos militares, pero se acabó con ella.

En 24 de enero de 1814 hubo una insurrección de indios y mestizos en El Salvador y se extendió a los criollos. El motivo era que los criollos habían ganado unas elecciones en el Ayuntamiento dos veces, y el intendente José María Peinado las había anulado las dos veces hasta obtener una corporación de adeptos suyos.

En este periodo de revueltas, apareció una organización paramilitar, “Voluntarios Honrados de Fernando VII”, que defendía los criterios absolutistas y de unidad con España, e imponían sus ideas con las armas y acciones violentas.

Así llegó mayo de 1814, cuando se abolió el liberalismo en España. Bustamante quedó con las manos libres para dar un escarmiento a los criollos autonomistas, y no se anduvo con chiquitas. Pero su reacción fue contraproducente: si la oligarquía se había mostrado desde 1811 partidaria de la unión con España, aunque con monarquía constitucional, desde las medidas represivas de 1814 se hizo independentista. Más tarde, en 1821, votaría por la unión con el Imperio de México, calculando que por sí solos no tenían defensa frente a británicos, franceses o brasileños, y en 1823 se anexionaron a México. El negocio de la unión con México les fue muy mal: perdieron la hegemonía de los negocios y el control económico de la producción y el comercio pasó a empresarios mexicanos.

En todo este proceso, la participación de las clases medias y bajas fue nula: las clases medias, sin conciencia de clase, estaban divididas y actuaban por relaciones personales individuales, los unos a favor de absolutistas y los otros por los independentistas, y a su vez los independentistas se dividían entre republicanos federalistas (denominados “fiebres”), y unitarios partidarios de un imperio centroamericano (denominados “serviles”). En cuanto a los indios no participaron en nada en el proceso emancipador, salvo que algunos se alistaron a título individual en diversos ejércitos para ganar dinero.

 

 

 

 

[1] Francisco Javier Venegas de Saavedra y Rodríguez de Arellano, 1754-1838, marqués de La Reunión de la Nueva España, 1813-1838, era un militar retirado en 1808 y repescado para ser Gobernador de Cádiz en 1810, pero por poco tiempo, pues inmediatamente fue nombrado virrey de Nueva España, a donde viajó en verano de 1810, llegó a Veracruz en el 28 de agosto de 1810 y tomó posesión de su cargo en 13 de septiembre, desplazando al obispo Lizana. Hizo frente a la rebelión de Hidalgo y le venció en marzo de 1811. En 30 de septiembre de 1812 juró la constitución de Cádiz con todo el ejército, pero inmediatamente declaró “estado de sitio” y suspensión temporal de la misma. En 16 de septiembre de 1812 fue depuesto, dada su actitud absolutista, y fue sustituido por el general Félix María Calleja, quien suspendería la constitución de Cádiz definitivamente. Venegas regresó a España y colaboró con Fernando VII como Capitán General de Galicia, y más tarde con los liberales de 1833, hasta su muerte.

[2] Miguel Hidalgo y Costilla 1754-1810 era un cura, hijo de un administrador de una hacienda, que había trabajado en el colegio diocesano de San Nicolás Obispo de Valladolid de Michoacán, como profesor de teología, llegando a ser rector. Pero su vida sufrió un vuelco cuando le afectó la reforma que España hacía para ahorrar dinero, suprimiendo vacantes y canongías. Estas reformas españolas se habían planteado ya en tiempos de Carlos III y sus ministros Campomanes y Floridablanca, que habían optado por que los funcionarios de Indias fueran españoles, a fin de evitar el nepotismo y la corrupción que se producía cuando los cargos quedaban en manos de las grandes familias, que los tomaban poco menos que como patrimonio familiar. También decidieron tomar rentas de la Iglesia americana para pagar deuda. En 1771, una comisión mexicana había protestado alegando que las rentas de la Iglesia eran intocables y que los cargos de la Iglesia debían proveerse con naturales del país, pues éstos amaban la tierra en la que habían nacido, y los españoles llegaban, no conocían nada, y se iban cuando empezaban a enterarse de lo que había. Carlos IV insistió en quitarles privilegios al clero y perdieron las inmunidades por lesa majestad (que dejaron de reservarse al obispo), el derecho de asilo en sagrado, y la exención de impuestos, pues se puso al clero un subsidio extraordinario que servía para amortizar vales reales.

Doy especial tratamiento a este capítulo del cura Hidalgo, demasiado extenso para mi gusto, porque este acontecimiento es la base de muchas leyendas y falsedades muy divulgadas entre amplios sectores conservadores y ultracatólicos de la actualidad.

 

[3] Ignacio José Allende y Unzaga, 1769-1811, era hijo de españoles y se hizo soldado luchando en Texas a las órdenes de Félix María Calleja, resultando un buen militar. En 1806 se interesó por el independentismo y estuvo complicado en la Conspiración de Valladolid de 1809 y en la tertulia de Miguel Domínguez y Josefa Ortiz. En 16 de septiembre de 1810 supo que los conspiradores de Querétaro iba a ser detenidos, y decidió avisarles. El cura Miguel Hidalgo se negó a huir y, por el contrario, decidió levantar a los indios en el llamado Grito de Dolores. El 22 de septiembre de 1810, los insurgentes nombraron a Hidalgo Capitán General de los rebeldes y a Ignacio Allende Teniente General, pero Hidalgo no tenía ni idea de estrategia militar y discrepaba mucho de Allende. En marzo de 1811, los caudillos insurgentes fueron apresados, juzgados y condenados a muerte, siendo Allende fusilado el 26 de junio de 1811.

[4] Félix María Calleja del Rey Bruder Losada y Montero de Espinosa, 1753-1828, I Conde de Calderón, hizo méritos en la guerra contra los insurgentes de 1810 a 1813, y el 4 de marzo de 1813 fue nombrado Jefe Político de Nueva España, cargo que volvió a ser denominado Virrey en 1814, y estuvo en él hasta 20 de septiembre de 1816. Como Jefe Político de Nueva España, confiscó las propiedades de la Inquisición que había sido disuelta, solicitó un préstamo de 2 millones de pesos a los comerciantes poniendo como garantía el cobro de las alcabalas, y con ese dinero levantó un ejército de 39 himbres, que junto a 44.000 Voluntarios, fueron utilizados para pacificar el país. En 1814 venció a Morelos en Valladolid, batalla en la que destacó Agustín de Iturbide, y fusiló a Morelos en 22 de diciembre de 1815. Los comerciantes se quejaron a España por el trato que sufrían al prestar dinero, y Calleja fue depuesto como Virrey en 20 de septiembre de 1816. Regresó a España en 1818 y fue nombrado Capitán General de Andalucía y Gobernador de Cádiz, con el encargo de preparar un ejército para reconquistar América. Riego le apresó y le encarceló en Mallorca. Fue liberado en 1823 y nombrado Capitán General de Valencia.

[5] Los comanches eran un grupo de unos 45.000 individuos que vivía en Oklahoma, Kansas y Colorado, al norte de los apaches. Los franceses les llamaban padoucas. Ellos se llamaban a sí mismos “numunnu”. Hablaban una mezcla de azteca y shoshone.

Los apaches eran muchos pueblos que vivían al norte y sur de toda la actual frontera de Estados Unidos y México: en el este vivían los lipanes, jicavillas y kiowas. En el oeste vivían los navajos y mezcaleros. Se denominaban a sí mismos “ndee”. Eran seminómadas. Hablaban varios dialectos atabascanos. Su líder más popularizado fue Gerónimo, 1829-1909, quien sucedió en el liderazgo a Cochise. Se destrucción como pueblo se originó en el hecho de que Estados Unidos y México fijaran sus actuales fronteras en 1848, pues estas fronteras dividieron sus territorios en dos partes, el norte y el sur de la frontera.

[6] José María Morelos Pavón nació el 30 de septiembre de 1765 en Valladolid (Michoacán) un estado al sur de Guanajuato y al oeste de México. Era hijo de peones pobres, un indio y una criolla pobre. Se ganaba la vida de niño trabajando en las haciendas, pero escapó de esa miseria graduándose en la Universidad de México y ordenándose sacerdote en 1797. Como era pobre, fue destinado a una parroquia pobre, Churumucu, en Michoacán, y en 1799 pasó a Carácuaro, igual de pobre. En los pueblos tuvo dos hijos en los once años que estuvo de párroco hasta 1810.

[7] Francisco Martín Javier Mina Larrea, 1789-1817, era hijo de Juan José Mina Espoz, y sobrino de Francisco Espoz Illundaín (Espoz y Mina). Había estudiado en el seminario de Pamplona, hasta que en 1807 fue a Zaragoza a estudiar Derecho. En marzo de 1808 dirigió una revuelta estudiantil contra Godoy, quemando su retrato. En mayo de 1808, ante los sucesos de Madrid, volvió a Navarra y se puso a las órdenes del coronel retirado Juan Carlos de Aréizaga, que organizaba un grupo de resistencia antifrancés. En noviembre acudieron a Zaragoza para luchar contra los franceses. En agosto de 1809, el general Blake le dio mando sobre tropa encomendándole hostigar a los franceses en Navarra, y se estableció en Monreal iniciando el “Corso”. Sus éxitos robando cosas a los franceses provocaron que muchos navarros se unieran a él, y pronto tuvo 200 infantes y 80 jinetes a su servicio. El general francés D`Agoult no logró capturarle. A fin de 1809, los franceses capturaron a un compañero de Mina, llamado Vicente Carrasco, le ahorcaron públicamente, y fusilaron a18 prisioneros más. Mina decidió no hacer prisioneros franceses. En 1810 tenía a su servicio a 1.200 infantes y 150 jinetes y su grupo pasó a llamarse “Primero de voluntarios de Navarra”. Napoleón ordenó al general Harispe acabar con Mina, pero Harispe fue derrotado y perdió cientos de hombres en la operación. El 29 de marzo de 1810 Mina fue capturado por los franceses y llevado a Francia. El 14 de abril de 1814 fue liberado. En mayo de 1814, Mina el Mozo y Espoz y Mina fueron a Madrid a reclamar la constitución y sus cargos y recompensas, que les fueron denegadas. En septiembre organizaron un pronunciamiento, que fracasó, y pasaron a Francia, donde fueron hechos prisioneros de nuevo. Mina pasó a Inglaterra, donde conoció a un independentista mexicano llamado fray Servando Teresa de Mier, y algunos lores ingleses les consiguieron pasajes para Estados Unidos. Llegaron a Nortfolk (Virginia) e iniciaron campaña para una expedición contra España. Consiguieron dos barcos en Baltimore y fueron a Puerto Príncipe, Nueva Orleans y Galveston, hasta decidir desembarcar en Soto la Marina (Tamaulipas) el 15 de abril de 1817. Llevaba tres barcos, pero dos fueron hundidos por una fragata española, y el otro huyó. Mina quiso entonces organizar un grupo guerrillero como el de Navarra, pero fue capturado y fusilado el 11 de noviembre de 1817.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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