PRECAUCIONES Y CARACTERÍSTICAS DEL TEMA “AMÉRICA” .

 

 

 

Precauciones a la hora de afrontar el tema.

 

Para los poco habituados a la historia, debo advertir que este un capítulo histórico muy abundantemente tratado, pero al que hay que entrar con sumo cuidado, porque muchos en el pasado hicieron política con exposiciones históricas y pseudohistóricas, que deformaban la realidad, y muchos lo siguen haciendo de forma especialmente “fecunda y facundia”. Todos necesitaban y necesitan literatura, los unos para dar satisfacción a los políticos, y los políticos para dar satisfacción a las masas. El tema está corrompido, aunque ello no le es extraño a ningún profesional de temas de historia en cualquier parte del mundo. Digamos que este tema no está exento de los males de otros tantos asuntos históricos, pero me parece importante advertirlo en este momento preciso. Paso a exponer las razones de esta advertencia, que no es solamente mía, sino que he leído en otros tratados:

Los ilustrados franceses se cansaron de hablar mal de las “colonias” españolas, de los abusos cometidos por los gobernantes españoles, lo cual fue recogido por los nacionalistas independentistas, porque les venía bien, pero no quiere decir que esas opiniones sean siempre verdaderas. Tampoco podemos afirmar que siempre fueran falsas. Hubo de todo, invenciones, exageraciones, y verdades. Francia e Inglaterra necesitaban un chivo expiatorio para justificar las bondades del liberalismo, y la doctrina del liberalismo les venía bien a sus Gobiernos para entrar en el comercio hispanoamericano, que también ellos tenían mitificado y sobredimensionado respecto a la realidad. Los otros, los nacionalistas, se dejaban querer por los librecambistas franceses, británicos y estadounidenses, a fin de hacer su independencia, que muchas veces era de carácter antiliberal y conservador, pero nadie tenía interés en poner de manifiesto esta contradicción de poner el liberalismo al servicio de un nacionalismo conservador. En la época fue frecuente identificar liberalismo con nacionalismo, a raíz del hecho de que la independencia de los Estados Unidos había servido para imponer una constitución, la primera del mundo. Más tarde, se iría viendo, a lo largo del XIX, que liberalismo y nacionalismo eran cosas diferentes e incluso contradictorias, que el poner los derechos humanos al servicio de la idea nacional podía ser lo más contrario a poner los derechos humanos al servicio de los individuos.

Los nacionalistas españoles, al contar esta historia, ocultaron hechos que no les convenían, como por ejemplo: proyectos de autonomía-independencia de América habidos en España desde tiempos de Carlos III y sobre todo con Carlos IV, que rompían la vieja idea del imperio de los Austrias, constituciones de corte liberal establecidas en América a partir de la Independencia, que dejaban mal a los muy conservadores Gobiernos de España, existencia de la esclavitud hasta poco antes de la liberación en Cuba en 1898, corrupción de gobernantes españoles a niveles sociales y políticos muy altos… Todavía en el siglo XXI los libros de texto escolares ocultaban muchos de estos datos relevantes en las escuelas de España.

Los nacionalistas americanos insistieron en hablar de revolución, cada vez que alguien hacía un levantamiento, asonada, grito, o simple protesta popular, cuando en realidad se perpetuaban los privilegios en el pequeño grupo blanco dominante, si bien los funcionarios de origen peninsular eran sustituidos por criollos cada vez de piel más oscura. Pero el “quítate tú, que me pongo yo” nunca puede considerarse como una revolución. En todo caso, una revolución burguesa en donde no ha habido nobleza a la que privar de privilegios, y a menudo no se quiso eliminar privilegios de la Iglesia, no se constituyeron clases medias fuertes y predominantes, donde se mantuvo a las masas en organizaciones populistas que garantizaran la persistencia de los sistemas políticos establecidos, en apoyo de un oligarca a veces, en apoyo de un militar, o en apoyo de un líder que trataba de perpetuarse en el poder lo más posible, todo ello es, como mínimo, singular. Si dudamos de la validez de la revolución burguesa en la España del siglo XIX, o afirmamos su singularidad, ¡qué deberíamos decir de las revoluciones burguesas latinoamericanas! Los nacionalistas latinoamericanos se llamaban y se siguen llamando actualmente a sí mismos “revolucionarios”, y a cada golpe o insurrección lo llamaban revolución, aunque muchas veces sea todo lo contrario, continuismo en los abusos.

Para darse cumplida cuenta de las precauciones a tomar, basta constatar el que todavía en el siglo XXI haya políticos, instructores de masas y libros de texto americanos que culpan de los males actuales de su país al oro que se llevaron los españoles en la Edad Moderna. Un problema de comercialización, pasa a ser bandera de enganche para gentes que no saben mucho de economía, y caen fácilmente en manos del caudillo político que enarbola esta bandera y les promete redención. Ya el marxismo de segunda mitad del XIX nos dijo que la base de una revolución ha de ser la crítica dialéctica, aquella que nos permita eliminar los fantasmas y falsas realidades del pasado y del presente, para identificar los males profundos que hemos de combatir en la base real, y poner las soluciones oportunas, y que esa crítica debe ser permanente porque la propia realidad no cesa de fabricar nuevos fantasmas en cada escalón del proceso revolucionario.

 

 

 

Características de las revoluciones americanas.

 

El proceso emancipador latinoamericano es singular, tiene sus propios factores de desarrollo, sus propios puntos de partida, distintos de los de las colonias británicas o francesas. Las independencias latinoamericanas no se pueden englobar en el mismo saco que la independencia de los Estados Unidos, y mucho menos en el saco de la India, Indochina o el Magreb.

No se trataba, al menos al principio, de una rebelión contra un monarca, pues por un lado, el monarca español era una realidad que pasaba prácticamente desapercibida en Latinoamérica, y por otra parte, las declaraciones de independencia, hasta 1810, se hicieron para acatar a Fernando VII y rechazar al Gobierno francés, y no al revés. Nacieron de la necesidad histórica de hacerse cargo de sus propios destinos, de optar entre un futuro incierto al lado de España, que, por una parte, estaba en decadencia, y por otra, estaba a punto de sucumbir ante Napoleón, o una independencia también incierta, pero manejada por los mismos criollos que ya eran los dueños de muchos de los negocios de América antes de estos sucesos de independencia. De hecho, a partir del 6 de junio de 1808 los americanos declararon la guerra a Napoleón, en nombre de Fernando VII y de la nación española. Asumieron la soberanía igual que lo estaban haciendo las Juntas Provinciales españolas. Los realistas defendían a Fernando VII y los independentistas hablaban de independencia en nombre de Fernando VII, a quien reconocían por soberano. En ambos bandos, españolista e independentista, había españoles. Los independentistas puros, los que no reconocían a Fernando VII, fueron minorías que supieron imponerse, pero no de forma clara y rotunda, sino a través de muchas incidencias. Una vez constituidas las Juntas americanas, siempre hubo muchos conflictos internos entre realistas, moderados y radicales, pero todos reconociendo la soberanía de Fernando VII. Los franceses y británicos de la época no entendían esta posición. En 1814, con la vuelta de Fernando VII, se replantearon posiciones, pero seguía habiendo muchos que pensaban en un príncipe español, la vieja solución de Aranda y Godoy.

A partir de 1824, la sucesión de guerras civiles, golpes de Estado, cambios constitucionales frecuentes en Latinoamérica, sólo tiene parecido, pero agrandado y multiplicado, con lo sucedido en España a lo largo de todo el siglo XIX. Hay demasiado parecido. Y ello nos debe hacer intuir que algo había en común, cuando surgieron problemas similares, y se adoptaron soluciones muchas veces similares. De aquí podría surgir una hipótesis de trabajo, una historia comparada, que pudiera tener cierto interés. En esta historia, debían entrar las historias de Portugal, España y Latinoamérica.

Fue un movimiento burgués, que tenía mucho de guerra interna entre burgueses, entre hacendados y mineros de una parte, que necesitaban mantener la esclavitud, y comerciantes y artesanos, de otra, que querían libertades, entre productores que querían abolir las limitaciones a la producción, y políticos que querían mantener la producción agraria y minera al nivel de las exportaciones a fin de que no se produjeran excedentes.

Decimos que los protagonistas de este movimiento burgués serían los criollos, y la causa sería que los españoles eran muy pocos y ocupaban el 80% de los cargos de la Administración. Los criollos eran menos del 20% de la población en los sitios que más. Estadísticamente, del total de la población, el 46% serían indios, el 26% mestizos, el 20% blancos y el 8% negros. De ese 20% de blancos, los españoles metropolitanos (gachupines, chapetones…), siendo minoría, ocupaban el 80% de los cargos de la administración en América y eso molestaba a los criollos. La situación se explicaba por una táctica de Gobierno expresamente planificada desde España. Dejar los cargos de gobierno en manos de familias criollas, había significado muchas veces la “patrimonialización familiar” de los cargos, y su corrupción. La solución parecía ser entregar los cargos a personas no asentadas en América, no arraigadas, venidas de España, o recientemente llegadas.

La sustitución de una forma de gobernar española, por otra más cercana a los burgueses autóctonos, no fue la sustitución de una clase social por otra. Permaneció la misma clase social, con distintos protagonistas.

Pero el proceso de la independencia americana también fue una guerra llevada a cabo por muchas gentes que no tenían nada que ver con los burgueses americanos ni con los españoles, y sólo buscaban unos salarios que les permitiesen salir de la miseria, o la promesa de salir de la esclavitud, o la libertad para robar bajo el pretexto de la guerra. A veces se utilizaron soldados napoleónicos que estaban en paro después de 1815 y se contrataban como mercenarios. Los aspirantes al poder, de ambos bandos, necesitaban soldados, y también reclutaron indios y negros pagándoles directamente, o dejándoles saquear haciendas en pago a su colaboración, a los que prometieron la libertad, pero esto último no se llevó a la práctica durante la primera mitad del XIX, y luego, se hizo a remolque de las circunstancias y de manera nominal, pues la condición real de los asalariados de principios del XX americanos no distaba mucho de la de los trabajadores del XVIII.

Nos atreveríamos a decir que el proceso de independencia no fue una revolución, sino una contrarrevolución, antes de que se produjera la posible revolución burguesa, lo que podíamos llamar una “contrarrevolución preventiva”, un intento de control de los cambios que preveían para el futuro. Los hacendados, almacenistas y exportadores criollos temían los cambios que prometía el liberalismo y la Ilustración: mayores impuestos, burocracia más rápida e igualdad ante la ley sin tener en cuenta consideraciones de tipo personal y privilegios de casta. En el caso de producirse la reforma de Aranda, la de Godoy o la de José I, tendrían que autoadministrarse, autofinanciarse, para pagar sus propias estructuras militares, jurídicas, educativas… y además ayudar a España como países asociados a la Corona española, y ello significaba, más impuestos. Una vez establecidos los valores de la democracia, la igualdad y la libertad, tendrían que renunciar a sus esclavos, a sus abusos sobre poblaciones autóctonas, e incluso se podrían ver inmersos en juicios reclamándoles sus haciendas, los malos tratos infringidos y exigiéndoles quizás el pago con la vida. No podían aceptar la revolución burguesa. El que los españoles fueran expulsados y sus fincas repartidas, algunas veces, entre indios y negros pobres, no es suficiente para afirmar que hubo una revolución.

Era un movimiento burgués, pero no se rebelaba contra la acumulación de tierras en manos de la nobleza y de la Iglesia, como las revoluciones burguesas europeas, pues no había nobleza poseedora, ni quisieron arrebatarle nunca privilegios a la Iglesia, sino justamente era la potencia dominante, España, la que pensaba quitarle algunos privilegios a la Iglesia americana, y la Iglesia se alió con los criollos y los indios para rebelarse contra España. Simplemente, los criollos querían los puestos del Gobierno que detentaban peninsulares llegados expresamente para ello. Y no lo hacían para cambiar el modelo social, sino para consolidarse ellos en sus privilegios de clase y controlar los cambios en el futuro. Era un movimiento burgués sin revolución social. Si en España peninsular, es dudoso que existiera revolución burguesa hasta mediados del siglo XIX, en América ocurrió otro tanto, y no fue el momento de la independencia el mismo que el de la revolución burguesa.

En el juego de la política, donde el lenguaje afirma en público lo que se niega rotundamente con los hechos, los americanos llamaron a cada levantamiento o movimiento político de cualquier signo, revolución, exactamente lo que no querían hacer. La insistencia en tantas revoluciones, se debe a que no quisieron nunca hacer la revolución social. A partir de ahí, los movimientos comunistas serán diferentes, pues no hubo una revolución burguesa previa, y cualquier otro tipo de cambio en el poder político ha de verse con la peculiaridad referida. Antes de la independencia, en América no gobernaba un estamento nobiliario, sino los hacendados. El problema de que los cargos hubieran querido ser patrimonializados por determinadas familias, y se hubiera optado por que fueran ejercidos por españoles, cesables sin necesidad de un conflicto social en cada cese, y que los criollos reclamasen esos cargos para ellos, no puede ser calificado de revolución.

En general, los criollos “libertadores” eran más conservadores que los españoles a los que desplazaron del poder. Cada región defendía sus propios privilegios regionales, y la idea de permanecer juntos, como dijeron algunos libertadores que se hiciera, era una utopía. Latinoamérica no podía aceptar el librecambismo económico de ninguna manera, porque la sobreproducción hubiera llevado al desastre económico. Ejemplos:

Sudamérica tenía prohibido producir caña porque el Caribe se bastaba para abastecer al mercado entero, de América, de España y de otros países, y más tierras produciendo caña supondrían superproducción;

Se prohibía a Guayaquil producir cacao, porque ése era el principal recurso de Venezuela, y los venezolanos no querían verse desplazados por productos mejores y más baratos.

Con el monopolio español sobre todo el continente, y gracias a las limitaciones que se les imponían, cada provincia americana tenía unas garantías de salida de sus productos, y de abastecimiento de mano de obra, preferentemente esclava, a unos precios garantizados por la limitación de la producción que imponía España. La libre competencia supondría el cierre de muchas haciendas y empresas tradicionales. La posible unidad de los territorios liberados de los españoles, era un contrasentido, pues la discrepancia era el origen de los movimientos de independencia. Es decir, cada región deseaba producir más, y se quejaba de que las demás se lo impedían, y entonces recurría a la Corona Española para satisfacer sus deseos de producir más. Si se independizaban por separado, se harían la competencia productiva en un mercado sobresaturado. Si se independizaban manteniendo la unidad, tendrían que ir a la regulación de la producción, o lo que es lo mismo, a repetir el modelo que les había impuesto el monopolio español. La segunda solución era, evidentemente, más absurda que la primera, y por ello se realizó la independencia por separado de cada región americana.

Carlos III, el rey reformador, había dado inicio a la posibilidad del libre cultivo. Con ello, los viejos equilibrios propios de la antigüedad se rompían. Corrió el peligro de que compitieran entre sí. Cada provincia americana intentó ser autárquica, en la peor de las reacciones posibles ante el progreso. Todas querían exportar, pero ninguna importar, sobre todo pudiendo producir cada una el mismo producto con amplia ventaja de precio, al evitar el transporte a larga distancia que era el componente principal del precio de los productos de importación. La superproducción era creciente, y las dificultades aumentaban a mayor ritmo todavía. Los criollos americanos odiaban las reformas de Aranda, las de Godoy, las de cualquiera que propusiera mayores impuestos y libertad económica. Por supuesto, las aspiraciones de los criollos, tener más ventas a mejor precio, eran incompatibles con José I, que pedía mayor libertad de comercio, liberación de los esclavos, derechos de los trabajadores. Muy pocos criollos se plantearon la posibilidad de hacerse afrancesados. Preferían un caudillo indígena, un príncipe español e incluso británico, un príncipe portugués, un “libertador” americano.

La rebelión se inició siempre en cabeceras territoriales importantes (salvo Dolores y Montevideo), naciendo entre clases medias y altas, y raras veces en el campo y procedente de clases pobres. La mayor parte de los indios permaneció neutral en un conflicto que no les afectaba para nada. En todo caso, vemos más veces a los indios del lado de los españoles que del lado de los criollos. Por ejemplo en la batalla de Ayacucho no había más que unos cientos de españoles y el resto eran indígenas luchando a su lado, contra los llamados “libertadores”.

También ocurrieron algunos levantamientos populistas, que sirvieron a algunos historiadores para confundir al pueblo americano, evitando hacer ver el verdadero sentido del movimiento que nosotros hemos calificado de “contrarrevolucionario preventivo”. La historia contemporánea americana, es muchas veces la historia de hacendados que se convierten en déspotas, de militares que hacen el juego a determinados grupos de capitalistas, y de movimientos populistas difícilmente calificables de democráticos. Y todos ellos tienen interés en dar una visión del pasado de acuerdo con sus intereses.

Pero se trataba de muchos pueblos y economías distintas y enfrentadas entre ellas, y no de una sola fuerza independentista. Además las distancias entre las ciudades organizadoras de la economía criolla eran enormes y sus coordinación difícil. Tenían diferentes ideologías, diferentes intereses, estaban integrados por diversos grupos étnicos… No es fácil generalizar. Se cometen muchos errores haciéndolo, pero esta idea de partida me parece mucho más exacta que la contraria, la que se ha estado defendiendo por la propaganda oficial. América ha pasado en algunas ocasiones del patriarcalismo al comunismo, sin abandonar ninguno de los dos sistemas en ningún momento, y sin haber pasado por la revolución burguesa de la libertad, igualdad y propiedad para todos los ciudadanos.

Se impusieron formas republicanas, como si la forma de Estado garantizara la libertad, o la república fuera más justa que la monarquía, pero se tuvo buen cuidado de mantener sistemas oligárquicos, con el poder en manos de los terratenientes. Incluso muchas veces se llegó a personalismos, a dictadores que imponían sus ideas a toda costa y contra quien fuere, en donde no se admitía la división de poderes, la participación, la crítica, la libertad periodística… La oligarquía era la realidad política, y la “república” sólo una forma exterior o caparazón para hacer propaganda. El argumento de los nuevos explotadores es fatuo: la culpa de todo lo que ocurría de malo la tenían los españoles que se habían llevado el oro de América.

 

Hablamos de colonias americanas para entendernos mejor y diferenciar Latinoamérica de la España metropolitana, peninsular europea. Pero no es exacto utilizar el término “colonia”. De hecho, la idea colonial dificultaría la comprensión de lo que sucedió en América Latina:

Los latinos tenían conciencia de unidad “desde Cabo de Hornos hasta las orillas del Mississipi”. Hablar de distintas colonias es lícito, pero complicado. Estados Unidos tuvo que hacer un pacto entre territorios, federal o confederal según opiniones y épocas, pero Latinoamérica no tenía que plantearse ese problema. Había más unidad entre los latinos que entre los americanos del norte.

La unión material con la metrópoli era de hecho tan tenue como que se basaba en el tránsito de un sencillo barco cada pocos meses, y sin embargo, ello bastó para mantener la conciencia de unidad entre ellos y para con la metrópoli, durante siglos, algo que nunca lograron los británicos, holandeses y franceses en sus colonias. La conciencia de unidad con España era muy fuerte.

Utilizaban la denominación de reinos diferentes como virreinato de México, virreinato de Perú, virreinato del Plata, etc. Pero también en España peninsular se utilizaba la misma terminología para referirse a los territorios peninsulares y se hablaba de reinos viejos (Galicia, Principado de Asturias, León, Castilla la Vieja, Navarra, Aragón y Condados Catalanes), reinos nuevos (Extremadura, Castilla la Nueva, Andalucía, Valencia, Mallorca), y reinos novísimos, que eran los americanos y filipinos. La diferencia entre unos y otros, es que constituía mayor honor ser noble en los más viejos. Por lo demás, se consideraba que todos eran una unidad. En América, la nobleza no tenía el sentido que tuvo en la Península Ibérica, pero la antigüedad de un territorio sí causó algunas reclamaciones contra cabeceras regionales consideradas más nuevas.

La cabeza del territorio era la única con derechos políticos tanto en España como en Latinoamérica. En España sólo tenían voz las ciudades con voto en Cortes. Este mismo derecho lo consiguió México en 1530, Cuzco en 1540 y cada cabecera de región americana que tenía un Gobernador.

Los territorios americanos reaccionaron en 1808 prácticamente igual que los peninsulares: alegaron la ilegitimidad de José I y la legitimidad de Fernando VII; sintieron que ello les legitimaba para asumir la soberanía, en España las Juntas provinciales, y en Latinoamérica los Cabildos; declararon la guerra a Napoleón en nombre de Fernando VII y la nación española.

La economía y sociedad americanas, en los aspectos más cuotidianos económicos y sociales, no se dirigían desde España, sino que los terratenientes y comerciantes instalados en el territorio tenían manos libres, con leve sujeción a las leyes, que a menudo no cumplían. De hecho se acusa a estos burgueses de tener las manos demasiado libres y de abusar de la mano de obra indígena y emigrada. La emancipación latinoamericana no puede ser calificada de social y económica, pues en esos aspectos las cosas siguieron igual, o peor, sino de emancipación política. Fueron esos terratenientes y comerciantes los que se independizaron.

Los latinoamericanos no se sublevaron contra España, sino contra la falta de Gobierno en España, no se sublevaron contra la metrópoli, sino buscaron una salida al caos económico y gubernativo a que se les estaba sometiendo desde los tiempos de Carlos IV, que ellos calificaron de desgobierno. De hecho, apoyaban al rey Fernando VII.

La afirmación anterior debe ser matizada, puesto que sí que hubo una rebelión contra el proteccionismo español. Pero también hay que explicar bien ese proteccionismo: los comerciantes americanos tenían agentes comerciales en España, en Sevilla los más, a través de los cuales dominaban el comercio español de los productos americanos, y estaban muy satisfechos de ello. Pero el proteccionismo español de reservarse el mercado americano para importaciones y exportaciones, empezó a ser molesto cuando Carlos IV no fue capaz de garantizar la seguridad en el Atlántico y cuando los ingleses fundamentalmente, y en algunos casos los franceses, atacaron los barcos de Indias. La solución estaba en poder comerciar con terceros países, pero la burocracia española era lenta y tenía tendencia al conservadurismo, lo cual hizo que los criollos buscasen soluciones por su cuenta.

Los altos cargos de la Administración estaban reservados a españoles y no a criollos. Hay que hacer observar que el control sobre el otro lado del mar era muy pequeño, y la administración en manos de los productores, terratenientes y comerciantes criollos, llevaba con frecuencia a la corrupción, con la imposibilidad de remover los cargos, pues tendían a hacerse patrimonio familiar. La decisión de entregar los cargos a los españoles era una caución frente a posibles abusos al patrimonializarse un cargo en una familia. El español terminaba su mandato y perdía su cargo y autoridad, si bien muchos se quedaban administrando nuevas plantaciones y empresas comerciales tras casarse con una criolla rica. Pero ya quedaban desprovistos de autoridad y llegaba a gobernar una nueva persona sobre quién podía ejercerse una vigilancia desde España. El resto de la burocracia latinoamericana, los cargos menores, era criolla.

Los criollos pedían a menudo plena integración en la Corona española, y lo entendían como acceso a estos altos cargos que les permitirían un poder ilimitado en la práctica. Alegaban que no querían ser colonias. Pedían igualdad de derechos, y casi siempre se referían a poseer los altos cargos. Entregárselos, dar el poder político pleno a quien ya tenía el poder económico y era dueño de esclavos, dominaba miles de empleados, y dominaba los cabildos o poder municipal, no puede ser considerado como progresista en ningún supuesto. Sólo desde la ingenuidad de que el nacionalista o el revolucionario tienen derecho a todo, sería admisible considerarlo progresista, pero es jugar con dos barajas.

América no era un continente inferior dentro del organigrama político español. La idea de unos continentes distintos e inferiores a los que había que ayudar, se extendió por Gran Bretaña y Francia, que hicieron sus colonialismos como “benefactores” del subdesarrollo. Pero no era el caso de España. Es cierto que algunos ilustrados españoles, que nunca habían estado en América, cayeron en la trampa de origen británico y francés, que era la idea de resaltar la superioridad europea, una cultura que tenía la razón por valor supremo e iluminaba con su fulgor a la humanidad entera. Pero la mayoría de los españoles deseaba tener negocios con los criollos americanos, y quién no, y no les importaba viajar, enviar un hijo… Hacer las Américas era un privilegio para la burguesía de los negocios española. Hay que matizar que la lejanía de esos territorios, servía para apartar a algunos indeseables de la Corte de Madrid, pero también se enviaban a Cádiz, Ceuta, Granada, El Ferrol, Mallorca, Gerona… y nadie considera que estos territorios fueran inferiores por recibir confinados políticos.

 

A partir de la asunción de la soberanía, surgieron los problemas y las diferentes soluciones:

En España se impuso la Junta Suprema Central primero y el Gobierno de las Cortes de Cádiz más tarde. Pero esta Junta Suprema Central se olvidó de dar representación a los latinoamericanos, y cuando las Cortes les dieron representación a los americanos, se vio que ello era muy difícil en la práctica, y se recurrió a diputados suplentes, escogidos entre las personas que efectivamente estaban en la península.

En Latinoamérica, el Memorial de Agravios de Santa Fe de Bogotá, de 1809, alegaba falta de representación. Decían que no eran colonias ni factorías, y como parte integrante de la Corona española tenían derecho a estar representados y a no ser ignorados como estaba sucediendo de hecho. Entonces asumieron su propia soberanía, se olvidaron del rey, y dijeron representar al pueblo americano. Y ahí estuvo la diferencia y se originó la separación respecto a España peninsular. Bien entendido que, inicialmente, trataban de mantenerse unidos, desde el Cabo de Hornos al Mississipi, aunque las circunstancias llevaron a la dispersión en múltiples Estados, pues las distancias eran enormes, los intereses contradictorios y las circunstancias muy diversas.

 

Las principales instituciones protagonistas de la independencia latinoamericana fueron los cabildos.

El Cabildo americano era una institución de gobierno local, propio de las ciudades de Indias, con jurisdicción en el ámbito urbano y la zona rural periférica subordinada, incluidas las villas de su entorno (que carecen de cabildo y por ello no se consideran ciudades). El Cabildo era presidido por el Gobernador, Capitán General o Virrey. Se componía de dos alcaldes, uno de primer voto y otro de segundo voto; de un número variable de regidores, según las dimensiones de la ciudad; de un procurador. El alcalde hacía la misma función que el justicia aragonés, y tenía funciones judiciales, mantenía el orden y seguridad pública, y administraba justicia en primera instancia. A veces, el alcalde de primer voto entendía de causas criminales y el de segundo voto de causas civiles. El alcalde podía presidir el Cabildo en caso de ausencia del gobernador y su teniente. Son diferentes los alcaldes de Santa Hermandad que sólo son policía rural y no tienen funciones judiciales, y los alcaldes de barrio que eran policía de barrio. Los regidores cambiaban cada 1 de enero, por lo que se convocaban elecciones cada mes de diciembre.

El Cabildo Abierto, o asamblea considerada decisiva, era la reunión del Cabildo Ordinario, los representantes de la Audiencia y los miembros representantes de las principales familias e instituciones de la ciudad.

 

Los protagonistas de las revoluciones americanas van a ser los criollos, o descendientes de españoles, que están descontentos porque los cargos políticos americanos siempre son ejercidos por gentes llegadas de España. Los criollos son dueños de grandes explotaciones agrarias, comerciales e industriales, se educan en España y utilizan la mano de obra indígena a cambio de salarios bajísimos. Una activa propaganda de estas altas clases sociales, situará todos los males americanos en los “españoles”, y el remedio de todos ellos en lo autóctono, es decir en ellos, los criollos. Puede ser que en esto influyera también la actividad de los jesuitas expulsados de España. Salvo en algunas zonas de México, la revolución americana es mayoritariamente criolla.

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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