INICIO DE LA GUERRA,

         CAPITULACIONES DE BAYONA

AFRANCESADOS Y PATRIOTAS.

 

 

 

Grandes periodos de la Guerra de la Independencia:

 

1º- Victorias de Napoleón y José I en 1808-1809:

Zornoza, 31 de octubre 1808; Gamonal (Burgos), 10 de noviembre de 1808; Espinosa de los Monteros, 11 de noviembre de 1808; Tudela, 23 de noviembre de 1808; Somosierra, 30 de noviembre de 1808; entrada en Madrid, 4 de diciembre 1808; persecución de Moore hasta La Coruña; (en estas fechas se produjo la salida de Napoleón de España, enero de 1809); Uclés, 13 de enero 1809; La Coruña, 18 de enero 1809; Zaragoza, 20 de febrero 1809; Medellín, 28 de marzo de 1809; Belchite, 18 de junio de 1809; Ocaña, 19 de noviembre de 1809; Gerona, 11 de diciembre de 1809.

Es excepción la victoria española de Talavera, 27 de junio de 1809.

 

2º- Actuaciones de la guerrilla, ejército español, ejército portugués y ejército inglés en 1810-1811, con victorias inglesas de Fuentes de Oñoro, 3-5 mayo de 1811; y Albuera, 16 de mayo de 1811.

 

3º- Victorias británicas, portuguesas y españolas de 1812-1813: Ciudad Rodrigo, 19 de enero de 1812; Badajoz, 6 de abril de 1812; Arapiles, 22 de julio de 1812; Vitoria, 21 de julio de 1813; San Marcial, 31 de agosto de 1813; Pamplona, 31 de octubre de 1813.

 

 

 

 

 

El gobierno francés de Murat, mayo de 1808.

 

El 3 de mayo, el infante don Antonio, presidente de la Junta Suprema de Gobierno salió para Bayona llevado por los franceses. Se hizo cargo de la presidencia de la Junta Suprema de Gobierno de España, el 4 de mayo, Joachim Murat. El 7 de mayo recibió poderes de Carlos IV en el mismo sentido, pues Carlos IV decidió nombrar “lugarteniente general y gobernador del reino”, es decir regente, a Murat.

Murat nombró Secretario General de la Junta Suprema de Gobierno al conde de Casa Valencia[1] y formó Junta de Gobierno con 4 ministros y 5 representantes de los Consejos. Dimitieron por no estar de acuerdo: Miguel José de Azanza en Hacienda, Gonzalo O`Farril en Guerra, y Francisco Gil de Lemus en Marina.

La Secretaría de Hacienda quedó en mayo dividida en las secciones de:

Hacienda de España, Pedro Cifuentes,

Hacienda de Indias, Esteban Varea.

Estado, Pedro Ceballos Guerra, estaba en Bayona.

Marina, Gil y Lemus dimitió/ 2 de junio 1808: José Mazarredo Salazar[2]/ Eusebio Bardají Azara como oficial mayor habilitado.

Gracia y Justicia, Sebastián Piñuela Alonso.

 

 

 

Capitulaciones de Bayona.

 

El 5 de mayo, se sabían en Bayona los sucesos de Madrid del Dos de Mayo, y tanto Carlos IV como Fernando VII supieron que podrían no salir con vida de Bayona. Las discusiones entre padre e hijo eran pues inútiles. Fernando VII hizo saber a su padre la nulidad de sus acuerdos con Napoleón por no haber sido aprobados por las Cortes y por estar privado de libertad. Ordenó que la Junta de Gobierno se trasladara a lugar seguro, asumiera la soberanía y declarara la guerra a Napoleón en cuanto él entrara en Francia. Comunicó al Consejo Real, Chancillerías y Audiencias que se hallaba privado de libertad, y que se convocasen Cortes, que se hicieran cargo de los arbitrios y subsidios necesarios para la defensa del reino. Estos decretos de Fernando, de 5 de mayo, nunca fueron enviados a sus destinatarios, y sólo sabemos de ellos porque Ceballos lo contó tiempo después.

Y a continuación, tuvieron lugar en Francia las llamadas “Capitulaciones de Bayona”:

El 5 de mayo mismo, Carlos IV cedió sus derechos a Napoleón.

El 6 de mayo, Escoiquiz firmó, en nombre de Fernando VII, la renuncia al trono de éste a favor de Carlos IV. A cambio, Fernando recibía un palacio en Compiegne, las tierras de Chambord, una pensión de 30 millones de reales anuales y otras prebendas. Don Carlos y don Antonio Pascual renunciaron también a sus posibles derechos de sucesión al trono. Napoleón comunicó a Carlos IV la renuncia al trono de todos ellos.

Se produjo entonces el encuentro de Carlos IV y Fernando VII, abroncando Carlos a Fernando, culpándole a gritos de todo lo ocurrido. Los consejeros de Fernando le abandonaron.

El 9 de mayo, Carlos IV, María Luisa y Godoy, fueron enviados al castillo de Fontainebleau. Francisco de Paula iría con ellos días después.

El 10 de mayo salieron para el castillo de Valençay, Fernando, el infante Antonio Pascual y el infante Carlos María Isidro. Valençay era un castillo de Talleyrand, a donde llegaron el 16 de mayo. Iban con ellos a Valençay, el duque de San Carlos, el marqués de Ayerbe, el marqués de Guadalcázar[3], el marqués de Feria[4], el mariscal de campo Antonio Correa, el capellán Escoiquiz, el capellán Ostolaza, el exconsejero de hacienda Pedro Macanaz y toda la servidumbre de todos ellos.

De mayo a agosto, en Valençay vivieron un ambiente de gran lujo con bandas de música, compañías de teatro, lecciones de bailes y música, y caballos para pasear, hasta que se marchó Talleyrand y se acabaron las fiestas. Fernando se deprimió mucho en los meses posteriores. Además, los dos millones de francos prometidos por Napoleón se retrasaban y el castillo de Navarra en Normandía no se le entregaba, y muchos acompañantes le fueron retirados para evitar proyectos de fuga. Pero Fernando debía estar muy a gusto porque, cuando los ingleses trataron de liberarle, en marzo de 1810, les denunció a Napoleón y evitó la liberación. Se le retiraron más criados, de forma que en enero de 1811 sólo le quedaban unos 20. En noviembre de 1813, La Forest le propuso negociar su vuelta al trono de España y ello sorprendió a Fernando que no estaba atento a los sucesos europeos.

 

El 9 de mayo llegaron a España órdenes de Francia diciendo que el rey era Carlos IV y que éste había nombrado gobernador de España al general Murat, duque de Berg. La Junta Suprema de Gobierno de España decidió obedecer y fueron así los primeros “afrancesados”.

Parece ser que una de las personas maquinadoras de todo este embrollo era un tal Charles Maurice de Talleyrand Perigord, conocido como Talleyrand, ministro de Napoleón y destacado político en años futuros.

El 10 de mayo, el Consejo de Castilla comunicó al país la abdicación de Fernando VII y el nombramiento de Murat como Lugarteniente General del reino, en nombre de Carlos IV (que es lo mismo que regente). Con ello desaparecía la tenencia de la soberanía de la Junta Suprema de Gobierno, aunque la Junta Suprema de Gobierno siguió existiendo como organismo gubernativo.

Ese mismo día, 10 de mayo, Napoleón ordenaba a José I, que estaba en Italia, ir a Bayona, en donde se le esperaba para el 1 de junio.

El 12 de mayo, Napoleón decidía ir por delante de los reformistas españoles y propuso convocar Cortes para proponer los cambios oportunos. Se podía cambiar el territorio, incluida la organización americana, y la dinastía. No hay que olvidar que se había cometido una ilegalidad al deponer a Carlos IV, y había que repararla. La Asamblea de Notables tendría lugar en Bayona el 15 de junio. El 25 de mayo, Napoleón les comunicó la cesión de derechos que habían hecho los Borbones, lo cual hacía más necesario que nunca el reunir a los representantes de ciudades y provincias para conocer las necesidades y deseos de los españoles, es decir, Cortes. La solución era una constitución que conciliara la autoridad del soberano con las libertades y privilegios del pueblo. El plan de Napoleón de mantener América unida y fiel a España, y cambiar la dinastía en España y Portugal a fin de que América quedase en sus manos, estaba avanzando.

 

El 23 de mayo, Napoleón desplegó a sus soldados por la península Ibérica:

El general Bessieres fue enviado a Burgos y desde allí organizó un ataque con Lasalle[5] a Palencia, y con Merle a Santander. También debía abrirse paso hacia Zaragoza, a donde mandó a Lefebvre-Desnouettes[6].

Dupont desde Madrid debía ir sobre Córdoba, Sevilla y Cádiz.

Moncey desde Madrid debía ir a Valencia.

Duhesme desde Barcelona debía ir a Valencia.

 

El despliegue francés era paralelo a las sublevaciones españolas:

23 de mayo: Asturias y Valencia.

24 de mayo: Zaragoza, Cartagena y Badajoz.

27 de mayo: Sevilla, Córdoba, León y Mallorca.

29 de mayo: Cádiz y Granada.

31 de mayo: La Coruña.

 

 

El 24 de mayo se produjo la convocatoria de las Cortes que se habían de reunir en Bayona, citando a los diputados para el 15 de junio. Murat eligió en Madrid una Junta o Asamblea de Notables de entre la nobleza, clero y tercer estado. 15 eran designados directamente por Murat y tenían derecho de iniciativa. Estos 15 eran personas ilustradas que debían llevar el peso de las discusiones y reformas, pues en una elección corriente salen muchos ineptos e incapaces como representantes del pueblo. El resto, hasta un máximo de 150 serían elegidos por asambleas de la nobleza, clero y burgueses. Las “instrucciones” para las elecciones fueron dadas el 24 de mayo en La Gaceta, y se proclamaba electores a las corporaciones y a las ciudades principales de España:

Por el clero se convocaba a 2 arzobispos, 6 obispos, 16 canónigos y 20 párrocos, además de los 6 generales de las principales órdenes monásticas (50 miembros en total, pero sólo asistieron a Bayona 16).

Por la nobleza se convocaba a 30 miembros: a 10 Grandes, 10 Títulos y 10 caballeros (de Jerez, Ciudad Real, Málaga, Ronda, Santiago, La Coruña, Oviedo, Játiva, Gerona y Madrid). En realidad eran 51 nobles, pues a los 30 miembros de la nobleza, habría que sumar 4 representantes del Consejo de Castilla, 2 del de Indias, 2 del de Marina, 2 de Guerra, y 1 de Hacienda, 1 de Inquisición, nombrados en representación del Gobierno. (8 títulos de Castilla y 8 caballeros designados como diputados no asistieron a Bayona).

Por las ciudades se convocaba a 2 navarros, 3 vascos, 1 mallorquín, 2 canarios, 1 asturiano, 14 representantes de los consulados, Banco de San Carlos y gremios, y 3 representantes de las Universidades de Salamanca, Valladolid y Alcalá (27 miembros en total). Se concedió también representación a algunas ciudades americanas, 6 ú 8 diputados, que intervinieron por primera vez en la política española y se escogió para ello a algunos criollos que vivían en Madrid, llegando a tener representación La Habana (marqués de San Felipe y Santiago), México (José Joaquín del Moral), Perú (Tadeo Bravo y Rivera, que no acudió a Bayona y fue sustituido por Agustín Leocadio de Landáburu), Buenos Aires (León Altolaguirre que fue luego cambiado por dos sustitutos: José Ramón Milá de la Roca por Buenos Aires, y Nicolás de Herrera por Montevideo), Guatemala (Francisco Antonio Zea), Santa Fe de Bogotá (Ignacio Sánchez Tejada) y Caracas (José Hipólito Odoardo y Gran Pré). Por último, en el grupo de las ciudades, podemos englobar a los 15 ciudadanos ilustres de nombramiento directo por Murat, y entonces llegamos a 48 ó 50 diputados por las ciudades.

 

El total era de 165 diputados, distribuidos en tres gremios. De ellos se llegaron a reunir en Bayona realmente unos 65 el primer día, y 91 el último. Nada más nombrarse, se excusaron muchos y se hubo de nombrar 30 nuevos que, previamente al nombramiento, se comprometían a asistir a Bayona. Dos tercios de los diputados que realmente asistieron a Bayona estaban designados por Murat y no hubo ningún tipo de elecciones. Estos diputados se trasladaron a Bayona a finales de mayo, y ya estaban constituidos en asamblea en 15 de junio de 1808, pero sólo estaban presentes 65 diputados. Llegaron a ser en algún momento 91, pero nunca más. Estuvieron reunidos 23 días hasta el 7 de julio. Evidentemente, en tres semanas no redactaron ninguna constitución, sino se limitaron a discutir la aprobación de la que les presentaba Napoleón. El día 20 de junio, cuando fue presentada la constitución napoleónica, presidía Miguel José de Azanza, y en ese acto se recogieron algunas alegaciones que se incorporaron al proyecto como enmiendas, habiendo proyecto definitivo el 7 de julio.

Sobre la importancia que Napoleón daba a América en estas negociaciones de Bayona, hay que citar que José I recibió aparte a los representantes americanos y éstos le expusieron las quejas americanas: que no podían trabajar la tierra ni cultivar las minas porque los productos no tenían salida en el mercado. La promesa de un mercado de exportación sería bienvenida en toda América, y si la proporcionaba Napoleón, sería alabado por ello.  La constitución de Bayona trataba de atraerse a los americanos: tendrían derecho a diputados en Cortes, lo que nunca les había dado España; tendrían derecho a cuatro Comisiones, de Indias, Justicia, Interior, y Hacienda, de cinco miembros cada una, que aconsejarían sobre temas americanos; tendrían derecho a tener miembros en el Consejo de Estado (sucesor del Consejo de Castilla) para proponer leyes del Estado español, y estarían presentes en las seis secciones de ese Consejo: Justicia y Negocios Extranjeros, Interior y Policía General, Hacienda, Guerra, Marina, Indias. Todo ello significaba, en la idea de Napoleón, que los territorios americanos dejaban de ser “colonias”.

El Consejo de Castilla estaba colaborando, casi en bloque, con José I, y así siguió hasta agosto de 1808. Las cosas cambiaron en agosto, cuando los consejeros del Consejo de Castilla empezaron a pasarse a los patriotas. Ni el Consejo de Castilla, ni la Junta de gobierno, ni las Audiencias, ni los Capitanes Generales, habían reaccionado frente a la toma del poder por Murat. De hecho resultaban colaboracionistas con el francés.

 

 

 

 

Primera resistencia española.

 

El 5 de junio de 1808, el general francés Merle, que iba camino de Santander, estaba en Reinosa, pero recibió orden de replegarse, y volvió sobre sus pasos hasta Dueñas (Palencia). El problema era la batalla que se preparaba en Valladolid: el general español Cuesta sería derrotado en los siguientes días en Cabezón de Pisuerga el 10 de junio y huyó hacia Benavente cayendo Valladolid en manos de Lasalle. Valladolid era el primer foco de rebelión importante que caía en manos francesas. También era importante porque abría el camino de Madrid. Una vez ganada esta batalla, se ordenó a Merle volver sobre Santander, a donde llegó el 23 de junio, la tomó, dejó una pequeña guarnición, y regresó a Burgos junto a Bessieres.

 

 

 

Afrancesados.

 

El 3 de junio, la Junta de Gobierno publicó un bando aconsejando ayudar a los franceses y abandonar a los grupos que se estaban sublevando. Los que aceptaron el bando fueron llamados afrancesados. Los que lo rechazaron, patriotas.

La postura más racional del momento, vista en general y sin tener en cuenta hechos concretos ni personajes, era la de los afrancesados. España necesitaba una racionalización económica, política y religiosa, y ello era imposible desde dentro, como se había demostrado en el XVIII, y prácticamente seguro si se caía en la órbita francesa. La posición patriota era mantenida por nobles celosos de sus privilegios, clérigos que hacían una cruzada contra las reformas de modernización llevadas a cabo en Francia, y una serie de personas que creían en el populismo, funesto para cualquier país. El movimiento “patriota” era anárquico, populista y reaccionario. Para apoyar la idea que estamos expresando, es bueno considerar la evolución de las ideas de Jovellanos: el 12 de junio de 1808, un mes después de la sublevación patriota, consideraba un absurdo la rebelión de Asturias contra “el más grande emperador”. El 21 de junio, once días más tarde, cuando había visto los desmanes y barbaridades de los soldados franceses, se pasó al bando de los patriotas. Por otra parte, hay que tener en cuenta que los patriotas eran fanáticos y sanguinarios, y atacaban a las autoridades que no se sumaban a su alzamiento contra los franceses. Entonces, Jovellanos opinaba que la causa patriota era “temeraria aunque inevitable”, y que llevaría a la ruina del pueblo español. En agosto de 1808, Jovellanos ya hablaba del rey intruso, de los tiranos de Europa y del ejército invasor para referirse a los franceses.

El Consejo de Castilla colaboró con José I hasta agosto de 1808 y luego fueron abandonando al rey francés. Napoleón se enfadó mucho por las deserciones de los consejeros, encarceló al Decano del Consejo de Castilla y a los Fiscales y se los llevó a Francia. Otros huyeron a Andalucía y fueron los principales artífices del Consejo Supremo de España e Indias, creado en esa ciudad.

Hay afrancesados de muy diversos tipos: los que fueron a Bayona a aceptar a José y la constitución de Napoleón, los que aceptaron ser funcionarios de José I, los que adquirieron tierras en la desamortización de José I, y los que apoyaron sus reformas.

Los afrancesados toleraban la monarquía, y consideraban a José I una circunstancia mucho mejor que lo que había con los Borbones. Preferían ocupar ellos mismos el gobierno en vez de dejar que Napoleón impusiera en España un gobierno de extranjeros. Al marchar José I, desearon apoyar a Fernando VII, como la nueva circunstancia a aceptar, pero Fernando VII no les aceptó a ellos, y muchos hubieron de exiliarse.

Se oponían a los revolucionarios, es decir, a las Juntas, porque las consideraban populistas y no revolucionarias. Querían reformas sociales y políticas en profundidad. Creían que se conseguirían con la nueva monarquía. José I representaba para ellos la revolución que España necesitaba.

Los afrancesados querían evitar la guerra a toda costa porque pensaban que sería la ruina total de España, y porque no encontraban “casus belli” aunque la rebelión fuera moralmente justificable. Justificaban sus peticiones de plegarse a la monarquía de José I: en “la conveniencia nacional”, pues se había gobernado muy mal España durante los borbones y se evitaría que 300.000 soldados entrasen en España; en la integridad nacional, pues si no se aceptaba a José como rey, Napoleón segregaría el norte de España desde Reinosa hasta Cataluña para integrar estos territorios en Francia; en la necesidad de una administración nacional, pues si no se surtía de víveres al ejército francés desde el gobierno de España, lo harían los franceses de peor manera; en la necesidad de reformas como la libertad de comercio (con algún proteccionismo para algún artículo), extinción de la deuda y fin de las inspecciones continuas de hacienda a los negocios y de las interceptaciones de correspondencia que hacían los borbones.

Los afrancesados aceptaron a los franceses como medio para lograr algún cambio en España. Consideraban que las abdicaciones de Bayona eran una bajeza moral de Fernando VII. Su error fue no estar con la mayoría del pueblo español y no encontrar el momento de conectar con ese pueblo. En general eran afrancesados: la alta nobleza, el alto clero, mandos superiores de del ejército y Marina, intelectuales y funcionarios.

Los afrancesados se sintieron traicionados por la invasión francesa, pues pensaban que con la aceptación de José I se retirarían los ejércitos franceses de España. Aceptaron la situación porque no querían la guerra. La guerra era la ocasión del populismo, de la anarquía, representada por las Juntas Provinciales. Se negaron a desmembrar el país como parecía que iban a hacer las Juntas, que se declaraban soberanas cada una de ellas. Creían que la victoria de Bailén era un peligro que permitiría independizarse a las Juntas, sobre todo Sevilla, y acabar con la idea de España. Pretendían además, conservar el imperio colonial, que creían garantizado con José I.

 

Ejemplos de la variedad de afrancesados:

Clérigos:

Alberto Lista[7], sacerdote y escritor;

José Isidoro Morales[8], canónigo de Sevilla;

José González Aceijas, párroco de Triana (Sevilla) que hizo propaganda afrancesada en 1808, hasta que en 1810 fue denunciado a la Regencia de Cádiz;

Los Obispos de Zaragoza, Santiago, Burgos, Valladolid, León, Salamanca, Palencia, Ávila, Zamora, Madrid, Lugo y Astorga, que quizás lo fueron por arrimarse al sol que más calienta, pero que hablaban como convencidos de la bondad de José I. De hecho, ningún obispo español abandonó su diócesis en el reinado de José I, y todos se mostraron sumisos al poder constituido. Su situación jurídica, que no la real, cambió cuando el 24 de abril de 1809, la Junta Suprema Central declaró indignos y traidores a los obispos colaboracionistas con José I, y mandó confiscar sus sueldos y propiedades y que fueran entregados a un Tribunal de Seguridad Pública cuando lo hubiese.

Juan Antonio Llorente[9], sacerdote inquisidor;

Tomás Lapeña, canónigo de Burgos, que propuso a la Regencia y a las Cortes españolas de 1811 un acuerdo con José I, e incluso consiguió que José nombrara en julio de 1812 negociadores para ese acuerdo, pero la reunión prevista nunca tuvo lugar, pues la derrota francesa en Los Arapiles ya no lo permitió.

Francisco Martínez Marina, 1754-1833, sacerdote.

Pedro Mariano de los Ángeles Estala Ribera, sacerdote escolapio y profesor del seminario diocesano de Salamanca en 1788-1790.

 

Políticos:

Miguel José de Azanza Alegría, miembro de la Junta de Gobierno de Fernando VII, ministro de Indias para José I, un hombre honesto, que creía que José I haría las reformas que España estaba necesitando;

Francisco Cabarrús, conde de Cabarrús, ministro de Hacienda de Fernando VII y de José I, un hombre que puede ser calificado de liberal, pues creía en la libertad personal, separación de poderes, limitación de los privilegios, educación secularizada, reducción de los gastos de la Corte en beneficio de los gastos más necesarios socialmente, mercados libres… vio que José I ofrecía un programa muy parecido a lo que él pensaba, y se hizo afrancesado.

Melchor Gaspar de Jovellanos apareció como afrancesado primero, y luego como patriota, pero no fue bien acogido en ninguno de los bandos, porque no pensaba como ellos.

José Antonio Caballero Vicente, marqués de Caballero,

Mariano Luis de Urquijo y Muga, ministro-Secretario de Estado para Carlos IV en 1798-1800, y para José I en 1808-1813.

José Mazarredo Salazar, almirante y ministro.

Gonzalo O`Farril, general, miembro de la Junta de gobierno de Fernando VII, ministro de Guerra con José I, en quien creía como reformador.

Francisco Negrete y Adorno, conde de Campo Alange, militar, Capitán General de Madrid, Virrey de Navarra.

Cipriano Palafox Portocarrero, VIII conde de Montijo 1834-1839, conde de Teba 1808-1839, duque de Peñaranda, líder de la masonería, hermano de Eugenio, el organizador del Motín de Aranjuez.

Pedro Alcántara de Toledo, duque del Infantado, desde Bayona hasta Bailén, que se hace patriota. Sus ideas, sin embargo, eran absolutistas.

 

Militares:

José Navarro Sangrán, general de artillería

Ignacio Garciny, militar, intendente de Zaragoza

Tomás de Morla y Pacheco, general de Artillería, gobernador de Cádiz hasta 1808.

Joaquín Iriarte y Landa, gobernador de Ronda para José I, que se negó a que los franceses saquearan la zona y a que fusilaran a los rehenes patriotas.

Muchos militares decidieron permanecer en sus puestos y no perder su salario, a pesar de que gobernase José I.

Muchos soldados prisioneros se declararon colaboradores de José I para poder volver a España y no ser prisioneros durante largo tiempo.

Algunos españoles, aunque pocos, que se incorporaron voluntariamente en el ejército francés.

 

Otros:

José Marchena Ruiz de Cueto[10], el abate Marchena, religioso y periodista.

Juan Meléndez Valdés, catedrático, jurista, poeta.

Leandro Fernández de Moratín, escritor

Francisco de Goya y Lucientes, pintor

Sebastián de Miñano y Bedoya[11], abogado y político.

casi toda la guardia de Godoy,

casi todos los jueces y alcaldes de Corte, los cuales consideraron que debían permanecer en sus cargos.

 

Los afrancesados huidos al exilio en 1814 fueron unas 12.000 familias, de clase alta, una enorme pérdida para España.

Por otra parte, y sin despreciar los motivos éticos citados más arriba, los sistemas napoleónicos eran atractivos porque se ponían en venta los bienes de la Iglesia, porque las carreras administrativas se abrían al talento y no era necesario ser noble para acceder a ellas, y por el auge de la industria y del comercio que se lograba gracias al orden público que garantizaba Napoleón. En el caso de España, se respetaba el catolicismo y se reconocía esta creencia como única religión, lo cual atraía a algunos católicos.

Los afrancesados fueron mal vistos desde el principio, por el bando patriota: en agosto de 1808 se confiscaron los bienes de los afrancesados de Madrid. En octubre de 1808, la Junta Suprema Central creó un Tribunal Extraordinario y Temporal de Vigilancia y Protección, que debía juzgar a los afrancesados. En enero de 1809, Sevilla creó el Tribunal Extraordinario de Seguridad Pública, para perseguir afrancesados. Las Cortes de agosto de 1812 privaron de sus puestos y cargos a todos los colaboradores de José I y declararon su inhabilitación para ejercer otros cargos de la administración. Pero ser afrancesado no era tan malo, salvo estar en el bando contrario en la guerra, y de hecho hubo muy pocas ejecuciones de afrancesados (casi todas en 1813), pero sí fueron depurados por Fernando VII en 1815. Luego, en 1818, fueron amnistiados, y ya no tuvieron mayores dificultades en adelante.

 

 

 

Patriotas.

 

Los patriotas se mostraban fieles a Fernando VII, no aceptaban la validez de las Capitulaciones de Bayona y consideraban a Fernando VII cautivo, por lo que decían que sus actos de Bayona no habían sido válidos. Sorprendentemente crearían en 1812 una constitución más liberal que la que Napoleón dio a España en 1808.

Hubo tres grupos distintos de patriotas que fueron los jovellanistas, los liberales y los absolutistas o serviles:

Los jovellanistas, aglutinados en torno a Gaspar Melchor de Jovellanos, consideraban que la “primacía” (nosotros diríamos hoy soberanía), una vez ausente Fernando VII, había sido asumida por las Juntas y el pueblo. España se debía regir por las viejas costumbres y leyes, y éstas debían ser preservadas y restauradas. La “primacía” se reconocía en el Rey, pero al estar ausente, también en el pueblo, porque la soberanía le correspondía a ambos, al Rey y a las Cortes. Las Cortes debían ser, por supuesto, las tradicionales estamentales que se reunían en cámaras separadas.

El segundo grupo de patriotas, los liberales, muchos de ellos intelectuales, comerciantes, industriales, profesionales, nobles y clérigos, defendían que el rey había abandonado la soberanía al abdicar en Bayona, y ésta era por completo del pueblo que la había asumido a través de las Juntas y la guerra al invasor. En principio no aceptaban la monarquía, ni la de Fernando ni la de José I, sino que eran revolucionarios al estilo de los sansculottes franceses. Caer en la aceptación de Fernando VII fue una circunstancia posterior. La Constitución debía ser expresa y no creían en una “constitución histórica” que ya hubiera sido violada por Fernando VII. La nueva constitución debía recoger lo que hubiera de bueno en las constituciones francesas. Las Cortes se debían reunir en una sola Cámara que representase a toda la nación. Líderes liberales fueron Agustín Argüelles, Manuel García Herreros y Evaristo Pérez de Castro. Querían un régimen político popular e incluso populista. Todos ellos tendrán gran protagonismo en el Trienio Liberal.

El tercer grupo de patriotas, los absolutistas o serviles, eran en su mayor parte campesinos analfabetos dirigidos por curas y nobles de alta consideración popular. Creían en un rey justo y bueno, que mandaba como cosa natural puesta por Dios, que personificaba el bien, el orden, la justicia, la libertad, el derecho a la propiedad ahora amenazado por los invasores franceses, la defensa de la religión amenazada por los ilustrados franceses. Líderes absolutistas fueron el canónigo peruano Blas de Ostolaza, el general Francisco Eguía, el duque del Infantado, Juan Pérez Villamil, general Castaños. Es posible que su líder principal, aunque el dato permanece oscuro, fuera el conde de Montijo, Eugenio Eulalio Palafox Portocarrero, que heredó el título de conde de Montijo en abril de 1808, a la muerte de la condesa María Francisca de Sales Portocarrero, organizadora de una tertulia ilustrada contraria a Godoy, por cuyo motivo la familia estuvo condenada a vivir fuera de Madrid y sin cargos de gobierno muchos años, desde 1805. Eugenio Eulalio era el “tío Pedro”, organizador del motín de Aranjuez en contra de Godoy. En 1814 se haría absolutista, pero fue denunciado por su pasado masón y perdió credibilidad ante el Gobierno. Tampoco conseguiría rehabilitarse en 1820, cuando se declaró simpatizante liberal.

 

Insistimos en que eran patriotas gentes tan diversas como los jovellanistas, los liberales, o los absolutistas. Esta diversidad explica en parte las contradicciones de este bando, entre conservadores radicales absolutistas por un lado, y progresistas liberales, dentro del mismo lado sublevado.    Pero no siempre hay lógica entre profesiones e ideología, sino que, por ejemplo, el fabricante catalán de paños Salvador Vinyals era absolutista, y el aristócrata conde de Toreno era liberal.

Entre los patriotas debemos considerar también el caso de los guerrilleros, cuya ideología era de todo tipo, pero fundamentalmente provenían de cuadrillas de bandoleros, aunque en circunstancia de guerra, su actividad se había legalizado como “corsarios terrestres”. Los franceses les llamaban brigands o brigantes, y también quadrilles, pues les veían como bandoleros. Fueron legalizados por orden de 28 de diciembre de 1808 en la que el gobierno de Cádiz anunció la creación de partidas o cuadrillas de 100 voluntarios aproximadamente, la mitad a caballo, con jefe y 5 subalternos, que ganarían entre 6 y 10 reales diarios y se someterían a la disciplina militar. El botín se repartiría en proporción al sueldo asignado a cada uno, excepto las armas, municiones, provisiones, vehículos y acémilas, que serían entregados al gobierno de Cádiz, que los compraría por la suma adecuada. Otro punto de legalización fue el Decreto de 25 de febrero de 1809 (publicado el 25 de abril de 1809) autorizando el corso terrestre y ordenando a las autoridades de los pueblos dar todo tipo de información a las partidas de guerrilleros y entregarles provisiones. Causaron mucho daño a los franceses, pues el territorio detrás de una ciudad ocupada se consideraba sometido en cualquier parte de Europa, donde la población civil no tomaba iniciativas militares, pero en España resultaba hostil: esta hostilidad significaba que cada correo necesitaba muchos soldados de escolta, y cada viaje de un personaje importante llegó a necesitar entre 1.200 y 4.000 hombres, en territorio nominalmente ocupado por los franceses y seguro.

Los guerrilleros tenían conocimiento del terreno e información completa de la situación militar de cada momento a través de la población, incluidos viejos y niños que les servían de espías, además de proporcionarles escondites, disfraces y alimentos. No todo era trigo limpio y, a veces, hubo guerrilleros que abusaron de la población civil y les robaron, como hacían los británicos y franceses por su parte.

Entre los guerrilleros había viejos soldados como Renovales, Villacampa, Durán en Aragón, Miláns del Bosch, Sarsfield, Eroles en Cataluña, Juan Díez Porlier en la zona de León, Asturias y Santander. También había civiles voluntarios reclutados entre los campesinos, pastores, estudiantes, contrabandistas, desertores, nobles y clérigos. Muchos monjes se hicieron combatientes durante esta guerra, que declararon guerra santa y guerra de religión, algunos como guerrilleros, y otros como soldados regulares.

Canga Argüelles calculaba que habría unos 35.000 guerrilleros, pero hay autores que opinan que pudieron llegar a 50.000.

La lucha entre franceses y guerrilleros era feroz y se ejecutaban mutuamente, cuando capturaban prisioneros, ejerciendo represalias y venganzas, y torturando a los que se ejecutaba. Los franceses de a pie tenían conciencia de que sus jefes se enriquecían fácilmente, pero que ellos morían con facilidad, lo que no les ocurría fuera de España.

 

 

[1] Pedro Felipe de Valencia y Codillos, 1768-1816, conde de Casa Valencia, era un convencido colaborador de Napoleón. En 12 de agosto de 1807 llevó el ultimátum de Napoleón a los portugueses para que prohibieran el comercio británico y confiscaran los bienes de los franceses en Portugal. Además de Secretario de la Junta Suprema de Gobierno de Murat, fue Consejero de Estado para Guerra al servicio de José I. Tales implicaciones como afrancesado le llevaron al exilio en 1814 y se fue a París, y embarcó en Burdeos para Popayán, con ánimo de apoyar a los rebeldes americanos. En 1816 lo apresó Pablo Morillo, le condenó a Muerte y le fusiló. Con él se extinguió la vía masculina del título Casa Valencia, que en adelante llevarían los Alcalá Galiano.

[2] José Mazarredo Salazar 1745-1812, en 1879 era teniente general de la Real Armada, era un marino experto, nacido en Bilbao. En 1808 colaboró con José I como Director General de la Armada. Fue ministro de marina para José I en junio de 1808 y en julio de 1808, hasta junio 1813. Se retiró a su casa de Barcena de Cicero (Cantabria). (Su segundo apellido viene citado en distintas fuentes como Salazar, Cortázar y Gortázar).

[3] Probablemente, Rafael Antonio Alfonso Sousa de Portugal y Sousa de Portugal, X marqués de Guadalcázar.

[4] Probablemente, Sangue de Bragança Luis Joaquín Fernández de Córdoba, XV duque de Medinaceli y XIV marqués de Feria.

[5] Antoine Charles Louis Lasalle, 1775-1809, estuvo en las campañas de Italia 1896-97, de Egipto 1898, de Prusia 1806. En 1808 mandaba la caballería en España y derrotó a los españoles en Palencia, Valladolid y Medina de Rioseco. Napoleón se lo llevó a Alemania en 1809, donde murió en combate.

[6] Charles Lefebvre Desnouettes, 1773-1822, fue herido de bala en diciembre de 1808 y hecho prisionero por los británicos y llevado a Inglaterra. Huyó en 1812 y fue a Rusia. Apoyó a Napoleón en 1815. Murió en un naufragio en 1822.

[7] Alberto Rodríguez de Lista y Aragón, 1775-1848, fue un sacerdote sevillano que además de filosofía y teología, propias del sacerdocio, había estudiado Matemáticas y leído La Enciclopedia, convirtiéndose en un liberal convencido. Se ordenó sacerdote en 1803. Fue ilustrado en su juventud y afrancesado en 1808, aunque se decepcionó de los franceses durante la guerra. En 1814 tuvo que exiliarse. Regresó de incógnito a Vascongadas en 1817, y a Madrid en 1820, al triunfar los liberales. Allí, junto a MIñano y Hermosilla, publicaron revistas liberales como El Censor y El Imparcial, y gestionó el Colegio Libre de San Mateo, todo lo cual desapareció en 1823, y Lista se volvió a exiliar a Bayona. En 1827 regresó a Vascongadas y en 1833 a Madrid, declarándose isabelino. Enseñó en Madrid, Cádiz y Sevilla y difundió las ideas de la literatura romántica que estaba de moda en Europa. Tamibén enseñaba matemáticas e historia, materias poco apreciadas hasta entonces en España..

[8] José Isidoro Morales Rodríguez, 1758-1827, era canónigo en Sevilla y matemático.

[9] Juan Antonio Llorente, 1756-1823, fue un riojano de Rincón de Soto, doctor en Derecho en 1780, que se hizo sacerdote en 1779 y fue vicario general de la diócesis de Calahorra en 1782. Llegó a Madrid en 1785 para servir a la duquesa de Sotomayor, por medio de la cual consiguió ser nombrado en 1789 Secretario de la Inquisición en Madrid. En este puesto, se produjo la circunstancia de que pudo leer a los ilustrados franceses y reconocer su equivocación anterior de perseguir esas ideas sin conocerlas. Pero también conoció en 1792 a los refugiados franceses que huían de la revolución, y no supo a qué carta quedarse. Hizo una propuesta de reforma de la Inquisición, que envió a Jovellanos en 1797, por la que fue encarcelado en Bellver (Mallorca) y desposeído de todos sus cargos en 1801, incluido el se Secretario de la Inquisición. La causa de esta condena es que pretendía cambiar la Iglesia y la monarquía españolas. En 1808 quedó horrorizado ante la barbarie de los levantamientos españoles patriotas, y se puso al servicio de José I. Hizo una propuesta de reforma del clero católico a José I, Reglamento para la Iglesia Española, y fue Consejero de Estado para Asuntos Eclesiásticos y Jefe del Archivo de la Inquisición. En julio de 1813 huyó a Francia. En 1817 escribió Histoire crítique de l`Inquisición Espagnole, en cuatro volúmenes.

[10] José Marchena Ruiz de Cueto, 1768-1821, había nacido en Utrera (Sevilla)fue conocido como el abate José Marchena aunque nunca fue cura, sino profundamente anticlerical, pero había sido seminarista y había recibido órdenes menores, había estudiado en Salamanca y había leído a los ilustrados. Fue requerido por la Inquisición y decidió irse a Gibraltar y, posteriormente, a Francia, en 1792, a participar de los hechos revolucionarios y de las ideas liberales de las gentes de Bayona. En 1792 escribió un panfleto pidiendo la abolición de la Inquisición y la convocatoria de Cortes en España. Se unió a los Girondinos y fue encarcelado por los Jacobinos, cuando aquellos fueron derrotados. En Termidor salió de la cárcel y se nacionalizó francés, pues le entusiasmó Napoleón. En 1808 regresó a España como secretario de Murat, y fue encarcelado por la Inquisición inmediatamente, pero liberado por soldados de Murat. Venía con la idea de transformar España con José Bonaparte y dirigió la Gaceta de Madrid y fue archivero del Ministerio del Interior. Regresó a Francia en 1813, domiciliándose en Burdeos. Regresó en 1820 a Sevilla y luego fue a Madrid, donde murió.

[11] Sebastián de Miñano y Bedoya 1779-1845, era un abogado palentino que sirvió a varios políticos españoles. En 1808 se hizo masón y sirvió a José I. Escribió mucho a favor del liberalismo, pero en 1820-1823 se desencantó con los liberales porque censuraban lo mismo que el absolutismo, y escribió también contra ellos.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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