CAUSAS DE LA REVOLUCIÓN Y EJÉRCITOS EN ESPAÑA, 1807-1814.

 

En 1807-1814 se produjo en España la tercera fase de la revolución hacia la Edad contemporánea. La primera la podemos centrar en 1700-1714, y sería el esfuerzo de racionalización del Estado y eliminación de viejos lastres que hacían imposible gobernarlo; la segunda se produciría durante los reinados de Felipe V y Fernando VI y Carlos III, y consistiría en que el Estado se hace cargo de las bases del desarrollo económico: canales y carreteras, comercio y banca; y en la época que tratamos ahora, 1807-1814, se produjo la fase política, el ataque al absolutismo y su primera sustitución por una democracia representativa. Quiero iniciar esta época con la invasión de España por los ejércitos franceses, en clara superioridad sobre los ejércitos españoles del momento.

 

 

 

Causas de la “revolución” de 1807-1814.

 

Las causas citadas en diversas obras son:

Erosión y colapso de la prosperidad proveniente del comercio americano.

Pérdida de autoridad del Gobierno español, tanto sobre sus súbditos españoles como americanos, manifestada en: 1789 rebomboris del pa (tumultos del pan) en Cataluña, y alguna revuelta en Valladolid, 1790 levantamiento campesino en Galicia, 1793 motín en Valencia contra la colonia de comerciantes allí establecida, 1800 levantamiento popular en Jerez de los Caballeros en defensa de los comunales dirigido por “Juan Pobre”, 1801 motín en Valencia contra el servicio de milicias y revuelta rural de “Pep de l`Horta”, 1804 zamacolada en Vizcaya contra la burguesía de Bilbao, contra las autoridades del Señorío de Vizcaya y contra los intentos de Godoy de extender la obligación del servicio militar al País Vasco.

Estallido de la burbuja financiera, abierta por Fernando VI y Carlos III, cuando Carlos IV y Godoy decidieron huir hacia adelante, emitiendo papel, provocando la crisis económica total, agrícola, comercial, artesanal y de las finanzas, por desvalorización de los vales reales.  El Estado en 1808, se encontraba en una ruina total pues su deuda se había elevado a 7.000 millones de reales triplicándose en los tres años últimos. Eso equivalía a siete veces el gasto ordinario del Estado. Sumado a la pérdida de ingresos americanos, por cierre del mar y por independencias más tarde, lo cual reducía los ingresos considerablemente, la credibilidad económica de España era nula.

Radicalización crítica en diversos estamentos sociales por influencia de la Revolución Francesa de 1789, cuya ola llegó hasta Rusia, Egipto y Gibraltar.

Guerras entre Francia e Inglaterra por el dominio del mundo, con triunfo de Inglaterra en la India y Canadá y Sudáfrica. Implicaciones desastrosas de España en esa guerra, en 1797, en 1803 (Tratado de suministros), en 1804 (declaración de guerra a Inglaterra), en 1805 (derrota de Trafalgar). Éxito de la defensa de Río de la Plata en 1806.    Reducción en las exportaciones de paños, de hierro vasco y de indianas de Barcelona.

Sobredimensión de los ejércitos, debida a las continuas guerras habidas en el siglo XVIII, y la necesidad de dominar territorios tan amplios como los americanos.

Pérdida del prestigio internacional de España a lo largo de una serie de derrotas:

En 1790 España cedió ante Inglaterra en el conflicto de Nootka (tierras de Vancouver y Seattle) devolviendo el territorio a Inglaterra e indemnizándola, reconociéndola libre navegación y comercio por el Pacífico, lo cual fue ratificado en 1793 con nuevas compensaciones por haberle apresado los barcos y en 1794 abandonando España definitivamente la zona.

En 1794, España se vio invadida por Francia, tras haber declarado España la guerra e invadido el Rosellón en 1793, y España decidió aliarse con los franceses y abandonar a su aliado de 1793, Inglaterra.

En 1796 Inglaterra no tuvo reparos en atacar Tenerife y Cabo San Vicente.

En 1802, en el Tratado de Amiens, Inglaterra cedió El Cabo y las Indias Orientales a la República Bátava[1], cedió Egipto a Turquía, cedió Menorca a España, pero se quedó con Ceilán francés y con Trinidad y Tobago españolas.

1805 derrota española y francesa en Trafalgar.

1806 y 1807, ataques británicos a Río de la Plata con intención de quedarse todo el territorio.

Situaciones de hambre y peste, como fiebre amarilla en Cádiz y Andalucía en 1800-1805, hambre de 1804, malas cosechas de Andalucía y Castilla en 1803-1805, hambre en Cataluña 1809, hambre en Madrid 1812.   Desde 1806, la situación española era calamitosa en cuanto a que la miseria se extendía y el Gobierno estaba ahogado por la deuda pública. Las cosechas de trigo de 1804 y 1805 habían sido particularmente bajas. Además se estaba fraguando un golpe de Estado contra Godoy, capitaneado por la esposa de Fernando, María Antonia de Nápoles[2], pero ésta murió en 21 de mayo de 1806 y se pospusieron los planes. Por otra parte, Napoleón estaba presionando a la Corona española como si ésta fuese un juguete: puso a José Bonaparte en Nápoles desplazando a Fernando IV, hermano de Carlos IV de España. Exigió dinero y hombres de España. Godoy intentó una jugada política complicada, la de sumarse a la coalición contra Napoleón que estaba siendo combatido en Centroeuropa, lo cual excitaría los ánimos de los españoles y le daría la popularidad suficiente para acabar con los “fernandinos” que estaban conspirando. Todo salió mal: Napoleón venció en Jena y en Auerstadt, y Godoy tuvo que dar marcha atrás y negociar con Napoleón, a través de Eugenio Izquierdo de Ribera y Lezaun, el hombre de Godoy en París desde 1804.

La situación de guerra dentro de España, Guerra de la Independencia, en 1808-1813, con aumento de la presión fiscal mediante donativos patrióticos, impuestos extraordinarios e impuestos voluntarios, además de la recluta de hombres jóvenes.

 

 

 

Inicio del momento revolucionario.

Los franceses en España, 1807.

 

Napoleón veía muy fácil, demasiado según demostrarían los hechos, hacerse con España e Indias, pues un trono con tantos problemas internos no debía presentar grandes resistencias ante la primera potencia militar en tierra de Europa. La parte más interesante de España para Napoleón era América, pero la península, incluyendo España y Portugal, también eran un mercado apetitoso, primero una fuente de ingresos, y además la vía para conseguir América. Envió a España informadores para preparar actuaciones futuras.

De hecho, Napoleón ya tenía a su servicio unos 10.000 españoles luchando en Dinamarca. Y logrando que España enviara 27.000 soldados españoles más a Portugal, sabía que España no estaba muy protegida, pues quedaban en el país unos 40.000 soldados de infantería, 18.000 de caballería y 39.000 de milicias provinciales. España tenía también 42 navíos de guerra, 30 fragatas, 156 navíos menores y 12 barcos de línea, pero gran parte de ellos estaban controlados por los franceses en Cádiz.

Desde 18 de octubre de 1807, reinado de Carlos IV, el ejército francés estaba presente en España y llegarían hasta 110.000 hombres. Eran varios cuerpos de ejército:

Junot[3] con el Primer Cuerpo de Observación de la Gironda, había entrado en España el 17 de octubre de 1807 con 40.000 hombres para dejar guarniciones en Vitoria, Burgos, Valladolid, Salamanca, Ciudad Rodrigo, Puerto de Perales en la Sierra de Gata, y Lisboa donde tenía su cuartel general (30 de noviembre de 1807).

Dupont[4] había entrado en diciembre de 1807 con 45.000 hombres (Historia General de España y América dice 25.000), Segundo Cuerpo de Observación de la Gironda, para instalarse y hacerse fuerte en Vitoria y Valladolid. Tras los sucesos de 1808 pasó a las cercanías de Madrid.

Moncey[5] había entrado con 34.000 hombres, Cuerpo de Observación de las Costas del Océano, a partir de 9 de enero de 1808, y los había repartido entre Vitoria, Navarra y Burgos. En los sucesos de 1808 pasó a las cercanías de Madrid y de Toledo.

Bessieres[6], con el Cuerpo de Observación de los Pirineos Occidentales, ocupaba el camino de Francia incluyendo Guipúzcoa, Navarra, Álava y Burgos. Su base de operaciones era Vitoria.

Merle[7] protegía el paso de Roncesvalles.

Duhesme[8] protegía el paso de Perpignam con el Cuerpo de Observación de los Pirineos Orientales, y ocupaba en 1808 Perpignam y Barcelona.

El general Lagrange[9] estaba en Madrid, pero las tropas de Madrid estaban al mando de Joachim Murat[10] y su Guardia Imperial.

Se trataba de las levas francesas de 1808 y 1809, muchos de ellos novatos.

Y todavía había otros ejércitos franceses, que estaban dispuestos en Burdeos, Poitiers y Orleans, para intervenir en cualquier momento en España. De todo lo cual se deduce que la ceguera o torpeza de Fernando VII y su gobierno al permitir esa operación militar, al colaborar con ella, y al ofrecerse en mayo de 1808 a ir a Francia a entregarse, era traición a la patria. El secreto en que se mantuvieron los hechos para que los españoles no se enteraran de casi nada, permite sostener esa opinión.

Los franceses fueron recibidos cordialmente, entendiendo que protegían al príncipe Fernando y venían contra Godoy. Esa era la opinión difundida por los fernandinos, que estaban completamente despistados. Godoy contemplaba atónito la invasión de España y Portugal y era plenamente consciente de lo que sucedía.

Aprovechando la tranquilidad española, Dupont ocupó Segovia, El Escorial, Aranjuez y Toledo, Murat ocupó Madrid, Moncey ocupó Aranda de Duero, Merle ocupó Pamplona y Duhesme Barcelona. Toda España veía que estaba sucediendo algo, menos el Gobierno, que parecía estar ciego. Pero el conjunto de España estaba más bien libre de soldados, pues si recapacitamos en lo dicho, sólo el norte próximo a Francia y el camino hacia Portugal, constataban la presencia de franceses.

En agosto de 1808 llegaron otros 50.000 hombres, con lo que el ejército francés en España ascendió a 160.000 hombres.

Los franceses eran un ejército mucho más moderno que el español, pues estaban divididos en divisiones autónomas, es decir, que cada división tenía su propia artillería, caballería, pontoneros… Además se les había enseñado que debían vivir sobre el país, proporcionándose su propia comida, lo cual evitaba cargar con grandes impedimentas. Caminaban a 120 pasos por minuto, lo cual impresionaba a los españoles que tenían un paso ceremonioso y firme, de 70 pasos por minuto.

En resumen, el ejército francés era muy rápido para evolucionar y hacer marchas y contramarchas, pudiendo convertir cualquier situación de inferioridad en superioridad, en 24 ó 48 horas, si tenía los correos adecuados. Todo consistía en agrupar sus fuerzas y atacar a las fuerzas dispersas del enemigo.

La táctica de lucha de los franceses era formar una gran columna de 48 hombres en el frente, que avanzaba disparando desde el frente y los flancos, lo cual daba poca potencia de tiro, pero gran capacidad de avance y maniobra.

Frente a los franceses, el británico Arthur Wellesley[11], luego duque de Wellington, desarrollará en la “Guerra de España”, conocida en España como “Guerra de la Independencia”, una nueva táctica de lucha consistente en una gran línea de combate en doble fila, parapetada toda ella en el terreno, 400 hombres en cada fila, lo cual le daba gran potencia de fuego, pues disparaban alternativamente ambas filas, 400 balas simultáneamente.

La entrada de tropas en España, consideradas por el pueblo español como liberadoras frente a Godoy, era interpretada por Godoy de forma muy distinta, pues sabía desde 1806 el proyecto de Napoleón de quedarse con el trono de España, como se estaba quedando con otros territorios europeos.

Todavía en 1807, Napoleón caía simpático en España, por su política de orden público y por su defensa del principio de autoridad que había mostrado en Francia. Además, en 15 de julio de 1801, había firmado un concordato con Pío VII, y Francia ya no podía ser considerada tierra de herejes, como durante la Ilustración o la Convención Republicana. Algunos españoles eran admiradores apasionados de los triunfos de Napoleón. Los frailes españoles hablaban bien de él. En Madrid se vendían en la calle retratos del emperador. Y el hecho de que, desde 1804, Francia fuera un Imperio, y no una República, se congraciaba mucho con las ideas monárquicas españolas. Los liberales, por su parte, decían que Napoleón sería el gran reformador de Europa, que impondría el sufragio, la separación de poderes, el equilibrio social, el ascenso por méritos y servicios, el Gobierno de los hombres con talento. Napoleón era un reformador, pero no a golpe de guillotina como la Convención, sino con la constitución, la libertad y los derechos del hombre. Es decir, que casi todos los españoles estaban encantados con la figura de Napoleón.

De la admiración se pasó al campo de la imaginación: Napoleón podía ser el salvador de España, luchar eficazmente contra los ingleses, y castigar a éstos por su avaricia e inmoralidad en la persecución de sus intereses económicos, por encima de la legalidad y de la justicia.

En resumen, Napoleón despertaba esperanzas de cambio, de revolución en España, de independencia de los individuos, de libertad política y civil, conservando la sagrada religión católica y la sagrada monarquía española. Y las diversas facciones políticas, los partidarios de moderar el poder del rey mediante una institución aristocrática, los integristas católicos partidarios de conservar los privilegios de la Iglesia, y los ilustrados y liberales, creían que Napoleón sería el futuro que ellos deseaban.

 

 

 

El ejército español de Carlos IV[12].

 

El ejército de Carlos IV era débil: incluía una gran proporción de desertores de otros ejércitos, vagabundos, delincuentes y gente parecida. Se alistaban por ocho años. Así eran casi todos los ejércitos de la época y resultaban muy difíciles de manejar. A pesar de haber sido reformado por Felipe V, tenía problemas en el reclutamiento y debía atender a muchos frentes en muchas guerras, lo cual le había hecho impopular, y se alistaban pocos. Su oficialidad no tenía cultura suficiente. Era demasiado heterogéneo.

Se componía de 2 regimientos de infantería de la guardia del rey, 2 regimientos de caballería de la guardia del rey, y el ejército propiamente dicho: en infantería tenía 39 regimientos de infantería de línea, 6 de infantería suiza, 12 de infantería ligera, 43 de milicias provinciales; de caballería, sólo tenía 12 regimientos de caballería pesada, 8 de dragones, 4 de caballería ligera, mal dotados pues apenas contaba con 9.000 caballos, para 16.800 soldados, a un caballo cada dos soldados de caballería; también tenía 4 regimientos de artillería y 1 de zapadores. A la artillería y zapadores, unos 6.550 soldados, también le faltaban caballos y utilizaban las mulas y bueyes de los campesinos para trasladar los cañones, transportar munición y hacer minas. Disponían de unas 216 piezas de artillería pero sólo de 400 caballos.

En el XVIII se había intentado que el ejército tuviera unos oficiales con preparación militar y se abrieron academias militares en Barcelona, Badajoz, Pamplona, Ávila, Puerto de Santa María, Ceuta, Orán y La Habana. En 1806 se hizo que todos los oficiales fueran a una única academia, Real Academia Militar de Zamora, y ésta fue cerrada en 1808 a la llegada de los franceses.

El ejército profesional tradicional era demasiado complejo y peligroso incluso para los mandos. Formaban parte de él las unidades de voluntarios, tanto nacionales como extranjeras, las quintas (1 de cada 5 mozos aptos para el servicio) y las levas o grupos de delincuentes condenados a determinado número de años de servicio militar. A finales del XVIII las cifras de soldados de cada origen podrían ser unos 34.000 voluntarios, 21.000 quintos y 5.000 reclusos. El hecho de que de las quintas se redimieran los ricos[13] significaba que los soldados eran casi todos de origen pobre, llegados al ejército por obligación o necesidad de buscarse la vida. A su vez, las guerras significaban la muerte de los pobres, casi exclusivamente.

El ejército de Carlos IV no era considerado valioso por ninguna potencia europea del momento, pero sus hombres podían ser utilizados en ejércitos mejores.

Las Milicias populares, típicas de la época 1808 a 1874, no surgieron de la nada. Habían sido creadas por Reales Células de 1562, 1590 y 1598, en tiempos de Felipe II. Esas Milicias se transformaron en Tercios Provinciales en tiempos de Felipe IV (mediados del XVII) y fueron reorganizadas en 1734, reinado de Felipe V, en 33 regimientos. La última reorganización databa de 1756, cuando Carlos III las convirtió en Ejército Peninsular de Reserva, con 42 regimientos, y decidió que se sostuvieran con el impuesto de la sal que se fijó en 2 reales por fanega. Cada regimiento tenía un único batallón de unos 700 hombres, por lo que podemos deducir que existían unos 29.500 ciudadanos dispuestos a tomar las armas a la llamada del rey, cada uno en su región sobre territorio bien conocido para ellos (la Historia General habla de 39.000). Las unidades tenían jefes a la manera del ejército profesional.

La Junta Central se encontró con el problema de formar oficialidad para su ejército y en 1808 abrió en Granada el Real Colegio de Preferentes, que luego funcionó en Sevilla, Carmona, y San Fernando hasta su extinción en 1810. Otro centro de formación de oficiales en 1808 fue Toledo, Real Universidad de Toledo, en donde se formaban unos 300 oficiales que acompañaron a la Junta Central a Sevilla en donde se llamaron Batallón de Voluntarios de Honor.

La Junta de Sevilla enseguida entendió la necesidad de una oficialidad y utilizó a los profesores y alumnos de Toledo para poner en 1812 una Escuela Militar, que luego funcionó en Granada en 1820 hasta su cierre en 1823. Igual que Sevilla, casi todas las Juntas crearon sus escuelas militares (Tarragona, Murcia, Lugo, Valencia de Alcántara, Palma de Mallorca, Villafranca del Bierzo) que quedaron reducidas a dos, San Fernando y Santiago de Compostela, en 1817.

Uno de los proyectos de José I fue atraerse a los oficiales del ejército. Bailén lo hizo imposible, sobre todo tras el mal trato dado a los prisioneros franceses tomados por los españoles (muchos acabaron muertos de hambre), y la represalia de Napoleón que apresó a los soldados españoles que pudo y los encerró en grupos de 500. La única forma de salir de allí era enrolarse en el ejército francés de Napoleón. El “Real Napoleón” o grupo de españoles que aceptó, al mando de Juan Kindelán, fue llevado a Rusia en 1812 y, de ellos, solo quedaron vivos 16 oficiales y 50 soldados. En ese momento, José I tuvo que reclutar austríacos, italianos, prusianos y suizos, hasta un número de unos 18.000, de modo que el ejército de José Bonaparte era algo extraño a los españoles, extranjeros diversos vestidos con uniformes franceses.

Por motivos de la guerra, la exigencia de ser noble para optar a la oficialidad, fue pasada por alto. Los investigadores sobre el tema han encontrado que, de hecho, se venía haciendo la vista gorda desde el siglo XVIII y una cuarta parte de los oficiales accedían a la oficialidad tras tener determinados años de servicio o ser hijos de militares. Todos estos militares estaban de parte de una revolución que les permitiría ascender a los más altos escalafones por derecho propio, y no de tapadillo y sólo a escalones bajos. Pero esta nueva revolución militar no tuvo lugar hasta 1840, con Espartero.

En 1814 y hasta 1865, ante la imposibilidad de enfrentarse a la gran masa de militares no nobles se admitió abiertamente para oficiales a los hijos de militares, clases medias “con limpieza de sangre” (sin antecedentes judíos ni moros) y a las clases populares honradas “con limpieza de sangre”.

Uno de los progresos importantes de esta época fue la creación del Estado Mayor o cúpula que dirigía y coordinaba la actuación de todo el ejército. Blake y Castaños distinguieron con un fajín azul a los miembros de Estado Mayor en 1810, para mostrar que esa persona representaba a la globalidad del ejército frente a los mandos de batallones o divisiones concretas.

La existencia de las Milicias Nacionales presentaba un problema en la concepción del ejército: El ejército se había concebido con la doble función de realizar la defensa frente al exterior y guardar el orden interno. La aparición de Milicias Nacionales planteaba si el orden interno debía ser llevado por civiles. También planteaba el problema de la disciplina y subordinación de estas Milicias a las autoridades militares. Aparte de esto, las Milicias Nacionales significaban la aparición de una segunda fuerza armada que podía tener influencia en la política y ser utilizada por diversos bandos.     El ejército pensaba que, como representante de la Nación no influido por los intereses y acuerdos entre políticos, debía llevar al gobierno la verdadera opinión de los ciudadanos a través del “pronunciamiento”. El pronunciamiento no es un golpe de Estado, ni un motín, ni un levantamiento popular, sino el apoyo de unos militares a un proyecto político determinado promovido por unos ciudadanos, civiles o militares. Tiene cierto parecido al “grito” sudamericano. Posteriormente a un pronunciamiento, puede haber golpe, motín, levantamientos, o nada.

Los políticos españoles se acostumbrarán a pedir el pronunciamiento para todos sus proyectos cuando en 1808-1812, 1814-1820, 1830-1836, no haya otra vía posible. El resultado no fue muy positivo y, a pesar de ello, insistirán en ese camino hasta fechas tan recientes como 1936 o 1981. Todo político podía encontrar un grupo de militares simpatizantes o despechados por alguna injusticia corporativista, lo cual significaba estado de pronunciamiento permanente en toda la época 1814-1874, e incluso posteriormente.

El ejército español resultante de las guerras de 1808-1814 era muy heterogéneo. Se formó con una mezcla del ejército tradicional y la guerrilla. Los jefes de la guerrilla tenían como característica específica la permanente iniciativa propia y la no aceptación del espíritu jerárquico, base de todo ejército nacional. La idea del ejército que tenían los guerrilleros era que pertenecían a él todos los españoles, aunque circunstancialmente solo unos pocos estuvieran en armas. Efectivamente, en abril de 1814, declararon que pertenecían a la Milicia Nacional todos los españoles “sin tacha física ni moral” que tuvieran entre 30 y 50 años. La Milicia fue disuelta en mayo de 1814, nada más llegar Fernando VII a Madrid.

La Milicia volvió en 1820 y los revolucionarios la concibieron como una fuerza distinta al ejército y que podía sustituirle. En julio de 1822 batió a la Guardia Real. En 1823, batió al ejército francés. Como toda fuerza popular, entusiasta y poco profesional, demostraba su ineficacia, en medio de un gran desorden, y sobre todo, era capaz de las acciones de guerra más brillantes, pero no de sostener largo tiempo los objetivos. Es decir, se demostraba la utopía de un ejército “popular”, pues cuanto más popular es un ejército, es menos efectivo como ejército, menos “profesional”.

En 1834 se intentaría circunstancialmente, y con éxito, la constitución de otra milicia popular. Se trataba de una milicia urbana para defender Bilbao contra los carlistas, en unas circunstancias en las que el Gobierno de Madrid no era capaz de enviar al ejército profesional en condiciones aceptables. Estas carencias del ejército, hicieron pensar en la conveniencia de la Milicia, que fue restaurada el 30 de agosto de 1836.

La milicia acabará cuando se definan sus valores estimados como positivos, su papel de vigilancia permanente, disponibilidad en cualquier circunstancia y conocimiento del terreno sin necesidad de ayudas de guías pagados sobre la marcha, y se decida que este mismo papel podía ser ejercido por profesionales. Si además estaban bien pagados, no había peligro de que desviaran su fuerza al servicio de intereses corruptos. Fue la Guardia Civil de 1844. A partir de ese momento, las milicias residuales serán fuerzas populistas puestas al servicio de revueltas poco duraderas.

El ejército se remodeló en 1847, época de Narváez, creando “brigadas” que agrupaban a varios regimientos, de forma que se podía contar con unidades mayores que las utilizadas anteriormente. Cada regimiento de línea se componía de 2 ó 3 batallones (cada uno de unos 1.000 hombres) y cada batallón contaba con 4 ó 6 compañías. Ya estamos hablando de un época demasiado alejada de la que es objeto de este estudio.

 

[1] Hasta 1795 denominada Provincias Unidas, de 1795 a 1806 República Bátava, y desde 1806 denominada Holanda.

[2] María Antonia Teresa de Borbón era hija de Fernando IV de Nápoles, hermano de Carlos IV de España, y se había casado con el príncipe Fernando de España en julio de 1802. Calificó a Fernando de persona poco instruida, sin talento ni viveza, pero trato de utilizar sus propios recursos para llegar a dominar la Corte española. Se puso a la cabeza del grupo antes llamado de Aranda, y más tarde fernandino, que durante su estancia en España, de 1802 a 1806, se llamó “napolitano”.

[3] Jean Andoche Junot, duque de Abrantes, 1771-1813, estuvo en la campaña de Italia 1798, donde fue cosiderado “la mano izquierda de Napoleón”, y en Egipto, donde perdió el favor del general Bonaparte por causa de haberse batido en un duelo. Fue capturado por los británicos y liberado en 1801, cayendo en más desavenencias con el líder, hasta que, tras Austerlizt 1805, se reconciliaron. Sus muchos gastos le enemistaron de nuevo con el emperador y un nuevo reto con Murat enfada de nuevo a Napoleón Bonaparte. Junot fue alejado de París en 1807, enviándole a España. Su misión era ocupar Portugal y, para ello, puso sus bases en Salamanca y Lisboa, ciudad que tomó en diciembre de 1807, recibiendo el título de duque de Abrantes. El trato para con los portugueses fue tan malo que provocó la rebelión general del país. Estuvo en el segundo sitio de Zaragoza a las órdenes de Massena. Estuvo en Austria en la batalla de Wagram. Volvió a España y fue derrotado en Fuentes de Oñoro. Estuvo en la campaña de Rusia de 1812 y allí llegó a tal estado de enajenación, que Napoleón le depuso. Volvió a Francia y se suicidó tirándose por un balcón.

[4] Pierre Antoine Dupont, conde de Dupont de l`Etang, 1765-1840, perteneció al Gabinete Topográfico del Directorio y estuvo de parte de Napoleón el 18 de Brumario siendo ya general. en 1805 estuvo en Austria a las órdenes del mariscal Ney y ganando gran fama. En 1808 entró en España y pronto sería destinado a Andalucía, siendo derrotado en Bailén, lo que le valió pérdida de grados, títulos, condecoraciones y pensiones y ser encarcelado. Fue ministro de Guerra para Luis XVIII.

[5] Bon Adrien Jeannott de Moncey, duque de Conégliano, 1754-1842, hizo sus ascensos militares en la Guerra del Rosellón de 1793 a invadió Navarra y País Vasco obligando a Carlos IV a aceptar la Paz de Basilea. El Directorio le apartó del mando, pero apoyó a Napoleón el 18 de Brumario y se rehabilitó. Estuvo en Italia 1798. Luego fue Inspector General de la Gendarmería francesa. En 1804 fue nombrado mariscal. En 1808 fue destinado a España y estuvo en segundo sitio de Zaragoza. Fracasó en la toma de Valencia demostrando poca habilidad militar, y fue apartado del mando. En 1814 sirvió a Luis XVIII. En 1823 regresó a España con los Cien Mil Hijos de San Luis. Sirvió a Luis Felipe de Orleans.

[6] Jean Battiste Bessieres 1768-1813, duque de Istria en 1808, estuvo en la campaña de Italia 1796, y en la de Egipto y en el 18 de Brumario. Fue distinguido con el título de mariscal en 1804. Acompañó a Napoleón en las campañas de Europa Central 1805-1806. Destinado a España en 1808, derrotó a Blake y Cuesta en Medina de Rioseco, lo que le valió el título de duque de Istria. Estuvo en Rusia en 1812 y se ganó la confianza de Napoleón, que le hizo jefe de la caballería. Fue muerto en Lützen (Sajonia) la víspera de la batalla, preparando el campo.

[7] Pierre Hughes Victoire Merle 1766-1830, lucho en España a las órdenes de Moncey en 1793. Volvió a España en 1808 y desde Valladolid fue sobre Santander y, desde allí, sobre Medina de Rioseco. Fue derrotado en Busaco (Portugal) y herido gravemente. Se reintegró al ejército en 1811 y fue enviado a Rusia. En 1814 se pronunció a favor de los Borbones. En 1816 se retiró.

[8] Guillaume Philibert Duhesme, 1766-1815, en 1793 luchó en los Países Bajos, en 1798 en Italia a las órdenes de Jean Etienne Championnet a pesar de ser ya general. En 1808 fue destinado a Barcelona y dejó que sus tropas saquearan la zona, lo que causó su destitución y deposición del cargo durante 1810-1814. En 1814 se le concedió el mando de una división. Murió en 1815 cerca de Waterloo.

[9] Joseph Lagrange, 1763-1836, estuvo en las campañas de Egipto y de Siria, donde ascendió a general. En 1805 fue a Las Antillas. En 1806 estuvo en la campaña de Prusia. En 1807 fue ministro para Jerónimo Bonaparte en Holanda. En 1808 fue destinado a España. En 1809 fue a Alemania, desde donde apoyó la campaña de Rusia de 1812. Su suerte decayó con la Restauración.

[10] Joachim Murat, duque de Berg y duque de Cleves, 1767-1815, había acompañado a Napoleón a Italia en 1796 y Egipto en 1798, donde ascendió a general. Participó activamente en el 18 de Brumario (9 de noviembre de 1799) que llevó a Napoleón al poder, y se casó con Carolina Bonaparte, hermana de Napoleón, en enero de 1800. Se casó con Carolina Bonaparte, hermana de Napoleón. Fue encargado por Napoleón de detener, juzgar, condenar a muerte y ejecutar al líder realista Luis Antonio Enrique de Borbón. En 1804 fue nombrado mariscal, mérito al que accedían los generales más distinguidos. En 1805 estuvo en las campañas de Europa Central. El 15 de julio de 1808 fue nombrado rey de Nápoles. En 1812 fue llamado a la campaña de Moscú, que fue un desastre, y llegó a negociar con los ingleses su permanencia en el trono de Nápoles, pues veía derrotado a Napoleón. Napoleón se repuso y ordenó a Murat ayudarle en su lucha en Alemania, fue derrotado en Leipzig y huyó a Nápoles, pactando con los austríacos su permanencia en el trono. Cuando Napoleón salió de Elba y levantó otro ejército, Murat traicionó a los austríacos y marchó a Francia, a pedir perdón a Napoleón por sus traiciones con los ingleses y los austríacos. Napoleón le respetó la vida por consideración a su hermana. Murat huyó a Córcega e intentó reconquistar Nápoles, desembarcando en Calabria con 30 amigos, pero nadie le ayudó, fue apresado, juzgado, condenado a muerte y fusilado en 1815.

[11] Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, marqués de O`Douro, príncipe de Waterloo, duque de Ciudad Rodrigo, era irlandés, había nacido en Dublín el 1 de mayo de 1769 y era el tercer hijo de una familia angloirlandesa, Garret Wesley (cuyo apellido fue cambiado a Wellesley en su momento), conde de Mornington. Fue educado en academias de Bélgica, Francia e Inglaterra e ingresó en el ejército siendo miembro del Parlamento Irlandés en 1793, a los 24 años de edad, y luchó en Flandes y Holanda en 1793-1794. Fue destinado a la India en 1796 como teniente coronel. En 1797, su hermano Richard fue nombrado Gobernador de la India, y Arthur fue su hombre de confianza. Llegó a gobernador de Mysore donde hizo una fortuna y llegó a major general (mariscal de campo). Ambos hermanos regresaron a Gran Bretaña en 1805. En 1807, Arthur fue enviado a Conpenhague y ascendió a teniente general en 1808. En 1808 se le envió a la Península Ibérica. Tenía 39 años y era considerado demasiado joven. Enseguida obtuvo la victoria de Vimeiro, pero pactó llevar a los franceses vencidos, con todas sus cosas, a Francia, y fue retirado del mando y llamado a Inglaterra. Cuando John Moore fracasó y murió en La Coruña, Arthur Wellesley fue enviado de nuevo a la Península Ibérica, en abril de 1809. El 27 de julio de 1809 venció a José I en Talavera y ganó el título de vizconde de Wellington. En 1810 venció en Buçaco y ello su puso su ascenso a capitán general en 1811. En 1812 venció en Los Arapiles y ganó el título de conde de Wellington. En 1814, tras otras victorias en tierras francesas, ganó el título de duque de Wellington. En 1828 fue Primer Ministro, del Partido Conservador y se mostró muy conservador: desdeñaba la democracia, estaba obsesionado por el orden, despreciaba al populacho, y era magnífico jefe del ejército. En 1830 apareció un nuevo líder tory, Robert Peel, que le desplazó completamente. Peel fue Primer Ministro en 1834-1835 y en 1841-1846. Arthur Wellesley murió en 1852.

No se debe confundir al general Arthur Wellesley, con su hermano menor Henry Wellesley, que era embajador, 12 años en España y 8 en Prusia, ni con el hermano mayor de ambos Richard Wellesley, duque de Wellesley, también embajador.

[12] Seguimos a Charles Esdaille. La Guerra de la Independencia. Crítica, 2004.

[13] La redención de quintas costaba a fines del XVIII entre 6.000 y 8.000 reales una cantidad equivalente a 4 años de trabajo de un jornalero, imposible de pagar por los pobres. Algunas familias medias, cuando les nacía un hijo pagaban un seguro para poder pagar la redención en su día, negocio de prestamistas y banqueros.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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