EL NACIONALISMO DE SEGUNDA MITAD DEL XIX.

 

Conceptos clave: nacionalismo,

 

 

Definición de nacionalismo.

 

El nacionalismo es racionalmente indefinible debido a su esencia irracional, porque es un sentimiento, un estado de ánimo de las personas y de los colectivos, y porque actúa de muy diversas maneras según la época y el líder que lo dirige. Se puede describir, pero no definir. Por eso, nunca queda claro el concepto, y siempre encontraremos contraargumentaciones y discrepancias, pues cada caso es diferente a los demás y diferente en cada momento él mismo.

El nacionalismo es una fe en pertenecer a un colectivo con unas características determinadas, fe que se adquiere en la familia, en la escuela y en el templo en su caso. Esa fe incluye creencia en un pasado digno de admiración de ese colectivo, bien por sus victorias y glorias, o bien por su sufrimiento, lo que provoca un sentimiento de orgullo de pertenencia a ese colectivo y un sentimiento de odio contra un supuesto enemigo que impide el desarrollo de ese colectivo. Estos sentimientos inducen al individuo a un deber de lealtad hacia su grupo o nación. No importa que ese pasado sea inventado, o adornado de tal manera que la realidad no se reconozca en el relato final.

Por ejemplo, en el nacionalismo español, se tomaron como enemigos a odiar a “los franchutes”, lo cual significaba odio a Luis XIV y a la Ilustración, y generó la deformación de la historia centrándola en el XVI y XVII, y olvidando casi a los Borbones del XVIII. Y también se tomó como enemiga a “la pérfida Albión” (Gran Bretaña) que “nos había arrebatado el imperio”. Y se tomaron como admirables los sucesos de la Reconquista contra los musulmanes, la conquista de América, así como la conformación del Imperio europeo de los Austrias, que se interpretó como un imperio español, que no lo era. Y así pasó el mensaje a los libros de texto escolares.

Hay varios elementos irracionales en todo este discurso: la fe que es preciso inculcar en el individuo, en forma de catequización; la admisión individual gratuita y sin razonamientos profundos de la existencia de ese colectivo tal y como lo imagina el individuo y como le ha enseñado alguien ya introducido previamente en la idea nacionalista; la anulación voluntaria que el individuo hace de algunos aspectos de su personalidad a favor del colectivo en el que cree; el sentimiento de deberes del individuo para con el colectivo nacionalista. Otro elemento a considerar es la parte inconsciente del proceso, pues al individuo se le educa desde niño en la nueva verdad, y llega a creer que lo que le han enseñado el maestro, algún familiar o amigo y el cura, es la verdad misma. El vulgo no es consciente de la manipulación a que está siendo sometido.

Por eso, hay muchas “definiciones” de nacionalismo, porque siempre son descripciones y ninguna es adecuada más que para un nacionalismo concreto en un tiempo concreto. Una de las definiciones más habituales es:

El nacionalismo es un estado de ánimo exaltado de un colectivo, por el que el individuo deposita su confianza en la resolución de los problemas individuales y sociales en el colectivo, en sus dirigentes nacionalistas, y en su líder, y siente un deber de lealtad hacia el colectivo definido como nacional.

Pero también podríamos decir que el nacionalismo es un sentimiento individual y colectivo a la contra de un sistema social imperante hasta ese momento, una manifestación de frustración frente a ese sistema social, y el cultivo de un sentimiento colectivo de frustración, el cual incrementa hasta límites insospechados e irracionales la idea de ser un colectivo diferente. Hasta tal punto, que generaciones más tarde, se siguen repitiendo las fábulas y falsedades inventadas por la primera generación, sin atreverse nadie a cambiar el guión. Sin un enemigo cruel, real o inventado, que en las leyendas ha maltratado al colectivo y contra el que todo vale, no ha triunfado nunca ningún nacionalismo. Y también podríamos decir que el nacionalismo es un sentimiento de superioridad de un colectivo que induce a los componentes del mismo a catequizar a los demás, y a exigirles cooperación con la idea nacionalista. El concepto es complejo.

En la trasmisión de este odio social, hacia un enemigo del nacionalismo, son muy importantes los maestros de escuela y profesores de instituto, así como los curas y obispos, que sienten el vértigo de ser líderes de sus feligreses o de sus alumnos, y constatan cómo el camino del nacionalismo les convierte en más queridos por la masa. Luego, se suman literatos, pintores, músicos y, naturalmente, los políticos que ven una cantera, un filón riquísimo, para sus ansias de tocar poder y alcanzar el éxito. Y también participan los empresarios y capitalistas que temen no ser competitivos en un mercado más amplio, o al contrario, que quieren un mercado más amplio, y no dudan en financiar los medios que los movimientos nacionales necesitan.

Así, cada grupo social hace sus aportaciones al nacionalismo, y unos ponen la idea de un sentimiento religioso distinto, otros los de una historia distinta, otros los de unos antecedentes musicales y literarios distintos. ¿Distintos a qué? Distintos a los del colectivo del que se quieren diferenciar, sea éste el que sea, y no importando si son de una u otra manera, ni que el argumentario contenga falsedades.

El sentimiento nacional puede ser dirigido hacia la unión de pueblos y territorios, o hacia la escisión respecto a un pueblo y un territorio. Depende de intereses de minorías convenientemente expresados para hacerlos ver como necesidades colectivas generales.

Por ello, una vez instalado en la sociedad el sentimiento nacional, es muy difícil de erradicar, porque hay muchas personas educadas en ese sentimiento, porque hay muchos profesionales que viven para ello, porque hay muchos intereses basados en él, porque vive en la escuela y en la parroquia, y en las instituciones culturales nacionalistas.

El camino para formar los nacionalistas necesarios para el nuevo proyecto, pueden ser la religión, la enseñanza o la cultura. Si logran introducirse en la enseñanza oficial, lo hacen por el camino de la legalidad, y si no lo logran, necesitan charlas docentes que estimulen el espíritu nacional, den a conocer los límites territoriales y poblacionales de la nación, publiquen los nuevos mitos nacionalistas en forma de cuentos y leyendas, y enuncien las nuevas ideas morales en las que es preciso creer, para lo cual necesitan literatura, música, periódicos… Para consolidar la situación política nacionalista, se suele reivindicar un Estado que garantice la aplicación de esas normas nacionalistas que se pretenden imponer.

 

 

Relaciones del nacionalismo con otros grupos políticos.

 

El nacionalismo es contrario al liberalismo, el cual dice que el principal valor humano es el individuo y no el colectivo, y en momentos decisivos, deben triunfar los derechos del individuo frente al Estado. El nacionalismo sacrifica en último término al individuo en pro de la causa nacionalista. Pero no todo es tan sencillo como una definición sobre el papel, pues el liberalismo también pide sacrificios de solidaridad al individuo. Por eso hemos hablado de momentos decisivos.

El nacionalismo se parece al socialismo, en el sentido de que ambos movimientos pueden, en su momento, sacrificar al individuo en bien de la causa, y considerar una virtud ese sacrificio individual. Pero el socialismo busca los intereses de la “clase trabajadora”, mientras el nacionalismo suele ponerse al servicio de clases dominantes o de un líder. Luego ocurre a veces que los socialismos encuentran un líder que les parece necesario, y la teoría se nos hace más confusa.

Otra tema es que, a veces, los socialistas, viendo que no tienen oportunidades para su revolución en el conjunto de un Estado, opten como táctica el iniciar un nacionalismo disgregador, que rompa el Estado en pedazos, para así conseguir espacios más pequeños en el que se puedan imponer como tales sistemas socialistas. Es una táctica coyuntural solamente, en la que se produce una alianza, seguida de un enfrentamiento interesante entre la “racionalidad” anarquista o comunista y la irracionalidad nacionalista. Desgraciadamente, la experiencia nos dice que acaba en muertes. En esa situación, la religión suele optar por el nacionalismo, que al menos, tiene un dios, pero se encuentra fuera de su lugar natural, a no ser que el nacionalismo se acerque a la teocracia, o a un pacto como el nacional-catolicismo español de 1939-1975.

Hay ciertos parecidos entre nacionalismo y religión, porque ambas situaciones son estados de ánimo, porque ambas sienten lealtad hacia el líder, porque ambas tienen versiones pacíficas y versiones violentas e intransigentes, porque ambas tienen mártires cuya fiesta se conmemora, porque ambas tienen ceremoniales rígidos. Pero aún hay más, ambas son las fuerzas que arrastran más seguidores hacia las diversas causas políticas, sociales o culturales. Cuando una de estas fuerzas aparece detrás de cualquier iniciativa, es para tenerla en cuenta, y si aparecen las dos, es para preocuparse seriamente por conocer el tema.

Pero también hay ciertos parecidos entre socialismo y religión, en el sentido de que, una vez iniciada la fase práctica, el socialismo puede prescindir de muchas cuestiones racionales, y cae en el personalismo, elige un líder carismático, muchas veces vitalicio e incluso hereditario, celebra festividades de sus héroes, tiene una martirologio, real o inventado, tiende a crear una “historia sagrada” del comunismo muy poco acorde con la realidad, historia que se convierte en dogma (con excomuniones en la religión y condenas en el comunismo), tiene una especie de clero, o “ ejecutiva del partido”, tiene unas festividades sagradas… Cuando los soviéticos decidieron embalsamar el cuerpo de Lenin y hacerle visitas multitudinarias, su parecido con la peregrinación a Santiago o a La Meca era asombroso. Se ha hablado de una religión sin Dios. El contraste entre el realismo dialéctico de Marx y la práctica de cada uno de los marxismos es muy evidente. Y en el caso de otros socialismos no marxistas, la desviación hacia lo irracional es todavía más fuerte.

El anarquismo, como cultivo de la personalidad individual por encima de todo, parece incompatible con otros socialismos y con la religión, pero también cae a veces en el culto a la personalidad y al mito.

 

 

Origen común con el liberalismo.

 

El liberalismo y el nacionalismo propios del XIX nacieron juntos, durante algún tiempo en el siglo XVIII fueron colaboradores, y presentaban varios avances sociales respecto a siglos pasados:

Tanto el liberalismo como el nacionalismo del XVIII superaban las viejas unidades familiares, tribales y de clan, para unificar bajo una misma ley lo que antes era la voluntad del paterfamilias o de la aldea. Aspiraban a una sociedad más justa. Transformaban sus prácticas religiosas abandonando la fe en las sentencias de los grandes santones, para aceptar que la justicia está en los propios individuos y sus leyes eran democráticamente elaboradas. Transformaban su economía ampliando áreas de comercio hasta los límites a donde llegaba la nueva ley.

Tanto liberalismo como nacionalismo creaban un Estado poderoso que eliminaba muchos aspectos de libertad en la vida de los ciudadanos, exigían fidelidad del ciudadano a unas normas, supuestamente democráticas porque habían sido elaboradas por unas Cortes elegidas, arrastraban a los ciudadanos a guerras que defendían los intereses de los ciudadanos más ricos, legalizaban un reparto injusto de la propiedad basándose en una supuesta democracia y en necesidades del progreso, condenaban a los pobres a disfrutar de sus derechos solamente en la medida en que pudieran pagarlos… es decir, se encontraban con las mismas dificultades.

Las instituciones democráticas que trataba de extender el liberalismo suponían un espíritu de nación o unidad de convivencia, basada en una fe en el futuro del colectivo. La fraternité liberal parecía a veces nacionalismo.

En este primer momento de primera mitad del XIX, el liberalismo y el nacionalismo eran la misma cosa.

 

 

Diferencias entre liberalismo y nacionalismo.

 

El nacionalismo es diferente al liberalismo, porque el nacionalismo supone la definición de un nuevo territorio, con bases irracionales como la historia, la religión, la raza, las costumbres… un territorio en el que van a regir las instituciones nacionales. El nacionalismo es más conservador.

Mientras tanto, el liberalismo trataba de racionalizar los territorios con criterios de proximidad en las comunicaciones, y de uniformidad geográfica, y no consideraba como positivas las diferencias históricas, sino al contrario, trataba de superarlas. El símbolo del nuevo liberalismo, a principios del XIX, era Napoleón.

El nacionalismo reivindica después ese territorio definido con anterioridad por criterios históricos, y se esfuerza por resaltar diariamente las diferencias entre el territorio así definido respecto a los pueblos vecinos. Mientras tanto, el liberalismo trata de eliminar diferencias e insiste en lo que los distintos distritos políticos tienen en común.

 

 

Los pasos previos al nacionalismo:

 

El problema inicial del nacionalismo se plantea a la hora de definir el territorio que conforma al ente nacional, el problema de definir sus fronteras. La definición del territorio se hace por criterios geográficos, históricos, por semejanza de tradiciones, por igualdad de religión, por intereses económicos similares, por una lengua común, por sentirse de raza diferente, por poseer un folclore autóctono… buscando similitudes y diferencias que se justifican por sus propios relatos nacionalistas de tipo irracional. No hay inconveniente en deformar la realidad e incluso inventársela. El mismo criterio es utilizado por un nacionalismo en un sentido y por otro nacionalismo en sentido contrario.

Los inconvenientes hallados en esta búsqueda de límites llevan a unos límites geográficos diferentes, tanto en individuos como en territorio, según las conveniencias de los líderes nacionalistas.

Los límites son imprecisos: una ribera de un río no suele ser diferente a la opuesta, y una ladera de la montaña no suele ser diferente a la contraria. En realidad, es el líder nacionalista el que dice los límites del territorio, y el que puede cambiarlos en un momento dado. Y cada líder tiene ideas diferentes, aunque todos aspiran al máximo que les permite su poder de convocatoria. Por ello, el nacionalismo tiene un componente que conduce a un estado de ánimo belicoso, o a la guerra misma en algunos casos, porque nacionalismo es exaltación permanente del ánimo al servicio del líder.

También es posible que el nacionalismo mantenga los mismos territorios ya establecidos por Estados anteriores, sobre otra base de pensamiento distinta que justifique la unión, una base que compromete al individuo a sumarse al nuevo proyecto nacional común y se entregue y anule a favor del colectivo.

El segundo problema es decidir sobre si se pretende la segregación o la integración de territorios. Territorios pequeños dispuestos a aceptar unos mismos supuestos básicos de convivencia, se pueden unir para aprovechar las ventajas de los grandes colectivos en materia de inversión económica, defensa, iniciativas de protección social. Territorios grandes, se pueden disgregar para cada uno de ellos defender sus “libertades” económicas y sociales de forma distinta. Regiones que producen lo mismo se separan porque se creen en posición de inferioridad comercial estando juntos y por la rivalidad entre productores competidores. O tal vez deciden juntarse para adquirir el monopolio productivo y comercial. Regiones que producen cosas complementarias se juntan para mejorar relaciones comerciales. Todo es diferente según los casos.

Una vez definido el territorio, los nacionalistas deben definir las características de la población que habita ese territorio, quiénes van a formar parte de ese colectivo nacional y quiénes no, y eso significa definir un conjunto de principios morales que los distingan de sus vecinos y un conjunto de verdades “históricas” y verdades antropológicas “indiscutibles”. Para justificar la autoimposición de esas normas morales, los nacionalistas pueden reivindicar una religión, o una supuesta manera de ser, o se reivindica un pasado adecuado a las ideas que se quieren imponer, un pasado real o ficticio que hable de la unidad del grupo y manifieste una fe en el futuro del colectivo.

La simple fe en el futuro del colectivo puede ser la cohesión de un nacionalismo y entonces el pueblo se define como el conjunto de todos los que viven y trabajan en ese territorio. Pero el lazo del futuro es muy tenue, mucho más débil que si se acepta un pasado común ficticio, pues eso ayuda a erigir un líder carismático, el conocedor del espíritu del pueblo, el que abre el camino al futuro.

Así llegamos a un inconveniente de gran envergadura: Puede resultar entonces que hay más naciones que territorios, más proyectos que posibilidades, y resulta conflictivo el hecho de que todos quieran ser Estados con territorio propio. Hay que pasar del campo de la utopía al de la racionalidad, y eso resulta muy complejo, pues hay costos humanos, económicos, políticos… Ahí tenemos el ejemplo de los Balcanes, el ejemplo de España y el ejemplo Sudamericano en el que iban a independizar un continente y resultaron decenas de naciones. Los nacionalistas deben definir qué proyectos tienen derechos nacionalistas, y cuáles deben ser eliminados.

Y entramos en contradicciones, porque tras definir un territorio como propio de una nación determinada, de manera teóricamente libre, los nacionalistas prohíben que en adelante se hagan nuevos nacionalismos dentro de ese territorio, es decir, se prohíbe la libertad para otros colectivos, y se niegan los mismos argumentos que se han utilizado para hacer triunfar el primer nacionalismo. Igualmente, si el nacionalismo es sólo un proyecto de futuro, debe asumir las contradicciones de la existencia de varias religiones, varias etnias, varios intereses, cada uno de los cuales tiene su propio proyecto de futuro.

Por otra parte, un nuevo nacionalismo deshace la unión cultural y política del colectivo del cual se desgaja el nuevo nacionalismo. Esta ruptura es siempre arbitraria y causa muchos perjuicios a las relaciones previamente establecidas entre las partes. No es una cuestión fácil, y tiene muchas posibilidades de acabar en una guerra.

En fin, la definición de un nuevo nacionalismo es siempre un problema, y sólo suele tener éxito cuando el colectivo superior entra en crisis (crisis de la Unión Soviética en 1989, independencia de Latinoamérica, ruptura de Yugoslavia…). El discurso de una ruptura amistosa por causas nacionalistas, es una utopía.

 

 

La divergencia histórica entre liberalismo y nacionalismo.

 

Nacionalismo y liberalismo empezaron a divergir durante la Revolución francesa, de fines del XVIII, cuando los sansculottes quisieron imponer unas reglas comunes a toda Francia, y las diversas regiones francesas no lo aceptaron, pues los abusos de los jacobinos eran inaceptables. Surgieron otros modelos de revolución nacional. Y cuando a principios del XIX, Napoleón intentó imponer una dictadura a toda Europa, teóricamente para imponer el liberalismo, los pueblos europeos se le rebelaron, algo que Napoleón nunca entendió, sobre todo en España. Dio una explicación simple: que España era tierra de beatas e ignorantes. Tras este error, Napoleón fue derrotado en España.

Alemania teorizó que ellos habían tenido un pasado común muy específico y llegaron a la idea de que tenían un destino común, una misión que el pueblo alemán debía realizar. Entonces, cada Estado se dijo nación diferente, y algunas regiones se dijeron diferentes a los Estados en que estaban integradas. Y si el liberalismo había sido la razón para unirlas, el nacionalismo se convirtió en la razón para vivir separadas. Décadas más tarde, Bismarck se las arreglaría para unirlas. No es el caso de los Estados Unidos de América del Norte, cuyos problemas se dirimieron en una guerra, en 1865, y se suprimieron los proyectos individualistas de cada una de las partes, generando un nacionalismo integrador por eliminación física de sus oponentes.

Los historiadores del siglo XIX hicieron historias nacionales adecuadas a lo que se les demandaba, distintas y contradictorias, al servicio del nacionalismo burgués, a fin de crear ideológicamente diversas naciones. Una vez más, constatamos que la cultura oficial, o estudio de los saberes impuestos por el Estado, es a menudo una falsedad. Y reiteramos que el individuo debe aspirar a pensar por sí mismo, pues no todo lo que se dice en los libros es verdad, ni todo lo que los sabios historiadores cuentan es aceptable.

Por ejemplo, los españoles tienen a gala haber ganado una batalla importante a Napoleón en Bailén, y los franceses incluyeron Bailén en el Arco de Triunfo como una victoria de Napoleón. Otro ejemplo son los inventos de cierta relevancia, los cuales son reivindicados por muchos Estados como fruto del genio nacional de cada uno, tema que viene a ser pueril, porque un invento es una serie de ideas y ensayos, de fracasos y progresos, generalmente llevados a cabo por distintas personas a lo largo de un tiempo más bien largo, y la construcción de una serie de prototipos, en donde hay muchos “inventores”. Pero decir que “nuestro país es grande por los muchos genios, inventores, héroes, y comodidades de que se dispone”, es una aseveración que gusta siempre al gran público, conmueve el ánimo popular a favor del orador que lo dice, al cual hasta le permitiremos engañarnos en las siguientes frases que, tras esta aseveración, pronuncie en el discurso y le perdonaremos los errores en las actuaciones que realice en política.

 

 

El nacionalismo como problema.

 

Los peligros del nacionalismo desintegrador de territorios son varios: puede crear provincianismo ideológico y moral, casi siempre en el terreno del conservadurismo; puede dar paso a populismos, más fáciles en territorios más pequeños; puede utilizarse para conservar privilegios de determinadas minorías, en contra de la idea de liberalismo; puede utilizarse para la realización de una revolución de otro tipo, incluso de las que desprecian al nacionalismo.

El posible valor del nacionalismo desintegrador, es que, en caso de evolución desfavorable del gran colectivo inicial en cuanto a derechos humanos e igualdad, un territorio más pequeño puede iniciar un Estado más favorable a la extensión de los derechos humanos.

Igualmente, el nacionalismo integrador puede ser imperialismo y sometimiento de los pueblos a la voluntad de uno de ellos, o de un líder determinado.

Es decir, que hay un nacionalismo favorable al liberalismo, y un nacionalismo que podíamos llamar reaccionario. Pero no podemos predeterminar qué va a ser cada nacionalismo. Ni siquiera los protagonistas de un revolución nacionalista pueden asegurar qué será ese movimiento unos días más tarde.

El nacionalismo es un arma de dos filos. En su valor primero, puede ser utilizado para resaltar valores de una comunidad más amplia que la tribal o local, lo cual podría permitir superar el caciquismo local y comarcal, reivindicar derechos de la comunidad y, en último término, un sistema de gobierno democrático que garantizase esos derechos. En segundo lugar, el nacionalismo puede ser utilizado por determinadas clases sociales, los burgueses y los caciques por ejemplo, para reivindicar sus diferencias respecto a una reglamentación democrática que lesionara sus privilegios, simplemente convenciendo a la opinión pública de ser víctima del poder central de un nacionalismo más amplio que el que a ellos les interesa. La idea unitaria o de España como territorio único, y la plural o España como multiplicidad de territorios, es una cuestión difícil si nos limitamos a generalizar. A veces se ganan derechos y a veces se pierden en cualquiera de las dos posiciones.

 

 

Diversidad nacionalista.

 

Al tiempo que, desde el Estado, se creaba este espíritu colectivo nacionalista unitario, surgieron grupos diversos, llamados comúnmente nacionalistas, allí donde la fe en el futuro común era diferente. Aparecieron nacionalismos diversos, que justificaban sus diferencias en un pasado distinto, y reivindicaban un Estado distinto para un nuevo colectivo político. Solían utilizar y acentuar las diferencias lingüísticas y religiosas, y trataban de buscar diferencias históricas, étnicas, geográficas, económicas… que justificasen un proyecto político diferente. La convivencia entre nacionalismos es imposible. Por eso se dice que conviene que cada nación tenga su propio Estado, para evitar problemas de convivencia. Pero a la contra, los Estados pequeños no son viables[1], salvo conveniencia de los grandes, lo cual genera la necesidad de experimentar modelos de convivencia entre naciones.

Ambos proyectos, el nacionalismo del Estado unitario, y los nacionalismos interiores más pequeños, eran nuevas posibilidades de creación de fuerzas políticas importantes. Las nuevas posibilidades serían exploradas inmediatamente por todos los disidentes políticos, por los llamados nacionalistas, por los socialistas y comunistas, por los republicanos, por viejas ramas monárquicas derrocadas… El nacionalismo es capaz de convocar a las masas, y la presencia de las masas es la oportunidad para introducir un sistema político nuevo. El socialismo y el comunismo aprendieron que el nacionalismo puede ser una vía hacia su revolución. También los burgueses pueden utilizarlo para disponer de un Estado más fácilmente manejable, en el que quizás ellos tengan más capacidad económica y financiera que el nuevo Estado. Juzgar qué situación concreta es moralmente más positiva, es una tarea difícil.

Y a partir de un momento determinado de mediados del XIX, el nacionalismo empezó a separarse del liberalismo, y en determinados instantes llegó a representar todo lo contrario al liberalismo, cuando el nacionalismo entró en los llamados ultra-nacionalismos.

En el último tercio del XIX, las teorías de la violencia alcanzaron también a los movimientos nacionalistas, y los nacionalistas hablaron del derecho de la minoría consciente, los nacionalistas, a imponerse sobre la mayoría de la población que habita un territorio determinado. Eso es ultranacionalismo. Lo mismo podíamos decir de mayorías que se imponen sobre los derechos de las minorías. También es ultranacionalismo.

El Estado trataba de utilizar el nacionalismo a su favor y para integrar territorios, y al tiempo surgían proyectos desintegradores del territorio del Estado existente.

 

 

Diversidad de la Europa del XIX.

 

En la práctica, la implantación de las nuevas ideas del liberalismo y del nacionalismo era muy complicada en el XIX: Los pueblos europeos habían tenido una historia diferente: había pueblos, generalmente los pueblos de occidente europeo, que habían superado el feudalismo desde hacía siglos, y tenían una experiencia de vida en común bajo monarquías autoritarias. Había casos en los que la unión legal y dinástica no se había producido, como era el caso de Italia y Alemania, pero sí habían abandonado viejos abusos feudales. Había otros pueblos cuya única experiencia histórica era su pasado feudal, bajo el dominio de señores laicos o religiosos, generalmente en Centroeuropa y Europa del Este. El liberalismo y el nacionalismo podían ser utilizados en cada caso para reafirmar criterios de unificación o de disgregación. En el caso de Rusia, el movimiento fracasaría y se convertiría en una tendencia política reprimida, que evolucionaría al margen del resto de Europa.

 

 

Evolución del nacionalismo en el XIX.

 

El nacionalismo tuvo una evolución muy problemática en la segunda mitad del XIX. En las dos primeras décadas, 1850-1870, los políticos y militares europeos decidieron aprovechar las nuevas ideas en una teoría denominada “realpolitic” que consistía en la estimulación en el individuo de una disposición personal a sacrificarse por el Estado. El Estado se presentaba ante el individuo como el gran constructor del progreso, realizador de infraestructuras, ferrocarriles, fábricas (incluso fábricas de armas, porque daban trabajo a mucha gente), leyes que beneficiarían a todos, cuidado de la lengua o idioma, educación generalizada. Ello requería que los intelectuales se pusieran al servicio del Estado y construyeran una historia, una gramática, unos himnos… que analtecieran al gobernante y a la patria, y lograran que el ciudadano se sintiera orgulloso de serlo y de pertenecer a su nación, y servir a sus líderes y gobernantes.

Las consecuencias, aparte del éxito de crear fuerte contingente de seguidores de Napoleón III, Bismarck, Cavour, Gladstone, Disraeli, u otros gobernantes, fueron un rechazo a los polacos desde Alemania, rechazo a los polacos desde Rusia, rechazo a los húngaros desde Austria, es decir, rechazo de las minorías que no aceptaban la realpolitic, la obligación de emocionarse al ritmo de la música oficial, de usar el idioma gubernamental, las grandes construcciones arquitectónicas cerca de la sede de los grandes gobiernos europeos.

En zonas marginales a los centros de poder surgieron nacionalismos disgregadores del Estado moderno: Escocia, Irlanda, Bretaña, Normandía, Córcega, Cataluña, País Vasco… En el caso de España, las zonas citadas eran las más ricas del Estado, muchísimo más ricas que el resto de las regiones. Algún ignorante cree que los nacionalistas son pobres que se rebelan contra la plutocracia estatal, lo cual es verdad en algún caso, pero conviene informarse antes de hacer afirmaciones de este tipo.

Y como reacción al fracaso del poder constituido, respecto a estas minorías, surgió el ultranacionalismo, representado principalmente por las ideas de Treischke como derecho a someter a los pueblos, y el derecho a someter a los tibios en materia de sentimiento nacional, y mucho más a los contrarios a ese sentimiento. Incluso se justificaba el derecho de las minorías conscientes a someter a las mayorías, porque éstas son inconscientes del gran bien que, a juicio de los nacionalistas, se aporta a la sociedad con el nacionalismo que desde el poder, o desde el grupo de “ciudadanos conscientes”, se propone. Con estas ideas, el nacionalismo, que nació hermano del liberalismo, se convertía en la negación de todos los principios liberales, incluso de los más conservadores y primitivos como los de final del XVIII. Los nacionalismos minoritarios fueron inmediatamente atraídos por el ultranacionalismo, lo que llevará a una inusitada violencia, cuya muestra más evidente se dará a principios del siglo XX en los Balcanes.

El nacionalismo era ya lo más contrario a lo liberal que se pueda imaginar. El liberalismo era respeto a los derechos individuales, y el ultranacionalismo era pasar por encima de los derechos de los disidentes. Pero los que presumían de liberales, tampoco respetaban los derechos de las minorías, lo cual generaba la confusión lógica.

 

 

EL NACIONALISMO EN LA ESPAÑA DEL XIX.

 

El nacionalismo es un arma de dos filos. En su valor primero puede ser utilizado para resaltar valores de una comunidad más amplia que la tribal o local, lo cual podría permitir superar el caciquismo local y comarcal, reivindicar derechos de la comunidad y, en último término, conseguir un sistema de gobierno democrático que garantizase esos derechos. España creó su “España nacional” que era imperial y admiraba a los Austrias.

En otra acepción, el nacionalismo puede ser utilizado por determinadas clases sociales, los burgueses y los caciques por ejemplo, para reivindicar sus diferencias respecto a una reglamentación democrática que lesionara sus privilegios, o por partidos políticos minoritarios que creen que tendrán ventaja en espacios políticos más pequeños, simplemente convenciendo a la opinión pública de ser víctima del poder central de un nacionalismo más amplio que el que a ellos les interesa. España creó el nacionalismo de los multimillonarios vascos de los altos hornos y construcción naval, y los multimillonarios catalanes de las empresas textiles y mecánicas. Curiosamente, ambos reivindicaron subvenciones para sus empresas, es decir, que las regiones pobres subvencionaran a las ricas, que eran ellos, cosa que hoy todavía está presente en el sentir de todos los españoles.

Los valores de la idea unitaria o de España como territorio único, e idea plural o España como multiplicidad de territorios, es una cuestión difícil si nos limitamos a generalizar. A veces se ganan derechos y a veces se pierden en cualquiera de las dos posiciones.

Ya en el siglo XX, en 1978 se intentó una solución, la España de las Autonomías, en donde cada una de las 17 regiones tiene su autogobierno y distribuye su dinero como quiere. Pero el problema no se solucionó correctamente, pues se declaró que unas autonomías eran distintas, Cataluña y País Vasco, tratadas de forma distinta en la Constitución, en los presupuestos y en las leyes, lo cual genera un problema de base que nunca se ha superado después. El principio constitucional de solidaridad, por el que las regiones ricas deben ayudar a las regiones pobres, ha sido tomado como una ofensa por las regiones ricas, Cataluña y País Vasco, y han venido extranjeros ignorantes a aleccionar a los españoles sobre esos temas, incluso alguno de esos extranjeros dijo la tontería de que en España se maltrataba a las regiones pobres de Cataluña y País Vasco.

 

 

 

[1] Los Estados pequeños existentes hoy suelen ser bancos donde los gobernantes y empresarios de los Estados grandes guardan su dinero, bien para escapar del fisco, bien para asegurarse el futuro en caso de que su empresa fracase.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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