Conceptos clave: Galicia medieval, Asturias medieval, señorío de Vizcaya, Álava medieval, Guipúzcoa medieval, Navarra medieval, monarquía aragonesa, Castilla medieval, Portugal medieval, territorios musulmanes medievales.

 

 

 

LOS TERRITORIOS PENINSULARES MEDIEVALES[1].

 

Hemos hablado de diversos territorios sobre la Península Ibérica, territorios del norte rebeldes frente a los musulmanes o cristianos de primera hora, todos ellos desiguales, y territorios conquistados a los musulmanes en donde los vencedores recién llegados se consideraban muy superiores a los vencidos y con derecho a quedarse con sus bienes. Cada territorio era jurídicamente desigual.

Además, la sociedad era desigual: los descendientes de los cristianos de los reinos del norte se denominaron a sí mismos cristianos viejos, y los otros eran tenidos por conversos o mahometizantes, judaizantes en su caso. Si sólo se hubiera tratado de cuestiones de religión, el problema habría sido grave, pero no demasiado. Pero se trataba de diferencias en la consideración social, lo cual constituía un problema más grave todavía.

También surgieron diferencias entre territorios por causa de que permanecieran, o no, fieles a un determinado Rey a lo largo de la historia, pues unos fueron despojados de sus viejas leyes, fiscalidad y señores, y otros las mantuvieron.

 

 

GALICIA MEDIEVAL.

 

Aunque existió un reino de Galicia, luego unido a León y por último a Castilla, Galicia fue siempre una tierra complicada, compleja, nunca bien organizada desde el punto de vista institucional. Las comunicaciones internas fueron siempre muy malas, y cada valle actuaba por su cuenta. Algunos valles estaban dominados por nobles, entre los que destacaba el Conde de Trava, el más poderoso de ellos. Otros estaban dominados por arciprestazgos, dependientes de un obispo. Los obispos dependían inicialmente del arzobispado de Braga (Portugal), pero Santiago de Compostela logró hacerse arzobispado, y su arzobispo fue la fuerza gallega más importante hasta que Castilla sometió ese arzobispado a Valladolid. Y además estaban los burgueses, artesanos y comerciantes, situados en diversas villas y ciudades, los cuales defendían sus propios intereses frente a los obispos, dueños de esas villas y ciudades. Todos estaban dispuestos a rebelarse en cualquier momento. Las rebeliones eran frecuentes contra cualquiera de los gobernantes, arzobispo, conde o autoridades urbanas. Las condiciones que se exigen a un Estado, sistema legal y de justicia, sistema recaudatorio fiscal, e instituciones de gobierno, estaban muy poco desarrolladas en Galicia. Las relaciones personales predominaron siempre.

Los musulmanes del siglo VIII decidieron que no valía la pena emprender campañas militares costosas que nunca acabarían, para dominar esas tierras. En lo sucesivo, Galicia fue un mundo aparte, recóndito, lejano. Cuando se independizó Portugal, al sur, quedaron aislados de la frontera musulmana, y excluidos de la Reconquista. Y sin válvula de escape de la población, su historia se convirtió en una serie de luchas por la dominación de los negocios gallegos y una serie de emigraciones en busca de fortuna en otras tierras. Parte de este carácter no desapareció hasta el siglo XX.

 

 

ASTURIAS MEDIEVAL.

 

Asturias era un territorio dividido en múltiples valles, aislados los unos de los otros, en los que radicaban unos 30 Concejos, y 16 de ellos habían obtenido el privilegio de villa. Oviedo era la sede del Obispado y cabeza del Principado de Asturias, y en su momento, constituyó un Regimiento de 8 Regidores y 2 Alcaldes. El centro y oeste del Principado estaban dominados por señoríos episcopales. Los Reyes Católicos hicieron un pacto con el Conde Luna y le hicieron renunciar a su jurisdicción sobre cuatro villas: Llanes, Ribadesella, Cangas y Tineo, que fueron llamadas “las cuatro sacadas”. En el siglo XVI, el Papa vendió los concejos de Sobrescobio y Bimenes, en los montes al sureste de Oviedo, y Castropol en la costa, y 14 lugares asturianos se hicieron de realengo (el más tardío, Tapia, lo hizo en el XVII). Oviedo fue adquiriendo los concejos cercanos como el de Llanera. Y el Principado fue evolucionando desde el señorío eclesiástico al realengo.

La parte oriental del territorio de Asturias, las Asturias de Santillana, fue ocupada por Castilla, la cual bajó de las Montañas de Burgos hacia el mar por el río Pas, hasta su desembocadura en Liencres. Y ese territorio se hizo castellano y proporcionó a Castilla un puerto de mar importante. Igualmente, el sur, fue ocupado por León, y más tarde por Castilla, y Asturias quedó desconectada de la frontera musulmana.

Las villas de Asturias se caracterizaron por los regidores vitalicios, pues la mayoría de los oficios municipales habían sido vendidos a las familias más pudientes de cada lugar.

El Principado de Asturias estuvo dividido en cinco Partidos que fueron Oviedo, Llanes, Villaviciosa, Avilés y Grado. Pero esos Partidos no tenían ninguna autoridad específica al frente de ellos que les gobernara, ni tenían representación en las Juntas del Principado, así que sólo eran una conveniencia administrativa para distribuir los votos de los Concejos. Porque los realengos antiguos tenían un voto en las Juntas del Principado, mientras los territorios del obispado tenían un tercio de voto. La Junta se hacía con los que estuvieran presentes el día de la convocatoria, y duraba entre uno y dos días en el siglo XVI, y hasta cinco días en el XVII. La Junta General la realizaban cuatro diputados, y como los Partidos eran cinco, uno de los Partidos se quedaba sin diputado cada vez, y lo hacían por turno. La Junta se repartía el cupo de impuestos del Principado, y era por ello importante para los asturianos.

El Cargo más importante del Principado era el Procurador General, el cual era elegido por rotación entre los cinco Partidos, y tenía competencias sobre casi todo, menos para votar en las Juntas y en las Diputaciones. La Diputación apareció en 1606.

 

 

EL SEÑORÍO DE VIZCAYA.

 

En el proceso hacia la conformación del Estado castellano, fue excepcional el Señorío de Vizcaya. Las tierras de Álava, Vizcaya y Navarra habían sido repobladas por Alfonso I, 739-757, y confiadas a condes como el de Lara y el de Lantarón, igual que se estaba haciendo en territorios de frontera. En 947, el conde de Álava y de Castilla (cuando Castilla no era más que el norte de Burgos), que había estado preso en León, se declaró independiente de León y sólo dependiente de Dios. Más tarde, cayeron en manos del Rey de Navarra. Pero en Navarra estaba instituida la costumbre de dividir los territorios del reino entre los infantes reales a la muerte del Rey, y ello no daba al Rey posibilidades de evolución hacia un poder fuerte.

En 1043, las tierras vascas quedaron divididas entre tres tenentes, que fueron Íñigo López conde de Vizcaya; Fortún Íñiguez, señor de Álava; y Vela Aznárez, señor de Guipúzcoa. En 1076, tras tener noticia de la muerte de Sancho IV de Navarra, Íñigo López anduvo listo y envió a su hijo a someterse a Alfonso VI de Castilla, lo cual evitó la entrada de los ejércitos castellanos en Vizcaya. Ello le permitió declararse señor de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava. Su hijo, Diego López, consiguió en 1108 que ningún delegado del Rey de Castilla entrase en sus territorios. Pero no tenía asegurado su futuro respecto a Aragón y Navarra, y en 1121 fue atacado por Aragón y tuvo que huir hacia Castilla. El nuevo conde, Ladrón Íñiguez, dependía de Aragón.

La situación provocó la guerra entre Castilla y Navarra en 1163, la cual no solucionó nada, pero para evitar tensiones, Navarra entregó Vizcaya a Castilla, la cual situó en Vizcaya a los López de Haro como Condes dependientes de Castilla.

Las veleidades de independencia de hecho, conllevaban tensiones, y en 1288, el territorio fue gobernado por los Infantes de Castilla, hijos de Sancho IV. Pero Castilla no era un reino bien consolidado todavía, tenía problemas sucesorios y de gobierno interior del reino, y los señores de Vizcaya pudieron seguir intentando su autonomía política. Castilla creó cinco merindades para el gobierno de Vizcaya, que fueron: Uribe, Busturia, Arratia, Durango y Orozco. Las merindades de Vizcaya no tenían siempre Merino, sino que eran zonas geográficas donde se localizaban determinadas aldeas.

Vizcaya era un territorio poco estructurado, en donde hombres de armas habían impuesto su propio orden social, ofreciendo “protección” a los campesinos no armados, a los que cobraban dinero por mantener la paz. Sometedores y sometidos vivían en tensión continua.

Los Reyes tuvieron mucho interés en reducir el señorío, tanto nobiliario como eclesiástico, y convertir el territorio en “tierra llana”, tierra sin privilegios. La tierra llana constaba de 72 anteiglesias (poblados) y 21 villas. La población de las villas tuvo en el siglo XV 5.563 fogueras (hogares), y el resto de la tierra llana debía tener una población todavía superior, por lo que podemos hablar de unos 50.000 individuos fuera de los señoríos.

Durante el conflicto, los reyes de Castilla habían concedido fueros a las villas vascas a fin de ganarse aliados, y durante el XII y el XIII no pararon de crear nuevas villas. A cada villa se le concedía un fuero, normalmente copiado de otra villa anterior, y el fuero que más se repitió en Vizcaya fue el de Logroño. De esta manera se estaba unificando la ley, pues muchos fueros eran similares.

Los robos y ataques a la propiedad eran muy frecuentes, y el principal negocio de las villas, que era el comercio, no podía crecer sin acabar con el desorden social. Por eso las villas constituían hermandades. Anualmente, las villas se reunían en Junta General y proponían los Alcaldes de Hermandad, que luego eran nombrados por el Rey y dotados de jurisdicción para guardar el orden público. El Alcalde de Hermandad, el Merino correspondiente al lugar, y los tres alcaldes de Areia, Sayaz y Aiztondo, conformaban un tribunal itinerante que trataba de limpiar los campos de malhechores. Pero la existencia de numerosos privilegios, y de muchas autoridades distintas, uno para cada poblado o villa, complicaba mucho la aplicación de las sentencias.

El siguiente problema político de Vizcaya fue el conflicto entre las villas vascas y la “tierra llana” o de realengo, tierra sin privilegios.

Las villas vascas, dotadas de muchos privilegios, tenían mucha actividad comercial, pero apenas territorio, y necesitaban de los pobladores de la tierra llana para suministrarse de alimentos y para vender sus productos. Las villas pretendieron aumentar sus privilegios y tener su propio alcalde (juez local), sus jurados (representantes del pueblo), su preboste (jefe militar), escribano, sayón (encargado de hacer cumplir las órdenes)… lo que podía ser muy rentable si conseguían que la justicia de la tierra llana se impartiera en las villas. Para hacerse fuertes, las villas hicieron hermandad, y se pusieron bajo la protección del Rey. Las villas decidieron tener un solo alcalde cada una para ahorrarse costes. El alcalde era elegido por insaculación entre los vecinos de la villa, de forma que los munícipes salientes elegían tres nombres de vecinos, los metían en un saco, y de él se extraía el nombre del alcalde en el siguiente año. Por el mismo procedimiento, los munícipes salientes elegían 2 fieles, 8 regidores, 6 jurados y 2 escribanos. Las villas no ponían tasas de entrada a las mercancías importadas por mar, y esas tasas se pagaban después en la tierra llana.

La tierra llana no estaba de acuerdo con los privilegios de las villas, principalmente exenciones de impuestos, pues significaban que ellos pagaban más impuestos en el reparto del cupo que debían cubrir entre todos para entregar los servicios al Rey. Los poblados de la tierra llana organizaron concejos en las anteiglesias (reuniones de vecinos), los cuales pidieron privilegios semejantes a los de las villas.

En 1342, una Junta de Guernica redactó los Capítulos de Juan Núñez de Lara, que fijaban los prestameros (encargados de la ejecución de las sentencias) y merinos y los cinco alcaldes (jueces) de Vizcaya, y declararon que se regían por el Fuero Antiguo.

Había cinco alcaldes nombrados por el Señor de Vizcaya, tres en Busturia y dos en Uribe. Un alcalde acompañaba siempre al regidor en cualquier lugar del Señorío. Los Alcaldes de Hermandad eran llamados a Guernica periódicamente. Sabemos que en los juicios se hacía investigación de la denuncia y que la pena de muerte estaba reservada al prestamero y a los merinos.

En 1394, acudieron al Rey para crear una hermandad que guardara el orden público mejor que el Fuero Antiguo, y entonces apareció el Veedor y Corregidor de Vizcaya para intentar mejorar la situación. El Rey exigió que hubiera un fuero único en toda Vizcaya, y que no sólo sirviera a las villas.

El Veedor Antonio Moro, creó en 1463 el Fuero Viejo: El Fuero Viejo era un código penal elaborado en una asamblea integrada por dos hombres por cada merindad, uno por cada solar, y uno por cada villa, y se reunieron todos en Guernica constituyendo una hermandad. La justicia era gestionada por siete jueces, de los cuales las merindades elegían tres, Bermeo uno, Bilbao uno, y las villas y tierra llana de Durango y Marquina otros dos. Los alcaldes debían estar al servicio del Rey y también vigilar el procomunal de Vizcaya. Los alcaldes actuarían a petición del demandante, realizarían la pesquisa correspondiente, y constituían un tribunal integrado por los dos alcaldes más próximos al asunto denunciado. No había posibilidad de recursos. Ellos mismos se ocupaban de vigilar el orden público, de llevar el control de los pesos y medidas, controlar los hospitales, cuidar ellos mismos de sus caminos…

Las villas perdían así su superioridad sobre el resto de Vizcaya y por ello, las de Vizcaya y Encartaciones no se sumaron a la hermandad. Se originó un nuevo conflicto entre las villas y la tierra llana. En 1468, las villas fueron obligadas a integrarse en la hermandad ante los muchos pleitos que la tierra llana les puso ante el Corregidor.

Fernando II de Aragón visitó el territorio vizcaíno en 1476 y juró los fueros de Guernica, y dio ordenanzas al municipio de Vitoria. Fernando II de Aragón decidió acabar con los grupos de hombres de armas extorsionadores de los campesinos, lo mismo que habían hecho los romanos con la mayor parte de los pueblos españoles 15 siglos antes. Estos grupos de armas estaban divididos en dos bandos, los oñacinos o seguidores de los Oñaz, y los gamboinos o seguidores de los Gamboa.

El método utilizado por Fernando II fue enviar en 1479 a Ruy González de Puebla a crear una hermandad de villas, que crearan y utilizaran una fuerza militar suficiente como para librarse de la opresión nobiliaria. La Hermandad de las Villas se creó en Durango, estando presentes 17 villas. La Hermandad fue dotada de un código penal y procesal, y el territorio fue dotado con una Audiencia de Hermandad, compuesta por un Corregidor y un Alcalde de Hermandad (que era elegido cada tres meses). Por ello, el Corregidor del Señorío de Vizcaya no fue igual al resto de los Corregidores. En el siglo XV un Corregidor de Vizcaya gobernaba sobre el Señorío de Vizcaya, las Encartaciones y Durango, pero estos territorios eran muy dispares.

En las Juntas Generales de Vizcaya estaba presente el Corregidor, el cual no presidía las Juntas, pero actuaba como delegado del Rey, comunicaba las Cartas Reales y sancionaba las propuestas que salían de la asamblea. El Corregidor era el Gobernador del Señorío y tenía jurisdicción criminal ordinaria, jurisdicción civil en apelación. Era asistido por un Oidor de la Audiencia o por un Alcalde Mayor. De sus sentencias se podía recurrir al Juez Mayor de Vizcaya. Había Tenentes en cada Merindad.

En 1483, la Reina Isabel I de Castilla visitó la zona y volvió a insistir en acabar con los bandos señoriales extorsionadores de la población, nombró Corregidor a Garci López de Chinchilla, que era Oidor de la Chancillería de Valladolid y ordenó que en adelante no hubiera bandos y que fuera delito colaborar en esas bandas armadas.

En 1486, los vizcaínos se rebelaron contra el Corregidor en la Junta General, pero el Corregidor Chinchilla se impuso, reunió en Bilbao a los procuradores de 18 villas e instó a que los cargos municipales no pudieran comprarse. Desde entonces, las villas no asistieron a las Juntas Generales, sino que se reunían por separado presididas por el Corregidor. Las villas aceptaban las cartas reales, y el resto del territorio se mostraba remiso a aceptarlas.

Para asegurar el cumplimiento de las leyes castellanas, se nombraron alcaldes foráneos y se prohibió que los vecinos hicieran reuniones políticas en ausencia de su alcalde. Pero las villas se sintieron atacadas y reclamaron tener alcaldes elegidos en el propio concejo. Los alcaldes foráneos se mantuvieron hasta 1513. Y Carlos V los quitó a cambio de que fueran nombrados por el Corregidor, aunque fuera de entre los vecinos de la villa.

En 1500, se creó el Regimiento de Vizcaya integrado por el Corregidor, dos Diputados y doce Regidores, elegidos en Junta General en las anteiglesias, más dos Procuradores Síndicos por cada anteiglesia, y algunos letrados y escribanos. Las anteiglesias seguían estando dominadas por oñacinos y gamboinos, por lo que el gobierno de las tierras vascas seguía siendo complicado. El Regimiento se reunía tres veces al año, 8 días cada vez, y en él no participaban las villas, que no estaban en la Junta General. Ello significó una división política grande entre las villas y la tierra llana.

La “Junta General de Procuradores de las villas, ciudad, y tierra llana” fue más tardía. Lo antiguo era la Junta de Caballeros y Escuderos y Hombres Hijosdalgo de Señorío de Vizcaya, a la que no asistían las villas. En esta Junta de Caballeros, la iniciativa de los asistentes era completa, pero como no asistían las villas, las decisiones no pesaban sobre ellas. Muchas de sus actuaciones se limitaron a leer las cartas del Rey y a decir que contravenían fueros viejos, por lo que “se obedecían, pero no se cumplían”.

Por tanto, la norma de convivencia de Vizcaya fue siempre el conflicto, el conflicto con la Corona, el conflicto entre villas y tierra llana, el conflicto entre señores y campesinos.

La justicia en Vizcaya la impartía el Corregidor a través de tenientes que residían en Guernica, Durango y las Encartaciones.

Otra singularidad vasca, eran los alcaldes de fuero, pues sus juicios se hacían en las tabernas, hasta que fueron extinguidos estos jueces en 1612.

El comercio exterior era gestionado por un juez de sacas.

Los recursos últimos de este sistema tan complicado de justicia iban a la audiencia de Valladolid, creada en 1396, en la cual residía el Juez Mayor de Vizcaya, un entendido en el complicado laberinto vasco.

En 1630, las villas accedieron a las Juntas de Vizcaya y la diversidad empezó a simplificarse.

 

 

GUIPÚZCOA MEDIEVAL.

 

Guipúzcoa fue excepcional desde 1290, en que se constituyó la Hermandad de Guipúzcoa, la cual fue organizada de forma permanente por las villas de esta tierra para tener su propio sistema de justicia. Hasta esa fecha, la justicia había sido impartida por el Merino. Y en 1457 obtuvieron los Cuadernos de Hermandad de Guipúzcoa. La Hermandad se limitaba a producir disposiciones de orden público, pero como no tenía las instituciones que dan fuerza a un Estado, no fueron capaces de dar lugar nunca a una organización social de importancia. Fueron capaces de crear unos Alcaldes de Hermandad e incluso un Juez de Hermandad, pero esas instituciones no eran suficientes para garantizar la convivencia en paz. De hecho, la violencia nobiliaria quedaba impune. En 1463, se le reconoció su derecho a la Hermandad.

 

 

ÁLAVA MEDIEVAL

 

En Álava siempre fue importante su situación geográfica, entre Castilla y el País Vasco, entre Castilla y Navarra. Deseada por todos, pues es la ribera sur del Ebro denominada La Rioja, se hallaba en medio de los conflictos de todos. Finalmente, Castilla se hizo señora del territorio.

El Condado de Álava fue un territorio que constituyó varias hermandades de villas, independientes las unas de las otras. Y cada espacio era diferente dentro de ella, desde Treviño que era un condado señorial, Miranda que era una villa aparte, y otras villas que estaban hermanadas y obtuvieron su Cuaderno de Hermandad en 1458. En 1463 se reconoció su derecho a la Hermandad.

En Álava, los Reyes Católicos crearon el Diputado General y prescindieron de nombrar Corregidores y así permanecieron hasta que, en 1503, fue nombrado Corregidor Diego Martínez de Álava. Hasta es posible que fuera la Junta de Álava la que nombrara al Corregidor citado, poniéndose de acuerdo con la Corona.

El Diputado General convocaba Juntas, requería a los Procuradores, comunicaba a los Diputados de las villas los impuestos que pedía el Rey y las leyes que el Rey promulgaba, y recibía poderes de la Junta sobre su actuación ante el Consejo Real o para negociar con otras Hermandades de Villas.

 

 

NAVARRA MEDIEVAL.

 

Navarra, en los siglos VI y VII, fue un territorio que comprendía los valles del norte y del sur de los Pirineos, un territorio apetecido tanto por los visigodos de Toledo como por los Burgundios de Aquitania. Cuando los francos fueron poderosos en el norte, aparecieron los musulmanes por el sur, desde Córdoba, y el territorio se dividió entre los Banu Casi, que eran aliados de los musulmanes (antiguo conde Casio) y los partidarios de los francos. Se estableció una zona de frontera que se demostró muy difícil de atravesar, porque los invasores debían enfrentarse al enemigo del otro lado de la frontera y a los propios navarros que hacían del saqueo de los viajeros de ambas partes un modo de vida: Cuando los musulmanes pasaron a Aquitania, los francos les vencieron en Poitiers en 732. Cuando Carlomagno intentó tomar Zaragoza a finales del VIII, fue derrotado por los musulmanes y rematado a su regreso en el paso de los Pirineos, en Roncesvalles, por los navarros. Carlomagno se limitó a crear la Marca Hispánica, o zona fronteriza militarizada que comprendía todos los Pirineos, y que por el Este bajó hasta Barcelona. Por el Oeste, la ciudad fortaleza era Pompaelum (Pamplona).

La zona pamplonesa se dividió en dos bandos: los descendientes de los Banu Casi capitaneados por los Íñigo Arista, y los Velasco que representaban a los francos.

En el XI y XII, los navarros trataron de dominar sobre los valles aragoneses. Pero dividieron los territorios en cada herencia, y apareció un Condado de Castilla al oeste, que trataba de competir con Navarra en la expansión por el Alto Ebro. Castilla y Navarra llegaron a un acuerdo de fronteras en 1016.

La separación de Navarra y Aragón marcó el final del progreso navarro, pues Aragón estaba creciendo por el sur en el Ebro, y cerraba el contacto de la frontera navarra con los musulmanes. El negocio de la conquista en esa zona quedó en manos de Castilla y de Aragón en exclusiva.

Castilla se hizo muy poderosa y se interesó por el País Vasco, en donde encontró colaboradores. Navarra quedó reducida a una tierra pequeña al sur de los Pirineos occidentales. El norte también lo habían perdido a manos de los monarcas y condes franceses.

 

 

LA MONARQUÍA ARAGONESA.

 

El territorio aragonés apareció sobre unos valles cerrados al sur de la Cordillera de los Pirineos. Eran valles muy pequeños, pero atrajeron población europea y se extendieron hacia el sur.

La monarquía de Aragón apareció en 1137 por integración del Consejo Privado, las oficinas de la Corte, y el maestrazgo de la Orden del Temple. Era una monarquía fuertemente feudalizada, donde los colaboradores del Rey recibían “honores” (llamados feudos en Castilla). Los tenedores de honores servían al Rey con caballeros y milites a su servicio. Los gastos de las campañas los pagaba el Rey. Y en premio, se podían recibir nuevos honores.

En cuanto al gobierno del territorio, éste era gestionado por señores y tenentes, pero 30 ciudades tenían señores propios, cuyo cargo no era hereditario, pero sí duradero, y 123 comarcas tenían tenentes, dándose la circunstancia de que alguna tenía más de un tenente. Las villas de Aragón estaban unidas en cinco circunscripciones, que no incluían a Teruel, ni a Alcañiz, el Bajo Aragón fuertemente musulmán.

La monarquía de Aragón se hizo muy complicada al unirse a ella varios territorios, Cataluña por matrimonio, Mallorca y Valencia por conquista. El rey era señor de cada territorio, pero cada territorio se consideraba a sí mismo independiente:

Cataluña era diferente pues estaba regida por vizcondes, casi siempre menos de seis, y en general contenía 14 circunscripciones que incluían los obispados de Gerona y Elna (en el Rosellón francés), los condados independientes de Urgell y Pallars, 10 veguerías, y el Valle de Arán. Los primeros obispados estaban demasiado al norte, y muchas otras ciudades obtuvieron obispado más tarde en el sur, como Barcelona, Lérida, Tarragona, Tortosa, Vich y Manresa. Las Veguerías llegaron a ser 14: Rosellón, Cerdaña, Berga, Osona, Gerona, Cervera, Barcelona, Lérida, Tárrega, Montblanc, Villafranca, Tarragona, Tortosa y Pallars. El Conde de Barcelona adquirió la supremacía y actuaba, de hecho, como un rey.

Con Ramón Berenguer IV, se unieron los territorios del Conde de Barcelona y del Rey de Aragón bajo el poder de una sola persona. Pero seguían siendo tratados como territorios diferentes, con leyes diferentes.

En esta situación, Jaime I, gran conquistador de tierras, decidió que las conquistas del Rey de Aragón no se incorporasen ni al reino de Aragón ni al condado de Barcelona, sino que se creasen reinos nuevos, que fue el caso de Valencia y de Mallorca. Estos territorios conquistados a pobladores no cristianos, eran susceptibles de poder despojar a sus pobladores de sus fincas y casas, que pasaban a ser del rey y de los conquistadores, y la antigua población tenía la opción de marcharse, o de quedarse trabajando como siervos de los nuevos amos de la tierra, los cristianos llegados de Aragón, Cataluña, y sur de Francia. La conquista era un gran negocio, y a esa guerra se apuntaban muchos voluntarios. Conseguida la victoria, el Rey hacía donaciones y delegaciones de tierras y de los cultivadores de ellas a fin de repoblarlas y obtener tributos.

El Rey también podía conceder tierra a determinados grupos de ciudadanos en cartas-puebla, una para cada entidad de población. En esas cartas-puebla, el señor, residente en Cataluña o Aragón, fijaba quién sería el señor de la villa, patrono o vicecomes, el cual nombraba unos jueces. El lugar se regía por una asamblea de vecinos. La villa era defendida por un “castellano” o encargado del castillo de la ciudad. Un abad se hacía cargo de la iglesia. La justicia era gestionada por un alcalde, por el merino, o por un Justicia electivo.

Los señores de Aragón y Cataluña, tenían pues muchos campesinos en Valencia y Mallorca, las tierras conquistadas, que les ingresaban impuestos todos los años.

Pero el sistema aragonés se iba a complicar aún más, cuando un hijo de Jaime I de Aragón creó un reino que integraba Baleares, Rosellón, Cerdaña, el Vizcondado de Carlet, y el señorío de Montpellier, y además incorporó más tarde la parte oriental de  Cerdeña y la isla de Córcega. Y todavía se complicó más cuando en 1409 conquistaron Sicilia. Todas eran tierras diferentes, con usos (leyes) diferentes. En todas se respetó la diversidad.

La gobernación de Aragón resultaba por tanto muy compleja. El Rey necesitaba un alter ego en cada territorio, alguien que se especializase en la ley de cada territorio, en sus usos y costumbres, cargo que tenía su propia corte, su consejo, sus oficiales reales, su administración de justicia, y sus entes administrativos propios. Generalmente, el Rey enviaba un hijo a cada territorio aragonés.

La Corona aragonesa gestionaba los asuntos de guerra y paz, el comercio exterior y sus tasas, los asuntos eclesiásticos y los asuntos de minorías. Pero levantar un ejército era tarea de negociaciones con todos los territorios, lo cual podía durar muchos años. Si el interés a obtener por los señores particulares era grande, el ejército se levantaba enseguida, pero en otros casos, no era así. La justicia era independiente en cada territorio y las sentencias no eran apelables en otro territorio.

El Rey participaba en las Cortes de cada territorio y tenía derecho a enviar a cada una de ellas un representante suyo. Sin ello ni se hubiera dejado notar la presencia del Rey en algunos territorios de la Corona de Aragón.

En Cataluña, entre 1035 y 1064, hubo tres asambleas en las que el clero exigió la paz de Dios (consistía en respeto a los clérigos, a las mujeres y a los mercaderes, a los casados y a los aperos de labranza, lo cual se consideraba esencial en toda comunidad). Se exigía la contención de los magnates en sus hábitos de destrucción y se les amenazó con la excomunión. La excomunión era una cosa muy seria, porque ya hemos hablado de que a los no cristianos, y excomulgados (y a partir del XV a los condenados por la Inquisición), se les podía privar de todos sus derechos y de todos sus bienes impunemente. También en 1173 se reunieron en Fontdaldara los obispos y magnates para exigir del Príncipe que guardara la paz.

Desde 1192, Barcelona puso mucho empeño en hacer una lista de “usatges”, es decir, costumbres-ley, para regular la justicia, tales como anular el “sacramentum” (asamblea de vecinos que decidía por el ruido que hacían los partidarios de cada parte), la batalla (ordalía en Castilla, proceso por el que un campeón luchaba contra otro en defensa de la verdad entre las partes), la prueba de agua (la prueba del agua fría consistía en atar a un reo y dejarle caer a un pozo, atado a la cuerda del pozo, determinando que si se hundía y se ahogaba era culpable; la prueba del agua caliente era que el reo debía sacar algo de un recipiente de agua hirviendo, y todo dependía de la profundidad del dicho recipiente). Las leyes romanas, muy superiores en cuanto a desarrollo socioeconómico, eran consideradas demasiado antiguas y no adecuadas a los nuevos tiempos.

 

 

CASTILLA MEDIEVAL.

 

Fernando Sánchez, 1016-1065, era hijo del Rey Sancho Garcés III de Pamplona. Fue nombrado Conde de Castilla por su padre en 1029. Tras la muerte de éste en 1035, se declaró independiente. Se casó con Sancha de León, hermana del Rey Bermudo III de León, e inmediatamente le hizo la guerra a su cuñado, al que venció y mató en la batalla de Tamarón (Burgos) 1037. El reino de León, correspondiente a Sancha, pasó a Fernando por ser su marido, que se convirtió en Fernando I Rey de León, de Castilla, de Asturias y de Galicia.

Fernando I no tenía sentido de Estado moderno, sino que concebía su reino como territorio feudal, y gobernó sus territorios mediante merinos, tenentes y dominantes para los nuevos territorios castellanos, y mediante condes en Galicia, Asturias, Carrión (Palencia-Cantabria) y León. Al morir en 1065, dejó sus tierras divididas entre sus tres hijos: A Sancho le dejó el Reino de Castilla, que aparecía por primera vez como reino, a Alfonso le dejó el Reino de León, y a García le dejo el Reino de Galicia.

Se distinguían inicialmente los antiguos reinos de Castilla, León, Asturias y Galicia, de los nuevos territorios de la Extremadura Leonesa (Salamanca) y la Extremadura Castellana (Soria, Segovia y Ávila). Extremadura significa territorio de frontera.

Los territorios de frontera o extremaduras, eran gobernados por Adelantados, gobernantes que disponían de fuerza militar a su servicio, y que fueron fundamentales en las conquistas de Extremadura y Andalucía. También se situó en las extremaduras a las Ordenes Militares, a fin de que tuvieran sentido los trabajos de fortificación de los monjes soldado. En las extremaduras, los musulmanes habían sido expulsados y las tierras y casas se habían repartido para los nuevos pobladores, y el Rey se había quedado con gran parte de ellas.

Los Adelantados disponían de una fuerza militar considerable. El territorio gobernado por un Adelantado era extenso, normalmente mucho mayor que el de los condes y mayor que el que habían tenido los Merinos (que tendieron a desaparecer). Había Adelantados en Galicia, León-Asturias, Castilla, Guipúzcoa, recuerdo de otros tiempos, pero sobre todo en la mitad sur peninsular, territorios de conquista sobre los musulmanes. El Adelantado guardaba el orden público, las iglesias, los caminos, e impedía que los nobles construyeran castillos y fortalezas que pudieran suponer un peligro para el Rey. También hacía las movilizaciones de soldados cuando se lo pedía el Rey.

Un caso especial en Castilla fueron las tierras tomadas a cristianos, los Señoríos de Vizcaya y de Molina, los de Galicia y Asturias, que conservaban sus fueros y usos, sus instituciones y sus propiedades. Los territorios viejos estaban gobernados por Merinos, y cada territorio de éstos se llamaba “merindad”. El Merino debía ser un hombre de buena fama, tenido por bueno en la opinión de la gente, pues debía vigilar el orden público, los caminos y la justicia. Pronto se creó el Merino Mayor, para vigilar la administración de justicia, y remover Merinos que caían en corrupción o delincuencia. En 1329 se decidió que el Merino fuera siempre acompañado de dos Alcaldes Mayores, los cuales le acompañaban para que no se excediera en sus funciones gubernativas. Los Merinos estuvieron sobre todo en Galicia, Asturias, Cantabria y Guipúzcoa.

Como resultado del proceso de la Reconquista, aparecieron en España muchos territorios diversos, los cuales dieron personalidad a España para siempre: Una unidad en la diversidad.

 

 

PORTUGAL MEDIEVAL.

 

Portugal era inicialmente parte del reino de Galicia, Asturias y León. El Reino de León apareció en 901. Los territorios en torno a Braga y Oporto se convirtieron en un condado dependiente del rey de León. Comprendía los territorios entre el Miño y el Duero. En 1070 las conquistas por el sur habían avanzado y por ello los nobles eran muy ricos en ese condado. En 1096, unos caballeros borgoñones (franceses) se declararon cruzados y se hicieron los amos del territorio (las cruzadas fueron un fenómeno extraño, que muy pocas veces se dirigió a reconquistar Jerusalén). En 1139, este condado se declaró independiente, lo que significó que Galicia perdió contacto con la frontera musulmana y quedó excluida de las conquistas. En 1147 se conquistó Lisboa, otro gran avance contra los musulmanes y negocio para los nobles cristianos. Portugal fue el Estado que conquistó la parte occidental peninsular a lo largo del XII y XIII. Cuando nacionalizó las órdenes de Calatrava y de Santiago y sus bienes, en el XIII, y creó la Orden de Avis al servicio de la monarquía portuguesa, ésta aparecía como muy rica y poderosa, pero no tanto como Castilla.

 

 

LOS TERRITORIOS MUSULMANES.

 

Los territorios musulmanes de Al Andalus eran muy diversos, sobre todo en cuanto a grupos sociales: además de la dinastía Omeya de procedencia árabe, estaban los grandes señores venidos de Siria, capitanes del ejército y luego señores de la tierra que se establecieron donde quisieron, en Andalucía, Murcia, Valencia y Zaragoza, y vivían exigiendo tributos a los demás, y que no serían más allá de unas docenas; estaban los jefes militares bereberes, reclutadores de ejércitos en el Magreb, que se hacían pagar sus servicios mediante la entrega de tierras, normalmente en zonas de la alta Andalucía, submeseta sur y valle del Ebro; estaban los simples soldados que recibían parte del botín de guerra, pero reducido a lo suficiente para vivir; estaba la población musulmana corriente, no militar, con muy pocas posesiones y muchas cargas sobre ellos; y estaba la población sometida cristiana (romana) que debía pagar tributos a todos estos citados, y además tributos especiales por no ser musulmanes. Tal vez deberíamos citar a un núcleo no muy numeroso, pero sí importante, los judíos, que como gente instruida era útil para todos, para los cristianos y para los musulmanes, en cuanto a comunicaciones escritas, relaciones internacionales y préstamos. La desigualdad social era la norma. Y ello generaba inestabilidad política, en cuanto las fuerzas militares no eran demasiado fuertes y capaces de someterles a todos.

El Califato fue una época feliz en la segunda mitad del VIII y en el siglo IX, pero luego sobrevinieron varias veces los reinos de Taifas, en los que cada señor actuaba independientemente. Y no era raro que los cristianos luchasen contra cristianos en el norte, que los musulmanes luchasen contra musulmanes en el sur, que los musulmanes luchasen a favor de un reino cristiano en una guerra entre cristianos, o que los cristianos luchasen a favor de un reino musulmán en una guerra entre musulmanes (caso del Cid Campeador). Las diferencias militares entre territorios musulmanes y territorios cristianos no estaban claras, y no había menos diferencias entre los unos que entre los otros.

Entre los cristianos, menos cultos, se fue imponiendo la intolerancia religiosa, y entre los musulmanes apareció la misma tendencia. Y la superioridad moral y cultural musulmana desapareció. Desde entonces apareció el concepto de una Hispania cristiana que debía acabar con el Al Andalus musulmán.

Los cristianos decidieron en un momento dado, en la segunda mitad del XII, que los musulmanes no tenían derecho a ocupar las tierras del sur, que eran infieles y que se les debía arrebatar la tierra y los bienes. En territorio cristiano, cuando se atacaban entre sí, debían respetar la propiedad y los fueros preexistentes, pero en territorio de infieles todo era arrebatado a sus poseedores y repartido entre los vencedores, previa separación del quinto del Rey. El gran negocio de los cristianos era ir a la conquista de territorios musulmanes, de donde podían volver con un patrimonio. Era lo mismo que habían hecho los visigodos en el VI sobre los que se consideraban todavía romanos, y lo que hicieron los musulmanes en el VIII sobre los visigodos. Era la norma en un tiempo difícil. Es lo mismo que hicieron los Estados Unidos en el XVIII respecto a los indios en el Oeste de sus posesiones en la Trece Colonias. Y otra vez lo repitieron al tomar Texas a los mejicanos.

Aragón y Cataluña tuvieron su campo de conquistas en Valencia y en Mallorca. Castilla tuvo su campo de conquistas en el valle del Tajo, valle del Guadiana, valle del Guadalquivir, y costa mediterránea desde Cádiz hasta Murcia. Portugal tuvo su campo de conquistas en el valle bajo del Tajo, y más allá del Tajo, el Alenteio y el Algarbe.

El negocio era tan bueno, que pensaron continuarlo más al sur del Estrecho de Gibraltar, pero el territorio del Atlas era demasiado abrupto y de poco rendimiento económico, y se conformaron con los puertos del norte de África.

Donde la población laboral era escasa, los conquistadores impusieron ganadería extensiva sobre grandes territorios. Donde la población era abundante, la expulsaron de las ciudades y la redujeron a trabajadores del campo. El resto debían abandonar la zona y marcharse hacia África.

Los grandes contingentes de bereberes y soldados norteafricanos llegados en los siglos anteriores y que se habían repartido el territorio de Al Andalus, volvieron a menudo a África, aunque seguramente no a sus poblados de origen.

Los cristianos invasores se convirtieron en ciudadanos de primera clase, cristianos viejos, mientras el resto de la población podía acceder a la condición de conversos, siempre vigilados y siempre con menos derechos que los cristianos viejos, o vivir en zonas recónditas alejados de la sociedad urbana y comercial del resto del país.

 

 

[1] Artola Gallego, Miguel. La Monarquía en España. Alianza Editorial. Historia y Geografía. 1999.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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