EL ESTADO NACIONAL del XIX.

 

Conceptos clave: nación,

 

Nación es un conjunto de ciudadanos que se sienten solidarios en torno a la idea de constituir un colectivo con identidad propia, cultural, histórica, lingüística, geográfica y económica, e incluso de raza y religión. Las ideas de cohesión son escogidas por ellos mismos, y cada colectivo nacional aparece distinto a los demás. Este conjunto de ciudadanos aspira a desarrollarse políticamente con instituciones políticas propias con unas características determinadas. Hasta ahí, todos estamos de acuerdo. El problema que se genera es si tiene derecho a la soberanía, lo cual fue difundido por los Estados Unidos de cara a proclamar su independencia, pero la idea, irracional desde el momento en que se cree en el nacionalismo, deviene muchas veces en el absurdo, o en corruptelas al servicio de intereses de lo más extraño.

La creencia en el nacionalismo es fabricada por determinados grupos interesados en algún proyecto, y puede dirigirse a diversos fines, como pueden ser la integración de territorios, o también a todo lo contrario, escisión territorial. La integración suele responder a intereses comerciales, a veces a intereses imperialistas o de ampliación del territorio. La desintegración suele ser el arma de tendencias políticas minoritarias, que no tienen esperanza de triunfo en el conjunto del Estado, pero esperan tener una oportunidad en alguna de sus partes una vez separada del conjunto.

Los instrumentos de generación del sentimiento nacional suelen ser irracionales, mediante apelación a sucesos, no siempre verdaderos, convenientemente maquillados y siempre mitificados, entre los que destaca la religión y el victimismo político. Los llamamientos de este tipo, tienen gran éxito popular sobre todo cuando coinciden con intereses religiosos, y han sido muy utilizados por diversos colectivos y personalidades. En España, la más importante utilización del sentimiento popular la hizo la Iglesia del XIX, llamando al victimismo por haber sido supuestamente maltratada por la ilustración del XVIII y luego por la desamortización durante el liberalismo del XIX. Pero enseguida se sumaron los colectivos que habían perdido sus influencias sociales en la Ilustración y en las reformas liberales del XIX, y aparecieron muchos intentos de creación de nacionalismos. Europa tuvo movimientos similares. El resto del mundo también.

Los difusores de este sentimentalismo romántico nacionalista suelen ser los sacerdotes y los maestros y profesores de enseñanza media. Los líderes aparecen entre las clases medias bajas.

La irracionalidad nacionalista fue fuertemente robustecida por la declaración estadounidense de que todo pueblo tiene derecho a constituirse como Estado, y la subsiguiente declaración de que apoyarían a los pueblos que lucharan por su independencia. Se referían a los pueblos americanos, en donde les convenía expulsar a España para instalarse ellos como empresarios capitalistas, pero la manifestación no precisaba estos extremos. Desde entonces, esta falacia es utilizada por todos los nacionalismos del mundo para justificar su violencia.

 

 

El Volkgeist.

 

El primer problema que se planteó en el XIX, es si esa asociación de personas era voluntaria buscando una cohesión política, o como decía Herder, era involuntaria, irracional y anterior a los propios individuos, es decir, propia del Volkgeist. El Volkgeist es un espíritu con vida propia, que toma la fuerza de los seres vivos que lo comparten, y pervive a través de las generaciones, transformando las mentes de los hombres a través de las tradiciones y costumbres populares. El espíritu tiene vida por sí mismo, mientras los hombres que integran el pueblo son realizaciones circunstanciales y prescindibles, al servicio del Volkgeist.

En todo caso, estos grupos reivindicarían el derecho de autodeterminación como principio de libertad frente a una nación extraña a ellos, y lo entienden como el derecho de toda nación a expresarse por sí misma aun dentro del Estado.

Estas ideas se desarrollaron en el XIX: en 1836, el austriaco Leopold von Ranke reconoció la tendencia de las naciones a ser Estados. Y Giuseppe Mazzini, Pascuale Stanislao Mancini, Terenzio Mamiani, y Juan Gaspar Bluntschli definieron el principio político de nacionalidad, por el que el mundo estaba dividido en una serie de nacionalidades y cada nación tenía derecho a constituirse como Estado hasta poder identificarse las ideas de Estado y Nación, una a una.

Marx y Engels vieron el nacionalismo como una fuerza histórica positiva, progresista, al igual que la revolución burguesa, pues servían para destruir el feudalismo y dar paso a la sociedad socialista futura. Pero luego matizaron su opinión en cuanto que las unificaciones nacionales favorecían la acción del proletariado, mientras que las divisiones en Estados más pequeñas impedían una coordinación de éste. En este punto, emitieron un juicio subjetivo y optimista, de que las tensiones nacionalistas desaparecerían con el tiempo y con la madurez industrial y comercial. A final de siglo, Engels hizo una frase lapidaria, sin más significado que el que se le quiera dar en cada momento, de que “una nación no puede ser verdaderamente libre mientras continua oprimiendo a otras naciones”, lo que le sirvió para no entrar en el fondo del problema, al tiempo que alentaba todas las revoluciones en marcha. En el fondo, no estaba diciendo otra cosa sino que legalizaran el comunismo. Lenin nos daría la verdadera significación de la frase, imponiendo la “dictadura del proletariado” que incluía opresión contra todos los pensamientos disidentes del comunismo.

A finales del siglo XIX, apareció un dogmatismo en el que algunos consideraban el derecho de las naciones avanzadas a imponerse sobre las más atrasadas técnica y culturalmente. Los socialistas participaban de la misma idea, pero no en favor del capitalismo, sino para el comunismo: consideraban que las naciones capaces de hacer la revolución social y luchar por el progreso social, tenían derecho a intervenir en las demás. Esta última idea llevó a los socialistas a varios fracasos, pues cuando decidían que una nación estaba repleta de luchadores por la justicia y el progreso, les resultaba a veces que los hechos demostraban lo contrario y tenían que condenar una revolución, como fue el caso de Polonia de 1880. A final de siglo, Engels le dijo a Berstein que el movimiento proletario tenía preferencia sobre la emancipación nacional de los pueblos. Y cuando Bismarck creó una Alemania potente, Engels creyó que ello sería muy positivo pues el pensamiento alemán triunfaría en Europa y sería más fácil la revolución. En suma, para el socialismo de Engels, las revoluciones nacionales que les favorecían a los socialistas eran buenas y las que les perjudicaban eran malas, lo cual quiere decir que no vio en profundidad la importancia del problema del Estado Nacional. Acabaron calificando al nacionalismo de burgués, producto del capitalismo que querían abolir. Los textos de la II Internacional son contradictorios desde un punto de vista científico.

La Segunda Internacional apoyó la independencia de los países balcánicos y la liberación de Noruega frente a Suecia, porque creyeron ver en ello una ventaja para los comunistas.

Rosa Luxemburgo, Kautski y Berstein tuvieron ideas muy diferentes sobre el tema. Rosa Luxemburgo rechazaba que los obreros apoyasen a los movimientos nacionalistas y decían que los obreros deberían respetar las fronteras existentes, para hacer en ellas la revolución social del proletariado. Kautski decía que los Estados eran simples accesorios que no interferirían en el progreso de la liberación socialista. Podían ser incluso una fase en esa revolución. También creía que convertir en Estados todos los territorios europeos que tenían distinta lengua, era una pérdida de tiempo en el proceso revolucionario general.

Más compleja era la idea de Berstein sobre el nacionalismo. Berstein distinguía entre Estados que gobernaban pueblos con alto grado de desarrollo cultural, y pueblos enemigos de la cultura o incapaces para aculturarse. Los pueblos con gran riqueza cultural tenían derecho a cultivar su propia cultura, pero los pueblos del otro tipo no merecían la pena, ni mucho menos gastar energías en su independencia nacional. Y si las luchas de estos últimos pueblos ponían en peligro los avances culturales de los pueblos avanzados, entonces el nacionalismo se convertía en una fuerza negativa. El desarrollo económico de un territorio y la riqueza bien repartida entre sus miembros, era un factor cultural a respetar.

En 1919, la Internacional se opuso a las modificaciones territoriales que se negociaban en la Paz de París, porque decía que los nuevos Estados eran supuestamente independientes, pero en realidad inviables, y que las anexiones eran una injusticia desde el principio. Los comunistas solicitaron el derecho de autodeterminación de los pueblos. Pero la aplicación unilateral del derecho de autodeterminación aplicado en los Tratados de París fue igualmente criticado por manifiesto falseamiento de la realidad. Los bolcheviques acabaron acusando a los occidentales de imperialistas en el sentido más peyorativo de la palabra, explotadores, enemigos de la revolución proletaria… porque el cordón sanitario de Europa oriental (Polonia, Hungría, Rumanía y Bulgaria) no les gustó nada. A partir de 1949 aceptaron la realidad nacional de los pequeños Estados del cordón sanitario, y trataron de luchar por extender en ellos el comunismo, pero fracasaron estrepitosamente y, en 1989, el fracaso arrastró a todo el sistema comunista ruso.

En conclusión, el nacionalismo es un arma política en manos de cualquier tendencia política, sea ésta de derechas o de izquierdas. Es un instrumento poderoso que todos han descubierto, porque arrastra a las masas de formación intelectual media, que se creen más preparadas que la masa inculta baja, pero que no han alcanzado una formación adecuada de la personalidad.

 

 

Contradicciones nacionalistas.

 

Una contradicción del nacionalismo, es reivindicar el derecho de una comunidad a constituirse como Estado, al tiempo que declaran su derecho a absorber otras comunidades que vivan dentro del territorio de ese Estado que reivindican. Es decir, que es imposible definir o limitar el espacio geográfico y numérico de los integrantes de la nación, y son los propios nacionalistas los que lo hacen a su capricho. Si todos los que se sienten diferentes son una nación, llegamos al absurdo que cada comunidad de vecinos y hasta los vecinos del mismo rellano de escalera de vecinos pueden reivindicar para sí los mismos principios de singularidad. Y si aceptamos que unos pueden ser sometidos y otros tienen derecho a su autodeterminación, nunca llegaremos al acuerdo de quiénes son los unos y los otros. Cualquier nacionalista afirmará que su grupo tiene perfectamente delimitado el territorio y la población afectada, pero ello responde al dicho “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.

Otra contradicción del nacionalismo es que afirma que el movimiento nacionalista encarna la voluntad del pueblo afectado, lo cual es imposible. Para solventar esta contradicción, inventan la teoría de los intérpretes del espíritu nacionalista, y un grupo de nacionalistas es declarado imbuido por el espíritu nacional, mientras los demás están equivocados. Los disidentes son eliminados, apartados de la dirección del movimiento, sometidos a escraches, eliminados físicamente en algunos casos. Y como siempre hay diversas opiniones sobre las cosas, se acaba en la proclamación de un líder que encarna al espíritu nacional, un profeta del nuevo reino. Y aparece inevitablemente la dictadura del pensamiento único. Con lo cual, lo que iba a ser en principio expresión de la voluntad de todos, acaba siendo expresión de la voluntad de una sola persona o de un grupo minoritario de nacionalistas.

A partir de estas dos contradicciones básicas, surgen multitud de contradicciones, en el devenir diario, pues el pensamiento del jefe o líder resulta único, sus acciones deben ser aplaudidas siempre, y sus equivocaciones deben ser alabadas como grandes aciertos, o atribuidas a otros si es evidente el fallo, a los enemigos del sistema nacionalista, enemigos que resultan necesarios a toda dictadura nacionalista, y que pueden reales o inventados.

Los Estados más desarrollados económicamente, suelen reivindicar para sí el Estado Nacional, y reclaman unos territorios que, en parte e incluso en su mayor parte, están habitados por otras gentes no creyentes en el Estado nacional. El problema es qué hacer con la población de esos territorios. Someterlos es una contradicción con las ideas de liberalismo, progreso y justicia social. Expulsarlos es peor todavía.

El Estado Nacional de fines del XIX se convirtió enseguida en una creación burguesa al servicio de intereses burgueses, en el peor sentido de la palabra, aunque aparentaba en principio buscar libertades e incluso socialismos, que sólo existían en la imaginación de algunos líderes nacionalistas.

A principios del XX, los comunistas difundieron un nuevo nacionalismo en torno a la idea comunista, con dogmas obligatorios, con reeducaciones de disidentes, con santos de cuerpo incorrupto a los que se debía visitar, con catecismos de conocimiento obligado… Tan parecido a una religión, que asustaba el oír que se oponían a toda religión.

 

 

Los nacionalismos del XIX.

 

En el espacio europeo, donde surgieron estas ideas nacionalistas, había tres tipos de situaciones:

Los Estados constituidos desde el XV, que habían tenido una convivencia jurídica y política durante los últimos trescientos o cuatrocientos años. Estos evolucionaban al Estado Nacional dotándose de instituciones adecuadas, que dieran derechos iguales a todos los ciudadanos.

Los Estados italiano y alemán, surgidos a partir de pueblos que, con una economía y lengua similares, habían permanecido sin Estado común. Podíamos incluir Polonia.

Las naciones sometidas por los imperios orientales, que tenían su propio idioma, costumbres y hasta instituciones jurídicas y administrativas. En este caso, la debilidad del imperio turco otomano hacía que las potencias occidentales estuvieran dispuestas a apoyar a los movimientos secesionistas en cuanto veían la posibilidad de ganar territorios y mercados. Y por otra parte, los pueblos situados en las fronteras de los grandes imperios, ruso, otomano y austríaco, tenían la oportunidad de jugar con su posición entre Estados diversos e incluso de modificar sus fronteras y engullir a otros pueblos vecinos.

Algo parecido a lo que sucedía en oriente europeo, ocurría también en las fronteras entre los Estados occidentales, como era el caso de Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Noruega…

La aparición de Italia en 1860 y de Alemania en 1870, cambió el equilibrio político europeo, antes liderado netamente por occidente. Aparecían las potencias centrales. Italia suprimió los Estados anteriores a la constitución del Estado italiano haciéndolos desaparecer en la centralización de tipo occidental. Alemania creó un nacionalismo de segunda clase, los Estados particulares, sometidos al Estado de la gran nación, Alemania. Y, al delimitar fronteras, territorios que siempre se habían creído alemanes quedaron fuera del nuevo Estado (Sudetes, Bohemia, Moravia), mientras otros que nunca se habían identificado con los alemanes quedaban dentro. Los casos de Suiza y Holanda son particularmente complicados y sólo explicables por intereses económicos muy concretos.

Al final se concluye que es imposible obtener una población homogénea dentro de un Estado Nacional. Que la idea sólo es un ideal, un mito al que se tiende, un convencionalismo. Por el camino se quedan muchos muertos y muchos represaliados. Y el juicio general que se puede hacer sobre los nacionalismos es que son un retroceso cultural muy importante en la cultura occidental.

Pero también hay que decir que el nacionalismo es un lazo de unión muy fuerte entre las familias y los individuos, y que puede ser utilizado en la lucha contra las dictaduras, junto al lazo de la religión, otro de los mensajes que unen a grupos muy importantes. Ninguna de estas armas sociales debe ser despreciada. Están presentes siempre y no tienen visos de desaparecer algún día.

 

 

Colonialismo.

 

Y llegados a este punto, la idea se contagió a las colonias, y los Estados desarrollados (europeos y americanos) tuvieron la ocurrencia de crear Estados nacionales en donde sólo había tribus, para así explotar mejor esas tierras, a las que declaraban ya libres del colonialismo, en lo que se llamó neocolonialismo o imperialismo económico. Las minorías más poderosas de esas agrupaciones humanas, sintieron la tentación de someter territorios y etnias para hacer grandes fortunas o conseguir grandes “glorias nacionales”. Se produjo el absurdo, la práctica del autoritarismo más feroz, bajo la bandera de liberación de los pueblos.

 

 

Nacionalismos del XX.

 

El nacionalismo puede ser utilizado para disgregar los más fuertes Estados, por ejemplo la URSS, y también se puede utilizar contra el Estado democrático de Francia, Gran Bretaña, Alemania o España.

El desarrollo económico supranacional ha dejado obsoletas las pretensiones nacionalistas pequeño burguesas, pues un pequeño Estado no puede tener futuro en el campo de las grandes inversiones y decisiones de empresa de final del XX y del siglo XXI. Los burgueses ya están actuando de modo supranacional. La contención de los abusos de las multinacionales sólo será posible con instituciones supranacionales.

Los burgueses que apoyaban estos movimientos nacionalistas, pequeño burgueses que querían quitarse de en medio la competencia de la gran empresa de ámbito estatal unitario, comprobaron en el XX que no tenían ninguna oportunidad en un mundo regido desde cualquier parte, por empresas radicadas en América, Asia o cualquier ciudad europea o africana, por lejana que esté, desde cualquier país, sea este considerado potente o subdesarrollado. En el siglo XXI ha sorprendido el caso de Irlanda, un país marginal europeo, como sede de muchas multinacionales. Ello ha dado lugar a la idea de uniones, de las cuales la más importante es la Unión Europea, pero hay también uniones económicas americanas, asiáticas y africanas.

El gran nacionalismo integrador de Estados, no ha hecho desaparecer los pequeños nacionalismos desintegradores, que son la oportunidad para disidentes. Se puede tratar de disidentes económicos, disidentes políticos, cuyo objetivo es la destrucción del poder constituido, a fin de tener ellos su oportunidad.

La etapa romántica de la teoría del Estado Nacional parecía acabar en 1918, tras la Primera Guerra Mundial, cuando se vio que el acceso de los pueblos balcánicos a tener cada uno su propio Estado no equivalía a encontrar la paz y el progreso, sino que era nueva fuente de conflictos. Entonces empezó a hablarse de los derechos de las minorías dentro de los Estados ya constituidos. Sacrificar el progreso jurídico y de derechos humanos ya conseguido y constatado en un Estado grande, para crear la expectativa de unos derechos en Estados más pequeños segregados de él, no es una actitud tan positiva como se pensaba a fines del XIX. Incluso pudiera resultar completamente negativa. Entonces se empezaron a analizar los distintos procesos de nacimiento y formación de los Estados Nacionales, y a hacer un estudio comparado entre Estados. Resulta interesante el papel de la política exterior, interés de potencias extranjeras en la disgregación de un Estado y en la tutela de otro naciente. Así mismo, el papel de la diplomacia internacional en el nacimiento del Estado. También es preciso estudiar el papel del nacionalismo interior frente a esa tutela exterior siempre presente en mayor o menor grado. Otro campo de investigación es la capacidad de organización interna del nuevo Estado. Igualmente las ideologías que han llevado al triunfo de los partidarios del nuevo Estado.

El asunto nacionalista balcánico quedó cortado de raíz al imponerse los comunistas sobre los pueblos balcánicos. Pero he aquí que resurgió a partir de 1989 como si nada hubiera ocurrido en 60 años. La represión comunista había dado vida a los sentimientos nacionalistas, en vez de eliminarlos.

Llegados a este punto, el estudio del nacionalismo se hizo mucho más científico y racional que lo que se habían planteado los nacionalistas del XIX. Pero se puede ir mucho más allá, como ocurrió en tiempos de la Segunda Guerra Mundial: se estudiaron entonces los factores sociales y económicos que intervenían en la formación de un Estado, las clases sociales que resultaban beneficiadas, los perjuicios que se infringían al pueblo mientras se le hablaba de libertades y progreso nacional, los sacrificios económicos que se hacían para llevar adelante la creación de un nuevo Estado perdiendo las ventajas comerciales y protección militar y comercial que daba el Estado originario.

Entonces surgieron muchos temas, como hasta qué grado crecen las oportunidades de emancipación social, los derechos individuales realmente ejercibles por el ciudadano gracias a la protección de Estado, el progreso económico de las clases menos favorecidas, la superación de problemas históricos reales y de larga duración en regiones de ese Estado (escuela, sanidad, justicia, atención a tercera edad). Un ejemplo claro de estas nuevas concepciones nacionales es el campo de las lenguas, estudiar si el cultivo de viejas lenguas ya casi olvidadas o reducidas a espacios mínimos, sirve para el progreso y respeto entre los ciudadanos o para la confrontación y la violencia entre ellos. La lengua puede servir para ambas cosas, pero la cuestión es para qué se ha utilizado realmente en una situación concreta.

En España, debido a la diversidad de la que provienen las instituciones que conformaron el Estado español, hay opiniones contradictorias sobre la existencia de naciones diferentes en Galicia, León, País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia, Baleares, Andalucía y Canarias, pero también hay pequeñas asociaciones nacionalistas en el resto de las regiones no citadas en la anterior enumeración.

 

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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