LA SOCIEDAD URBANA ESPAÑOLA EN EL XVIII.

 

Algunos indianos encontraban Madrid muy diferente a lo que creían que iban a encontrar y la describían como pobre, de calles estrechas, y muy sucia. Es un indicador de la poca evolución de la sociedad urbana española. Si se comparaba con París o Londres, era más evidente el retraso de Madrid. Y si se trataba del resto de las ciudades españolas, todavía se percibía un mayor retraso en condiciones urbanísticas, comunicaciones y comercio. Tal vez Cádiz y Barcelona mostraban apuntes de modernidad. El conjunto de España estaba anclado en el pasado.

La población urbana española creció en el XVIII al mismo ritmo que la población rural, por lo que la proporción entre ambas apenas varió. Fueron excepciones dos ciudades que tuvieron gran crecimiento: Cádiz que pasó de 30.000 habitantes a principios de siglo, a 70.000 a fines del XVIII, y Barcelona que llegó a los 100.000 habitantes.

Propiamente y según Vicens, burgueses sólo habría en unos pocos lugares de España como Madrid, Barcelona, Valencia, Alicante, Cádiz, Málaga, Sevilla, La Coruña, Gijón, Santander, Bilbao, San Sebastián y quizás Zaragoza. Pierre Vilar estaría dispuesto a admitir que existiera algún burgués más en ciudades del interior, sobre todo si nos referimos a la segunda mitad del siglo XVIII.

En Cádiz, los burgueses se dedicaban al comercio al por mayor, pero el grupo social fuerte en Cádiz fueron los sacerdotes y nobles, que no eran burgueses en sentido estricto. Cádiz prosperó durante el XVIII, sobre todo desde que en 1778 se llevó de Sevilla la Casa de Contratación. Como, además, tenía los astilleros y arsenales de la Armada, se convirtió en el puerto para América. Su decadencia empezó con la guerra de 1796, sobre todo porque nunca se industrializó, y al decaer el comercio lo estaba perdiendo todo. Tenía unos 70.000 habitantes.

Bilbao era el puerto exportador de lana y de mineral de hierro, por donde salían 25.000 sacos de lana al año. Pero nunca fue una referencia internacional, sino que sus relaciones con Francia y con Inglaterra fueron limitadas. Se había acostumbrado a vivir de los privilegios vizcaínos y de las exenciones arancelarias que le permitían las aduanas colocadas en el Ebro, y dependía en todo momento de decisiones políticas externas.

En Barcelona los burgueses eran industriales y comerciaban con vino, aguardiente y almendras. Barcelona se abrió al comercio en el XVIII, pasando de actividades comerciales en el Mediterráneo, al gran comercio que se estaba realizando en el Atlántico. Hacia 1772 se fundó la Compañía de Hilados de Algodón, que además de hilados hacía telas de algodón estampadas llamadas indianas o cotonadas, y estaba integrada por 25 miembros o socios que fueron el germen de la industria textil catalana. Pretendían vender los estampados o indianas en América, aprovechando agentes que vendían aguardiente y vino. En 1799 se creará el Cuerpo de Fábricas de Tejidos e Hilados de Algodón, con más de 50 miembros o socios. Estas compañías tienen el valor de superar el concepto español de que estos trabajos manuales eran viles, e incluso eran inscritos en los catastros como “vagos”. En 1800, Barcelona tendría unos 100.000 habitantes.

En Valencia los burgueses serían unos pocos maestros gremiales y unos pocos comerciantes.

En Madrid los burgueses serían unos cuantos asentistas propietarios de muchas viviendas, comerciantes al por mayor, maestros de gremios, todos ellos agrupados en los Cinco Gremios Mayores de Madrid. Madrid en el siglo XVIII no tenía edificios monumentales, ni universidad, ni sede episcopal, ni grandes instituciones económicas. Tenía el Gobierno de España y del Imperio español, el mayor generador de puestos de trabajo de España. En 1600 tendría 85.000 habitantes; en 1743, 111.268 habitantes; y en 1799, 184.404 habitantes. El campo, alrededor de Madrid, era mísero y estaba desolado. Aranda pavimentó Madrid, o iluminó, diseñó el Paseo del Prado, paseo que separaba la ciudad de El Buen Retiro, y planificó la Puerta de Alcalá. Lo característico de Madrid era la multitud de posadas y tiendas de aspecto pobre, y también las casas que se alquilaban a extranjeros, nobles y eclesiásticos venidos de fuera. Aparte de eso, había muchos sastres y zapateros que vivían de que la gente necesitaba ropa adecuada para moverse por la Corte. El resto de las actividades económicas eran muy pobres. No obstante, la simple actividad de dar de comer, dormir, vestir y calzar a los transeúntes, creaba una demanda comercial importante.

Sevilla estaba condicionada por la estructura agraria andaluza, de la cual dependía muy directamente: las malas cosechas andaluzas repercutían en bajo nivel de negocios por falta de venta en el entorno. La pérdida de la Casa de Contratación fue un golpe muy duro para la ciudad. Era un centro administrativo territorial con un sector artesano importante, sobre todo la Real Fábrica de Tabaco que daba trabajo a unos 1.000 obreros. Sevilla tendría unos 85.000 habitantes en 1800.

De todos ellos, sólo en Barcelona y en Bilbao, tendrían los comerciantes alguna presencia importante en el gobierno municipal.

 

 

La incipiente clase burguesa del XVIII.

 

Algunas veces se llama burgueses, y se utiliza mal este término para la Edad Media y principios de la Moderna, a las profesiones liberales y propietarios de tierra medianos y pequeños, que no lo son estrictamente. También se asimila a la clase burguesa a los hidalgos. Burgueses propiamente dichos son los comerciantes al por mayor y a gran distancia, los banqueros, los amos de los talleres artesanales. En estos casos, los autores que tratan estos temas, cuando utilizan el término burgueses, se refieren a clases medias.

Según Gonzalo Anes, Josep Fontana, Vicente Palacio Atard y Vicens Vives, en el siglo XVIII español, ni existían grupos importantes de burgueses, ni existía conciencia de clase burguesa. Los burgueses aspiraban a ser nobles e imitaban las formas de vida de éstos. Se enriquecían en el comercio y en la producción manufacturera y sus ahorros los colocaban en tierras, el valor más seguro de la época, pues muy pocos confiaban en los negocios que un día les enriquecían y otro les arruinaban.

Si hubiera existido una clase burguesa fuerte, España hubiera evolucionado, casi con toda seguridad, como otros países de Europa occidental. El decreto de dignificación del trabajo indica que había burguesía en España, pero la pregunta que surge es que si los burgueses querían de verdad el cambio hacia una sociedad burguesa, o simplemente querían mantener los negocios que les daban dinero, al tiempo que compraban títulos nobiliarios que deseaban disfrutar u ostentar.

Según Fontana, hubo un pacto tácito de reparto de la riqueza por el que los nobles y la Iglesia se quedaban con el campo, y la burguesía con el comercio colonial. A partir de este pacto, gobernaban juntos, siendo ambos conscientes de su diversidad de intereses y de lo mucho que los separaba. Pero a ambos les convenía evitar enfrentamientos y, así, podían mantener cada uno sus monopolios: los fabricantes de tejidos sabían que tenían vendida su producción en el ejército y en América a precios altos a cambio de su apoyo al régimen y su renuncia a cambiar las estructuras políticas. Igualmente sucedía a los nobles y la Iglesia que tenían vendidas sus cosechas a altos precios. Todos leían y se deleitaban con los libros franceses que hablaban de reformas, pero nadie estaba dispuesto a romper con el privilegio que el sistema les concedía.

Pierre Vilar dice que a los burgueses el feudalismo no les molestaba y el despotismo ilustrado les daba prosperidad.

En conclusión, podemos aceptar que, como dicen algunos pensadores de izquierdas, el despotismo ilustrado en España era sólo una ideología que escondía un pacto social “contrarrevolucionario” entre la burguesía y los estamentos privilegiados.

Sin embargo hay un factor que enfrentaba a los burgueses con los estamentos privilegiados. Lo capta Gonzalo Anes: Los burgueses querían invertir en tierras, y aumentar la producción agrícola para sacar provecho a esas inversiones. Pero la tierra estaba en manos muertas, de los mayorazgos, de los ayuntamientos y del clero, y era imprescindible desamortizar. Aunque también es verdad que algunos nobles deseaban disfrutar de los bienes que proporcionaba el siglo XVIII viajando a París o a otras Cortes europeas, y no podían hacerlo porque no podían vender sus fincas vinculadas al título. Casi todos los burgueses y algunos nobles hacían críticas al sistema señorial, y todos estaban de acuerdo en acabar con propios, baldíos y comunes concejiles que no pertenecían a nadie del pacto tácito.

Anes cree que la Ilustración española perduraría hasta 1833, siendo el gobierno de Fernando VII ilustrado y antiliberal. Serían los ilustrados los que se aliaron a José I, los que hicieron el Trienio Liberal y los que volvieron a partir de 1827 con Cea Bermúdez. La ideología verdaderamente burguesa estaría en el siglo XVIII en las clases medias, en un sector de esas clases medias solamente en el XVIII y se iría ampliando a lo largo del XIX.

Los burgueses se beneficiaron de la Orden de Carlos III que premiaba los méritos de los hombres independientemente de que fueran nobles, y también Carlos IV creó la Orden de las Damas Nobles de María Luisa con igual sentido. Con esos títulos, el prestigio social de los burgueses se igualaba al de los nobles y clérigos.

 

 

 

 

 

Grupos sociales urbanos.

 

La sociedad urbana era muy variada, con muchos sectores y muchas diferencias sociales dentro de cada sector social. Las diferencias sociales entre individuos de la ciudad eran mucho más acusadas que en las zonas rurales. En los estudios sociales sobre el tema se ve mucha disparidad de criterios, todos los cuales presentan muchas dificultades metodológicas:

Algunos proponen distinguir los grupos del patriciado urbano, los asalariados y las actividades “vergonzantes”.

Otros proponen como grupos sociales urbanos el patriciado urbano y burgueses, los artesanos o menestrales; el servicio doméstico; y los pobres y marginados.

 

Consideramos patriciado urbano a los hombres que tenían muchos bienes o mucha respetabilidad social, como los grandes comerciantes, grandes rentistas (nobles o no), altos funcionarios del Estado, profesiones liberales y maestros artesanos con talleres propios. Pero dentro de cada grupo citado hay muy ricos, ricos, pobres y muy pobres. Las profesiones liberales contaban con pocos individuos, también de condición económica muy diversa.

Los asalariados comprenderían los aprendices de los talleres artesanales, los trabajadores de diversos oficios (artesanos o menestrales), los criados… el grupo comprendía gente rica y gente pobre, y era más heterogéneo que el del patriciado urbano.

Las actividades vergonzantes y de marginados eran los mendigos, vagabundos, gitanos, judíos, pero también los de las llamadas actividades viles como tonelero, carnicero, amolador, cardador, turdidor, curtidor, talabardero, herrero, sastre, zapatero, carpintero, pregonero, carnicero, vendedor de mondongo (entrañas), matarife, pescatero, frutero, ropavejero, bailarín, comediante, verdugo, corchete-guardia, buñolero, pastelero, bodeguero o tabernero, lacayo, mozo de mulas, alquilador de carros, caballos o mulas y similares… y eran hasta tal punto despreciados estos oficios, que muchos de estos profesionales eran extranjeros. El esfuerzo del Gobierno por dignificar estos oficios fue grande en el XVIII.

A todos ellos, creo que se deben añadir grupos fuera de clasificación como esclavos y extranjeros.

 

 

 

Los burgueses y patriciado urbano.

 

Los burgueses, a veces llamados “cibdadanos” en épocas medievales, eran dueños de industrias que no las trabajaban por su mano, y también se utilizó el término para mercaderes, cambistas, abogados, médicos, cirujanos y profesionales liberales similares. Cibdadano fue un término equivalente a burgués en la Edad Media, pero la palabra se especializó para definir a los que poseían derechos cívicos, y acabó diferenciándose para significar “natural de la localidad”. En el siglo XVIII ya no tenía sentido. El problema es si en el siglo XVIII español existía una burguesía, tal como ya lo hemos planteado en párrafos anteriores y que papel jugaba.

En el XVIII ya no existía una burguesía como la medieval. Los patricios habían alcanzado la nobleza. Los municipios habían perdido su autonomía y no eran predio de un noble. Los burgueses ya no eran un estamento intermedio entre la nobleza y el pueblo. El burgués moderno no era privilegiado, pero tampoco trabajaba con sus manos como los menestrales. Eran notorios muchos cambios.

La figura del burgués en el XVIII viene definida más bien por lo que no es. No tenía significado jurídico, sino sociológico. De hecho, el término no era de uso corriente, casi no se usaba. Se usará más en el XIX, y se hará para designar al individuo de clase media que vive en la ciudad y se sirve del proletariado para enriquecerse. Pero debemos intentar definir quiénes eran burgueses. El burgués del siglo XVIII se dedicaba a las finanzas, comercio al por mayor, profesiones liberales, altas profesiones de la Administración, y a la industria de cierta importancia.

El hombre de banca era el burgués por excelencia. El financiero era el escalón más alto de la burguesía. Su trabajo era el cambio de monedas, el giro, la banca y la especulación financiera. Se relacionaba mucho con la aristocracia, a la que tenía que financiar constantemente. Se ennoblecía con facilidad. Como negocios complementarios se hacía arrendatario de rentas reales (hasta su supresión en 1749), asentista para el ejército o el Estado de diversos géneros, armador de buques en los grandes puertos, dueño de grandes compañías de comercio o industria, prestamista financiador del Estado, bien directamente, o bien a consecuencia de conceder préstamos en el extranjero.

En un escalón más bajo que el gran financiero, estaban los financieros locales, prestamistas de provincia, cuyo nivel de fortuna era más bajo y cuyas posibilidades de prestar o iniciar negocios era mucho más reducida. Su trabajo era dar crédito a los agricultores e industriales, y con las ganancias compraba tierra, casa y deuda pública, que creía que eran valores seguros.

Los comerciantes al por mayor trabajaban en una oficina, y no tenían necesariamente tienda abierta. Estaban en lo alto de la sociedad.      Estas profesiones se beneficiarían grandemente de los decretos de liberalización del comercio de 1765 y 1778, permitiéndoles comerciar con América. Barcelona aprovechó para comerciar con Argelia y Túnez. Los comerciantes eran muy importantes, lo más importante de la burguesía, pero apenas participaban en el Gobierno Municipal, que era un predio de la nobleza. Los burgueses en general aspiraban a ser nobles, o al menos hidalgos y trataban de hacer matrimonios que les proporcionasen hidalguía, o compraban el título al rey. No tenían conciencia de clase.

Los comerciantes de la Edad Media y de la Moderna, tenían sobre sí un gran inconveniente de tipo social y moral, la condena que los eclesiásticos hacían de la usura, definiendo usura como la ganancia de los banqueros y comerciantes, a quienes se consideraba como no trabajadores, sino intercambiadores de productos, sin derecho a incrementar los precios. Esta doctrina religiosa era muy bien recibida por la mayoría de la población, pues estaban hablando de que los precios debían ser más baratos.

El concepto que se tenía sobre la usura, llevaba a que el interés del dinero fuera muy bajo, del 1,5%, y los prestamistas buscaran moralidad en la persona a quien se prestaba, y seguridad de la devolución, por encima de la alta rentabilidad.

Otro gran inconveniente para los negocios era el sentido de la honra y fama personal, la cual contaba tanto, que muchas personas preferían vivir de la mendicidad, y se declaraban mendigos de solemnidad, antes que trabajar como aguadores o barrenderos de la ciudad. En general se despreciaba la profesión de los demás y se alababa la propia, pero algunos oficios estaban muy mal considerados, y eran tachados de viles.

El comerciante de comercio abierto era un escalón por debajo del financiero-negociante, pues tener tienda abierta en comercio al detalle daba menos rendimientos que trabajar en un despacho en comercio al por mayor. El comerciante compraba y vendía productos agrícolas, pescado en salazón, vinos y aguardientes, tejidos… Difícilmente puede ser calificado de burgués. Pero algunos comerciantes supieron ir a más: Los comerciantes tendían a montar fábricas para hacerse con todo el proceso de producción, y los dueños de fábricas tendían a la comercialización del producto por los mismos motivos. En 1784, en Barcelona, la Junta General de Comercio y Fábricas tendió a unir los sectores productivos y comercializadores, destacando en ello Joaquín Roca i Batlle, un comerciante con intereses industriales, que acabaría siendo noble.

Los maestros gremiales dirigían el gremio, pero contrataban maestros de taller para dirigir sus negocios, los cuales estaban a cargo de los aprendices, que eran los trabajadores. Los maestros de taller eran una categoría inferior a los burgueses propiamente dichos y difícilmente pueden ser calificados de burgueses en el siglo XVIII.

También formarían parte de la alta sociedad, unos más arriba y otros más abajo, los grandes empresarios industriales que no trabajaba con sus manos, sino dirigía empresas, bien a título individual, o bien en sociedad o compañía por acciones, por ejemplo, los ferrones vascos, los lenceros (fabricantes de lienzos de lino) gallegos y los mercaderes de sederías toledanas. Lo normal era que no fueran propietarios completos de su empresa, aunque la dominaban completamente. Estos industriales, a veces eran rechazados por el gremio porque se habían independizado de él en un momento concreto. Fabricaban harina, refinaban azúcar, fabricaban cerveza, porcelanas, botones, metalurgia, papel y artículos textiles, y destilados diversos.

Los comerciantes se protegían asociándose en consulados y compañías de comercio:

Los consulados se revitalizaron a partir de 1758 y dejaron de ser tribunales de comercio para convertirse en instituciones de fomento de la economía local. Durante el XVIII, los consulados admitían sólo a comerciantes al por mayor, caballeros hacendados, grandes comerciantes al por menor, navieros y fabricantes. En 1785 admitieron a comerciantes al por menor. En 1829, los consulados vieron anulada su autonomía por la intervención del Estado mediante ley.

Las compañías de comercio tenían un componente social más amplio que los consulados, pero mucho menos poder económico. En los consulados, la categoría superior sería la de comerciantes de ultramarinos, mercaderes de paños, de especias, drogas, y joyas. La categoría superior se caracteriza por no hacer trabajos manuales. En la categoría inferior estarían los boticarios y cereros, gente que comercia, pero también trabaja. Estas compañías decayeron cuando en 1785 los consulados admitieron a los comerciantes al por menor.

 

Personas asimilables a esta clase burguesa, eran:

Los altos funcionarios de Chancillerías y Audiencias, jueces y militares, que dominarían el poder municipal en las grandes ciudades donde existían estos tribunales.

En este nivel social estaban también los cabildos catedralicios, arzobispos, obispos y abades, cuyos ingresos les servían para hacer préstamos, comprar casas y fincas, y adquirir deuda pública.

 

 

El papel social del patriciado urbano.

 

La riqueza del burgués, término que utilizo ahora para designar al patriciado urbano, era fundamentalmente mobiliaria, y el burgués tendía a comprar más inmuebles, tanto urbanos como rústicos, y a vivir de rentas como la nobleza importante. El que vivía de rentas podía dedicarse al gobierno de la ciudad, y así aumentaba su patrimonio, y su situación se equiparaba de hecho con la de la nobleza.

Las funciones urbanas de los burgueses eran dirigir los servicios, las industrias, la Administración, administrar las leyes, cuidar de la cultura y el pensamiento. Vivirían en las grandes ciudades, y serían muy escasos, o inexistentes en las pequeñas. En las capitales de provincia, el poder municipal seguía en manos de la nobleza tradicional.

El burgués del XVIII aspiraba a ser noble, a vivir de rentas como los nobles y a disfrutar de los privilegios que pudiera. En el futuro, buscaría su beneficio individual, entendiendo que con ello progresaba la sociedad entera, y despreciaría al noble, pero entonces estaríamos planteando la revolución burguesa, a fines del XVIII y más bien en el XIX. En el siglo XVIII, el burgués estaba a medio camino entre lo medieval, es decir, búsqueda de rentas y de nobleza, y el moderno orgullo de trabajar y enriquecerse, entendiendo que con ello le hace el mejor servicio que puede hacerle a la sociedad.

Pero existían ya algunos burgueses que buscaban exclusivamente su negocio, aumentar su riqueza, y ya no se preocupaban de títulos ni privilegios que no añadían nada al negocio, y ya no valoraban tanto las rentas agrarias, aunque éstas no dejaban de ser un valor seguro de refugio. Este burgués tenía que luchar con un ambiente en donde se mantenía el prestigio aristocrático nobiliario, lo que significaba participación de los nobles en el gobierno de la ciudad, con un sistema jurídico que defendía el orden estamental, con una mentalidad conservadora demasiado arraigada en la sociedad. El problema era que las fortunas de los burgueses no eran tan grandes como para poder desplazar a los nobles, los antiguos gobernantes municipales.

Muchos componentes del patriciado urbano eran hidalgos, hidalgos ricos, y su ideología no era antiestamental, sino sólo estaban resentidos por la barrera que veían delante de ellos para ascender estamentalmente, la mucha preparación que se les exigía frente a la realidad de que muchos ignorantes e inhábiles nobles accedían con facilidad a los cargos. Por eso eran críticos. Pero no eran revolucionarios en sentido estricto, aunque acabarían siéndolo porque no tuvieron más remedio que denunciar las situaciones de injusticia social que provocaba la nobleza respecto a ellos. La rivalidad entre nobles y burgueses, es una de las contradicciones sociales previas a la revolución burguesa.

Los más avanzados en mentalidad moderna burguesa eran algunos escritores y burócratas que tenían acceso a lecturas y participaban en tertulias con ideas nuevas, pero la realidad es muy difícil de cambiar en el corto plazo. España tenía menos desarrollado el espíritu revolucionario social que otras naciones europeas.

Si en una ciudad dominaba la nobleza o los burgueses, dependía mucho de la posición del clero, según apoyase a unos o a otros.

 

 

Burguesía e industrialización.

 

La industrialización española del XVIII es difícil de explicar. Pierre Vilar estudió el caso de Cataluña y dijo que en Cataluña habría una industria algodonera, que la agricultura y sector primario en general había gozado de un cierto progreso en la primera mitad de siglo y había logrado la obtención de los primeros excedentes en mucho tiempo lo que se traducía en la disponibilidad de pescado salado, vino, aguardiente y productos coloniales que se podían exportar. Los exportadores eran nobles, caballeros de rancio abolengo que se estaban convirtiendo en burgueses. Una crisis comercial de mediados de siglo habría lanzado a los catalanes al comercio de Las Indias, primero ilegalmente y más tarde legalmente en el último tercio de siglo, y el establecimiento de esas rutas estimularía para abrir nuevas industrias cuyo producto podría ser exportado. Los nuevos productos exportables eran las indianas fabricadas a partir de 1772 por una compañía de hilados de algodón, que evolucionaron a hilado y tejido hacia 1799. A su alrededor, surgirían una serie de pequeños industriales, artesanos y comerciantes para objetos de uso doméstico, propios de una aglomeración humana. Pero lo que no había era una conexión de estas fábricas con una red organizada de tiendas, con un mercado interior peninsular.

En el resto de España, a falta de estudios profundos, los estudiosos del siglo XX creían que era casi inexistente la industrialización, salvo los establecimientos que vivían de las subvenciones y privilegios del Estado, lo cual es una falsa industrialización, que cae en cuanto desaparecen los privilegios, y además genera corrupción.

 

 

Las clases medias urbanas

 

Las clases medias urbanas eran algunos artesanos (denominados menestrales en Aragón), gentes con un oficio manual y los que ejercían servicios terciarios: maestros artesanos, mercaderes con tienda abierta, pequeños empresarios comerciales, pequeños tenderos de barrio, escribanos judiciales que no han pasado por la Universidad, cirujanos-barberos (alternativa barata del médico), profesores universitarios no clérigos, maestros o preceptores, teólogos, trabajadores para los mercaderes y navieros de Barcelona, Valencia, Cádiz, Sevilla, Bilbao y Zaragoza, labradores acomodados, rentistas agrarios y urbanos, así como a profesionales como médicos y abogados.

Estas clases medias urbanas, una minoría social, cuando tomaban protagonismo político en la calle, eran denominados “el pueblo”. Hay que tener cuidado con la palabra “pueblo”.

La dificultad del tema estriba en había clases medias altas, próximas a la nobleza y al patriciado Urbano, y clases medias más bajas próximas a los asalariados. Si hubieran formado una piña, quizá hubieran tenido la posibilidad de alcanzar el poder en los turbulentos años de 1807 a 1814. Pero el problema era mental: se consideraba que sólo eran dignos, el trabajo sobre la tierra y la posesión de rentas derivadas de la misma. Las profesiones liberales eran consideradas menos dignas y ellos aspiraban a “subir de clase”. Por ejemplo, es preciso distinguir entre los gestores de los Talleres Reales o Reales Fábricas, los de la industria metalúrgica de Marbella, Liérganes y La Cavada, los de la hilatura catalana, que aspiraban a codearse con la nobleza, y los pequeños mercaderes locales que tenían muy poca consideración social y se enfrentaban a diario con los campesinos y artesanos por el derecho a vender directamente sus propios productos, siendo el alcalde quien decidía quién tenía derecho a vender.

En este conflicto social, hay que tener en cuenta que el propio ayuntamiento era también un vendedor y estaba implicado en estos conflictos, pues era costumbre, hasta los decretos de liberación de 1765, que los ayuntamientos se hicieran cargo de los productos de primera necesidad para regularizar su abasto (carne, cereales, pescado, jabón y aceite, por ejemplo). Este hecho condujo a una gran desorientación de almacenistas y mercaderes en 1766, con la liberación del comercio y la consiguiente crisis de Estado (Motín de Esquilache).

 

Los artesanos o menestrales que trabajaban artículos de lujo como joyas, vestidos, mobiliario, serían la élite del artesanado, y tendrían nivel adquisitivo alto.

Los artesanos españoles podían ser unos 310.000 en 1787 y 533.000 en 1797, lo que muestra que a fin de siglo y una vez declarado no degradante el trabajo, hubo una cierta reacción positiva en cuanto a este trabajo.

Los artesanos urbanos no eran una actividad secundaria, como ocurría con el agricultor que complementaba sus ingresos con la artesanía, sino que los artesanos vivían exclusivamente de su oficio.

No obstante, los artesanos rurales emigraban a la ciudad a medida que se iban roturando comunales y perdían la posibilidad de hacerse con leña y madera, con los pastos para algunos animales, o con algún cultivo en zona ilegal que complementaba sus ingresos.

Los oficios y el arte se aprendían con la práctica, por lo que se empezaba yendo a trabajar al lado de un maestro. El oficial y el aprendiz son asalariados del maestro. En el siglo XVIII, generalmente ya no vivían con su maestro, como sucedía en la Edad Media.

El acceso al grado de maestro estaba muy limitado, y generalmente no accedían a él más que los hijos de maestro. Era un cuerpo cerrado, porque los maestros tenían el poder, poder económico y municipal, y no se lo querían ceder gratuitamente a cualquier otra familia. Por una parte, el maestro estaba orgulloso de permanecer y dominar el gremio. Pero el gremio tenía demasiados inconvenientes, y todos los artesanos tendían a realizar actividades al margen de la legalidad gremial, pues era la forma de ganar dinero. Los que no practicaban esta doble vida, la oficial respetuosa con las ordenanzas y tradiciones, y la de productor furtivo que no respetaba precios ni cantidades como decía el gremio, se arruinaban, se empobrecían progresivamente hasta la ruina.

El oficial cobraba poco, porque las ordenanzas gremiales lo regulaban así. Para sobrevivir, se acoge a cofradías religiosas y fraternales, que son organismo de previsión social y ayuda mutua. Los agremiados tenían un traje específico y exclusivo del gremio, que les diferencia de otras categorías sociales más bajas.

 

Los trabajadores de servicios terciarios eran élites de personas que no trabajaban directamente para las faenas agrícolas. Nos referimos a los juristas, notarios, comerciantes ricos, clérigos y terratenientes importantes como clase superior, y también profesiones liberales más humildes, como maestros, boticarios y cirujanos, aunque algunos eran clase baja. También deberíamos incluir a los criados.

 

Entre los funcionarios había muchas diferencias sociales, profesionales y de rango administrativo.

Los funcionarios estaban en general mal pagados, excepto si ascendían a los puestos más altos de la administración y, entonces, adquirían por compra un título nobiliario. En esa misma situación estaban los militares.

Los altos cargos del funcionariado, como Secretarios Reales, miembros de los Consejos, jueces de Audiencias y Chancillerías, estaban reservados a la nobleza, que hacía su cursus honorum.

El patriciado urbano era el núcleo del funcionariado, en pugna con los nobles, pues los burgueses se consideraban tan válidos como ellos y se consideraban excluidos por razones sociales injustas. Los burgueses fueron los grandes críticos del sistema. Los que habían pasado por la universidad y pretendían cargos de funcionario eran llamados “manteístas”. Los que habían hecho su carrera ascendiendo en la administración y al servicio del ejército eran llamados “golillas”.

Los funcionarios del escalafón bajo en los altos organismos de Gobierno, donde los escribanos eran mayoría, eran de origen diverso, universitarios o no, de origen noble y de otros orígenes, y podían tener funciones directivas o no.

Los funcionarios de rango municipal, jueces locales, alguaciles y escribanos municipales, eran el rango inferior de los funcionarios.

El estamento de funcionarios cambió mucho desde el XVII, cuando se terminó con la venta de cargos públicos, los privilegios de la nobleza para ingresar en la Universidad y obtener sus títulos (incluso sin asistir a clases), y con la manera de colocarse en la Administración a través de un “padrino”, es decir, de relaciones personales. Porque hasta el siglo XVII, cada político tenía su clientela, y además había grupos “nacionales” solidarios, por ejemplo, los vasco-navarros, que se apoyaban entre paisanos, y grupos universitarios solidarios, que se apoyaban entre sí por el hecho de haber cursado estudios en la misma Universidad, dentro de los cuales podemos considerar a los religiosos católicos. Estos grupos tenían que enfrentarse entre sí para hacerse con los puestos de la Administración que iban quedando vacantes. Pero en el siglo XVIII no se había superado ese estadío.

La jubilación del Estado se daba a sueldo completo si se contaba con 30 años de servicios, y dos tercios del sueldo si se había servido 20 años.

 

Las profesiones liberales contaban con pocos individuos, y su condición económica era muy diversa. La mayoría de los estudiantes hacía carrera eclesiástica (teología) y, algunos, hacían después otros estudios. Eran muy pocos los que estudiaban medicina, derecho o se preparaban para la enseñanza universitaria.

El libre ejercicio de cualquier profesión solía acarrear desprestigio social, pues se consideraba que no servían para desempeñar un cargo público, pues los buenos profesionales trabajaban en la Administración, el Ejército o para el clero y la nobleza. No obstante, los pueblos pequeños necesitaban médico, cirujano y maestro de primeras letras, que no tenían otro oficio administrativo, y en todo caso trabajaban en la agricultura y artesanía para completar su salario.

La enseñanza universitaria estaba muy mal retribuida, y la escasa dotación de las cátedras hacía que este puesto fuera considerado una actividad transitoria, por el tiempo suficiente para ganar renombre y pasar a puestos de la Administración, civil o eclesiástica, que estaba mejor pagada. Una salida era abrir bufete, por lo que la carrera de Leyes estaba muy demandada. El prestigio bajaba a la vez que el sueldo. Los profesores universitarios eran licenciados brillantes recién terminados, o se trataba de clérigos regulares que no aspiraban a medrar en política. Una situación muy frecuente era que el catedrático estuviera ausente de la cátedra, porque se trasladaba a Madrid a pretender, y la cátedra fuera ejercida por un sustituto escogido por el catedrático.

Los preceptores de gramática (profesores de secundaria) solían ser estudiantes fracasados (que no habían concluido estudios o lo habían hecho con malas notas), y también frailes exclaustrados que buscaban un medio de vida desesperadamente. Enseñaban fundamentalmente rudimentos de lengua latina para poder entrar en la Universidad, donde las clases se impartían en latín. Sus ingresos dependían del número de alumnos que lograban captar, en el caso de establecerse por su cuenta, o de la dotación de la plaza en el caso de trabajar en una institución. Los centros de enseñanza eran heterogéneos y podían depender del Estado, del municipio, o ser privados, bien eclesiásticos (entre los que predominaban los de jesuitas) o bien nobiliarios. Para ser preceptor de gramática se exigía título expedido por el Consejo Real, en el caso de centros estatales y municipales, y ningún título en los privados, que dependían de la confianza personal de alguien.

El profesor de primeras letras no estaba regulado por ninguna ley y muchas veces eran frailes y monjas que lo hacían por devoción, párrocos que lo hacían por altruismo y por necesidad económica, o voluntarios del pueblo que lo hacían por caridad o como complemento a otras actividades agrarias. Estaban agrupados en la Hermandad de San Casiano, y, en tiempos de Carlos III, en el Colegio Noble de Primeras Letras.

Los abogados eran, socialmente, de más categoría que los enseñantes y su horizonte en la vida era conseguir puestos en la administración, Audiencias, Chancillerías y Consejos, lo que le daba más prestigio y mayores ingresos por los casos que llevaba. Los miembros de los tribunales inferiores estaban mal considerados, como abogados fracasados, y tenían fama de corruptos, de aceptar dinero fácilmente. Los curiales, escribanos y alguaciles tenían fama de trabajar poco y vivir de pequeñas corrupciones.

Los militares se habían desprestigiado mucho en el XVII y estaban recuperando ese prestigio en el XVIII, y también aspiraban a puestos en la administración, rivalizando en ello con los legistas.

Los médicos tenían muy mala fama. Solían estudiar medicina los fracasados en Leyes o en Teología. Eran unos 4.000 en toda España y eran tan malos que la gente prefería a los curanderos. Rango menor que el médico era el de cirujano (sacamuelas) que eran unos 9.000, y todavía por debajo en rango estaban los boticarios.

En el siglo XVIII apareció la profesión de periodista.

 

 

 

Las clases bajas urbanas del XVIII.

 

Las clases bajas estaban integradas por una serie de oficios, llamados viles, o actividades vergonzantes, lo cual hacía alusión a trabajos como verdugo, pregonero, corchete, lacayo, cochero de mulas, alquilador de mulas y caballos, carniceros, cortadores de carne o matarifes, griferos, vendedores de mondongo y caza, pescadores, fruteros, buñueleros, pasteleros, taberneros, mesoneros, bodegueros, curtidores, tintoreros, zapateros, comediantes y danzantes. Los gitanos y judíos estaban incluidos en estaos grupos sociales vergonzantes, cualquiera que fuese la profesión que ejerciesen e incluso si algunos de ellos tenía fortuna. Los gitanos no habían evolucionado en nada y seguían en grupos marginales desde su llegada a España el siglo XV.

Los pobres de ciudad vivían situaciones muy dramáticas. Si tenían el apoyo de la parroquia o de un convento, podían sobrevivir, pero si eran desconocidos y no tenían esos apoyos, dependían de su suerte en la recepción de limosnas. La situación se hizo más difícil a partir de 1775, cuando algunas familias, tras emigrar a la ciudad, empezaron a depender de un solo sueldo familiar, y los precios de los alimentos subieron. Además, en la ciudad aparecía la propensión al consumo, fundamentalmente en vino en las tabernas, bailes, toros de los lunes… algunos individuos concretos de familias concretas faltaban reiteradamente al trabajo, y los dramas familiares eran graves. La pobreza urbana era más dramática que la rural.

El lumpen. Mendigos, vagabundos, prostitutas, rateros… formarían un subgrupo inferior. Hay que hacer la salvaguardia de que algunos mendigos eran considerados dignos, llegados a esa situación de mendicidad por circunstancias diversas, y otros, generalmente forasteros, o cuya ascendencia y pasado no se conocía, eran considerados indignos.

 

 

Campesinos urbanos.

 

Para completar la visión de la ciudad, hemos de decir que en las ciudades también había campesinos, e incluso dentro de los muros de la ciudad podía haber algún cultivo. Había mucha más concentración de campesinos en aquellas ciudades donde se había extendido el regadío como Valencia, Zaragoza, Murcia y Granada, cuyas huertas rodeaban de cerca la ciudad.

 

 

Relaciones de la ciudad con el campo.

 

El campo enviaba a la ciudad alimentos y materias primas, y la ciudad prestaba servicios diversos al campo, fundamentalmente de administración, religiosos, jurídicos, económicos, beneficencia y mercancías especializadas, siendo el comercio la actividad más atractiva, la que justificaba la residencia de los que ejercían las otras funciones de servicios.

Las clases altas se gastaban en la ciudad las rentas que obtenían en el campo, vivían allí porque era más fácil encontrar determinados bienes y servicios, que a su vez eran posibles gracias esta demanda de la clase alta.

 

 

Los extranjeros.

 

Los extranjeros eran una minoría cualificada y protegida. Estaban bajo la protección de sus cónsules. Algunos, procedentes de Países Bajos, Austria, Italia, Francia, Irlanda, Alemania, Suiza o Inglaterra, llegaron a altos cargos de la Administración.

Los extranjeros se asimilaban con facilidad a los españoles y se integraban fácilmente en la sociedad española. Muchos de ellos se casaban en España y fijaban allí su residencia, y ello conducía a la integración total de sus descendientes.

Los grupos de extranjeros más importantes eran:

Los comerciantes de Cádiz, Málaga y Canarias, pero también los de Cartagena, Alicante, Valencia, Barcelona, Santander, Bilbao y Madrid.

Los militares encuadrados en el ejército, algunos de cuyos cuerpos eran mayoritariamente de extranjeros.

Los técnicos, ingenieros, especialistas textiles y maestros en algún oficio, contratados para talleres textiles, astilleros y minas. Algunos técnicos eran “oficiales” expertos en algún oficio contratados en bloque para poner en funcionamiento una empresa concreta.

Algunos extranjeros no gustaban, no eran queridos, pero sí soportados, porque tenían siempre exenciones y privilegios (la razón por la que se trasladaban a España) y otros tenían mala fama en la opinión pública, como los buhoneros italianos. Algunos eran protestantes y su culto no era tolerado, y lo debían celebrar privadamente. Los chuetas mallorquines eran judíos que vivían en Palma de Mallorca y estaban excluidos de los derechos ciudadanos y de los cargos políticos, aunque en 1788 se les concedieron los derechos civiles. Los agotes de Navarra, País Vasco y Aragón eran una minoría llegada a España a finales de la Edad Media, pero de origen desconocido, que se dedicaba a la piedra y la madera, y no obtuvieron sus derechos políticos hasta 1819. Los vaqueiros de alzada asturianos eran un pueblo endogámico de las montañas de Asturias, dedicado a la ganadería, del que se sabe poco. Los pasiegos de Cantabria eran otro pueblo endogámico de los montes del Pas que cultivaba la ganadería y practicaba el contrabando con el País Vasco. Los hurdanos del norte de Cáceres eran un pueblo endogámico y aislado de su entorno.

 

 

LOS ESCLAVOS.

 

Los esclavos en la Península Ibérica en el XVIII no eran más que un capricho suntuario. Se podían conseguir fácilmente porque lo permitió el ordenamiento jurídico hasta principios del siglo XIX. El cristianismo había mejorado la condición del esclavo respecto a su estatus jurídico de la antigüedad, en que sólo era un objeto, y privó a los amos de su poder arbitrario sobre la vida y dignidad, pero los esclavos siguieron siendo mercancías hasta el siglo XIX. Se utilizaban masivamente en América. Ninguno de los “defensores de indios” se había opuesto a la existencia de esclavos, aunque algunos reivindicaran el buen trato hacia ellos. El monopolio del comercio de esclavos, concedido por España a Portugal, Francia e Inglaterra, aseguraba a España el abastecimiento de esclavos africanos.

 

Fuentes de esclavos en el XVIII.

Cuando se habla de esclavos se piensa enseguida en el esclavo negro, el africano subsahariano, el preferido en América, pero había otras fuentes de esclavos:

Las guerras con los turcos eran una fuente de esclavos, para ambas partes, pues las capturas se convertían en esclavos.

Particularmente importantes fuentes de esclavos fueron las plazas del norte de África.

Otro origen de los esclavos era el fruto del corso mediterráneo. En el siglo XVIII la procedencia más común de los esclavos peninsulares era el corso. Palma de Mallorca era el centro comercial de los corsarios cazadores de esclavos. La Corona les compraba a los corsarios unos 500 al año a principios del XVIII, y unos 1.500 al año a mediados de siglo, para labores en la Marina. El Estado analizaba la mercancía y se quedaba con los más aptos para el trabajo duro, y los declarados inútiles pasaban a ser subastados a los particulares. Las subastas tenían mucho público, pues los que tenían familiares cautivos (esclavos) en plazas berberiscas, tenían interés en comprar para proponer intercambio por sus allegados. Las plazas berberiscas también vivían del corso, cazando esclavos españoles para este comercio e intercambio.

 

Pero la esclavitud estaba en retroceso desde finales del Imperio Romano. Tuvo un pequeño auge a fines del XVI y hasta 1640, pero la independencia de Portugal significó un encarecimiento del producto porque Lisboa, el gran mercado mundial de esclavos, vendía más caro para España. El esclavo sólo era rentable en América, mientras en España sólo era signo de ostentación.

 

El Estado español del XVIII protegió la existencia de la esclavitud: redujo las cargas fiscales a la compra de esclavos, y ello fomentó la esclavitud:

En 1718, Hacienda renunció al quinto sobre los presos en corso.

En 1724, se dispensó a los corsarios del pago de rentas generales (aduanas) en materia de esclavos capturados.

En 1751 se gratificó a los corsarios con 20-34 ducados por esclavo capturado.

También el Estado organizaba razzias en los puertos del norte de África a fin de robar animales, bienes muebles y hombres, que eran esclavizados en masa.

También el Estado admitió que los hijos de esclava fueran esclavos, excepto si el padre era libre y reconocía su paternidad, o pagaba la libertad del recién nacido, es decir se hacía cargo del pequeño.

 

Condiciones de vida del esclavo en España.

El esclavo doméstico se prefería varón cuando se dedicaba para el coche y cuidado de los caballos. Las hembras (así se denominaba el producto mercantil, y no mujeres) no interesaban demasiado en la España del XVIII, una vez que el servicio doméstico con criados resultaba más barato y eficiente, y los servicios sexuales se conseguían fuera de la familia con más facilidad. En la ostentación social, se prefería al negro porque era más llamativo, y además era más escaso y caro, lo cual era más ostentoso.

El rey de España utilizaba muchos esclavos en las minas de mercurio de Almadén, en galeras, en los arsenales y en la construcción de fortificaciones y caminos. Cuando los necesitaba, los compraba o los confiscaba, lo cual contribuía a desincentivar la posesión de esclavos (por miedo a las confiscaciones). En cuanto a los remeros de galeras, la mayor parte eran presos condenados a ello, pero el segundo contingente después de los presos eran los esclavos. El tercer grupo importante de remeros eran los vagos y desocupados. El cuarto, eran los gitanos. En 1748 se disolvió la flota de galeras y los remeros fueron enviados a otros trabajos forzados, como arsenales (unos 1.200 individuos) y obras públicas (unos 500 individuos). En 1784 se restableció el servicio de galeras, pero se utilizó a penados y vagos, y ya no a esclavos.

En 1724 se liberalizó el precio del esclavo cautivo, y ello supuso alza de precios del esclavo.

En 1760, la paz con Marruecos liberó a muchos esclavos de ambos países, que fueron intercambiados, y la paz con Argel en 1784 liberó a otros muchos de esta nacionalidad.

Al haber menos esclavos, en el XVII y XVIII surgió el problema de hacer parejas de esclavos, con vistas a su reproducción. No eran familia, porque no se toleraba el matrimonio entre ellos, ni uno de los cónyuges tenía derechos sobre el otro, sino que ambos eran propiedad de sus amos en todo. Y el esclavo se fue haciendo escaso, los artesanos y mercaderes se quedaron sin ayudantes, y estas empresas entraron en crisis. Se decidió poder independizar al esclavo a cambio de una parte de los ingresos de su trabajo de por vida, dando lugar al “cortado”, o esclavo semiliberado. Esta figura jurídica no gustó, y en 1712, Felipe V ordenó su expulsión de España.

Los esclavos trabajadores fueron disminuyendo en la península, porque los gremios empezaron a prohibir el uso de esclavos. El servicio doméstico resultaba más barato contratando criados. Y el esclavo quedó reducido a ornamento de algunas familias nobles en Madrid, Toledo y algunos puertos del Mediterráneo.

En 1799 se abolió la capacidad de hacer esclavos a los prisioneros de guerra, tanto si eran moros como blancos. Pero la esclavitud era lícita en América en el caso de los negros.

 

 

Los pobres.

 

Entre los pobres había todo tipo de gentes: pobres honrados, simplemente desafortunados; pobres amigos de la ociosidad y pobres dedicados a las malas artes. La mentalidad del XVIII defendía que los primeros debían ser ayudados en asilos, orfanatos y hospitales, para que superaran su mal trance. Los segundos debían ser perseguidos y apartados de la sociedad (cárcel, presidios en islas y fortines lejanos, condena a muerte, según los casos).

 

 

Los artesanos de Castilla en el XVIII.

 

En Castilla, a mediados del XVIII, había unos 200.000 artesanos, frente a 1.150.000 campesinos, y de ellos, la mitad trabajaba en labores relacionados con lo textil: lana, seda, tejidos, confección, cordelería, alpargatería, cuero y calzado. Unos 50.000 trabajaban en la construcción como carpinteros y albañiles. Unos 22.000 trabajaban en el metal, y otros 17.000 en labores relacionadas con la marinería. El catastro de Ensenada nos habla de unos 5.000 criados domésticos y 1.300 en oficios diversos como papel, candelas, jabón, pólvora, libros, e instrumentos musicales.

De estos 200.000 artesanos castellanos, se consideraban maestros 98.000, oficiales 66.000, y aprendices 15.000. Los maestros comercializaban sus propios productos, respetando las reglamentaciones del gremio. Los aprendices eran asalariados de los maestros y eran oficio deseado pues cobraban el doble que los asalariados del campo y además, como trabajaban bajo techado, podían trabajar hasta 180 días al año, frente a los 120 días que trabajaba el asalariado del campo. Los aprendices ganaban 800 reales al año en las regiones donde estaban mejor pagados (Madrid, Toledo o Sevilla), y unos 500 reales al año donde estaban peor remunerados (Palencia, Galicia).

En los centros fabriles con varios artesanos no había diferencia clara de funciones entre ellos y más bien todos hacían de todo. La unidad de taller-tipo era aquella en la que trabajaba el dueño con algún oficial.

La reglamentación gremial impedía que hubiera excesivo número de pretendientes a los trabajos de artesanía, porque las dificultades para entrar en el gremio eran muchas, y fuera del gremio no se tenía licencia para trabajar. Los maestros artesanos estaban interesados en mantener sus privilegios y diferencias sobre otros componentes del tercer estado y querían ser pocos de modo que el trabajo no les faltase. La inclusión en el gremio era un ascenso social para muchos individuos de la agricultura. El gremio ponía limitaciones a la producción de cada taller, de modo que no hubiera competencia interna, e incluso fijaba los precios, lo que impedía hacer fortuna a algunos, pero mantenía fuerte al gremio. Las ordenanzas gremiales eran rígidas. Los miembros del gremio eran incapaces de actuar como colectivo, y eran más importantes las diferencias dentro del gremio que los nexos de unión para actuar juntos. Los gremios tenían carácter marcadamente local, con sentido señorial sobre su trabajo. Los gremios estaban inadecuados para los cambios. Los pleitos entre gremios, por invasión de lo que consideraban sus competencias, eran contantes.

La élite entre los gremios eran los gremios de carpinteros, sastres, plateros, pintores, cirujanos y maestros de obras, pero el prestigio social de los gremios había hecho que muchas actividades laborales intentasen agremiarse, habiendo gremios de consideración social baja, como el de los ciegos. El gremio con más integrantes sería el textil, pero era un gremio que era dominado desde fuera, por los mercaderes, pues los mercaderes les facilitaban las materias primas, les concedían anticipos por sus trabajos, y les comprometían la producción a un precio estipulado de antemano, lo cual hacía que fuera un gremio atípico.

Pertenecer a un gremio era un orgullo que separaba al individuo por encimas de las clases sociales “populares” o pobres. El gremio no admitía esclavos, negros, gitanos ni expósitos, las clases consideradas infames. Los miembros del gremio debían demostrar limpieza de sangre.

El gremio tenía sus estatutos, sus patronos y fiestas religiosas, su bandera, escudo y traje uniforme, y todo ello era mostrado con orgullo en determinadas procesiones, sobre todo en la de Corpus Christi y en las Semana Santa y la del día del santo patrón, que eran mucho más que ceremonias religiosas y posiblemente existieran antes del cristianismo, con distinto nombre o motivo procesional.

El gremio era una cofradía que procuraba a los cofrades el viático, las honras fúnebres, los sufragios por el alma del difunto, la ayuda a los huérfanos y viuda que dejaba el difunto, e incluso daba ayudas al cofrade en casos de enfermedad y vejez que le impidieran trabajar.

El lugar del trabajo era la casa del maestro, y en esa casa, maestro, oficiales y aprendices se consideraban familia y, a veces, lo eran de sangre.

 

 

El conflicto social en el XVIII.

 

En general, la sociedad respetaba el orden instituido, pero protestaba contra abusos puntuales contra el bien común. Por ejemplo, contra los abastos insuficientes, contra la pérdida de privilegios (machinadas de los ferrones vascos por el traslado de aduanas a la costa), por la redistribución de contribuciones al Estado que casi siempre beneficiaban a los terratenientes, por las llamadas a quintas y a milicias en el País Vasco, Navarra, Cataluña y Valencia.

Las protestas eran muy pocas veces antiseñoriales. La excepción fue el caso de Valencia cuando se expulsó a los moriscos y el Estado decidió que los nuevos repobladores entrasen en las mismas condiciones en que habían estado los moriscos, para beneficio de los señores valencianos, protestas que empezaron en el siglo XVII, mucho antes del momento que estamos considerando en este estudio. Los nuevos campesinos querían enfiteusis (arrendamiento perpetuo) y los señores querían arrendamientos a corto plazo que les permitieran subir las tasas frecuentemente.

Las nuevas roturaciones fueron aprovechadas para subir rentas de las fincas, y el pago en especie fue aprovechado por los señores para vender caro, y todo ello llevó en 1766 al conflicto de Elche y del marquesado de Arcos.

El conflicto social más evidente en la ciudad era que algunos artesanos querían librarse del gremio. Los más avispados, o los que mejor fortuna habían hecho, veían limitaciones en las reglas gremiales, mientras los artesanos pobres veían en el gremio una protección a su trabajo.

Pero el conflicto estaba dentro de cada taller, pues todos defendían las reglas del gremio y todos las contravenían a fin de ganar dinero.

Por otra parte, se estaba produciendo la razón más importante de todo conflicto social, las diferencias sociales, o mejor dicho, la percepción de la diferencia, y mala aceptación de la misma.

Efectivamente, había demasiadas categorías, subcategorías y grupos dentro de cada estamento social, y la sociedad estaba demasiado jerarquizada, lo cual impedía la aspiración al progreso a que todo hombre cree tener derecho. Eso origina afán de protestas, que demuestran insatisfacción. En un primer momento, la protesta se canaliza por vía legal, con pleitos que piden ascensión en la consideración social, el acceso a otros grupos considerados superiores. El impedimento que todos ven más claro para ello es la falta de ingresos, y la solución fácil es pedir rebajas de impuestos, a fin de tener mayor poder adquisitivo. El Estado acaba siendo culpabilizado del conflicto.

Y la revolución social que se estaba produciendo sorprenderá a muchos en estas pequeñas luchas corporativas. Ellos no eran tan conscientes de la revolución técnica y social, como de los problemas de cada día en el trabajo.

Aspectos revolucionarios eran: que los artesanos que se libraban del gremio, y se rebelaban contra él, encontraban apoyo para sus proyectos, en vez de ser perseguidos. Era un apoyo muy poco eficaz, pero las nuevas leyes borbónicas iban limitando privilegios gremiales y dando libertades frente a las ordenanzas. Y cada vez más personas empezaron a ir por libre. Y eran los maestros mejor situados económica y socialmente los que abandonaban la cofradía gremial.

El gremio tenía mucha tradición y continuó todo el siglo XVIII, pero estaba herido de muerte. A medida que los poderosos del gremio lo abandonaban, la solidaridad del gremio perdía fuerza, pues el dinero escaseaba cada vez más. Si los más ricos abandonaban, y los más pobres no tenían para pagar las cuotas, la debilidad del gremio era evidente y progresiva. Las cofradías y hermandades fueron decayendo a la vez que surgían montepíos muchas veces fundados por sacerdotes. Los desfavorecidos por la fortuna hicieron hincapié en permanecer en el gremio y acentuaron sus celebraciones religiosas y sus ritos, lo único que les quedaba.

En 1763, Campomanes intentó suprimir las cofradías gremiales. En 1767, Madrid las suprimió para la ciudad. A partir de 1784, se pueden considerar extinguidas. La protección social se hacía en instituciones ilustradas como los hospicios y hospitales. Y aun en éstos, los cambios se dejaron notar, porque dejaron de ser instituciones exclusivamente religiosas, sino que eran instituciones patrocinadas y gobernadas por el Estado.

Los agremiados hicieron sus últimos esfuerzos antes de acabar: crearon hermandades, uniones pías, montepíos, sociedades de socorros mutuos, cofradías procesionales aprovechando que cada gremio estaba bajo la advocación de un santo, virgen o cristo.

 

 

Servicios sociales urbanos.

 

El cuidado de enfermos, recogida de ancianos y niños y atención a la mendicidad, eran grandes temas de la antigüedad, como lo siguen siendo hoy, o más todavía. Durante la Ilustración la idea de “caridad” fue sustituida por la de “beneficencia”, y el sentido del cambio era que la limosna diaria perpetuaba la pobreza, mientras la beneficencia sería un sistema para ayudar a los pobres a salir de su pobreza, pues además se les podía enseñar un oficio.

 

 

 

Mentalidad del XVIII en España.

 

Se identificaba autoridad con corrupción, y se pedía que el gobierno fuera “cristiano”. Este término no tenía significado religioso, sino que quería decir honrado, justo, sin pecados (otros usos similares que todavía se pueden encontrar para esta palabra hoy es por ejemplo “poner cristiano a un niño” es ponerle limpio, “hablar en cristiano” es hablar de modo que se entienda). Se consideraba que la mayor parte de los nobles eran corruptos. Tampoco el clero era bien considerado, pues si bien mantenía obras de beneficencia, también cobraba altas rentas (en especie o en plata, pues no se fiaba del dinero de vellón) y exigía al campesino comprarle la sembradura, a precio alto, cuando había entregado la cosecha a precio bajo, lo cual era obviamente un abuso que el campesino detectaba año tras año. El hecho de vender a precios altos, y predicar contra la usura, o ganancias de los comerciantes, no dejaba de pasar desapercibido, pues era una hipocresía manifiesta, una mentira pública que todo el mundo veía, menos los interesados. El hecho de que los curas y frailes predicasen la calma y resignación, y las bondades de la pobreza, mientras acumulaban telas valiosas, vasos de oro y plata, iglesias y ermitas, tierras y valores del Estado, tampoco pasaba desapercibido. El pueblo creía en los santos, la virgen y todas las creencias anteriores al cristianismo, pero desconfiaba de muchos curas, frailes y monjas a los que consideraba fanáticos.

El español era xenófobo en cuanto odiaba que hubiera ministros extranjeros y soldados extranjeros como los valones de la Guardia Real. No importaba que los valones fueran católicos. Cuando en 1766 se produjeron muertos en los enfrentamientos con el pueblo, aunque habían actuado diversos cuerpos de la Guardia Real, se culpó a los valones. No le gustaban los Borbones porque eran extranjeros, franceses (gabachos), ni Esquilache, ni tampoco le gustarían a fin de siglo los refugiados franceses de la revolución francesa, muchos de ellos sacerdotes.

La sociedad era muy machista y los abusos y ataques sexuales a la mujer se consideraban normales en el hombre.

Se amaba la violencia. En todas partes había alborotadores en situación de provocar permanentemente al alboroto, casi profesionales si no fueran voluntarios. Enseguida había vecinos que tocaban las campanas a reunión del concejo, en Castilla, o del somatén, en Cataluña, con intención de protestar por algo, y a poca respuesta que obtuvieran, rompían faroles, soltaban a los presos, asaltaban las casas de las autoridades, asesinaban amparados en la impunidad del grupo, bailaban y cantaban y voceaban constantemente para mantener el ánimo exaltado y el grupo compacto, apedreaban casas y gentes que no les gustaban, asaltaban las tabernas y se emborrachaban gratis bebiéndose todo el vino que podían encontrar.

 

 

Costumbres del XVIII.

 

La costumbre más extendida en la vida diaria era el paseo. El paseo era un acto social de cada tarde, en el que casi toda la sociedad se lucía delante de sus paisanos, y criticaba a todos los ausentes.

Los ricos iban al paseo en coche, per paseaban en medio de multitudes que iban a pie observando y siendo observados. En el Paseo del Prado de Madrid, concurrían cada tarde cientos de coches, que se movían entre miles de viandantes.

Los coches del siglo XVIII eran:

La carroza, un coche grande y bien adornado.

La estufa, una carroza grande, cuya caja estaba cerrada con cristales.

La calesa, un coche con caja abierta por delante, cubierta plegable hacia atrás, con 2 o 4 ruedas, 4 asientos y pescante.

El calesín, una calesa ligera, para un solo caballo.

El birlocho, un carruaje sin cubierta ni portezuelas, abierto a todos lados, con cuatro asientos, dos en testera y dos en el frente.

La bávara, un birlocho con cristales, de modo que parecía un farol gigante.

El florón, un coche con caja que colgaba de correones y se sujetaba mediante dos varas de madera. Tenía portezuelas y estaba cerrado como la estufa.

La berlina, coche con caja en forma de barco, cóncava por abajo, sobre cuatro ballestas, 4 asientos, puertas a los lados de la caja, pescante exterior.

La taberna era el lugar de encuentro de la sociedad, al que sólo se podía acceder fuera de las horas de trabajo, es decir, de 8 a 11 de la noche y donde acudían mayoritariamente hombres, y muchos se emborrachaban.

El juego era una pasión nacional, generalizada socialmente. Se jugaba a cartas, trucos, billar, tabas, pelota, bolas, lotería, y varios juegos de puntería con tiro de objetos desde lejos que tenían por objeto desenterrar monedas o sacarlas fuera de un círculo. Siempre se jugaba dinero, aunque ello era ilegal, y la lotería fue prohibida muchas veces porque era una estafa en la que los organizadores engañaban a los jugadores en los premios, hasta que se encontró la solución en 1763 de que fuera el Estado quien dirigiese una lotería legal y sin engaños.

Los toros se jugaban de muy diversas maneras, pero lo más corriente era alancear toros o rejonearlos en el sur, y el toreo a pie en el norte de la península (sobre todo en La Rioja, Navarra, Aragón y Soria. En 1707, la Real Maestranza de Sevilla construyó una plaza de madera expresamente para los festejos de toros, y pronto lo copió Cádiz. Posteriormente, en 1743, hizo su plaza Madrid, 1756 Aranjuez, 1764 Zaragoza, y el país se fue llenando de plazas. La primera escuela taurina fue el matadero sevillano. A mediados del XVIII, la fiesta de los toros era muy popular, pero todavía era más un espectáculo de circo que la tauromaquia que conocemos en el siglo XX: en la plaza se hacían acrobacias a caballo, se subía la gente encima de los toros, se saltaba por encima del toro y se acababa en una carnicería alanceando y sableando al toro, tras haber destripado éste a varios caballos, todo lo cual enardecía al público.

La fiesta de los toros servía para hacer ostentación social de riqueza y de éxitos amorosos.

Las verbenas eran muy populares y a veces subvencionadas por los nobles, siendo famosas las de San Juan y San Pedro. Había concentración de gente popular, canciones, bailes y comida y bebida, que era lo que debía poner el noble patrocinador.

Las romerías eran una fiesta religiosa, que continuaba en mercado y acababa en baile. Se solía celebrar junto a una ermita en días señalados, que el eran el origen y fuente de financiación de esa ermita. La gente acudía de lejos el día anterior, y pasaba allí la noche en tiendas. Al amanecer llegaba mucha más gente que vivía cerca, y se oía misa y se hacía una procesión. Terminados los actos religiosos con buenas limosnas para la virgen o el santo patrón de la ermita, se pasaba al mercado, donde había ropas, alhajas, y ganado. Después se iba a comer, o que se hacía en grupos familiares, y más tarde empezaba el baile, cantando canciones amorosas y satíricas, que gustaban mucho a la gente. Se solía acabar con cierta violencia, pues el vino y el acaloramiento llevaban a algunos a canciones provocativas, insultos y chanzas intolerables, lo que terminaba en gritos y algunas peleas.

El carnaval era la ruptura del orden social, donde los más pobres se expresaban sin recato sobre los ricos y privilegiados, cantando o disfrazándose. En el XVIII se temía a los carnavales y se prohibieron las máscaras y disfraces con los que los que hacían sátira de personas importantes se tapaban. Pero hubo que prohibirlas muchas veces y nunca se acabó con el carnaval.

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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