DEMOGRAFÍA ESPAÑOLA EN EL SIGLO XVIII.

 

 

 

LOS ANTECEDENTES EN EL XVI Y XVII:

 

 

Evolución demográfica en España

en el siglo XVI.

 

En el siglo XI había empezado en España un movimiento de incremento de la población, que se interrumpió en el XIV debido a calamidades diversas como la guerra, el hambre, las malas cosechas, la peste negra.

La crisis demográfica del XIV quedó superada en el XVI, siglo de crecimiento demográfico importante, de un 25% a lo largo del siglo:

Aragón pasó de 250.000 habitantes en 1495 a 400.000 en 1609.

Valencia duplicó su población entre estas fechas.

Castilla tenía unos 6.000.000 habitantes en 1591, y algo más de 6.000.000 en 1609.

La recuperación demográfica se produjo manteniendo las mismas técnicas de cultivo, los mismos inconvenientes de los caminos, la misma exposición a las sequías, inundaciones, tormentas y temporales, sin erradicar la peste, ni poder eliminar la terrible cadencia de los años de hambre y los años de malas cosechas. Más bien, la recuperación demográfica se debió al inicio de actividades comerciales con América, lo que significaba un poco de actividad económica, un poco de movilidad geográfica, menos hambre para algunos… y al fuerte tirón del Estado, cuyos proyectos en Italia y Flandes requerían muchos soldados, administradores y abastecedores del ejército, y daban oportunidad para algún comercio con dichas zonas.

Las tasas de natalidad en torno al 40%o, con tasas de mortalidad en cifras similares, variables a continuación de cada cosecha, según fuera mala o buena, se mantenían también iguales a la fase anterior.

El crecimiento de la población supuso que el campesino podía producir más e intentar vender, sobre todo el gran propietario, y que el artesano tenía demanda para sus productos.

Pero las condiciones del siglo XVI, dependientes de la política, no eran bases firmes de recuperación, y las bases se podían caer al mínimo cambio de tendencia, de modo que varias cosechas malas seguidas significaban bajadas de población, varios años de buenas cosechas indicios de recuperación, y una derrota significaba graves pérdidas demográficas en la mortalidad ordinaria. Pero la amenaza no se hizo realidad hasta principios del XVIII, cuando se perdieron los dominios europeos.

La necesidad de mayor producción en el siglo XVI llevó a roturar nuevas tierras, de peor calidad cada vez, puesto que las mejores eran las que se ocuparon primero. En estas tierras se ponían cereales, plantas poco exigentes. Pero los temporales y sequías hacían mucha más mella en estos cultivos que en los de huerta y regadío. El riesgo climático era mayor con el incremento de tierras de cultivo. Y la necesidad de abastecer a los ejércitos, prioritaria para el Estado, ponía en mayor riesgo de hambre al pueblo español tras una mala cosecha.

Al no haber buenas comunicaciones, los mercados eran locales y comarcales, y las buenas cosechas de una comarca podían convivir con malas cosechas en la comarca vecina, sin que hubiera posibilidades de compensación puesto que el transporte era muy caro y los precios se duplicaban en unas pocas decenas de kilómetros. Los pobres de la región catastrófica no tenían capacidad adquisitiva para comprar los productos que abundaban al lado. Los ricos de la región con mala cosecha, tampoco necesitaban comprar, puesto que pasaban de la abundancia a tener un poco menos, pero no a necesitar para comer.

Así pues, el alza demográfica del XVI, vino acompañada de un alza de precios, con ligero incremento de la producción, pero no excesivo por las dificultades del comercio a largas distancias, y de un cierto incremento en las relaciones comerciales, allí donde era posible, es decir, en puertos marítimos que hacían barato el transporte hasta ciudades marítimas que lo necesitasen.

La peste no se retiró en el XVI: Aragón tuvo peste en 1507, 1530, 1564 y 1585. Los años de peste solían coincidir con los de malas cosechas y aumento de precio del cereal, lo cual no es casualidad, pues ello significaba aumento del hambre y la miseria, padecimiento de frío por pérdida de hogar y de leña, no renovación del vestido, lo que podía dar lugar a infecciones de pulgas, piojos, chinches y otros parásitos, que eran a veces, el vehículo de la peste.

El máximo de población, y también de aumento de precios, se produjo a mediados del XVI.

Y en 1588-1602 se produjo una crisis profunda en Castilla, en el final del reinado de Felipe II, una crisis que fue política, económica y demográfica. Pocos años después, empezó la crisis en la Corona de Aragón, ya en 1610-1620, aunque en este caso se atribuyó la crisis a la expulsión de los moriscos, la mano de obra del campo, en 1610.

 

 

 

Evolución demográfica en España

en el siglo XVII.

 

La idea general que tenemos del XVII demográfico-económico español es que había mucha presión fiscal, rigidez en el sistema de propiedad, abandono del campo, proliferación de eclesiásticos, muchas epidemias y demasiadas levas de soldados.

El siglo XVII se caracterizó económicamente por una concentración de la propiedad en la nobleza y en el clero, y un empobrecimiento general del campesinado. Ello se puede explicar por cargas fiscales que beneficiaban a unos y perjudicaban a los otros, por crisis monetarias que hacían variar los precios en beneficio de las clases pudientes, por las nuevas cargas señoriales que padecían los campesinos, por la pérdida de algunas actividades artesanales que complementaban los ingresos del campesino al aparecer talleres promovidos por gente pudiente, por la emigración a América, por el ingreso masivo de buenos trabajadores en el clero, por las compras masivas de hidalguías para librarse de impuestos y servicios, los cuales repercutían en los demás, pues la cantidad global a pagar era la misma o mayor cada vez, por la proliferación de vagabundos y mendigos en las ciudades y bandoleros en los caminos.

En estas condiciones económicas, la mayor parte de la gente quedó en condiciones mínimas de subsistencia y el hambre hacía estragos sistemáticamente sobre la población. Y las enfermedades epidémicas y pandémicas, viruela, tuberculosis, tifus, fiebre amarilla, gripe, una vez desatadas en la población más pobre, se generalizaban al conjunto de la sociedad.

En el XVII empezó la tendencia a emigrar desde el interior a la periferia peninsular, porque en la meseta interior estaba decayendo la artesanía al tiempo que crecía la presión fiscal. Los principales lugares de destino de estos emigrantes eran Sevilla, Cádiz y América, y también Madrid.

En la Cornisa Cantábrica y Galicia aparecieron nuevos recursos como el maíz, nuevas roturaciones y la técnica de rotación de cultivos, pero en esta zona española hay muy poco terreno agrícola disponible y la tecnología era escasa. Así que, a cada crecimiento demográfico seguía una emigración, bien a Madrid, o bien a Sevilla, Cádiz y América.

En la zona de Levante había que superar la crisis de 1609, la de la expulsión de los moriscos, casi todos ellos cultivadores del campo baratos, arrendatarios y jornaleros. Los propietarios no estaban dispuestos a pagar salarios más altos, y la repoblación era difícil. Castilla empezó a exportar por los puertos del Mediterráneo, y ello era un sector más dinámico que la agricultura. A principios del XVII hubo malas cosechas y paralización del comercio internacional, a mediados de siglo hubo peste general y guerra en Cataluña, y en la segunda mitad de siglo, a partir de 1660, hubo mejoría general de las condiciones de vida.

En la meseta interior, cada vez había menos pestes, pero el crecimiento demográfico era muy lento, y con retrocesos cada vez que había malas cosechas.

 

Hitos demográficos del XVII fueron:

En 1628, llegó la peste milanesa que duró hasta 1631.

En 1643 hubo guerra entre Castilla y Cataluña, en tiempos de Olivares.

En 1648 hubo nueva epidemia de peste en Aragón.

En 1675-1684 hubo crisis en Castilla, con malas cosechas debidas a sequías y lluvias torrenciales, plagas de langosta y epidemias. Se habla de un posible enfriamiento climático, pero sólo es una hipótesis. Lo cierto es que las malas cosechas tenían muy amplia repercusión demográfica, porque había más población y la falta de alimentos en el campo era menos compensable con otros recursos (pesquerías, frutas del bosque, caza).

Hacia 1684 hubo síntomas de recuperación demográfica.

 

 

 

PROBLEMAS DE LAS FUENTES DEMOGRÁFICAS DEL XVIII.

 

Las fuentes para estudiar la demografía del XVIII son los censos y los registros parroquiales. Ninguna es fiable.

 

 

Los registros parroquiales.

 

En los registros parroquiales se apuntaban los bautismos, que eran el dato principal, y junto a ellos, los matrimonios, con menos cuidado al hacerlo, y a veces las defunciones, aunque cada cura apuntaba lo que le parecía, una, dos o las tres circunstancias, y los datos pueden dejar de aparecer en una temporada siguiente, tal vez a la llegada de párroco nuevo. Suponemos que, en una población católica y controlada por la Inquisición, se bautizaban todos los niños.

Los registros aparecieron por decisión del cardenal Cisneros en 1497, que mandó que los párrocos apuntasen los bautismos que hacían. Algunos párrocos decidieron apuntar al margen de la ficha de bautismo el día de defunción, y algunos otros el de matrimonio, pero cada uno lo apuntaba de forma distinta o no lo apuntaba.

El Concilio de Trento, 1545-1563, acordó que cada parroquia apuntase los bautismos y matrimonios, pero no dijo nada de las defunciones, porque los sacramentos se daban sólo obligatoriamente en las dos circunstancias primeras, no a la hora de la muerte.

Sólo en 1614 el ritual romano exigió apuntar las defunciones, pero en estos casos, observamos que, a veces, no se apuntaron las defunciones de niños, por lo menos hasta fines del XVII. La razón era que los niños que no habían hecho la primera comunión (que se hacía sobre los 7 años de edad) no se consideraban plenamente cristianos y algunos párrocos no les apuntaban. Los libros de difuntos fueron los más tardíos, casi siempre empezaron a fines del XVII o ya en el XVIII.

Los libros parroquiales están dispersos, pues los pueblos se negaron muchas veces a cederlos a los obispados. Pero, ya desde el siglo XVII, sus datos fueron utilizados por quienes querían información demográfica.

Los libros parroquiales tienen defectos grandes, pues los párrocos, a veces, apuntaron dos veces a la misma persona, y las fechas aparecen distintas la una de la otra. La causa es bien sencilla de explicar, y es que los libros no se llevaban al día, sino que cuando llegaba la visita del obispo que los iba a revisar, o bien cuando tenían ganas de ponerse con los libros, se apresuraban a rellenarlos, cubriendo con la memoria amplios espacios de tiempo y haciéndolo a toda prisa.

Luis Miguel Enciso afirma que los libros parroquiales del XVIII son mucho más fiables que los de siglos anteriores, pues se consolidaron y extendieron por más parroquias. El impulso en este sentido lo dieron las Constituciones Sinodales de cada obispado, que dijeron cómo se debían hacer los libros parroquiales, y adoptaron medidas de control sobre ello. La información es mucho mejor en las ciudades, donde los feligreses eran más anónimos y el párroco tenía curiosidad por anotar más cosas de ellos, tales como la edad, parientes y testigos de los acontecimientos. En los pueblos, donde todo se daba por bien sabido, se apuntaban menos cosas.

El Estado se interesó por que los datos parroquiales fueran correctos, y así, en 1749, escribió a todos los obispos a fin de que los registros parroquiales se hiciesen con corrección y los libros se guardasen adecuadamente. El Estado se beneficiaba de esa información por medio de unos formularios mensuales en los que los párrocos debían anotar el resumen de los bautismos, matrimonios y entierros.

A mediados del XVIII es cuando los libros son más valiosos, pues añaden a veces causa de la muerte, edad del difunto, profesión… El espíritu de la ilustración daba sus frutos.

 

 

Los defectos de los registros parroquiales:

Por una parte, no tiene por qué coincidir el número de bautismos con el número de nacimientos y, en principio, todos los niños muertos en los primeros días de vida, antes de bautizarse, no solían aparecer, salvo que el cura les hubiera bautizado in extremis. Los niños se bautizaban tras la cuarentena después del parto. Los casos que menos interesaba poner en el libro eran los de los niños, porque esos no interesaban ni siquiera al párroco, por no dejar bienes ni legado para misas. A todos les parecía un trámite inútil. A veces hay un libro aparte para los niños, y a veces anotaciones al margen de los bautismos, y a veces nada.

Tampoco es válido el número de enterrados porque se apuntaba a todos los difuntos, fueran o no residentes en la localidad. Un difunto puede aparecer apuntado en dos pueblos distintos. También hay que tener en cuenta el poco interés de los cristianos en apuntar a sus difuntos y hacer oficial su muerte, pues ello acarreaba pagos de misas, que todo difunto debía dejar en su testamento, y posibles donaciones a la Iglesia que constaran en el testamento. Así que, en pueblos apartados o en circunstancias en que el cura párroco no estuviera atento, puede que alguien no fuera apuntado.

Igualmente ocurre con los matrimonios, pues se apuntaban todos los celebrados, sin importar si residían en esa localidad, y ni siquiera en la parroquia. La duración del matrimonio era mayor en el norte que en el sur. Ello se corresponde con una tasa de fecundidad ilegítima que sería de un 5% en el norte y bastante mayor en el sur, aunque difícil de precisar porque muchos hijos no se reconocían. Es decir, que en el sur muchos se casaban sólo en caso de embarazo.

Hay interrupciones de datos, normalmente cuando la parroquia se quedaba vacante, o cuando no había un libro adecuado y los papeles se perdían, o cuando el libro fue destruido.

 

 

Utilidad de los libros parroquiales:

Los registros parroquiales nos sirven normalmente para obtener algunas series locales de bautismos, defunciones y matrimonios que se puedan comparar con los ciclos económicos correspondientes. Y poco más. Los recuentos de este tipo no informan de cómo evolucionó la población, las estructuras familiares, la edad de los cónyuges en el matrimonio, el número de hijos por familia, la tasa de reemplazo de población, ni la esperanza de vida. Pero cuando se encuentra una comarca cerrada, de esas que no tenían emigración ni inmigración, y tuvieron párrocos cuidadosos con sus libros durante tiempos largos, al menos 50 años, se pueden elaborar modelos demográficos que son sugerentes de cómo iban las cosas realmente.

 

 

Los censos.

 

Los censos son recuentos de población hechos por el Estado. El Estado hizo sus propios recuentos de población pues es un dato necesario para controlar las infraestructuras de servicios. En las ciudades, el recuento no era tan complicado como en los pueblos, donde la fuente de información más fiable fueron siempre los libros parroquiales. El tema demográfico es más complejo de lo que pudiera parecer a un extraño: hacer un recuento municipal o parroquial, dentro de sus complicaciones, es fácil. Poner los medios para hacer recuentos en todas las poblaciones de España es caro. Coordinar los datos en el tiempo, es muy complicado, pues se tardaban décadas en completar un recuento, lo que invalidaba los datos de los pueblos recontados al principio del periodo. El Estado tenía necesidad de conocer estos datos para reclutar soldados y para cobrar impuestos, y la población, consciente de estas finalidades, no colaboraba. Lo normal era hacer el trabajo con urgencia, y un trabajo que requería años, ocho a quince años, se hacía mal y deprisa.

Los censos no abarcaban toda la geografía española simultáneamente, y se hacían muy de tarde en tarde, algunas personas aparecen dos veces (porque eran trashumantes, o comerciantes, o tenían casa en dos pueblos diferentes) y nos constan personas que no aparecen en ninguna parte porque los censos se hacían con fines tributarios y no se tenía interés en censar a los que no pagaban, ni se quejaban los que resultaban excluidos.

Hay censos locales, regionales y nacionales y, a veces, el censo de algún pueblo concreto parece muy completo, pero no nos parece correcto generalizar hoy los resultados a otros pueblos, porque las circunstancias eran diversas, y ocurría a menudo que algunas personas-familias emigraban temporalmente, unos años, a pueblos cercanos, por circunstancias muy personales, para volver a los pocos años al pueblo primero, lo cual invalida la posibilidad de generalizar los resultados demográficos de ambos pueblos.

Tenemos censos bastante antiguos:     En 1495 se hicieron las Cortes de Tarazona en Aragón y hubo datos sobre población, pero muy escasos. Felipe II mandó hacer las Relaciones Topográficas de los Pueblos de España, que dan datos sobre Castilla.

Los censos con más datos, aparecen ya en el XVIII. Los censos españoles del XVIII son: el Vecindario del marqués de Campoflorido 1717, el Catastro del marqués de la Ensenada 1749, el Censo General del conde de Aranda 1768, el del conde de Floridablanca 1787, y el de Godoy 1797.

Los censos padecen de graves defectos: tienen insuficiencias administrativas, de modo que no todos los que los hicieron estaban igual de preparados ni tenían los mismos criterios, hubo poco personal en su elaboración y duraron varios años, demasiados para dar validez completa al trabajo, hubo errores evidentes en los cálculos y padecieron la oposición del pueblo en general a colaborar, pues se hacían para cobrar impuestos y lo mejor era no figurar para nada y librarse de esos impuestos. Los vecinos exentos de impuestos tampoco eran incluidos por los encargados del censo en el caso del Vecindario de Campoflorido, el de Ensenada se hizo sólo en Castilla, el de Aranda no incluyó jurisdicciones que no tocaban al rey como las Órdenes Militares y además lo encargó a eclesiásticos, los cuales conocían bien el tema, pero estaban muy interesados en preservar sus privilegios. Todos los citados cuentan vecinos, pecheros, o sea, cabezas de familia que tributaban, lo cual es difícil traducir a población real. El censo de Floridablanca es el primero que cuenta personas, y lo hace sobre todo el territorio nacional y además está hecho por autoridades civiles no privilegiadas. Y el censo de Godoy tiene el inconveniente de la impopularidad de Godoy, lo que hacía que lo que confeccionaban el censo y la población en general no estuviesen dispuestos a colaborar, a hacer las cosas bien.

Con todos sus defectos, el Vecindario de Campoflorido, hecho en 1712-1717, nos permite saber que la población española había crecido muy poco en todo el siglo XVII, lo que nos da una idea general de que el XVI había sido de crecimiento, el XVII de contracción o estancamiento, y el XVIII de nuevo crecimiento demográfico.

El Vecindario de Campoflorido de 1717 se hizo por causa de la reestructuración de impuestos que querían Amelot y Orry, los cuales habían pensado en un sistema de “capitaciones” o pagos por vecino. Abarcó a toda España, excepto el País Vasco y Baleares. Pero se admitieron grupos exentos, por privilegio o por extrema pobreza, lo cual invalida mucho los datos demográficos. Además, tenemos constancia de que algunos pueblos aportaron los datos de 1694, hechos para un reparto militar, que eran ya viejos, de casi veinte años de antigüedad. Los técnicos consideran que las omisiones afectan a un porcentaje grande del vecindario, entre el 20 y el 30%. Por ello, los demógrafos opinan que los datos de “vecinos” deben multiplicarse por cinco, y no por cuatro, para hallar los datos de habitantes. Ello nos daría una cifra de población de poco más de 8.000.000 de habitantes, es decir, un millón más que a finales del XVI. Un vecino era un cabeza de familia.

El Catastro de Ensenada, 1752-1756, se hizo en Castilla, pero no en el País Vasco, Navarra, ni Canarias. La finalidad era averiguar los bienes y riquezas de la gente a fin de repartir los impuestos más justamente, pero ello no convenía a los que vivían en situación del privilegio de pagar menos. El Catastro relacionaba población y recursos económicos, y estructuraba la población en unidades familiares. Ello nos permite tener una idea de la relación entre el concepto “vecinos” y el concepto “habitantes”. Resulta un coeficiente de 1 / 4 como media, pero las medias estadísticas son inadecuadas a la realidad, porque los propietarios agrícolas tenían más hijos que el resto de la sociedad, los arrendatarios no podían alimentar a muchos hijos, y los ricos propietarios de cualquier parte de España sí podían tener muchos hijos. El resultado del catastro, sumándole las proyecciones de corrección, más el territorio no abarcado por el Catastro, nos daría una población española de 9.400.000 habitantes.

El Censo de Aranda, en 1768, recurrió a la Iglesia como la mejor maquinaria para informarse en este tema demográfico. Escribió a todos los obispos para hacer un censo, que resultó por obispados, lo cual no es igual a provincias. Ello conllevó que no se hiciera en territorios de Órdenes Militares ni en jurisdicciones nullíus (de nadie). Pero este censo recogió el número de habitantes, cambiando el sistema tradicional de contabilizar vecinos. Se preguntó por el sexo, edad y estado civil de cada individuo. Al hacerlo los obispos, la gente no lo relacionó tanto con hacienda y creemos que hubo menos ocultamientos. El Censo General de Aranda, con las proyecciones y añadidos oportunos, nos daría 9.300.000 habitantes.

Los censos de Floridablanca 1787, y de Godoy 1797, aprendieron de Aranda y utilizaron a los párrocos para visitar las casas de los vecinos, junto a la comisión de empleados del Ayuntamiento, lo cual daba confianza a los vecinos. Se intentó saber de instituciones eclesiásticas, benéficas, penitenciarias y docentes. La cifra fue de 10.400.000 habitantes.

El censo de Godoy en 1797, daría una población de 10.500.000 habitantes.

 

 

 

DEMOGRAFÍA EUROPEA del XVIII

 

El ciclo general propio del siglo XVIII, un siglo de avances técnicos y comerciales, era de superavit de la natalidad sobre la mortalidad. La mayor disponibilidad de alimentos y las mejoras en la vivienda significaban que las epidemias eran más leves y la mortalidad infantil menor. Esta era la tendencia general europea, pero España tenía sus peculiaridades.

 

Crecimiento europeo en el XVIII.

En Europa hubo grandes crecimientos demográficos:

       Población en 1700   en 1800   tasa

Grandes:

Austria pasa de   7.300.000 a 28.000.000   383%

Finlandia pasa de   300.000 a   800.000   266

Rusia pasa de     14.000.000 a 36.000.000    257

Medianos:

Alemania pasa de 12.000.000 a 23.000.000   191%

España pasa de   6.000.000 a 11.000.000   183

Bélgica pasa de   1.700.000 a 3.000.000   176

  1. Bretaña pasa de 9.400.000 a 16.000.000   170

Portugal pasa de   1.700.000 a 2.800.000   164

Suecia pasa de     1.400.000 a 2.300.000   164

Pequeños.

Francia pasa de   19.000.000 a 27.000.000   142%

Suiza pasa de     1.200.000 a 1.700.000   141

Italia pasa de   13.000.000 a 18.000.000   138

Polonia pasa de   3.000.000 a 4.000.000   133

Noruega pasa de     600.000 a   900.000   128

Dinamarca pasa de  700.000 a   900.000   128

Holanda pasa de   1.900.000 a 2.100.000   110

 

(Fuente: León, Pierre. Economies et societes preindustrielles.)

 

Los grandes crecimientos demográficos se debían a distintas causas. En Europa occidental, al descenso de mortalidad por inicios de la revolución agrícola y revolución industrial. En Europa oriental se mantenían las fuertes mortalidades pero había una gran inmigración desde Europa central hacia Hungría, Prusia y Ucrania, y mantenían altísimas tasas de natalidad.

Europa occidental había iniciado a principios de siglo un gran volumen de comercio y construido muchos barcos para ello, utilizando las viejas rutas comerciales del Mediterráneo y la India y las nuevas rutas americanas. En esta época se estableció la llamada “ruta triangular” Europa, África, América. Europa vendía telas y armas en África a cambio de esclavos, vendía los esclavos en América a cambio de azúcar, algodón, tintes y metales preciosos, y vendía los alimentos y materias primas a los fabricantes europeos a cambio de nuevas telas y armas.

Europa occidental apoyaba su comercio en un mercado interno desarrollado, una red de puertos abundante, unas mejoras agrarias que eliminaban el barbecho e introducían el cultivo intensivo, una transformación de las estructuras de tenencia de la tierra feudales para crear propiedades, que en Inglaterra fueron de los grandes señores y estos cercaron las fincas y produjeron libremente las cosechas que querían, arrendaron fincas, utilizaron jornaleros, y se convirtieron en auténticos empresarios agrícolas. También surgió una evolución de la artesanía comercializando los productos un comerciante y concentrando más tarde la producción y mano de obra en talleres, lo cual permitió mecanizar cuando se disponía del suficiente capital y la protección del Estado para garantizar un mercado a la producción extensa que sobrevenía.

 

 

DEMOGRAFÍA ESPAÑOLA EN EL SIGLO XVIII.

 

En la demografía española del XVIII, se produjo una recuperación demográfica por reducción de la mortalidad infantil, ausencia de guerras reducción de la peste… lo que significó que en tiempos de Aranda, censo de 1769, se alcanzaran los 9,6 millones de habitantes, y en el censo de Floridablanca de 1787 los 10,4 millones.

España se encontraba en el grupo de países de fuerte crecimiento, pero no tanto como los más grandes crecimientos europeos.    España crecía al ritmo de Inglaterra, pero más que Francia. Algunos autores opinan que el crecimiento español no fue tan alto y las cifras dadas a fin de siglo habría que rebajarlas considerablemente.

Las ciudades grandes del norte de España no tenían más allá de 10.000 habitantes, aunque algunas superaran ampliamente esta cifra, y en Andalucía y costa mediterránea no más allá de 50.000 habitantes.

En general, España inició en el XVIII un ciclo ininterrumpido de crecimiento demográfico, a pesar de las crisis, hambres, guerras… que daba fin a la depresión demográfica de los siglos XVI y XVII. La causa más evidente era la menor incidencia de la mortalidad catastrófica en cuanto a intensidad de las mortandades. Una menor incidencia de las crisis agrarias, daba como resultado una leve caída de las tasas de mortalidad. Los rendimientos agrícolas seguían siendo iguales y la producción similar, pero algunos progresos hacían que las catástrofes naturales no fueran tan dramáticas.

Demográficamente, España creció en el siglo XVIII en más de tres millones de personas y lo hizo de forma regular a lo largo del siglo:

En 1700 habría 8 millones de habitantes; Gerónimo Ustáriz evaluaba la población española en 1717 en 7.625.000 personas; la Historia General de España y América opina que habría 7 millones de habitantes en 1700.

en el catastro de Ensenada de 1750,   9,3 millones;

en el censo de Aranda de 1768,         9.307.804;

en el censo de Floridablanca de 1787, 10.409.000

y en el censo de Godoy de 1797,      11,5 millones.

Luis miguel Enciso rebaja la cifra del censo de Godoy a 10,5 millones de habitantes, lo cual daría un crecimiento de sólo dos millones en el XVIII.

El crecimiento sería mayor en la primera mitad del siglo, y menor en la segunda, a pesar de las reformas ilustradas. Y ello a pesar de las pestes, que estaban en recesión, y a pesar de las enfermedades endémicas de Castilla y Andalucía, como el tifus, viruela y paludismo (malaria). En la segunda mitad del XVIII llegó de América la fiebre amarilla (vómito negro), que permaneció como pandemia hasta bien entrado el XIX. Las epidemias fueron especialmente virulentas porque la población rechazaba los nuevos métodos médicos, como la quinina y la vacuna, porque había mucha desconfianza en la profesión médica, y porque los centros asistenciales eran pocos y muy deficientes, sobre todo en las ciudades, en donde la gente tenía la impresión de que se contagiaban más que se sanaban. Otro fenómeno que retrasaba el crecimiento era la costumbre de abandonar a los recién nacidos no deseados.

Algunos ilustrados veían como un mal el crecimiento demográfico y, en ese sentido, hacían razonamientos no muy ortodoxos, e incluso Jovellanos en el informe de 1795, todavía estaba en contra del crecimiento de la población.

La política de precios máximos de los alimentos, en teoría para proteger a los pobres, y lo que, como medida coyuntural puede tener sentido, a la larga produce desincentivación de los agricultores y descenso de la producción de alimentos, lo cual es un efecto perverso pero inevitable del proteccionismo abusivo.

Las tecnologías europeas de rotación de cultivos, estaban bien en zona cantábrica española, donde hay cosecha en verano, pero eran inútiles en la meseta, con inviernos de noviembre a febrero con temperaturas muy inferiores a los 6º centígrados (temperatura por debajo de la cual no hay crecimiento vegetal), y veranos de julio a septiembre con sequía absoluta que también impide la vida vegetal. Allí sólo es posible la cosecha de primavera (trigo y cereales en general), y las de otoño (vid y olivo).

La roturación de nuevas tierras no era una solución, pues las tierras mejores ya estaban explotadas, y las nuevas roturaciones se hacían en campos de muy poca calidad, los cuales se deterioraban rápidamente, y en un par de décadas quedaban casi inútiles, además de rendir menos durante los años en que se intentaba su explotación.

La región galaico-cantábrica creció en el XVIII al 3% anual, menos que en el XVII, porque en el XVII había hecho las reformas de los nuevos cultivos y ampliación de zonas de cultivo, y no se podía continuar el proceso. Junto a la zona valenciana, era la región con más densidad poblacional de España.

Pero Galicia tenía el problema de los foros, esos arrendamientos baratos a muy largo plazo que permitían el subarriendo, y se agotaban al cuarto o quinto subforo (subarrendamiento). No le quedaba más recurso que la emigración. Se calcula que salían de Galicia unas 6.000 personas/año a mediados del XVIII y unas 9.000 a fines del XVIII.

En el resto de la zona cantábrica, las tierras de cultivo son muy escasas, y al crecimiento le sigue indefectiblemente la emigración.

Las migraciones definitivas eran principalmente de varones, y las temporales afectaban a los dos sexos.

El destino de los emigrantes era Andalucía y América, y el total de emigrantes españoles sería de 14.000/año. Puesto que Galicia proporcionaba casi la mitad, los españoles fueron conocidos en algunas partes de América como gallegos.

España seguía siendo una sociedad rural, con el 56% de los trabajadores en el campo, y apenas tenía ciudades grandes.

La esperanza de vida era muy corta, de unos 27 años.

 

 

La natalidad se mantenía alta, en torno al 42%o:

en 1768 del 43,84%o

en 1787 del 43,16%o

en 1797 del 42,27%o

 

 

La nupcialidad. En el norte de España se retrasaba la edad del matrimonio de modo que, a finales del XVIII, la edad media de los hombres al llegar al sacramento eran 25 años y de las mujeres 23, y con tendencia a crecer. Así tenían menos hijos que en el sur. Entre el 11 y el 15% de las mujeres no se casaban nunca. La causa de este celibato era el sistema de herencias, que desposeía a la mujer. El número de hijos por familia era de 4-5 en el norte y mucho más en el resto de España, más cuanto más al sur, donde las mujeres se casaban incluso con 13-14 años.

 

 

La mortalidad es mucho más difícil de calcular, pero los expertos la evalúan también alta, en el entorno del 38%o.

Aunque aparecen algunas epidemias, parece que la mortalidad catastrófica no afectó a España en el XVIII tanto como en otros siglos: hubo menos hambrunas, menos cataclismos bélicos, menos epidemias y menos peste. Sí hubo muchas guerras. Las guerras no tenían apenas influencia como mortalidades bélicas directas en el campo de batalla, cuyas cifras de muertos eran insignificantes aun en los peores casos, pero al contrario ocurría con las consecuencias de la guerra: emigraciones masivas, abandono de tierras disputadas por los ejércitos, alzas de impuestos y soldados que ya no regresaban porque se quedaban a vivir en el lugar de destino tras muchos años de servicio. Todo ello significaba menos mano de obra y menos tierra productiva, hambre y desolación de casas y pueblos afectados, comarcas enteras. La peste debemos eliminarla como epidemia, pues la última que constatamos es de 1680-1681, pero no como enfermedad, pues subsistía en zonas pobres como Granada y Plasencia, que tuvieron peste en 1727, y Jaén que la tuvo en 1729.

Mucho más mortales eran las enfermedades corrientes, no catastróficas ni epidémicas, como las fiebres malignas, el garrotillo pestilente (difteria, o asfixia por inflamación de la garganta), ictericia (síntoma de la hepatitis), viruelas, bocios (tumoración del cuello), manía furiosa (rabia), catarro sofocante, tabardillo pintado (tifus), fiebres ardientes, fiebres catarrales, fiebres gastro-atáxicas (gastroenteritis), pestilencia variolosa (viruelas), tuberculosis…

Eran enfermedades frecuentes, pero no corrientes, las epidémicas como el cólera, el paludismo y vómito negro (fiebre amarilla).

Hubo repuntes de la mortalidad en 1706-1710, 1730, 1741-1742, 1762-1765, 1780-1782, 1786-1787 y en 1804.

Hubo hambrunas en 1762-1765, 1786-1787, 1798-1799 y en 1803-1805.

La población no confiaba en los médicos, pues algunos de ellos “mataban” a demasiados enfermos (recuérdese el caso del nieto de Luis XIV de Francia, el hombre más poderoso del mundo, muerto a manos de los médicos en 1712 por hacerle abundantes sangrías cuando tenía sarampión). La gente confiaba más en curanderos y brujas que en médicos.

El hambre, aunque era endémica, tenía grandes consecuencias en años de mala cosecha, cuando los sectores ya depauperados y hambrientos no podían soportar el frío y las enfermedades de él derivadas, o simplemente caían por inanición. Hubo hambre en 1739-1740, 1747-1753, 1765, 1780, 1789, 1794 y 1798, evidentemente muchos menos años que en siglos anteriores, pero hay que tener en cuenta la mejora de las comunicaciones, tanto en caminos como en canales de transporte de mercancías, lo cual mitiga las hambrunas. Por ejemplo, Cataluña, que estaba bien relacionada marítimamente, apenas sufrió situaciones de hambre en el XVIII. El hambre era cada vez más difícil de combatir, en el sentido de que en tiempos antiguos, los vecinos contaban con comunales y baldíos en los que apacentar ganado, buscar hierbas y madera y paliar de alguna manera la mala cosecha, pero los comunales y baldíos estaban siendo arrasados con talas de montes ilegales y con apropiaciones a favor de las clases privilegiadas (Iglesia y nobleza) que nadie denunciaba, aunque todos lo lamentaran. La Corona contribuía a ello promoviendo repartos y ventas de comunales y desamortizaciones eclesiásticas, que acababan con estos recursos marginales para épocas de escasez. Y es que los perceptores de rentas querían más tierras en labor, y la Iglesia quería más diezmos (aunque se hiciera con razones pías de levantar iglesias y capillas, orfanatos, hospitales…). Unas regiones que alcanzaron una situación demográfica y económica diferente fueron las de la cornisa cantábrica: por un lado, la introducción del maíz, difundido a lo largo del XVII, les protegía de la muerte por hambre, y por otra parte, la situación de minifundismo y explotación a manos de la Iglesia y la nobleza, les condenaba a un hambre endémica a las clases pobres, que eran la inmensa mayoría de la población.

Los excedentes del campo no se canalizaban hacia las ciudades, donde había zonas de hambre y miseria que, no se compensaban con explotación de comunales y baldíos, sino con la mendicidad y la caridad de los conventos. La miseria era perfectamente compatible con el lujo suntuario de los nobles, obispo, canónigos, y sus palacios, iglesias, mobiliario, vestimentas, joyas… que no se compensaban en absoluto por la práctica de la caridad entregando unas migajas a los pobres.

No era raro que varias causas de mortalidad coincidiesen en el tiempo: por ejemplo, la peste milanesa de 1630 coincidió con sequía en León, Castilla, Aragón y Valencia, y ya en el siglo XVIII, la crisis de 1675-1684 coincidió con catástrofes de lluvias torrenciales, sequías y plaga de langosta en Castilla.

La mortalidad infantil sería del 35 al 40% en el norte peninsular y del 50% en el sur (500 %o)

 

El crecimiento natural sería pues del 0,4% anual. La tasa de crecimiento en Francia ha sido calculada en 0,36% y la de Italia en 0,45%, lo que da cifras muy parecidas. El crecimiento se fundamenta en la alta natalidad, nuevos cultivos, nuevas roturaciones, pero al no modificarse los regímenes de tenencia de la tierra, ni los útiles de labor, ni las formas de cultivo tradicionales, no fueron capaces de hacer bajar la mortalidad.

 

La esperanza de vida estaría en los 27 años.

 

La densidad de población sufrió muchos cambios en el XVIII. A principios de siglo, la densidad de Castilla era alta, mientras las regiones mediterráneas estaban bastante despobladas con un máximo de 20 hab./ km. cuadrado en Valencia, 14 en Cataluña y 7 en Murcia. El crecimiento sería espectacular en estas zonas: 9%o anual en Valencia, 7%o en Cataluña y 12%o en Murcia, de modo que a fines de siglo la densidad era de 33 hab./km. cuadrado en Valencia, 25 en Cataluña, y 12 en Murcia, es decir cifras próximas al doble.

Lo característico del siglo XVIII es que mientras en siglos anteriores la zona demográfica más importante era siempre Castilla, a partir de este siglo Castilla va perdiendo peso demográfico y lo van ganando las zonas periféricas. Sigue siendo más importante Castilla, pero se ha iniciado el proceso de despoblación del centro.

Pero, regionalmente, el crecimiento fue desigual:

Este desarrollo demográfico, estudiado regionalmente, deja de ser homogéneo. Las regiones periféricas crecieron mucho a lo largo del siglo, incluso en 100% en algunos casos. Las regiones interiores no crecieron más allá de un 30% a lo largo del siglo.

El crecimiento demográfico promedio anual fue del 4,2%. Este crecimiento tuvo una etapa de máximos entre 1768 y 1787, veintena en la que alcanzó el 5,9% de promedio anual.

Había zonas fronterizas con Portugal y de la submeseta sur como León, Zamora, Salamanca, Extremadura, Jaén y La Mancha que no llegaban a la densidad de 10 habitantes por kilómetro cuadrado y no crecieron en el XVIII.

Había zonas del interior peninsular como Castilla la Vieja, Aragón Toledo y Guadalajara, de menos de 30 habitantes por kilómetro cuadrado, que tampoco crecieron.

El crecimiento se produjo, y ya marcó una tendencia definitiva hasta hoy, en la periferia peninsular, regiones de Cataluña, Valencia, Andalucía, Asturias, Cantabria, Guipúzcoa y Navarra, cuyas densidades partieron de 40 habitantes por kilómetro cuadrado y llegaron a 60 a fin de siglo.

El crecimiento español del XVIII se debe sobre todo a la menor frecuencia de catástrofes naturales, pues las tasas de mortalidad no bajaron como en Europa hasta el 30%o, sino que se mantuvieron en un 38%o, muy poca bajada, aunque también deba ser tenida en cuenta.

 

 

 

DIFERENCIAS REGIONALES.

 

Galicia y Asturias habían tenido menores descensos demográficos en el siglo XVII por la introducción del maíz ya en ese siglo, y tuvieron menos crecimiento demográfico en el XVIII, tal vez por la fuerte emigración. Galicia crecería mucho en la primera mitad del siglo, 1717-1749, por eliminación del barbecho, expansión del maíz y nuevas roturaciones, y caería a partir de esta última fecha por emigración masiva masculina que pudo llegar a los 10.000 hombres por año, con un total de 200.000 emigrados a final del XVIII (aunque esa cifra parece exagerada a los estudiosos más relevantes del XVIII, que proponen un crecimiento de 160.000 habitantes sobre la base de 1.212.000 en 1717-1749, y un descenso de 80.000 habitantes en la segunda mitad del siglo). Galicia pudo alcanzar un máximo de 1.140.000 habitantes y Asturias los 360.000 habitantes.

El norte de España creció en la primera mitad de siglo, y decreció ligeramente en la segunda mitad. En el conjunto del siglo Galicia creció un 30%.

 

Cataluña creció espectacularmente, duplicando su población, pero por las inversiones industriales y el comercio. En 1718 tendría 390.000 habitantes y en 1797 llegaría a 858.000. Ello se debió a la fuerte inmigración, al alza de los precios del vino y aguardiente que permitía cultivar viñedos y exportar (a América), a la posibilidad de importar grano desde Sicilia pues los cereales eran deficitarios en la región, y al inicio de la industrialización en la comarca de Barcelona, con salarios altos que marcaba Barcelona, y los demás tenían que seguir si no querían verse privados de su mano de obra más cualificada. A su vez, la industrialización significó intensificación de cultivos en las zonas aledañas a las residencias de los obreros. Muchos inmigrantes eran franceses, y otros muchos aragoneses y valencianos, o más exactamente del prepirineo, Alto Maestrazgo y Sierra de la Marina. También hay que consignar la desaparición de la peste y muchas mejoras sanitarias, que explican la ausencia de mortandades en tan grandes concentraciones de población. Cataluña alcanzaría un máximo de 899.000 habitantes.

 

Aragón también duplicó población, pero a partir de cifras muy bajas, de muy escasa densidad demográfica, y es menos significativo.

 

Valencia tuvo el crecimiento demográfico más espectacular del XVIII multiplicando su población por tres y por cuatro. Valencia partía en el XVII de la expulsión de los moriscos, una catástrofe demográfica que eliminó al 25% de la población, seguida de una política de rentas altas que no atrajo a nuevos repobladores, pero a final del XVII se iniciaría la bajada de las rentas del campo y la demanda de cultivadores era muy grande, con lo que en 1712-1768 se duplicó la población, y todavía crecería en 250.000 habitantes más en el resto del siglo, con fuerte natalidad y una inmigración de 2.500 personas por año. El País Valenciano alcanzaría un máximo de población de 915.000 habitantes.

El este de España no creció en la primera mitad, pero lo hizo muy fuertemente en la segunda, llegando a duplicar población en cincuenta años.

 

Castilla crecía poco, porque la mortalidad compensaba su fuerte natalidad. Las dos Castillas, Extremadura, La Rioja, Aragón y Navarra, y pudiéramos añadir Andalucía en el mismo grupo denominado de forma general como Castilla, tuvieron escasa vitalidad demográfica, y con frecuentes retrocesos, y la cifra de población de finales del siglo XVI no se alcanzó hasta el siglo XIX.

La zona más poblada sería el País Vasco, con 334.000 habitantes.

Castilla, el centro, creció un 30% en el conjunto del siglo.

El sur de España creció lenta pero regularmente durante todo el siglo. En el conjunto del siglo Andalucía creció un 40%.

 

La población creció más en la periferia que en el interior y más en las zonas costeras de la periferia que en las zonas interiores de la misma.

 

 

 

Migraciones.

 

La migración fue fuerte hacia los núcleos urbanos, sobre todo mediterráneos, y también el campo mediterráneo tuvo crecimiento, pero moderado. Hacia el campo mediterráneo se emigró buscando pueblos despoblados recientemente, y buscando los campos resultantes de la desecación de marismas y albuferas. Con esta inmigración mediterránea, aparecieron también otras actividades económicas como el tráfico comercial, la pesca y la construcción naval.

 

 

Las ciudades españolas del XVIII.

 

Las ciudades grandes del norte de España no tenían más allá de 10.000 habitantes, aunque algunas superaran ampliamente esta cifra, y en Andalucía y costa mediterránea no tendrían por lo general más allá de los 50.000 habitantes.

Madrid alcanzó los 150.000-167.000 habitantes,

Barcelona 111.100,

Sevilla 100.000

Valencia los 100.000,

Cádiz los 70.000

Granada los 50.000

Málaga, Zaragoza y Murcia tenían más de 40.000,

Unas 30 ciudades tenían alrededor de 10.000 habitantes

Y el resto eran villas, pueblos y pequeñas ciudades que se consideraban grandes al tener 4.000 habitantes, lo cual no era frecuente.

 

 

Población americana en el XVIII.

 

América tenía un 40% de individuos indios, un 26% mestizos, un 20% blancos (criollos) y un 8% negros. Los blancos eran mayoritariamente castellanos, pues los catalanes y aragoneses en general recibieron permiso para emigrar a América a mediados del XVIII. La emigración total a América fue pequeña y la evaluamos en unas 50.000 personas en el siglo.

Los criollos se sentía molestos con los peninsulares, pues eran negociantes y propietarios rurales y no tenían acceso a los puestos militares y administrativos de su tierra, casi siempre ocupados por peninsulares advenedizos.

La agricultura se desarrolló lo suficiente como para autoabastecerse. Las fortunas mayores estaban en la ganadería pues servía para exportar cuero y sebo, al tiempo que se consumía la carne allí mismo donde se producía. Pronto empezaron a industrializar sus propios productos y poner industrias textiles, del cuero, del cobre y del azúcar. Al establecimiento de estas industrias contribuyó la emigración de algunos artesanos catalanes, asturianos, vascos y valencianos.

A partir de la liberalización del comercio en 1778, el auge del comercio americano fue muy grande. Pero los nuevos comerciantes estaban en contra de los impuestos y empezaron a oponerse a las subidas de impuestos, a los nuevos funcionarios, a la reglamentación del trabajo y del salario y se creó un ambiente hostil a España.

 

El aumento de la población generaba aumento de precios porque la oferta de alimentos era limitada y escasa y la tierra no estaba disponible, además de ya estar ocupadas las tierras de más calidad. El aumento de precios fue bueno para los terratenientes (nobleza e Iglesia) que, aunque perdían mercado interior debido a una mayor pobreza, podían exportar en unas ocasiones y especular en otras.

 

 

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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