GODOY,

LA ETAPA DE JULIO DE 1795 A MARZO DE 1798.

 

 

         Paz de Basilea en julio de 1795.

 

España decidió aliarse a Francia en julio de 1795 y abandonar a sus aliados de 1793, Inglaterra entre ellos. España y Prusia fueron los primeros Estados en reconocer a la República Francesa.

Según Godoy, el objetivo de la nueva alianza era que Francia reanudase sus luchas contra Inglaterra y así se restableciera el equilibrio de fuerzas que era la línea política española de las últimas décadas y particularmente de Floridablanca. También se podría dar la circunstancia de que, en el futuro, Francia le entregase a España los Estados italianos que la reina María Luisa de Parma siempre había deseado para sus hijos. El pensamiento de Godoy recuerda la política-ficción.

En el terreno de lo real, recordemos que los franceses habían avanzado a finales de 1794 tomando Bilbao, Vitoria y Miranda de Ebro, lo cual era una penetración muy seria en territorio español. Godoy se enfrentaba a la derrota ante los franceses, a una mala cosecha, a levantamientos de pueblos como Brazatortas (Ciudad Real) y Alexanco (La Rioja), y decidió abandonar el ataque a Francia, es decir, rendirse.

Anteriormente a la rendición de España, el 1 de abril de 1795, Prusia firmó con Francia su Paz de Basilea, en la que cedió el oeste del Rhin a Francia y se retiró de la coalición contra Francia.

Godoy envió a Domingo de Iriarte a negociar la paz a Basilea, porque allí estaba el francés François Barthelemy negociando la paz con Prusia, y quiso aprovechar la ocasión. Los franceses no cesaron sus ataques sobre España sino que pugnaban por obtener Pamplona para tener mejores bazas de negociación. Los franceses llegaron a Vitoria y Bilbao y pasaron el Ebro en Miranda. A Francia le venía bien la flota española, así que no dijo nada de los ataques españoles recibidos en 1793 y 1794, y aceptó a bajo precio el cambio de bando de Godoy.

Godoy liberó a Floridablanca de su prisión en Pamplona y puso fin al confinamiento de Aranda en Jaén.

En 22 de julio de 1795 España firmó la Paz de Basilea, entre Domingo Iriarte por España, y François Barthelemy por Francia, y Francia devolvió todos los territorios conquistados a cambio de poder obtener en España ovejas para comer, y caballos y yeguas para transporte y mejora de la cabaña equina francesa, durante los siguientes seis años. El precio territorial que pagaba España era la entrega a Francia de la porción oeste de la isla de Santo Domingo, que llamarían Ahití, con lo cual Francia pensaba cultivar azúcar para autoabastecerse. También España se retiraba de la coalición contra Francia, pero España nunca se lo comunicó a Gran Bretaña, sino que las cosas sucedieron por sí mismas.

Godoy se dio por contento por no tener que ceder los pueblos guipuzcoanos que Barthelemy reclamaba, y que Francia devolvió a España, pues Iriarte fue capaz de darse cuenta de que Francia deseaba la paz con urgencia y de que cedería. Godoy recibió por este tratado el título de Príncipe de la Paz.

 

 

Relaciones de Godoy con la Iglesia.

 

Casi simultáneamente a la Paz de Basilea, en 1795, España pidió a Roma la cesión definitiva de las dispensas matrimoniales y que la jerarquía española tuviese jurisdicción plena en los asuntos de disciplina interna de la Iglesia, lo que suponía que no hubiera salida de dinero hacia Roma. El Papa se negó rotundamente a concederlo. Eran sus ingresos principales.

El cambio de bando hecho por Godoy en la guerra no era fácilmente asimilable entre las autoridades religiosas españolas que habían predicado la guerra santa al francés. Todo lo dicho y hecho desde 1792, dejaba de ser coherente con la nueva posición política de España. Y además, la censura contra los escritos revolucionarios persistía, aunque ambos países fueran aliados. Entonces los obispos dejaron de predicar contra la revolución francesa, mientras la Inquisición siguió insistiendo en que se debía atacar la difusión de publicaciones francesas. Empezaban a surgir contradicciones. E incluso surgió algún sacerdote, Fray Miguel Suárez de Santander, que se declaró simpatizante de los franceses, alegando que no era posible lo que se estaba contando a los españoles: se les decía que se estaba luchando contra una tropa de bandidos desorganizados, débiles e indisciplinados, pero si esa tropa había derrotado a Austria, Inglaterra y España, juntas, no debían ser tan débiles. Y muchos sacerdotes empezaron a interesarse por las cosas francesas.

 

 

Populismo de Godoy a partir de 1795.

 

Godoy había perdido su popularidad entre los políticos, se empezaba a encontrar solo en el Gobierno e intentaba atraerse a los ilustrados. Inició una política reformista ilustrada y coqueteó con Meléndez Valdés, Forner y Moratín proponiendo sistemas educativos y reformas técnicas. Pero no surgieron líderes que le ayudaran. De todos modos, la paz, le ayudaba a restablecer su popularidad en una España, sobre todo en Cataluña, cansada de la guerra.

Los dirigentes populistas son difíciles de explicar, precisamente por su irracionalidad de base que es el populismo, pero no dejan de hacer reformas. Las reformas políticas son un tipo de populismo para dar satisfacción a una clase social. El cese de las reformas para repartir pan y fiestas, es otro tipo de populismo, que sirve a otra clase social. En el caso de Godoy, algunas de las reformas fueron interesantes:

 

Reformas de Godoy:

Dirección de Fomento General del Reino,

Un censo de población,

Un censo de frutos y manufacturas,

Un Semanario de Agricultura y Artes,

Real Instituto Pestalozziano, para hijos de oficiales, con el objeto de crear maestros.

Comisión para reformar la primera enseñanza.

Escuela de Veterinaria, en 1793.

Real Colegio de Medicina, Cirugía y Ciencia Físicas Auxiliares, de 1795.

Colegio de Caballeros y Pajes.

Real Seminario de Nobles.

Dirección de Trabajos Hidrográficos.

Junta de Comercio General (que llegaría a ser Ministerio de Fomento).

Escuela de Ingenieros, Puertos y Calzadas.

Gabinete de Máquinas del Buen Retiro.

Escuela de Construcción de Instrumentos Ópticos, en el Real Observatorio Astronómico.

Escuela de Arquitectura Hidráulica.

Reforma de los Colegios de Cirugía de Madrid, Cádiz y Barcelona.

Colegios de Cirugía en Burgos y Santiago.

Cátedras de física, química, y botánica en las facultades de Medicina.

Arreglo de los planes de estudios de las Universidades, de 5 de octubre de 1802.

Creación de varias cátedras en 22 de septiembre de 1801.

Colegio de Sordomudos, creado por la Real Sociedad Económica Matritense.

Real Instituto Asturiano, creado por Jovellanos.

Junta de Comercio de Barcelona.

Escuela de Ingenieros Industriales.

También fue mecenas de Goya, Meléndez Valdés y Moratín.

Y en el terreno de lo social, Godoy puso en 1795 un impuesto a los mayorazgos, lo que demuestra un ambiente social hostil a esta figura socioeconómica, puesto que Godoy la aprovecha en esta circunstancia tan singular.

 

Populismo respecto a las clases bajas y medias:

Godoy también intentó atraerse a las clases medias y bajas aflojando un poco la presión fiscal. Se suprimió el “servicio ordinario y extraordinario y su quince al millar” (20 de noviembre de 1795), impuesto que eran unas contribuciones sobre la propiedad que las Cortes le aprobaban al rey como una cantidad global, y que más tarde los pueblos debían repartirse. Eran algo habitual y regular a partir del siglo XVI. Con la extinción de esta fuente de ingresos del Estado denominada “servicios ordinarios y extraordinarios y su quince al millar”, el Estado perdió ingresos importantes, pues el servicio ordinario reportaba 300 millones de reales y el extraordinario 150 millones brutos. Teniendo en cuenta que el presupuesto del Estado en 1787 era de unos 650 millones de ingresos, la cantidad era muy notable. Y en una época de déficit muy grave de Hacienda, las rebajas eran poco explicables, salvo desde el punto de vista populista.

Otras medidas para agradar a las clases medias fueron eliminar los descuentos de sueldo que se hacían a los funcionarios e incluso se perdonaron los atrasos tributarios a los pueblos devastados durante la guerra. Pero el éxito de Godoy entre los ilustrados fue muy pequeño, en contraste con el entusiasmo popular respecto a Godoy que crecía cada día.

Los franceses por su parte, una vez abandonada la lucha, también estaban intentando campañas populistas en España, volvieron a sus planes de introducir propaganda revolucionaria en España, pero también con poco éxito entre los que no se consideraban subyugados por Godoy, que eran los posibles destinatarios de las ideas francesas. Los españoles de esta facción antigodoísta estaban más preocupados por expulsar a Godoy, culpabilizándolo de la paz de Basilea, que de escuchar proclamas francesas.

 

 

Política internacional en tiempos de Godoy.

 

En 27 de octubre de 1795 se firmó el Tratado de El Escorial entre España (Godoy) y Estados Unidos (Pinckney), denominado “tratado de paz y amistad sin límites”, y en el que Estados Unidos se comprometía a permanecer neutral en los conflictos europeos, y sobre todo a no apoyar a los revolucionarios franceses, lo cual España veía como peligroso en la posibilidad de que la revolución se contagiase a Hispanoamérica.

En el Tratado con Estados Unidos, se fijaban los límites meridional y occidental de las Trece Colonias en el paralelo 31 y en la cuenca del Mississipi. Se concedían mutuamente libertad de navegación y comercio.

Con este tratado, Estados Unidos conseguía abrir el comercio americano por el que tanto habían luchado infructuosamente Inglaterra y Francia, y España esperaba poder dominar la Luisiana (llanuras del Mississipi), pero ello era una quimera, pues España no tenía el potencial poblacional que ello requería, ni la capacidad militar y las inversiones para una empresa como ésta. En 1800, España tendría que reconocer su error, y ceder el territorio. Pero tampoco Francia, ni los Estados Unidos tenían ese potencial, y habría que esperar a mediados del XIX para que le fuera posible a Estados Unidos abordarlo.

 

En octubre de 1795 tuvo lugar en Europa el Tercer Reparto de Polonia. Con ello desaparecía Polonia: En 1772, Rusia, Prusia y Austria le habían recortado algunos territorios; en enero de 1793, Rusia se quedó con todos los territorios al este del río Bug, y Prusia tomó Posnania; en octubre de 1795 hicieron desaparecer Polonia, quedándose Rusia con Varsovia y Lituania; Prusia con la Polonia Mayor; y cediendo Galitzia a Austria. La mentalidad del momento era que un Estado podía desaparecer ante las apetencias de otros más poderosos, pues se trataba de posesiones de un rey que podían pasar a otros reyes. Ese mismo planteamiento lo haría en su día Godoy con Portugal a principios del XIX, e incluso Napoleón se lo planteó con España en 1808.

 

1796 fue el año de comienzos del éxito para Francia y para Napoleón: En mayo de 1796, Francia atacó a los tres miembros de la coalición antifrancesa que aún quedaban, Austria, Inglaterra y Cerdeña, y envió con esa misión a Napoleón, que entró en Lombardía, derrotó a Austria y creó la República de Milán, tomando Rávena y Bolonia para Francia. El Papa Pío VI le concedió 21 millones de escudos para conseguir que no fuera sobre Roma. Napoleón obligó también al Papa, en junio de 1796, a liberar a todos los presos políticos y permitir el libre comercio a Francia en los Estados Pontificios.

 

Otro punto de la diplomacia de Godoy fue abrir relaciones con Portugal. Se intentó desde 1796 y se llegó a redactar un acuerdo de paz en agosto de 1797 de modo que Portugal cerrara sus puertos a los británicos, pero el acuerdo nunca se ratificó.

 

 

Reformas del Gobierno en 1796.

 

A continuación del pacto con Francia hubo cambios en el Gobierno:

Secretario de Despacho de Hacienda: 28 de octubre de 1796: Pedro de Varela Ulloa / 10 junio 1797: Nicolás Ambrosio Garro Arizcun marqués consorte de las Hormazas

Secretario de Despacho de Guerra: 21 septiembre de 1796: Juan Manuel Álvarez de Faria (tío de Godoy) – 4 septiembre 1799/.

Los cambios en Guerra, estaban indicando la falta de colaboración de los militares e ilustrados, puesto que Manuel Godoy tenía que recurrir a su familia.

Los frecuentes cambios en Hacienda estaban indicando que había problemas en un departamento que se había manifestado durante todo el siglo por la estabilidad de sus titulares. Soler se mantendría 10 años en el cargo. Los problemas eran: que los ingresos no aumentaban, que la inflación era del 5% anual, y que la llegada de plata americana disminuía haciendo impensable pagar la deuda pública con ella. No quedaba más remedio que aumentar los impuestos, y ello significaba la revolución de que pagasen los privilegiados que menos impuestos pagaban, o reducir gastos y abandonar muchos de los proyectos que hacían rico al rey a muchos nobles. Pero los gastos iban in crescendo con las guerras de 1793, Guerra de la Convención y desastre bélico de 1794.

Pedro de Varela Ulloa, 28 octubre 1796-10 de junio de 1797, sugirió como nuevas formas de recaudar posibles: exigir media annata a los militares y eclesiásticos; imponer una contribución sobre el producto anual de todos los bienes raíces, objetos suntuarios, espectáculos, viviendas…; vender títulos de nobleza de Castilla a quien estuviera dispuesto a comprarlos; conceder el monopolio de comercio sobre Lima y México, por 6-8 años, a los comerciantes de Cádiz a cambio de una cantidad de dinero; enajenar las posesiones de la Corona que produjeran poco y no estuvieran siendo utilizadas por los reyes; vender encomiendas de Órdenes Militares; permitir la entrada de judíos en España, siempre que viniesen con dinero. Y Pedro Varela murió en junio de 1797 sin poner en la práctica el programa recaudatorio, que era ya desesperado.

El nuevo Secretario de Hacienda, Nicolás Ambrosio Garro Arizcun marqués de las Hormazas, en 1797 volvió a las operaciones tradicionales de pedir préstamos y cobrar sobre las operaciones de giro, que ya se han habían demostrado como ineficaces y decidió incrementar las contribuciones de forma significativa, lo cual no era aceptado por los españoles. Efectivamente, Hacienda perdió mucho dinero con la política de Hormazas, y éste fue despedido a los cinco meses de su nombramiento.

 

 

Godoy se entregó a Francia en 1796.

 

El 27 de julio de 1796 se iniciaron conversaciones para una alianza ofensiva-defensiva entre España y Francia. El Directorio francés cambió de política respecto a la de agresividad que había seguido hasta entonces la Revolución, y el 18 de agosto de 1796 se firmó el Pacto o Tratado de San Ildefonso[1] entre España y Francia, pacto que recuerda a los Pactos de Familia, pero sin Borbones en Francia. En este caso era una alianza con el Directorio francés. Era un error monumental de Godoy: España optó por la alianza con Francia sin imponer condiciones o contraprestaciones, sólo para poder luchar contra Inglaterra, igual que había entrado en alianza con Inglaterra en 1793, sólo para poder luchar contra Francia. La torpeza política era evidente.

La finalidad del Tratado de San Ildefonso era atacar juntos a Inglaterra y defender juntos las posesiones ultramarinas de ambos. España y Francia se comprometían a socorrerse mutuamente con barcos y tropas de tierra, contra Inglaterra. Cuando uno de los dos lo pidiera, el otro le socorrería con 15 navíos de línea, 6 fragatas, 4 corbetas, 18.000 soldados de infantería y 6.000 de caballería. El tratado no afectaba a conflictos con otras potencias distintas Inglaterra. Pero tras las exclusiones expresas en el mismo tratado, se deduce que lo único que se protegía era a Francia de un ataque de Inglaterra. Francia lo necesitaba porque estaba en la guerra de la Primera Coalición contra Francia. No es fácil de explicar la pertinencia del tratado para las conveniencias de España.

La consecuencia inmediata fue el bloqueo marítimo que impuso Inglaterra a España, con el corte de comunicaciones con América. Y a continuación, la declaración de guerra de España a Inglaterra, guerra lógica al haberse aliado a un país en guerra contra Inglaterra.

 

 

La guerra a Inglaterra de 1796-1808.

             Periodo 1796-1797.

 

    En agosto de 1796, España ayudó a Francia en una expedición de castigo sobre Terranova, en la que varios navíos y establecimientos británicos fueron atacados.

El 7 de octubre de 1796, España rompió relaciones con Inglaterra y le declaró la guerra: En la declaración de guerra, España alegaba mal comportamiento del almirante Hood en Toulon y la ilegalidad de la ocupación de Córcega que habían hecho los ingleses, el desdén a España al no tenerla en cuenta en las alianzas de Inglaterra con los países norte-europeos, la nula iniciativa inglesa de atacar a Francia, el apresamiento de barcos españoles (El Santiago, Aquiles, y La Minerva) que seguían siendo asaltados por corsarios ingleses, el contrabando inglés en Perú y Chile, el establecimiento de colonias inglesas en América española, y los ataques a mercantes españoles en el Mediterráneo con fragatas de guerra inglesas. Era como si de repente, España se hubiera caído de su ingenuidad y entusiasmo irracional de que no pasaba nada en las colonias, y viera la realidad, negra como era.

Pero no creemos que España hubiera abierto los ojos, sino que abandonó la sumisión a Inglaterra, para caer ciegamente en la sumisión a Francia. Era la política de Godoy.

Godoy no comprendía cómo podía ser que Inglaterra y Francia fueran tan superiores a España militar y económicamente. Por eso nunca supo jugar el papel tradicional, desde final del XVII, de hacer juego entre las dos potencias. Godoy acabó en manos de Francia por diversas circunstancias. En mayo de 1793 estaba con Inglaterra, en julio de 1795 con Francia. Quizás fueron los errores británicos de atacar en corso a las naves españolas, los que inclinaron a Godoy a entregarse en manos de Francia.

La decisión de volver a la guerra en 1796, significaba no sólo la ruina de los comerciantes, sino la del Estado español. El denominado “Príncipe de la Paz”, introducía a España en el caos, y en la guerra, nada más ser proclamado con ese título de “pacífico”:

Con la alianza francesa y declaración de guerra a Gran Bretaña, España perdió los mercados del norte y este de Europa que se le estaban ofreciendo: Rusia se estaba ofreciendo desde 1795 como abastecedor de trigo y comprador de productos españoles.

La ruptura con Inglaterra en 1796, significó paralización de las relaciones comerciales de España con América. España, durante varios años, no pudo trasladar los caudales americanos a la península ello acarreó la pérdida de metales preciosos, lo que para España, sumida en una burbuja financiera de los vales reales, significaba la quiebra del Estado. La deuda del Estado creció mucho en un sistema cuyo mal secular era la deuda misma.

El déficit de 1796 se elevó a 1.200 millones de reales, que era tanto como el presupuesto del Estado de todo el año, y en esas condiciones, todos los impuestos que se ideasen eran incapaces de hacer bajar la deuda, pues los intereses eran agobiadores.

En 1797, Godoy se enfrentó a un problema para el que no estaba intelectualmente preparado en absoluto, la deuda del Estado: En 1797, los ingresos del Estado español fueron de 478 millones de reales, mientras los gastos se elevaron a 1.423 millones. El desastre era inminente. Se impuso el curso forzoso del vale real como moneda, y se aceptó el vale como moneda de pago a Hacienda, lo cual era un negocio ruinoso, pues los vales se compraban a muy bajo precio y se endosaban a Hacienda a nominal. Se generó un desequilibrio económico grave.

 

En 1797, Gran Bretaña se tomó la revancha, principalmente contra España:

En 14 de febrero de 1797, la flota inglesa de Jerwis derrotó a la española de José de Córdova en la Segunda Batalla de Cabo San Vicente[2]. El almirante inglés Jerwis estaba contento por la captura del mayor barco del mundo cuyo nombre era El Trinidad, un barco con 136 cañones. Entonces Jerwis mandó a Nelson a atacar Cádiz, julio de 1797, pero fracasó ante la flota capitaneada por José de Mazarredo. Nelson atacó entonces Santa Cruz de Tenerife, 24 de julio de 1797, pero fue rechazado por Antonio Gutiérrez, y allí perdió un brazo y fracasó.

Casi al tiempo, Henry Harvey, el 16 de febrero de 1797 desembarcó en la isla de Trinidad, isla venezolana, y la ocupó definitivamente, ataque que intentaría repetir en 17 de abril de 1797 intentando tomar Puerto Rico, pero allí fue rechazado por Ramón de Castro.

España, con su política errática, estaba recibiendo daños tanto de Francia en 1793, como de Gran Bretaña en 1797. Desde febrero de 1797, tras los sucesos de isla de Trinidad y San Vicente, las cosas ya no tuvieron marcha atrás para España.

Godoy no era hábil en hacer política exterior. Sus formas de gobernar, propias del populismo, combinaban las intrigas, amenazas, seducción, ambiciones de los demás y posibilidades de corrupción de los hombres. Esto no daba resultado frente a las grandes potencias, y de ahí que llevara una política exterior cambiante y poco racional. Además, partía de dos condicionantes que le imponían los reyes, que no eran tampoco muy inteligentes, la protección de Carlota Joaquina, reina de Portugal, y de María Luisa, reina de Etruria, las hijas de Carlos IV. Sólo desde ese punto de vista de la exigencia de los reyes se puede entender cambiar Luisiana, un territorio enorme, diez veces mayor que España, con intereses comerciales y estratégicos, por Etruria, un territorio pequeño que sólo daba gastos y conflictos bélicos.

Inglaterra comprobó que era la dueña del mar, pero que no podía aspirar a ganar territorios, pues una vez en tierra perdía su superioridad. Igualmente Francia y España supieron que el ataque directo a las islas británicas era imposible, y por ese camino no llegarían nunca a una solución. La guerra entre ellos no tenía más final que la guerra misma y los beneficios serían pocos, los que se pudieran sacar apresando barcos o saqueando ciudades costeras al estilo de vulgares piratas.

Los británicos bloqueaban el comercio español en las inmediaciones de las costas españolas (cerca de Cádiz) y en el Caribe. La libertad de comercio, o autorización a 22 puertos americanos para comerciar dada en 1778, tenía poca efectividad a partir de 1796. Para intentar superarlo, en 1797 España intentó romper el bloqueo marítimo que suponía estar en guerra con Inglaterra, con una estratagema comercial: Carlos IV autorizó el comercio con América en barcos de bandera neutral, con tal que recalaran en la ida y en la vuelta en puertos españoles. Con esta medida, aunque se restableció en parte el comercio americano, España perdió muchos beneficios comerciales, y sobre todo perdió la iniciativa comercial: los criollos iniciaron empresas de importación y exportación de sus propios productos, obteniendo con el tiempo la independencia económica, que fue anterior a la independencia política en unos 15 años. Los grandes beneficiados de esta política fueron los comerciantes norteamericanos de Estados Unidos y los comerciantes franceses del otro lado del Atlántico. Los americanos, porque eran zona no vigilada por los británicos hacia la que salían los productos exportados por los criollos, y bandera no perseguida por los corsarios británicos. Los franceses, porque los políticos españoles tomaron la decisión de que los barcos americanos recalasen de regreso en cualquier puerto que alcanzasen, incluidos los franceses, y dado que la flota británica se concentraba entre Lisboa y Cádiz, y los puertos franceses estaban cerca de España y libres de británicos, el tráfico comercial se desvió a Francia. Francia recibió mucha plata con la que acuñó piastras (reales de a ocho españoles) que funcionaron en el mercado de Bayona y en la ferias provenzales.

Con ello se rompía de hecho, sin pretenderlo, el monopolio español sobre el comercio americano, pues hacer que las mercancías aparecieran como procedentes y destinadas a puerto español era muy fácil. Desde 1714, Inglaterra ya intervenía en el comercio americano, y poco después lo hacía Francia. Pero desde la crisis de 1797, Estados Unidos y Francia se hicieron progresivamente con ese comercio. Con ello, en 1797 empezó para España la crisis económica general en el comercio americano. En 1799-1802 hubo una ligera recuperación económica, pero se cayó más hondo a partir de esa fecha, y la caída fue ya constante y definitiva. A medida que España vendía menos, se incrementaban las ventas de Estados Unidos, el nuevo competidor, además de las de Inglaterra y Francia, viejos competidores desde 1714.

Hay que advertir que los metales preciosos se mantuvieron en monopolio, y los países neutrales no podían captar los caudales americanos a pesar de la libertad, que no era total y completa.

 

 

Nueva crisis del Gobierno Godoy en 1797.

 

El Secretario de Despacho de Hacienda Nicolás Ambrosio Garro Arizcun, nombrado en 27 de junio de 1797, estaba ante una crisis financiera sin precedentes, una vez que la burbuja del papel había estallado, y había propuesto elevar el derecho de alcabala al 14% (que afectaba a Castilla), incrementar en 3 millones de reales la Real Contribución Única de Aragón, en 6 millones de reales el Equivalente de Valencia, en 9 millones de reales el Catastro de Cataluña, exigir por adelantado a todos los habitantes de Castilla, sin excepción de estamentos, el impuesto de los millones de un año, restablecer el impuesto de la sal y suprimir la exenciones tributarias a cambio de eliminar “el excusado” (la Iglesia era la principal beneficiaria de exenciones tributarias). La medida era completamente inusual y ello provocaba descontento nobiliario y eclesiástico. Nombrado en junio de 1797, fue despedido en 21 de noviembre, tan solo cuatro meses después.

Y ello provocó la crisis de Gobierno en noviembre de 1797:

Cabarrús fue enviado como embajador a Francia. Así, el crítico del sistema fue alejado de Madrid.

En Gracia y Justicia, Gaspar Melchor de Jovellanos, un jurista de gran prestigio en ese momento, tomó la Secretaría en 10 de noviembre de 1797, permaneciendo en el cargo hasta 16 de agosto de 1798. Tenía jurisdicción sobre asuntos eclesiásticos y se esperaba que arreglara ese tema político, Justicia y relaciones con la Iglesia. Es muy difícil de explicar, que un hombre tenido por honesto y sensato por los historiadores posteriores, colaborara en este Gobierno.

Nicolás Ambrosio Garro marqués de las Hormazas, fue sustituido en Hacienda el 21 de noviembre de 1797 por Francisco de Saavedra y Sangronis, un militar muy popular entre los suyos. Estuvo en el cargo hasta 6 de septiembre de 1798. El problema, grave y urgente del departamento, era solucionar la burbuja de los vales reales, pues el Estado estaba en quiebra técnica.

Los vales reales habían sido emitidos por Carlos III en 1780, al estilo de los juros, y el éxito de conseguir 93 millones de reales al 4%, animó a lanzar una segunda emisión en 1781, pero ocurrió que los vales se devaluaron un 8% en dos meses y 14% en cuatro meses. La creación del Banco de San Carlos respondía a la necesidad de que el Estado recogiera los vales, se responsabilizara de su recompra, lo cual dio confianza al mercado y permitió lanzar nuevos vales e incluso abusar de ello, pues en 1788 se habían lanzado 451 millones de reales en vales reales. Sólo los réditos anuales significaban un gasto del Estado de 17,5 millones de reales, una cantidad que ya de por sí era difícil de pagar para el Estado español.

Pero los políticos no dudaron en meterse en nuevas guerras y lanzar nuevas emisiones de vales. Las cifras no paraban de crecer.

En 1794, se había creado un “Fondo de Amortización”, que recogía algunos impuestos fiscales y aduaneros y el producto de las desamortizaciones, lo cual debería servir para recoger los vales de los poseedores que quisieran reintegrarlos al Estado. Pero tras la creación de este Fondo de Amortización, se lanzaron nuevas emisiones y se perdió la confianza en él, devaluándose los vales un 22% en 1795.

El 26 de febrero de 1798 Francisco de Saavedra, se encontró un Fondo de Amortización desprestigiado y decidió hacer algo al respecto: asignó los derechos de la aduana de Cádiz y los de papel sellado a la amortización de la deuda y cambió de nombre al Fondo de Amortización para llamarlo Caja de Amortización nombrándose director a Manuel Sixto de Espinosa funcionario que dependía del Ministerio de Hacienda y no de la Tesorería Real, lo cual se dijo que era un cambio esencial (que no era sino el cambio de nombre). Se mantenían las rentas del antiguo Fondo de Amortización, los tributos asignados al mismo, y los réditos de los valores depositados en él, y se añadían rentas nuevas. Se entendía que los nuevos fondos de la aduana de Cádiz garantizarían el pago de los intereses y amortizaciones de la deuda de 1795, y la renta del papel sellado, servirían para pagar los intereses y amortizaciones de los vales de 1797. Sixto de Espinosa dependía directamente del Secretario de Hacienda, Francisco de Saavedra, y no de la Tesorería General, como había pasado antes con el fondo de amortización de 1794.

La Caja de Amortización era una entidad estatal que debía pagar los intereses y las amortizaciones de la deuda, los vales reales, los préstamos al exterior, los préstamos de empresa y particulares españoles, en intereses y amortizaciones, cosa del todo imposible. Era la vuelta al optimismo antropológico, en el buen deseo como que el optimismo restablecía la confianza y ésta restablecería los negocios. De momento, para empezar a funcionar la Caja de Amortización, se pidió un préstamo a Holanda, al tiempo que se pedía dinero en el interior, y también se pidió a los cabildos de las catedrales un préstamo. España estaba al borde de la suspensión de pagos.

Francisco de Saavedra, el optimista, convocó una reunión urgente de la Junta de Hacienda, que presidió el marqués de Iranda: esta Junta propuso abrir suscripciones a donativos voluntarios y préstamos patrióticos, sin interés y hacer venir de América unos supuestos caudales allí retenidos durante la guerra, los cuales eran, según ellos, tan cuantiosos, que deberían ser portados en fragatas de guerra españolas. La fantasía había sustituido a la razón.

Godoy recurrió a medidas desesperadas, como que los ayuntamientos vendiesen inmuebles para ingresar el dinero en la Caja de Amortización, autorizó la venta de mayorazgos siempre que el dinero fuese a la Caja de Amortización a perpetuidad y al 3%, decretó la enajenación de tierras vinculadas a memorias, patronatos, capellanías, hospitales y hospicios con el mismo fin, pero no hubo compradores para ninguno de los proyectos, el Estado recaudó muy poco y Godoy se hizo muy impopular por haberlo decretado.

El proyecto de la Junta de Hacienda era absurdo, torpe y estaba fuera de la realidad. Y la realidad de la calle le contestó como era de prever: casi nadie se interesó por las donaciones al Estado; no había tanto dinero en América como se predicaba; en Holanda no se pudieron cubrir las peticiones de dinero en préstamo. Y los únicos que estaban dispuestos a prestar eran los eclesiásticos, pero a un interés altísimo, hasta el punto de ser rechazado este dinero por Saavedra.

Saavedra dio un cambio de timón profundo y significativo: decidió que era inútil recurrir a empréstitos, porque nadie iba a prestar al Estado español; que no se podían recargar más las “contribuciones generales” porque se estaba agotando a la actividad comercial; que no se podían poner contribuciones nuevas, salvo a los productos de lujo, y que no se podía crear más papel moneda porque era ya excesivo el circulante. Con ello reconocía su fracaso, pero ello no pareció importar a nadie.

El resultado de las políticas hacendísticas de 1797 fue calamitoso: En 1797, los ingresos de Hacienda se redujeron a 478 millones de reales, mientras los gastos ascendían a 1.423 millones. El déficit anual era de 945 millones, absolutamente insoportable. Las medidas económicas del Gobierno español fueron irracionales: se permitió pagar a Hacienda con vales reales, lo cual era admitir nominal que se podía comprar a precios mucho más bajos en el mercado. Se impuso el curso forzoso de los vales reales como moneda, pero la gente no confiaba en ellos y exigía contraprestaciones en caso de pagar con vales. Se hicieron nuevas emisiones de vales reales, una por 100 millones y otra por 60 millones. El descrédito era completo. El Gobierno de España se podía considerar en quiebra.

Por otra parte, se creaban distintas oficinas económicas, a veces redundantes:

En 1797, Godoy creó la Junta de Comercio y Navegación sin eliminar la Junta de Comercio y Moneda ya existente, por lo que muchas funciones se duplicaban.

Godoy también crearía en 1797 un Departamento de Fomento General del Reino, con el fin de conocer la balanza comercial española.

Godoy estaba demostrando su ignorancia, propia de un populista, en este caso de buena voluntad, pero no sabía hacia qué lado remar.

En marzo de 1798, Francisco Saavedra propuso a Godoy una desamortización de bienes de la Iglesia. No hubo tiempo para decidir, porque Godoy fue destituido a los pocos días. Saavedra pasó de Secretario de Hacienda a Secretario de Estado interino, pero mantuvo la Secretaría de Hacienda.

 

 

Aislamiento internacional de España en 1797.

 

Para colmo de desdichas españolas, en 1797 Francia e Inglaterra iniciaron conversaciones de paz entre ellos dos, y España quedó apartada de una y otra potencia, resultando un fracaso diplomático absoluto para España.

El 17 de octubre de 1797, Napoleón había vencido a Austria en Italia, y Ludwid von Cobenzi firmó la Paz de Campo Formio. En este tratado, Austria cedía a Francia: los Países Bajos Austriacos (Bélgica y Luxemburgo), Corfú y las Islas Jónicas, y los territorios del Véneto al oeste de Venecia, en los que se crearía la República Cisalpina.

Desde la República Cisalpina, Francia era vecina de los Estados Pontificios en las costas del Adriático. Seguían existiendo las repúblicas de Piamonte, Parma, Liguria (Génova), Lucca y Toscana. José Bonaparte, fue enviado como embajador a Roma y recibió la orden de proteger a los descontentos y apoyar las protestas que se originasen. Napoleón estaba dispuesto a entrar en los Estados Pontificios, y estaba esperando la muerte de Pío VI para impedir la sucesión normal del Papa, sacar a Europa del yugo pontificio y establecer un Gobierno representativo en Roma. En la República Cisalpina se acogía a los revolucionarios italianos que pretendían librarse del dominio del Papa. La orden para José Bonaparte era que, cuando muriera Pío VI, no se eligiera sucesor.

En esos días era embajador de España en Roma José Nicolás de Azara. Enseguida hubo un primer motín en Roma, pero, sin la preparación adecuada, fue fácilmente sofocado por los soldados del Papa, que incluso mataron a un general francés. Los sucesos eran oscuros y ni el Papa ni los cardenales sabían qué había ocurrido exactamente, y qué estaba pasando. José Nicolás de Azara, vio la situación con claridad, se dirigió al palacio de José Bonaparte y le pidió que no saliera de Roma. Azara entendía que en cuanto los franceses abandonaran Roma sobrevendría el ataque francés y no dejarían nada de la organización pontificia. Azara se dirigió al Papa y le hizo consciente de la situación: Si el Papa expulsaba de Roma a José Bonaparte, como pretendía, la invasión sería inminente. También escribió una carta al general Berthier, exigiendo que si Roma era asaltada, el barrio de Plaza de España fuera respetado, porque era de jurisdicción española, y España estaba en paz con Francia. Berthier lo entendió. Y Azara se convirtió en el mediador entre el Papa y Berthier.

Berthier exigió el castigo a los asesinos del general francés, responsabilidades por el ataque sobre la embajada francesa y el pago de un dinero (el ejército francés llevaba cinco meses sin cobrar, y lo necesitaba). El Papa asintió en el último momento, cuando los primeros franceses estaban entrando en Roma. A los pocos días, estalló una revuelta en Roma y se proclamó la República Romana. El ejército francés se comportó mal, saqueó la ciudad y creyó que los bienes de El Vaticano les pertenecían por derecho de conquista. Robaron en iglesias, palacios y en el conjunto de El Vaticano.

Napoleón había concebido un plan para llevarse de Roma al Papa, cardenales, prelados y toda la organización católica. Deberían ir fuera de Italia. Pero nadie quiso acoger a este tropel de gente por dos razones: porque eran muchos gastos, y porque podía significar declarar la guerra a Napoleón si no se hacían las cosas como él quería. Carlos IV de España exigió la seguridad física del Papa, pero tampoco le acogió en España, que era el sitio en donde Napoleón quería colocar a la Curia Romana. España pensó entonces la posibilidad de quedarse con los Estados Pontificios e incluso dio instrucciones a Nicolás de Azara para ver si podían pasar al duque de Parma.

Pío VI fue trasladado a Francia, a donde Carlos IV envió 66 millones de reales para mantener la Corte Papal, y muchos obispos españoles entregaron cantidades pequeñas, de entre 25.000 y 36.000 reales. El Papa cedió entonces a un deseo de España de enajenar bienes de hospitales, patronatos, obras pías, poniendo el dinero en la Caja de Amortización al 3%, para entregar los intereses anualmente a la Iglesia. España intentó todavía sacar más ventajas del Papa convirtiendo en perpetua la “bula de cruzada” con la que la Iglesia ayudaba al Estado, y pidió un tercio de las rentas de los obispos y arzobispos españoles. No lo consiguió.

 

 

Oposición entre integristas y reformistas católicos.

El caso Tavira en 1797:

El deán de la catedral de Granada se había quejado de que la Inquisición había cerrado un confesionario en un convento de monjas sin contar con la opinión del obispo de Granada. Jovellanos envió entonces a Antonio Tavira Almazán a investigar el caso. Tavira había sido catedrático en Salamanca y Confesor Real, y era un hombre de peso en la Corte. Dictaminó que la Inquisición tenía razón en este caso, pero que se estaba propasando en el apoyo a los ultramontanos (integristas católicos papistas). Jovellanos pasó el informe al rey Carlos IV y explicó al rey que era un contrasentido que oficiales de la Inquisición que no sabían francés censuraran las obras francesas, cuando había obispos mucho más doctos que sí sabían el idioma y podían hacer mejor esa labor. Jovellanos recomendó a Tavira para obispo de Salamanca, y con ello esperaba que el obispo zanjara las discusiones entre integristas y jansenistas. También esperaba obtener algunas reformas en el Santo Oficio, que se había convertido en el arma de los integristas.

 

 

Nuevas iniciativas desarrollistas en 1797.

 

En 1797 y a propuesta de Jorge Juan, se crearon en España los “depósitos hidrográficos” o bibliotecas para mapas cartográficos. Al mapa cartográfico se le añadieron observaciones meteorológicas y astronómicas y mapas de caminos. José Mendoza Ríos adquirió libros sobre cartografía hechos en Gran Bretaña y los añadió a los “depósitos”. Directores de estas instituciones fueron José Espinosa Tello, Felipa Bauzá, y Martín Fernández de Navarrete. Los depósitos hidrográficos estuvieron vigentes hasta que en 1855 apareció la Escuela de Cartógrafos. Esta escuela, como ya tenía una base humana en España, floreció rápidamente y por ello obtuvo una medalla de oro en la Exposición Universal de París 1867. Los depósitos se complementarán también con el Instituto de Hidrografía de la Marina fundado en Cádiz en 1927.

En 1797, Godoy hizo un nuevo censo de población, que no era muy necesario pues los datos del censo de Floridablanca eran buenos y recientes, de 1787. En realidad, se trataba de un proyecto de la oficina del Censo de Frutos y Manufacturas de hacer un censo cada 10 años, aunque el de 1807 ya no se realizó. Tal vez, la gente pensó que Godoy quería hacer una fuerte subida de impuestos y no colaboró nada. El dato es que Floridablanca dio una cifra de población de 10.400.000 habitantes y Godoy obtuvo 10.541.221 habitantes, con un crecimiento de menos de 150.000 habitantes en diez años que habían sido muy buenos, y ello parece poco a los estudiosos del tema. El Gobierno de José I en 1808 despreciaba el censo de Godoy y se fiaba más del de Floridablanca. Este censo de 1797 fue una parte del ingente trabajo que venía haciendo la oficina del censo desde 1789, del que ya hemos hablado en la fecha citada. El primer trabajo de este organismo se publicó en 1803 como Censo de Frutos y Manufacturas de España e Islas Adyacentes.

En 1797, en pleno delirio constructivista, el marqués de Astorga, el duque de Medinaceli, el duque del Infantado y el duque de Osuna, propusieron a Carlos IV la construcción de una red completa de canales, que no sólo hicieran regadíos por todas partes, sino hicieran navegables casi toda España. Empezaron por formar entre los cuatro una compañía que intentó terminar las obras del Canal de Castilla, Canal del Guadarrama, y prolongación del Canal Imperial hasta el Mediterráneo. Lo esencial de esta red serían los canales de Aranjuez a Sevilla, del Júcar a Valencia, y desde el Tajo, por Extremadura, hasta Ayamonte. Desde Madrid, o Aranjuez pasando por Madrid, se haría otro canal hasta el Canal Imperial ¡Y calculaban 24 años para poder terminar este proyecto! ¡Y sólo por 750 millones de reales! Alguien se había vuelto loco en Madrid. El proyecto fue rechazado por inviable y absurdo. Pero el dato demuestra la capacidad de fantasear con la economía que había entre señores que, teóricamente, eran élite del país. Estamos hablando de unas circunstancias de un Gobierno completamente arruinado, quebrado, sin crédito alguno en el interior ni en el exterior, en el que personajes influyentes estaban pensando en reformas teóricas, como si no pasase nada.

En 1797 se dio un paso importante hacia la libertad de trabajo permitiendo que los artesanos se estableciesen por su cuenta fuera del gremio. La idea se completaría en 1798 exigiendo al gremio examinar para maestro a todo el que lo pidiera, y no sólo a aquellos que el gremio considerara idóneos. Esta medida cambiaba de manera muy importante el gremio, pues los nuevos maestros no siempre tenían capital para establecerse, y se empezó a dar el caso de maestros que trabajaban como oficiales para otros maestros. Y dentro del gremio surgieron desavenencias y rivalidades.

 

Los proyectos más o menos utópicos citados, contrastaban con la realidad de crisis interna que era muy grave:

Por ejemplo, en 1797 hubo conflictos laborales en la Real Fábrica de Algodón de Ávila.

En 1798, Inglaterra tenía bloqueados todos los puertos españoles del Cantábrico y Atlántico, incluido Cádiz. El comercio español se hizo imposible, y sólo dejaban salir a los barcos extranjeros, y a los barcos españoles que portasen lana para Inglaterra. Los comerciantes españoles lo estaban pasando mal.

Ante la falta de los caudales americanos y el bloqueo de los puertos españoles atlánticos, el Gobierno se hacía imposible, y Godoy aparecía como el responsable.

Las medidas adoptadas por los Secretarios de Despacho de Hacienda de Godoy no daban nunca fruto, eran un fracaso.

 

 

Napoleón líder de Europa a partir de 1797.

 

Tras las campañas victoriosas y reorganización política de Italia en 1797, Napoleón manifestó el 4 de septiembre de 1797 (18 de fructidor) quién era el nuevo líder en Francia. Una vez clara la situación política, salió para Egipto en 19 de mayo de 1798, y definitivamente tomó el poder en 9 de noviembre de 1799 (18 de brumario).

El 19 de febrero de 1798, el Papa Pío VI concedió a Napoleón 30 millones de escudos (en 1796 le había dado 21 millones) para que no fuera sobre Roma. Napoleón declaró la República Romana, legalizó el matrimonio civil y el divorcio, cerró monasterios y confiscó las propiedades de la Iglesia. El 20 de febrero de 1798 apresó al Papa Pío VI y le llevó preso a un convento de Siena, luego a otro de Florencia, y por fin a Francia, donde murió en 29 de agosto de 1799.

Respecto a España, Godoy no satisfacía los deseos de Francia: Napoleón quería Portugal. También quería Italia, donde le molestaba Fernando de Borbón Parma, hermano de la reina María Luisa. Pero lo que más interesaba a Napoleón era América. No le importaba poner en los reinos europeos a hermanos o generales suyos, no deseaba unir esos territorios a Francia, sino lo que quería era el comercio americano para Francia. Y la forma de obtenerlo era que se lo cediesen los entonces administradores, España y Portugal. Napoleón tenía idealizado el comercio americano como una fuente inagotable de todo tipo de recursos agrícolas, ganaderos, mineros y de metales preciosos. En ello estaba equivocado. No contaba con los muchos problemas que había que solucionar, y los muchos gastos que ello significaba, para conseguir todos esos recursos americanos.

 

 

El cese de Godoy en 1798.

 

El 28 de marzo de 1798 cayó Godoy. No creemos que fuera por perder la estimación real, pues continuó en la camarilla de la reina y lo supervisaba todo. Tampoco sabemos si tuvo desacuerdos con Saavedra y Jovellanos.

Lo que sí sabemos es que Francia envió al ciudadano Truguet con el mensaje de que le consideraban enemigo de Francia y debía ser destituido. Pero el Ministro de Exteriores francés, Tayllerand, no intervino, y el embajador francés hizo declaraciones favorables a Godoy, lo cual nos desconcierta más. Truguet llegó a Madrid en febrero de 1797 exigiendo decretos contra los emigrados franceses y los sacerdotes refugiados en España. También exigió más medidas contra el comercio inglés de contrabando. La actitud de Godoy empezó a ser mal vista en España, y los franceses del Directorio sabían que en España había mucho descontento político. Entre los descontentos estaban: el partido aragonés o nobiliario, la masa de descontentos con lo que se permitía a Godoy, las industrias quebradas por el bloqueo inglés, los intelectuales defraudados por Godoy pues no se hacían reformas en sentido enciclopedista político. Pero el embajador francés no quería protagonizar la campaña contra Godoy, porque ello se podía revertir en una campaña en contra de Francia. Prefería hacer correr chismes como que Godoy recibía a tertulias de franceses emigrados.

Saavedra y Jovellanos aconsejaron a Godoy cambiar al embajador español en París, es decir, destituir a Bernardo del Campo marqués del Campo para dar paso a Francisco Cabarrús. Godoy no quería designar a Cabarrús porque era francés de nacimiento, pero el Directorio tampoco le quería porque era antirrevolucionario, odiaba las constituciones y odiaba al Directorio como gobierno colegiado, pues creía en la monarquía, en que debía gobernar un solo hombre. Cabarrús estuvo cinco meses en París e intentó conversaciones con Inglaterra, que no gustaban nada al Directorio. Y el Directorio le devolvió a España. El Directorio acusó a Godoy de haber enviado a Cabarrús con el único fin de hacer una paz por separado con Inglaterra, lo que conllevaría la declaración de guerra a Francia.

Godoy fue destituido en 30 de marzo de 1798 (Enciso dice 28 de mayo de 1798). Las derrotas militares, la persistencia de la crisis económica y financiera y la continua depreciación de la moneda generaban más malestar popular que la simpatía que pudiera tener el personaje. Godoy permaneció en la Corte gozando de todas las prerrogativas de un favorito, pero ya no la Secretaría de Estado y dirección del Gobierno. El Directorio francés no gustaba de ese personaje, porque se oponía a los proyectos franceses, y Saavedra y Jovellanos tuvieron el valor, en noviembre de 1797, de pedir a la reina que le echase.

 

La excusa para cesar a Godoy fue que Godoy había hecho una propuesta de paz a Inglaterra, por medio de Cabarrús, sin consultárselo a los franceses, lo cual era muy enojoso para el Tratado de paz entre España y Francia. Por ello, Carlos IV debía hacer un gesto como de que se prescindía de él. Sólo era un gesto teatral, pues Godoy seguía en Palacio como favorito.

Pero la sustitución de Godoy no era fácil: El rey había prescindido de los ilustrados golillas en febrero de 1792 y de los aristócratas en noviembre de 1792, y había escogido a un gobernante manipulable por él y por la reina, Godoy, y seis años después se quedaba sin su hombre en el Gobierno. En marzo de 1798 se decidió poner en su lugar a un hombre maleable y sumiso, que permitiera seguir gobernando a Godoy, aunque Godoy no ejerciera oficialmente el cargo. Era Francisco de Saavedra y Sangronis. Se puso a su lado a dos personas que podían ser de gran ayuda, o al menos tenían prestigio personal como gestores eficaces, y se salió del paso.

 

 

 

 

[1] En otro Tratado de San Ildefonso de 1777, se fijaron las fronteras entre España y Portugal en Uruguay.

[2] La Primera Batalla de Cabo San Vicente es de 16 enero de 1780, la Segunda de 14 de febrero de 1797, y la Tercera de 5 de octubre de 1804.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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