GODOY: LA ETAPA

DE NOVIEMBRE 1792 A JULIO 1795.

 

 

En 15 de noviembre de 1792, se le entregó la Secretaría de Estado a Manuel Godoy y Álvarez de Faria, Teniente General de la Guardia Real. Permanecería en el cargo hasta 30 de marzo de 1798.

Desde 1789, la reina insistía en que los asuntos de gobierno se llevasen delante de Godoy, así que el Secretario de Estado despachaba delante del favorito de la reina. La reina y Godoy tenían sus propias opiniones sobre la política y las expresaban delante de los Secretarios de Despacho. Sólo basándonos en esto, podemos decir que Godoy tenía alguna experiencia de gobierno en 1792.

En noviembre de 1792, se mantuvieron los Secretarios de Despacho excepto Aranda, que fue cambiado por Godoy:

Secretaría de Estado, Manuel Godoy y Álvarez de Faria.

Secretaría de Hacienda: Diego Gardoqui Arriquíbar, era Secretario desde octubre de 1791, y se mantendría hasta octubre de 1796.

Secretaría de Guerra, Manuel Negrete de la Torre, II conde de Campo Alange, marqués de Torre Manzanal (Duque de Campo Alange en tiempos de José I), era Secretario desde 1790, y se mantuvo hasta 1795.

Secretaría de Marina e Indias, Antonio Valdés y Fernández Bazán, hasta 13 de noviembre de 1795.

Secretaría de Gracia y Justicia, Antonio Porlier Sopranis, que ya era Secretario desde 1790.

 

La apariencia de los primeros días de gobierno de Godoy era engañosa, pues intentaba recuperar a los antiguos hombres de Gobierno expulsados a la caída de Floridablanca: Cabarrús fue nombrado embajador en París, aunque no obtuvo el placet del Directorio y no se pudo incorporar a su puesto. Jovellanos fue llamado a la Secretaría de Gracia y Justicia, pero tampoco se incorporó al cargo. En estos momentos, Jovellanos estaba desilusionado por las disputas entre integristas católicos y jansenistas católicos, y tomó partido por los primeros, evolucionaba hacia el conservadurismo. Godoy, en estos primeros días, daba la impresión de ser un continuador de Floridablanca y de Aranda. Pero esa primera impresión duró poco tiempo. Pronto se mostró que el Gobierno de Godoy se parecía más a una dictadura en la que todo iba a ser controlado por Godoy.

Godoy había defendido que Floridablanca debía dar más poder a los Consejos, como decía Aranda, pero una vez asumido el poder, anuló prácticamente a los Consejos. Por ejemplo, las decisiones de la Sala de Mil y Quinientas no serían válidas hasta ser aprobadas por Godoy.

 

 

Godoy en el tema Luis XVI.

 

Las circunstancias de política exterior en que tenía gobernar Godoy, estaban condicionadas por la Revolución Francesa. El primer cuidado de Godoy fue salvar la vida de Luis XVI, y para ello se puso en contacto con el inglés Pitt, y ambos abrieron un crédito ilimitado al cónsul general de España en Francia, José Ocáriz.

Godoy decidió prudentemente que la postura más conveniente para España y para Luis XVI era la de neutralidad, de modo que se pudiera negociar con los revolucionarios franceses.

José Ocáriz intentó mediar para una paz entre Francia y Austria y Prusia, pero no consiguió nada. Ocáriz, en 17 de enero de 1793, invitó a la Convención francesa a poner cualquier condición a cambio de la vida de Luis XVI, pero no fue aceptada su propuesta. El 21 de enero de 1793, Luis XVI fue ejecutado. Cuando el 7 de marzo de 1793, la Convención le declaró la guerra a Carlos IV, José Ocáriz salió de Francia. Su protagonismo político volvería en 1795, cuando negoció la paz con España con Francia, Paz de Basilea de 22 de julio de 1795.

Cuando Luis XVI fue ejecutado en la guillotina, toda Europa se quedó estupefacta, pues se creía que un rey era intocable, delegado de Dios en la tierra, persona venerable. ¡Y se le había ejecutado como a un hombre ordinario! Los europeos quedaron tan sorprendidos que no sabían cómo reaccionar.

La circunstancia de la muerte de Luis XVI pudo venirle bien a Godoy, en el sentido de que dejó de hablarse de él en España, lo que a la postre pudiera haber acabado con su carrera en pocos días, y pasó a hablarse exhaustivamente de Francia.

En enero de 1793 Inglaterra decidió atacar a la Convención francesa. El motivo alegado era la defensa de Holanda. Era un cambio muy importante en la estrategia mundial, pues hasta entonces Inglaterra no se había pronunciado sobre la Revolución Francesa. Y todas las alianzas cambiaron: Prusia se acercó a Austria, y ambos se aliaron con Inglaterra.

En febrero de 1793 España hizo una alianza con Gran Bretaña, y decidió la entrada en guerra contra Francia. Pero nadie estaba iniciando ningún ataque, sino simples preparativos de guerra.

La alianza con Gran Bretaña, un país que había declarado la guerra a Francia, era lo mismo que declarar la guerra a Francia. Y se producía una circunstancia que hablaba mucho del tipo de gobernante que sería Godoy: Godoy, antes de 1793, opinaba que la guerra contra Francia era ruinosa para España, injusta, impolítica e incluso arriesgada para la monarquía española. Pero una de las primeras medidas que tomó Godoy fue declarar la guerra a Francia. Godoy era un hombre acomodaticio a las diversas situaciones políticas.

Ciertamente había razones para cambiar, y una de ellas era que Luis XVI había sido guillotinado en enero de 1793, pero esa no era la única razón que hizo cambiar a Godoy de opinión: el clero español predicaba la guerra de cruzada contra Francia. Floridablanca opinaba que España se debía aliar con Gran Bretaña y hacer la guerra. Aranda, de siempre amigo de Francia, terminó consintiendo en declarar la guerra a los que habían matado a su rey. Y en 1793 tenía lugar la primera coalición europea contra Francia: casi todos los países europeos se sumaban a una lucha para reinstalar el orden político monárquico allí abolido por la revolución. España se sumaba pues a la mayoría.

Pero la explicación mejor del cambio de decisión, nos la proporciona el propio Godoy. Éste era consciente de que la alianza con Gran Bretaña era una decisión grave puesto que se rompía el Pacto de Familia. Godoy argumentó por una parte, que muerto el rey de Francia, ya no tenía validez el Pacto de Familia. Y en segundo lugar, Godoy alegó que era útil ponerse de parte de la Marina más poderosa del mundo, Inglaterra, pues ello garantizaba el comercio con América y permitía intervenir en Francia con esperanza de algún éxito, y provecho posterior.

El Gobierno británico era mucho más práctico en su política exterior, con aspiraciones más concretas, y esperaba de España ventajas comerciales, en la península y en América, de modo que pudiera introducir sus productos textiles en el inmenso mercado hispanoamericano. A los ingenuos españoles les sorprendió la actividad diplomática inglesa: Inglaterra pactó con Rusia la entrega para ésta de la isla de Malta, la cual podría constituirse en un magnífico astillero para la flota rusa, e incluso campo de entrenamiento militar ruso.

La postura de Aranda de mantener neutralidad frente a Francia era difícilmente sostenible. Aranda sostenía que la rebelión de las colonias inglesas y la revolución en Francia eran un peligro que se había de afrontar mostrando neutralidad frente a ambas revoluciones, a fin de evitar una posible revolución en las colonias americanas españolas. Así lo manifestó Aranda en febrero de 1793. Pero todos los reyes de Europa habían declarado la guerra a Francia y Godoy no iba a dejar pasar la oportunidad de ir con los que parecían más fuertes.

 

 

Los españoles ante la Revolución Francesa.

 

El embajador de Francia, Carlés, afirmaba en su informe de 1793, que el ambiente español era propicio a una revolución siempre que se encontrara a alguien capaz de arrastrar a las masas. Había tres grandes tendencias políticas: liberales, jovellanistas y afrancesados. Los liberales defendían la soberanía del pueblo garantizada en una Constitución escrita. Los jovellanistas hablaban de una constitución interna, una constitución histórica, de siempre, viva en la tradición, que hacía innecesario escribir una constitución. Los afrancesados hablaban de un reformismo sin abandonar el principio de autoridad. Eran las mismas personas que antes hemos considerado como ilustrados convencidos.

Para 1793, el espíritu revolucionario ya había cuajado en España y la gente se interesaba por Robespierre, algunos fueron voluntarios a luchar en el ejército francés revolucionario y otros fueron simpatizantes de los acontecimientos franceses aunque se quedasen en España.

Entre los afrancesados, destacaba José Marchena, nacido en Andalucía en 1768, que había estudiado en los Reales Estudios de San Isidro de Madrid y en la Universidad de Salamanca, y que en 1792 había huido a Francia y había ingresado en el “Club des Amis de la Constitution” de Bayona, desde donde escribía pequeños mensajes llamando a la libertad religiosa y a acabar con la Inquisición.

El ministerio francés de Asuntos Exteriores encargó al girondino Antoine Nicolas de Condorcet la redacción de folletos de propaganda de la revolución, que habían de ser distribuidos en los países limítrofes a Francia. La dotación para este fin aumentó en el momento en que los países vecinos les declararon la guerra a los franceses. El mensaje encargado en estos folletos era exponer que el objetivo de la revolución era acabar con todos los Borbones del mundo, y no solo con ellos, sino también con la nobleza y el clero, lo cual se había de lograr convocando Cortes constituyentes. La obra de Condorcet se imprimió en miles de folletos, que entraron en España a pesar de los filtros, prohibiciones, Inquisición y demás obstáculos. Hemos encontrado ejemplares en Bilbao, Vergara, Figueras, Valencia, Gerona, Barcelona… y sabemos que las bases de distribución eran Bayona y Perpiñán. Algunos hablan de que tras la caída de Floridablanca había bajado el celo fiscalizador de estos escritos, o tal vez los españoles colaboraban más en pasarlos de mano en mano.

Los españoles de mediados de 1793 tenían ideas muy definidas sobre la revolución francesa, los unos a la contra y los otros, la minoría, a favor. La mayoría en contra empezó a despotricar contra los galicismos en la escritura, contra el peligro de irreligión, contra la nueva filosofía revolucionaria, y utilizaron sus cargos políticos y sus púlpitos para hablar en contra de los revolucionarios franceses. Pero los españoles sabían bastante poco de la Revolución Francesa pues la política de Godoy, como la de Floridablanca y la de Aranda seguía siendo la de ocultar hechos, prohibir libros, incluso los que criticaban a la revolución pues a través de ellos tal vez se pudiera intuir lo que era la Revolución Francesa. Se vigiló a los profesores de lengua francesa, y a todos los profesores franceses de cualquier otra materia, y no se dieron nuevas licencias a franceses para venir a enseñar a España.

Godoy reprimió duramente a cualquier alborotador, aunque los españoles normalmente hacían alborotos por el precio del pan. Lo que estaba ocurriendo era que las gentes incluían en sus algaradas los gritos de libertad e igualdad. Tal fue el caso de Brazatortas en Ciudad Real, y Alesanco en La Rioja

 

 

Segundo Reparto de Polonia.

 

En enero de 1793 tuvo lugar el segundo reparto de Polonia. Los aristócratas polacos habían optado por no desagradar a Catalina la Grande de Rusia y no hacer ninguna reforma en el país, tal como Rusia quería. Surgió entonces un grupo liberal, partidario de la total independencia polaca, y redactó una constitución en 3 de marzo de 1791 suprimiendo los privilegios de los aristócratas y liberando a los campesinos de obligaciones nobiliarias. Rusia organizó el apoyo a los aristócratas conservadores polacos y la contrarrevolución. Los liberales pidieron ayuda a Prusia, pero Federico Guillermo II de Prusia prefirió aliarse con Rusia y anexionarse entre ambos países los territorios polacos cercanos a sus respectivos Estados, además de derogar la constitución polaca.

 

 

Reformas socioeconómicas de Godoy.

 

En enero de 1793, Godoy decidió la reducción del monopolio de los gremios de la seda, y más adelante procuró legislar contra los privilegios de otros gremios.

El 24 de mayo de 1793, decretó la distribución de tierras entre los pobres de los ayuntamientos de Extremadura, pudiendo los afectados cercarlas y cultivarlas libremente. Tras pagar una renta anual durante diez años, pasaban a ser propietarios de la tierra.

En 1795, suprimió el impuesto de servicio ordinario y extraordinario que pagaban en Castilla los labradores no nobles.

También pidió permiso al Papa para suprimir el privilegio de exención de diezmos que tenían los privilegiados y órdenes religiosas, argumentando que ese dinero se destinaría a los sacerdotes necesitados.

El 24 de noviembre de 1796, escribió a los obispos para que ordenasen que los párrocos enseñasen los progresos de la agricultura moderna, para lo cual se les enviaría una revista semanal, Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos, cuyo número uno apareció el 5 de enero de 1797. La revista se publicó hasta 1808.

El 20 de diciembre de 1796 decretó el cese de la regulación de precios en paños y manufacturas.

 

 

Nepotismo de Godoy.

 

Junto a este aspecto reformista y progresista citado en el párrafo anterior, es preciso citar otros aspectos de la personalidad de Godoy que le hicieron conservador y sospechoso:

Su padre fue nombrado Presidente del Consejo de Hacienda.

Su tío Juan Manuel Álvarez Faria fue nombrado Teniente General.

Sus hermanos Luis y Diego fueron ingresados en la Guardia Real de Palacio.

Su cuñado, el marqués de Branciforte, fue Capitán General y Consejero del Consejo de Guerra.

Cuando estaba agradecido a un soldado le nombraba oficial del ejército, sin más méritos. Algunos sacerdotes extremeños que se llegaron a visitarle, fueron promovidos a obispos.

 

 

La Guerra de la Convención, 1793-1795:

El año 1793.

 

El 7 de marzo de 1793, la Convención francesa declaró la guerra a España, seguida de otras declaraciones de guerra a Holanda e Inglaterra, porque todos ellos estaban haciendo preparativos de guerra contra Francia. El 23 de marzo, España respondió declarando la guerra a Francia en el Manifiesto de Aranjuez. Se decretó que los franceses no podrían residir en España cerca de la frontera con Francia. El ministro francés Lebrun concibió la idea de crear “comités de patriotas españoles” que ayudaran a la Revolución Francesa, y protegió la formación de dos clubs en Bayona y Perpiñán. Estos comités debían servir para la propaganda del Comité de Salud Pública francés. Pero a la llegada de los jacobinos al poder en mayo de 1793, estos clubs perdieron sus subvenciones pues lo jacobinos querían fortalecer la revolución dentro de Francia y desdeñaron ideas de extenderla a Europa antes del triunfo definitivo, que sólo se conseguiría con la guerra.

Con esta declaración española de guerra a Francia, de marzo de 1793, Godoy aumentó su popularidad, pues el pueblo español no entendía la actitud de Aranda, al que consideraban cobarde. Los sacerdotes utilizaron el púlpito en favor de Godoy, y el que era criticado por recibir favores y llevar vida licenciosa, recibió todo tipo de donativos y se le ofrecieron muchos voluntarios para luchar contra Francia.

Y Godoy, a sus 25 años de edad, se vio encumbrado, no sólo en el poder, que ya lo estaba desde noviembre del 92, sino en la popularidad. La Iglesia le declaró protector del catolicismo y el pueblo español siguió a sus sacerdotes en el culto a Godoy. La Imagen de Godoy quedó deformada para siempre ante los españoles. La Corte adquirió todos los caracteres de un régimen populista: la gente acudía masivamente pidiendo favores, los unos protección para sus empresas, los otros dinero para órdenes religiosas y reparaciones de iglesias, los de más allá ayuda para publicar sus libros… Todos pensaban que Godoy era uno de los suyos, los rentistas, los empresarios, los eclesiásticos, los jóvenes literatos dedicados a los poemas y epístolas amorosas, y hasta los jóvenes revolucionarios que pensaban cambiar el mundo publicando nuevas ideas sobre el poder, para las que necesitaban subvenciones. Los únicos que no estaban muy conformes con Godoy, pero no se oponían demasiado a su Gobierno, eran los nobles, pues el partido aragonés de Aranda, cuyos objetivos fracasaban por completo con la llegada de Godoy, se sentía postergado y fracasado. Se lo harían pagar en 1808.

Godoy le encargó a Aranda, Decano del Consejo de Estado y todavía prestigioso como general, la preparación de tres ejércitos, 53.000 hombres en total: 30.000 hombres que debían entrar en Francia por Cataluña bajo las órdenes de Antonio Ricardos, 5.000 hombres que debían defender la frontera aragonesa bajo las órdenes de Paolo di Sangro Príncipe de Castelfranco, y 18.000 hombres que debían defender el País Vasco y Navarra a las órdenes del general Ventura Caro.

La Primera Coalición contra Francia reunía a Austria, Inglaterra, Prusia, Cerdeña, Nápoles, España y Países Bajos. Enseguida derrotaron a Francia en 18 de marzo en Neerwinden y el 18 de mayo en Mas Deu.

España invadió el Rosellón, el territorio que recientemente se había anexionado Francia y que se había convertido en un mito de irredención en Cataluña. También se tomó la base de Toulón en el sur de Francia.

Godoy estaba en conversaciones con Inglaterra desde diciembre de 1792, y el acuerdo llegó en marzo de 1793 tras la declaración de guerra de la Convención. En la Primera Coalición contra Francia, los británicos querían utilizar la flota española para destruir la base naval de Toulon, cerca de Marsella. Godoy no estaba dispuesto a prestar su flota a Inglaterra porque pensó que los ingleses trataban de enfrentar a la flota francesa con la española, lo cual daría como resultado la destrucción de ambas, y ello se convertiría en una gran victoria británica, que se quedaría sin enemigos. En agosto de 1793 se llegó por fin a un acuerdo en el que ambas flotas, la española y la británica, sitiaban conjuntamente Toulon. Al empezar las operaciones, el almirante Hovel dijo que el puerto de Toulon sería exclusivamente británico, y entonces los españoles se retiraron. Los franceses reconquistaron Toulon en diciembre de 1793, y el puerto no fue tampoco británico. En adelante, los españoles se negaron sistemáticamente a salir a alta mar a combatir a los franceses, con gran disgusto de los británicos, por lo que las relaciones dentro de la Primera Coalición contra Francia fueron siempre malas.

Pero las victorias acabaron en 1793, y Francia contraatacaría en 1794 y 1795.

 

La Guerra de la Convención fue popular en el conjunto del Estado español en 1793, y sobre todo en zonas alejadas de la frontera francesa. El clero español predicó la guerra contra Francia a lo que el pueblo español respondió entregando donativos para hacer la guerra y presentándose voluntarios para la lucha. Francia fue invadida desde muchos frentes en 1793. En el frente español, muchísimos voluntarios españoles y americanos compusieron un gran ejército. Destacó el clero catalán en sus campañas por obtener voluntarios para esta guerra. Ello era explicable porque muchos emigrados realistas franceses (expulsados por el decreto de 26 de agosto de 1792) estaban en Cataluña haciendo propaganda. Hay que decir también, que muchos revolucionarios franceses hacían propaganda en Cataluña para expandir sus ideas hacia España, pero fracasaban porque su ideología era de Estado unitario cuando en Cataluña dominaba la idea de separación de Castilla en cuanto a recuperación de fueros y posesión de instituciones propias.

En los territorios fronterizos con Francia, la guerra se aceptó mal: Se llamó a los mozos de 17 a 36 años de edad, y se hizo propaganda desde los púlpitos, y hubo reacciones poco positivas: los navarros dijeron que sólo defenderían su territorio, que sólo colaborarían tres días a su costa y, en adelante, a costas del rey, que se organizarían en sus propias jerarquías militares exclusivamente navarras, y que sólo se movilizarían tras decretar el Gobierno “el apellido” o movilización general. Tras este posicionamiento general, hubo pueblos en que todos los vecinos acudieron al apellido o movilización general, y pueblos en que no acudió casi ningún vecino, y más tarde, los vecinos alistados desertaban cuando querían alegando que estaban fuera de su territorio o que algún jefe, incluso de un pelotón cualquiera, no era navarro; en Cataluña y Valencia, hubo un entusiasmo general los primeros días de la guerra, pero los alistados no respetaban la disciplina militar, sino que cada grupo quería actuar por libre, y el resultado fue una gran descoordinación y desmoralización. En esas condiciones, era imposible resistir a las fuerzas de la Convención.

 

Posibilidades militares de España en 1793.

En 1793, España demostró que tenía un ejército pequeño, incapaz de atacar en el exterior, pero suficientemente modernizado para resistir al ejército francés. Podía estar siendo derrotada, pero aguantaba posiciones y no se rendía.

Los generales designados para dirigir la guerra eran Antonio Ricardos Carrillo en Cataluña, para atacar El Rosellón, Ventura Caro en el País Vasco y Navarra para entrar en territorio francés pero sin mostrar demasiada agresividad, Paolo di Sangro Merode príncipe de Castilfranco para defender Aragón, y Juan Cayetano Lángara Huarte para ponerse al mando de una flota de 18 navíos que debían coordinarse con la flota británica. El principal objetivo de Lángara era sitiar Toulón, la principal base naval francesa en el Mediterráneo.

De los 53.000 hombres previstos para la movilización militar, los únicos ejércitos efectivamente levantados en España fueron fuerzas señoriales, como los batallones del duque del Infantado (tres batallones denominados Voluntarios de Castilla), del duque de Osuna, del duque de Frías, del duque de Arión, y del duque de Medinaceli. En el momento de atacar, Ricardos sólo tenía 3.500 hombres, una décima parte de lo que le había prometido. Aun con eso, Ricardos se portó profesionalmente y atacó el Rosellón.

Y en el ejército español surgieron los problemas de siempre, los de abastecimiento de alimentos, armas y pólvora. Se mostró que los generales eran torpes, incompetentes e ineptos. Ricardos, en el Rosellón, no alcanzó profundidad suficiente en el ataque y a los franceses les fue muy fácil el contraataque. Y Ricardos era el mejor de los generales españoles de aquella operación.

 

Posibilidades militares de Francia en 1793.

El 23 de agosto de 1793, la Convención ordenó una leva masiva de los franceses y levantó unos 300.000 soldados que debían ser capaces de enfrentarse a Gran Bretaña, España, Prusia, Holanda, Austria y La Vendeé. Tampoco fueron capaces de levantar un millón de soldados como tenían previsto. Francia envió unos 40.000 hombres a Cataluña, y 50.000 más al País Vasco y Navarra. La superioridad numérica francesa era muy evidente.

 

A fines de 1793 sucedieron las primeras derrotas españolas ante Francia, al tiempo que surgían rumores de conspiraciones en España, basados en la aparición de algunas octavillas pidiendo Cortes. Carlos IV se asustó, pero sobre todo fue el clero español el que se aterrorizó y empezó a predicar una guerra santa contra el francés. Predicaban la guerra: Francés Armagná i Font, 1785-1803, arzobispo de Tarragona; Rafael Tomás Menéndez de Luarca y Queipo de Llano, 1743-1819, obispo de Santander, recordado por la fundación del Hospital de San Rafael en 1791, y por la presidencia de la Junta de Santander de 27 de mayo de 1808; el misionero capuchino Diego de Cádiz, de nombre real Francisco López-Caamaño y García Pérez, que en 1794 escribió en Barcelona El Soldado Católico en la Guerra de Religión, y llegaría a arrastrar a una masa de gente a asaltar un cuartel en el que se rumoreaba que se escondían franceses refugiados, y que fue declarado beato. Afortunadamente para España, los vascos y catalanes se declararon españoles y decidieron defender sus territorios de la invasión francesa. Hubo un grupo reducido de vascos que negoció la rendición ante los franceses, precisamente los que se tenían por ilustrados, pero la mayoría del pueblo se declaró antifrancés.

 

 

Circunstancias internas españolas en 1793.

 

En España, con el Gobierno de Godoy, parecían continuar las reformas típicas del XVIII:

En 1793 se iniciaron obras para un lazareto en Mahón, obras que se terminaron en 1807 iniciando el internamiento de enfermos contagiosos en 1817.

En 1793, José de Mazarredo hizo las Ordenanzas Generales de Marina, tenidas por las más completas y más del gusto de los militares, pues ponían casi todas las actividades de astilleros y fortalezas militares en manos de militares, sacando de esos menesteres a los políticos.

Igualmente, se agrandaron los grandes problemas de la burbuja del papel de los últimos reformistas:

En 1793, España se lanzó a fondo en la emisión de préstamos, recaudación de impuestos e incluso recogida del oro existente en el país.

 

 

La Guerra de la Convención, 1793-1795:

El año 1794.

 

En febrero de 1794, Aranda consideraba que la operación de ataque a Francia era un desastre y que había que abandonarla y negociar la paz con Francia. La opinión general y la de Godoy, fue completamente contraria a Aranda, y hasta decían y tal vez creían que estaban a punto de obtener una gran victoria. Godoy destituyó a Aranda de su puesto en el Consejo de Estado, le desterró y le procesó. Fue quizás el error más grande de Godoy y de Carlos IV, pues Aranda sabía que España no estaba preparada para la guerra. Aranda tenía opinión propia frente al populismo, y Carlos IV y Godoy no.

A partir de febrero de 1794, la suerte de la guerra cambió a favor de Francia. Los franceses atacaron, y los españoles retrocedieron perdiendo los territorios franceses y pasando a lucharse la guerra en territorio español.

El general Jacques François Dugommier tomó el mando de los franceses en el Rosellón a principios de 1794 y combatió con efectividad a los españoles, derrotándoles sucesivas veces en marzo, abril y mayo de 1794. El ejército de la zona oriental o catalana retrocedió entrando los franceses en Cerdaña, Valle de Arán y Figueras (noviembre de 1794). En la frontera oeste, los franceses penetraron en Pasajes, San Sebastián y Tolosa anexionando estos pueblos a la República Francesa.

Ricardos tuvo que retroceder hasta Figueras donde murió el 13 de marzo. O`Reilly, enviado a sustituir a Ricardos, murió también mientras viajaba a incorporarse a su puesto.

Tras la muerte de Ricardos y la mejora en el sistema de mandos del ejército revolucionario francés, más autoritarios y menos democráticos, la efectividad francesa mejoró mucho. Dugommier entró en España y tomó Figueras en noviembre de 1794, pero murió en la acción. Fue sustituido por Catherine-Dominique Perignon, marqués de Grenade sur Garonne, quien tomaría Rosas en 1795. Ya se luchaba en el río Fluviá, en territorio español. Los franceses pensaron en levantar dos repúblicas hermanas de Francia, la una en Cataluña y la otra en el País Vasco. Crearon una “Sociedad Popular” en Puigcerdá y tradujeron al catalán la Declaración de Derechos, la Constitución francesa y algunos discursos de Robespierre. En Cerdaña se incautaron de los bienes del clero y los declararon “bienes nacionales”.

No obstante, y dadas las precauciones tomadas por Godoy, España conservaba, en 1794, 45 navíos de línea, una fuerza naval considerable.

Tras la muerte de O`Reilly, Jerónimo Morejón Girón-Moztezuma III marqués de las Amarillas, tomó el mando de los ejércitos españoles y dividió los regimientos en unidades más pequeñas, que fueron fácilmente batidas por el francés Charles d`Eustache Aoust y el marqués de las Amarillas fue destituido. El nuevo jefe de la zona oriental fue Luis Fermín Carvajal Vargas y Brun, conde de la Unión, que murió en noviembre de 1794. La Unión demostró ser un joven arrogante, pero inexperto e incompetente.

Tomó el mando de nuevo el marqués de las Amarillas, cuya acción fue un fracaso completo. Al Marqués de las Amarillas le sustituyó José Urrutia de las Casas, todavía en 1794, quien recuperó un poco las posiciones españolas.

La gestión de la guerra por parte española fue muy mala, decepcionante a ojos de los catalanes, pues tuvieron que organizar ellos mismos la defensa con soldados voluntarios, “miqueletes”: Eran soldados de entre 16 y 50 años, muchos de ellos demasiado jóvenes. Las autoridades locales y provinciales catalanas formaron “juntas” locales, comarcales y de corregimiento integradas por las autoridades locales y los representantes de los pueblos (nobles, clérigos, burgueses y labradores ricos) y establecieron una Junta Suprema de Cataluña en Gerona, que se puso al servicio del Capitán General para gestionar la guerra. También incorporaron a filas a los somatenes y así improvisaron un ejército.

El ejército de la zona occidental o País Vasco y Navarra, perdió Irún, San Marcial, Fuenterrabía y Pasajes en el verano de 1794 a manos del francés Ben Adrien Jeannot de Moncey, y San Sebastián y Tolosa en agosto. Los franceses llegaron hasta Miranda de Ebro. Ventura Caro dimitió por no recibir los auxilios pedidos y fue sustituido por Martín Antonio Álvarez de Sotomayor y Soto-Flores I conde de Colomera. Moncey fracasó en la toma de Pamplona, que los españoles se apuntaron como un éxito. El avance francés llegó al máximo al ocupar Bilbao y Vitoria. Los vascos de Vizcaya y Álava se declararon proespañoles mientras los de Guipúzcoa se declararon independientes bajo protección francesa, pero la unión de una población ultracatólica y monárquica con una potencia anticatólica y republicana como Francia era muy complicada.

España no estaba preparada para la “guerra total” que presentaba Francia. Frente a las guerras antiguas en las que unos pocos soldados luchaban contra otros pocos, Francia presentaba la idea de toda una nación en armas en la que todos estaban comprometidos y los civiles no eran neutrales.

 

 

Godoy en 1794.

 

Hasta 1794, Godoy tuvo el apoyo del “partido aragonés” pero, en esta fecha, Aranda le criticó por la mala gestión de la guerra que estaba haciendo. En 14 de marzo de 1794, Aranda insistió en abandonar la guerra, en una reunión del Consejo de Estado, estando presente Carlos IV, discutió con Godoy, y hubo palabras mayores. Se impuso la opinión de continuar, mantenida por Godoy, nombrado ya Capitán General. Aranda fue acusado de simpatizar con los revolucionarios franceses, lo cual era completamente sucio respecto a la figura de Aranda. Aranda defendía que la guerra con Francia era injusta, era impolítica, era ruinosa para España y provocaba un riesgo para la propia monarquía española, pero no era un traidor. Una hora después de terminada la sesión del Consejo de Estado, Aranda fue destituido de todos sus cargos y desterrado a Jaén, y luego recluido en la Alhambra de Granada. Aranda no era un revolucionario, pero sí que defendía la limitación del poder real, frente a Godoy que defendía el pleno absolutismo monárquico. El partido aragonés se la juró a Godoy, y aprovecharía sus ocasiones en 1807 y 1808. Pero, por otro lado, el partido aragonés, partido nobiliario, había perdido su oportunidad sin saber cómo.

En 1794, una vez perdido el favor del partido aragonés, Godoy recurrió al populismo y utilizó los más viejos cebos usados para arrastrar a la gente inculta: la religión y el odio a Francia. Consiguió su propósito y los españoles formaron batallones de voluntarios y entregaron donativos de guerra. La reacción de los españoles, y de los catalanes especialmente, ante la invasión francesa fue de xenofobia, y surgieron muchos voluntarios para expulsarlos de España. En el País Vasco fue definitivo el hecho de que los revolucionarios entrasen en las iglesias y tratasen de “nacionalizar” los bienes de cada parroquia, pues el pueblo se levantó contra lo que consideraban una ofensa y un pecado.

Godoy siguió prohibiendo cosas en 1794: la enseñanza del derecho público, del derecho natural y derecho de gentes tanto en Universidades como en Seminarios de sacerdotes. Del populismo saltaba a la represión autoritaria.

 

 

Crisis económica de 1793-1794.

 

1793 fue año de guerra. Y 1794 fue año de mala cosecha y hambre en España. Los precios del pan subieron y provocaron alborotos populares en 1793 y 1794, sobre todo porque Godoy había puesto impuestos indirectos sobre ellos. Las insurrecciones son interpretadas en muchos estudios de historia como focos revolucionarios, pero ello es dudoso. Pueden ser, simplemente, huelgas de hambre.

La Burbuja del Papel seguía inflándose: Durante la Guerra de los Estados Unidos, Carlos III había emitido vales reales por valor de 600 pesos cada uno (como un peso eran 15 reales y 2 maravedíes, cada vale tenía un valor nominal de cerca de 10.000 reales) al 4% de interés. La deuda de España estaba muy bien considerada y los vales se cotizaron al 102% de salida. Eso era hacia 1780. Basándose en este éxito, se había ido emitiendo deuda sucesivamente. La Guerra de los Estados Unidos había dejado en España un déficit de 1.269 millones y se habían emitido vales por valor de 1.500, pero en 1793 ya cotizaban al 81%.

Llegado Godoy al poder en noviembre de 1792, vio la solución a los problemas de Hacienda en la emisión de más deuda. Los gastos de guerra de 1793 eran de 709 millones de reales y los de 1796 de 1.070, asumiendo déficits anuales del 30%. Se estaba entrando en un campo financiero muy peligroso.

Diego Gardoqui emitió vales reales masivamente: en febrero de 1794, 240 millones de reales; en septiembre de 1794, 270 millones; y en febrero de 1795, 450 millones. La cifra era muy superior al presupuesto anual del Estado. Teniendo en cuenta que ya circulaban en España, anteriormente, 450 millones de reales en vales, el Estado había adquirido una deuda de 1.500 millones, más del 200% del presupuesto. Era normal que en 1795 los vales reales cotizasen a la baja, al 80% de nominal. De todos modos, y aunque Gardoqui no cubrió la salida de deuda, obtuvo algún dinero para “ir tirando”, para la supervivencia del Estado.

En 1794 y 1799 se emitirían más vales por valor de 1.759 millones de reales, lo cual significa intereses anuales de más de 50 millones anuales a sumar a la vieja deuda. Los gastos del Estado ordinarios eran de unos 400 millones de reales.

Otra fuente de financiación que encontró el Gobierno de España fueron los pósitos, a los que se arruinó en los siguientes 15 años. Recordemos que los pósitos eran almacenes de grano que actuaban como compradores y vendedores de productos agrícolas, y como bancos. En julio de 1792, la dirección de los pósitos pasó al Consejo de Castilla y se hizo desaparecer la Superintendencia General de Pósitos, creada en 1751, y que tan bien le había venido a estas instituciones. A partir de ese momento, el Gobierno se creyó con derecho a extraer todo el dinero que quiso de los pósitos, y nunca devolvía lo prestado, con lo que la crisis de los pósitos empezó hacia 1795. En 1798 se les exigió una “aportación extraordinaria” de 17 maravedíes por fanega y otros 17 maravedíes por cada 20 reales de que dispusiesen. En 1799, Cayetano Soler les pidió el 20% de todo lo que tuvieran, grano y dinero, y con ello se llevó 48,5 millones de reales. En 1800 se les pidió un nuevo subsidio extraordinario de 300 millones de reales y un cuartillo de real por fanega de la que dispusieran, a cambio de lo cual les autorizaban a subir los intereses que cobraban a los campesinos un uno por ciento (lo que suponía 33% de incremento en los préstamos a los campesinos). En 1801 se tomó una medida radical: se dedicó al ejército todos los fondos de los pósitos. La medida era tan absurda, que el Gobierno la revocó a los diez días de anunciada, pues era evidente que se estaba matando la gallina de los huevos de oro. El Gobierno sólo se quedó con un tercio de los fondos de los pósitos, pero la medida era igualmente muy grave, después que el Estado no devolviera lo tomado en años anteriores. En 1806 el Estado se llevó 36 millones de reales con la excusa de que los necesitaba para amortizar vales reales. La quiebra de los vales reales en 1808, cotizándose a cero, significó el final de los pósitos.

En 1794 se produjo el informe Jovellanos sobre la agricultura española, del cual nos hemos ocupado ya en el capítulo 18.4.7.

 

 

Sorpresas liberales en 1794.

 

En 1794, José Alonso Ortiz publicó en castellano La Riqueza de las Naciones, obra de José Smith 1776, traducida en La Haya en 1778 y en París en 1791. Es un tanto sorprendente que una obra moderna fuera permitida por la Inquisición en España en estos años, cuando poco antes había sido prohibida como injuriosa, impía, con sabor a herejía y de gusto francés. Ya en 1793 había aparecido una versión resumida, sin los puntos polémicos para la Inquisición, y tal vez la versión de 1793 permitiera la publicación en 1794 de la obra en su integridad.

En 1794, Antonio Nariño 1765-1823, nacido en Santa Fé (Colombia) y estudiante del Colegio Mayor San Bartolomé de Salamanca, publicó los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Fue detenido por sedición y en 1796 huyó a Francia y luego a Inglaterra y Colombia. En 1803 será apresado de nuevo pero sería excarcelado por mala salud, hasta que en 1808 fue de nuevo encarcelado en Santa Fe y en Cartagena (Colombia) siendo liberado en julio de 1810. En 1814 fue apresado de nuevo y llevado a España y esta vez estuvo preso hasta 1820. En 1820 se marchó a Nueva Granada, donde murió en 1823.

En 1794 se publicó el Informe sobre la Ley Agraria de Jovellanos[1]. Hablaba de la necesidad de reformar la estructura de la propiedad, aceptaba la supremacía de los intereses individuales y de la riqueza privada de todos los españoles, ante lo cual debían ceder los privilegios de los nobles (mayorazgos) y las corporaciones (hay que entender la Iglesia y la mesta, aunque no escribió esas palabras, porque era católico). Afirmaba que muchos agricultores ricos harían rico al Estado, lo cual nos recuerda a Adam Smith.

En 1794, Jovellanos abrió en Gijón el Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía, vulgarmente Instituto de Gijón. El proyecto había sido presentado por Jovellanos en 1782 para enseñar náutica y mineralogía y había sido autorizado en 1792 con oposición del Ayuntamiento de Oviedo y la Universidad de Oviedo, que veían “invadidas” sus competencias. Enseñaba matemáticas, dibujo, náutica e idiomas y más tarde incorporó física, mineralogía, geografía e historia. En 1796 amplió su campo con una escuela de primeras letras. Fue importante muy poco tiempo, pues en 1803 quedó reducido a Escuela de Náutica y en 1863 a instituto de enseñanza media.

 

 

Crisis de Gobierno en 1794-1795.

 

En 1794 fue Secretario de Gracia y Justicia, Eugenio de Llaguno y Amírola, 1724-1799, alavés, que permaneció en el cargo hasta 1797.

En 1795, fue Secretario de Marina, Pedro Varela.

En 1795, fue Secretario de Guerra, Miguel de Azanza / 21 de septiembre de 1796lo sería Juan Manuel Álvarez de Faria.

 

 

Cambio de política interior en 1795.

 

El 19 de enero de 1795, Godoy recibió, a través del Secretario de Despacho de Guerra, Antonio Valdés, una carta de Malaspina, titulada “Ideas, pidiendo algunas reformas. Godoy se indignó ante esa carta, y mandó quemar la carta y el borrador de la misma, e incluso guardar silencio sobre lo que allí se decía. De lo contrario, tomaría medidas contra Malaspina. Malaspina protestó, y entonces fue procesado y preso en el castillo de San Antón (La Coruña), y desterrado más tarde a Lombardía, su tierra natal. Malaspina proponía en esa carta que los diputados de provincias pudieran hacer peticiones al rey, y que los Consejos pudieran sugerir al rey reformas del Estado. Estaba un poco en la línea de Aranda. Eso fue considerado por Godoy como revolucionario jacobinista.

Pero con la condena de Malaspina no se acababa el problema del partido aragonés, nobiliario reformista, o de Aranda, pues en adelante circularían hojas volantes difundiendo ideas reformadoras: El 6 de septiembre de 1795, Vicente Vera duque de la Roca, denunció a Godoy que el obispo de Burgos, Juan Antonio de los Tueros Llaguno, estaba haciendo circular un papel capcioso, con ideas extrañas a la tradición española.

En febrero de 1795 tuvo lugar la conspiración de San Blas, en la que Juan Picornell intentaba un golpe de Estado. Los conspiradores fueron detenidos antes de poder organizarse.

Y a partir de 1795, Godoy fue un censor duro sobre los propios intelectuales que le habían aupado en 1792 como la gran esperanza de renovación española. Las publicaciones se restringieron y, para muchos, se acabaron. Las reformas las hacía Godoy, y las hacía a su manera, como él las entendía: abría establecimientos útiles para las fábricas y el comercio, establecía academias y colegios para militares, restringía las importaciones, separaba las clases sociales (pues era mala la confusión entre clases que se estaba produciendo), castigaba el vicio y la corrupción en los jueces… No es que las medidas fueran negativas en todo, sino que no estaban avaladas por la gente entendida.

 

 

 

[1] Es muy interesante: Pablo Rodríguez Román: Jovellanos. Informe sobre la Ley Agraria. Revista de clases de Historia. Publicación digital de historia y ciencias sociales. Art. Nº 134. 15 de marzo de 2010.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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