GODOY: EL PERSONAJE.

 

 

Manuel Godoy y Álvarez de Faria, 1767-1851, era hijo del coronel José Godoy y de la portuguesa María Antonia Álvarez de Faria. La familia era originaria de Castuera (Badajoz), pero sus abuelos se habían trasladado a vivir a la ciudad de Badajoz, donde nacieron su padre y él mismo. Había recibido instrucción primaria de Mateo Delgado (luego obispo de Badajoz), y de Alonso Montalco (luego dominico en Granada), que era primo suyo. En 1784, a los 17 años de edad, su hermano Luis, seis años mayor que él, le llevó a Madrid y había ingresado en la Guardia de Corps. Allí, aprovechó el tiempo para aprender francés e italiano con los guardias de esas nacionalidades, y también seguía aprendiendo del padre Enguid (de la Orden del Espíritu Santo) y del padre Estela (de los Escolapios). Tenía pues una formación primaria alta, y era despierto. Le gustaba más practicar idiomas que ir a fiestas, teatros y casas de juego como era habitual entre sus compañeros. Era alto, cargado de espaldas hasta el punto de llevar la cabeza ligeramente baja, rubio, muy blanco de piel, con labios y mejillas muy rojos, de fisonomía dulce pero poco expresiva, y no tenía facilidad de palabra, pero tampoco era un negado al hablar. No era ingenioso, y contaba muchos chistes sin gracia. Tenía una memoria prodigiosa y se acordaba de todos los rostros, nombres, asuntos que hubiera comentado con alguien, uno a uno, y de la ocasión en que habían surgido. No tenía ningún servicio personal importante al Estado, ni una carrera universitaria que avalara su valía, lo cual contradecía todas las ideas del Despotismo Ilustrado en cuanto a que debían gobernar los más preparados.

En septiembre de 1788, la princesa de Asturias se trasladaba hacia La Granja, cuando un batidor se cayó del caballo, se levantó, y siguió camino. María Luisa le llamó a los pocos días para conocerle y para que Manuel Godoy, el batidor accidentado, conociera al príncipe de Asturias. En diciembre murió el rey Carlos III. En enero de 1789, Godoy ascendió a subbrigadier, inicio de una serie de ascensos rápidos: brigadier de Guardias de Corps, caballero de la Orden de Santiago, ayudante general de la Guardia de Corps (16 de enero de 1791), Jefe Superior de los Reales Cuerpos de Artillería e Ingenieros, Sargento Mayor de la Guardia de Corps, Coronel General de Regimientos Suizos, Mariscal de Campo (3 de febrero de 1791), Teniente General de la Guardia Real (16 de julio de 1791) y Secretario de Despacho de Estado (15 de noviembre de 1792). Su carrera había sido de vértigo en tres años. Y aún es más espectacular si consideramos que Godoy tenía todavía 25 años cuando llegó a Secretario de Estado.

A partir de 1792, su carrera todavía sería más espectacular: Se le nombraría dos veces Grande de España, caballero del Toisón de Oro, Gran Cruz de la Orden de Carlos III, Gran Cruz de San Hermenegildo, Gran Cruz de la Orden de Cristo (Portugal), Gran Cruz de la Orden de San Jenaro, Gran Cruz de la Orden del Mérito, Gran Cordón de la Legión de Honor Francesa, Bailío Gran Cruz de la Orden de Jerusalén, Benemérito de la Real Sociedad Económica Matritense, Gentilhombre de Cámara, Consejero de Estado, Decano del Consejo de Estado, Comendador de Valencia del Ventoso, Comendador de la Orden de Santiago, Secretario de la Reina, Superintendente General de Correos y Caminos, Inspector y Sargento Mayor de las Guardias de Corps, Protector de la Academia de Nobles Artes, del Gabinete de Historia Natural, del Jardín Botánico, del Laboratorio Químico, del Observatorio Astronómico, Príncipe de la Paz (1795), duque y marqués de la Alcudia, duque y Señor de Sueca, Conde de Évoramonte, Barón de Mascalbó, Príncipe de Godoy y de Bassano (Roma), Señor de los Estados de Campala de Albalá, Señor de La Serena, Señor del Lago de la Albufera, Señor de las Villas de Huétor, señor de Cantillana y Beas, Señor del Soto de Roma, Señor de Aldórez, regidor perpetuo de Madrid, de Nava del Rey, de Reus, de Santiago, de Cádiz, de Málaga, de Ronda, de Écija, de Burgos, de Valencia, de Murcia, de Manresa, de Guadalajara, de Gerona, de Barcelona, de Peñíscola, de Sanlúcar de Barrameda, de Lérida, de Toledo, de Toro, de Zamora, de Asunción del Paraguay, de Buenos Aires, de México, miembro de los Veinticuatro de Sevilla, de Jerez de la Frontera, de Jerez de los Caballeros, Caballero de la Orden de Cristo, Caballero de San Juan, Protector de las Reales Academias y Reales Institutos, Hermano Mayor y Alcalde Perpetuo de la Santa Hermandad Vieja de Toledo, Presidente del Cuerpo Colegiado de la Nobleza de Madrid, Generalísimo (1801), y Almirante Mayor de España e Indias (1807).

Lo importante de todos estos títulos y cargos, es que le reportaban unas rentas anuales de 2.251.000 reales, una cantidad enorme. Para valorarla podemos tener en cuenta que un albañil de Madrid, que era trabajador bien pagado, cobraba unos 1.400 reales al año a razón de 5 reales y 3 maravedís por día trabajado, o sea, que Godoy ganaba 2.000 veces más que un obrero cualificado.

Godoy conoció a Josefa Tudó, el amor de toda su vida, Pepita Tudó en la intimidad, a quien conocemos como la Maja Desnuda y la Maja Vestida. Con ella tendría dos hijos, Manuel y Luis. Josefa Tudó sería nombrada condesa de Castilla-Fiel y Vizcondesa de Rocafuerte. Era gaditana, de familia burguesa modesta y tuvo que sufrir el servicio que Godoy hizo a la familia real casándose con una miembro de la familia real. A pesar de las apariencias, no era raro que en la mesa de los reyes estuviesen Godoy y Pepita Tudó juntos.

Godoy se casó en 1797 con María Teresa de Borbón Vallabriga, hija de Luis Antonio de Borbón Farnesio, infante de España, hermano de Carlos III, el cual había perdido sus derechos de miembro de la familia real por haber contraído un matrimonio morganático (con persona de rango inferior). Su madre era María Teresa Vallabriga Rozas. Su padre no quiso ser eclesiástico, como le mandó el rey Carlos III, se casó, y por ello le fue retirado el apellido Borbón y los privilegios principescos. María Teresa fue ingresada en un convento de Toledo en 1785-1797, y salió del convento casándose con Manuel Godoy, al que se lo pidió la Reina María Luisa de Parma. María Teresa recuperó el apellido Borbón para ella y para sus hermanos, de lo que salió muy beneficiado su hermano el cardenal Luis María de Borbón Vallabriga, arzobispo de Toledo y Sevilla. Personalmente, quedó muy defraudada al experimentar que Godoy estaba en realidad con Pepita Tudó, pero quedó embarazada y así fue retratada por Goya, naciendo tras ello Carlota Luisa de Godoy y Borbón, futura duquesa de Sueca, en 1800, niña muy querida por Godoy, pero poco por María Teresa. El matrimonio funcionó tan mal como cabe esperar, pues Godoy pasaba los ratos que podía con su amante Pepita Tudó, su verdadera esposa en la realidad, aunque legalmente estuviera casado con María Teresa.

En 1803, el cardenal Luis María de Borbón Vallabriga, en agradecimiento al sacrificio hecho por su hermana María Teresa en favor de la familia, pues la había rehabilitado al precio de su matrimonio con Godoy, cedió a su hermana el título de condesa de Chinchón y marquesa de Boadilla del Monte.

Los dichos sobre las relaciones de Godoy con la reina, deben ser interpretados bajo el prisma de esta impopularidad forzada por las clases perjudicadas por los impuestos de Godoy, pues estuvo poco tiempo como “bonito” de la reina, y los “bonitos” (acompañantes principales dentro del “cortejo”) eran corrientes en la época entre las familias de más alto nivel social, se presumía de ellos, y asistían juntos a los acontecimientos públicos con normalidad. “Bonito” no era lo mismo que amante.

En 1808, a la caída de Godoy, la condesa de Chinchón se fue a vivir a Toledo con su hermano el arzobispo, mientras Carlota fue a Francia con su padre. Los Borbón Vallabriga fueron a Andalucía y Luis María ejerció la Regencia en 1809. En 1814, el cardenal cayó en desgracia y fue confinado a Toledo, y con él se fue su hermana María Teresa. Los reyes murieron en 1819. Muerto Carlos IV, Godoy siguió viviendo en Roma con sus tres hijos, Carlota, Manuel y Luis, los dos últimos de Pepita Tudó.

En 1820, Carlota Luisa de Godoy y Borbón se casó con el príncipe italiano Camilo Ruspoli von Khevenhüller-Mestch y volvió a España.

En 1823, murió el cardenal Luis María de Borbón, y María Teresa de Borbón Vallabriga se marchó a París, porque “se había manifestado liberal en los últimos tiempos”. María Teresa murió en octubre de 1828, de cáncer. Con esa muerte, Godoy quedaba libre de su compromiso con el rey, y ello le permitió casarse con su pareja de siempre, su mujer real, Pepita Tudó, en 7 de enero de 1829. En 1832 se trasladaron ambos a París, en donde Pepita se aburría y le abandonó en 1834 para regresar a España. En teoría volvía para intentar rehabilitar a Godoy y poder éste volver a España, pero Pepita nunca volvió a París, ni Godoy a España. Sin embargo, la relación epistolar continuó hasta la muerte de Godoy.

Luis Felipe de Orleans asignó una pensión a Godoy, y ello le permitió vivir escribiendo sus memorias en cuatro volúmenes. En 1844, Isabel II ordenó restituirle a Godoy sus bienes, pero el asunto fue apelado ante la justicia y no llegaron a entregárselos nunca. En 1847 se le devolvieron sus títulos, excepto el de Príncipe de la Paz, Generalísimo y Gran Almirante. Godoy murió el 4 de octubre de 1851 en París, tras 43 años de destierro.

 

 

Godoy, como figura histórica.

 

En noviembre de 1792 fue designado Secretario de Estado y Despacho Universal, esto es, jefe de Gobierno en la práctica, Manuel Godoy y Álvarez de Faria, un joven de 25 años al que se le ascendía a Teniente General de la Guardia Real, porque gozaba de la total protección de la reina y del rey, los cuales le concederían en adelante hasta 14 títulos nobiliarios e inmensas riquezas, y entre ellas ser heredero de los bienes de la reina.

Godoy representaba la tercera vía política entre los golillas de Floridablanca, y los aristócratas del “partido aragonés” de Aranda, en otros tiempos denominados colegiales. Esta tercera vía era escoger un hombre de confianza de los reyes, de modo que éstos pudieran gobernar a capricho, sin las exigencias de las grandes personalidades, daba lo mismo Aranda que Floridablanca. Y como sucede a menudo en estos casos, un tipo populista fue bien recibido por el pueblo español.

Godoy no accedía al cargo de gobernar España por ninguna de las dos vías del Despotismo Ilustrado: ni por la vía aristocrática del cursus honorum defendida por Aranda (colegial, togado, alta graduación militar, embajador, miembro de un Consejo, Secretario de Estado), ni por la vía burocrática del mérito personal defendida por Floridablanca (manteísta, corregidor, intendente, embajador, Secretario de Estado). Godoy no había demostrado estar preparado en cuestiones de Gobierno, ni había prestado grandes servicios a la Corona. Godoy no era un experto, no era un ilustrado, no tenía grandes conocimientos militares ni de otro tipo, ni tenía experiencia política ni militar. Simplemente era un “favorito” de Carlos IV y María Luisa. Era una especie de “golpe de Estado” dado por los reyes. Godoy fue elegido por ser un personaje insignificante, y así lo contó él mismo en sus memorias. No era un estúpido, pero tampoco un genio. Como norma, se negaba a tratar de temas que no tuviera preparados previamente, para así tener tiempo y asesores que le aconsejasen. Tenía buen carácter y ausencia de malicia.

Por este mismo hecho, se entiende, entre los historiadores españoles, que la época del Despotismo Ilustrado se acabó en España en 1792.

A favor de Godoy hay que decir tres cosas: que tenía excelente memoria; que era un trabajador infatigable y alardeaba de ello, pues despachaba 14 horas diarias, hacía relaciones sociales seis horas, y sólo dormía cuatro horas, cuando lo normal en la Corte, golillas y colegiales, era trabajar cuatro horas y hacer relaciones sociales catorce; y, en tercer lugar, que escribía de forma atractiva, pomposa y grandilocuentemente, con pocas ideas, pero muy apto para mentes mediocres. A la postre y, con el tiempo, Godoy llegó a creerse el mejor de los españoles, el más inteligente, la encarnación de la nación española, el único defensor de los reyes, pero esto, que pierdan contacto con la realidad, es normal entre los que viven en medio de aduladores, interesados y cortos de entendimiento.

En materia eclesiástica, Godoy era regalista, quería someter todo al poder del rey, y consecuentemente a su autoridad personal. Se declaraba católico, pero manifestaba que había que distinguir entre la “Iglesia Romana” y la “Iglesia de Cristo”. Los principios religiosos eran necesarios para mantener la moral, y por ello el clero era necesario, pero deseaba un clero progresista en el terreno de la ciencia, y que llevase la educación del pueblo hacia el saber moderno. Decía que había que acabar con los que vivían de la sotana o del hábito. También era contrario a las cuestaciones y la mendicidad como métodos de vida del clero, y a los predicadores que asustaban a la gente en sermones y ejercicios espirituales para, al final, pedir dinero. Prohibió enterrar a los cadáveres dentro de las iglesias, y éste fue el punto que no gustó nada al pueblo, que aceptaba todo lo demás, pues el pueblo creía que había que inhumar en tierra sagrada, y que la tierra sagrada era la de las iglesias. Este punto fue explotado por sus enemigos, y al final del periodo Godoy, éste fue tildado de irreligioso, lo cual era completamente falso.

 

Godoy tenía un proyecto de reforma religiosa que reducía a la vida civil a algunos frailes y monjas que no tuvieran actividades útiles, pues pensaba que la función de estas personas era atender los hospicios, cárceles y presidios militares. Si una orden religiosa tenía medios suficientes para mantenerse a sí misma, podría continuar, pero las que vivían de la caridad, debían dedicarse a trabajos útiles para la sociedad. El príncipe Fernando, en los últimos años del Gobierno de Godoy hizo correr la voz de que Godoy era irreligioso y bígamo, pero eso era una campaña política, como aquella en la que el príncipe desprestigiaba a sus propios padres.

En Francia, a partir de 1793, estaba produciéndose un proceso de descristianización, de abandono de las prácticas colectivas católicas, lo cual incomodaba mucho al clero europeo en general. En España, la sociedad estaba profundamente cristianizada: las ciudades llenas de edificios religiosos, el signo de la cruz estaba en todas partes, las fincas propiedad de conventos salpicaban todo el agro español, los lugares de romería y peregrinación eran muy abundantes, el toque de campanas se oía en todas las parroquias cada pocas horas, las fiestas eran todas religiosas, tanto los 52 domingos como otras tantas festividades diversas, la misa era momento de reunión de todos los españoles, así como los frecuentes sermones en diversas épocas del año, procesiones penitenciales, rosarios callejeros masculinos y femeninos, rogativas por la salud de las personas, del rey, del obispo, o del párroco, o por la lluvia, la sequía, el cese de la epidemia… y además estaban las cofradías devocionales, cofradías de culto, cofradías asistenciales, cofradías penitenciales, cofradías gremiales puestas bajo la advocación de algún santo, virgen o Cristo, la obligación de la confesión anual, de la misa dominical a partir de los 7 años de edad, de la confesión pascual a partir de los 12 años de edad, los ritos sociales hechos en la iglesia y protagonizados por un eclesiástico, como el enterramiento, el bautizo, el matrimonio y la primera comunión…

Y sin embargo, podían observarse ciertos síntomas de cambio: en la primera mitad del XVIII los personajes sociales importantes promovían el ascetismo, las devociones cristianas, la limosna, y la defensa a ultranza de todos los privilegios eclesiásticos, mientras en la segunda mitad muchos clérigos y fieles cristianos hablaban de colaboración con el Estado en la realización de obras públicas, en la enseñanza, en la sanidad, y en muchos proyectos económicos. Era otro concepto de hacer el bien. José Molina Lario, obispo de Málaga en 1776-1783, hizo un acueducto para abastecer de agua la ciudad; Agustín González Pisador, 1709-1791, obispo de Oviedo en 1761-1791, creó dos cátedras de medicina en la Universidad; Francisco Fabián y Fuero, obispo de Puebla (México) y arzobispo de Valencia más tarde, en 1773-1795, invirtió dinero en la Universidad de Valencia; Francisco de Armanyá, como obispo de Lugo en 1767, fundó varias escuelas, y como arzobispo de Tarragona en 1785, dirigió la Sociedad Económica de Amigos del País; José Climent, obispo de Cardona, abrió Casa de Huérfanos; Felipe Bertrán, obispo de Salamanca en 1763, abrió nuevo colegio en Salamanca; Antonio Tavira y Almazán fue catedrático en Salamanca; Pedro Díaz Valdés…[1]

En este cambio de sensibilidad cristiana católica, hay que advertir cierto cansancio del pueblo español sobre la actividad de los monjes y sus métodos persuasivos y frecuentes de pedir limosna, sobre los métodos de enseñanza religiosos, y sobre la dependencia de Roma que se llevaba mucho dinero de España por diversos conceptos, sobre todo por licencias de matrimonio entre parientes. Se toleraba mejor la predicación de sermones, aunque también eran obligatorios, la confesión obligatoria…

 

Godoy era un tipo populista, creía que el pueblo se adhiere al triunfador. No tenía capacidad para imaginar una política exterior, sino actuaba según las circunstancias. Apostó por Francia, el país que a largo plazo, en 1814, sería el perdedor, y una vez más arrastró a España al fracaso. El 1 de octubre de 1800, España se pondría a los pies de Napoleón, y en los años sucesivos, cada vez que Napoleón quería algo de España, amenazaría con poner sus tropas en Cataluña y País Vasco, convirtiendo así a España en un país dependiente de Francia. El apoyo que una figura así, como Godoy, tenía en España, era muy reducido, y ello le hacía más dependiente de Napoleón, y mientras su ambición personal no le dejaba reconsiderar la situación, sino que quería más y más, iba metiendo a España en un sumidero más profundo. Hasta que todo estalló en una oleada de indignación general, popular, eclesiástica y nobiliaria, “contra el gabacho”, que en este caso era Godoy.

Godoy actuaba con seguridad y aplomo, y todos los mediocres creyeron que era el hombre adecuado para reformar España en el sentido que ellos opinaban. No tenía reparo en contradecir a la reina e incluso a elevar la voz hasta el insulto, lo cual gustaba a la reina que, en otros lados, no veía sino servilismo rastrero. La reina valoraba la franqueza de Godoy frente a la doblez de los políticos de Palacio.

Las mujeres se le ofrecían a cambio de favores. Y Godoy se dejaba querer y otorgaba gracias y favores con generosidad. No le importaba recibir regalos, negocios limpios, negocios sucios. Su vida privada era inmoral, pero el clero hizo ojos ciegos ante un personaje que había declarado la guerra a los ateos de la Convención. El servilismo de los españoles enviaba a las muchachas más hermosas de cada familia a hacer peticiones a Godoy, sabiendo que le gustaban las mujeres, y Godoy aprovechaba las circunstancias. Alguno acusó a Godoy de inmoral y de ateo, pero Godoy era un tipo católico creyente. La coincidencia de sus tratos con mujeres y de que pensaba que la autoridad del rey estaba por encima de la del Papa, hizo que algunos católicos expusieran criterios equivocados sobre su personalidad.

El clero, tanto secular como regular, excitó al pueblo en general diciendo que Godoy había atacado a los enemigos de la religión católica, los franceses, y era poco menos que un santo. El clero aportó 18 millones de reales a la guerra contra los franceses y la promesa de poner sobre la mesa mucho más dinero en los momentos en que hiciera falta. Ante ese ambiente de delirio colectivo, una parte de la nobleza se dejó llevar y puso algún dinero, y los ayuntamientos y corporaciones locales hicieron sus aportaciones para el favorito. El elemento irracional español entraba en juego a favor de Godoy. Y el fervor popular le acompañó casi hasta el final: el 15 de enero de 1807, cuando recibió el título de “Almirante y Alteza Serenísima” todavía las masas le aclamaron en las calles de Madrid. Esas mismas masas pedirían su muerte en marzo de 1808, pero así es el populismo.

Los funcionarios de la Administración, en general adoptaron posturas serviles, aduladoras y hasta bajezas intolerables ante Godoy. Lucharon por el favoritismo que se les ofrecía y se humillaron hasta lo vergonzante.

Pero los últimos años de su Gobierno, cuando Godoy se había creído un salvador de España, fueron ya algo diferente. El líder populista se llegó a creer que podía modificar las costumbres populares: el 20 de diciembre de 1804 prohibió los toros alegando que las dehesas se podían dedicar a ganadería de carne y leche y que los días de corrida se perdían muchos jornales, pues automáticamente se declaraba fiesta, y ello era casi todos los lunes de la temporada de marzo a octubre. Y su popularidad comenzó a decaer.

 

Godoy era “otro reformista” del XVIII, en cuanto pensaba que había que hacer cambios en la política absolutista a fin de que fuera preservada la monarquía absolutista. En este sentido se considera de la línea reformista de Aranda. Pero Godoy era una persona demasiado individualista y absorbente, demasiado simple, poco preparado intelectual y meritoriamente, y estuvo reñido con los reformistas, y por otra parte, aceptaba peticiones a cambio de favores personales, y eso repugnaba a los reformistas ilustrados. Godoy fue recibido con entusiasmo ciego, pero, a partir de 1792, el ejército español empeoró en calidad, y estuvo en esta fase hasta los desastres de 1808. Al final, en 1808, Godoy se quedó solo, y todos fueron contra él.

 

 

Distintas etapas de Godoy.

En la época de Godoy podemos distinguir tres etapas:

De 15 de noviembre de 1792 a 30 de marzo de 1798, que es la etapa de Secretario de Estado y Despacho Universal.

De 1798 a 1801, que permaneció postergado durante el Gobierno de Francisco de Saavedra.

De 1801 a 1808, etapa en la que se convirtió en factótum del poder, bien definido por sus títulos de Generalísimo y Almirante de las flotas de España e Indias, sin cargo alguno en el Gobierno, pero decidiéndolo todo.

 

 

 

[1] Pedro Manuel Salas Iglesias, en El Reformismo Social y Sanitario de Concepción Arenal, cita un buen ramillete de personajes ilustrados preocupados por las instituciones sociales, como Tomás del Valle, obispo de Cádiz, Bartolomé Rajoy arzobispo de Santiago, Francisco Lorenzana, arzobispo de Toledo, Francisco Cuadrillero, obispo de Mondoñedo.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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