ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA EN TIEMPOS DE

CARLOS IV, 1788-1808.

 

 

En el inicio del reinado de Carlos IV parecía que ya no podía parar la ola de ilustrados y científicos españoles formada en tiempos de Fernando VI y Carlos III.

Si, a lo largo del reinado, se notaron ciertas restricciones y prohibiciones, pues Floridablanca puso serios obstáculos a la importación de libros extranjeros, y Godoy suprimió la ópera al igual que había suprimido los toros, se trataba de razones perfectamente explicables por otras causas distintas a la fobia a las nuevas ideas: Floridablanca tenía pánico a la revolución populista y había que hacer política de ahorros. Godoy estaba haciendo una política de recortes, y eliminaba unos dispendios escandalosos de la Corte en época de crisis.

La batalla contra los ilustrados perduraba más bien en ciertos ámbitos católicos. En ellos influyó sin duda el hecho de los cautiverios de los papas Pío VI y Pío VII a manos de los franceses: El símbolo del cambio de mentalidad hacia una postura retro, el más evidente a mi juicio, es el caso de Olavide, un hombre que aparecía en 1767 como ilustrado e incluso con ribetes de socialista y había sido condenado por la Inquisición. Pues bien, Pablo de Olavide, escribió en París El Evangelio en Triunfo, o Historia de un Filósofo Desengañado, libro en el que trataba de racionalizar la religión cristiana, y lo publicó en Valencia en 1807. Condenaba e insultaba a Voltaire por su incredulidad, y renegaba de muchos ilustrados si no eran buenos católicos. Defendía que la caridad cristiana y el sentido evangélico estaban por encima de los valores de la Ilustración y de la Revolución Francesa. Hay que recordar que en 1794, los revolucionarios franceses le habían encarcelado y les odiaba. Defendía que la ilustración estaba bien en cuanto había descubierto el valor de las matemáticas, química y ciencias naturales, pero que ante todo había que ser buen cristiano. El libro fue leído por muchos católicos de toda Europa. Olavide, un gran puntal del progresismo en tiempos pasados se pasaba al conservadurismo católico.

A finales del XVIII, España estaba preparada para el salto a la modernidad. Las evidencias se detectan en geografía, matemáticas, física, ciencias naturales, historia, lenguas… Desgraciadamente, el esfuerzo se truncó en 1808 y en 1814 y años siguientes. Primero porque muchos intelectuales se declararon afrancesados y fueron castigados por los patriotas rebeldes en 1808 (liberales y absolutistas). Después, durante el reinado de Fernando VII, porque muchos, que se habían declarado liberales o afrancesados, fueron castigados por los absolutistas de Fernando VII a partir de 1814 y de 1823, tal vez hasta 1827.

Parecía imposible la vuelta atrás: La Biblioteca Real, el Real Gabinete de Historia Natural (uno de los mejores del mundo en su tiempo), Real Jardín Botánico, Observatorio Astronómico, Real Estudio de Medicina de Madrid, Real Escuela de Mineralogía y Real Laboratorio de Química, Real Estudio de Mineralogía, Laboratorio de Química General, Laboratorio de Química Metalúrgica, Laboratorio de Química aplicada a las Artes, Observatorio Astronómico de Madrid de 1790, debían constituirse en los ámbitos destinados a liderar las ciencias españolas desde Madrid. Las matemáticas sublimes (del álgebra lineal y cálculo infinitesimal) daban otra dimensión a esa materia de estudio. La historia crítica, desechando los monstruos y leyendas inventadas por muchos e incorporadas a los libros como datos útiles, estaba acabando con muchas publicaciones antiguas. La lengua se estaba depurando a fin de servir de soporte a un nuevo razonamiento mucho más cuidadoso y técnico. Las academias militares y diversos centros distribuidos por toda la península y por América, completaban un horizonte esperanzador para la ciencia española. El potencial científico de Madrid a fin de siglo XVIII era muy grande. Y, efectivamente, fue imposible eliminar el camino andado por las ciencias, pero los científicos españoles lo pasarían muy mal en la primera mitad del XIX.

 

 

Renovación arquitectónica

en tiempos de Carlos IV.

 

Juan Antonio de Villanueva, arquitecto de Carlos III siguió haciendo obras importantes, como ya las había hecho en tiempos de Carlos III:

1789, Oratorio del Caballero de Gracia en Madrid.

1789-1810, Escuela de Guardia Marinas de Cartagena.

1789, Galería de Columnas de la Casa de la Villa en Madrid.

1790, Observatorio Astronómico de Madrid.

1791, reconstrucción de la Plaza Mayor de Madrid tras el incendio de 1790, concretamente del Arco de Cuchilleros y del Portal de Cofreros.

1798, monumento en Oviedo a Gaspar Melchor de Jovellanos, hoy en el monasterio de San Pelayo de Oviedo.

Canal del Gran Prior en Argamasilla de Alba.

Jardines de El Retiro en Madrid.

1803, acequia del Rey en Villena, (Alicante).

1804, Teatro del Príncipe en Madrid.

1804, Cementerio General del Norte, en Madrid.

1810, Gruta del Campo del Moro en Palacio Real.

 

 

 

Las ciencias naturales

en el último cuarto del XVIII.

 

En 1789 tuvo lugar unas de las exploraciones científicas más importantes del siglo XVIII europeo. En 1789-1798, Alejandro Malaspina circunnavegó el planeta acompañado por José Bustamante Guerra, y otros naturalistas franceses y alemanes, recogiendo especies de diversas partes del mundo. Parecía que España se incorporaba al grupo de los botánicos europeos. Los europeos tuvieron curiosidad por las posibilidades españolas, un país que dominaba América, navegaba el Atlántico y el Pacífico y tenía posesiones en Filipinas, y así, Alejandro Humboldt 1769-1859 y Aimé Bonpland 1773-1858, viajaron por América para estudiar sus posibilidades geológicas y botánicas.

Recordemos que hacia 1775, con motivo del Tratado de Límites entre España y Portugal en Sudamérica, había comenzado un trabajo de cartografía muy importante, en el que los marinos de la escuela de Cádiz dieron muestras de conocimiento de las matemáticas y la geodesia. En 1775 se hizo un mapa de algunas zonas de Sudamérica. En 1778 se hizo un Atlas de España. En 1783-1789, se elaboró un Atlas Marítimo de España. En estos años se intentó cartografiar todas las costas americanas, atlánticas y pacíficas, en un trabajo inmenso de importancia mundial.

Alejandro Malaspina, 1754-1809, era un italiano al servicio de la Corona española, que había estudiado en el Colegio Clementino de Roma, un colegio insigne italiano al estilo del Colegio Imperial de Madrid, pero también con tendencias conservadoras, y allí realizó estudios de lenguas clásicas, humanidades y filosofía. En 1774 ingresó en la Escuela de Guardiamarinas de Cádiz, y allí se puso al día de los saberes científicos de su tiempo. Participó en la elaboración del Atlas Marítimo de Vicente Tofiño. Dio la vuelta al mundo vía Callao, Filipinas, Buena Esperanza, Cádiz, repitiendo el viaje de Elcano. Pero su gran aportación al acervo cultural de la humanidad fue la llamada Expedición de Malaspina de julio de 1789: participaron en esa expedición dos naves, la Descubierta y la Atrevida, que llevaban biblioteca, laboratorio químico, observadores astronómicos, geodésicos, meteorólogos, físicos, químicos y biólogos, muchos de ellos militares formados en Cádiz, y la expedición tuvo una trascendencia mundial e histórica. Visitaron Nueva España, Río de la Plata, Cabo de Hornos, Malvinas y Vancuver, es decir, las costas americanas del Atlántico y del Pacífico. Volvieron a Acapulco, fueron a Filipinas y estuvieron por Nueva Zelanda, Australia, Vavao y Tonga. Volvieron a El Callao en 1793. Desde El Callao, los cartógrafos y naturalistas cruzaron Sudamérica a pie, mientras las naves les esperaban en Montevideo. Durante todo el viaje, ubicaron astronómicamente los lugares por donde pasaron, calcularon la altitud de cada lugar e hicieron observaciones geológicas, botánicas, zoológicas, etnográficas y lingüísticas. La expedición regresó a Cádiz en septiembre de 1794. El valor científico de la expedición es altísimo y destruyeron muchos mitos y falsas creencias, bulos y cuentos que circulaban sobre territorios, mares, monstruos, paso inexistente del norte de mar Atlántico al Pacífico…

José Bustamante Guerra, 1759-1825, fue un guardiamarina de Cádiz que mandó la Atrevida en la Expedición de Malaspina. En 1808 se puso al servicio de los patriotas y el Gobierno de Cádiz le envió a Charcas y Cuzco, pero no llegó a tomar posesión porque enseguida le destinaron a Guatemala, donde sí tomó posesión en marzo de 1811. En Guatemala abrió un Colegio de Cirugía. Defendió la tierra de los revolucionarios populistas como Hidalgo y Morelos. En 1812 se declaró absolutista. En 1814, Fernando VII le confirmó en su cargo, en el que estuvo hasta 1817.

 

En 1788 se decidió abrir el Real Gabinete de Máquinas, que no empezó a funcionar hasta 1791, dirigido por Agustín de Betancourt. Agustín había sido becado para estudiar en París, y copió planos y maquetas de las máquinas hidráulicas que vio. Este Real Gabinete de Máquinas estaba apoyado por el conde Fernán Núñez, embajador en París, que promovió la idea. Se instaló en un ala del Palacio del Buen Retiro y no tuvo apenas actividad. Desapareció en 1802 siendo aprovechado el espacio para la Escuela de Caminos y Canales. Junto a Agustin de Bethancourt, trabajaban en el Real Gabinete de Máquinas Juan López Peñalver, Tomás de Veri, Juan de la Fuente, Joaquín Abaitua, y Juan de la Mata para tener maquetas de obras públicas y de máquinas industriales. Las primeras se copiaron de Francia. En 1794 se publicó un Catálogo de Máquinas. El Real Gabinete de Máquinas se integró más tarde en la Escuela de Caminos y Canales.

En 1789 se abrió la Real Escuela de Mineralogía de Madrid[1], dependiente de la Secretaría de Hacienda, la cual tenía interés por formar a jóvenes españoles a fin de obtener el máximo rendimiento del descubrimiento del platino, recientemente hecho en España.

Juan Guillermo Thalacher y su hermano Enrique Thalacker fueron contratados como recolectores de minerales en 1793 y recorrieron Guadalajara, un lugar ya explorado, del que enseñaron minerales que ya estaban catalogados. Tras este fracaso, Enrique se marchó de España. Juan Guillermo recorrió Lugo en 1793 y más tarde Guipúzcoa, buscando plomo, galena y hierro en sus minas.

Lo importante en todo caso en este campo de la geología, es que a finales de siglo se introdujeron las ideas de Abraham Gottlob Werner, 1749-1817, de que el origen de las rocas es el fruto del depósito y sedimentación de elementos disueltos en el agua (teoría llamada neptunismo).

De la Real Escuela de Mineralogía dependía el Laboratorio Químico Metalúrgico (conocido como el laboratorio de la platina) en donde los alumnos aprendían a identificar y clasificar minerales y a conocer la ubicación de yacimientos. Chavaneau, puesto al frente de la Real Escuela de Mineralogía, contrató en 1791 a Christian Herrgen como encargado del laboratorio y éste trabajó en él hasta que en 1797 fueron unificados los laboratorios de Madrid bajo la dirección de Proust. Herrgen dio cursos de mineralogía en 1801 y 1802.

 

En 1790 se abrió por fin, tras la petición de Jorge Juan a Carlos III muchos años antes, el Observatorio Astronómico de Madrid. Se instaló en el Palacio del Buen Retiro y hoy se localiza en la actual calle Alfonso XII, paralela al Paseo del Prado, detrás del Jardín Botánico, en el llamado Cerro de San Blas, si bien a finales del XVIII se hizo sobre un cerro prominente en las afueras de Madrid, y hoy se halla en medio de la ciudad. El Observatorio Astronómico fue concebido como un centro puntero de investigación científica. Además de hacer observaciones astronómicas, enseñaba a fabricar instrumentos ópticos y físicos (desde 1794) e impartía clases de matemáticas. En 1793, Villanueva, que había terminado el edificio del Museo de Ciencias (hoy Museo del Prado), recibió el encargo de hacer otro edificio cercano al mismo lugar para sede definitiva del Observatorio Astronómico.

El primer director del Observatorio Astronómico fue Salvador Jiménez Coronado, 1747-1813, un madrileño que había estudiado en las escuelas pías de Lavapiés (Madrid) y luego hizo teología y se ordenó sacerdote. En Villacarriedo (Cantabria) se interesó por las ciencias, la cartografía y la geografía. Fue profesor para su orden de los Escolapios en San Fernando y en Getafe y Carlos III le pensionó para desplazarse a Roma, Florencia y París buscando conocimientos de astronomía. Una vez conseguido su objetivo, fue nombrado Director del Observatorio Astronómico de Madrid, y Jiménez Coronado compró un telescopio “Herschel” en Londres, que se instaló en sus jardines sobre un armazón de madera, y un sistema de telegrafía óptica en París, que acabó instalándose entre Madrid y Aranjuez y entre Cádiz y Sanlúcar de Barrameda, Medina Sidonia, Chiclana y Jerez.

En 1808, los franceses tomaron el Observatorio Astronómico como lugar de acuartelamiento de sus tropas, y los soldados destruyeron el telescopio, quemaron los libros para calentarse e hicieron un gran destrozo de las instalaciones.

José Rodríguez González, 1770-1824, impartía matemáticas en el Observatorio Astronómico de Madrid y astronomía en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Rodríguez González, 1770-1824, había estudiado teología, pero se había aficionado a las matemáticas y en 1798 fue profesor interino de matemáticas para estudiantes de medicina, obteniendo la titularidad en 1801. En 1803 se fue a París a perfeccionar matemáticas y astronomía. En 1806, José Chaix y José Rodríguez fueron designados por España, para acompañar a los franceses Jean Baptiste Biot y François Arago en la medición de arco meridiano entre Dunquerque y Formentera (meridiano que pasa por Barcelona), triangulando correctamente la costa española, con lo cual se pudo demostrar que el arco paralelo es mayor que el arco meridiano, lo que significa que la Tierra es achatada por los polos y alargada en el ecuador, en términos técnicos, que la Tierra no es una esfera sino un elipsoide. En 1814 se fue a Alemania y estudió mineralogía, y en 1819 fue profesor de astronomía en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid.

Se tiene por un gran esforzado de las matemáticas a José Chaix Isniel, 1766-1811, porque introdujo en la Universidad en 1801 un libro, Elementos de cálculo diferencial e integral, con sus aplicaciones principales a las matemáticas puras y mixtas, libro en el que expuso teorías matemáticas de Newton, Leibniz y D`Alembert, y desarrolló las matemáticas de las superficies curvas y de doble curvatura según teorías de Euler, Clairant y Monge. También estudió las funciones logarítmicas y exponenciales. Chaix era miembro del Real Cuerpo de Ingenieros Cosmógrafos del Estado, y había participado en la medición del arco meridiano en Perú, con La Condamine y Jorge Juan. Se atrevió a publicar las ideas de Newton, Leibniz, Euler, Clairaut, Lagrange y Monge. En 1807 publicó una nueva obra: Memoria sobre un nuevo método general para transformar en series las funciones trascendentales.

 

En 1795 apareció el Real Estudio de Medicina Práctica del Hospital General de Madrid, gestionado por José Iberti y José Severo López.

En 1795, el catalán Francisco Salvá Campillo, médico aficionado a la electricidad, propuso en la Academia de Ciencias de Barcelona un sistema de telegrafía con 22 pares de alambres, cada uno de los cuales trasmitía una letra. El sistema se alimentaba por la botella de Leyden, o condensador de electricidad estática inventada en 1746. A partir de esa botella, Charles Marshall en 1753 había intentado un sistema telegráfico elemental, y Georges Louis Lesage en 1774 lo había perfeccionado con varios pares de hilos. En 1797, el canario Agustín de Betancourt perfeccionó el sistema. En 1798, Salvá fue encargado de hacer una línea telegráfica Madrid-Aranjuez, y en 1804 perfeccionó el proyecto para cambiar la botella de Leyden por la pila de Volta inventada en 1802.

 

En 1796, trabajó en España como colector de minerales y fósiles del Real Gabinete de Historia Natural, Christian Herrgen, el cual sería más tarde director del Real Estudio de Mineralogía. Herrgen introdujo en España los saberes geológicos que imperaban en Europa en ese momento.

 

Los centros madrileños de enseñanza de las nuevas ciencias eran simultáneos a las academias militares y academias de guardiamarinas, las cuales se habían adelantado a todos ellos en el estudio de las matemáticas, geografía, química y ciencias naturales: José Antonio López Noval, 1763-1824, gestionaba el Observatorio Astronómico de El Ferrol como profesor de matemáticas. Este militar malgastó sus posibilidades intelectuales cuando se hizo patriota liberal en 1808, fue diputado en Cádiz, tuvo que exiliarse a Inglaterra en 1814, regresó en 1820, y de nuevo se exilió en 1823. Era la suerte más común entre los militares y la desgracia de España a principios del siglo XIX.

No sólo había centros de difusión de los conocimientos modernos en Madrid, también había interés porque el saber se difundiera por diversos lugares:

Jovellanos en 1794 abriría en Gijón el Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía.

En 1801 surgió el Real Estudio de Medicina de la Academia de Medicina de Barcelona, gestionada por Salvá Campillo y Vicente Mitjavilla.

En 1789 se hizo un Observatorio Astronómico en Montevideo.

En 1803 se hizo un Observatorio Astronómico en Bogotá.

En 1806 se hizo un Observatorio Astronómico en El Ferrol.

 

 

 

Cartografía.

 

    Cosme Damián Churruca y Elorza, 1761-1805, militar vasco de Marina, con estudios en El Ferrol, cartografió el Estrecho de Magallanes en 1788-1789 y luego en 1791 levantó mapas de América septentrional y del Caribe. Este hombre es sin embargo conocido por haber muerto en Trafalgar en 1805 en el San Juan Nepomuceno.

 

 

Química.

 

En 1789 podemos dar por iniciado el periodo de madurez de la química en el mundo. Es la fecha en la que Antoine Laurent Lavoisier, 1743-1794, publicó su Tratado Elemental de Química. Junto a Lavoisier, estaban trabajando en París Louis Nicolas Vauquelin, 1763-1829; Claude Louis Berthollet, 1748-1822; Antoine François de Fourcroy, 1755-1809; Louis Bernard Guyton de Morveau. Y Morveau, Lavoisier y Berthollet habían publicado en 1787 Methode de Nomenclature Chimique.

Lavoisier descubrió un gas que había en el aire y que era responsable de las combustiones, y lo llamó oxígeno, a partir de lo cual investigó otros elementos del aire y encontró el hidrógeno.   Lavoisier demostró que la combustión de los cuerpos no se debía al flogisto, como decían los eruditos del XVIII. Decían éstos que todos los cuerpos combustibles tenían una cantidad determinada de flogisto, que se ponía en combustión al recibir calor. Ello implicaba una descomposición de la materia en dos partes, una de las cuales era el flogisto. Lavoisier por su parte, dijo que la combustión era una combinación de una parte de la materia con el oxígeno, que no había combustión sin oxígeno, y que la masa de un cuerpo tras la combustión era la misma que antes de ella, si se recogían todos los productos del proceso y, por tanto, no había pérdida de materia, sino combinación nueva entre partes de la materia.

En España, la química tuvo protección de Estado, el cual quería mejorar la producción de plata, obtener el platino, conseguir tintes de calidad para los tejidos españoles y obtener armas modernas.

En España estaba Joseph Louis Proust, 1754-1826. Este hombre fue reclutado por Fausto Elhúyar para dar clases en Vergara (Guipúzcoa), y en 1786 pasó a Madrid y por fin a la Academia de Caballería de Segovia en 1794, donde tenía un laboratorio en el que encontró la “ley de proporciones definidas”, según la cual los elementos químicos se combinan entre sí en unas proporciones determinadas y no aleatorias, sino constantes. En 1799 se fusionaron los laboratorios de química de Secretaría de Estado (gestionado por Pedro Gutiérrez Bueno), el de Secretaría de Indias (gestionado por Francisco Chabaneau), y el de la Academia de Artillería (gestionado por Joseph Louis Proust) y se creó el Laboratorio Real de Madrid, siendo Proust su director el cual tenía como ayudantes a los otros dos citados. Proust estudió la navegación en globo, el azúcar de la uva y de la miel… En 1806 viajó a Francia por motivos familiares y en 1808 le sorprendió la deposición del Rey Carlos IV, por lo que decidió no volver por España.

Pedro Gutiérrez Bueno, 1745-1826, había estudiado en los Reales Estudios de San Isidro de Madrid y se había hecho boticario en 1777. En 1785 fue nombrado profesor de Química del Colegio de Cirugía de San Carlos. En 1787 fue nombrado profesor en el Real Gabinete de Historia Natural, donde escribió en 1788 un manual titulado Curso de Química. Se le concedió un laboratorio en Secretaría de Estado (asuntos exteriores en ese tiempo, departamento que tenía interés en estar al día y espiar los inventos extranjeros), y Gutiérrez Bueno aceptó las teorías de Lavoisier y de la escuela francesa. Esto fue malo para él, pues un viejo profesor, José Viera Clavijo, habló en su contra y perdió el laboratorio. Siguió siendo profesor del colegio de Cirugía de San Carlos. En 1804 le asignaron al Colegio de Farmacia de Madrid, donde fue director y profesor de química.

Pierre François Chavaneau, 1754-1842, fue otro francés reclutado por Fausto Elhúyar, primero para dar clases a los españoles becados en París, a los que impartió física y francés, y a partir de 1778 para dar clases en Vergara (Guipúzcoa). En 1787, la Secretaría de Indias le entregó un laboratorio de química y metalurgia a fin de investigar los metales y minas americanas. En 1790 escribió Elementos de Ciencias Naturales. En 1799 regresó a Francia.

Domingo García Fernández, 1759-1829, fue a París a perfeccionar sus estudios de farmacia y medicina y en 1783 obtuvo una beca del Estado español para estudiar química. A España le interesaba la fabricación de tintes. En 1787, García Fernández regresó a España y en 1795 tradujo la nomenclatura química de Lavoisier. En 1808 se hizo afrancesado y perdió todos sus cargos en 1814, pero se le adjudicaron puestos secundarios en diversos destinos.

Antonio Martí Franqués, 1750-1832, estudió en Cervera y abandonó sus estudios por estar en desacuerdo con sus maestros. Entonces estudió francés, inglés, alemán e italiano, y se puso a estudiar la química por su cuenta, autodidácticamente. Era retraído y se comunicaba mal de palabra. En 1785 estaba interesado en el análisis de los aires (hoy diríamos de los gases), y en 1790 describió varios métodos para medir el “aire vital” en la atmósfera, en los que observamos que había descubierto la composición del aire.

En 1794 Juan Manuel Munárrit tradujo el Tratado de Química de Lavoisier.

En 1794 se envió a Aréjula a París. Juan Manuel de Aréjula, 1755-1830, gaditano, que fue cirujano de la armada. En 1794 fue enviado a París y conoció a Antoine François de Foureroy, 1755-1809, que le enseñó química y sus aplicaciones médicas. En 1789 fue a Londres y aprendió instrumental médico y, en otros aspectos técnicos, el uso del carbón. En 1791 se incorporó a su puesto en Cádiz, pero no obtuvo dinero para montar un laboratorio de química, y se puso a enseñar medicina y botánica. En 1795 se le concedió el laboratorio, pero no tuvo tiempo de difundir adecuadamente su saber.

A fin de siglo, Diego Larrañaga Arambarri, 1760-1815, había estudiado en Sajonia y Hungría los sistemas metalúrgicos, e introdujo en Almadén en 1806 el sistema de obtención del mercurio de Leithner. Su hermano José Larrañaga Arambarri, 1773-1859, también estudió en el extranjero.

En Química-Biología, Antonio Cibat Arnautó[2], 1771-1811, estudió el papel del hidrógeno y el oxígeno en los animales. Estudió en el colegio de Cirugía de Barcelona donde ya se cursaba física experimental, estuvo 10 años en Inglaterra estudiando física, química, cirugía y medicina, y se doctoró en medicina, pasó un año en Madrid y fue examinado por el Protomedicato, fue médico militar en 1793-1795 y catedrático del colegio de Cirugía de Barcelona. En 1808 sirvió a José I. Antonio Cibat situó correctamente el origen del paludismo y de la fiebre amarilla en los mosquitos de los pantanos, y trató de controlar la sífilis mediante una regulación de la prostitución.

 

En 1799, el Laboratorio de Metalurgia y Química Aplicada a las Artes, absorbió al Laboratorio de Química General y al laboratorio militar existente en Segovia, y se creó el Laboratorio Real de Madrid. Se hizo cargo de su dirección Joseph Louis Proust, que estaba en Segovia y pasó con ese motivo a Madrid. El local para desarrollar estas actividades fue el ocupado hasta entonces por el Real Almacén de Cristales, y Proust construyó sus laboratorios. Tuvo allí la colaboración de Gregorio González de Azaola hasta 1806.

En 1801, Andrés Manuel del Río Fernández descubrió el vanadio, aunque no se le reconoció su descubrimiento por no estar de acuerdo los doctores de París. Andrés Manuel del Río, 1764-1849, había estudiado al principio los tradicionales saberes españoles de filosofía, teología y literatura en Alcalá, pero pasó a las minas de Almadén y le gustaron tanto los nuevos conocimientos, que pasó a estudiar química y minería en París, Schemnitz (Eslovaquia actual) y Freiberg (Alemania). En 1792 obtuvo la cátedra de Química y Mineralogía y en 1794 fue enviado a México a investigar, donde escribió Elementos de Orictognosia. En 1801 descubrió un nuevo mineral que llamó primero pancromio y más tarde eritronio, pero los eruditos franceses se negaron a admitir su existencia. En 1820 se hizo independentista mejicano. En 1829, cuando los mexicanos expulsaron a “los españoles”, Andrés Manuel se exilió a Filadelfia (Estados Unidos). Regreso a México en 1834, y fue bien acogido por los mexicanos.

 

 

Metalurgia.

 

Antonio Raimundo Ibáñez Llano y Valdés, 1749-1809, marqués de Sargadelos, fundó una fundición moderna en 1791 en Santiago de Sargadelos (Lugo) y en 1797 puso un alto horno de carbón vegetal. Entonces se produjo la falta de trabajo en muchas ferrerías gallegas y, en 1798, hubo disturbios sociales que podemos considerar un primer luddismo, y destruyeron el horno. Fue reconstruido años más tarde. El marqués de Sargadelos fue acusado de afrancesado en 1808 y asesinado el 2 de febrero de 1809. Sus fábricas funcionaron hasta 1875.

En 1794, Juan Manuel de Aréjula, ya citado más arriba, fue enviado por la Sociedad Bascongada a Londres, y en 1794 a París, para investigar sobre la producción de aceros. El sistema de consumir carbón vegetal producía una tala masiva de árboles, que no era viable a medio plazo y molestaba a los campesinos del momento. La idea era conocer el manejo del carbón mineral. Por entonces, en 1794 la Real Fábrica de Orbaiceta y la Real Fábrica de Trubia, intentaron construir en Trubia dos altos hornos, que se hicieron en 1796, pero fueron un fracaso. España no lograría altos hornos de carbón hasta 1884, un siglo más tarde. Jovellanos también estaba obsesionado por la posibilidad de extraer carbón en Asturias y hacer altos hornos, pues era evidente que España necesitaba acero de calidad, abundante y a buen precio.

En 1796, Fernando Casado de Torres e Irala, 1754-1829, fue designado director de los centros siderúrgicos y armamentísticos de Liérganes y La Cavada e intentó transformar el sistema de energía de madera por el carbón, pero fracasó. Ya desde 1793 había intentado fabricar coque en La Cavada. Pero el asunto era más complicado de lo que parecía en principio.

En los finales del XVIII se estaban difundiendo en España los nuevos inventos ingleses como la mule jenny de 1788, los tintes franceses y las máquinas descubiertas en diversos países europeos.

 

 

Renovación cultural a fin de siglo XVIII.

 

En el campo del Derecho se impuso el Derecho Natural, una forma de agrupar las leyes en temas y sacar de ellos unos principios básicos de los que emanarían todas las leyes. Campomanes y Jovellanos trabajaron en este campo, pero sus trabajos acabaron en el Índice.

Colaborador de Jovellanos fue Juan Meléndez Valdés, 1754-1817, poeta, jurista y político extremeño que hizo durante su vida todo un periplo por España y Francia (Madrid, Salamanca, Zaragoza, Valladolid, Madrid, Medina del Campo, Zamora, Madrid 1808-1813, y varias poblaciones de Francia, además de estar en muchos campos de las letras: había estudiado latín y filosofía en el Colegio de Santo Tomás de Madrid, filosofía moral y griego en los Reales Estudios de San Isidro, Leyes en Salamanca donde conoció a Juan Fernández de Rojas y a José Cadalso, dio clases de griego en Salamanca, obtuvo la cátedra de humanidades en 1781 en Salamanca y acabó doctorándose en Derecho en Salamanca en 1783. El doctorado le sirvió para ser juez en Zaragoza y Valladolid y fiscal en la Sala de Alcaldes de Casa y corte de Madrid, bajo la protección de Jovellanos.

De ideas avanzadas en el tránsito entre los dos siglos fue tachado de jansenista por los conservadores católicos. Colaborador de José I, en 1814 se exilió a Francia, donde recorrió un buen número de ciudades.

Más liberal radical era José Marchena Ruiz de Cueto, 1768-1821, llamado “el abate Marchena”, que ya como estudiante en Salamanca fue procesado en 1787 porque tenía libros prohibidos y redactaba un periódico, El Observador, que difundía ideas de Voltaire. En 1792 fue a Francia y estuvo en el grupo de los Girondinos y desde Bayona escribe Gaceta de la Libertad y la Igualdad para difundir ideas revolucionarias en España. En 1793 fue perseguido por Robespierre y en 1796 fue expulsado de Francia, pero volvió en 1797. Fue a España en 1808 con el general Murat. En 1814 hubo de regresar a Francia. Tradujo a muchos de los pensadores ilustrados franceses.

Juan Pablo Forner, 1756-1797, escribió en 1793 Oración apologética de España, para contestar a Masson de Morvilliers y su artículo de la Enciclopedia Qué ha hecho España por Europa.

La Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, se creó en Zaragoza en 1792 a petición de Aranda y la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País.

En 1789 se creó una Escuela de Nobles Artes en Cádiz.

La renovación cultural de fines del XVIII significaba el decaimiento de las Universidades tradicionales de Salamanca, Valladolid, Alcalá y Santiago, en beneficio de las renovadas que serán Granada, Valencia, Sevilla…

 

 

Literatura en tiempos de Carlos IV.

 

En 1785-1795, apareció Cartas económico políticas al conde de Lerena, en las que León López de Arroyal y Alcázar 1755-1813, criticaba la situación política, social y económica de España, y pedía una reforma legal radical de todas las leyes españolas, libertades económicas y políticas, y una constitución fundamentada en el pacto social y con soberanía del pueblo. León López de Arroyal representa la desconfianza de los españoles respecto a los ministros ilustrados que habían paralizado las reformas, la evolución de España hacia las libertades y la eliminación de los privilegios sociales. En 1793 insistía López de Arroyal en sus ideas, esta vez con más sarcasmo e ironía, en Oración Apologética en defensa del estado floreciente de España. escribió sátiras que permanecieron inéditas, pero conocieron sus amigos, así como odas y epigramas.

Nicolás Fernández de Moratín, 1737-1780, y su hijo Leandro Fernández de Moratín, 1760-1828, cultivaron los versos y el teatro difundiendo ideas nuevas.

Leandro Fernández de Moratín, 1760-1828, no pasó por la Universidad, sino que su padre le puso a trabajar desde joven, tiempo que aprovechó para escribir poesías. En 1787 visitó París y, a su vuelta, Jovellanos le concedió una pensión que le obligaba a ordenarse de primera tonsura. Entonces recibió el encargo de escribir una zarzuela, El Barón, que se convertiría en comedia en 1823. En 1789, escribió en prosa una crítica a los poetas antiguos, La Derrota de los Pedantes. En 1790 escribió su primera comedia. En 1792 se estrenó su primera comedia importante, La Comedia Nueva, donde contrapone la obra de un autor novel con las comedias del siglo de oro. Quedaba claro que el teatro debía ser deleite al tiempo que instrucción moral, y debía seguir las tres reglas neoclásicas de unidad de tiempo, acción y lugar. La comedia debe además satirizar y ridiculizar personajes y costumbres poco racionales. En 1797 obtuvo un cargo del Gobierno que le permitió vivir en adelante. En 1806 se estrenó, El sí de las niñas, en la que criticaba la educación y la familia española. Después de su muerte se publicó Orígenes del teatro español, donde hacía una investigación histórica sobre el tema.

Gran filólogo fue el jesuita Lorenzo Hervás Panduro, que escribió Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas y enumeración, división y clases de éstas según la diversidad de sus idiomas y dialectos, obra en 6 volúmenes escritos entre 1800 y 1805. En esta obra demostró que el griego tenía relación con el sánscrito, que el hebreo era una lengua semítica hermana del arameo, árabe y siríaco, que el vasco es una lengua ibera, y que había una familia de lenguas malayo polinesias, y una familia de lenguas fino ugrias. Lo más notorio de su obra fue quizás la afirmación de que lo más importante de una lengua es su estructura gramatical y fonética, de modo que algunas palabras desaparecen y otras aparecen, pero todas siguen unas mismas reglas durante siglos.

La obra Catálogo de las Lenguas es una parte de una obra mucho más amplia que escribió en italiano en 1778-1792 con el título de Idea dell`Universo, en la que dedicaba 8 volúmenes a Historia de la vida del hombre, 8 volúmenes a Elementos cosmográficos, y 5 volúmenes a Lengua. Esta obra será reeditada en castellano a partir de 1789 con 7 volúmenes de Historia de la vida del hombre, 4 volúmenes de Viaje estático al mundo planetario, un tratado de astronomía y 6 volúmenes de Catálogo de las Lenguas

Este hombre tan culto, estaba obsesionado por su fe católica y dedicó gran parte de su vida y su obra a atacar a los jansenistas españoles. En 1794 escribió contra ellos Causas de la Revolución de Francia en el año 1789 y medios de que se han valido para efectuarla los enemigos de la religión y del Estado. Acusaba a los jansenistas de haber destruido la autoridad civil y religiosa, lo cual había provocado las revoluciones. Su fe estaba para él por encima de sus otros conocimientos.

 

 

Conclusión.

 

Dados los antecedentes y perspectivas de la ciencia y pensamiento español a fines del XVIII, con Fernando VII debería haberse dado en España el paso definitivo hacia la modernidad, pero diversos condicionamientos políticos hicieron que tampoco, a principios del XIX, se avanzara en el cambio en ese sentido. Fernando VII apoyó con su dinero y el de España a los tradicionalistas y ello ralentizó el avance del pensamiento científico y la difusión del pensamiento racional. Los tradicionalistas trataron de acabar con los liberales, y como antes, en 1808-1814, ambos, liberales y absolutistas juntos, habían acabado con los afrancesados, la intelectualidad española sufrió quizás el más grave golpe de la historia de España.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Para profundizar un poco más en el tema, ver: Dolores Parra, Francisco Pelayo, Christian Herrgen y la institucionalización de la mineralogía en Madrid. CSIC, 1996.

[2] Antonio Cibat Arnautó, 1771-1811, estudió medicina en Barcelona y completó estudios en Londres y Aberdeen. Regresó a España en 1792 y se hizo médico militar, ejerciendo en la guerra con Francia. Fue profesor del Colegio de Medicina de Barcelona, En 1807 fue con el destacamento español que servía a Napoleón. Regresó a España y sirvió a José I Bonaparte.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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