CARLOS IV:

CRISIS, RENOVACIÓN Y FRACASO.

 

 

El reinado de Carlos IV es interesante por varias razones:

Porque la historiografía tradicional lo ha interpretado como un periodo de decadencia tras las innovaciones técnicas ilustradas de tiempos de Fernando VI y Carlos III, y hay que conocer el grado de ese retroceso y las posibilidades que dejaba abiertas para el futuro.

Porque el reinado es la época del estallido de la burbuja del papel, es decir, la emisión masiva de vales reales y su depreciación completa.

Porque es la época en la que España empezaba a tener hombres e instituciones preparadas para abordar la renovación intelectual y docente que España necesitaba y estaba intentando desde principios de siglo.

Carlos IV no supo dar a España los cambios que ésta precisaba. Era una personalidad de poca valía y se asustó ante los acontecimientos mundiales de 1789. Se rodeó de mediocres, como Godoy, y timoratos como Floridablanca. Y las circunstancias le sobrepasaron: al final de su reinado, en 1807, tenía que optar entre entregar el poder al partido nobiliario o dejarlo en manos de Napoleón Bonaparte, porque ni siquiera consideraba la posibilidad de profundizar en la Ilustración-liberalismo y confiar en los nuevos hombres que habían aparecido. Decidió entregar el país a Francia y se puso en contra al partido nobiliario y a los “liberales”, que en conjunto integraron la facción patriota. Ello le costó el trono. Los del partido nobiliario coronaron a Fernando VII y le depusieron. Napoleón Bonaparte depuso a Fernando VII y coronó a su hermano José I con la esperanza de dominar América para Francia. Y lo peor para España fue que Napoleón también fracasó. Así, el drama que se iba a generar por la falta de personalidad de Carlos IV, tuvo lugar en los reinados siguientes al suyo, los de Fernando VII, su hijo, y José I, el hermano de Napoleón.

 

 

ACOTACIÓN TEMPORAL DEL TEMA.

 

Carlos IV llegó al trono de España en 14 de diciembre de 1788. Terminó su reinado en 19 de marzo de 1808.

Los hechos más importantes por los que recordamos a Carlos IV son la Revolución Francesa de 1789, un año después de su coronación, y la ocupación napoleónica de España en 1807, un año antes de su derrocamiento. A partir de 1789, Floridablanca se vino abajo y podemos dar por terminada una época en la que, a pesar de todo, la Ilustración española progresaba como nunca lo había hecho. El 27 de octubre de 1807, Carlos IV entregó el país a Napoleón Bonaparte.

Por razones metodológicas, en este trabajo daremos por terminado el capítulo de Carlos IV en octubre de 1807, fecha en que se firmó el Tratado de Fontainebleau y tuvieron lugar los sucesos de El Escorial, nueve días después de la entrada de los ejércitos franceses en España el 18 de octubre de 1807. A partir de ese día, ya no tuvo sentido por sí mismo el reinado de Carlos IV, sino que quedó en manos de Napoleón, lo cual me sugiere que debe tratarse en un capítulo aparte.

 

 

CARLOS IV DE BORBÓN y MARÍA LUISA DE PARMA.

 

Carlos Antonio de Borbón y Sajonia, Carlos IV de España, nació en el Palacio Real de Portici (Nápoles) el 12 de noviembre de 1748 y murió en Roma 19 de enero de 1819. Llegó a España en 1759, y accedió al trono de España en 14 de diciembre de 1788.

Era el séptimo hijo de Carlos III y de María Amalia de Sajonia, pero el segundo varón. Su hermano mayor, Felipe, 1747-1767, era deficiente mental y fue excluido de la sucesión. El 19 de julio de 1760, Carlos fue jurado príncipe de Asturias, cuando tenía 12 años de edad, salvando el escollo de no ser español de nacimiento. Era alto, corpulento, bondadoso, sencillo y sin malicia, poco inteligente y, como casi todos los Borbones del XVIII, fue gobernado por su mujer. En cambio, era muy buen carpintero-ebanista y también era hábil como relojero. Nunca tuvo deseos de reinar, y cuando fue rey, dejó que otros gobernasen.

Carlos IV estaba casado con María Luisa de Parma, 1751-1819, prima suya, pues era hija de Felipe de Borbón duque de Parma, hermano de Carlos III, y Luisa Isabel, hija mayor de Luis XV de Francia. Su nombre verdadero era Luisa María Teresa de Borbón Parma, pero firmaba Luisa y los historiadores comenzaron a llamarla María Luisa, y así es conocida.

Se habían casado en 1765. Entonces, Carlos Antonio de Borbón era Príncipe de Asturias. Ella tenía 14 años y él 17.

María Luisa no era muy agraciada de físico y en 1789 perdió los dientes (y su marido la llamó vieja en una broma poco inteligente), pero se hizo unos nuevos postizos, lo cual fue comidilla de toda la Corte. María Luisa tenía mucho más carácter que Carlos y más inteligencia. No estaba todo el día encerrada con el rey como les había pasado a las esposas de los Borbones anteriores, sino se movía por Madrid y por Palacio con libertad, acompañada siempre por “el bonito” de turno, un personaje propio de la Europa de aquél tiempo.

María Luisa era partidaria de la moda entre la alta sociedad parisina de tener un acompañante, un “bonito”. Las clases más altas presumían de un joven acompañante de la señora, bien vestido y que supiera, bailar, hablar y distraer a la concurrencia con chistes, chismes, dichos y ocurrencias. Este joven acompañante era “el bonito”. El bonito era exhibido en público, lo cual no era vergonzoso, sino se tenía a gala y formaba parte del cortejo de la dama. No se debe confundir la figura del bonito con la del amante, aunque en la época algunos bonitos, muy pocos, llegasen a ser amantes de sus señoras.

Fueron “bonitos” de la reina María Luisa: un Guardia de Corps llamado Diego (anteriormente a ser reina) que era guitarrista y cantante; Eugenio Eulalio de Portocarrero y Palafox, conde de Teba y de Montijo; Agustín Lancáster, hijo del duque de Abrantes; Juan Pignatelli, conde de Fuentes que duró de 1778 a 1789, y era guardia de Corps; Manuel Godoy, también guardia de Corps, en 1789-1794; Luis Godoy, guardia de Corps y hermano del anterior.

Los españoles no entendían la figura del “bonito”, al que confundían con el amante, y Diego fue denunciado en 1782 por un anónimo, esforzándose los príncipes en que no hubiera escándalo, y el incidente acabó con un traslado del guardia a otro destino.

La campaña política de Fernando VII y los del partido castizo contra Carlos IV, en 1807 y 1808, llegó a afirmar que María Isabel, María Teresa, Felipe María y Francisco de Paula eran hijos de Godoy, pero no se puede confirmar nada de ello y ni siquiera es probable. La historiografía liberal denigró a María Luisa cuanto pudo, y los relatos sobre ella pueden estar muy deformados por las opiniones políticas. Los liberales aprovecharon la ignorancia de la gente para confundir al “bonito” con el amante, y para denigrar a los reyes con la existencia de muchos amantes de la reina, pero ello es falso.

María Luisa conoció a Godoy en septiembre de 1788 en un viaje que hizo de Madrid a La Granja, en el que Godoy iba como batidor a caballo. Godoy se cayó del caballo, se levantó como si nada hubiese ocurrido, y eso impresionó a la futura reina, quien a los pocos días le llamó para conocerle y presentarle al Príncipe de Asturias, Carlos. Godoy tenía en ese momento 21 años y María Luisa 39. Godoy fue el nuevo “bonito” de la reina durante cinco años.

 

Hijos de Carlos IV de Borbón y de María Luisa de Parma fueron:

Carlos Clemente de Borbón y Borbón Parma, 1771-1774;

Carlota Joaquina, 1775-1830, casada en 1785 con Juan VI de Braganza rey de Portugal, siendo hijos suyos: María Teresa, 1793-1874, Princesa de Beira; Francisco Antonio, 1795-1801, Príncipe de Beira y duque de Braganza; Isabel María de Braganza y Borbón, 1797-1818, casada en 1816 con Fernando VII de España; Pedro, 1798-1834, IV de Brasil y I de Portugal; María Francisca de Asís de Braganza y Borbón, 1800-1834, casada en 1838 con Carlos María Isidro de Borbón, el líder carlista, y madre de Carlos VI el carlista, de Juan III el carlista, y de Fernando; Isabel, 1801-1876, Regente de Portugal; Miguel I de Portugal, 1802-1866; María de la Asunción, 1805-1834; Ana de Jesús María, 1806-1857, esposa de Nunho José de Mendoça duque de Loulé.

María Luisa Carlota, 1777-1782;

María Amalia, 1779-1798, casada con su tío Antonio Pascual, hermano de Carlos IV;

Carlos Domingo, 1780-1783;

María Luisa Josefina, 1782-1824, casada en 1795 con su primo Luis de Parma, Luis I de Etruria;

Los gemelos Carlos Francisco y Felipe Francisco de Paula, 1783-1784;

Fernando de Borbón y Borbón Parma, 14 octubre 1784-1833, que sería Fernando VII.

Carlos María Isidro, 1788-1855, el líder carlista de 1833;

María de la O Isabel, 1789-1848, casada en 1802 con Francisco I de Dos Sicilias, rey de Nápoles;

María Teresa, 1791-1794;

Felipe María Francisco, 1792-1794;

Francisco de Paula, 1794-1865, duque de Cádiz. Casado con Luisa Carlota de Borbón, hija de Francisco I de Nápoles y de María Isabel, la hermana de Francisco de Paula. A su vez, Luisa Carlota era hermana de María Cristina de Borbón, la esposa de Fernando VII, por lo que Francisco de Paula resultó suegro y tío de Isabel II. La endogamia familiar atribuida a los Austrias, no era menor entre los Borbones.

Y habría que contabilizar dos abortos, para completar la idea de que María Luisa de Parma estuvo embarazada casi toda su vida, desde 1771 a 1794, de los veinte a los 44 años de edad.

Carlos y María Luisa llevaban casados 23 años cuando heredaron la Corona de España, él en derecho.

María Luisa de Parma, era enemiga de Floridablanca e hizo lo imposible por que este hombre cayera en desgracia. También se llevó mal con Aranda. Aranda, miembro de la tertulia del príncipe de Asturias Carlos, la tertulia que quería limitar el poder del rey mediante un Consejo de Nobles, fue líder del partido nobiliario o partido castizo, e hizo participar en esas tertulias al príncipe Carlos, Carlos IV. Pero la reina hizo saber a todos su voluntad de participar en las cuestiones de Gobierno y ello provocó tensiones entre la reina y Aranda. El problema era que estos hombres no dejaban a la reina intervenir a su capricho en cuestiones de Gobierno, lo que sí logró más tarde con Godoy. Esto explica el éxito de Godoy y la caída de Floridablanca y de Aranda.

María Luisa murió 17 días antes que su marido, en enero de 1819.

 

 

EL REINADO DE CARLOS IV COMO CRISIS.

 

La historiografía ha calificado el reinado de Carlos IV como el de la decadencia respecto a los Borbones, pero no se le debiera culpar tan a primera vista de los males del siglo XVIII, pues había recibido de sus antepasados unas deudas de Hacienda altísimas, alzas de precios, guerras y bloqueos marítimos, cuya solución no era nada fácil. Recogía los resultados de 30 años de gastos y mala organización del Gobierno y de Hacienda, y no tenía más remedio que reinar con lo que le había dejado su padre, Carlos III. El reinado de Carlos III, muy expansivo en economía, había gozado de la parte vistosa de las operaciones de crédito, los éxitos que se apuntó este rey, pero los historiadores suelen ocultar otra parte oscura que fue la enorme deuda que dejó, y Carlos IV tuvo que cargar con ella y con una inflación altísima.

Carlos IV heredó las contradicciones políticas de los Borbones: por una parte, debían reforzar el absolutismo para acabar con las instituciones nobiliarias y eclesiásticas, defensoras de los privilegios y jurisdicciones propias, en detrimento del Estado y de los intereses generales. De otro lado, debía racionalizar el Estado y ello conducía a un replanteamiento del mismo en el que el rey perdería su status de soberano absoluto. El absolutismo era el camino, pero el destino era que el absolutismo fuera destruido por la revolución al final de ese camino.

Cuando Floridablanca fue consciente de haber llegado al punto culminante de la contradicción dicha, lo cual ocurrió en 1792, cerró la frontera con Francia, cortó la información, cambió el Consejo de Estado, permaneció anonadado ante el hecho revolucionario que destruía su esquema mental de lo que debería ser un Gobierno. Era como un mal educador que no quiere que el niño se haga mayor y se entere de la realidad de la vida. Y Godoy, sucesor de Floridablanca, no sólo sospechamos que era consciente del fenómeno, sino que lo manifestó expresamente y por escrito, tal como lo estamos exponiendo.

La revolución francesa significaba para España, a juicio de Carlos Seco Serrano, tres cosas: el anuncio de cese de las formas de Gobierno propias de Carlos III; la necesidad de prolongación de la línea diplomática entre España y Francia, propia de los Pactos de Familia, independientemente de los regímenes políticos que se hubieran adoptado en cada país; la agravación de la crisis económica española, dado que Inglaterra cerraba los mares y se restringía el comercio con América.

Y respecto a la Iglesia católica, las contradicciones eran similares: la Constitución Civil del Clero hecha en Francia, sometiendo a los eclesiásticos franceses al Estado como ciudadanos normales y corrientes, impresionó mucho en España. El Papa la reprobó, como era lógico en un papado integrista de ideología medieval. Los sucesos franceses se siguieron en España con mucho interés. El obispo Henri Gregoire, dirigente del clero constitucional francés, fue alabado por los obispos de Ávila y Barbastro, y un hermano del de Barbastro fue nombrado Inquisidor General, lo que provocó la alarma de la mayoría de los obispos españoles, conservadores, que empezaron a opinar que el Gobierno de España apoyaba las políticas religiosas de los revolucionarios franceses.

España necesitaba un hombre de mucho carácter, que fuese capaz de asimilar los nuevos tiempos. Ése no era Carlos IV.

Carlos IV no mejoró las condiciones generales de sus antepasados y sostuvo muchas guerras con Francia y Gran Bretaña, las cuales llevaron a España a una recesión notable en el comercio exterior general, y fuerte recesión en el comercio americano. Fue tan mal rey como pudiera haberlo sido su padre o su abuelo, los “grandes cazadores”, y no es justo centrar la decadencia de España exclusivamente en su reinado.

Carlos IV heredó un Estado con ciertos progresos como las carreteras, regadíos, compañías de comercio, una flota de guerra… pero también con una “industria” que no había dado el salto a la mecanización, una derrota frente a Inglaterra que le había hecho perder el control de Atlántico, un déficit presupuestario altísimo y una burbuja del papel en vales reales que estaba a punto de estallar. Había en la España de ese momento muchas posibilidades y muy graves problemas. Y Carlos IV no estaba preparado para gobernar, era un indolente, no tenía experiencia alguna de Gobierno porque su padre no le había educado bien ni le había dado participación en decisiones de Gobierno, y tenía un carácter débil, incapaz de tomar decisiones y de enfrentarse a las personas. Por eso, él se confió a su esposa, María Luisa, una mujer enérgica, inteligente, dispuesta y ambiciosa, y a la que le importaban un bledo los dichos de la gente.

El fuerte déficit de Hacienda se intentaba remediar aumentando los impuestos, suscribiendo créditos en el exterior, suscribiéndolos en el interior, desamortizando y emitiendo papel moneda sin límite. Pero estas medidas, mal controladas y gestionadas, significaron inflación galopante y ruina general.

Y en las épocas de mala gestión política y desorden social, aparece a menudo lo que Malthus llamó papel selector de la naturaleza, que premia a los ricos que obran racionalmente, y castiga a los pobres que obran irracionalmente, y el desastre económico se incrementó con malas cosechas en 1788-1789, 1794-1795, 1797-1798, 1803-1804 y 1804-1805, y con pestes y pandemias. En 1800-1810 hubo fuerte contagio de fiebre amarilla. Tal vez los desastres se deban a otras causas, pero no es éste el momento de entrar en la discusión. Baste con apuntar la coincidencia de unas subidas espectaculares de los precios de los alimentos propias de situaciones de crisis de subsistencias, con la fiebre amarilla, con la pérdida generalizada de muchos ahorros debido al negocio fracasado de los vales reales y con las derrotas militares. La escasez de alimentos fue especialmente dura en la España interior, la productora de granos, que al estar alejada del mar, no tenía posibilidades de conseguir alimentos baratos mediante la importación.

Lógicamente con la acumulación de dificultades, el reinado de Carlos IV es una época de inestabilidad de gobernantes: Carlos IV contó con 37 Secretarios de Estado y Despacho, lo que no es mucho para veinte años en cinco Secretarías. Hubo demasiados cambios en cuanto al Secretario de Estado, y en las Capitanías Generales de Barcelona y Valencia.

Había signos de que el tema americano estaba terminando un ciclo como colonia española:

En 1790, se extinguió la Casa de Contratación, que estaba en Cádiz desde 1717.

En 1796 hubo guerra con Inglaterra, la nueva dueña efectiva de los mercados americanos. La guerra se repitió como una constante durante el reinado de Carlos IV. Al final, en la Guerra de la Independencia de 1808-1813, Inglaterra sería el aliado de España, pero porque Francia estaba a punto de quedarse con América.

En 18 de noviembre de 1797, a consecuencia de la escasez y restricciones de comercio que provocaba la guerra, se permitió a los americanos comerciar con países neutrales, con la condición de que los barcos tocaran puerto español a su regreso. Este decreto se derogó en 20 de abril de 1799 porque se incumplía sistemáticamente. De hecho, se toleró el comercio ilegal.

 

 

EL REINADO DE CARLOS IV COMO RENOVACIÓN.

 

Desde el punto de vista de la macroeconomía,   1785-1804, es una época diferente dentro del siglo XVIII[1]:

1785-1804 es una época de alteraciones económicas bruscas al alza y a la baja, lo cual indica que se habían introducido nuevos desajustes económicos. La inflación del papel es un abuso fácil para los gobernantes, que no dudaron en inflar la burbuja, emitir papel sin límite. Y apareció la inflación. Los mayores aumentos de precios se produjeron en 1790-1800.

Y frente al grave problema de la burbuja del papel, que requería medidas drásticas e inmediatas, los “doctos” tratadistas del momento aconsejaron “paños calientes” con soluciones a largo plazo:

En abril 1794 apareció en Informe en el Expediente de la Ley Agraria, de Gaspar Melchor de Jovellanos,[2] donde aconsejaba eliminar la Mesta y los baldíos, reformar la fiscalidad, difundir la cultura entre los propietarios y labradores, hacer una enseñanza más práctica y con más contenidos en ciencias, y dotar al país con una serie de obras públicas.

A Gaspar Melchor de Jovellanos, 1744-1811, se le tiene por el más profundo de los ilustrados españoles, por su amplitud de conocimientos y por sus soluciones con fundamento para las cuestiones que plantea, y planteó muchas. Fue un conservador pero partidario de reformas en muchas facetas como la enseñanza, agricultura, derecho. Había estudiado en Oviedo, Ávila y Alcalá, y desde 1768 trabajó en Sevilla como Alcalde del Crimen de la Real Audiencia. En Sevilla conoció a Olavide y aprendió economía, historia crítica y teoría de la enseñanza, lo que influyó mucho en un personaje tan conservador como Jovellanos. Fue alcalde de Casa y Corte en Madrid y Consejero del Consejo de Órdenes en Madrid, y siguió interesándose por la historia la economía y la política. En 1780 escribió el Elogio al marqués de Llanos, y luego escribió otros muchos parecidos como Elogio de las Bellas Artes, Elogio de Carlos III (1788), Elogio de Ventura Rodríguez (1788), Epístola del Paular, poema amoroso filosófico y Sátiras de Ernesto (que fueron dos artículos para El Censor. En 1790 fue desterrado a Gijón e inició una investigación documental que le permitió hacer sus más famosas obras como el Informe sobre el carbón, Memoria sobre los espectáculos públicos (maestranzas, academias dramáticas, saraos, bailes, juegos de pelota, teatro…), y sobre todo Informe sobre la Ley Agraria, que es su obra más densa, precisa y de mayor calidad, y además se esmera en la prosa, nos informa de un pensamiento político social y propone reformas. El Informe está hecho con método, pues empieza haciendo historia y exponiendo los principios en que debe basarse el tema, sigue por un estado actual de la cuestión y acaba dando remedios a aplicar. Las principales ideas del Informe son la defensa de la libertad económica, la defensa de que la tierra en la principal fuente de riqueza, propia de los fisiócratas, y la defensa del derecho al trabajo y de la liberta de trabajo propia de los librecambistas. Se oponía a la desamortización, tanto la civil como la eclesiástica. En 1797 llegó a Secretario de Estado de Gracia y Justicia, cargo que le duró 8 meses, tras los cuales se le encerró en Mallorca y se le privó de sus libros y papeles viejos. En Mallorca escribió Memoria sobre Educación Pública o Tratado Teórico Práctico sobre la Enseñanza (1802, en el que Jovellanos afirma que el origen de la prosperidad de los pueblos reside en la enseñanza, Memorias Histórico Artísticas de Arquitectura, y Memoria en defensa de la Junta Central (1811).

Pero los españoles estaban en condiciones de entender que la burbuja del papel en que se había metido España desde 1880 aproximadamente, era la ruina de España, y que profundizar en la burbuja llevaría a la catástrofe: En 1794, José Alonso Ortiz publicó en castellano La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, pero ya algunos españoles conocían esas teorías anteriormente porque las habían leído en francés y en resúmenes y segmentos publicados en otras obras. De todos modos, nadie planteó la verdadera solución al problema español, una solución drástica que significaba recorte de gastos y fin de privilegios nobiliarios y eclesiásticos.

La renovación económica y de Hacienda no se hizo. Se produjeron propuestas mojigatas. Se perdió la oportunidad, y ello tuvo consecuencias gravísimas, que los españoles no comprendieron durante décadas.

La cuestión es plantearnos si España estaba en condiciones de abordar su renovación, su programa de ajuste económico y político. Y parece ser que sí, como lo vamos a exponer en los párrafos siguientes:

 

 

Renovación ideológica en tiempos de Carlos IV.

 

La época de Carlos IV debe ser también considerada como una época de apertura de ideas, las cuales se manifiestan en periódicos y tertulias de pensamiento pre-liberal, expresado por León de Arroyal, Valentín Tadeo de Foronda, Joaquín Lorenzo Villanueva y Astengo, Francisco Cabarrús Lalanne conde de Cabarrús, Gaspar Melchor de Jovellanos, Francisco Guerra de la Vega y Cobo marqués de la Hermida, Juan Pérez Villamil, Jenaro Pérez Villaamil, Francisco Martínez Marina, José Marchena, José Iglesias de la Casa, Juan Pablo Forner, Francisco de Saavedra, Juan Meléndez Valdés, Leandro Fernández Moratín, Pedro Estala, Mariano Luis de Urquijo, Manuel José Quintana, Alberto Lista, José María Blanco Crespo, Alisa White, y otros.

Había ideas en la España de Carlos IV, más bien progresistas. Por ejemplo:

Se pensaba en el fin del despotismo ministerial aunque se aceptaba la autoridad despótica del rey. De hecho, se teorizaba sobre una limitación del poder absoluto del rey y una reforma amplia del Gobierno de España incluyendo una constitución o leyes fundamentales que estuvieran por encima de todos.

Podemos afirmar que las nuevas ideas de igualdad en los derechos ya se estaban produciendo en España a mediados del XVIII, mucho antes de la Revolución Francesa: La aristocracia de abolengo estaba siendo sustituida por una aristocracia de mérito y capacidad.

Valentín de Foronda[3], en sus Cartas sobre los Asuntos más exquisitos de la Economía Política, publicadas entre 1789 y 1821, reivindicaba la propiedad, la libertad y la seguridad, atacando el intervencionismo estatal, y defendiendo los derechos del ciudadano por encima del de soberanía de los reyes. Floridablanca le impuso el silencio en 1794.

Joaquín Lorenzo Villanueva y Astengo[4], es el prototipo del jansenista español dispuesto a renovar la Iglesia católica prescindiendo de los privilegios. Los privilegios de la Iglesia estaban siendo combatidos por el regalismo, y estaban siendo criticados por obispos y clérigos calificados de “jansenistas españoles”. Ya se estaba hablando de desamortizaciones de bienes eclesiásticos y de propios y baldíos. En 1809, Joaquín Lorenzo Villanueva colaboró con la Junta Suprema Central y se mostró como liberal activo en las Cortes de Cádiz. En 1814 fue detenido en Madrid y encarcelado en La Salceda (Guadalajara).

Un grupo de clérigos de Sevilla se intercambiaba libros revolucionarios prohibidos y los comentaban en tertulias con los breviarios sobre la mesa. Muñoz Padrón, Lista, Arjona, Blanco White eran curas liberales que más tarde mostrarían sus ideas en las Cortes de Cádiz.

El cardenal Lorenzana, el obispo Tavira y gran parte de las jerarquías del clero simpatizaban con reformas en la Iglesia.

Pero la Iglesia católica en general no estaba dispuesta a renovarse: Joaquín Lorenzo Villanueva fue acosado por los clérigos de Orihuela (Alicante), por los de Salamanca, y por otros muchos.

Los escritos de Voltaire y los de la Enciclopedia tenían amplia difusión a pesar de la prohibición existente. Los gobernantes como Pedro Pablo Abarca de Bolea conde de Aranda, Xavier María de Munibe conde de Peñaflorida, Joaquín María de Eguía III marqués de Narros, simpatizaban con ideas de los enciclopedistas.

Una persona muy conservadora en la que también estaba obrando el cambio en las ideas, era Gaspar Melchor de Jovellanos. Sus nuevas ideas sobre la enseñanza le llevaron a fundar en Gijón el Instituto Asturiano, valorando más las matemáticas y las ciencias naturales que lo que se estaba haciendo por entonces.

El periódico El Censor criticaba los defectos políticos españoles con amplitud.

Un grupo de intelectuales de la Universidad de Salamanca se había destacado por sus simpatías hacia las ideas de la Enciclopedia y había hecho de Floridablanca un símbolo de lo anticuado y pasado de moda, un representante de lo antirrevolucionario.

 

 

La represión antirrevolucionaria.

 

En septiembre de 1789 Floridablanca ordenó inspeccionar correspondencia y prensa que venían de Francia. Eran medidas de precaución, todavía no calificables de represoras. Floridablanca protegía a los emigrados que huían de la Revolución, pues le parecía la postura correcta ante la violencia en el país vecino. Pero también despreciaba a muchos emigrados que se traían sus riquezas de Francia y se dedicaban al buen vivir sin hacer nada por la sociedad y por restablecer sus derechos en Francia. Su política era perder un poco de dinero apoyando a los emigrados, pero no fiarse ni un pelo de ellos, los unos porque querían la intervención de España en una guerra y los otros por vagos e inmorales.

Pero las cosas cambiaron cuando Paul Peret, un francés, intentó asesinar a Floridablanca el 18 de junio de 1790 en Aranjuez, en el momento en que Floridablanca salía del cuarto de Don Antonio. Peret se negó durante días a recibir a los curas que querían confesarle, murió sin recibirles y fue enterrado en el arroyo del Abroñigal. El cadalso de Peret, levantado en la Plaza Mayor de Madrid, comenzó a arder y los edificios de la plaza también, y Peret fue ajusticiado en la Plaza de la Cebada. Entonces Floridablanca declaró: “No queremos tanta Ilustración ni lo que trae como consecuencia” y se refería al populismo violento contra los poderes establecidos.

En 1790, Floridablanca elaboró un índice de libros prohibidos que incluía “Francia Libre”, “Los Derechos del Hombre y del Ciudadano” y “El Correo de París”. En 1791 se comprobó que entraban papeles como “Ça ira”, y en los abanicos, cajas, cintas… llegaban consignas y frases revolucionarias. Incluso los forros de los sombreros traían artículos de la Constitución francesa. Los chalecos traían escrito “liberté”. Se prohibió la publicación del libro “L`Importance des Opinions Religieuses” del ministro francés Necker. Floridablanca comparaba los hechos de 1789 en Francia con el Motín de Esquilache español.

Floridablanca inició una política antirrevolucionaria ciega, sin pensar ni un momento en plantearse hacer los cambios precisos para que no hubiera revolución en España. Floridablanca no intervenía contra Francia, pero despreciaba a un rey francés que pactaba con los revolucionarios con tal de conservar la Corona. El 28 de febrero de 1792 Floridablanca fue cesado.

Carlos IV y Godoy se opusieron a otras muchas reformas en materia de igualdad social y justicia redistributiva. Carlos IV estuvo en disposición de actuar, pero no lo hizo, tal vez por miedo a los sucesos revolucionarios franceses.

En 1793, cuando se inició la guerra contra Francia, esta fue muy popular porque las ideas de religión y monarquía estaban muy arraigadas entre los españoles. Surgieron voluntarios, se dieron donativos en España y en América a favor de luchar contra los revolucionarios franceses.

Pero Godoy cuenta en sus memorias que había un grupo de abogados, profesores, estudiantes y algunas gentes de clase media, con el apoyo de algún notable, que veían mal la guerra a la revolución de Francia. Estas gentes hicieron una conspiración en 1795 y Picornell, José Lax, Sebastián Andrés, Manuel Cortés, Pons, Izquierdo, Garasa y Villalba, que proclamaron una Junta Suprema Legislativa y Ejecutiva de una República Española, fueron condenados a muerte y luego desterrados.

Había otra conspiración de frailes en 1796, otra de una sociedad secreta en Burgos en 1795, todos ellos simpatizantes de los revolucionarios franceses. En los cafés y en los mercados y en las tabernas se discutía en uno y otro sentido políticos. En general no se entendía que un rey como el francés hubiera caído, mientras un rey descuidado como el español, y una reina de vida desordenada, y su amante de soberbia desmesurada, no hubieran caído en España.

A partir de 1794, Godoy acabó con el jansenismo español, es decir, con los obispos reformistas, con lo cual se opuso a las reformas necesarias en la Iglesia española. Godoy estaba obsesionado contra los revolucionarios franceses y se puso en contra de los clérigos exiliados y de los que les protegían. Y de paso, en contra de los que españoles que tenían un pensamiento más libre, como eran los casos de Fabián y Fuero[5], y Lorenzana Butrón[6]. Usó el privilegio del Patronato Real contra los defensores del Patronato.

 

 

Renovación en la ciencia española a finales del XVIII y principios del XIX.

En 1776 se había creado el Gabinete de Historia Natural[7], al que se le dio sede en 4 de noviembre de 1777. Se abría para mostrar unos 2.000 objetos de Pedro Franco Dávila, un ecuatoriano que había coleccionado objetos de botánica, zoología, geología, bronces antiguos, piedras preciosas, estampas europeas, retratos de hombres ilustres, mapas, cartas topográficas, planos de ciudades… No era propiamente un científico, pero exigió ser nombrado Director del Gabinete, a cambio de su colección. En 1786 pasó a dirigir el Gabinete de Historia Natural un científico, Eugenio Izquierdo, quien había sido pensionado en París para estudiar Ciencias Naturales. Con él trabajaban José Clavijo Fajardo, y los disecadores Francisco de Eguía, y Juan Bautista Bru. Con Izquierdo y Clavijo, el Gabinete se convirtió en Escuela, donde Eugenio Izquierdo daba clases de Historia Natural, y Francisco Angulo de química. En 1793 se contrató a los hermanos Enrique Thalaker y Guillermo Thalaker para organizar la colección de minerales, y salieron a recoger muestras por la provincia de Madrid, Segovia y Teruel.

En 1778 la Marina y el ministro Aranda, habían traído al francés Louis Proust[8] a una cátedra de química en Vergara, a François Chavaneau[9] a una cátedra de metalurgia, y a Fausto Elhúyar[10] a una cátedra de mineralogía. El Ministerio de Guerra abrió una cátedra en Segovia para la artillería, e incluso la fábrica de pólvora de Murcia se interesó por la química para producir salitre, pero eran demandas puramente militares, de no mucho calado en la sociedad.

En 30 de julio de 1789, en el tiempo entre la convocatoria de Cortes en mayo y la reunión de las mismas en septiembre, tuvo lugar el inicio de un acontecimiento científico importante, la expedición de Alejandro Malaspina y José de Bustamante, que duró hasta 21 de septiembre de 1794. Se envió al capitán de fragata Alejandro Malaspina con las corbetas Descubierta y Atrevida a recorrer las costas del Pacífico y levantar mapas detallados de los territorios españoles tanto americanos como asiáticos. La expedición pasó por las Malvinas, Cabo de Hornos, remontó la costa del Pacífico hasta Alaska, y terminó en Islas Filipinas, Marianas y Nueva Zelanda, dando la vuelta al mundo. Antonio Pineda, el naturalista de la expedición, murió en Filipinas.

En 1791, el Gabinete de Historia Natural contrató al alemán Christian Herrgen, 1760-1816, para hacerse cargo del Laboratorio del Platino, pues era afamado químico. Este hombre fue fundamental en la enseñanza de la química en España. Discípulos suyos fueron: Andrés Alcón, Donato García, Francisco Escolar Serrano, Ramón Gil de la Quadra, Martín de Párraga, Enrique Umaña, Juan Sánchez Cisneros y tres o cuatro más. Desde principios del XIX había más de una decena de españoles que sabían de química.

En 1793, el Gabinete de Historia Natural contrató a Christian Heuland, y a Conrad Heuland, para recoger minerales, fósiles y conchas en América, para completar la colección del Gabinete.

En 1793, Domingo García Fernández, 1759-1829, tradujo al español Elementos de Farmacia teórica y práctica, del francés Antoine Baume, y más tarde hizo varias colaboraciones en temas químicos y mineralógicos en diversas revistas europeas. Domingo García había ido a París en 1780 a estudiar farmacia y medicina, y en 1783 se había interesado por la química, concretamente por los tintes. En 1787 le dio empleo la Junta General de Comercio y Moneda de España, que le envió de nuevo a París y Burdeos para aprender más sobre tintes industriales. En 1808 fue afrancesado, y en 1813 se exilió. Regresó en 1814, pero fue apartado de todos sus cargos y destinado a dirigir varias empresas lejos de Madrid.

En 1799, Antonio José Cavanilles, Christian Herrgen, Louis Proust y Domingo García Fernández editaron la revista Anales de Historia Natural, que a partir de 1801 se llamó Anales de Ciencias Naturales.

En 1800 se crearon las Facultades de Medicina y Cirugía. Estos estudios estaban muy interesados por los minerales y las plantas, buscando en ellos los remedios farmacéuticos. En los años siguientes el interés fue creciendo.

En 1804 se crearon los Colegios de Farmacia, que hasta entonces bastaba con dos años de Medicina para ser boticario. En 1806 se abrió el de San Fernando en Madrid, en 1815 el de San Victorino en Barcelona, en 1815 el de San Carlos en Santiago de Compostela, y en 1815 el de San Antonio en Sevilla.

Barcelona introdujo la primera cátedra de química en esa ciudad en 1805, cuando la industria textil requería blanqueantes y tintes baratos que sustituyeran al alumbre y la cochinilla. Pero había muchos más clientes para la química, como el jabón, farmacia, droguería, perfumes y el ejército mismo para explosivos.

En 1789 se inició el trabajo estadístico en España[11]. Fue un proyecto presentado por el Secretario de Hacienda Pedro López de Lerena a Carlos IV en 1789. En ese año, Pedro López de Lerena presentó una memoria con los datos de la balanza de comercio de los años 1787, 1788 y 1789 y ya se hizo siempre en años posteriores. El Secretario de Hacienda Diego Gardoqui lo consideró buen proyecto y lo continuó en 1795 y entonces se institucionalizó, creándose la “Oficina del Censo” correspondiente y una biblioteca para guardar los datos de años anteriores. La oficina del censo se propuso realizar censos de población cada 10 años, y es la responsable del llamado “censo de Godoy” de 1797, pero el censo de 1807 ya no se hizo y la guerra de 1808 cambió todos los proyectos, pues las Cortes de 1812 hicieron su propia estadística.

La Oficina del Censo hacía estudios sobre superficie de cultivos, frutos animales y vegetales del campo, pesca capturada, sal consumida por los pescadores, minas e industrias existentes en el país, rentas y contribuciones que se cobraban, gastos necesarios para recaudar esas rentas y contribuciones, moneda acuñada en España y en América, precios de los productos agrícolas, cifras de comercio entre provincias españolas, comercio con colonias (incluida la importación de negros a América), comercio exterior (cantidad, valor, procedencia, derechos generados, bandera de transporte), embarcaciones en cada puerto, embarcaciones extranjeras, precios en España y en América, paridades monetarias. El primer trabajo se publicó en 1803 con el título de Censo de Frutos y Manufacturas de España e Islas Adyacentes.

     Para más información, recomendamos mirar nuestro artículo 18.4.21.Ilustración y Ciencia en tiempos de Carlos III.

Por tanto, la época de Carlos IV era prometedora en principio. Luego las cosas evolucionaron en el peor sentido posible.

 

 

 

EL FRACASO DE CARLOS IV.

 

Sucintamente, expresaremos el fracaso del reinado de Carlos IV en unas pocas líneas:

1791, prohibición de la prensa.

1792, recurso al populismo de Godoy.

1792, ruina de los pósitos.

1793, declaración de guerra a Francia.

1795, claudicación en la Paz de Basilea.

1796, entrega de España a Francia en el Tratado de San Ildefonso, y guerra a Inglaterra.

1799, inicio de la quiebra del Banco de San Carlos / 1800: depreciación de los vales reales / 1802: cierre de la sucursal del banco en Cádiz.

1800-1814, epidemia de fiebre amarilla.

1804, declaración de guerra a Inglaterra y derrota de Trafalgar en 1805.

1806, decisión de Napoleón de disponer de América para Francia y de deponer a Carlos IV de España.

1807, en Fontainebleau España dio permiso para que un gran ejército francés entrase en España y, efectivamente, entró.

 

 

 

 

[1] CASTILLO PINTADO, ÁLVARO. Coyuntura y crecimiento de la economía española en el siglo XVIII. Hispania, Revista Española de Historia, 1971.

[2] Gaspar Melchor de Jovellanos, 1744-1811, nació en Gijón, estudió en 1757 filosofía en la Universidad de Oviedo, en 1760 fue a Ávila a hacer estudios eclesiásticos, y en 1761 se graduó como bachiller en Cánones por la Universidad de Osma (Soria), en 1763 se licenció en Cánones por la Universidad de Ávila, y en 1764 obtuvo una beca para el Colegio Mayor San Ildefonso de Alcalá y se graduó de nuevo como bachiller en Cánones, lo que insinúa que la formación recibida hasta entonces había sido muy deficiente. Abandona la idea de ser clérigo y en 1767 ocupa plaza de alcalde del crimen en la Real Audiencia de Sevilla en donde será oidor más tarde. En 1778 dio el salto a Madrid, a la Sala de Alcaldes de Casa y Corte y se movía en el círculo del duque de Alba, Campomanes, Francisco Cabarrús y Godoy. Se hizo miembro de la Sociedad Económica Matritense. Ingresó en las academias de Historia y de la Lengua. En 1790, a la caída de Cabarrús, se fue de Madrid y se estableció en Oviedo, donde estudió el carbón de la cornisa cantábrica y su aprovechamiento, opinando que había que liberalizar la explotación del carbón. Viajó varias veces a Salamanca a reformar los Colegios Menores de las Órdenes Militares, que eran cuatro, pertenecientes a las órdenes de Calatrava, Santiago, Malta y Alcántara. Fue subdelegado de caminos en Asturias. En 1794 colaboró en abrir el Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía de Gijón, donde se implantaron las matemáticas y las ciencias naturales, las asignaturas que estaban renovando la ciencia en ese tiempo, y en ese año publicó su Informe sobre la Ley Agraria. En 1797 fue rehabilitado. En 10 de mayo de 1797 fue Secretario de Estado de Gracia y Justicia hasta 16 de agosto de 1798. En diciembre de 1800, volvió Godoy al poder y ordenó la detención de Jovellanos, 13 de marzo de 1801, y su destierro a Mallorca. A la caída de Godoy en el Motín de Aranjuez, Jovellanos quedó libre en abril de 1808. En mayo, desde su posición de representante de Asturias en la Junta Central, decidió colaborar con los franceses, pero más tarde rechazó colaborar con José Bonaparte y estuvo en Aranjuez y Cádiz. En 1810 se marchó a Muros, libre entonces de franceses, y el 27 de julio de 1811 llegó a Vega de Navia, tratando de huir de los que perseguían a los afrancesados. Murió el 27 de noviembre de 1811.

[3] Valentín Tadeo de Foronda y González de Echavarri, 1751-1821, era juez de policía en Vitoria y fue colaborador de Cabarrús en la creación del Banco de San Carlos y en la Compañía de Filipinas. Era miembro de la Sociedad Bascongada de Amigos del País, conocedor de varios países europeos y estudioso de química, economía y política. En 1789 cambió su posición política, desde ser un admirador de Montesquieu, hasta ser un revolucionario liberal en economía, y empezó a publicar sus ideas en 1789, 1794 y 1821 con el título de Cartas sobre los Asuntos más exquisitos de la Economía Política, reivindicando la propiedad, la libertad y la seguridad, atacando el intervencionismo estatal, y defendiendo los derechos del ciudadano por encima del de soberanía de los reyes. Floridablanca le impuso el silencio en 1794. En 1801, marchó a Estados Unidos como cónsul de España en Filadelfia y publicó, bajo el nombre de “Tadeo Echavarri” varias cartas pro liberales. En 1808 criticaba los proyectos de constitución españoles por falta de separación de poderes, no dejar clara la soberanía del pueblo y contener pocas libertades individuales, no separar suficientemente el Estado de la Iglesia y otorgar demasiados poderes al rey. Se posicionó contra la tortura, la inquisición, los abusos del clero, la indefensión del ciudadano frente a la justicia. En 1814 fue apresado en Madrid, juzgado en La Coruña y confinado en Pamplona. Rehabilitado en 1820, publicó de nuevo sus obras en 1821, y falleció ese mismo año. Fuente: M.Benavides y C.Rollán: Valentín de Foronda.Los Sueños de la Razón, Madrid, Editora Nacional, 1984.

[4] Joaquín Lorenzo Villanueva y Astengo, 1757-1837, estudió teología en Valencia y se hizo sacerdote, explicando filosofía en el seminario de Orihuela (Alicante), donde se mostró regalista y conoció la inquina de sus colegas profesores-sacerdotes. Emigró a Madrid y se relacionó con ámbitos jansenistas. Luego fue profesor de teología en el seminario de Salamanca y de nuevo conoció la enemistad de sus colegas. Volvió a Madrid. A fines de 1808, se fue de Madrid, y en 1809 colaboró con la Junta Suprema Central como miembro de la “Junta de Materias Eclesiásticas”. Fue diputado por Valencia y se mostró liberal activo en las Cortes. En 1814, Fernando VII le recomendó en Valencia el exilio, pero Villanueva volvió a Madrid, donde fue detenido y encarcelado en el convento de La Salceda (Guadalajara), confiscadas sus rentas y desprovisto de sus cargos y empleos. En 1820 volvió a Madrid. En 1822 le nombraron embajador en El Vaticano, pero el Papa le negó la entrada en los Estados Pontificios. En 1823 se exilió a Gibraltar, Irlanda, Londres, y finalmente fue a Irlanda, donde murió en 1837.

[5] Francisco Fabián y Fuero, está estudiado por Juan Carlos Esteban Lorente en su obra Un obispo regalista del siglo XVIII natural de Tarzaga: Don Francisco Fabián yFuero, arzobispo de Valencia”. En esencia, dice que Francisco Fabián y Fuero, 1719-1801, nació en Terzaga en la Molina de Aragón, estudió Filosofía en Calatayud con profesores carmelitas, mercedarios y dominicos, y pasó a estudiar Teología en Alcalá y Sigüenza. Se ordenó sacerdote en 1744 e ingresó en el Colegio Mayor Santa Cruz de Valladolid para obtener títulos académicos, pero sólo estuvo los tres meses que duró el papeleo. En 1748-1755 fue profesor de Canongia Magistral de Púlpito en Sigüenza. En 1755 fue canónigo en Toledo y allí conoció a Francisco Antonio Lorenzana y, juntos, estudiaron historia de la Iglesia primitiva. Fundo un taller de lanas anexo al Hospital Santa Cruz, para enseñar el oficio a los niños. En 1764 fue nombrado obispo de Puebla de los Ángeles en Nueva España. en el momento de expulsión de los jesuitas en 1767, defendió la autoridad del rey para hacerlo, lo que le granjeó muchas enemistades pues los jesuitas regían varías misiones en San Diego, San Francisco y Los Ángeles. En 1772 fue nombrado arzobispo de Valencia, donde fundó el seminario diocesano e hizo política ilustrada colaborando en la Sociedad Económica de Amigos del País, promocionando la fábrica de loza de Manises, apoyando la apertura de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos en Valencia, actividades en la Universidad de Valencia, e incluso la construcción de caminos y puentes para pueblos que lo necesitaban. También creó escuelas y pagaba a los maestros, llegando a proteger a unos 6.000 niños. Creía en una religión que pusiera en práctica las virtudes cristianas, pero no en una religión que cultivara la superstición y los milagros, y por eso practicaba la caridad y el amor al prójimo, pero no como a menudo se predicaba desde el púlpito, sino comprometiéndose como hemos dicho en las líneas anteriores. En enero de 1793, fue guillotinado Luis XVI de Francia, y el gobierno de España mandó reclutar milicias provinciales y empezó a jugar sucio respecto a los intereses franceses en España: el pueblo fue azuzado contra los franceses y se asaltaron sus casas y negocios de Valencia. Fabián y fuero se opuso a la violencia “popular” y el Capitán General de Valencia le acusó de robar a los pobres para alimentar a los cientos de sacerdotes franceses que tenía acogidos. El nuevo Capitán General, Duque de La Roca, azuzó a los estudiantes contra los franceses, al tiempo que Godoy declaraba la guerra a Francia. Godoy ordenó expulsar de España a los clérigos franceses y el Capitán General de Valencia les recluyó en conventos hasta su expulsión, que se produjo en enero de 1794. Fabián y Fuero se opuso a la expulsión, sobre todo a las de las maestras francesas monjas, y fue arrestado. Escapó hacia su pueblo y fue sustituido en el arzobispado por Antonio Despuig, sobrino del Capitán General de Valencia. El rey no se atrevió a condenar a Fabián y fuero y ordenó que cesase su persecución, y la causa fue sobreseída en el Consejo de Castilla. Godoy logró, mediante amenazas, la renuncia de Fabián y Fuero a la archidiócesis, y a cambio le concedió 150.000 reales y el permiso para vivir tranquilo en su pueblo natal, Terzaga.

[6] Francisco Antonio Lorenzana y Butrón, 1722-1804, estudió en los jesuitas de León y fue canónigo en Toledo, donde conoció a Fabián y Fuero y se interesaron por la historia de la Iglesia. En 1766 fue nombrado obispo de Plasencia y enseguida arzobispo de México. En México chocó con los jesuitas, porque Lorenzana era regalista y los jesuitas integristas católicos. Escribió sobre los Concilios Provinciales de México de 1555, 1565 y 1585, y una Historia de Nueva España escrita por su esclarecido conquistador Hernán Cortés, 1770. Era partidario de que los mejicanos hablasen una sola lengua, el español, y ello le hizo impopular porque los novoespañoles hablaban múltiples idiomas indios. Regresó a España en 1772 y le nombraron arzobispo de Toledo, el cargo eclesiástico más alto de España, donde reunió un importante biblioteca, abrió un gabinete de historia natural, y un museo de antigüedades con cosas de Nueva España. En 1789 fue nombrado cardenal. En 1794 se le nombró Inquisidor General. En 1797 cometió el error de aceptar denuncias contra Godoy en las que algunos frailes decían que era bígamo, ateo y pecador público. Su error le valió el destierro a Roma. Allí protegió al jesuita Francisco Arévalo, también estudioso como él. En 1800, al fallecer el Papa Pío VI, aceptó renunciar a la archidiócesis de Toledo, la cual pasó a ser ocupada por Luis María de Borbón Vallabriga, familiar de Carlos IV y de Godoy.

[7] Dolores Parra- Francisco Pelayo, Christian Herrgen y la institucionalización de la mineralogía en Madrid, CSIC.

[8] Joseph Louis Proust, 1754-1826, era un francés que en 1778 fue contratado por el Real Seminario Patriótico de Vergara para impartir química. Allí escribió Introducción al curso de Química. En 1780 regresó a París por problemas de dotaciones y de alumnos, y enseñó química en el Museo del Gabinete Real de Química y Física. En 1784 voló en un globo, junto a los hermanos Montgolfier, y de allí surgió la idea de llenar globos con gases menos pesados como el hidrógeno, pero Proust renunció al proyecto porque lo consideraba peligroso y, efectivamente, en 1785 murieron los del nuevo experimento. En 1786 fue llamado a Madrid para enseñar química y fue destinado al Real Colegio de Artillería, sito en el Alcázar de Segovia, donde dio clases 13 años, hasta 1899, porque obtuvo un laboratorio y subvenciones. Llegó a la conclusión de que las substancias se combinan en proporciones constantes y concretas (Ley de Proporciones Definidas). En 1799 se creó el Laboratorio Real de Madrid, y Proust fue nombrado director, al tiempo que escribía en Anales de Historia Natural, que a partir de 1801 se llamó Anales de Ciencias Naturales. Hizo estudios sobre las soldaduras de cobre y estaño en 1803, y sobre el azúcar de las uvas y de la miel en 1808. En 1806 viajó a Francia por razones familiares y ya no regresó a España, pues el estado de guerra y la retirada de subvenciones a su laboratorio lo hacían dificultoso. Los escritos de Segovia también se perdieron en la guerra.

[9] François Chavaneau, 1754-1842, era un francés que abandonó los estudios de teología para dedicarse a los de matemáticas, física y química, llegando a ser profesor de matemáticas a los 17 años de edad, y fue captado en 1778 por el Real Seminario Patriótico de Vergara, para dar clases de metalurgia. Las clases de química las daba Louis Proust y las de mineralogía Fausto Elhúyar, todos ellos patrocinados por Aranda. Chavaneau descubrió un disolvente para el platino, que permitía obtener platino puro, y entonces le llevaron a Madrid a dirigir el Laboratorio de Platina. En 1797, la Secretaría de Indias hizo para él un Laboratorio de Química Metalúrgica, y le nombró catedrático de la Real Escuela de Mineralogía de Madrid. En 1790 escribió Elementos de Ciencias Naturales. En 1799 regresó a Francia.

[10] Fausto Fermín Elhúyar Lubice, 1755-1833, era hijo de un cirujano francés que se había instalado en Logroño, y se puso a estudiar medicina y cirugía como su padre, pero también aprovechó el ambiente científico de París para estudiar química, matemáticas, física e historia natural entre 1773 y 1777. En 1781 llegó al Real Seminario de Vergara, donde fue catedrático de mineralogía, metalurgia, geometría subterránea, docimasía química y dibujo técnico. Observó el trabajo de Chavaneau para obtener platino puro, y fue capaz de obtener un nuevo metal que se llamó tungsteno o wolframio. Viajó por Europa visitando Universidades, hasta que en 1783 le retiraron la pensión que cobraba en España. En 1785 renunció a su cátedra de Vergara, y en 1786 le contrataron en México para solucionar problemas mineros. Aprovechó el nuevo dinero para seguir visitando universidades y para casarse, y llegó a México en 1788, tierra en la que estuvo 33 años. Regresó a España en 1822 para ser inspector de las minas de Almadén, Guadalcanal y Río Tinto. En 1825 fue director General de Minas. Su hermano, Juan José Elhúyar Lubice, 1754-1796, estuvo con él en Vergara en 1781-1783, para irse después a Bogotá (Nueva Granada), donde murió asesorando sobre minas.

[11] Fuente: Antonio Merediz Montero, Historia de la Estadística Oficial como Institución Pública en España. Instituto Estadístico de Andalucía. Consejería de Economía y Hacienda. 2004.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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