EL GOBIERNO DE PABLO JERÓNIMO GRIMALDI, 1763-1776.

PERIODO 1763-1766.

 

La excusa para el cese de Ricardo Wall en Secretaría de Estado, fue nimia: En 1763, Carlos III suprimió el “regium exequátur” sin consultar a Ricardo Wall, y este dimitió al saber que el rey no había contado con él. Se le sustituyó por Grimaldi.

En 9 de octubre de 1763[1] llegó a Secretaría de Estado el genovés Pablo Jerónimo Grimaldi y Pallavicini, marqués y duque de Grimaldi. Estaría en el cargo hasta noviembre de 1776. Grimaldi, 1706-1786, había nacido en Génova y se había dedicado a la vida eclesiástica hasta 1746, por lo que fue conocido en adelante como “el lindo abate”. Como hombre emprendedor y renovador, fue apreciado por Ensenada y por Ricardo Wall. Como talento mediocre, más amigo de cubrir las apariencias que de la buena gestión de Gobierno, fue odiado por muchos.

Grimaldi era muy estimado por el rey de España. Carlos III estaba entusiasmado con este personaje francófilo, regalista y reformista moderado. Grimaldi había sido embajador de España en Génova, Viena, Estocolmo, Parma, Países Bajos y París, y se le consideraba, tras ello, un hombre muy bien preparado para gestionar la política exterior. Había negociado el Tercer Pacto de Familia de 15 de agosto de 1761 y la Paz de París de 10 de febrero de 1763. Desde entonces era muy estimado por el duque de Choiseul, gobernante de Francia. El hombre de Choiseul encargado de los asuntos españoles, era el abate Beliardi, y el hombre en España era el Duque D`Ossun, embajador francés en Madrid.

A pesar de que el Tercer Pacto de Familia, visto desde hoy, puede ser considerado un rotundo fracaso para España, en la época fue considerado un éxito por Carlos III.

Estaban en contra del nuevo Secretario de Estado: Bernardo Tanucci, gobernante de Nápoles y hombre de confianza de Carlos III, el embajador francés, el gobernante de Portugal Sebastiao José de Carvalho Melo marqués de Pombal, y dentro de España, el partido Aragonés de Pedro Pablo Abarca de Bolea conde de Aranda, tal vez porque era un protegido de Ensenada y de Ricardo Wall, tal vez porque los nobles del Partido Español estaban en contra de gobernantes extranjeros como Esquilache y Grimaldi, tal vez porque los italianos hacían una política de declaraciones para quedar bien, aunque tuvieran que mentir en casi todo lo que decían.

Grimaldi se mostró francófilo en los inicios del ejercicio de su cargo (había sido embajador en París y había promovido el Tercer Pacto de Familia de 1761 y la Paz de París de 1763), regalista y reformista moderado, partidario de la uniformización fiscal de todas las regiones españolas y de proteger a las Sociedades Económicas de Amigos del País. Pero en 1770, Inglaterra atacó Puerto Trinidad, y Francia, en vez de apoyar a España, decidió que España debía transigir y cederles la plaza a los ingleses. Entonces dejó de ser partidario de Francia.

 

El equipo de Gobierno de Grimaldi era:

Secretaría de Estado, Pablo Jerónimo Grimaldi Pallavicini, marqués de Grimaldi[2], 1710-1789. Conservó el puesto hasta 19 febrero 1777.

Secretaría de Hacienda, continuaba Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, desde 1759 a 1766.

Secretaría de Guerra, Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache / 1766: Juan Gregorio Muniáin

Secretaría de Gracia y Justicia, Alfonso Muñiz marqués de Campo del Villar / a su muerte en 17 enero de 1765: Manuel de Roda y Arrieta (marqués de Roda a título póstumo).

Secretaría de Estado de Marina e Indias, Julián de Arriaga Ribera.

 

Fiscal del Consejo de Castilla era Pedro Rodríguez Campomanes. Campomanes era un ilustrado estricto, no con planes teóricos, sino con proposiciones muy concretas expuestas en sus tratados del Patronato Real, de la Regalía y del Exequatur. Su objetivo era perseguir el bien común y la felicidad de los pueblos, y promover la igualdad política (todavía no la social y económica, que son temas del XIX), a través de la eliminación de los privilegios, los cuales, según él, eran residuos feudales que mantenían la nobleza, clero, corporaciones municipales y gremios. El sistema de Gobierno de privilegios debía ser sustituido por un sistema racional y justo, desarrollando la economía y el saber, que son la base del bien común y de la felicidad.

 

Presidentes del Consejo de Castilla fueron sucesivamente:

De 1751 a 1766, Diego de Rojas Contreras, obispo de Calahorra.

De 1766 a 1773, tras el Motín de Esquilache, Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda.

De 1773 a 1783, Manuel Ventura Figueroa.

 

Grimaldi y Esquilache eran extranjeros, igual que el depuesto Wall, y como italianos, estuvieron algún tiempo muy arropados por el consejero particular de Carlos III y gobernante de Nápoles hasta 1777, Bernardo Tanucci[3]. Tanucci tenía mucha influencia sobre España, pues tenía opinión en todos los asuntos de Estado, por orden expresa del rey Carlos III. La idea general era que España estaba gobernada por italianos.

 

 

Funcionamiento del equipo Grimaldi.

 

En noviembre de 1763 se ordenó que hubiera coordinación entre Secretarios de Despacho, y desde entonces, Grimaldi, Esquilache y Arriaga se reunieron una vez por semana, los jueves, para comunicar a los demás los planes políticos de su Secretaría correspondiente. Es de destacar que no acudía a esas reuniones el Secretario de Despacho de Justicia, Alfonso Muñiz, tal vez porque no se consideraba que su cargo tuviera que coordinar políticamente con los demás Secretarios. Grimaldi creía poder controlar el poder, pero de hecho la confianza del rey la tuvo Esquilache y era él el que presidía la comisión de Secretarios de Despacho.

Se puede considerar 1763 como una fecha importante que marca una época en la que los Consejos perdieron atribuciones de Gobierno y las ganaron las Secretarías de Despacho. La diferencia entre un Consejo y una Secretaría de Despacho, era que ésta resolvía pronto los asuntos de Gobierno, pues los Secretarios tenían capacidad para decidir por sí mismos, mientras los viejos Consejos, muy bien organizados por Felipe II, eran muy garantistas y, antes de tomar una decisión creaban comisiones de estudio del problema, Juntas específicas, consulta a los estamentos sociales implicados, y sólo resolvían cuando todo estaba claro, años después. En cambio, las Secretarías de Despacho se podían equivocar pero eran eficaces, resolvían en días o meses.

Lo que era obvio que no podían hacer las Secretarías de Despacho era legislar la una diferente o en contra de la otra, y para ello era precisa una coordinación. Por eso, Grimaldi, Esquilache y Arriaga, recibieron la orden de reunirse entre ellos un día a la semana, a fin de comunicarse los negocios que estaban resolviendo. El rey, que no asistía a las reuniones, era informado de ellas por el Secretario correspondiente.

Los asuntos más discutidos en estas reuniones de coordinación fueron los de política exterior y los de América.

La elevación de las Secretarías de Despacho a máximo nivel administrativo, no supuso la eliminación de los Consejos. Sí que se habían eliminado el Consejo de Flandes, el Consejo de Italia, el Consejo de Aragón y el Consejo de Cruzada, pero por razones obvias de inactividad por haber desparecido el objeto de su trabajo. Quedaban vigentes el Consejo de Hacienda, el Consejo de Guerra, y el Consejo de Castilla. El Consejo de Hacienda fue reformado en 1761, el Consejo de Guerra fue reformado en 1763. Y el Consejo de Castilla siguió siendo el máximo nivel de Gobierno en temas de política interior, sobre todo en temas judiciales, pero también en otros temas económicos y de Gobierno. En sus filas se formaron grandes figuras de la política como Pedro Rodríguez Campomanes, fiscal de lo civil del Consejo de Castilla a partir de 1762, y José Moñino, fiscal de lo criminal del Consejo de Castilla a partir de 1766.

 

 

Europa en época de Grimaldi.

 

La geopolítica europea de estos años se puede esquematizar en cuatro conflictos:

Francia estaba enfrentada a Gran Bretaña porque ambas querían las colonias, y para ello era necesario dominar el mar y poder controlar a los piratas y corsarios. El sentimiento francés era de humillación ante el poderío naval británico.

La Austria de Kaunitz y el archiduque José, hijo mayor de la Emperatriz María Teresa, estaba enfrentada a Prusia.

Los Estados vecinos de Polonia, esto es, Austria, Rusia y Prusia, esperaban el momento oportuno para repartirse Polonia.

Había un conflicto entre Rusia y Turquía en un momento de decadencia del Imperio turco, el cual acabó en guerra en 1768.

 

 

 

Política reformista de Grimaldi y Esquilache

en 1763-1766.

 

Trabajaron en el proyecto de Única Contribución de Ensenada.

Fomentaron las Sociedades Económicas de Amigos del País.

En 1763 se prohibió a la Iglesia la adquisición de nuevos bienes para añadir a lo ya poseído, de modo que no aumentara el capital de bienes amortizados, es decir, situados fuera del mercado y de los impuestos ordinarios que pagaban el resto de los ciudadanos. La animadversión del sector más conservador de la Iglesia Católica fue el primer factor a considerar de cara al motín de 1766.

En 1764 se inauguró el Palacio Real de Madrid, aunque no estaban hechas todas las dependencias actuales. Las alas de la Plaza de Armas, delante de la fachada principal, son de 1845 y años posteriores.

En agosto de 1764 se estableció un servicio regular de correos para América por el que mensualmente salía un barco desde La Coruña para La Habana y Puerto Rico, y desde allí el correo se redistribuía a Veracruz, Portobelo, Cartagena de Indias, e Islas de Barlovento. Los correos llevaban la mitad de su carga disponible para pasajeros y mercancías, y cobraban por el valor intrínseco de la mercancía, abandonando el sistema de palmeo utilizado en Cádiz.

En 1764, Campomanes publicó su Respuesta fiscal sobre abolir la tasa y establecer el comercio de granos, pidiendo una reforma que pretendía mejorar las condiciones de España en los años de escasez de granos. El tema contradecía los principios del mercantilismo que se practicaban en la Administración española, de importar poco y exportar mucho, y también con el principio de no exportar materias primas que eran fundamentales y escasas para el consuno interior, y fue polémico. No obstante, la opinión de Campomanes dio sus frutos y, en 11 de julio de 1765, el rey hizo una Pragmática estableciendo la libre circulación de granos en el interior peninsular, la derogación de la tasa sobre granos y el permiso para exportarlos.

 

 

Los Cinco Gremios Mayores de Madrid.

 

En 1764 tuvo lugar la creación de la más grande empresa privada de España en el XVIII, La Compañía General y de Comercio de los Cinco Gremios Mayores de Madrid. El origen de los “Cinco Gremios Mayores de Madrid” tuvo lugar en una asociación de artesanos y comerciantes de Madrid que, en 1679, tomaron corporativamente el encabezamiento[4] de las alcabalas, cientos y tercias reales de Madrid, negocio fabuloso que retuvieron hasta 1816.

Las alcabalas eran impuestos sobre el consumo cobrados en los mercados.

Los cientos era el uno por ciento de las ventas de casi todos los artículos para un determinado fin fijado por el rey. Se acumulaban varios cientos, cuatro en el siglo XVIII.

Las tercias reales eran los dos novenos del diezmo cobrado por la Iglesia.

En 1731, los Cinco Gremios Mayores tenían su propia Diputación de Rentas para gestionar conjuntamente su dinero, lo cual ya es en sí una asociación. En 1733, ampliaron el negocio del encabezamiento, quedándose no sólo con las alcabalas, cientos y tercias de Madrid, sino también con el servicio ordinario y extraordinario.

El servicio ordinario, servicio real o pecho real, era un impuesto anual sobre la propiedad, que se exigía en tierras de realengo a los componentes del tercer estado o estado llano. La Contaduría General definía la cantidad global que el rey quería recaudar, y dejaba que los vecinos se la repartiesen, generalmente de acuerdo con la hacienda estimada para cada uno por los regidores municipales. El servicio extraordinario era lo mismo, y cargaba sobre el ordinario, pero en vez de anual era eventual.

El privilegio, obtenido en 1733, de recaudar servicio ordinario y extraordinario, le costó a la Asociación de Gremios de Madrid 9 millones de reales y el adelanto de 40 millones en efectivo, lo cual era una cantidad muy grande. Los gremios de Madrid cubrieron esta cantidad tan grande abriendo un banco que recibía depósitos de los particulares, pagando por ellos un rédito del 2,5%. Siempre pagó puntualmente, y no hubo problemas para recuperar el dinero de cada impositor, por lo que tuvo la confianza de los españoles e incluso del Estado, que fue el principal cliente de la entidad hasta la creación del Banco de San Carlos en 1782 (en 1780 había prestado al Estado 20 millones de reales). Como el Estado les pagaba a ellos entre el 5 y el 8%, por el dinero, según tramos de deuda, el negocio era bueno, puesto que obtuvo la confianza de las familias adineradas madrileñas e incluso forasteras.

Con ese banco detrás, en 1748 el Gremio de Pañeros se hizo cargo de la Real Manufactura de Paños de Guadalajara, y los gremios de Especieros, merceros y drogueros abrieron una compañía privada, y en 1752 el gremio de lenceros abrió su propia compañía de negocios, y en 1755 el gremio de sederos (una fábrica en Valencia), y en 1758 el gremio de joyeros hizo lo mismo (Fábrica de San Fernando).

En 1752 apareció la Compañía de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, antecedente directo de la Compañía General de la que estamos hablando. La Compañía de los Cinco Gremios Mayores de Madrid quería dedicarse al comercio exterior, europeo y americano, y era una asociación de 71 merceros, 56 lenceros, 49 pañeros, 48 joyeros, y 22 mercaderes de seda, no todos los componentes de los gremios de Madrid, sino solamente los que quisieron asociarse. Esta Compañía se fusionó con la empresa Hermanos Uztáriz, que eran comerciantes gaditanos que poseían barcos y contactos en los puertos. El 66% era de la compañía y el 33% de los Uztáriz. Y así es como se llegó a 1764, año de origen de la Compañía General y de Comercio de los Cinco Gremios Mayores de Madrid. Simplemente, los gremios de Madrid prescindieron de sus socios gaditanos una vez que ya tenían barcos y contactos en el extranjero. A partir de ese momento, el éxito y los beneficios fueron extraordinarios, tenían factorías en México, Veracruz, Arequipa, Lima y Guatemala, y delegaciones en Londres, París y Hamburgo.

En 1764 obtuvieron el suministro de provisiones y vestuario para el ejército, negocio que retuvieron en 1764-1782, y en 1791-1799.

También tuvieron el negocio de los abastos de Madrid.

En 1773 se encargaron de la Diputación de Rentas, y todo el conjunto de gremios de Madrid entró en el negocio y se mantuvo en él hasta 1816. La Diputación de Rentas se quedó con el primigenio negocio de recaudar las rentas del Estado.

En 1785 se encargaron de la amortización de los vales reales, negocio en el que estuvieron hasta 1798.

En 1787 tenían fábricas de paños de seda en Valencia y Talavera, de hilados de seda en Murcia, de paños en Ezcaray y en Cuenca, de sombreros en San Fernando.

En 1795, la Compañía General adquirió el monopolio de comercio con Marruecos.

 

 

La libertad de comercio de granos.

 

En 11 de julio de 1765, una Pragmática dio la libertad de comercio de granos. Esquilache abolió la tasa sobre granos y dio libertad de compraventa sobre los mismos, lo cual dañaba los intereses de la nobleza y el clero que tenían hasta entonces asegurada su venta a un precio bastante alto respecto al vigente en Europa. El negocio de éstos era comprar barato tras la cosecha y vender caro poco antes de la siguiente cosecha. La medida del Gobierno era peligrosamente revolucionaria. En su elaboración hay que hacer notar el trabajo de Francisco de Craywinckel[5].

La Pragmática de 15 de julio de 1765 tenía los siguientes puntos:

No habría tasa sobre los granos.

Habría libertad de venta y compra de los mismos “en todo el interior de los reinos”.

Habría libertad de transporte de granos.

Los mayoristas tendrían obligación de llevar unos libros de compraventas realizadas.

Quedaba prohibida la asociación de mercaderes.

Se permitía la libertad de importación desde el extranjero para Cantabria, si el grano subía más de 32 reales por fanega; a Asturias, Galicia, Andalucía, Murcia y Valencia, si el grano subía más de 35 reales por fanega; y a todas las fronteras de tierra (País Vasco y Navarra) si el grano subía más de 22 reales por fanega.

Se permitía la exportación libre de cereales mientras los precios interiores se mantuvieran por debajo de determinado nivel.

La pragmática de libertad de comercio de granos era una medida lógica en economía, racional, y además de conveniencia coyuntural tras cinco años de sequía, pero no fue aceptada por los privilegiados, que se coaligaron para conspirar. Para los abolicionistas de la tasa, había que tener en cuenta que los precios habían subido un 50% en los últimos cinco años y se trataba de volverlos abajo.

La pragmática perjudicaba mucho a nobles e Iglesia pues bajaban sus rentas considerablemente, pues gran parte de su negocio consistía en comprar grano a los campesinos en julio, con precios bajos, y revendérselo en primavera, con precios altos. Lo primero era visto como un bien hecho a los campesinos pues se les daba una salida a sus cosechas y la oportunidad de pagar sus deudas, y lo segundo, como otro bien, pues se les daba la oportunidad de comer en época de escasez. Lo paradójico es que el conjunto de ambos “beneficios al pueblo” pueda ser considerado un abuso, un pecado, y nadie de los privilegiados se diera cuenta de ello.

De todos modos, hay que advertir que la libertad de comercio de granos no tenía mucho efecto a grandes distancias, ni cuando había que traspasar una cordillera, pues el incremento de los precios con el transporte más que duplicaba el precio de origen, pero podía tener efecto sobre Madrid, comunicada fácilmente con Castilla la Mancha, y no lejos de los trigales de Castilla la Vieja. También tenía importancia en los puertos de mar.

El decreto de libertad de precios en el trigo de 1765 se convirtió en un problema porque ese mismo año hubo mala cosecha y los precios subieron escandalosamente. Pero al año siguiente se preveía una buena cosecha y bajada de precios, al tiempo que la libertad de comercio no permitiría guardar y retener los granos forzando los precios al alza. Los nobles interesados en el proteccionismo azuzaron a la gente y provocaron el Motín de Esquilache y los problemas quedaron pendientes.

 

 

Ruptura del monopolio comercial de Sevilla.

 

En octubre de 1765 se rompió el monopolio de Sevilla para comerciar con América, aunque la apertura y concesión de licencias a nuevos puertos se demoró, a veces hasta 1778.

En 1765 obtuvieron permiso para comerciar sin el control de Cádiz en la península o de La Habana en América, 9 puertos peninsulares y 5 americanos.

Los americanos eran Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, Margarita y Trinidad, todos en el Caribe.

Los peninsulares estaban escogidos con criterio geográfico. Eran 3 en el Mediterráneo: Cartagena, Alicante y Barcelona; 3 en el Cantábrico: Santander, Gijón y La Coruña; y 3 en Andalucía: Sevilla, Málaga y Cádiz.

Al mismo tiempo se abolieron muchos derechos que encarecían el comercio, como el derecho de palmeo (volumen del barco medido en palmos cúbicos), el de toneladas, el del Seminario de San Telmo, el de reconocimiento de carenas, el de extranjería, el de visitas, el de habilitaciones, todo lo cual significaba acabar con muchas formalidades que retrasaban las salidas de los barcos.

 

 

Expansión agrícola en la época Grimaldi.

 

A partir de 1765 hubo una evidente expansión agrícola en España, no por intensificación de los cultivos, sino por extensión a nuevos campos de cultivo e introducción de la patata:

En 2 de mayo de 1766, Aranda, Presidente del Consejo de Castilla a partir de esos días y hasta 1773, decretó la roturación de los baldíos extremeños y su entrega a los campesinos más necesitados con la obligación de cultivarlos y sin posibilidad de subarrendarlos, y se repartieron las tierras de propios de Extremadura a iniciativa del intendente de Badajoz. La medida se extendió años después a toda España repartiéndose las tierras entre los vecinos pobres, sobre todo yunteros que no tenían fincas: en 1767 la medida se extendió a Andalucía, en 1768 a La Mancha, y más tarde se generalizó a toda España.

Pero los poderosos lograron muchas veces que las tierras acabaran en sus manos, incrementando así los latifundios: De momento, se perdió parte de la ganadería al perderse tierras de pastos. Un poco más tarde se comprobó que los campesinos pobres, a los que se pretendía ayudar, no tenían dinero, aperos, ganado de arrastre ni simiente, y no se podían hacer cargo de las tierras, por lo acabaron vendiendo a los oligarcas, que se encargaron de legalizar las compras. El proyecto sería reformado en 1770.

 

A partir de 1768 sabemos que se introdujeron la patata y el maíz como alimentos complementarios, empezando por las comarcas húmedas del norte peninsular, lo cual mejoraría las condiciones de vida generales y daría posibilidades a un primer desarrollo que tendrá lugar efectivamente en España en tiempos de Carlos III.

 

Una de las obras emprendidas por Grimaldi en beneficio de la agricultura fue el Canal de Murcia, a cuyo frente puso a Domingo de Aguirre que hizo un estudio. El proyecto fue retomado por Pedro de Lerena cono superintendente de obras, y José de Omar como director técnico, pero decidieron suspender el proyecto porque no había agua suficiente que lo justificase, y menos en verano. Confirmaron el diagnóstico de Lerena y Omar varios entendidos como Juan de Escofat, Carlos le Maur, Juan de Villanueva, Manuel Serrano y Jerónimo de Lara, y en 1785, Ensenada suspendió las obras. Ensenada propuso, a cambio, hacer dos pantanos, el de Valdeinfierno y el de Puentes, cerca de Lorca. Los subastadores de agua de Lorca se opusieron al proyecto de hacer pantanos porque se acababa su negocio del agua escasa. El proyecto continuó, pero fue un fracaso porque en 1802 se rompió el embalse de Puentes y provocó 600 muertos. El proyecto de regar Murcia no se realizó hasta el siglo XX, cuando se aportó agua.

 

 

La Paz con Marruecos.

 

En 1765 llegó a España un emisario del sultán de Marruecos, el misionero franciscano en Fez, Fray José Boltas, para iniciar relaciones de paz. Reinaba en Marruecos el sultán Sidi Mohamed ben Abdellah desde 1757 y este sultán comprendía que tenía una buena caballería pero gran inferioridad en barcos, tanto de guerra como mercantes, y por ello le convenía la amistad con España, que suponía la apertura al mercado internacional. El sultán dominaba en aquellos momentos Salé-Rabat, Tánger y Tetuán y hacía que el Rif luchara contra los españoles de Ceuta y Melilla y no atacasen a los pueblos del sur, los suyos.

En primer lugar se hicieron canjes de cautivos, e inmediatamente después Mohamed ben Abdellah quiso exportar trigo y cebada, pero España no estaba dispuesta a abrir mercados. España estaba interesada en la pesca y quería un fuerte que protegiera a esos pescadores. España envió como emisario al padre Girón y propuso la mutua apertura de puertos para el comercio. Sidi Mohammed envió en 1766 a otro delegado, Sidi Ahmet el Gazel, con plenos poderes para firmar una tregua y bases para un tratado comercial. Carlos III, o mejor Grimaldi, envió a Marruecos en 1767 a Jorge Juan Santacilia para firmar la paz. Jorge Juan era famoso porque había ido al Ecuador a medir un grado de meridiano en 1734.

 

 

La oposición al Gobierno Grimaldi.

 

En 16 de enero de 1765, a la muerte de Alfonso Muñiz marqués de Campo Villar, colegial y partidario de los jesuitas (era denominado en el mundillo político como el “coadjutor honorario de la Compañía de Jesús”), fue nombrado Secretario de Gracia y Justicia un manteísta, Manuel de Roda y Arrieta[6], aragonés, regalista, antijesuita. Era el primer caso en que se postergaba a la nobleza para encumbrar a un personaje de origen social más humilde. Pero también era la sustitución de un ferviente defensor de los jesuitas, por un enemigo de los privilegios de la Iglesia y del Papa que éstos defendían. Empezaba la guerra de los manteístas contra los colegiales. Manuel de Roda, que estaba en Roma desde 1758, no llegó a Aranjuez para hacerse cargo de su Despacho, hasta abril de 1765. La idea del nuevo Gobierno era poner freno a la riqueza creciente y multiplicación de los conventos. Pero cuando llegó a Madrid, se alió con Aranda y empezó la configuración de un grupo de presión en contra de los italianos.

 

La oposición del “partido español”: Esquilache en Hacienda y Grimaldi en Estado, significaban descontento para los castizos españoles, pues eran demasiados extranjeros y postergación de la nobleza española. Pero junto a los nobles castizos, estaba la Iglesia católica, los cuales iniciaron una campaña en contra del nuevo Gobierno al que calificaban de ilustrado. El Gobierno no era propiamente ilustrado pues los Secretarios de Despacho no eran grandes lectores, ni ideólogos reformistas, ni científicos de la ciencia moderna, sino que simplemente eran reformistas por sentido común, porque el Estado se estaba desmoronando y había que adoptar reformas. Posiblemente, si hubieran sido ilustrados, hubieran sido más sistemáticos, y en cambio, las reformas eran coyunturales, aprovechando circunstancias y sin meterse a fondo nunca.

Un espíritu realmente ilustrado hubiera conducido a aceptar el dogma de que los derechos naturales y el contrato social estaban por encima de la tradición y de los privilegios, y que la libertad y la igualdad eran derechos naturales, que la razón tenía prioridad sobre la religión en materias de ciencia y de política, y que el objeto del Gobierno era buscar la felicidad de los gobernados. Es muy difícil afirmar estas cosas de los Secretarios de Despacho españoles de esta época.

Por otra parte, la Ilustración tenía, a nuestro parecer, defectos muy graves, contradicciones como aceptar el orden político y social existente como inamovible por ser una obra de la naturaleza, o de Dios, según el caso. La Ilustración era hostil a los privilegios estamentales, al tiempo que aceptaba la desigualdad económica y social como producto de la Naturaleza misma, lo cual evitaba políticas de redistribución económica y social que eran el remedio a los males que pretendían combatir. Esas “contradicciones” permitían que los aristócratas y los católicos fueran ilustrados.

Pero las contradicciones estallarían en Francia a fines del XVIII. En España, los philosophes franceses eran poco conocidos. Muy pocos españoles sabían leer, y muy pocos de entre ellos sabían leer francés. Para una revolución ideológica tampoco hace falta que muchos participen de nuevas ideas, basta con que unos pocos las conozcan y estén dispuestos a guiar a los demás. Algunos burócratas, abogados, eclesiásticos, funcionarios y comerciantes sabían francés. Para surgir la revolución, hacía falta que esos hombres se reunieran en grupo y tomaran conciencia de ser un grupo y de las reformas concretas que querían. Ello era muy difícil en España: es complicado pensar en la colaboración de Fray Benito Jerónimo Feijoo con Campomanes, Olavide o con Jovellanos. Las ideas ilustradas se difundieron en la segunda mitad del XVIII tras la publicación en Francia de la Enciclopedia, la cual fue prohibida por la Inquisición en 1759, pero se conocía en España. Los conocimientos científicos que podían tumbar la vieja sociedad moderna llegaron incluso más tarde, ya en último tercio del XVIII, a través de Buffon, Linneo y Adam Smith. Para entender mejor el ambiente de la época hay que apuntar que Montesquieu, un tipo conservador y monárquico tradicional, fue considerado revolucionario porque hablaba de libertad individual y de monarquía constitucional. Voltaire, mucho más revolucionario, tenía muy pocos seguidores en España. Y es que los difusores de las ideas ilustradas eran los nobles, los sacerdotes, las Sociedades Económicas de Amigos del País, católicos que se limitaban a calificar de parásitos a algunos nobles y a algunos eclesiásticos y pedían algunas reformas, muy superficiales. Las universidades estaban por lo general en contra de la ilustración.

Lo que nadie se explicaba, y nosotros tampoco, es cómo permanecía en el Gobierno, Consejería de Despacho de Marina e Indias, Julián de Arriaga, un inepto en medio de unas personas que presumían de racionalidad y altura intelectual. La explicación que se da es la voluntad del rey. Analizando la situación, vemos que en realidad, Grimaldi también era poco culto, y tampoco estaba preparado para un cargo de tan alta responsabilidad como el que ejercía. Grimaldi era un tipo altanero que guardaba muy bien las apariencias. Quizás esa poca valía del Secretario de Estado y del Secretario de Indias, le venían bien a Esquilache.

Esquilache era un “político” en el mal sentido de la palabra, un hombre que sabía mentir, que presentaba las cosas como éxitos, a pesar de que supiera que él o sus compañeros de Gobierno se habían equivocado. Esta forma de ser de Grimaldi y Esquilache generó, a la larga, descontento entre los españoles, y sobre todo le desagradaba a Pedro Pablo Abarca de Bolea conde de Aranda, líder militar. Esquilache, que sabía el efecto que él producía en Aranda, destinó a éste a Valencia en 12 de febrero de 1764, nombrándole Capitán General de la región de Valencia y Murcia. Pero Aranda estaba inmerso en un juicio militar en el que era Tribunal y, “para atender a esta necesidad”, permaneció en Madrid hasta marzo de 1765.

El juicio que dirigía Aranda estaba teñido de colores políticos, pues muchos de los acusados eran ilustrados y partidarios de Ensenada, el cual quería absolverles, mientras que Aranda quería una justicia ejemplar. Los acusados Juan de Prado, el Marqués del Real Transporte, y el Conde de Superunda fueron condenados a penas leves, lo cual indignó a Aranda.

El nombramiento de Manuel de Roda fue el detonante para la formación de un grupo de presión nobiliario en la oposición o tal vez varios grupos, pues cada personaje tenía su propia clientela política.

 

La oposición religiosa: Roda era regalista convencido y no dudó en enfrentarse con el cardenal Torrigliani, Secretario de Estado del Papa, un integrista convencido, y al cardenal Portocarrero, enemigo de un Concordato que él no había dirigido y gestionado. Pensaba Roda que los obispos debían tener más autoridad dentro de la Iglesia y tener capacidad para solucionar muchos de los asuntos que se pasaban a Roma y que el Papa mantenía para obtener copiosos ingresos. Entre estos asuntos, el más importante en cuanto a rentabilidad en dinero para el Papa era el de las “dispensas matrimoniales” (permiso para casarse entre familiares hasta quinto y séptimo grado).

Roda desconfiaba de los nuncios, a los que consideraba espías al servicio de Roma, que siempre trataban de desestabilizar cuando veían ventajas económicas para la Curia romana. Los católicos integristas, tacharon a Roda de impío, volteriano y ateo, aunque Roda era católico practicante. Como Los jesuitas defendían al Papa ciegamente, con la política de Roda empezaba la campaña contra los jesuitas.

 

 

El conflicto “Campomanes”.

 

En 1765 estaba en candelero la polémica entre el fiscal primero del Consejo de Castilla, Pedro Rodríguez Campomanes, con el colegial Lope de Sierra y Cienfuegos. Campomanes escribió su Tratado sobre la Regalía de Amortización, y Cienfuegos salió en su contra y logró que la mayoría de los Consejeros de Castilla rechazasen el proyecto de Campomanes. A la contra, Lope de Sierra fue elevado a la categoría de Consejero, pero fue una treta de Campomanes para quitárselo de en medio, lanzándolo hacia arriba. Entonces Campomanes propuso a José Moñino como Fiscal segundo del Consejo de Castilla.

Campomanes es quizás el prototipo de ilustrado español: era hidalgo, intelectual, funcionario de carrera, no rechazaba la religión católica, pero no era integrista católico, creía en la razón, en el utilitarismo, en el progreso económico a través del libre comercio. Era enemigo de los privilegios. Pero no cuestionaba el absolutismo y era partidario de la teoría del Contrato Social de Hobbes, por el que la sociedad había cedido irrevocablemente la soberanía al monarca. Creía que el poder era de origen divino.

 

 

 

El conflicto colegiales – manteístas.

 

Evolución del conflicto colegiales-manteístas a largo plazo.

Los ilustrados españoles creían en la superioridad de la agricultura sobre la ganadería de la Mesta, en la superioridad de la idea del bienestar social sobre la guarda de los privilegios del clero, en la superioridad moral de la industria sobre los gremios. Y sabían que para hacer reformas en este sentido, debían reforzar al Estado, promover la capacidad técnica y difundir los conocimientos prácticos.

A partir de 1780, surgieron movimientos ultraconservadores y se radicalizaron los reformistas. Y tras los sucesos de Francia de 1789 y 1791, los ánimos se exacerbaron, los ilustrados evolucionaron a liberales, y los tradicionalistas a ultraabsolutistas.

 

Evolución del conflicto colegiales-manteístas a corto plazo.

El conflicto de los colegiales y de la Iglesia se centró en la persona de Esquilache, tal vez porque él era el autor de las Ordenanzas de Madrid que trataban de hacer la vida más amable y la noche más segura. Recordemos que en 1765 se decidió dar a Madrid una iluminación de noche, preámbulo de la prohibición de capas y sombreros que se haría en 1766.

Y a todo ello se sumó la circunstancia de que 1765 fue año de malas cosechas y hambre en España. El rey tuvo que escuchar gritos de “danos pan y muera Esquilache” en Madrid.

Pero dada la importancia de este levantamiento de 1766, dejaremos aquí el tema, para tratarlo en próximos capítulos.

 

 

[1] Enciso dice que Grimaldi llegó a Secretaría de Estado el 23 de agosto de 1763. Wikipedia dice que en septiembre de 1763.

[2] Pablo Jerónimo Grimaldi Pallavicini, marqués de Grimaldi, 1710-1786 nació en Génova y como segundón de una familia noble buscó su porvenir en el clero, llegando a ordenarse de primera tonsura. Al llegar a España abandonó los hábitos pero fue conocido como “el abate bonito”. Y era embajador de Fernando VI. Cuando Ricardo Wall renunció en 1763, Negoció el Tercer Pacto de Familia, en el que Carlos III puso mucho entusiasmo, y al morir Carvajal, le hizo Secretario de Estado. Tuvo un error en las Malvinas 1771 y una derrota en Argel y cae en 1776, pero antes de caer logra poner a Floridablanca, y evitar a su enemigo político Aranda y a Pignatelli, otro adversario.

[3] Bernardo Tanucci, 1698-1783, era toscano, de familia humilde, pero logró estudiar gracias a becas particulares y fue catedrático de Derecho en Pisa en 1725. Cuando Carlos de Borbón Farnese pasó por la Toscana, le conoció y se lo llevó consigo. Llegó a ser Secretario de Estado y Marqués de Tanucci en Dos Sicilias. Es uno de os prototipos de político regalista y antiseñorial. Rrecortó los privilegios de los señores, pero sobre todo los de la Iglesia: decretó nula el derecho de la Iglesia sobre la tierra no ocupada y lo sancionó en el concordato de 1741, y además nombró una comisión de laicos y eclesiásticos para dilucidar qué era propiedad de la Iglesia. Ordenó que no hubiera más de 10 sacerdotes cada 1.000 personas, y más tarde cada 5.000 personas. Anuló la posibilidad de que los obispos suspendiesen leyes del Estado cuando les parecían inmorales. Mandó que no se erigiesen iglesias sin permiso del rey. Cerró conventos, restringió diezmos, se quedó para el Estado con las mandas testamentarias hechas a favor de la Iglesia, declaró que el matrimonio era un asunto civil, de tribunales civiles, anuló la orden de los jesuitas en 1767, y Clemente XIII le excomulgó, pero Tanucci no dudó en expulsar a los jesuitas en 1773, y también anuló la chinea o impuesto anual que el estado de Nápoles pagaba a la Iglesia. La eliminación de tantos privilegios católicos, le sentó muy mal a la Iglesia, cuyos historiadores siguen hablando mal de Tanucci siglos después. En 1742, una flota británica le obligó a declararse neutral en la guerra Austria-España. en 1759, cuando Carlos VII pasó a España como Carlos III, Tanucci fue Regente para Fernando V de Nápoles, y cuando éste llegó a la mayoría de edad, le mantuvo al frente del Gobierno. Cayó en 1777 por intrigas de Carolina de Austria, archiduquesa hija de María Teresa de Austria, casada en 1768 con Fernando V de Nápoles.

[4] Encabezamiento era adelantar al Gobierno los impuestos, y luego dedicarse a cobrarlos durante el año.

[5] Francisco de Kraywinckel, 1713-1772, había nacido en Cartagena de Indias y era hijo de un comerciante belga establecido en Sevilla, contador de Hacienda para Felipe V. Francisco ya había colaborado en estudios económicos para el Gobierno, y era partidario de la libertad de comercio con América y de la libre circulación de granos.

[6] Manuel de Roda y Arrieta, 1718-1782, había estudiado estudios medios en un colegio de jesuitas, como era muy habitual pues éstos tenían muchos colegios, y pasó a estudiar Derecho a Zaragoza como manteísta, pues era de origen humilde. Puso bufete en Madrid y, en 1748, entró al servicio del duque de Alba y por su intercesión logró en 1758 un cargo en Roma, Agente de Preces, al que se añadió en 1760 el de Embajador de España, y ese fue su trampolín para llegar a la Secretaría de Estado de Gracia y Justicia en 1765-1782. Tras el motín de Esquilache de 1766, organizó la “operación cesárea” para expulsar de España a la Compañía de Jesús, trabajo del que fue encargado el conde de Aranda, Presidente del Consejo de Castilla. Intentó reformar los Colegios Mayores a fin de que no fueran un predio de la nobleza y el clero. Obtuvo la distinción de marqués de Roda a título póstumo.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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