LA ENSEÑANZA PRIMARIA

Y LA ENSEÑANZA MEDIA EN EL XVIII.

 

 

El problema de la enseñanza en el XVIII.

 

El panorama de la enseñanza española al comenzar el siglo XVIII era poco menos que desastroso en los niveles básico y universitario, y mediocre en el nivel medio. La enseñanza primaria era impartida por maestros de formación deficiente, los menos aptos para los estudios, los que no habían servido para estudios más altos. Algunos apenas sabían leer y escribir. La enseñanza secundaria se impartía en pocos centros, y la secundaria de más calidad estaba en manos de los jesuitas y otras órdenes religiosas, algunos de ellos más preocupados de las prácticas religiosas que de los contenidos científicos y racionales de los programas, hasta el punto de que un profesor podía impartir diversas asignaturas poco compatibles entre sí, de las que sabía poco o nada. Las Universidades se amparaban en sus privilegios para rechazar todo lo moderno, la experimentación y las ciencias experimentales, y en cambio cultivaban la escolástica, el aristotelismo y el saber más antiguo y rancio en general. Su nivel científico era mucho más bajo que el de las buenas escuelas del periodo alejandrino en los siglos II a.C. y siglos siguientes, 1.500 años antes. El progreso hacia las ciencias naturales, que debía venir desde arriba, desde los niveles altos de la enseñanza, no podía esperarse de las Universidades y Colegios Mayores, completamente opuestos a la innovación y renovación de programas. Admitir que lo enseñado como alto saber era un saber inútil, cuyas cátedras debieran ser suprimidas, era un paso muy duro para los doctos catedráticos del XVIII.

Y como los Colegios Mayores de las Universidades de Salamanca, Valladolid y Alcalá se habían convertido en el trampolín desde el que la nobleza saltaba a los altos cargos de la Administración, y esos Colegios Mayores estaban corrompidos hasta el punto de dar títulos y cátedras a quien no sabía nada, gracias a que no había exámenes en las asignaturas, la reforma de la Universidad implicaba un ataque a la nobleza y al alto clero. La reforma de los estudios se había convertido en un problema de primera magnitud.

Los ilustrados españoles criticaron la Escolástica y defendieron el utilitarismo en la enseñanza, el saber de los artesanos, mucho más práctico y con más sentido de la realidad que las interminables discusiones metafísicas y teológicas. Los ilustrados más capaces e inteligentes defendieron la implantación de las ciencias útiles y la dignificación de los oficios y trabajos manuales.

Como es normal en estas ocasiones, hubo excesos entre gente partidaria de no ceder un ápice en los saberes tradicionales y de no impartir nada más que esos saberes, y gente partidaria de acabar con todos los saberes del momento e incluso con los antiguos, y empezar de nuevo. Por eso son importantes los hombres que trataron de conciliar ambas tendencias como Feijoo, Isla, Campomanes, Jovellanos, Forner, Cabanilles.

En esta polémica, cupo la paradoja de que los religiosos que más aceptaban los nuevos saberes, dentro de la ortodoxia católica por supuesto, que eran los jesuitas, acabaron siendo expulsados de España.

Toda esta revolución cultural significó el decaimiento de las Universidades tradicionales de Salamanca, Valladolid, Alcalá y Santiago, en beneficio de las renovadas, las que aceptaban los nuevos saberes, que serán Granada, Valencia, Sevilla…

 

 

El mito ilustrado de la Enseñanza.

 

La enseñanza se mitificó entre los ilustrados como la solución a todos los males sociales y económicos. El mito no se sostiene ante un análisis racional, pues un bandido educado, simplemente es diferente a un bandido analfabeto, pero no deja de ser un bandido aunque pueda cambiar sus métodos primarios de apropiarse de lo ajeno por otros más refinados. Pobreza y moralidad son dos cosas distintas. Además, se confundía enseñanza con educación. La educación, un trabajo deseable en cada individuo que debe durar 168 horas a la semana, se confunde con un programa de enseñanza durante las pocas horas que puede llevar a cabo su trabajo el maestro y se induce gratuitamente de ello que el individuo será transformado en su conducta moral.

Este mito de la educación, este proyecto irracional, un acto de fe en la idea rousoniana de que el hombre es bueno por naturaleza, es una paradoja dentro del sistema racionalista que se pretendía imponer. Pero el siglo XVIII creyó en “la educación”, en los consejos fáciles, en las fábulas con moraleja, como método de moralizar al mundo. Se utilizaba el teatro, las fábulas, las novelas, para adoctrinar, y se añadían las moralejas oportunas, llenas de candidez. No importaba tanto que el teatro y las novelas fueran casi siempre de mala calidad, sino que se financiaban precisamente por el ansia moralizante que podían trasmitir a la sociedad.

Quizás por ello, en la enseñanza, hubo demasiados proyectos y órdenes ministeriales para cambiar instituciones, métodos, planes de estudio. El cambio continuo, como cualquier enseñante sabe, es muy negativo para la enseñanza, porque el alumno busca conocimientos seguros, y el profesor tiende a repetir los métodos en los aspectos que le han resultado positivos en el pasado y a oponerse al cambio que es una experimentación sin seguridad alguna de efectividad.

En general, se concibió una enseñanza primaria que sería un saber para todos, tema en el que se interesó Carlos III, pero que lo dejó en manos de los ayuntamientos, teniendo las autoridades locales que ingeniarse para pagarla. Era otra utopía que los ayuntamientos la pagasen. Más arriba en el escalafón, la enseñanza media parecía cosa de clases acomodadas y niños prodigio. La utopía en este caso consistía en pensar que era posible una enseñanza sin maestros de altura científica, sin libros adecuados modernizados, y en contra de las fuerzas sociales dominantes en el momento. Y más arriba, en la Universidad, se jugaba a la política en vez de servir al conocimiento, y se protegían las cátedras políticamente porque eran el paso previo a colocarse en la Administración.

Otro campo de la enseñanza era el técnico, el de educar a los artesanos en su propio oficio, terreno en el que los religiosos no siempre estaban preparados para competir. Este ámbito quedó más bien abandonado por ellos, y más en manos del Estado. A menudo se importaron técnicos extranjeros con la esperanza de que enseñaran a los españoles.

Y lo predominante en la labor de la enseñanza era el elitismo, otro aspecto irracional dentro del racionalismo. En este aspecto, el ámbito universitario era el más complejo. Las Universidades eran elitistas, y allí, los viejos catedráticos religiosos no querían a los pobres si no habían destacado intelectualmente, sino que decían que los pobres debían dedicarse a los trabajos de tradición familiar. Estaban en contra de las becas, que sí había en la enseñanza primaria ya citada. La forma de estudiar posible para un pobre era ingresar en las órdenes religiosas o instituciones episcopales, momento en que serían apoyados por los eclesiásticos. Incluso los estudiantes procedentes de órdenes religiosas o de seminarios diocesanos debían ser de buena familia, pues las élites del XVIII creían que los pobres solían contaminarse con ideas nuevas poco conformes con la tradición, y podían acabar siendo revolucionarios. La enseñanza superior era para la élite de los nobles, y complementariamente, para inteligencias destacadas desde la infancia.

En 1771-1777, las reformas universitarias cerraron las hospederías y suprimieron muchas becas. De esta forma, los estudiantes pobres y, ciertamente, entre ellos muchos malos estudiantes, tuvieron que regresar a sus casas. Algunos estudiantes, de clases medias hidalgas y burguesas, llegaron de todas formas a la Universidad, los “manteístas”, y reclamaron los viejos privilegios estudiantiles, integrarse en la sociedad de los privilegiados, pero no acabar con los privilegios en general. Nunca reclamaron igualdad y justicia social, sino el final de los privilegios exclusivos de la nobleza y el clero, que es una cosa distinta. Los colegios se fueron cerrando porque no servían a la idea ilustrada de extender la cultura.

En cuanto a la mujer, el tema quedaba al nivel que había estado desde la Edad Media. La mujer debía ser “educada”, pero en las labores “propias de su sexo” que eran las labores del hogar, cosidos, bordados, encajes, cocina… No se consideraba la posibilidad de que una mujer desempeñara una cátedra, ni un puesto importante en la Administración, y mucho menos en la jerarquía de la Iglesia.

 

 

Las minorías ilustradas.

 

No era igual la realidad docente en círculos reducidos y elitistas, sobre todo posuniversitarios: en el siglo XVIII, aparecieron pensiones y becas para estudiar en países extranjeros, tanto para profesores como para alumnos distinguidos, e incluso se concedió alguna pensión para extranjeros como Humbolt, Bonpland o Pablo Loeffling.

Pablo Loeffling fue llamado a España por Fernando VI para estudiar las minas de Almadén en particular y los suelos de España en general. Se le escogió porque era discípulo de Linneo. Trajo con él a Guillermo Bowles y se llevó consigo a estudiar España a Solano, Medina y Saura haciendo sus viajes por España en 1752.

Entre los españoles, destacaron:

Pedro Dávila por sus colecciones de flora y fauna españolas,

Francisco Salvá Campillo, 1751-1818, por sus ensayos sobre telegrafía eléctrica en 1796,

Rafael Clavijo por inventar una bomba de vapor para desagües en 1796,

El padre Costa, por enseñar matemáticas,

Tomás Cerdá, 1715-1791, jesuita que tras estudiar humanidades, filosofía y teología en Tarragona, Gandía y Valencia, fue profesor de filosofía en Zaragoza, 1747-1750, y en Cervera, 1750-1753. Pero entonces se interesó por el saber que circulaba en Europa y dio a conocer a Kepler, Descartes, Gassendi, Huygens, Cassini, Clairaut, Jorge Juan Santacilia, Nollet y Newton. Llevado por su interés por las ciencias que estaba descubriendo, pasó a Marsella y aprendió matemáticas con el padre Espriz Pecenas. Desde entonces pudo enseñar matemáticas y lo hizo en Cordelles primero y en el Colegio Imperial de Madrid más tarde.

Antonio Eximeno, Jorge Juan Santacilia, Antonio de Ulloa que midieron el cuadrante del meridiano terrestre.

Juan de la Cruz Cano, Vicente Tofiño, Tomás López, Isidoro de Antillón, Alejandro Malaspina y José Bustamante que hicieron el mapa de América en 1789-1794.

El padre Benito Feijóo Montenegro, catedrático de Oviedo, divulgó muchos saberes de física, anatomía, geografía… dando a conocer en España lo que se estaba publicando en Europa. Diego Torres Villarroel, catedrático de Salamanca en matemáticas, escribió almanaques y pronósticos. Ignacio de Luzán, trasladó la poética de Italia a España y reguló la comedia con el famoso precepto de unidad de lugar, tiempo y acción.

 

 

El papel del Estado en la enseñanza del XVIII.

 

El Estado no se había preocupado mucho por la enseñanza, e incluso en el siglo XVIII tenía ciertas reticencias a hacerlo, pues circulaba la teoría de que la escuela privaba de trabajadores a la agricultura, ganadería y artesanía, y aumentaba el número de personas ociosas, lo cual tenía muchos puntos de realidad en un mundo de corruptelas generalizadas muy extendidas y de saberes muy poco conectados a la realidad humana.

La intervención estatal en la enseñanza no era nueva. Se practicaba desde segunda mitad del XV, tiempo de los Reyes Católicos[1]. La instalación de escuelas y su régimen administrativo habían preocupado de siempre a los reyes. Lo que era nuevo en el siglo XVIII era ocuparse de los planes de estudio y métodos pedagógicos, lo que hoy consideramos que es el verdadero control de la enseñanza.

En el siglo XVI, Sánchez de Arévalo había establecido unas ideas básicas sobre el papel del Estado en la enseñanza y había manifestado que el poder debía cuidar de la formación de sus súbditos, que el estudio debía ser continuo y dirigido por profesionales y que la enseñanza debía entenderse en sentido amplio, abarcando materias políticas y de gobierno varias y diversas. Juan Huarte, doctor en medicina de Baeza, se quejaba de que la enseñanza fuera teórica y filosófico-sofista, de modo que no incluía cosas prácticas como agricultura, arquitectura o arte militar. Juan Huarte era un avanzado en ideas, que fue perseguido por la Inquisición, aunque no por el tema de criticar la enseñanza.

Pero, como la enseñanza estaba en manos de órdenes religiosas, casi nadie en la Edad Moderna se preocupaba por los contenidos de la misma, confiando en el buen hacer de los profesionales, confiando inocentemente en la buena voluntad y desinterés de las personas. Las órdenes religiosas y los preceptores privados hacían más o menos lo que querían, algunos enseñaban el saber, y otros hacían proselitismo católico.

En el XVIII, pensaban, con mucho sentido común, que era más útil dedicar la juventud al dibujo, hilandería, agricultura y actividades útiles, que al estudio puramente disertativo de leyes y dogmas religiosos.

Al mediar el siglo XVIII, la preocupación de la monarquía por la enseñanza fue mayor:

En tiempos de Fernando VI se hizo política de Estado muy enérgica en la enseñanza media. El objetivo era arrebatar esta labor a las cofradías religiosas y entregársela a las juntas seculares.

A finales de siglo XVIII, gracias a actuaciones del Estado, había en España profesores de muy alto nivel en los centros de investigación estatales, sobre todo en Madrid, dirigidos por profesorado traído de Francia o educado en Francia los más, aunque también hubo insignes profesores alemanes y del norte de Europa. Las primeras generaciones de profesorado preparado en ciencia estaban listas.

Así pues, el Estado estaba en condiciones de hacerse cargo de la renovación de la enseñanza, y debía hacerlo en contra de la Universidad y de los Colegios Mayores, en contra de muchos clérigos y obispos, y en contra de masas de católicos cerrados e integristas. Desgraciadamente, la oportunidad que representaba José I fue rechazada por los españoles, y triunfó la nobleza rancia, la Iglesia integrista y el pueblo bajo ignorante, a los que los dos siglos posteriores rindieron culto.

 

 

La Inquisición y la enseñanza.

 

Y los estudiosos de verdad, chocaban con otro obstáculo grave: la Inquisición no era sólo una amenaza que les llevase a la autocensura, sino un castigo real que podía acabar con su patrimonio y su vida.

Apareció por entonces el eclecticismo, una doctrina filosófica que exponía muchas posibilidades o soluciones a cada problema sin inclinarse por ninguna. La posición ecléctica de muchos estudiosos se extendió hasta el punto de alarmar a los inquisidores. El evitar las discusiones sobre la verdad final, permitía a los profesores enseñar casi todo, dejando a cada uno de los alumnos o lectores que escogiera lo que más le convencía.

El eclecticismo fue una vena por donde llegaron muchos conocimientos y noticias de lo que estaba ocurriendo en Europa occidental: Así llegaron noticias de los nuevos inventos ingleses como la mule jenny de 1788 y la posibilidad de la revolución técnológica, los tintes sintéticos y noticias de los conocimientos químicos, las nuevas ciencias del cálculo infinitesimal y unas matemáticas que podían reinterpretar el mundo y los jardines botánicos clasificados científicamente lo cual daba paso a un nuevo concepto de la vida sobre la tierra.

Cuando aconteció la revolución francesa de 1789, los conservadores culparon de ella a los modernistas, y los modernistas fueron perseguidos y así permanecerían hasta 1830. Para entonces, ya había desaparecido la Inquisición española. Pero el espíritu inquisidor permaneció mucho más tiempo.

 

 

El drama de la enseñanza de principios del XIX.

 

Pero al iniciarse el XIX, tal vez porque las fuentes más importantes de conocimientos de los españoles eran París y Toulouse, la mayor parte de los intelectuales se puso al servicio de José I Bonaparte en 1808. La mayoría de estos “afrancesados” tuvieron que salir exiliados en 1814. Del resto de intelectuales, la mayor parte optaron por los “liberales”, bando dentro de los patriotas rebeldes. Pero serían los absolutistas, la otra facción patriota, la que triunfaría en 1814 e impondría una persecución durísima sobre todas las ideas liberales hasta 1827 aproximadamente. Los intelectuales “liberales” tuvieron también que exiliarse. Y España se convirtió en un país de filósofos expertos en San Agustín y Santo Tomás, filólogos, sobre todo de lenguas clásicas y hebreo, expertos en saberes que no eran sospechosos de modernidad, lejos de las ciencias de la naturaleza, de las matemáticas, física y química, de la geografía, de la historia que contara la verdad… España no se recuperó del trauma de primer tercio del siglo XIX en los cien años siguientes. Quizás sea este el lugar para recordar el “que inventen ellos” de Unamuno en 1912.

 

 

 

LA ENSEÑANZA PRIMARIA EN EL XVIII.

 

 

Antecedentes:

La enseñanza Primaria en el siglo XVII.

 

La competencia en el campo de la enseñanza primaria era muy grande, pues había muchos tipos de escuelas:

Había aulas religiosas de la Compañía de Jesús (las hubo hasta 1767), de dominicos, de franciscanos, de carmelitas, de agustinos, de capuchinos y de escolapios. Todos ellos combinaban el negocio con la ayuda a menesterosos y desvalidos, pues su fin principal no era el dinero, que también, sino la influencia social.

A los colegios de religiosos se les sumaban las escuelas de las corporaciones locales, generalmente con poco dinero, malos enseñantes y enseñanza de la más baja calidad, que recurrían muchas veces a maestros voluntarios, que actuaban desinteresadamente, pero hacían más o menos lo que les daba la gana en el aula. Solían actuar en zonas rurales muy aisladas.

También había instituciones civiles de enseñanza de más calidad. Podemos poner el ejemplo del Colegio de San Telmo[2] de Sevilla, fundado en 1681 por Carlos, que se destinaba a huérfanos de marineros y se les enseñaba primeras letras, antes de pasar a un Seminario de Mareantes (marineros). También es un ejemplo destacable el Colegio del Consejo de Ciento en Barcelona pero hay que decir que la derrota de 1714 dejó sin fondos a las instituciones catalanas, y Barcelona cerró la única escuela gratuita que poseía el Consejo de Ciento.

En cuanto a nivel en la enseñanza, el siglo XVII se conformaba con que los maestros fueran honrados, de buena vida y costumbres, cristianos viejos, y conocedores de la doctrina cristiana.

La primera preocupación operativa por la calidad de la enseñanza data de mediados del XVII: En 1642 se había fundado la Hermandad de San Casiano[3], una cofradía religiosa de mutuo auxilio que, por mandato del rey, trataba de evitar el intrusismo en la enseñanza, y tuvo el privilegio de examinar a los aspirantes a docentes. La Hermandad de San Casiano surgió entre los maestros de Madrid y tenía la forma de un gremio. El origen de la Hermandad de San Casiano se encuentra seguramente en los veedores y visitadores (inspectores) de escuelas, los cuales se habían reunido con Felipe IV a fin de racionalizar la enseñanza primaria. En 1646, la Hermandad de San Casiano recibió sus constituciones u ordenanzas, las cuales fueron renovadas en 1668, 1695, y 1705, y confirmadas en 1703 y 1719. Las condiciones de 1646 eran que para ingresar en la cofradía había que ser maestro examinado, con ejercicio en escuela pública, y de vida ejemplar y loables costumbres. Felipe IV concedió a esta cofradía la facultad de examinar a los aspirantes a maestro en Madrid. Como el resto de España copiaba lo que sucedía en la capital del reino, fue el inicio de una preocupación general por que los maestros tuvieran un nivel y unas cualidades mínimas para ejercer como tales. Debían saber leer y escribir en todos los estilos de letra. En 1705 se ampliaron los requisitos y se exigió ortografía, aritmética, lectura y escritura. Los examinadores de San Casiano eran tres y su objetivo era detectar las vacantes y cubrirlas con maestros preparados para la enseñanza. Los candidatos debían tener 20 años de edad como mínimo, prácticas de dos años como mínimo, limpieza de sangre y buena conducta. La preocupación por la enseñanza no se limitó a los maestros de escuela, sino que afectó también a los “leccionistas” o maestros de clases a domicilio, para los cuales se establecieron también requisitos como ser clérigo, o ser ayudante de maestro con título. Para exigir todo ello, tenían el apoyo del Consejo de Castilla.

En la segunda mitad del XVII, parece que la orden religiosa con más éxito en la enseñanza primaria del XVII eran los escolapios o calasancios. Sus colegios se denominaban Escuelas Pías y triunfaron a partir de 1643. Por Escuelas Pías, se llamaron escolapios, y por haber sido fundados por José de Calasanz, calasancios. Las había fundado José de Calasanz en el Trastévere de Roma en 1597 para educar a niños pobres y abandonados. Pasaron a ser orden religiosa en 1621 distinguiéndose dentro de la orden Padres Escolapios, los ordenados sacerdotes, y Hermanos Escolapios, los no ordenados. Su lema era la oración continua, compatible con el aula, con la enseñanza de otras materias. Es decir, su fin principal era difundir el catolicismo, y el secundario la preparación de los niños para la vida laboral. Los Escolapios tenían organizada la enseñanza en nueve niveles, siendo el más bajo de ellos el noveno. En noveno se aprendía a silabear, la señal de la cruz y cosas similares, con un gran cartel que el maestro exhibía y leía una y otra vez apuntando con el puntero a las letras y sílabas convenientes. Los alumnos pasaban a silabear en grupo, todo el colectivo de 60 ó 70 alumnos del aula. Finalmente, algunos alumnos pasaban a silabear individualmente señalando al tiempo en el cartel las grafías adecuadas que el maestro les pedía. En octavo se aprendía a leer con el Salterio, salmos bíblicos. En séptimo y sexto había competiciones de lectura entre alumnos. En quinto, los alumnos se dividían en tres grupos, los principiantes en escritura (atrasados respecto al grupo), los “finalistas” que iban a abandonar el colegio y ponerse a trabajar, y los que continuarían estudios e iban a ritmo normal, que recibían ya enseñanzas de inicio de gramática. En cuarto se aprendía la gramática, y esa labor se continuaba en tercero, segundo y primero complicándose desde los nombres a los verbos, y desde las partes de la oración a la concordancia. Se utilizaban como textos de referencia a Luis Vives, Cicerón y Virgilio. El horario de clases era de dos horas y media por la mañana y otro tanto por la tarde. Cada clase empezaba con la oración, seguía con un cuarto de hora de estudio en el que los alumnos debían repasar las clases anteriores y terminaba con la clase propiamente dicha impartida por el profesor. La novedad más importante era el aprendizaje en colectivo frente al individualista que había privado hasta entonces.

Las Escuelas Pías eran gratuitas, pero ello no significaba siempre ventajas, sino que las demás órdenes religiosas de enseñantes se sentían molestas por la irrupción de estas gentes que acababan con su negocio.

 

 

Panorama general de la enseñanza primaria

en el siglo XVIII.

 

España, al empezar el XVIII, sufrió los desastres de la Guerra de Sucesión y la pérdida de fondos dedicados a la enseñanza significó una pérdida de calidad, evidente en sus manifestaciones de decadencia.

En la enseñanza primaria, los maestros seglares debían demostrar su preparación en un examen ante la Congregación de San Casiano y, en tiempos de Carlos III, ante el Colegio Académico, constituido por otros maestros que ya ejerciesen y tuviesen un cierto prestigio, o a veces, un prestigio cierto. En tiempos de Carlos IV ante la Academia de Buena Educación.

Los religiosos no necesitaban ningún examen previo y cualquier ignorante podía dar clases. Todo dependía del superior de la orden. Los religiosos, que temían perder su casi monopolio de la enseñanza primaria y media, contraatacaron el intento estatal de abrir centros seglares y lo hicieron poniendo enseñanzas gratuitas en sus colegios, de manera que arruinaban a los maestros seglares, pues les robaban los alumnos. Disfrazaban la realidad vistiendo sus proyectos como caridad, que también, pero era en esencia la defensa de privilegios como estamento a fin de seguir en contacto con las familias pudientes y mantener su influencia sobre la sociedad de élite. Ante cualquier conflicto por los derechos de enseñanza, los jueces, católicos todos, solían dar la razón a los religiosos porque les consideraban con mayor nivel de preparación y de moral.

 

Los centros en los que se impartía enseñanza eran muy variados:

Los niños de clases medias bajas iban a escuelas parroquiales, episcopales, municipales. No tenían futuro, excepto si se integraban en una orden religiosa.

Los niños de familias con algún poder adquisitivo se educaban en cofradías de maestros de protección real y en instituciones religiosas más interesadas en la difusión de las ideas católicas y los intereses de su orden que en la revolución científica de la que opinaban que atacaba las ideas católicas.

Los niños ricos se podían pagar mentores personales, maestros privados que iban por las casas de los alumnos o colegios de otro tipo más elitistas.

Los niños más desafortunados eran educados en los hospitales y hospicios, los cuales se habían convertido en centros de enseñanza para los allí acogidos. En 1623, Felipe IV prohibió enseñar gramática en los hospitales, pero no otras artes. Posiblemente ello se debió a que la competencia docente sufría y se sentía perjudicada. Algunos hospicios tenían mucho prestigio, como era el caso del Colegio de San Ildefonso de Madrid del número 3 de la Carrera de San Francisco, que acogía, educaba y colocaba a niños huérfanos pobres de solemnidad.

Y las niñas pobres apenas tenían oportunidades, pues las familias pobres preferían que ayudaran en las tareas de la casa y sirvieran en casas que les dieran comida y cama. Los clérigos sabían que no valían para sacerdotes, que era el camino de muchos pobres del género masculino para estudiar y por ello tampoco tenían mucho interés en enseñar a las niñas. Los colegios para doncellas eran muy escasos y sólo se encontraban en grandes ciudades.

 

 

REFORMAS POLÍTICAS EN LA ENSEÑANZA PRIMARIA

A MEDIADOS DEL XVIII.

 

En tiempos de Felipe V surgieron tres tendencias en la política docente:

los centralizadores, que pensaban que la enseñanza debía ponerse al servicio del Consejo de Castilla;

los corporativos, que pensaban en hacer gremios autóctonos de enseñantes;

y los racionalistas, que sólo pensaban en adecuar el saber a los conocimientos que llegaban de Europa, los propios de la Ilustración.

A partir de mediados del XVIII, la política del Gobierno ilustrado fue de organizar una enseñanza estatal, que no estuviera tan controlada por las órdenes religiosas.

En Real Orden de 1 de septiembre de 1743 se decretó que los maestros tuvieran iguales privilegios que los trabajadores de artes liberales, que los maestros debían estar dotados de buenos hábitos, ser honrados y cristianos viejos, que los maestros estarían exentos de quintas, levas y sorteos, cargos concejiles y oficios públicos, y que los maestros no pudieran ser encarcelados por causa civil. Igualmente, se decretaba que la actividad docente sería supervisada por visitadores, y que la doctrina cristiana sería motivo fundamental de examen por estos visitadores.

Respecto a la Hermandad de San Casiano, la Real Orden de 1 de septiembre de 1743, le otorgaba el derecho a examinar a los aspirantes a ejercer el magisterio de primeras letras, concedía prerrogativas a los titulados y nombraba, de entre ellos, veedores (visitadores) para vigilar al profesorado. Por entonces, el oficio de maestro se aprendía junto a un maestro ya aprobado y que tuviera como mínimo tres años de práctica. En 1743 se especificaron los exámenes que debía pasar el aspirante a maestro:

Uno de lectura, que incluía leer letra de molde, y letra manuscrita difícil, deletrear, silabear, y mostrar comprensión de lo leído.

Una segunda prueba de escritura, que incluía ortografía.

Una prueba de aritmética en la que había que demostrar el conocimiento de “las cuatro reglas”, quebrados, regla de tres, raíz cuadrada y raíz cúbica.

Una cuarta prueba sobre doctrina cristiana, demostrando conocer el catecismo del padre Ripalda.

También en 1743 se clasificó a los maestros en diversas categorías, siendo de primera los habilitados para trabajar en la Corte, de segunda los autorizados en trabajar en diversas ciudades y villas grandes, y de tercera los autorizados para lugares y aldeas pequeñas.

Una Real Cédula de 14 de agosto de 1768 instituyó la enseñanza para niñas. De todos modos, las niñas pobres apenas tenían oportunidades de aprender, pues las familias no se gastaban el dinero en su formación, prefiriendo que ayudasen en la casa mientras eran célibes y sirviesen a su marido a partir de la temprana edad del matrimonio, entre los 15 y los 21 años de edad. Los colegios para doncellas eran muy escasos, y sólo se encontraban en grandes ciudades. La orden de escolarización de niñas no se puso en marcha hasta 1783.

En 1771, se concretaron desde el Estado, los requisitos que debía tener un maestro para poder ejercer: El maestro debía presentar ante el corregidor, o alcalde mayor, residente en la cabeza de partido, acompañado éste por los comisarios nombrados por el Ayuntamiento, la prueba de haber sido examinado y aprobado en doctrina cristiana; en segundo lugar, debía dar cuentas a la justicia de la localidad sobre su pasado, vida, costumbres y limpieza de sangre; en tercer lugar, debía ser examinado sobre si sabía leer, escribir y contar.

 

 

El Colegio Académico de Primeras Letras.

 

En 1774 se solicitó que fuera extinguida la Hermandad de San Casiano, pues no parecía cumplir los fines para los que había sido pensada. La Hermandad de San Casiano fue absorbida por el poder central por Real Orden de 22 de diciembre de 1780.

La Hermandad de San Casiano sería sustituida en 1781 por un “Colegio Académico del Noble Arte de Primeras Letras” integrado por los 24 maestros públicos de Madrid, acompañados de sus 24 leccionistas, discípulos suyos y aspirantes a maestros. Los leccionistas acompañaban en todo tiempo al maestro y, además, en horario no lectivo, debían comparecer ante el maestro durante tres horas semanales para demostrar sus progresos en gramática, sus lecturas de la semana, y sus progresos en aritmética. Se pretendía que el sistema de Colegio Académico proporcionara unos maestros de alta calidad. El Colegio Académico tenía jurisdicción sobre todo el reino de España y no sólo sobre Madrid como ocurría con la Hermandad de San Casiano. Tenía jurisdicción sobre los colegios de órdenes religiosas, lo cual era polémico, como la tenía sobre escuelas de corporaciones municipales y sobre maestros de actividades privadas.

En 1791, sería eliminado el Colegio Académico y sustituido por la Academia de Buena Educación.

 

 

REFORMAS POLÍTICAS EN LA ENSEÑANZA PRIMARIA

EN EL ÚLTIMO CUARTO DEL XVIII

 

La Real Cédula de 22 de diciembre de 1780 reguló:

El acceso de los maestros a las escuelas públicas de la Corte mediante la provisión de vacantes por el Supremo Consejo de Castilla, no pudiendo ejercer el trabajo persona distinta a la nombrada al efecto. Es decir, se prohibía el absentismo del titular y arriendo del cargo a sustitutos.

El procedimiento de admisión como pasantes, o leccionistas- maestros, con licencia para ir a las casas particulares para dar clases, de modo que también hubiesen de pasar la prueba de limpieza de sangre y la declaración de buena vida y costumbres, y la demostración de conocimientos de lectura, escritura y cálculo.

Los exámenes para maestro de primeras letras. Y quedaba prohibido el ejercicio de la docencia a los no aprobados.

Los maestros de fuera de la Corte, sufrirían un “examen impersonal” que les conferiría un título expedido por el Consejo de Castilla. El examen impersonal era lo que conocemos hoy por examen escrito, pero lo podían hacer sin desplazarse a Madrid. Tras este examen, los candidatos podían obtener el “aprobado absoluto”, que les permitía enseñar en todas las ciudades y villas y lugares del reino, o “la licencia de enseñar”, que era válida sólo para lugares y aldeas menores de 100 vecinos y que no tuvieran otro maestro. El objetivo de esta medida era evitar que personas designadas por los ayuntamientos, muchas veces sin conocimiento alguno, ejercieran el papel de maestro.

 

La polémica por la caligrafía.

A partir de 1781 hubo una gran polémica en la enseñanza primaria por la caligrafía: una cualidad esencial de un maestro tradicional era la caligrafía, de forma que el maestro debía conocer varios tipos de letra con caligrafía primorosa. Pero en 1781, José de Anduaga, un renovador del equipo de Floridablanca, decidió que los alumnos podían aprender a escribir con su propia letra, sin muestras caligráficas de los distintos tipos de letra. Floridablanca encargó a Anduaga ocho escuelas reales, una en cada cuartel (barrio) de Madrid, y ello causó la polémica porque se abandonaba la caligrafía. Ese mismo año desapareció la Hermandad de San Casiano, que siempre había valorado mucho el trabajo caligráfico. Con ello se perdía el “arte de escribir”, una asignatura que incluía saberes como el corte correcto de las plumas de ave, la posición del cuerpo para escribir, el modo de tomar la pluma, los movimientos correctos de la mano para cada letra y cada rasgo básico, y la correcta imitación de las muestras.

 

 

Gratuidad de la enseñanza primaria.

 

En 1781 se decidió también que la enseñanza primaria fuera gratuita y obligatoria, bajo el control del gobierno municipal. El cumplimiento de la ley fue imposible porque los municipios no tenían locales, dinero, ni maestros, ni existía en los pueblos mentalidad favorable a que los chicos que podían ayudar a las labores del campo, y las chicas a las labores domésticas, “perdieran el tiempo” en la escuela. Los viejos maestros se convirtieron en el principal soporte de la vieja mentalidad, del conservadurismo. Defendían los principios del gremio de la Hermandad de San Casiano, y consideraban más importante la limpieza de sangre, el conocimiento de la doctrina cristiana, y las buenas costumbres, que la calidad de los conocimientos nuevos que se exigían.

La Real Cédula de 11 de mayo de 1783 creó, en Madrid, escuelas gratuitas para niñas, y anunció que el modelo era extensible a los demás pueblos de España. Se ponía en marcha la orden de 14 de agosto de 1768. Las escuelas de niñas se ponían bajo dependencia de la Diputación correspondiente. Se decretó el procedimiento de acceso a maestra, siendo fundamental demostrar conocimientos de doctrina cristiana, haber sido examinadas por el párroco de ello, y tener conocimientos de labores, modo de hacerlas, método de enseñar, mediante la presentación de una muestra del trabajo que pretendían enseñar. Se contemplaba la existencia de “ayudantas de maestra”, que simplemente debían acreditar buena vida y costumbres, de ellas y de sus esposos si estaban casadas. El trabajo de la maestra consistía: Debían cuidar de que las niñas no utilizaran palabras soeces, “propias de las majas”. Debían enseñar el manejo de una casa. Debían enseñar las labores que conociera la maestra. La lectura sólo la aprendían las alumnas que lo desearan, pero en algunas comunidades religiosas la lectura y escritura fue obligatoria, y tenían mayor prestigio.

En general, las maestras rurales eran viudas o esposas de maestros, y las maestras de las ciudades eran monjas.

El horario de escuela era de 4 horas por la mañana y 4 por la tarde.

 

 

CAMBIOS OBSERVABLES EN LA ENSEÑANZA PRIMARIA

A FIN DE SIGLO XVIII:

 

En 1767, tras la expulsión de los jesuitas, sus antiguos colegios quedaron a menudo abandonados, pues ni el Estado ni las otras órdenes religiosas eran capaces de asumir tantos alumnos y edificios. Los antiguos colegios de los jesuitas fueron reconstituidos en escuelas. Estas escuelas estatales, sumadas a las de los aristócratas y a las de las Sociedades Económicas de Amigos del País, constituyeron una primera red de enseñanza primaria “estatal no religiosa”, si bien restringida a zonas urbanas.

En cuanto al método, a finales del XVIII se habían producido algunos cambios importantes en la enseñanza primaria: la religión se enseñaba mediante el catecismo y el aprendizaje de las oraciones; se introducía la enseñanza de las virtudes cristianas tradicionales; se cambiaba el método de aprender a leer y a escribir, introduciendo silabarios, y no letra a letra; se renovaban los catones; se renovaban las lecturas de modo que en vez de aprender a leer sobre coplas de ciego, fábulas religiosas y devocionarios, se recomendó:

el catecismo de Fleury;

historias de la nación;

ortografía castellana según el Arte de Escribir de Anduaga y Garimberti, 1781;

libros de lectura como El Camino de Salvación de Vives, el Nuevo Robinson de Campe, traducido del alemán por Iriarte en 1789, el Catón Cristiano del padre Moles escrito en 1772, el Catón Español Políticocristiano de Alonso Rodríguez.

Es decir, que se trataba de añadir al sistema educativo elementos de historia y geografía, manteniendo los contenidos religiosos.

 

 

ASPECTOS CONCRETOS DE LA ENSEÑANZA PRIMARIA DEL XVIII

 

La paga de los maestros.

En las escuelas de élite, el Estado, o la entidad fundadora en su caso, pagaba a los maestros. En los colegios religiosos, los religiosos ejercían gratuitamente, en beneficio de la orden religiosa o de la Iglesia, que era la que se lucraba. Y en los colegios seculares, la mayoría de los maestros, los seculares, dependía de contratos establecidos con una institución o con un particular, muy diferentes unos de otros, cobrados en metálico, especie, o de modo mixto entre ambas opciones. El salario de un maestro no daba para sobrevivir, y se entendía que el maestro se debía buscar la vida con otro medio, como escribano, sacristán, organista, cirujano o agricultor, lo cual originaba que el maestro faltase a clase muchos días y muchas horas de un día normal. Las maestras vendían sus manufacturas y artesanías para completar su salario. Es decir, el trabajo del maestro no era trabajo a tiempo completo, sino unas horas de complemento a otra actividad laboral. En caso contrario, el maestro pasaba hambre.

A menudo, los hijos de las familias acomodadas, aportaban algún dinero para el maestro, a cambio de un trato preferente, o unas lecciones extra, impartidas dentro o fuera del horario de clase. Era otro ingreso para el maestro o maestra. De todos modos, el maestro era pobre y su pobreza era conocida por todos, de modo que muchas veces le ayudaban económicamente y ello no era visto como humillación.

Las materias impartidas por el maestro del siglo XVIII eran:

La lengua española según la Gramática de la Real Academia de la Lengua.

La ortografía de la Real Academia de la Lengua.

El libro de lectura de Luis Vives Introducción y Camino para la Sabiduría.

La lectura de algún compendio de historia de la nación, elegido por el maestro.

Las normas de pedagogía incluían:

La prohibición de leer novelas, romances, comedias, e historias profanas.

Llevar unas listas (cuaderno de evaluación actual) que marcasen el progreso de los niños.

Hacer exámenes públicos ante las autoridades civiles y militares, ante las familias de los niños, y ante los vecinos curiosos que quisieran presenciarlos. En ellos se recitaban poesías y se daban conciertos musicales, que eran preparados durante el curso algún día a la semana. Las niñas enseñaban sus labores de faja, calceta, punto de red, dobladillo, costura, bordado, encaje en primer nivel. En segundo nivel, las niñas mostraban sus trabajos de fabricación de cofias, redecillas, borlas, bolsillos, y cintas confeccionadas con hilo, hilazas, seda, galón…

En 1805 se introdujeron los métodos de Pestalozzi en la enseñanza. Este método combinaba el aprendizaje memorístico con exhibición de material relacionado con lo que se estaba aprendiendo, geografía con mapas, historia con documentos y relatos históricos, ciencias con experimentos…

El curriculum del alumno era así:  Los estudios se comenzaban a los 7 años de edad, y en teoría debían terminar a los 14, como referencia. Las niñas daban por terminados sus estudios para siempre, y los niños, si tenían medios económicos y rendimientos escolares suficientes, pensaban en iniciarse en las Escuelas de Gramática o segunda enseñanza, y si no tenían medios económicos o ingresaban en un seminario o institución religiosa que les subvencionase los estudios, o se buscaban la vida.

 

 

LAS DEFICIENCIAS DE LA ENSEÑANZA PRIMARIA

EN EL SIGLO XVIII:

 

Un tema preocupante eran las escuelas rurales, pues el clero rural, que muchas veces se hacía cargo de la escuela, no tenía, a menudo, nivel para enseñar y sus escuelas rurales conducían al fracaso, pues la autoeducación suele llevar a ideas extrañas, muchas veces asociales, primarias, acientíficas, y plagadas de errores.

Pero todas las escuelas en general sufrían serias deficiencias, y Fray Benito Jerónimo Feijoo recomendaba a mediados del XVIII introducir la experimentación y la observación, aunque se perdiera un poco la memorización y repetición e incluso se perdiera el “juicio” que se hacía a ciertas cuestiones. Igualmente, fray Martín Sarmiento[4] consideraba que el docente era más importante que el libro y el método, y que era importante que el docente fuera todo lo docto que se pudiera y todo lo buen pedagogo que se pudiera, incluso ante niños de primera infancia. En efecto, parece ser que uno de los principales defectos de la enseñanza del siglo XVIII, radicaba en que los maestros de primeras letras eran escasos, ignorantes, mal pagados y estaban socialmente mal considerados.

A final del siglo XVIII llegó la censura de tipo moral y cristiana:

La Real Cédula de 15 de mayo de 1788 ordenó que los corregidores y justicias vigilasen a los maestros, principalmente en el tema de si enseñaban buenas costumbres y doctrina cristiana.

 

La deficiente escolarización.

La escolarización no llegó nunca a todo el país y muchos maestros no estaban preparados ni para las labores tan elementales como se les exigían. Muchos pueblos no tenían maestro, y las maestras escaseaban muchísimo más. Esto no significaba ningún problema para el pueblo español, pues el ignorante despreciaba la enseñanza, y lo peor era que muchas veces, al contemplar la obra de algunos maestros, debemos concluir que tenía razón.

La enseñanza primaria no fue obligatoria hasta 1795. La difusión de la escuela primaria llevó a la necesidad de disponer de maestros y se crearon Academias de Maestros en Madrid y en Santander.

En 1804, el Estado hizo un último esfuerzo por dotar de maestros a todas las escuelas, concediendo, en 11 de febrero de 1804, libre facultad para ejercer el magisterio a todos los que superaran el examen de conocimientos y recibieran el título del Consejo de Castilla, de modo que se pudieran establecer donde quisieran.

 

Las Escuelas Normales.

El 25 de diciembre de 1791 fue abolido el Colegio Académico, porque no cumplía los altos fines para el que había sido pensado. Se creó entonces la Academia de Primera Educación, dependiente de Secretaría de Estado. El mismo decreto creó ocho Escuelas Reales. Las Escuelas Reales serían “normales”, es decir, tendrían un funcionamiento e innovaciones que serían norma para las demás escuelas del Reino. La Academia de Primera Educación creó para la formación de maestros una cátedra, a la que tendrían que acudir a estudiar los aspirantes a pasantes, leccionistas y maestros. Desaparecía el método de que cada aspirante aprendiera con un maestro, para hacer que todos tuvieran un aprendizaje uniforme y objetivamente comprobable. El aspirante, además de asistir a las clases, debía, en su tiempo libre, acudir a una escuela a aprender el trato y disciplina que se imponía a los alumnos en la realidad. Al finalizar, el aspirante debía realizar unas prácticas. El número de Escuelas Normales se amplió decidiendo que lo fueran todas las de la Corte, y también algunas de las establecidas en las capitales provinciales del Reino que adoptasen los mismos métodos que las de Madrid.

 

 

 

 

 

LAS ESCUELAS DE GRAMÁTICA,

O DE SEGUNDA ENSEÑANZA EN EL XVIII.

 

La enseñanza secundaria del XVIII tenía el nombre de “cultura general” y también el de “cultura preliminar”, pues daba paso a estudios en la Universidad, ejército o marina. Normalmente los centros se conocían como escuelas de latinidad y como escuelas de gramática.

El 10 de febrero de 1623, Felipe IV reglamentó las Escuelas de Gramática, limitando su existencia a ciudades y villas en que hubiese corregidor, y colegios con renta mínima de 300 ducados. Trataba de cerrar muchas escuelas de gramática que parecían inútiles.

El objetivo principal de estas escuelas era enseñar latín, vehículo de aprendizaje en la Universidad.

El Real Decreto de 21 de junio de 1747 ordenó al Consejo de Castilla dar nuevas reglas que prestigiasen la enseñanza. Pero no las hubo hasta 1770, época posterior a la expulsión de los jesuitas.

 

 

Los colegios de élite.

 

Ante la evidencia de la mala calidad de la enseñanza española de principios del siglo XVIII, algunos personajes trataron de fundar centros de calidad:

El arzobispo de Sevilla en 1715, Manuel Arias, fundó el Colegio del Espíritu Santo para niñas nobles.

El Colegio Imperial: El primer instituto de España lo había fundado el Conde Duque de Olivares en la calle Toledo de Madrid y se llamaba “Colegio Imperial” en honor a la donante de los terrenos, la emperatriz María de Habsburgo, hija de Carlos I de España y esposa del Emperador de Austria.

Los seminarios de nobles; A partir de 1725, los jesuitas crearon en algunos de sus colegios “seminarios de nobles”, un núcleo de estudiantes separado del resto de sus compañeros para hacer estudios de elite.

El Real Seminario de Nobles de Madrid se incorporó en 1725 al edificio del Colegio Imperial. Durante muchos años, el Colegio Imperial había sido el referente de la enseñanza media española. El Real Seminario de Nobles de Madrid debía enseñar letras, lenguas, erudición y habilidades, de modo que hubiera funcionarios del Estado con una mínima preparación. Felipe V encargó esta labor a los jesuitas de los Reales Estudios de San Isidro.

A finales del el siglo XVIII, surgiría un nuevo grupo de colegios de élite, pero minoritario, el originado por las Sociedades Económicas de Amigos del País, cuya importancia porcentual de alumnos fue despreciable. No en todos los casos tuvieron una enseñanza digna de ser considerada valiosa.

 

 

La rivalidad entre religiosos docentes

en la enseñanza secundaria.

 

Los jesuitas triunfaron en el XVIII en el campo de la segunda enseñanza porque su enseñanza era superior a la de los demás en muchas facetas, entre otras, porque se abría en algunos temas concretos a la ciencia moderna. Los contenidos que preferían los jesuitas eran: perfeccionamiento de la lectura, escritura y cálculo, latín y griego, doctrina cristiana, gramática y retórica, y música. Pero los profesores tenían capacidad para tener programas distintos, y ahí residía la clave para que algunos buenos profesores impartieran conocimientos muy por encima de lo normal en España.

No es fácil hablar de la enseñanza de los jesuitas en general porque cada colegio era independiente, a criterio de su rector, su prefecto de estudios y los maestros que impartían las clases. Pero vamos a intentar dar una idea general con la salvedad de que había muchas variantes:

El prefecto de estudios inspeccionaba el quehacer diario de los maestros. El profesor principal era el responsable de los estudios y de promocionar de curso a los alumnos, según nivel alcanzado.

En las clases de segunda enseñanza de los jesuitas, los alumnos, estaban divididos en decurias y cada decuria tenía un decurión o alumno encargado del grupo, que hacía repetir la lección a su grupo cada mañana, al empezar las clases, mientras el profesor corregía los trabajos del día anterior. Luego había un dictado, tras el cual se entregaba a los alumnos un borrador plantilla para que comparasen y corrigiesen sus faltas de ortografía. De allí, se pasaba a las clases normales de latín, griego, aritmética y música. Seguían clases de doctrina cristiana a final de la mañana.

Hacían una pedagogía de rivalidad entre alumnos mediante concursos en el aula y certámenes públicos. Los buenos alumnos conseguían “glorias” y “honores”, que les distinguían del resto de los alumnos.

Había un “padre corrector” que se encargaba de la disciplina y estaba habilitado para, entre otros castigos, dar azotes a los alumnos, lo cual ocurría en raras ocasiones. Gran parte del éxito de los jesuitas se fundamentaba en imponer la disciplina a los estudiantes, cosa en la que estaban muy de acuerdo los padres. Los jesuitas abrían internados donde se practicaba la disciplina y se hablaba latín, con lo cual se formaba al alumno y se progresaba en el estudio de esa lengua más que en los colegios ordinarios. Tenían becas para alumnos con pocos medios económicos. Todo ello justifica su éxito.

El plan de estudios comprendía horas de juego, de teatro y otras diversiones. Las vacaciones duraban sólo un mes al año. Los jesuitas incorporaban algunos de los saberes modernos, como las matemáticas y ciencias naturales, lo que era un progreso respecto a las escuelas habituales españolas, y también censuraban ciertas lecciones habituales en Europa occidental, porque se lo impedía su fe. La paradoja del alumno español era que para tener noticia de los nuevos conocimientos, debía acudir a colegios de jesuitas, tener la suerte de que le correspondiese un buen profesor y, para profundizar en esos conocimientos, se debía atrever a romper con las ideas que le habían enseñado los jesuitas, y salir a Francia o a Italia a conocerlos en su integridad y profundidad.

A finales del siglo XVII los jesuitas contaban ya en España con unas 118 Escuelas de Gramática, lo que significaba entre 10.000 y 15.000 alumnos, unos años más y otros menos.

 

La polémica entre colegios de enseñanza.

A mediados del siglo XVII se hizo patente que la enseñanza se estaba utilizando con fines proselitistas católicos y también fines de influencia social y política. La ocasión tuvo lugar cuando los jesuitas se hicieron con muchas escuelas de los obispados, parroquias y concejos, que antes gestionaban otros. Eran escuelas de enseñanza elemental y escuelas de gramática (las escuelas de gramática eran preparatorias para la Universidad). En general, los antiguos propietarios conservaban el patronato, mientras los jesuitas se hacían cargo de la administración. Los jesuitas se hicieron muy populares y atrajeron a gran número de alumnos.

Esta irrupción masiva de los jesuitas, preocupó a las demás órdenes religiosas, antiguas detentadoras del negocio de la enseñanza, aunque ese negocio radicara fundamentalmente en ganar la confianza de las familias pudientes a través de sus hijos y no siempre en el lucro monetario.

Además de los jesuitas, claramente dominantes en la docencia, impartían clases de segunda enseñanza los dominicos, franciscanos, carmelitas, agustinos, capuchinos y maestros laicos. Los casalasanzcios o escolapios eran el segundo grupo de docentes con más éxito en el XVIII, tras los jesuitas, y tenían fama de hacer ejercicios prácticos y de no utilizar azotes en los castigos.

En el siglo XVIII, los jesuitas, que eran buenos latinistas, estaban fundando muchos colegios, que hacían acuerdos con la Universidades para establecer estudios preparatorios. Las Universidades trataban de que estos estudios jesuíticos tuviesen lugar en sitios aparte de sus facultades universitarias, pues los jesuitas se estaban convirtiendo en un estorbo, en gente que pretendía inmiscuirse en la vida universitaria, en la vida diaria de las clases. Surgió cierta animadversión contra los jesuitas y se promocionaron, en tiempos de Felipe V, escuelas de Dominicos y de Calasancios, con la consiguiente rivalidad también entre las órdenes religiosas afectadas.

 

 

Los Seminarios Diocesanos.

 

El clero secular mostró en el siglo XVIII ciertas ansias de cambio, y ello provocó enfrentamientos con el regular.

Dentro del clero secular, se intentó que todas las diócesis tuvieran un “seminario diocesano conciliar”, o colegio preparatorio de sacerdotes (conciliar se decía porque así lo había ordenado el Concilio de Trento). En el XVIII, se fundaron 18 seminarios, cifra muy importante teniendo en cuenta que en el siglo XVI había 20 seminarios, en el XVII se fundaron 8 más, y en el XVIII se creaban 18 nuevos.

Dependiendo del obispo correspondiente y del grupo de docentes de cada momento, algunos seminarios diocesanos conciliares tuvieron muy buen nivel de enseñanza.

Desde 1768, el Consejo de Castilla y los obispos regalistas, algunos de ellos “jansenistas españoles”, se hicieron cargo de reformas como introducir textos y enseñanzas más modernas, Sagrada Escritura, formación pastoral, dogma y moral no exactamente jesuíticos, lectura de los “espirituales” erasmistas. El rector del seminario era nombrado por el Consejo de Castilla. Y así surgió una minoría ilustrada de clérigos, que resultaron enemigos de los excesos de los revolucionarios franceses, de muchos excesos de los liberales españoles, y de las modas francesas como dogma y modelo a seguir. Es importante la figura del obispo de Murcia, Manuel Rubín de Celis, y la labor del Seminario de San Fulgencio en esa ciudad, la cual dio muchos frutos a fines del XVIII.

 

 

La reglamentación

de las Escuelas de Gramática de 1770.

 

En 1770 se hizo por fin la reglamentación prevista en 1747. Pareció necesario que el Estado interviniese en la reglamentación de autores, materias y disciplina de las escuelas de gramática. Los estudios estaban viciados de escolasticismo en todos los campos citados, en autores y materias, y la reforma de la enseñanza se hacía muy difícil, pues los maestros estaban acostumbrados a no enseñar más que latín, y con unos autores determinados. Los rudimentos de latín se enseñaban en clases impartidas en castellano y se utilizaban unos manuales con párrafos de Cicerón, Cornelio Nepote, César, Tito Livio, Virgilio, Ovidio, Terencio y Horacio. Los jesuitas se habían opuesto siempre a las reformas llevadas a cabo por el Estado, y decían que el Estado politizaba la enseñanza. Pero los jesuitas fueron expulsados de España en 1767.

Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, el nivel de la enseñanza media en provincias se resintió mucho, salvo en centros puntuales donde profesores eminentes lograron mantenerlo. En Madrid, quedaba el Colegio Imperial como centro de referencia de la enseñanza media española.

 

 

Los Estudios Reales de San Isidro en Madrid.

 

El Real Decreto de 19 de enero de 1770 establecía unos Reales Estudios del Colegio Imperial de la Corte, que debían ser modélicos: impartían rudimentos de latinidad, preceptos de sintaxis latina y rudimentos de hablar y escribir en latín, poética latina (con lecturas de autores latinos y composición de versos), retórica y elocuencia (con estudio de las obras de Cicerón y Tito Livio), sintaxis de griego, hebreo (con estudio de la versión original de la Biblia), árabe erudito, lógica, física experimental incluyendo en ella lógica, aritmética y geometría, matemáticas, filosofía moral (obligaciones para con Dios, para consigo mismo y para con los demás), derecho natural y de gentes que uniera religión, moral y política en un solo concepto, disciplina eclesiástica incluyendo liturgia y ritos sagrados.

La enseñanza se estructuraba en cuatro niveles que eran: mínimos, menores, medianos y mayores.

En la reforma de 1770 se ordenaba introducir estudios de sintaxis, literatura latina, lengua griega, árabe, hebreo, lógica, filosofía moral, derecho natural y física experimental.

Las Escuelas de Gramática tenían un director de estudios que gobernaba económicamente el centro, multaba a los maestros descuidados y negligentes, y a los desobedientes, castigaba a discípulos díscolos, y consultaba con el Consejo, o autoridad superior, las mejoras que creía oportunas a fin de ser autorizado a introducirlas.

Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, y el Real Decreto de 19 de enero de 1770 sobre la enseñanza, el Colegio Imperial cambió de nombre en 1779 para llamarse “Estudios Reales de San Isidro”. También se crearon otros centros importantes de enseñanza media como el Real Seminario de Vergara en 1779, y el Instituto Asturiano de Gijón en 1794, del que Jovellanos decía que era una escuela de matemáticas, física y náutica, pues daba asignaturas de humanidades, dibujo, matemáticas, geografía, historia, física, química y ciencias náuticas.

Los Estudios Reales de San Isidro, incluían al Real Seminario de Nobles que funcionaba dentro del Colegio Imperial y en 1786 se abrió la Real Casa de Caballeros y Pajes, que también se unió al Real Seminario de Nobles. El colegio pasó a ser regido por Jorge Juan, quien introdujo los estudios científicos, las ciencias experimentales y las ciencias humanas. Los Reales Colegios de San Isidro de Madrid son el símbolo y concreción de la reforma de la enseñanza media del XVIII.

Los Reales Colegios, que fueron varios, algunos colegios sostenidos por aristócratas y los de las Sociedades Económicas de Amigos del País, constituyeron una primera red de enseñanza secundaria no religiosa, si bien restringida a zonas urbanas.

 

 

El profesor de Escuela de Gramática.

 

Para ser profesor de Escuelas de Gramática se requería pasar unos exámenes que consistían en tres partes:

Una prueba de latín, escribiendo sobre un tema, sacado por sorteo 24 horas antes, y que el candidato debía redactar en la biblioteca, contando para ello, a su disposición, con un escribiente y con los libros que deseara.

Una explicación de los fundamentos de su obra, respondiendo a las objeciones que le hicieran los examinadores.

Una defensa pública del tema y explicaciones, defendiendo unas conclusiones, y respondiendo a los argumentos propuestos por dos de los concurrentes.

El tribunal de estos exámenes era designado por la Corona de entre los individuos propuestos por el Consejo.

Al final de los exámenes de todos los candidatos, el tribunal proponía a los más dignos, hábiles y beneméritos, y el rey podía modificar la lista, dando los aprobados definitivos.

 

 

El libro de texto de las Escuelas de Gramática.

 

El libro de texto más usado en Escuelas de Gramática era Arte de la Lengua Castellana, de Antonio de Nebrija, hecho en 1492, pero era un libro desfasado e incómodo.

En 9 de febrero de 1771, el Consejo de Estado ordenó cambiar el texto, y se impuso el Arte Latino de Gregorio Mayans y Siscar[5], que resultó mucho más práctico que el de Nebrija. Mayans traducía las frases latinas al castellano para que el alumno tuviera su significado exacto. El texto de Mayans fue mal acogido y la Universidad defendió el de Nebrija “porque cambiar a un método diferente podía ser nocivo para el alumno”.

Los alumnos se pasaban a los colegios que daban el Nebrija, y Mayans fue denostado por los religiosos. En 1772, el Consejo de Estado permitió el Nebrija, que de hecho no había dejado de imponerse como texto.

 

 

PERSONALIDADES IMPORTANTES EN LA ENSEÑANZA.

 

En la enseñanza media del XVIII fueron destacables algunas personalidades:

Benito Jerónimo Feijoo Montenegro, 1676-1764, monje benedictino que daba clases en la Universidad de Oviedo y fue un gran crítico de la enseñanza tradicional escolástica, en la que quería introducir racionalidad y sensibilidad ante la experimentación. Ingresó en los benedictinos, orden de San Benito de Nursia, en 1690, a los 14 años de edad y fue a estudiar a Salamanca, donde conoció a los novadores. Sacó la cátedra de teología de Oviedo en 1709, a los 33 años de edad, y una vez en Oviedo, decidió acabar con muchas de las supersticiones que observaba. Denominó a sus artículos “discursos” en el sentido de que eran fruto de discurrir, de pensar, y empezó a publicarlos a partir de 1726 con el título de Teatro Crítico Universal, y Cartas Curiosas y Eruditas. Feijoo leía gran parte de su información en francés y ocurría que muchas veces no encontraba palabras para traducir términos científicos y los daba directamente en francés, sin traducirlos. Fue muy criticado por los enseñantes conservadores. Criticaba los métodos de la escuela escolástica por falta de experimentación, de realismo, y defendía el racionalismo, observación de la naturaleza y experimentación. Según Feijoo, el maestro sólo era el orientador y sistematizador del aprendizaje, además del controlador de la actividad del alumno. Lo que no podía ser nunca un maestro era el aleccionador de un alumno. El alumno debía desarrollar su inteligencia por sí mismo. Ahora bien, los alumnos debían ser seleccionados, pues no todos tenían la capacidad de un desarrollo intelectual profundo. Los alumnos poco dotados intelectualmente debían recibir únicamente una enseñanza elemental, y tras ella, una enseñanza de un trabajo manual.

Martín Sarmiento, o Pedro José García de Balboa, 1695-1772, marchó a Madrid en 1710 para a los 15 años de edad ingresar en los benedictinos, donde cambió de nombre para denominarse a sí mismo Martín Sarmiento. Estudió Artes en Irache, se doctoró en Derecho en Alcalá, y estudió Teología en Salamanca, para ser profesor de Teología en varios conventos benedictinos. Acabó en Oviedo, donde coincidió unos años con Benito Jerónimo Feijoo, que enseñaba teología en la Universidad. En 1725, Martín Sarmiento se marchó a Madrid, y allí se interesó por las lenguas románicas y por la botánica. Era contrario a la enseñanza exclusivamente memorística y también a los castigos corporales como método pedagógico. Defendió que la lectura y escritura debían enseñarse simultáneamente, y siempre en lengua materna. También defendía la conveniencia de actividades docentes fuera del aula y ámbito escolar, como él hacía con la botánica.

Lorenzo Hervás y Panduro, 1735-1809, estudió filosofía, teología y cánones en la Complutense, pero más tarde se interesaría por las matemáticas, astronomía, lenguas e historia, por lo que fue un enciclopedista. En 1760 se hizo sacerdote jesuita y fue profesor de colegios de la orden, destacando el año 1761 en que fue profesor del Seminario de Nobles de Madrid. En 1767 pasó a Italia con sus compañeros jesuitas, y se interesó por los idiomas, incluido el de sordomudos. En 1798 estuvo en Barcelona y se interesó por la historia. En 1802 fue desterrado y volvió a Italia. En sus obras, El Hombre Físico y La Historia del Hombre, defendía que la enseñanza debería incluir tanto aprendizaje de conocimientos, como desarrollo del raciocinio, que los estudios clásicos propios de su tiempo debían compaginarse con los científicos, que los maestros debían estar cualificados profesionalmente y que las escuelas elementales debían abarcar a todos los niños.

Por último debemos citar a Gaspar Melchor de Jovellanos defendiendo que la educación era básica para poder lograr el desarrollo de una nación y, por ello, todos los ciudadanos, y no solo las élites, debían ser educados. La enseñanza debía dar a conocer a Dios, al hombre, y a la naturaleza, y los programas de estudio debían encaminarse a cumplir con ese triple fin simultáneo, por lo que sugería estudiar moral cristiana, lectura y escritura; aritmética; dibujo; gramática del castellano y de otras lenguas; ciencias naturales; educación física.

 

 

 

 

[1] Maravall, Estado Moderno y Mentalidad Social.

[2] El Palacio de San Telmo, sede del Colegio de San Telmo, tiene una historia rica, pues fue Colegio de la Marina en el siglo XIX, residencia de los Duques de Montpensier a partir de 1844, Seminario Diocesano, y, desde 1989 sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía.

[3] Alejandro Ávila Fernández, La formación de Maestros de Primeras Letras en España y en Sevilla durante los siglos XVII y XVIII.

[4] Pedro José García Balboa, 1695-1772, en 1710 ingresó en la orden de los benedictinos y se hizo llamar Martín Sarmiento. En 1723-1730, coincidió con Benito Jerónimo Feijoo en Oviedo, y quedó entusiasmado por las cualidades de este hombre. Martín Sarmiento cultivaba la lengua, las lenguas románicas, y sobre todo el castellano y el gallego, pero ello no le impedía ser un experto en botánica y en medicina. Odiaba la superstición y la ignorancia. Amaba las tradiciones y la cultura popular.

[5] Gregorio Mayáns Siscar, 1699-1781, era natural de Oliva (Valencia) y su padre había luchado por el archiduque Carlos contra los Borbones. Estudió en los jesuitas y pasó a hacer Derecho a Valencia, donde encontró algunos novadores que le abrieron los ojos. En 1719 pasó a Salamanca y conoció a más novadores, entre ellos al helenista alicantico Manuel Martí, que le hizo leer autores latinos y griegos y descubrir el humanismo antiguo, así como autores españoles que le hicieron comprender que también había conocimientos en España, aunque poco difundidos. Propuso reformar el Derecho con menos Derecho Romano y más Derecho Hispano. Ganó la cátedra de Derecho de Justiniano en Valencia. Propuso reformar los estudios de grado medio enseñando en lengua vulgar, y no en latín, y enseñando autores clásicos latinos y griegos, y no autores cristianos. En 1730 tenía ya muchos enemigos en Valencia, y marchó a Madrid como Bibliotecario Real. En 1739 se retiró a Oliva, porque en Madrid tampoco tenía muchas amistades. Fernando VI le nombró Alcalde de Casa y Corte de Madrid, y le encargó un plan de enseñanza, que será el borrador de los proyectos diversos aparecidos en el XVIII.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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