ILUSTRACIÓN Y HUMANIDADES

EN TIEMPOS DE CARLOS III, 1759-1788

 

 

 

         ARQUITECTURA Y PINTURA.

 

Desde el punto de vista de las artes, hubo un impulso desde las élites, a fin de poner ante los ojos del público las ventajas del racionalismo y ello es constatable en la arquitectura y pintura de la época de Carlos III. Se impusieron reglas en el arte, lo cual fue denostado en épocas posteriores, porque se cortaba la inspiración individual en pos de la reglamentación, pero fue un avance importante en la época. Lo primero es saber qué hacer, y lo segundo es dar libertad a la inspiración individual. Las reglas dieron, de momento, paso al neoclasicismo. El resto se produjo después, y nada menos que con una figura como Goya.

 

 

La remodelación arquitectónica de Madrid.

 

Carlos III retiró en Madrid los pisos “volados” e impuso el corte de las fachadas “a plomo”, instauró alumbrado público con lámparas de aceite, mejoró el pavimento, mejoró los abastos, abrió calles amplias, decoró la ciudad con arcos de triunfo (puertas frente a estatuas como las puertas de Toledo, San Vicente y Alcalá), surtidores, árboles, y allanó el terreno en torno a la iglesia de San Jerónimo apareciendo en el lugar un jardín que se llamó el Salón del Prado. Proyectó las fuentes de Neptuno, Apolo y Cibeles, y el Paseo de la Castellana.

Era un fenómeno poco habitual en la historia de España que una ciudad construyera varias decenas de edificios insignes e hiciera remodelaciones urbanas de mucho calado en un plazo tan corto como cincuenta años. Esa fue la obra de dos arquitectos, Sabatini y Villanueva.

La Academia de las Tres Bellas Artes de San Fernando, redenominada en 1783 como Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, introdujo el neoclasicismo en España a partir de 1751. Cuando el Estado intervenía en la arquitectura, solía aparecer el gusto neoclásico. Pero también los particulares hicieron mucho barroco, un arte que gustaba al público en España.

El representante más claro del neoclasicismo es Ventura Rodríguez, 1717-1785 y sus obras más significativas son la Iglesia de los Filipinos de Valladolid, el Palacio del Infante don Luis en Boadilla del Monte y la fachada de la catedral de Pamplona. Aprendió el barroco de Juvara, Sachetti y Bonavia, y evolucionó al neoclasicismo en la iglesia de los Agustinos-Filipinos de Valladolid, la fachada de la catedral de Pamplona (1783) y el Palacio de los duques de Liria.

Junto a Ventura Rodríguez trabajará en Madrid, a partir de 1760, Francesco Sabatini, 1722-1797, un siciliano sobrino de Luigi Vanvitelli, arquitecto de Carlos VII de Nápoles (el que luego fue Carlos III de España), que estuvo construyendo el Palacio Real de Caserta. En 1760, Carlos III le llamó a Madrid y le puso a dirigir las obras de los Sitios Reales. Su obra fue prolífica y notable:

Concluyó el Palacio Real de Madrid en 1760-1764.

Proyectó el alcantarillado y empedrado de Madrid en 1761-1765.

Construyó la Real Casa de la Aduana (hoy Ministerio de Hacienda) en la calle Alcalá en 1761-1769.

Construyó el convento de San Pascual de Aranjuez en 1765-1770.

Remodeló la Cuesta de San Vicente en 1767-1777.

Añadió el ala sureste de Palacio Real a partir de 1772.

Añadió la mitad este del Palacio de El Pardo a partir de 1772, le dotó de una escalinata y del Patio de los Borbones. El Palacio de El Pardo se había iniciado como residencia de caza de los reyes en 1405 y fue un castillo de Enrique IV, con torres y foso. Carlos I de Habsburgo lo remodeló en 1547-1558 para hacerlo más habitable, pero se quemó en 1604 y fue reconstruido a partir de ese mismo año por Juan de Mora.

Reedificó el monasterio de Comendadoras de Santiago en Granada en 1773.

Construyó la Puerta de Alcalá de Madrid en 1774-1778.

Construyó la Puerta Real del Jardín Botánico de Madrid en 1774-1778.

Construyó la Puerta de San Vicente de Madrid en 1775.

Construyó la Casa de los Secretarios de Estado y Despacho (conocida como Palacio del Marqués de Grimaldi, y como Palacio de Godoy) en la calle Bailén, en 1776.

Finalizó la Real Basílica de San Francisco el Grande, la fachada (que habían hecho Francisco Cabezas y Antonio Pío) en 1776-1784.

Construyó el convento de San Gil en el Prado de Leganitos (luego Cuartel de Leganitos) para los franciscanos en 1786-1797.

Reconstruyó la Plaza Mayor de Madrid tras el incendio de 1790.

Construyó la Real Fábrica de Armas de Toledo.

Construyó el Cuartel de la Guardia Valona en Leganés (hoy Universidad Carlos III de Madrid).

Diseñó el Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid, cuya realización se debió a partir de 1780 a Francisco Balzaina. Por cierto, el monasterio contiene tres pinturas de Ramón Bayeu y otras tres de Francisco de Goya.

Construyó la Capilla de la Inmaculada (también llamada Capilla de Palafox) en la catedral de Burgo de Osma.

 

En Salamanca, José Hermosilla y Sandoval levantó en 1760 el plano del Colegio San Bartolomé y que luego fue conocido como Colegio Anaya y hoy es Facultad de Filología. Se aprovechó que el edificio había sido dañado por un terremoto en 1755. Le ayudó en las obras Juan de Sagarvinaga. José de Hermosilla, 1715-1776, fue arquitecto militar que aprendió un poco de arquitectura en las obras del Palacio Real y fue pensionado por Fernando VI en 1747-1751 para ir a Roma donde aprendió de Ferdinando Fuga. Luego volvió a las obras de Palacio Real entonces dirigidas por Juan Bautista Sachetti. Fue profesor de geometría de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1750-1768 construyó el Hospital General y de la Pasión (calle Santa Isabel de Madrid). En 1767 proyectó la ordenación urbana del Salón del Prado de Madrid, zona de Cibeles, Neptuno y Apolo.

 

Y en 1769 se le sumó a Sabatini otro gran productor de obras arquitectónicas, un neoclásico puro, sin elementos barrocos, Juan Antonio de Villanueva y de Montes, 1739-1811. Era hijo del escultor Juan de Villanueva y Barbados, y hermanastro del arquitecto Diego de Villanueva Muñoz, 1713-1774, el cual le dirigió hacia la arquitectura. En 1750 le metieron en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y en 1758 viajó pensionado a Italia y conoció Roma, Parma y Nápoles. En 1765 regresó a España y quiso conocer la arquitectura árabe de Granada y Córdoba, igual que había visitado la de Italia, y fue acompañado por José Hermosilla y Juan Pedro Arnal.

En 1769 recibió su primer encargo importante, la Casa de los Infantes y de la Reina en El Escorial, y los reyes quedaron satisfechos y le encargaron:

en 1771 la Casa de los Infantes en Aranjuez,

en 1772 la Casita del Príncipe en El Pardo,

y en 1773 la Casita de Arriba para don Gabriel en El Escorial, y la Casita de Abajo para el príncipe Carlos en El Escorial. El trabajo fue satisfactorio y en 1777 fue nombrado arquitecto del Príncipe y de los Infantes, título que le ponía al lado de Sabatini, el arquitecto del Rey. Los encargos ya no pararon en todo el resto de su vida:

1774-1781, Real Jardín Botánico de Madrid.

1785, Tercera Casa de Oficios en El Escorial.

1785, Gabinete de Historia Natural, que en 1814 se convirtió en Museo del Prado, considerado un edifico neoclásico puro, sin elementos barrocos de ningún tipo.

1788, Nuevo Rezado, sede en Madrid de la Real Academia de la Historia desde 1837.

En época de Carlos IV, Villanueva haría todavía más obras que en época de Carlos III.

 

En 1774 se incendió el Alcázar de Madrid y Filippo Juvara recibió el encargo de hacer un Palacio Real, para lo que proyectó un plano de 500 metros de lado, que luego caería en manos de Juan Bautista Sacchetti, que hizo un palacio más alto, más italiano que el proyectado por Juvara.

 

Junto a los grandes renovadores de Madrid estaba Ventura Rodríguez Tizón, 1717-1785, nombrado supervisor de las obras del Estado en toda España en 1766, por lo que supervisaba planos y proyectos, lo que da lugar a que se le atribuyan muchas obras que llevaban su firma de supervisión. Muchas de sus obras son barrocas. Se le atribuyen:

La Iglesia de los Agustinos Filipinos de Valladolid,

Real Colegio de Cirugía de Barcelona, 1761-1764

Ayuntamiento de Haro, 1759,

Proyecto de la fábrica de vidrio de La Granja.

Interior de la iglesia de San Isidro en Madrid.

Palacio de Liria en Madrid 1770.

Palacio de Altamira en Madrid 1773—1775.

Palacio del Infante don Luis de Borbón en Boadilla del Monte.

Palacio de la Mosquera en Arenas de San Pedro para don Luis de Borbón.

Capilla Real del convento de San Pedro de Alcántara en Arenas de San Pedro.

Colegio de San Ildefonso de Alcalá.

Palacio Municipal de Betanzos (La Coruña).

Diseño de la Plaza Mayor de Ávila.

Diseño del Hospital General de Madrid (actual museo Reina Sofía).

Diseño de la fachada de la catedral de Toledo.

Sagrario de la catedral de Jaén.

Retablo mayor de la catedral de Zamora, 1765-1766.

Ermita de San Nicasio en Leganés.

Casa de Baños de Las Caldas (Oviedo).

Sanatorio de Trillo (Guadalajara).

Cárcel de Brihuega (Guadalajara).

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Larrabezúa (Vizcaya) 1777-1784.

Palacio de Almanzora (Almería).

Acueducto de Noaín (Navarra), 1782.

Fachada de la catedral de Pamplona, 1783.

Monasterio de Santo Domingo de Silos (Burgos).

Proyectos de reforma de varias iglesias de las provincias de Almería y Granada.

 

 

La pintura en tiempos de Carlos III.

 

Las academias.

Tras el éxito de la Real Academia de las Tres Bellas Artes de San Fernando en 1752, en el último cuarto de siglo las escuelas de arte se multiplicaron:

La Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Carlos en Valencia, se creó en 1768.

En 1775 apareció una Escuela de Artes en Barcelona,

La Academia de Nobles Artes de Palma fue creada por la Sociedad Económica Mallorquina de Amigos del País en 1778 y su vida se prolongó hasta 1808.

En 1779 se creó una Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción en Valladolid,

En 1783 se abrió una Academia de San Carlos en México.

En 1783 apareció una Academia de Nobles Artes de San Hermenegildo en Lima.

En 1789 una Escuela de Nobles Artes en Cádiz

Y en 1793 se abrió en Zaragoza la Academia de San Luis.

Estas academias proporcionaban técnicos suficientes para pintar sedas, muebles, bronces, lozas y porcelanas de las Reales Fábricas. No dieron por sí mismas ningún pintor genial. Uno de sus trabajadores, Goya, se hizo genial pintando en contra de las normas de la academia. Los buenos alumnos recibían como premio un viaje a Roma y una beca por seis años para escuelas de pintura italianas.

Lo interesante de algunas de estas escuelas de Artes fue que las nuevas tendencias de la pintura serían temas de crítica a la sociedad, y de protagonismo de tipos populares. Con ello, los temas profanos desplazaban a los sagrados.

Antonio González Velázquez, 1723-1794, decoró el interior de Palacio Real de Madrid e hizo muchos cartones para tapices.

Mariano Salvador Maella Pérez, 1739-1819, era valenciano que estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y en 1757-1765 fue a Roma y practicó el neoclasicismo. En 1774 fue nombrado pintor de cámara y pintó frescos en los sitios reales y catedral de Toledo y catedral de Burgo de Osma, pero sobre todo hizo retratos y patrones para tapices. En 1808 fue afrancesado y en 1814 perdió su cargo.

 

Los pintores extranjeros.

Además de las academias, también Carlos III se trajo pintores extranjeros como Mengs y Tiépolo para que enseñaran sus técnicas en España.

Antonio Rafael Mengs, 1728-1779, era de Bohemia, de padre danés y vivió en Madrid de 1761 a 1771 trabajando en Palacio Real y Palacio de Aranjuez enseñando brillos de calidad de esmalte en la pintura, técnica con la triunfó e hizo muchos retratos a cortesanos. Volvió a España entre 1774 y 1776 y contrajo una tuberculosis. Contrató artistas para la Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, siendo contratados entre otros Ramón Bayeu, maestro de Goya, José del Castillo, y el mismo Francisco de Goya. Se marchó a Roma y allí murió pocos años más tarde. Influyó mucho en Bayeu, el maestro de Goya. Se le tiene por prototipo del neoclásico.

El italiano Giovanni Battista Tiépolo, 1696-1770, llegó a España en 1762 a pintar las bóvedas del Palacio Real y se quedó hasta su muerte en 1770. Se le considera el final del barroco.

Discípulo de Mens fue Salvador Maella, pintor de cámara de Carlos IV que también influyó mucho sobre Ramón Bayeu.

En general se trataba de una pintura en decadencia que pintaba grandezas del pasado como los frescos de la Cartuja de Granada o los de San Esteban en Salamanca.

Otra cosa diferente fue Francisco de Goya, 1746-1828, pero como diferente y enlace entre los reinados de Carlos III, Carlos IV y Fernando VII, lo trataremos más adelante.

 

 

Goya.

 

El pintor más destacado del XVIII español fue Francisco de Goya y Lucientes, 1746-1828. Nació en Fuendetodos (Zaragoza) y era hijo de un dorador llamado José Goya. Su hijo Francisco fue enviado a las clases de dibujo de la Sociedad Económica de Zaragoza. Entró luego en el taller de José Luzán, un pintor educado en Nápoles. Goya se presentó al examen de ingreso en la Academia en 1763, a los 17 años de edad, y en 1766 repitió, y suspendió las dos veces, y por fin se fue a Italia en 1770, con 24 años de edad, y ganó un premio en la Academia de Parma con la obra “Aníbal pasando los Alpes”. Cuando regresó a España obtuvo pequeños trabajos como el coreto de la bóveda de El Pilar, unas pinturas en la Cartuja del Aula Dei de Zaragoza y unas pinturas en la iglesia de Remolinos. En 1775 fue a Madrid y se casó con Josefa Bayeu, hija del pintor Bayeu, un pintor que trabajaba en la fábrica de tapices, y éste le introdujo en la fábrica y le dio trabajo pintando cartones para tapices. En este trabajo aprendió composición. Los primeros trabajos, “La Merienda” o “El Baile de San Antonio de la Florida”, son más bien pobres, pero en ellos se ve cómo evolucionaba hasta llegar al “Cacharrero”, “La Gallina Ciega”, “El Resguardo de Tabacos” y otros de 1780 en los que va perfeccionando su técnica. Es una pintura neoclasicista, en la que Goya buscaba caminos de libertad en la expresión individual. Goya aprendió sobre todo composición, uno de los aspectos más difíciles de la pintura. Pero no deja de aparecer un sentido crítico de la sociedad, pues a los temas cortesanos de siempre, Goya añadió temas sociales como el “Albañil herido”, el “Ciego de la Guitarra”, “La Boda”. En 1780 dio el salto a vivir de la pintura y ganar dinero cuando fue declarado pintor del rey, y entonces se le encargó la bóveda de El Pilar, un cuadro para un altar de San Francisco el Grande 1781, el retrato de Floridablanca de 1783. Todavía Goya no era gran cosa en la sociedad de su tiempo. El éxito le llegó cuando la condesa duquesa de Benavente y duquesa de Osuna, y María del Pilar Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo duquesa de Alba, le recomendaron a sus amigos y empezó a pintar retratos caros para la nobleza. En 1786 hizo el retrato de Carlos III. Había triunfado. Los temas tradicionales y los clientes tradicionales no habían desaparecido, y Goya no los desdeño: Pintó por encargo del duque de Osuna los cuadros de la vida de San Francisco de Borja de la catedral de Valencia, y por encargo del rey dos lienzos para el convento de Santa Ana de Valladolid. En 1789 recibió el título de pintor de Cámara de los reyes Carlos IV y Mª Luisa.

En 1790, a consecuencia de una enfermedad, le llegó a Goya la crisis de la sordera que le deprimió mucho. Ambos acontecimientos, el nombramiento de pintor de cámara y la sordera, le hicieron un pintor más expresivo y desgarrado. El símbolo de la nueva etapa de Goya son los Caprichos, publicados en 1799. Los Caprichos, llamados inicialmente por Goya “Los Sueños”, son 80 grabados a aguatinta, en los que se propuso ridiculizar usos, costumbres y creencias supersticiosas al estilo de la Ilustración. Cayó Godoy en esos días, y Goya retiró de la venta los grabados, pues temía a los conservadores. A partir de este momento, Goya representa la ruptura con el neoclasicismo amanerado y soso, y la apertura hacia el expresionismo, hasta llegar a la violencia y deformación de la figura en aras a expresar mejor lo que quiere decir el artista. Había aparecido el genio. En 1793-1799 hizo grabados entre los que destacan los 84 Caprichos, que le acarrearon una denuncia ante la Inquisición en 1799 al ponerles a la venta. Siguió haciendo retratos como La Tirana, la Duquesa de Alba con Cinturón Rojo, La Duquesa de negro y con mantilla, que era lo que daba dinero. En 1798 parecía estar curado de su enfermedad e inició una etapa de transición en su pintura, cuando el retrato es fabuloso, de extraordinaria calidad, y pintó las cúpulas de San Antonio de la Florida en Madrid, retrato de María Luisa, Familia de Carlos IV y la Condesa de Chinchón, esposa de Godoy en esos años, y también pintó la Maja Vestida y la Maja Desnuda (Pepita Tudó, la protagonista, era el amor de Godoy, aunque Godoy estaba casado con otra). Simultáneamente, Goya estaba pintando obras que le interesaban más artísticamente como La Casa de los Locos, La Cocina de las Brujas, Aquelarre, El Macho Cabrío, de 1798. En 1806 pintó la Señora de Porcel. En 1808, Goya, que vivía en Madrid Puerta de Sol nº9 4º2º, escuchó los gritos contra los afrancesados y los asesinatos en la calle, y huyó a su pueblo de Fuendetodos en Zaragoza y sólo regresó a Madrid cuando José Bonaparte ya se había instalado en la Corte, pero cambió de alojamiento yendo a vivir a la Quinta del Sordo junto al Manzanares. Es la etapa más interesante para los estudiosos de la pintura, pues aparece una pintura fantástica y delirante, precedente del expresionismo y del surrealismo. Allí hizo los 82 grabados Los Desastres de la Guerra de 1808, hechos entre 1810 y 1815 en técnica de aguafuerte, y los cuadros de la Carga de los Mamelucos y Los Fusilamientos de la Moncloa para el Gobierno de la Regencia sublevada contra José I. Como casi toda la intelectualidad española de interés, Goya fue un afrancesado. A la llegada de Fernando VII en 1814 seguía en Madrid como pintor de Fernando VII, pero ya era acusado de afrancesado. Siguió pintando retratos como el Duque de San Carlos del Museo de Zaragoza, la Duquesa de Abrantes, Munárriz. Pintó Las Majas en el Balcón, La Hija de Celestina, Los Herreros, La Aguadora, El Incendio, El Naufragio. También trabajaba en los grabados de sus Caprichos y sus Desastres. Entre 1815 y 1823 pintó los Disparates o Proverbios, grabados en aguatinta y aguafuerte (que no se publicaron hasta 1864, 18 ejemplares, y en 1877 los 22 definitivos). En 1817 pintó las Santas Justa y Rufina y en 1819 la Última Comunión de San José de Calasanz y La Oración del Huerto de la Iglesia de San Antón de las Escuelas Pías de Madrid. Y en 1819 se agravó su enfermedad. Fue cuando hizo los Disparates o Proverbios. Hizo las pinturas negras denominadas El Entierro de la Sardina, Saturno, Aquelarre y El Coloso. En 1820 con el triunfo de Riego pareció revivir, creyó que España evolucionaba al liberalismo, pero en 1823 se hundió moralmente al llegar de nuevo el absolutismo. En 1824, a los 77 años de edad, pidió licencia para tomar las aguas de Plombiers en Francia y se fue con su ama de llaves, Leocadia Zorrilla, y la hija de ésta llamada Rosarito Weis, fue a Burdeos, después a París, y volvió a Burdeos. Allí retrató a Moratín, Silvela, Muguiro, e hizo los grabados al aguafuerte, o litografías, de los Toros de Burdeos o Tauromaquia, intentando dibujar el movimiento. Murió en 1828 en Burdeos a los 81 años.

 

 

El vestido en el XVIII.

 

La capa era la prenda española por antonomasia, el distintivo de lo español. Era oscura, muchas veces negra, larga hasta las rodillas, y más larga todavía en el último cuarto del XVIII, cuando desapareció la golilla. Se llevaba encima de la chaqueta. El atuendo se complementaba con un sombrero de alas anchas, muy grande, con las alas retorcidas cada uno a gusto de su usuario. La cara se llevaba cubierta con una red, lo que hacía difícil identificar a la persona por su cara, aunque se hacía por su vestimenta, pues siempre era la misma a lo largo de años. En la cintura se llevaba una espada. La capa servía de abrigo, paraguas, colchón y mortaja. Fue la prenda recortada en 1766.

La golilla era una prenda de cuello introducida por Felipe IV en el XVII, para así evitar la proliferación de encajes y alzacuellos que hacían incómodo vestirse y comportarse. Era un alzacuellos de cartón, forrado de tafetán negro, que circunvalaba el cuello, y sobre el que se colocaba la valona, una gasa o tela blanca almidonada, que hacía ondas alrededor del cuello. La golilla fue abandonada por Felipe V, que no se encontraba cómodo con ella, y a raíz de ello fue abandonada progresivamente por los españoles, pero los letrados se resistían a dejarla pues era el símbolo de su cargo, y todavía quedaban algunas hacia 1789.

El atuendo común masculino de moda en el XVIII se denominaba “traje militar” y lo habían importado los borbones de Francia. Era muy complejo: tenía encima de la ropa interior, camisa o camisón, una chupa y unos calzones, generalmente del mismo color ambas piezas, y encima se llevaba una casaca de color destacado respecto a la chupa y calzones. La casaca, aunque podía abrocharse por delante, se llevaba casi siempre suelta, estaba abierta por detrás, subiendo los faldones, y por delante, abriendo mucho los laterales, a fin de mostrar la chupa y calzones. Encima se podía llevar una capa corta. Los calzones llegaban a medio muslo, se cerraban por delante por una portañuela rectangular, abrochada en los laterales. Los eclesiásticos predicaban en contra de la bragueta de los hombres de clases bajas (apertura vertical de los calzones) como más deshonesta que la portañuela. Los calzones, a partir de 1780, se llevaron muy estrechos, completamente pegados a la pierna, hasta el punto de que frecuentemente estallaban al sentarse. Las piernas eran cubiertas por medias de color. El zapato de principios de siglo era bajo, con tacón rojo, y hebilla muy grande en el empeine, y a fin de siglo se puso de moda el abotinado. En interiores, se llevaba peluca, y la costumbre era no llevar barba ni bigote con la peluca. En exteriores no se llevaba peluca, sino sombrero, a principios de siglo “a la chambery” (de pico muy agudo por delante), y más avanzado el siglo “a la prusiana” (con menos pico) y más tarde “a la beau veau”, y luego “a la suiza”.

La mujer vestía un “cuerpo” o corsé, encima del cual se colocaba unas enaguas, y por encima una basquiña o falda superior de muaré o tafetán de color oscuro, negro o morado. Delante se colocaba el brial, o delantal de lujo, con brocados y encajes de color claro. La cabeza la cubría con mantilla, blanca en verano y negra en invierno, o con red. Además llevaba cofias, cintas, flores y marruecas. Los zapatos iban bordados en oro, plata y sedas. Muy importante era el abanico, de cuya prenda cada mujer tenía docenas de distintos colores, que se usaban según temporada y acontecimiento social al que se asistía, e incluso para comunicaciones entre amigos (lenguaje secreto).

 

 

 

LA LITERATURA DEL ÚLTIMO CUARTO DEL XVIII.

 

La literatura de fines del XVIII muestra ante todo decepción, decepción por España, por la sociedad y por la política.

El ambiente de progreso científico habido realmente en tiempos de Carlos III, contrastaba con un ambiente generalizado de decepción y desesperación social. Los españoles esperaban algo más de los ilustrados, algo más que intentos de reformas siempre fracasadas, y estaban cansados de soportar la pobreza, la desigualdad, los privilegios de los estamentos afortunados. Esperaban que las reformas se convirtieran en realidades sociales y económicas, en comer un poco mejor.

En conjunto, se impuso la idea de que la literatura debía cumplir una función didáctica, difundir una ideología que rompiera con lo antiguo.

 

La sátira.

Quizás lo más destacable de la literatura española de segunda mitad del XVIII fue la sátira como forma de crítica a la sociedad española.

En 1760 se publicaron los Diálogos de Chindulza, de Manuel Lanz de Casafonda, con una sátira sobre el escaso saber de los colegiales.

En 1773-1774, José Cadalso y Vázquez de Andrade, 1741-1782 escribió Cartas Marruecas, obra tenida por un hito en la ilustración española, porque un supuesto viajero marroquí, llamado Gazel, criticaba las costumbres y defectos de los españoles. José Cadalso Vázquez y Andrade, 1741-1782, era hijo de un militar vasco casi siempre ausente de casa, y como su madre murió en el parto, fue educado por un tío jesuita, Mateo Vázquez de Andrade. Éste le envió a Francia, y desde allí visitó Londres y algunas ciudades de Italia y Alemania, e incluso Holanda, con el propósito de aprender idiomas, además de latín y griego antiguo que se enseñaban en España. En 1757, a sus 16 años de edad, ya dominaba esos idiomas y se le hizo regresar a España para ocuparse de su educación universitaria, para lo cual se le ingresó en el Seminario de Nobles de Madrid, regido por los jesuitas. Cadalso se llevó una gran decepción personal al ver el retraso económico y social de España, lo cual marcó el resto de su vida, dedicada a hacer ver a los españoles la realidad en que vivían. Mostró disconformidad con el nuevo colegio, y fue enviado de nuevo a París. Pero en 1761 murió su padre, y Cadalso volvió a España para tener un medio de vida, y en 1762 se hizo militar. En 1766 tuvo ocasión de contemplar la violencia absurda del populismo español, y quedó muy defraudado. Y a partir de ese momento su vida transcurrió escribiendo versos y sátiras y tratando de relacionarse con escritores españoles que sintieran como él. En Los Eruditos a la Violeta, intentó conciliar el nacionalismo y el internacionalismo, la tradición con el progreso. En Las Noches Lúgubres, trató sobre la fortuna, el hambre, la razón, la justicia, y se muestra pesimista. En Cartas Marruecas, 1774, describe las costumbres españolas modernas y antiguas en género epistolar entre el español Nuño y el maestro Ben Beley, y el joven marroquí Gazel, que está viajando por España, critica abusos de los políticos, muestra la inutilidad de los aristócratas y ridiculiza las pretensiones bélicas de los Habsburgo, mientras que alaba a los Borbones. Cadalso representa el ambiente de decepción social de los españoles, cansados de su pobreza y de la falta de evolución política que les habían prometido los ilustrados. Este ambiente crecerá durante todo el último cuarto del XVIII y se recrudecerá en el XIX. Murió en acción de guerra.

También la tendencia antiilustrada utilizó la sátira: Era el caso de Tomás Antonio Sánchez, 1723-1802, el cual era un religioso cántabro, de ideología muy conservadora y anticientífica, que estudio en la Universidad de Salamanca y fue catedrático de regencia de Artes. Perteneció a la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla, fue bibliotecario de la Biblioteca Real, estuvo en el Real Academia de la Historia en 1757 y en la Real Academia Española en 1763. Sus publicaciones tienen un valor muy secundario: en 1743, Catálogo de los Abades de la Insigne y Real Iglesia Colegiata de Santillana. En 1789, Carta de Paracuellos escrita por Don Fernando Pérez a un sobrino que se hallaba en peligro de ser autor de un libro, obra en la que satiriza las pedanterías literarias de su tiempo y habla contra los científicos ilustrados. También fue autor de Carta familiar al doctor Joseph Berní i Catalá. Hoy le valoramos por haber divulgado literatura medieval: en 1779, Cantar de Mío Cid. En 1780, obras de Berceo. En 1782, Poema de Alejandro Magno (Libro de Alexandre). En 1790, Poesías del arcipreste de Hita, libro de poco valor porque suprimió los pasajes en los que aparecía el sexo, que es lo más granado de la obra original.

Juan Pablo Forner, 1756-1797, profesor de Derecho en Salamanca, y luego Fiscal del Crimen en la Audiencia de Sevilla, representó la defensa de lo español y la contracrítica a los críticos que estaban surgiendo por doquier. Escribió El Asno Erudito para ridiculizar a Iriarte. En Los Gramáticos, historia chinesca, habla de educación, abusos de la escolástica, y frivolidad de la nobleza, y no se permitió su publicación. En Oración apologética contestó al artículo “Espagne” de Masson de Movilliers, publicado en La Nouvelle Enciclopedie, y defendió la política cultural de Floridablanca, elogió la ciencia española y condenó la ciencia que se hacía en el extranjero. La Oración apologética fue a su vez contestada por El Censor, afirmando que en efecto, en España nunca había habido ciencia ni técnica de altura. En Las Exequias de la Lengua Castellana hacía loa de los autores clásicos y crítica de los modernos, argumentando que éstos corrompían la lengua.

 

Las fábulas.

Por parecer entretenidas, en el siglo XVIII se vendieron bien las fábulas:

Tomás de Iriarte, 1750-1791, era canario y trabajó en La Orotava y en Madrid y escribió unas Fábulas Literarias hacia 1782, a las que añadió 67 apólogos. Es gracioso, un tanto irónico, ameno.

Félix María Samaniego Zabala, 1745-1801, originario de La Guardia (La Rioja), pero se sentía vasco y fue socio de La Vascongada, y escribió unas fábulas morales en 1781, para el Seminario de Vergara, copiando a Esopo, Fedro, La Fontaine, y John Gay, en total 157 fábulas en 9 libros publicados entre 1781 y 1784. Su idea era criticar a los políticos y los eclesiásticos, y fue condenado por la Inquisición y encerrado unos meses en un convento, del que salió gracias a las influencias sociales de su familia, que era noble. Tuvo controversias con Vicente García de la Huerta, con fray Diego González y con Tomás de Iriarte, el cual también publicaba fábulas.

 

 

La novela.

La novela fue quizás el campo donde mejor se reencontraron autores y público, porque la novela podía jugar mejor con los gustos y deseos de ambos. Porque los grandes autores ilustrados querían ensayos, informes, discursos, panegíricos, memorias, artículos de prensa… para poder aleccionar al público, y el público, al contrario, quería entretenimiento puro y duro.

En conjunto, en el último cuarto del siglo XVIII, se impuso la idea de que la literatura debía cumplir una función didáctica, difundir una ideología que rompiera con lo antiguo.

Pero también hubo, a fines del XVIII, mucha “infraliteratura” o literatura para analfabetos, que se escribía en forma de romances, almanaques, pronósticos, sátiras políticas. Se hacía en formas vulgares, plebeyas, despreciables. Los romances se hacían para cantos de ciego y eran desvergonzados e indecorosos en su mayoría, morbosos, aunque en medio de ellos pudiera recitarse algunos dedicados a la Virgen, los santos, supuestos milagros, almas aparecidas, según el público al que se quisiera mover a la limosna. Andalucía fue cuna de muchísimos romances. Los almanaques, además de señalizar las estaciones del año, y posiciones de la luna, hacían pronósticos adivinatorios de tipo astrológico, y la Iglesia los toleraba, cuando prohibía lo mismo en las clases medias y altas. Los pronósticos son dichos de tipo burlesco utilizados por muchos matemáticos que decían que despreciaban el género, pero los hacían. Los pronosticadores eran llamados “piscatores” y fueron denunciados por Campomanes en 1767. La sátira popular se dirigía contra el fanatismo y la superstición, contra los innovadores, contra los privilegiados, contra determinadas ideas religiosas contra los políticos, y era la contestación culta, en lenguaje soez, a la infraliteratura populista.

 

 

La venta de libros.

 

Pero lo que es evidente en las publicaciones españolas al empezar la segunda mitad del XVIII, es el progresivo abandono de la literatura religiosa tradicional. Hemos dicho más arriba, que en la primera mitad del siglo XVIII los libros se importaban del extranjero. La importación anual se elevaba a 350.000 libros de Venecia, 200.000 de Amberes y 100.000 de diversos lugares como Lausana, Ginebra, Lyon y París. También dijimos que la mayor parte de los libros eran de teología o derecho, pues la ciencia circulaba más en cartas personales e incluso de mano en mano. Y aún más, en el primer cuarto del siglo XVIII casi todo eran vidas de santos, sermones, tratados religiosos, elogios a clérigos, novelas cortas de escaso valor.

En la época de Carlos III muchas cosas habían cambiado: Entre 1784 y 1785 se publicaron 460 títulos, de los cuales sólo 160 eran vidas de santos, y los otros trataban de temas científicos, medicina, industria, comercio, filosofía, moral, historia, literatura, arte, música.

En la época de Carlos IV, entre 1790 y 1800 se publicaron 2.673 títulos, cinco veces más en cantidad, de los que 626 eran de religión; 543 de música y arte; 426 de literatura; 176 de medicina; 151 de historia; 147 de teoría literaria; 100 de física, química y ciencias naturales; 97 de geografía; 71 de filosofía; 67 de derecho; 67 de pedagogía; 40 diccionarios; 39 de agricultura; 37 de curiosidades; 35 de economía; 21 de industria.

Teniendo en cuenta que el público no compraba casi nada de más de ocho páginas, las publicaciones nos sugieren gustos de los autores de libros, o de la gente dispuesta a escribir determinados libros, más que los gustos del público.

Un género propio del siglo XVIII es la literatura de cordel. Consistían estas publicaciones en un pliego suelto, doblado varias veces, que hacía 8 páginas, y a veces, con dos, tres o cuatro pliegos se llegaba a las 16 o 32 páginas. Las páginas estaban atadas con un cordel y se vendían en la calle. Solían contener comedias de magia.

En este mundo de infraliteratura destacó Diego Torres Villarroel, 1694-1770, un pícaro de altos vuelos que hacía todo tipo de fechorías, pero triunfó con sus almanaques del “piscator de Salamanca”. En 1723 fue a Madrid a intentar medrar con engaños y supercherías, pero fracasó, y volvió a Salamanca. En Salamanca consiguió la cátedra de matemáticas, que llevaba vacante 30 años, sin saber matemáticas. En una de sus fechorías tuvo que huir a Burdeos y Portugal y fue tan “listo”, que en 1750 obtuvo una paga de jubilación de la cátedra de matemáticas que le sirvió para vivir sin trabajar. En 1754 se hizo sacerdote.

Los libros autorizados, y que corrían sin problema en el mercado, eran libros de rezos y devocionarios, cartillas de doctrina cristiana llamadas “catones” que eran utilizadas en el doble sentido de enseñar a leer al tiempo que se aprendían máximas del catolicismo integrista. Las tiradas eran cortas, de modo que los libros más famosos alcanzaban los 1.500 ejemplares. Excepciones fueron: el Discurso sobre el fomento de la industria popular, que alcanzó los 50.000 ejemplares; Teatro Crítico; El Eusebio, de Pedro Montengón[1], que alcanzó los 60.000 ejemplares entre las 1786 y 1787, y que era una novela de espíritu roussoniano. Eusebio era un niño de 6 años, que quedó huérfano al naufragar su familia en las costas de Estados Unidos, donde fue educado por los cuáqueros. Terminada su educación, pasó a Europa, donde describe los defectos de la sociedad europea inglesa y francesa. Por último pasa a España, donde sólo ve bandoleros y curas pedantes predicando, hasta que decide volver a los Estados Unidos.

Los libros de ciencias y artes fueron ganando títulos y ejemplares durante todo el siglo XVIII. En la primera mitad de siglo, eran entre el 15% de lo editado, frente a un 50% de libros religiosos. A final de siglo eran ya un 33%, y los libros religiosos habían bajado al 20% de lo publicado.

El libro del siglo XVIII ganó en calidad en cuanto a presentación, láminas, calidad del papel y encuadernación. Se empezaba a pensar en algo duradero y agradable.

 

Destacaron como impresores:

Joaquín Ibarra, 1725-1785, que comenzó su trabajo en Cervera, pero pronto pasó a Madrid a una imprenta en la que tenía 100 empleados. Llegó a imprimir cerca de 1.000 títulos. El papel que usaba era similar al satinado, la tinta era especial, de calidad, los caracteres modernos, y añadía grabados, viñetas y cabeceras.

Antonio Sancha, 1720-1790, se especializó en publicar clásicos en tamaño bolsillo, los cuales vendía por suscripción. Fue el hombre que vendió 60.000 ejemplares de El Eusebio.

Benito Cano.

Benito Monfort, 1757-1852, en Valencia.

Tomás Piferrer en Barcelona.

Vicente Antonio García de la Huerta, 1734-1787, publicó en 1785-1786 16 volúmenes de obras de teatro del XVII, en las que estaban las de Calderón y su escuela, y faltaban las de Lope de Vega y su escuela, lo cual fue polémico. Hizo tragedias, como Raquel, en las que describe los amores de Alfonso VIII con una judía. Sus tragedias se consideran prototipo del neoclásico.

 

 

El teatro ilustrado.

 

En 1765 se prohibió el auto sacramental porque la gente lo ignoraba, pasaba de él, perdía su sentido religioso y la iglesia en que se celebraba sólo se llenaba a la hora del sainete. Los neoclásicos estaban en contra del auto sacramental, al igual que se oponían a las comedias de magia. Pero los autos sacramentales seguían representándose privadamente en los conventos, con monjas que se disfrazaban de hombres. La comedia de magia se seguía representando en los palacios, salones y jardines de los nobles, también privadamente, donde se permitían todo tipo de inmoralidades sin en tener cuidado de la ley.

Leandro Fernández de Moratín, 1760-1828, fue el introductor de los valores sociales e ideas ilustradas intentando dar valor a la educación, la verdad, la razón, la justicia social. En 1787 viajó a París como secretario de Cabarrús y tuvo ocasión de comprobar el atraso cultural español viéndolo desde fuera, por lo que dedicó gran parte de su obra a criticar a los autores y las costumbres españolas. En la Derrota de los pedantes critica a escritores que considera de poca valía. En La Comedia Nueva satiriza a los autores teatrales españoles. En La Mojigata critica la educación de las jóvenes españolas. En El sí de las Niñas, critica la falta de libertad de la mujer española. En 1808 se hizo afrancesado, como casi todos los intelectuales de altura de su tiempo.

Era género de entretenimiento el sainete, el género que tenía más adeptos.

Ramón de la Cruz, 1731-1794, escribió unos sainetes que reflejaban la vida y costumbres de los españoles. Empezó como neoclásico, pero se pasó enseguida al género popular, tratando solamente de las clases bajas, majos, desocupados, petimetres, damiselas… perdiendo una magnífica ocasión de analizar la sociedad española en su conjunto. Moratín, Clavijo e Iriarte le atacaron por su excesivo populismo, pero el público asistía a sus representaciones y llegó a ser más importante el sainete de Ramón de la Cruz en el entreacto, que la comedia que se presentaba y por la que se pagaba.

 

 

   La Lengua Española

en el último cuarto del XVIII.

 

En 1771 se completó el trabajo de reglamentar el uso de la lengua española cuando se reguló el uso sintáctico de la frase con una Gramática Castellana. Ya desde 1742 se había intentado regular el uso escrito de la palabra, estudiar su etimología, fonética y ortografía, pero ahora se daba un nuevo paso estudiando las reglas de unión de las palabras en la frase.

Las nuevas regulaciones lingüísticas favorecían el uso del castellano. Los campos de trabajo eran el libro, el periódico y el aula de enseñanza. No era una tarea tan sencilla como pudiéramos imaginar desde un punto de vista ingenuo. Tenía muchas implicaciones:

La decisión de implantar el castellano significaba el retroceso de la hasta entonces lengua oficial de la enseñanza y de muchas publicaciones, el latín.

Con la relegación del latín a segundo plano, se relegaban lecturas y clases de escolástica, toda una forma de pensamiento que había dominado desde la Edad Media.

La Biblia se traduciría al castellano y ello implicaba la posibilidad de que cualquiera la leyese e interpretase, perdiendo los clérigos el monopolio de lectura e interpretación de la misma.

En la difusión de un estilo de hablar nuevo, se echaban abajo los sermones grandilocuentes plagados de citas incomprensibles para el público ordinario, y se creaban nuevos temas y nuevas formas de abordar la retórica, lírica y poesía.

Por tanto, había muchos inconvenientes a superar para renovar la lengua castellana, el español.

Los cambios se deberían lograr empezando entre las elites, pues las masas eran analfabetas. Se hicieron por difusión del periódico y el libro. Los libros eran caros. Un libro podía costar el equivalente al jornal de 40 días, lo que impedía que las clases medias-bajas tuvieran acceso a los libros. Inventaron la entrega por fascículos, dividiendo el costo del libro en muchos plazos, en la llamada literatura de cordel.

Pero además, los libros eran controlados férreamente por monopolios de impresión y por inquisidores. En 1762 y 1763 se eliminaron monopolios de impresión y también algunas tasas estatales a la difusión del libro. En 1768 se limitó el poder censurador de la Inquisición.

 

 

LA PRENSA DE FINES DEL XVIII.

 

De 1761 a 1790, aparecieron 129 periódicos. Aunque en círculos restringidos, las ganas de publicar y de leer eran grandes. Los problemas de la prensa eran varios:

En primer lugar, superar el control gubernamental. Este control era llevado a cabo por medio de la exigencia de licencias, correcciones, censuras y tasas. La solución pasaba por que los periódicos tuvieran su propio cauce de publicación, distinto al de las publicaciones que tenían que pasar por el Consejo de Castilla, el juzgado de publicaciones del Consejo, estando sometidos a la ley de 1785, modificada en 1788 en el sentido de poner más restricciones.

En segundo lugar había que conseguir mercado, y para ello era fundamental bajar los precios para los suscriptores. Había que bajar las tarifas postales, lo cual se logró mediante el franqueo concertado de 1762.

En tercer lugar, había que acabar con el misoneísmo, o aversión a las novedades, de las que se desconfiaba como posibilidades anticatólicas y anticulturales.

 

Desde 1661, y hasta 1663, se venía editando    La Gaceta de Madrid con el título de Gaceta Nueva. Esta publicación la hacía Fabro Bremundan con el capital de Juan José de Austria. Al principio era mensual, sin profundidad intelectual y sin espíritu innovador. En 1677-1680 volvió a salir con el título de Gaceta Ordinaria de Madrid, pero en 1680 murió el financiador y hubo una pequeña crisis. En 1684 retomó la obra Fabro Bremundam por su cuenta, también como Gaceta Ordinaria de Madrid, y la mantuvo hasta su muerte en 1690. En 1690 pasó a propiedad del Hospital General de Madrid, que la mantuvo poco tiempo y en 1696 pasó a manos de Goyeneche. A mediados del XVIII, tenía entre 40.000 y 50.000 lectores y en 1762, cuando la compró Carlos III, tiraba 62.000 ejemplares semanales. En 1778 decidió salir dos veces por semana, y en 1780, sacaba 137.000 ejemplares semanales. Se vendía los lunes por la noche al precio de doce cuartos, y el resto de los días al precio de 5 cuartos. Era informativa y publicaba los Decretos del Gobierno y otros documentos de Estado. Monopolizaba la información política.

En 1761 apareció El Duende Especulativo”, que escribía sobre la vida civil. Duró pocos meses.

En 1762 apareció El Pensador” publicado por José Clavijo y Fajardo. Desapareció en 1763, reapareció en 1767. Cada Artículo se titulaba “pensamiento” y era lo que hoy llamamos un ensayo de crítica social. Se publicaron 86 títulos criticando la sociedad española.

De estas fechas es El Escritor sin Título, de Romea y Tapia, quincenal.

En 1762 apareció la “Estafeta de Londres”, que era una crítica política, también de Nipho. Duró pocos meses.

En 1762, Nipho sacó el “Correo General de Europa” con temas de la agricultura en Europa y en España y crítica política. Duró pocos meses.

En 1763 apareció el “Diario Estrangero”, que era una crítica literaria de Nipho, que sólo tiró dos números con comentarios y resúmenes de obras de teatro. Nipho trató de continuar la misma idea en “El Hablador Juicioso y crítico imparcial”.

En 1763 se publicó “La Pensadora Gaditana” publicada bajo el pseudónimo Beatriz Cienfuegos, bajo cuyo apelativo creemos que se escondería un fraile.

En 1763, se vendía en Cádiz, en inglés, “Spectator”.

En 1765 apareció “El Belianis Literario”, un periódico satírico publicado por Juan López de Sedano.

También en 1765 apareció “El Semanario Económico”.

De “El Diario de Valencia” no conozco nada.

En 1766, apareció en Madrid “Diario Curioso Histórico Erudito”, pero fracasó ese mismo año.

En 1770, hasta 1771, Francisco Mariano Nipho inició una nueva aventura periodística con “El Correo General de España”, con protección estatal. Hablaba de la situación económica de los pueblos de España. En 1771 cambió el título a “Descripción General geográfica y económica de todos los pueblos de España en continuación del Correo General”.

Nipho no se quedó en los periódicos citados sino también intentó otros como “El Pensador Christiano”, “El Murmurador Imparcial”, y “El Bufón de la Corte”.

En 1772 apareció en Barcelona el “Diario Curioso Histórico Erudito.      A partir de 1773 “El Diario Curioso Histórico Erudito” publicaba en Barcelona reportajes sobre arte, ciencia, y discursos políticos.

En los años 1772-1777 hubo un paréntesis, en el que aparecieron pocos periódicos.

En 1777 “Semanario Económico”.

En 1778 “Memorias Instructivas”.

En 1781 apareció “El Censor” dirigido por Luis García- Cañuelo y Heredia, y Luis Marcelino Pereira. Denunciaba irracionalidades y arbitrariedades y defendía que los hombres podían cambiar la realidad y crear formas sociales más “naturales”. Criticaba a la nobleza, al clero, a los reaccionarios, la tortura, los mayorazgos, el despotismo ilustrado… y fue suspendido varias veces porque el clero, los jueces, las Universidades, los apologistas de las viejas costumbres y las instituciones, se sentían ofendidos. Tiraba unos 500 ejemplares. Desapareció en 1787, porque Cañuelo fue llevado ante la Inquisición acusado de jansenista, pues había criticado la religión de exterioridades y apariencias, la tontería clerical de cerrar los teatros, y a un clero “escrupuloso” para el que todo era pecado y a todos los hombres de ciencia les llamaba ateos.

En 1781 y hasta 1787, se publicó Correo Literario de España.

Cartagena tenía un “Semanario Literario y Curioso”.

El “Diario Pinciano”, 1787-1788, era gestionado por el sacerdote José Mariano de Beristáin en Valladolid.

También en 1781 apareció “El Correo Literario de la Europa” que trataba de artículos de ciencias, artes y oficios.

En 1787 apareció El Espíritu de los Mejores Diarios Literarios que se Publican en Europa, era bimensual y se publicó durante tres años y medio hablando sobre arte, literatura, economía. Lo dirigía Cladera.

En 1784 apareció el “Mercurio de España” que era una continuación del “Mercurio Histórico y Político” publicado desde 1738 hasta esta fecha.

En 1784-1808 se publicó El Memorial Literario”. Enciso dice que duró hasta 1791.

 

En 1785 se publicó la primera ley de prensa definiendo periódico como publicación no superior a 4 ó 6 pliegos.

 

En 1786-1788, Fray Pedro Centeno publicó “El Apologista Universal. Era un hombre culto y piadoso, pero ridiculizaba algunas publicaciones “literarias” de su tiempo que hablaban de religión y apoyaba las ideas de El Censor. Pedro Centeno fue acusado ante el Santo Oficio.

En 1786 se intentó completar la labor de El Censor, con “El Corresponsal de El Censor”, pero ya sabemos que El Censor fue cerrado en 1787. “El Corresponsal del Censor” de Santos Rubín de Celis, simulaba ser un conjunto de cartas enviadas a El Censor, donde se criticaban las prácticas extravagantes de algunas órdenes religiosas. Cerró en 1788. Era de crítica política

También en 1786 se publicó El Correo de Madrid, hasta esa fecha vendido como “El Correo de los Ciegos de Madrid”. Era liberal y atacaba a la Administración. Se publicó hasta 1791.    En 1786, se publicó el Semanario Literario en Cartagena, perdurando hasta 1789.

En 1787 apareció El Observador de José Marchena.

No se conformaron los críticos sociales con el cierre de El Censor, y en 1787 lanzaron “Cartas del Censor de París al Censor de Madrid”.

En otro plano, en 1787-1791 se creó El Semanario Erudito, de Antonio Valladares de Sotomayor, 1740-1814. Rescataba obras literarias del siglo de oro español. En 1816 reapareció un Nuevo Semanario Erudito. El Semanario Erudito atacó en su momento a los jesuitas. Intentaba propagar conocimientos de algunos sabios españoles.

En 1787, apareció también Gabinete de Lectura Española, que publicaba novelas pro entregas y duró hasta 1793.

En 1787-1788 se publicó El Diario Pinciano en Valladolid.

 

El Gobierno estaba fuertemente preocupado por la prensa, y en 1788, reguló las competencias de los traductores, redactores y censores de los periódicos, que debían hacer censura previa, y exigió licencia de impresión.

 

Y en 1788, El Apologista Universal continuaba la crítica política. E igualmente hacía El Filósofo Universal en 1788 y las Conversaciones de Perico y Marica de ese mismo año. Apoyaban las ideas de El Censor.

E incluso podemos incluir en esta labor aperturista El espíritu de los mejores diarios literarios que se publican en Europa, publicado entre 1787 y 1791.

El Diario de las Musas, 1790-1791, era de ideas liberales.

En 1790 apareció El Diario de Valencia.

 

El 5 de enero de 1790 se prohibió la circulación y curso de papeles sediciosos, y una Real Resolución posterior, de 1791, dentro de la política del cordón sanitario de Floridablanca, prohibió todos los periódicos y publicaciones excepto La Gaceta de Madrid, El Diario de Madrid y El Mercurio de España. Las nuevas publicaciones saldrían a cuentagotas y muy vigiladas:

 

En 1792 apareció el Diario de Barcelona que perduraría hasta el siglo XX.

También en 1792-1798 se publicó El Correo Mercantil de España y sus Indias.

En 1797 se publicó El Semanario de Agricultura y Artes.

En 1803-1805 se publicó Variedades de Ciencias, Literatura y Artes, publicada por Quintana.

 

 

 

MÚSICA EN TIEMPOS DE CARLOS III.

 

En los conciertos españoles, desde el XVI hasta el siglo XVIII había triunfado la música de órgano. Pero en el XVIII las influencias italianas desdeñaban la polifonía e introdujeron la monodia con acompañamiento musical. La primera música de este tipo se dedicó al culto, misas y actos de difuntos, fiestas de santos, cambiando el tiempo grave, reposado y sereno por un ritmo netamente popular. En ello estaban Antonio de Literes, Felipe Falconi, Francisco Corselli, José de Torres Martínez-Bravo, José de Nebra, Juan Pérez Roldán (del convento de las Descalzas Reales), Antonio Rodríguez de Hita (del convento de la Encarnación), el padre Soler 1729-1785 (de El Escorial), y varios organistas de catedrales.

En 1769 llegaron a España Boccherini y Manfredi, contratados por el infante Luis Antonio de Borbón, y con ellos llegó la música de cámara para conciertos de cuerda.

Luigi Rodolfo Boccherini, 1743-1805, era un chelista italiano nacido en una familia de músicos y bailarines que le enviaron a Roma a estudiar con Giovanni Battista Constanzi, hasta que la familia encontró trabajo en Viena y se fue con ellos. Regresó a Lucca en 1764, donde apenas ganaba para comer, y decidió juntarse con los violinistas Pietro Nardini, Filippo Manfredi, y Giuseppe Cambini para formar un cuarteto de cuerda que tocaba obras de Haydn y también del propio Boccherini, que se esforzó en componer. En 1768 abandonó el cuarteto, formó dúo con Filippo Manfredi y se fueron a París, donde en 1769 les contrató el infante Luis Antonio de Borbón y pasaron a España, componiendo Boccherini muchos cuartetos y quintetos de cuerda para los músicos del infante español. El infante cayó en desgracia y, en 1772, Manfredi se volvió a Lucca, pero Boccherini se quedó con su protector en Arenas de San Pedro (Ávila) y siguió trabajando. En 1785, el infante fue rehabilitado y volvió a Madrid, y Boccherini obtuvo becas de María Josefa Pimentel duquesa de Osma y condesa de Benavente y de Federico Guillermo II de Prusia (sin necesidad de ir a Prusia). En 1797 perdió los mecenazgos y pasó estrecheces hasta su muerte.

En 1767 entró al servicio de Carlos III Gaetano Brunetti, 1744-1798, violinista y compositor italiano que había llegado a España en 1760 y que divulgó en España la música de Luigi Boccherini y de Joseph Haydn. Siguió tocando para Carlos IV hasta su muerte.

Los instrumentos de moda en el XVIII, en las solemnidades públicas, eran el clarín, clarinete y trompa. También el oboe y la flauta tuvieron avances notables de uso en el XVIII.

La música de cámara era muy elitista, pero se popularizó en tiempos de Carlos III.

 

 

La guitarra.

 

La guitarra era considerada instrumento popular y, por ello, era rechazada por las altas clases sociales. Tuvo en el XVIII grandes intérpretes como Sors, Ramonet, Aguado, Huerta. Manuel García tocaba una guitarra de 7 cuerdas.

La guitarra clásica apareció en el siglo XVIII. En origen, en la Edad Media era una mezcla de laúd árabe y cítara grecorromana, instrumentos que evolucionaron en el siglo XV a la vihuela con seis cuerdas dobles y a la guitarra de cuatro cuerdas dobles. A principios del XVII se añadió a la guitarra la quinta cuerda doble y entonces se divulgó en España por encima de en cualquier otro país, porque en España se hacían guitarras baratas sin adornos. En el XVIII, Jacob Otto le añadió el sexto par de cuerdas, y a finales del XVIII se decidió que no hacían falta las cuerdas dobles y aparecieron las seis cuerdas simples, se reforzó la tapa armónica, se elevó el trastero, y con ello nació la guitarra clásica moderna.

Fernando Sor, 1778-1839, se formó en la escolanía del Monasterio de Montserrat (Barcelona), donde no se apreciaba la guitarra, pero Sors se dedicó a ese instrumento por su cuenta y fue autodidacta en guitarra, aunque no en música. Intentó vivir de la música en Barcelona y Madrid, pero no tuvo suerte. Triunfó en 1808, sirviendo a José I Bonaparte, es decir, era afrancesado, pero se tuvo que exiliar a París en 1814. Desde París hizo salidas exitosas a Londres y Rusia, presentando óperas y ballets.

Dionisio Aguado, 1784-1849, estudió música con Miguel García (el padre Basilio) y en 1825 se marchó a París, donde convivió con Sor y otros grandes músicos del momento. Escribió un método de enseñanza de la guitarra titulado Escuela de Guitarra, Madrid 1825.

Jaime Ramonet, ¿1790-1850?, era un ciego valenciano que fue a Madrid a tocar una guitarra de siete pares de cuerdas en la calle, siempre improvisando, y llegó a impresionar a músicos profesionales.

 

 

 

PROGRESO DE LA HISTORIA EN LA ÉPOCA DE CARLOS III

 

En 1773, Mably rechazó la idea de que los grandes hombres fueran los actores exclusivos de la historia y afirmó que, por el contrario, eran las costumbres y los gobiernos los que hacían historia. Gabriel Bonnot de Mably, 1709-1785, había estudiado en el colegio jesuita de Lyon y había intentado ser sacerdote, pero se retiró después de ser ordenado subdiácono. Creó un socialismo utópico basado en que la causa de la desigualdad social es la propiedad privada defendida por fisiócratas franceses y liberales ingleses. Defendió la revolución hacia la abolición de la esclavitud, supresión de impuestos indirectos, limitación del derecho a la herencia, eliminación de rentas de la tierra, establecimiento de máximos de propiedad agraria. El ideal social era la sociedad espartana, con propiedad comunal.

Por esa época, Edward Gibbon, 1737-1794, escribió en Inglaterra The History of the declive and fail of the Roman Empire (Decadencia y Caída del Imperio Romano), publicada en 1776-1788, y habló de un progreso continuo e irreversible de la humanidad, debido al progreso de los factores materiales y de la riqueza. Pero sobre todo, no partió de la idea de que los cristianos eran los buenos y los demás se habían limitado a perseguir a los cristianos, como hacía la historiografía de entonces. Gibbon se había hecho católico en 1753 y por ello había sido expulsado de Oxford, yendo a parar a Lausana (Suiza) donde un pastor calvinista le convenció de su religión y se pasó al calvinismo. Gibbon estaba analizando racionalmente las diferentes sectas cristianas. Por otra parte, tras un viaje a Roma en 1763 se quedó muy impresionado por las ruinas romanas y comenzó a estudiar la historia de Roma, llegando a conclusiones en aquel momento no toleradas, como que los cristianos antiguos eran intolerantes, proselitistas y fanáticos, dispuestos a morir en aras de una vida mejor en otro mundo, irracionales pues creían fácilmente en milagros, y de moral muy austera, pero dispuestos a asociarse con el poder para conseguir el poder. Y todas estas ideas las sacó, no de fuentes secundarias, sino buscando fuentes primarias, lo que daba mucho valor a sus nuevas aseveraciones.

Las obras de Mably y de Gibbon hicieron progresar el racionalismo en España y surgió un criticismo depurando textos, revisando tradiciones, cambiando métodos, desarrollando ciencias auxiliares de la historia.

Y se empezó a pedir que en historia se incluyera la totalidad del quehacer humano y no sólo los hechos políticos y los militares. Aparecieron secciones de Historia Sagrada, Historia Eclesiástica, Historia de la Cultura, Historia Económica, Historia Social. Se buscó en archivos y se publicaron documentos inéditos.

Ello puso en valor la obra de    Gregorio Mayans Síscar, quien había sido injustamente postergado en 1739 por criticar mentiras, absurdos y tonterías publicadas por académicos de historia como Francisco Javier Huerta y Vega. Mayans, que había coleccionado antigüedades, libros y documentos de la Historia de España y había censurado lo absurdo y lo meramente legendario, tuvo tiempo de conocer en su vejez las nuevas ideas que llegaban de Europa y coincidían con las suyas.

Juan Francisco Masdeu, 1744-1817, fue un jesuita italiano al servicio de Carlos VII de Nápoles, profesor en Ferrara y Ascoli, que había estudiado Derecho en Bolonia. A partir de 1781 publicó Storia crítica di Spagna e della cultura spagnuola in omni génere, preceduta de un discorso preliminare. En 1783, comenzó a traducir al español su obra de la que hizo 20 volúmenes hasta 1805. En 1826 la Inquisición la prohibió por regalista y galicana. No es una obra crítica, aunque criticó algunas leyendas y negó algunos mitos de la historia que Flórez había aceptado, y eso que Flórez había descartado ya muchos. Destacó la negación de los mitos sobre el Cid Campeador.

El catalán Antonio de Capmany Suris y de Montpalau, 1742-1813, tras unos años en la vida militar, en 1770 se dedicó a la historia y la literatura, empezando por publicar en 1770 Historia del Comercio y las Artes de la Antigua Barcelona, en 4 volúmenes. Reorganizó el Archivo de Real Patrimonio de Cataluña. En 1776 publicó Discursos Analíticos sobre la formación de las lenguas, donde opinaba que el catalán era una lengua muerta, anticuada y plebeya, desconocida para casi todos los catalanes. En 1777 publicó Filosofía de la Elocuencia. En 1786-1794, publicó Teatro Histórico Crítico de la Elocuencia Castellana. Sobre los catalanes, opinaba que eran la única sociedad dinámica en España, los únicos que trabajaban, pues los castellanos se caracterizaban por la ociosidad. En 1808 se declaró patriota y colaboró con el Gobierno de la Regencia desde la prensa conservadora como Gaceta de la Regencia de España e Indias, pero sus ideas anticastellanas le llevaron a enfrentamientos serios con liberales como Quintana. Murió víctima de la fiebre amarilla.

Juan Bautista Muñoz, 1745-1799, hizo una gran colección de documentos históricos y comenzó en 1791 una Historia del Nuevo Mundo (Historia de América) en varios volúmenes, llegando hasta Felipe II. Visitó Simancas, donde vio la utilidad del archivo para la época de los Austrias y decidió la necesidad de un Archivo de Indias.

 

 

LA CIENCIA ECONÓMICA EN ESPAÑA.

 

Curiosamente, en economía, los novatores españoles habían llegado tempranamente a las conclusiones de que el máximo de riqueza se producía en condiciones de libertad económica, sin intervención del Estado, y de que el precio idóneo se producía espontáneamente en el mercado, lo cual son ideas modernas perfectamente asumibles en la actualidad. Sin embargo, la economía liberal no fue el fuerte de los españoles de segunda mitad del XVIII.

A partir de 1762 se impusieron en España ideas fisiócratas, rompiendo de alguna manera con el mercantilismo anterior. En Europa, Gournay había defendido el laisser faire en la primera mitad el XVIII, Quesnay en 1758 había defendido el origen de la riqueza en el poder generativo de la tierra, y Nemours en 1768 expondría las ideas de la fisiocracia.

Los economistas españoles estaban muy preocupados por las causas de la decadencia de España, causas que centraban en los problemas económicos del comercio americano y en el malfuncionamiento de hacienda. Y llegaron a la conclusión de que para reconducir la situación había que introducir nuevas ciencias y técnicas. Sin embargo, la obra de Smith, producida en 1776 no fue muy aceptada. Los españoles fueron mercantilistas y fisiócratas durante el final del XVIII y principios del XIX, y muy raramente liberales. No habrá ningún autor de relevancia mundial español en esta época.

En 1762, Bernardo Ward escribió su Proyecto Económico, (fue publicado en 1779, el año de su muerte) por el que defendía que la agricultura era la base de la riqueza de las naciones, de la industria y del comercio, lo cual es la ortodoxia fisiócrata, y lo combinaba con ideas mercantilistas que enseñaban que la riqueza era la posesión de metales preciosos, los cuales se obtenían mediante una balanza comercial favorable. Ward recomendaba el uso de abonos en la agricultura, la extensión del cultivo del lino, cáñamo y moreras, criticaba los privilegios de la mesta y la prohibición de roturar tierras de pastos, así como la estructura de la propiedad agraria, opinaba que era más conveniente la propiedad directa de los trabajadores, oponiéndose a los gremios porque coartaban el libre desenvolvimiento de las artes y oficios, defendiendo la iniciativa privada en la industria y el comercio (aunque el Estado debía intervenir para protegerlos, en casos obvios), defendía la libertad de comercio, lo que implicaba finalizar con los estancos, abrir el comercio americano a todos los españoles, suprimir el monopolio de Cádiz, dar libertad de comercio de granos, suprimir tasas a los granos, suprimir las prohibiciones de exportar granos, y cuidar del dinero como instrumento de circulación de mercancías y de crédito.

En 1765, el Tratado de la Regalía de amortización, de Pedro Rodríguez de Campomanes, pidió reintegrar al mercado libre, las tierras de las iglesias, comunidades y otras manos muertas, en una mentalidad de acuerdo con las ideas publicadas por Quesnay en 1758.

Insistiendo en la misma tendencia, en 1771, Campomanes escribió su Memorial Ajustado sobre el establecimiento de una Ley Agraria. Este Memorial recopiló expedientes sobre la Mesta, arrendamientos agrarios, informes de Intendentes y propuestas de soluciones a los problemas agrarios reunidos hasta el momento. En él, proponía la prohibición de venta de terrenos fértiles a la Mesta y el establecimiento de cotos cerrados a la trashumancia, donde fuera posible una agricultura desarrollada y moderna. Era la defensa de la agricultura frente a la ganadería. Proponía la roturación de nuevas tierras, introducir innovaciones técnicas procedentes del extranjero, arrendamientos a muy largo plazo, sin límite en el tiempo. El tono del documento era más moderado que el usado por Olavide, pero de todas formas, el proyecto de Ley Agraria se enquistó debido a discusiones surgidas en la Sociedad Económica Matritense. Y no se retomaría hasta que Jovellanos se encargara del caso en 1790. En 1784 se publicó un adelanto de este trabajo de Campomanes.

Campomanes oscilaba en su pensamiento económico entre la fisiocracia y el mercantilismo: En 1774, el Discurso sobre el fomento de la industria popular, fue enviado a todos los obispos para que se lo remitiesen a los curas y a los conventos. Era una intervención del Estado en economía. Pero la artesanía se entendía como complemento necesario de la agricultura. En 1775, en el Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento, proponía cursos de formación técnica para tener artesanos.

En 1784 se creó en Zaragoza una cátedra de Economía Civil y Comercio para Lorenzo Normante Carcaviella, 1759- , el cual había ingresado en la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País en 1781. Como en casi todas las actividades de la Sociedades Económicas de Amigos del País, la cátedra de “Economía Civil y Comercio” era pública, libre y gratuita, y Normante hablaba del consumo como generador de riqueza.

Pero el ambiente español no era el adecuado para la nueva ciencia: La idea misma de enseñar economía escandalizó a un fraile capuchino llamado fray Diego José de Cádiz, el cual argumentaba que el lujo y la usura eran pecados, porque así lo había dictaminado la Iglesia, y en 1785 atacó a Normante. Normante se fue a Madrid en 1801, y no sabemos nada más de él.

En 1789 Valentín de Foronda empezó a escribir Cartas sobre los asuntos más exquisitos de la economía política, unos escritos en los que exponía teorías de François Quesnay. Foronda fue perseguido por la inquisición por sus teorías políticas. Teniendo en cuenta que La Riqueza de las Naciones se había publicado en Inglaterra en 1776 dando paso al liberalismo económico, España parecía un tanto atrasada en ciencia económica. Las ideas de Quesnay eran de 1758. Valentín de Foronda y González Echavarri, 1751-1821, perteneció a la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País y había viajado por Italia, Flandes, Gran Bretaña y Alemania, y había tenido ocasión de leer libros difíciles de encontrar en España. Sus ideas las plasmó en artículos de prensa que publicaba en Diario de Madrid, Diario de Zaragoza, Semanario de Salamanca, y en ellos hablaba de química, lógica, economía, política… es decir, de las novedades en el pensamiento europeo. A partir de 1788 publicó en El Espíritu de los Mejores Diarios, ideas plenamente liberales. Estas ideas hicieron que sus Cartas de 1789 fueran poco difundidas y fuera considerado subversivo.

En 1794, José Alonso Ortiz, 1755-1815, tradujo al español La Riqueza de las Naciones de Adam Smith. Tuvo que introducir algunas modificaciones en el texto para evitar la censura. Posteriormente, en 1796, Alonso Ortiz escribió Ensayo económico sobre el sistema de moneda papel y sobre el crédito público.

El informe de Jovellanos sobre el Expediente de la Ley Agraria llegó en abril de 1794. Jovellanos se había encargado de ese trabajo en 1787, un trabajo que había encargado Campomanes en 1771, como hemos dicho más arriba. El informe de Jovellanos fue aprobado por el Consejo de Castilla en 1795. Melchor Gaspar de Jovellanos, 1744-1811, era asturiano, colegial de Sal Ildefonso de Alcalá, magistrado del Consejo de Órdenes, que hacía un teatro moralizante y prerromántico, sátira de costumbres sociales, y daba muestras de un pensamiento económico a medio camino entre la crítica de lo antiguo y una apuesta decidida por lo moderno que se estaba produciendo en Francia e Inglaterra. Jovellanos era un conservador pero partidario de reformas en muchas facetas como la enseñanza, agricultura, derecho. Partidario de que la nobleza conservase muchos de sus derechos, entre ellos los mayorazgos, pero que perdieran algunos de sus privilegios.

Jovellanos defendía que el Estado no debería proteger tanto a la agricultura como remover los obstáculos que impedían su desarrollo hacia la modernización, las trabas que la tenían inmovilizada. Casi todo el informe se refiere a mejorar la producción agrícola, aunque exponga que para ello se deben mejorar el resto de los aspectos económicos y sociales de España. Criticaba los arrendamientos rústicos, los subarriendos, los desahucios, las rentas excesivas, el alza injustificada del precio de los granos, los problemas entre agricultores y ganaderos, los problemas entre propietarios y arrendatarios y los problemas de legislación. Criticaba a los gremios como retardadores del progreso, y no le gustaba el reparto de la propiedad agraria existente en España. También criticaba a la Iglesia en cuanto muchos regulares tenían actividades extrañas a la religión, y casi todos, órdenes y obispos tenían y acumulaban propiedades que muchas veces eran su preocupación esencial por encima de la pastoral.

Pero el final del siglo XVIII era mala época para reformas, debido a la revolución francesa de 1789 y el miedo a las revoluciones contra los propietarios, y el Informe Jovellanos no tuvo apenas repercusión legal en España de finales del XVIII y principios del XIX.

Las “Cartas Político-Económicas al conde de Llerena”, de León de Arroyal, empleado de Hacienda, escritas hacia 1786-1790, y a veces equivocadamente atribuidas a Campomanes y a Cabarrús, plantearon el problema de la relación entre política y economía, defendiendo que la libertad política es el resultado de la libertad económica y reclamando las reformas políticas y económicas precisas para que fuera posible el cambio hacia el desarrollo económico y social. Planteaba unos males políticos cuya solución era, según él, económica:     León de Arroyal, en sus Cartas, se planteaba cómo templar los abusos de un rey absolutista, y los de sus validos, y encontraba como solución la existencia de una “regla de gobierno” a la que atenerse, lo que hoy llamaríamos una constitución. Los males del absolutismo eran la lentitud burocrática, la multitud de organismos políticos, la actuación aislacionista de cada uno de los organismos políticos, ardientes defensores de sus jurisdicciones, que gastaban el tiempo en luchar contra posibles injerencias de otro organismo. Otro mal era la concepción Austria del absolutismo, con distintas leyes territoriales y locales, que sólo agravaban el mal antes dicho.

La solución a los males de la política española, según Arroyal, era imponer un impuesto proporcional a la riqueza, eliminación de privilegios, desamortización nobiliaria y eclesiástica, y desvinculación, creando un sistema que no dejara a los segundones en la miseria, sino que esos talentos fueran aprovechados por el Estado.

Los cambios que muchos españoles esperaban de los monarcas ilustrados, no llegaron. La petición de cambios era notable en tiempos de Godoy y, cuando Manuel Godoy los intentó, las críticas se volvieron contra él, que intentaba algún cambio parcial, pero no se atrevía con el fondo del problema.

Los economistas españoles de la transición entre el XVIII y el XIX fueron mediocres:

Ignacio Jordán Claudio de Asso y del Río, 1742-1814, abogado por la Universidad de Zaragoza, viajó por Europa en calidad de cónsul, y escribió en 1798 “Historia de la Economía Política de Aragón”.

El sacerdote Juan Polo Catalina, 1777- ?, se había doctorado en cánones y, cuando aprendió algo de economía moderna en la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, se había interesado por las leyes españolas sobre Consulados de Comercio y por la balanza de pagos de Aragón. Escribió en 1796 Máximas que conviene adoptarse sobre la balanza mercantil. Sustituyó a Lorenzo Normante como profesor en la cátedra de Economía Civil y Comercio de la Real Sociedad Económica de Amigos del País. Leyó a Adam Smith en estos años gracias a la traducción de Alonso Ortiz. En 1802 pasó a Madrid y en 1803 publicó Censo de frutos y manufacturas de España e islas adyacentes, con apoyo de Tadeo Calomarde. Fue diputado por Aragón en las Cortes de Cádiz de 1810. Pero lo más interesante de su obra no fue publicado hasta después de su muerte, y fue la metodología de recopilación de datos que utilizó Polo Catalina y que fue publicada con el título de Informe sobre las Fabricas e Industria en España. En esa obra trató de definir el concepto de industria, y afirmó que los artesanos no son consumo improductivo, como decía la fisiocracia, criticó a su maestro Normante por haber explicado doctrinas inútiles y de superficialidad despreciable, y explicó el cuestionario de datos que había utilizado para sus libros y la conveniencia de repetirlo cada diez o veinte años.

También Francisco Tadeo Calomarde sabía algo de economía e hizo estudios estadísticos sobre la producción triguera en Aragón. En 1803, el Censo de Frutos y Manufacturas, tenía muchos errores, pero abría el camino para planificar la macroeconomía del país.

 

 

Los proyectos de censo y catastro.

 

Pero el problema que era capital para todos los políticos españoles desde principios del XVIII, era conocer realmente la localización de las riquezas de España, a fin de poder pensar unos impuestos más justos, sin privilegios y más cuantiosos para el Estado. El censo es un recuento de población con localización exacta de cada individuo. El catastro es un recuento de fincas, urbanas y rurales, y su localización exacta y localización de sus dueños. Ese era el mayor afán en que se invirtió dinero y esfuerzos, y en que se puso a trabajar a los economistas:

El 7 de abril de 1766 se ordenó a todos los Intendentes informar sobre las riquezas agrícolas de su provincia y con esos informes se empezó a elaborar el Expediente General de la Ley Agraria, documento en el que surgieron muchas ideas renovadoras como el informe Olavide para Sevilla, el Informe de la Junta General de Comercio de 1770, el Memorial Ajustado de Campomanes en 1771, el Expediente de la Ley Agraria de 1777, y el informe de Jovellanos de 1794.

El Informe de Pablo de Olavide, intendente de Sevilla, tenía un pensamiento fisiócrata y pedía liberalizar el comercio interior, fomentar las ferias y mercados, mejorar el aprovechamiento de las tierras concejiles pasándolas a propiedad privada en lotes no muy grandes

El Informe de la Junta General de Comercio de 1770, de José Moñino, insistía en bases fisiócratas y proponía distribuir entre los agricultores las dehesas de propios y las dehesas de particulares.

En 1771, el Memorial Ajustado de Campomanes sugería un método para conocer las riquezas de España, pero el proyecto no progresaba y, en 1777, Campomanes pidió informes sobre el estado de dicho trabajo. En 1784 se cortó la fase informativa que estaba haciendo la Sociedad Económica Matritense, y se ordenó la redacción de conclusiones, pero éstas no llegaron hasta 1795.

El proyecto de conocer las riquezas reales de España fue un fracaso en el siglo XVIII.

Frente al proyecto oficial, cabe destacar la labor de Eugenio Larruga, 1747-1803. Este hombre provenía de letras, pues había estudiado cánones en Zaragoza y Gandía y había servido desde 1773 al marqués de la Compuesta ordenando su biblioteca. En 1778 abandonó la carrera eclesiástica y fue a Madrid, donde en 1788 publicó dos grandes trabajos: Manual histórico, cronológico y geográfico de todos los países, reinos, emperadores y reyes de Europa desde Jesucristo a 1787, libro de poco valor, y empezó a publicar Memorias Políticas y Económicas sobre frutos, fábricas, comercio y minas de España… que era un proyecto de conocer todas las riquezas españolas de su tiempo, y que tenía pensado escribir en tres series de libros. Sólo publicó 45 tomos de la primera serie, entre 1788 y 1800, quedando incompleta esa primera serie. El proyecto sobrepasaba sus posibilidades.

 

 

 

 

[1] Pedro Montengón Paret, 1745-1824, fue el segundo de 15 hermanos de una familia alicantina, que en 1759, a los 14 años de edad, fue ingresado en el noviciado de los jesuitas de Valencia. La Orden le envió a Tarragona, a Gerona donde estudió filosofía y a Onteniente como profesor de gramática. En 1767 fueron expulsados los jesuitas, decreto que no incluía a los novicios, pero Montengón fue incluido porque era profesor de un colegio de jesuitas. Llegado a Italia, empezó a escribir contra los aristotélicos y contra los métodos de enseñanza jesuíticos, y éstos lograron que se le desposeyese de su pensión de expulsado. Abandonó la orden en 1769, y Carlos III le premió con mejor pensión que la anterior. En 1786-1787 escribió Eusebio en 20 fascículos, cuatro partes de cinco fascículos cada una, libro que fue denunciado a la inquisición y hubo de reescribir en 1807-1808. En 1787 se casó, y desde entonces defendió el derecho de las mujeres a una educación igual a la de los hombres, en contra de lo defendido por Rousseau pocos años antes en El Emilio. En 1790-1800 vivió en Venecia y publicó varias novelas intrascendentes. En 1800 volvió a España, y en 1801 fue de nuevo expulsado por jesuita, lo cual sirvió para que se marchara a Nápoles donde vivió el resto de su vida.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *