ILUSTRACIÓN Y CIENCIA

EN TIEMPOS DE CARLOS III, 1759-1788.

 

 

 

Las Sociedades Económicas de Amigos del País.

 

En la difusión del saber, tuvieron mucha importancia las Sociedades Económicas de Amigos del País. La época de las Sociedades Económicas de Amigos del País por antonomasia fue de 1764 a 1786. Empezó con la Real Sociedad Bascongada. A los pocos años, cada población importante tenía su Sociedad Económica de Amigos del País.

En las Sociedades Económicas predominaban los eclesiásticos, pero también había burgueses y nobles. En general, tuvieron una vida lánguida y poco relevante. No debemos magnificar su significado histórico. Si en 1764 se creó la Sociedad Bascongada, que era la primera, y después se crearon otras muchas, también hay que decir que en 1786 ya se consideraba que no funcionaban correctamente, y Carlos III, en ese año, llegó a pedir un informe de cada una de ellas. Habían sido más bien un intento de poner al día a los socios de las novedades científico-técnicas que aparecían en Europa, y un medio de difundir informes económicos y demográficos. Algunas carecían de vida activa real, y sólo eran apariencia de modernidad. Pero algunas tuvieron iniciativas interesantes. Citaremos las más importantes:

 

La Real Sociedad Bascongada de Amigos del País fue fundada en 1764 en Bilbao por nobles educados en Francia, junto a un grupo de clérigos ilustrados. Fue ratificada por el rey en 1765. Quizás fue la única importante entre las de su género. En 19 de agosto de 1769, Carlos III concedió a la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País de Bilbao el Real Colegio de la Villa de Vergara que, tras la expulsión de los jesuitas en 1767, había quedado abandonado. A cambio de su protección, el rey mandaba que fuera un centro escolar de ciencias naturales, ampliable a otros estudios prácticos, que era lo mismo que pedían los de la Sociedad Bascongada.

Se encargó en 1775 a Antonio María de Munibe Areizaga (hijo del conde de Peñaflorida) y a Xabier José de Eguía, que estaban estudiando en París física y química, que buscaran profesorado para el Colegio de Vergara, y éstos consultaron con Lavoisier, con Louis Daubenton y con otros, y vieron la dificultad del encargo, por lo que acabaron contratando jóvenes promesas de veinte y pocos años: François Chabaneau[1] para física experimental, y Joseph Louis Proust[2] para química. Se montaron unos laboratorios con instrumentos comprados en Francia y en Inglaterra, y se compraron en España los productos químicos que los nuevos profesores demandaron. También se les proporcionó una biblioteca con las últimas publicaciones sobre química como: Lecciones de Phisica, del abate Nollet; Enciclopedie Sistemática de Diderot; Elements de Chimia, de Herman Boerhaave (París 1754); Plan del Curso de Chímica del profesor Otto Wilhelm Struve (Lausana 1774), y otros.

En 1776, la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País aprovechó el edificio del Colegio de Vergara para crear el Real Seminario Patriótico de Nobles de Vergara. Era un grupo especial de alumnos, escogido, un grupo de excelencia, como había sido costumbre hacerlo entre los jesuitas anteriormente con muy buen resultado.

El Real Colegio de Vergara impartía dos niveles de enseñanza: Enseñanza General y Enseñanza Superior. En los dos, mostraba interés por las ciencias modernas, típicas de Europa occidental y ausentes de España.

La Enseñanza General era una enseñanza primaria y media, donde además de las primeras letras, latín y humanidades, introducía las lenguas modernas, nociones de física experimental y de historia natural, dibujo, y otro capítulo de baile, música, esgrima y equitación.

En la Enseñanza Superior estableció estudios de comercio, química, mineralogía, metalurgia, arquitectura, agrimensura, y economía política. Para esta Enseñanza Superior era para la que la entidad necesitaba profesores y contrató en París, en 1778, a Chabaneau y a Proust, y también al español Juan José Elhúyar.

En 1787 abandonaría Vergara Chabaneau, y allí acabó la etapa mítica del Seminario de Vergara. Para entonces, el colegio tenía más de cien alumnos, desde los 24 que tenía en 1776, y eran ya unos cientos los españoles que conocían las nuevas ideas científicas europeas. A partir de 1787, el profesor más destacado de Vergara fue Gerónimo Mas, que explicaba matemáticas y, ante la ausencia de los profesores de química, pidió permiso para estudiarla él en París, regresando en 1789 con un programa de química orgánica y química inorgánica. Simultáneamente, en 1788 llegó a Vergara el sueco Andrés Nicolás Thunborg, que impartía mineralogía y metalurgia y estudió las tierras vascas en las que encontró óxidos y carbonatos de hierro, piritas, minas cupríferas, galena, cuarzo, espato islándico, minerales calizos, y habló de los hierros y aceros diversos que se podían obtener, y de un método de obtención del platino distinto del de Chabaneau (que era secreto de Estado). En 1791, Vergara tenía cátedra de matemáticas sublimes, y cátedra de matemáticas elementales. La actividad del Colegio de Vergara se prolongó hasta 1930.

 

La Sociedad Económica Matritense, de 1774, tenía unos socios que podían ser “residentes” (de Madrid) o “correspondientes” (de fuera de Madrid). Estaban organizados en comisiones de agricultura, industria, comercio, etc. Las comisiones se reunían una vez por semana. Tenían una directiva integrada por un director, un censor, un secretario y un tesorero, que no cobraban nada por ejercer el cargo, y debían publicar cada año una memoria de su trabajo, formar una biblioteca y fundar escuelas patrióticas.

 

La Sociedad Aragonesa de Amigos del País, creó escuelas de matemáticas, química, botánica, dibujo, flores, hilado al torno, y otras que enseñaban primeras letras y daban reparación técnica para niños que quisieran ponerse a trabajar en los ramos citados.

 

Hacia 1786 se había pasado la moda de la Sociedades Patrióticas y, aunque había muchas, carecían de fondos y estaban mal gestionadas. A lo largo de la época 1808-1814, desaparecieron casi todas.

 

 

 

 

PROGRESO CIENTÍFICO

DURANTE EL REINADO DE CARLOS III.

 

 

Política del Estado a favor de la ciencia.

 

El estado español de finales del XVIII estaba dispuesto a introducir las nuevas ideas científicas en España a toda costa. Para ello pensionaba a jóvenes que aprendieran en el extranjero. Lo que hacía falta era que los candidatos supieran idiomas y tuvieran un mínimo de formación en el tema. El caso más relevante y sugerente es el de los hermanos D`Elhuyar, apellido francés españolizado como Elhúyar. Pensionar a estudiantes para que hicieran teología en Roma o arquitectura, escultura o pintura en cualquier parte de Italia, no era raro. Lo nuevo es que se pensionara para estudiar ciencias, lo que se hacía en París, Londres, y otras ciudades europeas.

Fausto Fermín Elhúyar Zubice, 1755-1833, y Juan José Elhúyar Zubice, 1754-1796, eran hijos de Juan d`Elhuyar, un cirujano francés que en 1752 buscó fortuna en España. Empezó yendo a Bilbao como cirujano, pero pronto se dio cuenta de que el negocio estaba en Logroño, y en 1753 se trasladó a esta ciudad a producir aguardiente para la exportación. Sus hijos dominaban perfectamente el francés, y Juan deseaba que estudiaran con alto nivel, por lo que les envió a París en 1773-1777, donde obtuvieron nociones de matemáticas, química y ciencias naturales (historia natural como se decía en ese tiempo). Juan José tenía 19 años y Fausto 18. Con los estudios de química y ciencias naturales de París, eran candidatos a mejorar las ciencias en España.

En 1778, Juan José fue designado profesor de Mineralogía y Metalurgia en el Colegio de Vergara, donde estaba Chabaneau, catedrático de Química. Juan José traía una idea, desde su estancia en Suecia, de la existencia de un elemento nuevo, el wolframio, y lo descubrió junto a su hermano Juan José y junto a Chavaneau. Su labor como enseñante fue muy mejorable, pues pasaba más tiempo en el laboratorio que en el aula.

En 1781, los hermanos Elhúyar fueron pensionados para perfeccionar conocimientos en Europa en materias que le interesaban al Estado español, como la explotación de minas, las máquinas mineras y el conocimiento de la química. Carlos III pensionó a Juan José para estudiar Ciencias Metálicas en Europa, y la Real Sociedad Bascongada decidió pensionar a Fausto para que le acompañara. Estuvieron en Suecia con Torbern Olof Bergman, 1735-1784, en Upsala, y con Carl Wilhem Scheele, 1742-1786, en Köping.

En 1782, a Juan José se le acabó la beca regresó a España e inició sus clases en el Seminario de Vergara, pero no tuvo apenas alumnos, no fue popular porque pasaba más tiempo en el laboratorio que en las aulas, y abandonó el colegio en 1784. En 1783, Juan José Elhúyar anunció el descubrimiento del wolframio, sugerencia que le había hecho en Suecia Torbern Olof Bergman.

Fausto estuvo algún tiempo más por Europa visitando en Freiberg al profesor Abraham Gottlob Werner, 1750-1817, y luego visitó distintos centros de enseñanza de Austria, Hungría, Alemania.

En 1784, Juan José fue enviado a Bogotá a mejorar las minas de plata de la Mariquita, y estuvo allí hasta su muerte en 1796.

En 1785, Fausto Fermín fue enviado a México como Director General de Minas. No se trasladó inmediatamente a su destino, sino que se dirigió a Hungría en 1785 porque Ignar von Born, 1742-1791, había descubierto un método para la amalgamación de los metales nobles y lo quería aprender. Llegó a México en 1788 y permaneció allí hasta que en 1821 regresó a España, fue Director General de Minas en 1825, y se ocupó de las minas de Almadén, Guadalcanal y Riotinto. Murió en 1833.

Fausto, en México, tuvo como ayudante a Andrés Manuel del Río, 1765-1849, que había estudiado en Freiberg y en París con Lavoisier, llegó a México en 1795 y descubrió en 1801 el “plomo pardo de Zinopán” que hoy llamamos vanadio. Posteriormente, Andrés Manuel se pasó a la política y fue un líder revolucionario, pero abandonó la ciencia.

 

 

Progreso en Medicina.

 

En 1760 se abrió el Real Colegio de Cirugía de Barcelona. No era el primero, pues en 1748 se había abierto el Real Colegio de Cirugía de la Armada en Cádiz. Sería seguido de otros como el Real Colegio de Cirugía de San Carlos en Madrid en 1780, y los Reales Colegios de Cirugía de Burgos y de Santiago de 1799. Estos Reales Colegios impartieron títulos de cirugía y medicina, a partir de 1791, luego unificados en uno sólo, con la novedad de que rompían el monopolio de la Universidad en la expedición de títulos de medicina. La medicina estaba progresando al margen de la Universidad.

En 1762 se publicó Historia Natural y Médica del Principado de Asturias de Gaspar Casal Julián[3], con gran rigor científico en fisiología y anatomía. Ello se debió a que la disección del cuerpo humano dejó de ser considerada un sacrilegio. Casal relacionó la pelagra o mal de la rosa como él la llamaba, con la alimentación y, efectivamente, hoy sabemos que se debe a deficiencia de vitamina B3.

En 1780, Carlos III decidió que Madrid también tuviera un colegio de cirugía, Real Colegio de Cirugía de San Carlos en Madrid, y encargó el proyecto a Antonio Gimbernat y Arbós, 1734-1816, y a Mariano Ribas. En este caso, se traspasaba el ámbito de lo estrictamente militar y se encomendaba a los militares preparar cirujanos para la sociedad civil. El desafío a la Universidad era ya completo. Gimbernat era catalán y había estudiado en Cervera, pero estaba insatisfecho y decidió en 1758 irse al Colegio de Cirugía de Cádiz, donde se formó en la ciencia moderna. En 1763 había pasado a Barcelona como profesor de anatomía. En 1774, fue pensionado por el rey por cuatro años para estudiar en el extranjero, y estuvo en París, Londres, Edimburgo, y Amsterdam, con los mejores cirujanos del mundo del momento. En 1779 regresó a España y estaba preparado para un proyecto médico de enseñanza. Gimbernat pidió como profesores a los militares de Cádiz y Barcelona que conocía como idóneos, exigiendo que hubieran pasado por el extranjero tras sus estudios en España. También exigió un “artesano” que fuera al extranjero a aprender la fabricación de instrumental médico. Por todo ello, hemos afirmado que era un equipo de militares el que tenía que preparar médicos civiles.

Gimbernat, una vez instalado en Madrid, comprendió que la tarea era mucha, y quiso abrir colegios en Santiago de Compostela y en Burgos, pero eso significaba enfrentamiento con las Universidades de Santiago, Salamanca y Valladolid, las grandes, y también con el Protomedicato, y el proyecto fue un fracaso.

Los Colegios Militares, auténtica Universidad paralela, tuvieron mucho prestigio porque los alumnos mejores iban becados a París, Leyden, Bolonia o Londres, donde seguían ampliando conocimientos para España. A fin de siglo XVIII, el prestigio de estos médicos militares se había impuesto en toda España. El resultado no pudo verse de forma muy inmediata porque la guerra de 1808-1814, y la política de Fernando VII, no continuaron los proyectos de contacto con el extranjero y con el progreso científico.

En 1787, Valencia puso la primera cátedra de medicina clínica, gestionada por Félix Miguel.

En 1797 apareció en Barcelona el Real Estudio de Medicina Práctica, por obra de la Real Academia Médico Práctica. Fueron nombrados catedráticos Francisco Salvá Campillo y Vicente Mitjavila.

Francisco Salvá Campillo, 1751-1828, era un barcelonés que estudió medicina en Valencia y fue a trabajar con su padre, también médico, al Hospital de Santa Cruz de Barcelona. Salvá, conocía las teorías médicas austriacas de su época y se atrevió a hacer estudios críticos sobre Andrés Piquer y de Gerard van Swieten, al tiempo que estudiaba la viruela, el escorbuto y el tifus. Su alto prestigio, le hizo ser designado para la cátedra del Real Estudio de Medicina Práctica en la que trabajó hasta 1818.

Vicente Mitjavila i Fisonell, 1759-1805, estudió los daños del plomo y del tabaco en el cuerpo humano, y remedios químicos para la fiebre.

 

 

Progreso en Matemáticas.

 

En el reinado de Carlos III ya había un cierto nivel en matemáticas en España. Por ejemplo, Gabriel Císcar y Císcar, 1760-1829, aprendió matemáticas en la Academia de Guardias Marinas de Cartagena, y más adelante, como profesor, pasaba a sus alumnos conocimientos de aritmética, cosmografía y trigonometría esférica.

Desde 1763, el jesuita Antonio Eximeno Pujades, 1729-1808, que había aprendido lo básico en el Seminario de Nobles de San Ignacio en Valencia, enseñaba matemáticas en el Colegio de San Pablo y proporcionaba a sus alumnos unos apuntes de Matemáticas nunca publicados.

Sólo a final de siglo XVIII, en 1774, se publicó en España un libro que explicaba clara y abiertamente el cálculo infinitesimal o matemáticas sublimes, además de trigonometría y ecuaciones diferenciales. Lo hizo Benito Bails, 1730-1797, publicando Elementos de Matemáticas en 10 volúmenes en los años 1772-1797. El libro se utilizó como texto en muchos colegios de España, por lo que podemos decir que España había aceptado por fin la nueva ciencia, aunque con un siglo de retraso. Benito Bails fue todo un prodigio de las matemáticas: se educó en Perpignan, Toulouse, donde cursó Teología y Matemáticas, y en París, a donde llegó en 1754 dominando el español, francés, latín, italiano, inglés y alemán, además de las matemáticas. El embajador español Jaime Masones de Lima tuvo el buen olfato de contratarle como secretario, y en 1761 se lo trajo a España. Llegó lleno de optimismo, divulgando ideas ilustradas en el “Mercurio Histórico y Político” e inmediatamente simpatizó con los ilustrados españoles Campomanes, Aranda, Roda, Wall, académicos de la Historia, de la lengua, de las ciencias naturales… En 1763 fue nombrado catedrático de Matemáticas en la Real Academia de las Tres Bellas Artes de San Fernando, puesto que mantuvo hasta su muerte. En 1772 y hasta 1783, publicó Elementos de Matemáticas, en 11 volúmenes, en los que expuso el cálculo infinitesimal y la geometría analítica, y en último hizo un tratado sobre logaritmos que no se superó en muchos años. En 1776 publicó Principios de Matemáticas, en 3 volúmenes. También escribió Arquitectura civil, libro que fue imprescindible para los arquitectos durante mucho tiempo. Y además, como sabía idiomas, su talento fue utilizado para traducir obras de música y de medicina e higiene. Un personaje tan fabuloso no podía ser pasado por alto por la Inquisición, que le procesó en 1791, le encarceló y le confinó en Granada.

Para entonces, las matemáticas sublimes, o cálculo infinitesimal, ya no eran un secreto entre los matemáticos españoles y Agustín de Pedrayes Foyo 1744-1815, las estudió en 1762-1769 y, en 1766, fue Maestro de Matemáticas de la Real Casa de Caballeros Pajes, que luego se integró en el Seminario de Nobles de Madrid. Pedrayes había ido a Santiago de Compostela a estudiar filosofía, teología y leyes con un tío fraile, y se había inclinado por las matemáticas, de las que fue profesor en 1766, a los 22 años de edad. Sabía resolver las ecuaciones hasta cuarto grado y trabajó en resolver ecuaciones más altas, lo cual es imposible algebraicamente. En 1797 había sido premiado en París por la solución de un problema de ese tipo. En 1798, Gabriel Ciscar y Agustín de Pedrayes representaron a España en Francia en la comisión que debía establecer las unidades de medida de pesos, longitudes y capacidades, y que acordó que el metro fuera la diezmillonésima parte del cuadrante del círculo máximo terrestre medido en el ecuador.

En 1779 apareció en Valladolid la Real Academia de Matemáticas y Artes Nobles, la cual en el siglo XIX se transformó en Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción. En sus orígenes enseñaba matemáticas y dibujo.

Francisco de Villalpando, un fraile capuchino, publicó en 1779 ideas de Descartes, Malebranche y Leibnitz.

 

 

Progreso en Astronomía.

 

El saber en astronomía es una consecuencia de los progresos en matemáticas, pues sin los modelos matemáticos es imposible concebir el espacio exterior a la Tierra.

El 5 de junio de 1761 debía pasar Venus por delante del Sol, y el fenómeno fue descrito por el austríaco Christian Rieger, pero las condiciones meteorológicas no fueron buenas y la gente no estaba suficientemente preparada para esa observación. Pero el 3 de junio de 1769, Venus volvió a pasar delante del Sol, fue observado por muchos, y se hizo evidente el triunfo de Copérnico y Newton.

En 1776-1779, el jesuita Juan Andrés Morell, 1740-1817, catedrático de retórica de la Universidad de Gandía divulgó las ideas de Galileo.

A final del siglo XVIII, los hechos se habían impuesto por su propio peso, y los españoles se esforzaban por conocer la posición del meridiano de París en territorio español, hicieron puntos geodésicos en el Pirineo, en relación con otros existentes en Francia, y llegaron hasta Mallorca porque desde las montañas catalanas se ve Mallorca en días claros. Las circunstancias políticas impidieron que los resultados se publicasen hasta 1809.

 

 

Progreso en Física.

 

El siglo XVIII es importantísimo para la física. Podemos decir que la física nació en los siglos XVII y XVIII.

Anteriormente, la física era un estudio que se hacía en medicina para completar conocimientos médicos. Allí se estudiaba algo de mecánica, para instrumentos y también para entender el cuerpo humano. Cambiar ese estado de cosas, necesitaba echar abajo el aristotelismo, abandonar el interés por la esencia de los fenómenos, por el protagonista de cada fenómeno, lo cual llevaba a discusiones seculares que se alimentaban unas a otras sin resultados de avance en el conocimiento. Las distinciones entre materia y forma, entre potencia y acto, no sólo no servían para nada, sino que dificultaban el progreso.

La nueva física debía observar las variaciones observables en las cosas y averiguar cómo se producen y porqué. Limitarse a las observables, medibles y comprobables. La nueva física perseguía conocer cómo se engendran y destruyen las cosas. Hacia 1745 podemos decir que la física moderna había triunfado en Europa.

Juan Alfonso Borelli, 1608-1679, italiano hijo de españoles, empezó a aplicar las leyes de la mecánica a los fenómenos biológicos, lo cual era sumamente novedoso e impactante a fines del XVII.

Andrés Piquer Arrufat, 1711-1772, escribió su Física Moderna, un libro pobre y deficiente, pero abordaba el problema de la nueva física en España.

Antonio Ximeno Pujades, 1729-1808, del colegio de Artillería de Segovia, enseñaba a Newton, y lo mismo se puede decir de José Viera Clavijo, 1738-1813.

En 1755, la batalla por la física moderna estaba siendo ganada en España: el Seminario de Nobles de Calatayud importó material de laboratorio de Francia e Inglaterra. Lo mismo hizo la Universidad de Santiago en 1771.

 

 

Progreso en tecnología.

 

Agustín de Betancourt Molina, 1758-1824, llegó a ser temido por los inventores británicos, por su facilidad para captar la esencia de una máquina con sólo echarle un vistazo, a lo que seguía su divulgación en Europa. Era hijo de un negociante textil cuya familia, madre y hermana, diseñaban máquinas de hilar, y tuvieron éxito en 1778 con la de entorchar seda. En 1778 se marchó a los Reales Colegios de San Isidro de Madrid, a obtener los mejores estudios. Se hizo militar, y en 1783 recibió en encargo de supervisar las obras del Canal Imperial de Aragón y de hacer estudios para las minas de Almadén, lo cual le hizo interesarse definitivamente por las máquinas, empezando por diseñar un globo aerostático. Pero las máquinas estaban en París y en Londres, y en 1784 viajó a París y estudió en el Ecole National des Ponts et Chaussees y aprendió hidráulica y mecánica, al tiempo que observaba las máquinas existentes en Francia. Con estos conocimientos, marchó a Inglaterra en 1788 y allí observó la máquina de Matthew Boulton y James Watt y un telar mecánico (que pudo ser el de Cartwright), siendo capaz de trazar sus planos y enseñarlos en París. Con lo que había visto, mostró en 1792 una bomba eólica de aspirar agua. En España se dieron cuenta del potencial de este hombre, que levantaba planos de máquinas tras haberles dado un vistazo, y que hablaba latín, francés, inglés, y alemán, y le nombraron Director del Real Gabinete de Máquinas de Madrid, donde dejó maquetas y planos de casi todo lo que sabía. En 1793-1796 volvió a Inglaterra a seguir copiando máquinas, y así pudo presentar en París en 1795 una memoria sobre la fuerza expansiva del vapor, y en 1797 presentar un método para fundir cañones de hierro y barrenar el ánima, y un plano de una draga mecánica. Se convirtió en el terror de los ingenieros británicos. En 1796 volvió a París y se asoció a Breguet para presentar un telégrafo óptico, y en 1797 se asoció a Perier para presentar una prensa hidráulica industrial. En 1797 fue nombrado en España Inspector General de Puertos y Caminos, y en ese cargo realizó el telégrafo óptico Madrid-Aranjuez, con estaciones en Buen Retiro, Getafe, Valdemoro y Aranjuez. En 1802 se fundó la Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, y Betancourt fue nombrado Director. En 1807 se fue a San Peterburgo, y como empezó la guerra en España en 1808, se quedó en Rusia mejorando puentes, modernizando la fabricación de armas, construyendo una draga, excavando un canal, planificando el abastecimiento de agua, fabricando papel moneda… y se convirtió en todo un personaje en Rusia.

 

Progreso en Química.

 

La química estaba evolucionando desde el siglo XVII cuando empezaron a necesitarse nuevos términos para nuevos conceptos. Algunos de estos términos, ya en uso desde el siglo XVII eran:

Vitriolo era el sulfato de hierro y azufre.

Álcali eran óxidos, hidróxidos y carbonatos alcalinos.

Flogisto era el oxígeno.

En el último cuarto del siglo XVIII cambió el panorama de la química española por muchas circunstancias: los estudiantes empezaron a salir al extranjero a estudiar química, medicina, física…, algunos profesionales extranjeros vinieron a España, y se tradujeron libros extranjeros fundamentales.

En noviembre de 1778, François Chabaneau, 1754-1842, inició su curso escolar de física experimental en Vergara, y explicó su programa[4] durante ocho años. Francisco Chabaneau, era francés y había estudiado teología, pero abandonó esos estudios para dedicarse a los de matemáticas, de los que era profesor en 1770, a los 16 años de edad. Entonces estudió física y química, y encontró a un grupo de españoles que necesitaban repaso de las clases y clases de francés, que fueron sus compañeros. En 1778, la Universidad de Vergara contrató a Proust, Chabaneau y Elhúyar para química, metalurgia y mineralogía. Chavaneau pasó más tarde a Madrid y en 1787 trabajaba en el platino y era director del Laboratorio de Química Metalúrgica de la Real Escuela de Mineralogía de Madrid.

En 1779 llegó Joseph Louis Proust, 1754-1826, a Vergara, y se puso a preparar el laboratorio y el programa[5], por lo que no empezó las clases hasta fines de año. Proust pasaba muchas horas en el laboratorio y faltaba a las clases, por lo que fue despedido en 1780, poco después de iniciar el segundo curso. Se hizo cargo de la cátedra de química Chabaneau, que descubriría el método de obtención del platino.     Proust, era una gran figura de la química, pero influyó poco en España porque era retraído, poco sociable y no gustaba de aprendices a su alrededor. Aunque descubrió la ley de las proporciones definidas en las reacciones químicas, ello no tuvo repercusión apenas entre los españoles.

En 1787 se abrió el Laboratorio de Química Metalúrgica en Madrid. Era una redenominación del Laboratorio Metalúrgico o Casa del Platino, creada en 1752 para Antonio de Ulloa. Lo sufragaba la Secretaría de Hacienda. Chabaneau pasaba en 1787 de Vergara a Madrid, y su método de obtención de platino quedaba como secreto de Estado.

En 1787 se abrió el Laboratorio de Química General o Real Escuela y Laboratorio Chímico, puesto en manos de Pedro Gutiérrez Bueno, 1745-1822. Era sufragado por la Secretaría de Hacienda. En 1799 se integró en Metalurgia y Química Aplicada. Gutiérrez Bueno había estudiado en los Reales Estudios de San Isidro y se había hecho boticario. En 1799 le sustituyó Louis Proust en el Laboratorio de Química General. Gutiérrez Bueno pasó a explicar química en el Colegio de Cirugía de San Carlos de Madrid a partir de 1801.

En 1788 se abrió el Laboratorio de Química Aplicada a las Artes, sufragado por Secretaría de Estado, en una dependencia del Real Almacén de Cristales de la Corte, y fue puesto en manos de Domingo García Fernández encomendándole que abriera una escuela pública.

A partir de 1791, Juan Manuel de Aréjula, 1755-1830, médico y boticario en el colegio de Cirugía de Cádiz, introdujo la nomenclatura química de Lavoisier, Fourcroy, Guyton de Morvaeau y Berthollet.

 

 

Progreso en Historia Natural

(Ciencias Naturales).

 

Tras la aparición de la primera oleada de estudiosos de las Ciencias Naturales producida hacia 1750, en el último cuarto de siglo XVIII se produjo la irrupción definitiva de ese grupo de saberes científicos:

En 1771, Pedro Franco Dávila se hizo cargo del proyecto de un Real Gabinete de Historia Natural, proyecto fracasado en 1752-1755, y esta vez el Gabinete fue abierto al público en 1776. El ecuatoriano Pedro Franco Dávila no era un intelectual de altura, sino que poseía colecciones de flora y fauna, las cuales había intentado vender varias veces al Estado, y al fin las cedió en 1771 a cambio de ser nombrado director del futuro Real Gabinete de Historia Natural. A la donación de Franco Dávila se sumó el Tesoro del Delfín y la colección de láminas del neerlandés Johannes la Francq von Berkheif en 1785 colecciones a las que se situó en el segundo piso del Palacio Goyeneche de Alcalá 13 de Madrid (conocido por ser sede de la Academia de Bellas Artes de San Fernando).

En 1785 se decidió dotar al Real Gabinete de Ciencias Naturales de edificio propio y se encargó a Villanueva un edificio, pero la nueva sede fue destinada a partir de 1815 a Real Museo de Pinturas (hoy Museo del Prado).

En 1785, José Clavijo defendió las ideas de Buffon sobre zoología.

En 1786 se inició un proyecto de catálogo de flora y fauna españolas a cargo de Eugenio Izquierdo, José Clavijo y el dibujante Bautista Bru. El Gabinete de Historia Natural de Madrid llegó a ser un centro puntero en Europa y a las enseñanzas de física, química y botánica, añadió las de geología y mineralogía.

En 1815 se juntarían el Real Gabinete de Historia Natural, el Real Jardín Botánico, el Real Laboratorio de Química, el Real Estudio de Mineralogía, y el Real Observatorio Astronómico, para constituir el Real Museo de Ciencias Naturales, del que se desgajaría más tarde el actual Museo Nacional de Ciencias Naturales.

Ignacio Jordán de Asso del Río, 1742-1814, estudió en 1779, gracias a las doctrinas de Perhr Löfling, la flora peninsular y el Jardín Botánico de Madrid fue una de las mejores colecciones de plantas del mundo. Tras una expedición por Teruel, publicó en 1779 Synopsis stirpium indigerarium Aragoniae. Tras otra expedición por Huesca, publicó en 1781 Mantissa. En 1783, visitó de nuevo el Pirineo aragonés para buscar minerales y fósiles y publicó en 1784 Introductio in Oritographiam et Zoologíam Aragoniae. Regaló sus colecciones de plantas y minerales a la Sociedad Económica de amigos del País de Zaragoza. También se interesó por los naturistas anteriores a él y en 1801 publicó Discurso sobre los naturalistas españoles.

En 1778, Juan Manuel López Azcona publicó Bibliografía de Minería, Metalurgia y ciencias afines y con esta publicación podemos dar por empezadas las ciencias naturales en España.

Uno de los capítulos más difíciles de explicar era la sismología, o la ira de los dioses en el lenguaje de los antiguos, y se sustituyó a los dioses por explosiones ocasionadas por el fuego a grandes profundidades.

Christian Herrgen 1765-1816, fue un geólogo alemán que en 1791 fue contratado como profesor de mineralogía en la Real Escuela de Mineralogía dirigida por Francisco Chabaneau. En 1792-1798 tradujo del alemán al español la Orictognosia de Johann Friedrich Wilhem Widenmann, 1764-1798. En 1797 se cerró la Escuela de Mineralogía de la calle del Turco de Madrid (hoy calle Marqués de Cubas), y en 1798 se abrió para Herrgen un Real Estudio de Mineralogía, manteniendo así su cátedra. En el Real Estudio de Mineralogía se impartía orictognosia (estudio de los fósiles), mineralogía (estudio de los tipos de minerales), y geognosia (estudio de la estructura y composición de los minerales). Herrgen se especializó en geognosia, dejando los otros campos a su alumno Jacobo Martín Párraga. En 1799-1804 se publicó la revista Annales de Historia Natural, gestionada por Christian Herrgen, Antonio José Cavanillas, Louis Joseph Prouts y Domingo García Fernández. Herrgen fue sucedido en la cátedra en 1816 por Donato García.

En 1781-1801, estuvo en América Félix Azara Perera, 1742-1821, militar formado en la Academia de Barcelona, el cual había sido designado para resolver la cuestión de los límites entre España y Portugal en Sudamérica. A pesar de su poca preparación en zoología, anotó los animales que se encontró en Paraguay y Río de la Plata utilizando un libro de Buffon y, a veces, los confundió con especies diferentes, pero la revisión de los datos que dio fue motivo para que se descubrieran unas 200 especies nuevas.

En 1783, se hizo la expedición botánica de José Celestino Mutis y Cosio, 1732-1808, era un gaditano que estudió medicina y cirugía en el colegio de Cirugía de Cádiz, y luego se licenció en medicina en la Universidad para obtener el título, y pasó a Madrid a explicar anatomía en el Hospital General. En 1763 propuso ir a Nueva Granada a investigar sobre plantas que pudieran ofrecer medicinas nuevas. Se hizo sacerdote y estuvo en distintos destinos. En 1783 se le aceptó la expedición botánica a Colombia y Ecuador, en la que le acompañaron Francisco José de Caldas, Fray diego García, Eloy Valenzuela, y los dibujantes Salvador Rizo y Francisco Javier Matís. La colección de plantas fue llevada al Real Jardín Botánico de Madrid. Mutis aprovechó su estancia en América para recoger vocabulario de las lenguas anchagua, arauca, ceona, guama, guaraní, mosca, otomaca, taparita, yarura y huaque.

En 1785 regresó de Perú el médico francés Joseph Dombey, 1742-1793. Había estudiado medicina en Montpellier en 1767 y había sido comisionado por el Gobierno francés en 1777 para una misión científica en Perú, en la que recogió hierbas, estudió aguas minerales, y buscó minerales. Cuando regresó a Cádiz en 1785 con muestras de unas 1.500 plantas, encontró la agresividad contra él del español Casimiro Gómez Ortega, el cual quería publicar un libro sobre flora y temía ser anulado por las noticias que traía Dombey. Sus muestras pasaron al Museo Real de París.

En 1785, Carlos III y José Moñino conde de Floridablanca, decidieron levantar un edificio para Universidad de Ciencias de la Naturaleza, según proyecto presentado por Ensenada en 1747, y se encomendó a Juan de Villanueva, 1731-1811, que lo denominó Museo Academia de Ciencias, y se conoció como Academia de Ciencias y también como Palacio de El Prado (y que hoy alberga al Museo del Prado). El edificio estuvo terminado en 1792. La Academia estaba pensada sólo para expertos, para investigadores, cuya principal misión era planificar la enseñanza y difusión de las ciencias en España.

 

 

El importante papel de las academias militares.

 

En 1763 se abrió la Academia de Artillería en Segovia, y entonces cerraron las de Barcelona y Cádiz. Segovia “ficharía” al profesor de química Proust, tras ser éste expulsado de Vergara.

A partir de la expulsión de los jesuitas en 1767, éstos, que habían dominado los Estudios Reales y el Seminario de Nobles de Madrid, perdieron su influencia sobre gente de posición alta en el Gobierno. Este hecho fue importante para que, poco después, las escuelas militares se libraran de profesores eclesiásticos y escogieran como profesores a militares no condicionados tan directamente por las prohibiciones religiosas. Cádiz, Murcia y Segovia fueron nuevos arietes en pro de la ciencia moderna.

Las universidades tradicionales se resistieron a evolucionar, y siguieron explicando la lógica, física y metafísica aristotélicas, incluso cuando los médicos demandaban física, química, botánica, matemáticas y mecánica. El reducto del conservadurismo radicaba en las Facultades Mayores, como Teología y Derecho Canónico.

Muchos de los que destacaron como científicos, procedían de academias militares:

Vicente Tofiño de San Miguel, 1732-1795, fue un militar gaditano, profesor de matemáticas en la Escuela de Guardiamarinas de Cádiz, aficionado a la astronomía en los años 1783-1777, afición por la que se le encargó en 1783 un Atlas Marítimo de España, el cual fue posible gracias al alto nivel matemático y geográfico alcanzado por la escuela de Cádiz. El Atlas se terminó en 1789.

Dionisio Alcalá Galiano, 1762-1805, colaboró con Tofiño en el Atlas Marítimo de España, de 1784, y cartografió las Azores en 1788, y participó en la Expedición de Malaspina en 1789. Aportó un método muy eficiente para calcular longitudes y latitudes geográficas.

José Espinosa Tello, 1763-1815, fue un marino andaluz que trabajó con Tofiño en el Atlas Marítimo de España, de 1784, concretamente en los mapas costeros del Mar Cantábrico. En 1790 se incorporó a la Expedición de Malaspina y cartografió territorios de Nootka y de Argentina.

José Vargas Ponce, 1760-1821, fue una marino andaluz que inició un Diccionario Geográfico de España, que no publicó, colaboró en el Atlas Marítimo de España, de 1784, y sirvió en 1808 a José I, por lo que fue confinado en Sevilla por los liberales y apartado de funciones importantes.

José María Lanz, 1764-1839, fue un mexicano que se educó en Vergara y en la Escuela de Guardiamarinas de Cádiz, colaboró en el Atlas Marítimo de España, de 1784, y escribió Elementos de Cálculo Diferencial e Integral en colaboración con Chaix. En 1792 se pasó a Francia en plena guerra con los franceses y fue retirado del servicio militar. En 1802 era profesor de matemáticas de la Escuela de Puentes y Caminos de Madrid. En 1808 fue afrancesado, ministro para José Bonaparte y en 1814 se exilió a París.

 

 

Los cartógrafos.

 

Junto a los militares, destacaron también como cartógrafos:

Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, 1734-1790, había estudiado geografía en París y fue encargado de trazar los mapas de límites entre España y Portugal en Sudamérica, trabajo que entregó en 1775 y que no fue aceptado por contener varios errores y considerarse que muchos de ellos perjudicaban a los intereses de España.

Tomás López, 1731-1802, estudió en el Colegio Imperial, y en 1752-1760 en París, donde Jean Baptiste d`Anville le enseñó geografía y matemáticas. En 1778 hizo un Atlas de España. Colaboró a partir de 1775 con Juan de la Cruz en la elaboración del mapa de las Antillas y Golfo de México. Más tarde inició la elaboración de un mapa de Sudamérica. También escribió varias obras de geografía general como Principios Geográficos, donde desarrolla el uso del compás en la determinación de la latitud geográfica, Cosmografía Abreviada, y Atlas Histórico de la Antigüedad.

Isidoro de Antillón y Marzo, 1778-1814, estudió en Zaragoza Leyes, Economía y Matemáticas, y luego completó estudios de Derecho en Valencia. En 1799 fue Profesor de Geografía, Historia y Cronología en el Real Seminario de Nobles de Madrid y en 1800 ocupó la plaza por oposición. Escribió libros de texto para sus discípulos desarrollando el método Pestallozzi de acompañar las explicaciones con textos y mapas. Por otra parte, fue un crítico para con muchos de los cartografiadores de su tiempo, especialmente Tomás López, denunciando los muchos errores cometidos por ellos.

 

 

Momento cumbre de la ilustración española.

 

Este momento fue protagonizado por personajes e instituciones, de los que citaremos a Campomanes, las Escuelas Laborales, los archivos y las tertulias, pero damos por entendido que también hay que tener en cuenta los progresos en humanidades y ciencias y a citados anteriormente.

 

Pedro Rodríguez Campomanes.

En la década de 1765-1775, Campomanes realizó una gran producción de escritos. Campomanes es tenido como prototipo del ilustrado español:

Pedro Rodríguez Campomanes, 1723-1802, era un abogado que había estudiado leyes en Oviedo y Sevilla y se había establecido en Madrid, y poseía amplios conocimientos de lenguas clásicas y modernas, se interesó por la historia y la economía y fue Secretario de Hacienda en 1760, Fiscal del Consejo de Castilla en 1762, miembro de la Real Academia Española en 1763, Presidente de la Real Academia de la Historia en 1764.

En 1747 publicó un tema de historia titulado Disertaciones históricas del orden y Caballería de los Templarios…, que es una historia de la Orden del Temple y un estudio sobre el destino de los bienes de esa orden después de su disolución.

En 1750 mostró que también se interesaba por la economía y publicó Bosquejo de política económica española delineado sobre el estado presente de sus intereses.

En 1751 volvió sobre la historia y publicó Concilios celebrados en España.

En 1761 hizo una guía de viajes por España titulada Itinerario de las carreras de postas…, en la que no sólo trataba de los caminos, sino también de las leyes, monedas, y precios de las cosas. La Guía se completó en 1762 con Noticia Geográfica del Reyno y caminos de Portugal.

En 1763 comenzó a mostrar inquietudes por los problemas sociales españoles y escribió Resumen del Expediente de Policía relativo a los gitanos…

En 1764 volvió a incidir en economía en Respuesta fiscal sobre abolir la tasa y establecer el comercio de granos.

En 1765 produjo su obra más conocida, traducida a varios idiomas, el Tratado sobre la Regalía de Amortización, libro en el que expone las relaciones Estado-Iglesia en varios países, y la historia de las relaciones Iglesia-Estado en España desde tiempo de los godos. Fue el libro que le enemistó con los católicos más intransigentes.

También en ese año, hizo Noticias de la vida… de Benito Gerónimo Feijoo…, solidarizándose con los eclesiásticos aperturistas.

En 1768 publicó el Memorial ajustado… sobre Isidro Carvajal y Lancáster, obispo de Cuenca, y enemigo de los ilustrados. En 1768, otro Memorial ajustado… sobre los abastos de Madrid. En 1771, un tercer Memorial Ajustado… para fomentar la agricultura y ganadería en Extremadura. Y en 1775 un cuarto Memorial ajustado… para que fueran restituidos los bienes de Patrimonio Real.

En 1774 publicó sus Discursos, para hablar de la regalía de amortización, idea que defendía la potestad del rey para comprar los bienes materiales a la Iglesia (acabando así con el lujo y la codicia de muchos religiosos) y ponerlos en manos de agricultores libres, porque la amortización de la tierra era un mal que impedía el progreso social, el desarrollo de la población y del comercio y mantenía un retraso técnico en la agricultura.

En 1775 hizo otra de sus grandes obras, Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento, pequeña obra que tenía cuatro apéndices amplios: Causas de la decadencia de los oficios y manufacturas en España; Pasos para mejorar o restablecer las viejas manufacturas; Leyes corporativas, legislación española y ordenanzas municipales respecto a los artesanos; Ensayos de Francisco Mier de Mata sobre el comercio nacional.

Y en ese mismo año de 1775, patrocinó la creación de la Regia Sociedad Económica Matritense.

 

En 1775, la Junta de Comercio de Barcelona creó una “Escuela Gratuita de Diseño” a fin de formar obreros para los estampados de seda y algodón. Era completamente gratuita, hasta en los materiales que utilizaban los alumnos. Se situó en el antiguo Palacio de la Lonja, y fue denominada popularmente “Escuela de la Lonja”. En 1778 se redenominaría como Escuela de Nobles Artes, al estilo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid de 1739. En 1790, la Escuela abrió sucursales en Olot, Palma de Mallorca, Tárrega, Gerona, Zaragoza y Jaca. En 1817, amplió objetivos para abrir una sección de arquitectura. En 1850 pasó a depender de la Academia Provincial de Bellas Artes y se llamó Escuela Provincial de Bellas Artes. En 1900 se llamó Escuela Superior de Artes e Industrias y Bellas Artes.

 

En este final del XVIII hubo también una reorganización de los archivos españoles en el último cuarto del XVIII y el Archivo de Indias, que estaba en Simancas, fue llevado en 1778 a la Lonja de Sevilla, y el Archivo de la Corona de Aragón fue llevado a Barcelona.

Entre los archiveros destacó también Antonio Capmany Surís y de Montpalau, 1742-1813, en el Archivo del Real Patrimonio de Cataluña, que en 1770 publicó una gran obra de derecho, Historia del Comercio y las Artes en la Antigua Barcelona, en 4 volúmenes, intentando recoger las virtudes del derecho aragonés para ser utilizadas en provecho del derecho español. También se interesó por la lengua castellana, pues pensaba que la lengua catalana era una lengua muerta y anticuada.

 

Y lo más espectacular, aunque quizás no sea lo más importante de final de siglo XVIII, fue el auge de las tertulias literarias.

Los salones de Olavide, que funcionaron, primero en Madrid a partir de 1765, y luego en Sevilla, se ocupaban de cuestiones de teatro y actuaban como conservatorio de arte dramático para futuros actores, y traducían tragedias y comedias francesas. Pablo Antonio José de Olavide había estado en un año en Italia y nueve en Francia en los años 1755-1765 y había visitado los “salones” franceses. A su regreso a España abrió su propia tertulia o “Salones de Olavide” en la que dio a conocer comedias, tragedias y escritos de André Gretry, Jean François Regnard, Antoine Marin Lemiere, Durmont du Belloy, Voltaire, Michel Jean Sedaine y Racine.

La tertulia de la Fonda de San Sebastián, de Nicolás Fernández Moratín[6], funcionaba en Madrid desde 1769 y tenía asistentes notables como Tomás de Iriarte, Félix María Samaniego, José Cadalso, Ginés de Sepúlveda, Francisco Cerdá y Rico[7], Ignacio López de Ayala, Juan Meléndez Valdés, Juan Bautista Muñoz, Luciano Francisco Comella, Gaspar Zabala Zamora, Jovellanos, Francisco de Goya, Francisco Cerdá y Rico, Vicente de los Ríos, Enrique Ramos, Manuel Casal, Casimiro López Ortega, Juan Bautista Conti, Mariano Pizzi… Era crítica literaria sobre obras de moda en Francia e Italia, y gustaba especialmente Rousseau, y permitía hablar de teatro, toros, amores y versos, pero no de política. No admitía a mujeres.

Las tertulias muchas veces servían para difundir música y organizar bailes, pero también compraban libros, muchas veces a extranjeros, difundían las ideas de esos libros, muchas veces ideas sin importancia alguna, pero que parecían revolucionarias porque estaban en lengua extranjera o estaban prohibidas; plantaban árboles; creaban jardines botánicos; discutían y exponían ideas económicas cuando al economía estaba iniciándose; hablaban de urbanismo; despotricaban contra el ocio y la vagancia.

 

 

 

 

[1] François Chavaneau, 1754-1842, había empezado estudios eclesiásticos y fue a París a estudiar teología en el colegio de los oratorianos, donde mostró desacuerdos y fue expulsado en 1771. Encontró al abate La Rose, director del colegio de los jesuitas en Passy (Bois de Boulogne) y aceptó enseñar matemáticas. Estudió muchas matemáticas para poder dar las clases, y además se inició en historia natural, física experimental y química aprovechando sus nuevos ingresos. En 1774 abandonó el colegio de jesuitas y se instaló por su cuenta para dar clases particulares, y allí le encontraron los que buscaban profesores para Vergara.

[2] Joseph Louis Proust, 1754-1826, era hijo del farmacéutico de Angers, y sabía algo de química desde su niñez. Fue a estudiar al colegio de los oratorianos de París. Volvió a la farmacia de su padre y se interesó más por la química, lo cual le hizo regresar a París, donde sabía que existían esos conocimientos, pero los oratorianos no se los habían proporcionado. Fue farmacéutico jefe del Hospital de la Salpêtrière, al tiempo que estudiaba química con el profesor Guillermo Francisco Rouelle, 1703-1780. Gustó a su profesor y pudo dar algunas clases, y en ello estaba cuando fue contactado por los que buscaban profesores para Vergara. Proust estuvo en Vergara entre 1777 y 1780, marchó a Francia, regresó a Segovia entre 1788 y 1799, y pasó a Madrid en 1799-1807.

[3] Gaspar Casal Julián, 1682-1759, nació en Gerona, pasó su infancia en Soria, estudió medicina en Madrid y ejerció casi toda su profesión en Asturias donde ganó mucha fama. En 1751 regresó a Madrid como médico de Fernando VI.

[4] El programa de Chavaneau de 5 de noviembre de 1778, llamado Introducción al Curso de Física, incluía definiciones básicas, estado de la cuestión en investigaciones físicas, atributos generales de la materia y propiedades de los cuerpos,, movimiento, principios de mecánica, teoría de las máquinas, hidrostática, aerostática, sonidos, meteoros, óptica, fuego y luz, astronomía especulativa (Kepler y Copérnico), y astronomía física (Newton).

[5] El programa de Proust o Introducción al curso de química, incluía clasificación y propiedades de los cuerpos, definición de química como una serie de experimentos para conocer el orden y propiedades de las partes que componen un cuerpo, y otros temas.

[6] Nicolás Fernández de Moratín, 1737-1780, fue padre de Leandro Fernández de Moratín. Nació en Madrid, estudió en el colegio de los jesuitas de Calatayud y Leyes en la Universidad de Valladolid. Fue socio de la Real Sociedad Económica Matritense y de la Academia Romana de los Arcades. Desde 1773, era catedrático de poética en el Colegio Imperial de Madrid.

[7] Francisco Cerdá Rico, 1739-1800, era oficial de la Secretaría de Indias, académico de historia y reeditaba libros.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor
Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.


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