EL GOBIERNO DE RICARDO WALL, 1754-1763:

Periodo 1759-1763.

 

Carlos III inició su reinado en 1759 con el equipo de Gobierno que había dejado su hermano Fernando VI, el de Ricardo Wall, al que mantuvo hasta 1763, pero tenía especial confianza en Esquilache[1], a quien hizo Secretario de Hacienda. Este capítulo de las finanzas del Estado era el aspecto que creía que se debía reformar en España con preferencia.

Leopoldo de Gregorio, marqués de Schillacci en Italia, había sido Secretario de Despacho en Hacienda, Marina y Guerra, en Nápoles para Carlos VII de Dos Sicilias (Carlos III de España). Como Secretario de Hacienda, en Nápoles había sido capaz de captar nuevos impuestos.

En España, como las dos terceras partes del presupuesto se gastaban en Guerra, la Secretaría de Despacho de Hacienda estaba muy ligada a la de Guerra. Esquilache fue un reformador, pero las reformas fueron mucho más lentas de lo deseado, y en 1766 la oposición acabó con él.

Carlos III gustó de gobernar con “Juntas” o comisiones informales de consejeros para ocuparse de temas concretos de la Administración. Cada Junta gestionaba un tema. Este modo de Gobierno mediante Juntas era antiguo, las habían utilizado Carlos I y Felipe II, y cada vez más con los siguientes monarcas. Actuaban al margen de los Consejos y de las Secretarias de Estado y Despacho, con reuniones entre Secretarios, o de un Secretario con determinados expertos y altos cargos de la administración.

En cuanto al equipo de Gobierno, Carlos III demostró interés por que cada Secretario de Despacho se ocupase de los asuntos de su departamento y dejara de interferir en los otros. Pero esto era muy difícil en un Gobierno de Consejos y Secretarías que solapaban sus competencias, y no se lograría hasta final de siglo.

 

 

La polémica entre ilustrados y conservadores.

 

Enseguida de la llegada de Carlos III a España empezó a notarse que las plazas en las Audiencias estaban siendo concedidas a manteístas y golillas, y que los Fiscales de las Audiencias, que eran los miembros más jóvenes que iniciaban la carrera en esos tribunales, no siempre eran colegiales, es decir, no eran de la alta nobleza. La rivalidad tomó aspectos intelectuales en la propia Universidad, cuando los manteístas se hicieron tomistas y los colegiales suaristas.

El grupo conservador estaba integrado por los suaristas en la Universidad y por el “partido español” en el Gobierno: En la Universidad, el núcleo de los suaristas eran los ultracatólicos, que en el XIX serían denominados ultramontanos, y en el XX integristas católicos. En el Gobierno, la oposición conservadora unas veces fue llamada “partido español” o “castizo”, otras veces “partido aragonés”, más tarde “partido fernandino” (del príncipe Fernando, Fernando VII). El Partido Español no era nuevo, pues había surgido en contra de los gobernantes franceses de Felipe V y de los italianos de Isabel de Farnesio y también se había llamado partido fernandino por Fernando VI.

Sobre el término “partido”, debemos decir que, en España, no había todavía partidos políticos, pero cada personalidad política tenía su clientela, que le acompañaba en el éxito y en la caída, y la coalición de varias personalidades daba origen a un grupo de presión. Los Secretarios de Despacho despachaban directamente cada uno con el rey, y no había la coordinación de un Consejo de Ministros (propio del XIX y XX), así que cuando un Secretario era recibido muchas veces e imponía sus criterios, hablamos de que se había impuesto “el partido de Aranda”, el “partido de Floridablanca”, etc. Pero el significado de partido era clientela, no partido al estilo del XIX y XX.

Los “ilustrados” eran el grupo que estaba en el Gobierno en tiempos de Carlos III. Al igual que el “partido español”, los ilustrados también actuaban como grupo clientelar. Sus actuaciones a veces iban encaminadas contra la clientela del partido español. Si la nobleza y la Iglesia presentaban reparos al absolutismo ilustrado, o despotismo ilustrado, los ilustrados decidieron que había que combatir a la nobleza en su propia base, la enseñanza, tanto a nivel inferior, en los colegios de élite como los de los jesuitas, como a nivel superior en los Colegios Mayores. Los Colegios Mayores eran por entonces privilegio exclusivo de la nobleza, de modo que para ingresar en ellos era preciso el voto positivo de los colegiales residentes, que ya eran nobles y clérigos. Los Colegios Mayores reclamaban las cátedras para sus colegiales, y las cátedras eran el trampolín para los altos puestos de la Administración del Estado, la base del cursus honorum nobiliario español.

Los que estudiaban fuera de los Colegios Mayores eran llamados “manteístas” porque vestían manteo. En su vestimenta, se distinguían los unos de los otros porque los colegiales llevaban beca (especie de bufanda larga, como la tuna actual de Colegios Mayores), prenda cuyo uso estaba prohibido a los manteístas. Los manteístas eran denominados, despectivamente, “gorrones” porque vestían gorra para defenderse del frío, y ello era señal de poca capacidad adquisitiva. Los manteístas también eran denominados “covachuelistas” porque a lo más que aspiraban era a ser ratones de oficina, denominada “covacha” en jerga de la época. Junto a los manteístas, y aliados con ellos, estaban los “golillas”, gente que había progresado en la Administración sin necesidad de pasar por la Universidad, o de haber alcanzado las cátedras de rigor. Eran llamados así porque en las oficinas españolas se exigía el uniforme típico de los Austrias, negro con golilla al cuello. En fin, manteísta, gorrón, covachuelista y golilla, son términos muy relacionados entre sí en cuanto eran despreciados por la nobleza y clero colegial.

Los Colegios Mayores habían sido originariamente creados para nobles pobres, y se abrieron en Salamanca, Valladolid y Alcalá. Pero al poco, se convirtieron en residencias de los nobles más ricos e influyentes en política, pues eran el primer peldaño del cursus honorum: Del Colegio Mayor se pasaba a una cátedra, donde se cobraban 10.000 reales al año. Y de la cátedra se pasaba a un cargo importante en una Audiencia, cobrando 20-25.000 reales al año. Pronto los jesuitas se dieron cuenta de la importancia de dominar los Colegios Mayores, y como dominaban la enseñanza media o preparatoria para la Universidad, donde estudiaban los hijos de los nobles, no les fue difícil introducirse.

En esa situación, los manteístas, alumnos de fuera de los Colegios Mayores, sólo podían aspirar a alcaldes o colaboradores políticos de otros cargos más importantes, pues las cátedras estaban reservadas a los nobles colegiales y de las cátedras se proveían los altos cargos de la Administración y el Gobierno.

En 1771 se ordenó que cualquiera que hubiera tenido formación universitaria pudiese desempeñar cualquier cargo civil o eclesiástico, disposición que abría perspectivas a los manteístas y acababa con el monopolio nobiliario del Gobierno. El decreto incluía que, en adelante, los Colegios Mayores serían para nobles que demostrasen pobreza. Naturalmente, la nobleza se soliviantó. Pero el Gobierno fue a más y ordenó al obispo de Salamanca Felipe Bertrán, y al profesor Francisco Pérez Bayer, que investigaran a los Colegios Mayores según normas dictadas en 1777: las peticiones de ingreso en un Colegio Mayor se dirigirían al Consejo de Castilla; los aceptados en Colegios Mayores dispondrían de ocho años para aprobar la carrera, al cabo de los cuales serían excluidos; los Colegios Mayores quedaban sometidos a las normas de la Universidad a que pertenecieran y a una inspección anual.

A pesar de las medidas de 1771 y 1777, los Colegios Mayores siguieron en manos de la alta nobleza, porque los hijos terceros y cuartos de cada familia, dado el régimen de mayorazgo, se declaraban pobres sistemáticamente y cumplían las normas de pobreza. Los Colegios Mayores, que no tenían remedio, serían suprimidos en 1798 y sus bienes adjudicados a la amortización de la deuda.

 

 

El Gobierno de Ricardo Wall en 1759.

 

El primer Gobierno de Carlos III se parecía mucho al último de Fernando VI, pues sólo cambiaba en Hacienda el cesado Juan Francisco Ruiz de Gaona y Portocarrero conde de Valparaíso, sustituido por Leopoldo de Gregorio marqués de Esquilache. Carlos III no quería entrar haciendo grandes cambios. Y el Gobierno quedaba así en cuanto a Secretarios:

 

Gobierno 9 de diciembre de 1759:

Secretaría de Estado y Negocios Extranjeros, Ricardo Wall Devreux, que venía desempeñando el puesto desde mayo de 1754.

Secretaría de Estado de Gracia y Justicia, Alfonso Muñiz marqués de Campo del Villar.

Secretaría de Estado de Marina e Indias, fray Julián de Arriaga Ribera[2]. Eran dos Secretarías distintas, pero las ejercía el mismo titular desde 1754 hasta 1776.

Secretaría de Estado de Hacienda, 25 de diciembre 1759: Leopoldo de Gregorio marqués de Esquilache, hasta 1 de abril de 1766.

Secretaría de Estado de Guerra: Ricardo Wall Devreux.

 

Otros cargos de la Corte:

Ayo de los Infantes era Joaquín de Zúñiga duque de Béjar.

Caballerizo de la Reina, José Fernández de Miranda duque de Losada.

Confesor del Rey, Joaquín Eleta, franciscano.

Mayordomo Mayor del rey, el duque de Alba, antes denominado duque de Huéscar.

 

A los diez meses de la llegada a España de Carlos III y su esposa, en 27 de septiembre de 1760, murió la reina María Amalia en San Ildefonso de Segovia. Carlos III no se volvió a casar.

 

 

Primeras medidas del Gobierno en 1760.

 

Las primeras medidas de Carlos III fueron de gracia para unos y destierro para otros: Fue liberado Melchor de Macanaz, condenado por Alberoni en 1715 y que estaba preso en La Coruña, yendo a Hellín (Albacete) a morir; fue perdonado el marqués de la Ensenada y su secretario Antuñana. Fue exiliado Farinelli que se fue a Bolonia. Tal vez porque había gastado mucho y sin control.

El 19 de agosto de 1760 se creó la Contaduría General de Propios y Arbitrios, haciéndola dependiente del Consejo de Castilla. La Contaduría General de Propios y Arbitrios debía controlar las haciendas municipales a fin de evitar lucros indebidos de los regidores. Se trataba de acosar el mayor fraude y corrupción existente en la España en ese momento, que era el municipal: la venta de propios, la adquisición de deudas por los municipios seguida de nuevos arbitrios municipales, el alquiler fraudulento de comunales, la gestión y manejo de los abastos, y la gestión del cobro de alcabalas, cientos y millones.

La corrupción municipal era muy fácil dado que algunos cargos municipales se habían patrimonializado, algunos municipios eran regidos secularmente por oligarquías familiares, dos o tres familias. La gestión económica municipal era deliberadamente mala a fin de que fuera posible el lucro de algunos. Los regidores se estaban haciendo fuertes frente al corregidor y frente a las Secretarías de Despacho, amparándose los unos a los otros con la solidaridad propia de los que hacen el mal en beneficio propio. Los ilustrados defendían que había que corregirlo y las Sociedades Económicas más tarde pidieron la intervención del Estado para reformarlo.

En el mismo año 1860, se publicó una Instrucción para el Gobierno, Administración, Cuenta y Razón, de Propios y Arbitrios, por la que pasaron a controlarse los ingresos de los ayuntamientos (impuestos indirectos sobre el consumo y rentas de monopolios) y los gastos (intereses de la deuda contraída por los ayuntamientos emitiendo “censos”). Los propios eran fincas de los ayuntamientos que se arrendaban anualmente y proporcionaban fondos al erario municipal. Los arbitrios son impuestos municipales en contraprestación por servicios prestados por el ayuntamiento, tales como limpieza, mantenimiento de caminos, vigilancia de las calles y otros.

La Contaduría General de Propios y Arbitrios significó un sistema muy completo de control del Estado sobre el territorio: mientras la Contaduría vigilaba el patrimonio municipal, el Intendente vigilaba las cuentas municipales, y los síndicos, diputados y alcaldes vigilaban los pueblos.

Cada provincia tuvo su propia Contaduría, dirigida por el Intendente y dependiente de Contaduría General, y cada municipio tuvo su Junta de Propios.

Pero el problema de la corrupción no era fácil de erradicar, los negocios a costa del ayuntamiento eran jugosos, y esa burbuja estallaría en 1766, en los sucesos conocidos como Motín de Esquilache, algo más que una protesta contra un ministro extranjero. Una mayor participación ciudadana, que tratase de evitar la corrupción, sólo fue posible a partir de 1779.

 

En 1760 se intentó de nuevo la Única Contribución, proyecto que ya había presentado Ensenada en 1749, y se potenció para ello la Junta de Única Contribución, o Junta del Catastro, que ya existía desde 1749, para solucionar las deficiencias de todos conocidas en las rentas provinciales e impuestos al consumo. La idea era unificar cientos de conceptos fiscales en unos pocos, como se había hecho en la Corona de Aragón a raíz de la Guerra de Sucesión. La impulsaban el marqués de Esquilache como Secretario de Despacho de Hacienda y el marqués de la Ensenada, que había promovido en 1749 la idea y ya había sido rehabilitado.

Integraron esta Junta de Única Contribución, tres expertos del Consejo de Castilla, y tres del de Hacienda:

Diego de Rojas Contreras, jesuita, obispo de Calahorra y de Cartagena sucesivamente, y Gobernador del Consejo de Castilla desde 1751 (hasta la caída de los jesuitas en 1766). En 1767 fue sustituido en el Consejo de Castilla y en la Junta de Única Contribución por el conde de Aranda.

Pedro Colón de Larriategui, del Consejo de Castilla.

Francisco de Rallo Calderón, del Consejo de Castilla.

Juan Francisco Luján Arce, del Consejo de Hacienda.

Luis Ibarra Larrea, del Consejo de Hacienda.

Francisco de Cuéllar, del Consejo de Hacienda, que había intentado llevarlo a cabo tras la caída de Ensenada.

Esta Junta funcionó y trabajó por imponer la Contribución Única hasta 4 de julio de 1770. En esta fecha se disolvió la Junta y se creó una Sala de la Única Contribución en el Consejo de Castilla, pero el proyecto no tuvo éxito, pues se opusieron los nobles y clérigos, no había locales ni funcionarios preparados para llevar a cabo las reformas y para administrarlas, y las “rentas provinciales” persistieron hasta 1845.

 

En 1760, Esquilache introdujo nuevas ideas económicas de libertad de comercio, las cuales se oponían a las del mercantilismo practicadas por la Administración española hasta entonces: permitió exportar esparto en rama, seda en rama y torcida, importar tejidos de algodón y seda, lienzos pintados, cacao y azúcar.

 

 

Política exterior en 1760.

 

América.

La situación política de América no era nada positiva para los intereses españoles. En 1759, al regresar Jorge Juan y Antonio de Ulloa de su viaje al Pacífico a levantar mapas precisos (1746-1759), hicieron un informe en el que denunciaban una gran corrupción de los Corregidores y Gobernadores españoles en América. Entonces se enviaron a América Gobernadores de confianza del rey que nombraran Corregidores sanos y el gobierno de Indias mejoró ostensiblemente.

Las reformas americanas incluyeron:

Se prohibieron los privilegios de los Corregidores.

Se abolieron totalmente las encomiendas.

Se crearon las Intendencias.

Se enviaron personas de confianza a sanear la administración.

En 1762 se hizo obligatorio el alistamiento de los americanos en milicias ciudadanas, excepto para determinadas profesiones necesarias para la sociedad. Estas milicias resultaron racialmente heterogéneas y se tomaron medidas para que cada raza estuviera en unidades militares diferentes.

 

Italia.

España, y Carlos VII de Nápoles en su nombre, se había preocupado en 1759 de que Sicilia-Nápoles no diera lugar a otro escenario de guerra, como había venido sucediendo en cada ocasión en la primera mitad del siglo XVIII. La Paz de Aquisgrán de 1748 decía que Parma, Piacenza y Guastalla serían para Felipe de Borbón Farnese, pero que si Carlos VII de Dos Sicilias pasaba a gobernar España, o moría sin hijos varones, Felipe podría heredar Dos Sicilias, pero entonces los ducados revertirían en Austria. El tema a solucionar por Carlos III de España era que no se perdieran ni Dos Sicilias ni los Ducados. Para ello, había que encontrar un heredero para Dos Sicilias, distinto a Felipe de Borbón Farnese. No era fácil: el primogénito varón de Carlos VII, después de cinco niñas, Felipe Antonio de Borbón Sajonia, era deficiente mental y fue declarado incapaz. El séptimo hijo y segundo varón, Carlos, era reservado para Príncipe de Asturias, sucesor en la Corona de España. El elegido para sucesor era el décimo hijo, tercer varón, Fernando de Borbón Sajonia, 1751-1825, que en ese momento tenía 8 años de edad y necesitaba ayudarse de una regencia. El 3 de octubre de 1759 se firmó un acuerdo con Austria para que esta potencia aceptase a Fernando I de Dos Sicilias y se solucionó el problema. Felipe de Borbón Farnese continuaba en los ducados. El 6 de octubre de 1659, Carlos VII de Nápoles y Sicilia abdicó en el trono de Nápoles y ordenó crear el sistema de regencia, al tiempo que ordenaba que en el orden sucesorio de ese país nunca se pudieran unir los tronos de España y Dos Sicilias, y así la solución Fernando I de Dos Sicilias fue aceptada por Europa y no se extendió la guerra a Italia.

 

 

La Guerra de los Siete Años

en tiempos de Carlos III.

 

El punto de vista español:

Ricardo Wall fue tildado de pro-británico por unos y de pro-francés por otros. Su origen irlandés no debería llevarnos a sacar ninguna consecuencia a priori.

El 17 de octubre de 1759 el general inglés Wolfe había tomado Quebec y Carlos III invocó el Tratado de Utrecht como protesta, pero Inglaterra replicó que América no estaba contemplada en dicho tratado.

España atacó en 1757-1760 a los barcos ingleses que explotaban palo de tinte en costa Campeche (Honduras) y éstos se dispersaron por las costas caribeñas apoyándose en indios rebeldes a España y construyendo fortalezas artilladas para defender su comercio frente a España.

Cuando llegó Carlos III a España, la Guerra de los Siete Años, 1756-1763, estaba en su mitad, y los contendientes estaban cansados. Ricardo Wall había hecho hasta entonces política de neutralidad, pero temía la victoria británica, pues ello implicaría la presencia de esta potencia en el norte del Caribe, desembocadura del Misisipi, y con ello, un ataque directo al comercio español, bajo la teoría de la “libertad de los mares” que predicaban los ingleses.

La situación de la guerra en 1759 era que en agosto de 1759, Austria y Francia habían derrotado al general Kunesdor, hombre al servicio de Federico II de Prusia. La derrota fue muy seria, pero Prusia no se retiró, sino que decidió aguantar. Y la suerte le favoreció, porque Rusia y Suecia decidieron retirarse de la guerra, y Prusia tuvo tiempo para recuperarse.

En 1759, el francés Etienne François de Choiseul[3], proyectó la invasión directa de Gran Bretaña. Para ello necesitaba todos sus navíos de guerra, y aún eran pocos. Los británicos se dieron cuenta de la importancia de eliminar buques franceses y Hawke atacó a Conflans en la bahía de Quiberón (cerca de Nantes), y le hundió seis barcos y capturó uno, y en Lagos (El Algarve portugués), hundieron otros pocos barcos franceses que llegaban desde Tolón. El proyecto Choiseul había fracasado.

También Gran Bretaña había derrotado a Francia en Luisburgo (en Cabo Bretón-Canadá) y en Fuerte Fronterac (ciudad de Kingston, Ontario), y en Fort Duquesne (hoy Pittsburgh, al sur del Ontario) y al dominar los ingleses el río San Lorenzo y los Grandes Lagos, el proyecto y comunicaciones de la Louisiana francesa se arruinaron, pues Francia estaba presente en el norte (Canadá) y en el sur (Nueva Orleans), pero no tenía comunicación entre ambos puntos y ambos quedaban muy lejos el uno del otro, siendo el espacio intermedio un paraje deshabitado y por ello imposible para mantener un ejército. En 1759, los progresos británicos en América continuaron tomando Fuerte Niágara, Quebec y Montreal. Francia se podía considerar definitivamente derrotada en Norteamérica.

En esta situación de doble derrota, en Europa y en América, Francia necesitaba un aliado que dispusiera de barcos y marinos, que pudiera poner una ayuda financiera y que sirviera como mediador de paz entre ella y Gran Bretaña una vez conseguida la victoria. Y el tonto útil de turno no podía ser otro que España.

 

El punto de vista internacional.

En la política internacional, Francia sostenía que en la Guerra de los Siete Años había dos conflictos separados, el de Inglaterra y Francia por las colonias, y el de la lucha por el dominio de Alemania, mientras que Inglaterra decía que ambos eran un solo conflicto y se resolverían por una sola paz.

El duque de Choiseul, ministro de exteriores de Luis XV trataba de atraer a España al lado francés. En 1760 propuso a España sostener a Prusia para compensar así la influencia de Austria y Rusia en Alemania, y evitar una coalición de Austria e Inglaterra para que ésta no se impusiera en América del Norte.

El inglés Pitt abrió conversaciones de paz en La Haya, y Francia y España aceptaron enviar embajadores a ellas, siendo designado embajador español el marqués de Grimaldi.

Los franceses e ingleses pretendían repartirse Tobago, Santa Lucía, San Vicente y Dominica en el Caribe, y la pretensión española era que estas islas eran españolas.

El francés Choiseul le habló a Carlos III de “los valores de la familia”, haciendo alusión a que los Borbones de Francia y España eran una sola familia, y a que la religión católica defendía los valores familiares. Por otra parte, le recordó que en verano de 1742, los británicos le habían atacado en Nápoles, para que no ayudara a su hermano Felipe de Parma. Además añadió que Gran Bretaña iría a por toda América una vez que se hiciera presente en el Caribe, pues ya estaba en muchas islas, y en Honduras y Río de Janeiro (mediante alianza con Portugal). Y Choiseul logró tocar la fibra sensible de Carlos III de España y convencerle de que tenía que entrar en guerra.

En mayo de 1760 fue designado como embajador español en Londres, Joaquín Anastasio Pignatelli de Aragón y Moncayo conde de Fuentes, marqués de Coscojuela y duque de Sanferino, que colaboraba con el embajador de Nápoles en Londres príncipe San Severino Albertini. Reclamaban el cese de las hostilidades en Terranova y Honduras, y las de los corsarios británicos sobre barcos españoles. Inglaterra se negó a contestar y ello fue tomado por España como una afrenta. España se estaba metiendo en un enredo peligroso. Gran Bretaña no quería hablar del tema americano porque tenía una base importante de contrabando en Jamaica, desde donde salían los corsarios británicos y el comercio británico hacia todo el Caribe español. William Pitt sabía de la importancia de estas actividades ilegales, y no quería ni que se hablase de ellas.

En ese momento murió Jorge II de Inglaterra, octubre de 1760, y las conversaciones se pospusieron. Los ingleses no estaban dispuestos a abandonar sus establecimientos y fortalezas en Honduras, y las relaciones con España se deterioraron mucho.

 

 

Relaciones de España con el Papa en 1760-1761.

 

El 12 de agosto de 1760 se puso a prueba si la Iglesia aceptaba la nueva posición política de los monarcas españoles: Carlos III escribió a Clemente XIII pidiéndole la beatificación de Palafox, obispo de Puebla de los Ángeles (México) y virrey de Nueva España. El proceso de beatificación había empezado en 1759 y era un tema polémico porque el obispo se había enfrentado a los jesuitas, defendiendo la autoridad del ordinario sobre las órdenes religiosas, actitud a la que se habían opuesto los jesuitas, que no aceptaban más autoridad que la del Papa. Los jesuitas habían logrado la expulsión de Palafox de Nueva España en 1653, y Palafox fue nombrado obispo de Osma en España. El proceso de beatificación fracasó. No obstante la polémica continuó, pues en 1762 los carmelitas descalzos publicaron sus obras, y la Inquisición había respondido condenando sus escritos. Juan de Palafox Mendoza fue al fin beatificado en 5 de junio de 2011.

En 1761 hubo un nuevo choque entre la Iglesia y el Estado español con motivo de la publicación del catecismo del abate François Philippe Mesenguy, doctor de la Sorbona, cuyo título oficial era Exposición de la Doctrina Cristiana, 1744. Mesenguy no creía en la infalibilidad pontificia, que defendían los jesuitas, y que no fue dogma católico hasta 18 de julio de 1870, en el Concilio Vaticano I. Los “jansenistas” difundieron el catecismo de Mesenguy, y entre ellos estaba el bibliotecario de El Vaticano cardenal Bottari. El Papa Benedicto XIV condenó este catecismo. Carlos III desafió al Papa editándolo dos veces en Nápoles y volviéndolo a editar en 1761 en España. Clemente XIII decidió entonces juzgar los contenidos del catecismo de Mesenguy y convocó junta de diez teólogos (ninguno jesuita, pero conservadores) que decidieron, en 14 de junio de 1761, que el catecismo de Mesenguy era herejía. Venecia, Milán, Turín, Nápoles, Francia y España decidieron no aceptar la decisión del Papa sobre el catecismo. Y el enfrentamiento pasó a mayores, pues era tema de peso. El Nuncio y el Inquisidor General[4] exigieron el cumplimiento del decreto papal, y publicaron el “Breve” del Papa sin permiso del rey, y la reacción de Carlos III fue expulsar de Madrid al Inquisidor y exigir del Nuncio que, en adelante, antes de publicar cualquier cosa en España, pidiese permiso al rey, y que, de momento, pidiese perdón al rey por haber publicado sin el permiso real el Breve del Papa Benedicto XIV sobre el catecismo.

Carlos III, por decreto de 20 de noviembre de 1761, y Pragmática Sanción de 18 de enero de 1762, prohibió publicar bulas, breves, cartas apostólicas, y toda clase de escritos procedentes de la Curia Romana sin previo permiso del rey es decir, sin el “regium exequátur”. Pero el rey no tenía medios suficientes para exigir el cumplimiento de esta prohibición, pues vigilar todas las posibles publicaciones del clero y los católicos, sin el concurso de la Inquisición y del clero católico, era imposible. En 5 de julio de 1763 levantó la prohibición y en 16 de junio de 1768 la volvió a imponer con ocasión del monitorio de Parma, pero inútilmente.

Fue una medida que trajo muchos enemigos a Wall y se dice que la principal causa para su destitución.

 

 

Grimaldi embajador en París.

 

El embajador español en Versalles, Masones de Lima, opinó que había que continuar en la neutralidad respecto a la Guerra de los Siete Años, pues veía que España se deslizaba hacia la guerra, y fue sustituido por Jerónimo de Grimaldi marqués de Grimaldi, reformista, regalista, un genovés más del gusto de Carlos III. Era segundón en una familia noble y había buscado su vida por la vía eclesiástica, llegando a ordenarse de primera tonsura (diácono), por los que fue conocido en España como “el lindo abate”, aunque había abandonado la carrera eclesiástica cuando entró en la política española. Su idea de la política exterior se centró en recuperar las posesiones que España había tenido en Europa hasta 1715 y que en ese momento estaban en manos de Gran Bretaña y Austria, y en recuperar la plena soberanía sobre América, pues Inglaterra se esforzaba por establecerse allí.

Grimaldi, apoyado por Ricardo Wall, trató de obtener un pacto con Francia, para defender juntos América, lo cual era un poco absurdo en el momento en que Francia había perdido gran parte de su flota y no podía hacer nada en ayuda de España. El francés Etienne François Choiseul, que iba a lo suyo, propuso el compromiso de España de entrar en la guerra en el próximo 1 de mayo de 1762, si para entonces continuaba la Guerra de los Siete años. También propuso un nuevo Pacto de Familia. Naturalmente, las conversaciones de paz de Londres entre Pitt y Pignatelli (conde de Fuentes) se rompieron.

Ricardo Wall abandonó la política de neutralidad típica del reinado de Fernando VI y aceptó una alianza con Francia, porque pensaba que lo esencial en España era el comercio americano y el peligro mayor en él era Inglaterra. Las victorias de Inglaterra en Canadá y la India hacían de Inglaterra la potencia dominante contra la que era preciso guardarse. Firmar un pacto con Francia significaba, a su parecer, intentar un equilibrio. La derrota de Francia y España, como sucedió, no estaba prevista.

España picó el cebo que le ponía Choiseul, porque Jorge II de Gran Bretaña había muerto en 25 de octubre de 1760, y en el conflicto sucesorio había dimitido William Pitt. España creyó que había una oportunidad de derrotar a Gran Bretaña. De todos modos, no se comprende fácilmente por qué España decidió participar en la Guerra de los Siete Años en 1756-1763, cuando España estaba en franca inferioridad con Francia y con Inglaterra. Seguramente se jugó a la política con la guerra.

Y Choiseul aprovechó las circunstancias del embobamiento español, para forzar el Tercer Pacto de Familia el 15 de agosto de 1761 entre Carlos III y Luis XV. El negociador por España fue Grimaldi, quien luego sería Secretario de Estado. El Tercer Pacto de Familia entre España y Francia servía a los intereses de Francia, quien veía peligrar sus colonias americanas atacadas por Inglaterra. España también se sentía agredida en Honduras y en el Caribe en general.

Pero hemos de considerar un momento la oportunidad de dicho pacto: España se aliaba con la potencia que estaba siendo derrotada, en aras a mantener un equilibrio de fuerzas que salvara a América de los ataques del vencedor. Estaba finalizando la Guerra de los Siete Años, 1756-1763, y España se alió con quien resultaría perdedor.

Los puntos principales del Tercer Pacto de Familia eran:

Ambos países se garantizaban mutuamente la integridad de sus Estados a partir del momento en que se firmara la paz.

Ambos países se prometían ayuda en el futuro, excepto en las guerras de Francia en territorio alemán, con príncipes del imperio austríaco, y con países del norte de Europa, a excepción de que éstos penetrasen en territorio francés.

España se comprometía a entrar en la Guerra de los Siete Años.

Ambos se comprometían a no firmar la paz por separado con Gran Bretaña.

Ambos defenderían que Piacenza era del Duque de Parma, Felipe de Borbón Farnese.

El Pacto de Familia consideraba enemigos de los dos países a las potencias que atacaran a una de las dos y se ayudarían el uno al otro de forma inmediata con doce navíos y seis fragatas, infantería y caballería, hasta el momento de que España entrase en la guerra de los Siete años, guerra que se haría de forma conjunta. Una vez comenzada la guerra, no se harían paces por separado. España se comprometía a declarar la guerra a Inglaterra el 1 de mayo de 1762 si los enfrentamientos con Francia persistían. Antes de la fecha prevista, estaba España en Guerra con Gran Bretaña: Tras la firma del Pacto de Familia, el británico Bristol protestó y en diciembre de 1761 rompió relaciones con España. En enero de 1762, Inglaterra declaró la guerra a España. España decidió a los pocos días entrar en guerra, en uno de los mayores errores de su historia.

La alianza del Tercer Pacto de Familia no le servía a España para nada en el terreno práctico, aunque sí en el especulativo de qué haría el vencedor entre Inglaterra y Francia. Se dice que España firmaba el pacto en mejores condiciones que los dos anteriores porque en este caso no había presiones exteriores francesas como había ocurrido en 1733 y 1743. De hecho, España obtuvo Luisiana en 1762, como donación de Francia. Pero Luisiana, es decir, el valle del Mississipi, era un territorio a conquistar, no un dominio rentable en explotación.

 

 

España en la guerra de los Siete Años

en 1762-1763.

 

En febrero de 1762 los ingleses desembarcaron en Martinica (ciudad de Fort de France) y una formidable escuadra inglesa de 26 navíos, 15 fragatas y 200 transportes se dirigió a La Habana en junio y la tomaron en agosto derrotando a Luis de Velasco. Una segunda escuadra inglesa atacó y saqueó Manila (Filipinas) en septiembre de 1762. La guerra se extendió por el Canadá, algunas pequeñas islas del Caribe y el Senegal africano, todos ellos dominios franceses.

En mayo de 1762 Portugal, no quiso acceder a las demandas españolas de cerrar sus puertos a los barcos británicos, y Carlos III decidió invadir Portugal, con lo que el país luso entró en guerra.

España invadió Portugal, el aliado de Inglaterra, en 1762, y José I de Portugal (1750-1777) llamó a los ingleses que fijaron sus posiciones en Abrantes, mientras un ejército francés las fijaba en Ciudad Rodrigo. El marqués de Sarriá, al mando de 40.000 hombres, inició la invasión por Almeida, pero luego recibió órdenes contradictorias y retrocedió hacia España.

España aprovechó para que Pedro de Cevallos atacara y conquistara Sacramento desde Buenos Aires.

En ese momento ventajoso para Inglaterra, gobernada por Egremont, ésta propuso la paz a Francia, gobernada por Choiseul, en 1762. Egremont, sucesor del duro Pitt, habló de posibilidades de paz, Choiseul pidió la paz oficialmente, y Egremont aceptó el inicio de conversaciones.

Francia aconsejó a España la paz, en un momento malo para España. Fueron designados plenipotenciarios el marqués de Grimaldi por España, el duque de Nivernais por Francia (que visitó Londres) y el duque de Belford por Inglaterra (que visitó París).

Recordemos que Inglaterra, al tiempo que proponía la negociación, estaba atacando La Habana y el Caribe, Manila y El Canadá, y cada vez estaba en mejor posición de negociar.

El 3 de noviembre de 1762 se llegó a unos Preliminares de Fontainebleau, y el 10 de febrero de 1763 a la Paz de París. Choiseul pidió a España que aceptara la situación, y España, que quedaba en la estacada, aceptó como un corderito llevado al matadero:

Gran Bretaña debía restituir a España La Habana y Manila y todo el territorio ocupado en estas islas.

España debía ceder a Gran Bretaña Florida (el fuerte de San Agustín y Pensacola, y todo el oeste del Mississipi).

Francia le daría a Carlos III la Louisiana, que en ese momento se reducía a la ciudad de Nueva Orleans, y prácticamente carecía de valor.

España debía entregar Sacramento a Portugal.

Menorca, tomada por los franceses en 1756, sería devuelta a Gran Bretaña.

En Honduras, Gran Bretaña demolería los fuertes militares, pero España no molestaría en adelante a los británicos que fueran a cortar madera y cargar palo campeche (un tinte) y respetaría las casas y almacenes de estos obreros.

España renunciaba a sus derechos a pescar en Terranova.

Francia renunciaba a Canadá, Nueva Escocia, Cabo Bretón, islas y costas del San Lorenzo y al territorio al este del Mississipi.

Francia cedía sus derechos sobre el río Senegal, pero conservaba las islas de Gorea en el Senegal.

Gran Bretaña quedaba confirmada como dueña de las islas de Dominica, Granada, Granadinas, San Vicente y Tobago.

Francia quedaba confirmada como dueña de las islas de Guadalupe, Marigalante, Deseada, Martinica, Santa Lucía y Belle Isle.

Francia obtenía el derecho a pescar en Terranova.

España se oponía a ceder Florida a Inglaterra, pero al final accedió a cambio de que Francia cediera Luisiana a España (Tratado de Fontainebleau de 30 de noviembre 1762).

En cuanto al significado de la Paz de París de 1763 entre las dos grandes potencias, en el Tratado de París, Inglaterra se imponía a Francia en América del Norte y la India como zonas a colonizar. Las viejas rutas económicas quedan en manos de Inglaterra: la de la India por este tratado, la de América ya lo estaba por el de Utrecht, la de las costas de África por Utrecht. La mayor parte de las colonias eran desde ese momento británicas y ya no habían de ser francesas nunca, ni en América, ni en la India. Por tanto, la Paz de París de 1763 es importante para la historia del mundo. La revolución industrial inglesa debe ponerse en relación con este incremento del comercio de materias primas y alimentos que obtuvo Inglaterra.

En resumen, Francia quedó eliminada como gran potencia colonialista. Esta situación será una especie de agravio nacional, que hay que relacionar con la política de Napoleón, 40 años después, para devolver a Francia a una posición dominante en el mundo.

A partir de 1763, el sueño de Francia fue lograr el librecomercio con las colonias españolas, mientras el interés de España era el proteccionismo, y el Pacto de Familia se usó como una excusa para presionar a España a favor de Francia. Francia estaba asentada en la Luisiana, desembocadura del Mississippi, desde el XVII, pero no le sacaba provecho al territorio y se lo había cedido a empresarios particulares y, en 1763 decidió partirlo, entregando la parte oriental a Gran Bretaña y la occidental a España. Esta parte española volvería a Francia en 1801 en el Tratado de San Ildefonso para que los franceses se la vendiesen a Estados Unidos.

Otro cambio tras la Guerra de los Siete años, fue el Tratado o Paz de Hubertsburgo (Polonia), de febrero de 1763, entre Prusia, Austria, Rusia y Sajonia, por el que Prusia confirmó que Silesia era suya. Pero ya lo era de hecho desde la paz anterior. Federico Augusto III de Polonia fue confirmado en el ducado de Sajonia.

 

 

Resultados de la Paz de París para España.

 

En 1 de enero de 1762 España había empezado la guerra contra Inglaterra. En febrero de 1763 España aceptaba una completa derrota frente a Inglaterra. Unificando puntos de la Paz de París que afectaban a España, España quedaba así:

perdía La Florida y parte de Luisiana (San Agustín y Pensacola y los territorios al este y oeste del Mississippi) a cambio de recuperar La Habana, Manila y la Luisiana francesa(región de Nueva Orleans) (Luisiana era francesa y no será devuelta a España hasta 1769),

se comprometia a no revisar los barcos ingleses (por el contrabando),

se comprometía a conceder a los ingleses las cortas de madera (palo campeche) en Honduras,

aceptaba que las presas de barcos que los ingleses habían hecho en años anteriores, incluso las de tiempos de paz, fueran juzgadas por tribunales ingleses

renunciaba a pescar en Terranova.

cedía Sacramento a Portugal.

Como compensación, le eran devueltas a España La Habana y Manila. Y le eran reconocidos a España sus derechos sobre el Placentino (Parma y Placencia).

Y así, podemos concluir que la Guerra de los Siete Años fue perdida por España, aunque el país derrotado era Francia. Y la gran ganadora era Gran Bretaña, que se hizo con el norte del Caribe, y varias islas dentro de ese mar, con lo que el comercio y el contrabando serían imposibles de erradicar en el futuro. España, que había defendido tanto tiempo la neutralidad, y entró al final de la guerra, resultaba la perdedora.

Grimaldi, el ministro español enviado a la Paz de París, de 1763, jugó el papel de potencia secundaria, que tuvo que aceptar lo que los demás pactasen, lo que Gran Bretaña deseaba desde el principio, y lo que Francia deseaba para recuperarse de la derrota. Pocas veces se había hecho de tonto útil tan a las claras, pero los españoles aceptaron lo hecho y se alegraron de que hubiera paz, estaban cansados de guerras y no pasaron factura a sus gobernantes. Se conformaron con la caída de Wall en octubre de 1763.

En adelante se comprobó que la paz no era más que un acuerdo sin contenido: Los británicos extraían enormes cantidades de palo campeche y los españoles reclamaban en 1764 que no se cumplían los acuerdos de paz.

 

 

[1] Leopoldo de Gregorio, 1700-1785, marqués de Schilacci, 1755-1785, conocido en España como Esquilache, había nacido en Mesina (Sicilia) y en 1742 era contable de la casa comercial Baretta, cuando empezó a comerciar con el ejército español y empezó a dejarse notar como hombre despierto. En 1746, Carlos VII de Nápoles (Carlos III de España) le hizo administrador general de aduanas y en 1748 Secretario de Hacienda y Secretario de Guerra y Marina, y marqués de Vallesantoro, concediéndole en 1755 el título de marqués de Squilace. En 1759 se lo trajo a España y le hizo Secretario de Hacienda. En 1763 sumó la Secretaría de Guerra. Por su ascendiente sobre el rey, tenía más influencia en el gobierno que el Secretario de Estado en 1763, Jerónimo de Grimaldi. Grimaldi y Aranda tenían cierta rivalidad con él. En 1772 fue enviado como embajador a Venecia.

[2] Julián de Arriaga Ribera, 1700-1776, era hijo de hidalgos castellanos, y en 1717 ingresó en la Orden de Caballeros de Malta, llamada más correctamente de San Juan de Jerusalén, incorporándose en 1728 a la Marina española, donde tuvo mucha actividad en el Caribe y en Italia. En 1751 fue nombrado Gentilhombre de Cámara de Fernando VI y Presidente de la casa de Contratación e Intendente General de Marian en Cádiz. En 1754, unió las recientemente creadas Secretarías de Despacho de Marina y de Indias, desempeñándolas hasta su muerte en 1776.

[3] Hay que tener cuidado para distinguir entre Etienne François de Choiseul, 1719-1785, duque de Stainville, embajador de Francia en Roma en 1753, delegado en Viena en 1757 y Secretario de Estado de Francia en 1758-1761, de su primo César Gabriel de Choiseul-Praslin, 1712-1785, marqués de Choiseul y duque de Praslin, Secretario de Guerra y Marina de Francia en 1761, recordado por exigir nivel de conocimientos a los militares franceses. Ambos estuvieron presentes en las negociaciones del Tratado de París de 1763. En 1766-1770, Etienne François volvería a ser Secretario de Estado de Francia.

[4] Era Inquisidor General Manuel Quintano Bonifaz, 1699-1774, un integrista católico.

Acerca de Emilio Encinas

Emilio Encinas se licenció en Geografía e Historia por la Universidad de Salamanca en 1972. Impartió clases en el IT Santo Domingo de El Ejido de Dalías el curso 1972-1973. Obtuvo la categoría de Profesor Agregado de Enseñanza Media en 1976. fue destinado al Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega en 1976-1979, y pasó al Instituto Santa Clara de Santander 1979-1992. Accedió a la condición de Catedrático de Geografía e Historia en 1992 y ejerció como tal en el Instituto Santa Clara hasta 2009. Fue Jefe de Departamento del Seminario de Geografía, Historia y Arte en 1998-2009.

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